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    Índice

    Introducción. La memoria histórica

    I. Corona, nobleza y burguesía

    Decadencia histórica La unidad nacional Guerra de la Independencia El turno del pueblo Juntas, Cortes y revolución burguesa Una revolución frustrada Alianza estratégica Capitalismo atrasado: desarrollo desigual y combinado Se prepara la tormenta La revolución gloriosa. Golpe militar y poder revolucionario La insurrección de 1869

    II. El proletariado militante. Los inicios

    Lecciones de Europa ‘Proletarios de todos los países, ¡uníos!’ Marxismo y anarquismo La Primera Internacional en la crisis revolucionaria española Guerra y revolución. La comuna de París Gobierno revolucionario Derrocar el Estado Internacionalistas bajo ataque Mayoría anarquista en la Regional Española La República de 1873. Una oportunidad perdida Insurrecciones y levantamientos Triunfo de la contrarrevolución

    III. Socialistas y anarcosindicalistas

    La restauración borbónica Reflujo obrero En los orígenes del movimiento socialista Clase contra clase El arraigo del anarquismo Sindicalismo socialista y sindicalismo revolucionario La guerra de Marruecos La Semana Trágica Represión sangrienta Viraje hacia la colaboración de clases: la conjunción republicano-socialista La fundación de la CNT y el anarcosindicalismo

    IV. La quiebra del régimen

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    El imperialismo y la lucha por la hegemonía La Primera Guerra Mundial Reformismo y chovinismo Neutralidad y grandes negocios El expolio marroquí y las juntas militares La carestía de la vida Agitación obrera La crisis política se generaliza Agosto de 1917. Huelga general revolucionaria: La quiebra del régimen

    V. El trienio bolchevique

    La revolución rusa La revolución permanente y las tesis de Abril El Octubre soviético La formación de la Internacional Comunista Agitación campesina en Andalucía Barcelona, capital obrera Huelga general y revolución El inicio de la represión ‘Terceristas’ en el PSOE Las Juventudes Socialistas y el bolchevismo Hacia el Partido Comunista de España Los anarcosindicalistas y la Tercera Internacional Derrota obrera: la ofensiva armada del gobierno y la patronal

    VI. La dictadura de Primo de Rivera y el colapso de la monarquía

    Revolución y contrarrevolución en Europa El socialismo en un solo país La amenaza fascista La crisis española se profundiza. La derrota militar en Marruecos El golpe de Primo de Rivera La actitud de las organizaciones obreras Una dictadura bonapartista La guerra contra Abd-el Krim Corporativismo político e intervención estatal en la economía La colaboración socialista La dictadura se desmorona El fin de la monarquía

    VII. El gobierno de conjunción republicano-socialista

    Los republicanos La fuerza de la izquierda en 1931 La República y las tareas de los comunistas La colaboración de clases El bienio reformista ante la Iglesia y el ejército La cuestión nacional La reforma agraria

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    Tierra y libertad La clase obrera en lucha Indulgencia con los golpistas, brutalidad con los campesinos Hacia los combates decisivos

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    I&TRODUCCIÓ&

    LA MEMORIA HISTÓRICA

    Tenemos que matar, matar y matar, ¿sabe usted? Son como animales, ¿sabe?, y no cabe esperar que se libren del virus del bolchevismo. Al fin y al cabo, ratas y piojos son los portadores de la peste. Ahora espero que comprenda

    usted qué es lo que entendemos por regeneración de España

    Gonzalo de Aguilera

    Capitán del ejército de Franco, terrateniente y amigo personal de Alfonso XIII1

    La decisión del levantamiento militar estaba tomada por la burguesía antes de que la derecha perdiera las elecciones de febrero de 1936. Los últimos meses de Gil Robles como ministro de la Guerra prepararon al ejército para el eventual golpe de Estado, pero los planes y las discusiones en torno a esta cuestión se remontan a 1932 y 1934. A las 4 de la mañana del 17 de febrero de 1936, inmediatamente después de la primera vuelta electoral, Gil Robles incitó al primer ministro en funciones, Manuel Portela Valladares, a anular los resultados de las elecciones con su ayuda y la del Ejército. Horas más tarde, fue el general Francisco Franco, entonces jefe del Estado Mayor Central, quién lo presionó para que declarase el estado de guerra con el fin de impedir el traspaso de poderes al Frente Popular.2

    Cuando el golpe militar era inminente y los oficiales leales de la Unión Militar Republicana y Antifascista (UMRA), que habían hecho acopio de toda la información al respecto, se entrevistaron con Casares Quiroga —jefe del gobierno y ministro de guerra en aquel momento— para informarle de la gravedad de la situación, la respuesta fue decepcionante. Casares Quiroga afirmó que no había peligro de golpe militar y se negó a adoptar ninguna medida de depuración de los mandos facciosos, tal como exigía la UMRA.3

