naipaul, v.s. el sanador mistico

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1 V.S. NAIPAUL EL SANADOR MISTICO PREMIO NOBEL 2001

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V.S. NAIPAUL

EL SANADOR MISTICO

PREMIO NOBEL 2001

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Primera edición: noviembre, 2001

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del

copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de

esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el

tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o

préstamo públicos.

Título original: The Mystic Masseur (c) V. S. Naipaul, 1957 (c) De la traducción, Flora

Casas, 2001 (c) De la presente edición, Editorial Debate, S. A., 2001 O'Donnell, 19, 28009

Madrid

ISBN: 84-8306-479-0 Depósito legal: M. 44.429 - 2001 Compuesto en Lozano Paisano,

S. L. Impreso en Brosmac, S. L., Móstoles (Madrid) Impreso en España (Printed in Spam)

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A la memoria de mi padre y para Cordón Woolford

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Nota del autor

Todos los personajes, organizaciones e incidentes de esta novela son ficticios. Hay que

constatarlo porque, aunque a sus políticos les ha dado por llamarla "país", Trinidad es una

pequeña isla, no mayor que Lancashire, y con una población ligeramente inferior a la de

Nottingham. La geografía de la isla se ha cambiado en esta novela. Inevitablemente, se

consignan fechas, pero no se retrata a ningún cargo público. La huelga que aparece en el

capítulo doce no tiene base real.

Nota de la traductora

El lector de la versión castellana apreciará a lo largo de la novela ciertas incorrecciones

gramaticales por medio de las cuales se ha tratado de reflejar, en la medida de lo posible, el

habla de los personajes que en ella aparecen.

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Sumario

1. El sanador incipiente ...................................................................................................5

2. Discípulo y maestro…..................................................................................................12

3. Léela………….................................................................................................................19

4. La pelea con Ramlogan…............................................................................................33

5. Pruebas……..................................................................................................................50

6. El primer libro…….......................................................................................................67

7. El sanador místico.......................................................................................................85

8. Más dificultades con Ramlogan…………....................................................................106

9. El pandit de la prensa…………....................................................................................124

10.La derrota de Narayan…............................................................................................143

11. Miembro del Consejo Legislativo……........................................................................154

12. De miembro del Consejo Legislativo a miembro de la Orden del Imperio

Británico.....................................................................................................................................

.....180

EPÍLOGO: Un estadista en el tren de las

12.57…...............................................................189

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1 El sanador incipiente

Llegaría a ser famoso y honrado en todo el sur del Caribe, héroe del pueblo y, después,

el representante británico en Lake Success. Pero cuando yo le conocí, todavía luchaba por

establecerse como sanador, en una época en la que en Trinidad, dabas una patada y

aparecía un sanador.

Era justo al principio de la guerra, cuando yo estaba todavía en el colegio. Me obligaron

a jugar al fútbol, y en el primer partido me dieron un patadón en la espinilla y tuve que

guardar cama varias semanas.

Mi madre no se fiaba de los médicos y no me llevó a ninguno. No la culpo, porque en

aquellos días la gente prefería ir a un sanador o a un sacamuelas.

-Si sabré yo qué médicos hay en Trinidad -decía mi madre-. Lo mismo les da matar dos

o tres personas antes de desayunar.

No es tan terrible como parece: en Trinidad, a la comida del mediodía se le llama

desayuno.

Tenía la pierna ardiendo e hinchada, y cada día me dolía más.

-¿Qué vamos a hacer? -pregunté.

-¿Que qué vamos a hacer? -dijo mi madre-. ¿Que qué vamos a hacer? Pues tú, a dejar la

pierna tranquila unos días más. Nunca se sabe qué puede pasar.

Yo dije:

-Yo sí sé qué va a pasar. Que voy a perder la pierna, y ya sabes cómo les gusta a estos

médicos de Trinidad cortarle las piernas a los negros.

Mi madre empezó a preocuparse un poco y aquella noche me preparó un emplasto de

barro para la pierna.

Dos días más tarde dijo:

-Se está poniendo un poco feo. Chico, vamos a tener que ir a donde Ganesh.

-¿Y quién demonios es ese tal Ganesh?

Esta pregunta la harían muchas personas más adelante.

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-¿Qué quién es ese tal Ganesh? -replicó mi madre, burlona-. ¿Ese tal Ganesh? Hay que

ver la educación que os dan a los niños hoy en día. Tienes la pierna rota y te duele, y

encima hablas de ese hombre como si fueras su padre, cuando tiene edad más que

suficiente para ser tu padre.

Yo dije:

-¿Qué hace?

-Pues curar a la gente.

Lo dijo con cierta cautela, y me dio la impresión de que no tenía muchas ganas de

hablar sobre Ganesh porque el don curativo que él poseía era algo sagrado.

El trayecto hasta la casa de Ganesh era muy largo, más de dos horas. Vivía en un sitio

llamado Fuente Grove, no lejos de Princes Town. Un nombre curioso: Fuente Grove. No

había el menor indicio de fuentes, ni siquiera de agua. En varios kilómetros a la redonda, la

tierra era llana, sin árboles, y abrasadora. Se atravesaban kilómetros y kilómetros de

plantaciones de caña de azúcar; la caña desaparecía bruscamente y daba paso a Fuente

Grove. Era una aldehuela triste, una escasa docena de chozas con techo de paja que se

extendían al borde de la estrecha carretera llena de baches. La tienda de Beharry era el

único indicio de vida social, y nos paramos a la puerta. Era un edificio de madera, con el

temple mugriento y medio desprendido de las paredes y el techo, de hierro ondulado,

alabeado y lleno de herrumbre. Un pequeño cartel anunciaba que Beharry tenía permiso

para vender bebidas alcohólicas, y vi a aquel hombre privilegiado -eso pensé-, sentado en

un taburete delante del mostrador. Con las gafas en la punta de la nariz, leía The Trinidad

Sentinel con el brazo estirado.

El taxista gritó:

-¡Eh!

El hombre bajó el periódico.

-¡Eh! Yo soy Beharry. -Se levantó ágilmente del taburete y se frotó la tripita con las

palmas de las manos-. Buscan al pandit, ¿no?

El taxista contestó:

-No, qué va. Venimos desde Puerto España para ver el paisaje.

A Beharry le sorprendió semejante grosería. Dejó de frotarse la barriga y empezó a

meterse la camiseta en los pantalones, de color caqui. Por detrás del mostrador apareció

una mujer grandona, y al vernos se cubrió la cabeza con el velo.

-Estas personas quieren preguntar algo -dijo Beharry, y se fue tras el mostrador. La

mujer gritó:

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-¿A quién andan buscando? Mi madre contestó:

-Estamos buscando al pandit.

-Se bajen un poco por la carretera -dijo la mujer-. No tiene pérdida. La casa tiene un

mango en el patio.

Aquella mujer tenía razón. Era imposible no ver la casa de Ganesh. Tenía el único árbol

de la aldea y parecía un poco mejor que la mayoría de las chozas.

El taxista tocó el claxon, y una mujer salió desde detrás de la casa. Era joven, alta pero

delgada, e intentó atendernos al tiempo que espantaba unos pollos con una escoba de

cocoye. Se quedó mirándonos un rato y después gritó:

-¡Oye, tú! -Después volvió a miramos fijamente y se puso el velo sobre la cabeza. Gritó

otra vez-: ¡Eh, tú, hombre!, ¿es que no me oyes? ¡Venga, hombre!

De la casa salió una voz aflautada:

-¡Ya voy, hombre!

El taxista apagó el motor y oímos un arrastrar de trastos en la casa.

Por último salió un joven a la pequeña galería. Llevaba ropa normal, pantalones y

camiseta, y no parecía especialmente santo. No llevaba ni dhoti, ni koortah ni turbante,

como yo me esperaba. Me tranquilicé un poco al ver que tenía un libro grande entre las

manos. Para mirarnos, tuvo que protegerse los ojos del resplandor del sol con la mano

libre, y en cuanto nos vio bajó a todo correr los escalones de madera, cruzó el patio y le dijo

a mi madre:

-Me alegro de verla. ¿Cómo van las cosas últimamente?

Con una actitud correcta, algo raro en él, el taxista contemplaba el bailoteo de las

oleadas de calor que ascendían de la negra carretera, mientras mordisqueaba una cerilla.

Ganesh me vio y dijo:

-Vaya, vaya. Algo le pasa al chico.

E hizo unos ruidillos, todo triste.

Mi madre salió del taxi, se estiró el vestido y dijo:

-Ya sabe usted, baba, que estos chicos hoy en día se desmandan. A ver este chico.

Los tres me miraron: Ganesh, mi madre y el taxista. Yo dije:

-¿Pero por qué me mira todo el mundo? ¿Es que tengo monos en la cara o algo?

-Mire este chico -dijo mi madre-. ¿Usted cree que vale para algún deporte?

Ganesh y el taxista negaron con la cabeza.

-Pues a ver la cruz que tengo yo -continuó mi madre-. Me viene el chico un día

cojeando, y yo voy y le digo: "¿Qué te ha pasado que vas cojeando?" Y me contesta, todo

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valiente, como un hombre: "Que he estado jugando al fútbol", y yo le digo, digo: "Jugando

a hacer el idiota, querrás decir."

Ganesh le dijo al taxista:

-Ayúdeme a meter al chico en la casa.

Mientras me llevaban observé que alguien había intentado escarbar la tierra dura y

polvorienta para plantar un jardincillo delante de la casa, pero ya no quedaba nada salvo

los cascos de botellas rotos y unos cuantos tocones de hibisco rugosos.

Ganesh parecía lo único fresco de la aldea. Tenía los ojos de un negro muy oscuro, la

piel amarillenta y estaba un poquito fofo.

Pero lo que vi en la choza de Ganesh me dejó atónito. En cuanto entramos, mi madre

me guiñó un ojo, y vi que incluso al taxista le costaba trabajo no quedarse boquiabierto.

Había centenares de libros, aquí, allá, por todas partes, desparramados sobre la mesa,

amontonados en los rincones, por el suelo. Nunca había visto tantos libros en una casa.

-¿Cuántos libros hay aquí, pandit? -pregunté.

-La verdad, nunca los he contado -contestó Ganesh, y gritó-: ¡Léela!

La mujer de la escoba de cocoye apareció con tal rapidez que supuse que estaba

esperando a que la llamaran.

-Léela -dijo Ganesh-, el chico quiere saber cuántos libros hay aquí.

-Vamos a ver -dijo Léela, y se ató la escoba a la cinturilla de la falda. Se puso a contar

con los dedos de la mano izquierda-. Cuatrocientos de Everyman, doscientos de Penguin...

seiscientos. Seiscientos, y con cien de Reader's Library se nos pone en setecientos. Creo

que con los demás habrá unos mil quinientos buenos libros.

El taxista silbó, y Ganesh sonrió.

-¿Son todos suyos, pandit? -pregunté.

-Es mi único vicio -contestó Ganesh-. Mi único vicio. No fumo. No bebo. Pero los

libros, eso que no me falte. Y fíjate, voy todas las semanas a San Fernando a comprar más.

¿Cuántos libros compré la semana pasada, Léela?

-Pues mira, sólo tres -respondió Léela-. Pero son libros gordos, gordos de verdad. Entre

quince y diecisiete centímetros en total.

-Diecisiete centímetros -dijo Ganesh.

-Sí, diecisiete centímetros -dijo Léela.

Supuse que Léela sería la mujer de Ganesh, porque añadió, fingiendo estar enfadada:

-Es para lo único que sirve. No paro de decirle que no me lea tanto. Pero no hay

manera: se pasa la vida leyendo.

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Ganesh soltó una breve carcajada e indicó a Léela y al taxista que salieran de la

habitación. Hizo que me sentara en el suelo y se puso a palparme la pierna. Mi madre se

quedó en un rincón, observando. De vez en cuando me daba un golpe en el pie; yo gritaba

de dolor y él decía pensativo: "Hum."

Intenté olvidar los golpes de Ganesh y me concentré en las paredes. Estaban cubiertas

de citas religiosas, en hindi e inglés, y de estampas religiosas hindúes. Mi mirada se posó

en un precioso dios de cuatro brazos, de pie en un loto abierto.

Cuando Ganesh acabe de reconocerme, se levantó y dijo:

-Al chico no le pasa nada, maharaní. Nada de nada. Es el problema con muchas

personas que vienen a verme. En realidad no les pasa nada. Lo único que podría decir del

chico es que tiene un poco de mala sangre. Nada más. Yo no puedo hacer nada.

Y se puso a mascullar un pareado en hindi mientras yo seguía tumbado en el suelo. Si

yo hubiera sido más despierto, me habría fijado más, porque estoy convencido de que

aquel hombre ya mostraba sus incipientes tendencias místicas.

Mi madre se acercó, me miró y preguntó a Ganesh en tono lastimero:

-¿Seguro que el chico no tiene nada? A mí me parece que tiene muy mala la pierna.

Ganesh dijo:

-A no preocuparse. Le voy a dar una cosa con lo que se pondrá mejor en un pispás. Lo

hago yo mismo. Se lo dé tres veces al día.

-¿Antes o después de las comidas?

-¡Después, nunca! -advirtió Ganesh. Mi madre se quedó satisfecha.

-Y tambien puede mezclar un poquito con la comida -añadió Ganesh-. Igual le vendría

bien.

Tras ver tantos libros en la choza de Ganesh, yo estaba dispuesto a creer en él y

bastante decidido a tomar la medicina. Y mi respeto por él aumentó cuando le dio un

folleto a mi madre, diciendo:

-Se lo lleve. Se lo doy gratis aunque me costó mucho escribirlo e imprimirlo. Yo dije:

-¿De verdad fue usted el que escribió este libro, pandit?

Sonrió y asintió.

Mientras nos alejábamos de la casa, dije:

-¿Sabes, mamá? Ojalá pudiera yo leer todos esos libros que tiene el pandit Ganesh.

Por eso me sentó mal y me sorprendió que, al cabo de dos semanas, mi madre dijera:

-¿Sabes qué? Que estoy por dejarte y que te cures tú solo. Con sólo haber ido a ver a

Ganesh de buena fe, ahora estarías mejor y andarías.

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Al final fui a un médico en St Vincent Street que le echó un vistazo a la pierna y dijo:

-Un absceso. Hay que rajar. Y cobró diez dólares.

No llegué a leer el folleto de Ganesh, 101 preguntas y respuestas sobre la religión hindú,

y aunque tenía que tomar aquel repugnante brebaje tres veces al día (me negué a que me lo

pusieran en las comidas), no le guardaba rencor. Por el contrario; pensaba muchas veces,

con interés y perplejidad, en aquel hombrecillo encerrado con mil quinientos libros en la

calurosa y aburrida aldea de Fuente Grove.

-Trinidad está llena de locos -dije.

-Tú di lo que te dé la gana -espetó mi madre-. Pero Ganesh no es tan tonto como tú

crees. Es la clase de hombre que en la India sería rishi. Llegará el día en que te sientas

orgulloso de decirle a la gente que conociste a Ganesh. Así que a callar, que te voy a poner

la venda.

Menos de un año después, Trinidad se despertó con la noticia en tercera página de The

Trinidad Sentinel, en forma de anuncio a una columna con una fotografía de Ganesh y lo

siguiente: Se rogaba a quienes estuvieran interesados que contestaran a Fuente Grove para

recibir gratuitamente un folleto plegable e ilustrado con todos los detalles.

No creo que escribiera mucha gente para recibir más información sobre Ganesh.

Estábamos acostumbrados a esa clase de anuncios, y el de Ganesh apenas llamó la

atención. Ninguno de nosotros previo sus asombrosas consecuencias. Hasta más adelante,

cuando Ganesh obtuvo una fama y una fortuna bien merecidas, la gente no lo recordó.

Igual que yo.

1946 supuso el momento decisivo en la carrera de Ganesh, y como para destacar el

acontecimiento, aquel mismo año publicó su autobiografía, Los años de culpa (Editorial

Ganesh, S.A., Puerto España, 2,40 dólares). El libro, descrito como relato de misterio

espiritual y como novela policíaco-metafísica, fue muy apreciado en América central y el

Caribe. Sin embargo, Ganesh confesó que la autobiografía había sido un error, de modo

que el mismo año de su publicación la retiró y liquidó la Editorial Ganesh. En el resto del

mundo no conocen las primeras obras de Ganesh, y Trinidad se lo toma a mal. Estoy

convencido de que, en cierto modo, la historia de Ganesh es la historia de nuestra época, y

puede que haya personas que acojan con agrado este imperfecto relato sobre ese hombre

llamado Ganesh Ramsumair, sanador, místico y, desde 1953, miembro de la Orden del

Imperio Británico.

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2 Discipulo y maestro

Ganesh nunca estuvo realmente contento durante los cuatro años que pasó en el

Queen's Royal College. Fue allí cuando tenía casi quince años, y no estaba tan adelantado

como el resto de los chicos de su edad. Siempre era el mayor de la clase, y algunos

compañeros suyos eran tres o incluso cuatro años menores que él. Pero al menos tuvo la

suerte de poder estudiar. Fue por pura casualidad que su padre contara con el dinero

necesario para mandarle allí. El anciano llevaba años aferrándose a sus tristes dos

hectáreas de tierra yerma cerca de Fourways con la esperanza de que las compañías

petrolíferas excavaran un pozo en ellas, pero no pudo sobornar a los de las perforadoras, y

tuvo que conformarse con un pozo limítrofe. Fue algo decepcionante e injusto, pero llegó a

tiempo, y los derechos alcanzaron para mantener a Ganesh en Puerto España.

El señor Ramsumair formó gran alboroto con lo de enviar a su hijo al "colegio de la

ciudad", y la semana antes de que comenzara el curso llevó a Ganesh por todo el distrito,

presumiendo de él ante sus amigos y conocidos. Le puso un traje caqui y un salacot del

mismo color, y muchos dijeron que el chico parecía un pequeño sahib. Las mujeres

lloraron un poco y le pidieron a Ganesh que recordase a su difunta madre y que fuera

bueno con su padre. Los hombres le pidieron que estudiara mucho y que ayudara a otras

personas con sus conocimientos.

Padre e hijo salieron de Fourways aquel domingo y cogieron el autobús para Princes

Town. El anciano llevaba la ropa para ir de visita: dhoti, koortah, gorro blanco y un

paraguas colgado del brazo izquierdo. Cuando cogieron el tren en Princes Town se sentían

importantes.

-Cuidadito con el traje -dijo el anciano en voz muy alta, y los que estaban a su lado lo

oyeron-. Acuérdate de que vas al colegio de la ciudad.

Cuando llegaron a St Joseph, Ganesh empezó a sentir vergüenza. Su atuendo y sus

ademanes ya no atraían miradas de respeto. La gente sonreía, y cuando se apearon en la

terminal de Puerto España, una mujer se rió.

-Ya te dije que no me vistieras así -mintió Ganesh, casi sollozando.

-Anda y que se rían -replicó el anciano en hindi, y se pasó la palma de una mano por el

poblado bigote gris-. Los borricos rebuznan por cualquier cosa.

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"Borrico" era su insulto favorito, quizá porque el término en hindi es tan expresivo:

gaddaha.

Fueron a todo correr a la casa de Dundonald Street donde iba a hospedarse Ganesh, y

la señora Cooper, la casera, negra, alta y rolliza, se rió al verlos, pero dijo:

-El chico parece todo un caballerete.

-Es buena mujer -le dijo el anciano a Ganesh en hindi-. No te preocupes por la comida

ni nada. Te cuidará bien.

Ganesh prefería no acordarse de lo que ocurrió al día siguiente, cuando le llevaron al

colegio. Los chicos mayores se rieron, y aunque no llevaba el salacot caqui, se sentía

incómodo con el traje. Y encima, la escenita en el despacho del director: su padre

gesticulando con el gorro blanco y el paraguas; el director, inglés, paciente al principio,

después firme y al final desesperado; el anciano encolerizado, murmurando "Gaddaha.

Gaddaha".

Ganesh nunca dejó de sentirse torpón. Estaba tan avergonzado de su nombre indio que

durante una temporada fue contando que en realidad se llamaba Gareth. Aquello le hizo un

flaco servicio. Seguía vistiendo mal, no jugaba a nada, y en cuanto abría la boca se notaba

que era un indio del campo. Nunca dejó de ser campesino. Seguía creyendo que leer con

otra luz que no fuera la natural era malo para la vista, y en cuanto acababan las clases se

iba corriendo a casa, en Dundonald Street, y se ponía a leer en la escalera de atrás. Se

dormía con las gallinas y se despertaba antes del canto del gallo. "Ese Ramsumair es un

auténtico empollón", decían riéndose los chicos, pero Ganesh nunca fue sino un estudiante

mediocre.

Le aguardaba otra humillación. Cuando fue a casa en las primeras vacaciones

escolares, su padre dijo, después de volver a presumir de él:

-Ya es hora de que el chico sea un auténtico brahmán.

La ceremonia de iniciación se celebró aquella misma semana. Le afeitaron la cabeza, le

dieron un pequeño fardo de color azafrán y le dijeron: "Hale, y ahora a Benarés, a

estudiar."

Cogió el bordón y se alejó de Fourways a toda prisa.

Tal y como estaba previsto, Dookhie, el tendero, corrió tras él, llorando un poco y

rogándole en inglés:

-No, muchacho, no. Que no te vayas a Benarés a estudiar. Ganesh siguió andando.

-Pero, ¿qué le pasa a ese chico? -preguntaba la gente-. Se lo toma muy en serio.

Dookhie cogió a Ganesh por un hombro y le dijo:

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-Ya está bien de tonterías, niño. Deja de hacer el idiota. ¿Qué te has creído, que me voy

a pasar todo el día corriendo detrás de ti? ¿De verdad te crees que vas a llegar a Benarés?

Eso está en la India, a ver si te enteras, y esto es Trinidad.

Le llevaron a casa. Pero el incidente tuvo su trascendencia.

Todavía estaba prácticamente calvo cuando volvió al colegio, y los chicos se rieron

tanto que el director le llamó y le dijo:

-Ramsumair, está usted creando problemas en el colegio. Póngase algo en la cabeza.

De modo que Ganesh fue a clase con el salacot caqui hasta que le creció el pelo.

Había otro chico indio, Indarsingh, que vivía en la casa de Dundonald Street. También

estaba en el Queen's Royal College, y aunque era seis meses menor que Ganesh, iba tres

clases por delante de él. Era un chico listo, y todos los que le conocían decían que iba a ser

un hombre importante. A sus dieciséis años, Indarsingh pronunciaba largos discursos en

los debates de la Sociedad Literaria, recitaba sus propios versos en los concursos de poesía

y siempre ganaba los concursos de discursos improvisados. También practicaba todos los

deportes, no muy bien, pero tenía condiciones de deportista y por eso los chicos le

consideraban un ideal. Indarsingh convenció a Ganesh para que jugara al fútbol. Cuando

Ganesh dejó al descubierto sus piernas, pálidas, amarillentas, un chico escupió con asco y

exclamó: "¡Oye, tú, tus piernas no ven el sol!" Ganesh no volvió a jugar al fútbol, pero

siguió siendo amigo de Indarsingh. A Indarsingh le resultaba útil. "Vente a dar un paseo

por el Jardín Botánico", le decía a Ganesh, y durante el paseo no paraba de hablar, para

ensayar su discurso del próximo debate. Al final decía: "¿A que está bien? Pero

requetebién." El tal Indarsingh era un chico bajo, rechoncho, y en sus andares, como en su

forma de hablar, mostraba el garbo de los bajitos.

Indarsingh era el único amigo de Ganesh, pero su amistad no duraría. Al final del

segundo año de Ganesh en el colegio, a Indarsingh le dieron una beca para Inglaterra. A

ojos de Ganesh, Indarsingh había conseguido algo que superaba toda ambición.

Con el tiempo, Ganesh obtuvo el certificado de Cambridge, y sorprendió a todo el

mundo con un aprobado. El señor Ramsumair le dio la enhorabuena, ofreció un premio

anual al colegio, y le dijo a Ganesh que había encontrado a una buena chica para que se

casara con ella.

-El viejo te está metiendo prisa -dijo la señora Cooper.

Ganesh escribió una carta, diciendo que no tenía la menor intención de casarse, y

cuando su padre contestó que si no quería casarse podía considerarse huérfano, Ganesh

decidió considerarse huérfano.

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-Tienes que buscarte un trabajo -dijo la señora Cooper-. Oye, que no es que esté

pensando en lo que me tienes que pagar. Es que tienes que encontrar trabajo. ¿Por qué no

hablas con el director de tu colegio?

Lo hizo. El director se quedó algo perplejo y preguntó:

-¿Qué quiere hacer?

-Dar clase -contestó Ganesh, porque pensaba que tenía que halagar al director.

-¿Dar clase? Qué raro. ¿En primaria?

-¿Qué quiere decir, señor?

-No estará pensando en dar clase en este colegio, ¿verdad?

-No, señor. No me tome el pelo.

Al final, con la ayuda del director, Ganesh se matriculó en la Escuela Gubernamental

de Preparación de Profesores de Puerto España, donde había muchos más indios y no se

sentía tan incómodo. Le enseñaron cosas muy importantes, y de vez en cuando hacía

prácticas con unos cuantos alumnos en colegios cercanos. Aprendió a escribir en la pizarra

y consiguió superar la dentera del chirriar de la tiza. Después le pusieron a dar clase.

Le mandaron a un colegio de un distrito problemático del barrio este de Puerto

España. El despacho del director también servía de clase, atestada de chicos jóvenes. El

director estaba sentado bajo un retrato del rey Jorge V, y entrevistó a Ganesh.

-No sabe qué suerte tiene -empezó a decir, y se levantó de golpe, añadiendo-: Un

momento. Hay un chico al que voy a darle una buena. Un momento.

Pasó con dificultad por entre los pupitres hasta donde estaba un chico, en la fila del

fondo. Los alumnos guardaron silencio inmediatamente y se oyó el ruido de las demás

clases. Después, Ganesh oyó al chico chillando detrás de la pizarra.

El director sudaba cuando volvió con Ganesh. Se enjugó la enorme cara con un pañuelo

de color malva y dijo:

-Sí, como le iba diciendo, tiene usted suerte. La mayoría de las veces desperdician a un

joven como usted en mitad del campo, en Cunaripo o cualquier sitio dejado de la mano de

Dios. -Se echó a reír y Ganesh pensó que también debía reírse; pero en cuanto lo hizo el

director se puso serio y dijo-: Señor Ramsumair, no sé qué ideas tiene usted sobre la

educación de los jóvenes, pero quiero que sepa desde el principio, incluso antes de

empezar, que el objetivo de este colegio es formar, no informar. Todo está organizado. -

Señaló un horario enmarcado, en tinta de tres colores, colgado junto al retrato del rey

Jorge V-. Lo hizo Miller, a quien usted va a sustituir. Está enfermo.

