El Forastero Misterioso

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The Outlander

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<ul><li><p>El forasteromisterioso</p><p>Mark Twain</p><p> Obr</p><p>a re</p><p>prod</p><p>ucid</p><p>a si</p><p>n re</p><p>spon</p><p>sabi</p><p>lidad</p><p> edi</p><p>toria</p><p>l</p></li><li><p>Advertencia de Luarna Ediciones</p><p>Este es un libro de dominio pblico en tantoque los derechos de autor, segn la legislacinespaola han caducado.</p><p>Luarna lo presenta aqu como un obsequio asus clientes, dejando claro que:</p><p>1) La edicin no est supervisada pornuestro departamento editorial, de for-ma que no nos responsabilizamos de lafidelidad del contenido del mismo.</p><p>2) Luarna slo ha adaptado la obra paraque pueda ser fcilmente visible en loshabituales readers de seis pulgadas.</p><p>3) A todos los efectos no debe considerarsecomo un libro editado por Luarna.</p><p>www.luarna.com</p></li><li><p>CAPTULO PRIMERO</p><p>Fue el ao 1590. Invierno. Austria queda-ba muy lejos del mundo y dorma; para Austriaera todava el Medioevo, y prometa seguirsindolo siempre. Ciertas personas retrocedanincluso siglos y siglos, asegurando que en elreloj de la inteligencia y del espritu se hallabaAustria todava en la Edad de la Fe. Pero lodecan como un elogio, no como un menospre-cio, y en este sentido lo tomaban los dems,sintindose muy orgullosos del mismo. Lo re-cuerdo perfectamente, a pesar de que yo soloera un muchacho, y recuerdo tambin el placerque me produca.</p><p>S, Austria quedaba lejos del mundo ydorma; y nuestra aldea se hallaba en el centromismo de aquel sueo, puesto que caa en elcentro mismo de Austria. Viva adormilada y</p></li><li><p>pacfica en el hondo recato de una soledadmontaosa y boscosa, a la que nunca, o muyrara vez, llegaban noticias del mundo a pertur-bar sus sueos, y viva infinitamente satisfecha.Delante de la aldea se deslizaba un ro tranqui-lo, en cuya superficie se dibujaban las nubes ylos reflejos de los pontones arrastrados por lacorriente y las lanchas que transportaban pie-dra; detrs de la aldea se alzaba una ladera lle-na de arbolado, hasta el pie mismo de un alt-simo precipicio; en lo alto del precipicio se al-zaba ceudo un enorme castillo, con su largahilera de torres y de baluartes revestidos dehiedras; al otro lado del ro, a una legua hacia laizquierda, se extenda una ondulante confusinde colinas revestidas de bosque, y rasgadas porserpenteantes caadas en las que jams pene-traba el sol; hacia la derecha, el terreno estabacortado a pico sobre el ro, y entre ese precipi-cio y las colinas de que acabamos de hablar, seextenda en la lejana una llanura moteada de</p></li><li><p>casitas pequeas que se arrebujaban entre huer-tos y rboles umbrosos.</p><p>La regin toda, en muchas leguas a la re-donda, era una propiedad hereditaria de ciertoprncipe, cuyos servidores mantenan perpe-tuamente el castillo en perfecta condicin paraser ocupado, a pesar de que ni l, ni su familiaaparecan por all ms de una vez cada cincoaos. Cuando llegaban es como si hubiese lle-gado el seor del universo, aportando con ltodas las magnificencias de los reinos del mis-mo; y cuando se marchaban, dejaban tras ellosun sosiego que se pareca mucho al sueo pro-fundo que se produce despus de una orga.</p><p>Para nosotros, los nios, era Eseldorf unparaso. No resultaba la escuela para nosotrosuna carga excesiva; en ella nos enseaban prin-cipalmente a ser buenos cristianos, a reveren-ciar a la Virgen, a la Iglesia, y a los santos, porencima de todo. Fuera de esos temas no se nosexiga que aprendisemos mucho, a decir ver-dad no se nos permita. El saber no era bueno</p></li><li><p>para las gentes vulgares y quiz poda descon-tentarles con la suerte de Dios les haba seala-do en este mundo, y Dios no tolera que nadieest descontento de sus planes. Tenamos dossacerdotes. Uno de ellos era un clrigo muyceloso y enrgico; se llamaba padre Adolfo yera muy apreciado.