el oficinista del corredor de bolsa

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Las Memorias de

El Oficinista delSir Arthur Conan Doyle (Marzo de 1893)

www.sherlock-holmes.esLa Memorias de Sherlock Holmes El Oficinista del Corredor de Bolsa

Poco despus de mi matrimonio compr su clientela a un mdico en el distrito de Paddington. El anciano seor Farquhar, que fue a quien se la compr, haba tenido en otro tiempo una excelente clientela de medicina general; pero sus aos y la enfermedad que padeca..., una especie de baile de San Vito..., la haba disminuido mucho. El pblico, y ello parece lgico, se gua por el principio de que quien ha de sanar a los dems debe ser persona sana, y mira con recelo la habilidad curativa del hombre que no alcanza con sus remedios a curar su propia enfermedad. Por esa razn fue menguando la clientela de mi predecesor a medida que l se debilitaba, y cuando yo se la compr, haba descendido desde mil doscientas personas a poco ms de trescientas visitadas en un ao. Sin embargo, yo tena confianza en mi propia juventud y energa y estaba convencido de que en un plazo de pocos aos el negocio volvera a ser tan floreciente como antes. En los tres primeros meses que siguieron a la adquisicin de aquella clientela tuve que mantenerme muy atento al trabajo, y vi, en contadas ocasiones, a mi amigo Sherlock Holmes; mis ocupaciones eran demasiadas para permitirme ir de visita a Baker Street, y Holmes rara vez sala de casa como no fuese a asuntos profesionales. De ah mi sorpresa cuando, cierta maana de junio, estando yo leyendo el Bristish Medical Journal, despus del desayuno, o un campanillazo de llamada, seguido del timbre de voz, alto y algo estridente, de mi compaero. Mi querido Watson dijo Holmes, entrando en la habitacin, estoy sumamente encantado de verlo. Se ha recobrado ya por completo la seora Watson de sus pequeas emociones relacionadas con nuestra aventura del Signo de los Cuatro? Gracias. Ella y yo nos encontramos muy bien le dije, dndole un caluroso apretn de manos. Espero tambin prosigui l, sentndose en la mecedora que las preocupaciones de la medicina activa no hayan borrado por completo el inters que usted sola tomarse por nuestros pequeos problemas deductivos. Todo lo contrario le contest. Anoche mismo estuve revisando mis viejas notas y clasificando algunos de los resultados conseguidos por nosotros. Confo en que no dar usted por conclusa su coleccin. De ninguna manera. Nada me sera ms grato que ser testigo de algunos hechos ms de esa clase. Hoy, por ejemplo? S; hoy mismo, si as le parece. Aunque tuviera que ser en un lugar tan alejado de Londres como Birmingham? Desde luego, si usted lo desea. Y la clientela? Yo atiendo a la del mdico vecino mo cuando l se ausenta, y l est siempre dispuesto a pagarme esa deuda. Pues entonces la cosa se presenta que ni de perlas! dijo Holmes, recostndose en su silla y mirndome fijamente por entre sus prpados medio cerrados . Por lo que veo, ha estado usted enfermo ltimamente. Los catarros de verano resultan siempre algo molestos. La semana pasada tuve que recluirme en casa durante tres das, debido a un fuerte resfriado. Pero estaba en la creencia de que ya no me quedaba rastro alguno del mismo. As es, en efecto. Su aspecto es extraordinariamente fuerte. Cmo, pues, supo usted lo del catarro?

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Ya conoce usted mis mtodos, querido compaero. De modo que usted lo adivin por deduccin? Desde luego. Y de qu lo dedujo? De sus zapatillas. Yo baj la vista para contemplar las nuevas zapatillas de charol que tena puestas. Pero cmo diablos?... empec a decir. Holmes contest a mi pregunta antes que yo la formulase, dicindome: Calza usted zapatillas nuevas, y seguramente que no las lleva sino desde hace unas pocas semanas. Las suelas, que en este momento expone usted ante mi vista, se hallan levemente chamuscadas. Pens por un instante que quiz se haban mojado y que al ponerlas a secar se quemaron. Pero veo cerca del empeine una pequea etiqueta redonda con los jeroglficos del vendedor. La humedad habra arrancado, como es natural, ese papel. Por consiguiente, usted haba estado con los pies estirados hasta cerca del fuego, cosa que es difcil que una persona haga, ni siquiera en un mes de junio tan hmedo como este, estando en plena salud. Al igual que todos los razonamientos de Holmes, este de ahora pareca sencillo una vez explicado. Ley este pensamiento en mi cara, y se sonri con un asomo de amargura. Me temo que, siempre que me explico, no hago sino venderme a m mismo dijo Holmes. Los resultados impresionan mucho ms cuando no se ven las causas. De modo, pues, que est usted listo para venir a Birmingham? Desde luego. De qu ndole es el caso? Lo sabr usted todo en el tren. Mi cliente est ah fuera, esperando dentro de un coche de cuatro ruedas. Puede usted venir ahora mismo? Dentro de un instante. Garrapate una carta para mi convecino, ech a correr luego escalera arriba para explicarle a mi mujer lo que ocurra, y me reun con Holmes en el umbral de la puerta de la calle. De modo que su convecino es mdico? me pregunt, sealndome con un ademn de la cabeza la chapa de metal. S. Compr una clientela, lo mismo que hice yo. De algn mdico que llevaba mucho tiempo ejerciendo? Igual que en el caso mo. Ambos se hallaban establecidos aqu desde que se construyeron las casas. Pero usted compr la mejor clientela, verdad? Creo que s. Pero cmo lo sabe usted? Por los escalones de la puerta, muchacho. Los de usted estn gastados en una profundidad de tres pulgadas ms que los del otro. Pero este caballero que est dentro del coche es mi cliente, el seor Hall Pycroft. Permtame que lo presente a l. Cochero, arree a su caballo, porque tenemos el tiempo justo para llegar al tren. El hombre con quien me enfrent era joven, de slida contextura y terso cutis, con cara de expresin franca y honrada y bigote pequeo, rizoso y amarillo. Llevaba sombrero de copa muy lustroso y un limpio y severo traje negro, todo lo cual le daba el aspecto de lo que era: Un elegante joven de la City, de la clase a la que se ha puesto el apodo de cockneys, pero de la que se forman nuestros ms valerosos regimientos de voluntarios, y de la que sale una cantidad de magnficos atletas y deportistas, superior a la que produce ningn otro cuerpo social de estas islas. Su cara redonda y rubicunda, rebosaba alegra natural; pero las comisuras de su boca estaban, segn me