-Pues parece muy bueno, y siento que Miller esté enfermo -dijo Ganesh.

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El director se arrellanó en la silla y dio un golpe con una regla en el papel secante de

color verde que tenía ante él.

-¿Cuál es el objetivo de este colegio? -preguntó de repente.

-Formar... -empezó a decir Ganesh.

-No... -continuó el director, como animándole.

-Informar.

-Señor Ramsumair, es usted muy despierto. Me cae muy bien. Nos vamos a llevar

estupendamente, usted y yo.

A Ganesh le dieron la clase de Miller, la de apoyo. Era una especie de zona de descanso

para los retrasados mentales. Los chicos permanecían en ella, desinformados, años y años,

y algunos ni siquiera querían abandonarla. Ganesh probó con todo lo que le habían

enseñado en la Escuela de Formación, pero los chicos no respondían bien.

-No les puedo enseñar nada -se quejó al director-. Les enseñas esta semana el teorema

número uno y a la semana siguiente se les ha olvidado.

-Mire, señor Ramsumair. Me cae usted bien, pero tengo que ser firme. A ver, rápido:

¿cuál es el objetivo de este colegio?

-Formar, no informar.

Ganesh dejó de intentar enseñar a los chicos, y se conformó con consignar la mejora

semanal en el cuaderno de notas. Según ese cuaderno, los alumnos de la clase de apoyo

avanzaban desde el teorema número uno al número dos en sucesivas semanas, y después

llegaban, sin dificultad, al teorema número tres.

Al tener mucho tiempo libre, Ganesh podía observar a Leep, el de la clase de al lado.

Leep había estado en la Escuela de Formación con él, y seguía entusiasmado. Casi siempre

estaba junto a la pizarra, escribiendo, borrando, informando sin cesar, salvo cuando -y no

era poco frecuente- daba de azotes a un chico y desaparecía tras el panel de celotex que

separaba su clase de la de Ganesh.

El viernes anterior al regreso de Miller (que se había fracturado la pelvis), el director

llamó a Ganesh y le dijo:

-Leep está enfermo.

-¿Qué le pasa?

-Nada, ha dicho que está enfermo y que no puede venir el lunes.

Ganesh se inclinó hacia delante.

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-Bueno, no estoy seguro -dijo el director-. No estoy nada seguro, pero yo lo veo así. Si

dejas a los chicos en paz, ellos te dejan en paz. Son buenos chicos, pero los padres... ¡Dios

mío! Así que cuando vuelva Miller, tendrá que encargarse de la clase de Leep.

Ganesh accedió; pero sólo estuvo en la clase de Leep una mañana.

Cuando volvió al colegio, Miller se enfadó terriblemente con Ganesh, y durante el

recreo del lunes por la mañana fue a quejarse al director. Llamaron a Ganesh.

-Dejo una clase buena, estupenda -dijo Miller-. Los chicos iban bien. Y, cuando vuelvo,

después de una semana -bueno, dos o tres meses-, ¿con qué me encuentro? Pues resulta

que los chicos no han aprendido nada nuevo y que hasta se han olvidado de las cosas que

tardé un montón de tiempo en enseñarles. Esto de dar clase es un arte, pero hay mucha

gente que se cree que puede dejar de cortar caña de azúcar y ponerse a dar clase en Puerto

España.

Enfadado por primera vez en su vida, Ganesh dijo:

-¡Te vayas a la mierda, hombre!

Y dejó el colegio para siempre.

Fue a dar un largo paseo por los muelles. Eran las primeras horas de la tarde y las

gaviotas graznaban entre los mástiles de las balandras y las goletas. Vio los transatlánticos

anclados a lo lejos. Dejó que le asaltase la idea de viajar y la dejó escapar con igual

facilidad. Pasó el resto de la tarde en el cine, pero eso fue un auténtico martirio. Le

molestaron especialmente los créditos. Pensó: "Toda esa gente con su nombre en letra bien

grande en la pantalla se gana las lentejas. Incluso los de la letra pequeña. No como yo."

Necesitaba todo el consuelo que podía ofrecerle la señora Cooper cuando volvió a

Dundonald Street.

-No soporto esas groserías -le dijo.

-Eres un poco como tu padre, a ver si me entiendes. Pero no te preocupes, muchacho.

Yo noto tu halo. Es como una central eléctrica, ¿sabes? Pero has hecho mal dejando un

trabajo tan bueno. No es que te mataras a trabajar precisamente.

Durante la cena, la señora Cooper dijo:

-No puedes ir a pedirle nada al director otra vez.

-No -se apresuró a replicar Ganesh.

-He estado yo pensando. Resulta que un primo mío trabaja en lo de los carnés de

conducir. Creo que podría encontrarte un trabajo allí. ¿Sabes conducir?

-Ni un carro, señora Cooper.

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-Da igual. El te puede sacar un carné y no tendrías que conducir mucho. Tienes que

examinar a otros conductores, y si haces lo que mi primo, te puedes sacar un montón de

dinero con cualquier bobo que quiera un carné y que tenga dinero. -Se quedó pensando un

rato y añadió-: Ah, y conozco a un hombre que trabaja en lo de telégrafos. Pero anda, que

no sé dónde tengo la cabeza últimamente. Te ha llegado un telegrama, esta tarde.

La señora Cooper fue al aparador y sacó un sobre de debajo de un jarrón lleno de flores

artificiales.

Ganesh leyó el telegrama y se lo dio.

-¿Quién es el imbécil que ha mandado esto? -dijo la señora Cooper-. Vamos, es que te

puedes morir de un ataque al corazón.

Malas noticias ven a casa ahora mismo. ¿Quién es este tal Ramlogan, el que firma?

-Ni idea -contestó Ganesh.

-¿Qué piensas que puede ser?

-Pues, ya sabe...

-Fíjate, qué curioso -interrumpió la señora Cooper-: Anoche, sin ir más lejos, soñé que

alguien se moría. Sí, muy curioso.

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19

3 Leela

Aunque eran casi las once y media cuando el taxi llegó aquella noche a Fourways, la

aldea estaba llena de vida y Ganesh sabía que la señora Cooper tenía razón. Alguien había

muerto. Notó la agitación y reconoció todas las señales. Había luces en la mayoría de las

casas y las barracas, mucho movimiento en la carretera, y sus oídos percibieron el leve

murmullo, como de un tumulto lejano. No tardó mucho en comprender que era su padre

quien había muerto. Parecía que Fourways estuviera esperando el taxi, y en el momento

mismo que vieron a Ganesh en el asiento de atrás empezaron los lamentos.

La casa era un caos. Apenas había abierto la puerta del taxi cuando se precipitaron

hacia él docenas de personas que no conocía tendiéndole los brazos, dando voces, y le

llevaron, casi en volandas, hasta la casa, que también estaba llena de dolientes a quienes no

conocía o no recordaba.

Oyó al taxista, que decía una y otra vez: "Ya me imaginaba yo lo que pasaba, hace rato.

Venimos apretando el acelerador desde Puerto España, conduciendo como locos en la

oscuridad. Y el chico está tan destrozado que no puede ni llorar."

Un hombre gordo abrazó sollozando a Ganesh y dijo:

-¿Recibiste mi telegrama? El primero que mando. Soy Ramlogan. Tú no me conoces,

pero yo conocía a tu padre. Ayer sin ir más lejos... -Ramlogan se derrumbó y se echó a

llorar otra vez-, ayer sin ir más lejos le decía: "Baba" (yo siempre le llamaba así), "baba", le

digo, "ven dentro a comer algo". Es que he cogido la tienda de Dookhie. Sí, Dookhie murió

hace casi siete meses y yo pues he cogido la tienda.

Ramlogan tenía los ojos empequeñecidos y rojos por el llanto.

-"Baba", le digo, "ven dentro a comer algo." ¿Y sabes lo que me dijo?

Una mujer abrazó a Ganesh y preguntó:

-¿Qué?

-¿Que qué dijo? ¿Queréis saber lo que me dijo? -Ramlogan abrazó a la mujer-. Pues

dijo: "No, Ramlogan. ¡Hoy no quiero comer!"

Apenas pudo terminar la frase.

La mujer dejó a Ganesh y se llevó las manos a la cabeza. Chilló, un par de veces, y

después gimió:

-"No, Ramlogan. ¡Hoy no quiero comer!"

Ramlogan se enjugó los ojos con un dedo grueso, velludo.

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-Y hoy -sollozó, tendiendo ambas manos hacia el dormitorio-, hoy ya no puede comer.

La mujer volvió a emitir unos chillidos.

-¡Hoy ya no puede comer!

Tan angustiada estaba que se arrancó el velo y Ganesh reconoció a una tía suya. Le

puso una mano en el hombro.

-¿Crees que podría ver a papá? -preguntó.

-Ve a papá, antes de que se vaya para siempre -dijo Ramlogan, mientras las lágrimas le

corrían por las gruesas mejillas, hasta la barbilla sin afeitar-. Ya hemos lavado el cuerpo y

lo hemos vestido y todo.

-No entrar conmigo -dijo Ganesh-. Quiero estar solo.

Cuando cerró la puerta, los lamentos sonaron lejanos. Habían colocado el ataúd sobre

una mesa en el centro de la habitación, y no veía el cadáver desde donde estaba. A la

izquierda había una lamparita de aceite con la llama baja que proyectaba sombras

monstruosas en las paredes y el techo de hierro galvanizado. Al aproximarse a la mesa sus

pisadas resonaron en los tablones del suelo y la lámpara parpadeó. El bigote del anciano

estaba aún hirsuto, desafiante, pero se le había desmoronado la cara, que parecía débil y

cansada. El aire estaba fresco alrededor de la mesa, y Ganesh vio que era por el

revestimiento de hielo que rodeaba el ataúd. Era la habitación de los muertos, extraña por

el olor a bolas de alcanfor, y no había nada vivo salvo Ganesh y la llama de la lamparilla,

achaparrada y amarilla, y ambos guardaban silencio. Sólo, de vez en cuando, el plof del

hielo al derretirse y caer en las cuatro cacerolas al pie de la mesa rompía el silencio.

No sabía qué pensar ni qué sentir, pero no quería llorar, y abandonó la habitación.

Estaban esperando a que saliera, y le rodearon inmediatamente. Oyó decir a Ramlogan:

"Venga, venga, dejar al chico en paz. Es su padre quien ha muerto. Su único padre." Y se

reanudaron los gemidos.

Nadie le preguntó nada sobre la cremación. Todo parecía estar ya solucionado, y

Ganesh se alegró de que así fuera. Dejó que Ramlogan le sacara de la casa, llena de

sollozos, chillidos y lamentos, lámparas de gas, de petróleo, lamparillas, luces brillantes

por todas partes salvo en el pequeño dormitorio.

-Aquí no se cocina esta noche -dijo Ramlogan-. Te vienes a cenar a la tienda.

Ganesh no durmió aquella noche, y todo lo que hizo le pareció irreal. Más adelante,

recordó la solicitud de Ramlogan... y de su hija; recordó haber vuelto a la casa donde no se

podía encender fuego, recordó los tristes cánticos de las mujeres, que prolongaron la

noche; después, a primeras horas de la mañana, los preparativos para la cremación. Tenía

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21

muchas cosas que hacer, y las hizo sin pensar ni preguntar, todo lo que le pidieron el

pandit, su tía y Ramlogan. Recordaba haber andado alrededor del cadáver de su padre,

recordaba haber puesto las últimas marcas de casta en la frente del anciano y haber hecho

muchas cosas más, hasta que le dio la impresión de que el ritual sustituía a la pena.

Cuando acabó todo -su padre ya incinerado, las cenizas esparcidas- y se marcharon

todos, incluida su tía, Ramlogan dijo:

-Bueno, Ganesh. Ya eres un hombre.

Ganesh reflexionó sobre su situación. En primer lugar, pensó en el dinero. Le debía a la

señora Cooper once dólares por dos semanas de pensión, y descubrió que sólo tenía

dieciséis dólares y treinta y siete centavos. Tenía que recoger unos veinte del colegio, pero

había decidido no pedirlos y devolverlos si se los enviaban. En su momento, no se paró a

pensar quién había pagado la cremación; hasta más adelante, justo antes de casarse, no se

enteró de que la había pagado su tía. El dinero no era un problema inminente, ahora que

tenía los derechos del petróleo -casi sesenta dólares al mes- que le hacían prácticamente

rico en un sitio como aquel. Pero los derechos podían agotarse en cualquier momento, y

aunque tenía veintiún años y estudios, carecía de medios para ganarse la vida.

Había algo que le dio esperanzas. Como escribiría más adelante en Los años de culpa:

"En una conversación con Shri Ramlogan me enteré de un hecho curioso. Mi padre había

muerto aquel lunes por la mañana entre las diez y cinco y las diez y cuarto, en definitiva,

más o menos cuando yo discutía con Miller y estaba decidiendo dejar el trabajo de

maestro. Me sorprendió mucho la coincidencia, y fue la primera vez que empecé a tener la

sensación de que me esperaba algo grande. Porque sin duda fue una singular conjunción

de acontecimientos lo que me empujó a abandonar el vacío de la vida urbana y regresar a la

paz y la tranquilidad del campo, tan estimulantes."

A Ganesh le alegró marcharse de Puerto España. Había pasado cinco años allí, pero

nunca se había acostumbrado a la ciudad ni se había sentido parte de ella. Era demasiado

grande, demasiado ruidosa, demasiado ajena. Mejor vivir en Fourways, donde le conocían

y le respetaban, con el doble atractivo de una educación y un padre muerto recientemente.

Le llamaban sahib, y algunos padres alentaban a sus hijos a llamarle "profesor Ganesh",

pero eso le traía malos recuerdos y les obligó a dejar de hacerlo.

-No está bien que me llamen así -decía, y añadía crípticamente-: Creo que enseñaba lo

que no debía a las personas que no debía.

Se dedicó a gandulear durante dos meses. No sabía ni qué quería ni qué podía hacer, y

empezó a dudar sobre el valor de hacer nada. Comía en casa de sus conocidos, y se limitaba

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a haraganear durante el resto del día. Se compró una bicicleta de segunda mano y daba

largos paseos por los accidentados senderos cercanos a Fourways.

La gente decía: "Está pensando mucho ese chico, Ganesh. Tiene muchas

preocupaciones, pero se pasa el día venga a pensar."

A Ganesh le habría gustado que sus pensamientos fueran profundos, y le molestaba

que fueran simplezas, trivialidades pasajeras. Empezó a sentirse un poco extraño y temió

estar volviéndose loco. Conocía a las gentes de Fourways, y ellos le conocían a él y les caía

bien, pero a veces se sentía aislado.

Pero no podía librarse de Ramlogan. Ramlogan tenía una hija de dieciséis años a la que

quería casar, y quería casarla con Ganesh. Era un secreto a voces en la aldea. Ganesh

recibía regalitos de Ramlogan constantemente -un aguacate especial, una lata de salmón

canadiense o mantequilla australiana-, y siempre que pasaba por delante de la tienda,

Ramlogan le llamaba.

-¡Eh, sahib! ¿Qué es eso de pasar por aquí sin decir ni mu? Se van a pensar que

estamos peleados.

Ganesh no tenía valor para rechazar las invitaciones de Ramlogan, aunque sabía que

cada vez que mirase la puerta que daba a la trastienda vería a la hija de Ramlogan

husmeando tras las mugrientas cortinas de encaje. La vio la noche de la muerte de su

padre, pero no le prestó demasiada atención. Después, empezó a darse cuenta de que la

chica tras las cortinas era alta; a veces, cuando se acercaba demasiado, le veía los ojos,

llenos de malicia, sencillez y respeto, todo al mismo tiempo.

Ganesh no relacionaba a la chica con su padre. Era delgada y de piel blanca; Ramlogan

gordo y casi negro. Al parecer, Ramlogan sólo tenía una camisa, una especie de trapo sucio

de rayas azules que llevaba sin cuello, abierta hasta el peludo pecho, justo donde empezaba

a abultarse su redonda tripa. Formaba una unidad con la tienda. A Ganesh le daba la

impresión de que por la mañana alguien pasaba un trapo grasiento por todo: la balanza,

Ramlogan, todo.

-No está sucio -decía Ramlogan-. Parece que está sucio. Te sientes, sahib. Te sientes.

No tienes que sacudir el polvo ni nada. Te sientes ahí, en el banco contra la pared, y vamos

a charlar un rato. Yo no soy hombre de estudios, pero me gusta escuchar a la gente que sí

los tiene.

Sentándose de mala gana, Ganesh no respondía de inmediato.

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-No hay nada como una buena charla -empezaba a decir Ramlogan, levantándose del

taburete para quitar el polvo del mostrador con sus gruesas manos-. Me gusta escuchar a la

gente educada y con ideas.

Al tropezarse de nuevo con el silencio, Ramlogan volvía a encaramarse al taburete y

hablaba sobre la muerte.

-Sahib, tu padre era un buen hombre. -Su voz estaba cargada de aflicción-. Pero le

hicimos un buen funeral. El primer funeral al que asisto en Fourways, a ver si me

entiendes, sahib. En mi época vi bien de funerales, pero digo, y bien alto que lo puedo

decir, que como el de tu padre no he visto otro igual. Fíjate, hasta Léela -ya sabes, mi hija,

la segunda-, hasta Léela dice que es el mejor funeral que ha visto. Dice que contó hasta más

de quinientas personas de toda Trinidad en el funeral, y que había muchos coches

siguiendo al cadáver. La gente le tenía cariño a tu padre, sahib.

Después guardaban silencio, Ramlogan por respeto hacia el difunto, Ganesh porque no

sabía qué debía decir, y así acababa la conversación.

-Me gustan estas charletas que tenemos, sahib -decía Ramlogan mientras acompañaba

a Ganesh hasta la puerta-. Yo no tengo estudios, pero me gusta escuchar a las personas que

sí tienen, con sus ideas. Bueno, sahib, ¿por qué no te vuelves a pasar por aquí algún día?

¿Mañana, por ejemplo?

Más adelante, Ramlogan solucionaba el problema de la conversación fingiendo que no

sabía leer para que Ganesh le leyera los periódicos, y prestaba atención, con los codos

sobre el mostrador, las manos en el grasiento pelo, los ojos desbordados de lágrimas.

-Esto de leer es una cosa estupenda, estupenda, sahib -dijo Ramlogan en una ocasión-.

Fíjate. Tú coges este periódico que para mí es una hoja sucia llena de garabatos negros -

soltó una risita, burlándose de sí mismo-, lo coges y ¡anda!, en menos que canta un gallo te

oigo leyéndolo y enterándote de lo que dice. Una cosa estupenda de verdad, sahib.

Otro día dijo:

-Lees divinamente, sahib. Es que podría escucharte con los ojos cerrados. ¿Sabes lo

que me dijo Léela anoche, cuando cerré la tienda? Me dice: "¿Quién es el hombre que

hablaba esta mañana en la tienda, papá? Es que parece como lo de la radio que oigo de San

Fernando." Yo le digo, digo: "Niña, que lo que estabas oyendo no era la radio. Era Ganesh

Ramsumair. El pandit Ganesh Ramsumair", eso le dije.

-Vamos, no me tomes el pelo.

-Ah, sahib. ¿Por qué iba yo a tomarte el pelo? ¿Viene Léela y se lo preguntas

directamente a ella?

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Ganesh oyó una risita tras las cortinas de encaje. Miró al suelo, lleno de paquetes de

cigarrillos vacíos y bolsas de papel:

-Quia, quia. Deja en paz a la chica.

Una semana más tarde, Ramlogan le dijo a Ganesh:

-Léela tiene algo en el pie, sahib. Digo yo que si no te importaría echarle un vistazo.

-Pero hombre, si yo no soy médico. No sé nada sobre pies. Ramlogan se echó a reír y le

faltó poco para darle palmaditas en la espalda a Ganesh.

-Pero hombre, ¿cómo puedes decir una cosa así, sahib? ¿No eres tú el que ha estado

venga a aprender en el colegio de la ciudad? Y además, no te creas que me olvido yo de que

tu padre era el mejor sanador que hemos tenido.

El anciano señor Ramsumair tuvo tal fama durante años hasta que, por mala suerte, le

dio masaje a una jovencita y la mató. El médico de Princes Town diagnosticó apendicitis, y

el señor Ramsumair tuvo que gastarse mucho dinero para no meterse en líos. A partir de

entonces no volvió a ejercer de sanador.

-No fue culpa suya -dijo Ramlogan, llevando a Ganesh detrás del mostrador, hacia la

puerta encortinada-. De todos modos, era el mejor sanador que hemos tenido, y yo me

siento pero que muy orgulloso de conocer a su único hijo.

Léela estaba sentada en una hamaca hecha con un saco de azúcar. Llevaba un vestido

limpio de algodón, y su pelo, largo y negro, parecía lavado y peinado.

-¿Por qué no le echas un vistazo al pie de Léela, sahib? Ganesh miró el pie de Léela, y

pasó algo curioso. "Me dio la impresión de que, apenas tocarlo, se puso bien", escribió.

Ramlogan no pudo ocultar su admiración.

-Lo que yo te decía, sahib. De tal palo, tal astilla. Sólo las personas especiales pueden

hacer una cosa así. No sé por qué no te dedicas a sanador.

Ganesh recordó la extraña sensación de estar aislado de la gente de la aldea, y pensó

que Ramlogan tenía algo de razón.

No sabía qué pensaba Léela, porque en cuanto le hubo curado el pie soltó una risita y

echó a correr.

A partir de entonces Ganesh empezó a ir más a gusto a casa de Ramlogan, y en cada

visita observaba mejoras en la tienda. La más espectacular fue la aparición de una vitrina.

Le habían concedido lugar de preferencia en medio del mostrador; estaba tan brillante y

tan limpia que no pegaba allí.

-En realidad, es idea de Léela -dijo Ramlogan-. Protege las pastas de las moscas y es

más moderna.

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Las moscas se congregaban dentro de la vitrina. Uno de los cristales acabó por

romperse y lo arreglaron con papel de estraza. Entonces, la vitrina sí pegaba en la tienda.

Ramlogan dijo:

-Yo hago lo que puedo para que Fourways sea un pueblo moderno, como ves, pero es

difícil, ¿sabes, sahib?

Ganesh siguió dando paseos en bicicleta, con los pensamientos perdidos entre su

persona, su futuro y la vida misma; y fue durante una de aquellas excursiones de mediodía

cuando conoció al hombre que ejercería una influencia decisiva en su vida.

El primer encuentro no fue agradable. Tuvo lugar en la polvorienta carretera que

empieza en Princes Town y se retuerce como una serpiente negra entre el verdor de las

plantaciones de caña de azúcar hasta Debe. No esperaba ver a nadie en la carretera a

aquellas horas muertas del día, cuando el sol caía casi de plano y el viento dejaba de

susurrar entre las cañas. Había cruzado el paso a nivel y bajaba la cuesta a rueda libre,

justo antes de la pequeña aldea de Parrot Trace, cuando un hombre se puso en medio de la

carretera, al final de la cuesta, y le hizo señas para que se parase. Era alto y parecía raro,

incluso para Parrot Place. Iba cubierto, en algunas partes del cuerpo, con una túnica

amarilla de algodón, como un monje budista, y llevaba un bordón y un hatillo.

-¡Hermano! -gritó aquel hombre en hindi. Ganesh se detuvo porque no podía hacer

otra cosa, y como se asustó, respondió con grosería.

-Pero ¿tú quién eres, eh?

-Soy indio -contestó aquel hombre en inglés, con un acento que Ganesh no había oído

nunca. Su cara, delgada y alargada, era más pálida que la de los indios y tenía mala

dentadura.

-Mentira -dijo Ganesh-. Vete. Me dejes en paz. El hombre distendió el rostro con una

sonrisa.

-Soy indio. De Cachemira. Y además, hindú.

-Pues entonces, ¿por qué llevas eso amarillo?

El hombre jugueteó un poco con el bordón y se miró la túnica.

-¿Quieres decir que no está bien llevar esto?

-A lo mejor en Cachemira sí. Aquí no.

-Pero los dibujos... son así. Me gustaría muchísimo hablar contigo -añadió, con

repentino entusiasmo.

-Vale, vale -dijo Ganesh en tono conciliador, y antes de que el hombre pudiera añadir

nada más, ya estaba subido al sillín, pedaleando.

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Cuando Ramlogan se enteró de lo de aquel encuentro, dijo:

-Era el señor Stewart.

-A mí me pareció loco de atar. Con unos ojos raros, de gato, que me asustaron, y

tendrías que haber visto cómo le corría el sudor por la cara, toda roja. Como si no estuviera

acostumbrado al calor.

-Yo le conocí en Penal -dijo Ramlogan-. Justo antes de mudarme aquí. Hace ocho o

nueve meses. Todo el mundo dice que está loco.

Ganesh se enteró de que el señor Stewart había aparecido hacía poco en el sur de

Trinidad vestido de mendigo hindú. Aseguraba ser de Cachemira. Nadie sabía de dónde era

ni cómo vivía, pero en general pensaban que era inglés, millonario, y que estaba un poco

loco.

-¿Sabes, sahib? Es un poquito como tú. Piensa mucho. Pero, lo que yo digo, cuando

tienes tanto dinero, bien que puedes permitirte el lujo de pensar mucho. Sahib, me da

vergüenza de mi gente porque roban a ese hombre sólo porque tiene mucho dinero y lo

regala. Llega a una aldea, regala el dinero, se va a otra, y lo mismo.

La siguiente vez que Ganesh le vio, en la aldea de Swampland, el señor Stewart estaba

en apuros: le hostigaban unos chiquillos que intentaban quitarle la túnica amarilla. El

señor Stewart no se resistía ni protestaba. Sólo miraba a su alrededor, aturdido. Ganesh se

bajó de la bicicleta rápidamente y cogió un puñado de grava de un montón que había

dejado Obras Públicas en el arcén y evidentemente había dado por perdido.

-¡No les haga nada! -gritó el señor Stewart, mientras Ganesh perseguía a los chicos-.

Sólo son niños. Deje esas piedras.

Los chicos huyeron en desbandada, y Ganesh se acercó al señor Stewart.

-¿Está bien?

-Un poco de polvo en la ropa -admitió el señor Stewart-, pero por lo demás,

perfectamente. -Se animó-. Sabía que volvería a verle. ¿Recuerda nuestro primer

encuentro?

-Lo siento de verdad.

-No, si lo entiendo. Pero tenemos que hablar dentro de poco. Tengo la sensación de que

puedo hablar con usted. No, no lo niegue. Noto las vibraciones.

Ganesh sonrió ante el cumplido y acabó por aceptar una invitación a tomar el té. Lo

hizo por pura cortesía y no tenía intención de ir, pero cambió de idea tras una conversación

con Ramlogan.

