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  • Besos y palos

    Que un hombre cansado de la vida, es decir, cansado de traba- jar y gozar, pues lo contrario no es vivir, se proporcione al fin y al cabo el lujo de una manía piara su uso particular, no debe extrañarnos.

    Pero que un hombre rico, jo- ven, saludable y bien educado se coloque al nivel del más men- tecato de los característicos, es cosa que no se explica satisfac- toriamente.

    Pepe Alerce era de éstos. Te- nía veinticuatro afíos, y eragua- p>o, campechano, ilustrado y con muchísimas pesetas.

    ¡Como quien no dice nada! Pues Pepe Alerce era maniá-

    tico, aunque inofensivo, eso sí. Su chifladura consistía en ir á

    presenciar la llegada de todos los trenes, asistir al desfile de los viajeros y recrearse con las dife- rentes escenas y variados inci- dentes que en esos momentos se originan.

    Como el hombre tiende siem- pre al abuso, Pepe empezó bien pronto á abusar de sí mismo, ó mejor dicho, á abasar de su pro- pia manía.

    Ya no se contentaba con ser mero ó congrio espectador de los espectáculos de andén, sino que pioco á poco iba "actuan- do” en ellos.

    Si alguien le hubiera ofrecido un empleo en la estación, lo hu- biera tomado á ofensa-

    El era bastante rico, y no ne cesitaba humillarse á nadie.

    Sin embargo, oficios más hu- mildes llegó á desempeñar vo- luntariamente cerca de los via- jeros.

    En cuanto el tren se dete- nía, ya estaba nuestro hombre abriendo las portezuelas, ayu- dando á bajar á las señoras y á los niños, preguntando á todo el mundo qué tal lo habían pasado en el viaje, y hasta descargando maletas, sacos y envoltorios.

    Algunos viajeros, contemplan- do su elegante porte, le miraban sorprendidos; otros, con cierta escama, como ahora se dice; pe- ro todos se dejaban servir, y no faltaban señoras importunas que le mandasen recoger algo olvidado en el fondo del coche.

    En medio de los goces que le proporcionaba la satisfacción de su manía, Pepe Alerce tenía un disgusto, una espina clavada en el corazón, y era no poder estar á un mismo tiempo en to- das las estaciones á la vez.

    El procuraba dividirse, multi- plicarse,* y tenía para ello un ca- rruaje propio destinado sola- mente á llevarle de una á otra estación; pero ni aun así le era posible satisfacer su deseo.

    —¡Roque!—decía una vez á su cochero —¡á escape á la del Mediodía! Acabo de saber que e correo de Valencia ha sufri- do un descarrilamiento, del que han resultado varios heridos. Esta "feliz circunstancia’’ ha producido el retraso consiguien- te. De modo, que hoy llegamos á tiempo,

    Sin la aventura que voy á r.e- latar, no se sabe basta dónde hu- biera ido este desdichado con su extraña chieladura.

    Era una cruda mañana de Enero. Ei expreso de Francia llega en ese me-; á las seis y me- dia. Pepe Alerce bien envuelto en su magnifico gabán de pieles, se paseana muy inquieto por el andén, porque habían transcu rridos algunos minutos más de la hora y no se escuchaban aún los ecos de la bocina del guarda- agujas.

    Al cabo é'tos resonaron en el espacio, lien .nido de júbilo ti corazón de! joven, ni más n>. me nos que si esperase á algún ¡ persona querida, después de prolongada au- eocia.

    Pasa el tren ¡ or las placas gi- ratorias, ruido que Pepe e-cif- chab siempre cátrenieoéudose de felicidad; avanza el mous-

    truo de hierro, como llamaban antea á la locomotora, y el tren se detiene.

    Los mozos abren la* porte zuelas, y Pepe loa imita con una •olicitud digna de mejor causa. Pero al hacer girar la portezue- la de una berlina, dos niños ru- bios, dos ángeles de cuatro 4 seis afíos, se precipitan en sus brazos.

    —jßicol jMoninl—le dicen en- tre beso y beso. Esto entusias- ma á Pepe, quien después de co- locar á los dos bebés en el sue- lo, ayuda ó bajar del coche á la mamá.

    Ella le mira radiante de ale- gría, le sonríe con amor, pone el pié en el estribo, pero no toca al suelo, sino que, lanzando un tier- no suspiro, se suspende del cue- llo de Pepe, cubriéndole el ros- tro de ósculos apasionadísimos.

    —¡Señora! exclama él sor- prendido:—¿qué significa ...

    —Nada me importa que nos vean: esto es muy natural.

    Y continuaba su tarea amo- rosa.

    En vano procuraba Pepe de- sasirse: la vehemente dama le estrechaba con una fuerza impo- sible de dominar por medios suaves, el rostro pegado al suyo y articulando un torrente de fra- ses cariñosas.

    Además, los dos niños se le habían abrazado á las piernas.

    De modo que el pobre no po- día moverse.

    En esto avanza presurosa- mente por el andén otro gabán de pieles, es decir, otro señor que se parecía mucho á nuestro maniático; revuelve la vista en todos sentidos, y lanzando una interjección, una palabreja, se precipita sobre Pepe Alerce, y.... ¡válgame Dios, cuántos palos descargó sobre el infeliz!

    Se movió el escándalo consi- guiente, y

    Creo que el lector lo habrá "comprendido todo” puesto que estamos al final.

    Creo que no habrá que decirle que la señora, entre trasnochada y deseosa, y con la complicidad de una lamentable semejanza, había tomado á Pepe Alerce por su esposo; que éste llegó con al- gún retraso al andén, y que viendo á su esposa abrazar y besar á un desconocido, había tomado inmediata venganza de lo que él consideraba una ofensa.

    Al fin, todo se aclaró, natural- mente. Pero el aficionado á es- perar los trenes se curó de su manía más pronto que de las contusiones y heridas que le ocasionó la aventura.

    Como que que guardar cama cerca de un mes, lleno el cuerpo de bizmas y vendajes.

    ¡Ah! Se me olvidaba decir que el apaleador le pidió mil perdo- nes

    Como si solo le hubiera dado un pisotón: ‘ [Caballero, usted dispense!”

    iUtuardo S. de Castilla

    Sección religiosa

    SANTOS DE MAÑANA

    Junio 7, martes. —Santos Pedro Wis- tremundo y compañeros mártires.

    MISAS DE MARAÑA.

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