La asesina ilustrada enrique vila matas

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<ul><li> 1. Enrique Vila-Matas La asesina ilustradaEDICIONES LENGUA DE TRAPO-2-</li></ul><p> 2. Diseo de coleccin: J. Gonzlez y J. HuertaLos grabados que aparecen en la portada son obra de Frans Masereelypertenecen a su libro La ldea. Editorial Iralka. Enrique Vila-MatasEDICIONESLENGUADETRAPO, S.L. 1996Marqus de Monteagudo, 29. 28028 MADRIDReservados todos los derechosISBN: 84-89618-03-8Depsito Legal M-3298-1996Imprime: Grficas Rama, S.A. Madrid -3- 3. -A Conchita Sitges y Ral Escari, que se encuentran en el origen de este libro-4- 4. PRLOGO -5- 5. TAN MEZCLADAS Y ENTRELAZADAS SE encuentran en mi vida lasocasiones de risa y de llanto que me es imposible recordar sin buen humor elpenoso incidente que me empuj a la publicacin de estas pginas.Fue el ao pasado, en un viejo hotel de Bremen, andando en busca deVidal Escabia. Por un laberinto de corredores haba llegado hasta el 666, elnmero de su habitacin, y como fuera que la puerta estaba entreabierta ynadie responda a mis llamadas acab empujndola para quedarme mirando enla oscuridad, que estaba aliviada tan slo por el brillo de unos ventanales. Laesquina de una mesa tena un brillo tenue, y detrs poda verse un bulto cadosobre la alfombra. Hall el botn de la luz y se encendi una lmpara de cristalque colgaba del techo. Vidal Escabia estaba all, al pie de la mesa, mirndomecon los ojos abiertos. Estaba muerto.Observ detenidamente la escena y mi atencin pronto se centr en lagruesa alfombra. En ella, junto al cuerpo del escritor, entre manchas de sangre,a la altura de sus impecables mocasines rojos, haba una minscula pistola y, asu lado, el sobre sellado que dos das antes yo le haba enviado por correo. Elsobre contena el manuscrito original de La asesina ilustrada, las notas escritaspor Ana Caizal y una carta de presentacin firmada por m. Pens en guardarlos escritos en el amplio bolsillo de mi abrigo, pero pronto reflexion con calmay acab obrando del modo que suele ser ms habitual en este tipo desituaciones: dej todo tal como estaba y di dos gritos, muy femeninos yfrancamente espeluznantes, que pusieron en pie a todo el hotel. Eran las siete dela maana. Al da siguiente, el forense dictaminaba que Vidal Escabia se habasuicidado. Se me permiti recuperar los escritos que le haba enviado, y asconcluy el episodio de mi encuentro, el primero y el ltimo, con Vidal Escabia.Como es muy probable que la obra de ste, y hasta su nombre, seantodava desconocidos para el lector, precisar que Vidal Escabia es un escritorrecientemente descubierto por varias editoriales espaolas que, al parecer, seproponen reeditar el prximo invierno parte de su obra, editada hasta ahora enpublicaciones muy minoritarias.Vidal Escabia haba nacido en Elche en 1907, y los aos de su juventud lospas en su ciudad natal. Se exili en Argentina durante la guerra civil y, paraentonces, ya haba publicado dos novelas cortas (la obra de Escabia,exceptuando dos libros de viajes y tres de poemas, se compone nicamente denovelas cortas): La vida en la corte y Pasiones de Eldorado (1934), que no conozco, yhasta creo que son una rareza bibliogrfica. Su siguiente obra, El len del Zar(1942), apareci ocho aos ms tarde y es una conmovedora biografa de LenTolstoi. Del 42 al 45 viaj sin cesar, siempre en compaa de la bella JennyLpez . En La Habana, encontr el ambiente ideal para su siguiente novela:Perfidia (1945), un excelente melodrama, acaso su mejor obra.Terminada la segunda guerra mundial, se instal en Lima, donde se cascon Gilda Luna, una bailarina valenciana. Sigui escribiendo relatos algunosActriz de Hollywood, de origen espaol: la eterna extra de los musicales de Busby Berkeley.