Los Distintos Completos

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<ul><li><p>Bogot, Buenos Aires, Caracas, Guatemala, Lima, Mxico, Panam, Quito, San Jos, San Juan, Santiago de Chile</p><p>www.librerianorma.com</p><p>(The Pe</p><p>culiar</p><p>)</p><p>Stefan Bachmann[traduccin de martn Schifino]</p></li><li><p>Titulo original en ingls: The PeculiarUna publicacin de HarperCollins Childrens Books</p><p> Stefan Bachmann, 2013 Grupo Editorial Norma, 2013San Jos 831, Ciudad de Buenos Aires, Argentina</p><p>Reservados todos los derechos. Prohibida la reproduccin total o parcial de esta obra sin permiso escrito de la editorial. </p><p>Impreso en la Argentina Printed in Argentina</p><p>Primera edicin: XXXX de 2013Diseo de tapa: Paul ZakrisArte de tapa: Thierry Lafontaine, 2012, Imaginism Studios Diagramacin: Romina RoveraCorreccin: Patricia Motto Rouco Traduccin: Martn Schifino</p><p>CC 26505008ISBN 978-987-545-567-2</p><p>Bachmann, Stefan Los distintos. - 1a ed. - Buenos Aires : Grupo Editorial Norma, 2013. 288 p. ; 14x22 cm. </p><p> ISBN 978-987-545-567-2 </p><p> 1. Narrativa Estadounidense. I. Ttulo CDD 813</p></li><li><p>A mi mam y a mi hermana, que lo leyeron primero. </p></li><li><p>ndice</p><p>Prlogo 9</p><p>Captulo I. Lo ms pero lo ms hermoso 15Captulo II. Un engao secreto 27Captulo III. Alas negras y viento 41Captulo IV. Casa Simpar 51Captulo V. Invitar a un duende 65Captulo VI. Melusina 77Captulo VII. Una mala 91Captulo VIII. Atrapar a un pjaro 103Captulo IX. Cenizas 115Captulo X. El mecanoalquimista 127Captulo XI. El Nio Nmero Diez 143Captulo XII. La casa y la furia 155Captulo XIII. Salir del callejn 171Captulo XIV. Lo ms horrible 189Captulo XV. El mercado dundico 203Captulo XVI. Grinbruja 217Captulo XVII. La Nube que Oculta la Luna 235Captulo XVIII. Los distintos 253</p><p>Nota del traductor 283</p></li><li><p> ~ 9 ~</p><p>Prlogo</p><p>caan plumas del cielo.Como nieve negra, bajaban flotando sobre una vieja </p><p>ciudad llamada Bath. Se arremolinaban sobre los tejados, se apilaban en las esquinas de los callejones y oscurecan y silenciaban todo, como un da de invierno.</p><p>Los habitantes se extraaron. Algunos se encerraron en el stano. Otros corrieron a la iglesia. La mayora abri el paraguas y sigui con sus cosas. A las cuatro de la tarde, un grupo de cazadores de pjaros tom el camino hacia Kentish Town, tirando de un carro cargado de jaulas. Fueron los ltimos en ver Bath tal como haba sido, los ltimos en irse. En algn momento de la noche del vein-titrs de septiembre se oy un gran estrpito, como de alas y voces, de ramas quebradas y vientos huracanados, y a continuacin, en un abrir y cerrar de ojos, Bath se </p></li><li><p> ~ 10 ~</p><p>Los distintos</p><p>esfum y solo quedaron ruinas, mudas y desoladas bajo las estrellas. </p><p>No hubo llamas. Ni gritos. Todo el mundo desapareci en cinco leguas a la redonda, as que a la maana siguiente nadie pudo hablar con el alguacil que lleg montado en un caballo chueco. Nadie humano. </p><p>Un granjero lo hall unas horas ms tarde, de pie en un campo apisonado. El caballo se haba esfumado y las botas del alguacil estaban gastadsimas, como si llevara varios das caminando. </p><p>Fro dijo, con la mirada distante. Labios fros y manos fras y qu cosa tan pero tan rara.</p><p>Entonces empezaron los rumores. Se susurraba que de las ruinas de Bath surgan monstruos, diablillos delgados como huesos y gigantes altos como colinas. En las granjas aledaas, la gente clav cabezas de ajo en los marcos de las puertas y cerr los postigos con cintas rojas. Tres das despus de la destruccin de la ciudad, llegaron unos cientficos de Londres para estudiar el sitio donde antes estaba Bath, y se los vio por ltima vez en la copa de un roble nudoso, con los cuerpos blancos y exanges, las chaquetas atravesadas por ramas. Despus de eso la gente ech llave a las puertas. </p><p>Pasaron semanas, y corrieron rumores