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ESPAÑA Y EUROPA EN LA CRISIS DEL SIGLO XVII (RAIZ HISTÓRICA DE UNA ACTITUD POLÉMICA) SUMARIO: Raíces históricas de una actitud polémica.—2. Francisco de Vitoria y la misión evangelizado» y civilizadora de los pueblos europeos.—3. La sucesión de los Imperios y la Monarquía hispánica.—4. El P. Mariana y la Herejía.—5. El antimaquiavelismo.—6. España, asiento y silla de la Universal Monarquía.—7. La conciencia de una hostilidad.—8. Locu- ras de una Europa dividida.—9. La melancolía de un destino universal frustrado. 1. RAÍCES HISTÓRICAS DE UNA ACTITUD POLÉMICA Cuando nos asomamos a la historia del pensamiento español desde una atalaya que nos permita otear su horizonte europeo, advertimos esa dualidad contradictoria, ese movimiento pendular de aislamiento y ecumenidad que destaca certeramente Diez del Corral (1). Pero esa contradicción que parece una agonía sin pa- liativos en nuestro pensamiento contemporáneo, como cuando Una- muno pide que se abran todas las puertas y ventanas para que des- pierten al pueblo español los vientos y ventarrones de Europa y después nos propone españolizar los pueblos europeos, tiene en cambio, en su proyección histórica, una clara línea de evolución que la hace inteligible. Esa dualidad pendular de una España vertebrada con Europa y que repudia lo europeo tiene un neto desenvolvimiento en di- versos momentos históricos. Desde Fernando I de Aragón e Isabel (1) L. DÍEZ DEL CORRAL: El rapio de Europa. Madrid, 1954; pígs. 71 y siguientes. 55

Author: dinhbao

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  • ESPAA Y EUROPA EN LA CRISISDEL SIGLO XVII

    (RAIZ HISTRICA DE UNA ACTITUD POLMICA)

    SUMARIO:

    Races histricas de una actitud polmica.2. Francisco de Vitoria yla misin evangelizado y civilizadora de los pueblos europeos.3. Lasucesin de los Imperios y la Monarqua hispnica.4. El P. Marianay la Hereja.5. El antimaquiavelismo.6. Espaa, asiento y silla dela Universal Monarqua.7. La conciencia de una hostilidad.8. Locu-ras de una Europa dividida.9. La melancola de un destino universalfrustrado.

    1. RACES HISTRICAS DE UNA ACTITUD POLMICA

    Cuando nos asomamos a la historia del pensamiento espaoldesde una atalaya que nos permita otear su horizonte europeo,advertimos esa dualidad contradictoria, ese movimiento pendularde aislamiento y ecumenidad que destaca certeramente Diez delCorral (1). Pero esa contradiccin que parece una agona sin pa-liativos en nuestro pensamiento contemporneo, como cuando Una-muno pide que se abran todas las puertas y ventanas para que des-pierten al pueblo espaol los vientos y ventarrones de Europa ydespus nos propone espaolizar los pueblos europeos, tiene encambio, en su proyeccin histrica, una clara lnea de evolucinque la hace inteligible.

    Esa dualidad pendular de una Espaa vertebrada con Europay que repudia lo europeo tiene un neto desenvolvimiento en di-versos momentos histricos. Desde Fernando I de Aragn e Isabel

    (1) L. DEZ DEL CORRAL: El rapio de Europa. Madrid, 1954; pgs. 71y siguientes.

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    de Castilla, hasta el claro cnit del Emperador Carlos, hay una linvpia lnea ascendente en que los pensadores espaoles hablan deEuropa y del Orbe cristiano con una confiada autoridad de sersus ms legtimos portavoces. Los reinados de Felipe II, Felipe IIIy aun Felipe IV constituyen el nudo dramtico en que Espaatiene un concepto de Europa, su concepto de Europa, y lucha entodos los frentes por imponerlo. Los tercios, los nobles, los juris-tas, los escritores, los telogos dice Diez del Corral, que sealacon perspicacia el valor esencial de este momento se esforzaronpor organizar el cuerpo de Europa en torno a una columna poli'tico-militar pareja a la otra espiritual de la Contrarreforma.

    Frente a los principios de ese orbe europeo cristiano que tra-zan los telogos desde Vitoria y Mariana a Rivadeneyra y Surez,y repiten los escritores polticos desde Mrquez y Quevedo hastaSaavedra y Andrs Mendo, est triunfando otra concepcin deEuropa que funda su orden poltico progresivamente en Maquiave'lo, Guicciardini, Bodino, Grocio, Hobbes y Puffendorf y ha revolu'cionado las bases de su cultura con las ideas de Kepler, Bacon, Ga'lileo y Descartes. Aunque haya filtraciones de ese pensamientoeuropeo (2), la relacin normal es polmica. Incluso cuando seasimila una idea es para retorcerla tan violentamente que concluyeapuntando .a un frente opuesto, retorcimiento de que es ejemplosingular la recepcin del concepto de soberana en Tovar y Val'derrama que pone esa potestad suprema, que contiene una emi'nente jurisdiccin sobre la vida y bienes del subdito, no limitadaen poder, autoridad ni tiempo, al servicio de los medios paraconseguir, despus de esta vida temporal, la felicidad eterna (3).Casi la totalidad de los pensadores polticos alzan expresamentesu bandera contra los principios en que se est fraguando laEuropa del siglo XVII: neutralidad religiosa, monarqua absolutafundada en la razn de Estado, secularizacin y amoralizacin delorden y de la accin poltica.

    La frustracin parcial de esa empresa y el justo resentimiento

    (2) J. A. MARAVALL en el prlogo y notas de la edicin del Norte dePrincipes y Vida de Rmulo, de J. P. MRTIR Rizo (Instituto de EstudiosPolticos, Madrid, 1945) ha destacado, por ejemplo, la influencia de BoDINOen la literatura espaola del siglo XVII. Vanse pgs. XLVH y 16 de laedicin citada.

    (3) TOVAR Y VALDERRAMA: Instituciones polticas. Madrid, 1645. Van-se los dos primeros captulos.

