Elementos Ficcionales en La Sátira de Las Ciudades

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Elementos Ficcionales en La Stira de Las Ciudades

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Elementos ficcionales en la stira de las ciudadesFelipe GONZLEZ ALCZARUniversidad Complutense de Madridclaudiofelipegonzalez@filol.ucm.esRESUMENLa stira de las ciudades es tan antigua como los discursos retricos, muchos previamente deli-mitados, que las alababan por diversas causas. La naturaleza de la stira precisa de un referen-te real para que presente una verdadera efectividad su pretensin de censura moral. Acerca dela invectiva contra las ciudades ms que sobre conductas, veremos cmo alternativamente esposible transferir valores de realidad o invencin entre el contexto y el mensaje literario.Palabras clave: stira, gneros literarios, ciudades, ficcin, crtica literaria.ABSTRACTThe satire of cities has its own elements of fiction. Not only because satire has an unstable natu-re but also this literary genre was a traditional kind of text and moreover, a traditional class ofrhetorical genre: demonstrative. I will mainly attend in this work to the situation of the context:if theres a relationship between the reality and the invention or the satire needs, to be perfectand useful, only a real context.Keywords: satire, literary genres, cities, fiction, literary criticism.Tanto si en una obra literaria una ciudad vejada o satirizada es real o no, quiero decirsi tiene un referente concreto o, por el contrario, inventado, debe de producir en ellector una sensacin de verdad que complete y convierta a esta stira en un acto nofallido. La stira, al pretender crear una ilusin de efectividad y no parecer simple-mente un modo irnico de expresin, tambin debe de atenerse a un principio bsi-co: no retraerse sobre s misma y orientarse hacia un contexto concreto. De tal modoque el juego perenne de la literatura con lo contextual, salvando el artificio necesa-rio del pacto ficcional, llega a sus extremos en este tipo de composiciones que bor-Revista de Filologa Romnica ISBN: 978-84-669-3068-02008, anejo VI, 97-107dean la comunicacin literaria. La naturaleza del texto potico requiere, en boca deAristteles, que lo que se narra o se dramatiza se ajuste a las leyes de la causalidadque rigen el funcionamiento de la realidad (Asensi Prez 2003: 72). Tomado ade-ms en dos aspectos: en la lgica argumental de la fbula y en relacin con esa rea-lidad antes aludida. Expresado de otra manera: lo verosmil externo e interno (Aris-tteles 1974)1. Sin embargo, la ilusin de verdad que proponen los textos en mayoro menor medida se ve confrontada con tensiones de todo tipo. En el caso de las com-posiciones satricas, ya lo hemos dicho, con el imperativo de que un cierto tipo deseduccin invectiva provoque en nosotros una ilusin de realidad superior a la ilu-sin de lo ficticio. En abierta tensin con lo contextual-referencial que desmorona,en principio, la superioridad del elemento puramente creativo. De alguna manera, laobjetividad y el consenso que pide el satirgrafo viene determinado por la visuali-zacin y la concrecin de su ataque en algo presente y aceptado por toda la comu-nidad. El consenso satrico depende en gran medida de que se llegue a tocar direc-tamente, a afectar a aquello que se pretende combatir: ya sea el vicio de la gula, lamentira, la fealdad de una estatua o de un acto moral, para provocar una reaccinsolidaria con el sistema de valores utilizado. Lo que diferencia a un autor satrico deuno irnico o solamente crtico radica en la manera en que somos conducidos a verel mundo con los ojos del primero, sin dudarlo, sin apreciar el constructivismo fic-cional. Apela, por tanto, a que ese referente se identifique tan claramente con sumensaje que no podamos evadirnos de su presencia. Si dudamos del autor satrico,y esa inmoralidad o esa estatua de poca inspiracin que pusimos a modo de ejemplonos parecen justo lo contrario, la duda que nos asalta puede considerarse doble:dudamos del autor y dudamos del contexto. Las implicaciones que esto presenta sonvarias, entre ellas, la tendencia a la desestabilizacin de las condiciones de lo real ylo irreal. Por ello, el romanticismo alemn, a travs del culminativo Hegel, pudo con-cluir que en la stira siempre se presentaba