balzac papa goriot

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  • Pap GoriotBalzac, Honor de

    Published: 2011Categorie(s):Tag(s): "Narrativa de contenido social"

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  • Al grande e ilustre Geoffrey Saint Hilaire,como testimonio de admiracin por su labor y su talento.DE BALZAC

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  • Prefacio de la segunda edicin

    E l autor de este boceto no ha abusado nunca del derecho a hablar des mismo que posee todo escritor, y del que tiempo atrs usaba cadacual tan libremente que ninguna obra de los dos ltimos siglos ha apare-cido sin su correspondiente prefacio. El nico prefacio que el autor escri-bi fue suprimido; lgicamente ste tambin lo ser; por qu lo escribeentonces? He aqu la respuesta:

    La obra en que trabaja el autor sin duda debe recomendarse un da porsu extensin mucho ms que por el valor de los detalles. Se parecer,aceptando el triste fallo de una reciente crtica, a la obra poltica de aque-llas potencias brbaras que slo triunfaban por el nmero de sus solda-dos. Cada uno triunfa como puede, y slo los impotentes no triunfan ja-ms. As, pues, no podra exigir al pblico que lo abrazase todo de bue-nas a primeras y adivinase un plan que l mismo no entrev ms que aciertas horas, cuando cae la tarde, cuando piensa en edificar sus castillosen Espaa; en suma, en esos instantes en que si os preguntan en qu pen-sis, respondis: En nada! Por eso no se ha quejado nunca de la injus-ticia de la crtica, ni de la poca atencin que el pblico pona en el juiciode las diversas partes de esta obra, todava mal apuntalada, y completa-mente dibujada, y cuyo programa no est expuesto en ninguna de las Al-caldas de Pars. Quizs habra tenido que advertir, reiteradamente, conla sencillez de los viejos autores, a las personas abonadas a los gabinetesde lectura, que tal o cual obra era publicada con esta o la otra intencin.Pero el autor de los Estudios de Costumbres y de los Estudios Filosficosno lo ha hecho por varias razones.

    En primer lugar, se interesan los habituales de los gabinetes literariospor la literatura? No la aceptan como el estudiante acepta el cigarro?Hay que decirles que las revoluciones humanitarias estn o no estn cir-cunscritas en una obra, que uno es un gran hombre indito, un Homerosiempre inacabado, que uno comparte con Dios la fatiga o el placer deordenar los mundos? Corresponderan con su fe a estos embustes litera-rios? No se les ha fatigado ya con muchos sistemas paticojos, con mu-chas promesas incumplidas? Por otra parte, el autor no cree en la genero-sidad, ni en la atencin de una poca laxa y ladrona que por dos cuartosva a buscar literatura en un rincn de cualquier calle como se enciendeuna yesca fosfrica, que pronto querr un Benvenuto Cellini barato, untalento a precio fijo, y que declara a los poetas la misma guerra que hadeclarado a Dios, sangrndoles con el Cdigo, despojndoles mientrasviven y desheredando a sus familias cuando mueren. Adems, durante

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  • mucho tiempo su nica intencin al publicar libros fue la de obedecer aese segundo destino, a menudo contrario a aquel que el cielo nos ha con-cedido, que nos van fraguando los acontecimientos sociales, al que lla-mamos vulgarmente la necesidad, y que tiene por responsables a hom-bres llamados acreedores, gente preciosa, puesto que su nombre quieredecir que tienen fe en nosotros. Finalmente, esas advertencias a propsi-to de un detalle le parecen mezquinas e intiles; mezquinas porque noaportaran luz ms que sobre cosas pequeas que deberan dejar a la cr-tica; intiles, porque deberan desaparecer cuando el todo estuvieracompleto.

    Si el autor habla aqu de sus empresas, resulta precisa una acusacinextraa, inmerecida, que pasar inadvertida en un pas donde todo seperdona. El prefacio que ya no significaba gran cosa, no significar en-tonces nada. Sin embargo, tiene algo que responder y por eso responde.

    Desde hace algn tiempo, el autor se siente sorprendido al encontraren el mundo un nmero sobrehumano, inesperado, de mujeres sincera-mente virtuosas, dichosas por ser virtuosas, virtuosas porque son dicho-sas. Durante algunos das de observacin no ha odo por todas partesms que crujidos de alas blancas que se desplegaban, verdaderos ngelesque parecan prximos a levantar el vuelo con su ropaje de inocencia, to-das ellas casadas por lo dems, y que le hacan reproches por el gusto in-moderado en agraciar a las mujeres con esas felicidades ilcitas de unacrisis conyugal que en otro lugar ha denominado l, cientficamente, elMinotaurismo. Esos reproches iban envueltos en algunas lisonjas, puesesas mujeres predestinadas a los placeres del cielo declaraban que cono-can perfectamente el ms detestable de todos los libelos, la horrible Fis-iologa del Matrimonio, y se servan de esta expresin para evitar la pro-nunciacin de una palabra proscrita en el lenguaje virtuoso: el adulterio.Unas le decan que en sus libros la mujer no era virtuosa ms que a lafuerza o por azar, nunca por gusto o por placer. Otras le aseguraban quelas mujeres entregadas al Minotauro y representadas en sus obras eranencantadoras y hacan llenarse de agua la boca por esas faltas que debanrepresentarse como lo ms desagradable del mundo, y que exista granpeligro para la cosa pblica en hacer envidiar el destino de tales mujeres,por desgraciadas que fueran. Muy al contrario, a aquellas otras que esta-ban llenas de virtud les pareca que deban ser personas extremadamentedesagradables y desgraciadas. En fin, los reproches fueron tan numero-sos que el autor no acabara de exponerlos todos. Imaginaos a un pintorque cree haber sacado parecida a una joven, y a quien esa mujer devuel-ve el retrato so pretexto de que est horrible. No hay motivo para

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  • volverse loco? Pues as ha hecho el mundo conmigo. Una ha dicho: noso-tras somos blanco y rosa y usted nos ha prestado tonos infames. Otra: yotengo la piel lisa para las gentes que me aman, y usted me ha sacado estapequea arruga, que slo conoce mi marido.

    Tantos reproches asustaron al autor. No supo en qu convertirse al verun nmero tan prodigioso de Vestales, merecedoras del premio Month-yon y que l haba entregado negligentemente a la polica correccional dela opinin pblica. En los primeros momentos de una derrota no se pien-sa ms que en la propia salvacin; hasta los ms bravos se ven arrastra-dos. El autor olvid que alguna vez, a semejanza de la caprichosa natura-leza, se haba permitido hacer a las mujeres virtuosas tan atractivas comoson las mujeres criminales. Su cortesa no haba sido comprendida, y legritaban porque haba dicho la verdad. Pap Goriot se comenz duranteel primer cuarto de hora de esa desesperacin. Para ahorrar en su mundoficticio algunos adulterios de ms, tuvo la idea de ir a buscar varios desus ms perversos personajes femeninos, a fin de procurar una especiede statu quo en esta grave cuestin. Luego, cuando hubo cumplido esteacto respetuoso, el miedo a recibir algunos zarpazos le sugiri y sientela necesidad de confesar aqu su pnico, la reaparicin de madame deBeausant, la de lady Brandon, de mesdames de Restaud y de Langeais,que figuran ya en la Mujer abandonada, en La Grenadire, en el Pap Gob-seck y en No toquis el hacha. Pero si el mundo le toma en cuenta su parsi-monia en la consideracin de las mujeres reprochables, tendr valor parasoportar los golpes de la Crtica. Esta vieja parsita de los festines literar-ios, que ha bajado del saln para sentarse en la cocina, donde revuelvelas salsas antes de que estn en su punto, no se abstendr de decir ennombre del pblico que ya estaba harta de esos personajes; que si el au-tor hubiera tenido poder para crear otros nuevos, se habra abstenido detraer de nuevo a aqullos; pues de todos los Aparecidos, el peor es elAparecido literario. En cuanto a la falta de haber dado el principio delRastignac de La Piel de Chagrn, el autor no tiene excusa. Pero si en estedesastre tiene a todo el mundo en contra suya, quiz tenga de su lado aese personaje grave y positivo que, para muchos autores, es el mundoentero, a saber, el editor.

    Este protector de las letras parece contar con el gran nmero de perso-nas a cuyos odos no han llegado los ttulos de los libros de donde se hanextrado estos personajes, para vendrselos. Opinin a la vez amarga ydulce, que el autor se ve obligado a aceptar de buen grado. Ciertas perso-nas querrn ver en estas frases puramente ingenuas una especie de pros-pecto, pero todo el mundo sabe que en Francia no se puede decir nada

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  • sin incurrir en reproches. Algunos amigos censuran ya, en inters del au-tor, la ligereza de este prefacio, donde parece no tomarse su obra en ser-io, como si pudiera responderse gravemente a las observaciones choca-rreras, y armarse de un hacha para matar a las moscas.

    Ahora, si algunas de las personas que reprochan al autor su gusto lite-rario por las pecadoras le atribuyeran como un crimen haber lanzado a lacirculacin libresca una mala mujer ms en la persona de madame deNucingen, suplica a sus hermosos censores con faldas que pasen por altotambin esta pobre y pequea falta. Para corresponder a su indulgencia,se compromete formalmente a hacerles, tras emplear algn tiempo enbuscar su modelo, una mujer virtuosa por gusto. La presentar casadacon un hombre poco amable; pues si estuviera casada con un hombreadorado, no sera virtuosa por placer? No la har madre de familia,pues, como Juana de Mancini esa herona a la que ciertos crticos hanencontrado demasiado virtuosa, podra ser virtuosa por amor a susqueridos ngeles. Ha comprendido bien su misin, y ve que se trata, enla obra prometida, de pintar alguna virtud en bruto, una virtud sealadacon el cuo del rigorismo. En consecuencia ser alguna hermosa mujer,graciosa, que, tenga sentidos superiores a un mal marido, que rechace lacaridad hasta llamarse dichosa, y atormentada como lo era esa excelentemadame Guyon a la que su esposo se complaca en turbar sus oracionesdel modo ms inconveniente. Pero, caramba!, en este asunto se encuen-tra con grandes problemas por resolver. El autor los propone, en la espe-ranza de recibir varias memorias acadmicas hechas por manos de seo-ra, a fin de componer un retrato del que el pblico femenino estsatisfecho.

    Si ese Fnix hembra cree en el Paraso, no ser virtuosa por clculo?Pues, como ha dicho uno de los espritus ms extraordinarios de estagran poca, si el hombre ve con certeza el infierno, cmo puede sucum-bir? Dnde est el sujeto que, gozando de su razn, no se ver en la im-potencia de contravenir la orden de su prncipe si ste le dice: Heos aquen mi serrallo, entre todas mis mujeres. Durante cinco minutos no os acerquis aninguna; os estar viendo; si sois fiel durante ese breve tiempo, todos estos place-res y ms os sern permitidos durante treinta aos en prosperidad constante.Quin no ve que este hombre, por fogoso que se le suponga, no necesitagrandes fuerzas para resistir durante un tiempo tan corto; no le bastams que con creer en la palabra de su prncipe. Con seguridad las tentac-iones del cristiano no son ms fuertes, y la vida del hombre es bastantemenos ante la Eternidad que cinco minutos comparados con treinta aos.Hay infinita distancia entre la felicidad prometida al cristiano y los

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  • placeres ofrecidos a aquel sujeto, y si la palabra del prncipe puede dejarincertidumbre, la de Dios no deja ninguna (Oberman). Ser virtuosa as,no es hacer usura? Entonces, para saber si es virtuosa, hay que ponerletentaciones. Si es tentada, siendo virtuosa, habra que representarla lgi-camente sin tener siquiera idea de la falta. Pero si no tiene idea de la fal-ta, no conocer los placeres. Si no conoce los placeres, su tentacin sermuy incompleta, no tendr el mrito de la resistencia. Cmo se puededesear algo desconocido? Adems, pintarla virtuosa sin ser tentada es uncontrasentido. Imaginad una mujer bien constituida, mal casada, tenta-da, que comprende las dichas de la pasin: la obra es difcil, pero anpuede inventarse. Aqu no est la dificultad. Creis que en esta situa-cin no soar a menudo con esa falta que deben perdonar los ngeles?

