re laci 1172

Author: josue-gonzalez-perez

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  • Relaciones de clase, justicia social y la poltica

    de la diferencia

    David Harvey

    R

    esulta difcil discutir las polticas de la identidad, el multicultu-

    ralismo, la "otredad" y la "diferencia", si stas se encuentran

    separadas de las condiciones materiales y de un proyecto politico .

    Por lo tanto, ubicar mi planteamiento en el contexto de una problemti-

    ca particular -la de la bsqueda de un orden social "socialmente jus-

    to"- inscrita dentro de las condiciones materiales imperantes en los

    Estados de Unidos de hoy en da .

    Hamlet, Carolina del Norte

    En el pequeo poblado de Hamlet, Carolina del Norte -con una po-

    blacin aproximada de 6 000 personas-, se alza una planta procesa-

    dora de pollo administrada por Imperial Foods . La produccin de

    pollo es un magnfico negocio en estos tiempos porque puede hacerse

    masivamente a un costo muy bajo gracias a los procesos industriales .

    Para mucha gente pobre en Estados Unidos (afectada por el descenso

    del ingreso durante las ltimas dos dcadas), el pollo se ha convertido

    por este motivo en una de las principales fuentes de protena ; su con-

    sumo se duplic en la dcada de los ochenta para equipararse al de la

    carne de res . Las condiciones prevalecientes en la industria del pollo

    -que se extiende a lo largo de un vasto semicrculo desde el extremo

    este de Maryland, pasando por las Carolinas y el Sur hasta internarse

    en el ltimo rincn de Texas (zona conocida como "El cinturn del po-

    llo" porque los ingresos obtenidos en la agricultura estn determina-

    dos por esta industria)- son, sin embargo, insalubres (la propagacin

    de la salmonela es un peligro endmico y la descripcin de las condi-

    ciones de produccin bien puede despertar la ira hasta de quienes son

    291

  • desde el otro lado

    levemente sensibles a los derechos de los animales) . Dependiente de la

    produccin de pollo para asar existe una industria procesadora que

    emplea a unos 150 000 trabajadores en cerca de 250 plantas, la mayor

    parte de ellas localizadas en poblados muy pequeos o en localidades

    rurales a lo largo de "El cinturn del pollo".

    El martes 3 de septiembre de 1991, un da despus de que Esta-

    dos Unidos celebr su "da del trabajo", se incendi la planta de Impe-

    rial Foods establecida en Hamlet. Muchas de las puertas de salida

    estaban cerradas con llave . Veinticinco de los 200 trabajadores de la

    planta murieron y otros 56 sufrieron heridas de gravedad .

    Fue un accidente industrial desastroso, por lo menos respecto de

    las normas de cualquier pas industrial avanzado, pero tambin revel

    (como lo descubri Struck [1991], uno de los escasos periodistas que se

    tomaron la molestia de averiguar) algunas verdades bastante crueles

    de la industria en el Sur [de Estados Unidos] . Quienes estaban emplea-

    dos en la planta reciban salarios que iban del mnimo (4 .25 dlares la

    hora) y avanzaban con el tiempo hasta 5 .60 dlares la hora, lo cual se

    traduce en un salario efectivo de menos de 200 dlares a la semana, es

    decir, un salario por debajo de la lnea de la pobreza para un hogar con

    nios sostenido con un solo salario . Por desgracia, en Hamlet hay po-

    cas posibilidades, o ninguna, de empleos alternativos ; y para este pobla-

    do en particular, la planta representa un activo econmico vital

    precisamente porque "para la mayora de la gente cualquier trabajo es

    mejor que ninguno". Debido a esto, quienes viven en localidades rura-

    les ms o menos aisladas se convierten en presa fcil de una industria

    que busca mano de obra barata, no organizada y fcil de disciplinar .

    Struck prosigue su investigacin de la siguiente manera :

    Los trabajadores en la planta de ImperialFoods hablan de condiciones cada vez

    ms deterioradas, con escasas prestaciones y ninguna seguridad en el puesto de

    trabajo . Los empleados afirman que sistemticamente reciban malos tratos de sus

    jefes. Slo se les permita salir de la lnea de produccin una vez al da para ir al a

    los sanitarios . Cualquier ausencia, as fuera de un da, requera de un permiso m-

    dico. Cualquier infraccin a esta norma era considerada un "incidente" y con cin-

    co incidentes acumulados el trabajador poda ser despedido. "Los capataces te

    ninguneaban, y todo lo que les interesaba era sacar la produccin de pollo", dijo

    Brenda MacDougald, de 36 aos de edad, que haba estado en la planta durante

    dos aos. "A la gente la tratan como perros", dijocon amargura Alfonso Ander-

    son . Peggy, su esposa de 27 aos, muerta en el incendio, haba trabajado en la

    planta durante 11 aos, a pesar de que no le gustaba. 'Por estos rumbos, tienes

    292

  • David Harvey

    que aceptar ciertas cosas y tragrtelas para conservar el empleo", dijo Alfonso re-

    primiendo el llanto (Struck,1991) .

    Como estado, Carolina del Norte ha tenido desde hace mucho el hbi-

    to de ofrecer abiertamente bajos salarios, un clima propicio para los

    negocios y una legislacin de "derecho al trabajo" que mantiene a raya

    a los sindicatos y sirve de carnada para la creacin de ms empleos de

    este tipo en las industrias manufactureras. Se calcula que la industria

    de la avicultura en su conjunto contribuye anualmente con mil qui-

    nientos millones de dlares a la economa de Carolina del Norte. En

    este caso, sin embargo, el "clima propicio para los negocios" se traduce

    en una falta de aplicacin de las leyes de sanidad y seguridad en el tra-

    bajo. Carolina del Norte "cuenta con 14 inspectores sanitarios y 27 ins-

    pectores de seguridad, por lo que ocupa el lugar ms bajo a nivel

    nacional en relacin con el nmero de inspectores (114) recomendados

    por las disposiciones federales" . Se supone que personal federal, por

    mandato del Congreso, debe corregir las diferencias, pero ningn fun-

    cionario ha visitado las plantas de Carolina del Norte en aos recien-

    tes. La planta de Hamlet, por lo tanto, no ha tenido ninguna

    inspeccin en sus 11 aos de operacin . "No haba extinguidores, ni

    sistemas contra incendios, ni salidas de emergencia ." Otras plantas en

    el estado rara vez han sido inspeccionadas y menos an emplazadas

    por infracciones, si bien los incendios se producen con frecuencia y la

    proporcin de accidentes laborales en la industria es casi tres veces su-

    perior al promedio nacional .

    Hay varias reflexiones apremiantes que se derivan de este inci-

    dente. En primer lugar, se trata de una industria moderna (o sea, recien-

    temente establecida), cuyas condiciones de empleo fcilmente podran

    insertarse en el captulo "La jornada laboral" de El Capital, de Karl

    Marx (publicado por primera vez en 1867), sin que nadie notara dife-

    rencia fundamental alguna. Es ciertamente un mal presagio, de alguna

    u otra manera, para el "triunfalismo de la economa de mercado" al

    que estamos expuestos normalmente cuando se habla del Este, el que

    en el Oeste pueda hacerse con tanta facilidad una comparacin tan mi-

    serable entre los niveles de explotacin decimonnicos de Gran Bretaa y

    las condiciones de trabajo en una industria de reciente establecimiento

    en el pas capitalista ms poderoso y avanzado del mundo . En Estados

    Unidos, la comparacin ms obvia puede encontrarse en el incendio

    de la compaa Triangle Shirtwaist en 1911, en el que murieron 146 tra-

    293

  • desde el otro lado

    bajadores y que llev a ms de 100 000 personas a manifestarse en

    Broadway, para luego convertirse en lacause clebre de la lucha del mo-

    vimiento laboral por una mayor seguridad en los centros de trabajo .

    Sin embargo, como seala Davidson (1991), "pese a la maraa de le-

    yes, reglamentos y cdigos aplicables a la proteccin de los trabajado-

    res, la mayor parte de los obreros de la Imperial murieron del mismo

    modo que aquellas mujeres de Nueva York : golpeando con desespera-

    cin las puertas de emergencia atrancadas o cerradas con llave" .

    La segunda reflexin se refiere a que deberamos prestar ms

    atencin a las estructuras industriales que se desarrollan en las reas

    rurales y en los pueblos pequeos de Estados Unidos, pues es aqu

    donde el descenso del empleo agrcola (por no hablar de la prolifera-

    cin de bancarrotas en las granjas) durante la dcada pasada ha dejado

    tras de s un ejrcito industrial de reserva relativamente aislado (otra

    vez, del tipo que Marx describe tan bien en ElCapital; vase por ejem-

    plo el captulo 25, seccin 5) el cual resulta bastante ms vulnerable a

    la explotacin que su contraparte urbana . La industria estadunidense

    ha usado por largo tiempo la dispersin espacial y el aislamiento geo-

    grfico de los trabajadores como uno de sus principales mecanismos

    de control del trabajo (en industrias como la del procesamiento del po-

    llo y el empacado de carne, la comparacin salta a la vista por obvia,

    pero este principio tambin se ha aplicado en la industria electrnica y

    en otras supuestamente ultramodernas) . Y las recientes transformacio-

    nes de la organizacin industrial, con opciones ms flexibles de ubica-

    cin y desregulacin aqu se han vuelto una forma de explotacin

    coercitiva, en absoluto sutil, que es ms bien anterior y no posterior al

    modelo de organizacin ideado por Ford .

    Esto conduce a una tercera reflexin concerniente al desmantela-

    miento -a travs de la desindustrializacin y la reorganizacin indus-

    trial de las ltimas dos dcadas- de muchas de las fuerzas e

    instituciones "tradicionales" (es decir, obreros y sindicatos) de las for-

    mas de poder de la clase trabajadora . La dispersin y la creacin de un

    gran nmero de empleos nuevos en reas rurales han facilitado el con-

    trol capitalista del trabajo al procurar fuerzas dciles y no sindicaliza-

    das. El sector manufacturero de las grandes ciudades, que siempre ha

    estado ms expuesto ante las expresiones de inconformidad organiza-

    da o el arreglo poltico, se ha reducido a zonas de elevado desempleo

    (ciudades como Chicago, Nueva York, Los Angeles y Baltimore han

    294

  • David Harvey

    presenciado un recorte del 50% en su acostumbrado nivel de empleo

    en el sector manufacturero) o a industrias muy explotadoras y poco or-

    ganizadas. Las reas sin viabilidad financiera en el interior de las ciu-

    dades, que haban sido con razn el foco de atencin en el pasado, se

    han convertido paulatinamente, por lo tanto, en centros de desempleo

    y opresin (tales como los que condujeron al reciente estallido de vio-

    lencia en Los Angeles) ms que en centros de explotacin de mano de

    obra y organizacin poltica tpica de la dase trabajadora .

