matheson richard - duelo y otros relatos

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  • INDICE

    DUELO

    EL EXAMEN

    EL TERCERO A PARTIR DEL SOL

    NACIDO DE HOMBRE Y MUJER

    EL FLORECIMIENTO DE LAS

    CORTESANAS

    E L HE RM ANO D E LAS M Q UINAS

    LOS VAMPIROS NO EXISTEN

  • DUELO

  • DUELO RICHARD MATHESON

    A las 11 y 32 de la maana, Mann pas al camin. Se diriga hacia el oeste, con rumbo a San Francisco. Era jueves y extraamen-te caluroso para ser abril. Se haba quitado la chaqueta del traje y la corbata, y su camisa luca el cuello abierto y sus puos estaban arremangados hasta los codos. La luz del sol baaba su brazo izquierdo y parte de su regazo. Poda sentir el calor atravesando sus pantalones oscuros mientras conduca por la carretera estatal de dos carriles. En los ltimos veinte minutos, no haba nota-do ningn otro vehculo transitando en una direccin o en la otra. Entonces vio al camin adelante, remontando un tramo en pendiente entre dos altas colinas verdes. Pudo sentir la traccin demoledora de su motor y vio una sombra doble en la carretera. El camin acarreaba un acoplado. No prest especial atencin a los detalles del camin. Al ubicarse detrs de l, enfil su coche hacia el carril opuesto. La carretera presentaba adelante mu-chas curvas ciegas y no se anim a adelantarse hasta que el camin hubiera cruzado las colinas; as que esper hasta que el camin rodeara una curva hacia la izquierda en el descenso; entonces, viendo el camino libre, pis el ace-lerador y dirigi su coche por la senda opuesta. Mantuvo la velocidad hasta que pudo ver al camin en el espejo retrovisor antes de volver al carril dere-cho. Mann observ el panorama rural que se le presentaba por delante. El horizonte era una serie de cadenas montaosas hasta donde poda divisar y todo alrede-dor, verdes colinas onduladas. silb suavemente mientras desaceleraba el co-che y sus neumticos crepitaron en el pavimento. Al pie de la colina, atraves un puente de concreto y, volviendo su mirada hacia la derecha, vio un riachuelo seco cubierto de rocas y grava. Mientras se alejaba del puente, not un parque de casas rodantes acampadas al costado de la ruta. Cmo podra alguien vivir en estos lugares? pens. Al ver el letrero CEMENTERIO DE MASCOTAS sonri. Tal vez a las personas en esos remolques les guste estar cerca de las tumbas de sus perros y sus gatos. Ahora, la carretera por delante era una lnea recta. Mann, siempre con el sol en su brazo y en su regazo, se abandon a la deriva de sus pensamientos. Se pregunt que estara haciendo Ruth en estos momentos. Los nios, natural-mente, estaran en la escuela y volveran a casa en algunas horas. Tal vez Ruth estuviera de compras; los jueves son los das en que ella usualmente sa-le. Mann la visualiz en el supermercado, metiendo artculos diversos en la ca-nasta del carrito. Dese estar con ella, en lugar de emprender este ensimo viaje de ventas. Le quedaban an algunas horas de recorrido antes de alcanzar San Francisco; tres das pernoctando en hoteles y comiendo en restaurantes, con la esperanza de conseguir algunos contactos interesantes y desde luego, las probables decepciones. Suspir; luego, impulsivamente, estir el brazo y prendi la radio. Hizo girar el sintonizador hasta encontrar una estacin que transmita msica suave, innocua. Canturre un poco, con los ojos casi fuera de foco en el camino por delante. Se qued aturdido cuando el camin se le adelant atronadoramente sobre su izquierda, haciendo oscilar ligeramente el auto. Observ al camin y su aco-plado cerrarle el paso abruptamente sobre su carril y frunci el ceo al tener que aminorar la marcha para mantenerse a una distancia segura del acoplado. Qu pasa contigo? Pens.

  • DUELO RICHARD MATHESON

    Le dirigi al camin una mirada escrutadora. Era un enorme transporte de combustible, remolcando un tanque cisterna, cada uno de ellos con seis pares de ruedas. No era nuevo: estaba oxidado aqu y all y lleno de abolladuras, casi a punto de jubilarse. Los tanques estaban pintados torpe y descuidada-mente, de un color entre plateado y sucio. Mann se pregunt si ese trabajo de pintura lo habra hecho el camionero por s mismo. Su mirada deriv desde la palabra INFLAMABLE impresa en la parte trasera del tanque del acoplado, le-tras rojas sobre un fondo blanco, hasta las lneas paralelas de pintura roja re-flectante que bajaban y se perdan en la mugre de los inmensos faldones de caucho, que aleteaban cimbreantes tras las ruedas traseras. Las lneas reflec-tantes lucan como si hubieran sido toscamente pintadas con un estncil. El conductor debe ser un transportista independiente, pens, y no muy prspero, dado el aspecto general de su transporte. Le dio una ojeada a la matrcula del remolque. Era de California. Mann cheque su velocmetro. Se mantena estable a 85 kilmetros por hora, como haca siempre cuando conduca en carretera abierta. El camionero ha de-bido moverse por lo menos a 115, para haberlo pasado tan rpidamente. Eso pareca un poco extrao. No se supone que los camioneros estn obligados a conducir a una velocidad prudente? Hizo una mueca de asco al recibir el olor del cao de escape del camin y lo mir. Era un tubo vertical a la izquierda de la cabina. Expulsaba un humo tan espeso que formaba una nube que oscureca el costado y la parte trasera del acoplado. Cristo, pens. Con toda la manija que se est dando sobre la conta-minacin ambiental, Por qu se sigue tolerando esta clase de cosas en las ca-rreteras? Ceudo por la constante humareda, experiment una pequea nusea. Saba que no poda quedarse detrs del camin mucho tiempo. Tendra que adelan-tarse al camin otra vez o disminuir la velocidad, pero no poda darse el lujo de retrasarse; ya bastante atraso tena. Si segua manteniendo los 85 kilmetros por hora hasta el final, apenas llegara a tiempo para su cita de esta tarde. No, tendra que adelantarse. Oprimiendo el acelerador, gir a la izquierda hacia la senda opuesta. Ningn vehculo adelante. El trfico de hoy en esta ruta pareca casi inexistente. Acele-r a fondo y comenz a adelantarse al camin. A medida que lo pasaba, lo fue recorriendo con la vista. La cabina del conduc-tor estaba demasiado alta para ver adentro. Todo lo que pudo llegar a divisar fue el dorso de la mano izquierda del conductor en el volante. Era robusta y oscuramente bronceada, con grandes y nudosas venas. En el momento en que Mann pudo ver el camin en el espejo retrovisor, gir de regreso a la mano derecha de la ruta. Sorprendido por un insistente y explosivo trompetazo de la bocina regres la vista al espejo retrovisor. Qu fue eso? Un saludo o una maldicin? Se pre-gunt, gruendo divertido, siempre con los ojos fijos en el espejo. Los roosos guardafangos delanteros del camin eran de un color entre prpura y rojo, y la pintura luca opaca y descascarada; otro trabajo de novato. Todo lo que se po-da ver era la porcin inferior del camin; el resto estaba recortado por la parte superior de su parabrisas trasero.

  • DUELO RICHARD MATHESON

    Ahora, Mann dirigi la mirada a su derecha. Vio una cuesta de terreno esquis-toso, como tierra con parches de maleza y cubierto de hierba. Su vista se fij en la casita de madera encima de la cuesta. La antena area en su techo se combaba en un ngulo de casi 40 grados. Debe dar una gran recepcin, pens. Mir hacia el frente otra vez, apartando la vista abruptamente hacia un tosco cartel de aglomerado pintado a la brocha en letras maysculas: CARNADA PA-RA REPTANTES NOCTURNOS Qu diablos sera un reptante nocturno? se pre-gunt. Sonaba como a algn monstruo de pelcula clase B. El inesperado rugido del motor del camin le hizo volver su mirada precipita-damente al retrovisor y, alarmado, cheque el espejo lateral izquierdo. Por Dios, este tipo me est pasando de nuevo. Mann volte su cabeza para mirar sulfurado la forma del leviatn que estaba adelantndosele. La cabina segua fuera de su campo visual. Qu le pasa a este tipo? se pregunt. Qu cuernos cree que tenemos aqu, una competencia? Ver que vehculo puede quedarse adelante ms tiempo? Pens en acelerar para quedarse adelante pero cambi de idea. Cuando el ca-min y el acoplado recuperaron la mano derecha delante de su auto, Mann afloj el acelerador, soltando un sonido de incredulidad cuando se dio cuenta que si no hubiera bajado la velocidad, el camin le hubiera cortado nuevamen-te el paso. Cristo, pens. Qu le pasa a este tipo? Su malhumor aument cuando la oleosa pestilencia del cao de escape del camin alcanz su nariz otra vez. Irritado, gir con violencia la manija de la ventanilla y la cerr. Maldita sea, pens Voy a tener que respirar esta porque-ra todo el camino hasta San Francisco? No poda permitirse aminorar la velo-cidad. Tena que entrevistarse con Forbes a las tres y cuarto de la tarde s o s. Mir adelante. Al menos no haba trfico complicando el asunto. Mann pis el acelerador, ubicndose cerca por detrs del camin. Cuando la carretera se curv lo suficiente como para darle una vista completamente libre del camino, pis a fondo el acelerador y se apost en la mano opuesta. El camin se le tir encima, bloquendole el paso. Por algunos segundos, todo lo que pudo hacer Mann fue mirar aturdidamente hacia adelante. Luego, con un gemido alarmado, aminor impulsivamente la marcha, regresando a la mano derecha. El camin se movi para volver a que-dar delante de l. Mann no poda permitirse aceptar qu aquello aparentemente haba tenido lu-gar. Tena que haber sido una coincidencia. Ese camionero no poda haberlo bloqueado a propsito. Esper ms de un minuto, entonces prendi la luz de giro para dejar en claro cuales eran sus intenciones y, oprimiendo el acelera-dor, enfil otra vez hacia el carril izquierdo. Inmediatamente, el camin cambi de posicin, cortndole el paso. CRISTO! grit Mann, completamente asombrado. Esto era increble. En los veintisis aos que llevaba manejando un auto, jams haba visto algo pareci-do. Regres al carril derecho, negando con la cabeza al ver que el camin haca lo mismo. Desaceler un poco, tratando de ubicarse fuera del alcance del humo del esca-pe.