    Entonces, si piensa en ella una o dos veces, ser virtuosa cometiendopequeos crmenes en su pensamiento o en el fondo de su corazn? Loveis? Todo el mundo est de acuerdo respecto a la falta; pero si se tratade la virtud, creo que es casi imposible entenderse.

    No terminar el autor sin publicar aqu el resultado del examen deconciencia que sus crticos le han obligado a hacer referente al nmerode mujeres virtuosas y mujeres criminales que ha lanzado al campo lite-rario. Cuando su sobresalto le dej tiempo para reflexionar, su primercuidado fue el de reunir sus cuerpos de armas, a fin de considerar la pro-porcin que exista entre esos dos elementos de su mundo escrito, si eraexacto en lo relativo a la medida del vicio y la virtud que entran en lacomposicin de las costumbres actuales. Se ha hallado rico de treinta yocho mujeres virtuosas, y pobre de veinte mujeres criminales, a lo sumo,mujeres que se toma la libertad de alinear en orden de batalla de la ma-nera siguiente, para que no se le discutan los resultados inmensos de suspinturas esbozadas. Adems, para no ser de ninguna manera objeto detrampas, ha omitido contar muchas mujeres virtuosas que ha dejado enla sombra, como aparecen algunas veces en la realidad.

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  • IUna pensin burguesa

    L a seora Vauquer, de soltera De Conflans, es una anciana que desdehace cuarenta aos regenta una pensin en la calle Neuve-Sainte-Genevive, entre el barrio latino y el de SaintMarceau. Esta pensin, co-nocida bajo el nombre de Casa Vauquer, admite tanto a hombres comomujeres, jvenes y ancianos, sin que las malas lenguas hayan atacadonunca las costumbres de tan respetable establecimiento. Pero tambin escierto que desde haca treinta aos nunca se haba visto en ella a ningunapersona joven, y para que un hombre joven viviese all era preciso que sufamilia le pasara mensualmente muy poco dinero. No obstante, en el ao1819, poca en la que da comienzo este drama, hallbase en Casa Vauq-uer una joven pobre. Aunque la palabra drama haya cado en descrditopor el modo abusivo con que ha sido prodigada en estos tiempos de do-lorosa literatura, es preciso emplearla aqu: no que esta historia sea dra-mtica en la verdadera acepcin de la palabra; pero, una vez terminadala obra, quizs el lector habr derramado algunas lgrimas intra muros yextra. Ser comprendida ms all de Pars? Nos permitimos ponerlo enduda. Las particularidades de esta historia llena de observaciones y decolores locales no pueden apreciarse ms que entre el pie de Montmartrey las alturas de Montrouge, en ese ilustre valle de cascote continuamentea punto de caer y de arroyos negros de barro; valle repleto de sufrimien-tos reales, de alegras a menudo ficticias, y tan terriblemente agitado quese precisa algo exorbitante para producir una sensacin de ciertaduracin.

    Sin embargo, encuntranse en l de vez en cuando dolores que la acu-mulacin de los vicios y de las virtudes hace grandes y solemnes: a suvista, los egosmos y los intereses se detienen; pero la impresin que reci-ben es como una fruta sabrosa prestamente devorada. El carro de la civi-lizacin, semejante al del dolo de Jaggernat, apenas retardado por un co-razn menos fcil de triturar que los otros y que fija los rayos de su rue-da, pronto lo ha roto y contina su gloriosa marcha. As mismo harisvosotros, los que sostenis este libro con una mano blanca, que os hundsen un mullido sof, dicindoos: Quizs esto va a divertirme. Despusde haber ledo los secretos infortunios de pap Goriot comeris con buenapetito, poniendo vuestra sensibilidad a cuenta del autor, tachndole deexagerado, acusndole de poesa. Ah!, sabedlo: este drama no es, unaficcin ni una novela. All is true, todo es tan verdadero, que cada cual

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  • puede reconocer los elementos del mismo en su casa, quizs en su propiocorazn.

    La casa en la que se explota la pensin pertenece a la seora Vauquer.Est situada en la parte baja de la calle Neuve-Sainte-Genevive, en el lu-gar donde el terreno desciende hacia la calle de la Arbalte, con una pen-diente tan brusca que raras veces suben o bajan por ella los caballos. Estacircunstancia es favorable al silencio que reina en esas calles apretadas,entre la cpula del ValdeGrce y la cpula del Panten, dos monu-mentos que cambian las condiciones de la atmsfera, proyectando en ellatonos amarillos y volvindolo todo sombro con sus tonos severos. All elsuelo est seco, los arroyos no tienen agua ni barro, la hierba crece a lolargo de los muros. El hombre ms despreocupado se entristece all lomismo que todos los transentes, el ruido de un carruaje se convierte enun acontecimiento, las casas son ttricas, las murallas huelen a prisin.Un parisiense extraviado slo vera all pensiones o instituciones, miseriay tedio, vejez que muere, fogosa juventud obligada a trabajar. Ningnbarrio de Pars es ms horrible, y digmoslo tambin, ms desconocido.

    La calle Neuve-Sainte-Genevive, sobre todo, es como un marco debronce, el nico que conviene a este relato, para el cual hay que prepararla mente mediante colores pardos, por medio de ideas graves; de modoque de peldao en peldao va disminuyendo la luz, y el canto del guava expirando cuando el viajero desciende a las Catacumbas.Comparacin exacta! Quin decidir lo que es ms horrible: corazonesresecos o crneos vacos?

    La fachada de la pensin da a un jardincillo, de suerte que la casa daen ngulo recto a la calle Neuve-Sainte-Genevive, donde la veis cortadaen su profundidad. A lo largo de esta fachada, entre la casa y el jardinci-llo, hay un firme en forma de canaln, de una toesa de anchura, delantedel cual se ve una avenida enarenada, bordeada de geranios, de adelfas ygranados plantados en grandes jarrones de maylica azul y blanca. En lapuerta de acceso a esta avenida hay un rtulo, en el que se lee: CASAVAUQUER, y debajo: Pensin para ambos sexos y dems. Durante elda, una puerta calada, armada de una vocinglera campanilla, permiteadvertir al extremo del pavimento, en el muro opuesto de la calle, unaarcada pintada en mrmol verde por un artista de barrio. Bajo el refuerzosimulado por esta pintura se levanta una estatua que representa alAmor. Bajo el zcalo, esta inscripcin, medio borrada, recuerda el tiempoal que se remonta tal obra artstica por el entusiasmo que atestigua haciaVoltaire, que regres a Pars en 1777: Seas quien fueres, he aqu tu dueo: Loes, lo fue o debe serlo.

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  • Al caer la noche, la puerta calada es sustituida por una puerta llena. Eljardincillo, tan ancho como larga es la fachada, se encuentra encajonadopor el muro de la calle y por el muro medianero de la casa vecina, a lolargo de la cual pende un manto de yedra que la oculta completamente yatrae las miradas de los transentes por un efecto que resulta pintorescoen Pars.

    Cada uno de estos muros se halla tapizado por espaldares y vides cu-yas menguadas y polvorientas fructificaciones son objeto de los temoresanuales de la seora Vauquer y de sus conversaciones con los huspedes.A lo largo de cada muralla hay una estrecha avenida que lleva a un gru-po de tilos. Entre las dos avenidas laterales hay un parterre de alcachofasflanqueado por rboles frutales y bordeado de acedera, lechuga o perejil.Bajo los tilos hay una mesa redonda pintada de verde y rodeada de as-ientos. All, durante los das caniculares, los huspedes lo suficientemen-te ricos para permitirse el lujo de tomar caf vienen a saborearlo bajo uncalor capaz de empollar huevos. La fachada, de tres pisos y buhardillas,est construida con morrillos y pintada de ese color amarillo que prestaun carcter innoble a casi todas las casas de Pars. Las cinco ventanaspracticadas a cada piso tienen pequeos cristales y estn provistas de ce-losas, ninguna de las cuales est levantada de la misma manera, de suer-te que todas sus lneas conspiran entre s. La profundidad de esta casacomporta dos ventanas que en la planta baja tienen como adorno unosbarrotes de hierro. Detrs del edificio hay un patio de unos veinte piesde ancho, en el que viven en perfecta armona cerdos, gallinas, conejos, yal fondo del cual se levanta un cobertizo para guardar la lea. Entre estecobertizo y la ventana de la cocina se cuelga la fresquera, debajo de lacual caen las aguas grasientas del fregadero de la cocina. Este patio tieneen la calle Neuve-Sainte-Genevive una puerta estrecha por la cual la co-cinera echa las basuras de la casa, limpiando esta sentina con gran acom-paamiento de agua, so pena de pestilencia.

    Naturalmente destinada a la explotacin de la pensin, la planta bajase compone de una primera pieza iluminada por las dos ventanas de lacalle y en la que se penetra por una puertaventana.

    Este saln comunica con un comedor que se halla separado de la coci-na por la caja de una escalera cuyos peldaos son de madera y ladrillosdescoloridos y gastados. Nada hay ms triste que ver este saln amue-blado con sillones y sillas con una tela a rayas, alternativamente mates yrelucientes. Parte de las paredes est tapizada con papel barnizado, querepresenta las principales esenas de Telmaco, y cuyos clsicos persona-jes estn pintados en colores. El panel, situado entre las ventanas

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  • enrejadas, ofrece a los pensionistas el cuadro del banquete dado al hijode Ulises por Calipso. Desde hace cuarenta aos, esta pintura suscita lasbromas de los huspedes jvenes, que se creen superiores a su posicinal burlarse de la comida a la que la miseria les condena. La chimenea depiedra, cuyo hogar siempre limpio atestigua que slo se enciende fuegoen las grandes ocasiones, est adornada por dos jarrones llenos de floresartificiales que acompaan a un reloj de mrmol azulado del peor gusto.Esta primera pieza exhala un olor que carece de nombre en el idioma yque habra que llamar olor de pensin. Huele a encerrado, a moho, a ran-cio; produce fro, es hmeda, penetra los vestidos; posee el sabor de unahabitacin en la que se ha comido; apesta a servicio, a hospicio. Quizpodra describirse si se inventara un procedimiento para evaluar las can-tidades elementales y nauseabundas que en ella arrojan las atmsferascatarrales y sui generis de cada husped, joven o anciano. Bien, a pesar deestos horrores, si lo comparaseis con el comedor, que le es contiguo, ha-llarais que este saln resulta elegante y perfumado. Esta sala, completa-mente recubierta de madera, estuvo en otro tiempo pintada de un colorque hoy no puede identificarse, que forma un fondo sobre el cual la gra-sa ha impreso sus capas de modo que dibuje en l extraas figuras. Enella hay bufetes pegajosos sobre los cuales se ven botellas, pilas de platosde porcelana gruesa, de bordes azules, fabricados en Tournay. En un n-gulo hay una caja con compartimientos numerados que sirve para guar-dar las servilletas, manchadas o vinosas, de cada husped.