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pareci, encorvadas hacia abajo, como en un acceso de angustia que resultaba medio cmica. Pero hasta que estuvimos instalados en un vagn de primera clase y bien lanzados en nuestro viaje hacia Birmingham, no logr enterarme de las dificultades que le haban arrastrado hacia Sherlock Holmes. Tenemos por delante setenta minutos de recorrido sin ninguna estacin hizo notar Holmes . Seor may Pycroft, srvase relatar a mi amigo su interesante caso tal y como me lo ha contado a m, o an con ms detalles, si es posible. Me ser til el volver a escuchar otra vez cmo ocurrieron los hechos. Este caso, Watson, pudiera llevar algo dentro, y pudiera no llevar nada; pero presenta, por lo menos, esos rasgos extraordinarios y otros que tanto nos agradan a usted y a m. Y ahora, seor Pycroft, cuente con que no volver a interrumpirle. Nuestro joven acompaante me mir con mirada brillante, y dijo: Lo peor de toda la historia es que yo aparezco en ella como un condenado majadero. Claro est que an puede acabar bien y no creo que pudiera haber obrado de otro modo que como obr; pero, si resulta que con ello he perdido mi apao sin conseguir nada en cambio, tendr que reconocer que he sido un pobre tontaina. Seor Watson, valgo poco para contar historias, y hay que tomarme como soy. Yo tuve hasta hace algn tiempo mi acomodo en la casa Coxon and Woodhouse, de Drapers Gardens; pero a principios de la primavera se vieron en dificultades, debido al emprstito de Venezuela, como ustedes recordarn, y acabaron quebrando malamente. Yo llevaba cinco aos con ellos, y cuando vino la catstrofe, el viejo Coxon me extendi un estupendo certificado; pero, como es natural, nosotros, los empleados, los veintisiete que ramos, quedamos en mitad de la calle. Prob aqu y all, pero haba infinidad de individuos en idntica situacin que yo, y durante mucho tiempo todo fueron dificultades para m. Yo ganaba en Coxon tres libras semanales, y tena ahorradas setenta; pero no tard en meterme por ellas, y hasta en salir por el extremo opuesto. Finalmente, llegu al lmite de mis recursos, hasta el punto de costarme trabajo encontrar sellos de correo para contestar a los anuncios y sobres en que pegar los sellos. A fuerza de subir y bajar escaleras, presentndome en oficinas, se me haban desgastado las botas, y me pareca estar tan lejos como el primer da de encontrar acomodo. Vi, por ltimo, que haba una vacante en casa de los seores Mawson y Williams, la gran firma de corredores de Bolsa de Lombard Street. Pudiera ser que no anden ustedes muy enterados en cuestiones de Bolsa; pero puedo informarles de que se trata quiz de la casa ms rica de Londres. Al anuncio haba que contestar nicamente por carta. Envi mi certificado y mi solicitud, aunque sin la menor esperanza de conseguir el puesto. Me contestaron a vuelta de correo, dicindome que, si me presentaba el lunes siguiente, poda hacerme cargo en el acto de mis nuevas obligaciones, con tal que mi aspecto exterior fuese el conveniente. Nadie sabe cmo funcionan estas cosas. Hay quien asegura que el gerente mete la mano en el montn de cartas y saca la primera con que tropieza. En todo caso, esta vez la suerte me favoreci a m, y no deseo otra satisfaccin mayor que la que aquello me produjo. El sueldo era de una libra ms por semana, y las obligaciones las mismas, ms o menos, que en la casa Coxon. Y ahora vengo a la parte ms extraa del negocio. Yo estaba de pensin ms all de Hampstead..., en el diecisiete de Potters Terrace. Pue