    No obstante, el asunto inmediato en el que deseo concentrar mi

    atencin se refiere a la ausencia generalizada de una respuesta poltica

    a esta catstrofe. Pues mientras el incendio de la compaa Triangle

    Shirtwaist provoc una manifestacin masiva de protesta a principios

    del siglo xx en Nueva York, el incendio de Hamlet, Carolina del Nor-

    te, a finales del siglo xx, recibi muy poca cobertura de los medios y

    escasa atencin poltica, aunque algunos grupos laborales y organiza-

    ciones polticas (como la Coalicin Arcoiris del reverendo Jackson) s

    hayan tratado de centrar su atencin en el incendio como un asunto

    de urgencia tica y moral. Un contraste interesante, en septiembre de

    1991, fueron las audiencias de la nominacin de Clarence Thomas que

    provocaron una enorme agitacin y actividad polticas, as como un

    intenso debate en los medios de comunicacin . Habra que aclarar que

    estas audiencias se concentraron en cuestiones importantes relativas a

    las relaciones raciales y entre los sexos en un contexto profesional, ms

    que en el contexto de la clase trabajadora. Tambin resulta til contras-

    tar los hechos de Hamlet, Carolina del Norte, con los de Los Angeles,

    en los cuales la opresin tal como se manifest en la golpiza a Rodney

    King en una carretera, y la incapacidad de condenar a los policas in-

    volucrados, provoc un verdadero alzamiento urbano de los deshere-

    dados, mientras que la muerte de 25 personas a causa de la explotacin

    en una fbrica rural casi no provoc ninguna reaccin .

    Estos contrastes se vuelven ms significativos cuando se advierte

    que de las 25 personas muertas en el incendio de Hamlet, 18 eran mu-

    jeres y el resto afroestadunidenses . Este no es, aparentemente, un per-

    fil raro en la estructura de empleo de 'TI cinturn del pollo", aunque

    por lo general encontraramos hispanos en vez de afroamericanos en

    el extremo de Texas en particular . La afinidad que atraviesa las lneas

    de raza y sexo en este caso es obviamente la de clase social, y resulta

    difcil no ver la implicacin inmediata de una poltica de clase simple y

    295

  • desde el otro lado

    tradicional que no protegi los intereses de las mujeres y las minoras

    como protege los de los varones de raza blanca . Y esto a su vez plantea

    importantes preguntas respecto de qu tipo de poltica, qu definicin

    de justicia social y de responsabilidad moral y tica son los adecuados

    para proteger a estos grupos explotados, sin importar su raza o su

    sexo. La tesis que explorar en seguida indica que lo que cre una si-

    tuacin donde un accidente (un incendio) pudo tener los efectos ya

    descritos fue una grosera poltica de clase, en su versin explotadora .

    Pues lo sucedido en Hamlet, Carolina del Norte, estim Struck, fue

    "un accidente que se vea venir" .

    Consideremos, primero, la historia general de la seguridad en los

    centros de trabajo y en las prcticas reglamentarias, y su ejecucin en

    Estados Unidos. Las luchas laborales en tomo a hechos como el incen-

    dio de la compaa Triangle Shirtwaist llevaron al primer plano de la

    discusin poltica de los aos veinte la seguridad y sanidad laboral, y

    un aspecto fundamental de la coalicin New Deal de Roosevelt (que in-

    clua los sindicatos de trabajadores) fue su intento por satisfacer algu-

    nos requerimientos mnimos en esta lnea sin perjudicar los intereses

    de las empresas. El Consejo Nacional de Relaciones Laborales obtuvo

    facultades para arbitrar los conflictos de clase en el centro de trabajo

    (incluidas las disputas sobre seguridad), adems de especificar las con-

    diciones legales sobre las cuales los sindicatos (a menudo directamente

    encargados de las cuestiones sanitarias y de salud) podran establecer-

    se. No obstante, no fue sino hasta 1970 que un Congreso con mayora

    demcrata consolid la legislacin dispersa que se haba acumulado des-

    de el New Deal en la organizacin de la Direccin de Seguridad y Sanidad

    Laborales (Occupational Safety and Health Administration) con facultades

    reales para reglamentar las prcticas de las empresas en los centros de

    trabajo. Esta legislacin form parte de un paquete de reformas que

    dieron origen a la Agencia de Proteccin del Medio Ambiente, la Comi-

    sin de Seguridad de los Bienes de Consumo, la Comisin Nacional de

    Seguridad en el Transporte, y la Direccin de Seguridad Sanitaria y

    Minas, todo lo cual demostr el mayor grado de preparacin de un

    Congreso de mayora demcrata para promulgar a principios de los

    aos setenta (a pesar del presidente republicano) una legislacin que

    ampliara las facultades del estado para intervenir en la economa .

    Considero importante reconocer las condiciones que llevaron al

    Partido Demcrata (un partido poltico que, a partir del New Deal, bus-

    296

  • David Harvey

    cabsorber, pero nunca representar los intereses de la clase trabajado-

    ra, y mucho menos convertirse en un instrumento activo de sta) a

    promulgar una legislacin intervencionista como la mencionada . Esta

    legislacin no fue, de hecho, el resultado de las alianzas polticas de

    clases y sectores creadas por el New Deal, sino el final de una dcada

    durante la cual la poltica haba pasado de los programas generales

    (como el seguro social) a los programas especficos para ayudar en la

    mejora de las zonas urbanas marginadas (las Ciudades Modelo y los

    programas de vivienda de inters social financiados con fondos fede-

    rales, por ejemplo), para auxiliar a los ancianos o a los particularmente

    marginados (Medicare y Medicaid), y para auxiliar a grupos desfavore-

    cidos de la poblacin (Headstart y Affirmative Action) . Este cambio de

    una postura universalista a una que centra su atencin en grupos par-

    ticulares, inevitablemente cre tensiones entre los grupos y contribuy

    a fragmentar, ms que a consolidar, un sentido ms amplio de la alian-

    za progresista de clases. Cada documento legislativo que emergi a

    principios de los aos setenta atrajo a un grupo diferente (sindicatos,

    ecologistas, grupos defensores de los consumidores y otros similares) .

    Sin embargo, el efecto neto fue crear una amenaza de intervencin

    bastante generalizada en la economa por parte de muchos grupos con

    intereses especiales y en ciertas instancias -la Direccin de Seguridad

    y Sanidad Laborales en particular- en el mbito de la produccin .

    Esto ltimo, desde luego, representa un territorio en el cual re-

    sulta muy peligroso aventurarse . Pues mientras se admite, incluso por

    parte de los ms recalcitrantes intereses capitalistas, que el estado

    siempre desempea un papel fundamental en asegurar el adecuado

    funcionamiento del mercado y en proteger los derechos de la propie-

    dad privada, los intereses de la clase capitalista sistemticamente re-

    chazan la intervencin en esas 'reglas ocultas" de la produccin en las

    cuales reside el secreto de la ganancia, como lo seal Marx hace tiem-

    po (1967). Esta incursin en la tierra sagrada de las prerrogativas de

    las empresas provoc una reaccin poltica inmediata . Desde el princi-

    pio, Edsall reconoci sus orientaciones :

    Durante los aos setenta, las empresas mejoraron su habilidad para actuarcomo

    clase, dejando a un lado sus instintos competitivos en favor de una accin conjun-

    ta, cooperativa en el terreno legislativo. Ms que compaas individuales en busca

    slo de favores especiales . . .,el tema dominante en la estrategia poltica de las em-

    presas se volvi un inters compartido en la derrota de iniciativas de ley parare-

    297

  • desde el otro lado

    formar las leyes laborales y sobre proteccin al consumidor, y en la promulgacin

    de una legislacin antimonopolios favorable en materia de impuestos y reglamen-

    tacin (Edsall, 1984 :128) .

    Al actuar como clase, las empresas utilizaron cada vez ms y mejor su

    poder financiero y sus influencias (sobre todo a travs de comits de

    accin poltica) durante los aos setenta y ochenta para apropiarse del

    Partido Republicano como su instrumento de dase, y forjar una coali-

    cin contra todas las formas de intervencin gubernamental (salvo las

    que les resultaban ventajosas) y contra el estado de bienestar (repre-

    sentado por el gasto pblico y el sistema fiscal) . Esto concluy en las

    iniciativas del gobierno de Reagan centradas en una :

    ofensiva generalizada para reducir los alcances y contenidos de la reglamentacin

    federal respecto de la industria, el medio ambiente, los centros de trabajo, la pres-

    tacin de servicios mdicos en el mbito de la seguridad social y la relacin en-

    tre consumidor y distribuidor. La campaa del gobierno de Reagan hacia la

    desregulacin se logr a travs de severos recortes presupuestales que redujeron

    la capacidad de hacer cumplir los reglamentos; a travs de la designacin de fun-

    cionarios pblicos opuestos a la regulacin y favorables a los intereses de la in-

    dustria; y, finalmente, mediante el otorgamiento a la Oficina de Administracin y

    Presupuesto (Office of Management and Budget) de una autoridad sin precedentes

    para diferir reglamentaciones fundamentales, imponer revisiones a las iniciativas

    de reglamentacin y, a travs de prolongados anlisis costo-beneficio, para liqui-

    dar efectivamente una amplia variedad de iniciativas de reglamentacin (Edsall,

    1984:217).

    Esta voluntad del Partido Republicano de convertirse en el repre-

    sentante de "la dase dominante de su electorado" durante este perio-

    do, contrast con la actitud "ideolgicamente ambivalente" de los

    demcratas, quienes perdieron de vista "el hecho de que sus lazos con

    varios grupos de la sociedad son difusos, y que ninguno de estos gru-

    pos -mujeres, negros, obreros, ancianos, hispanos, organizaciones po-

    lticas urbanas- se alza claramente por encima de los otros" (Edsall,

    1984:235). Adems, la dependencia de los demcratas respecto de las

    contribuciones de los "grandes capitales" volvi a muchos de ellos en

    extremo vulnerables a la influencia directa de los intereses de las em-

    presas .