    Se encuentran all algunos de esos muebles indestructibles, proscritosen todas partes, pero colocados all como los desechos de la civilizacinen los Incurables. Veris all un barmetro de capuchino que sale cuandollueve, grabados execrables que quitan el apetito, todos ellos enmarcadosen madera negra barnizada con bordes dorados; una estufa verde, quin-qus de Argand, en los que el polvo se combina con el aceite, una largamesa cubierta de tela encerada lo suficientemente grasienta para que unbromista escriba su nombre sirvindose de su dedo como de un estilo, si-llas desvencijadas, pequeas esteras de esparto, calientapis medio roto,cuya madera se carboniza. Para explicar hasta qu punto este mobiliarioes viejo, podrido, trmulo, rodo, manco, tuerto, invlido, expirante, ha-ra falta efectuar una descripcin que retardara con exceso el inters deesta historia, y las personas que tienen prisa no perdonaran. El ladrillorojo est lleno de valles producidos por el desgaste causado por los pieso por los fondos de color. En fin, all reina la miseria sin poesa; una mi-seria econmica, concentrada. Si an no tiene fango, tiene manchas; si no

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  • presenta andrajos ni agujeros, va a descomponerse por efecto de laputrefaccin.

    Esta pieza se halla en todo su lustre en el momento en que, hacia lassiete de la maana, el gato de la seora Vauquer precede a su duea, sal-ta sobre los bufetes, husmea en ellos la leche contenida en varios potes, ydeja or su ronroneo matutino. Pronto aparece la viuda, con su gorro, ba-jo el que pende un mechn de pelo postizo, y camina arrastrando susviejas zapatillas. Su cara avejentada, grasienta, de en medio de la cualbrota una nariz como el pico de un loro; sus manos agrietadas, su cuerpoparecido al de una rata de iglesia, su busto demasiado cargado y flotante,se hallan en armona con esta sala que rezuma desgracia, en la que se harefugiado la especulacin, y cuyo aire clidamente ftido es respiradopor la seora Vauquer sin que le produzca desmayo.

    Su rostro fresco como una primera helada de otoo, sus ojos circunda-dos de arrugas, cuya expresin pasa de la sonrisa prescrita a las bailari-nas, a la amarga mueca de los usureros, en fin, toda su persona implicala pensin, as como la pensin implica toda su persona. El presidio no seimagina sin el capataz, no puede concebirse el uno sin el otro. La fofagordura de esta mujer es el producto de esta vida, como el tifus es la con-secuencia de las exhalaciones de un hospital. Su vestido, hecho con ropavieja, resume el saln, el comedor, el jardincillo, anuncia la cocina y hacepresentir los huspedes. Cuando ella est all, el espectculo es completo.De una edad de unos cincuenta aos, la seora Vauquer se parece a to-das las mujeres que han tenido desgracias. Tiene los ojos vidriosos, el ai-re inocente de una callejera que se hace acompaar para hacerse pagarmejor, pero, por otra parte, dispuesta a todo con tal de hacer ms agrada-ble su suerte. Sin embargo, es buena mujer en el fondo, dicen los huspe-des, que la creen sin fortuna al orla gemir y toser como ellos. Quin ha-ba sido el seor Vauquer? Ella nunca hablaba del difunto. Cmo habaperdido su fortuna? En las desgracias, responda la seora Vauquer. Sehaba portado mal con ella, slo le haba dejado los ojos para llorar, aque-lla casa para vivir y el derecho de no compadecer ningn infortunio, por-que, deca, haba sufrido todo lo que es posible sufrir. Al or los pasos dela seora, la gorda Silvia, la cocinera, se apresuraba a servir el desayunode los huspedes internos.

    Generalmente los huspedes externos slo se abonaban a la comidadel medioda, que costaba treinta francos mensuales. En la poca en quecomienza esta historia, los internos eran en nmero de siete. El primerpiso contena los dos mejores apartamentos de la casa. La seora Vauq-uer habitaba el menos considerable, y el otro perteneca a la seora

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  • Couture, viuda de un comisarioordenador de la Repblica francesa. Te-na consigo a una muchacha llamada Victorina Taillefer, a la que hacade madre.

    La pensin de estas dos seoras ascenda a mil ochocientos francos.Los dos apartamentos del segundo piso estaban ocupados, el uno por unanciano llamado Poiret; el otro por un hombre de unos cuarenta aos deedad que llevaba una peluca negra, se tea las patillas, decase antiguonegociante y se llamaba seor Vautrin. El tercer piso se compona decuatro habitaciones, dos de las cuales estaban alquiladas, una a una sol-terona llamada seorita Michonneau; la otra a un antiguo fabricante defideos, pastas de Italia y de almidn, el cual dejaba que le llamaran papGoriot. Las otras dos habitaciones estaban destinadas a los pjaros de pa-so, a esos desdichados estudiantes que, como pap Goriot y la seoritaMichonneau, no podan destinar ms que cuarenta y cinco francos mens-uales a su sustento y a su alojamiento; pero la seora Vauquer deseabapoco su presencia y slo les tomaba cuando no hallaba algo mejor: com-an demasiado pan. En este momento, una de las dos habitaciones perte-neca a un joven venido de los alrededores de Angulema a Pars para es-tudiar leyes, y cuya numerosa familia se someta a las ms duras privac-iones con objeto de poder enviarle mil doscientos francos anuales. Euge-nio de Rastignac, que tal era su nombre, era uno de esos jvenes que hansido forjados por la desgracia, que comprenden desde su infancia las es-peranzas que sus padres depositan en ellos, y que se preparan un hermo-so porvenir calculando ya el alcance de sus estudios y adaptndolos deantemano al movimiento futuro de la sociedad. Sin sus observaciones cu-riosas y la habilidad con la cual supo presentarse en los salones de Pars,este relato no poseera los matices de veracidad que sin duda deber a suinteligencia sagaz y a su deseo de penetrar los misterios de una situacinespantosa tan cuidadosamente ocultada por los que la haban creado co-mo por el que padeca los efectos de la misma.

    Encima de este tercer piso haba un desvn para tender la ropa y dosbuhardillas en las que dorman un jornalero llamado Cristbal y la gordaSilvia, la cocinera.

    Adems de los siete internos, la seora Vauquer tena, alguno que otroao, ocho estudiantes de derecho o de medicina, y dos o tres hombresque vivan en el barrio y que slo estaban abonados para la comida. Lasala poda tener dieciocho personas a comer y poda admitir una veinte-na; pero por la maana slo se encontraban siete huspedes cuya reu-nin ofreca durante el desayuno el aspecto de una comida en familia.Cada cual bajaba en zapatillas, permitase observaciones confidenciales

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  • sobre el modo de vestir o sobre el aire de los externos y sobre los aconte-cimientos de la noche anterior, expresndose con la confianza de la inti-midad. Estos siete huspedes eran los nios mimados de la seora Vauq-uer, la cual les meda con precisin de astrnomo los cuidados y las aten-ciones, conforme al importe de sus pensiones. Una misma consideracinafectaba a esos seres reunidos por el azar. Los dos inquilinos del segun-do slo pagaban mil doscientos francos anuales. Esta pensin tan barata,que slo se encuentra en el barrio de SaintMarcel, entre la Bourbe y laSalpetrire, y de la que constitua excepcin la seora Couture, revelaque estos huspedes deban hallarse bajo el peso de desgracias ms omenos manifiestas. As, el espectculo desolador que ofreca el interiorde aquella casa repetase en el vestido de sus habituales, igualmente m-seros. Los hombres llevaban levitas cuyo color habase hecho problemti-co, zapatos como los que se arrojan en el rincn de los guardacantonesde los barrios elegantes, vestiduras radas. Las mujeres llevaban ropagastada, reteida, desteida, viejos encajes zurcidos, guantes lustrosospor el uso. Si tal era la indumentaria, casi todas esas personas mostrabanunos cuerpos slidamente construidos, constituciones que haban resisti-do las tormentas de la vida, caras fras, duras, borradas como las de losescudos desmonetizados. Las bocas marchitas estaban armadas de dien-tes vidos. Estos huspedes hacan presentir dramas consumados o enaccin; no esos dramas representados a la luz de las candilejas, entre te-las pintadas, sino dramas vivientes y mudos, dramas helados que remo-van clidamente el corazn, dramas continuos.

    La vieja seorita Michonneau llevaba sobre sus ojos fatigados una vi-sera grasienta de tafetn verde, con un borde de alambre de latn quehabra asustado al ngel de la Piedad. Su chal de franjas delgadas y lloro-nas pareca cubrir un esqueleto, tan angulosas eran las formas que cu-bra. Qu cido haba despojado a aquella criatura de sus gracias feme-ninas? Deba de haber sido linda y bien proporcionada. Haba sido el vi-cio, la pena, la codicia? Haba amado demasiado, haba sido una corte-sana? Expiaba los triunfos de una juventud insolente que haba sidosustituida por una vejez ante la cual huan los transentes? Su miradadaba escalofros, su rostro era amenazador. Tena la voz estridente deuna cigarra que grita en su mata al acercarse el invierno. Deca haber cui-dado a un seor anciano aquejado de un catarro en la vejiga y abandona-da por sus hijos, que la creyeron sin recursos. Aquel viejo le haba legadomil francos de renta vitalicia, peridicamente disputados por los herede-ros, de cuyas calumnias era objeto. Aunque el juego de las pasiones hub-iera causado estragos en su rostro, se hallaban todava en l vestigios de

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  • una blancura y de una delicadeza que permitan suponer que el cuerpoconservaba algunos restos de belleza.

    El seor Poiret era una especie de mecnico. Al verle extenderse comouna sombra gris a lo largo de una avenida del Jardn Botnico, la cabezacubierta con una vieja gorra, sosteniendo apenas en la mano su bastn depuo de marfil amarillento, dejando flotar su levita que ocultaba mal unpantaln casi vaco, y unas piernas cubiertas con medias azules, mos-trando su sucio chaleco blanco y su corbata mal anudada alrededor de sucuello de pavo, muchas personas se preguntaban si aquella sombra chi-nesca perteneca a la raza audaz de los hijos de Jafet que mariposean porel bulevar italiano. Qu trabajo haba podido reducirle a tal estado?Qu pasin haba consumido su rostro? Qu haba sido?

    Quizs haba sido empleado en el Ministerio de Justicia, en la oficina ala que los ejecutores de obras envan sus memorias de gastos, la cuentade los suministros de velos negros para los parricidas, bramante para loscuchillos. Quizs haba sido cobrador a la puerta de un matadero, o su-binspector de higiene. En fin, aquel hombre pareca haber sido uno deaquellos asnos de nuestra gran noria social, un pivote alrededor del cualhaban girado los infortunios o las suciedades pblicas, en fin, uno deesos hombres de los que al verles decimos: Es preciso, sin embargo, quehaya tambin tipos as.. El bello Pars ignora esos rostros lvidos de su-frimientos morales o fsicos. Pero Pars es un verdadero ocano. Echad lasonda en l, y nunca llegaris a conocer su profundidad. Recorredlo, des-cribidlo; por mucho cuidado que pongis en recorrerlo, en describirlo;por muy numerosos que sean y por muy grande que sea el inters quetengan los exploradores de ese mar, siempre se encontrar en l un lugarvirgen, un antro desconocido, unas flores, unas perlas, monstruos, algoinaudito, olvidado por los buceadores literarios. La Casa Vauquer es unade esas monstruosidades curiosas.