un dilema entre el espacio ideal y el espa-cio real (Hegel 1988: 202-204)2. Pretendan afirmar claramente que el autor de estascomposiciones apelaba a un mundo ideal que contrastaba con el aborrecimiento delmundo real, siempre minusvalorado, como consecuencia de la contrariedad entre laobjetividad y el espritu subjetivo del artista. De la comparacin entre un estado deperfeccin y otro de inestabilizacin y negatividad naca la actitud de queja y lamen-to del escritor. Por eso lo satrico comprenda siempre un mensaje moral y consistaen desvelar la impostura, en descubrir la verdad a travs de las apariencias. La rea-lidad, suponiendo aqu claramente que el escritor en verdad la reproduce, por tanto,sin poder todava eliminar el elemento mimtico, concebida como objetividad posi-ble y plasmada en la obra potica en relacin con la subjetividad del autor y de loslectores. La impresin de realidad satrica deviene un elemento necesario del siste-Felipe Gonzlez Alczar Elementos ficcionales en la stira de las ciudades1 Sobre lo verosmil, que nutre toda la obra, vid. la edicin de la Potica de Garca Yebra (1974: 222-223,227-232).2 Acerca de la situacin de la stira en Espaa como influencia del Romanticismo alemn remito a mi art-culo, El lugar de la stira en la potica: los tratados espaoles del siglo XIX, en Revista de Literatura, LXX,140, julio-diciembre, Madrid, CSIC, 2008 (en prensa).98 Revista de Filologa Romnica2008, anejo VI, 97-107ma de complejidades que adornan la comunicacin literaria y sta remite a la irre-solucin de los lmites entre ficcin y no ficcin que ha contribuido tan extensa-mente a argumentar a favor de la deconstruccin3.Lo que en esta ocasin nos compete, la ciudad, respecto de la stira, ofrece ejem-plos insospechadamente ntidos de lo que acabo de escribir. En un primer momen-to, el ataque o la presentacin, segn el modo satrico, de una ciudad suele tener quever ms con el referente, con el lugar en el cual suceder o tendr lugar aquello quedebe ser reformado, que con el objeto interno de la crtica. El ataque virulento a unaciudad, en principio, se concentra ms en las personas que la habitan que en su natu-raleza especfica. Hace ya tiempo que la stira ciudadana, no simplemente urbana,forma parte de elementos estructurales de muchos relatos. La Biblia, sin ahondar enotras tradiciones, alude directamente a este modelo de presentacin de lo ideal y delo ficticio no lo confundamos frente a lo real. En sus libros suelen aparecer invec-tivas directas contra las ciudades capitales de otras civilizaciones que dominaron alpueblo judo y con el que se vio envuelto en luchas de poder constantes. El caso mscomn de Babilonia, segn Northrop Frye, se presume trasunto seguro en los Evan-gelios de la Roma triunfante que acababa de saquear Jerusaln poco antes de escri-birse el Apocalipsis (Frye 1988). An antes, en el Viejo Testamento, abundaban losejemplos de simbolizacin de una Jerusaln real-ideal, en tanto ciudad concreta ylugar sin pecado, frente a las conocidas Babilonia (la gran ramera), Sodoma, Gomo-rra, Tiro... La Jerusaln bblica, situada como el Edn en lo ms alto del mundo, seconfronta con otros pares que como ella son a la vez lugares concretos y espaciossimblicos. Con Babilonia se presenta un antisosias (con todo lo que supone de per-sonificacin mtica e histrica) ficcional que esconde todo aquello que se opone yoprime al pueblo judo, casi siempre presentado desde el exterior o invasivamente:primero la misma Babilonia que fue, luego otras, y finalmente Roma, la urbe porexcelencia del mundo antiguo. Lo que Frye llama parodia demonaca es tambinun referente que lucha contra otro y contra s mismo. Jerusaln, en su ntimo cora-zn, el Templo, debe de ser limpiada moral y fsicamente por Cristo. Tenemos aqu,plasmado en diversos momentos bblicos, el fundamento de la stira ciudadana: unataque objetivado en un espacio urbano existente y en otro imaginado, pero ste lti-mo ficcionalmente construido como si fuera un reflejo fiel del primero. Una ciudadcon sus calles, murallas y su ro, poblada de seres amenazadores y de pecado, y cuyadestruccin se pide como un ruego a Dios y se profetiza como veraz. El juego afec-ta incluso al tiempo, pues el derribo de sus muros, caso de Jeric, o su devastacintotal, habiendo sido en el pasado volver a ser en el futuro tanto