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-Está muy solo, sahib -dijo Ramlogan-. Aquí no hay nadie a quien realmente le caiga

bien, y puedes creerme, pienso que no está tan loco como dice la gente. Yo que tú, iría. Vas

a llevarte bien con él, viendo que los dos sois personas con estudios.

Así que Ganesh fue a la choza con techo de paja a las afueras de Parrot Trace donde

vivía por entonces el señor Stewart. Desde fuera parecía igual que cualquier otra barraca,

con sus paredes de barro, pero dentro todo era orden y sencillez. Había una cama pequeña,

una mesa pequeña y una silla pequeña.

-No se necesita nada más -dijo el señor Stewart. Ganesh estaba a punto de sentarse en

la silla, sin que se lo pidieran, cuando el señor Stewart dijo:

-¡No! En esa no. -Cogió la silla y se la enseñó-. La he hecho yo, pero me temo que es un

poco inestable. Ya sabe, materiales de aquí.

A Ganesh le despertó más curiosidad la ropa del señor Stewart.

Iba vestido de forma convencional, con pantalones de color caqui y camisa blanca, y no

se veía ni rastro de la túnica amarilla.

El señor Stewart adivinó el porqué de la curiosidad de Ganesh.

-No importa lo que te pongas. He llegado a la conclusión de que no tiene importancia

espiritualmente.

El señor Stewart le enseñó a Ganesh unas estatuillas de arcilla de dioses y diosas

hindúes que él había hecho, y Ganesh se quedó sorprendido, no por la calidad de la factura,

sino porque las hubiera hecho el señor Stewart.

El señor Stewart señaló una acuarela en la pared.

-Llevo años trabajando en ese cuadro. Una o dos veces al año se me ocurre alguna idea

y tengo que volver a pintarlo desde el principio.

La acuarela, en azules, amarillos y marrones, representaba una serie de manos

marrones extendidas hacia una luz amarilla en el extremo superior izquierdo.

-Esto, me parece a mí, es bastante interesante. -Ganesh siguió con la mirada el dedo

del señor Stewart y vio una mano azul encogida, alejándose de la luz amarilla-. Algunos ven

la Iluminación -explicó el señor Stewart-. Pero a veces se queman y se apartan.

-¿Por qué todas las manos marrones?

-Manos hindúes. Los únicos que hoy en día buscan lo indefinido. Parece usted

preocupado.

-Sí, estoy preocupado.

-¿Por la vida?

-Eso creo -respondió Ganesh-. Sí, creo que estoy preocupado por la vida.

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-¿Dudas? -tanteó el señor Stewart.

Ganesh se limitó a sonreír, porque no sabía a qué se refería.

El señor Stewart se sentó en la cama, a su lado, y dijo:

-¿A qué se dedica usted? Ganesh se echó a reír.

-A nada en absoluto. Supongo que a pensar mucho.

-¿Meditación?

-Sí, meditación.

El señor Stewart se levantó de un salto y se apretó las manos ante la acuarela.

-¡Típico! -exclamó, y cerró los ojos, como extasiado-. ¡Típico! -Después abrió los ojos y

dijo-: Pero bueno, el té...

Se había tomado muchas molestias para preparar la merienda. Había emparedados de

tres clases, galletas y pastas. Y aunque a Ganesh empezaba a caerle bien el señor Stewart,

se le rebelaron todos sus instintos de hindú y sintió asco al probar un emparedado frío de

huevo y berros.

El señor Stewart lo comprendió.

-No importa -dijo-. Además, hace demasiado calor.

-No, si me gusta. Lo que pasa es que tengo más sed que hambre. Hablaron y hablaron.

El señor Stewart estaba ansioso por saber cuáles eran los problemas de Ganesh.

-No crea que pierde el tiempo meditando -dijo-. Yo sé qué le preocupa, y pienso que

algún día encontrará la respuesta. Un día, incluso podrá ponerlo por escrito, en un libro. Si

no me diera tanto miedo comprometerme, a lo mejor yo también habría escrito un libro.

Pero tiene que encontrar su ritmo espiritual antes de empezar a hacer nada. Tiene que

dejar de preocuparse por la vida.

-De acuerdo -replicó Ganesh.

El señor Stewart hablaba como si llevara años ahorrando conversaciones. Le contó a

Ganesh toda su vida, sus experiencias en la primera guerra mundial, sus decepciones, el

rechazo del cristianismo. Ganesh quedó fascinado. Aparte de empeñarse en ser hindú de

Cachemira, el señor Stewart estaba tan cuerdo como cualquier profesor del Queen's Royal

College, y a medida que fue avanzando la tarde, sus ojos azules dejaron de darle miedo y le

parecieron tristes.

-Entonces, ¿por qué no se va a la India? -preguntó Ganesh.

-La política. No quiero comprometerme con eso. No sabe cómo me tranquilizo aquí.

Quizá un día vaya usted a Londres -espero que no-, y entonces comprobará el asco que da

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ver desde un taxi las caras crueles, de imbéciles, de las multitudes en las calles. Allí no

puedes evitar comprometerte. Aquí no hace falta.

La noche tropical cayó de repente y el señor Stewart encendió una lámpara de petróleo.

La choza parecía muy pequeña y muy triste, y Ganesh lamentó tener que irse y dejar al

señor Stewart con su soledad.

-Debe poner sus pensamientos por escrito -dijo el señor Stewart-. Podrían ayudar a

otras personas. Siempre había pensado que conocería a alguien como usted, ¿sabe?

Antes de que Ganesh se marchara, el señor Stewart le regaló veinte números de la

Revista de la ciencia del pensamiento.

-Me han servido de gran consuelo -dijo-. Y a usted quizá le resulten útiles.

Sorprendido, Ganesh dijo:

-Pero no es una revista india, señor Stewart. Aquí dice impresa en Inglaterra.

-Sí, en Inglaterra -replicó el señor Stewart con tristeza-. Pero en una de las zonas más

bonitas. En Chichester, Sussex.

Así acabó la conversación, y Ganesh no volvió a saber nada del señor Stewart. Unas tres

semanas más tarde, cuando pasó por la choza, la encontró ocupada por un joven jornalero

y su mujer. Se enteró de lo que le había pasado al señor Stewart muchos años después. Al

cabo de unos seis meses de su conversación, regresó a Inglaterra y se alistó en el ejército.

Murió en Italia.

Ese era el hombre cuyo recuerdo tan generosamente honraba Ganesh en la dedicatoria

de su autobiografía:

PARA LORD STEWART DE CHICHESTER

Amigo y consejero durante muchos años

Ganesh no sólo iba con frecuencia a ver a Ramlogan, sino que además comía allí todos

los días, y cuando aparecía, Ramlogan no consentía que se quedara en la tienda, sino que le

invitaba inmediatamente a pasar a la trastienda. Entonces, Léela se retiraba al dormitorio

o a la cocina.

E incluso la trastienda empezó a experimentar mejoras. En la mesa apareció un hule;

los tabiques, sin pintar y llenos de moho, se alegraron con enormes calendarios chinos; una

hamaca hecha con un saco de harina sustituyó a la del saco de azúcar. Un día apareció un

jarrón sobre el hule de la mesa, y al cabo de menos de una semana, en el jarrón florecían

rosas de papel. También a Ganesh se le trataba con más honores. Al principio, le daban de

comer en platos de esmalte. Después, en platos de loza. No conocían mayor honor.

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30

Incluso la mesa le ofreció otra sorpresa. Un día, vio sobre ella una serie de folletos, "El

arte de vender".

Ramlogan dijo:

-Seguro que echarás en falta todos los libros grandes y las cosas que tenías en Puerto

España, ¿eh, sahib? Ganesh dijo que no. Ramlogan intentó hablar en tono despreocupado.

-Yo tengo unos cuantos libros. Léela los ha puesto en la mesa.

-Parecen bonitos.

-La educación es una cosa muy buena, sahib. Verás, a mí no se molestaron en llevarme

al colegio. Cuando tenía cinco años me pusieron a cortar hierba. Pero mira a Léela y la

hermana. Las dos saben leer y escribir, sahib. Aunque a Soomintra no sé qué le pasa desde

que se casó con ese idiota de San Fernando.

Ganesh pasó unas cuantas páginas de uno de los folletos.

-Sí, parecen unos libros buenos de verdad.

-En realidad, los compré para Léela, sahib. Me dije, digo, si la chica sabe leer, habrá

que darle algo de leer. ¿No te parece, sahib?

-No es verdad, papá.

Era una voz de chica, y al mirar, vieron a Léela en la puerta de la cocina.

Ramlogan se volvió rápidamente hacia Ganesh.

-Ella es así, sahib. No le gusta que presuman de ella. Es vergonzosa. Y si hay algo que

no soporta son las mentiras. La estaba poniendo a prueba, para demostrártelo.

Sin mirar a Ganesh, Léela le dijo a Ramlogan:

-Le compraste esos libros a Bissoon. Cuando se fue te enfadaste tanto que dijiste que si

le volvías a ver le ibas a dar una buena. Ramlogan se echó a reír y se dio una palmada en el

muslo.

-Ese Bissoon es un vendedor listo de verdad, sahib. Habla como un catedrático, no tan

bien como tú, pero bien también. Pero por lo que me compré los libros es porque nos

conocimos cuando éramos pequeños y estábamos en la misma cuadrilla de segadores.

Eramos unos chicos ambiciosos, sahib.

Ganesh repitió:

-Creo que son buenos libros.

-Pues te los llevas a casa, hombre. ¿De qué vale un libro si no se lee? Te los llevas a casa

y los lees, sahib.

Poco después Ganesh vio un gran cartel nuevo de cartón en la tienda.

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31

-La propia Léela lo ha hecho -dijo Ramlogan-. Y fíjate, que yo no se lo pedí. Se sentó

una mañana después del té y lo escribió enterito, ella sola.

Decía lo siguiente:

¡aviso!

por, el, presente; se anuncia: que, se, ¡facilitan!

asientos: para, las; ¡dependientas!

Ganesh dijo:

-Léela sabe mucho de signos de puntuación.

-Sí, sahib. La chica se pasa el día hablando de los signos de puntuación esos. Ella es así,

sahib.

-¿Pero dónde están las dependientas?

-Léela dice que hay que poner el anuncio por ley. Pero, la verdad, no me gusta la idea

de tener ninguna chica en la tienda. Ganesh se había llevado los folletos sobre ventas y los

había leído. Ya desde las portadas, en amarillo chillón y negro, le parecieron interesantes, y

lo que leyó le dejó encantado. Quien lo había escrito tenía un fuerte sentido del color, la

belleza y el orden. Hablaba entusiasmado sobre pinturas nuevas, expositores

deslumbrantes y estanterías brillantes.

-Son libros de primera -le dijo Ganesh a Ramlogan.

-Tienes que decírselo a Léela, sahib. Mira, la voy a llamar y se lo cuentas tú, a ver si

quiere leer los libros.

Se trataba de una ocasión importante, y Léela actuó como si se diera plena cuenta de

ello. Cuando entró no alzó la vista, y cuando habló su padre, se limitó a bajar un poco más

la cabeza y a soltar unas coquetas risitas.

Ramlogan dijo:

-Léela, mira lo que dice el sahib. Le gustan los libros. Léela soltó más risitas, pero

recatadas. Ganesh preguntó:

-¿Tú has escrito el anuncio?

-Sí, he sido yo la que ha escrito el anuncio. Ramlogan se dio una palmada en el muslo y

dijo:

-¿Qué te decía yo, sahib? Esta muchacha sabe leer y escribir de verdad.

Y se echó a reír.

Entonces, Léela hizo algo tan inesperado que a Ramlogan se le cortó la risa. ¡Se dirigió

a Ganesh, haciéndole una pregunta!

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-¿Tú también sabes escribir, sahib?

Le cogió desprevenido. Para disimular la sorpresa, se puso a colocar los folletos en la

mesa.

-Sí -contestó Ganesh. Y añadió, a tontas y a locas, casi sin saber lo que decía-: Y algún

día voy a escribir libros como estos. Igual que estos.

Ramlogan se quedó con la boca abierta.

-Estás de broma, sahib.

Ganesh dio un manotazo a los folletos y se oyó decir: "Sí, igual que estos. Igual que

estos."

Los grandes ojos de Léela se agrandaron aún más y Ramlogan movió la cabeza,

impresionado y fascinado.

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33

4 La pelea con Ramlogan

"Supongo que desde el primer día que puse el pie en la tienda de Shri Ramlogan, di por

sentado que iba a casarme con su hija", decía Ganesh en Los años de culpa. "Nunca me lo

planteé. Todo parecía predestinado."Lo que ocurrió fue lo siguiente.

Un día que Ganesh entró en la tienda, Ramlogan llevaba camisa limpia. Además,

parecía recién afeitado, con el pelo recién aceitado, y sus movimientos eran lentos y

silenciosos, como si estuviera haciendo puja. Arrastró el banquito desde el rincón y lo

colocó junto a la mesa; después se sentó y observó a Ganesh, que comía, sin pronunciar

palabra. Primero miró la cara de Ganesh, después el plato y allí posó la mirada hasta que

Ganesh hubo acabado el último puñado de arroz.

-¿Qué, sahib? ¿Tienes la tripa llena?

-Sí, tengo la tripa llena.

Ganesh limpió el plato estirando el dedo índice.

-Sahib, debe de ser difícil para ti, con tu padre muerto. Ganesh se chupó el dedo.

-Pues la verdad, no le echo de menos.

-No, sahib, no me lo digas. Sé que tiene que ser difícil. Vamos a suponer, y es sólo un

suponer, te lo digo por decírtelo, sahib, un suponer, que te quieres casar. A ver quién tienes

que te arregle las cosas.

-Ni siquiera sé si quiero casarme.

Ganesh se levantó de la mesa y se frotó el estómago hasta que eructó, en

agradecimiento por la comida de Ramlogan. Ramlogan arregló las rosas del jarrón.

-Pero tú eres un hombre con estudios, y podrías cuidar de ti mismo. No como yo, sahib.

Yo trabajo desde que tenía cinco años, sin nadie para cuidar de mí. De todos modos, eso

me ha servido de algo. Adivina de qué me ha servido, sahib.

-No se me ocurre. Dime de qué te ha servido.

-Me ha dado carácter y sentido de los valores. De eso me ha servido. Carácter y sentido

de los valores.

Ganesh cogió el jarro de latón que había en la mesa y se acercó a la ventana de caña

para lavarse las manos y hacer gárgaras.

Ramlogan se puso a alisar el hule con las dos manos y a quitar las migas, apenas motas.

-Comprendo que para un hombre como tú, con estudios y que se pasa noche y día

leyendo libros, ser tendero es poca cosa -dijo como excusándose-. Pero a mí no me importa

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lo que piense la gente. Tú, sahib, y me lo digas como hombre educado que eres: ¿tú te

preocupas por lo que dice la gente?

Haciendo gárgaras, Ganesh pensó inmediatamente en Miller y la pelea en el colegio de

Puerto España, pero cuando escupió el agua al patio dijo:

-Quia. No me importa lo que dice la gente. Ramlogan cruzó ruidosamente la habitación

y le cogió el jarro a Ganesh.

-Ya me llevo yo esto, sahib. Tú a sentarte en la hamaca. ¡Un momento! Voy a sacudirla

un poco.

Una vez que hubo acomodado a Ganesh, Ramlogan se puso a dar vueltas alrededor de

la hamaca.

-La gente no me puede hacer daño -dijo, con las manos a la espalda-. Sí, vale. No caigo

bien a la gente. Y han dejado de venir a mi tienda. ¿Y a mí qué? ¿Eso va a cambiar mi

carácter? Pues me voy a San Fernando y pongo un puestecito en el mercado. No, sahib, no

me digas que no. Es lo que voy a hacer. Poner un puesto en el mercado. ¿Y qué pasa? A ver,

dime, ¿qué va a pasar?

Ganesh volvió a eructar, suavemente.

-¿Qué va a pasar? -Ramlogan soltó una risita siniestra-. ¡Pues zas! Que dentro de cinco

años voy y tengo toda una cadena de tiendas. Y a ver, ¿quién se va a reír entonces, eh?

Habrá que verlos viniendo a pedir: "Señor Ramlogan" (así me van a llamar entonces, señor

Ramlogan), "señor Ramlogan, me dé usted esto, me dé usted lo otro, señor Ramlogan".

Vendrán a pedirme que me presente a las elecciones y a saber cuántas tonterías más.

Ganesh dijo:

-A Dios gracias, ahora no tienes que abrir un puesto en el mercado de San Fernando.

-Eso es, sahib. Lo que tú dices. Todo es obra de Dios. Vamos a contar lo que tengo. Vale

que soy un pobre inculto, pero tú sentadito ahí en la hamaca, y vamos a contar lo que

tengo.

Ramlogan hablaba y paseaba con tan insólito vigor que rompió a sudar y empezó a

brillarle la frente. Se detuvo bruscamente frente a Ganesh. Se quitó las manos de detrás de

la espalda y se puso a contar con los dedos.

-Ochenta áreas cerca de Chaguanas. Y buena tierra que es. Cuatrocientas en Penal. A

saber si no podré conseguir que pongan allí un pozo de petróleo. Una casa en Fuente

Grove. No gran cosa, pero algo es algo. Dos o tres casas en Siparia. Suma todo eso y resulta

que aquí tienes un hombre que vale unos doce mil dólares, limpios. -Se pasó una mano por

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la frente y por la nuca-. Ya sé que cuesta trabajo creerlo, sahib. Pero es verdad. Tan cierto

como que hay Dios. Y creo, sahib, que es buena idea casarte con Leela.

-Vale -replicó Ganesh.

No volvió a ver a Leela hasta la noche de la boda, y tanto él como Ramlogan fingieron

no haberla visto nunca, porque los dos eran buenos hindúes y sabían que no estaba bien

que un hombre viera a su esposa antes de casarse.

Tuvo que seguir yendo a casa de Ramlogan, para los preparativos de la boda, pero se

quedaba en la tienda y no pasaba a la trastienda.

-Tú no eres como ese imbécil que tiene Soomintra por marido -le dijo Ramlogan-. Tú

eres un hombre moderno y debes celebrar una boda moderna.

De modo que no envió a nadie a que repartiera arroz teñido de azafrán entre amigos y

familiares y anunciar la boda.

-Eso está pasado de moda -dijo. Quería tarjetas festoneadas y con un reborde dorado-.

Y tenemos que poner palabras bonitas, sahib.

-Pero no se pueden poner palabras bonitas en una invitación.

-Tú eres el que tiene estudios, sahib. A ti se te ocurrirá algo.

-¿R.S. VE?

-¿Y eso qué quiere decir?

-Nada, pero queda bien.

-¡Venga, hombre, sahib, vamos a ponerlo! Tú eres un hombre moderno, y además,

queda pero que muy bonito.

Ganesh fue a San Fernando para encargar las invitaciones. La imprenta, a primera

vista, decepcionaba un tanto. Parecía oscura e inhóspita, al cargo de una sola persona, un

joven delgado con andrajosos pantalones cortos de color caqui que silbaba mientras

manejaba la prensa manual. Pero cuando Ganesh vio que las tarjetas entraban en blanco y

salían con su prosa milagrosamente transformada por la autoridad de la letra impresa, le

dio como respeto. Se quedó observando al muchacho, que preparaba un programa de cine.

Silbando sin cesar, el chico no prestó la menor atención a Ganesh.

-¿Es en esta máquina donde se imprimen los libros? -preguntó Ganesh.

-¿Tú qué crees que hace?

-¿Imprimís buenos libros últimamente?

El chico puso un poco de tinta en el rodillo.

-¿Desde cuándo escribe libros la gente de Trinidad?

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-Yo estoy escribiendo un libro.

El chico escupió en una papelera llena de papeles manchados de tinta.

-¡Pues mira, esta tienda debe ser muy rara, porque no sabes cuántos vienen aquí a

pedirme que imprima los libros que están escribiendo con tinta invisible!

-¿Cómo te llamas?

-Basdeo.

-Muy bien, chico, Basdeo. Un día de estos te diré que me imprimas un libro.

-Claro, hombre. Claro. Tú vas y lo escribes y yo lo imprimo.

Ganesh pensó que no le gustaban los modales de Hollywood de Basdeo, y se arrepintió

inmediatamente de lo que había dicho. Pero con respecto al asunto de escribir libros,

parecía no tener voluntad propia: era la segunda vez que se comprometía. Todo parecía

predestinado.

-Sí, son bonitas las invitaciones -dijo Ramlogan, pero en un tono nada alegre.

-¿Y por qué pones esa cara tan larga, que parece un mango?

-Lo de los estudios es una cosa tremenda, sahib. Cuando eres un pobre inculto como

yo, todo el mundo se quiere aprovechar de ti -Ramlogan se echó a llorar-. Ahora mismo,

sin ir más lejos, ahora mismo, ahí estás tú, sentado en ese banco, y yo aquí, en este

taburete, detrás del mostrador de mi tienda, viendo estas bonitas tarjetas, y no sabes lo que

está intentando hacerme la gente. Ahora mismo hay un hombre en Siparia intentando

robarme las dos casas que tengo allí, y todo porque no sé leer, y los de Penal se portan de

una forma rara.

-¿Y eso por qué?

-Ah, sahib. Así eres tú. Sé que quieres ayudarme, pero ya es demasiado tarde. Me han

hecho firmar un montón de papeles muy bien escritos y todo eso, y resulta que... Resulta

que lo he perdido todo.

Ganesh no había visto llorar tanto a Ramlogan desde el funeral. Dijo:

-Bueno, mira. Si lo que te preocupa es la dote, tranquilo. No quiero una dote grande.

-Es la vergüenza, sahib, eso es lo que me tiene consumido. Ya sabes que en las bodas

hindúes todo el mundo sabe cuánto le da al chico el padre de la chica. Cuando, a la mañana

siguiente de la boda, el chico se sienta y le dan un plato de kedgeree, y el padre de la chica

tiene que soltar venga de dinero hasta que el chico se termina el kedgeree, todo el mundo

verá lo que te doy y dirán: "Mira, Ramlogan casa a su segunda hija con un chico de

estudios y sólo le da eso." Eso es lo que me tiene consumido, sahib. Sé que para ti, que

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tienes estudios y te pasas el día y la noche leyendo, no tiene mayor importancia, pero para

mí, sahib, ¿qué pasa con mi carácter y mi sentido de los valores?

-Deja de llorar y escucha. Cuando lo del kedgeree, me lo como rápido, y así no te da

vergüenza. No demasiado rápido, porque entonces la gente va a pensar que eres más pobre

que un ratón de sacristía. Pero no te voy a sacar mucho.

Ramlogan sonrió entre lágrimas.

-Es que tú eres así, sahib. No esperaba menos de ti. Así te viera Léela y supiera qué

hombre le he elegido para marido.

-Pues a mí también me gustaría ver a Léela.

-Mira, sahib, sé que ahora hay gente moderna que ni siquiera les gusta esperar por el

dinero para terminar de comerse el kedgeree.

-Pero, hombre, es la costumbre.

-Sí, sahib, la costumbre. Pero yo pienso que es una lástima en esta época moderna. De

casarme yo, pues nada de dote, y diría: "¡A dejarse de bobadas y de kedgeree!"

En cuanto les dieron las invitaciones, Ganesh tuvo que dejar de ir a ver a Ramlogan,

pero no estuvo mucho tiempo solo en su casa, que fue invadida por docenas de mujeres

con sus hijos. No tenía ni idea de quién era la mayoría de ellas; de vez en cuando reconocía

una cara y le costaba trabajo creer que aquella mujer rodeada de niños fuera la misma

prima que no era más que una niña cuando él se marchó a Puerto España.

Los niños trataban a Ganesh con desprecio.

Un chiquillo con los mocos colgando le dijo un día:

-Me han dicho que eres tú el que se casa.

-Sí, soy yo.

Y el niño dijo: "¡Vaya, vaya!", y echó a correr riéndose y burlándose.

La madre del chico dijo:

-Hay que enfrentarse a esto hoy día: que los niños se están haciendo modernos.

Un día, Ganesh descubrió entre las mujeres a su tía, la que desempeñó un papel

fundamental en el funeral de su padre. Se enteró de que no sólo lo había preparado todo,

sino que además lo había pagado todo. Cuando Ganesh se ofreció a devolverle el dinero,

ella se enfadó y le dijo que no fuera tonto.

-Esta vida es curiosa, ¿no? -dijo-. Un día se muere alguien y lloras. Dos días después

alguien se casa y entonces te ríes. Ay, Ganesh, hijo, en un momento como este quieres

tener a la familia al lado, pero, ¿qué familia tienes tú? Tu padre, muerto; tu madre,

también muerta.

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Estaba tan emocionada que no podía llorar; y Ganesh se dio cuenta, en aquel preciso

momento, de lo importante que era su boda.

A Ganesh le parecía poco menos que un milagro que tantas personas pudieran vivir

felizmente en una casa pequeña sin ninguna clase de organización. A él le habían dejado el

dormitorio, pero pululaban por el resto de la casa y se las arreglaban como podían. Al

principio la convirtieron en una especie de gran merendero; después, en una incómoda

zona de acampada. Pero parecían contentos, y al final Ganesh descubrió que la anarquía

sólo era superficial. Entre las docenas de mujeres que deambulaban libremente por la casa

había una, alta y silenciosa, a quien se había acostumbrado a llamar Rey Jorge. Quizá fuera

su verdadero nombre; él nunca la había visto. Rey Jorge mandaba en la casa.

-Rey Jorge tiene mano -dijo la tía de Ganesh un día.

-¿Cómo que tiene mano?

-Que tiene mano para repartir las cosas. Tú le das a Rey Jorge un pastelito de nada

para repartirlo entre doce niños y te puedes apostar hasta el último dólar que Rey Jorge lo

reparte como es debido.

-O sea, que la conoces.

-¡Que si la conozco! Soy yo quien ha traído a Rey Jorge. Pero mira, creo que he tenido

mucha suerte de conocerla. Ahora me la llevo a todas partes.

-¿Es de la familia nuestra?

-Más o menos. Phulbassia es una especie de prima de Rey Jorge y tú una especie de

primo de Phulbassia.

Su tía soltó un regüeldo, no el eructo de cortesía después de haber comido, sino un

ruido prolongado, balbuceante.

-Son los gases -explicó sin disculparse-. Hace tiempo, desde que murió tu padre, ahora

que lo pienso, que tengo estos gases.

-¿Has ido al médico?

-¿Al médico? Lo único que hacen esos es inventarse cosas. Uno me dijo, ¿no lo sabías?,

que tengo el hígado perezoso. Es una cosa que me pregunto desde hace tiempo: ¿cómo

puede un hígado ser perezoso, eh?

Volvió a regoldar, dijo: "¿Lo ves?", y se frotó los pechos con las manos.