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  • ESPAA V liUROPA EN LA CRISIS DEL SIGLO XVU

    por las voces de difamacin e injuria que se disparan desde unaparte de Europa contra la Monarqua hispnica, hacen nacer unaactitud de aislamiento y recelo frente a una Europa enemiga deEspaa, patente ya en testimonios literarios de los primeros aosdel siglo xvii, y que crece en la angustia opresiva de la Espaadecadente del reinado de Carlos II, hasta llegar al siglo xvm comouna creencia vulgar de que lo extranjero y lo extranjero enesas fechas vale tanto como decir lo europeo es peligroso, noci-vo y hostil a Espaa. La pluma de Feijo certifica la densidad deesta creencia (4).

    En el siglo xvm encontramos una nueva posicin del probie-ma. Sobre ese fondo de recelo, de temor, que llega hasta las msprofundas races del pueblo, de que lo extranjero o europeo esenemigo, malo y nocivo por el solo hecho de haber nacido fuerade las fronteras de Espaa, un grupo de pensadores y polticosdel que Feijo es el capitn intelectual, sealan un nuevo conte-nido de Europa, que proponen a Espaa como leccin. Esta sin-gularidad de Europa no est ya en la rbita de la civilizacin yde los principios morales y polticos del orden social, sino en unnuevo significado de la cultura. Europa ha inventado la cienciaexperimental y la filosofa racionalista; y parte de este saber leest abriendo las puertas de un nuevo mundo y un nuevo seorodel hombre sobre la creacin. Hombres como Feijo, Cadalso yJovellanos han sabido apreciar la trascendencia de ese nuevo sa-ber que, segn Jasper, es el carcter especfico de Occidente, encuanto entraa algo nico y absolutamente nuevo que ha revo-lucionado interna y externamente el mundo como ningn otroacontecimiento desde el comienzo de la historia que conocemos (5).

    Europa, y Europa misma lo sabe y lo afirma con esa gracia su-perficial propia del siglo xvm, es el progreso, como desenvolvi-miento ilimitado de una ciencia racional fundada en la experien-cia, que realizar la perfeccin del hombre. Ese recelo amasadoen el infortunio espaol del siglo XVII preguntar por los riesgosintelectuales de esa nueva actitud mental, en que sin advertirloestn confusamente mezclados ciencia y filosofa, saber de la na-turaleza y utopas sociales. As surgir, por vez primera, la dua-

    (4) FEIJO : Cartas eruditas, II, XVI, 27-28.(5) K. JASPER: Origen y meta de la Historia, trad. esp., Madrid, 1950;

    pgina 71.

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    lidad ante Europa como una polmica interna, apenas apuntadacomo una cuestin literaria o una discusin de escuelas cientficas;y aun a veces como balance, como un sopesamiento de ventajasy riesgos en las pginas del mismo autor. Pero no es difcil seguirla lnea que nos conduce desde este primer debate a esa Espaacontempornea que se abre en el siglo XIX, sobre el hecho eu-ropeo y que cambia el signo de Europa, de la Revolucin francesa.

    Hemos, pues, de arrancar de esos hitos fundamentales de lossiglos XVI y XVII para entender la peculiaridad con que los espa-oles han entendido su destino europeo, de ese ser y no ser, deese estar y no estar, de Espaa en Europa. No creemos que seanecesario prodigar los testimonios; nos limitaremos a entresacaraquellos ms peculiares o significativos.

    2. FRANCISCO DE VITORIA Y LA MISIN CIVILIZADORA

    Y EVANGELIZADORA DE LOS PUEBLOS EUROPEOS

    Con toda la claridad que pudiera ofrecer al historiador exponerel contraste de la concepcin de Europa de la Monarqua his-pnica cristiana frente al equilibrio de Estados soberanos fundadoen la razn de Estado, hay que apresurarse a decir que esta imagenno corresponde a la realidad. Es fcil caer en esta trampa, pordems peligrosa, y aun habra que aadir que ms de un pers-picuo historiador, se ha dejado atrapar por esta atrayente simpli-ficacin. No nos referimos tanto a la historia poltica, como a la his-toria del pensamiento poltico en esta perspectiva de la relacinde Espaa y Europa.

    Ciertamente la literatura del siglo XVH est ganada por esaidea de la Monarqua hispnica, de un Imperio espaol que pro-pulsa, defiende y vindica el ideario de la Contrarreforma. El mitode ser Espaa un pueblo elegido de la Providencia para establecery regir un Imperio cristiano, se convierte en tpico en el queapenas hacen mella los mismos reveses que son ya testimonio dela derrota o de la decadencia. Haba buenas razones para ello yms tarde tendremos ocasin de examinarlas. Pero la certeza deeste hecho histrico, del que hay abrumadores testimonios, nopuede ni debe ocultarnos la presencia de un concepto anterior, enel que Espaa aparece integrada en la comunidad de gentes cris-tianas que componen el orbe. La desviacin de este pensamiento

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    inicial tiene causas muy claras de las que hay que destacar dosesenciales: la fractura de la unanimidad religiosa de Europa amedida que se consolida la Reforma y el recelo que despierta unaEuropa a la que se siente enemiga no slo en armas y en ideas,sino en palabras denigratorias con que se estn escribiendo losprimeros captulos de la leyenda negra. Pero no se podr valorarcon justicia esta segunda concepcin de la Monarqua hispnica,que tiene un curioso origen fuera de Espaa, sin haber aprendidoprimero esta otra idea de una comunidad de gentes europeas, enla que Espaa se integra cumpliendo una misin civilizadora yevangelizadora.

    Es claro que nos referimos a Francisco de Vitoria, quien en-tre 1526 y 1545, cuando gobierna Europa el Emperador Carlos V,antes de la rebelin de Flandes y la paridad de Augsburgo,cuando todava la Reforma es una rebelda local en un punto os-curo de Alemania, concibe una comunidad jurdica de las gentescomo nueva frmula de orden poltico de la Europa del Renaci-miento.

    Aunque en Francisco de Vitoria no exista un concepto de Eu-ropa, hay en l una concepcin centroeuropea del Universo. Expli-qumonos. Vitoria habla para todos los pueblos del orbe; pero a lahora de deducir consecuencias prcticas se refiere a los puebloscristianos europeos; pueblos entre los que existe un vnculo deorden y derecho, pese a la pluralidad de organizacin poltica, yque asumen en comn una misin en el mundo. Como se hadicho frecuentemente, en Francisco de Vitoria encontramos el pri-mer concepto comprensivo de la nueva fisonoma poltica delmundo del Renacimiento. Pluralidad de rdenes polticos sobe-ranos, negacin del Imperio como Monarqua universal, afirmacintajante de la distincin entre el poder civil y temporal que niegatoda posible sugestin de un primado universal del Pontificadoen el orden temporal. Pero sin embargo, reconocimiento de la uni-dad poltica y jurdica de la Cristiandad en un orden diverso: lacomunidad del derecho de gentes. Porque aunque la afirmacintenga un carcter universal, en sus aplicaciones prcticas, en elmismo pensamiento de Vitoria, est reducida a los pueblos cris-tianos de Europa, nicos en que las instituciones del derecho degentes son una prctica comn y estable, en que hay un nivel decivilizacin manifiesto en la adecuacin de sus leyes y sus magis-

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    traturas y en que se cultivan las ciencias y las artes, tanto mec-nicas como liberales (6).

