Nueva Orleans

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<p>Belva Nueva Orlens</p> <p>Plain</p> <p>NUEVA ORLENSBELVA PLAIN</p> <p>1</p> <p>Belva Nueva Orlens</p> <p>Plain</p> <p>2</p> <p>Belva Nueva Orlens</p> <p>Plain</p> <p>Ttulo original: Crescent City Traduccin de : Ana M de la Fuente Portada de: Iborra &amp; Ass 1 Edicin: junio 1985 1984,BarNan Creations, Inc Reservados todos los derechos Copyright de la traduccin espaola: 1985, PLAZA &amp; JANS EDITORES, S.A. Virgen de Guadalupe, 2133, Esplugues de Llobregat (Barcelona) ISBN: 0385293542. Delacorte Press, New York, Ed. Original. Printed in Spain Impreso en Espaa ISBN: 8401321204Depsito Legal: B.237681985</p> <p>3</p> <p>Belva Nueva Orlens</p> <p>Plain</p> <p>A la memoria de mi esposo, compaero de toda una vida</p> <p>4</p> <p>Belva Nueva Orlens</p> <p>Plain</p> <p>NOTA DE LA AUTORA En esta novela se citan los nombres de muchos personajes reales. stos, adems de personalidades de relevancia histrica, como Lincoln y Davis, son los siguientes: Valcour Aime; Judah P. Benjamin; Dyson, el maestro de escuela; rab Einhorn; Manuel Garcia; Louis Moreau Gottschalk; Jesse Grant, padre del general; Rebecca Gratz; rab Gutheim; Henry Hyams; rab Lilienthal; Rowley Marks; Penina Moise; padre Moni; Eugenia Philips; baronesa de Pontalba; rab Raphall; Ernestine Rose; Seignouret; rab Seixas; Slidell; Pierre Soul; Judah Touro; rab Wise; doctor Zacharie. Los restantes personajes son imaginarios.</p> <p>5</p> <p>Belva Nueva Orlens</p> <p>Plain</p> <p>1Al anochecer de un sbado de la primavera de 1835, una berlina apareci de pronto en lo alto de una cuesta situada sobre el pueblo de Gruenwald, a mitad de camino entre los Alpes de Baviera y la ciudad de Wurzburgo, en la provincia de Franconia. Sus ruedas amarillas estaban cubiertas de una capa de polvo gris y los cuatro robustos caballos que la arrastraban avanzaban con aire cansino. Era evidente que el viaje haba sido largo. Los campesinos, que se disponan a terminar su da de labor, enderezaban la espalda y contemplaban el carruaje con bovina extraeza, ya que pocos eran los visitantes que llegaban al pueblo, y aun esos pocos lo hacan a pie o en grandes carros cargados de mercaderas. La berlina se detuvo un momento en el altozano, recortando su achaparrada silueta sobre un cielo ventoso, embadurnado de nubes carmeses, inmvil en lo alto de la cuesta como si, antes de iniciar el descenso, el viajero quisiera contemplar el panorama del pueblo que se extenda a sus pies. Luego, bambolendose y haciendo crujir los arreos, el coche desapareci bajo el ramaje de unos tilos cubiertos de hojas nuevas. Minutos despus reapareca al pie de la cuesta, recorra la corta calle principal y torca por la calle de los Judos. Los campesinos movan la cabeza. Bueno, qu te parece? El nico ocupante de la berlina tambin mova la cabeza con expresin de asombro. Era un hombre fornido, de unos treinta aos, abundante cabello negro, cara jovial, ojos brillantes e inquisitivos y boca grande y carnosa. Judengasse murmur para s casi con incredulidad. No ha cambiado nada. Aunque tampoco hubiera podido decir por qu tena que cambiar en los ocho aos que l llevaba ausente. Las mismas casas estrechas, que haban sido nuevas haca trescientos aos, se apretujaban a uno y otro lado de la calle encarndose, encorvadas, como viejos cascarrabias. La ltima luz de la tarde se reflejaba en sus pequeas ventanas, ojos que brillaban bajo las cejas de sus saledizos medievales, y haca relucir las vigas de las paredes, cual arrugas de sus caras decrepitas. Entre la carnicera y la posada de "El oso de Oro", ah mismo, a mitad de la calle, de un momento a otro, aparecera la casa. Y el hombre sinti un nudo en la garganta. Otra vez aquel portal oscuro,6</p> <p>Belva Nueva Orlens</p> <p>Plain</p> <p>los gritos de