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    Y ahora, qu? se pregunt. San Francisco an lo esperaba. Por qu en nom-bre de Dios no se desvi al principio del viaje para tomar cmodamente la au-topista estatal? Esta condenada carretera era de dos carriles hasta el final. Impulsivamente, aceler hacia la izquierda otra vez. Para su sorpresa, el ca-mionero no lo cerr. En lugar de eso, asom su tostado brazo izquierdo y lo onde, hacindole la seal de paso. Mann comenz a acelerar. Repentinamen-te, afloj el pedal con un jadeo y gir el volante tan bruscamente para enfilar-se tras el camin, que la parte trasera del auto comenz a culebrear. Mientras luchaba por recuperar el control, un descapotable azul pas como un rayo en sentido contrario. Mann consigui captar una visin momentnea de la iracun-da mirada de su conductor. Respirando agitadamente, Mann recobr el control de su auto otra vez. Su corazn lata casi dolorosamente. Por Dios! Pens, Quiso mandarme al choque contra ese auto! Este pensamiento lo galvaniz. Aunque, debera haber comprobado por s mismo que la carretera adelante estuviese libre; ESE fue su error. Pero no paraba de hacer seas con la mano... Mann se sinti consterna-do y enfermo. Ay, Dios, Ay, Dios, pens. Esto es realmente un caso de estudio. Ese hijo de puta habra querido estrellarlo porque s, slo para contemplar el espectculo? Se neg a dejar entrar esa idea en su cabeza. En una carretera de California, en una maana de jueves? Por qu? Mann trat de calmarse y racionalizar el incidente. Tal vez es el calor, pens. Tal vez el camionero estaba estresado o le dola el estmago; tal vez las dos cosas. Quizs haba tenido una pelea con su esposa anoche; quizs ella le haba dicho esta noche no. Mann trat en vano de sonrer. Podra existir un sinfn de motivos. Estir el brazo y apag la radio. Esa msica alegre empeza-ba a irritarlo. Por varios minutos, mantuvo su distancia detrs del camin. Su cara era una mscara de animosidad. Cuando la humareda empez a asquear su estmago, repentinamente apoy la palma derecha sobre la barra de la bocina y la mantuvo apretada all. Viendo que la ruta adelante estaba despejada, pis el pedal del acelerador y se dirigi al carril opuesto. El movimiento de su coche fue igualado inmediatamente por el camin. Mann se mantuvo en su curso, con su mano oprimida en la barra del claxon. Qutate del medio, hijo de una gran puta! Vocifer en su cabeza. Poda sentir los msculos de su mandbula endurecindose con dolor. Hubo una contorsin en su estmago. MIERDA! Intempestivamente volvi al carril derecho, estremecindose furioso. Eres un miserable hijo de puta mascull, fulminando con la mirada al ca-min, mientras ste recuperaba su posicin delante de l. Pero qu diablos pasa contigo? Te pas un par de veces y te hice perder la cordura? Ests dro-gado, loco o qu? Mann asinti con la cabeza tensamente. S, eso es. No hay ninguna otra explicacin. Se pregunt qu pensara Ruth acerca de todo esto y cmo hubiera reacciona-do ella. Probablemente, ella hubiera empezado a tocar la bocina y continuara hacindolo porfiadamente, asumiendo que quizs atraera la atencin de un polica. Mir alrededor con un gesto spero. Y dnde diablos encontrara poli-

  • DUELO RICHARD MATHESON

    cas aqu afuera? Hizo un chasquido de burla. Aqu, en el culo del mundo? Probablemente un sheriff a caballo, por el amor de Dios. Repentinamente se pregunt si podra engaar al camionero pasndolo por la derecha. Enfil hacia la banquina, mirando cauteloso hacia adelante. Ni soar-lo. No haba espacio suficiente. El camionero podra arrojarlo de un empujn a travs de esa cerca alambrada, si quisiera. Mann tembl. Y sin duda lo hara, pens. Mientras conduca, fue tomando conciencia de la cantidad de basura que yaca al costado de la carretera: latitas de cerveza, envolturas de caramelo, cartonci-tos de helados, papel de diario amarillento y ajado por el clima, un cartel de madera rotulado SE VENDE partido por la mitad. Conservemos limpio el pas, pens sarcsticamente. Pas una roca grande y redonda con el nombre WILL JASPER pintado con cal. Quin sera Will Jasper? se pregunt. Qu pensara l acerca de esta situacin? Inesperadamente, el auto comenz a brincar. Por un instante, Mann pens que una de sus llantas se haba desinflado. Luego not que la pavimentacin a lo largo de esta seccin de carretera consista en lomitas de burro. Vio que el camin tambin saltaba y pens: Espero que se te den vuelta los sesos. Mientras el camin enfrentaba una brusca curva a la izquierda, Mann pudo vislumbrar fugazmente la cara del camionero reflejada en el espejo late-ral de la cabina. No pudo distinguir lo suficiente como para establecer su apariencia. Ah musit. Una colina larga y pronunciada se perfilaba adelante. El camin tendra que escalarla lentamente. Sin duda, all habra una oportunidad para adelantrsele. Mann aceler, acercndose al camin tanto como la seguridad se lo permitiera. Casi a la mitad de la cuesta, Mann vio que el carril izquierdo se elevaba sin tr-fico alguno en cualquier parte donde mirara. Pisando el pedal del acelerador, se dispar hacia la mano opuesta. El camin, que se mova trabajosamente, comenz a arquearse enfrente de l. Con su rostro agarrotado, Mann dirigi su coche a toda velocidad a travs del borde del peralte esquivando la maciza trompa de la mole, derrapando en la banquina y levantando una espesa nube de polvo y tierra, hacindole perder de vista el camin. Sus llantas zumbaron y crujieron en el ripio; luego, repentinamente, saborearon el pavimento otra vez. Cheque el espejo retrovisor y un ladrido de risa hizo erupcin desde su gar-ganta. Slo haba tenido la intencin de pasar. El polvo haba sido un extra in-esperado. Dejemos que este bastardo olfatee algo de su propia mierda para variar! Machac el claxon gozosamente, con un ritmo burln de bocinazos. Jdete, amiguito! Irrumpi en la cima de la colina. Un panorama sublime se tenda por delante: cerros soleados y llanuras, un co-rredor de rboles oscuros y parches cuadrangulares cultivados de un color ver-de claro; a lontananza, una torre acufera. Mann se sinti relajado. Hermoso, pens. Encendi la radio y comenz a canturrear con la msica.

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    Siete minutos ms tarde, pas junto a una cartelera publicitaria: CAFETERIA DE CHUCK. No, gracias, Chuck murmur. Distradamente, divis una casa gris construida en una hondonada. Que ser eso...? Un cementerio en el patio delantero o un grupo de estatuas de yeso en venta? Oyendo un distante rumor detrs de l, Mann mir el retrovisor y sinti el fro del miedo recorrerle el cuerpo. El camin se estaba lanzando cuesta abajo en la colina, siguindolo. La boca se le abri involuntariamente y cheque el velocmetro. Iba a Ms de 90! En un descenso curvo, esa no era una velocidad segura para conducir; pe-ro el camin deba estar excedindola por un margen considerable, y la distan-cia entre ellos disminua rpidamente. Mann trag saliva, mantenindose sobre su derecha mientras tomaba una curva cerrada. De veras est loco, pens. Su mirada se fij adelante, escrutadora. Haba visto un desvo a menos de me-dio kilmetro adelante y se decidi a tomarlo. En el espejo retrovisor, la enor-me grilla cuadrada del radiador era todo lo que poda ver ahora. Pis violenta-mente el acelerador y sus llantas chirriaron fastidiosamente mientras enfrenta-ba otra curva, convencido que el camin tendra que verse forzado a desacele-rar. Solt un gemido cuando lo vio redondear la curva con facilidad; slo el balan-ceo de sus inmensos tanques revelaron el esfuerzo que haba invertido en gi-rar. Temblando, Mann se mordi los labios mientras se lanzaba alrededor de otra curva. Un descenso directo ahora. Oprimi el pedal con ms fuerza, mi-rando de reojo el velocmetro. Casi 100 kilmetros por hora! No estaba acos-tumbrado a conducir as! Desesperado, vio pasar el desvo velozmente sobre su derecha. De cualquier manera, nunca hubiera podido haber salido de la ruta a esa velocidad; se habra volcado. Maldito seas, hijo de una gran puta! Mann toc la bocina con asustada furia. Repentinamente, baj la ventanilla y sac su brazo izquierdo para hacerle seas al camin. AMINORA! grit, y toc la bocina otra vez. AMINORA, BASTARDO EN-LOQUECIDO! El camin estaba casi sobre l ahora. Va a matarme! pens Mann, horroriza-do. Hizo sonar el claxon repetidamente, luego tuvo que usar ambas manos pa-ra agarrar el volante al driblar otra curva. De un vistazo, vislumbr el retrovi-sor. Pudo ver slo la porcin ms baja de la rejilla del radiador. Iba a perder el control! Sinti que las ruedas traseras haban comenzado a patinar y afloj el pedal rpidamente. Los neumticos volvieron a morder el camino, y el coche dio un brinco, recuperando su empuje. Mann vio lejos y al fondo de la bajada, una construccin con un cartel donde se lea CAFETERIA DE CHUCK. El camin estaba ganando terreno otra vez. Esto es demencial! Se quej, enfurecido y aterrorizado. La carretera se ende-rezaba. Pis el pedal: 110 ahora... 115. Mann se endureci, haciendo el intento de mantener su auto lo ms cercano posible a su izquierda. Abruptamente, comenz a frenar; luego dio un cerrado viraje a la derecha, haciendo rastrillar su coche en el parque de estacionamiento frente al caf. Grit cuando el auto comenz a colear y luego patin de costado.

  • DUELO RICHARD MATHESON

    Domnalo! grit una voz en su mente. La parte posterior del coche se azotaba de lado a lado, y los neumticos arrojaron mugre y nubes de polvo. Mann pre-sion duro el pedal de frenos, cambiando de direccin en el patinazo. El coche comenz a enderezarse y fren ms duro an, mientras que de reojo era consciente del paso del camin y su acoplado rugiendo a toda velocidad en la carretera. En su giro, casi choc de refiln uno de los autos estacionados all y sigui derecho. Apretuj el pedal de frenos tan fuerte como pudo y las llan-tas se clavaron a casi una treintena de metros de la cafetera. Mann permaneci sentado en un silencio nervioso, con los ojos cerrados. Sus latidos se sentan como martillazos en el pecho. Tena la impresin de no poder recobrar el aliento. Si alguna vez iba a tener un ataque cardaco, ese sera un buen momento. Al cabo de un rato, abri sus ojos y apoy la palma derecha contra su pecho. Su corazn todava palpitaba laboriosamente. No era de ex-traar, pens. No todos los das te persigue un camin. Gir la manija y abri la puerta. Al intentar salir, gru sorprendido cuando el cinturn de seguridad lo mantuvo sujeto al asiento. Con dedos temblorosos, oprimi el botn de liberacin y se lo quit. Le dio una ojeada a la cafetera. Qu pensaran los parroquianos al verlo apa-recer en esa forma tan dramtica? se pregunt. Sali del auto adolorido y camin bambolendose la distancia que lo separaba de la cantina. BIENVENIDOS CAMIONEROS! Se lea en una cartulina puesta en el escaparate. Al verla, Mann degust una vaga sensacin de nusea. Temblo-roso, abri la puerta y entr, evitando la vista de los clientes. Era seguro que lo observaban, pero no tuvo fuerzas para afrontar esas miradas. Manteniendo los ojos fijos hacia adelante, camin hasta la parte posterior y entr en el bao de caballeros. Ya en el lavabo, abri el grifo y coloc ambas manos en forma de copa bajo el chorro de agua fra y se lav la cara. Senta un revoltijo en los msculos del estmago que no lograba controlar. Se enderez. Tirone de varias toallitas del dispensador y las refreg sobre su cara, haciendo una mueca por el olor del papel. Tirando las tollitas mojadas en la canasta detrs del lavatorio, se enfrent a s mismo en el espejo de la pa-red. Permanece con nosotros, Mann, pens. Asinti, tragando saliva. Sac un peine del bolsillo y se pein. Nunca se sabe, simplemente nunca se sabe. Vas de un lado a otro, ao tras ao, dando por hecho muchas cosas; por ejemplo, conducir en una va publica sin que alguien haga el intento de atropellarte. Es que, dependes de esa clase de cosas. Entonces, contra toda probabilidad, esa cosa ocurre y no tienes nada de que aferrarte. Un acontecimiento inslito y to-dos esos aos de lgica, valores y de civilizacin son despedazados en un se-gundo. De pronto, ests solo, enfrentando la jungla otra vez. El Hombre: mitad animal, mitad ngel. De dnde haba sacado esa frase? Se estremeci. All afuera, haba un verdadero animal vagando en su camin. Su aliento era casi normal ahora. Mann se oblig a sonrer tensamente frente a su reflexin. De acuerdo, varn, se dijo a s mismo. Ya pas. Fue una maldita pesadilla, pero ya pas. Ests en camino a San Francisco. Te buscars un boni-to cuarto de hotel, ordenars una botella de escocs caro, te dars un bao