    El resultado era bastante predecible . Cuando la fuerza de una

    clase social relativamente coherente encuentra una oposicin fragmen-

    tada incapaz de concebir sus intereses en trminos de clase, el resulta-

    298

  • David Harvey

    do difcilmente puede ponerse en duda. Instituciones como el Consejo

    Nacional de Relaciones Laborales y la Direccin de Seguridad y Sani-

    dad Laborales se vieron incapacitadas o tuvieron que cambiar sus pol-

    ticas para ajustarse a los asuntos de inters de las empresas, dejando a

    un lado a los de los trabajadores . Moody (1988:120 y cap . 6) indica, por

    ejemplo, que en 1983 tom un promedio de 627 das al Consejo Nacio-

    nal de Relaciones Laborales emitir una decisin relativa a una prctica

    de trabajo injusta, un tiempo inadmisible de espera si esa prctica de

    trabajo injusta implic el despido y si la persona despedida no tiene

    con qu mantenerse durante ese lapso . Este clima poltico y adminis-

    trativo de total negligencia respecto de las leyes que rigen los dere-

    chos, la sanidad y la seguridad laborales, fue el que mont el escenario

    adecuado para "el accidente que se vea venir" en Hamlet, Carolina

    del Norte .

    La incapacidad para mostrar un descontento poltico del tipo que

    sigui al incendio de la compaa Triangle Shirtwaist, en 1911 en Nue-

    va York, tambin merece algunos comentarios . Un suceso similar en

    una localidad rural relativamente remota plante problemas polticos

    inmediatos para la organizacin de protestas masivas en el sitio mis-

    mo de los hechos (como la manifestacin de Broadway), lo cual ilustra

    la efectividad de las estrategias capitalistas de dispersin y alejamiento

    de los centros urbanos politizados como medio de control de la mano

    de obra. La nica va alternativa para una respuesta poltica generali-

    zada se halla en una amplia atencin por parte de los medios de comu-

    nicacin y en el debate pblico : una posibilidad muy real, sin duda,

    dada la avanzada tecnologa de las comunicaciones . Pero aqu entr en

    juego un segundo elemento de la situacin prevaleciente en 1991 . No

    se trata solamente de que las instituciones de la clase trabajadora que

    hubieran podido defender la causa se hallaran muy debilitadas, tanto

    en su capacidad para reaccionar como en su acceso a los medios, sino

    que la idea misma de cualquier tipo de poltica de la clase trabajadora

    se miraba tambin con recelo (si no es que estaba claramente desacre-

    ditada en ciertos crculos "radicales"), a pesar de que los intereses de la

    clase capitalista y del cautivo Partido Republicano haban estado em-

    peados en una guerra de clases indiscriminada y total contra los sec-

    tores menos privilegiados de la poblacin durante las dos dcadas

    anteriores .

    299

  • desde el otro lado

    Las causas que condujeron a este debilitamiento de la poltica de

    la clase trabajadora en Estados Unidos, desde mediados de los aos se-

    tenta en adelante, son mltiples, aunque en este trabajo no pueden

    examinarse con todo detalle. Sin embargo, un aspecto que ha contri-

    buido es la creciente fragmentacin de la poltica "progresista" en tor-

    no a determinados asuntos, as como el crecimiento de los llamados

    nuevos movimientos sociales centrados en el sexo, la raza, la pertenen-

    cia a una etnia, la ecologa, el multiculturalismo, la comunidad y otros

    parecidos. Estos movimientos con frecuencia se han convertido en una

    alternativa efectiva y prctica a la poltica de clases de cuo tradicional

    y, en algunos casos, han mostrado una abierta hostilidad hacia tal pol-

    tica .

    Pienso que es ilustrativo mencionar que, hasta donde s, ninguna

    de las instituciones asociadas con esos nuevos movimientos sociales se

    mostr dispuesta a comprometerse polticamente con lo sucedido en

    Hamlet, Carolina del Norte. Las organizaciones de mujeres, por ejem-

    plo, estaban tremendamente preocupadas con la cuestin del hostiga-

    miento sexual y movilizndose en contra de la nominacin de Clarence

    Thomas, pese a que la mayora de las personas muertas en el incendio

    de Carolina del Norte eran mujeres, y mujeres son las que continan

    soportando la enorme carga de explotacin en'El cinturn del pollo" .

    Y a no ser por la Coalicin Arcoiris y por Jesse Jackson, las organiza-

    ciones afroamericanas (y las hispanas) tambin guardaron un extrao

    silencio respecto al asunto, mientras que algunos ecologistas (en pri-

    mer lugar quienes defienden los derechos de los animales) mostraron

    ms conmiseracin por los pollos que por los trabajadores . El tono ge-

    neral en los medios, por lo tanto, estuvo dictado por el sensacionalis-

    mo del "accidente", pero en modo alguno se indagaron las causas del

    incendio y, desde luego, no se sealaron los intereses de la clase capita-

    lista, ni al Partido Republicano, ni a las fallas del estado de Carolina

    del Norte, ni a la Direccin de Seguridad y Sanidad Laborales como

    cmplices de un hecho de negligencia criminal.

    La muerte posmoderna de la justicia

    De acuerdo con el ms comn de los significados de la palabra, mu-

    chos de nosotros aceptaramos que las condiciones en las que labora-

    ban hombres, mujeres y minoras en la planta de Hamlet resultan

    300

  • David Harvey

    socialmente injustas. Con todo, sostener semejante afirmacin presu-

    pone que existen unas normas universalmente aceptadas para saber

    qu entendemos o deberamos entender por justicia social; ms an,

    presupone que no existe barrera alguna, a no ser las ambigedades y

    confusiones normales, para aplicar con todo rigor ese poderoso princi-

    pio a las circunstancias de Carolina del Norte . Pero "universalidad" es

    una palabra que despierta dudas, sospechas y hostilidad abierta; inclu-

    so, en estos tiempos "posmodernos", la creencia de que las verdades

    universales son a un tiempo asequibles y aplicables como guas para la

    accin poltico-econmica, se considera como el pecado capital del

    "proyecto de la Ilustracin" y del modernismo "totalizador" y "horno-

    geneizador" que supuestamente gener .

    La consecuencia de la crtica posmodema del universalismo es

    que cualquier aplicacin del concepto de justicia social se ha vuelto

    problemtica . Y hay un sentido obvio en el que este cuestionamiento

    del concepto no slo resulta adecuado sino imperativo : demasiados

    pueblos colonizados han sufrido por obra de la particular justicia del

    imperalismo occidental ; demasiados afroestadunidenses han sufrido

    por obra de la justicia del hombre blanco ; demasiadas mujeres a causa

    de la justicia impuesta por un orden patriarcal ; y demasiados trabaja-

    dores han sufrido a causa de la justicia impuesta por los capitalistas,

    para no hacer del concepto algo problemtico . Pero acaso esto de ver-

    dad implica que el concepto es intil o que calificar los hechos registrados

    en Hamlet, Carolina del Norte, de "injustos" no tiene ms fuerza que

    la de una eventual queja local y contingente?

    La dificultad de trabajar con el concepto se complica todava ms

    por la variedad de interpretaciones idealistas y filosficas adjudicadas

    al trmino a lo largo de la historia del pensamiento occidental sobre la

    materia. Hay muchas teoras de la justicia social que compiten entre s

    y cada una tiene fallas y aciertos . La perspectiva igualitaria, por ejem-

    plo, inmediatamente se enfrenta al problema de que "no existe nada

    ms desigual que el trato igual de los desiguales" (la modificacin de

    las doctrinas de igualdad de oportunidades en Estados Unidos a tra-

    vs de las medidas en favor de acciones afirmativas, por ejemplo, ha

    reconocido la fuerza histrica de este problema) . Las teoras del dere-

    cho positivo (lo que dice la ley siempre es justo), las perspectivas utili-

    tarias (lo mejor para el mayor nmero de personas), el contrato social

    y las consideraciones del derecho natural, junto con las interpretacio-

    301

  • desde el otro lado

    nes intuitivas, las del desposeimiento relativo y otras interpretaciones

    de la justicia, todas pugnan por nuestra atencin, dejndonos con el

    enigma de cul teora de la justicia social resulta la ms justa social-

    mente .

    La justicia social, a pesar del universalismo al que aspiran los

    proponentes de una versin en particular, se ha convertido, desde hace

    mucho, en un conjunto de conceptos bastante heterogneo . Defender

    una definicin particular de justica social siempre ha implicado, por lo

    tanto, la referencia a conceptos de orden superior que permitan definir

    cul teora de la justicia social resulta ms apropiada o justa. Aparece

    inmediatamente una regresin argumentativa sin fin, as como en la

    direccin opuesta, la facilidad para desconstruir cualquier nocin de

    justicia que puede llegar a significar casi cualquier cosa, excepto lo que

    los individuos o grupos, dadas sus mltiples identidades y funciones,

    encuentran pragmtica, instrumental, emocional, poltica o ideolgica-

    mente til en un momento dado en particular.

    Ahora, parece haber dos posibilidades para continuar con la dis-

    cusin. La primra consiste en ver cmo los mltiples conceptos de

    justicia se hallan incrustados en el lenguaje y esto conduce a las teoras

    semnticas del tipo que Wittgenstein propuso y que han tenido tanta

    importancia en los modos de pensamiento posmodemo :

    Cuntos tipos de oraciones existen? Hay un sinfn de tipos: un sinfn de usos

    para lo que llamamos "smbolos", 'palabras", "oraciones" . Y esta multiplicidad no

    es algo fijo de una vez y para siempre : nuevos tipos de lenguaje, nuevos juegos

    del lenguaje, podramos decir, surgen al tiempo que otros se vuelven obsoletos y

    caen en el olvido. .. Aqu el trmino 'lenguaje-juego" resalta el hecho de que hablar

    el lenguaje es parte de una actividad, o una forma de vida ... Cmo aprendimos el

    significado de esta palabra ("bueno", por ejemplo)? Con cules ejemplos? Con

    qu juegos del lenguaje? Entonces ser ms fcil para nosotros comprender que la

    palabra debe tener una familia de significados (Wittgenstein, 1967).

    Desde esta perspectiva, la justicia social carece de un significado uni-

    versalmente aceptado y cuenta, en cambio, con una "familia" de signi-

    ficados que slo pueden comprenderse a travs de la forma en que

    cada uno de ellos est incrustado en un determinado juego del lengua-

    je. Debemos notar, sin embargo, dos aspectos acerca de la formulacin de

    Wittgenstein . Primero, el referirse a una "familia" de significados sugiere

    un cierto tipo de interrelacin, y por eso deberamos probablemente pres-

    tar atencin a cules podran ser esas relaciones . Segundo, cada juego del

    302

  • David Harvey

    lenguaje se inscribe en el mundo social, comunicativo, experimental y

    perceptible de cada hablante . La conclusin nos lleva a un cierto tipo

    de relativismo cultural, lingstico o discursivo, aunque basado en las

    circunstancias materiales del sujeto . Por lo tanto, deberamos prestar

    atencin a esas circunstancias materiales .