    Este es el primer punto que hay que destacar en la doctrinade Vitoria. Todo el orbe, en cierta manera, forma una repblica,con poder de dar leyes justas y convenientes a todos. Estas cons-tituyen el derecho de gentes, que no obliga slo por convenioo pacto entre los hombres, sino que tiene su fundamento en elderecho natural y por consiguiente en el divino (7). Hay puesuna forma de orden superior en que se funde la pluralidad deEstados soberanos individuales. Y es fcil inducir de la situacinhistrica en que medita Vitoria y que se trasluce en mltiplespasajes de su pensamiento, que esta comunidad de gentes tienepor sujeto histrico principal los pueblos cristianos de Europa.As, en la misma Releccin de la potestad civil, en otro pasaje enque examina la legitimidad de la guerra justa en funcin de losperjuicios que pueda ocasionar la misma reparacin de la injuria,extiende esta ponderacin de posibles daos, no slo a la rep-blica que hace la guerra, sino al orbe y a la cristiandad. Y corro-borando su doctrina con un ejemplo, aduce que la guerra de Es-paa a Francia, aun cuando fuera justa y ventajosa para Espaa,sera injusta si diera ocasin a dao y fractura de la cristiandad,dando a los turcos la posibilidad de ocupar las provincias de loscristianos {8). No es que Vitoria en este caso concreto del turco,como en el de los indios que discutir con extenso pormenor, es-time que estos pueblos por no ser cristianos estn excluidos delderecho de gentes. Al contrario, el aliento universal de Vitoriale lleva a afirmar este derecho como un orden de todo el orbe;pero su sentido histrico prctico le lleva tambin a reconoceruna comunidad con inters propio en la cristiandad y a aceptarel hecho en toda la morosa discusin de las Relecciones de In-dias de que ese derecho de gentes slo es reconocido y practi-cado por los pueblos cristianos de Europa.

    Precisamente en esta colisin de la naturaleza universal delderecho de gentes y su limitacin histrica a los pueblos cristia-nos de Occidente se funda el segundo gran principio implcito deesa concepcin centroeuropea de la humanidad. Las Relecciones

    (6) De indiis, I, III, 18.(7) De potestate avile, XXI.(8) De potestate civile, XIII.

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    de Indias, con todos sus distingos, reservas y matices, son la pro-clama de una misin universal de evangeiizacin y civilizacinde los pueblos europeos cristianos. Todos los ttulos legtimos porlos que los brbaros del nuevo mundo pudieran venir a poderde los espaoles son otros tantos fundamentos de esta misinde los pueblos cristianos europeos. El derecho a comerciar y comu-nicar con todos los hombres y a predicar la verdad del Evangelioson, con el derecho de gentes en que se fundan, universales y deorigen divino. La violacin del derecho de gentes, la negacindel comercio entre los hombres y la resistencia a la predicacindel Evangelio, son injurias que justifican la guerra y aun la depo-sicin de los prncipes que las han inferido (9). Y suponiendo enesos pueblos una rudeza que les haga inaptos para administraruna repblica en trminos humanos y civiles, sera precepto decandad tomar a cargo su administracin siempre que se haga parael bien y utilidad de ellos {10). Que las afirmaciones de Vitoriason recelosas y tasadas, lo sabe todo el que haya ojeado algunavez sus textos, pero que la conclusin final es aceptar la misinevangelizadora y civilizadora de la Monarqua espaola en lasIndias y encajarla en la misin universal de defender y vindicardel derecho de gentes es tambin patente. La misin de Espaaen las Indias queda as definida, no como una empresa de dominioo engrandecimiento nacional, sino como un empeo cristiano,europeo, de evangeiizacin y civilizacin, al servicio del derechode gentes.

    Tal es la primera solucin con que quiere sujetarse a unanorma la vocacin de empresas universales de la Espaa del Re-nacimiento. El tema central en que la cuestin se ha planteado,aunque marginalmente aflore el peligro que la expansin turcarepresenta para la cristiandad europea, ha sido el descubrimiento,la evangeiizacin y la incorporacin de Amrica al comercio delderecho de gentes. Esa expansin turca que tmidamente se anun-cia en las pginas de Vitoria y el tema desgarrado de la Reformaal que Vitoria por razones obvias es ajeno, van a dar sin embargoun nuevo perfil a esta relacin de Espaa con el mundo europeo.

    (9) De indiis, I, III, passim; II, 58-59.(10) De indiis, I, III, 18.

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  • LUIS SNCHEZ AGESTA

    3. LA SUCESIN DE LOS IMPERIOS Y LA MONARQUA HISPNICA

    En los primeros aos del siglo XVII, Toms Campanella, ver-tiendo en odres nuevos vinos aejos, revive la idea medieval dela monarqua como imperio universal. Toms Campanella, estcomo el espaol Rivadeneyra en las trincheras del antimaquiave-lismo, pero en una proyeccin estrictamente poltica: el egocen-trismo de la razn de Estado como propulsora del imperio y sal-vaguarda de cada prncipe singular, quiere superarlo con un alientouniversalista. La Summa de la razn poltica que este siglo llamarazn de Estado es apreciar la parte ms que el todo y a s mismoms que al gnero humano, al mundo y a Dios (n ) . Maquiavelodesconoce la total conexin del mundo y su inmoralidad quie-bra todo vnculo social, para servir a imperio de cada prncipe oprincipado; Campanella, en cambio, quiere enlazar la poltica conel restante orden del mundo. As surge la idea de la Monarquahispnica como teora de los intereses de una Monarqua univer-sal, cuya razn de Estado sea el inters del orbe.

