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SERAFITA HONORATO DE BALZAC Ediciones elaleph.com

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  • S E R A F I T A

    H O N O R A T O D EB A L Z A C

    Ediciones elaleph.com

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    A LA SEORA EVELINA DE HANSKA,NACIDA CONDESA RZEWUSKA

    Seora, he aqu la obra que usted me ha pedido;dedicndosela a usted tengo la dicha de poderle tes-timoniar el respetuoso afecto que ha consentido queyo le demostrase. Si despus de haber intentado res-catar este libro de las profundidades del misticismose me acusara de impotencia, tras haber queridoalcanzar con l las luminosas poesas de Oriente, laculpa recaera sobre usted. Acaso no ha sido ustedquien me alent en este combate, parecido al deJacob, dicindome que por imperfecta que fuera laobra por usted soada, como lo fue por m desde lainfancia, seguira teniendo algo de valor? Pues bien,he aqu ese algo. Por qu esta obra no podra estarreservada a nobles espritus selectos, como el de

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    usted, que se protegen de la mezquindad mundanacon la soledad? Ellos son los que podran enrique-cerla con los melodiosos compases que le faltan yque, puesta en las manos de tino de nuestros poetas,la hubiera transformado en la gloriosa epopeya queFrancia espera; pero los poetas la aceptarn conouna d las balaustradas esculpidas por un artistaembargado por la fe, sobre la que los peregrinos seapoyan para meditar sobre el fin del hombre, altiempo que contemplan el coro de una bonita igle-sia.

    Muy respetuosamente soy, seora. su devotoservidor,

    DE BALZAC

    Pars, 23 de agosto de 1835.

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    I

    SERAFITUS

    Viendo sobre un mapa las costas de Noruega,quin no se maravillara ante su fantstica silueta,largo encaje de granito, donde rugen incansable-mente las olas del mar del Norte? Quin no ha so-ado con el majestuoso espectculo que nosofrecen esas costas sin playas, las caletas, las ense-nadas, y las pequeas bahas, ms bellas las unas quelas otras, que no son sino abismos impenetrables?No se dira que la naturaleza se ha complacido endibujar, con estos imborrables jeroglficos, el sm-bolo de la vida Noruega, dando a sus costas la con-figuracin de la espina de un inmenso pescado?Pues es la pesca lo esencial de su comercio y ofrece

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    a los hombres, anclados a las ridas rocas como unamata de liquen, casi toda su subsistencia. All, dondesobre catorce grados de longitud apenas viven sete-cientas mil almas. Gracias a los peligros sin gloria ya las nieves eternas que los picachos de Noruegareservan a los viajeros, cuyo solo nombre da ya es-calofros, sus cautivadoras bellezas han conservadosu virginidad y se armonizan con los hechos huma-nos, vrgenes tambin, por lo menos para la poesa,que all se desarrollaron y que aqu se relatan.

    Cuando una de aquellas bahas, simple grieta pa-ra los eiders, es lo bastante ancha para que el marno se hiele totalmente, aprisionado entre las piedrasque golpea da y noche, los nativos dan a este pe-queo golfo el nombre de fiordo, palabra que casitodos los gegrafos del mundo han tratado de natu-ralizar en sus respectivas lenguas. Pese al parecidoque entre ellos tienen, cada uno de estos canalesofrece caractersticas particulares: en todos ellos elmar invade sus hendeduras, pero por todas parteslas rocas se han agrietado de muy distinta manera ysus tumultuosos precipicios desafan la caprichosaterminologa de la geometra: aqu, la roca se nospresenta dentada como una sierra; all, sus plata-formas estn demasiado empinadas para que en

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    ellas descanse la nieve o puedan echar races los ai-rosos abetos del Norte; y, ms all, las conmocionesdel globo han redondeado coquetas sinuosidades,modelando hermosos valles, cuyos rellanos estnpoblados por rboles de negro plumaje. Estamostentados de llamar a este pas la Suiza de la mar.Entre Drontheim y Cristiana, se encuentra una deesas bahas, llamada el Stromfiord. Si el Stromfiordno es precisamente el ms hermoso de aquellos pai-sajes, tiene por lo menos el mrito de ser el com-pendio de las magnificencias terrestres de Noruegay haber sido el teatro de retazos de una historia enverdad celeste.

    La forma global de Stromfiord es, a primeravista, la de un embudo desportillado por el mar. Elcorredor que el mar haba labrado all reflejaba laexacta dimensin de la lucha entre el Ocano y elgranito, potentes creaciones de la Naturaleza: lo unopor inercia y lo otro por su movilidad. Y, como tes-timonios del combate, ah estn algunos escollos,con formas fantsticas, impidiendo el paso de losbarcos. Los intrpidos nios de Noruega puedensaltar de una roca a la otra, como si tal cosa, sin in-mutarse si bajo sus pies hay, en determinados luga-res, abismos que rebasan las cien varas de

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    profundidad. Aqu, un frgil y tembloroso pedazode gneiss une dos rocas. All, los cazadores o lospescadores han colocado unos troncos de abeto amodo de puente, para enlazar dos estrechas plata-formas, y bajo el cual rugen las olas. Aquella peli-grosa garganta serpentea hacia la derecha hasta quese topa con un picacho, de unas trescientas varassobre el nivel del mar, y cuya base forma un bancovertical de una media legua de longitud y en la queel inflexible granito no empieza a agrietarse ms quea unos doscientos pies encima de la mar. Si stairrumpe con violencia en las hendeduras, la fuerzade inercia de la montaa la rechaza con idnticaviolencia, obligndola a replegarse hacia otras orillasa las que el vaivn de las olas ha dado suaves silue-tas. El fiordo se termina con un bloque de gneisscoronado de bosques, por donde se despea, encascadas, un ro, el cual, cuando se funden las nie-ves, forma una capa de agua muy extendida, por laque el ro vomita viejos abetos y antiguos alerces,apenas emergidos entre las tumultuosas aguas. Vio-lentamente arrojados a las profundidades del golfo,estos rboles reaparecen pronto en la superficie, sejuntan, formando islotes que acaban embarrancan-do en la orilla izquierda, donde los habitantes del

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    pueblecito que est asentado al borde delStromfiord los recogen rotos, quebrantados, algunasveces enteros, pero siempre desnudos y sin ramas.La montaa del Stromfiord, cuyos pies aguanta losasaltos del mar y cuya cima cabalgan los vientos delnorte, se llama Falberg. Su cresta, siempre cubiertade un manto de nieve y de hielo, es la ms aguda deNoruega, donde la proximidad del polo norte pro-duce, a unos mil ochocientos pies de altura, el mis-mo fro que en las montaas ms altas de la tierra.La cima de este macizo roqueo que por el lado delmar cae casi verticalmente, por el lado opuesto, ha-cia el este, desciende gradualmente y acoge las cas-cadas del Sieg, con sus valles escalonados en los queel fro no deja crecer ms que los brezos y sufridosrboles. La parte del fiordo, por donde se escapanlas aguas, orilleando los bosques, se llama elSiegdalhen, palabra que podramos traducir as:"vertiente del Sieg", que es el nombre del ro. Lacurva que da cara a las plataformas del Falberg sellama el valle de Jarvis, y es un paisaje muy bonito,dominado por colinas cargadas de abetos, de aler-ces, de abedules y de algunos robles y hayas, for-mando as la ms rica y la ms hermosa de lasalfombras que la Naturaleza del Norte ha tendido

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    sobre aquellas speras rocas. A simple vista se pue-de distinguir la lnea donde se encuentran las tierrascalentadas por el calor solar y en las que aparecenlos cultivos y se diversifica la flora noruega. En di-cho lugar, el golfo es bastante ancho para que elmar, rechazado por el Falberg, venga a expirar,murmurando al pie de las laderas, a una orilla bor-dada de fina arena, sembrada de mica, de lentejue-las, de esbeltos cantos, de prfidos, de mrmoles demil tonalidades, que el ro ha trado de Suecia, deescombros marinos, de conchas, de flores de mar,que acarrean las tempestades, y que vienen del polonorte o del medioda.

    Al pie de las montaas de Jarvis se encuentra elpueblo, que se compone de unas doscientas casasde madera, en donde vive una poblacin cada all,como los enjambres de abejas en un bosque y que,sin pena ni gloria, liban su vida en la salvaje natura-leza que los rodea. La annima existencia de estepueblo se explica fcilmente: muy pocos hombresse atrevan a arriesgarse por los arrecifes para llegarhasta el mar y darse a la pesca, que es lo que hacen,en gran escala, los noruegos que viven en parajescosteros menos peligrosos. En verdad el pescadodel fiordo da casi de comer a sus habitantes; los

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    pastos de los valles les dan la leche y la mantequilla,y buenas tierras les permiten cosechar centeno, c-amo, y legumbres que los campesinos saben de-fender contra los rigores del fro y el ardor pasajero,pero temible, de su sol, con una habilidad muy ca-racterstica en el noruego. La escasez de vas de co-municacin, ya sea por tierra, donde los caminossuelen ser impracticables, ya sea por mar, por dondeslo pueden entrar pequeas embarcaciones, impideque se puedan enriquecer vendiendo sus maderas.Por otro lado, para limpiar el canal del golfo y abrirun paso hacia el interior de las tierras haran faltasumas de dinero muy importantes. Las carreteras deCristiana a Drontheim se apartan todas delStromfiord y cruzan el Sieg por un puente situado avarias leguas de su punto de cada. La costa, entre elvalle de Jarvis y Drontheim est poblada por in-franqueables bosques, y el Falberg, para redondearsu aislamiento, se encuentra tambin separado deCristiana por una serie de inaccesibles precipicios.El pueblo de Jarvis quizs hubiera podido comuni-carse con el interior del pas y con Suecia por elSieg; pero, para ponerse en relacin con la civiliza-cin, el Stromfiord deseaba un hombre de talento.Y este hombre, en efecto, iba a aparecer: fue un

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    poeta, un sueco religioso, que muri admirando yrespe-fiando las bellezas de este pas, como una delas ms hermosas obras del Creador.

    Ahora, los hombres a los que el estudio ha do-tado de una visin interior y cuya rpida percepcinlleva hasta su alma, como en un cuadro, los paisajesms contrastantes del globo, pueden abarcar elconjunto del Stromfiord con suma facilidad. Sola-mente ellos podran, quizs, adentrarse por los tor-tuosos arrecifes de la garganta, donde se debate lamar, y dejarse llevar por sus olas a lo largo de lasplataformas eternas del Falberg, donde las blancaspirmides se funden con los espesos nubarrones deun cielo teido de gris perla casi permanentemente;y admirar la escotada laguna que forma el golfo, yescuchar las cascadas por donde se precipita el Sieg,partido en mltiples arroyuelos, sobre un pintorescotapiz de hermosos rboles, diseminados confusa-mente y medio escondidos entre fragmentos degneiss; y, por fin, descansar, con los risueos cua-dros que presentan a nuestros ojos las coli-nas bajasde Yarvis, donde se yerguen los ms ricos vegetalesdel Norte, por familias, por miradas: aqu, la de losgrciles abedules; all, las columnatas de centenariasy musgosas hayas, y por todos lados, el contraste de

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    sus variados verdes, las blancas nubes coronandolos negros abetos, los pramos de brezos purpura-dos y matizados al infinito, es decir: todos los colo-res y todos los perfumes de esta flora que tantasmaravillas esconde. Extended las proporciones deestos anfiteatros, impulsaos hasta las nubes, perdeosentre las rocas, donde descansan los perros de mar,pero vuestro pensamiento no abarcar la riqueza, nila inmensa poesa de este lugar de Noruega! Vues-tro pensamiento podra ser tan grande como elOcano que amojona, podra ser tan caprichosocomo las fantsticas sombras que dibujan sus bos-ques, sus nubes, ysus cambiantes luces? Ven uste-des, ms all de las praderas que bordean las playas,hacia el ondulado repliegue que hay al pie de las al-tas colinas de Jarvis, las dos o trescientas casas cu-biertas naever, con esos techos construidos concorteza de abedul, esas casas tan frgiles, achatadas,y que se asemejan a gusanos de seda sobre una hojade morera que el viento hubiera depositado ah? Porencima de esas humildes y pacficas viviendas desta-ca una iglesia construida con una simplicidad que searmoniza con la miseria del pueblo. Un cementeriosirve de cabecera a la iglesia y al otro lado est elpresbiterio. Algo ms all, sobre un cerro, hay una

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    casa, la nica que est construida con piedra y porlo que, la gente del pueblo, la llama "el castillo sue-co".