    La segunda posibilidad consiste, por un lado, en admitir el relati-

    vismo de los discursos acerca de la justicia; pero, por otro, en insistir

    en que los discursos son expresiones de la fuerza social y que la in-

    terrelacin de la "familia" de significados proviene precisamente de

    las relaciones de poder que se dan entre las diferentes formaciones so-

    ciales y dentro de ellas. La versin ms simplista de esta idea se sinte-

    tiza al interpretar la justicia como incrustada en los discursos

    hegemnicos de cualquier clase o faccin dominantes . Esta es una idea

    que se remonta a Platn quien, en La Repblica, hace que Tracmaco

    sostenga lo siguiente :

    Cada clase dominante elabora leyes que van de acuerdo con sus intereses, una de-

    mocracia leyes democrticas, una tirana leyes tirnicas y as sucesivamente ; y de-

    finen la elaboracin de estas leyes como "derecho" para sus sbditos, lo cual

    obedece a los intereses de ellos mismos, de los gobernantes, y si cualquiera que-

    branta sus leyes recibe un castigo por "malhechor" . A esto me refiero cuando ha-

    blo de que el "derecho" es el mismo en todos los estados, es decir, el inters de la

    clase dominante establecida (Platn, 1965) .

    Marx y Engels discuten el mismo punto . Este ltimo, por ejemplo, es-

    cribe :

    La vara utilizada para medir lo que est bien y lo que no, es la ms abstracta de

    las expresiones del derecho mismo, es decir, de la justicia .. . El desarrollo del dere-

    cho para los juristas . . . no es ms que un afn de llevar las condiciones humanas,

    siempre que se expresen en trminos legales, cada vez ms cerca del ideal de la

    justicia, de la justicia eterna . Y siempre esta justicia no es ms que la expresin

    ideologizada y glorificada de las relaciones econmicas existentes, sea desde el

    ngulo de los conservadores o del de los revolucionarios . La justicia de griegos y

    romanos consideraba la esclavitud como algo justo ; la justicia de la burguesa de

    1789 exiga la abolicin del feudalismo pretextando que era injusto . La concepcin

    de la justicia eterna, por lo tanto, vara no solamente con el tiempo y el lugar, sino

    con las personas de que se trate . . . Mientras que en la vida cotidiana . . . expresiones

    como justo, injusto, justicia y el sentido de lo justo son admitidos sin equvoco al-

    guno, incluso cuando se refieren a cuestiones sociales, crean . . . la misma desespe-

    rada confusin en cualquier investigacin cientfica de las relaciones econmicas

    303

  • desde el otro lado

    que se creara, por ejemplo, en la qumica moderna si se conservara la misma ter-

    minologa empleada en la teora del flogisto (Marx y Engels, 1951 :562-4) .

    De aqu resulta que la "situacionalidad" o "punto de partida" de quien

    establece un argumento se vuelve relevante, si no es que determinante,

    para entender el significado particular atribuido al concepto . En la lite-

    ratura posmoderna las opiniones de este tipo se han llevado mucho

    ms lejos. "Situacionalidad", "otredad" y "posicionalidad" (por lo re-

    gular entendidas en primera instancia en trminos de clase, sexo, raza,

    filiacin tnica, preferencia sexual y pertenencia a una comunidad,

    aunque en algunos planteamientos incluso estas categoras despiertan

    sospechas) aqu se vuelven elementos cruciales para definir cmo se

    producen discursos diferenciados y particulares (sobre la justicia social

    o sobre cualquier otro asunto) y cmo estos discursos forman parte del

    juego del poder. No puede existir una concepcin universal de justicia

    a la que podamos apelar como un concepto normativo para evaluar al-

    gn hecho, como el incendio de la planta de Imperial Foods . Slo exis-

    ten concepciones y discursos particulares, excluyentes, fragmentarios

    y heterogneos de la justicia, que surgen de las situaciones especficas

    de quienes estn involucrados en ellas . La tarea de la desconstruccin

    y de la crtica posmoderna consiste en revelar cmo todos los discursos

    sobre la justicia social ocultan relaciones de poder . White describe muy

    bien el efecto de esta ampliacin posmodema de la lnea de razona-

    miento de Engels . Los posmodernistas, dice, sostienen :

    que estamos demasiado dispuestos a vincular la palabra 'justo" con losordena-

    mientos cognitivos, ticos y polticos que deberan ser entendidos ms biencomo

    fenmenos del poder que oprime, descuida, margina y disciplina a los otros. Al

    desenmascarar tales afirmaciones acerca de la justicia, los pensadores posmoder-

    nos sugieren que su obra trata de una nocin de justicia ms vlida aunque no es-

    pecificada. Uno ve esto en la declaracin de Derrida de que1a

    desconstruccines

    justicia", pero tambin en su advertencia de que uno no puede hablar directamen-

    te de la justicia ni experimentarla . Al asumir el sentido de responsabilidad hacia

    la otredad, uno trabaja a favor de la justicia, a sabiendas, sin embargo, del carcter

    infinito y nunca terminado de la tarea (White, 1991:115) .

    El efecto de esta tesis produce, sin embargo, "un mundo bipolar bas-

    tante simple: desconstruccionistas y otros posmodemos que luchan

    por la justicia, por un lado, y tericos de la tica tradicional y de la po-

    ltica que son los idelogos de rdenes injustos, por otro" . Y esto, a su

    304

  • David Harvey

    vez, produce un serio dilema para todas las formas posmodernas de

    debate :

    Por un lado, su proyecto epitstemolgico tiene el propsito de desacreditar los es-

    fuerzos totalizadores y universalistas para teorizar acerca de justicia y de la vida

    buena; y, por otro lado, sin embargo, la aplicacin de su proyecto genera una efec-

    tiva resistencia a los actuales peligros implcitos en los procesos totalizadores y de

    racionalizacin universalista de la sociedad. En suma, la fuente de mucha de la

    injusticia en la sociedad contempornea se estima general y sistemtica; la res-

    puesta, no obstante, excluye confrontar normativamente el problema en un nivel

    comparativo al emplear una teora de la justicia que ofrece principios sustantivos

    universalmente vlidos. La reflexin posmoderna, por lo visto, parece negarse a s

    misma el tipo de armas normativas que seran capaces de ganar la batalla(White,

    1991 :116) .

    Como podemos ver, sta es justamente la dificultad que se presenta en

    las circunstancias que condujeron a los hechos de Hamlet, Carolina del

    Norte. Cuando las empresas se organizaron como clase para atacar la

    regulacin gubernamental, la intervencin en la economa y el estado

    benefactor (con sus nociones dominantes de racionalidad social y re-

    distribuciones justas), lo hicieron en funcin de una reglamentacin in-

    justa e inadecuada sobre los derechos de la propiedad privada y de

    una injusta carga fiscal sobre los frutos producto del esfuerzo empre-

    sarial en mercados que funcionaban libremente . Los merecimientos

    justos, han sostenido, desde hace mucho, los idelogos del capitalismo

    de libre mercado (de Adam Smith en adelante), se alcanzan a travs de

    mercados competitivamente organizados, cuya actividad determina

    los precios, y donde corresponde a los empresarios esperar las ganan-

    cias producto de sus esfuerzos . Por eso no hay necesidad de una discu-

    sin explcitamente terica, poltica o social respecto de lo que

    socialmente es justo o injusto, pues la justicia social es todo aquello

    proporcionado por el mercado . Cada "factor" de la produccin (tierra,

    trabajo y capital), por ejemplo, recibir su tasa marginal de ganancia,

    su justa recompensa, de acuerdo con la contribucin que haya hecho a

    la produccin . El papel del gobierno debera limitarse a asegurar que

    los mercados funcionaran libremente (al refrenar el poder de los mo-

    nopolios) y estuvieran "adecuadamente organizados" (lo cual puede

    extenderse a las compensaciones ocasionadas por las cadas del merca-

    do en el caso, por ejemplo, de problemas externos como la contamina-

    cin ambiental o los riesgos contra la salud) .

    305

  • desde el otro lado

    No se requiere, desde luego, un anlisis muy refinado para hacer

    la desconstruccin del concepto de justicia como la manifestacin de

    un determinado tipo de poder poltico-econmico . Sin embargo, este

    punto de vista goza de amplia, e incluso hegemnica, aceptacin,

    como lo han mostrado las numerosas "revueltas contra los impuestos"

    que han tenido lugar en Estados Unidos a lo largo de las ltimas dca-

    das. Desde este mismo punto de vista, el incidente de Carolina del

    Norte puede interpretarse como un accidente desafortunado, tal vez

    agravado por un error de los administradores, dentro de un sistema bsi-

    camente justo que a) proporciona empleo en reas donde de otra forma

    no habra puestos de trabajo, con salarios determinados por las condicio-

    nes prevalecientes entre la oferta y la demanda, y b) llena los almacenes

    (en contraste con la ex Unin Sovitica) con un vasto surtido de protena

    barata que la mayor parte de la gente pobre puede comprar . En la medida

    en que esta doctrina del merecimiento justo en el mercado resulte ideol-

    gicamente dominante, las protestas en el caso de Carolina del Norte po-

    dran minimizarse y reducirse a una simple indagacin sobre quin fue la

    persona que ech llave a las puertas . La falta de respuesta al caso de Hamlet

    puede interpretarse, por lo tanto, como seal del prestigio que detenta pre-

    cisamente esa nocin de justicia hoy en da en los Estados Unidos .

    El discurso ms obvio para rebatir esa serie de argumentos se

    encuentra en las doctrinas de los derechos de los trabajadores y en

    toda la retrica de la lucha de clases contra la explotacin, la ganancia

    y la relegacin de los trabajadores . Ni Marx ni Engels podran evitar

    aqu toda la discusin sobre los derechos y la justicia. Ambos reconocen

    claramente que estos conceptos adoptan diferentes significados en el

    tiempo y en el espacio, y de acuerdo con las personas de que se trate,

    las exigencias de las relaciones de clase producen inevitablemente

    -como lo sostiene Marx (1967 :235) para la lucha entre capital y trabajo

    sobre la duracin adecuada de la jornada laboral- "una antinomia,

    derecho contra derecho, donde ambos ostentan igualmente el sello de

    la ley de intercambios". Entre esos derechos iguales (el del capitalista y

    el del trabajador) "la fuerza tiene la ltima palabra" . Lo que aqu se

    discute no es el arbitraje entre demandas antagnicas de acuerdo con

    un principio universal de justicia, sino la lucha de clases por un deter-

    minado concepto de justicia que debe aplicarse a una situacin dada .