    Dos figuras formaban all un sorprendente contraste con la masa de loshuspedes y de los habituales. Aunque la seorita Victorina Taillefer tu-viera una blancura enfermiza parecida a la de las jvenes afectadas declorosis, y aunque se uniera al sufrimiento general que constitua el fon-do de este cuadro, por una tristeza habitual, por un aire taciturno, sinembargo, su rostro no era viejo, sus movimientos y su voz eran giles.Aquella joven calamidad pareca un arbusto de hojas amarillentas, recinplantado en un terreno adverso. Sus cabellos de un rubio oscuro y su cin-tura en exceso delgada expresaban aquella gracia que los poetas moder-nos encontraban en las estatuillas de la Edad Media. Sus ojos grises

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  • expresaban una dulzura, una resignacin cristianas. Sus vestidos senci-llos, poco caros, revelaban formas juveniles. Era linda por yuxtaposicin.

    De haber sido feliz, habra sido encantadora: la felicidad es la poesade las mujeres, tal como la toilette es el afeite. Si la alegra de un bailehubiera reflejado sus rosados matices sobre aquella cara plida; si lasdulzuras de una vida elegante hubieran llenado, hubieran teido de car-mn aquellas mejillas ya ligeramente sumidas; si el amor hubiera reani-mado aquellos ojos tristes, Victorina habra podido competir con las mshermosas jvenes. Le faltaba lo que crea por segunda vez a la mujer, lostrapos y los billetes amorosos. Su historia habra suministrado tema paraun libro. Su padre crea tener razones para no reconocerla, negbase a te-nerla a su lado, no le conceda ms que seiscientos francos al ao, y habaalterado su fortuna para poderla transmitir ntegramente a su hijo. Par-ienta lejana de la madre de Victorina, que en otro tiempo haba ido a mo-rir de desesperacin a su casa, la seora Couture cuidaba de la hurfanacomo si fuera hija suya. Desgraciadamente la viuda del comisar-ioordenador de los ejrcitos de la Repblica no posea en el mundo msque su viudedad y su pensin; poda un da dejar a aquella pobre criatu-ra, sin experiencia y sin recursos, a merced del mundo. La buena mujerllevaba a Victorina a misa todos los dormingos, a confesar cada quincedas, con objeto de hacer de ella una joven piadosa. Tena razn. Los sen-timientos religiosos ofrecan un porvenir a aquella pobre nia, que ama-ba a su padre, que cada ao se diriga a su casa para llevar el perdn desu madre, pero que todos los aos encontraba la puerta de la casa pater-na inexorablemente cerrada. Su hermano, nico mediador, no haba idoni una sola vez a verla en cuatro aos, y no le enviaba ningn recurso.Rogaba a Dios que abriera los ojos de su padre, que ablandase el coraznde su hermano, y rezaba por ellos sin acusarlos. La seora Couture y laseora Vauquer no encontraban en el diccionario bastantes injurias paracalificar este brbaro proceder. Cuando ellas maldecan a aquel millonar-io infame, Victorina dejaba or palabras dulces, parecidas al canto de lapaloma torcaz herida, cuyo grito de dolor expresa an el temor.

    Eugenio de Rastignac posea un rostro muy meridional, la tez blanca,cabellos negros, ojos azules. Sus maneras, su actitud habitual denotabanal hijo de una familia noble, en la que la educacin primera slo habacomportado tradiciones de buen gusto. Aunque trataba muy bien sustrajes, aunque durante los das laborables acababa de gastar las prendasde vestir del ao anterior, sin embargo, algunas veces poda salir vestidocomo un joven elegante. Generalmente llevaba una levita vieja, un mal

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  • chaleco, la corbata negra, rada, mal anudada, del estudiante, un panta-ln que haca juego con todo lo anterior, y unas botas remendadas.

    Entre estos dos personajes y los otros, Vautrin, el hombre de cuarentaaos, el de las patillas teidas, serva de transicin. Era uno de esos hom-bres de los que dice la gente: He ah un buen mozo! Tena anchas lasespaldas, el pecho bien desarrollado, los msculos bien marcados, manoscompactas, cuadradas y bien marcadas en las falanges de los dedos porramilletes de pelos de un color rubio ardiente. Su rostro, surcado porarrugas prematuras, ofreca seales de dureza que estaban desmentidaspor sus maneras giles. Su voz, de bajo, en armona con su carcter ale-gre, no resultaba en modo alguno desagradable. Era amable y risueo. Siuna cerradura funcionaba mal, pronto la haba desmontado, arreglado yvuelto a montar, diciendo: Esto es cosa ma. Por otra parte, todo lo co-noca: los barcos, el mar, Francia, el extranjero, los negocios, los hombres,los acontecimientos, las leyes, los hoteles y las prisiones. Era muy servic-ial. Haba prestado varias veces dinero a la seora Vauquer y a algunoshuspedes; pero las personas a quienes favoreca antes moriran que de-jar de devolverle lo que les haba prestado, tan grande era el temor quesu mirada profunda y resuelta inspiraba a pesar de su aire benvolo. Porel modo de escupir denotaba una sangre fra imperturbable que no habade hacerle retroceder ante un crimen con tal de salir de una situacinequvoca. Cual juez severo, sus ojos parecan ir al fondo de todas lascuestiones, de todas las conciencias, de todos los sentimientos. Sus cos-tumbres consistan en salir despus de desayunar, regresar para comer,ausentarse toda la tarde y volver hacia medianoche, con ayuda de unaganza que le haba confiado la seora Vauquer. Slo l gozaba de estefavor. Pero tambin l era quien se hallaba en mejores relaciones con laviuda, a la que llamaba mam, cogindola por el talle, halago que la gen-te comprenda muy poco. La buena mujer crea que era cosa fcil, mien-tras que slo Vautrin tena en realidad los brazos lo suficientemente lar-gos para apretar aquella pesada circunferencia. Un rasgo de su carcterera el de pagar generosamente quince francos al mes por un suplementoen el postre. Gente menos superficial que aquellos jvenes arrastradospor los torbellinos de la vida parisiense, o aquellos viejos indiferentes aquienes no les afectaba Vautrin. Este saba o adivinaba los asuntos de aq-uellos que le rodeaban, mientras que nadie poda penetrar ni sus pensa-mientos ni sus ocupaciones. Aunque hubiera arrojado su aparente bene-volencia, su constante complacencia y su alegra como una barrera entrelos dems y l, a menudo dejaba traslucir la espantosa profundidad desu carcter. A menudo una salida digna de Juvenal, con la que pareca

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  • complacerse en burlarse de las leyes, fustigar a la alta sociedad y conven-cerla de inconsecuencia consigo misma, deba hacer suponer que guarda-ba rencor al estado social y que haba en el fondo de su vida algn miste-rio cuidadosamente oculto.

    Atrada quiz, sin saberlo, por la fuerza del uno o por la belleza delotro, la seorita Taillefer reparta sus miradas furtivas y sus pensamien-tos secretos entre aquel cuarentn y el joven estudiante; pero ninguno deellos pareca pensar en ella, por ms que de un da a otro el azar pudieracambiar su situacin y hacer de ella un buen partido. Por otra parte, nin-guna de aquellas personas se molestaba en comprobar si las desgraciasalegadas por una de ellas eran falsas o verdaderas.

    Todas tenan las unas para con las otras una indiferencia mezclada conuna desconfianza que resultaba de sus situaciones respectivas. Se sabanimpotentes para aliviar sus penas, y todas, al contrselas, haban agotadola copa de las condolencias. Parecidas a viejos cnyuges, ya no tenan na-da que decirse. No les quedaba, pues, ms que las relaciones de una vidamecnica, el juego de unos engranajes sin aceite. Todas deban pasar sindetenerse por delante de un ciego, escuchar sin emocin el relato de unadesgracia, y ver en una muerte la solucin de un problema de miseriaque les dejaba indiferentes ante la ms terrible agona. La ms feliz de es-tas almas desoladas era la seora Vauquer, que se hallaba en la presiden-cia de aquel hospicio libre. Slo para ella aquel jardincillo, que el silencioy el fro, la sequa y la humedad hacan vasto como una estepa, era un ri-sueo vergel. Slo para ella posea delicias aquella casa amarilla y som-bra. Alimentaba a sus penados ejerciendo sobre ellos una autoridad res-petada. Dnde habran podido aquellos pobres seres encontrar en Pars,por el precio que ella se los daba, unos alimentos sanos, suficientes, y unapartamento que ellos eran libres de convertir, si no en un apartamentoelegante y cmodo, por lo menos limpio y salubre? Aunque ella se hub-iera permitido una injusticia manifiesta, la vctima la habra soportadosin quejarse.

    Una reunin parecida deba ofrecer y ofreca en miniatura los elemen-tos de una sociedad completa. Entre los dieciocho comensales se encon-traba, como en los colegios, como en el mundo, una pobre criatura recha-zada, sobre la que llovan las bromas. Al comenzar el segundo ao, estafigura convirtise para Eugenio de Rastignac en la ms destacada entretodas aquellas en medio de las cuales estaba condenado a vivir an dosaos. Esta figura era el antiguo fabricante de fideos, pap Goriot, sobrecuya cabeza un pintor, como el historiador, proyecta toda la luz del cua-dro. Por qu azar ese desprecio mezclado con odio, esa persecucin

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  • mezclada con piedad, esa falta de respeto haban afectado al ms antiguode los huspedes?

    Haba dado l lugar para algunos de aquellos ridculos que la genteperdona menos que los vicios? Estas preguntas afectan muy de cerca alas injusticias sociales. Quizs es propio de la naturaleza humana hacersoportarlo todo a aquel que todo lo sufre por humildad verdadera, pordebilidad o por indiferencia. No nos gusta acaso demostrar nuestrafuerza a expensas de alguien o de algo?

    Pap Goriot, anciano de sesenta y nueve aos, habase retirado a la ca-sa de la seora Vauquer en 1813, despus de haber abandonado los ne-gocios. Primero haba tomado el apartamento ocupado por la seoraCouture, y pagaba entonces mil doscientos francos de pensin, comohombre para quien cinco luises ms o menos eran una bagatela. La seo-ra Vauquer haba arreglado las tres habitaciones de aquel apartamentomediante una cantidad previa que pag, segn dicen, el valor de un malmobiliario compuesto de cortinas de algodn amarillo, sillones de made-ra barnizada tapizados de terciopelo de Utrecht, algunas pinturas a la co-la y unos papeles que las tabernas de los suburbios rechazaban. Quiz ladespreocupada generosidad que puso en dejarse atrapar pap Goriot,que por aquel entonces era llamado respetuosamente seor Goriot, le hi-zo considerar como un imbcil que no entenda de negocios. Goriot llegprovisto de una guardarropa bien abastecido, el magnfico ajuar del ne-gociante que no quiere privarse de nada al retirarse del comercio. La se-ora Vauquer haba admirado dieciocho camisas muy finas, cuya calidadresaltaba an ms porque el antiguo fabricante de fideos llevaba en lapechera dos agujas unidas por una cadenilla, y cada una de las cuales lle-vaba un diamante de gran tamao. Ordinariamente llevaba un traje azul,y todos los das se pona chaleco de piqu blanco, bajo el cual fluctuabasu vientre piriforme y prominente, que haca rebotar una pesada cadenade oro provista de dijes. Su petaca, tambin de oro, contena un medallnlleno de cabellos que en apariencia le hacan culpable de algunas aventu-ras. Cuando su esposa le acus de ser un tenorio, l dej vagar sobre suslabios la alegre sonrisa del burgus que se siente halagado.