    Treinta aos antes del da en que da comienzoesta historia, un hombre rico vino desde Suecia y seestableci en Jarvis, con la intencin de hacer pros-perar su fortuna. Aquella casita, construida con laidea de alentar a los nativos a imitar al sueco, tenauna solidez admirable y notable a causa del muroque la rodeaba, cosa poco usual en Noruega, dondeincluso para acotar terrenos se usan vallas de made-ra. La casa quedaba protegida, as, contra la nieve,pese a que estaba sobre un otero y en medio de uninmenso patio. Las ventanas estaban protegidas porunas marquesinas enormes, que descansaban sobregruesos abetos labrados, que dan a las edificacionesdel Norte esa inconfundible fisonoma patriarcal.Desde ellas se poda admirar la salvaje desnudez delFalberg, y comparar la gota de agua del espumosogolfo al infinito mar que lo acunaba, o escuchar elvasto derramamiento del Sieg, cuya laguna, vista delejos, pareca inmvil, al caer en su copa de granito,bordada por tres leguas de glaciares del Norte, enuna palabra: el inmenso paisaje en el que iban a su-

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    ceder los sobrenaturales y simples acontecimientosde esta historia.

    El invierno de 1799 a 1800 fue uno de los mscrudos en el recuerdo de Europa; el mar de Norue-ga fue apresado en los fiordos, en los que, habi-tualmente, la violencia de la resaca impeda que sehelara. Un viento, cuyos efectos lo asemejaban allevante espaol, haba barrido el hielo delStromfiord, empujando las nieves hacia el fondo delgolfo. Haca mucho tiempo que los habitantes deJarvis no haban podido ver reflejados los coloresdel cielo, en pleno invierno, sobre el ancho espejode las aguas del mar; era un curioso espectculo quemuy raramente se daba al pie de aquellas montaas,cuyas formas haban ido siendo niveladas por suce-sivas capas de nieve y en las que aristas y precipiciosno eran sino simples pliegues al lado de la inmensatnica que la naturaleza haba extendido sobre aquelpaisaje, que se nos presentaba entonces resplande-ciente y montono a la vez. Las grandes cascadasformadas por el Sieg, sbitamente heladas, descri-ban una enorme arcada bajo la cual hubieran podi-do pasar los habitantes, al resguardo de lostorbellinos, si alguno de ellos se hubiera atrevido ahusmear por las afueras del pueblo. Pero los peli-

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    gros de la menor salida retena en su casa a los msintrpidos cazadores, que teman perderse y termi-nar cayendo en un precipicio o alguna grieta. Nadieanimaba, pues, con su presencia, el inmenso de-sierto blanco donde la nica voz que de vez encuando se oa era la de la brisa del Polo Norte. Elcielo, casi siempre grisceo, daba a los lagos el colordel acero. A veces un viejo eider surcaba impune-mente el espacio, abrigado por su plumn, el mismosobre el que se forjan los sueos de los ricos, queignoran los peligros con que dicho plumn se ad-quiere; mas, como el beduino, que surca solo losdesiertos de frica, el pjaro pas completamentedesapercibido; la atmsfera aterida, privada de suscomunicaciones elctricas, no retransmita ni su fe-bril aleteo, ni sus alegres gritos. Qu mirada hu-biera podido resistir el resplandor de aquelprecipicio, piqueteado de fulgurantes cristales, o lostenaces reflejos de la nieve, apenas irisada en las al-turas por los plidos rayos de un sol que, a ratos,pareca un moribundo que estuviera avergonzado deseguir viviendo? A menudo, cuando un montn denubes grises, cruzando como escuadrones sobre lasmontaas y los abetos, escondan el cielo bajo untriple velo, la tierra, falta de luces celestes, se ilumi-

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    naba ella misma. Aqu, por lo tanto, se daban citalos majestuosos fros que de costumbre sentabansus reales en el Polo Norte, y cuyo principal rasgoera el silencio real en el que viven los monarcas ab-solutistas. Todo principio extremo lleva en s la apa-riencia de una negacin y los sntomas de la muerte:acaso la vida no es el combate entre estas dos fuer-zas? Aqu, nada daba testimonio de vida. Una solapotencia, la fuerza improductiva del hielo, reinabaen ama y seora de todo. El rumor de la alta marapenas se oa en aquella silenciosa cuenca, donde lanaturaleza se afana, en las tres breves y alegres esta-ciones del ao, para ofrecer a aquel paciente pueblolas flacas cosechas necesarias para su subsistencia.En las copas de algunos pinos talludos se recorta-ban festones de nieve, y las inclinadas barbas quependan de sus ramas completaban el luto de aque-llas cimas. Cada familia se sentaba frente al hogar,con la casa cuidadosamente cerrada, con bizcochos,mantequilla, pescado seco, y otras provisiones alma-cenadas para resistir los siete meses de invierno.Apenas se distingua el humo de sus chimeneas. Ca-si todas las casas estaban medio enterradas en lanieve y preservadas contra ella por medio de largastablas de madera, que partan del techo de la casa y

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    se apoyaban sobre slidas estacas colocadas alrede-dor de ella, con lo cual quedaba rodeada de un ca-mino cubierto. Durante estos terribles inviernos, lasmujeres tejan y tean las telas de lana o de lona,con las que se confeccionaban su vestimenta, mien-tras los hombres lean o se entregaban a profundasmeditaciones, que engendraron las no menos pro-fundas teoras, los sueos msticos del Norte, suscreencias, sus completsimos estudios sobre unpunto concreto de la ciencia que sondeaban incan-sablemente; costumbres medio monsticas, queobligan al alma a reaccionar contra s misma, a en-contrar su propio alimento espiritual, y que hacendel campesino noruego un ser extico entre los eu-ropeos. Tal era, pues, la situacin en el Stromfiord,a mediados del mes de mayo del primer ao del si-glo XIX.

    Una maana, con un sol resplandeciente, quesembraba el paisaje de lucecillas, como efmerosdiamantes, provocadas por la cristalizacin de lanieve y del hielo, dos personas pasaron sobre el gol-fo, lo atravesaron y volaron a lo largo de las plata-formas del Falberg, hacia cuya cima subieron, defriso en friso. Eran dos personas o se trataba dedos flechas? Cualquiera que las hubiera visto a tal

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    altura las hubiera tomado por dos eiders tomandoaltura, emparejados, a travs de las nubes. Ni el mssupersticioso de los pescadores, ni el ms intrpidode los cazadores no hubiera podido creer que erandos seres humanos los que andaban por los estre-chos senderos de granito, por los que la pareja sedeslizaba con esa increble soltura que slo poseenlos sonmbulos cuando, olvidando las leyes de lagravedad y los peligros del menor traspis, se van depaseo por los tejados y se mantienen en equilibrioprotegidos por no se sabe qu fuerza desconocida.

    -Detente, Serafitus -dijo la plida muchacha-, ydjame recuperar. Recorriendo las murallas de esteprecipicio, no he hecho ms que mirarte a ti. Quhubiera sido de m, si no? En el fondo no soy msque una personilla muy frgil. Te canso?

    -No -respondi el otro sobre cuyo brazo seapoyaba la muchacha. Sigamos andando, Minna,porque este lugar no es el ms apropiado para des-cansar.

    De nuevo se oy el crujir de las tablas, que lle-vaban atadas a los pies, al resbalar sobre la nieve, yluego llegaron al primer zcalo que el azar habalabrado sobre aquel abismo. La persona que Minnallamaba Serafitus se apoy sobre su pie derecho pa-

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    ra levantar la tabla, larga aproximadamente de unavara, estrecha como el pie de un nio, y que llevabaatada a su borcegu con dos correas hechas con pielde perro de mar. Dicha tabla, de dos dedos de espe-sor, estaba forrada con piel de reno, cuyo pelo, alerizarse sobre la nieve, detuvo a Serafitus; retirsuavemente su pie izquierdo, cuyo patn deba medirsus buenas dos varas de largo, gir rpidamente so-bre s mismo, tom en sus brazos a su miedosacompaera, pese a los molestos patines que llevaba,y la sent en un bloque de piedra, tras haberla lim-piado de nieve con su pelliza.

    -Aqu estars ms segura, Minna, y podrs respi-rar tranquilamente.

    -Ya hemos escalado un tercio del Gorrito deHielo -dijo ella, mirando el pico al que dio el popu-lar nombre con el que se le conoce en Noruega-.No creo -aadi.

    Pero, como estaba muy cansada y no poda ha-blar, sonri a Serafitus, quien, sin responder, tena lamano puesta sobre su corazn, escuchaba las irre-gulares palpitaciones, tan precipitadas como las deun pajarillo atemorizado.

    -Aunque no corra palpita a menudo as -le ex-plic ella.

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    Serafitus inclin su cabeza, sin desdeo ni frial-dad, y pese a la gracia con que hizo el gesto, casisuave, ste delataba una negativa y que, hecho poruna mujer, hubiera sido de una embriagadora co-quetera. Serafitus abraz a la muchacha con vivaci-dad. Minna interpret aquella caricia como unarespuesta y sigui mirndolo. En el instante en queSerafitus levant su cabeza, echando hacia atrs,con ademn casi impasible, los dorados bucles de sucabellera, para destapar su frente, vio transparentarla felicidad en los ojos de su compaera.

    -S, Minna -dijo l, con una voz paternal, quetena algo de encantador en un adolescente-. Mra-me y no bajes la vista.

    -Por qu?-Quieres saberlo? Pues, prueba a ver.Minna fij rpidamente la mirada en sus pies y

    dio un grito, como un nio que se hubiera topadocon un tigre. El horrible sentimiento de los abismosse haba apoderado de ella y al desviar su miradahaba bastado para contagiarla de tan angustiosaimpresin. El fiordo, al tanto de su presa, tena unavoz potente con la que aturda a sus vctimas y seinterpona entre ellas y la vida. Luego, a lo largo desu cuerpo, por el espinazo, le corri un escalofro,

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    glacial primero, pero que pronto verti sobre susnervios un insoportable calor, recorri sus venas yquebr sus extremidades, con descargas elctricasparecidas a las que propina el pez torpedo. Muy fr-gil para resistirse, Minna se sinti atrada por unafuerza desconocida hacia abajo, donde crea ver aun monstruo que le arrojaba veneno y cuyos ojosdespedan un magnetismo que la encantaba, con laboca abierta, como si ya estuviera triturando a suvctima.