  • DUELO RICHARD MATHESON

    caliente, te relajars y olvidars. De acuerdo, pens. Se dio vuelta y sali del cuartito. Se paraliz a los tres pasos, boqueando y con su corazn aporreando su pe-cho; los ojos clavados en el gran escaparate rectangular de la cafetera. El camin estaba estacionado afuera. Mann le dirigi una vidriosa mirada incrdula. No era posible. Lo haba visto pasar a toda velocidad. El camionero le haba ganado; TENA TODA LA MAL-DITA CARRETERA SLO PARA L! Para qu haba vuelto? Mann mir a su alrededor con pnico repentino. Haba cinco hombres comien-do, tres a lo largo de la barra, dos en las mesas. Se maldijo a s mismo por no haberles mirado las caras cuando entr. Ahora no tena forma de saber quin era. Mann sinti que sus piernas comenzaban a temblar. Abruptamente, camin hacia la mesa ms prxima y se desliz torpemente en la silla. Espera, se dijo. Simplemente espera. Seguramente, habra alguna for-ma de reconocerlo. Camuflando su cara con el men, recorri la cantina con la mirada a travs de la parte superior de la cartilla. Sera aqul, el de la camisa caqui? Mann trat de ver las manos del hombre pero no pudo. Sigui escru-tando nerviosamente. Aqul tipo de traje y corbata, seguro que no. Le quedaban tres. Y el de la mesa junto a la puerta, de facciones cuadradas y pelinegro? Si tan slo pudiera verle las manos al tipo, eso podra ayudar. Y qu hay con los otros dos de la barra? Mann los estudi ansiosamente. Por qu no les miraste las caras cuando pudiste? Bien, de acuerdo, que el conductor del camin estuviera aqu dentro no signifi-caba automticamente que tuviera la intencin de continuar aquel absurdo duelo. La cafetera de Chuck podra ser el nico lugar donde comer en muchos kilmetros. Era hora de almorzar, no es cierto? El conductor del camin pro-bablemente haba tenido la intencin de comer aqu todo el tiempo. Simple-mente, se haba apurado para tener un buen lugar donde estacionarse. As que haba bajado la velocidad y regresado, eso era todo. Mann se forz a leer el men. Vamos, varn, tranquilzate. No hay razn para estar tan aturdido. Qui-zs una cerveza pueda ayudarme. La camarera detrs de la barra se acerc y Mann orden un emparedado de jamn con pan de centeno y una botella de Coors. Cuando la chica se dio vuel-ta y se fue, se pregunt, con una punzada de autoreproche, por qu simple-mente no haba abandonado la cantina para salir disparado a toda velocidad en su coche. Hubiera sabido inmediatamente si el camionero todava tena inten-ciones de seguirlo. Ahora, tendra que sufrir durante todo el almuerzo para en-terarse. Casi gimi en su estupidez. Pero, Qu hubiera ocurrido si el camionero lo hubiera seguido hasta afuera y salido en su persecucin otra vez? Habra vuelto enseguida donde haba empe-zado. Aunque le hubiera sacado una buena ventaja, el conductor del camin lo habra alcanzado eventualmente. Tendra que mantenerse a 130 o 140 kilme-tros por hora y no era un buen conductor en altas velocidades. Adems la pa-trulla motorizada de California podra interceptarlo. Entonces, que hara? Mann reprimi el enjambre de pensamientos que se abatieron sobre l. Trat de relajarse a s mismo. Mir deliberadamente a los cuatro hombres; los dos ms probables eran el de cara cuadrada de la mesa junto a la puerta y el re-choncho con overol sentado en la barra. Mann reprimi el impulso de caminar

  • DUELO RICHARD MATHESON

    hacia ellos y preguntarles quin de ustedes es el dueo de ese camin, y decir-le al tipo que lamentaba si de alguna forma lo haba irritado, y proponerle cualquier cosa para calmarlo, sin mencionar, obviamente, que su comporta-miento en la ruta haba sido irracional, o manaco-depresivo, probablemente. Tal vez le comprara al tipo una cerveza y juntos charlaran un rato para com-poner las cosas. Mann no poda moverse. Y qu tal si el camionero haba olvidado todo este asunto? Y si al acercrsele, lo irritaba de nuevo? Mann se senta debilitado por la indecisin. Inclin la cabeza dbilmente cuando la mesera coloc el empare-dado y la botella frente a l. Tom un trago de la cerveza, que le provoc una carraspera. El camionero habra encontrado divertido el sonido de su tos? Mann sinti un profundo resentimiento interior. Qu derecho tena ese bas-tardo a imponerle semejante tormento a otro ser humano? No es este un pas libre, acaso? Maldita sea, claro que tena todo el derecho de pasar a ese hijo de puta en cualquier carretera, si hubiera querido! Oh, mierda mascull. Trat de sobreponerse. No estara llevando esto demasiado lejos? Mir la ca-seta telefnica. Qu cosa le impeda llamar a la polica local y reportar toda esta situacin? El tiempo. Perder el tiempo, claro. Tendra que quedarse aqu, enojar a Forbes y probablemente anular la venta. Y qu tal si el camionero se quedaba a enfrentarlos? Naturalmente, negara completamente todo. Y qu ocurrira si la polica le creyera y no hiciera nada al respecto? Despus de que se hubieran ido, el camionero indudablemente se abalanzara sobre l otra vez, slo que peor. Dios mo! pens Mann agnicamente. El sndwich no tena gusto a nada y la cerveza era desagradablemente amar-ga. Mann se qued con la mirada fija en la mesa mientras masticaba. Por el amor de Dios, por qu permaneca sentado aqu sin hacer nada? No era un hombre adulto, acaso? Por qu no se decida a hacer alguna maldita cosa de una vez por todas? Su mano izquierda tembl espontneamente y derram cerveza en sus panta-lones. El hombre de overol se haba levantado de la barra y se mova hacia la parte delantera de la cafetera. Mann sinti que su corazn se estrujaba cuan-do el tipo le pag a la mesera, tom su cambio, agarr un escarbadientes del dispensador y sali. Mann lo observ en un ansioso silencio. El hombre no se meti en la cabina del camin. Entonces, tena que ser el que estaba sentado en aquella mesa. Su cara se adapt al recuerdo de Mann: Cuadrada, ojos oscuros y pelo negro; el hombre que haba tratado de arrollarlo. Mann se levant abruptamente, dejando que el impulso venciera al miedo. Con los ojos fijos adelante, se encamin hacia la entrada. Cualquier cosa era prefe-rible a quedarse sentado all. Se acerc a la caja registradora, consciente del fastidioso silbido que soltaba mientras inhalaba aire a bocanadas. Estar observndome? se pregunt. Tra-gando saliva, Mir su ticket y sac un fajito de billetes del bolsillo derecho del pantaln. Oy una moneda caer al piso y rodar. Ignorndola, mir a la chica. Vamos, muvete, pens. Pag. Al recibir el cambio, dej un dlar y 25 centa-vos en el mostrador. Guard temblorosamente el resto en su bolsillo.

  • DUELO RICHARD MATHESON

    Al hacer eso, escuch que el hombre sentado en la mesa junto a la puerta se levantaba. Un estremecimiento helado le recorri la espalda. Lanzndose rpi-damente hacia la puerta, la abri de un empujn, viendo de reojo al tipo de la cara cuadrada aproximndose a la caja registradora. Se alej de la cantina. Dando grandes zancadas, se dirigi hacia el auto. Su boca estaba seca otra vez. Ahora el pecho le dola. Repentinamente, empez a correr. Oy el ruido de la puerta de la cafetera ce-rrndose de un golpe y pele contra el deseo de mirar hacia atrs. Eran rui-dos de alguien corriendo, ahora? Al llegar al coche, Mann abri de un tirn la puerta y se meti adentro atropelladamente. Sac el manojo de llaves del pan-taln y trat de introducir la de ignicin en la ranura. Su mano temblequeaba tanto que llorique al no poder hacerlo. Vamos, carajo! dijo entre dientes, loco de impotencia. La llave finalmente se desliz, y la retorci convulsivamente. El motor arranc y sacudi frenticamente la palanca de cambios para ponerla en primera. Apret el acelerador y sali derrapando hacia la carretera. Por el espejo lateral, le lleg el movimiento del camin y el acoplado dando marcha atrs desde la cantina. La reaccin aflor dentro de l. NO! grit enfurecido, mientras pisaba con fuerza el pedal del freno. Era un comportamiento idiota! Por qu diablos tendra que salir corriendo? Se es-tacion en un codo de banquina y abri la puerta con un empelln del hombro. Salt afuera y empez a caminar hacia el camin dando rabiosas zancadas. De acuerdo, amiguito, pens furioso, dirigindose al tipo dentro del camin. Si quieres darme una trompada en la nariz, de acuerdo, pero se termin la maldi-ta persecucin en la carretera. El camin comenz a cobrar velocidad. Mann levant su brazo derecho. HEY! grit, sabiendo que el camionero lo estaba viendo. OYE, T! Comenz a correr al ver que el camin no se detena; el motor ruga cada vez ms fuerte. Estaba saliendo a la carretera abierta ahora, corriendo con una sensacin de martirizada indignacin. El camionero escal una marcha, y el camin se movi ms rpido. ALTO! grit Mann. MALDITO SEAS, DETENTE! Se par en el codo de la banquina, jadeante, con los ojos clavados en el ca-min, viendo como giraba balancendose hacia la ruta y desapareca tras el contorno de una colina. Miserable hijo de puta mascull. Eres un manitico y condenado hijo de puta. Subi lentamente a su coche, tratando de creer que el camionero haba huido del peligro de pelearse con l a puo desnudo. Era posible, por supuesto, pero en cierta forma no poda creer en eso. Estaba a punto de salir a la ruta cuando sbitamente cambi de idea y apag el motor. Ese luntico bastardo podra haber salido a treinta kilmetros por hora para esperarme ms adelante. Ni lo suees, cabrn, pens. As que, al demonio la agenda; Forbes tendra que esperar, eso era todo. Y si a Forbes no le gustaba esperar, al carajo Forbes, tambin. l se sentara aqu por un buen rato, dejando que aquel trastornado quedara fuera de alcance, para dejarle creer que lo haba vencido. Mann esboz una agria sonrisa. Eres el temible Ba-