terror, las risotadas crueles s; tambin hubo risas, las carreras y la sangre de su joven esposa sobre los escalones Con un gran esfuerzo, consigui dominar la nusea. Amrica dijo en voz alta sin darse cuenta. La liturgia del sbado haba terminado; las grandes puertas de la vieja sinagoga de madera estaban cerradas y la escalinata, desierta. Cuando la berlina se detuvo en el patio del "Oso de Oro", los ltimos fieles, con sus mejores galas, iban camino de sus casas. A la puerta de la posada, se form un grupito de curiosos. Al ir a apearse, el hombre distingui unas caras borrosas, todas con la misma expresin de sorpresa y expectacin, propia del que va al circo o al teatro. Y es que all nunca pasaba nada descontando los peridicos desastres. Consciente de ser el centro de la atencin de aquella gente y deseoso de evitar que lo reconocieran, puesto que tena prisa, el hombre baj la cabeza. Lo que vieron los curiosos fue, ante todo, un par de botas de piel que asomaban por la puerta del carruaje, despus, un bastn de paseo con puo de plata, y por ltimo, un abrigo de fino pao color canela con cuello de terciopelo y una chistera a juego: una estampa inslita, por ms que enseguida distrajo la atencin de la concurrencia la aparicin de dos criaturas negras como el carbn que bajaban del pescante, donde hasta aquel momento las ocultara casi por completo el voluminoso capote del cochero. Eran dos adolescentes vestidos con calzn corto y chaleco azul celeste y puos de encaje dorado. El viajero, de espaldas a los curiosos, dio instrucciones al cochero: Encarga habitacin para esta noche. Y ocpate de que atiendan bien a esta pareja. No hablan la lengua de aqu. Dio sendas palmadas en los hombros a los dos muchachos negros. Maxim! Chanute! Siguieron unas palabras en francs a las que los chicos respondieron con vivos movimientos de cabeza. Luego, sin mirar a derecha ni izquierda, el viajero sali del patio de la posada y baj por la calle hasta la casa de Reuben Nathansohn. Llam a la puerta. Cuando sta se abri, l desapareci en el interior. Varios pares de ojos contemplaban ahora aquella puerta con asombro. Vaya, quin crees t que puede ser y qu buscar en casa del viejo Nathansohn? Es extranjero. Francs, ya le habrs odo. Un dignatario? Dignatario! En un coche de alquiler? Pues un banquero. Un banquero o un comerciante. Es judo. No te has dado cuenta? Es judo. Y eso quin puede saberlo? Un extranjero rico slo parece un extranjero rico. O es que va a llevar una marca: "Yo soy judo", "Yo</p> <p>7</p> <p>Belva Nueva Orlens</p> <p>Plain</p> <p>no soy judo"? Los extranjeros no tienen que ponerse distintivos como nosotros. Una anciana dijo entonces con voz chillona y despectiva haciendo tremolar sus pendientes de oro al mover la cabeza con excitacin: Pero, no sabis quin es? Es que no lo habis reconocido? Es Ferdinand Raphael. Ferdinand el Francs! Se alz una algaraba de voces. No era francs, que era alsaciano. Acababa de llegar de Alsacia cuando se cas con Hannah Nathansohn. Me acuerdo de la noche en que No puede ser! March a Amrica despus de la desgracia. Y qu iba a impedirle volver? Habr venido a buscar a sus hijos. Es natural. T crees? Pues ya era hora. La nia tiene ocho aos. Nueve. Miriam tiene nueve aos. La anciana que haba hablado la primera se adelant. Miriam tiene ocho aos dijo categricamente. Yo estaba presente cuando naci y vi a su madre dar a luz y morir en el mismo minuto. Alz la voz salmodiando: Oh, y qu milagro! Qu milagro, que la criatura pudiera vivir Se hizo un silencio respetuoso y afligido. Luego, una mujer joven dijo: No muri cuando los estudiantes? Fue antes de que llegaras t, Hilda. S, fue cuando los seoritos cruzaron el pueblo como locos, galopando en sus magnficos caballos y cayeron sobre la Judengasse La voz era ahora un sonsonete montono, como si su dueo se