    -Muero, Serafitus mo, y no he amado a nadiems que a ti -dijo la muchacha, haciendo maquinal-mente adems de precipitarse en el vaco.

    Serafitus sopl dulcemente sobre su frente ysobre sus ojos. De pronto, Minna sinti desaparecersu profundo malestar, disipado por aquel cariosoaliento que penetr en su cuerpo, inundndolo co-mo de balsmicos efluvios.

    -Quin eres t? -dijo ella, con un sentimientode dulce terror-. Pero, ya lo s: eres mi vida. Y c-mo puedes mirar hacia el abismo sin morir? -aadiella, tras una breve pausa.

    Serafitus dej a Minna asida al granito y como sifuera una sombra se pos sobre la plataforma, des-de donde verti su mirada hacia las profundidades

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    del fiordo, como desafindolo; su cuerpo se mantu-vo inmvil, su frente permaneci blanca e impasi-ble, como la de una estatua de mrmol: abismocontra abismo.

    -Si me quieres, vuelve, Serafitus! -grit la mu-chacha-. Si peligras, mis dolores reviven. Quineres t, que a tan temprana edad tienes esa fuerzasobrehumana? -le pregunt, cobijndose de nuevoen los brazos del muchacho.

    -Pero si t miras espacios an ms inmensos,sin temor alguno -respondi Serafitus.

    Y aquel singular personaje, con la mano lemostr la aureola azul que las nubes dibujaban, de-jando un espacio encima de sus cabezas y en el quese vean las estrellas, en pleno da, en virtud de leyesatmosfricas an inexplicadas.

    -Qu diferencia! -dijo ella, sonriendo.-Tienes razn -respondi l-, hemos nacido para

    alcanzar el cielo. La patria, como la cara de una ma-dre, no asusta nunca a un nio.

    Su voz vibr en las entraas de su compaera,que haba enmudecido.

    -Vamos, ven -agreg l.Entonces, la pareja se desliz resueltamente por

    los estrechos senderos que surcaban la montaa,

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    devorando las distancias y volando de una plata-forma a otra, con la rapidez del caballo rabe, esepjaro del desierto. En breve espacio de tiempo lle-garon a una alfombra de csped, de musgo y de flo-res, sobre la que nunca se haba sentado nadie.

    -Qu hermoso soeler! -exclam Minna, dandoal prado su autntico nombre-. Pero, cmo puedeencontrarse a semejante altura?

    -Aqu se detiene, es cierto, la vegetacin de laflora noruega -le precis Serafitus-, pero estas floresy esta hierba viven aqu gracias a esas rocas que lasprotegen contra el fro polar.

    Y cogiendo una flor se la tendi a la muchacha.-Toma -le dijo-, ponla en tu pecho, Minna. Es

    una suave creacin que no ha podido admirar nin-gn humano; gurdala como el recuerdo de estamaana nica en tu vida. Porque ya no volvers aencontrar un gua para llegar a este soeler.

    Dndole aquella planta hbrida, que sus ojos deguila le haban hecho descubrir entre silenos acau-les y saxifragceas, la obsequiaba con una maravillo-sa creacin evangelical. Minna la tom condiligencia infantil. Era de un verde transparente ybrillante, como el de una esmeralda, con hojitas en-rolladas en forma de cucurucho, ligeramente teidas

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    de caoba clara en su base y cuyas puntas estabancortadas verticalmente con una delicadeza infinita.Las hojitas estaban tan prensadas que se confundany parecan rosetones. En aquella hermosa alfombradespuntaban, por doquier, estrellas blancas, borda-das de un hilillo de oro, de donde surgan anteraspurpuradas, sin pistilo. Un aroma, en el que se mez-claba el olor de las rosas y el cliz de los naranjales,salvaje y fugitivo, impregnaba la misteriosa flor deun no s qu celeste y que Serafitus contemplabacon melancola, como si de aquel aroma se des-prendieran quejumbrosas ideas que slo l podacomprender. A Minna el fenmeno se le antoj uncapricho de la naturaleza, que se dedicaba a rodearaquella pedrera llena de frescura con la molicie y elfuerte perfume de las plantas.

    -Por qu ser nica? Acaso no volver a co-nocer ninguna maana ms como sta? -pregunt lamuchacha a Serafitus, que se sonroj y desvi brus-camente la conversacin.

    -Sentmonos, gira y admira el paisaje! Quizs atal altura ya no te d por hablar. Los abismos sontan profundos que no alcanzars a distinguir sumisterio; ya no son sino una perspectiva en la que seunen la mar, las olas de nubes, el color del cielo; el

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    hielo del fiordo es una bonita turquesa; y en losbosques de abetos te parecer que ves leves pince-ladas de bistre; para nosotros, Minna, los abismosdeben estar siempre adornados as.

    Serafitus lanz aquellas palabras con aquella un-cin, en el tono y en el gesto, que slo conocenaquellos que alcanzan las ms altas cimas de la tie-rra, uncin involuntariametne contrada, pues elms orgulloso de los maestros se ve obligado a tra-tar al gua como a un hermano y no vuelve a creersesuperior hasta que desciende a los valles, donde vi-ven los hombres. Serafitus se haba arrodillado a lospies de Minna y le estaba quitando los patines. Lania se maravillaba del imponente espectculo queNoruega le ofreca, al abarcar con la mirada aquellosmacizos roqueos, cuyas heladas cimas tanto laemocionaban, sin que pudiera encontrar palabrascon que expresar su admiracin.

    -No hemos llegado hasta aqu nicamente conrecursos humanos -observ ella, juntando las ma-nos-. Debo estar soando, sin duda.

    -Llamis hechos sobrenaturales a todo aquellocuyas causas no comprendis -respondi l.

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    -Tus respuestas -dijo ella- son siempre muy pro-fundas. Pero a tu lado todo es ms fcil para m.Ah, me siento libre!

    -Lo que ocurre es que ya no necesitas llevar pa-tines.

    -Oh! -exclam Minna-. Hubiera querido sacartelos tuyos y besarte los pies.

    -Guarda esas palabras para Wilfrido -replic Se-rafitus con dulzura.

    -Wilfrido! -repiti Minna, colrica primero yapaciguada despus, cuando fij su mirada en elmuchacho-. T no te enfadas nunca! -aadi ella,tratando vanamente de cogerle la mano-. Siempreeres intachable, de una perfeccin descorazonadora!

    -Te parece que soy insensible a todo?Minna vio, atemorizada, cmo se posaba sobre

    ella la mirada lcida del muchacho, adivinando supensamiento.

    -Est probado que nos entendemos muy bien -respondi ella, con esa gracia propia de las mujeresamorosas.

    Serafitus movi ligeramente la cabeza, mirn-dola triste y dulcemente a la vez.

    -T, que lo sabes todo -volvi a decir Minna-,dime por qu la timidez que me dominaba, all

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    abajo, a tu lado, se ha disipado subiendo aqu arriba;por qu me he atrevido a mirarte cara a cara, porvez primera, mientras que antes slo osaba mirarte aescondidas.

    -Ser porque aqu nos hemos despojado de lasmezquindades de la tierra -respondi, al tiempo quese quitaba su pelliza.

    -Nunca estuviste tan guapo -dijo Minna, sen-tndose en una roca cubierta de musgo, y como en-cantada contemplando al ser que la haba conducidohasta aquel picacho inaccesible.

    Nunca, en efecto, Serafitus haba estado tan fa-vorecido como entonces. Y ello se deba al resplan-dor que el aire puro de la montaa y el brillo de lanieve dan a las caras. Y quiz, tambin, por esareaccin interior que libera al cuerpo de una pro-longada tensin. Puede ser que fuera producida, a lavez, por la aurfera claridad del sol contrastada conla sombra que proyectaban las nubes, en que la pa-reja haba zambullido sus cuerpos. Y es posible quea todas estas causas se pudiera aadir los efectos deuno de los ms bellos fenmenos que pueda ofre-cer la naturaleza humana. Ya que, si un fisiologistaexperto hubiera examinado aquella criatura, cuyafiera mirada y altiva frente parecan las de un mu-

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    chacho de diecisiete aos; si hubiera indagado losrecursos de aquella vida llena de vitalidad, bajo unapiel tan blanca como jams se viera en un hijo delNorte, hubiese tenido que creer en la existencia deun fluido fosforescente, que atenuaba el relieve quelos nervios imprimen a la epidermis, o a la presenciade una luz interior que coloreaba a Serafitus comose iluminan interiormente los objetos de alabastro.El muchacho se haba sacado los guantes y con susfinsimas manos desataba los patines de Minna, conuna fuerza como la que el Creador ha puesto en lasdifanas pinzas de un cangrejo. El fuego que despe-dan sus ojos luchaba con los rayos de sol, a los quepareca darles luz, en lugar de recibirla de ellos. Sucuerpo, delgado y frgil como el de una mujer, apa-rentaba ser una de esas naturalezas dbiles pero queen realidad tienen una fuerza semejante a la de susdeseos. De estatura corriente, Serafitus se creca ypareca disponerse a despegar hacia las alturas. Suscabellos, rizados por la mano de una hada, que flo-taban animados por el aire, completaban la ilusinde su area actitud; pero este comportamiento, sinesfuerzo, era ms bien el resultado de un fenmenomoral que de una costumbre corporal. La imagina-cin de Minna se haca cmplice de esta terca aluci-

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    nacin, bajo cuya influencia hubiera sucumbidocualquiera, y que daba a Serafitus el aspecto de unpersonaje de ensueo. Minna no peda, en modoalguno, imaginar silueta tan majestuosamente viril, yque, bajo una mirada masculina, hubiera eclipsado,por su gracia femenina, a las mejores cabezas deRafael. Este pintor de cielos reflej siempre en susobras una alegra tranquila, una amorosa suavidadde lneas a cuantas bellezas salan de sus manos; pe-ro, a menos de contemplar a Serafitus, qu almapodra crear la tristeza mezclada de esperanza, quedesaparecan levemente bajo el velo de los inefablessentimientos que se transparentaban en su cara?Quin sera capaz, aun con toda la fantasa de quees capaz un artista, de vislumbrar las sombras queproyectaba un misterioso terror sobre aquella inteli-gente cabeza que pareca interrogar los cielos ycompadecer la tierra? Aquella cabeza le aplastabadesdeosamente, como una sublime ave de presacuyos gritos desgarran el aire, al tiempo que semostraba resignada, como una trtola, cuya vozvierte toda su ternura en las entraas del silenciosobosque. La tez de Serafitus tena una blancura des-lumbradora, sobre la que destacaban an ms susrojizos labios, sus negras cejas y sus sedosas pesta-

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    as, nicos trazos que contrastaban con la palidezde su cara, cuya perfeccin no impeda que sus res-plandecientes sentimientos se reflejasen sin violen-cia alguna, con esa majestuosa y natural gravedadque solemos admirar en los seres superiores. Todo,en aquella marmrea figura, respiraba la fuerza y eldescanso. Minna se levant para tomar la mano deSerafitus, con la esperanza de atraerlo hacia ella ydepositar un beso en su frente inspirado ms bienpor la admiracin que por el amor; pero una miradadel muchacho, que penetr en ella como un rayo desol atraviesa un prisma, enfri a la pobre mucha-cha. Ella sinti como se abra un abismo entre ellos,volvi la cabeza y llor. De pronto, una potentemano la cogi por el talle y una voz muy suave ledijo:

    -Ven!Minna obedeci, pos su cabeza, sbitamente

    despejada, sobre el pecho del muchacho, el cual,acompasando su paso al de ella, dulce y atento, lallev hacia una plazoleta desde la que podan admi-rar la radiante decoracin de la naturaleza polar.