    Sus armarios fueron llenados por las numerosas piezas de plata de suhogar. Los ojos de la viuda se iluminaron cuando le ayud complacientea desembalar y colocar en orden los cucharones, las cucharas, las vina-greras, las salseras, varias fuentes, en fin, piezas ms o menos bellas, quevalan cierto nmero de marcos, y de las que l no quera desprenderse.Estos regalos le recordaban las solemnidades de su vida domstica. Estodijo a la seora Vauquer guardando una fuente y una pequea escudilla

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  • cuya tapa representaba dos tortolillas que se daban el pico es el primerregalo que me hizo mi mujer el da de nuestro aniversario. Pobrecilla!,consagr a este regalo sus economas de soltera. Veis, seora, preferiracavar la tierra con mis uas a desprenderme de esto. Gracias a Dios po-dr tomar en esta escudilla mi caf todas las maanas durante el resto demi vida. No puedo quejarme. En fin, la seora Vauquer haba visto muybien, con sus ojos de urraca, ciertas inscripciones en el libro mayor que,vagamente sumadas, podan representar para el excelente Goriot unarenta de unos ocho a diez mil francos. A partir de aquel da, la seoraVauquer, de soltera De Conflans, que entonces tena cuarenta y nueveaos efectivos y slo aceptaba treinta y nueve, tuvo algunas ideas. Aunq-ue el lagrimal de los ojos de Goriot estuviera hinchado, colgante, lo cualle obligaba a secrselos con bastante frecuencia, ella le encontr aspectoagradable y como es debido. Por otra parte, sus mejillas carnosas, salien-tes, pronosticaban, lo mismo que su larga nariz cuadrada, cualidadesmorales a las que pareca dar gran importancia la viuda, y que venanconfirmadas por la cara lunar e ingenuamente tonta del buen hombre.Deba de tratarse de un animal slidamente estructurado, capaz de gas-tar toda su inteligencia en sentimiento. Sus cabellos en forma de alas depichn, que el peluquero de la Escuela Politcnica iba a empolvarle todaslas maanas, dibujaban cinco puntas sobre su baja frente y adornabanbien su cara.

    Aunque un poco palurdo, saba tomar de un modo elegante su rap, loaspiraba como hombre que estuviera seguro de tener su petaca siemprellena de macuba, y el da en que el seor Goriot se instal en casa de ella,la seora Vauquer se acost por la noche ardiendo en el fuego del deseode abandonar el sudario de Vauquer para renacer convertida en una Go-riot. Casarse, vender su pensin, dar el brazo a aquella fina flor de burg-uesa, convertirse en una dama notable en el barrio, pedir limosna paralos indigentes, hacer pequeas partidas el domingo con Choisy, Soissy yGentilly; asistir a los espectculos que quisiera, en butaca de palco, sin te-ner que aguardar las entradas de autor que le daban algunos de sushuspedes, en el mes de Julio; so todo el Eldorado de los pequeos ho-gares parisienses. No haba confesado a nadie que tena cuarenta milfrancos, acumulados cntimo sobre cntimo. Ciertamente, desde el puntode vista financiero, considerbase un buen partido. Por lo dems, bienvalgo ese buen hombre, djose, volvindose del otro lado en la cama, co-mo para asegurarse de los encantos que la gorda Silvia encontraba cadamaana moldeados en hueco. Desde aquel da, durante unos tres meses,la viuda Vauquer aprovechse del peluquero del seor Goriot e hizo

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  • algunos gastos de toilette, justificados por la necesidad de dar a su ca-sa cierto decoro en armona con las personas honorables que la frecuen-taban. Puso un gran empeo en cambiar el personal de su pensin, con lapretensin de no aceptar en adelante ms que a las personas ms disting-uidas en todos conceptos. Si se presentaba un extrao, ella le alababa lapreferencia que le haba dispensado el seor Goriot, uno de los negocian-tes ms notables y ms respetables de Pars. Distribuy unos prospectosen los que se lea: Casa Vauquer, una de las pensiones ms antiguas yms apreciadas del barrio latino. Tiene una vista de las ms agradablesdel valle de los Gobelinos (se le divisa desde el tercer piso) y un lindo jar-dn, en el extremo del cual se extiende una avenida de tilos.

    Hablaba en el prospecto de los buenos aires y de la soledad. Este pros-pecto le trajo a la seora condesa de Ambermesnil, mujer de treinta y cin-co aos, que aguardaba la liquidacin de tina pensin que se le deba encalidad de viuda de un general muerto en los campos de batalla. La se-ora Vauquer cuid de la mesa, encendi lumbre en los salones por es-pacio de casi seis meses y cumpli lo prometido en su prospecto. As, lacondesa deca a la seora Vauquer, llamndola querida amiga, que leprocurara la baronesa de Vaumerland y la viuda del coronel conde Picq-uoiseau, dos de sus amigas, que vivan en el Marais en una pensin mscara que la Casa Vauquer. Por otra parte, estas damas viviran con mu-cho mayor desahogo cuando las Oficinas de la Guerra hubieran termina-do su trabajo. Pero deca las Oficinas no terminan nada. Las dos viu-das suban juntas, despus de comer, a la habitacin de la seora Vauq-uer y charlaban all un rato mientras beban licor de grosella y coman al-gunas golosinas reservadas para el paladar de la duea. La seora deAmbermesnil aprob los proyectos de su patrona con respecto a Goriot,proyectos excelentes, que, por otra parte, ella haba adivinado desde elprimer da; parecale un hombre perfecto.

    Ah!, querida amiga, un hombre sano como mis ojos decale la viu-da, un hombre perfectamente conservado y que an puede dar gran sa-tisfaccin a una mujer.

    La condesa hizo generosamente algunas observaciones a la seoraVauquer con respecto a su modo de arreglarse, que no estaba en conso-nancia con sus pretensiones.

    Debis poneros en pie de guerra le dijo.Despus de muchos clculos, las dos viudas fueron juntas al Palacio

    Real, donde compraron, en las Galeries de Bois, un sombrero de pluma yun gorro. La condesa llev a su amiga al almacn de La Petite Jeannette,donde escogieron un vestido y una echarpe. Cuando estas municiones

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  • fueron empleadas y la viuda estuvo bajo las armas, pareca completa-mente la muestra del Boeuf la Mode.

    Sin embargo, encontrse cambiada tan en favor suyo, que, aunque po-co inclinada a hacer regalos, creyendo estar en deuda con la condesa, lerog que aceptase un sombrero de veinte francos. Contaba, a decir ver-dad, con utilizarla para sondear a Goriot y hacer que la alabara delantede ste. La seora de Ambermesnil prestse muy amistosamente a estamaniobra y sonsac al antiguo fabricante de fideos, con quien logr tenerun coloquio. Pero despus de haberlo encontrado pdico, por no decirrefractario a las tentativas que le sugiri su deseo particular por seducirlepor su propia cuenta, sali sublevada de su grosera.

    Angel mo le dijo a su querida amiga, no podrais sacar nada deese hombre! Es ridculamente terco; es un avaro, un animal, un tonto,que no os dara ms que disgustos.

    Hubo entre el seor Goriot y la seora condesa de Ambermesnil talescosas que la condesa no quiso siquiera encontrarse con l. Al da siguien-te parti olvidndose de pagar seis meses de pensin y dejando unos ob-jetos de escaso valor. Por mucho ahnco que la seora Vauquer pusieraen sus pesquisas, no pudo obtener en Pars ningn informe sobre la con-desa de Ambermesnil. Hablaba a menudo de este deplorable asunto, la-mentndose de su exceso de confianza, aunque fuese ms desconfiadaque una gata; pero parecase a muchas personas que desconfan de suprjimo y se entregan al primero que llega. Hecho moral extrao, peroverdadero, cuya raz es fcil de encontrar en el corazn humano. Quizciertas personas ya no tienen nada que ganar junto a aquellas con lascuales viven; despus de haberles mostrado el vaco de su alma se sien-ten secretamente juzgadas por ellas con una severidad merecida; peroexperimentando una invencible necesidad de halagos, o devoradas porel afn de parecer que poseen las cualidades de que carecen, esperan sor-prender la estimacin o el corazn de aquellos que les son extraos, conel peligro de verse un da desengaadas.

    En fin, hay individuos nacidos mercenarios, que no hacen ningn biena sus amigos o a sus deudos porque les deben; mientras que al hacer fa-vores a desconocidos, cosechan una ganancia de amor propio: cuantoms cerca de ellos se encuentra el crculo de sus afectos, menos aman;cuanto ms se extiende, ms serviciales son. La seora Vauquer partici-paba sin duda de estas dos naturalezas, esencialmente mezquinas, falsas,execrables.

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  • Si yo hubiera estado aqu le deca entonces Vautrin, esta desgraciano os habra sobrevenido. Habra desenmascarado a esa farsanta. Conoz-co sus artimaas.

    Como todos los espritus mezquinos, la seora Vauquer tena la cos-tumbre de no salir del crculo de los acontecimientos y no juzgar las cau-sas de los mismos. Le gustaba achacar las culpas a los dems. Cuando tu-vo lugar esta prdida, consider al honrado fabricante de fideos como clprincipio de su infortunio, y comenz desde entonces, como ella deca, adesenamorarse. Cuando hubo reconocido la inutilidad de sus mimos yde sus gastos de representacin, no tard en adivinar la razn de ello.Advirti entonces que su husped tena su modo propio de vivir. En fin,qued demostrado que su esperanza tan lindamente acariciada se apoya-ba sobre una base quimrica, y que nunca sacara nada de aquel hombre,segn la expresin de la condesa, que pareca muy experta. Llev necesa-riamente su aversin ms lejos que su amistad. Su odio no estuvo en pro-porcin con su amor, sino con sus esperanzas frustradas. Si el coraznhumano halla reposo al subir las cuestas del afecto, raras veces se detieneen la rpida pendiente de los sentimientos de odio. Pero el seor Goriotera su husped; la viuda viose, pues, obligada a reprimir las explosionesde su amor propio herido, a enterrar los suspiros que le ocasion esta de-cepcin y a devorar sus deseos de venganza, como un monje humilladopor su prior. Los espritus mezquinos satisfacen sus sentimientos, bue-nos o malos, con incesantes pequeeces. La viuda emple su malicia demujer en inventar sordas persecuciones contra su vctima.

    Empez por suprimir las superfluidades introducidas en su pensin.Basta de pepinillos y boquerones; todo esto no son ms que engaabo-bos, le dijo a Silvia la maana en que volvi a su antiguo programa. Elseor Goriot era un hombre frugal, en quien la parsimonia necesaria alas personas que han hecho ellas mismas su fortuna haba degenerado enhbito. La sopa, el hervido, un plato de legumbres, haban sido, habande ser siempre su comida predilecta. Result, pues, difcil a la seoraVauquer atormentar a su husped, cuyos gustos en modo alguno podacontrariar. Desesperada de encontrar a un hombre inatacable, comenz adisminuir sus consideraciones para con l, y de este modo hizo que sushuspedes compartieran su aversin por Goriot, los cuales, por afn dedivertirse, coadyuvaron a las venganzas de ella. Hacia el fin del primerao, la viuda haba llegado a tal grado de desconfianza, que se pregunta-ba por qu aquel negociante, que posea de siete a ocho mil libras de ren-ta, una soberbia platera y joyas tan valiosas como las de una querida,permaneca en casa de ella, pagndole una pensin tan mdica en

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  • proporcin a su fortuna. Durante la mayor parte de este primer ao, Go-riot haba comido a menudo fuera de casa una o dos veces por semana;luego, insensiblemente, lleg al punto de que ya no comi fuera de casams que dos veces al mes. La seora Vauquer sintise contrariada al verla exactitud progresiva con la que su husped coma en su casa. Estoscambios fueron atribuidos tanto a una lenta disminucin de fortuna co-mo al deseo de contrariar a su patrona. Una de las costumbres ms de-testables de estos espritus liliputienses es la de suponer sus mezquinda-des en los dems. Desgraciadamente, al fin del segundo ao, el seor Go-riot justific las habladuras de que era objeto al pedir a la seora Vauq-uer que le dejara pasar al segundo piso y reducir su pensin a novecien-tos francos. Tuvo necesidad de una economa tan estricta, que no encen-di lumbre en la chimenea del aposento de l durante todo el invierno.La viuda Vauquer quiso cobrar por adelantado, a lo que consinti el se-or Goriot, a quien ella desde entonces llam pap Goriot.