</p><p>Quiz en ciertos aspectos puedan haberexistido sacerdotes mejores que el padre Adol-fo, pero no hubo jams en nuestra comunidadotro por el que sintiesen todos un respeto mssolemne y reverente. Este respeto naca de quel no experimentaba miedo alguno del diablo.Era el nico cristiano de cuantos yo he conoci-do del que pudiera afirmarse eso con verdad.Por esa razn la gente senta profundo temordel padre Adolfo; pensaban que aquel hombreposea alguna cualidad sobrenatural, pues deotro modo no se habra mostrado tan audaz yseguro. Todo el mundo habla del demonio condura antipata, pero lo hacen de un modo reve-rente, no en tono de guasa; aplicaba al demonio</p></li><li><p>todos los calificativos que le acudan a la len-gua; y al orlo sus oyentes se escalofriaban; conmucha frecuencia se refera al diablo en tono demofa y de burla; al orle las gentes se santigua-ba, y se alejaban rpidamente de su presencia,temerosos de que fuese a ocurrir algo terrible.</p><p>El padre Adolfo se haba encontrado msde una vez cara a cara con Satans y lo habadesafiado. Se saba que esto era verdad. Elmismo padre Adolfo lo deca. Jams hizo deello un secreto, sino que lo pregonaba en todaslas ocasiones. Y de que lo que deca era verdad,por lo menos en una ocasin, exista la prueba,porque en esa ocasin se pele con el enemigomalo y le tir con intrepidez una botella; all, enla pared de su cuarto de estudio, poda verse elrojo manchn donde la botella haba golpeadoquebrndose.</p><p>Pero al que todos nosotros queramosms, y por el que sentamos una pena mayorera por el otro sacerdote, el padre Pedro. Habagentes que lo censuraban con que si en sus</p></li><li><p>conversaciones se expresaba diciendo que Diosera todo bondad y que hallara modo de salvara todas sus pobres criaturas humanas. Decir esoresultaba una cosa horrible, pero nunca se pu-do disponer de prueba terminante que atesti-guase que el padre Pedro hubiera dicho cosasemejante; adems, no pareca responder a supropia manera de ser el decirlo, porque era entodo momento un hombre bueno, carioso ysincero. No se le acusaba de que lo hubiese di-cho desde el plpito, donde toda la congrega-cin hubiera podido orle y dar testimonio, sinonicamente fuera, en conversacin; natural-mente result tarea sencilla para algn enemigosuyo el inventarlo.</p><p>El padre Pedro tena un enemigo, unenemigo muy poderoso, a saber: el astrlogoque viva, all en el fondo del valle, en una vie-ja torre derruida, y que pasaba las noches estu-diado las estrellas. Todos saban que ese hom-bre era capaz de anunciar por adelantado gue-rras y hambres, cosa que, despus de todo, no</p></li><li><p>era muy difcil, porque por lo general habasiempre una guerra o reinaba el hambre en al-guna parte. Pero saba tambin leer por mediode las estrellas, y en un grueso libraco que tenala vida de cada persona, y descubra los objetosde valor perdidos; todo el mundo en la aldea,con excepcin del padre Pedro, senta por aquelhombre un gran temor. Incluso el padre Adol-fo, el mismo que haba desafiado al demonio,experimentaba un sano respeto por el astrlogocuando cruzaba por nuestra aldea luciendo susombrero alto y puntiagudo y su tnica larga yflotante adornada de estrellas, con su libraco acuestas y con un callado, del que se saba queestaba dotado de un poder mgico.</p><p>El obispo mismo, segn la voz corriente,escuchaba en ocasiones al astrlogo, porqueadems de estudiar las estrellas y profetizar,daba grandes muestras de devocin, y stas,como es natural, causaron impresin al obispo.