resistiera a repetir aquellos horribles sucesos, pero no pudiera callar. Ventanas rotas, puertas derribadas y nosotros, corriendo Y las piedras que traan! Eran tan grandes que tenan que lanzarlas a dos manos. Yo estaba con Hannah, dos pasos delante de ella, cuando la alcanzaron. Le dieron en la cabeza. Hannah, la chica de Nathansohn, la esposa de Raphael. Cay en la puerta de su casa, esa misma puerta. Nosotros la llevamos dentro. La nia empez a respirar en el mismo instante en que expiraba la madre. Volvi a hacerse el silencio. El espantoso recuerdo hermanaba al pequeo grupo. Alguien dijo despus: l se march al poco tiempo. Amrica. Es natural que el hombre quisiera irse de aqu. Y cuanto ms lejos, mejor. Bueno, parece haber hecho fortuna en Amrica. Ahora querr llevarse a sus hijos.</p> <p>8</p> <p>Belva Nueva Orlens</p> <p>Plain</p> <p>Pues lo que es con el chico no han de faltarle quebraderos de cabeza. Por qu? A m me parece un muchacho noble e inteligente. Oh, listo s es, pero ms tozudo que una mula. Y ya no es un nio. Debe de tener quince aos. Se quedaron esperando en la calle, reacios a perderse aquellos extraordinarios acontecimientos. Se hizo de noche. El grupo mengu. Unos cuantos fueron en busca de faroles y siguieron esperando. Pero, en realidad, no haba nada que ver, como no fueran las ancas de la vaca que coma en el establo contiguo a la casa de los Nathansohn. Al cabo de un rato, hasta los ms remolones optaron por irse a casa. Un friso de cigeas verdes circundaba la panza de la estufa de cermica del rincn. A medida que refrescaba la noche, los presentes iban arrimndose a ella. Cuando Ferdinand extendi los brazos hacia el calor, un zafiro reluci en su mano. Ya no estoy acostumbrado a este clima del norte dijo con su meloso acento francs. Levant la cara sonriendo. As que te acordabas un poco de tu padre, eh, David? El chico le miraba sin pestaear. Haba una expresin ligeramente especulativa en sus ojos un tanto sombros. S dijo. Hablaba seca y escuetamente, como el que no lo hace por el placer de escucharse. Tambin me acuerdo de mi madre. Me acuerdo de todo. Naturalmente. Eras un nio muy listo. Y por qu no? A los de nuestra familia nunca nos falt cerebro. Nunca. Y Ferdinand volvi a sonrer. Su carcter afable le haca acompaar de sonrisas sus observaciones. Pero no recibi alguna de su interlocutor; slo una mirada inmvil de aquellos ojos pensativos. Se sinti incomodo. Acarici ligeramente la suave pelusa de su sombrero de castor que an tena sobre las rodillas, quiz maquinalmente o quiz buscando en aquel contacto cierta seguridad en s mismo. Aquella habitacin oscura alguna vez vivi l all? Era lbrega y destartalada en cualquier estacin del ao. La estufa y el gran armario de roble, situado en el ngulo opuesto, agazapado como una fiera salvaje, eran las nicas piezas de importancia. La mesa y las sillas eran poco ms que cuatro maderas toscas, unas astillas para el fuego. El suelo estaba desnudo y fro. Ferdinand se estremeci. Siempre la maldita pobreza. Aqu, en este rincn, uno poda olvidarse de que el vino era fragante y la fruta, dulce, de que la risa era msica y la msica hacia danzar los pies. Aqu casi no se conceba que un hombre pudiera adquirir los medios para saborear estos bienes y dormir plcidamente toda la noche. Todos le miraban esperando que acabara de explicar su presencia, como si fueran hostiles a ella. Deba de parecerles un9</p> <p>Belva Nueva Orlens</p> <p>Plain</p> <p>extrao. Era un extrao. Y Dinah tena, adems, su propia frustracin personal. Ya era una solterona marchita y amargada cuando l se cas con la dulce Hannah, su hermana pequea. Ahora estaba an ms ajada, con la piel amarilla, cuarenta aos y una mancha en su vestido del sbado, sin nada que esperar, como no fuera la muerte del viejo, que, a juzgar por su semblante, no tardara