    Resultaba difcil adivinar las causas de esta decadencia. Como habadicho la falsa condesa, pap Goriot era un socarrn, un taciturno. Segnla lgica de las personas de cabeza vaca, todas indiscretas porque no tie-nen nada que decirse, aquellos que no hablan de sus acciones es porquedeben realizar malas acciones. Aquel negociante tan distinguido convir-tise, pues, en un bribn. Segn Vautrin, que hacia esa poca fue a vivira la Casa Vauquer, pap Goriot era un hombre que iba a la Bolsa y que,despus de haberse arruinado en ella, cometa estafas. O tal vez era unode esos jugadores que todas las noches van a probar suerte y ganan diezfrancos en el juego. Tambin hacan de l un espa agregado a la alta po-ltica; pero Vautrin pretenda que no era bastante astuto para ello. PapGoriot era asimismo un avaro que prestaba dinero, un hombre que juga-ba a la lotera. Se haca de l todo cuanto de ms misterioso engendran elvicio, la vergenza y la impotencia. nicamente que, por innobles quefuesen su conducta o sus vicios, la aversin que inspiraba no llegaba alextremo de que le expulsaran: pagaba su pensin. Adems, serva paraque cada cual desahogara en l su buen o mal humor por medio de bro-mas o de broncas. La opinin que pareca ms aceptable y que fue gene-ralmente adoptada era la de la seora Vauquer. De orla a ella, aquelhombre tan bien conservado, sano, y con el cual an era posible encon-trar placer, era un libertino de aficiones extraas. He aqu sobre qu apo-yaba la viuda Vauquer sus calumnias. Unos meses despus de la partidade aquella desastrosa condesa que haba sabido vivir durante seis mesesa sus expensas, una maana, antes de levantarse, oy en su escalera elfrufr de un vestido de seda y el paso gracioso de una mujer joven y

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  • ligera que se introduca en la habitacin de Goriot, cuya puerta haba si-do abierta inteligentemente. En seguida vino la gorda Silvia a decirle asu duea que una joven demasiado linda para ser honrada, vestida comouna diosa, calzada con borcegues hermosos y nuevos, habase deslizadocomo una anguila desde la calle hasta su cocina y le haba preguntadopor el apartamento del seor Goriot.

    La seora Vauquer y su cocinera pusironse a escuchar y sorprendie-ron varias palabras tiernamente pronunciadas durante la visita, que duralgn rato. Cuando el seor Goriot acompa a su dama, la gorda Silviatom en seguida su cesta y fingi ir al mercado para poder seguir a la pa-reja amorosa.

    Seora djole a su ama al regresar, el seor Goriot debe ser endia-bladamente rico. Figuraos que en la esquina de la Estrapade haba un so-berbio carruaje en el que ella mont.

    Durante la comida, la seora Vauquer corri una cortina para impedirque Goriot fuera incomodado por el sol, uno de cuyos rayos caa sobresus ojos.

    Sois amado por las hermosas, seor Goriot; el sol os busca dijo alud-iendo a la visita que haba recibido Demonio!, tenis buen gusto; eramuy linda.

    Era mi hija dijo con una especie de orgullo en el que los huspedesquisieron ver la fatuidad de un viejo que pretende guardar lasapariencias.

    Un mes despus de esta visita, el seor Goriot recibi otra. Su hija, quela primera vez haba llegado en vestido de maana, vino despus de co-mer y vestida muy elegantemente. Los huspedes, ocupados en conver-sar en el saln, pudieron ver una linda rubia, esbelta, graciosa y demasia-do distinguida para ser la hija de pap Goriot.

    Ya van dos! dijo la gruesa Silvia, que no la reconoci.Unos das ms tarde, otra joven, alta y bien proporcionada, morena, de

    cabellos negros y ojos vivos, pregunt por el seor Goriot.Ya van tres! dijo Silvia.Esta segunda hija, que la primera vez haba ido a ver a su padre por la

    maana, vino unos das ms tarde, despus de comer, con vestido debaile y en coche.

    Ya van cuatro! dijeron la seora Vauquer y la gruesa Silvia, que noreconocieron en esta gran dama ningn vestigio de la joven vestida sen-cillamente por la maana, cuando efectu su primera visita.

    Goriot pagaba an mil doscientos francos de pensin. La seora Vauq-uer encontr muy natural que un hombre rico tuviera cuatro o cinco

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  • amantes, e incluso le pareci muy inteligente que las hiciera pasar por hi-jas suyas. No le importaba que las enviase a la Casa Vauquer. nicamen-te, como estas visitas le explicaban la indiferencia de su husped con res-pecto a ella, permitise, al comenzar el segundo ao, llamarle gato viejo.Finalmente, cuando su husped cay en los novecientos francos, le pre-gunt qu pensaba hacer con su casa, al ver descender a una de aquellasdamas. Pap Goriot le respondi que esta dama era su hija mayor.

    Entonces, tenis treinta y seis hijas? dijo con acritud la seoraVauquer.

    No tengo ms que dos repuso el husped con la dulzura de un hom-bre arruinado que llega a todas las docilidades de la miseria.

    Hacia el final del tercer ao, pap Goriot redujo an sus gastos, sub-iendo al tercer piso y ponindose a cuarenta y cinco francos de pensinal mes. Prescindi del tabaco, despidi a su peluquero y dej de ponersepolvos en el pelo. Cuando pap Goriot apareci por primera vez sin em-polvar, su patrona dej escapar una exclamacin de sorpresa al advertirel color de sus cabellos, que eran de un gris sucio y verdusco. Su fisono-ma, a la que secretas penas haban vuelto insensiblemente ms triste deda en da, pareca la ms desolada de los comensales. Ya no hubo enton-ces ninguna duda. Pap Goriot era un viejo libertino cuyos ojos no hab-an sido preservados de la maligna influencia de los remedios requeridospor sus enfermedades ms que por la habilidad de algn mdico. El co-lor desagradable de sus cabellos provena de sus excesos y de las drogasque haba tomado para poder continuarlos. El estado fsico y moral delbuen hombre daba pie para todos estos cuentos. Cuando su ropa estuvogastada, compr tela de algodn a catorce sueldos la vara para sustituirsu fino lino. Sus diamantes, su petaca de oro, su cadena, sus joyas, desa-parecieron pieza tras pieza. Haba abandonado el traje azul, para llevar,tanto en verano como en invierno, una levita de pao basto marrn, unchaleco de pelo de cabra y un pantaln gris de cuero. Fue enflaqueciendopoco a poco; sus mejillas decayeron; su cara, antes con expresin de feli-cidad burguesa, se avejent desmesuradamente; su frente se arrug, sumandbula se hizo ms destacada. Durante el cuarto ao vivido en lacalle Neuve-Sainte-Genevive, ya no pareca el mismo. El antiguo fabri-cante de fideos, de sesenta y dos aos de edad, que no aparentaba msde cuarenta; el burgus gordo y fresco, que tena algo juvenil en la sonri-sa, pareca un septuagenario idiotizado, vacilante. Sus ojos azules tan vi-vaces asumieron un tono turbio, haban palidecido, ya no lagrimeaban, ysu borde rojo pareca llorar sangre. A unos inspiraba horror, a otros com-pasin. Unos jvenes estudiantes de medicina, habiendo observado el

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  • descenso de su labio inferior y medido su ngulo facial, le declararonafectado de cretinismo. Una tarde, despus de comer, habindole dichola seora Vauquer en son de burla: Y bien, ya no vienen a veros vues-tras hijas?, poniendo en duda su paternidad, pap Goriot se estremecicomo si su patrona le hubiera pinchado con un hierro.

    Vienen algunas veces respondi con voz emocionada.Ah, ah! Las veis an alguna vez! exclamaron los estudiantes.

    Bravo, pap Goriot!Pero el anciano no oy las bromas que su respuesta atraa; haba cado

    en un estado meditabundo que los que le observaban superficialmentetomaban por un abotagamiento senil debido a su falta de inteligencia. Sile hubiesen conocido bien, quizs habranse sentido vivamente interesa-dos por el problema que presentaba su situacin fsica y moral; pero na-da haba ms difcil.

    Aunque hubiera resultado fcil saber si Goriot haba sido realmente fa-bricante de fideos, y cul era su fortuna, los viejos cuya curiosidad sedespert acerca de l no salan de su barrio y vivan en la pensin comoostras en una roca. En cuanto a las otras personas, el torbellino particularde la vida parisiense les haca olvidar, al salir de la calle Neuve-Sainte-Genevive, como a aquellos jvenes despreocupados, que la rida miser-ia de pap Goriot y su estpida actitud eran incompatibles con una for-tuna y una capacidad cualesquiera. En cuanto a las mujeres que l llama-ba sus hijas, todos compartan la opinin de la seora Vauquer, la cualdeca, con la lgica severa que la costumbre de suponerlo todo confiere alas viejas ocupadas en chismorrear: Si pap Goriot tuviese hijas tan ricascomo parecan ser todas las damas que han venido a verle, no estara enmi casa, en el tercer piso, a cuarenta y cinco francos al mes, y no ira ves-tido como un pobre. Nada poda desmentir estas deducciones. As, hac-ia el final del mes de noviembre de 1819, poca en que ocurri este dra-ma, todos en la pensin tenan ideas muy definidas sobre el pobre ancia-no. Nunca haba tenido hija ni mujer; el abuso de los placeres haca de lun caracol, un molusco antropomrfico para clasificar entre los casquet-feros, deca un empleado del Museo. Poiret era un guila, un gentlemanal lado de Goriot. Poiret hablaba, razonaba, responda; no deca nada, enrealidad, razonando o respondiendo, porque tena la costumbre de repe-tir en otros trminos lo que los otros decan; pero contribua a la conver-sacin, pareca sensible; mientras que pap Goriot, deca an el emplea-do del Museo, estaba constantemente a cero grados Raumur.

    Eugenio de Rastignac haba regresado con una disposicin de esprituque deben haber conocido los jvenes superiores, o aquellos a los que

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  • una posicin difcil comunica momentneamente las cualidades de loshombres selectos. Durante su primer ao de estancia en Pars, el escasotrabajo que requieren los primeros cursos de la Facultad le haba dejadola libertad de saborear las delicias visibles del Pars material.