para la ciudad real,Roma, como para ese clima inmoral o demonaco metaforizado. Adems, otra de lasideas-claves que afectarn a la formacin de un motivo emocional proclive a la sti-ra ciudadana, nace con la actitud antiurbana de la Biblia. Ya fuera como reaccin a3 Algunos aspectos tericos de la stira han sido tratados, junto con una bibliografa aproximativa, ms porextenso en un texto mo, Algunas consideraciones acerca de la stira, al que remito y que se encuentra encurso de publicacin en estos momentos por la Universidad Complutense de Madrid, dentro del volumencolectivo Claudio Guilln. Lecciones de un maestro.Felipe Gonzlez Alczar Elementos ficcionales en la stira de las ciudadesRevista de Filologa Romnica 992008, anejo VI, 97-107las mltiples invasiones de otras ciudades-estado o como oposicin de otros al cen-trismo jerosolimitano, la actitud antiurbana emerge como pronta apelacin a unavida rural mostrada en tanto otro trasunto paradisaco frente al lugar de vicio y corrup-cin por excelencia. La convivencia, en espacios por lo comn limitados y acotadospor murallas y fosos, de los hombres en mayor cercana y cantidad junta a las cla-ses sociales, a los buenos y los malos, permite el asilo del criminal, mezcla a indi-viduos y tambin favorece, con el hacinamiento y la falta de higiene, las enferme-dades. Aqu se organiza el vituperio en el modelo clsico del discurso mostrativo yagudiza an ms el extremo modelo binario que afecta a todo esquema satrico. Elcampo o la aldea son lugares de tranquilidad y reposo frente a la masa urbana enmovimiento constante. Virtud frente a vicio nunca se ofrecen tan crudamente comoen la formalizada descripcin realista del medio rural, a travs de metaforizacionesy de un estilo pausado y familiar, frente al ciudadano (en cuya descripcin abundanefectos tpicos del modo satrico desde hiprboles a otras figuras propias de la poe-sa ecfrstica: enargeia, hipotiposis, y evidentia). El satrico se permite alterar la rea-lidad para defenderla vuelta sobre el lector tan idealizada que, si no es gracias a cier-ta maestra tcnica, se vuelve a su vez pardica e inestable. Las variaciones han sidohistricamente insistentes sobre imgenes simblicas de los urbanitas como anima-les gregarios, o en todo caso, simplemente con algn grado de animalizacin y, des-de finales del XIX, mecanizacin. Los ejemplos carecen de valor por su extensonmero4.La presentacin satrica de una ciudad adquiere una vitalidad nueva y un distin-to enfoque en el mundo grecolatino. Una sociedad, la griega, cuya pujanza se soste-na por la rivalidad fraterna de una polis contra otra, tambin fue capaz de creer enla tesis de la superioridad moral del campesino sobre el ciudadano, aplicando comoStrepsades, el personaje de la comedia de Aristfanes, una idealizacin plasmadapoticamente en la poesa buclica y la novela pastoril. Los epigramas del libro XIde la Antologa Palatina recogen a menudo ataques a personajes por su pertenenciaa una ciudad determinada, casi todas capitales de pueblos de mala fama en cuyonombre se pronuncia la letra kappa: cretenses, carios, capadocios, corintios... (Orte-ga 2006). La actitud latina fue an ms radical debido a la idiosincrasia campesinadel imaginario romano, pueblo cohesionado en torno al ideal del pequeo propieta-rio rural, que nada teme del exterior. La satura, forma potica y modelo del gnerosatrico hasta el mundo moderno, nace ntimamente ligada a este ideario. Los poe-mas de Horacio y de Juvenal, sobre todo su conocidsima Stira III, abundan en pro-duccin de efectos contradictorios para presentar una pareja de opuestos casi impo-sible de convivirse: la descripcin descarnada del ambiente ciudadano frente alutopismo, cubierto con una adnica falsedad, de la vida campestre. El juego de ide-Felipe Gonzlez Alczar Elementos ficcionales en la stira de las ciudades4 Pido disculpas por remitir por tercera vez a un texto en prensa que se ha retrasado ms de lo debido. Setrata de mi aportacin al homenaje a Antonio Prieto en el IV Congreso Internacional de Humanismo y Per-vivencia del Mundo Clsico, celebrado en Alcaiz en 2005, titulada Un modelo de discurso humanstico: lastira guevariana en Menosprecio de corte y alabanza de aldea. All sealo detenidamente algunos proce-sos de la stira en tanto modelo de discurso determinado por una oscilacin