    -Antes de mirarte y de escucharte, dime, Sera-fitus, por qu me rechazas? Acaso ests enfadadaconmigo? Cmo ha sido, dmelo? No quisiera te-

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    ner nada mo, y que las riquezas terrestres fuerantuyas, como ya lo son las riquezas de mi corazn;que la luz no me llegara ms que por tus ojos, ascomo mi pensamiento nace del tuyo; as no temeraofenderte devolvindote los destellos de tu alma, laspalabras de tu corazn, la luz de tu luz, como de-volvemos a Dios la contemplacin con la que lalimenta nuestros espritus. Quisiera ser en todocomo t! Ser t!

    -Est bien, Minna, pero espera, pues un deseoconstante es una promesa que formula el porvenir.Pero, si quieres ser pura, mezcla la idea del Todo-poderoso a los afectos de aqu abajo. Entoncesamars de verdad a todas las criaturas y tu coraznse elevar por encima de todo.

    -Har lo que t quieras -respondi ella, levan-tando los ojos y mirndole tmidamente.

    -Yo no podra ser tu compaero -dijo Serafitus,tristemente.

    Y, reprimiendo algunos pensamientos que leasaltaban, extendi los brazos hacia Cristiana, quedestacaba como un punto sobre el horizonte, y ledijo:

    -Mira!-Qu pequeos somos -respondi ella.

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    -S, pero nos volvemos grandes por el senti-miento y por la inteligencia -agreg Serafitus-. Ennosotros, Minna, empieza el conocimiento de lascosas; lo poco que aprendemos sobre las leyes delmundo visible nos hace descubrir la inmensidad delos mundos superiores. No s si ya ser hora de quete hable as, pero lo hago porque quisiera comuni-carte la llama de mis esperanzas. Quizs un da es-temos juntos en ese mundo en el que el amor nomuere nunca.

    -Y por qu no vamos ya ahora y nos quedamosen l para siempre? -pregunt ella, con una voz casiimperceptible.

    -Aqu nada es seguro -replic l, con desprecio-,ya que la felicidad pasajera de los amores terrenalesson lucecillas ms duraderas, as como el descubri-miento de una ley de la naturaleza permite a seresprivilegiados el tener un presentimiento de la reali-dad inmensa. Acaso nuestra frgil felicidad no es lamuestra de una felicidad mayor, como la tierra, quees un fragmento del mundo, es testimonio del uni-verso? Nosotros no podemos medir la rbita inco-mensurable del pensamiento divino, del quenosotros no somos ms que una parcela tan dimi-nuta como Dios es grande, pero lo que s podemos

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    es presentir su grandeza, arrodillarnos, adorar, espe-rar. Los hombres se equivocan siempre en sus in-vestigaciones cientficas, al no darse cuenta de queen nuestro globo todo es relativo y que todo con-verge hacia una revolucin general, a un constantelaborar que nos lleva, insoslayablemente, hacia elprogreso y hacia un fin determinado. El mismohombre no es an una obra que est rematada. Sinlo cual Dios ya no existira!

    -Pero, cmo tuviste tiempo de aprender tantascosas? -le pregunt la muchacha.

    -Lo que tengo es muy buena memoria -respondi l.

    -Me pareces ms bello que todo lo que estoyviendo.

    -Nosotros somos una de las obras ms perfectasde Dios. Acaso no nos ha dado la facultad de re-flexionar sobre la naturaleza? No la ha concentradoincluso en nosotros mismos, como si fuera untrampoln, con el que podemos proyectarnos hacial? Nos amamos con mayor o menor intensidad,segn la porcin de cielo que encierran nuestrasalmas, Minna. No seas injusta, sin embargo, y con-templa el espectculo que se ofrece a tus pies. Note parece maravilloso? A tus pies, el Ocano se ex-

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    tiende como una alfombra, las montaas son comolas paredes de un gran circo y el cielo le sirve de c-pula, y aqu se respira el pensamiento divino comoel mejor de los perfumes. Mira! Las tempestades,que rompen las naves cargadas de hombres, fjate,vistas desde aqu no parecen sino dbiles murmu-llos, y si levantas la cabeza, vers cmo all arribatodo es azul. Es como una inmensa diadema de es-trellas. Aqu desaparecen los matices de las expre-siones terrenales. Con la vista puesta en estanaturaleza, sublimizada por el espacio, no sientes lallamada de su profunda espiritualidad? No te dascuenta que nuestra energa supera nuestra voluntad?No notas que nuestras sensaciones nos son inspi-radas desde fuera, ms all de nosotros? No tesientes crecer alas? Recemos.

    Serafitus se arrodill, puso sus manos en cruzsobre su pecho y Minna cay de rodillas llorando. Yas estuvieron durante unos instantes, y la aureolaazul que serpenteaba por el cielo, sobre sus cabezas,se dilat y, sin que ellos lo notaran, se encontraronenvueltos por sus luminosos rayos.

    -Por qu no lloras t cuando yo lloro? -le pre-gunt ella, con voz entrecortada.

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    -Los que son todo espritu no lloran -respondiSerafitus, levantndose-. Cmo he de llorar? Yo yano veo la miseria de los humanos. Aqu, el bienestaralcanza toda su plenitud; mientras que all abajo s-plicas, quejas y angustias forman el aspa de los dolo-res, que vibra en las manos del espritu cautivo.Desde aqu oigo el concierto de armoniosas harpas.Abajo tenis la esperanza, que es el hermoso co-mienzo de la fe, pero aqu reina la fe, que es la es-peranza realizada!

    -T no me amars nunca, porque soy muy im-perfecta y porque en el fondo me desprecias -dijo lamuchacha.

    -Minna, has de saber que la violeta que se refu-gia al pie del roble tambin dice: "El sol no llegahasta m porque no me quiere." Y, en cambio, el soldice: "Si la iluminara con mis rayos, esa florecilla semorira." Y, como es su amigo de verdad, filtra susrayos a travs de las hojas del rbol, y, atenundo-los, da color a la corola de su amada. A m me cu-bren escasos velos y temo que la visin que de mtienes no est bastante atenuada. Si me conocierasmejor temblaras de miedo. Escchame bien: losfrutos de la tierra no tienen para m el menor gusto.Vuestras alegras no poseen, para m, el menor

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    atractivo. Y, como esos desvergonzados emperado-res de la Roma profana, todas esas cosas me causanuna profunda aversin, pues yo he recibido el donde verlo todo tal como es en realidad. Vete, djame-dijo Serafitus, dolorido.

    Y se fue a sentar sobre un pedazo de roca, de-jando caer la cabeza sobre su pecho.

    -Por qu me desesperas as? -le pregunt Min-na.

    -Vete! -le grit Serafitus-. Porque yo no tengonada de lo que t deseas de m. Tu amor es muyvulgar para m. Por qu no te dedicas a querer aWilfrido? l es un hombre, un hombre forjado en lapasin, que sabr tenerte en sus brazos, que te aca-riciar con sus manos fuertes y generosas. Tieneunos hermosos cabellos negros, y sus ojos estnrepletos de pensamientos humanos. Y tiene un co-razn que vierte la lava torrencial de las palabrasque salen de su boca. l sabr hacerte estremecercon sus caricias. Ser tu amante, tu esposo! Wilfri-do es para ti!

    Minna se puso a llorar desconsoladamente.-Te atreves a decir que no lo quieres? -

    pregunt Serafitus, con una voz desgarradora.

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    -Apidate de m! -suplic ella-. Ten piedad dem, Serafitus mo!

    -Quirelo, criatura terrestre, en esta tierra en laque el destino te ha clavado para siempre -dijo elterrible Serafitus agarrando a Minna y arrastrndolahasta el borde del soeler, y en cuyo escenario, unamuchacha romntica poda soar que ya estaba enotro mundo-. Yo deseaba un compaero para entraren el reino de la luz y he querido mostrarte este pe-dazo de barro y veo que an ests ligada a l.Adis! Qudate aqu, obedece a tu naturaleza y go-za con todos tus sentidos, palidece con los hombresplidos, sonrjate con las mujeres, juega con losnios, reza con los culpables y cuando te embargueel dolor, pon tus ojos en el cielo; tiembla, espera,que tu corazn siga latiendo, y as tendrs un com-paero y podrs rer y llorar, dar y recibir. Yo nosoy ms que un proscrito, alejado del cielo; y, comoun monstruo, tambin estoy alejado de la tierra. Micorazn ya no late ms; ya no vivo ms que en m ypara m. Siento a travs de mi espritu y respiro pormi frente, y veo a travs de mi pensamiento y mue-ro de deseo y de impaciencia. Nadie, aqu abajo,puede colmar mis deseos, ni calmar mi impaciencia

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    y ya no s llorar. Estoy slo y espero, resignada-mente.

    Serafitus mir hacia el floreado otero en el quehaba dejado a Minna y luego dirigi su mirada hacialas montaas, cuyos picachos estaban coronadospor densas nubes, sobre las que cabalgaban sus pen-samientos.

    -No oyes ese delicioso concierto, Minna? -pregunt con una voz dulcsima, borrando con ellala mala impresin del tono agresivo anterior-. Nose dira que es la msica que los poetas, con susharpas de viento, introducen en bosques y monta-as? No ves aquellas inapresables formas que pa-san con esas nubes? No apercibes los pies aladosde quienes preparan los decorado del cielo? Estosrumores refrescan el alma; el cielo dejar caer muypronto las flores de la primavera, ya el polo nortenos enva su luz. Huyamos, antes de que sea tarde.

    En un santiamn se volvieron a colocar sus pa-tines y descendieron las vertiginosas pendientesFalberg, dirigindose hacia los valles del Sieg. Unamilagrosa intuicin guiaba su carrera o lo que msbien pareca un vuelo. Cuando encontraban unagrieta, ligeramente cubierta de nieve, Serafitus to-maba a Minna en sus brazos y pasaban sobre el

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    abismo con la ligereza de un pjaro. Cuando llega-ban a un precipicio, o para evitar una piedra o unrbol, que Serafitus adivinaba como los marinerosintuyen los escollos, gracias al color del agua o porsus remolinos, tomaban de nuevo altura y salvabanel obstculo. Hasta que llegaron al camino deSiegdalhen, por el que era fcil deslizarse, en lnearecta, sin el menor peligro, hasta los hielos delStromfiord. En llegando all, Serafitus detuvo aMinna y le pregunt:

    -No tienes nada que decirme?-Cre que querais que os dejara solo con vues-

    tros pensamientos -respondi respetuosamente lamuchacha.

    -Dmonos prisa, guapa, que la noche se nos vaa echar encima -aadi l.

    Minna, oyendo la voz de su gua, y aquel tonoinhabitual en l, sinti un ligero escalofro; era unavoz pura, como el de una muchacha, que disipaba lafantstica luminosidad del sueo sobre el que habacabalgado hasta entonces. Serafitusiba desprendin-dose de su virilidad y dulcificaba la viva inteligenciareflejada en su mirada. Poco despus desembocaronen el fondo, llegando a la nevada pradera que sepa-raba la orilla del golfo de las primeras casas de Jar-

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    vis. Luego, acuciados por la falta de luz, subieron alpresbiterio, como si bajo sus pies hubieran desfiladolos peldaos de una gran escalinata.

