San manuel bueno mártir

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<ul><li> 1. SAN MANUEL,MRTIRMiguel de UnamunoObra reproducida sin responsabilidad editorial</li></ul><p> 2. Advertencia de Luarna EdicionesEste es un libro de dominio pblico en tantoque los derechos de autor, segn la legislacinespaola han caducado.Luarna lo presenta aqu como un obsequio asus clientes, dejando claro que:La edicin no est supervisada por nuestrodepartamento editorial, de forma que nonos responsabilizamos de la fidelidad delcontenido del mismo.1) Luarna slo ha adaptado la obra paraque pueda ser fcilmente visible en loshabituales readers de seis pulgadas.2) A todos los efectos no debe considerarsecomo un libro editado por Luarna.www.luarna.com 3. PRLOGOEn La Nacin, de Buenos Aires, y algo mstarde en El Sol, de Madrid, nmero del 3 dediciembre de 1931 [...], Gregorio Maran pu-blicun artculo sobre mi SAN MANUELBUENO, MRTIR, asegurando que ella, estanovelita, publicada en La Novela de Hoy, nme-ro461 y ltimo de la publicacin, correspon-dienteal da 13 de marzo de 1931 -estos detalleslos doy para la insaciable casta de los bi-bligrafos-,ha de ser una de mis obras msledas y gustadas en adelante como una de lasms caractersticas de mi produccin toda no-velesca.Y quien dice novelesca -agrego yo-,dice filosfica y teolgica. Y as como l piensoyo, que tengo la conciencia de haber puesto enella todo mi sentimiento trgico de la vida coti-diana.Luego haca Maran unas brevsimas consi-deracionessobre la desnudez de la parte pura-mentematerial en mis relatos. Y es que creo 4. que dando el espritu de la carne, del hueso, dela roca, del agua, de la nube, de todo lo demsvisible, se da la verdadera e ntima realidad,dejndole al lector que la revista en su fantasa.Es la ventaja que lleva el teatro. Como mi no-velaNada menos que todo un hombre, escenificadaluego por Julio de Hoyos bajo el ttulo de Todoun hombre, la escrib ya en vista del tablado tea-tral,me ahorr todas aquellas descripciones delfsico de los personajes, de los aposentos y delos paisajes, que deben quedar al cuidado deactores, escengrafos y tramoyistas. Lo que noquiere decir, claro est!, que los personajes dela novela o del drama escrito no sean tan decarne y hueso como los actores mismos, y queel mbito de su accin no sea tan natural y tanconcreto y tan real como la decoracin de unescenario.Escenario hay en SAN MANUEL BUENO,MRTIR, sugerido por el maravilloso y tansugestivo lago de San Martn de Castaeda, enSanabria, al pie de las ruinas de un convento de 5. Bernardos y donde vive la leyenda de una ciu-dad,Valverde de Lucerna, que yace en el fondode las aguas del lago. Y voy a estampar aqudos poesas que escrib a raz de haber visitadopor primera vez ese lago el da primero de ju-niode 1930. La primera dice:San Martn de Castaeda, espejo de soleda-des,el lago recoge edadesde antes del hombre y se quedasoando en la santa calmadel cielo de las alturas,la que se sume en hondurasde anegarse, pobre! el alma.Men Rodrguez, aguiluchode Sanabria, el ala rotaya el cotarro no alborotapara cobrarse el conducho.Campanario sumergidode Valverde de Lucerna,toque de agona eterna 6. bajo el caudal del olvido.La historia par; al senderode San Bernardo la vidaretorna, y todo se olvida,lo que no ha sido primero.Y la segunda, ya de rima ms artificiosa, de-cay dice as:Ay Valverde de Lucerna,hez del lago de Sanabria,no hay leyenda que d cabriade sacarte a luz moderna.Se queja en vano tu bronceen la noche de San Juan,tus hornos dieron su panla historia se est en su gonce.Servir de pasto a las truchases, aun muerto, amargo trago;se muere Riba de Lagoorilla de nuestras luchas. 