o exposicin de contrarios sobreunos contextos imprecisos o idealizados.100 Revista de Filologa Romnica2008, anejo VI, 97-107alidad-realidad se vuelca en un doble referente, igualmente alejado de la vida, en queel espacio y el tiempo tienen mucho que decir. El espacio limitado, disgregado, tre-mendamente insano y peligroso de Roma, la Urbe por excelencia, frente a un cam-po arado y ordenado pero abierto y benigno. Junto a ello, la aoranza de los tiem-pos pasados, de una Edad de Oro que alguna vez existi no existiendo nuncaverdaderamente por su propia imposibilidad. El mensaje conservador a ultranza dela stira, por muy moderados y elevados moralmente que parezcan los tpicos quela adornarn en adelante, triunf con hondura en el mundo cristiano, y de all hastala modernidad. Por este camino transitaron todos los moralistas y satricos hasta laIlustracin. En el mundo moderno, desde los romnticos a los bohemios, si bien deuna manera sustancialmente diferente a los precedentes, los escritores aprendieron ajugar al ataque contra la sociedad a travs del rechazo de los aspectos sombros delas ciudades: desde los barrios ms humildes y las chabolas marginales hasta la uni-formizacin de la vida urbana en modas, gustos, actitudes...Pero las estrategias discursivas de la invectiva ciudadana se construyeron prin-cipalmente sobre el reverso del encomio. En el gnero retrico epidctico se dio for-ma a muchos tipos de textos de una larga tradicin que confluan en aquellos nexoscohesionantes de que habl antes: discursos fnebres, festivos, encomios de perso-najes reales o mitolgicos, y de ciudades, sobre todo de Roma. Los ejercicios ret-ricos abundan en consejos sobre cmo realizar el encomio de una ciudad para hala-gar al Emperador o para alimentar la conciencia cvica de la misma aludiendo a sustradiciones legendarias o a su historiografa. El ms famoso autor, para lo que aho-ra nos compete, de dos de estos tratados, Menandro, explica claramente cmo debe-mos encomiar una ciudad celebrando sus particiones (territorio en que est empla-zada, murallas, puentes, puertos...) y sus fines (origen y logros), esto es, los fines ylogros de sus ciudadanos (Menandro 1996). Tanto l como otros autores de obrassimilares coinciden en que el vituperio o ataque directo permanece unido al enco-mio en tanto su reverso al utilizar los mismos argumentos, por ser su opuesto o por-que se vitupera todo tanto como se alaba. El ejemplo tradicional nos remite al Dis-curso de la Corona de Demstenes y su ataque frontal a la patria de Filipo: Unhombre criado en Pela, paraje desconocido y pequeo, le cuadrara albergar en suinterior un ideal tan alto hasta el punto de desear ardientemente el dominio sobre losgriegos, [...] en cambio a vosotros que sois atenienses y que estis cada da viendomanifestaciones del valor de los antepasados... (Demstenes 1990: 136).El reverso del encomio, por decoro no se reproducen apenas ejemplos, basta parahacer muy ntido el conocimiento retrico de los escritores hasta tiempos relativa-mente cercanos, perpetuado en la imitacin de autores y en las polianteas de con-sulta obligada de los escritores como la archifamosa Officina de Ravisio Txtor5.Este ataque virulento posee mltiples facetas, tanto sobre la imagen visual-externao arquitectnica de la ciudad como sobre sus moradores. Teniendo en cuenta que una5 La primera edicin tuvo lugar en Pars, 1520, por Reginald Chauldire, Io. Ravisii Textoris Officina... Estaobra, heredera de tantos textos eruditos clsicos y medievales, fue retitulada, reconstruida y reconvertida enalgo que ni el mismo autor reconocera en sus consultadsimas ediciones de los siglos XVI-XVII.Felipe Gonzlez Alczar Elementos ficcionales en la stira de las ciudadesRevista de Filologa Romnica 1012008, anejo VI, 97-107stira es, a fin de cuentas y en palabras del doctor Johnson, la censura de las malda-des de los hombres, no parece demasiado inclinada a pararse en la ridiculizacin deciudades que no existen cuando tiene ante s el inmenso caudal imaginable de actoshumanos de sus pobladores para ofrecer un muestrario de todo aquello que debemosevitar, incluida la misma sociedad.La crtica satrica y no quiero decir burlesca, festiva o irnica cuando se detie-ne en describir inversamente una ciudad lo lleva a cabo siempre en comparacinde magnitudes con un