Ganesh pensó en ponerle a aquella tía suya Doña Eructadora y después la Gran

Eructadora. Al cabo de unos días, ejercía un efecto devastador sobre el resto de las mujeres

de la casa. Todas empezaron a eructar y a frotarse los pechos mientras se quejaban de los

gases. Todas menos Rey Jorge.

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Ganesh se alegró cuando llegó el momento en el que debían ungirle con azafrán.

Durante aquellos días estuvo encerrado en su habitación, donde había yacido el cadáver de

su padre y donde se reunían la Gran Eructadora, Rey Jorge y varias mujeres anónimas

para frotarle. Cuando salían de la habitación entonaban canciones de boda en hindi,

sumamente pesimistas, y Ganesh se preguntaba cómo lo estaría pasando Léela con su

propia reclusión y su ungimiento.

Se quedaba todo el día en su habitación, consolándose con la Revista de la ciencia del

pensamiento. Había leído de cabo a rabo todos los números que le había dado el señor

Stewart, algunos varias veces. Durante todo el día oía a los niños retozar, chillar y recibir

azotes; las madres repartían azotes, gritaban y andaban con ruidosas pisadas.

El día antes de la boda, cuando las mujeres fueron a frotarle por última vez, le preguntó

a la Gran Eructadora:

-No se me había ocurrido hasta ahora, pero, ¿qué come toda esa gente? ¿Quién lo está

pagando?

-Tú.

Ganesh estuvo a punto de incorporarse de golpe en la cama, pero el fuerte brazo de Rey

Jorge se lo impidió.

-Ramlogan dijo que no debíamos preocuparte con eso -dijo la Gran Eructadora-. Dice

que no te calentemos la cabeza con más preocupaciones. Pero Rey Jorge se ocupa de todo.

Tiene cuenta con Ramlogan. Ya lo arreglará contigo después de la boda.

-¡Dios mío! ¡Todavía no me he casado con la hija de ese hombre y ya empieza!

Fourways estaba casi tan agitada con la boda como antes con el funeral. En casa de

Ramlogan comían centenares de personas, de Fourways y de otros sitios. Había bailarines,

percusionistas y cantantes para aquellos a quienes no les interesaban los detalles de la

ceremonia, que duraría toda la noche. El patio trasero de la tienda de Ramlogan estaba

hermosamente iluminado con toda clase de luces, salvo eléctricas, y los adornos -sobre

todo frutas colgadas de arcos hechos con hojas de cocotero- resultaban agradables. Todo

aquello por Ganesh, y Ganesh se daba cuenta y le gustaba. Al principio, la idea de casarse le

daba vergüenza; después, al hablar con su tía, le asustó; al final, simplemente le ilusionaba.

En el transcurso de la ceremonia tuvo que fingir, como todos los demás, que nunca

había visto a Léela. Ella estuvo sentada a su lado, velada de pies a cabeza, hasta que les

pusieron la manta por encima y Ganesh descubrió el rostro de Léela. A la suave luz, bajo la

manta rosa, ella parecía una desconocida. Ya no era la chica tontorrona que se ocultaba

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riéndose tras las cortinas de encaje. Ya parecía sumisa e impasible, como una buena esposa

hindú.

Todo acabó poco después, y ya eran marido y mujer. Se llevaron a Léela, y Ganesh se

quedó solo para enfrentarse a la ceremonia del kedgeree a la mañana siguiente.

Aún con los distintivos de novio, ropas de satén y corona de borlas, se sentó en el patio,

sobre unas mantas, ante el plato de kedgeree. Era blanco y no parecía apetitoso, y se dio

cuenta de que le resultaría fácil resistir la tentación de probarlo.

Ramlogan fue el primero en ofrecer dinero para animar a Ganesh a que comiera.

Estaba un poco ojeroso por haberse quedado despierto toda la noche, pero parecía

complacido y contento al dejar cinco billetes de veinte dólares en el plato de latón que

había junto al kedgeree. Retrocedió, se cruzó de brazos, miró el dinero, después a Ganesh,

al grupito que estaba al lado, y sonrió.

Se quedó así, sonriendo, casi dos minutos; pero Ganesh ni siquiera miró el kedgeree.

-¡Venga, a dar dinero al chico! -gritó a quienes le rodeaban-. Darle dinero. Venga, que

parecéis más pobres que un ratón de sacristía.

Fue pasando entre ellos, riendo y tomándoles el pelo. Algunos depositaron pequeñas

cantidades en el plato de latón.

Ganesh continuó sereno y frío, como un Buda con demasiada ropa.

Empezó a formarse una pequeña multitud.

-A ver, el chico tiene sentido común. -La voz de Ramlogan se tino de angustia-. En esta

época, con los estudios que tiene... -Depositó otros cien dólares-. Venga, chico, a comer, a

comérselo todo. No quiero que te mueras de hambre. Todavía no, por lo menos.

Se echó a reír, pero nadie le imitó.

Ganesh no empezó a comer. Oyó a un hombre que decía: "Bueno, esto tenía que pasar

tarde o temprano."

La gente dijo:

-Vamos, Ramlogan. A darle dinero al chico, hombre. ¿Para qué te crees que está ahí

sentado? ¿Para hacerse una foto?

Ramlogan soltó una breve carcajada, forzada, y se puso de mal genio.

-Si se cree que me va a sacar más dinero está pero que muy equivocado. Pues que no

coma. ¿A mí qué me importa si se muere de hambre? ¿Os creéis que me importa?

Se marchó de allí.

La multitud aumentó; aumentaron las risas.

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Ramlogan volvió y la multitud le aclamó. Puso doscientos dólares en el plato de latón y,

antes de levantarse, le susurró a Ganesh: "Que te acuerdes, sahib. Lo has prometido. A

comer, chico, hijo mío, a comer, sahib, a comer, pandit, sahib. Te lo ruego: come."

Un hombre gritó:

-¡No! ¡No pienso comer! Ramlogan se levantó y se dio la vuelta.

-¡Oye, tú, o te callas la boca o te la callo yo a bofetadas! No te metas donde no te

llaman.

La multitud estalló en carcajadas.

Ramlogan volvió a inclinarse para susurrar: "¿Lo ves, sahib? Me estás dejando en

vergüenza." En aquella ocasión, el susurro prometía acabar en lágrimas. "¿Sahib, ves lo

que le estás haciendo a mi carácter y mi sentido de los valores?"

Ganesh no se inmutó.

La multitud empezaba a tratarle como a un héroe.

Al final, Ganesh le sacó a Ramlogan lo siguiente: una vaca y una ternera, mil quinientos

dólares en efectivo y una casa en Fuente Grove. Ramlogan también anuló la factura

pendiente de la comida que había enviado a casa de Ganesh.

La ceremonia acabó alrededor de las nueve de la mañana, pero Ramlogan llevaba

sudando mucho más tiempo.

-Era una broma entre el chico y yo -decía una y otra vez-. ¡Anda si no sabría yo desde

hace tiempo lo que le iba a dar! Estábamos de broma, nada más.

Ganesh volvió a su casa después de la boda. Tendrían que pasar tres días para que

Léela se fuera a vivir con él, y entretanto, la Gran Eructadora intentó restablecer el orden

en la casa. La mayoría de los invitados desapareció tan repentinamente como había

aparecido, si bien Ganesh veía de vez en cuando a alguien que seguía remoloneando por la

casa y comiendo.

-Rey Jorge se fue ayer a Arima -dijo la Gran Eructadora-. Se ha muerto alguien. Yo voy

mañana, pero he mandado allí a Rey Jorge para arreglarlo todo. -Acto seguido, decidió

informar a Ganesh de las cosas de la vida-. Estas chicas modernas son el mismo diablo -

dijo-. Y por lo que veo y oigo, esa Léela es una chica moderna. Pero en fin, tendrás que

conformarte con lo que te ha tocado. -Hizo una pausa para eructar-. Lo único que necesitas

para llevarla derecha como una vela son unos cuantos golpes de vez en cuando.

Ganesh dijo:

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-Verás, es que creo que Ramlogan está enfadado de verdad conmigo después de lo del

kedgeree.

La pelea con Ramlogan

-No estuvo bien, pero Ramlogan se lo tiene merecido. Cuando un hombre se pone a

ocupar el puesto de una mujer, a arreglar matrimonios, se lo está buscando.

-Pero ahora me tengo que ir de aquí. ¿Conoces Fuente Grove? Ramlogan tiene una casa

allí, y me la da.

-¿Pero qué vas a hacer en un poblacho dejado de la mano de Dios como ese? El único

trabajo allí son las plantaciones de azúcar.

-No es eso lo que yo quiero hacer. -Ganesh guardó silencio, y después añadió,

dubitativo-: Estoy pensando en dedicarme a lo de sanador.

Su tía se rió tanto que tuvo que eructar.

-Con estos gases, hijo, y encima... ¿Es que me quieres matar o qué? ¡Sanar a la gente!

¿Qué sabes tú de eso?

-Papá era un sanador bien bueno y yo sé todo lo que él sabía.

-Pero para esas cosas hay que tener mano. ¿Te imaginas lo que puede pasar si de

repente todo el mundo se pone a decir: "Pues mira, que estoy pensando en dedicarme a lo

de sanador"? En Trinidad hay tantos que como no se sanen los unos a los otros, ya me

dirás tú.

-Creo que tengo mano. Como Rey Jorge.

-La mano que ella tiene no es de esas. Es que ella nació así. Ganesh le contó lo del pie

de Léela. Su tía torció el gesto.

-No, si no me parece mal. Pero un hombre como tú debería hacer otra cosa. Cosas de

libros, mira.

-También voy a hacer eso. -Y otra vez se le escapó-. Estoy pensando en escribir libros.

-Buena cosa. Los libros dan dinero, ¿sabes? Supongo que el que escribió el Almanaque

del granjero de Macdonald se estará forrando. ¿Por qué no intentas algo como El libro del

destino de Napoleón? Para mí que se te daría bien.

-¿Y la gente va a comprar eso?

-Es justo lo que necesita Trinidad, hijo. Fíjate en todos los indios que hay en las

ciudades. Y sin pandit ni nada. ¿Cómo van a saber lo que tienen que hacer y dejar de hacer,

cuándo y cómo? Se lo tienen que imaginar.

Ganesh se quedó pensativo.

-Sí, es lo que voy a hacer yo. Un poco de sanar y otro poco de escribir.

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-Conozco yo a un chico que te vende cualquier cosa que escribes, vamos, como

rosquillas, por toda Trinidad. Por ejemplo: vendes el libro a dos chelines, cuarenta y ocho

centavos. Al chico le das seis centavos por libro. O sea, imprimes cuarenta o cincuenta

mil...

-Pues unos dos mil dólares, pero... ¡Oye, que todavía no he escrito el libro!

-Ya lo sé, hijo. En cuanto te pongas a ello, ya verás cómo escribes unos libros bien

bonitos. Y eructó.

En cuanto Léela se fue a vivir con Ganesh y el último invitado hubo abandonado la

aldea, Ramlogan le declaró la guerra a Ganesh, y aquella misma noche pasó por todo

Fourways dando alaridos, proclamando: "¡Ver cómo me ha robado! Yo, que tengo a mi

mujer muerta, sin hijas ni nada, un pobre viudo! ¡Ver cómo se le olvida lo que he hecho por

él! Se le olvida lo que le he dado, que le ayudé a quemar a su padre, se le olvida que le he

ayudado. Y ahora, ver cómo me roba. Ver cómo me pone en vergüenza. Mirarme, que Dios

me ayude, si no voy a por ese hijo de perra ahora mismo."

Ganesh le ordenó a Léela que cerrase puertas y ventanas a cal y canto y apagara las

luces. Cogió uno de los bastones de su padre y se plantó en el centro del salón.

Léela se echó a llorar.

-¡A mi propio padre le quieres dar de bastonazos!

Ganesh oyó a Ramlogan gritando en la carretera:

-¡Ganesh, mamón, conque quieres mi hacienda, ¿eh?! ¡Pues te la llevarás, pero con los

pies por delante! Ganesh dijo:

-Léela, en el dormitorio hay un cuadernillo. Me lo traes. Y un lapicero en el cajón de la

mesa. Ve y me traes eso también.

Léela llevó el cuaderno y el lápiz, y Ganesh escribió: Llevarme su hacienda con los pies

por delante. Debajo escribió la fecha. No tenía ninguna razón especial para hacer

semejante cosa, pero estaba asustado y pensó que algo tenía que hacer.

Léela chilló:

-¡Le estás haciendo magia a mi padre! Ganesh dijo:

-Léela, ¿por qué estás asustada? No nos vamos a quedar aquí mucho tiempo. Dentro de

unos días nos vamos a Fuente Grove. Tú no tengas miedo de nada.

Léela siguió gritando y Ganesh se quitó el cinturón y le pegó. Ella gritó:

-¡Ay, Dios, ay, Dios mío! ¡Que me mata hoy mismo!

Fue su primera paliza, un formalismo, sin ira por parte de Ganesh ni rencor por parte

de Léela, y aunque no formaba parte de la ceremonia de la boda propiamente dicha,

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significaba mucho para los dos. Significaba que habían crecido y eran independientes.

Ganesh ya era un hombre; Léela, una esposa tan privilegiada como cualquier otra mujer

adulta. También ella podría contar detalles sobre las palizas de su marido, y cuando

volviera a casa podría parecer triste y taciturna, como debía parecer toda mujer.

Fue un momento único.

Léela lloró un ratito y dijo:

-Me estoy empezando a preocupar por papá, hombre.

Otro comienzo: ella le había llamado "hombre". Ya no cabía duda: eran adultos. Tres

días antes, Ganesh era poco más que un muchacho, nervioso y apocado. De repente había

perdido tales características, y pensó: "Mi padre tenía razón. Tendría que haberme casado

antes."

Léela dijo:

-Mira, me estoy empezando a preocupar de verdad por papá. Esta noche no te va a

hacer nada. Gritará un montón y se irá, pero no te va a olvidar. Una vez le vi dar

zurriagazos a un hombre en Penal.

Oyeron a Ramlogan gritando en la carretera:

-¡Ganesh, te lo advierto por última vez! Léela dijo:

-Mira, tienes que hacer algo para calmar a papá, hombre. Si no, no sé yo...

Ramlogan había enronquecido de tanto gritar:

-¡Ganesh, esta noche voy a afilar un machete para ti! Te voy a mandar al hospital, y yo

iré a la cárcel, lo tengo decidido. Ten cuidado: te estoy avisando.

Y a continuación, como había previsto Léela, se marchó.

A la mañana siguiente, después de que Ganesh hubo hecho puja y tomado la primera

comida que Léela le preparaba, dijo:

-Léela, ¿tienes alguna fotografía de tu padre? Estaba sentada a la mesa de la cocina,

limpiando arroz para la comida del mediodía.

-¿Para qué la quieres? -preguntó preocupada.

-Te olvidas de quién eres, chica. ¿Es que eres policía, para hacerme preguntas a mí?

¿Es una foto vieja? Léela lloró sobre el arroz.

-Pues no tan vieja. Hace dos o tres años papá fue a San Fernando y Chong hizo una foto

a papá él solo y otra a papá, Soomintra y yo. Justo antes de casarse Soomintra. Eran unas

fotos muy bonitas, con pinturas y plantas delante.

-Sólo quiero una foto de tu padre. Lo que no quiero es que llores.

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La siguió hasta el dormitorio, y mientras se ponía la ropa de ciudad -pantalones caqui,

camisa azul, sombrero marrón, zapatos marrones- Léela sacó su maleta, regalo de los

cupones de los cigarrillos Anchor, de debajo de la cama y buscó la fotografía.

-Dámela -dijo Ganesh, y se la quitó-. Con esto le arreglo yo las cuentas a tu padre.

Léela corrió tras él hasta la escalera.

-¿Pero adonde vas?

-Mira, Léela, para ser una chica que no lleva casada ni tres días, eres muy descarada.

Ganesh tenía que pasar por delante de la tienda de Ramlogan. Puso buen cuidado en

balancear el bastón de su padre, y actuó como si la tienda no existiera.

Y, sin duda, oyó a Ramlogan gritando:

- ¡Ganesh! Conque haciéndote el hombrecito esta mañana, ¿eh? Moviendo el bastón y

todo, como si fueras un maestro. Pues mira, chico, cuando vaya a por ti, te va a faltar

tiempo para salir corriendo.

Ganesh pasó sin decir palabra.

Léela confesó más tarde que había ido a la tienda aquella mañana para avisar a

Ramlogan. Le encontró encaramado en el taburete, hundido.

-Papá, te tengo que contar una cosa.

-Yo no tengo nada que ver ni contigo ni con tu marido. Sólo quiero que le des un

recado. Le dices de mi parte que Ramlogan dice que sólo se va a llevar mi hacienda con los

pies por delante.

-Anoche escribió eso en un cuaderno. Y esta mañana, va y me pide una foto tuya, y la

tiene.

Ramlogan se deslizó, prácticamente se cayó, del taburete.

-¡Ay, Dios mío, ay, Dios mío! No sabía que fuera esa clase de hombre. Parece tan

tranquilo... -Se puso a pasear con fuertes pisadas tras el mostrador-. ¡Ay, Dios mío! ¿Qué le

he hecho yo a tu marido para que me persiga de esta manera? ¿Qué va a hacer con la foto?

Léela sollozaba.

Ramlogan miró la vitrina del mostrador.

-Todo esto lo hice por él. Yo no quería una vitrina en mi tienda, Léela.

-No, papá, tú no querías una vitrina en la tienda.

-Fue por él por quien compré la vitrina. ¡Ay, Dios mío! Léela, sólo hay una cosa que

puede hacer con la foto. Magia y obeah, Léela.

En su agitación, Ramlogan se tiraba del pelo, se daba palmadas en el pecho y el vientre

y golpeaba el mostrador.

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-Y encima quiere más cosas.

La voz de Ramlogan vibraba de auténtica angustia.

Léela chilló:

-¿Qué le vas a hacer a mi marido, papá? Sólo hace tres días que me casé con él.

-Soomintra, la pobrecita Soomintra, ella me lo dijo cuando íbamos a hacernos las fotos.

"Papá, creo que no deberíamos hacernos fotos." ¡Ay, Dios mío, ay, Dios mío! Léela, ¿por

qué no haría caso a la pobrecita Soomintra?

Ramlogan pasó una mano mugrienta por el trozo de papel de estraza de la vitrina y se

secó las lágrimas de un manotazo.

-Y anoche me pegó, papá.

-Ven aquí, hija. Ven, Léela. -Se inclinó sobre el mostrador y apoyó las manos sobre los

hombros de Léela-. Es tu destino, Léela. También es mi destino. No podemos luchar contra

él, Léela.

-¿Qué le vas a hacer, papá? -gimió Léela-. Es mi marido, tienes que entenderlo.

Ramlogan retiró las manos y se enjugó los ojos. Golpeó el mostrador hasta que la

vitrina tembló.

-A eso le llaman educación hoy día. Enseñan una nueva asignatura. El robo.

Léela soltó otro grito.

-¡Ese hombre es mi marido, papá!

Horas más tarde, cuando Ganesh volvió a Fourways, se sorprendió al oír gritar a

Ramlogan:

-¡Ah, sahib! ¿Qué pasa? ¿Aquí al lado de mi tienda y no me dices nada? Se van a pensar

que estamos enfadados.

Ganesh vio a Ramlogan con una sonrisa de oreja a oreja tras el mostrador.

-¿Qué quieres que te diga si tienes un machete afilado debajo del mostrador, eh?

-¿Un machete? ¿Un machete afilado? Estás de broma, sahib. Venga, hombre, sahib,

ven a sentarte un rato. Venga, vamos a echar una charla. Como en los viejos tiempos, ¿eh,

sahib?

-Las cosas han cambiado.

-Venga, sahib. No me digas que estás enfadado conmigo.

-No estoy enfadado contigo.

-Enfadarse es para la gente tonta e inculta como yo. Y cuando la gente inculta se enfada

se pone a pensar en hacer magia y todo eso. Las personas con estudios no hacen esas cosas.

-Te vas a llevar una sorpresa.

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Ramlogan intentó que Ganesh se fijase en la vitrina.

-Es bonita y moderna, ¿verdad, sahib? Una cosita bien bonita y moderna. -Una mosca

adormilada zumbaba fuera, deseosa de reunirse con sus compañeras de dentro. Ramlogan

dio un rápido manotazo sobre el cristal y la mató. La quitó de un lateral y se limpió las

manos en los pantalones-. Estas moscas son una molestación, sahib. ¿Cómo puede uno

librarse de estas molestaciones, sahib?

-Yo no sé nada de moscas. Ramlogan sonrió y volvió a intentarlo.

-¿Cómo te va de casado, sahib?

-Estas chicas modernas son el mismísimo diablo. No saben dónde está su sitio.

-Te lo tendría que haber contado, sahib. Sólo tres días casado y ya lo has descubierto.

Es la educación de los valores. ¿Quieres un poco de salmón, sahib? Es tan bueno como

cualquier salmón de San Fernando.

-No me gusta la gente de San Fernando.

-¿Cómo te van las cosas allí, sahib?

-Mañana, Dios mediante, veremos qué pasa.

-¡Ay, Dios mío! Sahib, anoche no quise decir nada malo. Estaba un poquito borracho,

sahib. Nada más. Soy viejo y no me sienta bien el alcohol, sahib. No me importa cuánto

quieres que te dé. Soy buen hindú, sahib. Si te lo llevas todo me da igual, siempre que me

dejes con mi carácter.

-Eres un tipo muy curioso, ¿sabes?

Ramlogan intentó matar otra mosca y se le escapó.

-¿Qué va a pasar mañana, sahib?

Ganesh se levantó del banco y se sacudió los fondillos del pantalón.

-Ah, mañana. Es un gran secreto.

Ramlogan frotó el borde del mostrador con las manos.

-¿Por qué lloras?

-Ay, sahib. Yo soy un hombre pobre. Debes compadecerte de mí.

-Léela estará bien conmigo. No tienes que llorar por ella.

Encontró a Léela en la cocina, acuclillada ante el fogón de chulha, removiendo el arroz

hirviendo en una cacerola de esmalte.

-Léela, vengo decidido a quitarme el cinturón y darte unos buenos azotes antes incluso

de lavarme las manos o hacer nada.

Léela se arregló el velo en la cabeza antes de volverse hacia él.

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-¿Y ahora qué pasa, hombre?

-Mira chica, ¿cómo dejas que toda la mala sangre de tu padre te corra por las venas?

¿Por qué haces como si no supieras nada cuando vas contando mis cosas a todo el mundo?

Léela volvió a mirar la chulha y a remover el arroz.

-Oye, si empezamos a discutir ahora se quedará blando el arroz y ya sabes que no te

gusta así.

-Vale, pero quiero que me contestes más tarde.

Después de comer Léela confesó y se llevó una sorpresa cuando Ganesh no le dio una

paliza. De modo que se envalentonó y preguntó:

-Oye, ¿qué has hecho con la foto de papá?

-Creo que ya le he arreglado las cuentas a tu padre. Mañana no habrá nadie en

Trinidad que no le conozca. Mira, Léela, como te pongas a llorar otra vez, te vas a enterar.

Empieza a hacer las maletas. Nos mudamos mañana mismo a Fuente Grove.

Y a la mañana siguiente aparecía esta noticia en la quinta página de The Trinidad

Sentinel:

INSTITUTO CULTURAL FUNDADO POR UN BENEFACTOR

Shri Ramlogan, comerciante de Fourways, cerca de Debe, ha donado una considerable suma de dinero

con el fin de fundar un instituto cultural en Fuente Grove. El objetivo de dicho instituto, que aún no tiene

nombre, consistirá en la promoción de la cultura y la ciencia del pensamiento hindúes en Trinidad.

El presidente del instituto, según se sabe, será Ganesh Ramsumair, licenciado.

Y en lugar destacado, aparecía una fotografía de un Ramlogan bien vestido y más

delgado, con una maceta al lado, sobre fondo de ruinas griegas.

El mostrador de la tienda de Ramlogan estaba cubierto de ejemplares de The Trinidad

Sentinel y de The Port of Spain Herald. Ramlogan no alzó la vista cuando Ganesh entró en

la tienda. Miraba fijamente la fotografía e intentaba fruncir el ceño.

-No te molestes con The Herald -dijo Ganesh-. Yo no les he contado la historia.

Ramlogan continuaba sin alzar la vista. Frunció el ceño con más intensidad y dijo:

-¡Hum! -Volvió la página y leyó un breve artículo sobre el peligro de las vacas

tuberculosas-. ¿Te han pagado algo?

-Querían que yo pagara.

-Hijos de perra.

Ganesh hizo un ruido, a modo de asentimiento.

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-Así que, sahib... -Y Ramlogan alzó por fin la vista-. ¿Era para esto para lo que querías

el dinero, de verdad?

-De verdad, de verdad.

-¿Y de verdad que vas a escribir libros en Fuente Grove y todo eso?

-De verdad que voy a escribir libros.

-Sí, sí. Yo estoy leyendo, sahib. Es estupendo, y tú eres un gran hombre, sahib.

-¿Cuándo has empezado a leer?

-Intento aprender todo el rato, sahib. Sólo sé leer un poquito. Mira, hay cien mil

palabras que no me dicen nada. Mira, sahib, ¿me lo lees tú? Cuando tú lees, te escucho con

los ojos cerrados.

-Después te portas raro. ¿Por qué no miras la foto y ya está, eh?

-Es una foto bonita, sahib.

-Pues a seguir mirándola. Yo me tengo que ir.

Ganesh y Léela se mudaron a Fuente Grove aquella tarde; pero justo antes de que se

marcharan de Fourways llegó una carta. Contenía la documentación de los derechos del

petróleo, y también la información de que el petróleo se había agotado y que no iba a

recibir más dinero.

La dote de Ramlogan resultó providencial. Fue otra extraordinaria coincidencia que

convenció aún más a Ganesh de que le esperaban grandes cosas.

-Van a pasar cosas pero que muy importantes en Fuente Grove -le dijo Ganesh a Léela-.

Pero que muy importantes.

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5 Pruebas

Durante más de dos años Ganesh y Léela vivieron en Fuente Grove sin que pasara nada

importante ni esperanzados

Desde el principio, Fuente Grove parecía poco prometedora. La Gran Eructadora había

dicho que era un sitio dejado de la mano de Dios. Era una verdad a medias. Fuente Grove

prácticamente no existía. Era tan pequeña, tan remota y tan despreciable que sólo aparecía

en los mapas grandes del Instituto Cartográfico; el Ministerio de Obras Públicas la trataba

con desprecio, y ninguna aldea pensaba siquiera en pelearse con ella. Fuente Grove no

podía gustarle a nadie. Durante la estación seca, la tierra se cocía, se cuarteaba, se

calcinaba, y durante la estación de las lluvias era un auténtico barrizal. Siempre hacía

calor. Con árboles, habría sido diferente, pero el único árbol que existía era el mango de

Ganesh.