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    rn Rojo, amiguito; me has derribado en buena ley. Ahora vete al infierno con mis ms sinceros cumplidos. Neg con la cabeza, aliviado. Ahora que lo pensaba, debera haber hecho esto desde el principio; debi de-jarlo pasar y quedarse quieto, esperando. El camionero ya no lo habra moles-tado. Y quizs hubiera elegido a algn otro. Este sorpresivo pensamiento lo inquiet. Dios, tal vez as era como pasaba diariamente sus horas de trabajo ese loco bastardo! Sera posible eso? Mir el reloj del tablero. Eran pasadas las 12 y media. Ay, hermanito, todo esto en menos de una hora, pens. Cambi de posicin en el asiento apoyndose contra la puerta y estir las piernas. Cerr sus ojos y mentalmente especul sobre las cosas que tendra que hacer maana y pasado. El da de hoy ya es-taba arruinado, hasta donde se poda ver. Cuando abri los ojos, asustado de adormecerse y de haber perdido demasiado tiempo, haban pasado casi once minutos. El loco debe estar bien lejos ahora, pens; al menos 20 kilmetros y probablemente ms, en la forma en que con-duca. Suficiente. De cualquier forma, ahora tratara de llegar en horario a San Francisco y quizs pudiera salvar el asunto pendiente con Forbes. Iba a tomarse esto de manera optimista. Mann se ajust el cinturn de seguridad, encendi el motor, puso primera y sali a la carretera, dando una ojeada a travs del hombro. Ni un alma en la ruta. Un gran da para viajar. Todo el mundo se quedaba en su casa. Aquel lu-ntico deba tener una gran reputacin por estos lugares. Cuando Crazy Jack est en la ruta, deje su coche en el garaje. Mann se ri de esa idea cuando su auto tom la primera curva. Un reflejo involuntario le hizo pisar el freno. El coche patin ruidosamente an-tes de clavarse en el medio de la ruta. El camin y su acoplado estaban estacionados en la banquina, a menos de 100 metros adelante. Sinti como si su cuerpo se negase a funcionar; se qued aturdido, mirando hacia adelante. Cuando un explosivo bocinazo son detrs de l, lanz un gemido, replegando involuntariamente las piernas. Chasqueando sus cervicales, mir el retrovisor, boqueando al ver una camioneta estanciera amarilla acercndosele a gran ve-locidad. Repentinamente, desapareci del espejo, rumbeando hacia la mano izquierda. Mann se sacudi cuando la estanciera pas raudamente su coche, bordeando la banquina, con sus destartalados guardabarros traseros traque-teando de aqu para all y sus neumticos chillando. Pudo ver la ira del hombre que conduca, y tambin sus labios, que se movieron en un silencioso insulto. Enseguida, la estanciera amarilla recuper el carril derecho y se alej, pen-diente abajo. Al verla pasar el camin, Mann sinti una extraa sensacin. El tipo que conduca la camioneta poda irse tranquilo, sin peligro. Slo l haba sido elegido. Yo soy la presa. Aquello que suceda era demente. Pero estaba ocurrindole.

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    Estacion su auto en la banquina y fren. Coloc la palanca de cambios en punto muerto y se reclin, clavando los ojos en el camin. Sus sienes palpita-ban y latan sordamente, como un sofocado reloj distante. Qu podra hacer? Saba muy bien que si se bajaba del auto para ir a enfren-tarlo a pie, el camionero movera el camin, slo para ir a estacionarse ms adelante. Deba comprender de una maldita vez que estaba tratando con un desequilibrado. Los temblores en su vientre lo sobresaltaron otra vez. Su cora-zn golpeteaba en la caja torcica. Y ahora qu? Con un fiero y sbito arrebato, Mann zarande la palanca, engranando ruido-samente el primer cambio y pis con fuerza el acelerador. Los neumticos gira-ron locamente en el ripio antes de adherirse al suelo, y el coche sali serpen-teando hacia la carretera. Inmediatamente, el camin comenz a moverse. Haba dejado el motor en marcha! pens Mann, en un acceso de furioso te-rror. Luego, abruptamente, se percat que nunca podra pasar, dado que el camin estaba empezando a bloquearle el camino y el auto terminara chocan-do contra el acoplado. Una visin centelle en su mente: una violenta y roja explosin y una pared de llamas que lo incineraban. Empez a frenar, primero con fuerza y luego en forma regular, procurando no perder el control. Cundo consigui desacelerar lo suficiente para sentir que estaba seguro, se lanz sobre la derecha volviendo a la banquina, dejando la palanca en punto muerto. Casi ochenta metros delante, el camin hizo lo mismo. Y ahora qu? La pregunta insista en su cabeza, mientras golpeteaba sus de-dos en el volante. Retroceder hasta el empalme que lo llevara a San Francis-co por otra ruta? Cmo iba a saber que el camionero no lo seguira? Se mordi los labios colri-camente. No! No voy a dar la vuelta! Su expresin se endureci repentinamente. Pues bien, no iba a quedarse sen-tado aqu todo el da, eso era seguro. La palanca de cambios se quej ruido-samente cuando puso primera y lanz el auto sobre el pavimento otra vez. Vio que el camin se pona en marcha nuevamente pero no haca ningn esfuerzo por acelerar; aminor un poco la marcha, tomando posicin a unos 30 metros detrs del acoplado. Cheque el velocmetro: 60 kilmetros por hora. El ca-mionero sac su brazo izquierdo por la ventana de la cabina y le estaba haciendo seas para que lo pasara. Qu intentaba decirle con eso? Cambias-te de idea? Finalmente decidiste que este asunto haba ido demasiado lejos? Mann no se poda permitir creerle. Mir ms all del camin. A pesar de que las montaas rodeaban todo, la ruta pareca bastante recta hasta donde poda verse. Tamborile ligeramente una ua en la barra de la bocina, haciendo el intento por tomar una decisin. Qui-zs pudiera continuar as todo el camino hasta San Francisco a esta velocidad, quedndose atrs lo suficientemente lejos como para evitar lo peor del cao de escape. Adems, no pareca probable que el camionero se fuera a detener en el medio de la ruta slo para bloquearle el camino; y si se tiraba a la banquina otra vez para fingir que lo dejara pasar, l podra hacer lo mismo, mantenien-do su distancia. Sera un jueguito extenuante, pero sera un jueguito seguro. Por otra parte, hacer un ltimo intento por burlar a esa bestia quizs valiera la pena; pero obviamente, eso es lo que estara esperando ese hijo de puta.

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    Igualmente, un vehculo de tal porte nunca podra rivalizar en velocidad y des-envoltura de manejo con, en este caso, su propio auto. Las Leyes de la Mec-nica jugaban en su contra, as nada ms. Cualquier ventaja que el camin tu-viese en trminos de masa, la perdera en trminos de estabilidad, en particu-lar llevando semejante acoplado. Si Mann condujera a, digamos, 120 kilme-tros por hora en alguna de las pendientes que tena esa ruta, y estaba seguro que encontrara algunas ms adelante, el camin tendra que quedarse reza-gado forzosamente. La pregunta era, por supuesto, si tendra la sangre fra de conservar semejante velocidad por una distancia tan prolongada. Jams lo haba hecho antes; pero cuanto ms pensaba en el asunto, ms apremiante se volva, alejndolo de la respuesta. Abruptamente, se decidi. De acuerdo, pens. Observ adelante y luego tacone el pedal del acelerador, arrojndose al carril izquierdo. A medida que se acercaba al camin, se tens, anticipando que el conductor podra salir a bloquearle el paso, pero el camin se mantuvo en su carril. El coche de Mann avanz a lo largo de la abrumadora silueta de mamut que tena a su derecha. Dirigi una rpida mirada hacia la cabina y vio el nombre KELLER pintado en la puerta. Por un horripilado instan-te, pens que haba ledo KILLER y comenz a desacelerar. Luego, reley la tosca etiqueta y abandon su sobresalto pisando el acelerador nuevamente. Cuando alcanz a ver el camin en el espejo retrovisor, retom su curso por el carril derecho. Se estremeci, en una mezcla de temor y satisfaccin, al ver que el camionero aceleraba. Era extraamente reconfortante haber anticipado definitivamente las intenciones de aquel hombre. Esto, sumado al hecho de haber visto su cara y su nombre pareca, de algn modo, achicarlo, disminuirlo en su estatura. An-tes, haba sido una gran criatura annima, sin rostro, una personificacin del terror ms oculto; ahora, al menos, era un individuo. Muy bien, Keller, dijo su mente, veamos si ahora puedes vencerme con esa reliquia achacosa. Tacone duro el acelerador. Aqu vamos, pens. Mir el velocmetro, y cuando vio que se mova a slo 110 kilmetros por hora frunci el ceo. Deliberadamente, presion an ms el pedal, alternando su mirada entre la carretera y el velocmetro hasta que la aguja super los 120. Sinti un sbito espasmo de satisfaccin. De acuerdo, Keller, bruto hijo de pu-ta, alcnzame si puedes, pens. Despus de algunos segundos, consult el espejo retrovisor otra vez. El ca-min se estaba acercando? Aturdido, comprob el velocmetro. Maldita sea! Haba aminorado hasta 115! Forz el acelerador colricamente. No poda permitirse correr a menos de 120! El pecho de Mann se estremeci en un convulsivo resuello. Mientras pasaba una arboleda, desvi la mirada hacia un sedn beige estacio-nado debajo de un rbol; sentados adentro, una joven pareja charlaba. Al cabo de unos instantes, estuvieron lejanos, en un mundo separado del suyo. Si hubiesen apartado la vista, lo habran visto pasar? Seguro que no. Repar en la sombra de un puente sobre la capota y el parabrisas. Respirando cansadamente, cheque el velocmetro otra vez. Se mantena en 120. Mir el