</p><p>Pero el padre Pedro no fue de los compra-ron acciones al astrlogo. Lo denunci abierta-</p></li><li><p>mente como a un charlatn, como a un falsarioque verdaderamente no tena conocimientos denada, no otros poderes superiores a los decualquier ser humano de categora ordinaria ycondicin bastante inferior. Como es naturalesto hizo que el astrlogo odiase al padre Pe-dro, y desease acabar con l. Todos cremos quehaba sido el astrlogo el que puso en circula-cin la historia de aquel chocante comentariodel padre Pedro, y quien la haba hecho llegarhasta el obispo. Se deca que el padre Pedrohaba dirigido aquel comentario a su sobrinaMargarita, aunque Margarita lo neg y suplical obispo que la creyese y que librase a su an-ciano to de la pobreza y del deshonor. Pero elobispo no quiso escuchar nada. Suspendi in-definidamente al padre Pedro, aunque no llevla cosa hasta excomulgarlo con solo la declara-cin de un testigo; nuestro padre Pedro llevabaya un par de aos fuera, y el otro sacerdotenuestro, el padre Adolfo, estaba al cargo de surebao.</p></li><li><p>Aquellos haban sido aos duros para elanciano sacerdote y para Margarita. Amboshaban sido muy queridos, pero eso cambi,como es natural, cuando cayeron bajo la som-bra del ceo obispal. Muchos de sus amigos seapartaron de ellos por completo y los dems semostraron fros y alejados. Margarita era, alocurrir el doloroso suceso, una encantadoramuchacha de dieciocho aos; tena la cabezamejor de la aldea, y en esa cabeza ms cosasque nadie. Enseaba el arpa y se ganaba, gra-cias a sus propias habilidades, lo que necesitabapara vestir y para dinero de bolsillo. Pero susalumnos la fueron abandonando uno tras otro;cuando se celebraban bailes y reuniones entrelos jvenes de la aldea, la olvidaban; los mozosse abstuvieron de ir a su casa, todos menos uno,Guillermo Meidling, y este bien poda haberdejado de ir; Ella y su to se sintieron tristes ydesorientados por aquel abandono y deshonor,desapareciendo de sus vidas el resplandor delsol. Las cosas fueron empeorando cada vez ms</p></li><li><p>durante los dos aos. Las ropas se iban ajando,el pan resultaba cada vez mas duro de ganar. Yhaba llegado ya el fin de todo. Salomn Isaacsles haba prestado el dinero que crey conve-niente con la garanta de la casa, y en este mo-mento les haba avisado que al da siguiente sequedara con la propiedad.</p></li><li><p>CAPTULO II</p><p>ramos tres los muchachos que andba-mos siempre juntos; habamos andado as des-de la cuna, porque nos tomamos mutuamentecario desde el principio, y ese afecto se fuehaciendo ms profundo, a medida que pasabanlos aos: Nicols Barman, hijo del juez princi-pal del pueblo; Seppi Wohlmeyer, hijo del due-o de la hostera principal, la del Ciervo de Oro,que dispona de un bello jardn, con rbolesumbrosos que llegaban hasta la orilla del ro,teniendo adems lanchas de placer para alqui-lar; el tercero era yo, Teodoro Fischer, hijo delorganista de la iglesia, director tambin de losmsicos de la aldea, profesor de violn, compo-</p></li><li><p>sitor, cobrador de tasas del Ayuntamiento, sa-cristn, y un ciudadano til de varias manerasy respetado por todos.</p><p>Nosotros nos sabamos las colinas y losbosques tan bien, como pudieran sabrselas lospjaros; porque, siempre que disponamos detiempo, andbamos vagando por ellos, o por lomenos, siempre que no estbamos nadando,paseando en lancha o pescando, o jugando so-bre el hielo, o deslizndonos colina abajo.</p><p>Adems, tenamos libertad para correrpor el parque del castillo, cosa que tenan muypocos. Ello se deba a que ramos los niosmimados del ms viejo servidor que haba en elcastillo: de Flix Brandt; con frecuencia bamosall por las noches para orle hablar de los viejostiempos y de cosas extraas, para fumar con lporque el nos ense a fumar y para tomarcaf; aquel hombre haba servido en las gue-rras, y se encontr en el asedio de Viena; all,cuando los turcos fueron derrotados y puestosen fuga, encontraron entre el botn sacos de</p></li><li><p>caf, y los prisioneros turcos explicaron suscualidades y la manera de hacer con ese pro-ducto una bebida agradable; desde entoncessiempre tena caf consigo, para beberlo l ytambin para dejar atnitos a los ignorantes.