de cosas peores. Los nios desaparecan de sus camas. Perros y ovejas de pronto quedaban rengos. En Gales, la gente se meta en el bosque y nunca ms reapareca. En Swainsick se oy un violn en medio de la noche, y todas las mujeres del pueblo salieron en camisn y siguieron el sonido. Nadie nunca volvi a verlas. </p><p>Pensando que aquello era quizs obra de uno de los enemigos de Inglaterra, el Parlamento envi de inmediato </p></li><li><p> ~ 11 ~</p><p>Prlogo</p><p>una brigada de soldados a Bath. Llegaron los soldados y, aunque no hallaron rebeldes ni franceses entre los escom-bros, s encontraron un cuadernito manoseado que haba pertenecido a uno de los cientficos a los que la muerte haba sorprendido en la copa del roble. No tena ms que unas pocas pginas escritas a vuela pluma, muy mancha-das, pero caus sensacin en todo el pas. Se lo public en panfletos y peridicos, y se lo estamp en los kioscos de revistas. Lo leyeron carniceros y tejedores de seda; lo leyeron alumnos, abogados y duques, y los que no saban leer pidieron que se lo leyeran en rondas multitudinarias. </p><p>La primera parte estaba llena de cuadros y frmulas, mezclados con garabatos sentimentales sobre una tal Lizzy. Pero a medida que se avanzaba, las observaciones del cientfico se ponan ms interesantes. Describa las plumas que haban cado en Bath, que no eran plumas de ningn pjaro conocido. Describa huellas misteriosas y misteriosas cicatrices en la tierra. Por ltimo describa un largo camino que se desdibujaba entre una voluta de azufre, y retrataba a unas criaturas que solo se ven en fbulas. Entonces se confirmaron los peores temores de todos: los pequeos, la gente oculta, los sidhe, haban pasado de su mundo al nuestro. Los duendes haban llegado a Inglaterra.</p><p>Por la noche se acercaron a los soldados goblins y stiros, gnomos, espritus y plidos seres frgiles y sutiles de ojos azabache. De inmediato, el oficial de aspecto almidonado que estaba al mando de los ingleses, un tal Briggs, les dijo que eran sospechosos de grandes crmenes y que deban ir a Londres para ser interrogados; pero eso era ridculo, como decirle al mar que se lo juzgara por los barcos que se haba tragado. Los duendes hicieron odos sordos a esos </p></li><li><p> ~ 12 ~</p><p>Los distintos</p><p>hombres torpes vestidos de rojo. Se pusieron a correr a su alrededor, abuchendolos y provocndolos. Una mano p-lida se estir para pellizcar una manga roja. En la oscuridad se dispar un arma. Y entonces empez la guerra. </p><p>Se la llam la Guerra Sonriente por la cantidad de crneos, blancos y risueos, que quedaron esparcidos en los campos. Hubo pocas batallas verdaderas; nada de marchas triunfales ni descargas flamgeras que luego inspiraran epopeyas. Porque los duendes no eran como los hombres. No respetaban las reglas, ni formaban filas como soldaditos de plomo. </p><p>Los duendes invocaron a las aves para que arrancaran a picotazos los ojos a los soldados. Invocaron a la lluvia para que humedeciera la plvora y pidieron al bosque que levantara sus races y fuera por la campia de un lado a otro para confundir los mapas ingleses. Pero al final la magia de los duendes no pudo contra los caones y la caballera ni contra la marea inagotable de casacas rojas que les cay encima. En un montecito llamado Colina Negra, los britnicos convergieron sobre los duendes y los avasallaron. A los que salieron corriendo los derriba-ron a tiros. Al resto (y eran muchos, pero muchos) los reunieron, los contaron, los bautizaron y los pusieron a trabajar en fbricas. </p><p>Bath se convirti en su nuevo hogar en ese pas nuevo. Al resurgir de los escombros, la ciudad creci como un sitio oscuro. El lugar donde haba aparecido la carretera, donde todo haba sido destruido por completo, se convirti en Nueva Bath, un enjambre de casas y calles con una altura de ms de ciento cincuenta metros, lleno de chimeneas ennegrecidas y de finos puentes que colgaban