95511668 las lanzas del crepusculo

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  • PHILIPPE DESCOLA Las lanzas del crepsculo FCE - Prohibida su reproduccin total o parcial 1

    Philippe Descola

    LAS LANZAS DEL CREPSCULORELATOS JBAROS. ALTA AMAZONIA

    Prlogo

    Los particulares tienen a bien ir y venir, pareceque la filosofa no viaja.

    Jean-Jacques RousseauDiscurso sobre el origen de la desigualdad

    Aun para quien las aborde sin prevenciones, las fronteras de lacivilizacin ofrecen raramente un rostro amable. Es verdad que en esoslugares tan poco civilizados se juega a escala planetaria un conflictomuy real. Iniciado hace ya ms de un siglo, enfrenta a un puado deminoras tribales al gran nmero de los que aspiran a desalojarlos desus ltimos refugios, legin dispar en la que se mezclan y se oponencampesinos miserables necesitados de tierras y grandes propietarios deganado y de plantaciones, buscadores de oro o de piedras preciosas ymultinacionales del petrleo, de la explotacin forestal del trpico o dela extraccin minera. Las lneas del frente donde se lleva adelante estaconquista sin gloria presentan en todas partes el mismo aspectodesolador; poblaciones en la anarqua de lo provisorio, y a menudo almargen de la legalidad nacional, perpetan como un signo distintivo sueterna ausencia de urbanidad. Es en Amazonia, tal vez, donde subastarda es ms manifiesta. Del Orinoco a los Andes y de los Llanosde Colombia hasta las planicies del Oriente boliviano, al pie de altastierras superpobladas y en la orilla de ros navegables, alrededor depistas de aterrizaje improvisadas y a lo largo de rutas recientementetrazadas, miles de pueblitos idnticos brotan sin fin, cada da un pocoms tentaculares y cada da ya un poco ms descalabrados, peroimpotentes an para digerir la gran selva. Demasiado caticos comopara sostener mucho tiempo la curiosidad y demasiado corrompidoscomo para despertar la simpata, esas aldeas de toldos onduladosexpresan una visin degradada de los mundos cuya confrontacin

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    organizan, mezcla de nostalgia por una cultura europea desde hacelargo tiempo olvidada y de prejuicios perezosos sobre lo desconocidoque se encuentra muy cerca.

    Las investigaciones etnogrficas suelen empezar en sombrosobservatorios. Yo comenc la ma en Puyo, una aldea de colonosenglutida en un presente sin gracia al pie de la vertiente oriental de losAndes del Ecuador. Para quien viene de Europa, e incluso de las viejasciudades coloniales que anidan en los altos valles de la Cordillera, Puyoofrece la sorpresa de un mundo sin verdadero pasado. En efecto, estapequea capital provincial no tiene tres cuartos de siglo; pero los msantiguos puestos de avanzada de Occidente en la precordilleraamaznica no han tenido prcticamente mejor suerte, y eso que fueronfundados bajo Carlos V. Con estas aldeas de paso, condenadas arecomenzar cotidianamente el esfuerzo irrisorio o trgico de su primerestablecimiento, la historia se ha mostrado muy ingrata. No les hadejado en herencia ni memoria colectiva ni monumentosconmemorativos, y nada da testimonio ahora de su antigedad, salvo, aveces, algunas legajos enmohecidos en archivos ignorados. Ciertasaldeas fantasmas eran, sin embargo, conocidas en el siglo XV por todoslos hombres de letras de Europa, que seguan con atencin sobremapas tan bellos como imprecisos los progresos de una conquista sinprecedente. Jan, Logroo, Borja, Sevilla del Oro, Santander,Valladolid, esos jalones del conocimiento geogrfico que hacan aflorarla nostalgia de la Espaa natal no han sobrevivido en la memoria de loshombres ms que gracias a la pereza de varias generaciones decosmgrafos: cercados tras el primer impulso de la invasin espaola,los poblados de los conquistadores fueron reducidos a cenizas un sigloms tarde. Como nadie se tom el trabajo de ir a verificar supermanencia, prosiguieron en los atlas una existencia tanto msindebida cuanto que sus dimensiones grficas estaban hechas a lamedida del vaco inmenso que se les daba la funcin de cubrir. Paraanimar el gran espacio virgen de tierras inexploradas, el copistainscriba en letras enormes el nombre de aldeas exanges, adornandosus alrededores con miniaturas de animales imaginarios o pequeasselvas muy civilizadas. Sin noticia de que sus habitantes haban sidodiezmados por la peste y los ataques de los indgenas, un grupo decasuchas miserables acreditaba tener la misma escala que Burdeos oFiladelfia. Estos fortines de la conquista han olvidado la gloria discretade su primer establecimiento; su pasado no existe ms que en laimaginacin de los amantes de viejos mapas y en las fichas de unpuado de historiadores. Sean antiguos o modernos, estos injertosurbanos estn heridos de amnesia: los ms antiguos han perdido lamemoria de sus orgenes y los ms recientes no tienen recuerdos paracompartir.