    -Mi padre debe estar preocupado -dijo Minna.-No creo -respondi Serafitus.La pareja haba llegado ya ante el umbral de la

    humilde casa del seor Becker, el pastor de Jarvis, elcual, esperando a su hija, estaba leyendo.

    -Estimado seor Becker -dijo Serafitus-, aqu letraigo a Minna, sana y salva.

    -Gracias, seorita -respondi el anciano, qui-tndose los lentes y dejndolos sobre el libro-. De-bis estar cansadas.

    -No, en absoluto -respondi Minna, sintiendocomo su compaera le echaba el aliento sobre lafrente.

    -Queris venir a tomar el t con nosotros, pa-sado maana por la noche, pequea?

    -Con mucho gusto, querida.-Vendr con usted, seor Becker?-Naturalmente, seorita.Serafitus inclin la cabeza, con ademn coqueto,

    salud al anciano y se despidi de ellos. A los pocosinstantes ya estaba en el patio del castillo sueco. Uncriado octogenario apareci bajo el inmenso cober-

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    tizo con una linterna en la mano. Serafitus se quitlos patines, con la delicadeza propia de una mujer,entr en el saln, se dej caer desmayadamente so-bre un gran sof cubierto de hermosas pieles y sequed inmvil.

    -Qu tomar usted? -le pregunt el anciano, altiempo que encenda las largusimas velas, que seusan corrientemente en Noruega.

    -Nada, David, no tomar nada, pues estoy muycansado.

    Serafitus se sac la pelliza forrada de marta, seenroll con ella y se qued dormido. El viejo criadose qued a su lado durante largo rato, contemplan-do cariosamente a aquella singular persona, quedescansaba ante sus ojos y cuya especie era muydifcil de definir, incluso por parte de los entendi-dos. Al verlo as, envuelto con su atuendo habitual,que tanto se pareca a un salto de cama como a unaprenda masculina, con aquellos pies diminutos, queasomaban por debajo de la pelliza, hubiera sido dif-cil afirmar que no eran los de una mujer; pero, sufrente, el perfil de su cabeza, por el contrario, dabanfe de una fuerza, de una potencia humana muy de-sarrollada.

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    "Ella sufre y no quiere decrmelo", pens elviejo. "Se nos est muriendo como una flor bajo losrayos del sol." Y el anciano se puso a llorar.

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    II

    SERAFITA

    Durante la noche, David volvi a entrar en elsaln.

    -Ya s a quien me vais a anunciar -le dijo Sera-fitus, con voz apagada-. Diga a Wilfrido que puedeentrar.

    Oyendo estas palabras, un hombre apareci s-bitamente y se sent al lado de ella.

    -Sufre usted, mi querida Serafita? La encuentroms paliducha que nunca.

    Ella se sinti halagada, se volvi lentamente ha-cia l, tras haberse retocado su cabellera, con elgesto de una mujer guapa agobiada por la jaqueca ysin fuerzas ya para quejarse.

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    -He cometido una locura -dijo Serafita- atrave-sando el fiordo con Minna y escalando el Falberg.

    -Os querais matar? -exclam Wilfrido, exterio-rizando sus temores de amante.

    -No se preocupe, mi buen Wilfrido, que cuidmuy bien de Minna.

    Wilfrido dio un fuerte manotazo sobre la mesa,se levant, dio unos pasos hacia la puerta, al tiempoque dejaba escapar una dolorosa exclamacin. Lue-go, volvi sobre sus pasos y murmur una levequeja.

    -Por qu armis tanto ruido, si creis que su-fro? -le pregunt Serafita.

    -Perdonadme -exclam Wilfrido, arrodillndo-se-. Castigadme, imponedme todo lo que la cruelfantasa de una mujer es capaz de concebir comopenitencia; pero, amada ma, no dudis un slo ins-tante de mi amor. Empleis a Minna como si fuerauna hacha y me golpeis con ella sin piedad. Apia-daos de m!

    -Por qu me habla as, amigo mo, sabiendoque esas palabras no sirven para nada? -respondiella, echndole unas miradas de un tal ternura queWilfrido no le quitaba el ojo de en-cima.

    -Nadie se muere de pena! -dijo l.

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    -Sufre usted? -agreg ella, con una voz quecausaba en l el mismo impacto que sus ojos-. Ques lo que puedo yo hacer por usted?

    -meme como yo la amo a usted.-Pobre Minna! -exclam ella.-Yo no traigo nunca armas conmigo! -grit Wil-

    frido.-Usted es un buen demoledor -dijo Serafita son-

    rindose-. Acaso no he obrado como esas parisinasque cuentan primores de aquellos cuyos amores meha contado?

    Wilfrido se sent, se cruz de brazos y contem-pl a Serafita con mirada triste.

    -Os perdono, dijo l, pues no sabis lo que oshacis.

    -Ya sabis que desde que apareci Eva -aadiella-, una mujer hace el bien y el mal a sabiendas.

    -As lo creo, en efecto -replic l.-Estoy segura de ello, Wilfrido. Es precisamente

    nuestro instinto el que nos da tanta perfeccin. Loque los hombres aprendis, nosotras lo presenti-mos.

    -Por qu no presiente, pues, todo el amor quesiento por usted?

    -Porque no me ama.

  • S E R A F I T A

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    -Dios mo!-Por qu os quejis tan angustiosamente? -

    pregunt ella.-Esta noche se est usted ensaando conmigo,

    Serafita. Es usted un autntico demonio.-No. Lo que ocurre es que tengo la facultad de

    comprenderlo todo y esto es terrible, Wilfrido, escomo una luz que ilumina nuestra vida.

    -Por qu escalastis el Falberg?-Minna se lo dir, yo estoy muy cansada para

    explicrselo. Usted tiene ahora la palabra, usted, quetodo lo sabe, que lo conoce todo, y que ha vadeadotantos escollos sociales. Le escucho. A ver si logradivertirme.

    -Y, qu dir yo que usted no sepa? Su ruego noes ms que una burla. Usted es incapaz de aceptarnada de este mundo, cuyos reglamentos, leyes, cos-tumbres, los sentimientos, y las ciencias, despreciatomando altura y reducindolo todo a sus justasproporciones.

    -Se da cuenta que yo no soy una mujer? Se haequivocado, amndome. Qu quiere decir esto?Yo, que bajo de las regiones etreas de mi pretendi-da fuerza, me vuelvo humildemente pequea, medoblego como las pobres hembras de cualquier es-

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    pecie, y usted se apresura a realzarme. Estoy deshe-cha, rota, y le pido que me socorra, pues necesitoapoyarme en un brazo fuerte. Y usted me rechaza.No nos comprendemos, desde luego.

    -Es mucho ms mala usted hoy que otras veces.-Mujer mala! -dijo ella, lanzndole una mirada

    que funda todos sus sentimientos en una sensacincelestial-. No, no sufro, que quede claro. As quemrchese, amigo mo. No actuar usted, as, comoun hombre? Nosotras debemos gustaros, distraeros,estar siempre alegres y no tener ms caprichos queaquellos que os divierten. Qu debo hacer, amigomo? Quiere que cante, que baile, aunque el can-sancio me deje sin voz y sin piernas? Seoresnuestros, aunque estemos a dos pasos de la agona,debemos sonreros! Esto se llama, segn creo, reinaren amo y seor. Pobres mujeres! Dgame, cuandosals de viaje, las abandonis, no es as? Acaso notiene ya corazn mi alma? Pues se lo voy a decir:Yo tengo ms de cien aos, Wilfrido. Ya se puedemarchar! Vaya a postrarse a los pies de Minna, co-rra!

    -Oh, mi amor eterno!

  • S E R A F I T A

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    -Sabe usted lo que es la eternidad? Cllese, Wil-frido. Usted me desea y a la vez no me desea. D-game, no le recuerdo yo a alguna mujer coqueta?

    -Oh, s, es verdad! No reconozco en usted lapura y celestial muchacha que vi por vez primera enla iglesia de Jarvis.

    Al or estas palabras, Serafita se pas la manopor la frente y cuando Wilfrido descubri de nuevosu cara qued asombrado de la religiosa y santa ex-presin que en ella se reflejaba.

    -Tiene usted razn, amigo mo. Ms me valdrano ser un ngel, desde luego.

    -Eso es, querida Serafita, sea mi buena estrella yno se mueva de mi alrededor. Siga proyectando so-bre m su fulgurante luz.

    Y, al decir estas palabras, intent coger la manode la muchacha, que la retir sin inmutarse. Wilfridose levant bruscamente y se fue hacia la ventana,asomndose a ella para que Serafita no viera las l-grimas que resbalaban por su mejilla.

    -Una muchacha que se deja tomar la mano,Acaso no hace con ello una promesa y debe cum-plirla? Sabe que no puedo pertenecerle. Debe saberque el amor lo dominan dos clases de sentimientosy son los que seducen a las mujeres de la tierra. O se

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    entregan a seres que sufren, a los degradados o a loscriminales, a los que ellas desean consolar, levantaro redimir; o se dan a seres superiores, sublimes,fuertes, a los que anhelan poder adorar, comprendery por quienes son aplastados muy a menudo. Ustedha sido humillado, pero se ha purificado en el fuegodel arrepentimiento y hoy posee incluso cierta gran-deza; y no me siento muy dbil para ser su igual, ysoy demasiado religiosa para humillarme ante al-guien que no sea el Altsimo. Su vida, amigo mo,puede traducirse as: nos encontramos en el Norte,entre las nubes donde las abstracciones son monedacorriente.

    -Hablndome as me desmoraliza, Serafita -respondi l-. Sufro mucho viendo cmo emplea lamonstruosa ciencia con la que despoja todas las co-sas humanas de las propiedades que les da el tiem-po, el espacio, la forma, para considerarlasmatemticamente, bajo una expresin pura cual-quiera, tal y como procede la geometra con loscuerpos de los que desprende la solidez.

    -Est bien, Wilfrido, le obedecer. Dejemosesto. Qu le parece esta alfombra de piel de oso,que el pobre David ha colocado aqu?

    -Pues, muy bien.

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    -No conoca usted esta doucha greka?Era una especie de cachemira forrada con piel

    de zorro negro, y cuyo nombre significa "calentadorde almas

    -Cree usted -pregunt ella- que haya algn so-berano, de la corte que sea, que posea una piel pare-cida?

    -Es muy digna de quien la lleva.-Y usted la encuentra bonita, verdad?-Las palabras humanas no dicen gran cosa en tal

    circunstancia. En ellas lo que conviene es hablarcon el lenguaje del corazn.

    -Wilfrido, no sabis lo que os agradezco quetratis de atenuar mi dolor, con tan bondadosas pa-labras... que ya debis de haber dicho a otras.

    -Adis!-Qudese. Os quiero a los dos, a usted y a Min-

    na, crame! Pero, a los dos los fundo en un slo ser.As reunidos sois para m como un hermano, o endistinto, trance, como una hermana, Csese, que yola vea feliz antes de abandonar para siempre estacharca de sacrificios y dolores. Algunas mujeres lohan conseguido todo de sus amantes, Dios mo! Leshan dicho: "caballeros! y ellos se han quedado mu-dos. Les han dicho: "mame de lejos!", y ellos se

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    han mantenido a distancia, como hacen los cortesa-nos con sus soberanos. Les han dicho: "Casaos!" yse han casado en un abrir y cerrar de ojos. Yo deseoque seis felices y usted me rechaza. No tengo elmenor poder sobre usted? Venga, acrquese, Wilfri-do, que quiero decirle algo: si es verdad que no meagradara que se casase con Minna, no lo es menosque cuando yo desaparezca... promtame que seunirn, porque el cielo los ha hecho el uno para elotro.