    Un estudiante no tiene demasiado tiempo si quiere conocer el reperto-rio de cada teatro, estudiar las salidas del laberinto parisiense, conocerlas costumbres particulares de la capital, escudriar los lugares buenos ymalos, seguir los cursos que divierten, hacer el inventario de los tesorosde los museos. Un estudiante se apasiona entonces por tonteras que leparecen grandiosas. Tiene su grande hombre, un profesor del colegio deFrancia, pagado para mantenerse a la altura de su auditorio. En estas ini-ciativas sucesivas, ensancha el horizonte de su vida, y acaba concibiendola superposicin de las capas humanas que componen la sociedad. Si haempezado admirando los coches en los Campos Elseos un hermoso dade sol, llega pronto a envidiarlos. Eugenio haba sufrido este aprendizaje,sin darse cuenta, cuando parti en vacaciones, despus de haber obteni-do el ttulo de bachiller en letras y de bachiller en derecho. Sus ilusionesde la infancia, sus ideas de provincia haban desaparecido. Su inteligenc-ia modificada, su ambicin exaltada le hicieron ver con precisin en me-dio de la mansin paterna, en el seno de la familia. Su padre, su madre,sus dos hermanas y una ta cuya fortuna consista en pensiones, vivanen la pequea finca de Rastignac. Estas tierras, que rentaban unos tresmil francos, se hallaban sometidas a la incertidumbre que rige el produc-to industrial de la via, y sin embargo, haba que extraer cada ao mildoscientos francos para l. La vista de esta constante indigencia que leocultaban generosamente, la comparacin que se vio obligado a realizarentre sus hermanas, que le parecan tan hermosas en su infancia, y lasmujeres de Pars, que haban realizado para l el tipo de una belleza so-ado; el porvenir incierto de esta numerosa familia que se apoyaba en l,la parsimoniosa atencin con que vio que se recogan las ms escasasproducciones, la bebida hecha para su familia con las heces de la prensa,en fin, un gran nmero de circunstancias intiles de consignar aqu, au-mentaron su deseo de prosperar y le dieron sed de distinciones.

    Como les ocurre a las almas grandes, quiso deberlo todo a su propiomrito. Pero su alma era eminentemente meridional; en el momento dela ejecucin, sus determinaciones deban, pues, verse afectadas por aque-llas vacilaciones que se aduean de los jvenes cuando se encuentran enalta mar, sin saber a qu lado dirigir sus fuerzas, ni hacia qu ngulo hin-char sus velas. Si de momento quiso lanzarse enteramente al trabajo, se-ducido pronto por la necesidad de crearse relaciones, observ hasta qu

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  • punto tienen influencia las mujeres en la vida social y pens en seguidaen obtener protectoras: deban faltar stas a un joven fogoso e inteligen-te, cuya inteligencia y ardor estaban realzados por unas maneras elegan-tes y por una especie de belleza nerviosa que tanto cautiva a las mujeres?Estas ideas le asaltaron hallndose en medio de los campos, durante lospaseos que antao haca con sus hermanas, que le encontraron muy cam-biado. Su ta, la seora de Marcillac, presentada en otro tiempo en la Cor-te, haba conocido en ella a las mximas figuras de la aristocracia. Depronto, el joven ambicioso reconoci, en los recuerdos tan a menudo aca-riciados por su ta, los elementos de varias conquistas sociales, por lo me-nos tan importantes como las que emprenda en la Escuela de Derecho;la interrog acerca de los lazos de parentesco que podan an renovarse.Despus de haber sacudido las ramas del rbol genealgico, la ancianaseora consider que todas las personas que podan servir a su sobrinoentre la gente egosta de los parientes ricos, la menos recalcitrante serala seora vizcondesa de Beausant. Escribi a esta joven una carta en elantiguo estilo, y la entreg a Eugenio, dicindole que, si tena xito cercade la vizcondesa, ella le hara encontrar a sus otros parientes. Unos dasdespus de la llegada, Rastignac envi la carta de su ta a la seora deBeausant. La vizcondesa respondi con una invitacin al baile del dasiguiente.

    Tal era la situacin general de la pensin de la seora Vauquer a finesdel mes de Noviembre de 1819. Unos das ms tarde, despus de haberido al baile de la seora de Beausant, regres hacia las dos de la madru-gada. Con objeto de recuperar el tiempo perdido, el animoso estudiantehabase prometido, mientras bailaba, trabajar hasta que amaneciera. Iba apasar la noche por primera vez en medio de aquel silencioso barrio, por-que se haba puesto bajo la fascinacin de una falsa energa al ver los es-plendores del mundo. No haba comido en casa de la seora Vauquer.Los huspedes pudieron, pues, creer que no regresara del baile hasta elda siguiente por la maana, al clarear, como haca a veces cuando volvade las fiestas del Prado o de los bailes del Oden. Antes de echar el cerro-jo a la puerta, Cristbal la abri para mirar a la calle. Rastignac se presen-t en aquel momento, y pudo subir a su habitacin sin hacer ruido, seg-uido de Cristbal, que haca mucho. Eugenio se desnud, se puso las za-patillas, tom una mala levita, encendi su lumbre de conglomerados deturba y preparse diligente a trabajar, de suerte que Cristbal cubri ancon el ruido de sus grandes zapatos los preparativos poco ruidosos deljoven estudiante. Eugenio permaneci pensativo durante algunos mo-mentos antes de sumergirse en sus libros de derecho. Acababa de

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  • reconocer en la seora vizcondesa de Beausant a una de las reinas de lamoda en Pars, y cuya casa pasaba por ser la ms agradable del barrio deSan Germn. Por otra parte, tanto por su apellido como por su fortuna,esta mujer era considerada como una de las figuras ms conspicuas delmundo aristocrtico. Gracias a su ta De Marcillac, el pobre estudiantehaba sido bien acogido en esta casa, sin conocer la extensin de tal favor.Ser admitido en aquellos dorados salones equivala a un ttulo de altanobleza. Al parecer en aquella sociedad, la ms exclusiva de todas, habaconquistado el derecho de ir a todas partes.

    Deslumbrado por aquella brillante concurrencia, habiendo cambiadoapenas unas palabras con la vizcondesa, Eugenio habase contentado condistinguir, entre la multitud de las deidades parisienses que se apretuja-ban en aquella casa, a una de aquellas mujeres a las que en seguida debeadorar todo joven. La condesa Anastasia de Restaud, alta y bien proporc-ionada, era considerada como una de las mujeres ms elegantes de Pars.Imaginad unos grandes ojos negros, una mano magnfica, un pie tornea-do, fuego en los movimientos, una mujer a la que el marqus de Ronque-rolles llamaba un caballo de pura sangre. Esta fogosidad no le arrebatabaninguna ventaja; tena llenas y redondeadas las formas, sin que pudieraser acusada de gordura. Caballo de pura sangre, mujer de raza, estas locuc-iones comenzaban a sustituir a los ngeles del cielo, a las figuras osini-cas, a toda la antigua mitologa amorosa rechazada por el dandismo. Pe-ro para Rastignac, la seora Anastasia de Restaud fue la mujer codicia-ble. Habase procurado dos turnos en la lista de los galanes escrita en elabanico, haba podido hablarle durante la primera contradanza.

    Dnde podr encontraros de ahora en adelante? le haba dicho depronto, con esa fuerza de pasin que tanto agrada a las mujeres.

    Pues dijo ella en el Bosque de Bolonia, en los Bouffons, en mi casa,en todas partes.

    Y el aventurero meridional habase apresurado a trabar relaciones conaquella deliciosa condesa, tanto como le es dado hacer a un joven conuna mujer durante una contradanza y un vals. Dicindose primo de laseora de Beausant, fue invitado por esta mujer, a la que tom por unagran dama, y tuvo entrada en su casa. A la ltima sonrisa que ella le diri-gi, Rastignac crey necesaria su visita.

    Haba tenido la suerte de encontrar a un hombre que no se haba bur-lado de su ignorancia, defecto mortal en medio de los ilustres imperti-nentes de la poca, tales como Maulincourt, Ronquerolles, Mximos deTrailles, De Marsay, AjudaPinto y Vandenesse, que estaban all en lagloria de su fatuidad y mezclados con las mujeres ms elegantes, lady

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  • Brandon, duquesa de Langeais, condesa de Kergarout, seora de Srizy,duquesa de Carigliano, condesa Ferraud, seora de Lanty, marquesa deAiglemont, seora Firmiani, marquesa de Listomre y marquesad'Espard, duquesa de Maufrigneuse y las Grandlieu. Afortunadamente,pues, el ingenuo estudiante fue a dar con el marqus de Montriveau,amante de la duquesa de Langeais, un general inocente como un nio, elcual le dijo que la condesa de Restaud viva en la calle de Helder. Ser jo-ven, tener sed de mundo, hambre de una mujer y ver que se le abran auno dos casas; poner el pie en el barrio de San Germn, en casa de la viz-condesa de Beausant, y la rodilla en la Chausse-d'Antin, en casa de lacondesa de Restaud; penetrar con una mirada en los salones de Pars ycreerse un joven lo bastante apuesto como para encontrar en ellos ayuday proteccin en un corazn femenino; sentirse lo suficientemente ambic-ioso para dar un soberbio puntapi a la cuerda sobre la cual es precisocaminar con la seguridad del saltador que no caer, y haber encontradoen una mujer encantadora el mejor de los balancines. Con tales pensam-ientos y delante de esta mujer que se ergua sublime junto a una lumbrede conglomerados de turba, entre el Cdigo y la miseria, quin, comoEugenio, no habra sondeado el porvenir por medio de una meditacin,quin no lo habra adornado con el xito? Su pensamiento vagabundomeditaba en sus futuros goces, y se crea al lado de la seora de Restaud,cuando un suspiro turb el silencio de la noche y reson en el corazndel joven, de suerte que ste crey que se trataba del estertor de un mori-bundo. Abri suavemente la puerta, y cuando estuvo en el pasillo viouna lnea de luz debajo de la puerta de pap Goriot.

    Eugenio temi que su vecino se hallara indispuesto, acercse al ojo dela cerradura, mir al interior de la habitacin y vio al anciano ocupadoen trabajos, que le parecieron criminales para que no creyera prestar unservicio a la sociedad examinando bien lo que por la noche maquinaba elsupuesto fabricante de fideos. Pap Goriot, que sin duda haba atado a labarra de una mesa puesta al revs un plato y una especie de sopera deplata sobredorada, haca girar una especie de afiler alrededor de estosobjetos ricamente esculpidos, apretndolos con tanta fuerza que los re-torca probablemente para convertirlos en lingotes. Demonio, qu hom-bre!, se dijo Rastignac viendo el nervudo brazo del anciano que, conayuda de aquella cuerda, amasaba sin hacer ruido la plata dorada, comouna pasta. Pero se tratara de un ladrn o de un encubridor que, paraentregarse con mayor seguridad a su comercio, se haca pasar por tontoy viva como un mendigo?, djose Eugenio, incorporndose un instante.El estudiante aplic de nuevo el ojo a la cerradura. Pap Goriot, que

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  • haba desenrollado su cable, tom la masa de plata, la puso encima de lamesa despus de haber extendido sobre ella su colcha y la hizo rodar pa-ra convertirla en barra, operacin que realiz con facilidad asombrosa.Pap Goriot mir con tristeza su obra, sus ojos se llenaron de lgrimas,apag el estadal a cuya luz haba retorcido la plata sobredorada, y Euge-nio oy cmo se acostaba dando un suspiro. Est loco, pens elestudiante.

    Pobre criatura! dijo en voz alta pap Goriot.Al or estas palabras, Rastignac juzg prudente guardar silencio sobre

    este acontecimiento y no condenar inconsideradamente a su vecino. Dis-ponase a volver a su habitacin, cuando advirti de pronto un ruidobastante difcil de expresar y que deba ser producido por unos hombrescalzados con escarpines que suban la escalera. Eugenio prest odo y re-conoci, en efecto, el sonido alternativo de la respiracin de doshombres.

    Sin haber odo el chirrido de la puerta ni los pasos de los hombres, viode pronto una dbil claridad en el segundo piso, en casa del seor Vau-trin. He ah muchos misterios en una pensin!, se dijo. Baj unos pel-daos, se puso a escuchar y el sonido del oro hiri su odo. Pronto seapag la luz y las dos respiraciones se dejaron or sin que la puerta hub-iese chirriado. Luego, a medida que los dos hombres descendieron, elruido fue debilitndose.