Los aldeanos iban a trabajar a las plantaciones de caña en la oscuridad del amanecer

para no sufrir el calor del día. Cuando regresaban, mediada la mañana, el rocío se había

secado en la hierba, y se ponían a trabajar en sus huertos como si no supieran que lo único

que podía crecer en Fuente Grove era la caña de azúcar. Pocas emociones tenían. La

población era escasa y no había nacimientos, bodas ni muertes suficientes como para

mantenerlos entretenidos. Un par de veces al año, los hombres hacían una excursión,

todos alborotados, a un cine de San Fernando, aquel lugar lejano y de perversión. Aparte

de eso, poca cosa ocurría. Una vez al año, en la fiesta de la cosecha, cuando ya se había

recogido la caña de azúcar, Fuente Grove osaba hacer un despliegue de alborozo.

Adornaban la media docena escasa de carros tirados por bueyes con serpentinas de

crespón de color rosa, amarillo y verde; incluso ponían a los bueyes, con sus tristes ojos de

siempre, cintas de colores vivos en los cuernos, y hombres, mujeres y niños golpeaban los

carros con las piquetas y tamborileaban sobre las cacerolas, cantando sobre la generosidad

de Dios. Era como la alegría de un niño medio muerto de hambre.

Los hombres se reunían todos los sábados por la tarde en la tienda de Beharry y se

atiborraban de ron barato. Se ponían lo suficientemente contentos con sus mujeres como

para darles una paliza aquella misma noche. El domingo se despertaban malos, echaban

pestes contra el ron de Beharry, seguían malos todo el día, y el lunes se levantaban

estupendamente, frescos como una rosa, preparados para el trabajo de la semana.

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Eran esas borracheras del sábado lo que mantenía la tienda de Beharry. El no bebía

porque era buen hindú y porque, como le dijo a Ganesh: "Mira, no hay nada como tener la

cabeza clara." Y además, a su mujer no le parecía bien.

Beharry era la única persona de Fuente Grove de la que Ganesh se hizo amigo. Era un

hombrecillo de aspecto intelectual, con una ligera tripita y el pelo gris y escaso. En Fuente

Grove, sólo él leía los periódicos. Le llegaba todos los días un ejemplar del día anterior de

The Trinidad Sentinel, con un ciclista de Princes Town, y se lo leía de cabo a rabo, sentado

en un alto taburete delante del mostrador. Detestaba estar detrás del mostrador. "Es que

me da la impresión de estar en un redil."

Al día siguiente de llegar a Fuente Grove, Ganesh fue a ver a Beharry y descubrió que

estaba enterado de lo del Instituto.

-Es justo lo que le hace falta a Fuente Grove -dijo Beharry-. Vas a escribir libros y

cosas, ¿no?

Ganesh asintió, y Beharry gritó: "¡Suruj!"

Un niño de unos cinco años entró corriendo en la tienda.

-Suruj, trae los libros. Están debajo de la almohada.

-¿Todos, papá?

-Todos.

El niño llevó los libros, y Beharry se los fue dando uno a uno a Ganesh: El libro del

destino de Napoleón, una edición escolar de Eothen sin tapas, tres números del

Almanaque de Bookers's Drug Stores, el Gita y el Ramayana.

-A mí no me engaña nadie -dijo Beharry-. Seré cateto, pero no tonto. ¡Suruj!

El niño volvió a aparecer a todo correr.

-Cigarrillos y cerillas, Suruj.

-Pero papá, si están en el mostrador.

-¿Es que te crees que no lo veo? Me los traes. El niño obedeció, y salió corriendo de la

tienda.

-¿Qué te parecen los libros? -preguntó Beharry, señalándolos con un cigarrillo sin

encender.

Cuando Beharry hablaba, parecía un ratón. Se ponía nervioso y movía la boquita como

si estuviera mordisqueando algo.

-Bien.

Entró en la tienda una mujer grandona de cara cansada.

-Poopa de Suruj, ¿es que no has oído que te estoy llamando para comer?

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Beharry se mordisqueó los labios.

-Le estaba enseñando al pandit los libros que leo.

-¡Leer! -Su rostro cansado se avivó con el desdén-. ¡Leer! ¿Quieres saber qué lee?

Ganesh no sabía adonde mirar.

-Como no esté yo al tanto, cierra la tienda y se mete en la cama con los libros. Todavía

no le he visto terminar un libro, pero eso sí, no se conforma si no lee cuatro o cinco al

mismo tiempo. Para algunos es peligroso aprender a leer.

Beharry volvió a meter el cigarrillo en el paquete.

-Este mundo será diferente y mejor el día que hagas un niño -dijo la mujer, saliendo a

toda prisa de la tienda-. La vida ya es bastante difícil contigo, por no hablar de tus tres

hijos, que no valen para nada.

Después de que se hubo marchado se produjo un breve silencio.

-La mooma de Suruj -explicó Beharry.

-Así son ellas -replicó Ganesh.

-Pero la verdad es que tiene razón. Si todos empezaran a hacer lo mismo que tú y yo,

sería un mundo de locos. -Beharry se mordisqueó los labios y le guiñó un ojo a Ganesh-. Te

lo digo yo. Esto de la lectura es muy peligroso.

Suruj volvió a entrar a todo correr en la tienda.

-Ella te está llamando, papá.

Tenía el tono irritado de su madre.

Cuando Ganesh salía de la tienda oyó decir a Beharry:

-¿Cómo que ella? ¿Así llamas a tu madre? ¿Quién es ella? ¿La gata?

Ganesh oyó un bofetón.

Iba con frecuencia a la tienda de Beharry. Beharry le caía bien y le gustaba la tienda.

Beharry la alegraba con anuncios de colores para artículos que él no ofrecía, y estaba tan

seca y limpia como la de Ramlogan grasienta y sucia.

-No entiendo qué le ves a ese Beharry -le dijo Léela-. Piensa que puede llevar una

tienda, pero a mí me da risa. Tengo que escribir a papá para contarle qué tiendas tienen en

Fuente Grove.

-Hay una cosa que tienes que decirle a tu padre que haga. Montar un puesto en el

mercado de San Fernando. Léela se echó a llorar.

-¡Hay que ver lo que te mete en la cabeza ese Beharry! Ese hombre es mi padre.

Y otra vez se echó a llorar.

Pero Ganesh siguió yendo a la tienda de Beharry.

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Cuando Beharry se enteró de que Ganesh iba a establecerse como sanador se

mordisqueó los labios nerviosamente y movió la cabeza.

-Mira, has elegido algo bien difícil. Hoy día das una patada y te sale un sanador o un

dentista. Mismamente uno de mis primos (bueno, en realidad es primo de la mooma de

Suruj, pero la familia de la mooma de Suruj es como mi propia familia), un chico bien

majo, también va a empezar con esto.

-¿Qué? ¿Otro sanador?

-Un momento, espera. Las Navidades pasadas la mooma de Suruj se llevó a los niños a

donde la abuela y este chico le dijo, como si tal cosa, que se iba a meter a lo de dentista.

Figúrate la sorpresa de la mooma de Suruj. Y después, vamos y nos enteramos de que ha

pedido dinero para comprar una de esas máquinas de dentista y que le saca las muelas a la

gente, así, sin más. El muchacho va matando gente a mansalva, y le siguen yendo. La gente

de Trinidad es así.

-Yo no quiero sacar muelas. Pero al chico le va bien, ¿no?

-Pues de momento sí. Ya ha pagado la máquina. Pero acuérdate de que en Tunapuna

hay mucha gente. Veo que llegará un día en que a los sacamuelas les va a costar trabajo

sacar dos centavos para comprar pan y un poco de mantequilla colorada.

La mooma de Suruj entró del patio acalorada y llena de polvo con una escoba de

cocoye.

-Venía yo decidida a barrer la tienda, y mira lo primero que oigo. ¿Por qué llamas

sacamuelas al chico? No es que no lo esté intentando. -Miró a Ganesh-. ¿Sabes que le pasa

al poopa de Suruj? Pues que le tiene envidia al chico. Él no puede ni cortar las uñas de los

pies, y ese chiquillo saca las muelas a personas crecidas. Le tiene una envidia tremenda al

chico.

Ganesh dijo:

-Algo de razón llevas, maharaní. Es como yo y lo de ser sanador. No me voy a meter en

eso así como así. Estudio y aprendo un montón, de mi padre. No es una cosa de

sacamuelas.

A la defensiva, Beharry se mordisqueó los labios.

-No quería decir eso. Sólo le estaba explicando al pandit que si se establece como

sanador en Fuente Grove lo va a tener difícil.

Ganesh no tardó mucho en descubrir que Beharry tenía razón. En Trinidad había

demasiados sanadores, y resultaba inútil anunciarse. Léela se lo dijo a sus amigos, la Gran

Eructadora a los suyos, Beharry prometió escribir a cuantos conocía, pero pocos se

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molestaron en ir con sus achaques hasta un sitio tan alejado como Fuente Grove. Y los

aldeanos estaban muy sanos.

-Oye -dijo Léela-. Creo que no se te da bien lo de ser sanador.

Y llegó un momento en que él mismo empezó a dudar de sus poderes. Podía curar una

nara, una simple dislocación de estómago, como cualquier sanador, y también la rigidez de

articulaciones. Pero no se animaba a acometer operaciones más arriesgadas.

Un día fue a verle una chica con un brazo torcido. Ella parecía tan contenta, pero su

madre estaba hundida, llorando.

-Lo hemos intentado con todos y con todo, pandit. No ha pasado nada. Y la chica se va

haciendo mayor, pero, ¿quién va a querer casarse con ella?

Era una chica guapa, con unos ojos muy vivos en un rostro impasible. Sólo miraba a su

madre; ni una sola vez miró a Ganesh.

-Veinte veces le han roto el brazo a la chica, por falta de una -añadió la madre-. Pero no

se le arregla.

Ganesh sabía lo que habría hecho su padre. Le habría dicho a la chica que se tumbara,

le habría puesto un pie en el codo, levantado el brazo haciendo palanca hasta que se

rompiera y después lo habría vuelto a colocar. Pero tras examinarla, Ganesh se limitó a

decir:

-A la chica no le pasa nada, maharaní. Sólo tiene un poquito de sangre mala, nada más.

Y además. Dios la hizo así y no es cosa mía interferir en la obra de Dios.

La madre de la chica dejó de sollozar y se colocó el velo rosa sobre la cabeza.

-Es mi destino -dijo, sin tristeza. La chica no pronunció ni una palabra. Más tarde,

Léela dijo:

-Oye, al menos podrías haber intentado arreglarle el brazo primero y después ponerte a

hablar de la obra de Dios. Pero no te importa lo que me estás haciendo. Parece que lo único

que quieres es echar de aquí a la gente.

Ganesh siguió ofendiendo a sus pacientes al decirles que no les pasaba nada; cada día

hablaba más sobre la obra de Dios, y si le presionaban, daba un brebaje que había

preparado siguiendo una receta de su padre, un líquido verde a base de diversas hierbas y

hojas del árbol neem. Replicó:

-Los hechos son los hechos, Léela. No tengo mano para ser sanador.

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Sufrió otra decepción en su vida. Al cabo de un año quedó claro que Léela no podía

tener hijos. Perdió interés por ella como esposa y dejó de pegarle. Léela se lo tomó bien,

pero Ganesh no esperaba menos de una buena esposa hindú. Léela siguió atendiendo la

casa y con el tiempo llegó a ser un ama de casa eficaz. Cuidaba el jardín de atrás y se

ocupaba de la vaca. Nunca se quejaba. Al poco era ella quien mandaba. Mangoneaba a

Ganesh y él no se oponía. Le daba consejos y él le prestaba atención. Empezó a consultar

con ella casi todo. Con el tiempo, aunque jamás lo habrían reconocido, habían llegado a

quererse. A veces, cuando pensaba en ello, a Ganesh le resultaba extraño que la mujer alta

y dura con la que vivía fuera la chica que le había preguntado con descaro en una ocasión:

"¿Tú también sabes escribir, sahib?"

Y tener que apaciguar a Ramlogan continuamente. El recorte de periódico con su

fotografía estaba colgado, con su marco, en la tienda, por encima del anuncio de Léela

sobre los asientos para dependientas. El papel había empezado a ponerse pardo en los

bordes. Siempre que, por una u otra razón, Ganesh iba a Fourways, Ramlogan no dejaba de

preguntarle: "Dime, ¿cómo va lo del Instituto?"

"No dejo de pensar en ello", contestaba Ganesh. O: "Pues ya lo tengo todo en la cabeza,

pero no me metas prisas."

Todo parecía ir mal y Ganesh temía haber interpretado mal los signos del destino.

Hasta más adelante no vio la intervención de la Providencia en las decepciones de aquellos

meses. "Nunca somos lo que queremos ser, sino lo que debemos ser", escribió.

Había fracasado como sanador. Léela no podía tener hijos. Tales decepciones podrían

haber destrozado a cualquier otro hombre; a Ganesh le sirvieron para dedicarse muy en

serio a los libros. Desde luego, siempre había tenido intención de leer y escribir, pero cabe

preguntarse si lo habría hecho con tal entrega si hubiera triunfado como sanador o padre

de familia numerosa.

-Voy a escribir un libro -le dijo a Léela-. Un libro grande.

Existe una editorial norteamericana llamada Street y Smith, personas versátiles y

enérgicas que habían llevado sus publicaciones hasta el sur de Trinidad. A Ganesh siempre

le habían impresionado profundamente Street y Smith, desde niño y, sin decirles una

palabra ni a Beharry ni a Léela, se sentó una noche a la mesita del cuarto de estar, encendió

la lámpara de petróleo y escribió una carta a Street y Smith. Les decía que estaba pensando

en escribir libros y que si les interesarían a alguno de ellos.

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56

La respuesta llegó al cabo de un mes. Street y Smith decían que estaban muy

interesados.

-Se lo tienes que contar a papá -dijo Léela.

Ganesh enmarcó la carta de Street y Smith en paspartú y la colgó en la pared, por

encima de la mesa en la que había escrito su carta.

-Esto es sólo el principio -le dijo a Léela.

Ramlogan fue un día desde Fourways y cuando vio la carta enmarcada se le llenaron los

ojos de lágrimas.

-Sahib, esto es algo importante para los periódicos. Sí, hombre, sahib, les escribas los

libros.

-Eso es justo lo que le dice Beharry, el tendero, por así llamarlo, de Fuente Grove -dijo

Léela.

-No importa -replicó Ramlogan-. Yo sigo creyendo que debería escribir los libros. Pero

me apuesto cualquier cosa a que te sientes orgulloso, ¿eh, sahib?, de que los americanos te

rueguen que les escribas un libro.

-Quia, no -se apresuró a contestar Ganesh-. Te equivocas en eso. No me siento nada

orgulloso. ¿Sabes cómo me siento? Pues si te digo la verdad, humilde. De lo más humilde.

-Ahí se demuestra que eres un gran hombre, sahib.

La escritura del libro preocupaba a Ganesh y la posponía continuamente. Cuando Léela

preguntaba: "Pero, hombre, ¿por qué no estás escribiendo el libro que te piden los

americanos?", Ganesh respondía: "Mira, Léela, precisamente es esa forma de hablar lo que

destruye la ciencia del pensamiento de un hombre. ¿Es que no te das cuenta de que estoy

pensando, pensando todo el tiempo?"

No llegó a escribir el libro para Street y Smith.

-Yo no prometí nada -decía-. Y no creo estar perdiendo el tiempo.

Street y Smith le habían hecho pensar sobre el arte de escribir. Al igual que muchos

trinitenses, Ganesh sabía escribir correctamente en inglés, pero le daba vergüenza hablar

otra cosa que no fuera dialecto salvo en ocasiones especiales. De modo que, con el aliento

de Street y Smith, mientras perfeccionaba su prosa de influencia victoriana, seguía

hablando como los trinitenses, muy a su pesar. Un día dijo:

-Léela, va siendo hora de que nos demos cuenta de que vivimos en un país británico y

creo que no nos deberíamos avergonzar de hablar bien el idioma.

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Léela estaba acuclillada ante el fogón chulha, avivando un fuego de ramitas secas de

mango. Tenía los ojos enrojecidos y llorosos por el humo.

-Vale. Lo que quieras.

-Chica, empezamos ya mismo.

-Lo que tú digas, hombre.

-Muy bien. Vamos a ver. Ah, sí. Léela. ¿Encendiste el fuego? No, un momento. ¿Hay

que decir "encendiste" o "has encendido"?

-Mira, me dejes en paz, que me se está metiendo el humo en los ojos.

-No te fijas en nada, chica. Querrás decir que se te está metiendo el humo en los ojos.

Léela tosió con el humo.

-Oye, mira. Tengo más cosas que hacer que rascarme los pies, ¿sabes? Te vas a hablar

con Beharry y ya está. Beharry se entusiasmó.

-¡Es una idea magistral, pero bueno! Es uno de los problemas de Fuente Grove, que no

puedes de hablar bien con nadie. A ver, ¿cuándo empezamos?

-Ya mismo.

Beharry se mordisqueó los labios y sonrió, todo nervioso.

-Venga, hombre, me dejes un poco de tiempo para acostumbrarme.

Ganesh insistió.

-Bueno, vale -dijo Beharry con resignación-. Allá vamos.

-Hoy hace calor.

-Ah, ya entiendo. Hoy hace mucho calor.

-Mira, Beharry, no tiene ninguna gracia. Hay que echar una mano a la gente. Venga,

empezamos otra vez. El cielo está muy azul y no veo ni una nube. Oye, ¿de qué te ríes?

-¿Sabes qué, Ganesh? Que estás muy gracioso.

-Pues mira que te digo, que tú también estás muy gracioso.

-No, si lo que quiero decir es que es gracioso verte así y hablando así.

El arroz estaba hirviendo en la chulha cuando Ganesh volvió a casa.

-¿Dónde ha estado usted, señor Ramsumair? -preguntó Léela.

-Hemos estado charlando, Beharry y yo. Tendrías que ver lo gracioso que se ha puesto

intentando hablar bien. Entonces fue Léela quien se rió.

-Creía que empezábamos con esta historia de hablar bien.

-Mira, chica, tú me haces bien la comida, ¿entendido?, y hablas bien sólo cuando yo te

lo mande.

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Ese fue el momento en el que Ganesh pensó que tenía que responder a todos los

anuncios para rellenar los cupones que ofrecían folletos gratuitos. Encontró los cupones en

las revistas estadounidenses que había en la tienda de Beharry, y le hizo mucha ilusión

enviar unos doce cupones de una vez y esperar la llegada, que ocurrió un mes después, de

doce voluminosos paquetes. A los de Correos no les hizo ninguna gracia, y Ganesh tuvo que

sobornarlos para que enviaran a un cartero en bicicleta con los paquetes hasta Fuente

Grove por la noche, cuando hacía fresco.

Beharry tuvo que darle una copa al cartero. El cartero dijo: -Se están haciendo muy

famosos ustedes dos en Princes Town. Por todos lados me pregunta la gente: "¿Quiénes

son esos dos? Parecen americanos, oye." -Miró el vaso vacío y lo balanceó sobre el

mostrador-. Y adivinen qué hago yo cuando me preguntan. -Era su forma de pedir otra

copa-. ¿Que qué hago? -Trasegó el segundo vaso de ron de un trago, torció el gesto, pidió

agua, se la dieron, se limpió la boca con el dorso de la mano y dijo-: ¡Pues les digo sin más

quiénes son!

Beharry y Ganesh estaban fascinados con los folletos y los tocaban con sensual respeto.

-Chico, esa América, ahí es donde hay que vivir -dijo Beharry-. No les importa nada

regalar libros así. Ganesh se encogió de hombros, y asintió.

-Es que para ellos no es nada. En menos que canta un gallo, ¡pum!, tienes un libro

impreso.

-Ganesh, tú que tienes educación universitaria, ¿cuántos libros crees que imprimen al

año en América?

-Unos cuatrocientos o quinientos.

-Estás loco, hombre. Son más de un millón. Lo leí no sé dónde el otro día.

-Entonces, ¿para qué me preguntas? Beharry se mordisqueó los labios.

-No, por nada. Para estar seguro.

Después mantuvieron una larga discusión sobre si un hombre podía llegar a saber todo

sobre el mundo.

Beharry fastidió un día a Ganesh cuando le enseñó un catálogo. Dijo como sin darle

importancia:

-Mira lo que me ha mandado esa gente de Inglaterra. Ganesh frunció el ceño. Beharry

se lo vio venir.

-Oye, que yo no lo he pedido. Te vayas a creer que quiero competir contigo. Me lo han

mandado, sin más.

El catálogo era demasiado bonito para que a Ganesh le durase el enfado.

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-Pero supongo que a mí no me lo van a mandar así por las buenas.

-Te lo lleves, hombre -dijo Beharry.

-Sí, te lo lleves antes de que lo queme yo. -Era la voz de la mooma de Suruj, desde

dentro-. No quiero más porquerías en mi casa.

Era un catálogo de Everyman Library.

Ganesh dijo:

-Novecientos treinta libros a dos chelines cada uno. Todo junto son...

-Cuatrocientos sesenta dólares.

-Es mucho dinero. Beharry dijo:

-Son muchos libros.

-Si alguien se lee todos los libros, no hay quien le tosa en cuestión de cultura. Ni el

gobernador.

-Mira, de eso hablaba con la mooma de Suruj el otro día, sin ir más lejos. No creo yo

que el gobernador y todos esos sean gente culta de verdad.

-¿Qué quieres decir?

-Si fueran cultos, no se irían de Inglaterra, donde imprimen libros día y noche, para

venirse a un sitio como Trinidad. Ganesh dijo:

-Novecientos treinta libros. Y cada libro de unos cinco centímetros y medio de grosor,

supongo.

-O sea, unos veintitrés metros.

-Pues con estantes en dos paredes, te cogen.

-Yo es que prefiero los libros grandes.

Las paredes del cuarto de estar de la casa de Ganesh fueron objeto de intenso examen

aquella noche.

-Léela, ¿hay una regla por ahí? Léela se la llevó.

-¿Qué, pensando en hacer cambios?

-Estoy pensando en comprar unos libros.

-¿Cuántos, oye?

-Novecientos treinta.

-¡Novecientos! Léela se echó a llorar.

-Novecientos treinta.

-¿Ves las ideas que te mete Beharry en la cabeza? Tú lo que quieres es dejarme en la

miseria. No tienes bastante con robarle a mi propio padre. ¿Por qué no me llevas ya al

asilo?

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Así que Ganesh no compró la Everyman Library completa. Sólo compró trescientos

libros, y Correos se los llevó en una furgoneta un día a últimas horas de la tarde. Era una

de las cosas más importantes que habían ocurrido en Fuente Grove, e incluso Léela se

quedó impresionada, muy a su pesar. Sólo la mooma de Suruj permaneció imperturbable.

Aún estaban metiendo los libros en casa de Ganesh cuando le dijo a Beharry en voz bien

alta, para que se enterase todo el mundo:

-Y no te vayas tú ahora a poner a copiar a nadie para hacer el imbécil, ¿entendido?

Léela, que se vaya al asilo, pero yo, ni hablar.

Pero la reputación de Ganesh, que había mermado por su torpeza como sanador,

aumentó en la aldea, y empezaron a aparecer campesinos que, con el mugriento sombrero

de fieltro entre las manos, le pedían que les escribiera cartas dirigidas al gobernador o que

les leyera cartas que, curiosamente, les había enviado el gobierno.

Para Ganesh fue sólo el comienzo. Tardó unos seis meses en leer lo que quería en los

libros de Everyman; después, empezó a pensar en comprar más. Iba cada cierto tiempo a

San Fernando y compraba libros, grandes, de filosofía e historia.

-¿Sabes una cosa, Beharry? Que a veces voy y me paro a pensar. ¿Qué pensaban esos de

Everyman cuando me empaquetaban esos libros? ¿Crees que se imaginaban que hay un

hombre como yo en Trinidad?

-Yo no sé de eso, pero me estás empezando a enfadar, Ganesh. Se te olvida casi todo lo

que lees. A veces no puedes ni terminar lo que acababas de empezar a recordar.

-Vale. ¿Y qué hago?

-Mira, tengo aquí un cuaderno que no lo puedo vender porque la tapa tiene grasa (ese

muchacho, Suruj, haciendo el bobo con las velas), y te lo voy a regalar. Mientras lees un

libro, tomas notas de las cosas que te parecen importantes.

A Ganesh nunca le habían gustado los cuadernos, desde el colegio; pero la idea de los

cuadernos de notas sí le interesaba. Así que hizo otro viaje a San Fernando y recorrió la

sección de papelería de uno de los grandes almacenes de la calle Mayor. Hasta entonces no

se había dado cuenta de que el papel pudiera ser tan bonito, de que hubiera tantas clases

de papel, de tantos colores, con tantos olores deliciosos. Se quedó inmóvil, pasmado, en

actitud reverente, hasta que oyó la voz de una mujer.

-Señor.

Al volverse vio a una mujer gorda, con vestigios de polvos blancos en su cara negra y un

vestido de un espectacular floreado.

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-Señor. ¿A cuánto sale el... -sacó un papelito del bolso y lo leyó-, libro de lectura

Introducción, de Nelson?

-Oiga, yo no vendo nada -dijo Ganesh sorprendido. La mujer se puso a reír como loca.

-¡Anda, ahí ve! ¡Y yo que pensaba que era usted un dependiente de esos!

Y se fue a buscar a un dependiente, riéndose y doblándose para intentar contener la

risa.

Una vez a solas, Ganesh se puso a oler disimuladamente el papel y, cerrando los ojos,

pasó las manos por muchas clases de papel, para apreciar mejor su textura.

-Vamos a ver. ¿Qué se ha creído que es esto? -Era un chico, con camisa blanca, corbata

(señal inconfundible de autoridad) y pantalones cortos de sarga azul-. ¿Es que estamos en

el mercado para que manosee el ñame o la mandioca o qué?

Asustado, Ganesh compró una resma de papel azul claro.

Después, con un deseo irresistible de escribir en aquel papel, pensó en darse otra vuelta

por la imprenta de Basdeo. Fue a la estrecha calle, que hacía cuesta, y se llevó una sorpresa

al ver que en lugar del edificio que él conocía había otro, todo nuevo, de cemento y cristal.

También había otro letrero: IMPRENTA ELÉCTRICA ÉLITE, y un eslogan: Cuando se

imprime la mejor impresión nosotros la imprimimos. Oyó el estruendo de la maquinaria y

apretó la cara contra una ventana para mirar. Había un hombre sentado ante una máquina

que parecía una enorme máquina de escribir. Era Basdeo, con pantalones largos, bigote, ya

adulto. No cabía duda de que la vida le iba bien.