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    retrovisor. Era su imaginacin o el camin estaba ganando terreno? Mir a lontananza con ojos ansiosos. Debera haber un pueblito o algn centro habi-tado en alguna parte. Al diablo con esto; se detendra en alguna estacin de polica y denunciara todo lo que le haba sucedido. Tendran que creerle. Por qu razn se detendra alguien para contarles una historia semejante si no fuese cierta? Hasta donde se poda imaginar, Keller tendra alguna clase de prontuario criminal por estos lugares. Oh, claro, lo tenemos en la mira le dice un polica sin rostro; Saldremos enseguida a buscar a ese loco bastardo y le daremos su merecido. Mann se estremeci y recel lo que vera en el espejo. El camin se estaba acercando. Angustindose, examin el velocmetro. Maldicin, mantente alerta! Le grit su mente. Estaba en 114! Gimiendo de frustracin, oprimi el pedal del acele-rador. 118! 120! Deprisa, hay un asesino detrs de ti! Su coche comenz a transitar un campo florido. Lilas, blancas y prpuras, ex-tendindose en filas interminables. Pas una pequea barraca cerca de la ca-rretera, con un letrero rotulado FLORES FRESCAS DEL CAMPO. Apoyado en la pared de la barraca, un cartn cuadrado color caf tena escrito las palabras POMPAS FNEBRES pintadas crudamente. Bruscamente, Mann se vio a s mismo, yaciendo en un tosco atad y pintado como si fuera algn grotesco maniqu; Ruth y los nios sentados en la primera fila, con las cabezas gachas; el abrumador perfume de las flores saturando las narices; todos sus parientes... De pronto, el pavimento se torn irregular y el coche comenz a rebotar y a sacudirse, transmitindole dolorosas puntadas directo a su cabeza. Sinti que el volante le opona resistencia y lo sujet con fuerza, haciendo que los violen-tos sacudones subieran vibrando por sus brazos. No se atrevi a mirar el espejo. Tena que obligarse a mantener constante esa velocidad. Keller no iba a aminorar, eso era seguro. Y qu ocurrira si se le reventaba un neumtico? Perdera el control en un instante. Imagin su auto dando un salto mortal, girando y rebotando en el pavimento, metales rechi-nando, sus gritos, el tanque de combustible explotando, su cuerpo aplastado y quemado y... El estropeado intervalo de pavimento finaliz y lanz un vistazo al retrovisor. El camin no estaba ms cercano, pero tampoco haba perdido terreno. Mann mir alrededor frenticamente. Adelante se divisaban colinas y montaas. Tra-t de tranquilizarse dicindose que las pendientes jugaban a su favor, y que podra sortearlas sin disminuir la velocidad; pero an poda imaginar que en cualquiera de esos descensos, el inmenso camin se le vendra encima, estre-llndose violentamente contra su coche y lanzndolo a travs del borde de al-gn acantilado. Tuvo una horrenda visin: docenas de autos destrozados y oxidados yaciendo ocultos para siempre en el fondo de los precipicios, con ca-dveres en cada uno de ellos, todos empujados a una muerte atroz por Keller. El coche de Mann transit vertiginosamente por un frondoso pasadizo de rbo-les; a cada lado de la carretera, altsimos eucaliptos cortaban el viento; sus gruesos troncos se erguan separados entre s a casi un metro de distancia. Era como viajar por el fondo de un profundo desfiladero. Mann resoplaba cada vez que alguna rama grande golpeaba el parabrisas soltando polvorientas hojas

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    que dificultaban su visin del camino. Mierda! Estaba acercndose demasiado al borde del pavimento. Si perda el control a esta velocidad, estaba frito. Dios! Eso sera ideal para Keller! Se dio cuenta repentinamente. Se imagin al camionero de la cara cuadrada rindose al pasar junto a su incendiado auto, sabiendo que haba cazado a su presa sin ensuciarse las manos. Cuando su coche sali del pasillo arbolado, Mann respir un poco. Ahora, la ruta adelante era algo serpenteante y se perda al pie de las monta-as. Mann se oblig a presionar el pedal todava ms. 125 ahora, casi 126. Hacia su izquierda, una amplia explanada verdinegra se extenda hasta los ote-ros. Alcanz a ver un vehculo negro en un camino de tierra, movindose hacia la carretera. Tena los lados pintados de blanco? El corazn de Mann se agit. Impulsivamente, atasc la palma derecha en la barra del claxon y la mantuvo all. Los estridentes bocinazos atormentaron sus odos. Era un auto de la polica? Si o no? Volvi a tomar el volante con las dos manos. No, no era. Mierda! Profera furiosa su mente. Keller deba estar divirtindose mucho con sus desesperados esfuerzos. Sin duda, en estos momentos, estara murindose de la risa. Oy la voz del camionero en su mente, tosco y astuto. Te creste que buscando a la yuta te ibas a salvar, turrito? Vas a espichar! El corazn de Mann se retorci con un odio salvaje. MALDITO LOCO HIJO DE MIL PUTAS! Sacudiendo el puo derecho en forma amenazante, lo golpe con fuerza sobre el tablero. Maldito seas, Keller! YO soy el que va a matarte, as sea lo ltimo que haga! Las colinas estaban cada vez ms cercanas. Haba pendientes bastante ms empinadas ahora. Mann sinti palpitar la esperanza dentro de s. Estaba segu-ro que le sacara una buena ventaja a esa bestia. No importa cunto esfuerzo hiciese ese bastardo, nunca podra sostener 120 kilmetros por hora subiendo una cuesta. Pero yo s! Festej su mente con feroz jbilo. La saliva inund su boca y la trag. Tenia las axilas y la espalda empapadas de sudor y la camisa se le haba pegado al tapizado del asiento. Poda sentir la transpiracin go-teando bajo sus brazos. Un bao y una cerveza. Si, eso es. Sera lo primero que hara al llegar a San Francisco. Un bao largo y caliente y una bebida larga y fra. En Cutty Sark; una fanfarronada, desde luego. Pero se lo mereca. El auto trep una ligera pendiente. No era lo suficientemente pronunciada, maldicin! La prdida de velocidad del camin se vera compensada por su propio empuje. Mann sinti un odio invo-luntario hacia ese paisaje. Cuando hubo coronado la cima y se hubo inclinado para encarar el suave descenso, mir el espejo retrovisor. Cuadrado, pens, todo en ese maldito camin era cuadrado: La rejilla del ra-diador, la forma de los guardafangos, el parachoques, el contorno de la cabina, incluso las manos de Keller y su cara. Volvi a ver al camin como alguna gran entidad insensible y bestial, que lo persegua por puro instinto. Mann grit, horrorizado, al ver el cartel REPARACIONES VIALES EN CURSO.

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    Su mirada frentica recorri toda la ruta. Los dos carriles estaban bloqueados y una enorme flecha negra indicaba DESVIO. Gimi angustiadamente, al ver que la desviacin era un camino de tierra. Su pie se lanz automticamente al pedal del freno y comenz a bombearlo. Ech una ojeada al retrovisor. El camin se estaba moviendo Ms rpido que nunca! No puede ser! La expresin de Mann se congel en una mscara de terror cuando el auto empez a girar hacia la derecha. Se aties cuando las ruedas delanteras mordieron el camino de tierra. Por un instante, crey que se volcara de lado; sinti que el auto ya no le obedeca. No, no! solloz. Se encontraba derrapando salvajemente en el medio de un trompo, y sus neumticos chirriaban en el cascajo del camino de tierra; sus codos atrancados contra sus lados y sus manos permanecan fieramente agarradas al volante tratando de recuperar el control. Las cunetas del camino parecan desgarrar el caucho de las llantas y las ventanillas tintineaban ruidosamente. Su cuello se sacuda de ac para all con dolorosos tirones, mientras que el traqueteo im-pulsaba su cuerpo contra la atadura del cinturn de seguridad y lo estrujaba violentamente en el asiento. Mann experiment todos los efectos centrfugos del revoleo del auto en su espina dorsal. Su mandbula prensada se desplaz violentamente y reprimi un quejido al morderse el labio inferior. Al ver como en un sueo a la parte trasera del coche surgiendo velozmente a la derecha, ronque girando con fuerza el volante hacia la izquierda, luego, si-seando, lo torci en la direccin opuesta, boqueando al sentir que los guarda-barros traseros haban derribado una cerca. Bombeaba enloquecido el pedal del freno, luchando por recobrar el control; los neumticos revolvan el ripio y la tierra y asperjaban todo en una espesa nube. Mann se ator con una mezcla gris de saliva y mugre que inund su garganta, mientras zarandeaba el volan-te. Finalmente, consigui salir del trompo y el coche estaba en curso otra vez. Ahora su cabeza lata como su corazn, con palpitaciones gigantescas. Comen-z a toser con dificultad, escupiendo un pringoso espumarajo mezclado con sangre de su labio. El camino de tierra finaliz de improviso y el auto recuper impulso sobre el pavimento. Se anim a mirar el retrovisor. El camin estaba rezagado pero se-gua detrs de l, mecindose como un buque de alta mar azotado por la tem-pestad; sus enormes neumticos elevaban un grisceo muralln de polvo. Mann aceler su coche. Haba visto una pendiente bastante pronunciada ade-lante; ahora s ganara alguna distancia. Trag algo de sangre y mugre, haciendo arcadas por el sabor. Luego busc a tientas en su bolsillo del pantaln y sac un pauelo. Lo presion en su labio sangrante, con los ojos siempre fijos en la cuesta adelante, a unos cincuenta metros ms o menos. Intent acomodarse en el asiento, pero la camisa empa-pada se le adhera fastidiosamente a la piel. Dio un vistazo al espejo; el ca-min acababa de salir del camino de tierra y recobraba velocidad sobre el pa-vimento. Nada mal, pens con veneno; pero todava no me atrapas Verdad, Keller? Su coche estaba en los primeros metros del peralte cuando una columna de vapor comenz a salir por debajo de la capota. Los ojos de Mann se agranda-ron repentinamente, horrorizados. La presin del vapor aument, convirtindo-

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    se en una niebla humeante. La vista de Mann cay al tablero. La luz roja toda-va no parpadeaba pero lo hara en cualquier momento. Cmo pudo ocurrirle esto? Justo cuando estaba por lograrlo! La pendiente era larga y gradual, con muchas curvas, as que no era el lugar ni el momento para detenerse. Podra dar un repentino viraje en U y escapar hacia atrs? el pensamiento cruz su mente. Mir adelante. La ruta era demasiado estrecha, circundada por colinas en ambos lados. No habra espacio para hacer un crculo y tampoco tiempo su-ficiente para completarlo; si decidiera intentarlo, Keller podra llegar a golpear-lo de costado o de frente. Oh, Dios Mo! murmur Mann, repentinamente. Se dispuso a morir. Se qued contemplando el vapor con la mirada vapuleada, progresivamente cegado por la creciente nube blanquecina. Abruptamente, record aquella tarde cuando llev el auto a hacerle una lim-pieza al vapor en el Autolavadero del barrio. El hombre que lo atendi le haba sugerido que reemplazara las mangueras de agua, porque la limpieza al vapor tena la tendencia a cuartearlas. l le haba dicho que s, que lo hara cuando tuviese ms tiempo. Ms tiempo! La frase fue como una daga en su mente. No le dio importancia; se haba olvidado de las mangueras. Y por ese descuido ahora estaba a punto de morir. Solloz quedamente cuando la luz roja en el tablero brill intermitentemente. La mir sin querer; el indicador de temperatura del agua era rojo fuego. Con una boqueada jadeante, zarande la palanca, baj un cambio y mir adelante. Porqu no lo haba hecho inmediatamente? La cuesta parecida interminable. Ya poda or un latido hirviente dentro del radiador. Cunto lquido le queda-ba? El vapor estaba cada vez ms denso, nublndole la visin. Estir el brazo hacia el tablero y encendi los limpiaparabrisas, que barrieron un poco el vapor y la mugre a diestra y siniestra. Calcul que tendra suficiente lquido en el ra-diador como para llevarlo a la cima. Y despus qu? Llor su mente. Nunca podra conducir sin lquido en el radiador, ni siquiera cuesta abajo. Consult el espejo; el camin porfiaba. Mann gru, enloquecido de furia. Si no fuera por esa puta manguera, me estara escapando ahora! Otra repentina sacudida del coche lo trajo de regreso al terror. Si frenaba aho-ra, quizs pudiera saltar del auto, salir corriendo y remontar esa pendiente; sin embargo, no poda obligarse a detenerse. No importa cunto pudiese correr, se senta seguro en su coche, menos vulnerable. Slo Dios sabe lo que ocurrira si lo abandonaba. Mann trataba de concentrarse en la subida, tratando de no mirar la luz roja ni siquiera de reojo. Metro a metro, su coche iba perdiendo velocidad. Vamos, vamos, imploraba su mente, an sabiendo que la splica era intil. La marcha era cada vez ms desigual. El lamento borboteante del radiador llenaba sus odos; en cualquier momento, el motor se atorara, dejndolo a merced de la bestia. No, no, no, pens. Hizo un intento por blanquear su mente. Ya estaba casi en la cresta, y en el espejo poda ver al camin aproximndose. Al pisar el acelerador, el motor crepit. Vamos, Vamos! Por favor, Dios, aydame! Grit su mente. Ms cerca. Ms cerca. Vamos, fuerza! El auto se estremeca y rechinaba y desaceleraba mien-tras el aceite, el humo y el vapor salan a borbotones por debajo de la capota.