-6- 6. muy extravagantes, como The fantastic story of Eva Siva, redactada en ingls contodos los dilogos en italiano y vivi los aos ms felices de su vida. En 1951,Gilda Luna pereci en accidente de automvil y Escabia, que quedprofundamente abatido, medio enloqueci. Vendi su casa de Lima y regres aEspaa.En Elche, se emple en la Biblioteca Municipal y ya no dej este trabajohasta el final de sus das. Sigui escribiendo novelas cortas quizs la msdestacada sea Agridulces damas de Elche hasta que, en la primavera del 75,decidi hacer un largo viaje al extranjero tras veinticinco aos de absoluto retiroen su ciudad natal. Algunos de sus amigos trataron de convencerle de que no semarchara. Se haban enterado de que se iba solo y juzgaban que a su edad debaviajar acompaado. l no les hizo el menor caso y, el 25 de mayo, tom un trencon direccin a Barcelona. Quera recorrer toda Europa, y de ah lo extrao desu suicidio. Porque l andaba muy ilusionado con su viaje. En Barcelona, saluda viejos amigos, rememor escenas de su juventud, pos para una fotografacomo la que un da Pablo Neruda se hizo en la Plaza Real, detrs de unainmensa jarra de cerveza, y cogi un tren que en doce horas le dej en Pars. Allencontr a unos amigos comunes que fueron quienes me informaron de sufugaz paso por la ciudad y de su partida hacia el Gran Hotel de Viena enBremen, primera parada de un viaje por el Mar del Norte.De su produccin literaria, creo que son sus dos libros de viajes los quemenos merecen ser ledos y, sin embargo, los que, al parecer, han desempeadoun papel ms decisivo en la historia de su redescubrimiento. Porque, de todoslos autores que en los aos 30 vieron publicadas sus primeras obras y tras laguerra civil quedaron olvidados o postergados, l, sin duda, es el caso mscurioso, ya que va a ser rehabilitado gracias a los textos ms endebles ysoporferos de su produccin. Parece ser que el proceso de rehabilitacin deEscabia se inici cuando, a mediados del caluroso agosto del 73, llam laatencin de J. M. la aparicin simultnea de dos crticas muy elogiosas deNavegacin en mar peligrosa, psimo relato en el que Escabia cuenta un viajeinventado. Estaba J. M. tan aburrido en aquellos das que acab entrando enuna librera de Benidorm e, interesndose por el libro, pese a que nada sabasobre su autor, e ignorando, por supuesto, que una de aquellas elogiosas crticashaba sido realizada por el propio Escabia que, oculto tras el seudnimo deEscaviar, calificaba a su propia obra de "relato maestro en su gnero". Pic J. M.en el anzuelo y acab deslumhrado por el estilo ampuloso y por la burdapalabrera de la que Vidal Escabia hace gala en este libro. Su entusiasmo fue tannotable que, inmediatamente, se puso en contacto telefnico con Escabia parapreguntarle si tena publicadas otras obras del mismo gnero. Este invent laexistencia de un libro indito que sobre la marcha titul y ah su imaginacinno vol precisamente muy lejos Por tierras lejanas, prometiendo a J. M. que selo enviara a su casa en cuanto le fuera posible.En cuanto colg el telfono, Escabia se puso a trabajar en la redaccin deun inventado viaje a la Patagonia. Escribi noche y da sin descanso a lo largode toda una semana y, cuando hubo terminado su relato, lo enviinmediatamente a J. M. que, de nuevo fascinado por la cursilera y ramplonera -7- 7. del estilo, se decidi a poner en marcha los mecanismos para iniciar el procesode rehabilitacin de Vidal Escabia. Al mismo tiempo, mientras preparaba laedicin de Por tierras lejanas, le encarg a Escabia un trabajo "prestigioso": elprlogo a la segunda edicin de Burla del destino, el libro de memorias de JuanHerrera.Llegados a este punto, no quisiera retrasar ya por ms tiempo mi opininsobre la obra en general de Vidal Escabia: me parece un revoltijo montono,aburrido, donde Escabia quisiera que, tan torpes como l, consintiramos