-Tengo que escribir el libro -dijo Ganesh en voz alta-. Tengo que hacerlo.

Pero se entretuvo en otras cosas. Empezó a apasionarse por los cuadernos de notas.

Cuando Léela se quejó, dijo:

-Los hago y después los guardo. Nunca se sabe cuándo te van a hacer falta.

Llegó a ser un auténtico experto en los olores del papel. Le dijo a Beharry: "Fíjate, con

sólo oler un libro, puedo decirte cuántos años tiene." Sostenía que el libro con mejor olor

era el diccionario de francés e inglés de Harrap, que había comprado, según le contó a

Beharry, sencillamente por su olor. Pero oler papel era sólo una parte de su reciente

pasión, y cuando sobornó a un policía de Princes Town para que robara una grapadora del

Palacio de Justicia, su júbilo fue total.

Al principio, rellenar los cuadernos de notas suponía un serio problema. Por entonces,

Ganesh leía cuatro, a veces cinco libros a la semana, y mientras leía señalaba una palabra,

una frase, o incluso un párrafo entero, en preparación para el domingo, que se había

convertido en un día de ritual y absoluto júbilo. Se levantaba temprano, se bañaba, hacía

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puja, comía; después, mientras aún hacía fresco, iba a la tienda de Beharry. Leían el

periódico y hablaban, hasta que la mooma de Suruj asomaba la cabeza, toda enfadada, por

la puerta de la tienda y decía: "Poopa de Suruj, siempre abriendo la boca. Si no es para

comer, es para hablar. Pues se acabó la charla. Es hora de comer."

Ganesh entendía la indirecta y se marchaba.

La parte menos agradable del domingo era la vuelta a casa. El sol caía implacable y los

bultos del tosco asfalto se notaban blandos y calientes al pisar. Ganesh jugueteaba con la

idea de cubrir toda Trinidad con un enorme toldo de lona para protegerla del sol y recoger

el agua de la lluvia. Estos pensamientos le tenían entretenido hasta que llegaba a casa.

Después comía, volvía a bañarse, se ponía la ropa hindú buena, dhoti, camiseta y koortah,

y se dedicaba a sus cuadernos de notas.

Sacaba el montón de un cajón de la cómoda que había en el dormitorio y copiaba los

párrafos que había señalado durante la semana. Había ideado un sistema para tomar

notas. Parecía sencillo al principio -papel blanco para las notas sobre el hinduismo, azul

claro para la religión en general, gris para la historia, y así sucesivamente- pero con el

tiempo le resultó difícil mantener ese sistema y lo dejó.

Nunca utilizaba un cuaderno hasta el final. Empezaba cada uno con las mejores

intenciones, escribiendo con letra fina, inclinada, pero al llegar a la tercera o la quinta

página perdía interés por el cuaderno, la escritura se reducía a garabatos apresurados,

cansados, y abandonaba el cuaderno.

Léela se quejaba del despilfarro.

-Nos vas a dejar en la miseria. Como Beharry a la mooma de Suruj.

-¿Qué sabrás tú de estas cosas, chica? Lo que copio no es un anuncio, ¿te enteras? Vale,

es copiar, pero pienso mucho al mismo tiempo.

-Ya me estoy cansando de oírte hablar y venga a hablar. Dices que viniste aquí a

escribir tus maravillosos libros, y que si a sanar a la gente. ¿A cuántos has sanado?

¿Cuántos libros escribes? ¿Cuánto dinero sacas?

Eran preguntas retóricas y lo único que pudo responder Ganesh fue:

-¿Lo ves? Cada día te pareces más a tu padre. Hablas como un abogado.

Más adelante, en el transcurso de una semana de lectura, se topó con la respuesta

perfecta. Tomó nota en el mismo momento, y la vez siguiente que se quejó Léela, dijo:

-Mira, calla y escucha esto.

Rebuscó entre los libros y los cuadernos hasta encontrar uno de color verde guisante

con el título de Literatura.

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-Oye, me dejes sentar antes de empezar a leer.

-Y mientras escuchas no te duermas. Es una de tus desagradables costumbres, ¿sabes,

Léela?

-Es que, mira, no lo puedo evitar. Es empezarme a leer y me entra el sueño. Sé de gente

que les entra el sueño nada más ver una cama.

-Son personas de mente limpia. Pero chica, escucha esto: "Una persona puede remover

media biblioteca para hacer un solo libro." Y no me lo he inventado yo.

-¿Y cómo sé que no me estás engañando, lo mismo que con papá?

-¿Y yo para qué iba a querer engañarte?

-Que te enteres: ya no soy la jovencita boba con quien te casaste.

Y cuando Ganesh le llevó el libro y le enseñó la cita en letra impresa, Leela guardó

silencio, maravillada. Pues por mucho que se quejara y que le vilipendiara, no dejaba de

pasmarse ante aquel marido suyo que leía páginas y páginas de letra impresa, capítulos

enteros de letra impresa, bueno, hasta libros gordos; aquel marido que, despierto por la

noche en la cama, hablaba, como si tal cosa, de escribir algún día un libro e ¡imprimirlo!

Pero Leela lo pasó mal cuando fue a casa de su padre, como le ocurría casi siempre en

las vacaciones más importantes. Ya hacía tiempo que Ramlogan consideraba a Ganesh un

perdido y encima un estafador. Y además, enfrentarse a Soomintra. Soomintra se había

casado con un ferretero y era rica. Aún más: parecía rica. Tenía un hijo tras otro, y se

estaba poniendo rolliza, con aspecto de matrona, de persona importante. A su hijo le había

puesto el nombre de Jawaharlal, como el dirigente indio, y su hija se llamaba Sarojini,

como la poetisa india.

-El tercero, el que estoy esperando, si es niño, le voy a poner Motilal; si es niña,

Kamala.

No podía existir mayor admiración por la familia Nehru.

Soomintra y sus hijos cada día parecían más fuera de lugar en Fourways. Ramlogan

estaba aún más mugriento y la mugre de la tienda iba a la par. Al quedarse solo, parecía

haber perdido todo interés por el mantenimiento de la casa. El hule de la mesa estaba

gastado, arrugado y tenía un montón de cortes; la hamaca hecha con un saco de harina se

había puesto parda, los calendarios chinos estaban llenos de cagadas de moscas. Los hijos

de Soomintra cada día llevaban ropa más cara y más aparatosa y hacían más ruido, pero

cuando andaban por allí, Ramlogan no tenía ojos para nadie más. No paraba de

acariciarlos y mimarlos, pero muy pronto dejaron bien claro que consideraban demasiado

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elementales sus tentativas de mimarlos. Querían algo más que unos caramelos recubiertos

de azúcar de uno de los tarros de la tienda. De modo que Ramlogan les dio piruletas.

Soomintra estaba más rolliza y parecía más rica, y a Leela le costaban grandes esfuerzos no

fijarse demasiado cuando su hermana doblaba el brazo derecho y las pulseras de oro

tintineaban o cuando, con la licencia que concede la riqueza, se lamentaba de que estaba

cansada y necesitaba vacaciones.

-Ya he tenido el tercero -dijo Soomintra en Navidad-. Quería escribir para decírtelo,

pero ya sabes lo difícil que es.

-Sí, sé lo difícil que es.

-Es una niña, y le he puesto Kamala, como te dije. Ay, chica, pero si se me olvidaba: ¿y

tu marido? No he visto ningún libro de los que escribe. Pero la verdad es que yo no leo gran

cosa.

-Todavía no ha terminado el libro.

-Ah.

-Es un libro muy, muy grande.

Soomintra hizo tintinear las pulseras de oro y carraspeó al mismo tiempo, pero no

escupió; en ello reconoció Leela otra afectación de los ricos.

-También el padre de Jawaharlal empezó a leer el otro día. Siempre está diciendo que

si tuviera tiempo escribiría algo, pero con tanto trajín en la tienda el pobre no tiene tiempo.

Supongo que Ganesh no estará tan ocupado, ¿eh?

-No te puedes hacer ni idea de la cantidad de gente que viene a verle como sanador. Si

te enteras de alguien que quiere masaje o algo, dile lo de Ganesh. No es tan difícil llegar a

Fuente Grove, ya sabes.

-Niña, ya sabes que haría cualquier cosa por ayudaros. Pero no tienes ni idea de la

cantidad de gente que dice que es sanador. Esos les quitan el trabajo a quienes son buenos

de verdad, como Ganesh. Pero esos chavales que les ha dado por ser sanadores, para mí

que son una pandilla de vagos que no sirven para nada.

En el dormitorio, Kamala se puso a llorar, y el pequeño Jawaharlal, con un traje de

marinero recién estrenado, entró y balbuceó:

-Mamá, Kamala se ha hecho pis.

-¡Estos crios! -exclamó Soomintra, saliendo de la habitación a grandes zancadas-. ¡Ay,

chica, no sabes la suerte que tienes de no tener ninguno, Léela!

Ramlogan entró desde la tienda con Sarojini sobre una cadera. Mientras chupaba una

piruleta de limón, la niña investigaba con los dedos lo pegajosa que estaba.

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-Lo he oído -dijo Ramlogan-. Soomintra no tiene mala intención. Se siente un poco rica

y quiere presumir.

-Pero él va a escribir el libro, papá. Me lo ha dicho él mismo. No para de leer y escribir.

Un día os lo enseñará a todos, ya verás.

-Sí, ya sé que va a escribir el libro. -Sarojini estaba pasándole la piruleta a Léela por la

cabeza, que llevaba descubierta, y Ramlogan intentaba obligarla a que la dejara en paz, sin

conseguirlo-. Venga, no llores, que Soomintra vuelve ahora mismo.

-¡Ay, Léela! Le caes bien a Sarojini. La primera persona que le cae bien, así sin más ni

más. ¡ Ay, ay, qué mala eres, niña! ¿Por qué juegas con el pelo de tu tía?

Ramlogan dejó a Sarojini por imposible.

-Es una monada, con un nombre muy mono -dijo Soomintra-. ¿Sabes que tenemos una

familia famosa, Léela? El nombre de la nena es el de una mujer que escribe una poesía bien

bonita, y encima tu marido, que está escribiendo un libro bien grande.

Ramlogan dijo:

-No, si pensándolo bien, creo que somos una buena familia. Eso sí, manteniendo el

carácter y el sentido de los valores. Fijaros en mí. Vamos a suponer que la gente no me

quiere y deja de venir a la tienda. ¿Eso me va a hacer daño? ¿Va a cambiar mi...?

-Vale, papá, pero tú tranquilo -le interrumpió Soomintra-. Vas a despertar a Kamala

otra vez con esos pisotones y hablando tan alto.

-Bueno, pero la verdad es la verdad. Un hombre se siente a gusto rodeado por su

familia y viéndolos felices. Lo que yo digo es que en toda familia tiene que haber un radical,

y me siento orgulloso de tener a Ganesh.

-Así que eso dice Soomintra, ¿eh? -Ganesh intentaba mantener la calma-. ¿Y qué te

esperabas? En lo único que piensan, ella y su padre, es en el dinero. No le importan nada

los libros y esas cosas. Es la gente como esa la que se reía del señor Stewart, ¿sabes? ¡Y

dicen que son hindúes! Mira, si yo estuviera en la India, me vendrían personas de todas

partes, con comida, con ropa. Pero en Trinidad ... ¡ En fin!

-Pero oye, tenemos que pensar en el dinero. Llegará un momento en que no nos quede

ni un centavo.

-Mira, Léela. Vamos a verlo de una forma práctica. ¿Necesitas comida? Tienes un

huertecito ahí atrás. ¿Necesitas leche? Tienes una vaca. ¿Necesitas un techo? Tienes una

casa. ¿Qué más quieres? ¡Aj! Me haces hablar como tu padre.

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-Para ti todo es estupendo. Tú no tienes que enfrentarte a ninguna hermana y ver cómo

se ríen de ti.

-Léela, todo el que quiere escribir tiene que enfrentarse a eso: todo escritor tiene que

sufrir la pobreza y la enfermedad.

-Pero tú no estás escribiendo nada, ¿no? Ganesh no replicó.

Siguió leyendo. Siguió tomando notas y haciendo cuadernos de notas. Y empezó a

adquirir cierta sensibilidad hacia la tipografía. Aunque tenía casi todos los Penguin que se

habían publicado, no le gustaban como libros porque la mayoría estaba impresa en el tipo

"times", y según le dijo a Beharry, le parecía vulgar, "como de periódico". Las obras del

señor Aldous Huxley sólo podía leerlas en "fournier"; aún más: consideraba ese tipo

propiedad exclusiva del señor Huxley.

-Pero es justo el tipo de letra que quiero para mi libro -le dijo a Beharry un domingo.

-¿Y tú te crees que tienen ese tipo en Trinidad? Si lo único que tienen es una cosa

espantosa, como una pasta.

-Pero ese chico del que te he hablado, bueno, ese hombre que conozco, Basdeo, tiene

una imprenta nueva. Es como una máquina de escribir grande.

-Lino-tipia. -Beharry se pasó la mano por la cabeza y se mordisqueó los labios-. Ahí se

ve lo atrasada que está Trinidad. Cuando ves esas revistas americanas, ¿no piensas, ojalá se

pudiera imprimir así en Trinidad?

Ganesh no pudo decir nada porque justo en aquel momento la mooma de Suruj asomó

la cabeza por la puerta y entendió la indirecta: tenía que marcharse.

Encontró la comida dispuesta en la cocina, como de costumbre. Había un jarro de latón

lleno de agua y un platito con chutney de coco recién hecho. Cuando terminó, levantó el

plato de latón para lamerlo y encontró una breve nota debajo, en una de sus mejores hojas

de papel azul claro.

No, puedo; vivir: aquí, y, aguantar; los, insultos, de, mi: familia!

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6 El primer libro

No sintió nada, al principio.

Después se levantó bruscamente y le dio una patada al jarro de latón, derramando el

agua por el suelo. Vio cómo el jarro rodaba hasta quedarse quieto, de costado.

-¡Hale, que se vaya! -dijo en voz alta-. ¡Que se vaya! Pasó un rato sin parar de dar

vueltas.

-Se va a enterar. No pienso escribir. Ni una palabra. Dio otra patada al jarro y se

sorprendió al ver que salía un poco más de agua.

-Ya se arrepentirá y le dará vergüenza. Que se vaya. ¡Vamos, que decir que se viene

aquí a vivir conmigo y ni siquiera puede tener niños, una cosa tan tonta como un niño!

¡Que la zurzan! ¡Que se vaya!

Fue al cuarto de estar y se puso a dar vueltas, por entre sus libros. Se paró y miró la

pared. Al momento empezó a calcular si realmente habría podido colocar los veinticuatro

metros de libros en estantes.

-Igualita que su padre. Ningún respeto por los libros. Sólo el dinero, el dinero.

Volvió a la cocina, recogió el jarro y fregó el suelo. Después se bañó, mientras entonaba

cánticos religiosos con cierta vehemencia. De vez en cuando dejaba de cantar y soltaba

tacos y gritaba: "¡Se va enterar! ¡Ni una palabra voy a escribir!"

Se vistió y fue a ver a Beharry.

-El gobernador tiene razón, ¿sabes? -dijo Beharry cuando le contó lo que había pasado-

El problema con nosotros, los indios, es que educamos a los chicos y dejamos a las chicas

apañárselas ellas solas. Así que, mira: tú eres más culto que Léela y yo más culto que la

mooma de Suruj. Ahí está el verdadero problema. -La mooma de Suruj irrumpió en la

tienda y en cuanto vio a Ganesh se echó a llorar, ocultándose el rostro con el velo. Intentó

abrazarle desde el otro lado del mostrador; no lo consiguió y, todavía llorando, pasó por

debajo hasta donde estaba Ganesh.

-No me lo cuentes -dijo entre sollozos, y le pasó un brazo por los hombros-. No tienes

que contarme nada. Lo sé todo. Yo no pensaba que iba en serio, que si no, no la habría

dejado. Pero hay que enfrentarse a esas cosas. Tienes que ser valiente, Ganesh. Así es la

vida.

Le pegó un empujón a Beharry para sentarse en el taburete, y se echó a llorar,

enjugándose los ojos con una punta del velo, mientras Beharry y Ganesh la observaban.

-Yo nunca dejaría al poopa de Suruj -dijo-. Jamás. Yo no tengo estudios.

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Suruj apareció por la puerta.

-¿Me llamabas, mamá?

-No, hijo. No te llamaba, pero ven aquí. -Suruj obedeció y su madre le apretó la cabeza

contra sus rodillas-. ¿Crees que podría dejar a Suruj y a su poopa? -Soltó un breve chillido-

. ¡Jamás!

Suruj dijo:

-¿Me puedo ir, mamá?

-Sí, hijo. Anda, te vayas.

Cuando Suruj se marchó, la mujer se calmó un poco.

-Ese es el problema, es lo que pasa hoy día, con eso de educar a las chicas. Léela se pasa

demasiado tiempo leyendo y escribiendo y no atiende a su marido. Y mira que se lo tengo

yo dicho.

Frotándose la tripa y mirando pensativo al suelo, Beharry dijo:

-Yo es que lo veo así. Estas jóvenes no son como nosotros, ¿entiendes, Ganesh? Estas

chicas piensan que casarse es como jugar a las cuatro esquinas. Correr de un lado a otro. A

ellas les divierte. Quieren que vayas detrás de ellas...

-Tú no tuviste que venir detrás de mí, poopa de Suruj. -La mooma de Suruj estalló otra

vez en llanto-. Yo no te voy a dejar. Yo soy así. Nunca dejaré a mi marido. No tengo

suficientes estudios.

Beharry rodeó la cintura de su mujer con un brazo y miró a Ganesh, un poco

avergonzado de tener que mostrar su cariño tan abiertamente.

-Eso no importa, ¿entiendes? Eso no importa. Vale, no tienes estudios, pero tienes

sentido común, y de sobra. La mooma de Suruj dijo:

-A mí nadie se molestó en darme estudios, ¿sabes? Me sacaron del colegio cuando

estaba en tercer grado. Siempre era la primera de la clase, pero me sacaron del colegio para

casarme. ¿Conoces a Purshottam, el abogado de Chaguanas?

Ganesh negó con la cabeza.

-Pues Purshottam y yo estábamos juntos en tercer grado. Yo era siempre la primera de

la clase, pero me sacaron del colegio para casarme. Mira, yo no tendré estudios, pero nunca

te dejaría.

Ganesh dijo:

-No llores, maharaní. Eres una buena mujer.

Ella lloró un poquito más y se paró de repente.

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-No te preocupes, Ganesh. Es que estas chicas de hoy día quieren jugar a las cuatro

esquinas. Se escapan todo el rato, pero después cogen y vuelven. En fin, ¿qué piensas

hacer, Ganesh? ¿Quién te va a cocinar y limpiar la casa?

Ganesh soltó una risita, animoso.

-Pues a mí es que estas cosas nunca me han preocupado. Estoy convencido, y si no que

te lo diga el poopa de Suruj, de que las cosas siempre pasan para mejor.

Con la mano derecha bajo la camiseta, Beharry asintió y se mordisqueó los labios.

-Todo tiene una razón.

-Esa es mi filosofía -dijo Ganesh, alzando los brazos, expansivo-. No preocuparme.

-Vale -dijo la mooma de Suruj-. Comes filosofía en tu casa y te vienes a comer comida

aquí.

Beharry continuó con sus pensamientos.

-Una mujer arrincona al hombre, o sea, un hombre como Ganesh. Porque ahora que

Léela no está contigo, puedes empezar a escribir el libro, ¿no, Ganesh?

-No voy a escribir nada. No... voy a... escribir... ningún libro. -Se puso a dar vueltas por

la tienda-. Ni que vuelva y me lo pida de rodillas.

La mooma de Suruj no daba crédito.

-¿Que no vas a escribir el libro?

-No.

Y dio una patada a algo que había en el suelo.

Beharry dijo:

-No lo dices en serio, Ganesh.

-No estoy de broma. La mooma de Suruj dijo:

-Ni caso. Sólo quiere hacerse de rogar un poquito.

-Mira, Ganesh -dijo Beharry-. Lo que a ti te hace falta es un horario. Y oye una cosa,

que yo no te estoy pidiendo nada. A mí no me vengas con eso de hacer el tonto y tirarlo

todo por la borda. Ahora mismo te hago un horario, y si no lo mantienes, vamos a tener

problemas, tú y yo. Te lo piensas. Tu libro, el libro tuyo.

-Con tu foto y tu nombre en letras bien grandes -añadió la mooma de Suruj.

-Y en imprenta y todo con esa máquina de escribir tan grande que me has contado.

Ganesh dejó de dar vueltas. La mooma de Suruj dijo:

-Ya está. Va a escribir el libro.

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70

-Sabes lo de mis cuadernos, ¿no? -le dijo Ganesh a Beharry-. Bueno, pues estaba

pensando si no sería buena idea empezar con eso, o sea imprimir una serie de cosas sobre

la religión de varios autores y explicar lo que dicen.

-Una anteología -dijo Beharry, mordisqueándose los labios.

-Eso es. Una antología. ¿Qué te parece?

-A ver que piense.

Beharry se pasó una mano por la cabeza.

-Va a enseñar mucho a la gente -le alentó Ganesh.

-Es lo que estaba pensando. Que va a enseñar mucho a la gente. ¿Pero tú crees que la

gente quiere aprender?

-¿Cómo no van a querer aprender?

-Mira, Ganesh. Tienes que tener siempre en cuenta la clase de gente que hay en

Trinidad. Nadie tiene tanta educación como tú. Es tu trabajo, y el mío, elevar el nivel de la

gente, pero no les podemos meter prisa. Empiezas por poco y después les echas tu

antología. Desde luego, es buena idea. Pero de momento, la dejes.

-Algo sencillo y fácil al principio, ¿eh? Beharry apoyó las manos en los muslos.

-Sí. Aquí, lo único que le gusta a la gente son los niños, y les tienes que enseñar como a

los niños.

-¿Como una cartilla?

Beharry se dio una palmada en los muslos y se mordisqueó los labios con furia.

-Eso es. Exactamente.

-Me lo dejes a mí, Beharry. Les voy a dar ese libro, y Trinidad lo pedirá a gritos.

-Así nos gusta oírte hablar a la mooma de Suruj y a mí.

Y en efecto, escribió el libro. Trabajó con ahínco durante más de cinco semanas,

siguiendo el horario que le había marcado Beharry. Se levantaba a las cinco, ordeñaba la

vaca en la semioscuridad y limpiaba el establo; se bañaba, hacía puja, cocinaba y comía;

llevaba la vaca y la ternera a un pradillo. Hasta entonces nunca se había ocupado de una

vaca y se quedó sorprendido al ver que un animal que parecía tan paciente, confiado y

bondadoso necesitara tantas atenciones y tanta limpieza. Beharry y la mooma de Suruj le

ayudaron con la vaca, y Beharry le ayudó en todas las etapas del libro. Ganesh dijo:

-Beharry, te voy a dedicar este libro.

Y también lo hizo. Trabajó en la dedicatoria incluso antes de haber terminado el libro.

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-Ha sido la parte más difícil -dijo jocosamente, pero el resultado agradó incluso a la

mooma de Suruj: Para Beharry, que preguntó por qué.

-Parece poesía -dijo la mujer.

-Parece un libro de verdad -dijo Beharry.

Por fin llegó el día en que Ganesh llevó el manuscrito a San Fernando. Se quedó en la

calle, ante la Imprenta Eléctrica Élite, y miró la maquinaria del interior. Le daba un poco

de vergüenza entrar y al mismo tiempo deseaba prolongar la emoción que sentía porque

muy pronto, aquella máquina, magnífica y complicada, y el hombre adulto que la

manejaba estarían dedicados a las palabras que él había escrito.

Al entrar vio a un hombre que no conocía ante la máquina. Basdeo estaba sentado a

una mesa en una jaula de alambre llena de papelitos amarillos y rosa clavados en pinchos.

Salió de la jaula.

-Recuerdo esa cara.

-Tú imprimiste mis invitaciones de boda, hace mucho tiempo.

-Ah, muy bonito. Con tantas invitaciones de boda como imprimo y a mí no me invita

nadie. ¿Y qué me traes hoy? ¿Una revista? En Trinidad todo el mundo imprime revistas

últimamente.

-Un libro.

Ganesh se inquietó al ver la despreocupación con que Basdeo, silbando entre dientes,

hojeaba el manuscrito con sus mugrientos dedos.

-Pues escribes en un papel muy bonito, pero esto es un folleto. Y si me apuras un poco,

un cuadernillo.

-No hace falta mucho para ver que no es un libro grande. Y tampoco hace falta mucho

para saber que todos tenemos que empezar por algo pequeño. Como tú. Anda que la vieja

máquina que tenías antes, y fíjate ahora, lo que tienes.

Basdeo no replicó. Se metió en la jaula y volvió a salir con un programa de cine y un

lápiz rojo desmochado. Se puso serio, en plan de hombre de negocios e, inclinándose sobre

una mesa ennegrecida, empezó a escribir cifras en el envés del programa, parándose de vez

en cuando para soplar el polvo inexistente de la hoja o sacudirlo con la mano derecha.

-A ver. ¿Tú sabes algo de esto?

-¿De imprimir?

Inclinado sobre la mesa, Basdeo asintió, sopló otra vez para quitar el polvo y se rascó la

cabeza con el lápiz. Ganesh sonrió.

-Lo tengo un poco estudiado.

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-¿Qué tipo quieres? Ganesh no sabía qué decir.

-Ocho, diez, once, doce, ¿o qué?

Ganesh estaba pensando a toda velocidad en el coste. Contestó con firmeza:

-El ocho me va bien.

Basdeo movió la cabeza y se puso a tararear.

-¿Quieres interlineado doble?

Era como un barbero de Puerto España haciendo publicidad de un champú. Ganesh

dijo:

-No. Sin eso.

Basdeo no se lo podía creer.

-¿Un libro de este tamaño, con esta impresión? ¿Seguro que no quieres interlineado?

-Sí, sí. Seguro. Pero oye, antes de nada, vamos a ver en qué tipo vas a imprimir el libro.

Era "times". Ganesh soltó un gemido.

-Es lo mejor que tenemos.

-Bueno, vale -dijo Ganesh, sin ningún entusiasmo-. Ah, y otra cosa. Quiero mi foto en

la tapa.

-Aquí no hacemos fotograbado, pero lo puedo arreglar. Serán doce dólares más.

-¿Para una foto pequeñita?

-Un dólar los seis centímetros y medio cuadrados.

-Oye, es muy caro.

-Bueno, ¿y qué quieres? ¿Que los demás paguen tu foto? Pues ya está. Todo junto es...

un momento, ¿cuántos ejemplares quieres?