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    Los limpiaparabrisas barran de un lado para el otro. La cabeza de Mann lata; sus manos crispaban el volante, entumecidas. El co-razn martillaba su pecho. Por favor, Dios mo, POR FAVOR! El pico de la pendiente. Hecho! Los labios de Mann se abrieron en un grito de triunfo cuando el auto empez a descender. Con sus brazos cimbrando incontrolablemente, puso la palanca en punto muer-to y dej que el coche rodara cuesta abajo. A su alrededor, colinas y ms coli-nas hasta donde alcanzaba su vista; un aullido de triunfo se estrangul en su garganta. Ahora estaba descendiendo, en una larga bajada. Pas un cartel donde ley: VEHCULOS PESADOS CONSERVAR MARCHA SUAVE LOS SIGUIENTES 20 KILOMETROS. Veinte kilmetros! Algo surgira. El coche comenz a ganar velocidad. Mann cheque el velocmetro; 70 kilme-tros por hora. La luz roja an arda, pero dejara descansar al motor por mucho tiempo y por veinte kilmetros, si es que el camin estaba lo suficientemente rezagado. Su velocidad aumentaba. 75 Casi 80. Mann observ a la aguja indicadora gi-rar lentamente a la derecha. Ech un vistazo al retrovisor. El camin no haba aparecido an. Con un poco de suerte, todava podra sacarle una buena ventaja. All, en alguna parte tendra que haber un lugar donde detenerse. La aguja ya bordeaba la marca de los 87. Otra vez, mir el espejo. El camin haba coronado la pendiente y estaba ca-mino abajo. Sinti que sus labios temblequeaban sin control y los frunci. Sus ojos saltaban alternndose entre el parabrisas oscurecido por el humo y el es-pejo. El camin se acercaba rpidamente; Keller tendra el pie incrustado en el acelerador. No pasara mucho tiempo antes de que tuviera al camin encima. La temblorosa mano derecha de Mann palanqueaba inconscientemente los cambios de marcha. Cuando se dio cuenta la ech hacia atrs, mirando el ve-locmetro; apenas haba superado los 90. No eran suficientes, necesitaba usar el motor! Extendi la mano desesperadamente pero la detuvo en seco cuando el motor se sofoc; rpidamente, retorci la llave de ignicin. El motor lanz un chasquido ronco, pero no arranc. Mann vio que se estaba acercando a la banquina, y dio un impulsivo volantazo. Otra vez, volvi a girar la llave, pero no hubo resultado. En el espejo, el camin ganaba terreno velozmente; en el velocmetro, la aguja se mantuvo en 92. Mann, abrumado por el pnico, se qued con la mirada en blanco, los ojos vacos. Entonces la vio. A varios centenares de metros adelante, una ruta de escape para camiones con frenos quemados. Ya no habran ms alternativas; o tomaba esa ruta o su coche sera arrollado duramente desde atrs. El camin estaba espantosamen-te cerca; poda escuchar el agudo bramido de su motor. Inmediatamente, co-menz a bordearse hacia la derecha, pero repentinamente enderez el volante. No deba revelar sus movimientos! Tendra que esperar hasta el ltimo mo-mento posible. De otra manera, Keller lo habra seguido.

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    Poco antes de alcanzar la va de escape, Mann gir el volante. La parte poste-rior del coche comenz a colear hacia la izquierda y los neumticos chirriaron en el pavimento. Mann gobern el patinazo, frenando lo suficiente como para no perder el control; las ruedas traseras mantuvieron su adherencia a 90 kil-metros por hora y el auto encar el camino de tierra, levantando una polvare-da. Ahora comenz a frenar. El auto serpente sobre el ripio formando huellas tortuosas y Mann resoll cuando el coche comenz a rebotar en las cunetas. Clav el freno con todas sus fuerzas y el auto gir violentamente a la derecha, mientras escuchaba el inconfundible ruido de un metal al romperse; su cuello latigue hacia un lado, producto de la brusca parada en seco. Aturdido, Mann se volte para ver al camin y a su acoplado abandonar la ca-rretera a toda velocidad en un giro muy cerrado. Paralizado por el agotamiento y el espanto, observ como el macizo vehculo se lanzaba sobre l; se qued all, estupefacto y vaco de reacciones, pero con-servando todava la despabilada certeza ante su muerte. Maravillado ante la vista del mamut que ruga cancelando el cielo, Mann abri la boca pero el alarido no pudo salir. Repentinamente, el camin comenz a bambolearse. Mann, ajeno, distante y en un sofocado silencio, lo vio: la bestia haba tropezado y perda el equilibrio desenfrenada y aparatosamente; antes de que alcanzase su coche, haba des-aparecido del parabrisas trasero. Con los brazos entumecidos, Mann se desprendi el cinturn de seguridad y empuj la puerta. Luchando por caminar, se tambale alejndose del auto, a tientas en la nube de polvo, acercndose al borde del barranco. Haba llegado justo a tiempo para ver al camin volcarse de lado como un barco en pleno naufragio; arrastrado por su propio y centrfugo mpetu, la bestia se precipit acarreando al acoplado con el tanque cisterna, cuyas enormes ruedas seguan girando desenfrenadamente en el aire. Mann permaneci inmvil, quedndose con la mirada fija hacia abajo. El tanque cisterna explot primero, y la violenta detonacin hizo que Mann re-culara y cayera sentado torpemente. Una segunda explosin bram all abajo, y su trrida onda de choque espole sus odos. Desde el suelo, vio una fiera columna roja y negra subir rpidamente hacia el cielo; luego otra. Mann gate cautelosamente hacia la orilla del barranco y atisb con los ojos irritados por el aceitoso humo. Las enormes lenguas de llama se encumbraban hacia arriba impidindole ver al camin o al acoplado; slo se vea la densa fogarata en medio de fumarolas que se arremolinaban; Mann se incorpor lentamente y sigui observando, bo-quiabierto, drenado de toda sensacin. Luego, inesperadamente, sus emociones regresaron. No era temor, al principio, y muchos menos pena. Tampoco la nusea, que vendra poco despus. Desde lo ms recndito de su mente, empezaba a emerger un subterrneo tumulto, un instintivo y oscuro furor: era el regocijado alarido de alguna bestia ancestral frente al cadver de su enemigo derrotado.

    FIN

  • EL

    EXAMEN

  • EL EXAMEN RICHARD MATHESON

    En la noche anterior al examen, Less ayudaba a estudiar a su padre en el comedor. Jim y Tommy dorman ya en el piso de arriba, y en la sala de estar, Terry cosa con rostro inexpresivo, mientras la aguja se mova con perfecto ritmo. Tom Parker se hallaba sentado rgidamente, con el tronco erguido apoyando sobre la mesa con sus delgadas manos entrelazadas, en las que se destacaba el relieve azulado de las venas. Sus ojos de color azul plido se clavaban con intensidad en los labios de su hijo como si de aquella forma pudiese entenderle mejor. Tena 80 aos y este era su cuarto examen. Est bien dijo Less, mirando hacia el impreso que les haba entregado el doctor Trask. Repite las siguientes sucesiones de nmeros. Sucesin de nmeros... murmur Tom, intentando asimilar lo que escuchaba. Pero las palabras ya no se asimilaban fcil... ni rpidamente. Parecan posarse sobre los tejidos de su cerebro cmo perezosos, lentos insectos carnvoros... Repiti de memoria una vez ms las palabras... Sucesin de... sucesin de nmeros... s, eso era. A continuacin mir a su hijo y esper. Bien...? interrog impaciente tras una larga pausa de silencio. Pap... ya te he dado la primera explic Less. Bueno... murmur el padre tratando de hallar las palabras adecuadas. Por favor, dame la... ten la bondad de... de... Less exhal un suspiro de profundo aburrimiento y repiti: Ocho, cinco, once, seis. Los viejos labios temblaron. La oxidada maquinaria de la mente de Tom comenz a funcionar lentamente. Ocho... cin... cinco... Los ojos claros del anciano parpadearon lentamente. Once... se... seis... termin Tom, casi sin respiracin. Despus irgui el cuerpo con orgullo. S, pens, muy bueno... muy bueno. No conseguiran confundirle al da siguiente; lograra derrotar a sus criminales leyes. Apret los labios y crisp ambas manos sobre el blanco mantel. Cmo...? pregunt entonces, mirando fija e irritadamente a Less que acababa de decirle algo. Habla ms alto...! Ms alto! Acabo de darte otra sucesin replic Less con calma. Bien... la leer otra vez. Tom se inclin hacia adelante, forzando el odo. Nueve, dos, diecisis, siete, tres repiti Less. Tom aclar la garganta con un esfuerzo. Habla ms despacio rog a su hijo. No haba captado bien los nmeros. Cmo era posible que aquella gente esperase que alguien retuviera tan ridcula sarta de nmeros? Cmo... cmo? pregunt Tom nuevamente y un tanto encolerizado, cuando Less ley los nmeros otra vez. Pap, el examinador leer las preguntas con mucha ms rapidez que yo. Tienes que... Estoy enterado de eso... le interrumpi Tom con rigidez, perfectamente

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    enterado. Y permteme recordarte... esto no es un examen. Es un estudio... estamos estudiando. Es una estupidez tener que estudiar todo esto... todo el examen... Tom pareca encolerizado, y miraba a su hijo con gesto de enfado a la vez que se indignaba consigo mismo porque las palabras parecan huir de su mente. Less se encogi de hombros y ley de nuevo el impreso. Nueve, dos, diecisis, siete, tres recit lentamente. Nueve, dos, seis, siete... Diecisis, siete... pap. Eso dije. Has dicho seis, siete, pap. Acaso crees que no s lo que dije? Less cerr los ojos durante un momento. Est bien, pap murmur. Bueno..., vas a leerlo otra vez o no? pregunt Tom con voz chillona. Less volvi a leer los nmeros; mientras escuchaba a su padre tartamudear la sucesin, dirigi su mirada a la sala de estar, hacia Terry. Segua all sentada, impasible, cosiendo. Haba apagado la radio y Less comprendi que ella estaba tambin escuchando los errores del anciano al repetir las sucesiones de nmeros. Est bien, se dijo Less como si estuviera hablando con ella. Est bien, s que est muy viejo y totalmente intil. Quieres que se lo diga cara a cara y le clave as un cuchillo por la espalda? T y yo sabemos que no pasar el examen. Por lo tanto permteme esta pequea comedia. Maana se habr cumplido la sentencia. No hagas que la pronuncie yo esta noche y mat al viejo de un disgusto. Creo que esto est bastante correcto... Less oy la calmosa voz de su padre y mir su rostro flaco surcado por mil arrugas. S, creo que est bien murmur con precipitacin. Less lament su lamentable traicin cuando los labios de su padre esbozaron una ligera sonrisa. Lo estoy engaando, pens. Pasemos a otra cosa oy decir a su padre. Less examin rpidamente la hoja que tena delante. Qu sera fcil para el viejo?, pens, desprecindose a s mismo ante tal idea. Vamos, Leslie dijo el padre con tono dbil. No podemos perder tiempo. Tom vio cmo su hijo examinaba otras hojas que tena ante s, y crisp los puos. Su vida se hallara en peligro al da siguiente, y su hijo examinaba tan tranquilo aquellos impresos de examen como si al da siguiente no fuese a suceder nada importante. Vamos... vamos... murmur con impaciencia. Less tom un lpiz al que haba atado un fino cordel y traz sobre una hoja de papel un crculo de un centmetro de dimetro. Tienes que sostener la punta del lpiz sobre el crculo durante tres minutos explic. De pronto temi haber elegido una prueba difcil. Haba visto ms de una vez cmo temblaban las manos de su padre al tratar de abrocharse los botones de su ropa, o al intentar correr alguna cremallera.