en llegar. El abuelo, en el catre, tosa y tiritaba cindose la toquilla al cuello descarnado. Envejecer, morir en aquel lugar tan sombro Ferdinand sinti una viva compasin. En la habitacin aquella, slo el rostro de Miriam responda al suyo dndole lo que l deseaba recibir. La nia tena los ojos de su madre, color de palo, ligeramente rasgados y de mirada alegre, incluso cuando su duea estaba seria, como ahora. De su madre tambin haba sacado aquel labio superior corto y delicadamente hendido, que apenas llegaba a cerrar sobre el inferior. Una boca tierna pens l con un profundo remordimiento; era demasiado tierna para aquella casa, para el pobre grun, para la ta, adusta y dominante. Ferdinand se senta profundamente conmovido por aquella hija recin hallada, por la elegancia de sus pies delgados, que ahora mantena cruzados a la altura del tobillo y la gracia de los finos dedos con los que acariciaba el pelo largo y sedoso de la perrita que descansaba en su regazo. Tengo cosas muy bonitas para ti, Miriam dijo Ferdinand. Sinti un nudo en la garganta y trag saliva. Deseaba dar, dar con todo el amor y el dolor acumulados durante todos aquellos aos perdidos. Las compr en Pars y las dej all para que las mandaran a casa en barco. Y Ferdinand pens en las maravillas que ya iban camino de Nueva Orlens: un piano "Pleyel", cajas de porcelana de Svres azul y oro, metros de encaje de Alenon, chales bordados, sombrillas de volantes, abanicos pintados y buenos libros encuadernados en piel para el chico. Pero se le ocurri que sera cruel hablar de estas cosas en la Judengasse. Ya tendra tiempo de demostrar a sus hijos lo que poda hacer por ellos, cuando estuvieran en casa. Y dijo nicamente: Te he trado una mueca rubia. Est en la maleta que dej en la posada. Te la dar por la maana. Y al momento aadi, sin poder contenerse: tambin un traje para ti, David, y un vestido de viaje para ti, Miriam. Estn en esta caja. Tenis que ponroslos maana, para estar elegantes durante el viaje. Y ahora vas a llevarte a mis nietos dijo el anciano en tono de reproche y acusacin. Abuelo, imagino lo que esto supone para usted. Pero puede venir con nosotros, si lo desea. Y t tambin, Dinah. Ferdinand se arrepinti enseguida de la invitacin. Y si la aceptaban? Bien, no tendra ms remedio que llevrselos. Tengo esposa, una excelente mujer. Se llama Emma. Viuda y con dos hijas. Una se cas el invierno</p> <p>10</p> <p>Belva Nueva Orlens</p> <p>Plain</p> <p>pasado. Pelagie, una muchacha muy bonita. Y poseo una casa muy grande y tan elegante como cualquiera de las de Wurzburgo. Naturalmente dijo Dinah. Todos sabemos que en Amrica se encuentra el oro por las calles. Tan sarcstica como siempre. Su cuada tena que hacerle comprender que a ella no la impresionaban ni su magnificencia ni su generosidad. La lengua afilada de la solterona, la menospreciada, pens l, compadecindola tambin. Porque su condicin, haba que reconocerlo, slo en parte poda atribuirse a su falta de encanto. Los judos jvenes, o no tenan un cuarto, o se marchaban a Amrica. Adems, haba que contar con la maldita matrikel, la autorizacin del Estado que slo se conceda a unos pocos. No; no era culpa suya estar soltera. Yo no lo encontr en la calle dijo l suavemente. Tuve que trabajar mucho para ganarlo. El anciano tosa fatigosamente, escupiendo sangre. David llev agua en una taza a su abuelo y con solcita paciencia le ayud a sostenerla. Bruscamente, casi con violencia, como si se obligara a s mismo a romper su propio silencio, el chico dijo a su padre: Hblanos de Amrica. Cuntanos qu ocurri cuando te fuiste. Aunque lo haba contado ms de cien veces, a Ferdinand le era grato repetirla ahora. Bien, cuando muri vuestra madre, yo llevaba ya algn tiempo pensando en Amrica y entonces me decid a marchar. Como sabis, no era dueo de muchas co...</p>