modelo de alabanza y rdenes armoniosos. Todo encomioes comparativo e igualmente todo vituperio. Pero al proponerse casi siempre unenvs de perfeccin sobre el que proyectar el espejo deformante, el proceso fic-cional denota ms claramente el proceso literaturizador, ms pleno e independien-te del imperativo de verosimilitud, ms cercano al juego potico que al convenci-miento retrico. Pensemos en la Historia de fray Gerundio de Campazas, cuandoel padre Isla parodia el estructurado exordio de los gneros histricos. Comenzan-do por las fuentes: Campazas es un lugar que no hizo mencin Tolomeo en suscartas geogrficas [...] y es que se fund como mil y doscientos aos despus dela muerte de tan insigne gegrafo [...] (Isla 1991: 53-54). Despus, todo el textose inspira pardicamente en el encomio de las ciudades con las que compara a Cam-pazas, Madrid, Londres o Constantinopla, en cuyo contrasmil hace repaso a mag-nitudes que no existen ni imaginativamente, pero que forman parte de un posibledeseo de sus habitantes por construir edificios suntuosos o por conseguir que el roinnominado pasase por en medio. Todo el primer captulo juega abiertamente conla falta de singularizacin da lo mismo nacer o morar aqu que en otro lado jun-to con la necesaria, determinante y sealadora pertenencia a este lugar concreto, ycon la tensin generada por el vituperio: el hroe de su novela proviene de una ciu-dad cuyo nombre etimolgicamente no permite sospechar que fuera fundada porHrcules o Apolo y cuyos ilustres ciudadanos, las lumbreras del lugar, nos hacensospechar de su inteligencia jugando el autor con la fcil pero muy efectista sino-nimia de los apellidos: Borrego, Ovejero o Cebolln6.Este juego de contrarios, poniendo frente a frente capitales con villorrios seincrust en el modo satrico desde la misma Antigedad. Todo empeo por cons-truir un hroe o antihroe, lo hemos visto en Demstenes, suele comenzar pordemostrar su pertenencia a un lugar especial, y si se trata de una ciudad, sta debadescribirse como particularmente laudable, por su nombre, sus grandezas o laFelipe Gonzlez Alczar Elementos ficcionales en la stira de las ciudades6 Merecera la pena reproducir aqu casi todas las primeras pginas del captulo primero. Solamente medetengo en la singular manera de expresar la deliberada inconcrecin sobre el lugar y extensin de Campa-zas frente a modelos prestigiosos: Su situacin es en la provincia de Campos, entre poniente y septentrin,mirando derechamente hacia ste, por aquella parte que se opone al Medioda. [...] y no es culpa suya que nosea tan grande como Madrid, Pars, Londres y Constantinopla, siendo cosa averiguada que por cualquiera delas cuatro partes pudiera extenderse hasta diez o doce leguas, sin embarazo alguno. Y si, como sus celeb-rrimos fundadores (cuyo nombre no se sabe) se contentaron con levantar en ella veinte o treinta chozas, quellamaron casas por mal nombre, hubieran querido edificar doscientos mil suntuosos palacios con sus torresy chapiteles, con plazas, fuentes, obeliscos y otros edificios pblicos, sin duda sera hoy la mayor ciudad delmundo (Isla 1991: 53).102 Revista de Filologa Romnica2008, anejo VI, 97-107importancia de sus gentes. Y ha sido sea indeleble del cambio de las mentalida-des, ejemplo interesado de la crtica al poder corrupto del Avin papal en Dan-te o a la misma Curia, con independencia de la ciudad habitada por ella, en la poe-sa goliardesca. Aunque el Renacimiento se abre con la admiracin elogiosa delas ruinas romanas7, si bien ya meditativamente inspirada en la destruccin moral,avanza indeleble hacia el gran burdel en que se convirti la Roma vivida y con-tempornea que provoca nuevamente su destruccin como explica Delicado alfinal de su Lozana andaluza (Delicado 1990: 259-260). Nuestro muy urbano Siglode Oro, como anteriormente la Edad Media con sus itinera, mirabilia y laudesurbis, abunda en el uso de este tpico. Cervantes no tuvo empacho en jugar conl hasta la saciedad: desde los Anales manchegos al lugar que ni siquiera mereceser nombrado y las continuas comparaciones pardicas entre los castillos y ciu-dades que abundan en los libros de caballeras (dicho sea de paso, se describencomo formalizaciones prescindibles e intercambiables) con las humildes ventasdel camino y sus hospederos, viajeros y prostitutas. Conforme el hroe