sobre un amasijo de basura apestosa y humeante. </p></li><li><p> ~ 13 ~</p><p>Prlogo</p><p>El Parlamento, mientras tanto, dictamin que la magia que haban trado consigo los duendes era una suerte de desgracia y que haba que esconderla con vendajes y ungentos. Una lechera de Townbridge descubri que, cuando sonaba una campana, a su alrededor cesaban todos los sortilegios y los setos paraban de susurrar y los cami-nos volvan a llevar adonde siempre haban llevado, de manera que se promulg una ley que obligaba a todas las iglesias del pas a doblar las campanas cada cinco minutos en vez de cada quince. Desde haca tiempo se saba que el hierro protega contra los hechizos, y de ah en ms se introdujeron limaduras de ese material en todo, desde los botones de la ropa hasta las migas de pan. En las grandes ciudades, se araron los parques y se derribaron los rbo-les, porque se supona que los duendes eran capaces de extraer poder de las hojas y del roco. Abraham Darby, en su disertacin Las propiedades del aire, propuso la famosa hiptesis de que los mecanismos de relojera actuaban como una especie de antdoto contra la naturaleza rebelde de los duendes, y por ello los profesores y fsicos y todas las grandes mentes volcaron sus esfuerzos en la mecnica y en la industria. Empez entonces la Era de Humo. </p><p>Con el tiempo los duendes pasaron simplemente a for-mar parte de Inglaterra, una parte inseparable, como los brezos en los pramos grises, como las horcas en las cimas de las colinas. Los gnomos y genios salvajes no tardaron en comportarse como ingleses. Vivan en ciudades inglesas, respiraban humo ingls y, en poco tiempo, no estaban ni mejor ni peor que los miles de humanos pobres que trabajaban a su lado. Pero los lderes de los duendes los plidos, silenciosos sidhes de aspecto furtivo y chalecos ceidos no cedieron con tanta facilidad. No olvidaban </p></li><li><p> ~ 14 ~</p><p>Los distintos</p><p>que haban sido amos y amas en sus propios y grandes salones. No perdonaban. Los ingleses habran ganado la Guerra Sonriente, pero haba otras formas de luchar. Una palabra poda causar una revuelta, la muerte de un hom-bre poda escribirse con tinta, y los sidhes conocan esas armas como la palma de su mano. Claro que las conocan. </p></li><li><p> ~ 15 ~</p><p>captulo I Lo ms pero lo ms hermoso</p><p>Bartolomeo Perol la vio en el momento en que se funda con las sombras del Callejn del Viejo Cuervo: era una gran dama vestida de terciopelo color ciruela, que avanzaba con estampa de reina por la calle enfangada. Era de suponer que nunca saldra de all. Quizs en la carretilla del juntacadveres o en una bolsa, pero casi seguro no por sus propios medios.</p><p>Bartolomeo cerr el libro que haba estado leyendo y apret la nariz contra la ventana sucia. En los guetos de Bath donde vivan los duendes no se era amable con los desconocidos. En un momento podas hallarte en una avenida bulliciosa, esquivando ruedas de tranvas y pilas de estircol, procurando que no te devoraran los lobos que tiraban de los carruajes, y al siguiente descubrirte en </p></li><li><p> ~ 16 ~</p><p>Los distintos</p><p>un laberinto de callecitas estrechas flanqueadas por casas que se escoraban en lo alto, ocultando el cielo. Si tenas la mala suerte de cruzarte con alguien, lo ms probable era que fuese un ladrn. Y no de los delicados, como los espritus de dedos finos que hay en Londres. Ms bien de esos que tienen mugre en las uas y tambin hojas en el pelo y que, si consideraran que vale la pena hacerlo, no dudaran ni un segundo en rebanarte la garganta. </p><p>A Bartolomeo le pareci que la dama muy bien vala la pena. Saba que se mataba por menos. A juzgar por los cadveres enjutos que sacaban a rastras de las cunetas, se mataba por mucho menos. </p><p>Era muy alta y extraa y, engalanada como iba, pareca extranjera; daba la impresin de ocupar todo el callejn opaco. Llevaba las manos enfundadas en largos guantes del color de la medianoche. Le brillaba la garganta enjoya-da y en la cabeza tena una galerita con una enorme flor morada. Como la galera estaba inclinada, haca sombra sobre sus ojos. </p><p>Queta susurr Bartolomeo, sin alejarse de la ven-tana: Ven a ver, Queta.