    Junto a esta razn terica milita una razn histrica concreta.En 1571 Espaa ha capitaneado la batalla de Lepanto. El peligroturco en el mar amenaza primordialmente esas costas del Sur deItalia que a Campanella le son tan caras. Para combatir la expansinturca Campanella pide la unin de 1 Europa cristiana bajo el cetrohegemnico de una Monarqua (12). En la alternativa histricade una conservacin de las diversas repblicas y principados, sinotra relacin que la que exige la razn de amistad o de vecindadnatural, y la unin de todo el orbe cristiano regido y gobernadopor una sola cabeza y un solo monarca, Campanella aduce razoneshistricas y teolgicas para probar que hay una clara tendenciahacia la Monarqua hispnica universal (13).

    Campanella entiende por Monarqua aquel reino que superaa los dems en potencia, majestad y extensin, y al que prestanlos dems, no slo reverencia y honor, sino tributos y obediencia.

    (11) Ver MEINECKE: Die Idee der Staatsraeson, 1929, 3. ed., pginas113-146; Carta a Scoppius de 1 de junio de 1607, pgs. 125-126.

    (12) T. CAMPANELLA: De Monarchia hispnica (1620-1623, ed. alemana);citamos segn la edicin latina de Amsterdam, 1640} ver pgs. 11, 24-33,

    48, 493 y s'g- V 5'57-(13) Obra y ed. cit. Vase el Apendix, el Proemium y los cap. I-V.

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    Con esta naturaleza se han sucedido en la historia cuatro imperios:el asirio o caldeo, el persa, el macednico y el romano. Esta su-cesin de imperios tiene para Campanella un carcter netamenteprovidencial. La Monarqua universal marcha del orto hacia elocaso; no puede corresponder a la sazn ni el Pontificado, ni alos restos quebrantados del imperio germnico. Espaa es claramen-te, por designio de Dios, obra de la prudencia y destino del acaso,que son las tres grandes causas que concurren en la adquisicin yconservacin de los reinos, el trmino histrico de esta Monarqua.As lo confirman las profecas bblicas que Campanella glosa, encuriosa mezcla de textos sagrados y testimonios astrolgicos; laprudencia de Espaa para vincularse amistosamente al Pontifi'cado y aprovechar la oportunidad de las divisiones internas deotros pueblos; y las ocasiones que a la Monarqua hispnica se lehan ofrecido. Navegando entre la utopa y la realidad. Campa-nella estudia la estructura de esa posible Monarqua, los defectosque los espaoles han de corregir y el temple con que han deasumir esa empresa de gobierno universal (14).

    Esta voz que llama a Espaa a una empresa de Imperio (aun-que a poco salieron de la misma pluma palabras desilusionadasy llenas de animosidad), no poda menos de tener un eco en elpensamiento espaol. Y en efecto, la teora de la sucesin de losimperios con un trmino providencial en la Monarqua hisp-nica, se convertir en tpico de muchos pensadores polticos delsiglo xvn. Pero la idea toma en las plumas genuinamente espa-olas un curioso sentido polmico. Ya no ser slo la defensa dela cristiandad contra el turco la razn histrica determinante y lamisma idea de una razn de Estado universal tiene un matiz es-pecfico: La Monarqua espaola defender como su razn deEstado un principio universal, pero ste ser concretamente ladefensa de la unidad catlica tal como ha sido definida por laContrarreforma. No habr que recordar qu hechos han ocurridoen Europa para que se destaque este nuevo filo polmico; peroquiz convenga ofrecer algn testimonio de cmo han reaccionadoante estos hechos los pensadores espaoles.

    (14) Obra y ed. cit., captulos I a VIII, XI, XII, XV y XIX.

    6 }

  • LUIS SNCHEZ A.GEST*

    4. EL P. MARIANA Y LA HEREJA

    Quiz el mejor testimonio de esta nueva actitud lo podamoshallar en la obra del P. Mariana, publicada en 1599, pero escritasegn toda probabilidad, hacia 1590, todava en el reinado de Fe-lipe II (15). La preferimos como testimonio porque Mariana nose ha propuesto expresamente combatir la hereja, ni estudiar laposicin de Espaa ante este hecho que desde haca ms de mediosiglo trastornaba la paz de Europa. Las palabras con que Mariananos atestigua esta nueva actitud polmica tienen el valor espontneode lo que no es tema propuesto, sino glosa incidental. En Marianahay un recelo, y an ms que recelo, a veces una manifiesta hos--tilidad, hacia la Europa en que domina la hereja, que brota demanera espontnea en cualquier prrafo, por ajeno que sea a lacuestin. El jesuta liberal que expresa las doctrinas ms atrevi-das sobre el origen y limitaciones de la potestad real y que defien'de (ja fines del siglo XVI!) la libertad de discusin y crtica comoun derecho cuya negacin induce tirana en el Prncipe, exponeal mismo tiempo ideas que hoy nos parecen de increble durezasobre la represin de la hereja.

    En Mariana hallamos el primer recelo de Europa. Si hemosde ser rigurosamente fieles a su pensamiento no es tanto de laEuropa en que juega un papel preponderante la Monarqua espa-ola (cuyas naciones se complace en enumerar: espaoles, italianos,sicilianos, flamencos), como de los pueblos europeos en que triunfao se extiende la Reforma. Las ciudades en que impera la herejaestn, para Mariana, prcticamente fuera del derecho de las gen-tes. Cualquier acto frente a ellas le parece lcito. Cuando exigeque los soldados se ejerciten en la guerra para que no les debilitela molicie, propone como acto natural de guerra justa el saqueoy la destruccin de las ciudades ocupadas por herejes; cuandolamenta que se haya prohibido el ejercicio privado del corso eincita al Rey para que se restablezca el derecho de construir ga-leras y naves veloces en que los particulares se ejerciten en elarte de conquistar, seala como blanco de los corsarios los confinesde las provincias donde habitan los herejes (16).

    (15) De Rege et Regs nstitutione. Toledo, 1599; II, IX.(16) Obra cit., III. V.