abre sufondo ms ntimo y realista va siendo posible encontrar una culminacin des-criptiva libre de estas poetizaciones ldicas a travs del elogio de Barcelona, porejemplo de su puerto, al final de la novela (Cervantes 2004: 1019).En el dominio de lo satrico no cabe duda de que la maestra de Quevedo, acu-diendo a un socorrido pero slido modelo (aun pudiendo haber propuesto a algnotro autor menos popular hoy no por justa comparacin como Bartolom Leo-nardo de Argensola, maestro de la ortodoxa stira horaciana hasta en la cannicautilizacin hispana de los tercetos encadenados), ofrece un amplio muestrario devariaciones sobre el vituperio de la ciudad, concretamente de Madrid, presentecomo espacio y situacin necesaria del desenvolvimiento de sus criaturas. Noimporta si parece conducirlos a travs de una simblica calle mayor en El Mun-do por de dentro, indudable paralelismo con la calle Mayor madrilea, donde yomismo he paseado a menudo gran parte de mi vida por vecindad, o si les hacevivir para su desdicha de casados, por si sta no fuera suficiente, entre un herra-dor y un tartamudo (Quevedo 1981: 615); cualquiera de las ciudades quevedia-nas son la capital de los Austrias. Y su Madrid, comparado con la emergente Valla-dolid (poema 737)8, no deja de ser la misma ciudad que se compara consigomisma y queda deslucida en la prdida de la capitalidad, pues por s sola tampo-co despiertan admiracin su clima, sus calles, edificios o el tan burlado Manza-nares (poema 781)9. La raz ntima del espritu satrico de Quevedo, tan honda-7 Por ejemplo, los modelos paradigmticos de la Roma instaurata (1446) de Flavio Biondo, reconocido padrede la arqueologa clsica y de la Ruinarum Romae descriptio (1448) de Poggio Bracciolini.8 Todo el romance es una parodia de la laus urbis desmontando los elementos tpicos: [] No quiero ala-bar tus calles, / pues son, hablando de veras, / unas tuertas y otras bizcas, / y todas de lodo ciegas. / A fuer-za de pasadizos, / pareces sarta de muelas, / y que cojas son tus casas, / y sus puntales muletas. [...] / Quedigan mal de tus fuentes, / ni me espanta ni me aterra; / pues por malas y por sucias, / parecen hechas en pier-nas / [...] (Quevedo 1981: 929).9 Con la ciudad desolada por el traslado de la Corte, Madrid importa ms por sus condiciones naturales,envueltas en la misma tristeza que asola a toda la ciudad. Quevedo busca un pretexto para simular una Felipe Gonzlez Alczar Elementos ficcionales en la stira de las ciudadesRevista de Filologa Romnica 1032008, anejo VI, 97-107mente admirado, goza al usar todos los posibles esquemas vituperadores para paro-diar gneros histricos menores, como los itinerarios (poema 751, en el que sedetiene a desmontar el encomio de la ciudad imperial)10; tpicos (poema 711, elya profusamente citado aqu del menosprecio de la corte)11; o los mirabilia ciu-dadanos, como aquel soneto (poema 565)12 en que se celebran como maravillasencontradas en Madrid por los acompaantes del Duque de Humena las enfer-medades venreas que llevaron consigo de vuelta a Francia. Juega tambin conlos smbolos de pertenencia (por ejemplo, todos aquellos en que Gngora es cri-ticado por su procedencia cordobesa o andaluza), con el lamento moral por la ciu-dad en ruinas o con la alabanza de la aldea al revs (poema 711): en su Torre deJuan Abad medita sobre lo que deja atrs y le viene a la mente, como en las sti-ras literarias contra la poesa buclica, las verdaderas incomodidades de la vidaen el campo, donde se aburre mirando a las eras y a esas mujeres vestidas confaldas de cilicio y presume de imaginar que los pellicos son de brocado, laserranas ngeles y los ejidos ciudades13.Apenas me he detenido en la dimensin moral de la crtica concreta a los ciu-dadanos. Contemos con que la censura se figura intencionalmente mejoradora deacciones humanas dignas de amonestacin. Por ello, el subterfugio educativo queenvuelve a todas las stiras no se para nicamente en las ciudades, pero s tieneen ellas un semillero productivsimo al encontrarse la sociedad desnuda frente ala mscara satrica. Los ciudadanos, juntos y revueltos, hacinados y mezclados,resultan ms proclives al bistur que los anglicos aldeanos, a pesar de habitarun lugar que proporciona mayores derechos y oportunidades14. Es la ciudad elFelipe Gonzlez Alczar Elementos ficcionales en