    Quin va? grit la seora Vauquer abriendo la ventana de suhabitacin.

    Soy yo, que vuelvo, mam Vauquer dijo Vautrin con su voz gruesa.Es curioso pens Eugenio al entrar de nuevo en su aposento: Cris-

    tbal haba echado los cerrojos. Hay que estar despierto para observarlo que sucede alrededor de uno en Pars. Desviado por estos pequeosacontecimientos de su meditacin ambiciosamente amorosa, psose atrabajar. Distrado por las sospechas que cruzaban por su mente acercade pap Goriot, ms distrado an por la figura de la seora Restaud,que de vez en cuando apareca ante l como la mensajera de un brillantedestino, acab acostndose y durmiendo a pierna suelta. De cada dieznoches prometidas al trabajo por los jvenes, dan siete de ellas al sueo.Hay que tener ms de veinte aos para velar.

    El da siguiente por la maana reinaba en Pars una de esas nieblas es-pesas que envuelven la ciudad de un modo que aun las personas mspuntuales se equivocan con relacin a la hora. La gente falta a sus citasde negocios. Todo el mundo cree que son las ocho cuando dan las docedel medioda. Eran las nueve y media y la seora Vauquer no se haba

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  • levantado an de la cama. Cristbal y la gruesa Silvia, que tambin sehaban atrasado, tomaban tranquilamente su caf, preparado con las ca-pas superiores de la leche destinada a los huspedes, y que Silvia hacahervir mucho rato, con objeto de que la seora Vauquer no se diera cuen-ta de este diezmo ilegalmente cobrado.

    Silvia dijo Cristbal mojando su primera tostada, el seor Vautrin,que es un buen hombre, tambin ha visto dos personas esta noche. Si laseora se inquietara por ello, no habra que decirle nada.

    Os ha dado algo Vautrin?Me ha dado cien sueldos, como dicindome: Calla.Salvo l y la seora Couture, los otros quisieran quitarnos con la ma-

    no izquierda lo que nos dan con la derecha dijo Silvia.Y lo que dan! dijo Cristbal. He aqu que desde hace dos aos pa-

    p Goriot se limpia l mismo los zapatos. Poiret prescinde del lustre, yantes lo bebera que ponerlo en sus zapatos. En cuanto al estudiante, meda cuarenta sueldos. Cuarenta sueldos no pagan mis cepillos.

    Bah! dijo Silvia, bebiendo a pequeos sorbos su caf. Nuestrospuestos son todava los mejores del barrio. Vivimos bien. Pero, a prop-sito de Vautrin, Cristbal, os ha dicho alguien algo de l?

    S, encontr hace unos das a un seor en la calle y me pregunt:No vive en vuestra casa un seor grueso que lleva las patillas tei-das? Yo le contest: No, seor, no se las tie. Un hombre como l notiene tiempo para eso. Le he dicho, pues, esto al seor Vautrin, el cualme ha contestado: Has hecho muy bien, muchacho. Responde siempreas. Nada hay ms desagradable que dejar que conozcan nuestros defec-tos. Esto puede hacerle perder a uno la oportunidad de una buenaboda.

    Pues a m, en el mercado, han querido engatusarme para hacerme de-cir si le vea ponerse la camisa. Bueno dijo interrumpindose, he aquque en VldeGrace dan las diez menos cuarto y nadie se mueve.

    Bah!, todos han salido. La seora Couture y su joven compaera hanido a comulgar a San Esteban, desde las ocho. Pap Goriot ha salido conun paquete. El estudiante no volver hasta despus de las clases, a lasdiez. Les he visto salir mientras estaba haciendo mis escaleras; por ciertoque pap Goriot me ha dado un golpe con lo que llevaba, y era duro co-mo el hierro. Qu estar haciendo ese buen hombre? Los otros le hacengirar como una peonza, pero es una buena persona que vale ms que to-dos ellos. No es mucho lo que me da; pero las damas a las que l memanda, a veces me dan magnficas propinas.

    Las damas a las que l llama sus hijas, no? Hay una docena de ellas.

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  • Yo slo he ido a la casa de dos de ellas, las mismas que vinieron aqu.He aqu que la seora se mueve y va a hacer su acostumbrado escn-

    dalo; tengo que ir. Vigilad la leche, Cristbal; cuidado con el gato.Silvia subi al apartamento de su duea.Cmo, Silvia! He aqu que son las diez menos cuarto, y me habis

    dejado dormir como una marmota. Nunca me haba sucedido nadaparecido.

    Es la niebla, que puede cortarse con cuchillo.Pero y el desayuno?Vuestros huspedes ya han desayunado. La Michonneau y el Poiret

    no se han movido. No hay ms que ellos en la casa, y duermen como le-os, que es lo que son.

    Pero, Silvia, t los pones a los dos juntos como siComo si qu? repuso Silvia con una risotada. Los dos hacen buena

    pareja.Es curioso, Silvia, que haya podido entrar el seor Vautrin esta noche

    despus de que Cristbal hubiera echado los cerrojos.Es que ha odo al seor Vautrin y ha bajado a abrirle la puerta. Y he

    aqu lo que vos habis credoDame mi camisola y ve enseguida a ver el desayuno. Arregla el resto

    del cordero con patatas y dales peras cocidas, de las que cuestan dos cen-tavos cada una.

    Unos instantes ms tarde, la seora Vauquer descendi en el momentoen que su gato acababa de derribar con la pata un plato que tapaba unbol de leche y la estaba lamiendo a toda prisa.

    Mistigris! exclam. El gato huy; luego fue a frotar su cuerpo contralas piernas de la duea. S, s, cobarde! Silvia, Silvia!

    Bien, qu ocurre, seora?Mirad lo que ha bebido el gato.La culpa es de ese animal de Cristbal, al que le dije que lo tapara.

    Dnde ha ocurrido? No os preocupis, seora; ser el desayuno de papGoriot. Aadir agua, y no se dar cuenta. No se fija en nada, ni siquieraen lo que come.

    Dnde ha ido ese imbcil? dijo la seora Vauquer poniendo los pla-tos en la mesa.

    Quin lo sabe? Hace negocios de mil demonios.He dormido demasiado dijo la seora Vauquer.Pero tambin la seora est fresca como una rosaEn aquel momento se oy la campanilla y entr Vautrin en el saln

    cantando.

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  • iOh, oh! Buenos das, seora Vauquer dijo al ver a la patrona, a laque tom galantemente en sus brazos.

    Vamos, acabad.Voy a ayudaros a servir la mesa. Soy amable, verdad? Acabo de ver

    algo curioso por casualidad.Qu es? dijo la viuda.Pap Gorot se encontraba a las ocho y media en la calle Dauphine, en

    casa del orfebre que compra viejos cubiertos. Le ha vendido por una bue-na suma un utensilio riel hogar en plata sobredorada, bastante bien re-torcido para no ser del oficio.

    De veras?S. Yo volva para ac despus de haber acompaado a uno de mis

    amigos que se expatra a las Mensajeras reales; he aguardado a pap Go-riot para ver qu suceda: una historia de risa. Ha vuelto a subir a estebarrio, a la calle de Grs, donde entr en la casa de un usurero conocido,llamado Gobseck, un sujeto capaz de hacer piezas de domin con loshuesos de su padre; un judo, un rabe, un griego, un bohemio, un hom-bre al que sera difcil desvalijar porque pone sus escudos en el Banco.

    Qu es, pues, lo que hace pap Goriot?No hace nada dijo Vautrin; deshace. Es lo bastante imbcil para arr-

    uinarse con sus hijas, queAh est! dijo Silvia.Cristbal grit pap Goriot, sube conmigo.Cristbal sigui a pap Goriot y volvi a bajar en seguida.Adnde vas? dijo la seora Vauquer a su criado.A hacer un recado para el seor Goriot.Qu es eso? dijo Vautrin arrancando de las manos de Cristbal una

    carta en la que ley: A la seora condesa Anastasia de Restaud. Y cu-les son las seas? aadi devolviendo la carta a Cristbal.

    Calle de Helder. Tengo rdenes de no entregar esto ms que a la se-ora condesa en persona.

    Qu hay ah dentro? dijo Vautrin poniendo la carta al trasluz. Unbillete de banco? No. Entreabri el sobre. Una letra pagada exclam.Caramba, qu galante es el hombre! Vamos, bribn dijo poniendo sumanaza sobre la cabeza de Cristbal, al que hizo girar sobre s mismo co-mo un dado, que tendrs una buena propina.

    La mesa estaba puesta. Silvia haca hervir la leche. La seora Vauquerencenda la estufa, ayudada por Vautrin, que segua canturreando.

    Cuando todo estuvo a punto, entraron la seora Couture y la seoritaTaillefer.

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  • De dnde vens tan temprano, mi hermosa dama? dijo la seoraVauquer a la seora Couture.

    Venimos de hacer nuestras devociones a San Esteban del Monte, por-que hoy hemos de ir a la casa del seor Taillefer. Pobrecilla, tiembla co-mo hoja en el rbol repuso la seora Couture, sentndose ante la estufa,a la boca de la cual present sus zapatos, que echaron humo.

    Calentaos, pues, Victorina dijo la seora Vauquer.Est bien, seorita, eso de rezar a Dios para que ablande el corazn

    de vuestro padre dijo Vautrin acercando una silla a la hurfana. Peroeso no es suficiente. Os hara falta un amigo que se encargase de cantarlelas cuarenta a ese brbaro que, segn dicen, tiene tres millones y no os dadote. Una joven bella tiene necesidad de dote en estos tiempos.

    Pobre nia dijo la seora Vauquer; vamos, guapa, que el monstruode vuestro padre ser algn da castigado por lo que est haciendo convos.

    Al or estas palabras, los ojos de Victorina se llenaron de lgrimas, y laviuda se detuvo ante una sea que le hizo la seora Couture.

    Si pudiera tan slo verle, si pudiera hablarle, entregarle la ltima car-ta de su mujer repuso la viuda del comisarioordenador. No me heatrevido a envirsela por correo; conoce mi letra

    Oh mujeres inocentes, desgraciadas y perseguidas exclam Vautrininterrumpiendo a la seora Couture, ya veis cmo os encontris! Dentrode unos das, vo me ocupar de vuestros asuntos, y todo ir bien.

    Oh!, seor dijo Victorina lanzando una mirada a la vez hmeda yardiente a Vautrin, el cual no se emocion, si supieseis, de algn mediopara llegar a mi padre, decidle que su afecto y el honor de mi madre sonpara m ms preciosos que todas las riquezas del mundo. Si obtuvieseisalguna mitigacin a su rigor, rezara a Dios por vos. Estad seguro de miagradecimiento

    Mucho tiempo he recorrido el mundo cant Vautrin con acentoirnico.

    En aquel momento, Goriot, la seorita Michonneau y Poiret bajaron,atrados quiz por el olor de salsa con manteca que estaba haciendo Silv-ia para arreglar los restos del cordero. En el momento en que los huspe-des se sentaron a la mesa diciendo buenos das, dieron las diez, y oy-ronse en la calle los pasos del estudiante.

    Bien, seor Eugenio dijo Silvia, hoy vais a desayunar en compaade todo el mundo.

    El estudiante salud a los huspedes y fue a sentarse al lado de papGoriot.

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  • Acaba de ocurrirme una singular aventura dijo, sirvindose corderoen abundancia y cortando un trozo de pan que la seora Vauquer medasiempre con los ojos.

    Una aventura! dijo Poiret.Bien, por qu habrais de asomb