colmillo blanco - jack london

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  1. 1. Jack London COLMILLO BLANCO www.infotematica.com.ar
  2. 2. Texto de dominio pblico. Este texto digital es de DOMINIO PBLICO en Argentina por cumplirse ms de 30 aos de la muerte de su autor (Ley 11.723 de Propiedad Intelectual). Sin embargo, no todas las leyes de Propiedad Intelectual son iguales en los diferentes pases del mundo. Infrmese de la situacin de su pas antes de la distribucin pblica de este texto. 2
  3. 3. Colmillo Blanco www.infotematica.com.ar PRIMERA PARTE LO SALVAJE I La pista de la carne Aun lado y a otro del helado cauce de ergua un oscuro bosque de abetos de ceudo aspecto. Haca poco que el viento haba despojado a los rboles de la capa de hielo que los cubra y, en medio de la escasa claridad, que se iba debilitando por momentos, parecan inclinarse unos ha- cia otros, negros y siniestros. Reinaba un profundo silencio en toda la vasta extensin de aquella tierra. Era la desolacin misma, sin vida, sin movimiento, tan solitaria y fra que ni siquiera bastara decir, para describirla, que su esencia era la tristeza. En ella haba sus asomos de risa; pero de una risa ms terrible que todas las tristezas..., una risa sin alegra, como el sonrer de una esfinge, tan fra como el hielo y con algo de la severa dureza de lo infalible. Era la magistral e inefable sabidura de la eternidad rindose de lo ftil de la vida y del esfuerzo que supone. Era el brbaro y salvaje desierto, aquel desierto de corazn helado, propio de los pases del norte. Pero, a pesar de todo, all haba vida; lo que significaba, sin duda, todo un reto. Por la pendiente del helado cauce bajaba penosamente una hilera de perros que parecan ms bien lobos. La escarcha cubra un hirsuto* pelaje. El aliento se les helaba en el aire en cuanto sala de su boca, era despedido hacia atrs en vaporosa espuma hasta posarse en sus pies, en donde se cristalizaba. Los perros llevaban sendos jaeces* de cuerpo, como tirantes, que los mantenan unidos a un trineo que arrastraban. El vehculo, especie de narria*, haba sido construido de recias cortezas de abedul, careca de cuchillas o patines, y toda su superficie inferior descansaba sobre la nieve. La parte delantera del trineo estaba vuelta hacia arriba, a fin de que pudiera penetrar por la gran ola de nieve blanda que le dificultaba el paso. Atada fuertemente sobre el trineo, se vea una caja estrecha y larga, rectangular. Haba tambin otros objetos: mantas, una gran hacha, una cafetera y una sartn; pero lo que ocupaba la mayor parte del sitio disponible, 3
  4. 4. Colmillo Blanco www.infotematica.com.ar destacndose sobre todo lo dems, era la caja estrecha y larga, de forma rectangular. Delante de los perros, calzando anchos y blandos zapatos de pelo para la nieve, avanzaba trabajosamente un hombre. Detrs del trineo iba otro. Dentro, en la caja, iba un tercero para quien todo esfuerzo haba ya terminado: una vctima de aquel salvaje desierto, un vencido que no se movera ni luchara ya ms, aplastado, aniquilado por l. Al desierto no suele gustarle el movimiento. Toma como una ofensa la vida, porque vida es movimiento, y l tiende siempre a destruirlo. Hiela el agua para no dejarla correr hacia el mar; les roba la savia a los rboles - hasta helarles el potente corazn; y con mayor ferocidad, y por ms terrible modo an, anonada y obliga a someterse al hombre. Al hombre, que es lo ms inquieto que la vida ofrece, siempre en rebelin, justamente en contra de la idea de que todo movimiento acaba con la cesacin del mismo. Pero all, al frente de la zaga, como escolta, audaces, indomables, caminaban trabajosamente los dos hombres que no haban muerto an. Pieles y cueros blandos cubran sus cuerpos. Tenan pestaas, mejillas y labios tan cubiertos de cristales de hielo, producidos por su helada respiracin, que era imposible distinguirles la cara. Esto les daba el aspecto de enmascarados duendes, de enterradores de un mundo de espectros en el entierro de uno de los suyos. Pero, pese a las apariencias, eran hombres que penetraban en la tierra donde todo es desolacin, mofa sarcstica y silencio; aventureros novatos enfrascados en una colosal empresa. Se introducan a viva fuerza en un mundo poderossimo, tan remoto, tan ajeno a ellos y tan sin pulso como las profundidades del espacio. Avanzaban sin hablar, economizando el aliento para mantener las funciones del cuerpo. Por todos lados reinaba el silencio, casi podan palpar su presencia. Afectaba su mente como las innumerables atmsferas que pesan sobre el buzo, en lo hondo de las aguas, afectan su cuerpo. Los aplastaba materialmente bajo la pesadumbre de la extensin sin fin, de inexorables fallos. Los anonadaba hasta reducirlos al ltimo rincn de su mente, prensada para que de ella se escurrieran, como de los racimos el zumo, todo el falso ardor, la exaltacin y las indebidas presunciones del alma humana; hasta lograr que se sintieran muy limitados e insignificantes, unas simples manchitas, unos tomos, movindose con dbil maa y escasa 4