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  • ESPAA Y EUROPA EN LA CRISIS DEL SIGLO XVII

    Las diferencias de religin son para Mariana la causa original

  • LUIS SNCHEZ AGESTA

    5. EL ANTIMAQU1AVELISMO

    La discriminacin de Espaa frente a la Europa reformadano se apoya slo en el quicio ortodoxia-heterodoxia. La polmicaque despierta el pensamiento de Maquiavelo va a dar un nuevomatiz a esta oposicin. En el horizonte de Europa los escritorespolticos espaoles van a descubrir un enemigo tan peligroso comola hereja protestante y que en cierta manera aparece vinculado aella en esa oposicin ideolgica. La voz de alarma la da Rivade-neyra oponiendo a la razn de Estado que llama engaosa y dia-blica, otra cierta y divina: una que del Estado hace religin, otraque de la Religin hace Estado (i9). El maquiavelismo va a serdenunciado, y no sin fundamento, como una nueva forma de he-reja, la de los polticos; una secta de hombres, que o porresguardar o aumentar el Estado civil, afirman con desahogo quees lcita toda injusticia; y afirman impamente que se ha de to-mar o dejar la religin, se Va de dilatar o estrechar, se ha de mu-dar, volver o revolver, y aun ponerla debajo de sus sacrilegas plan-tas, como le conviniese mejor a la Repblica o a sus particulares in-tereses.

    Esa tpica subordinacin de todas las valoraciones a la raznde Estado, daba pie a esta interpretacin, que hay que decir quese afirmaba con cierta unanimidad en un antimaquiavelismo eu-ropeo paralelo al espaol, aunque no tan compacto y unnime.Lo singular es que los escritores espaoles nacionalizan por asdecirlo el antimaquiavelismo. Haba para ellos varias razones.

    La primera era sin duda la existencia de una polmica idelo-gica y poltica que incitaba a proyetcar la acusacin de maquiave-lismo como una querella contra los no pocos enemigos que a finesdel siglo XVI y a lo largo del siglo XVII va a tener la Monarquaespaola por lo mismo que mantiene una posicin hegemnicaen Europa. Sea mi enemigo tenido por impo para con Dios ym adversario por injusto para con los hombres. Esta sentencia

    (19) PEDRO DE RIVADENEYRA: Tratado de la Religin y virtudes que

    debe lener el Principe cristiano para gobernar y conservar sus Estados.Contra lo que Nicols de Maquiavelo y los polticos de este tiempo ensean.Madrid, 1595. B. de A. E., tomo LX. Ver el Prlogo al piadoso y cristianolector.

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    de Job no la aducimos nosotros como una cita literaria para ex-plicar esa situacin, sino que est en la obra de un escritor deaquellas fechas, y quiz el ms significativo de esta nacionalizacindel antimaquiavelismo, Claudio Clemente, nacido al igual que Cam-panelJa fuera del territorio peninsular de la Monarqua, en Bor'goa, si bien afincado en una Ctedra de los Estudios Reales deSan Isidro.

    Pero la razn decisiva era la naturaleza concreta de la em-presa en que se est consumiendo el Imperio espaol desde losdas de Carlos V. J Cunto has adquirido y conquistado para tu-Monarqua, otro tanto has adquirido y conquistado para la Igle-sia! , dice a Espaa entre apostrofe y laude, este jesuta borgosque quiere destacar en la Monarqua hispnica la obra arquetipode una poltica inspirada en principios contrarios al maquiavelis-mo. Si el maquiavelismo hace del Estado religin, la Monarquaespaola ha hecho de la Religin, Estado, segn la expresin deRivadeneyra {20). No tiene Seor nuestra Espaa otro empleode sus pretensiones que el de amplificar dilatadsimamente la fe deDios y el Imperio de Cristo, dice el jesuta. Y el primer Ministro,el Conde Duque de Olivares sugiere las mismas ideas a su Rey,en trance de ascender al Trono: V. M. es el principal apoyo ydefensa de la Religin Catlica; por esto ha roto la guerra conlos holandeses y con los dems enemigos de la Iglesia que losasisten; y la principal obligacin de V. M. es defenderse y ofen-

    (20) CLAUDIO CLEMENTE: E maquiavelismo, degollado por la cristianasabidura de Espaa y Austria. Traduccin de la segunda edicin latina,aadida con cosas muy particulares y del tiempo. Alcal, 1637. Vase, enespecial, cap. 1 y V a XI. La misma posicin nacionalizadora del antima-quiavelismo como poltica espaola se encuentra ya en Rivadeneyra, queseala el descubrimiento y colonizacin de Amrica y el Imperio de la Mo-narqua espaola como modelo de lo que puede realizarse con la razn deEstado cristiana IJratado de la Religin, obra cit., cap. XXXVII). En elepistolario de Rivadeneyra al Cardenal Quiroga (Carta de 16 de febrero de1580, en B. de A. E., tomo LX), dice RIVADENEYRA: El mayor bien detodo el Reino y de la Iglesia Catlica es que su Magestad sea an ms po-deroso de lo que es para defensa y seguridad defla y del. Vanse tambinF. DE LOS Ros: Religin y Estado en la Espaa del siglo XVI, NuevaYork, 1927, pgs. 62 y sig.; R. DE MATTEI: U problema della "Ragin diStato", en R. I. di Filosofa del Diritio, 1949, XXVI, pgs. 187 y sig.;y el planteamiento general del antimaquiavelismo europeo en la obra citadade MEINECKE (Die Idee der Staatsrason, 3. ed., 1929).

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    derlos... La identificacin misma de Richelieu como enemigo deEspaa, con la hereja, como su aliado, no es slo un juicio oficial,sino una opinin popular. En panfletos y hojas volanderas losejrcitos de Richelieu son llamados herejes o fautores de herejes.La misma presencia del Arzobispo de Burdeos en el ejrcito fran-cs que sitiaba Fuenterraba, incita a denunciar con ms saa lasprofanaciones y sacrilegios de los presuntos soldados hugonotes yun cannigo riojano denuncia la derrota como un provindencialcastigo del Arzobispo galo, que se dej en la fuga aqu el man-telete, all la muceta, acull el roquete, a tal punto que parecaque la misma mano invisible de Cristo, Sumo Pontfice, en aquelpblico cadalso, iba como degradando a V. Ilustxsima y relajn-dolo al brazo secular de los mosqueteros, piqueros y caballerosespaoles... (21).