    -La he estado escuchando con inmenso placer,Serafita, y sus palabras, por incomprensibles quesean, no por ello dejan de ser sumamente encanta-doras. Pero, qu quiere decir con esto?

    -Tiene razn. Soy demasiado cuerda, en lugar deser esa alocada criatura, cuya debilidad tanto osagrada. A usted, que ha venido a estos parajes sal-vajes buscando el descanso, no hago ms que ator-mentarlo. A usted, que est roto a causa de losimpetuosos asaltos de un genio desconocido. A us-ted, que est extenuado por las pacientes tareascientficas y cuyas manos han orillado el crimen yque llevan las huellas, en su carne, de las cadenas dela justicia humana.

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    Wilfrido se haba desvanecido sobre la alfom-bra. Serafita sopl levemente sobre la frente delhombre, que se haba dormido inofensivamente asus pies.

    -Duerme, descansa - dijo levantndose pausa-damente.

    Luego puso sus manos sobre la frente de Wil-frido y pronunci, quedamente, unas frases, con untono cadencioso, melodiosas, con una bondad quemanaba a borbotones de sus labios, as como la dio-sa profana derrama castamente su flujo sobre elpastor que slo concilia el sueo sabindose prote-gido por ella.

    -Ante ti s que puedo mostrarme como real-mente soy, querido Wilfrido, porque t eres unapersona fuerte.

    "Ha llegado la hora en que las luminosas lucesdel porvenir iluminan las almas, la hora en que elalma se debate libremente.

    "Ahora ya puedo confesarte cun grande es miamor No ves cun desinteresado es? Qu es unsentimiento que slo para ti vive? Que mi amor escomo una luz, que te sigue sin cesar, para iluminartu porvenir? Pues este amor es la verdadera luz. Tedas cuenta ahora cun ardientemente deseo que te

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    desprendas de esta vida y que te acerques ms almundo en el que el amor reina sobre todo? No seha despertado en ti la sed de un amor eterno?Comprendes ahora a qu alturas se eleva una cria-tura humana cuando ama tanto: ama el que es inca-paz de traicionar al amor y al que adoramosrendidamente?

    "Quisiera tener alas, Wilfrido, para protegerte,poder derrochar fuerza y drtela a ti, para queirrumpieras con mpetu en el mundo donde reinanlas ms puras alegras y los ms imperecederos la-zos, que en esta tierra pueden darse. Y querra darte,tambin, sombra en este da radiante, que se acercapara iluminar y alegrar los corazones. Perdona queun alma amiga te haya echado en cara tus faltas, conla caritativa intencin de atenuar tus remordimien-tos, y escucha el concierto del perdn! refresca tualma respirando la aurora que se levantar para tims all de las tinieblas de la muerte! S, tu vida esten el ms all!

    "Que mis palabras sean el brillante atuendo detus sueos, que, adornndose con santas imgenes,destellen y desciendan hasta ti. Sube, sube hasta quedistingas bien a los hombres, aunque los veas cmoson: pequeos y apretujados, como granos de la

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    arena del mar. La humanidad se despliega como unasimple cinta.

    Fjate en los distintos matices de esta flor de losjardines celestes. Ves aquellos que estn faltos deinteligencia, y los que comienzan a adquirirla, y losque estn baqueteados, los que son todo amor, losque estn inmersos en la sabidura y que aspiran aun mundo inundado de luz?

    "Comprendes, ahora, cul es el destino de lahumanidad? De dnde viene, adnde va? Sigue tucamino! Y, cuando llegues al trmino de tu viaje,oirs los clarines del Todopoderoso y los gritosvictoriosos y unos compases tan potentes, que conslo uno de ellos se podra hacer temblar la tierraentera. Esos compases que se pierden en un mundosin oriente y sin occidente. No comprendes, po-brecito mo, que sin cierto atrevimiento, sin los ve-los del sueo, estos espectculos destrozaran tuinteligencia, como la tempestad desgarra el frgilvelamen de las naves y privaran a un hombre derazn para el resto de sus das? No comprendesque el alma sola, incluso en toda su plenitud, nopuede resistir, durante el sueo, a las voraces comu-nicaciones del espritu?

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    "Vuela an a travs de las brillantes y luminosasesferas; admira, corre. Volando, descansa, anda sincansarte. Como todos los hombres, s que t tam-bin quisieras estar siempre inmerso en esferas dedistintos perfumes, y de una luz por la que t ale-teas, con la ligereza de tu desvanecido cuerpo y alasque tan slo accedes por el pensamiento! Corre,vuela, goza durante unos instantes de esas alas, queconquistars cuando el amor llenar tu vida, alpunto que quedar inconsciente y que sers todointeligencia y todo amor. Cuando ms alto subesmenos ves los abismos, pues en el cielo no hay pre-cipicios. Mira, si no, a ste que te habla, a ste quete sostiene encima de este mundo de los abismos.Mira, contmplame an un rato, pues cuando meveas a la luz del plido sol terrestre, mi silueta serborrosa, imperfecta."

    Serafita se puso en pie y se qued inmvil, conla cabeza ligeramente inclinada, y con la cabellerasuelta, en esa postura area, con que los grandespintores han plasmado a los mensajeros celestes: lospliegues de sus vestidos tenan la gracia indefinidaque sorprende incluso al artista, al hombre que todolo traduce con el sentimiento, ante las deliciosas l-neas del velo de la Polimnia antigua. Luego extendi

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    la mano y Wilfrido se levant. Cuando mir a Sera-fita, la blanca muchacha estaba acostada sobre lapiel de oso, con la cabeza apoyada en una mano, elrostro tranquilo y una mirada tranquila.

    Wilfrido la contempl en silencio, pero su caradelataba un temor respetuoso, que traicionaba tam-bin su contenida timidez.

    -S, querida -dijo l, como si contestara a unapregunta-, vivimos separados, en dos mundos muydiferentes, pero me resigno y no puedo por menosque adorarla, qu sera de m abandonado a misuerte?

    -Pero, no tiene usted a Minna, Wilfrido?El hombre baj la cabeza.-No sea usted tan altivo! Una mujer, con amor

    es capaz de comprenderlo todo; y cuando ella no locomprende, lo siente; y cuando no lo siente, lo ve; ycuando ella no lo ve, ni lo siente, ni lo comprende,este ngel de la tierra os adivina para poder protege-ros y disimula su proteccin con la gracia del amor.

    -Acaso soy digno de pertenecer a una mujer,Serafita?

    -De pronto se ha vuelto usted muy modesto.no ser una trampa? No olvide que una mujer essiempre sensible a la glorificacin de sus debilida-

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    des! Pues bien, pasado maana por la tarde venga atomar el t a mi casa; el bueno del seor Becker es-tar con nosotros; y ver usted a Minna, que es lams cndida de las criaturas de este mundo. Ahoradjeme sola, mi querido amigo, pues tengo que re-zar mucho para expiar mis faltas.

    -Pero, cmo puede usted pecar?-Mi pobre amigo, el abusar de nuestro poder

    acaso no es un acto orgulloso? Creo, sinceramente,que me he portado muy orgullosamente... ande,mrchese, y hasta maana.

    -Hasta maana -respondi quedamente Wilfri-do, mirando fijamente a aquella criatura, como siquisiera conservar de ella una imborrable imagen.

    Quera marcharse, pero una fuerza inexplicablelo retuvo durante un buen rato, de pie, extasiadoante la luz que se filtraba por las ventanas del casti-llo sueco.

    -Qu habr visto? -pens-. No es una simplecriatura, apercibida entre velos y nubes, los recuer-dos retumban en m como un dolor que se ha des-vanecido, parecidos a la sorpresa que producen ennosotros los sueos, en los que omos los gemidosde las generaciones pasadas, que se mezclan conaquellas voces armoniosas de las esferas elevadas,

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    donde todo es luz y amor. Estoy despierto? Oestoy todava dormido? Habr guardado mis sue-os en mi memoria, en estos ojos ante los cualesretroceden luminosos espacios, hasta el infinito?Pese al fro de la noche, mi cabeza arde. Me voy alpresbiterio, con el pastor y su hija y all podr coor-dinar mis ideas.

    Pero, sigui sin moverse, en aquel sitio desde elcual poda apercibir el saln de Serafita. Esta miste-riosa criatura pareca ser el polo de atraccin miste-rioso, en el que reinaba una atmsfera ms densaque la de otros seres; cualquiera que entrase en ellaera sometido a un torbellino de claridad y de vora-ces pensamientos. Obligado a luchar contra aquellainexplicable fuerza, Wilfrido se liber, pero fue acosta de grandes esfuerzos. Y, tras franquear el re-cinto de la casa, reco-br su libre albedro, se fueprecipitadamente hacia el presbiterio y se encontr,de pronto, debajo del alto cobertizo, que haca lasveces de peristilo, en la casa del seor Becker. Abrila puerta, profusamente adornada con noeyer, ycontra la cual el viento haba amontonado la nieve.Traspuesta aquella primera puerta, Wilfrido aporrevirilmente la segunda, diciendo:

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    -Me permite, seor Becker, que pase la veladacon ustedes?

    -S -le respondieron dos voces, que se confun-dieron en el espacio.

    Al penetrar en el vestbulo, Wilfrido tuvo la im-presin de que resucitaba. Salud muy cariosa-mente a Minna, dio un apretn de manos a su padrey se qued mirando un cuadro, cuya influencia erasosegadora, y que frenaba los vivo impulsos de sunaturaleza fsica, en un fenmeno parecido al queestn sometidos los hombres que practican prolon-gadas contemplaciones. Si algn pensamiento raptaen sus quimricas alas a un sabio o a un poeta y loasla de la vida exterior, en la que est encerradoaqu abajo, y lo transporta hacia regiones sin fronte-ras, donde los hechos se encadenan abstractamente,donde las creaciones de la naturaleza son retratosvivos, donde una gran maldicin castiga a quiendistrae sus sentidos y encarcela su alma viajera entresus huesos y su piel. El choque de estas potencias: elcuerpo y el espritu, engendran sufrimientos inau-ditos. El cuerpo exige el retorno de la llama que loconsume. Pero, esta fusin no es ms que un hervi-dero, en el que combaten los cuerpos enemigos,entre torturas que la qumica pone en evidencia, y

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    que parece complacerse en reunir incansablemente.De un tiempo a esta parte, cada vez que Wilfridoentraba en la casa de Serafita, tena la impresin deque caa en un abismo. Con su sola mirada aquellacriatura lo arrastraba, espiritualmente, hacia las esfe-ras en las que la meditacin sume a los sabios o a lasque uno se siente transportado por la religiosidad,donde la visin conduce al artista y al que todos loshombres acceden gracias al sueo, pues cada unoposee sus medios para llegar a los abismos superio-res, y su gua para ir hasta ellos, y todos conocen elsufrimiento del retorno. Solamente all es donde sedesgarran los velos y se muestra desnuda la Revela-cin, ardiente y terrible testimonio de un mundodesconocido del que aqu abajo no conocemos, es-piritualmente hablando, ms que pobres harapos.Para Wilfrido, las horas pasadas en casa de Serafita,por breves que fueran, parecan un sueo, a esesueo a que tan aficionados son los thriakis, en losque el mnimo parpadeo se transforma en el polo deun radiante gozo. Sala de aquella casa roto, depri-mido, como una muchacha que ha corrido tras laszancadas de un gigante. El fro empezaba a sosegar,con sus aceradas caricias, la mrbida trepitacinproducida por la combinacin de dos naturalezas

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    violentamente separadas; pero volva siempre por elpresbiterio, atrado hacia Minna por el vulgar es-pectculo de la vida del que estaba sediento, comotiene sed de su patria el aventurero europeo quesurca tierras orientales, pese a las cautivadoras reali-dades que en Oriente se dan. Pero, esta vez, el ex-tranjero, ms cansado que nunca, se dej caer en unsilln y estuvo mirando a su alrededor, como al-guien que acaba de despertar. El seor Becker y suhija, sin duda acostumbrados al curioso comporta-miento de su husped, seguan hacienda sus cosas.

