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Download EL PIANISTA QUE SABA DEMASIADO - pianista que saba demasiado_PDF_cast.pdf16. El asesino del piano ... Por fortuna el seor Strudel no tena tiempo ... dole su partitura—. Tengo

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  • EL PIANISTA QUE SABA DEMASIADO

  • Ana Campoy, 2012 Ed. Castellana: edeb, 2012Paseo de San Juan Bosco, 6208017 Barcelonawww.edebe.com

    Directora de la coleccin: Reina DuarteDiseo de las cubiertas e ilustraciones: lex Alonso

    Primera edicin, octubre 2012

    ISBN 978-84-683-0702-2Depsito Legal: B. 00000-2012 Impreso en EspaaPrinted in Spain

    Cualquier forma de reproduccin, distribucin, comunicacin pblica o transformacin de esta obra solo puede ser realizada con la autorizacin de sus titulares, salvo excepcin prevista por la ley. Dirjase a CEDRO (Centro Espaol de Derechos Reprogrficos) si necesita fotocopiar o escanear algn fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 45).

  • A Manuela Ogalla Surez, mi abuelita Miller.

  • AGRADECIMIENTOS

    A Javier Fonseca Garca-Donas, compaero escri-tor y gran amigo, que me contagi su pasin por los hermanos Marx. Gracias por suministrarme tanto conocimiento y, sobre todo, por tu ejemplo.

    A Pep Gorgori y Ana Peral, msicos expertos. Gra-cias por vuestras lecciones de teora musical que han enriquecido tanto esta historia.

    A Rosa Soria, Mery Varona y Laura Garca, porque han estado desde el principio.

    A Elvira Lindo, que con su prlogo en Harpo habla me sugiri la idea de que Harpo estuviera presente en esta historia.

    Al gran Salvador Arias, escritor, maestro de acto-res y leyenda del teatro. Sus enseanzas fueron tan importantes que marcaron las vidas de sus alumnos, y de algn modo pululan entre las frases de este libro. No encuentro otra forma mejor de darle las gracias, all donde se encuentre.

    A Carlos G. Fabregat, alias Minipoe, cuya ilusin me colma de energa para seguir escribiendo estas aventuras. l ha sido y ser siempre el primer fan.

    A la Sociedad del Platito, que se ha convertido en el apoyo que cualquier autora necesita para seguir adelante con sus proyectos. Gracias, miembros.

  • ndice

    Prlogo ........................................................ 71. La Medalla del Ciudadano ...................... 172. La tierra de las oportunidades ............... 293. Preparativos de viaje .............................. 494. Llegada a Nueva York ........................... 675. Una extraa enfermedad ....................... 816. Pnico en la escena ............................... 997. La partitura maldita ........................... 1238. Hacia el sur de la ciudad ..................... 1419. Un crimen perfecto .............................. 15510. Cena en casa de los Marx .................. 18111. El delfn de la compaa ..................... 19912. La Belladona ...................................... 21513. La pieza que faltaba ........................... 22514. Toda una sorpresa ............................. 24115. La ltima funcin .............................. 26316. El asesino del piano ........................... 279Eplogo .................................................... 305

    SABAS QUE? ..................................... 315

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    Prlogo

    Harpo pate el suelo y los listones del es-cenario vibraron bajo sus pies. Acababa de comenzar su cancin, la nica un poco animada en su breve repertorio, pero pareca que aquella noche tan slo las moscas del teatro fueran a hacerle caso.

    Su actuacin comenzaba con un pequeo n-mero de baile, un difcil juego de pies que le haba costado ms de una semana aprender. Acompaaba el zapateado con la ayuda de la armnica, que afi-naba una alegre meloda muy apropiada. Pero era intil. Los escasos espectadores que salpicaban las butacas del teatro se comportaban como muecos de cera.

    El muchacho mir hacia el interior del escena-rio y una silueta gruesa le distrajo por un instante. Se trataba del director Strudel, el dueo del teatro, que no pareca estar muy contento con el escaso xi-to de su actuacin. El hombre acababa de cruzarse

  • El pianista que saba demasiado

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    de brazos detrs de la cortina y miraba al chico con una cara demasiado seria como para tratarse de una broma.

    Harpo sinti un sudor fro que comenz a em-paparle la camisa. Solt la armnica y elev la mano intentando seguir la coreografa. La sombra de sus cinco dedos se proyect sobre la cara y eso le sirvi para centrarse en lo que estaba haciendo y proseguir con la cancin.

    Tal vez si continuaba su espectculo ayudado por el piano conseguira despertar a alguno de los espectadores. Su sonido era ms fuerte y mucho ms animado. As que cuando el estribillo de la cancin estaba a punto de comenzar, el chico se dirigi hacia el centro del escenario, salt sobre el taburete de ma-dera y comenz a interpretar los alegres versos de la pieza con toda la pasin de su garganta.