</p><p>En el fondo de la habitacin se oyeron pasitos rpi-dos. A su lado apareci una nia. Era muy flacucha, de cara huesuda y piel plida, con un tinte azulado por falta de luz solar. Fea, como l. Sus ojos enormes y redondos eran charcos negros que se formaban en los huecos de su crneo. Tena las orejas en punta. Con un poco de suerte Bartolomeo poda pasar por un nio humano, pero Queta no. Era evidente que por sus venas corra sangre de duende. Porque donde Bartolomeo tena un nido de pelo castao, Queta tena las ramas suaves y desnudas de un rbol joven. </p></li><li><p> ~ 17 ~</p><p>Lo ms pero lo ms hermoso</p><p>Tras sacarse una rama caprichosa de delante de los ojos, solt un grito ahogado.</p><p>Oh, Barti suspir, aferrndole la mano. Es lo ms pero lo ms hermoso que vi en mi vida. </p><p>l se arrodill a su lado, de manera que las caras de los dos asomaban justo por encima del alfizar carcomido. </p><p>Por cierto, la dama era muy hermosa, pero haba algo extrao en ella. Algo oscuro y agitado. No llevaba maletn, ni capa, ni siquiera una sombrilla con que protegerse del calor de fines del verano. Como si hubiera salido de la quie-tud sombra de un saln directo al distrito de los duendes de Bath. Caminaba de manera envarada y a las sacudidas, como si no supiera utilizar muy bien las extremidades. </p><p>Qu crees que hace aqu? pregunt Bartolomeo, y empez a mordisquearse lentamente la ua del pulgar.</p><p>Queta frunci el ceo.No s. A lo mejor es una ladrona. Mam dice que se </p><p>visten bien. Pero no es un poco llamativa para ser una la-drona? No es como Queta lo mir deprisa, y el miedo brill en sus ojos como si estuviera buscando algo? </p><p>Bartolomeo par de mordisquearse el pulgar y mir a su hermana. Despus le apret la mano. </p><p>No nos busca a nosotros, Queta.Pero al decirlo sinti que, de la inquietud, el estmago </p><p>se le retorca como una raz. Era obvio que la dama bus-caba algo. Sus ojos, medio escondidos en la sombra de su sombrero, barran, estudiaban las casas a medida que pasaba por delante. Cuando la mirada se pos en la casa donde vivan ellos, Bartolomeo se agach bajo el alfizar. Queta ya estaba ah abajo. No te hagas notar y nadie te colgar. Era la regla ms importante de todas para los sustitutos. Era una buena regla. </p></li><li><p> ~ 18 ~</p><p>Los distintos</p><p>La dama de morado camin hasta el fondo del calle-jn, donde la esquina doblaba hacia la Senda de la Vela Negra. Arrastraba las faldas por los adoquines, llevndose la mugre aceitosa que lo cubra todo, pero eso no pareca importarle. Luego se dio la vuelta con lentitud y desanduvo lo andado por el callejn, inspeccionando las casas de la vereda opuesta.</p><p>Tras recorrer el Callejn del Viejo Cuervo de arriba abajo unas seis o siete veces, se detuvo delante de la casa que estaba justo enfrente de la ventana de Queta y Bartolomeo. Se trataba de una casa en falsa escuadra, de tejados en punta, con chimeneas y puertas que asomaban por entre la piedra en lugares extraos. Estaba apretujada entre dos casas ms grandes, y ms retirada que las otras del callejn, tras un alto muro de piedra en cuyo centro haba un arco. En el suelo yacan los restos retorcidos de una puerta de hierro. La mujer pas sobre ellos y entr en el jardn. </p><p>Bartolomeo saba quin viva en esa casa. Una familia de mestizos, la madre duende y el padre herrero, que tra-bajaba en la fundicin de caones de la Calle Leechcraft. Haba odo que se llamaban Buddelbinster. En una poca tenan siete hijos sustitutos, y Bartolomeo los haba visto jugar detrs de las ventanas y los marcos de las puertas. Pero tambin otra gente los haba visto, y una noche vi-nier...</p></li></ul>