    Para llevar a cabo sus planes la clase dominante contaba con un aparato concienzudamente engrasado. En la lucha contra el enemigo interior, el ejército había sido empleado con saña para aplastar a los trabajadores y los jornaleros: en la Semana Trágica y la huelga general de agosto de 1917; en las luchas del trienio bolchevique y bajo la dictadura de Primo de Rivera; pero también en los seis años republicanos de 1931 a 1936, en los que el ejército y las fuerzas policiales siguieron bajo el control directo de mandos derechistas y se emplearon a fondo en la represión de las huelgas, en los horribles asesinatos de campesinos en Casas Viejas, en la persecución de los obreros revolucionaros que siguió a la Comuna asturiana de 1934. En este último caso, el mismísimo Franco puso en práctica todo un ensayo de la guerra civil, fusilando a más de 200 trabajadores y deteniendo a más de 10.000.

    Este aparato militar tenía asimismo una larga experiencia en el exterior, en sus actuaciones durante las guerras coloniales, especialmente contra la población marroquí. La Legión, por ejemplo, de la cual fueron comandantes, entre otros, Millán Astray y Franco, reclutó a

    1 Citado en Julián Casanova, La iglesia de Franco, Ed. Crítica, Barcelona, 2005, p. 277. 2 Burnett Bolloten, La guerra civil española, revolución y contrarrevolución, Alianza Editorial, Madrid, 1995, p. 59. 3 Julio Busquets, Juan Carlos Losada, Ruido de sables, Ed. Crítica, Barcelona, 2003, p. 67.

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    lúmpenes para emplearlos en las razzias contra los rebeldes rifeños: “Criminales comunes, pistoleros, veteranos de la Primera Guerra Mundial que habían sido incapaces de adaptarse a la paz. Tanto Franco como Millán Astray plantearon la Legión como una especie de purgatorio vital que ofrecería a los desheredados reclutas la redención mediante el sacrifico, la disciplina, las penalidades, la violencia y la muerte”.4

    Esa brutalidad característica fue usada con todos los recursos disponibles por el ejército franquista durante la guerra civil. Eran métodos copiados de los utilizados en las guerras africanas. En la noche del 17 de julio, cuando el golpe militar se puso en marcha, en el protectorado de Marruecos fueron asesinadas 189 personas.5 Esa mañana aparecían los primeros cadáveres en las calles o abandonados en las playas. También comenzaría a funcionar el campo de concentración de Zeluán. En Canarias, el número de asesinados es desconocido, ya que los militares no tuvieron empacho en arrojar los cadáveres al océano.

    El 18 y 19 de julio de 1936, la respuesta de miles de trabajadores en Barcelona y Madrid, y en una mayoría de grandes ciudades, abortó los planes de un rápido triunfo del golpe. A partir de ese momento, el ejército sublevado inició una sangrienta política de conquista y exterminio que puede caracterizarse de auténtico genocidio. No sólo eliminaba a los cargos civiles y militares contrarios al golpe o a los dirigentes de los partidos políticos adheridos al Frente Popular o de los sindicatos, sino a todo aquel obrero o campesino cuyo asesinato pudiera servir de escarmiento.

    El objetivo de los militares y los fascistas que actuaron como tropas de limpieza en la retaguardia era sembrar un terror masivo. Había que dar a las masas una lección inolvidable. Los sublevados necesitaban aplastar su voluntad de lucha, y asesinar a decenas de miles era la mejor manera de que no se atrevieran a exigir sus derechos nunca más. La mecánica de esta política de exterminio era aterradora. Sólo en agosto de 1936, 584 personas fueron asesinadas en la ciudad de Sevilla y 1.084 en la provincia de Huelva (4.658 en todo ese año).6 En la ciudad de Zaragoza, los datos hablan de 2.598 víctimas registradas durante 1936.7 Paul Preston da una cifra general de asesinados por la represión franquista durante la guerra de 180.000 personas,8 a las que habría que sumar las bajas en el frente y los civiles muertos en acciones militares como los bombardeos (294 en el de Gernika y 300 en el de Alicante).

    El general Yagüe, autor de la masacre de Badajoz, le habló muy claro al periodista norteamericano John Thompson Whitaker: “Claro que los fusilamos. ¿Qué esperaba? ¿Suponía que iba a llevar 4.000 rojos conmigo mientras mi columna avanzaba contrarreloj? ¿Suponía que iba a dejarles sueltos a mi espalda y dejar que volvieran a edificar una Badajoz roja?”.9 La represión franquista no fu