    El vestbulo estaba adornado por una coleccinde insectos y de conchas de Noruega. Aquellas cu-riosidades estaban hbilmente dispuestas sobre elfondo amarillento de la madera de abeto que cubralas paredes de la casa y el humo del tabaco las habateido con filigranas fuliginosas. En el fondo, frentea la puerta principal, haba una enorme estufa dehierro forjado. Como la criada lo fregaba cuidado-samente, la estufa brillaba como si fuera de aceropulimentado. Sentado en un silln mullido, cerca dela estufa, con los pies metidos debajo de una mesita,en una especie de folgo, el seor Becker lea un in-folio colocado sobre unos libros, al lado de una ja-rrita de cerveza, y de una humeante lmpara de

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    aceite de pescado. El ministro del Seor pareca te-ner unos sesenta aos y su perfil se asemejaba al delos tipos a que tan aficionado era Rembrandt; eransus mismos ojitos vivarachos y rodeados de arrugas,y protegidos por unas espesas y encanecidas cejas;eran los mismos cabellos blancos que salan, rebel-des, por debajo del gorrito de terciopelo negro, conuna frente ancha y con no menos anchas entradas; yaquella cara, cuya barbilla achatada la haca cuadra-da; y la profunda tranquilidad que da una impresinde fuerza: el rango que da el dinero, el poder tribu-nicio del alcalde, la conciencia del arte o la fuerzacbica de la ignorancia humana. Aquel hermosoviejo respiraba una robusta salud a travs de suabultada barriga, iba vestido con un batn de felpavulgar. En la boca aprisionaba una larga pipa de es-puma de mar, de la que sala a veces alguna espiralde humo que el viejo segua con su mirada, mientraspareca sumido en la meditacin digestiva de lospensamientos del autor, cuyas obras estaba consul-tando. Al otro lado de la estufa, y cerca de la puertade la cocina, Minna se transparentaba a travs deaquella niebla humeante, a la que estaba ya acos-tumbrada. Ante ella, sobre otra mesita, haba pren-das que esperaban algn zurcido: toallas, medias, y

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    una lmpara parecida a la que iluminaba las pginasde los libros en la mesita vecina, sobre la que su pa-dre estaba trabajando. Su fresco rostro, al que suarmoniosa silueta daba un aspecto de gran pureza,reflejaba, con su blanca frente y sus aclarados ojos,una candidez infantil. Estaba inclinada hacia la luz,para trabajar mejor sin duda, y, sin darse cuenta deello, mostraba un escote bellsimo. Iba vestida conun salto de cama de blanca tela de algodn, y conun sencillo gorrito de percal, que cubra apenas sufrondosa cabellera. Aunque pareca sumida en algu-na contemplacin secreta, no por ello dejaba decumplir su tarea con una gran meticulosidad, ofre-ciendo con esto la mejor imagen del tipo de mujerdestinada a las tareas terrestres, cuyas miradas pue-den taladrar el nublado ambiente del santuario, peroque un pensamiento humilde y caritativo mantiene ala altura del hombre. Wilfrido estaba sentado en elsilln que haba entre las dos mesitas y contemplabaaquella escena con cierto arrobamiento, a la cual lasnubecillas de humo ni siquiera enturbiaban.

    La nica ventana que iluminaba el vestbulo du-rante el verano permaneca cerrada entonces. Amodo de cortinas colgaba de un palo, formandopliegues, un gran tapiz. All no haba nada que pu-

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    diera ser tenido por pintoresco, sino que reinabauna rigurosa simplicidad, un ambiente autntica-mente bondadoso, una cierta dejadez natural, esdecir: todo lo que refleja una vida sin complicacio-nes de ninguna clase. Muchas viviendas parecensalidas de un sueo y los destellos pla-centeros sedira que esconden realidades menos halageas;pero aquel vestbulo era realmente sublime, con unaarmona de colores que despertaba las ideas patriar-cales de una vida intensa v recogida. El silencio sloera turbado por el ajetreo de la sirvienta que prepa-raba la cena, y por el temblorcillo del pescado secoque, con manteca salada, segn costumbre del pas,se frea en la sartn.

    -Quiere usted fumar una pipa? -pregunt el se-or Becker, aprovechando un instante en que Wil-frido pareca atento a su palabra.

    -Muchas gracias, seor Becker -respondi l,amablemente.

    -Parece estar menos en forma que otras veces -le dijo Minna, sorprendida por la flojedad de la vozdel visitante.

    -Cada vez que salgo del castillo me pasa lomismo.

    Minna se estremeci. Y Wilfrido prosigui:

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    -El castillo est habitado por una persona muyextraa, seor pastor. Hace seis meses que estoy eneste pueblo y no me he atrevido a hacer la menorindagacin sobre ella y an hoy me he de forzar pa-ra hablarle de este asunto. Le dir que sent muchotener que interrumpir mi viaje, por culpa del invier-no, y verme obligado a vivir aqu; pero, desde eseda, hace ya dos meses, las cadenas que me atan aJarvis parecen ser ms fuertes y mucho temo termi-nar aqu mis das. Usted sabe de mi encuentro conSerafita y la impresin que me causaron su mirada ysu voz y en qu condiciones fui recibido en su casa:como nadie hasta entonces lo haba sido. El primerda, recurdelo, ya vine a verle, a preguntarle cosassobre esta misteriosa criatura. Aqu comenzaron,para m, esta serie de encantamientos...

    -Encantamientos, dice? - grit el pastor, ha-ciendo caer la ceniza de su pipa en una especie deescupidera, en parte llena de arena -. Pero, acasoexisten los encantamientos?

    -Usted, que est leyendo Sortilegios, de JeanWier, comprender seguramente la explicacin quevoy a darle sobre las sensaciones que he experi-mentado - aadi Wilfrido -. Si estudiamos bien lanaturaleza, ya sea en sus grandes revoluciones, ya

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    sea en sus pequeos cambios, no es posible ignorarla posibilidad de que se produzcan encantamientos,si damos a esta palabra su verdadero significado. Elhombre no crea fuerzas, sino que emplea la nicaque existe y que las resume a todas y cuyo movi-miento viene insuflado, incomprensiblemente, porel soberano fabricante de los mundos. Las especiesestn muy bien delimitadas para que el hombre co-meta el error de confundirlas; el nico milagro deque la mano humana era capaz ya se realiz con lacombinacin de dos sustancias opuestas. Incluso laplvora es hermana del rayo! Toda creacin requie-re tiempo y el tiempo no se adelanta ni se atrasa anuestra guisa. As, al margen de nosotros, la natura-leza plstica obedece a leyes en cuyo orden y evolu-cin la mano del hombre no juega ningn papel.Pero, despus de haber determinado la parte queasume la materia, no sera razonable que descono-ciramos en nosotros la existencia de un monstruo-so poder cuyos efectos son tan inconmensurablesque ninguna generacin los ha podido identificarcorrectamente. No le hablo de la facultad que te-nemos de aislarnos, de forzar a la naturaleza a refu-giarse en el verbo, acto gigantesco ante el cual elvulgo no reflexiona bastante, al tiempo que ignora

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    el movimiento, y que ha conducido a los tesofosindios a explicar la creacin por medio de un verborevestido de la potencia inversa. La ms pequeaporcin de su alimento: un simple grano de arroz enel que nace la Creacin y en el que esta misma Crea-cin se resume alternativamente, les ofreca unaimagen tan pura del verbo creador y del verbo aisla-dor, que era imposible no aplicar este sistema a lafundacin de los mundos. La mayor parte de loshombres tenan que conformarse con el grano dearroz sembrado en el primer versculo de todas lasgnesis. San Juan, al decir que el verbo estaba enDios, no hizo ms que complicar las cosas. Pero, lagerminacin y la madurez de nuestras ideas son po-ca cosa, si comparamos esta propiedad, repartidaentre muchos hombres, a la facultad individual decomunicar a dicha propiedad fuerzas ms o menosactivas por medio de yo no s qu concentracin ytrans-portarla a la tercera, a la novena, o a la vigsi-ma sptima potencia, que hiciera mella en las masasy obtener as resultados mgicos, al condensar losefectos de la naturaleza. Pues yo llamo encanta-miento a la laboriosa accin que las dos membranasdesarrollan sobre la funda de nuestro cerebro. En lanaturaleza inexplorada del mundo espiritual se en-

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    cuentran algunos seres armados de estas increblesfacultades, slo comparables a la terrible potenciade los gases en el mundo fsico y que, en combina-cin con otros seres, actan de forma que provocansobre estos pobres ilotas unos sortilegios contra losque estn prcticamente indefensos: los encantan,los dominan, los someten a una terrible esclavitud yhacen pesar sobre ellos las magnificencias y el cetrode su naturaleza superior, as como el pez torpedoelectriza y entontece al pescador que lo toca; es co-mo una dosis de fsforo que exalta o acelera la vida,como un opio que adormece el cuerpo, desata elespritu, dejndolo vagar por el espacio; le muestrael mundo a travs de un prisma y le extrae su ali-mento preferido; obra como la catalepsia, que anulatodas las facultades, en provecho de una sola visin.Los milagros, los encantamientos, los sortilegios, enfin: los actos impropiamente llamados sobrenatura-les no son posibles, ni pueden explicarse ms quegracias al despotismo con el que un espritu nosconstrie a someternos a los efectos de una pticamisteriosa que crece, que empequeece, que exaltala creacin, que la hace moverse dentro de nosotrosa su guisa, que nos la desfigura o nos la embellece,que nos sube al cielo o nos desciende al infierno,

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    que son los dos trminos en los que se expresa elplacer extremo y el dolor mayor. Estos fenmenosestn en nosotros y no fuera de nosotros. El ser quellamamos Serafita se me antoja que es uno de esosraros y terribles demonios, a los que es dado elabrazar a los hombres, de exprimir a la naturaleza yde compartir el poder oculto de Dios. El curso desus encantamientos ha comenzado para m con elsilencio que me ha sido impuesto. Cada vez que in-tentaba interrogarle sobre ella me pareca estar apunto de revelar un secreto del que tena la obliga-cin de ser un incorruptible protector; cada vez quehe querido preguntarle algo sobre ella, algo can-dente ha sellado mis labios, haciendo de m el mi-nistro involuntario de esta misteriosa criatura. Meveis aqu por la centsima vez: abatido, roto, porhaber jugado con el alucinante mundo que lleva enella esa muchacha, dulce y frgil a ultranza, pero queha sido para m la ms cruel de las brujas. S, ella espara m como una bruja que, en su mano derecha,esgrime un instrumento con el que mueve al mun-do, mientras que, en su mano izquierda, apresa elrayo capaz de disolverlo todo, a su gusto. No puedomirarla de frente, porque se desprende de ella unaclaridad cegadora sin igual. Soy demasiado torpe, al

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    orillar los abismos de la locura, para callarme. Meagarro, pues, a estos instantes, en los que las fuerzasno me abandonan del todo, para resistir a estemonstruo, que me arrastra tras de l, sin pararmientes en mis posibilidades. Quin es ella? Laconoci usted cuando era joven? Ha nacido siquie-ra entre nosotros? Tuvo padres? Fue concebida,acaso, conjuntamente por el hielo y el sol? Porquenos hiela, nos quema, se esconde y se nos aparece,como una verdad recatada, me atrae y me repele,me da la vida y la muerte y la quiero y la odio a lavez. No puedo vivir as. Quiero estar en el cielo oen el infierno, plenamente.