7. En efecto, la trgica y miserabilsima aldea deRiba de Lago, a la orilla del de San Martn deCastaeda, agoniza y cabe decir que se estmuriendo. Es de una desolacin tan grandecomo la de las alqueras, ya famosas, de lasHurdes. En aquellos pobrsimos tugurios, casu-chasde armazn de madera recubierto de ado-besy barro, se hacina un pueblo al que ni le espermitido pescar las ricas truchas en que abun-dael lago y sobre las que una supuesta seoracrea haber heredado el monopolio que tenanlos monjes Bernardos de San Martn de Casta-eda.Esta otra aldea, la de San Martn de Castae-da,con las ruinas del humilde monasterio,agoniza tambin junto al lago, algo elevadasobre su orilla. Pero ni Riba de Lago, ni SanMartn de Castaeda, ni Galende, el otro po-bladilloms cercano al lago de Sanabria -esteotro mejor acomodado-, ninguno de los trespuede ser ni fue el modelo de mi Valverde deLucerna. El escenario de la obra de mi Don 8. Manuel Bueno y de Angelina y Lzaro Carba-llinosupone un desarrollo mayor de vidapblica, por pobre y humilde que esta sea, quela vida de esas pobrsimas y humildsimas al-deas.Lo que no quiere decir, claro est!, que yosuponga que en estas no haya habido y anhaya vidas individuales muy ntimas e inten-sas,ni tragedias de conciencia.Y en cuanto al fondo de la tragedia de los tresprotagonistas de mi novelita, no creo poder nideber agregar nada al relato mismo de ella. Nisiquiera he querido aadirle algo que recorddespus de haberlo compuesto -y casi de unsolo tirn-, y es que al preguntarle en Pars unadama acongojada de escrpulos religiosos a unfamoso y muy agudo abate si crea en el infier-noy responderle este: Seora, soy sacerdotede la Santa Iglesia Catlica Apostlica Romana,y usted sabe que en esta la existencia del infier-noes verdad dogmtica o de fe, la dama insis-tien: Pero usted, monseor, cree en ello?, yel abate, por fin: Pero por qu se preocupa 9. usted tanto, seora, de si hay o no infierno, sino hay nadie en l ...? No sabemos que la da-male aadiera esta otra pregunta: Y en el cie-lo,hay alguien?Y ahora, tratando de narrar la oscura y dolo-rosacongoja cotidiana que atormenta al espri-tude la carne y al espritu del hueso de hom-bresy mujeres de carne y hueso espirituales,iba a entretenerme en la tan hacedera tarea dedescribir revestimientos pasajeros y de puroviso? Aqu lo de Francisco Manuel de Melo ensu Historia de los movimientos, separacin y guerrade Catalua en tiempo de Felipe IV y poltica mili-tar,donde dice: He deseado mostrar sus ni-mos,no los vestidos de seda, lana y pieles, so-breque tanto se desvel un historiador grandede estos aos, estimado en el mundo. Y el co-losalTucdides, dechado de historiadores, des-deandoesos realismos, aseguraba haber que-ridoescribir una cosa para siempre, ms queuna pieza de certamen que se oiga de momen-to. Para siempre! 10. [.................................................................]Pero voy ms lejos an, y es que no tan sloimportan poco para una novela, para una ver-daderanovela, para la tragedia o la comedia deunas almas, las fisonomas, el vestuario, losgestos materiales, el mbito material, sino quetampoco importa mucho lo que suele llamarseel argumento de ella.[.................................................................][...] Ponindome a pensar, claro que a redro-manoo a posteriori, en ello, he credo darmecuenta de que [...] a Don Manuel Bueno [...] loque le atosigaba era el pavoroso problema de lapersonalidad, si uno es lo que es y seguirsiendo lo que es.Claro est que no obedece a un estado denimo especial en que me hallara al escribir, enpoco ms de dos meses [esta novela junto a lanovela de Don Sandalio, jugador de ajedrez y Unpobre hombre rico o el sentimiento cmico de la vi-da],sino que es un estado de nimo general enque me encuentro, puedo decir que desde que 11. empec a escribir. Ese problema, esa congoja,mejor, de la conciencia de la propia personali-dad-congoja