entomar su palabrera por elegancia, su estilo ampuloso por ingenio y sus plagiospor imaginacin; al leerle, slo se encuentran banalidades, cuando son suyas, ycosas de mal gusto, cuando deliberadamente saquea a los dems.Al saber que se diriga al Gran Hotel de Viena en Bremen no perd eltiempo. Dej Pars, cuyo clima en aquellos das me era perjudicial, y march aWorpswede, cerca de Bremen, para instalarme en la casa de una antigua amiga.Desde all le envi a Escabia aquel voluminoso sobre sellado. Buscando que,desde el primer momento, se interesara por mi envo utilic un truco parallamar con toda seguridad su atencin. Imitando a la perfeccin la caligrafa deJuan Herrera escrib este nombre como remitente de aquel sobre. Siempreimagin que Vidal Escabia encontr mi sobre encima de la mesa de suhabitacin y que, dirigindose hacia la cama con el sobre en la mano, comenz aleer y releer, una y otra vez, el nombre del remitente sin creer en lo que estabaviendo. Cmo es posible, debi preguntarse, que Juan, que hace ya un ao queest muerto, me escriba? Dejad que imagine que la escena se desarroll de estemodo y que piense que Escabia, no slo se aterr, sino que, excluyendo laposibilidad de que se tratara simplemente de una broma, tropez con la colcha,cay sobre la cama, se levant enfurecido, volvi a tropezar, esta vez con lacortina, se tambale de miedo. Tena, desde luego, sus razones para reaccionarde esta manera, pues, aunque en determinados crculos se saba que haba sidoamigo de Juan Herrera (y por esto le haban encargado el prlogo al libro dememorias de ste), se ignoraba la existencia de una abundante correspondenciaentre uno y otro escritor. Por esto, aquel nombre, escrito en la esquina de unsobre sellado (tal como era costumbre en Herrera nicamente cuando se dirigaa Escabia) tuvo forzosamente que inquietarle e inspirarle los ms variadostemores.En breve, toda la correspondencia entre Herrera y Escabia (guardadacelosamente durante aos en un cajn de mi cmoda) ser publicada, y el lectortendr acceso a una extraa serie de cartas cuyo tono general es ms biensorprendente. Herrera detestaba a Escabia y, si se carte durante tanto tiempocon l, fue nicamente porque era muy aficionado a descubrir secretos y porquetena motivos muy fundados para sospechar que Escabia no haba escrito unasola lnea de muchas de sus novelas. Esta sospecha, nunca confesada de unmodo explcito en las cartas que le enviaba, oblig a Herrera a tratar los temasms absurdos, y a cual ms delirantes, con el fin de ir tendiendo lentamente unaserie de trampas a Escabia y acabar obligando a ste a confesar toda la verdad.Tard ms de diez aos en conseguirlo, pero al final acab obteniendo larecompensa a tanta molestia, paciencia y esfuerzo (por no hablar de tanta-8- 8. palabrera intil) cuando, en una breve carta, fechada en Elche el 30 de mayo de1968, Vidal Escabia, entre avergonzado y confuso, comprendiendo que Herrerale haba conducido a un callejn sin salida, confes que, en efecto, las con-tradicciones en las que haba ido cayendo a lo largo de sus cartas haban puestoal descubierto la gran verdad, es decir, que l no haba escrito ni una sola lneade muchas de las novelas de las que tanto alardeaba. A continuacin, citaba elnombre de los verdaderos autores (Jenny Lpez y Gilda Luna entre ellos) ycerraba la carta pidiendo, en un tono marcadamente pattico, el mayor silenciosobre aquella revelacin que pona gravemente en juego su reputacin. Quizsesper siempre una respuesta amable de Herrera en la que ste, restandogravedad al asunto, valorara la sinceridad y valenta de Escabia, pero lo ciertoes que Herrera, al recibir la carta, respir con profundo alivio y dio porterminada su investigacin archivando con gran alegra aquella carta que porfin haba premiado su esfuerzo de aos y olvidndose para siempre