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    Tragando saliva nerviosamente, Less tom de encima de la mesa un cronmetro, hizo una seal a su padre y lo puso en marcha. Tom hizo un esfuerzo para respirar profundamente cuando se inclin sobre el papel y sostuvo el lpiz sobre el crculo. Less se fij cmo su padre se apoyaba sobre un codo... algo que no se le permitira hacer durante el examen... pero no dijo nada. Permaneci inmvil en su asiento mirando a Tom. El anciano palideca poco a poco. Less observaba claramente cmo se destacaban en sus plidas mejillas las finsimas lneas trazadas por los vasos sanguneos. Luego estudi aquella piel seca, arrugada, un tanto oscura, cuyas manchas evidenciaban un mal funcionamiento del hgado. Ochenta aos de edad, pens. Cmo se sentir un hombre a los ochenta aos? Una vez ms Less mir a Terry. Durante un instante la mirada de la mujer se cruz con la suya. Pero ninguno de los dos sonri ni hicieron ningn gesto. Luego, Terry baj sus ojos, clavndolos de nuevo en su labor. Creo que ya han pasado los tres minutos dijo Tom con voz tensa. Less consult el cronmetro. Minuto y medio, pap respondi, mientras se preguntaba si no deba haber mentido nuevamente. Bien... entonces procura no apartar tus ojos del reloj murmur Tom con temblorosa voz, a la vez que el extremo del lpiz oscilaba totalmente fuera del crculo. Se supone que esto es un examen... no una... una... diversin. Less mir la punta del lpiz que temblaba ostensiblemente, y tuvo la impresin de que todo aquello era intil, y que nada podra hacerse para salvar la vida de su padre. Al menos, pens, los exmenes no los hacemos nosotros... los hijos e hijas que hemos votado en favor de la ley. Por lo menos no tendra que estampar aquel negro sello con la calificacin INCORRECTO en el examen de su padre ni pronunciar la sentencia. El lpiz oscil de nuevo sobre el borde del crculo y se apart de l al mover Tom ligeramente el brazo sobre la mesa, movimiento que lo descalificara automticamente en aquella prueba. Ese reloj funciona mal... demasiado despacio...! exclam Tom, sbitamente enfurecido. Less contuvo la respiracin y consult una vez ms el reloj. Dos minutos y medio. Tres minutos dijo, deteniendo el cronmetro. Tom dej caer el lpiz sobre la mesa con un ademn de irritacin. Caramba! exclam. Ah lo tienes...! Otra prueba estpida que no demuestra nada, absolutamente nada de nada. Quieres probar alguna otra cosa, pap? Estn ah las otras pruebas del examen? pregunt Tom con tono de sospecha, examinando por s mismo los impresos. S minti Less sabiendo que su padre tena la vista demasiado dbil para ver algo, aunque siempre se neg a admitir el uso de anteojos. Oh... espera un momento! aadi Less con viveza. Hay otra prueba antes de eso... te pedirn que digas la hora. Otra prueba estpida murmur Tom. Qu es lo que...?

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    Se inclin sobre la mesa y tom el reloj para examinarlo, aadiendo: Las diez y cuarto. Sin pensarlo dos veces Less repuso: Pero son las once y cuarto, pap! Durante un momento el anciano permaneci inmvil como si hubiera recibido una cachetazo. Luego volvi a tomar el reloj y lo examin, avanzando ambos labios, y Less tuvo la impresin de que Tom iba a insistir en que eran las diez y cuarto. Bien, eso es lo que quera decir dijo Tom repentinamente. Me has entendido mal. Desde luego que son las once y cuarto. Cualquier estpido podra verlo. Las once y cuarto. Este reloj no es nada bueno. Los nmeros estn demasiado cerca unos de otros. Debes prescindir de l... vers... Tom introdujo una mano en el bolsillo de su chaleco y extrajo de l su propio reloj de oro. He aqu un verdadero reloj dijo con orgullo. Marca la hora exacta desde hace... sesenta aos! Este s que es un reloj... y no se... Y tras pronunciar estas ltimas palabras arroj sobre la mesa el reloj de Less. El cristal se quebr en mil pedazos. Mira eso dijo Tom rpidamente, tratando de ocultar su vergenza. Ya ves... es un reloj que no soporta el ms pequeo golpe. Evit la mirada que le diriga Less, observando su propio reloj. Apret con fuerza los labios al abrir la tapa posterior, y ver el retrato de Mary; una Mary que tendra unos treinta aos, muy rubia y encantadora. A Dios gracias ella no tena que pasar por examen de ninguna clase, pens... al menos se haba evitado tal cosa. A Tom jams se le haba ocurrido pensar que la muerte accidental de Mary, sobrevenida a los cincuenta y siete aos de edad, hubiese sido un hecho afortunado, pero aquello haba ocurrido antes de instaurarse los exmenes. Cerr el reloj y lo dej sobre la mesa, al mismo tiempo que deca: Djame ese reloj esta noche... me preocupar de que maana le pongan un buen cristal. Est bien, pap... s, tienes razn, es un reloj viejo. As es... as es murmur Tom. Djamelo y har que le pongan un buen cristal, un cristal que no se rompa fcilmente. S, djamelo... Tom respondi luego a preguntas de orden monetario, y despus a otras como, por ejemplo: Cuntas monedas de veinticinco centavos hay en un billete de cinco dlares? y Si resto treinta y seis centavos de un dlar, qu cambio me queda? Casi todas ellas eran formuladas por escrito, y Less permaneci todo el tiempo sentado frente a su padre, controlando el tiempo que tardaba en contestarlas. La casa estaba sumida en el silencio. Todo pareca normal y corriente... los dos hombres all sentados, y Terry cosiendo en la sala de estar. Y esto era precisamente lo terrible. La vida segua como siempre. Nadie hablaba de morir. El Gobierno enviaba cartas, se efectuaban los exmenes, y aquellos que fracasaban reciban la orden de presentarse en el centro gubernamental para que les administraran las inyecciones. La ley funcionaba como una mquina perfecta, el ndice de mortalidad era normal, y se pona freno al problema del aumento de po-

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    blacin... todo llevado a cabo oficialmente, de forma impersonal, fra, sin un lamento ni una lgrima. Pero eran personas queridas las que moran. No vale la pena de que pierdas el tiempo observando ese cronmetro dijo Tom. Puedo resolver estas preguntas sin tu ayuda... y sin que mires tan fija-mente ese maldito reloj. Pap, los examinadores harn lo que yo hago ahora. Los examinadores son eso... examinadores replic Tom con enfado. Pero t no lo eres. Pap, estoy intentado ayudarte... Bien, entonces aydame... aydame de verdad. No te quedes ah sentado contemplando ese reloj. Eres t quien va de examinarse y no yo contest Less, sintiendo que la ira enrojeca sus mejillas. Y si t... S... mi examen... mi examen, s! replic Tom sbitamente enfurecido. Todos se han preocupado, verdad? Todos se han preocupado...! Las palabras le fallaron otra vez, y en su cerebro se acumularon una serie de furiosos pensamientos. No tienes por qu gritar, pap. No estoy gritando! Pap... los nios estn durmiendo! exclam Terry desde la sala de estar. No me importa que...! grit Tom. Se detuvo y se recost en la silla. Solt el lpiz que sostena sus dedos, que rod sobre el mantel de la mesa. Quieres continuar, pap? interrog Less conteniendo su nerviosa clera. No pido mucho murmur Tom para s. No pido mucho a la vida. Pap... continuamos? Tom se irgui y replic lentamente, con tono de herido orgullo: Si para ti no es perder el tiempo... si no consideras que pierdes tu tiempo... Less examin una vez ms los impresos, que en aquel momento sostena con dedos crispados. Preguntas de tipo psicolgico? No, no podra hacrselas. Cmo iba a preguntar a su anciano padre lo que opinaba sobre el sexo, a aquel padre de ochenta aos para quien la observacin ms inocente era obscena? Bien... murmur Tom en actitud de espera. Parece que no queda nada ms dijo Less. Hace casi cuatro horas que estamos trabajando. Y esas hojas que tienes en la mano? Casi todas ellas se refieren... a la cuestin fsica, pap. Vio cmo los labios de su padre se crispaban y durante un momento temi que Tom fuera a insistir, pero todo cuanto el anciano dijo fue: Un buen amigo... un maravilloso amigo. Less se detuvo. No vala la pena de hablar ms sobre aquello. Tom saba perfectamente que el doctor Trask no podra firmar un certificado de buenas condiciones fsicas, como hizo ya en los tres exmenes anteriores. Less tambin saba lo atemorizado y ofendido que se sentira Tom, cuando tuviera que desvestirse y permanecer enteramente desnudo ante los mdicos, que lo examinaran y le haran preguntas ofensivas. Tampoco ignoraba Less el

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    miedo que Tom senta al ser observado por una mirilla mientras se vesta, para anotar en un grfico el tiempo que empleaba en vestirse y cmo lo haca. Sin contar el hecho de que, al comer en la cafetera del Gobierno, durante el descanso concedido en el largo da del examen, unos ojos lo contemplaran de nuevo, atentos, si dejaba caer el tenedor o la cuchara, tropezaba con el vaso de agua o se ensuciaba la camisa con alguna gota de grasa. Te pedirn que firmes y escribas despus tu direccin explic Less, con el deseo de que su padre olvidase el examen fsico, pues saba lo orgulloso que se senta Tom de su caligrafa. Simulando obrar de mala gana, el anciano recogi el lpiz y se puso a escribir. Los engaar, pens, mientras el lpiz se mova sobre el papel con fuerza y seguridad. SEOR THOMAS PARKER, escribi. 2719, BRIGHTON STREET, BLAIRTOWN, NEW YORK. Y la fecha... aadi Less. El anciano escribi: 17 DE ENERO DE 2003. Despus sinti que algo muy fro se mova en su interior. Al da siguiente era el examen. Yacan en el lecho uno al lado del otro, pero sin dormir. Apenas haban hablado al desnudarse, y cuando Less se inclin para darle un beso y las buenas no-ches, ella murmur algo inaudible para l. En aquel momento se volvi de costado, exhalando un profundo suspiro y, en la semioscuridad de la habitacin, la mir. Ella abri los ojos para mirarlo a su vez. Dormido? pregunt ella suavemente. No. Less no dijo nada ms. Esper a que hablase ella. Pero al cabo de unos momentos Less dijo: Creo que esto es... el final. Sus ltimas palabras fueron muy dbiles porque no le gustaban. Sonaban ridculamente melodramticas. Terry no dijo nada. Luego, como si pensara en voz alta, murmur: Crees que existe alguna posibilidad de...? Less tens todos los msculos de su cuerpo, porque saba lo que ella le estaba preguntando. No respondi. Jams superar la prueba. Oy cmo Terry tragaba saliva. No me lo digas, pens desesperadamente. No me digas que durante quince aos he estado diciendo lo mismo. Lo dije porque saba que era cierto. Sbitamente dese haber firmado aos antes la Demanda de Eliminacin. Los dos necesitaban desesperadamente verse libres de Tom, por el bien de sus hijos y de s mismos. Pero cmo se explicaba aquella necesidad con palabras, sin sentir la impresin de cometer un crimen? No se poda decir: Espero que el viejo fracase. Espero que lo maten pronto. Y, sin embargo, todo cuanto se pudiera decir con otras palabras no era ms que un eufemismo, un hipcrita sucedneo de aquellas palabras... porque aquellas palabras eran las que expresaban exactamente lo que se senta.