unas veces trgica y otras cmica-esel que me ha inspirado para casi todos mispersonajes de ficcin. Don Manuel Bueno bus-ca,al ir a morirse, fundir -o sea salvar- su per-sonalidaden la de su pueblo [...].Y no es, en el fondo, este congojoso y glorio-soproblema de la personalidad el que gua ensu empresa a Don Quijote, el que dijo lo de yos quin soy! y quiso salvarla en aras de lafama imperecedera? Y no es un problema depersonalidad el que acongoj al prncipe Segis-mundo,hacindole soarse prncipe en el sue-ode la vida?Precisamente ahora, cuando estoy compo-niendoeste prlogo, he acabado de leer la obraO lo uno o lo otro (Entera-Eller) de mi favoritoSren Kierkegaard, obra cuya lectura dej inte-rrumpidahace unos aos -antes de mi destie-rro-,y en la seccin de ella que se titula Equi-librioentre lo esttico y lo tico en el desarrollo 12. de la personalidad me he encontrado con unpasaje que me ha herido vivamente y que vienecomo estrobo al tolete para sujetar el remo -aqu pluma- con que estoy remando en esteescrito. Dice as el pasaje:Sera la ms completa burla al mundo si el quehabra expuesto la ms profunda verdad no hubierasido un soador, sino un dudador. Y no es impensa-bleque nadie pueda exponer la verdad positiva tanexcelentemente como un dudador; slo que este no lacree. Si fuera un impostor, su burla sera suya; perosi fuera un dudador que deseara creer lo que expu-siese,su burla sera ya enteramente objetiva; la exis-tenciase burlara por medio de l; expondra unadoctrina que podra esclarecerlo todo, en que podradescansar todo el mundo; pero esa doctrina no podr-aaclarar nada a su propio autor. Si un hombre fue-raprecisamente tan avisado que pudiese ocultar queestaba loco, podra volver loco al mundo entero.Y no quiero aqu comentar ya ms ni el marti-riode Don Quijote ni el de Don Manuel Bueno,martirios quijotescos los dos. 13. Y adis, lector, y hasta ms encontrarnos, yquiera l que te encuentres a ti mismo.Madrid, 1932.Si slo en esta vida esperamos en Cristo, so-moslosms miserables de los hombres todos.(SAN PABLO, I Corintios XV, 19)Ahora que el obispo de la dicesis de Renada,a la que pertenece esta mi querida aldea deValverde de Lucerna, anda, a lo que se dice,promoviendo el proceso para la beatificacinde nuestro Don Manuel, o, mejor, san ManuelBueno, que fue en esta prroco, quiero dejaraqu consignado, a modo de confesin y sloDios sabe, que no yo, con qu destino, todo loque s y recuerdo de aquel varn matriarcalque llen toda la ms entraada vida de mialma, que fue mi verdadero padre espiritual, el 14. padre de mi espritu, del mo, el de ngelaCarballino.Al otro, a mi padre carnal y temporal, apenassi le conoc, pues se me muri siendo yo muynia. S que haba llegado de forastero a nues-traValverde de Lucerna, que aqu arraig alcasarse aqu con mi madre. Trajo consigo unoscuantos libros, el Quijote, obras de teatro clsi-co,algunas novelas, historias, el Bertoldo, todorevuelto, y de esos libros, los nicos casi quehaba en toda la aldea, devor yo ensueossiendo nia. Mi buena madre apenas si me con-tabahechos o dichos de mi padre. Los de DonManuel, a quien, como todo el mundo, adora-ba,de quien estaba enamorada -claro que cast-simamente-,le haban borrado el recuerdo delos de su marido. A quien encomendaba a Dios,y fervorosamente, cada da al rezar el rosario.De nuestro Don Manuel me acuerdo como sifuese de cosa de ayer, siendo yo nia, a misdiez aos, antes de que me llevaran al Colegiode Religiosas de la ciudad catedralicia de Re- 15. nada. Tendra l, nuestro santo, entonces unostreinta y siete aos. Era alto, delgado, erguido,llevaba la cabeza como nuestra Pea del Buitrelleva su cresta y haba en sus ojos toda la hon-duraazul de nuestro lago. Se llevaba las mira-dasde todos, y tras ellas, los corazones, y l almirarnos