de Escabia.Pero Escabia no logr nunca olvidarse de Herrera. Este fue el final de unarelacin entre dos hombres absolutamente opuestos tanto en su forma de sercomo de pensar. Aparte de ser un excelente escritor (lo que, desde luego,Escabia nunca fue), Juan Herrera era, por ejemplo, un fantico del orden, todolo contrario de Escabia, que, al parecer, fue siempre la persona msdesordenada del mundo. En su escritorio (y en sus ltimos veinte aos tuvo elmismo en Pars, Sete y Trouville) Juan Herrera colocaba, segn un esquemainvariable, plumas, lpices, cenicero, lupa, abridor de cartas, diccionarios,folios, cuartillas, vaso de agua mineral y cajita con aspirinas, calmantes ycentraminas. Era extremadamente ordenado y meticuloso y un tantosupersticioso: sola atribuir sus momentos de escasa inspiracin literaria a lainexacta colocacin de alguno de estos objetos sobre su mesa de trabajo. Y fueprecisamente, sobre la arremetida del desorden contra el orden sobre lo queescribi la mayor parte de las veces en este escritorio. Vidal Escabia, alcontrario, era la viva imagen del desorden: nunca haba tenido escritorio (ni lehaca falta, puesto que otros le escriban la mayor parte de sus novelas), eramuy despistado, olvidaba en los taxis los manuscritos de sus novelas, escribaen las playas o en los bares ms concurridos, no le duraba una pluma ms dequince das, el nico diccionario que tuvo fue uno de sinnimos que leregalaron en Lima y que perdi en un prostbulo (nunca se supo con qu idea lohaba llevado hasta all), fue un apasionado defensor de cualquier idea de caosy un entusiasta de su propio desorden.Sabiendo que Vidal Escabia viva en sus ltimos tiempos atemorizado yque vea fantasmas por todas partes, escrib de remitente el nombre de suantiguo amigo. Estaba convencida de que iba a asustarle y no me es difcilimaginar que as debi de ser. Sin duda, l cay en mi trampa y se azorabriendo inmediatamente el sobre, quizs porque crea que Juan Herrera,rompiendo aquel terrible silencio al que durante aos le haba acostumbrado,reanudaba de pronto desde la tumba la correspondencia de antao. Aunquequizs no pensara nada de esto y simplemente no pensara absolutamente nada(a esto era tambin muy aficionado), abriendo tranquilamente el sobre ycomenzando a leer aquella carta en la que yo le presentaba La asesina ilustrada, -9- 9. mi breve relato, seguido de las notas que sobre el mismo escribiera Ana Caizal. - 10 - 10. CARTA A VIDAL ESCABIA PRESENTNDOLELA ASESINA ILUSTRADA - 11 - 11. WORPSWEDE, 31 DE MAYO DE 1975ME TOMO LA LIBERTAD DE dirigirme a usted poco despus deenterarme de que le ha sido encargada la redaccin del prlogo a Burla deldestino, el libro de memorias de Juan Herrera, mi marido. Aunque nunca noshayamos visto, supongo que mi nombre no le resulta nada desconocido.Hace tres das que dej Pars y he venido a esta gran llanura nortea,donde la amplitud y la calma y el cielo me ayudarn a descansar. Fue ayercuando llegu a este pueblo, bajo una lluvia persistente, con un reducidoequipaje, un poco triste por la soledad en la que vivo, aunque no tema, no voy ahacerle partcipe de mis penas. Aprend hace tiempo a situar mis relaciones aeste nivel, superior y exclusivamente intelectual, en el que uno puede descansarde las penas del corazn, no compartirlas.S que no tan slo conoce mi nombre, sino que adems siempre deseconocerme (al menos esto es lo que confesaba a mi marido en una de aquellascartas que usted le dirigi y que l amablemente sola leerme en voz altasiempre antes de acostarnos) y que sin duda mis consejos no van a caer en sacoroto. Es por esto que me atrevo a recomendarle que lea La asesina ilustrada, unabreve narracin que yo escrib hace tiempo, y el pliego de notas que sobre ellaredact Ana Caizal. Son los dos manuscritos que le adjunto en este...</p>