    En Carolina del Norte, si los derechos de los trabajadores se hubieran

    respetado bajo condiciones de seguridad y de estabilidad econmica,

    306

  • David Harvey

    adems de haberse respetado una remuneracin adecuada, puede su-

    ponerse casi con absoluta certeza que el incidente no hubiera ocurrido .

    Y si todos los trabajadores (junto con los desempleados) tuvieran la ga-

    ranta de los mismos derechos, y si las exorbitantes tasas de ganancia

    de la industria procesadora de pollo (al igual que otras industrias) se

    hubiesen moderado, entonces la importancia del precio relativamente

    bajo de esta fuente de protena para los pobres se habra reducido de

    una manera significativa .

    Sin embargo, el problema con esta retrica de la clase trabajadora

    sobre los derechos y la justicia radica en que est tan sujeta a la crtica

    y a la desconstruccin como su equivalente capitalista . Concentrarse en

    una sola clase tiende a verse como una forma de ocultar, marginar, de-

    bilitar, reprimir y hasta quiz oprimir a todos los 'otros", precisamente

    porque tal enfoque no reconoce explcitamente la existencia de hetero-

    geneidades y diferencias surgidas a partir de, por ejemplo, la raza, el g-

    nero, la sexualidad, la edad, las capacidades, la cultura, la vinculacin

    a una cultura local, la etnicidad, la religin, la pertenencia a determi-

    nada comunidad, las preferencias de consumo, la afiliacin a ciertos

    grupos y otras situaciones semejantes . Si se adopta con responsabilidad

    un criterio abierto a toda esta multiplicidad de otredades, se vuelve di-

    fcil, si no imposible, encontrar un solo discurso institucionalizado con el

    cual pueda confrontarse con la mayor efectividad la burda justicia de la

    economa poltica capitalista que funciona en "El cinturn del pollo" .

    Aqu advertimos una situacin en relacin con los discursos acer-

    ca de la justicia social que puede equipararse a la parlisis poltica que

    se exhibi en la incapacidad de dar respuesta al incendio acaecido en

    Carolina del Norte . La poltica y los discursos parecen haberse frag-

    mentado mutuamente y a tal punto que llegan a inhibir cualquier res-

    puesta. El resultado parece ser una doble injusticia : no solamente

    hombres y mujeres, blancos y negros murieron en un accidente que

    pudo haberse evitado, sino que al mismo tiempo se nos despoja de

    cualquier principio normativo de justicia que de alguna manera sirva

    para condenar o sealar a los responsables .

    La resurreccin de la justicia social

    Existen abundantes signos de descontento ante el callejn sin salida en

    el que han cado los planteamientos posmodernistas y postestructura-

    307

  • desde el otro lado

    listas a propsito de la justicia social . As, ha surgido un cierto nmero

    de distintas estrategias para tratar de revivir la capacidad de convoca-

    toria de los argumentos relativos a la justicia social, de manera que

    cualquiera de ellos permita evocar principios claramente especficos,

    pero tambin generales o que, con alcances ms ambiciosos, procuran

    tender un puente entre los supuestos universalismos del modernismo

    y las particularidades fragmentarias que dejaron tras de s las descons-

    trucciones postestructuralistas. Llamo la atencin, por ejemplo, sobre

    la tentativa de Walzer (1983) para identificar el concepto de justicia con

    el de igualdad, lo cual permitira respetar las creaciones culturales de

    los otros, y sobre la tentativa de Peffer (1990) para edificar principios

    de justicia social consistentes con la teora social marxista como antdo-

    to de esa vertiente marxista que considera toda discusin relativa a la

    justicia social y a los derechos como una perniciosa trampa de la bur-

    guesa. Desde mltiples direcciones, entonces, surge una profunda

    preocupacin por restablecer los planteamientos de la justicia social y

    para reelaborar a partir de ella los valores e instituciones sobre los que

    pueda crearse una sociedad razonablemente justa .

    Para comenzar, considero importante admitir la seriedad del in-

    tento radical de los postestructuralistas por "hacer justicia" en un

    mundo de infinita heterogeneidad y sin lmites preestablecidos . Ade-

    ms, hay que reconocer que tienen bastante peso sus razonamientos

    para rehusarse a aplicar rgidamente principios universales a situacio-

    nes del todo heterogneas. Esto nos pone sobre aviso de los desafortu-

    nados criterios en los que muchos movimientos sociales del siglo xx

    han basado su creencia de que si su causa es justa, no pueden compor-

    tarse injustamente en modo alguno. El aviso va ms al fondo : la aplica-

    cin de cualquier principio universal de justicia social utilizado en

    situaciones heterogneas seguramente ocasionar cierta injusticia a

    cierta persona, en cierto lugar. Pero, por otro lado, al final de un tra-

    yecto de heterogeneidad sin lmites respecto de lo que la justicia puede

    significar, yace, en el mejor de los casos, un vaco, y, en el peor, un

    mundo bastante repugnante donde las necesidades de los violadores

    (una forma particular de "otredad", despus de todo) se "negocian" o

    incluso se ven como "justas" en trminos equivalentes a las de sus

    vctimas. Afirmar la importancia de una infinita heterogeneidad y di-

    versidad de opciones se vincula directamente con la acusacin endere-

    zada contra el posestructuralismo como una manera de pensar en la

    308

  • David Harvey

    que "todo se vale" dentro de la cual ningn principio moral o tico

    pesa ms que otro. "Hasta cierto punto -dice White (1991 :133)- uno

    debe tener una forma de demostrar que no deben prohijarse todas las

    manifestaciones de otredad; algunas han de restringirse." Y esto pre-

    supone un mnimo de principios generales de derecho o de justicia .

    Con frecuencia existe, afirma White, una admisin tcita de este

    problema en algunos textos fundadores del posestructuralismo . Fou-

    cault (1980:107-8), luego de haber sostenido vigorosamente que nunca

    podremos desenredar los "mecanismos disciplinarios" de los princi-

    pios de derecho, termina por sugerir la posibilidad de "una nueva for-

    ma de derecho, una que ser antidisciplinaria, pero al mismo tiempo

    liberada del principio de soberana". Asimismo, Lyotard argumenta

    explcitamente en favor de la creacin de una nocin "prstina" -no

    derivada del consenso- de justicia en La condicin posmoderna . Y De-

    rrida se muestra profundamente preocupado por la tica . Pero en nin-

    guno de estos casos se nos dice, por ejemplo, qu quiere decir una

    "nueva forma de derecho" .

    Consecuentemente han surgido muchas iniciativas para tratar de

    revivir algunos principios generales de la justicia social, al atender las cr-

    ticas postestructuralistas a una teora universal que margina a los "otros" .

    Hay dos lneas de discusin en particular que prometen ser fructfe-

    ras : 1 . salirse de los lmites locales; y 2. ubicar "la situacionalidad de los

    saberes" .

    Salirse de los lmites locales

    La primera lnea se deriva de la observacin de que las intervenciones

    crticas postestructuralistas tienden a limitar su radicalismo poltico a

    las interacciones sociales que tienen lugar "dentro del umbral donde

    los imperativos sistmicos de poder y dinero se vuelven muy domi-

    nantes" (White, 1991:107). La poltica de resistencia sealada est tpi-

    camente vinculada con comunidades de pequea escala, con grupos

    marginales y con discursos anormales, o simplemente con esa zona de

    la vida personal a veces denominada "el mundo de la vida", que puede

    caracterizarse como diferente de y potencialmente repelente a la pene-

    tracin racionalista, cosificada, tecnocrtica y por lo tanto alienante de

    la organizacin capitalista contempornea . Parece difcil leer esta literatu-

    ra sin llegar a la conclusin de que ha renunciado al objetivo de refor-

    309

  • desde el otro lado

    ma o de transformacin revolucionaria del capitalismo contemporneo

    en su conjunto, incluso como tema de discusin, ya no digamos como

    enfoque central para la organizacin poltica . Este optar por "no tomar

    partido" ante toda una serie de cuestiones, tal vez queda mejor seala-

    do por el evidente silencio que guardan la mayor parte de los pensa-

    dores posmodemos y postestructuralistas cuando se trata de una

    discusin crtica de cualquier tipo de economa poltica, sin mencionar

    siquiera la variante marxista . Lo ms que puede esperarse, como apa-

    rentemente sugiere Foucault, es que las innumerables luchas locales

    puedan tener algn tipo de efecto colectivo sobre la forma en que ope-

    ra el capitalismo en general . El desagrado provocado por esta poltica

    ha hecho que algunas feministas de filiacin socialista (vase Fraser,

    1989 ; Young, 1990a, 1990b) busquen vas para ampliar el campo de lu-

    cha ms all del mundo delineado por la organizacin comunal de

    confrontacin cara a cara, para llevarlo a batallas como la poltica gu-

    bernamental de bienestar, las cuestiones de la vida pblica, la organi-

    zacin poltica a travs de "una tica de la solidaridad" -en el caso de

    Fraser- y mediante la declaracin explcita de normas de justicia so-

    cial -en el caso de Young .

    Young (1990a: 300-2), por ejemplo, se queja de que el intento de

    contrarrestar "la alienacin y el individualismo que encontramos con

    carcter hegemnico en la sociedad capitalista patriarcal", haya llevado a

    algunos grupos feministas, "impulsados por el deseo de cercana e

    identificacin mutua", a construir una comunidad ideal "que propicia

    fronteras, dicotomas y exclusiones" al mismo tiempo que uniforma y

    reprime la diferencia en el interior del grupo . Young explcitamente

    vuelve las herramientas de la desconstruccin contra los ideales de esa

    comunidad a fin de mostrar sus caractersticas opresivas :

    El racismo, el chovinismo tnico y la devaluacin de clase, propongo, se originan,

    en parte, en un deseo de comunidad, esto es, en el deseo de entender a los otros

    como esos otros se entienden a s mismos y del deseo de ser entendidos como se

    entiende uno mismo. En trminos prcticos, ese mutuo entendimiento slo puede

    alcanzarse dentro de un grupo homogneo que se define a s mismo a partirde

    atributos comunes. Esa identificacin comn, sin embargo, implica tambinuna

    referencia hacia quienes son excluidos. En la dinmica del racismo y del chovinis-

    mo tnico presentes en los Estados Unidos de estos tiempos, la identificacin po-

    sitiva de ciertos grupos se logra frecuentemente al definir primero a otros grupos

    como el otro, el ser subhumano devaluado (Young, 1990a :311-12).