    El antimaquiavelismo se concreta as en esta empresa de laMonarqua espaola del siglo XVII. El Estado es instrumento dela expansin de la fe; no la Iglesia instrumento del reino. Losbienes temporales se subordinan a la defensa frente a la hereja;no la religin a la conservacin y al aumento del Estado. La uni-dad de la fe influye incluso favorable o desfavorablemente en elestatuto de los extranjeros creando como dos rbitas diversas deaplicacin del derecho de gentes (22). El P. Claudio Clemente, a.la hora de atestiguar esta vigencia histrica de una empresa reli-giosa de la Monarqua hispnica, se complace en recordar las clu-sulas del discurso con que Carlos V se opuso a la aceptacin de latolerancia, como un perpetuo baldn de ignominia para s y parasus sucesores; y la respuesta que Felipe II dio a los telogos quedictaminaron la licitud de la libertad religiosa en Flandes, advir-tindoles que no les haba llamado para que dijesen si poda per-mitir, sino si tena obligacin de hacerlo (23).

    (21) I. ORMAECHEA GUERRERO: Discurso apologtico... al limo. Sr. Arzo-bispo de Burdeos, General de la Armada del Cristiansimo Rey de Francia,Logroo, 1639. Vase tambin, por ejemplo, J. PELLICER DE TOVAR: ElEmbajador quimrico o Examinador de las artes polticas del Cardenal Dwque de Richelieu, Valencia, 1638, que acusa a Richelieu de difundir la he-reja en Italia, cundiendo el venenoso contagio hasta su catlico corazn.

    (22) Vase R. GlBERT: La condicin jurdica del extranjero. Preleccinen Programa, Granada, 1955, pg. o.

    (23) El maquiavelismo, obra ck., pgs. 73 y 100.

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    ESPAA, ASIENTO Y SILLA DE LA UNIVERSAL MONARQUA

    Los espaoles del siglo XVII, tachados de soberbia por la ani-mosidad europea, tenan ms de una razn en que fundar su jac-tancia. Un mapa de Europa les sealaba como cabeza de una Eu-ropa representada como doncella en que adems eran brazos losdominios espaoles en Flandes e Italia; un mapa del mundo des-tacaba en cada parte del orbe el imperio de una Monarqua hisp-nica que sumaba los inmensos dominios, a la sazn unidos, deEspaa y Portugal. Gran parte de Europa, casi toda Amrica,puntos claves de frica y Asia, las mejores islas de la apenas co-nocida Oceana. En las armas an era proverbial el valor de sustercios; en las letras, estaba en su cnit el siglo de oro. Espaolaseran todava las mejores obras de las ciencias clsicas; est frescala tinta de Surez y de los telogos y juristas que le han prece-dido. Incluso en las ciencias naturales, todava discutidas y oscu-ras, descuellan las informaciones espaolas de las riquezas delnuevo mundo. An ms, escritores eclesisticos estn diciendo alos espaoles, sin reservas, que son el pueblo elegido de la Pro-videncia. Ms que humilde, pobre de aliento, tena que ser unpueblo, que en circunstancias tales, no se creyera seor del mundo.Y ese pueblo lo crey, pero lo crey aceptando, al menos en elorden de los principios, que seoro era carga y servicio.

    El libro ejemplar de esta gloriosa jactancia es la Poltica es-paola de Fray Juan de Salazar (24). Con razn se llama Mo-narqua dice en las primeras lneas el dominio y superioridadque tiene al presente Espaa sobre tantos reinos, provincias tandiversas y tan amplios y ricos estados y seoros... entendiendopor Monarca el mayor de los reyes y por Monarqua el casi totalimperio y seoro del mundo. En lnea paralela al pensamientode Campanella razona el favor con que la Providencia, la pru-dencia y la ocasin han apoyado el aumento y conservacin de laMonarqua hispnica. Pero a las pocas pginas saltamos a eseotro mundo del antimaquiavelismo espaol: El fundamento ybase de tan alto edificio, los quicios y ejes sobre que se mueveesta mquina, el apoyo en que estriba esta gran monarqua y las

    (24) F. JUAN DE SALAZAR: Poltica espaola (1619), edicin con estudiopreliminar y notas de M. HERRERO GARCA. Madrid, 1945. (B. E. D. E. P.)

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    columnas sobre que se ha sustentado, y con el favor divino se hade sustentar por muchos siglos, no son las reglas y documentos delimpo Maquiavelo que el atesmo llama razn de Estado... sinola religin, el sacrificio y culto divino y el celo de la honra y ser-vicio de Dios...; la igual administracin que a todos hace de jus-ticia... y la singular prudencia que tiene en su gobierno... conque eternizar su imperio y la perpetuar hasta el fin del mun-do... (25).

    Aunque tambin en Salazar el posible competidor de esa mo-narqua universal sea el imperio turco, y los posibles enemigos eu-ropeos estn desunidsimos entre s y diferentes en religin y sec-tas (26), su ingenua confianza no puede menos de registrar elodio y enemistad (nacida de invidia de su felicidad y gloria) quecasi todas las dems naciones tienen contra ella. Las guerras reli-giosas y la disputa por el dominio de Italia han despertado ene-mistades y odios en los herejes de Alemania, y en los reinos deInglaterra y Francia. La pugna de la Monarqua hispnica con lasque haban de ser las grandes potencias de la Europa modernaest ya definida en todos los mbitos. Y hay una conciencia ex-plcita de esa animosidad que hiere tanto ms a los escritores es-paoles, cuanto que stos tienen al mismo tiempo una concienciade la misin europea de la Monarqua hispnica.

    7. LA CONCIENCIA DE UNA HOSTILIDAD

    En una obra de Quevedo, anterior incluso en fecha a la de Sa-lazar, tenemos el primer testimonio de esa conciencia y reaccinespaola frente a la leyenda negra, ese cmulo de especies mal-volas e infamias denigratorias, circuladas por Europa por los ene-migos de la Monarqua hispnica y los valores que sta represen-taba. No pretendemos volver a historiar cmo se forj y difundiesa leyenda; queremos slo destacar cmo ese hecho y la concien-cia de esa malvola animosidad, contribuy a hacer ms profundoel abismo que separ a Espaa de Europa.

    Hay que conceder un valor excepcional a este primer testi-monio de don Francisco de Quevedo, no slo por la fecha tem-

    (25) SALAZAR : Poltica, obra y ed. cit., pgs. 53">4.(26) SALAZAR : Poltica, obra y ed. cit., pgs. 193 y sig.