-Mil para empezar. Pero nada de desarmar el molde. Nunca se sabe qué puede pasar.

Basdeo no parecía especialmente impresionado.

-Mil ejemplares -murmuró abstraído, haciendo cálculos en el programa de cine-.

Ciento veinticinco dólares.

Y tiró el lápiz sobre la mesa.

Así empezó el proceso, el proceso de hacer un libro: emocionante, tedioso,

decepcionante, excitante. Ganesh corrigió las pruebas con Beharry, y los dos se quedaron

pasmados ante lo diferentes que parecían las palabras impresas.

-¡Qué poderosas parecen! -exclamó Beharry.

La mooma de Suruj no salía de su asombro.

Por fin se terminó el libro y, jubiloso, Ganesh llevó a casa los mil ejemplares en un taxi.

Antes de marcharse de San Fernando, le dijo a Basdeo:

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-Que te acuerdes de guardar el molde. Nunca se sabe con qué rapidez se venderá el

libro, y no quiero que toda Trinidad lo pida a gritos y yo no tener ninguno.

-Claro -dijo Basdeo-. Claro. Que la gente los quiere, que tú los quieres, pues yo los

imprimo. Claro que sí, hombre.

Aunque el júbilo de Ganesh era enorme, sufrió una decepción que no llegó a superar.

Su libro parecía tan pequeño... No tenía sino treinta páginas, treinta páginas pequeñas, y

era tan fino que no se podía imprimir nada en el lomo.

-Es ese chico, Basdeo -le explicó Ganesh a Beharry-. Mucho hablar sobre interlineados

y tipografía, y al final resulta que no sólo me pone ese tipo tan feo, que él llama "times",

sino que encima lo pone muy pequeño.

La mooma de Suruj dijo:

-Es que el libro se ha quedado en nada.

-Ese es el problema de los indios de Trinidad -dijo Beharry.

-Ya sabes, no todos son como el poopa de Suruj -intervino la mooma de Suruj-. El

poopa de Suruj quiere lo mejor para ti. Beharry continuó:

-Verás, Ganesh. A mí no me chocaría que alguien le hubiera dado dinero a ese chico, a

ese Basdeo, para hacer lo que ha hecho con tu libro. Porque otro impresor, de no tenerte

envidia, te habría puesto sesenta páginas y con un papel bien grueso.

-Pero tú no te preocupes -dijo la mooma de Suruj-. Algo es algo. Mucho más de lo que

hace la mayoría de la gente de por aquí. Beharry señaló la portada y se mordisqueó los

labios.

-Pues tu foto queda bonita, Ganesh.

-Parece un profesor de verdad -dijo la mooma de Suruj-. Tan serio, y así, con la mano

apoyada en la barbilla, como pensando profundamente.

Ganesh cogió otro ejemplar y señaló la página de la dedicatoria.

-Pues a mí me parece que el nombre del poopa de Suruj también queda muy bien en

letra impresa -le dijo a la mooma de Suruj. Beharry se mordisqueó los labios, avergonzado.

-Quia. Estás de broma.

-Pues yo creo que todo es bonito -dijo la mooma de Suruj.

Un domingo, a primeras horas de la tarde, Léela estaba junto a la ventana de la cocina

en la trastienda de Ramlogan, en Fourways.

Fregaba los platos, y estaba a punto de tirar agua sucia por la ventana cuando vio una

cara debajo. Conocía aquella cara, pero no la traviesa sonrisa.

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-Léela -susurró aquella cara.

-Ah... Eres tú. ¿Qué haces aquí?

-He venido a buscarte, chica.

-Pues ya te estás yendo de aquí ahora mismo, ¿me oyes?, o te tiro esta sopera de agua

sucia a la cara, a ver si se te quita la sonrisita.

-Mira, Léela, que no vengo sólo por ti. Tengo algo que contarte, y eso es lo primero.

-Pues lo digas rápido. Pero por mí, si te lo has podido callar durante tanto tiempo... A

ver. Casi tres meses que me echaste de tu casa y ni siquiera me has mandado un recado

para saber si estoy viva o muerta ni nada de nada. Así que ¿a qué vienes ahora, eh?

-Pero Léela, si fuiste tú quien me dejó. No te he podido mandar un recado porque

estaba escribiendo.

-Eso te vas a contárselo a Beharry, ¿me oyes? Mira, que voy a llamar a papá, y ya verás

lo que es bueno.

La sonrisa de aquella cara se hizo más traviesa, y el susurro más conspirador.

-Léela, he escrito un libro.

Léela se debatió entre creérselo y no creérselo.

-Es mentira.

Ganesh lo enseñó con un amplio ademán.

-Mira, el libro. Y mira mi nombre, y mi foto, y mira todas estas palabras que he escrito

con mi mano. Están impresas, pero que te enteres que me sentaba a la mesa del salón y las

escribía en papel normal con un lápiz normal.

-¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío! ¡Has escrito el libro de verdad!

-¡Cuidado! No lo toques con la mano llena de jabón.

-Voy corriendo a decírselo a papá. -Se dio la vuelta y entró. Ganesh la oyó decir-: Y se lo

tenemos que contar a Soomintra. No le va a hacer pero que ninguna gracia.

A solas bajo la ventana, a la sombra del tamarindo, Ganesh se puso a tararear y se fijó

brevemente en el patio trasero de la casa de Ramlogan, aunque en realidad no vio nada, ni

el barril de cobre, herrumbroso y vacío, ni los toneles de agua llenos de larvas de mosquito.

-¡Sahib! -Era la áspera voz de Ramlogan dentro de la casa-. ¡Sahib! Entra, hombre,

sahib. ¿Por qué haces como si fueras un desconocido y te quedas ahí de pie? Entra, sahib,

entra y siéntate como antes en la hamaca. Ah, sahib, es un verdadero honor. Estoy pero

que muy orgulloso de ti.

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Ganesh se sentó en la hamaca, que otra vez estaba hecha con un saco de azúcar. Los

calendarios chinos habían desaparecido de las paredes, que parecían tan mohosas y

mugrientas como antes.

Ramlogan pasó las manos, gruesas y peludas, por la cubierta, y sonrió hasta que las

mejillas casi le cubrieron los ojos.

-Qué suave que es el libro -dijo-. Mira, Léela, tócalo. Ya verás qué suave. Y las letras de

la tapa, si parece que forman parte del papel, sahib. Ah, sahib, hoy me siento realmente

orgulloso de ti. ¿Te acuerdas, Léela? La Navidad pasada sin ir más lejos, os decía a

Soomintra y a ti que Ganesh era el radical de la familia. Soy de la opinión de que cada

familia debe tener un radical.

-Es sólo el principio -dijo Ganesh.

-Oye, Léela, chica -le dijo Ramlogan con fingida severidad-. ¿Tu marido viene desde

Fuente Grove y tú ni siquiera le preguntas si tiene hambre o sed?

-No tengo hambre ni sed -dijo Ganesh. Léela parecía abatida.

-Se ha acabado el arroz y el dal que queda no es gran cosa.

-Abre una lata de salmón -le ordenó Ramlogan-. Y te traes pan y mantequilla, salsa de

pimienta y unos aguacates. -Y él mismo fue a preparar las cosas, diciendo-: Tenemos un

escritor en la familia, chica. Chica, tenemos un escritor en la familia.

Le sentaron a la mesa, que otra vez estaba desnuda, sin el hule, el jarrón y las rosas de

papel, y le sirvieron la comida en platos de esmalte. Le observaron mientras comía; la

mirada de Ramlogan pasaba del plato al libro de Ganesh.

-Toma más salmón, sahib. Todavía no soy un pobre para no poder dar de comer al

radical de la familia.

-¿Quieres más agua? -preguntó Léela.

Masticando y tragando casi sin cesar, a Ganesh le costaba trabajo responder a los

cumplidos de Ramlogan. Lo único que podía hacer era tragar rápidamente y asentir.

Por fin, Ramlogan abrió la cubierta verde del libro.

-Ojalá pudiera leer como es debido, sahib -dijo. Pero con la emoción, se traicionó,

demostrando a las claras que no era analfabeto-. Ciento una preguntas y respuestas sobre

la religión hindú, Ganesh Ramsumair, licenciado en Filosofía y Letras. Oye, qué bien

suena, ¿verdad, Léela? Fíjate.

Y repitió el título, moviendo la cabeza y sonriendo hasta que se le saltaron las lágrimas.

Léela dijo:

-Oye, ¿cuántas veces te tengo dicho que no vayas por ahí diciendo que eres licenciado?

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Ganesh masticó a fondo y tragó con dificultad. Levantó la mirada del plato y dijo,

dirigiéndose a Ramlogan:

-De eso hablábamos Beharry y yo el otro día. Es algo que no me parece bien, este

sistema moderno de enseñanza. Todo el mundo piensa que lo que importa es el papelito

que te dan. Con eso no eres licenciado. Lo que importa es lo que aprendes, cuánto quieres

aprender y por qué quieres aprender. Eso es lo que importa para ser licenciado. Así que no

sé por qué no puedo ser yo licenciado.

-Claro que eres licenciado, sahib. Me gustaría verme las caras con el primero que diga

que no eres licenciado. -Ramlogan pasó unas cuantas páginas más y leyó en voz alta-:

Pregunta número cuarenta y seis. ¿Quién es el hindú moderno más importante? A ver,

Léela, contesta a eso.

-Vamos a ver... Es... Mahatma Gandhi, ¿no?

-Muy bien, chica. Estupendo. Justo lo que dice el libro. Es un libro muy bonito, sahib,

con un montón de cosillas que aprender. Ganesh bebió agua del jarro de latón, que le

cubría prácticamente la cara, e hizo unas gárgaras.

-A ver esta -continuó Ramlogan-. Escucha, Léela. Pregunta número cuarenta y siete.

¿Quién es el segundo hindú más importante?

-Lo sabía. Pero me se ha olvidado. Ramlogan no cabía en sí de gozo.

-Lo mismo que decía yo. En este libro hay cosas estupendas. La respuesta es el pandit

Jawaharlal Nehru.

-Lo que estaba yo a punto de decir.

-Pues ahora va otra. Pregunta número cuarenta y ocho. ¿Quién es el tercer hindú

moderno más importante?

-Deja el libro en paz, papá. Ya lo leeré yo sólita.

-Eso es una chica sensata. Sahib, es la clase de libro que tendrían que dar a los niños en

el colegio, y hacerles aprender de memoria. Ganesh tragó un bocado.

-Y también a los mayores.

Ramlogan pasó unas cuantas páginas más. De repente se borró la sonrisa de su rostro.

-¿Quién es ese tal Beharry al que le regalas el libro? Ganesh comprendió que se

avecinaban problemas.

-Si le conoces, hombre. Es un hombrecillo muy delgado, como una cerilla. Su mujer no

para de darle la lata. Le conociste el día que viniste a Fuente Grove.

-No es un hombre de estudios, ¿no? Es tendero, como yo, ¿no? Ganesh se echó a reír.

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-Pero no tiene nada de tendero. Es Beharry quien empezó a hacerme preguntas y quien

me dio la idea para el libro.

Ramlogan dejó 101 preguntas y respuestas sobre la religión hindú sobre la mesa, se

levantó y miró con tristeza a Ganesh.

-O sea, sahib, o sea que le regalas el libro a ese hombre en lugar de a tu suegro, el

hombre que te ayudó a quemar a tu padre y todo lo demás. Es lo menos que podías hacer

por mí, sahib.

¿Quién te ayudó al principio? ¿Quién te regaló la casa de Fuente Grove? ¿Quién te dio

el dinero para el Instituto?

-El siguiente libro será tuyo. También he pensado en la dedicatoria.

-No te preocupes por la dedicatoria ni la educatoria. Esperaba ver mi nombre en tu

primer libro, nada más. Tenía derecho a esperar una cosa así, ¿no, sahib? Ahora, cuando la

gente vea el libro, va a decir: "¿Con la hija de quién se casó el autor?" ¿Es que se lo va a

decir el libro?

-El siguiente libro es para ti.

Ganesh rebañó a toda prisa el plato con los dedos.

-A ver, contéstame, sahib. ¿Se lo va a decir el libro? Sahib, estás arrastrando mi

nombre por el barro.

Ganesh fue hasta la ventana para hacer gárgaras.

-¿Quién te defiende siempre, sahib? Cuando todos se ríen de ti, ¿quién te protege? Ah,

sahib, qué desilusión. Te doy a mi hija, te doy mi dinero, y tú ni siquiera me quieres dar tu

libro.

-Vamos, tranquilo, papá -dijo Léela. Ramlogan estaba llorando a moco tendido.

-¿Cómo voy a estar tranquilo? A ver, dime: ¿cómo voy a estar tranquilo? No es como si

me hiciera algo un desconocido. No, mira, Ganesh, de verdad te lo digo: hoy me has hecho

mucho daño. Tal que si coges un cuchillo grande, lo afilas y me lo clavas en el corazón con

las dos manos. Léela, me traigas el machete de la cocina.

-¡Papá! -chilló Léela.

-Que me traigas el machete, Léela -dijo Ramlogan sollozando.

-¿Qué vas a hacer, Ramlogan? -gritó Ganesh. Sollozando, Léela llevó el machete.

Ramlogan lo cogió y lo miró.

-Coge este machete, Ganesh. Vamos, cógelo. Cógelo y acaba de una vez. Dame

veinticinco machetazos, y cada vez que me pegues un corte piensa que es tu propia alma lo

que estás cortando.

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Léela volvió a chillar.

-¡Papá, no llores! ¡Papá, no digas eso! ¡No seas así, papá!

-No, Ganesh. Vamos, córtame en pedazos.

-¡Papá!

-A ver, chica, ¿por qué no debo llorar? ¿Cómo? Este hombre me roba y yo no digo nada.

Te manda a casa y ni siquiera escribe dos letras para saber si estás viva o muerta, y yo no

digo nada. ¡Pero nada de nada! Es lo único que consigo yo en este mundo. La gente va a ver

el libro y a decir: "¿Con la hija de quién se casó el autor?" Y el libro no se lo va a decir.

Ganesh dejó el machete bajo la mesa.

-¡Ramlogan! Es sólo el principio, Ramlogan. El siguiente libro...

-Ni hablarme. Ni dirigirme la palabra. No digas nada más. Me has desilusionado. Te

llevas a tu mujer. Te la llevas a casa. Cógela, vete a casa y no vuelvas nunca.

-Pues muy bien. Si eso es lo que quieres... Vamos, Léela, vamonos. Recoge tu ropa. Me

voy de tu casa, Ramlogan. Acuérdate: eres tú quien me echa. Pero mira. Aquí, en la mesa.

Te dejo este libro. Lo firmo. Y el siguiente...

-Vete -dijo Ramlogan.

Se sentó en la hamaca, apoyó la cabeza entre las manos y sollozó en silencio.

Ganesh esperó a Léela en la carretera.

-¡Comerciante! -murmuró-. ¡Maldito comerciante de casta baja!

Cuando Léela salió con su maletita, regalo de los cupones de cigarrillos Anchor, Ganesh

dijo:

-¿Cómo es posible que tu padre sea como una mujer, eh?

-No empieces otra vez, hombre.

Beharry y la mooma de Suruj fueron aquella noche, y cuanto Léela y la mooma de

Suruj se vieron se echaron a llorar.

-¡Ha escrito el libro! -gimió la mooma de Suruj.

-¡Ya lo sé, ya lo sé! -asintió Léela, con un gemido aún más agudo, y la mooma de Suruj

la abrazó.

-Lo de que tú tengas tu cultura es igual. No debes dejarle. Yo nunca dejaría al poopa de

Suruj, y eso que llegué hasta tercer grado.

-¡No! ¡No!

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Una vez acabado aquello, fueron a la tienda de Beharry a cenar. Después, mientras las

mujeres fregaban los platos, Beharry y Ganesh discutieron sobre la mejor manera de

distribuir el libro.

-Dame algunos -dijo Beharry-. Los pondré en la tienda.

-Pero Fuente Grove es un sitio muy pequeño. Aquí nunca viene nadie.

-Si no hace ningún bien, tampoco hará ningún mal.

-Tenemos que pintar unos carteles y mandarlos a Río Claro, Princes Town, San

Fernando y Puerto España.

-¿Programas?

-No, hombre. Estamos hablando de un libro, no de una obra de teatro.

Beharry sonrió débilmente.

-No, si sólo era una idea. En realidad, de la mooma de Suruj. Pero sí que tenemos que

poner un anuncio en The Sentinel. Con un cupón para rellenar, cortar y enviar.

-Como las revistas de América. Esa sí que es buena idea.

-Ah, y una cosa que le tiene preocupada a la mooma de Suruj. ¿Le has dicho al

impresor de guardar el molde?

-Pues claro, hombre. Conozco el asunto, ¿sabes?

-Es que la mooma de Suruj estaba preocupada de verdad.

Tanto se entusiasmaron que Ganesh empezó a pensar si no debería haber imprimido

dos mil ejemplares. Beharry dijo que se imaginaba a toda Trinidad corriendo como locos a

Fuente Grove para llevarse un ejemplar, y Ganesh dijo que no le parecía una idea

descabellada. Tan animados estaban que fijaron el precio del libro en cuarenta y ocho

centavos, no en treinta y seis como habían pensado al principio.

-Trescientos dólares de beneficio -dijo Beharry.

-No pronuncies esa palabra -replicó Ganesh, pensando en Ramlogan.

Beharry sacó un grueso libro de contabilidad de un estante bajo el mostrador.

-Te va a hacer falta esto. La mooma de Suruj me obligó a comprarlo hace unos años,

pero yo sólo tengo usada la primera página. Con esto puedes saber lo que compras y lo que

vendes.

Al poco tiempo apareció en The Trinidad Sentinel un anuncio de ocho centímetros

sobre el libro, con un cupón para rellenar, lleno de líneas de puntos, porque Ganesh se

empeñó en ello. The Sentinel dedicó al librillo una recensión de ocho centímetros.

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Ganesh y Beharry avisaron y sobornaron a los de Correos, y se quedaron a la espera de

la oleada de peticiones.

Al cabo de una semana, sólo habían enviado un cupón relleno. Pero el remitente

adjuntaba una carta en la que solicitaba un ejemplar gratis.

-Tira eso -dijo Beharry.

-Así es Trinidad -dijo Ganesh.

Las librerías e incluso las tiendas normales se negaron a distribuir el libro. Algunas

pidieron una comisión de hasta el quince por ciento por cada ejemplar, y Ganesh no

accedió a semejante cosa.

-Es en lo único que piensan: el dinero, el dinero -le dijo a Beharry con amargura.

Unos cuantos vendedores ambulantes de San Fernando aceptaron los libros y Ganesh

hizo muchos viajes hasta allí para ver cómo iban las ventas. No iban demasiado bien, y se

dio grandes paseos por San Fernando con el libro en el bolsillo de la camisa para que todo

el mundo viera el título, y siempre que iba a un café o en autobús lo sacaba y lo leía,

absorto, moviendo la cabeza y frotándose la barbilla cuando se topaba con una pregunta y

una respuesta que le complacían especialmente.

No sirvió de nada.

Léela estaba tan apenada como él. "No te preocupes, hombre", decía. "Ten en cuenta

que Trinidad está llena de gente como Soomintra."

Un día, la Gran Eructadora fue a Fuente Grove con un chico alto y delgado. El chico

llevaba un traje de tres piezas y sombrero y se quedó en el patio a la sombra del mango

mientras la Gran Eructadora se explicaba.

-Me he enterado de lo del libro -dijo efusivamente-, y me he traído a Bissoon. Tiene

mano para vender.

-Sólo cosas impresas -dijo Bissoon, subiendo la escalera hasta la galería.

Ganesh vio que Bissoon no era un chico, sino un hombre de edad, y también que,

aunque llevaba un traje de tres piezas, sombrero, cuello duro y corbata, no llevaba zapatos.

-Es que no me dejan andar -dijo.

Bissoon aclaró enseguida que, aunque se había tomado muchas molestias para ir a

Fuente Grove, él no suplicaba. Cuando entró en el cuarto de estar no se quitó el sombrero,

y de vez en cuando se levantaba de la silla y escupía por la ventana abierta, dibujando un

arco bien definido. Puso las piernas encima de un brazo de la silla, y Ganesh le observó

mientras jugueteaba con los dedos de los pies, desprendiendo polvillo sobre el suelo.

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La Gran Eructadora y Ganesh miraron a Bissoon, muy respetuosos por su mano para

vender.

Bissoon se limpió los dientes con la lengua, ruidosamente.

-A ver, el libro. -Chasqueó los dedos-. El libro, hombre. Ganesh dijo:

-El libro, sí.

Y le gritó a Léela que trajera el libro del dormitorio, donde guardaban todos los

ejemplares por razones de seguridad.

-¿Qué haces tú aquí, Bissoon?

Bissoon perdió el aplomo unos momentos al volverse y ver a Léela.

-Ah, eres tú, Léela. La hija de Ramlogan. ¿Cómo está tu padre, chica?

-Bien haces en preguntar. A papá no se le quitas de la cabeza, por lo de todos esos

libros que le vendiste, que él no quería comprar.

Bissoon volvió a tranquilizarse.

-Ah, sí, unos libros americanos. Muy bonitos. Muy buenos. El arte de vender. Los libros

más rápidos de vender que he tenido entre manos. Por eso se los vendí a tu padre. Y se

llevó el último lote. Tiene suerte, ese Ramlogan.

-Yo no sé nada de eso, pero desde luego que tú no vas a tener tanta suerte si vuelves a

Fourways.

-Léela, Bissoon ha venido para vender mi libro -dijo Ganesh. La Gran Eructadora

eructó y Bissoon dijo:

-Sí. Vamos a ver el libro. Cuando estás en el negocio de los libros el tiempo no espera,

¿sabes?

Léela le dio el libro, se encogió de hombros y se marchó.

-Es imbécil, ese Ramlogan -dijo Bissoon.

-Es más mujer que hombre -añadió la Gran Eructadora.

-Un materialista -dijo Ganesh.

Bissoon volvió a limpiarse los dientes con la lengua.

-¿Tenéis agua en esta casa? Hace calor y tengo sed.

-Sí, sí, claro que tenemos agua, Bissoon -dijo Ganesh con vehemencia; se levantó y le

gritó a Léela que llevara agua. Bissoon gritó:

-¡Ah, oye, hija de Ramlogan! ¡No me vayas a traer agua con mosquitos!

-Aquí no hay mosquitos -dijo Ganesh-. Es el sitio más seco de Trinidad.

Léela llevó el agua y Bissoon dejó el libro para coger el jarro de latón. Ganesh y la Gran

Eructadora lo miraban fijamente. Bissoon bebió el agua a la manera ortodoxa hindú, sin

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tocar el jarro con los labios, vertiendo el líquido en la boca, y a pesar de ser un hindú

benévolo, a Ganesh le molestó la acusación implícita de que sus jarros estaban sucios.

Bissoon bebió lentamente, y Ganesh le observó mientras bebía. Después, Bissoon dejó con

delicadeza el jarro en el suelo y soltó un regüeldo.

Sacó un pañuelo de seda de un bolsillo de la chaqueta, se limpió las manos y la boca y

se sacudió la chaqueta. Después volvió a coger el libro.

-Pre-gun-ta nú-me-ro u-no. ¿Qué es el hin-du-is-mo? Respuesta: El hin-du-is-mo es la

re-li-gión de los hin-dú-es. Pregunta número dos: ¿Por qué soy hin-dú? Respuesta: Por-

que mis pa-dres y mis a-bue-los eran hin-dú-es. Pre-gun-ta nú-me-ro tres...

-¡No lo leas así! -exclamó Ganesh-. Separas las palabras y las frases y suena todo fatal.

Bissoon se frotó con decisión los dedos de los pies, se levantó, se sacudió la chaqueta y

los pantalones y se dirigió a la puerta.

La Gran Eructadora se puso de pie precipitadamente, eructando, y detuvo a Bissoon.

-Dios, otra vez estos gases. Bissoon, no te vayas. Queremos que vendas el libro para

una buena causa.

Le cogió por el brazo y él se dejó llevar hasta la silla.

-Es un libro santo, hombre -se excusó Ganesh.

-Una especie de catecismo.

-Eso es.

Ganesh sonrió, apaciguador.

-Difíciles de vender, los catecismos.

-¡Quia!

La Gran Eructadora mezcló un eructo con una palabra.

-Mirar, yo tengo experiencia en este negocio. -Los pies de Bissoon volvían a colgar del

brazo de la silla, y los dedos a juguetear-. Elevo toda la vida, desde que dejé la cuadrilla de

segadores, en el negocio del libro. Con sólo ver un libro, sé lo fácil o difícil que es venderlo.

Es que empecé de pequeño. Con programas de teatro. Tenía que repartirlos. Repartí más

que nadie en toda Trinidad. Después me fui a San Fernando, a vender calendarios, y

luego...

-Estos libros son otra cosa -dijo Ganesh.

Bissoon recogió el libro del suelo y lo ojeó.

-Tienes razón. He estado con la poesía (no te puedes imaginar la cantidad de gente que

escribe poesía en Trinidad) y también con ensayos y cosas, pero nunca con catecismos.

Pero la experiencia la tengo. Me das nueve centavos de comisión. Ten en cuenta que si hay

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cosas impresas en Trinidad, Bissoon las vende. Me das treinta catecismos de esos tuyos

para empezar. Pero mira lo que te digo, que no sé si se van a vender.

Cuando se hubo marchado Bissoon, la Gran Eructadora dijo:

-Tiene mano. Te venderá los libros. E incluso Leela estaba animada.

-Es una señal. La primera señal que me creo. Fue Bissoon quien le vendió esos libros a

mi padre, y con ellos se te metió la idea de escribir en la cabeza. Y encima, es Bissoon quien

te los va vender. Es una señal.

-Más que una señal -dijo Ganesh-. Cualquiera que pueda vender un libro a tu padre

podría vender una nevera en Alaska. Pero, en el fondo, él también creía que era buena

señal.

Beharry y la mooma de Suruj no podían ocultar su decepción ante la mala acogida del

libro.

-Tú no te preocupes por ellos -dijo la mooma de Suruj-. Es que en Trinidad no veas la

envidia que tienen. Yo sigo pensando que es un buen libro. Suruj ya se sabe de memoria

varias preguntas y respuestas.

-La mooma de Suruj tiene mucha razón -dijo Beharry, pensativo-. Pero lo que me

parece a mí es que Trinidad no está preparada para esta clase de libro. No tienen suficiente

cultura.

-¡Aja! -Y Ganesh soltó una seca risotada-. Lo que quieren es un libro que parezca

gordo. Si parece gordo, piensan que es bueno.

-A lo mejor quieren algo más que un folleto -aventuró Beharry.