    310

  • David Harvey

    Young,sin embargo, "se aparta" de Derrida porque piensa que es

    "tanto posible como necesario plantear conceptualizaciones alternati-

    vas" (Young, 1990a:321) .El primer paso en su argumento es insistir en

    que los individuos sean comprendidos como "heterogneos y descen-

    trados" (ver infra) .Ningn grupo social puede considerarse verdade-

    ramente unitario en el sentido de que sus miembros se adhieran a una

    identidad nica . Youngpugna por que esto sirva de base para edificar

    algunas normas de conducta en el mbito social . Nuestra concepcin

    de justicia social "requiere no que se diluyan las diferencias, sino que

    las instituciones promuevan, sin opresin alguna, la reproduccin y el

    respeto de las diferencias entre los diversos grupos" (Young, 1990b:47).

    Debemos rechazar "el concepto de universalidad comprendido en las

    versiones republicanas de la razn proveniente de la Ilustracin" pre-

    cisamente porque sta buscaba "suprimir la heterogeneidad popular y

    lingstica del pblico urbano" (ibid ., 108) . "En los espacios pblicos

    y en los foros abiertos a los que se tiene acceso, uno espera encontrar-

    se y or acerca de quienes son diferentes, de aquellos cuyas perspecti-

    vas, experiencias y afiliaciones son diferentes ."

    El ideal que Young propugna es "abrirse a la otredad no asimila-

    da". Esto implica la celebracin de las distintas culturas y de las carac-

    tersticas de los diferentes grupos, adems de las diversas identidades

    de los grupos que viven perpetuamente un proceso de construccin y

    desconstruccin a partir de los flujos y cambios de la vida social. Pero

    aqu nos topamos con un gran problema . En la sociedad de masas urba-

    na y moderna, las mltiples relaciones de mediacin que constituyen la

    sociedad a travs del tiempo y el espacio resultan tan importantes y "au-

    tnticas" como las relaciones cara a cara, sin mediacin . Se vuelve muy

    importante para una persona polticamente responsable conocer a todas

    esas otras personas que diariamente nos sirven el desayuno y responder-

    les polticamente, aunque el intercambio del mercado nos oculte las con-

    diciones de vida de los productores (vase Harvey, 1990) . Cuando

    comemos pollo, nos relacionamos con trabajadores a los que nunca ve-

    mos, trabajadores como los que murieron en Hamlet, Carolina del Norte .

    Las relaciones entre los individuos encuentran su mediacin a travs de

    las funciones del mercado y de los poderes del estado, por eso tenemos

    que definir conceptos de justicia capaces de operar a fondo y en todos los

    mbitos de estas mediaciones mltiples . Y esto se da en el dominio de la

    poltica, el que el posmodernismo evita sistemticamente .

    311

  • desde el otro lado

    ' Young propone "una familia de conceptos y condiciones" perti-

    nentes a la manera en que contemporneamente se concibe la justicia

    social. Ella identifica "cinco caras de la opresin", a saber :

    la explotacin: la transferencia de los frutos del trabajo de un grupo a otro como,

    por ejemplo se da en los casos de la plusvala que se extrae de los trabajadores y

    beneficia a los capitalistas o, en la esfera domstica, cuando los frutos del trabajo

    de las mujeres se transfieren a los hombres ; la marginacin: la prohibicin para

    ciertas personas de tener una participacin til en la vida social, de modo que se

    les "somete a severas privaciones materiales e incluso al exterminio"; la impoten-

    cia : la falta de esa "autoridad, estatus y conciencia personal" que permitira a una

    persona ser escuchada con respeto; el imperialismo cultural : el estereotipamiento de

    las conductas y las diversas formas de expresin cultural de modo que 'la propia

    experiencia del grupo oprimido y la interpretacin de la vida social encuentran

    una expresin que apenas toca a la cultura dominante, mientras que esta ltima

    cultura impone al grupo oprimido su propia experiencia y su interpretacin de la

    vida social"; la violencia : el temor yla realidad de ataques aleatorios sin provocacin,

    los cuales "no tienen otro motivo que el de daar, humillar o destruir a la persona" .

    Quisiera agregar una dimensin adicional relativa al derecho de no verse

    afectado por las consecuencias ecolgicas opresivas de las acciones de otros .

    Esta concepcin multidimensional de la justicia social resulta ex-

    tradamente til. Nos advierte sobre la existencia de una "larga frontera

    poltica y social" de accin poltica que encierra mltiples opresiones .

    Tambin pone de relieve la heterogeneidad de la experiencia de la in-

    justicia: alguien que recibe un trato injusto en su centro de trabajo pue-

    de ejercer opresin en su ncleo familiar, y la vctima de esto ltimo

    puede, a su vez, recurrir al imperialismo cultural contra otros . Hay, no

    obstante, muchas otras situaciones, como las de Hamlet, Carolina del

    Norte, donde se aglutinan mltiples formas de opresin . La concep-

    cin de Young de una sociedad justa combina, por lo tanto, la liberacin

    de todas estas diferentes formas de opresin (que ocurren tanto en si-

    tuaciones de mediacin como en situaciones cara a cara) con "la aper-

    tura a la otredad no asimilida" . Sin embargo,

    [Ell peligro de afirmar la diferencia reside en que la ejecucin de politicas por par-

    te de grupos con clara conciencia de grupo restablece el estigma y la exclusin . En

    el pasado, las polticas de grupo se usaron para apartar a quienes eran definidos

    como diferentes y as excluirlos del acceso a los derechos y privilegios de que dis-

    frutaban los grupos dominantes . .. Las polticas de grupo no pueden utilizarse

    para justificar la exclusin de o la discriminacin contra los miembros de un gru-

    po en el ejercicio de derechos polticos y civiles en general . Un pluralismo cultural

    312

  • David Harvey

    democrtico requiere por lo tanto de un sistema dual de derechos: un sistema de

    derechos ms general que sirve igualmente para todos y otro sistema ms espec-

    fico de derechos y de polticas de grupo (Young, 1990b:174) .

    El doble significado de la universalidad se torna simple : "universali-

    dad en el sentido de participacin e inclusin de cada uno en la convi-

    vencia moral y social no implica una universalidad en el sentido de

    adoptar un punto de vista general que hace caso omiso de las afiliacio-

    nes, sentimientos, compromisos y deseos particulares" (ibid., 105). La

    universalidad ya no se rechaza de antemano, sino que se reinserta en

    una relacin dialctica con la diferencia, particularidad y posicin de

    cada grupo . Pero, qu constituye esta universalidad?

    Ubicar "la situaeionalidad de los saberes"

    La segunda lnea de discusin se deriva de la reflexin sobre lo que

    significa decir que todos los saberes (incluidos los conceptos de justicia

    social y necesidades sociales) se hallan "situados" en un heterogneo

    mundo de diferencias. Esta "situacionalidad" puede construirse, no

    obstante, de diferentes formas . Segn la definicin que denominar

    "vulgar" la situacionalidad reside casi completamente en la pertinen-

    cia de las biografas individuales : veo, interpreto y entiendo el mundo

    en la forma como lo hago por las particularidades de mi vida personal .

    Se subraya la disociacin entre juegos del lenguaje y de discursos, y la

    diferencia se trata como determinada por elementos biogrficos y a ve-

    ces hasta por determinantes institucionales, sociales, histricas y geo-

    grficas. Esto sigue su curso como si ninguno de nosotros pudiera

    quitarse de encima siquiera alguno de los grilletes de la historia perso-

    nal o interiorizar la condicin de ser de "el otro", lo que conduce a una

    poltica de exclusiones del tipo que Young desaprueba . Y con frecuen-

    cia se utiliza como recurso retrico o bien para exaltar la autenticidad

    y autoridad moral de nuestra propia descripcin del mundo, o bien

    para negar la veracidad de otras descripciones ("una mujer, negra y de

    origen rural, no puede decir absolutamente nada veraz acerca de las

    condiciones de vida de la burguesa de raza blanca de la ciudad de

    Nueva York"; o, ms comnmente, "puesto que es hombre, blanco, oc-

    cidental y heterosexual tendr necesariamente una determinada visin

    de cmo funciona el mundo") . Desde luego que las biografas indivi-

    duales importan: todo tipo de problemas surge cuando alguien privi-

    313

  • desde el otro lado

    legiado (como yo) quiere hablar a favor o en contra de otros . Esta es

    una cuestin difcil de confrontar para las ciencias sociales y la filosofa

    contemporneas, como lo muestra Spivak (1988) . Sin embargo, una vi-

    sin relativista, esencialista y no dialctica de la situacin genera in-

    mensas dificultades polticas . A m no se me permitira hablar del

    horror emprico del incendio de Carolina del Norte, digamos, porque

    no pertenezco a la clase trabajadora, ni soy mujer ni afroamericano (ni,

    para el caso, result muerto en el incendio) . Tampoco las feministas

    blancas, profesionales y con una posicin econmica estable podran

    hablar en favor de ninguna mujer cuya situacin fuera distinta . Nadie,

    de hecho, podra asumir el derecho o la obligacin de hablar en favor

    de "otros", y mucho menos hablar contra la opresin que sufre cual-

    quier persona cuya identidad se haya construido como la de "otro".

    Existe, no obstante, un sentido mucho ms profundo y dialctico

    de la "situacionalidad" al cual podemos apelar. En la parbola de He-

    gel sobre el amo y el esclavo, por ejemplo, la situacin no se ve como

    una diferencia separada y sin relacin, sino como una relacin dialctica de

    poder entre el oprimido y el opresor. Marx se apropi de la dialctica

    hegeliana y la transform radicalmente en su estudio sobre la relacin

    entre capital y trabajo ; su duradero y crtico compromiso con la filoso-

    fa burguesa y la economa poltica se transform en un medio para

    definir una ciencia alternativa y subversiva desde la perspectiva del

    proletariado . Escritoras feministas como Haraway (1990) y Hartsock

    (1987) examinan la diferencia entre los gneros y sustentan su teora

    feminista de una manera similar a la seguida por Marx .