la stira de las ciudadesenseanza moral: [...] Babilonia destruida / por confusin de las lenguas, / levantada por humilde, / derri-bada por soberbia. / Eres lstima del mundo, / desengao de grandezas, / cadver sin alma, fro, / sombrafugitiva y negra, / aviso de presunciones, / amenaza de soberbias, / desconfianza de humanos, / eco de tusmismas quejas / [...] (Quevedo 1981: 1097).10 De camino hacia su casa manchega hace un alto en Toledo y no detiene su verbo ni ante el ingenio de Jua-nelo Turriano: [...] Vi una ciudad de puntillas / y fabricada en un huso; / que si en ella bajo, ruedo, / y tre-po en ella, si subo. / Vi el artificio espetera; / pues en tantos cazo pudo / mecer el agua Juanelo, [...] / En fin,la imperial Toledo / se ha vuelto, por mudar rumbo, / repblica de botargas, / en donde todos son justos / [...](Quevedo 1981: 974). El resto del camino, por tierra manchega, reincide en la parodizacin de tantas famo-sas caminatas por frtiles tierras de pastores y buclicos paisajes entre heladas primaverales sobre Segura dela Sierra.11 A manera de esquema formal de naturaleza comparativa, pues su aldea slo es posible como oposicin alMadrid que ha dejado atrs: [...] Aqu me sobran los das, / y los aos fugitivos / parece que en estas tierras/ entretienen el camino. / No nos engaitan la vida / cortesanos laberintos, / ni la ambicin ni soberbia / tie-nen por ac dominio. [...] / Los taberneros de ac / no son nada llovedizos, / y ans hallarn antes polvo / quehumedades en el vino / [...] (Quevedo 1981: 858-860).12 Baste recordar el primer cuarteto y el terceto final: Vino el francs con botas de camino / y sed de verlas glorias de Castilla; / y la corte, del mundo maravilla, / le sali a recibir como convino. [...] / Y hasta lastrongas de Madrid peores / los llenaron a todos de caballos / y mal francs al buen francs volvieron (Que-vedo 1981: 582-583).13[...] Que para m que deseo / vivir en el adanismo, / en cueros y sin engaos, / fuera de ese paraso, / deplata son estas breas, / de brocado estos pellicos, / ngeles estas serranas, / ciudades estos ejidos. / [...](Quevedo 1981: 861-862).14 El Canciller Ayala recomendaba al rey que reparase las villas con buenos muros e muchas libertades,en cuya convivencia se fomentaran las buenas costumbres y el sosiego suficiente para castigar maldales104 Revista de Filologa Romnica2008, anejo VI, 97-107medio elemental de todas estas composiciones que tienden a la misantropa con-forme los escritores empiezan a sospechar que sern como aquel que clamaba enel desierto, incapaz de que su mensaje sea odo y por tanto efectivo. La stira, ensu lbil discurso, tambin apela, pese a todo, a la cohesin social, ms an enaquellas sociedades que crean que se salvaran o se condenaran juntas. Por ello,una tacha moral se extiende a toda una ciudad15 con sorprendente naturalidad yse afronta con el subterfugio de la solucin purgativa. Los vicios de los ciuda-danos concretos pueden volverse maana contra los de la ciudad vecina con slocambiar el nombre de los lugares concretos. De nuevo, pues, el elemento com-parativo en funcin de la intencin literaria del autor, que ahora se carga de unvalor universal.Esta pretensin de imaginar y de comparar nos devuelve al comienzo de nues-tras indagaciones. Qu tipo de contextualizacin necesita la stira de las ciuda-des para parecernos plena de sentido y no un artificio de mecnica compositiva,como nos sugieren muchos versos trados aqu en nuestro obligado magro repa-so quevediano? La ciudad trasmutada en la Urbe, al modo en que lo fue inventa-damente Roma y despus cualquier otra que queramos incluir, con sus caprichos,miserias y tambin criterios morales extensivos a todos, posee semiticamente unvalor de individuacin y de generalizacin que es aprovechado en todas las po-cas por las composiciones satricas. En los textos trados a colacin aqu, el refe-rente acta como un elemento necesario y aglutinador, cuando no en otros mode-los ntegramente urdidos sobre la misma ciudad: el Madrid nunca descrito sinoplasmado visualmente a travs del nombre concreto de sus calles, plazas y edifi-cios de las Visiones de Torres Villarroel, o nuevamente el Madrid de espacios inte-riores frente a la opulencia sevillana en los vuelos de don Cleofs y el Estudian-te en el Diablo Cojuelo16. De alguna manera, aunque la