    En aquel teatrucho muerto de sueo haca fal-ta una buena dosis de energa y Harpo aporre las teclas con ilusin. Su madre le haba advertido que con sonrer no era suficiente. Haba que seducir al pblico, llevarlo hasta el interior del corazn para darle una vuelta por las tripas y hacerle sentir lo que un actor llevaba dentro. Para que as, cuando el

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    paseo hubiera terminado y el espectador volviera a su butaca despus de caer el teln, sintiera que aquel viaje no haba sido suficiente. Y entonces tendra ganas de volver.

    Harpo entonaba la meloda con toda la fuerza de sus pulmones. Intentaba no desafinar mien-tras miraba de reojo al seor Strudel, que, lejos de ocultarse, haba empezado a hacerle unos gestos exa-geradsimos. A pesar de su buena intencin, pareca que el esfuerzo no iba a ser suficiente. Y dese que los segundos que quedaban de cancin se le hicieran lo ms cortos posible encima del escenario.

    Slo le restaba rematar los ltimos compases de la pieza. Harpo emiti sus gorgoritos finales con una voz demasiado desafinada y, tras levantarse del piano a toda velocidad, se despidi con una reverencia a la que slo un par de silbidos prestaron atencin. Despus corri a ocultar su fracaso tras la cortina del escenario.

    Maldita sea, Marx! exclam el director Strudel una vez que Harpo franque el teln de fon-do. Es usted un actor de primera fila!

    Al or aquellas palabras un hilo de esperanza se at al corazn de Harpo. Puede que su improvisacin

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    cantada hubiera agradado al director Strudel, y que en el fondo ste comprendiera que aquel fracaso con los espectadores no era culpa suya.

    En serio, seor? Le ha gustado mi cancin?

    La cabeza del director Strudel se gir hacia el chico con una mirada furibunda.

    No, seor Marx! rugi con evidente enfa-do. Me refera a que slo la primera fila puede orle. O eleva ese tono de voz de una vez por todas o la prxima vez saldr de este teatro a patadas.

    Las rodillas de Harpo comenzaron a temblar. No haba un muchacho en toda Nueva York que deseara ms tener contento a su jefe. Sobre todo por-que haca unas cuantas semanas que su hermano le haba recomendado. No poda dejarle en evidencia, aunque sus escasas dotes no fueran suficientes.

    Por fortuna el seor Strudel no tena tiempo para ms regainas. Dio media vuelta y se dispuso a presentar a Emma, la intrprete que deba salir a continuacin. La muchacha haba visto la pobre ac-tuacin de Harpo desde las bambalinas y esper a que el director Strudel saliera a escena para guiar un ojo al chico.

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    Tranquilo, Harpo dijo revolviendo su pelo rizado. La prxima vez ir mejor, no te preocupes.

    El chico admir la sonrisa de Emma y lament no ser su sirviente para siempre. Aquella joven bon-dadosa le haba tratado muy bien desde que l lleg a la compaa. Haba sido el nico apoyo de Harpo en su corta y malograda carrera.

    Lo siento dijo el muchacho bajando la cabeza. Despus de este desastre nadie querr escucharte. He arruinado tu actuacin.

    No te preocupes contest Emma mostrn-dole su partitura. Tengo un as en la manga. Va a ser infalible, ya lo vers.

    La joven recoloc el cuello de su vestido y se palp el peinado. Su rostro se volvi muy serio, como si toda la concentracin que necesitaba se hubiera llevado la alegra que haba en l. Luego, dio un paso al frente, respir hondo y se adentr en la inmensidad del escenario asiendo con fuerza su partitura.

    Harpo se cruz de brazos y confi esperanzado en que ella arreglara el estropicio. Emma era un bello pjaro cantor que nunca defraudaba a su pblico. De hecho, muchos de los asistentes pagaban la en-trada del teatro tan slo por ver su actuacin. No era

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    especialmente bella, pero desbordaba talento. No era justo en absoluto que se conformara con actuar en un pobre espectculo de vodevil.

    El chico se aferr al teln polvoriento y busc el agujero por el que sola curiosear las otras actuacio-nes. Sentada al piano, Emma acababa de desplegar su partitura y daba inicio a la pieza. Una cancin lige-ra que comenz a despertar a las filas de espectadores adormilados.

    Canta como los ngeles, verdad que s? susurr una voz madura justo al lado de Harpo.

    El muchacho se sinti como si le hubieran le-do el pensamiento. Pero no le sorprendi en absoluto: el seor Sebastian, el hombre que acababa de hablar, posea muchas cualidades, algunas de ellas a buen seguro que ocultas. Sebastian era el ventrlocuo de la compaa, y su espectculo consista en crear vo-ces imposibles para que su inseparable marioneta, el seor MacGuffin, pudiera expresarse sin tapujos. La gente se mora de la risa cada vez que el mueco intervena. Todos disfrutaban con sus bromas, a pe-sar de que el nico truco era la impresionante pericia de los labios del seor Sebastian, que se movan en secreto, sin que el pblico se diera cuenta.

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    El hombre acababa de bajar las escaleras de los camerinos trayendo a su mueco consigo. Era un an-ciano con un aspecto algo ajado, aunque entraable. Y se asomaba p