    Una concepcin dialctica semejante permea la percepcin que

    Derrida tiene del individuo, al cual ve como un sujeto que carece de

    identidad slida, formado apenas por un haz de impulsos y deseos he-

    terogneos aunque no necesariamente coherentes . El individuo es

    construido por mltiples formas de interaccin con el mundo como

    "un juego de diferencias que no puede aprehenderse cabalmente"

    (Young, 1990:232). Por esta razn la "otredad" se interioriza dentro del

    yo. La "situacionalidad" se desvincula de su rgida conexin con indi-

    viduos identificables y sus biografas, y se ubica a s misma como un

    juego de diferencias. Cuando como pollo frito estilo Kentucky, me si-

    to en un punto determinado de la cadena de produccin de mercan-

    cas que llega hasta Hamlet, Carolina del Norte . Cuando interacto

    con mi hija, inevitablemente quedo atrapado en el juego de la cons-

    314

  • David Harvey

    truccin de la identidad sexual . Cuando evito utilizar insecticida para

    deshacerme de las babosas que han devorado cada una de las flores

    que he cultivado, entonces me sito a m mismo en una cierta cadena

    ecolgica de la existencia . Los individuos se construyen como sujetos

    al interiorizar la "otredad" en virtud de sus relaciones con el mundo .

    La respuesta de Spivak (1988 :294-308) a todo el dilema de la repre-

    sentacin poltica del otro se apoya en la invocacin del llamado de

    Derrida para volver "delirante esa voz interior que es la voz del otro

    dentro de nosotros mismos" .

    Desafortunadamente, esto no agota el problema pues, como lo

    seala Ricoeur (1991), nuestro sentido de nosotros mismos y de nuestra

    identidad se construye, en parte, mediante frmulas narrativas que uti-

    lizamos para describir nuestra relacin temporal con el mundo, que de

    esta forma adopta configuraciones de relativa durabilidad . Si bien

    nuestra identidad no descansa sobre la igualdad o la esencia, adquiere

    durabilidad y permanencia segn las historias que nos contamos y que

    contamos a otros acerca de nuestra vida. Y aunque la identidad inte-

    rioriza la otredad, con todo delimita y vuelve relativamente durables

    tanto el campo de las "otredades" que han entrado en juego, como la

    relacin de esos otros con un determinado sentido de individualidad .

    Los blancos pueden construir su identidad a travs del desarrollo histri-

    co de una determinada relacin con los negros, por ejemplo ; de hecho,

    ambos grupos pueden utilizar al otro para construirse a s mismos .

    Este entrelazamiento de las identidades blanca y negra en la historia

    estadunidense fue, como lo demostr recientemente Gates (1992), fun-

    damental para el desarrollo del concepto de relaciones raciales de Ja-

    mes Baldwin. Pero resulta que precisamente en este mtodo es donde

    se encuentra buena parte de la problemtica racial contempornea .

    Sin embargo, podemos, desde esta perspectiva dialctica, apre-

    ciar mejor la afirmacin de Hartsock (1987) en el sentido de que "aten-

    der a las epistemologas de la situacionalidad de los saberes [puede]

    mostrar y esclarecer las bases tericas de las alianzas polticas y la soli-

    daridad", al mismo tiempo que proporciona "importantes alternativas

    a las oposiciones sin solucin gestadas en el rechazo a la Ilustracin

    propiciado por el posmodemismo" . Debemos prestar mucha atencin

    a las "similitudes que pueden proporcionar la base para que los dife-

    rentes grupos se entiendan entre s y formen alianzas". Al rechazar la

    formulacin posmodernista del problema, Hartsock insiste en que nos

    315

  • desde el otro lado

    comprometemos con los discursos dominantes precisamente porque

    no podemos abstraernos del complejo juego de las relaciones de poder .

    Ese sector del posmodernismo que se apoya en la versin "vulgar" de

    la situacionalidad no puede engranarse con las lneas dominantes del

    poder poltico y econmico que funciona en el capitalismo, y por eso

    siempre se margina . Esto tiene su paralelo en las conclusiones a las

    que llegu en The Condition of Postmodernity :

    en tanto que [el posmodernismo] abre una posibilidad radical al reconocer la au-

    tenticidad de otras voces, el pensamiento posmodernista inmediatamente impide

    el acceso de esas otras voces a fuentes de poder ms universales, al reducirlas al

    gueto dentro de una otredad opaca, dentro de una especificidad que pertenece a

    este o aquel juego del lenguaje. De esta forma anula el poder de esas voces (muje-

    res, minoras tnicas y raciales, pueblos colonizados, desempleados, jvenes, etc-

    tera) en un mundo de relaciones de poder desequilibradas . El juego del lenguaje

    de un concilibulo de banqueros internacionales puede parecernos impenetrable,

    pero esto no lo coloca, desde el punto de vista de las relaciones de poder, en el

    mismo nivel que el igualmente impenetrable lenguaje de los barrios negros mar-

    ginados (Harvey, 1989 :117) .

    Al insistir en los discursos mutuamente excluyentes del tipo de los ori-

    ginados por la estrecha definicin de situacionalidad, podramos ex-

    traer la implicacin ms obvia del incendio de Carolina del Norte : la

    prosecucin de las polticas de la clase trabajadora podra proteger,

    ms que oprimir y marginar, los intereses basados en el gnero y en la

    raza, no importa si esa poltica de la clase trabajadora lamentablemen-

    te no hace explcito su reconocimiento de la importancia de la raza y el

    gnero. La incapacidad de un movimiento feminista fuertemente arrai-

    gado en el mbito profesional de Estados Unidos para responder a los

    hechos de Carolina del Norte, mientras se movilizaba en tomo a la no-

    minacin de un magistrado de la Suprema Corte, bien puede sugerir

    que las perspectivas de la situacionalidad interpretadas con cierta es-

    trechez poseen ms capacidad poltica prctica de la que muchos se to-

    maran la molestia de admitir, o bien que esa incapacidad tcitamente

    coloca a la situacionalidad de tal manera que lo acaecido a esos "otros"

    en Carolina del Norte fue visto de algn modo como menos importan-

    te que la nominacin de un magistrado de la Suprema Corte a quien se

    atribuye una muy dudosa calidad moral . Y no es que estuvieran nece-

    sariamente equivocadas al preocuparse por esto, pues -como lo sub-

    316

  • David Harvey

    raya Haraway- no es la diferencia lo que importa, sino la diferencia

    significativa :

    En la conciencia de nuestros fracasos, nos arriesgamos a caer en diferencias ilimi-

    tadas y tambin a darnos por vencidos en la confusa tarea de tejer enlaces a un

    tiempo reales y parciales. Algunas diferencias son divertidas ; otras son polos de

    los sistemas histricos mundiales de dominacin . La tarea de la epistemologa

    consiste en saber reconocer la diferencia (Haraway, 1990 :202-3) .

    Pero cul es esta "epistemologa" que nos permite reconocer la dife-

    rencia? Cmo debemos buscarla? Y a qu polticas da origen?

    Relaciones de clase, justicia social y la poltica de la diferencia

    Existe un gran nmero de hilos demasiado dispares como para reunir-

    los a guisa de conclusin general . Por un lado, encontramos una lnea

    de discusin acerca de la justicia social que atraviesa el posmodemis-

    mo y el posestructuralismo para arribar a un punto donde reconoce

    que algunas clases de universales (no especificados) son necesarias

    y que se necesita algn tipo de epistemologa (no especificada) para

    establecer cundo, cmo y dnde la diferencia y la heterogeneidad ad-

    quieren un carcter significativo . Por otro lado, tenemos una situacin

    poltico-econmica, como la representda por las muertes de Carolina

    del Norte, que muestra una aparente parlisis de la poltica progresis-

    ta de cara a la opresin de clase . Cmo debemos vincular los dos ca-

    bos de esta tensin terica y poltica?

    Consideremos, primero, la leccin ms obvia del incendio en la

    planta de Imperial Foods : una efectiva poltica de la clase trabajadora

    habra protegido mejor los derechos de hombres y mujeres, blancos y

    afroamericanos en una situacin donde las identidades particulares,

    ms que las de clase, no eran de importancia primaria . Esta conclusin

    merece algunas precisiones; voy a analizarla en relacin con la poltica

    feminista . Lynn Segal (1991) ha hecho notar recientemente que "a pe-

    sar de contar con el movimiento feminista ms grande, influyente y

    vociferante del mundo, las norteamericanas son las que ms lejos es-

    tn de un cambio generalizado de las desventajas relativas de su sexo,

    en comparacin con otras democracias occidentales de los ltimos 20

    aos". Las enormes conquistas logradas en Estados Unidos por parte

    317

  • desde el otro lado

    de las mujeres en "las profesiones ms prestigiosas y lucrativas" se han

    visto oscurecidas completamente por la vida de frustracin creciente,

    empobrecimiento e impotencia del resto . La feminizacin de la pobre-

    za (no ajena a Hamlet, Carolina del Norte) ha sido, por ejemplo, uno

    de los cambios sociales ms pasmosos registrados en Estados Unidos

    en las ltimas dos dcadas; representa una de las bajas de la guerra de

    clases emprendida por el Partido Republicano contra el estado bene-

    factor y los derechos e intereses de la clase trabajadora. "En los pases

    donde ha habido perodos ms prolongados de gobiernos socialdem-

    cratas y sindicatos ms fuertes -prosigue Segal-, hay menos dispari-

    dad en el nivel de salarios, menos segregacin laboral (tanto vertical

    como horizontal) entre mujeres y hombres y una expansin mucho

    mayor de los servicios sociales ." Dado el alto nivel de las condiciones

    materiales de vida que han alcanzado las mujeres en esas democra-

    cias (y de paso hago notar la salvaje disminucin de los derechos de

    muchas mujeres a partir de 1989 en lo que una vez fue el bloque comu-

    nista), "parece extrao que las feministas ignoren los objetivos tradi-

    cionales de los partidos socialistas o socialdemcratas y de los

    sindicatos", si bien tales instituciones adolecen de evidentes debilida-

    des y limitaciones como vehculos para alcanzar los objetivos del femi-

    nismo (vase, por ejemplo, el convincente argumento de Fraser [1989]

    relativo al prejuicio sexual en muchas polticas del estado benefactor) .

    Sin embargo, contina Segal, "en un momento en que los avances lo-

    grados por algunas mujeres se oscurecen evidentemente por la pobre-

    za creciente experimentada con tanta agudeza por otras (junto al

    desempleo de hombres pertenecientes a su misma clase y grupo), pa-

    rece perverso plantear los intereses especficos de las mujeres contra en

    vez de junto con los objetivos socialistas ms tradicionales" . A menos,

    desde luego, que "los intereses de las mujeres" se construyan en un

    sentido profesional muy estrecho, cargado de prejuicios de clase, o que

    sean considerados como parte de "un juego interminable de autoexplora-

    ciones practicadas sobre el gran plano de la Identidad" (Segal, 1991:90-1) .

