alcott, louisa may - bee! bee!

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Literatura, cuento

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  • BBEEEE!! BBEEEE!! Louisa. M. Alcott

  • Bee! Bee! Louisa M. Alcott

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    Bee Primero

    quellas dos niitas harapientas, que trotaban colina abajo dejando atrs una nube

    de polvo, no parecan heronas ni mucho menos. Tenan los pies descalzos,

    araados y sucios; las manos rojas por las manchas de fresas, y sus caras pecosas

    brillaban de calor bajo sus sombreros. Pero Patty y Tilda se disponan a cumplir una

    buena accin, y absortas en su misin se dirigan presurosas a la estacin, donde

    venderan fresas.

    Sus lenguas se movan con tanta rapidez como sus pies, pues aqulla era una gran

    expedicin y las dos estaban muy excitadas al respecto.

    -No te parecen hermosas? -pregunt Tilda, mientras observaba orgullosa la carga de su

    hermana al detenerse a cambiar una pesada cesta de un brazo al otro.

    -Absolutamente deliciosas! S que la gente las comprar si no tememos ofrecerlas -

    asinti Patty, mientras ella tambin se detena para acomodar las dos docenas de cestitas

    de abedul, llenas de grosellas rojas, que llevaba bien arregladas en una bandeja adornada

    con cornejos escarlatas, siemprevivas blancas y hojas verdes.

    -Yo no temer... Ir sin detenerme y gritar bien fuerte, ya vers. Tengo que conseguir

    nuestros libros y botas para el prximo invierno, as que no dejes de pensar qu lindos

    sern y sigue adelante -dijo la intrpida Tilda, que encabezaba la expedicin.

    -Date prisa... Quiero tener tiempo para regar los ramilletes, as estarn frescos cuando

    llegue el tren. Espero que en l vengan muchos nios, que siempre quieren comer, segn

    A

  • Bee! Bee! Louisa M. Alcott

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    dice mam.

    -Qu malvada fue Elviry Morris al ir a vender al hotel ms barato que nosotras, y

    arruinar as nuestra venta ! Sin duda desear haber pensado en esto cuando le contemos lo

    que hicimos aqu.

    Y ambas nias rieron satisfechas mientras avanzaban trabajosamente, sin pensar ni por

    un momento en los dos kilmetros calurosos y polvorientos que deban recorrer.

    La estacin hallbase fuera de la aldea, y los largos trenes con su carga de veraneantes

    que iban a las montaas se detenan all. una vez al da para esperar las diligencias que

    iban hacia diversos puntos de la regin. Era un lugar agradable, con una gran laguna a un

    costado, y exuberantes bosques al otro, mientras que a la distancia se vislumbraban los

    picos grises y verdes laderas que invitaban a los cansados viajeros de la ciudad a

    acercarse a ellos y reposar.

    Todos parecan satisfechos al bajar durante los diez minutos de parada, aunque su viaje

    no hubiera concluido todava; y mientras tanto gozaban del aire puro proveniente de la la-

    guna, o presenciaban la carga de las diligencias, Tilda y Patty se proponan ofrecer sus

    tentadoras cestitas de frutas y flores frescas. Era un gran esfuerzo, y sus corazones latan

    de esperanza y temor infantiles al llegar a la vista de la estacin, donde no se vea a nadie,

    salvo a los joviales conductores de diligencias, que descansaban a la sombra.

    -Hay tiempo de sobra. Vamos a lavarnos y beber un trago de agua en la laguna; la gente

    no nos ver detrs de esos vagones -propuso Tilda, deseando ocultarse hasta la llegada

    del tren, puesto que an su valor pareca abandonarle al aproximarse el momento cul-

    minante.

    En una va lateral, un largo tren de ganado esperaba el paso del otro ; y mientras las

    nias hundan los pies en el agua fresca o beban de sus manos, un sonido lastimoso llen

    el aire. Cientos de ovejas, que apretujadas en los vagones sufran agonas a causa del

    polvo, el calor y la sed, asomaban sus pobres hocicos entre los barrotes, balando

    frenticas, pues el ver tanta agua, tan cercana y al mismo tiempo tan imposible de

    alcanzar, las enloqueca. Las que estaban ms alejadas y no alcanzaban a ver el lago azul,

    podan olerlo, y repetan el grito hasta despertar ecos en el bosque, al punto que los

    mismos conductores indiferentes comentaron compadecidos

    -Este da caluroso resulta duro para los pobres animales, no?

    -Oh, Tilda, yelas balar y mira cmo se agrupan de este lado para llegar al agua! Lle-

    vmosles un poco en nuestros jarros. Tener sed es espantoso -exclam la bondadosa

    Patty, mientras llenaba su jarro y corra a ofrecerlo al ms cercano de aquellos hocicos

    estirados.

    Una docena de lenguas sedientas intentaron lamer el agua de modo que en el forcejeo el

    jarrito no tard en quedar vaco pero Patty corri en busca de ms y Tilda hizo lo mismo,

    tan excitadas ambas por la situacin de los animales, que no oyeron el silbato lejano del

    tren y siguieron corriendo de un lado a otro, en su piadosa labor, sin preocuparse por sus

    pies fatigados, sus caras calenturientas y las preciosas flores que se marchitaban al sol.