reprensin moral se objetivedecorosamente sobre el pecado y el vicio en abstracto, siguiendo el horacianopropsito parcere personis, dicere de vitiis, la capacidad de impregnacin de lastira precisa de una carnalizacin objetiva. Ya afirmaba Francesco Sansovino ensu Discorso sopra la materia della satira de 1560 que sta requera la verdad des-(Lpez de Ayala 1982: 214). Ms adelante, entre las IX cosas para conoser el poder del rey, no duda enconsiderar: [...] Que sean las sus villas de muro bien firmadas, / grandes torres e fuertes, altas e bien mena-das, / las puertas muy fermosas e mucho bien guardadas, / que diga quien las viere que estn bien ordenadas./ [...] (Lpez de Ayala 1982: 237).15 Que esto viene de antiguo no precisa demostracin y lleg a convertirse en un hecho tan real que forma-ba parte del derecho de guerra para sitiar una ciudad. Sin ir ms lejos, sin tratarse de una stira, tenemos unbellsimo ejemplo del Romancero tradicional en el romance del cerco de Zamora. Diego Ordez, el retador,no para ante vivos y muertos, mujeres y nios, ros y peces, los que que habrn de nacer... Ante la queja deArias Gonzalo, buscando alguna lgica humanizadora en ese reto, la respuesta es sobrecogedora: Traidoresheis todos sido (Daz Roig (ed.) 1984: 146).16 Sobre la diferente manera de afrontar la descripcin de las ciudades, merece la pena recordar el efectosatrico evidente que sentimos como lectores en el hecho de que el pcaro Guzmn viaje a ciudades quedeban provocar en l un detenimiento y una admiracin detenidos: las excelencias de Florencia, de Gno-va, o a su vuelta a Espaa, en itinerario de Barcelona a Sevilla, son despachadas con un simple calificati-vo. Apenas si describe despaciosamente, en pocas lneas, por contraste, la ciudad de Zaragoza (Alemn1983: 736).Felipe Gonzlez Alczar Elementos ficcionales en la stira de las ciudadesRevista de Filologa Romnica 1052008, anejo VI, 97-107nuda y abierta17. La stira de una ciudad puede serlo de todas en tanto este mododiscursivo se aboca a la frontera oscilante entre lo ficticio-imaginativo y lo, enapariencia, real. Poco importan los lugares concretos cuando el modelo descrip-tivo se presume compatible con todas las ciudades posibles; en consonancia conello el satirgrafo rompe ese modelo, lo comprime y lo deforma. Cuando conoceperfectamente los lmites de su oficio, la simulacin y el juego constante con elcontexto extratextual conforman el elemento clave ms perturbador. Ello refierea que el mensaje de la stira es un mensaje conocido de antemano, sin progresin,tremendamente conservador y formalmente audaz.Concluyamos, por tanto, sealando por muy epidrmico que parezca que elmodelo de la stira de las ciudades ha actuado como un subterfugio ms del modosatrico. Tanto le ha interesado reproducir una ciudad ficticia o concreta comojugar con un modelo de construccin textual en el que la relacin con su referentese torna imposible por indirecta. La invectiva incluso, cargada de necesarios par-ticularismos, suele ejercer un criterio comparativo, destinando uno de los dos ele-mentos de dicha comparacin, o ambos al unsono, al proceso de ficcionalizacinnecesario para confrontar realidad e invencin, objetividad y subjetividad, atra-vesando una dbil frontera entre lo literario y lo expositivo-confesional, y portanto, de propsito veraz. Muchas veces, el inters en provocar en los lectores unrechazo hacia una persona, un vicio o una ciudad genera en nosotros, en cuantotales lectores, una oscilacin entre el hallazgo de elementos objetivos como lacapacidad de evocar hechos o lugares conocidos por todos y el rechazo unilate-ral y particularsimo que brota de una (mala) disposicin personal. Sobre ese movi-miento ldico interminable y contradictorio descansa, entre otros principiosigualmente necesarios e intrnsecos, de los que no ha cabido hablar aqu hoy, eldiscurso satrico.BIBLIOGRAFAALEMN, Mateo (1983): Guzmn del Alfarache. Edicin de F. Rico. Barcelona: Pla-neta.ARISTTELES (1974): Potica. Edicin trilinge de V. Garca Yebra. Madrid: Gredos.ASENSI PREZ, Manuel (2003): Historia de la Teora de la Literatura I. Valencia: Tirantlo Blanch.CERVANTES, Miguel de (2004): Don Quijote de la Mancha. Edicin conmemorativa de laReal Academia Espaola, texto al cuidado de Francisco Rico. 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