    Segal muestra aqu una preocupacin similar a la de Hartsock

    por las "bases de las alianzas polticas y la solidaridad" . Esto requiere

    que identifiquemos 'las similitudes que pueden proporcionar las bases

    para que diferentes grupos se entiendan unos a otros y formen alian-

    zas". Del mismo modo, Young vincula los criterios universalistas que

    ella misma despliega con la idea de que "la similitud no es nunca mis-

    318

  • David Harvey

    midad". La diferencia, por lo tanto, nunca puede caracterizarse como

    "absoluta otredad, como una completa ausencia de relacin o de atri-

    butos compartidos". La similitud desplegada para medir la diferencia y

    la otredad requiere, entonces, un examen tan minucioso (terica y pol-

    ticamente) como la produccin de la otredad y la diferencia en s mis-

    ma. Ninguna de las dos puede establecerse en ausencia de la otra .

    Descubrir la base de la similitud (ms que suponer la mismidad) signi-

    fica dejar el descubierto la base para la formacin de alianzas entre

    grupos en apariencia distintos.

    Pero en el mundo de hoy en da, la similitud se halla en ese mbi-

    to de la accin poltico-econmica que con tanta frecuencia se margina

    de los registros postestructuralistas, pues precisamente en trminos de

    mercancas, dinero, intercambio comercial, acumulacin de capital y

    otros elementos por el estilo es como compartimos un mundo de cre-

    ciente similitud, tambin caracterizada por la homogeneidad y la

    igualdad. La revuelta radical posmodernista contra esa mismidad (y

    su imagen reflejada en algunas formas de la poltica emprendida por

    la clase trabajadora) ha dictado el tono de los debates ms recientes .

    Pero el efecto ha sido tirar al nio de las similitudes y solidaridades,

    polticas y ticas, entre las diferencias junto con el agua de la baera de

    las concepciones de universalidad y mismidad impuestas por el capi-

    talismo . Por lo tanto, slo a travs de un nuevo compromiso crtico con

    la economa poltica podemos esperar que se restablezca la concepcin

    de justicia social como algo por lo que vale la pena luchar como valor

    lave dentro de una tica de solidaridad poltica .

    A pesar de que la concepcin de justicia vara "no slo con el

    tiempo y el lugar, sino tambin con las personas involucradas", debe-

    mos reconocer la fuerza poltica de que una determinada concepcin

    de justicia pueda ser "aceptada sin equvocos" en la vida cotidiana .

    Aunque son "una maraa sin pies ni cabeza", cuando se examinan en

    abstracto, los ideales de justicia social todava pueden funcionar (como

    en el ejemplo de Engels sobre la Revolucin Francesa) como un pode-

    roso discurso en favor de la movilizacin poltica .

    Dos dcadas de posmodernismo y posestructuralismo, sin em-

    bargo, nos han dejado bases endebles para aceptar cualquier norma

    determinada de justicia social "sin equvocos", mientras que en la vida

    cotidiana se despliega un esfuerzo titnico para convencernos a todos

    y cada uno, de que cualquier tipo de regulacin aplicable a las liberta-

    319

  • desde el otro lado

    des del mercado o cualquier tasa de carga fiscal representa una injusti-

    cia. El poder conferido a las personas se concibe as (y ahora nadie me-

    jor que John Major para declararlo a travs de su activo uso del

    concepto) como la mxima cantidad de dinero que puede dejarse en

    los bolsillos de los asalariados y de los capitalistas ; la libertad y la justi-

    cia estn ligadas a la posibilidad de maximizar las opciones ofrecidas

    por el mercado; y los derechos se interpretan como un asunto de sobe-

    rana del consumidor libre de cualquier dictado del gobierno . Tal vez

    la cuestin ms importante que se perdi en el debate posmodemo de

    estas dos ltimas dcadas sea la forma en que esta definicin de justi-

    cia del mercado y de los derechos -formulada por la derecha y los

    reaccionarios- ha desempeado un papel tan revolucionario en la

    creacin del tipo de economa poltica que produjo los efectos del in-

    cendio de Carolina del Norte .

    Bajo tales circunstancias, exigir espacios para la justicia y los de-

    rechos con propsitos polticos progresistas resulta una tarea terica y

    poltica urgente . Pero a fin de lograrlo, tenemos que regresar a esa

    "epistemologa" que nos ayuda a establecer la diferencia entre "otros"

    significativos y "otros" no significativos, entre diferencias y situacio-

    nes, todo lo cual nos va a ayudar a promover la formacin de alianzas

    con base en la similitud ms que en la mismidad . Mi propia epistemo-

    loga para este propsito se apoya en una versin modernizada del

    materialismo histrico y geogrfico, que traza un marco metaterico

    para examinar, no slo la manera en que las diferencias entendidas

    como relaciones de poder se producen mediante la accin social,

    sino tambin cmo adquieren la importancia particular que alcan-

    zan en ciertas situaciones . Desde este punto de vista, resulta perfec-

    tamente vlido sostener, por un lado, que las crticas filosficas,

    lingsticas y lgicas de las proposiciones universales sobre la justi-

    cia social son correctas ; al tiempo que se admite, por otro lado, la

    supuesta capacidad de convocatoria de la justicia social en ciertas

    condiciones -Estados Unidos hoy en da- como base para la ac-

    cin poltica . Las luchas para llevar un tipo determinado de discur-

    so acerca de la justicia hasta una posicin hegemnica deben

    entonces verse como parte de una lucha mucho ms amplia por la

    hegemona ideolgica entre grupos antagnicos de cualquier socie-

    dad .

    320

  • Conclusiones

    El efecto general debe ser dejamos con algunas importantes tareas

    analticas, tericas y polticas, que pueden sintetizarse de la siguiente

    manera :

    Primera, la condicin de universalidad jams puede evitarse, y

    quienes pretenden hacerlo (como es el caso de muchas formulaciones

    posmodemas y postestructuralistas) terminan ocultando ms que eli-

    minando tal condicin . La universalidad, no obstante, debe construir-

    se en relacin dialctica con la particularidad . Cada una define a la

    otra de tal modo que siempre se abre el criterio de la universalidad a la

    negociacin a travs de las particularidades de la diferencia. Por eso

    resulta til examinar los procesos poltico-econmicos por medio de

    los cuales la sociedad realmente alcanza esa unidad dialctica . El dine-

    ro, por ejemplo, posee propiedades universales como medida de valor

    y medio de intercambio, al tiempo que permite una amplia variedad

    de decisiones altamente descentralizadas y particulares en el mbito de

    las conductas del mercado que entran en un circuito de retroalimenta-

    cin para definir en qu consiste la universalidad del dinero . Esta es

    precisamente la dialctica que fortalece las demandas de la derecha en

    lo que toca a las libertades individuales y a los justos merecimientos a

    travs de arreglos conjuntos del mercado . Aunque es clara la injusticia

    que se deriva de esto -la apropiacin individual y la acumulacin del

    poder social representado por el dinero producen desigualdades masi-

    vas cada vez mayores-, debe reconocerse la fuerza sutil de la dialcti-

    ca universalidad-particularidad que funciona en el caso del dinero . La

    tarea de una poltica progresista reside en encontrar una va igualmen-

    te poderosa, dinmica y persuasiva de vincular lo universal y lo par-

    ticular en la bsqueda de una definicin de justicia social desde el

    punto de vista de los oprimidos .

    Segunda, el respeto por la identidad y la "otredad" debe matizar-

    se con el reconocimiento de que aunque todos los otros pueden ser

    otros en efecto, "algunos son ms otros que otros", y que en toda socie-

    dad deben operar ciertos principios de exclusin . La forma en que esta

    exclusin debe medirse se halla asentada, en primera instancia, en una

    condicin de universalidad que impide que un grupo imponga su vo-

    luntad opresora sobre otro . Esta condicin de universalidad, sin em-

    bargo, no puede imponerse jerrquicamente desde arriba : debe abrirse

    a una negociacin constante, precisamente por la forma en que las dis-

    David Harvey

    321

  • desde el otro lado

    tintas demandas pueden formularse (por ejemplo, cuando los ricos

    exigen que la visin opresiva -para ellos- de la indigencia sea borra-

    da mediante la expulsin de los indigentes de los espacios pblicos) .

    Tercera, todas las propuestas para la accin social (o concepcio-

    nes de justicia social) deben evaluarse crticamente en trminos de si-

    tuacionalidad o posicionalidad del argumento y de quien lo sostiene .

    Pero resulta igualmente importante reconocer que los individuos que

    desarrollan ese conocimiento situacionalizado no son en s mismos en-

    tidades homogneas, sino haces de impulsos heterogneos, muchos de

    los cuales proceden de una interiorizacin del "otro" dentro de s mis-

    mos. Esta concepcin del sujeto vuelve a la situacionalidad heterog-

    nea y diferenciada. En ltima instancia, es la construccin social de la

    situacionalidad lo que importa .

    Cuarta, "la epistemologa que puede sealar la diferencia" entre

    las diferencias signficativas y las insignificantes o '*la otredad" es la

    que puede entender los procesos sociales de construccin de la situa-

    cionalidad, la otredad, la diferencia, la identidad poltica y similares . Y

    aqu llegamos a lo que a m me parece el punto epistemolgico ms

    importante: la relacin entre los procesos de construccin de las identi-

    dades y las condiciones de la identidad poltica. Si el respeto por la

    condicin del indigente (o de quienes sufren opresin por motivo de

    su raza o de su sexo) no implica respeto por los procesos sociales que

    crearon la indigencia (o la opresin sexual o racial), entonces la poltica

    de identidad debe operar en dos niveles . Una poltica que busca elimi-

    nar los procesos que originan un problema es muy distinta de una polti-

    ca que slo busca propiciar el juego indiferenciado de las identidades

    cuando stas surgen .

    Aqu nos topamos con una tensin muy peculiar. La identidad

    del indigente (o de quien es vctima del racismo) es vital para el senti-

    do de su yo. La perpetuacin de ese sentido del yo y de la identidad

    puede depender de la perpetuacin de los procesos que lo originaron .

    Un programa poltico que combata con xito la indigencia (o el racismo)

    debe encarar el problema real de la prdida de identidad de aquellos que

    han sido vctimas de esas formas de opresin . Y existen vas muy sutiles a

    travs de las cuales la identidad, una vez adquirida, puede --gracias pre-

    cisamente a su relativa durabilidad-buscar las condiciones sociales (in-

    cluidas las opresiones) necesarias para su propio sostenimiento.

    322

  • David Harvey

    De aqu se sigue que la mera bsqueda de la poltica de identidad

    como un fin en s mismo (ms que como una lucha fundamental para

    romper una identidad que interioriza la opresin) puede servir para per-

    petuar ms que para desafiar la persistencia de esos procesos que, en

    principio, dieron o