</p><p>Cuando haba tormenta, nos guardaba asu lado toda la noche; y mientras en el exteriortronaba y relampagueaba, l nos contaba histo-rias de fantasmas y de toda clase de horrores,de batallas, asesinatos, mutilaciones y cosas porel estilo, de manera que encontrbamos en elinterior del castillo un refugio agradable y aco-gedor; las cosas que nos contaba eran casi todasellas producto de su propia experiencia. lhaba visto en otro tiempo muchos fantasmas,brujas y encantadores; en cierta ocasin se per-di en medio de una furiosa tormenta, a me-dianoche y entre montaas; a la luz de los re-lmpagos haba visto bramar con el trueno alCazador Salvaje, seguido de sus perros fantas-males por entre la masa de nubes arrastradapor el viento. Vio tambin en cierta ocasin un</p></li><li><p>ncubo, y varias veces al gran vampiro quechupa la sangre del cuello de las personasmientras estn dormidas, abanicndolas sua-vemente con sus alas, a fin de mantenerlasamodorradas hasta que se mueren.</p><p>Nos animaba a que no sintisemos temorde ciertas cosas sobrenaturales como son losfantasmas, asegurndonos que no hacan daoa nadie, limitndose a vagar de una parte a otraporque se encontraban solos y afligidos y sent-an necesidad de que los mirasen con cario ycompasin; andando el tiempo aprendimos ano sentir temor, y llegamos incluso a bajar conl, durante la noche, a la cmara embrujada quehaba en las mazamorras del castillo. El fantas-ma se nos apareci slo una vez, cruz por de-lante de nosotros en forma muy mortecina parala vista, y flot sin hacer ruido por los aires;luego desapareci; Flix nos tena tan bienadiestrados que casi ni temblamos. Nos dijoque en ocasiones se le acercaba el fantasma du-rante la noche, y le despertaba pindole su ma-</p></li><li><p>no fra y viscosa por la cara, pero no le causabadao alguno; lo nico que buscaba es simpata,y que supiesen que estaba all. Pero lo ms ex-trao de todo resultaba que Flix haba vistongeles ngeles autnticos bajados del cie-lo y que haba conversado con ellos. Esosngeles no tenan alas, iban vestidos y habla-ban, miraban y accionaban exactamente igualque una persona corriente, y no los habra to-mado usted por ngeles, a no ser por las cosasasombrosas que ellos hacan y que un ser mor-tal no hubiera podido hacer, y por el modo s-bito que tenan de desaparecer mientras se es-taba hablando con ellos, lo que tampoco seracapaz de hacer ningn ser mortal; nos asegurque eran agradables y alegres, y no ttricos ymelanclicos, como los fantasmas.</p><p>Fue despus de una charla de esa clase,cierta noche de mayo, cuando a la maana si-guiente nos levantamos y nos desayunamosabundantemente con l, para acto continuobajar, cruzar el puente y dirigirnos a lo alto de</p></li><li><p>las colinas a la izquierda, hasta una cubierta derboles que constitua el lugar preferido pornosotros; tenamos an en la imaginacin aque-llos relatos extraos, y nuestro nimo se hallabaimpresionado por ellos, cuando nos tumbamossobre el csped para descansar a la sombra,fumar y hablar de todo ello. Pero no pudimosfumar, porque nuestro poco cuidado nos habahecho dejar olvidados el pedernal y el acero.</p><p>Al poco rato vimos venir hacia nosotros,caminando descuidadamente por entre los r-boles, a un joven que se sent en el suelo juntoa nosotros y empez a hablarnos amistosamen-te como si nos conociese. Pero no le contesta-mos, porque era forastero y nosotros no est-bamos acostumbrados a tratar con forasteros,sintiendo cortedad delante de ellos. Vena ata-viado con ropas nuevas y de buena calidad; erabien plantado, de cara atrayente y voz agrada-ble, y de maneras espontneas, elegantes y des-embarazadas, y no reservn, torpe y desconfia-do como los dems muchachos. Nosotros que-</p></li><li><p>ramos tratarle como amigo, pero no sabamoscomo empezar. A m se me ocurri de prontoofrecerle una pipa, y me qued pensando si lotomara con el mismo espritu afectuoso conque yo se la ofreca. Pero me acord de que nodisponamos de fuego, y me qued pesa...</p></li></ul>