    Tampoco vieron a un grupo de personas que, sentadas all cerca, bajo los rboles, las

    observaban y escuchaban su ansiosa conversacin con sonriente inters.

    -Corre, Patty, esta pobrecita est media muerta ! Echale un poco en la cara mientras yo

    impido a esta grandota que siga pisndola. Dios mo, cuntas son! No podemos ayudar

    ni a la mitad, y nuestros jarros son tan pequeos!

    -Ya s lo que har, Tilda; volcar las fresas en mi delantal y traer bastante de una sola

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    vez -grit Patty, medio trastornada por la compasin.

    -Arruinars tu delantal y aplastars las fresas, pero no importa. Lo mismo me da que no

    vendamos ni una, si podemos ayudar a estos pobre animalitos -repuso la enrgica Tilda,

    mientras se internaba en la laguna hasta los tobillos para llenar el balde, mientras Patty

    amontonaba la fruta en su delantal a cuadros.

    -Oh. qu lstima! Viene el tren! -exclam esta ltima, cuando una penetrante pitada

    despert ecos y se oy un retumbar cada vez ms cercano.

    -Pues que venga... No abandonar a esta ovejita hasta que mejore. Ve y vende la

    primera parte; yo ir en cuanto pueda -orden Tilda, tan atareada reviviendo al animal ex-

    hausto, que no poda detenerse ni siquiera para dar comienzo al plan acariciado.

    -No me atrevo a ir sola; ven a ofrecer, que yo sostendr la bandeja -tembl la pobre

    Patty, muy atemorizada al llegar el tren con una cabeza en cada ventanilla.

    -No seas chiquilla... Entonces qudate a trabajar aqu, que yo ir a vender todas las

    cestas. Tan enojada estoy por estas pobrecitas, que no temo a nadie -proclam Tilda, arro-

    jando agua por ltima vez entre las pocas ovejas favorecidas, antes de recoger la bandeja

    y dirigirse al andn. Estaba acalorada, mojada y harapienta, pero tena el corazn

    colmado de la justa ira y tierna compasin que pretenden remediar la mitad de los males

    de este mundo enorme.

    -Oh, mam, fjate en esas lindas cestitas! Cmprame algunas, que estoy muy sediento y

    cansado -exclamaron, ansiosos, ms de un pequeo viajero, al or que Tilda, bandeja en

    alto, gritaba con valor:

    -Fresas frescas! Fresas frescas! Diez centavos! Solamente diez centavos!

    Las vendi a todas en diez minutos, y de haber estado Patty con ella, podra haber

    vaciado su balde antes de la partida del tren. Pero la otra pequea samaritana estaba en

    plena labor, y cuando su hermana se reuni

    con ella mostrndole orgullosa un puado de plata, ella a su vez, ms orgullosa an, le

    mostr a su lanudo invlido que mordisqueaba dbilmente el pasto de su mano.

    -Podramos haber vendido hasta la ltima... A la gente les gustaron muchsimo, y la

    prxima vez traeremos cada una dos docenas de cestas. Pero tendremos que andar

    despiertas, porque algunos nios pretenden elegir la que ms les gusta. Es divertido,

    Patty! -asegur Tilda, mientras sujetaba las preciosas monedas en una punta de su

    pauelito deshilachado.

    -Y esto tambin -repuso la otra, con una ltima palmada cariosa en el hocico de su pa-

    ciente, al tiempo que el tren se pona en movimiento, -y pasaba ante ellas un vagn tras

    otro de sufrientes ovejas, entre lamentos lastimeros y vanos esfuerzos por alcanzar el

    agua que tanta falta les haca.

    La pobre Patty no pudo soportarlo. Estaba acalorada, fatigada y descontenta por poder

    hacer tan poco, y cuando sus ojos compasivos perdieron de vista aquella carga de

    desdicha, no pudo hacer otra cosa que sentarse a llorar.

    Pero Tilda protestaba mientras volva a guardar cuidadosamente en el balde las fresas

    no vendidas, sin haber notado todava la presencia de aquellas personas junto a la laguna,

    tras los arbustos.

    -Es la cosa ms perversa que he visto en mi vida, y ojal fuera un hombre, as podra

    ponerle remedio. Encerrara en esos vagones a todos los del ferrocarril durante horas y

    horas y horas, sin dejar de pasar frente a lagunas, y adems pondra helados donde no

    pudieran alcanzarlos, y muchos abanicos, y otras personas bien frescas y cmodas, sin

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    importarles nada de su calor, su cansancio y su sed. S que lo hara! Y entonces veramos

    si les agrada.

    Aqu la indignada Tilda tuvo que detenerse para tomar aliento, y s reanim chupndose

    el jugo de fresas de los dedos.

    -Tenemos que hacer algo al respecto... Nunca ser feliz pensando en esas pobres

    ovejitas que van tan lejos sin agua alguna. Tener sed es terrible -solloz Patty, mientras se

    beba sus pr

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