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    Indiferente al tiempo, Puyo lo era tambin a su entorno inmediato.Crea que iba a ser apenas una breve etapa en el recorrido de una rutatransitable que conduce en algunas horas desde las grandes ciudadesde la Sierra central hasta la selva amaznica, pero muy pronto me dicuenta de que tendra que aplacar mi impaciencia. Necesitaba, antesque nada, recolectar informacin sobre la localizacin de los jbarosachuar que pensaba visitar y ponerme al tanto de los medios que habrade emplear para contactarme con ellos. Todo lo que saba al llegar eraque su presencia haba sido sealada sobre el curso inferior del roPastaza, a muchos cientos de kilmetros de all, en un reducido montetotalmente virgen de caminos o riberas navegables. Sin embargo, parami gran sorpresa, la mayora de la gente que interrogu en Puyo medijo ignorar totalmente a los achuar. El dueo de la pensin familiardonde me alojaba con mi compaera Anne Christine, los clientes de lafonda donde comamos, los funcionarios de las administracionesmunicipales y provinciales, los agentes de organismosgubernamentales, todos esos personajes con los que un visitante depaso traba fcilmente conversacin en una pequea aldea de provinciaparecan no haber jams odo hablar de la tribu misteriosa quequeramos encontrar. Golpeados por la descorazonadora idea deperseguir una quimera, nos llev varios das comprender que nuestrosinterlocutores ignoraban todo de la selva y de sus habitantes; a unahoras de marcha desde la aldea, comenzaba un mundo en el quenunca haban puesto los pies. La lectura previa de algunas monografasetnolgicas sobre la Amazonia ecuatoriana inhallables para quienesmoran en el pas donde las investigaciones haban sido llevadas acabo me haban permitido saber ms sobre los indgenas que quienesvivan casi en contacto con ellos.

    Los habitantes de Puyo compensaban su ignorancia de la realidadvecina con una capacidad fabuladora tan fecunda como categrica. Enlas cantinas y los puestos circulaban las leyendas ms inverosmilessobre la selva y sus extraos anfitriones. Se nos aseguraba que losindios canbales reducan all los cuerpos de sus enemigos a la talla deuna mueca, proeza anatmica, por otra parte, que pareca la ms claraseal de que haban descubierto un remedio vegetal milagroso contra elcncer. Algunos, en cambio, pretendan que colonos blancos leprososvivan en autarqua desde tiempos inmemoriales sobre una riberainaccesible donde ni siquiera los indgenas osaban atacarlos. Segnotros, la jungla esconda palacios en ruinas de arquitectura grandiosa,evidentes testimonios de que esa selva en la que nunca se habanaventurado haba servido alguna vez de residencia a viajerosintergalcticos e incluso, quiz los extraterrestres haban reemplazadoa Dios en la explicacin popular de los orgenes, de crisol para unagnesis csmica de nuestra especie. En ese frrago de historiasincrebles, reconoc con facilidad, y no sin cierta satisfaccin, las figuras

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    bien inscriptas en el repertorio, apenas modificadas por el color local, delos grandes delirios que la Amazonia siempre haba suscitado enOccidente. El Indio Blanco, Eldorado con riquezas fabulosas perdido enla selva, las criaturas monstruosas en otras partes desaparecidas, lospoderes sobrehumanos del mago salvaje: todos esos mitos se hanperpetuado en las obras de divulgacin desde el siglo XVI hastanuestros das sin que las desmentidas recurrentes de la experienciahayan podido disipar un poder de fascinacin que tiene su fuente msall de toda realidad verificable.

    El abismo irreductible que constat entre mi saber libresco yracionalista sobre los indios de la Amazonia ecuatorial y el universolegendario del que nos hablaban los habitantes de Puyo se transformpara m en la primera ilustracin de una ley implcita de la prcticaetnogrfica. Arriesgndome a formularla pardicamente con laconcisin del lenguaje de los fsicos, podra ser enunciada as: lacapacidad de objetivacin es inversamente proporcional a la distanciadel objeto observado. En otros trminos: cuanto ms grande sea laseparacin geogrfica y cultural que instaure el etnlogo entre su mediode origen y su terreno de eleccin, tanto menos sensible ser a losprejuicios alimentados por los pobladores localmente dominantes en elencuentro con las sociedades marginales que l estudia. A pesar de suaspecto civilizado, aqullos no le sern ms familiares que stas.

    Es cierto que una educacin slida en un gran pas cosmopolita noprotege siempre a los ingenuos de las seducciones fciles de laquimera. As, poco tiempo antes de nuestra llegada a Puyo, en el otoode 1976, las autoridades ecuatorianas haban promovido unaimportante expedicin internacional con el fin de explorar una profundagruta situada en la precordillera amaznica, en el corazn del