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    Terminologa mdica, pens... grficos de cosechas insuficientes, bajos niveles de vida, hambre, y nivel de salud deficiente... Haban empleado todas aquellas palabras para apoyar la promulgacin de la ley. Mentiras..., mentiras sin ninguna base. Se haba promulgado la ley porque queran quedarse solos, porque deseaban vivir sus propias vidas. Less... y si pasa el examen? insisti Terry; Less not que sus manos se crispaban inconscientemente sobre el colchn. Less...? No lo s, cario respondi al fin. Su voz sonaba firme en la oscuridad, la voz de Terry pareca hallarse al borde de la crisis. Tienes que saberlo dijo. Less movi inquieto la cabeza sobre la almohada. Cario, djalo ya, por favor rog. Less, si pasa el examen... sern cinco aos ms. CINCO AOS MS, Less, te das cuenta? El viejo no puede pasar este examen, cario. Pero... y si lo aprueba? Terry, se equivoc en las tres cuartas partes de las preguntas. Yo mismo se las hice. Casi no oye, su vista es deficiente, su corazn est muy dbil, y padece artritis... Less se detuvo y con un puo golpe con desesperacin la cama al aadir: Ni siquiera pasar el examen fsico... Less se estaba odiando a s mismo por asegurar a Terry que Tom ya estaba condenado. Si al menos pudiese olvidar el pasado y considerar a su padre como lo que era en aquel momento... un anciano intil y agotado que estaba arruinando sus vidas. Pero era muy difcil olvidar cunto haba amado y respetado a su padre, olvidar los buenos ratos pasados con l en el campo, las excursiones de pesca, las largas conversaciones nocturnas, muchas cosas que l y su padre haban compartido. Aqul era y haba sido el motivo por el cual nunca haba tenido nimos para afirmar la peticin. Bastaba con llenar un impreso, algo mucho ms sencillo que aguardar los exmenes quinquenales. Pero eso hubiera significado firmar la sentencia d muerte de su padre. Pudo solicitar al Gobierno que dispusiera del viejo como si se tratara de un desperdicio. Pero ahora su padre tena ochenta aos, y, pese a haber recibido una educacin basada en slidos principios morales y cristianos, tanto l como Terry teman que el viejo Tom lograse aprobar el examen y seguir viviendo con ellos otros cinco aos ms... otros cinco aos gruendo por toda la casa, contraviniendo las instrucciones dadas a los nios, rompiendo cosas, deseando ayudar sin ser ms que un estorbo, y haciendo de la vida una continua guerra de nervios. Ser mejor que duermas murmur Terry ms tarde. Less lo intent, pero no pudo conseguirlo. Permaneci inmvil en la oscuridad, mirando hacia el oscuro techo de la habitacin, e intentando hallar una res-puesta sin resultado.

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    El despertador son a las seis. Less no tena que levantarse hasta las ocho, pero deseaba ver a su padre. Abandon el lecho y se visti silenciosamente para no despertar a Terry. Pero Terry despert y le mir desde la almohada. Tras una pausa se apoy sobre un codo, mirndole an con gesto sooliento. Me levantar y te preparar el desayuno dijo. No te preocupes replic Less. Puedes quedarte en cama. No quieres que me levante? No te molestes, cario... quiero que descanses. Terry se tendi y se volvi hacia el otro lado para que Less no viese su cara. No saba el motivo, pero haba empezado a llorar en silencio; ignoraba si era porque no quera que Less viese a su padre, o porque en aquel momento se acord del examen. Pero no poda dejar de llorar. Todo cuanto pudo hacer fue permanecer en extrema tensin hasta que se cerr la puerta del dormitorio. Entonces temblaron sus hombros, y un fuerte sollozo quebr la barrera que ella misma haba alzado. La puerta de la habitacin de su padre estaba abierta al acercarse Less. Mir hacia el interior y vio a Tom sentado en el borde de la cama, inclinado hacia delante, atndose los cordones de los zapatos. Vio cmo los sarmentosos dedos trataban de hacer el lazo. Todo va bien, pap? pregunt Less. El hombre le mir muy sorprendido. Qu haces aqu a estas horas? pregunt. Pens en desayunar contigo dijo Less. Durante un momento ambos se miraron en silencio. Luego, su padre volvi a inclinarse sobre los zapatos. Eso no es necesario murmur el anciano. Bien, de todas formas habr que desayunar algo dijo Less volvindose para que su padre no pudiera discutir. Oh...! Less se volvi. Confo en que no olvides ese reloj dijo Tom. Lo llevar hoy a la joyera para que le pongan un cristal decente... un cristal que no se rompa con facilidad. Pap, ese reloj es muy viejo replic Less. No vale ni cinco centavos. Tom asinti lentamente con un movimiento de cabeza, alzando una mano y haciendo con ella un gesto como si tratara de evitar toda posible discusin. De todas formas insisti, tratar de... Est bien, pap, est bien. Lo dejar sobre la mesa de la cocina. Tom se incorpor y mir a Less durante un momento sin que en sus ojos se reflejara expresin alguna. Luego, como si obedeciese a un segundo pensamiento, volvi a inclinarse sobre sus zapatos. Less contempl los grises cabellos del anciano y advirti que sus dedos temblaban ms que nunca. Despus se volvi. El reloj segua sobre la mesa del comedor. Less lo recogi para dejarlo sobre la mesa de la cocina. Pens que quiz el viejo estuvo pensando en el reloj durante toda la noche. De lo contrario no le hubiese hablado de l tan pronto. Puso agua en la cafetera y oprimi los botones que correspondan a dos

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    raciones de huevos con jamn. Luego se sirvi dos vasos de jugo de naranja y tom asiento ante la mesa. Un cuarto de hora despus entr su padre en la cocina, con su traje azul oscuro, los zapatos cuidadosamente pulidos, las uas arregladas y los cabellos bien peinados. Pareca mucho ms viejo cuando se acerc hasta la cafetera de cristal y la mir. Sintate, pap dijo Less, te servir yo. No soy un intil replic Tom. Qudate donde ests. Less sonri y dijo: He preparado huevos con jamn. No tengo apetito replic Tom. Necesitas desayunar bien, pap. Jams he desayunado fuerte contest Tom secamente sin apartar los ojos de la cafetera. No creas... no es bueno para el estmago. Less cerr los ojos durante un momento y en sus facciones se reflej una terrible desesperacin. Para qu me habr molestado en madrugar? se pregunt. Lo nico que hacemos siempre es discutir. No. Less tens todos los msculos de su cuerpo. Tena que mostrarse alegre aun a costa de un enorme esfuerzo. Dormiste bien, pap? pregunt. Desde luego que dorm bien respondi su padre. Siempre duermo bien. Muy bien. Acaso crees que no dormira por culpa de un...? El anciano se detuvo y se volvi mirando a Less con ademn acusador. Dnde est ese reloj? pregunt. Less lanz un hondo suspiro y alz el reloj que haba dejado antes sobre la mesa. Su padre avanz trabajosamente sobre el linleo, tom el reloj con una mano y lo contempl durante un instante, avanzando ambos labios con gesto despreciativo. Un trabajo vulgar... contest en voz baja. Muy vulgar... Guard el reloj en uno de los bolsillos de su chaqueta, aadiendo tras una ligera pausa: Te conseguir un cristal decente... uno que no se rompa. Less asinti con un movimiento de cabeza y respondi: Eso ser magnfico, pap. El caf ya estaba hecho y Tom sirvi dos tazas. Less abandon su asiento y apag la parrilla automtica. Tampoco l en aquellos momentos tena el ms mnimo apetito, pens. Luego se sent frente al ceudo padre y bebi caf, agradeciendo el reconfortante calor que se deslizaba por su garganta. El caf tena un sabor horrible, pero Less saba que aquella maana los mejores manjares del mundo tendran el mismo sabor amargo para l. A qu hora tienes que estar all, pap? pregunt, para romper el silencio. A las nueve en punto respondi Tom. No quieres que te lleve en el coche? No, no... nada de eso dijo Tom como si estuviese hablando con un chico. Ir en subterrneo. Me lleva hasta all con suficiente tiempo. Est bien, pap asinti Less, contemplando el caf que restaba an en su

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    taza. Debo decir algo, pens, pero nada se le ocurra. Entre ambos rein el silencio durante unos largos minutos, mientras Tom beba su caf a sorbos lentos y metdicos. Less humedeci los labios con la punta de la lengua, ocultando su pnico tras la taza. Charlamos de coches y de subterrneos, pens... cuando el viejo poda ser sentenciado a muerte aquel mismo da. Lament haberse levantado. Hubiese sido mejor despertarse por la maana y descubrir que su padre se haba ido ya. Deseaba que todo sucediera de aquel modo... permanentemente. Siempre haba deseado despertar una maana y hallar vaco el dormitorio de su padre... no ver sus trajes, sus zapatos oscuros, sus ropas de trabajo, sus pauelos, sus ligas, sus tirantes, sus medias, el equipo de afeitar... todas aquellas mudas pruebas de una vida que haba desaparecido. Pero no ocurrira as. Una vez fracasara Tom en el examen, pasaran unas semanas antes de que se recibiera la citacin, y luego otra semana o dos antes de la notificacin que fijaba la fecha. Un lento y espantoso proceso de cesin de efectos personales, de comidas y cenas en comn, de charlas nerviosas un da y otro da, hasta el viaje en coche hasta el centro gubernamental, y luego el silencioso ascensor hasta... Santo Dios! Less se dio cuenta de que estaba temblando sin remedio, y por un momento temi echarse a llorar. Luego alz la cabeza, con gesto de asombro, cuando su padre se puso en pie. Tengo que irme anunci Tom. Los ojos de Less se fijaron en el reloj de pared. No son ms que las siete menos cuarto dijo en tensin. No necesitas tanto tiempo para ir a... Me gusta llegar antes de la hora replic Tom con firmeza. Pero, por Dios, pap, slo se tarda una hora en llegar a la ciudad... insisti Less con una doloroso nudo en el estmago. Su padre movi la cabeza negativamente, hasta que Less comprendi que no le haba odo. Es temprano, pap dijo Less, alzando ms la voz temblorosa. Aun as cort su padre. No has comido nada, pap. Jams he desayunado fuerte... no es bueno para el... Less no escuch el resto... porque las palabras de su padre eran las mismas de siempre, una repeticin de las frases que expresaban todos los h