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    prana del siglo xvn en que nos revela una primera reaccin antela leyenda negra, sino sobre todo porque no es Quevedo comoSalazar un vano adulador de glorias domsticas, sino quiz el mssevero censor de la Espaa de su tiempo. Su recia vena satrica nodisculp pecado ni vicio de la patria. Por el ancho camino quelleva a las zahrdas de Plutn hizo desfilar cargadas con sus la-cras a todas las clases sociales del siglo XVII. El mdico, el sastrey el alguacil, vctimas tpicas de la stira de Quevedo, pasan delbrazo del hidalgo ocioso y hambrn, del noble que slo lleva elpeso de las armas en el escudo esculpido en su tumba, del doctohuero, la dama cortesana y liviana y el petimetre con galas deCambrai que hace dudar de su sexo. Todos los vicios de la Cortede los Felipes, que le hacen aorar el espritu guerrero de otrasgeneraciones, son flageladas por su pluma hiriente, a la que sepodrn discutir otras condiciones, pero no el valor de esta since-ridad cruda de una crtica, quiz a veces, incluso exagerada. Msfcilmente hallamos en Quevedo el ceo fruncido para desaprobar,que las manos dispuestas para aplaudir.

    Por eso insistimos, es ms significativo ese manuscrito inaca-bado, que un hispanista, Seldem, exhum de los Archivos de laAcademia de la Historia en I 9 I 6 . Me refiero a La Espaa defen-dida, ese curioso bosquejo de la primer obra apologtica del si-glo XVII que Quevedo dej sin terminar, fechndola en i6o9. Sonsin duda alguna impresionantes las lamentaciones con que Quevedoacusa este resentimiento Qu cosa naci en Espaa buena aojos de otras naciones, ni qu cri Dios en ella que a ellas pare-ciese obra de sus manos...? Quin no nos llama brbara? Quinno nos dice que somos locos, ignorantes y soberbios? (27). Que-vedo todava en esas fechas de i6o9, en que los espaoles man-tienen ntegra la confianza de su propia grandeza, atribuye comoSalazar a envidia esta campaa denigratoria. Pero en la maraade la polmica se rastrea otra razn ms profunda. Este aborre-cimiento bien puede tener por causa la raz religiosa de las gue-rras que mantiene el Imperio espaol (28).

    Quevedo cree en una misin providencial de la Monarqua es-

    (27) F DE QUEVEDO: tLa Espaa defendida, Boletn de la Academiade U Historia, 1916, LXVIII, pgs. 530-532.

    (28) QUEVEDO: Espaa, obra ct., Bo. de la A. de la H. , LXIX,pginas 165-166.

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    paola, que ha puesto su esfuerzo militar al servicio de Europa.Espaa dice Quevedo nunca goza de paz, slo descansa comoahora, del peso de las armas, para tomarlas con mayor fuerza ynuevo aliento. Y este servicio importa a toda Europa, que sinl corriera sin lmites la soberbia de los turcos y la insolencia delos herejes (29).

    8. LOCURAS DE UNA EUROPA DIVIDIDA

    Cuando Europa se deshace en la guerra de los treinta aosun diplomtico espaol entretiene sus ocios representando en cienempresas la idea de un prncipe cristiano o sorprendiendo los di-logos de los dioses sobre las locuras de Europa. La pluma deldiplomtico, trabajosamente erudita, perfila sus sentencias con co-piosas lecturas de clsicos polticos y polmicos modernos; devez en cuando, con una pincelada briosa y suelta, traza un retazode la inquieta realidad en que vive. Lo que quiere decir que Saa-vedra Fajardo es un hijo intelectual del pensamiento poltico espa-ol del siglo XVII, por cuya armadura ideolgica penetra algunavez un mandoble de la nueva realidad europea, extraa a la em-presa de la Monarqua hispnica.

    Apenas habr que recordar que Saavedra se ha propuesto la-brar una real porcelana bien dismil de las frgiles y torcidas quese modelan en la alfarera de Maquiavelo; que es apenas menosintolerante con la hereja que Juan de Mariana y piensa comoaqul, que los que son opuestos en creencias difcilmente podrncompaginar sus nimos; que tiene una clara conciencia de la ma-levolencia con que Europa mira a Espaa, vertida en libelos infa-matorios y especies maliciosas sobre la conquista de Amrica segnel patrn del Obispo las Casas, a las que opone una de las des-cripciones ms hirientes y crudas de la barbarie inaudita con quehan ensangrentado Europa las guerras de religin, en un trgicoparalelo, para que se vea que no lleg aquella mentira a estaverdad. En trminos lisos y llanos Saavedra le grita a Europa,en sazn bien propicia; ] Ms eres t!

    Es ms. El Saavedra diplomtico y viajero conoce Europa. Y

    (29) QUEVEDO: Espaa, obra cit., Bol. de la A. de U H., LXIX, p-gina 175.

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    sabe lo que han hecho de Europa las divisiones religiosas y larazn de Estado. En toda Europa ha visto a Marte sangriento,batallando unas naciones con otras... La paz anda en las bocas, laguerra en los corazones y en las plumas. Tan grande es la locurade Europa que la justicia, la verdad, la fe y la vergenza se hanretirado al cielo para no vivir entre los hombres. Ya no hay en elorbe la unidad que pudo representar la Monarqua hispnica, nientre los pueblos de Europa aquella unidad histrica concreta deun orden regido por el derecho de gentes. En esta Europa divi-dida, sesgada por una divisin religiosa y una oposicin egosta deintereses, no puede haber otro vnculo que tratados que establez-can una paz precaria y faciliten el comercio {30).

    9. LA MELANCOLA DE UN DESTINO UNIVERSAL FRUSTRADO

    Como ha destacado Jover (31) Saavedra ha entrevisto el sis-tema de equilibrio de Estados europeos y ha aconsejado acomo-dar la Monarqua espaola a este nuevo canon. Pero en las p-ginas de Saavedra, hay ya al ponderar los impulsos que rigen lahistoria un amargo sabor de melancola. Un siglo levanta en unaprovincia grandes varones, cultiva las artes e ilustra las armas; yotro lo borra y confunde todo, sin dejar seales de virtud o valorque acrediten las memorias pasadas. Qu fuerza secreta sobrelas cosas, aunque no sobre los nimos, se oculta en esas causas se-gundas de los orbes celestes?... (32).