  5. 5. Colmillo Blanco www.infotematica.com.ar discrecin en el drama externo e interno de los ciegos y enormes elementos y fuerzas naturales. Pas una hora y luego otra. Menguaba, cada vez ms rpidamente, la plida luz del da, corto y sin sol, cuando en medio del aire en reposo reson un grito dbil y lejano. Se remont primero con rpido im- pulso hasta llegar a la nota ms alta, donde se afirm vibrante para ir bajando despus lentamente hasta dejar de orse. Aquello hubiera podido ser el lamento de un alma en pena, de no haber en el triste grito cierta ferocidad, cierta hambrienta vehemencia. El hombre que iba al frente del trineo volvi la cabeza y cruz la mirada con el que iba detrs. Por encima de la estrecha caja rectangular, ambos cambiaron una seal de asentimiento. Entonces se oy un segundo grito que pareci elevarse en el aire perforando aquel silencio con la sutil penetracin de una aguja. Los dos hombres comprendieron de dnde parta el sonido. Vena de all atrs, de algn sitio en la nevada extensin que acababan de atravesar. Un tercer grito, contestacin a los anteriores, reson tambin en la misma direccin, pero ms a la izquierda del segundo. -Nos persiguen, Bill -dijo el hombre que iba delante del vehculo. Su voz son ronca, como algo que no pareca humano, y era evidente el esfuerzo que realiz para hablar. -La carne escasea -contest su compaero-. Desde hace das no he visto ni un rastro de conejo. No dijeron nada ms, aunque siguieron con el odo atento a los gritos de caza que continuaban resonando all lejos, a su espalda. Como haba oscurecido ya por completo, desviaron los perros hacia un grupo de abetos al borde del cauce, y all acamparon. El atad, colocado junto al fuego, serva de asiento y de mesa. Los perros lobo, agrupados al otro lado de la hoguera, gruan y se peleaban, pero sin mostrar el menor deseo de perderse entre la oscuridad. -Me parece, Henry, que es digno de tomar en cuenta eso de que se hayan quedado tan cerca de nosotros -coment Bill. 5
  6. 6. Colmillo Blanco www.infotematica.com.ar Henry, en cuclillas junto a la lumbre y apoyando la cafetera con un pedazo de hielo, asinti con la cabeza. No aadi una palabra hasta que se sent sobre el atad y empez a comer. -Saben que si se apartan, pueden acabar sin su pellejo -contest entonces-. Prefieren comer de lo nuestro a ser comidos. Ya saben ellos lo que hacen, ya. Bill movi dubitativamente la cabeza y objet: -Oh, no s! No s! Su compaero lo mir con aire de curiosidad. -Esta es la primera vez que te oigo dudar de su instinto. -Henry -replic el otro, mascando obstinadamente las habas que coma-, te has fijado, por casualidad, en el modo que se revolvan los perros cuando les daba yo la comida? -S, alborotaban ms que de costumbre -contest el interpelado. -Cuntos perros tenemos, Henry? -Seis. -Bueno, Henry... -Bill se interrumpi un momento, como para dar mayor fuerza y nfasis a sus palabras-. Como bamos diciendo, Henry, tenemos seis perros. Seis pescados saqu yo del saco. Le fui dando uno a cada perro, pero al llegar al ltimo, no me quedaba ya pescado para l. -Es que contaste mal. -Seis perros tenemos -insisti el otro tranquilamente-. Seis eran los pescados que yo saqu. Oreja Cortada se qued sin el suyo. Volv al saco, cog otro y se lo di. -Pues no tenemos ms que seis perros. -Henry -continu Bill como si tal cosa-, no dir yo que fueran todos perros; pero eran siete los que engulleron los pescados. Henry dej de comer para echar una mirada por encima de la lumbre y contar los perros. -Lo que es ahora, no hay ms que seis -dijo. 6
  7. 7. Colmillo Blanco www.infotematica.com.ar -Yo vi al otro huir a travs de la nieve -anunci Bill framente, pero con toda seguridad-. Yo vi siete. Henry lo mir con lstima, dicindole: -Lo que yo me voy a alegrar cuando hayamos llegado al fin de este viaje...! -Qu quieres decir con eso? -pregunt Bill. -Pues quise decir que esta carga que llevamos te ha puesto ya tan nervioso que empiezas a ver visiones. -Tambin a m se me ocurri la idea -contest gravemente Bill-. Y por eso, cuando lo vi correr por la nieve, me acerqu y observ las huellas. Entonces cont los perros y an haba seis. En la nieve han quedado todava las pisadas. Quieres verlas? Yo te las ensear. Henry no contest y sigui mascando en silencio, hasta que, terminada la comida, tom una taza de caf. Se sec la boca con el dorso de la mano y dijo: -Pues entonces, t crees que era... -un prolongado aullido, tan feroz como triste y que parta de aquellas tenebrosas profundidades, vino a interrumpirle. Lo escuch un momento y luego termin la frase diciendo-: Uno de esos -al tiempo que acompaaba las palabras con un movimiento de la mano, sealando al sitio de donde el aullido provena. Bill asinti con la cabeza. Yo me inclinara a creer esto antes que otra cosa -indic-. T mismo observaste la barahnda que armaron los perros. Como un aullido suceda a otro, el silencio de antes se haba convertido en un vocero de casa de locos. De todas partes se elevaban los gritos, y de tal modo impresion aquello a l

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