    Conservando la pipa, recin cargada, en unamano, mientras en la otra sostena la cajita del taba-co, el seor Becker escuchaba atentamente a Wilfri-do, con aire misterioso, echando vistazos a su hija,que pareca comprender aquel lenguaje mejor quesu padre, tan en armona con el ser que lo inspiraba.Wilfrido era bello como Hamlet al oponerse a lasombra paterna, aquella sombra tangible con la queconversaba, al verla erigirse, tan slo para l, en me-dio del mundo de los vivos.

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    -Esto se parece mucho a la pltica de un hom-bre enamorado -dijo bonachonamente el buenpastor.

    -Enamorado yo? -replic Wilfrido-. Bueno, s,segn la opinin de la gente vulgar. Pero, queconste, seor Becker, que ninguna palabra puedeexpresar el frenes con el que me siento empujadohacia esa salvaje criatura.

    -La queris, entonces? -pregunt Minna, contono de reproche.

    -Mire, seorita, se produce en m tal escalofrocuando la veo, y se apodera de m una tristeza tanprofunda cuando no la veo, que cualquier hombrellamara a esto amor; mas este sentimiento acercaardientemente a los seres humanos, mientras que ennuestro caso, entre ella y yo se abre una especie deabismo de frialdad, que me da esos escalofroscuando estoy frente a ella y que cesan en cuanto mealejo de ella. Y cada vez que me separo de ella midesolacin es mayor, y cada vez vuelvo a su ladocon mayor ardor, como los sabios que acorralan elsecreto que quieren descubrir y a los que la natura-leza repele, o como el pintor que quiere plasmar suvida sobre una tela y fracasa, aun cuando pone enjuego, en la tentativa, todos los recursos del arte.

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    -Pero todo esto me parece muy justo, seor -respondi cndidamente la muchacha.

    -Cmo lo sabes t, Mina? -pregunt el pastor.-Ah, padre mo! Si vos hubierais ido esta maa-

    na con nosotros hasta la cima del Falberg y la hu-bierais visto rezando, no me harais estas preguntas.Dirais, como el seor Wilfrido, cuando la vio porvez primera en el templo: "Es un genio de la plega-ria."

    - Es cierto! -replic Wilfrido-. Ella no tiene elmenor parecido con las criaturas que se agitan enlos innumerables abismos de este mundo!

    -Habis estado en el Falberg? -exclam el viejopastor-. Y, cmo os las habis arreglado para llegarhasta all?

    -Lo ignoro -respondi Minna-. Yo escal aque-llo como si fuera un sueo, del que ya no conservoms que un leve recuerdo! Casi como si tal pruebano hubiera realmente existido.

    Y, al decir esto, sac una flor de su regazo. Lostres fijaron sus miradas en aquella bonita saxfraga,todava lozana, la cual, pese a la luz de aquellas tris-tes lmparas, brillaba, a travs de las nubecillas dehumo, con incomparables destellos.

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    -He aqu algo que es sobrenatural -dijo el ancia-no, al ver abrirse una flor en pleno invierno.

    -Un abismo! -exclam Wilfrido, impresionadopor su perfume.

    -Esta flor me da vrtigo -dijo Minna-. Me pare-ce or su voz, que es como una msica del pensa-miento, tal como veo la luz de su mirada, que espuro amor.

    -Mi querido husped -respondi el anciano, lan-zando una bocanada de humo-, para explicaros elnacimiento de esta criatura sera necesario desenma-raar los ms tupidos nubarrones de todas las doc-trinas cristianas, y no es fcil alcanzar tal claridadtratndose de la ms incomprensible cae las revela-ciones, el ltimo destello de la que se haya proyec-tado sobre el montn de fango que es nuestromundo. Conoce usted Swedenborg?

    -Tan slo de nombre; pero la verdad es que del, de sus libros y de su religin, no s nada.

    -Pues bien, le voy a contar Swedenborg de caboa rabo.

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    III

    SERAFITA - SERAFITUS

    Tras una pausa, durante la cual el pastor parecaestar agavillando sus recuerdos, comenz su relato:

    -Emmanuel de Swedenborg naci en Upsala,Suecia, en el mes de enero de 1688, segn algunosautores, y en 1689, si se da crdito a su epitafio. Supadre era obispo de Sflara. Swedenborg viviochenta y cinco aos, muriendo en Londres, el 29de marzo de 1772. Conste que si utilizo esta manerade hablar es para expresar un simple cambio de es-tado, ya que, segn sus discpulos, a Swedenborg sele vio, posteriormente a dicha fecha, en Jarvis y enPars... Que conste, tambin, querido Wilfrido -aadi el seor Becker, haciendo ademn de opo-

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    nerse a cualquier interrupcin-, que cuento los he-chos sin afirmar que son ciertos, como tampoconiego su veracidad! Escuche y luego piense de todoesto lo que mejor le parezca. Cuando yo juzgue,critique o discuta dichas doctrinas, ya lo avisar, conel fin de que constate mi neutralidad bsica entre larazn y L!

    "La vida de Emmanuel Swedenborg estuvo di-vidida en dos partes -precis el pastor-. De 1668 a1745 el barn Emmanuel de Swedenborg apareci alos ojos del mundo como un hombre de una culturavastsima, estimado, querido por sus virtudes, irre-prochable en todo instante, til en toda circunstan-cia. A la vez que asuma cargos en Suecia, de 1709 a1740, public numerosos libros sobre mineraloga,fsica, matemticas y sobre la astronoma, que faci-litaron grandemente las investigaciones de los sabiosdel mundo entero. Invent mtodos de construc-cin de puertos y muelles navales. Ha escrito sobrelas cosas ms importantes: en torno a la posicin dela Tierra y sobre el fenmeno de las mareas. Cadavez que se dedic a una ciencia determinada fuepara hacerla progresar. En sus aos jvenes estudilas lenguas hebrea, griega, latina y las orientales, conlas que se familiariz tanto que clebres profesores

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    lo consultaron a menudo y gracias a lo cual pudodescubrir, en Tartaria, los vestigios del ms antiguolibro de la Palabra, llamado Las Guerras de Jehov yLos Enunciados, de los que hablan Moiss en losNmeros (XXI, 14, 15, 27-30), Josu, Jeremas ySamuel.

    Las Guerras de Jehov constituyen la parte his-trica, y Los Enunciados la parte proftica de estelibro, que es anterior al Gnesis. Swedenborg haafirmado incluso que El Jaschar o el Libro del Justo,del que habla Josu, exista en la Tartaria oriental,con el culto de las Correspondencias. Se cuenta queun francs ha confirmado recientemente las previ-siones de Swedenborg, al revelar el descubrimiento,en Bagdad, de varios extractos de la Biblia, com-pletamente desconocidos en Europa. Cuando aque-lla discusin habida en Pars, en torno almagnetismo animal, en 1785, y en la que tomaronparte activa casi todos los sabios del mundo, elmarqus de Thom veng la memoria de Sweden-borg al hacer hincapi en los asertos que escaparona los comisarios, nombrados por el rey de Francia,para dictaminar sobre el citado magnetismo. Aque-llos seores pretendan que no exista ninguna teoraen torno a la imantacin, sobre la cual, por lo tanto,

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    ya se haba inclinado Swedenborg en 1720. El seorde Thom aprovech la ocasin para demostrar lascausas de aquel olvido en el que haban dejado alsabio sueco los ms reputados investigadores, con elfin de registrar sus tesoros y procurarse datos paraenriquecer sus propios trabajos. Entre los ms ilus-tres hubo algunos, dijo el seor de Thom, hacien-do alusin a la Teora de la Tierra, de Buffon, quetuvieron la debilidad de adornarse con plumas aje-nas, sin tener la delicadeza de decirnos de dnde lashaban sacado."

    En fin, iba a probarnos, con gloriosas citas, ex-tradas de la obra enciclopdica de Swedenborg, queeste gran profeta se haba adelantado, en varios si-glos, a la lenta progresin de las ciencias humanas:basta leer, en efecto, sus obras filosficas y minera-lgicas para convencerse de ello. En un prrafo sepresenta como el precursor de la qumica actual, alafirmar que todo lo que produce la naturaleza estsujeto a descomposicin y desemboca en dos prin-cipios puros; que el agua, el aire y el fuego, no sonelementos; en otro pasaje, en pocas palabras, alcan-za las profundidades de los misterios magnticos,arrebatando as la primaca en este terreno a Mes-mer.

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    -Y he aqu -dijo el seor Becker, enseando unalarga tabla, sobre la que descansaban libros de todasclases- diecisiete obras distintas, de las que una sola,sus Obras filosficas y mineralgicas, publicadas en1734, tienen tres volmenes infolio. Estas obras,que dan fe de los conocimientos positivos del seorSwendeborg, me han sido facilitadas por el seorSerafitus, su primo, que no es otro que el padre deSerafita. En 1740, Swedenborg se sumi en un si-lencio absoluto, del que no saldra ms que paraabandonar definitivamente sus ocupaciones tempo-rales y dedicarse nuevamente a las espirituales. Re-cibi las primeras rdenes del Cielo en 1745. Heaqu cmo nos explica su vocacin:

    "Una noche, estando l en Londres, y tras haberhecho una cena oppara, una espesa niebla se exten-di en su habitacin. Cuando se disiparon las tinie-blas, de un rincn de la habitacin surgi unacriatura con forma humana, la cual, con una vozterrorfica, le dijo:

    "-No comas tanto!"Entonces, a partir de aquel da, observ una

    dieta rigurossima. A la noche siguiente se le apare-ci el mismo hombre, tan radiante de luz como lavspera, y le dijo:

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    "-Soy un enviado de Dios y has de saber que tehe escogido para explicar su palabra a los hombres,asi como su Creacin. Voy a dictarte lo que debesdecirles.

    "La visin dur breves instantes. El NGEL,segn l dijo, iba vestido de prpura. Aquella mismanoche, la mirada de su hombre interior pudo con-templar el cielo, el mundo de los espritus, as comoel infierno; tres esferas diferentes en las que encon-tr personas conocidas, muertas, fsicamente, desdehaca mucho tiempo o recientemente. Desde aquelinstante Swedenborg vivi constantemente unaexistencia espiritual y asumi en nuestro mundo elpapel de enviado de Dios. Si su misin fue puestaen duda por los incrdulos, su conducta fue indis-cutiblemente la de un ser supe