    S; esto lo pens Saavedra entre 1635 y 1645, cuando todavano se ha firmado la paz de Westfalia ni se ha consumado la ca-tstrofe de la poltica del Conde Duque cul no ser la melan-cola de las plumas an despiertas en la segunda mitad del si-glo XVII? No cabe aqu multiplicar los testimonios porque esta

    (30) SAAVEDRA FAJARDO: Idea de un Prncipe poltico cristiano,sentada en cien empresas (1640), B. de A. E., tomo XXV (impresin, Ma-drid, 1947). Vase "Empresa XCIII. Y en la misma edicin de la B. de A. E . :Locuras de Europa. Dilogo entre Mercurio y Luciano.

    (31) 1 M. JovER: Historia de una polmica... 1635. Madrid, 1949, ca-ptulo X ; del mismo, cSobre la conciencia histrica del Barroco espaol,en Htstona de Espaa, Arbor, Madrid, 1953. pg. 305 y sigs.

    (32) SAAVEDRA: Empresa LXXXVII.

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    misma melancola parece secar la pluma de los escritores polticos.Curioso es, que a partir del mismo Saavedra, se predique un es-toicismo que a veces surge plenamente como una obra que glosael pensamiento de Sneca. Leccin en que se pide a los espaolesque as como no les desvaneci la fortuna prspera, no les hu-mi lie la adversa.

    Aunque los autores sigan sabiendo y repitiendo que es laProvidencia quien rige los destinos histricos y que slo llama-mos fortuna a la variacin de los sucesos humanos, nunca firmes,o felices o desgraciados (33), hay una melanclica conciencia deesta inseguridad de la vida histrica, paralela a la incertidumbre,inquietud, desasosiego y caducidad de la vida humana, que handescrito los escritores ascticos (34). Los escritores polticos parecendisponer una preparacin del nimo para soportar los accidentesadversos. Nunca hay en las cosas humanas constancia; mudablees la fortuna en favorecer y perseguir, en levantar y derribar, endar bienes y quitarlos. Mayores daos causa a veces la fortunaprspera que la adversa. Y llega a aconsejarse que sta se pre-fiera, porque en ella nadie est destituido de algn consuelo y enaqulla les falta a muchos el consejo acertado; porque aqullacon apariencias de felicidad entre sus blanduras mezcla engaos,sta siempre ensea la verdad de la inconstancia humana; aqu-lla deslumhra, sta ensea; aqulla ocupa los entendimientos conuna mentirosa representacin de bienes, sta los aclara con el co-nocimiento de la fragilidad de todas las dichas; aqulla es vana,mudable y no se conoce, sta es sobria, humilde y con la expe-riencia de s misma prudente (35). Quien escribe ese desengaode felicidades polticas, esa especie de Kempis del destino hist-rico, sabe bien cual es la suerte que marca a Espaa en esa hora,hacia 1660, la rueda ciega de la Fortuna. Esta es la condicin delas cosas humanas dice Andrs Mendo. Son las penas com-

    (33) ANDRS MENDO: Prncipe perfecto y Ministros ajustados. Docu*mentos polticos y morales, Salamanca, 1657; pg. 227.

    (34) Con insuperable belleza y dramatismo haba descrito esta insegu*ridad y desasosiego en lengua espaola Fray LUIS DE GRANADA en su Librode la Oracin y de la Meditacin {caps. VIH y X) hasta el punto de sus-citar reparos y advertencias de la Inquisicin. Vase P. LAN ENTRALGO:La Antropologa en la obra de Fray Luis de Granada, Madrid, 1946, p-ginas 281 y sig. y 363-364.

    (35) MENDO: Prncipe perfecto, obra cit., pg. 229.

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    paeras de las glorias. No sucede lo que en las semillas y granos,que del trigo nace trigo y cada simiente produce su semejante...Tiene sus trminos la grandeza; en llegando a ellos para, y sinesperanza de aumentarse, la cercan peligros de disminuirse, por-que se confederan contra ella, la envidia, la emulacin y la com-petencia. Pretenden unos crecer a costa de otros, tener mayordominio y quitndosele lucir oscurecindole; debiendo ms a lainconstancia de la fortuna, que a la razn, al valor y a la justicia.Bien lo experimenta la grandeza de la Monarqua espaola com-batida por tantas partes... (36). Y aunque para terminar recuerdeque la asiste Dios y la conservar con aumentos, es recordandotambin que para probar su fidelidad y constancia la aflige con su-cesos siniestros que acuerden con ms viveza la variedad de lascosas humanas.

    La evocacin de la Europa cristiana es ya tambin un recuerdomelanclico de esa Espaa acosada, Cuando se hace la guerraa los enemigos de la fe dice Mendo son gloriosas e intere-sadas las victorias, pero entre dos prncipes catlicos cmo puedehaber sinceros y plausibles triunfos? Qu ilustres trofeos se con-siguieran, si concordes los reyes cristianos convirtieran sus fuerzasunidas contra el enemigo comn, el brbaro otomano! Cmo entantos aos que Alemania, Italia, Flandes, Espaa y Francia hanardido en guerras, si hubieran juntado sus banderas unnimes,estuviera menos orgulloso el turco, libre Polonia, seguro Candasin temor Oran, Tnger y Ceuta, ganadas muchas plazas en frica,limpio el mar de corsarios y allanado el paso para la conquista deJerusaln, deseo comn de toda la Cristiandad 1... No es culpableEspaa en sus guerras, pues invadida o tiranizada su justicia, tomalas armas para su natural defensa. La causa de los daos que pa-decemos es la emulacin de la potencia espaola.

    Locura de una Europa, que se combate a s misma con olvidode sus misiones universales, sesgando su unidad cristiana; de unaEuropa hostil a Espaa cuyas armas se emplean en conservarlo que es suyo y en hacer guerra a los enemigos de la fe, unaEspaa, combatida de todas partes, acosada, por emulacin de sugrandeza. Tal es el ltimo perfil de esta relacin de Espaa y Eu-ropa en los ltimos pensadores del siglo XVII.

    El ciclo dialctico est concluso. Los espaoles que se sintie-

    (36) MENDO: Prncipe perfecto, obra cit., pgs. 194-197.

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    ron europeos e incluso capitanes de Europa, ven ahora en Europapotencias hostiles que han traicionado la unidad cristiana y lamisin civilizadora y evangelizadora con que haban concebido asu Europa. Desde esas fechas, y aunque el problema discurra porotros cauces, los espaoles van a sentir siempre ese doblesentimiento de una vocacin universal en que quisieran ver fun'dirse Europa y un recelo hacia los pueblos europeos, desunidos porgeras de razn de Estado, esto es, egocntricos, traicionando lavocacin europea de universalidad.

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