pareca, traspasando la carne como uncristal, mirarnos al corazn. Todos le quera-mos,pero sobre todo los nios. Qu cosas nosdeca! Eran cosas, no palabras. Empezaba elpueblo a olerle la santidad; se senta lleno yembriagado de su aroma.Entonces fue cuando mi hermano Lzaro, queestaba en Amrica, de donde nos mandaba re-gularmentedinero con que vivamos en deco-rosaholgura, hizo que mi madre me mandaseal Colegio de Religiosas, a que se completarafuera de la aldea mi educacin, y esto aunque al, a Lzaro, no le hiciesen mucha gracia lasmonjas. Pero como ah -nos escriba- no hayhasta ahora, que yo sepa, colegios laicos y pro-gresivos,y menos para seoritas, hay que ate- 16. nerse a lo que haya. Lo importante es que An-gelitase pula y que no siga entre esas zafiasaldeanas. Y entr en el colegio, pensando enun principio hacerme en l maestra, pero luegose me atragant la pedagoga.En el colegio conoc a nias de la ciudad e in-timcon algunas de ellas. Pero segua atenta alas cosas y a las gentes de nuestra aldea, de laque reciba frecuentes noticias y tal vez algunavisita. Y hasta al colegio llegaba la fama denuestro prroco, de quien empezaba a hablarseen la ciudad episcopal. Las monjas no hacansino interrogarme respecto a l.Desde muy nia aliment, no s bien cmo,curiosidades, preocupaciones e inquietudes,debidas, en parte al menos, a aquel revoltijo delibros de mi padre, y todo ello se me medr enel colegio, en el trato, sobre todo con una com-paeraque se me aficion desmedidamente yque unas veces me propona que entrsemosjuntas a la vez en un mismo convento, jurndo- 17. nos, y hasta firmando el juramento con nuestrasangre, hermandad perpetua, y otras veces mehablaba, con los ojos semicerrados, de novios yde aventuras matrimoniales. Por cierto que nohe vuelto a saber de ella ni de su suerte. Y esoque cuando se hablaba de nuestro Don Manuel,o cuando mi madre me deca algo de l en suscartas -y era en casi todas-, que yo lea a miamiga, esta exclamaba como en arrobo: Qusuerte, chica, la de poder vivir cerca de un san-toas, de un santo vivo, de carne y hueso, ypoder besarle la mano! Cuando vuelvas a tupueblo, escrbeme mucho, mucho y cuntamede l.Pas en el colegio unos cinco aos, que ahorase me pierden como un sueo de madrugadaen la lejana del recuerdo, y a los quince volvaa mi Valverde de Lucerna. Ya toda ella era DonManuel; Don Manuel con el lago y con la mon-taa.Llegu ansiosa de conocerle, de ponermebajo su proteccin, de que l me marcara elsendero de mi vida. 18. Decase que haba entrado en el Seminariopara hacerse cura, con el fin de atender a loshijos de una su hermana recin viuda, de ser-virlesde padre; que en el Seminario se habadistinguido por su agudeza mental y su talentoy que haba rechazado ofertas de brillante ca-rreraeclesistica porque l no quera ser sinode su Valverde de Lucerna, de su aldea perdidacomo un broche entre el lago y la montaa quese mira en l.Y cmo quera a los suyos! Su vida era arre-glarmatrimonios desavenidos, reducir a suspadres hijos indmitos o reducir los padres asus hijos, y sobre todo consolar a los amargadosy atediados, y ayudar a todos a bien morir.Me acuerdo, entre otras cosas, de que al vol-verde la ciudad la desgraciada hija de la taRabona, que se haba perdido y volvi, solteray desahuciada, trayendo un hijito consigo, DonManuel no par hasta que hizo que se casasecon ella su antiguo novio, Perote, y reconociesecomo suya a la criaturita, dicindole: 19. -Mira, da padre a este pobre cro que no letiene ms que en el cielo.-Pero, Don Manuel, si no es ma la culpa...!-Quin lo sabe, hijo, quin lo sabe...!, y, sobretodo, no se trata de culpa.Y hoy el pobre Perote, invlido, paraltico,tiene como bculo y consuelo de su vida al hijoaquel que, contagiado de la santidad de DonManuel, reconoci por suyo no sind...</p>