-Oye, mira -dijo Ganesh con brusquedad-. Es un libro, y bien bueno, a ver si te enteras.

Envalentonado, Beharry se mordisqueó los labios con fuerza.

-Me parece que no has profundizado lo suficiente.

-¿Crees que les debería meter otro en la cabeza?

-Una segunda parte -dijo Beharry. Ganesh guardó silencio durante un rato.

-Más preguntas y respuestas sobre la religión hindú -dijo, soñando en voz alta.

-Más preguntas y respuestas. Segunda parte de 101 preguntas y respuestas.

-Oye, Beharry, suena muy bien.

-Pues venga, a escribirlo. A escribirlo.

Antes de que Ganesh empezara siquiera a pensar seriamente en el segundo libro,

Bissoon volvió con malas noticias. Las dio con respeto y simpatía. Se quitó el sombrero al

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entrar en la casa, no puso los pies encima del brazo de la silla y cuando quiso pedir agua

dijo:

-¡Tonnerre! Qué calor que hace hoy. ¿Puedes traerme un poquito de agua? -Después de

haber bebido añadió-: Yo no soy como otros que van por ahí presumiendo. Quia. Yo no soy

así. Ya sé que te lo había dicho, pero para qué decirlo otra vez. No es culpa tuya no saber de

esto. No tienes experiencia en el negocio, y ya está.

-¿No has vendido nada?

-Diez, y a los que se lo he vendido van a hacer lo que el padre de tu mujer cuando se

enteren. Se los tuve que vender como una especie de amuleto. Y menudo trabajo.

-Pues entonces, los noventa centavos de comisión.

-Deja. Te lo guardas para el siguiente. Todo lo que sean cosas impresas, si se pueden

vender, Bissoon lo vende.

-No lo entiendo, Bissoon.

-Pues es fácil. Verás. Es la clase de libro que no puedes ni regalar porque la gente se

piensa que es como una señal de magia que les quieres hacer. Pero tú no lo dejes.

-¡Pues maldita señal!

Bissoon alzó la vista, perplejo.

A pesar de todo, Ganesh pensaba que aún se podía hacer algo con el libro. Envió

ejemplares firmados a todos los jefes de gobierno que se le ocurrió, y cuando Beharry se

enteró de que los enviaba gratis, se enfadó.

-Yo soy un hombre independiente -dijo-. No me va eso de amigarse con ciertas

personas. Si el rey quiere leer el libro, pues que se lo compre.

Eso no impidió a Ganesh enviar un ejemplar a Mahatma Gandhi, y sin duda se debió al

estallido de la guerra que no recibiera respuesta.

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7 El sanador mistico

Muchos años después, Ganesh escribía en Los años de culpa: "Todo ocurre para bien.

Si, por ejemplo, mi primer libro hubiera tenido éxito, es probable que ahora fuera un

simple teólogo, que escribiera interminables comentarios a las escrituras hindúes. Por el

contrario, encontré mi verdadero camino."

En realidad, cuando acabó la guerra, su camino no estaba demasiado claro.

-Es tremendo -le dijo a Beharry-. Tengo la sensación de que estoy destinado para algo

grande, pero no sé qué.

-Por eso vas a hacer algo grande. Yo sigo creyendo en ti, y también la mooma de Suruj

cree en ti.

Seguían con interés las noticias sobre la guerra y hablaban sobre ellas todos los

domingos. Beharry se hizo con un mapa de guerra de Europa y le puso chinchetas. No

paraba de hablar sobre estrategia y táctica, y de eso sacó Ganesh la idea de publicar análisis

mensuales sobre la marcha de la guerra, "como una especie de libro de historia para más

adelante". La idea le animó, persistió una temporada y al final la dejó en el olvido.

-A ver si viene Hitler y se pone a bombardear Trinidad -dijo Ganesh un domingo.

Beharry se mordisqueó los labios, deseoso de discutir.

-Pero hombre, ¿por qué?

-A ver si lo bombardea todo. Entonces, ningún problema con lo de ser sanador ni

escritor ni nada de nada.

-No te das cuenta de que somos un puntito en algunos mapas. Si quieres que te diga la

verdad, para mí que Hitler ni siquiera sabe que hay un sitio que se llama Trinidad y que

aquí vive gente como tú y como yo y como la mooma de Suruj.

-¡Quia! -insistió Ganesh-. Aquí hay petróleo y los alemanes andan como locos por el

petróleo. Como no tengamos cuidado, Hitler se nos presenta aquí.

-Que no se entere la mooma de Suruj. Su primo se ha metido en lo de los voluntarios.

El dentista ese que te dije. Como no se gana nada con lo de dentista, pues se ha apuntado.

A la mooma de Suruj le ha dicho que es un buen trabajo, y fácil.

-El primo de la mooma de Suruj tiene buen ojo para esas cosas.

-Pero, ¿y si los alemanes se presentan aquí mañana?

-Pues lo único que puedo decirte es que el primo de la mooma de Suruj iba a batir el

récord mundial de carreras.

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-No, hombre, no. Si llegan los alemanes, a ver, ¿qué pasa con la moneda? ¿Y con mi

tienda? ¿Y con el juzgado? Eso es lo que me tiene preocupado a mí.

Y así, discutiendo sobre las consecuencias de la guerra, empezaron a hablar de la

guerra en términos generales. Beharry no paraba de soltar citas del Gita, y Ganesh volvió a

leer, con actitud más crítica, el diálogo entre Arjuna y Krisna en el campo de batalla.

Las lecturas de Ganesh tomaron otros derroteros. Se olvidó de la guerra; se hizo un

gran indólogo y se compró todos los libros de filosofía hindú que encontró en San

Fernando. Se los leyó, los subrayó, y los domingos por la tarde se dedicó a tomar notas. Al

mismo tiempo, le empezó a tomar el gusto a la psicología aplicada y leyó muchos libros

sobre "El arte del éxito". Pero lo que realmente le gustaba era la India. Ya por costumbre,

lo primero que miraba en un libro era el índice, para ver si había referencias a la India o al

hinduismo. Si eran elogiosas, compraba el libro. Al cabo de poco tiempo tenía una

colección bastante curiosa.

-Oye, Ganesh, te estás comprando un montón de libros -le dijo Beharry.

-Mira lo que estaba yo pensando. Suponte que no me conoces y que de repente vas por

Fuente Grove con tu Lincoln Zephyr. ¿Pensarías que tengo tantísimos libros en mi casa?

-Hombre, pues no -contestó Beharry. El orgullo que sentía Léela por los libros de

Ganesh se equilibraba con su preocupación por el dinero.

-Oye, me parece muy bien todos esos libros que compras, pero a ver cómo se pagan. A

ver si empiezas a pensar en ganar algo.

-Mira, chica. Bastantes preocupaciones tengo para que encima me vengas a calentar la

cabeza, ¿vale?

Después ocurrieron dos cosas, casi al mismo tiempo, y la suerte de Ganesh cambió para

siempre.

Siempre de acá para allá, la Gran Eructadora fue a verlos un día.

-Qué disgusto, Ganesh -dijo-. Pero qué disgusto tan grande. Hoy en día no te puedes

fiar de nadie.

Ganesh respetaba el sentido de lo dramático de su tía.

-Bueno, ¿qué ha pasado?

-Rey Jorge me ha jugado una mala pasada. -Ganesh mostró interés. La mujer hizo una

pausa para eructar y pedir agua. Léela se la llevó, y bebió-. Pero que muy mala pasada.

-¿Qué ha hecho?

La mujer volvió a eructar.

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-Ya verás. -Se frotó los pechos-. ¡Dios mío, qué gases! Rey Jorge me ha dejado. Se ha

liado con un hombre casado, cerca de Arouca. ¡Qué disgusto, Ganesh!

-¡Dios, Dios! -exclamó Ganesh, comprensivo-. Menudo disgusto. Pero no te preocupes.

Ya encontrarás a alguien.

-No era nadie cuando yo la recogí. Toda la ropa que tenía la llevaba encima. Le compré

ropa. La llevé por ahí, para presentarle gente. Le hice unas joyas bien bonitas con mi oro.

-Es como lo que hice yo con este marido que Dios me ha dado -dijo Léela.

La Gran Eructadora se olvidó de sus penas inmediatamente.

-Léela, a ver si te he entendido bien. ¿Es esa forma de hablar de tu marido, chica?

Movió la cabeza lentamente y apoyó la mandíbula en la palma de la mano derecha

como si le dolieran las muelas.

-Lo de Rey Jorge me asombra -dijo Ganesh, tratando de apaciguarlas.

Léela se puso chillona.

-¡Eh, un momento! ¿De modo que tengo un marido que ha perdido todo el sentido de

los valores, que está arrastrando mi nombre por el barro y encima quieres que no me

queje?

Ganesh se interpuso entre las dos mujeres, pero la Gran Eructadora le empujó.

-No, chico, me dejes. Quiero oír esto hasta el final. -Parecía más herida que enfadada-.

Pero, Léela, ¿quién eres tú para preguntarle a tu marido qué hace o deja de hacer? ¡Aja!

¿Esto es lo que llaman e-du-ca-ción?

-¿Qué tiene de malo la educación? Me han educado, sí, pero no veo por qué todo el

mundo se cree que puede insultarme como les venga en gana.

Ganesh se rió sin alegría.

-Léela es buena chica. No tiene mala intención, de verdad. La Gran Eructadora se

volvió contra él bruscamente.

-Tiene más razón que un santo la chica. En Trinidad, todo el mundo tiene la idea de

que te pasas el día tumbado a la bartola, rascándote los pies. Y rascarse no es como cavar,

¿sabes? No da de comer.

-Oye, yo no me paso el día rascándome los pies. Estoy leyendo y escribiendo.

--Eso dices tú. Yo he venido a contarte lo de Rey Jorge, porque te ayudó mucho con lo

de tu boda, pero de verdad te lo digo, chico, que me tienes preocupada. ¿Qué piensas hacer

con el futuro?

Léela dijo entre sollozos:

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-No dejo de decirle que podía ser pandit. Sabe mucho más que la mayoría de los

pandits de Trinidad. La Gran Eructadora eructó.

-Es precisamente lo que venía yo a decirle. Pero Ganesh tiene que ser mucho más que

un simple pandit. Si es hindú, ya debería haberse dado cuenta de que tiene que utilizar sus

conocimientos para ayudar a otras personas.

-¿Y qué te crees que hago? -preguntó Ganesh malhumorado-. Pues sentarme a escribir

un libro bien gordo. No lo hago por mí, ¿sabes?

-No te pongas así, hombre -le rogó Léela-. Escúchala. La Gran Eructadora añadió,

imperturbable:

-Te llevo yo tiempo observando, Ganesh, y desde luego que tienes el poder.

Ganesh se había acostumbrado a que la Gran Eructadora proclamase tales cosas.

-¿Qué poder?

-Curar a la gente. Curar la mente, curar el alma... ¡Bah! Me estás liando, y sabes muy

bien a qué me refiero. Ganesh replicó con acritud:

-¿Quieres que me ponga a curar a la gente cuando ves que no puedo ni curar una uña

del pie? Mimosa, Léela dijo:

-Lo menos que podrías hacer por mí es intentarlo.

-Mira, Ganesh, tiene razón. Es ese poder que no conoces hasta que empiezas a usarlo.

-Bueno, pues vale. Resulta que tengo este gran poder. ¿Cómo empiezo a usarlo? ¿Qué

le digo a la gente? "Hoy tienes el alma un poco baja. Venga, te tomes esta oración tres veces

al día antes de las comidas."

La Gran Eructadora batió palmas.

-Precisamente. Es justo lo que quería decir.

-¿Lo ves? ¿Qué te había dicho yo? Que le hicieras un poquito de caso.

La Gran Eructadora añadió:

-Es lo que hacía tu tío, el pobre, hasta que se murió. -A Léela se le entristeció la cara

otra vez al oír hablar del difunto, pero la Gran Eructadora se negó a llorar, desdeñándola-.

Ganesh, tienes el poder. Lo veo en tus manos, en tus ojos, en la forma de tu cabeza. Eres

igualito que tu tío, que Dios lo tenga en su gloria. Si siguiera vivo, sería un gran hombre.

A Ganesh le picó la curiosidad.

-Pero, a ver, ¿qué hago para empezar?

-Te voy a mandar todos los libros de tu tío. Tienen todas las plegarias y de todo, y

muchas cosas más. Lo importante no son las plegarias, sino lo demás. Ay, Ganesh, hijo,

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qué contenta estoy. -Aliviada, se echó a llorar-. Tengo estos libros como una carga, y

llevaba tiempo buscando a la persona adecuada para dárselos. Eres tú.

Ganesh sonrió.

-¿Y eso cómo lo sabes?

-Si no, ¿por qué crees que Dios te hace llevar la vida que llevas? Si no, ¿por qué te crees

que llevas todos estos años sin hacer nada más que leer y escribir?

-Tienes razón -replicó Ganesh-. Siempre he pensado que tenía algo importante que

hacer.

A continuación, los tres lloraron un ratito. Léela preparó la comida, comieron, y la

Gran Eructadora volvió con sus penas. Mientras se preparaba para marcharse se puso a

eructar y a frotarse los pechos, gimiendo:

-¡Pero qué disgusto, Ganesh! Rey Jorge me ha jugado una mala pasada. ¡Ay, Ganesh,

qué disgusto!

Y se marchó, quejándose.

Dos semanas más tarde apareció con un paquete envuelto en algodón rojo salpicado de

pasta de sándalo y se lo entregó a Ganesh con el debido ceremonial. Cuando Ganesh

deshizo el paquete vio libros de diversos tamaños y diversos tipos. Todos eran

manuscritos: unos en sánscrito, otros en hindi; unos en papel, otros en tiras de hojas de

palmera. Las tiras de palmera parecían abanicos plegados.

Ganesh le advirtió a Léela:

-Ni se te ocurra tocar estos libros, chica. Si no, no sé qué te puede pasar.

Léela lo entendió y abrió los ojos de par en par.

Y más o menos al mismo tiempo, Ganesh descubrió a los hindúes de Hollywood. Los

hindúes de Hollywood viven en Hollywood o en los alrededores. Son hombres santos,

cultos, que dan frecuentes partes sobre el estado de su alma, cuyas complejidades y

variaciones son infinitas y siempre dignas de mención. Ganesh se sentía un poco molesto.

-¿Tú crees que yo podría hacer esto en Trinidad y no pasarme nada? -le preguntó a

Beharry.

-Hombre, supongo que si realmente sabes hacerlo... Lo que tú les tienes es envidia.

-Oye, si me pongo a ello, puedo escribir un libro así todos los días.

-Ganesh, ya eres un hombre hecho y derecho. Ha llegado el momento de olvidarte de

los demás y pensar en ti mismo.

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De modo que intentó olvidarse de los hindúes de Hollywood y se dispuso a

"prepararse", como él decía. Pronto se puso de manifiesto que el proceso le llevaría tiempo.

Léela empezó a quejarse otra vez.

-Mira, quien te vea no diría que hay guerra y que todo el mundo está sacando dinero.

Han venido los americanos a Trinidad, y regalan el trabajo, con unos sueldos bien buenos.

-Estoy en contra de la guerra -replicó Ganesh.

Fue durante aquella época de preparación cuando mi madre me llevó a ver a Ganesh.

Nunca supe cómo se había enterado de su existencia, pero mi madre era muy sociable y me

imagino que habría conocido a la Gran Eructadora en una boda o un funeral. Y, como decía

al principio, si hubiera sido más despierto, habría prestado más atención a las frases que

Ganesh murmuraba en hindi mientras me aporreaba la pierna.

Al pensar en aquella visita que le hice a Ganesh cuando era un muchacho, lo único que

me choca ahora es mi egoísmo. Nunca se me pasó por la cabeza que las personas que veía a

mi alrededor tuvieran su propia vida, muy importante; que, por ejemplo, yo le resultara

tan poco importante a Ganesh como me resultaba a mí curioso, y desconcertante. Pero

cuando Ganesh publicó su autobiografía, Los años de culpa, la leí casi con la esperanza de

encontrar algunas referencias a mi persona. Por supuesto, no había ninguna.

Ganesh dedica su buena tercera parte del libro a la época, relativamente corta, de su

preparación, y quizá sea eso lo más valioso del texto. Un crítico anónimo de Letras, de

Nicaragua, escribió lo siguiente: "Este capítulo no contiene mucho de lo que popularmente

se considera autobiografía. Por el contrario, nos encontramos con una especie de relato de

misterio espiritual, con una técnica que no hubiera deshonrado al creador de Sherlock

Holmes. Se constatan todos los hechos, se despliegan con todo lujo de detalles las claves

espirituales, pero el lector se mantiene en suspenso sobre el resultado hasta la última

revelación, cuando salta a la vista que no podría ser otro que el que es."

Sin duda, Ganesh se inspiró en los hindúes de Hollywood, pero lo que dice no les debe

nada a ellos. Cuando lo dijo Ganesh era algo bastante nuevo, pero el sendero que siguió ya

está demasiado trillado a estas alturas, y no tiene mucho sentido revisarlo aquí.

La Gran Eructadora volvió. Parecía haberse recobrado de la deserción de Rey Jorge, y

nada más ver a Ganesh le dijo:

-Quiero hablar contigo a solas, a ver cómo vas con los libros de tu tío. -Tras el examen

dijo que se sentía satisfecha-. Sólo hay una cosa que siempre debes recordar. Es algo que

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decía tu tío. Si quieres curar a la gente, tienes que creerlos, y ellos tienen que saber que les

crees. Pero lo primero, la gente tiene que saber quién eres.

-¿Cómo? ¿Con una furgoneta con altavoces en San Fernando y Princes Town? -sugirió

Ganesh.

-Quia, hombre, vaya a ser que lo confundan con las elecciones municipales. ¿Por qué

no imprimes unas octavillas y que te las reparta Bissoon? Tiene mucha experiencia y no se

las daría a cualquiera.

Leela dijo:

-No pienso dejar que ese hombre toque nada en esta casa. Es una ruina.

-Curioso -dijo Ganesh-. La última vez era una señal. Ahora es una ruina. No le hagas

caso a Léela. Voy a ir a ver a Basdeo, a que imprima unas octavillas, y Bissoon las repartirá.

Basdeo estaba un poco más rollizo cuando Ganesh fue a verle por lo de los catálogos -

así los llamaba, por consejo de Beharry-, y lo primero que le dijo a Ganesh fue lo siguiente:

-¿Todavía quieres guardar el molde de tu primer libro? Ganesh no contestó.

-Tengo una sensación rara contigo -dijo Basdeo, rascándose debajo del cuello de la

camisa-. Algo me dice que no lo debo desarmar, y ahí lo tengo. Sí. Contigo tengo una

sensación rara. -Ganesh siguió sin decir palabra, y Basdeo se animó más-. Una noticia. Ya

sabes cuántas invitaciones de boda imprimo y a mí nadie me invita a una boda. Y mira que

yo hablo por los codos. Así que he pensado que me voy a invitar a una boda, o sea que me

caso.

Ganesh le dio la enhorabuena y a continuación le explicó fríamente lo que deseaba para

su catálogo ilustrado -la ilustración era su fotografía-, y cuando Basdeo leyó el original,

donde se describían las aptitudes espirituales de Ganesh, movió la cabeza y dijo:

-Pero vamos a ver, ¿me puedes decir por qué está tan loca la gente en un sitio tan

pequeño como Trinidad?

Y después de aquello, Bissoon se negó a hacerse cargo de los catálogos y soltó un largo

discurso al respecto.

-No me puedo hacer cargo de ese tipo de cosas impresas. Yo soy vendedor, no

repartidor. Y mira lo que te digo. Yo empecé de muy pequeño en este negocio, repartiendo

programas de teatro. Después me fui a San Fernando, a vender calendarios. No es que

tenga yo nada ni contra ti ni contra tu mujer, pero es que tengo que cuidar mi reputación.

En esto del negocio del libro hay que andarse con cuidado.

Léela se disgustó más que Ganesh.

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-¿Ves lo que te digo? Ese hombre es una ruina. Menuda charla nos ha dado. Eso es lo

que pasa con los indios de Trinidad: que enseguida se les sube a la cabeza.

La Gran Eructadora se lo tomó por el lado bueno.

-Bissoon no es lo que era. Ya no tiene tan buena mano, desde que se marchó su mujer.

Se escapó con Jhagru, el barbero de Siparia, hace unos cinco o seis meses. ¡Y Jhagru es un

hombre casado, con seis hijos! Bissoon se fue de la boca, diciendo que si iba a matar a

Jhagru y que tal, pero no ha hecho nada. Se ha dado a la bebida, nada más. Ganesh,

además tú eres un hombre moderno, con estudios, y creo que deberías hacer las cosas a la

moderna: poner un anuncio en los periódicos, hijo.

-¿Un cupón para rellenar? -preguntó Ganesh.

-Pues bueno, pero tienes que poner una foto tuya. La misma del libro.

-Lo mismo que digo yo desde el principio -dijo Léela-. Lo mejor es lo de anunciarse en

los periódicos. Así que no hay necesidad de catálogos con eso.

Beharry y Ganesh se aplicaron con el original y al final les salió aquel anuncio, tan

provocador: ¿QUIÉN ES ESE TAL GANESH?, que llegaría a ser famoso. Lo de "ese tal" fue

idea de Beharry.

Y había algo más. A Ganesh no le hacía ninguna gracia que dijeran que era un simple

pandit. Pensaba que era algo más y que tenía derecho a una palabra más importante. Así

que, acordándose de los hindúes de Hollywood, clavó un anuncio en el mango: GANESH,

místico.

-Queda bien -dijo Beharry, mirándolo de cerca y mordisqueándose los labios mientras

se frotaba el vientre bajo la camiseta-. Queda muy bien, pero ¿crees que la gente se va a

creer lo de que eres místico?

-Hombre, el anuncio en los periódicos...

-Eso fue hace dos semanas. A la gente ya se le habrá olvidado. Si quieres que la gente se

fíe de ti, tienes que empezar con una campaña. Sí, para anunciarte.

-O sea, que no se lo van a creer. Pues vale, vamos a ver si se lo creen o no.

Instaló un cobertizo en el patio, lo cubrió con hojas de carat que tuvo que traerse de

Debe y colocó varios expositores, en los que puso unos trescientos ejemplares de sus libros,

incluyendo el de Preguntas y respuestas. Léela retiraba los libros por la mañana y volvía a

colocarlos por la noche.

-¡O sea, que no se lo creen! -decía Ganesh.

Después esperó la llegada de los clientes, como él los llamaba.

La mooma de Suruj le dijo a Léela:

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-Qué lástima te tengo, Léela, hija. Ganesh se ha vuelto loco esta vez.

-Bueno, es que son los libros, y a ver por qué no va la gente a verlos. Los hay que van

por ahí en coches enormes para presumir.

-Pues yo estoy muy contenta de que el poopa de Suruj no lea mucho, y de no haber

pasado del tercer grado. Beharry movió la cabeza.

-Sí. Esto de la educación y la lectura es una cosa muy peligrosa. Es de lo primero que le

dije yo a Ganesh.

Ganesh esperó un mes. No apareció ni un solo cliente.

-Otros veinte dólares que has tirado con eso de los anuncios -se lamentó Léela-. Y lo del

cartel y los libros. Por tu culpa, soy el hazmerreír de Fuente Grove.

-Mira, chica, aquí estamos en el campo, y si la gente no ve las cosas, pues qué le vamos

a hacer. Desde mi punto de vista personal, pienso que hay que poner otro anuncio en los

periódicos. O sea, una campaña como es debido. Léela dijo entre sollozos:

-Que no hombre, que no. ¿Por qué no dejas eso y coges un trabajo? Fíjate, el primo de

la mooma de Suruj, o yo qué sé, Sookram. El chico ha dejado lo de dentista y Sookram lo

de sanador y se ha puesto a trabajar como Dios manda. La mooma de Suruj me ha contado

que se saca más de treinta dólares a la semana con los americanos. Venga, aunque sólo sea

por mí, ¿por qué no te decides a coger un trabajo como Dios manda?

-Es que tú consideras este asunto desde otro punto de vista. Vamos a ver. ¿Tu ciencia

del pensamiento te dice que la guerra va a durar siempre? ¿Qué les pasará a Sookram y los

demás sanadores cuando los americanos se marchen de Trinidad?

Léela siguió sollozando.

Ganesh esbozó una sonrisa forzada y se puso mimoso:

-Venga, Léela, vamos a poner otro anuncio en los periódicos, con mi fotografía y la

tuya. Juntas. Marido y mujer. ¿Quién es el tal Ganesh? ¿Quién es la tal Léela?

Léela dejó de llorar y se le iluminó la cara unos momentos, pero después se echó a

llorar otra vez, muy en serio.

-¡Dios, Dios! Si los hombres hicieran caso a las mujeres, nunca pasaría nada en este

mundo. Tiene razón Beharry. La mujer arrincona al hombre. Pues vale. Me dejas otra vez y

vuelves con tu padre. A ver si te crees que me importa.

Se metió las manos en los bolsillos y se fue a ver a Beharry.

-¿No ha habido suerte? -preguntó Beharry, mordisqueándose los labios.

-Qué manía tienes de preguntar idioteces. Pero no te creas que estoy preocupado. Lo

que tiene que ser, será.

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Beharry se metió una mano debajo de la camiseta. Como bien sabía Ganesh, era la

señal de que iba a dar algún consejo.

-Creo que vas a cometer un error pero que muy grande si no escribes la segunda parte

del libro. En eso es en lo que te equivocas.

-Mira, Beharry. Hace ya un montón de tiempo que me juzgas como un magistrado de

mierda, y me dices en qué me equivoco. Pues ¿sabes una cosa? Que leo un montón de

libros de psicología sobre gente como tú, y que lo que dicen esos libros sobre ti no es

precisamente agradable, te lo aseguro.

-Si yo sólo me preocupo por ti -dijo Beharry, sacando la mano de debajo de la camiseta.

La mooma de Suruj entró en la tienda.

-Ah, Ganesh. ¿Qué tal?

-¿Cómo que qué tal? -espetó Ganesh-. ¿Es que no se ve? Beharry dijo:

-Te tengo que proponer algo.

-Pues vale, te escucho. Pero no me hago responsable de lo que pase después de oírte.

-En realidad, es idea de la mooma de Suruj.

-Ya.

-Sí, Ganesh. El poopa de Suruj y yo hemos pensado mucho en ti últimamente. Creemos

que no debes llevar pantalones y camisa.

--A un místico no le quedan bien -dijo Beharry.

-Tienes que ponerte dhoti y koortah, como es debido. Anoche, sin ir más lejos, lo hablé

con Léela, que vino a comprar aceite. A ella también le parece buena idea.

El enfado de Ganesh empezó a esfumarse.

-Sí, es una idea. ¿Crees que me traerá suerte?

-Eso dice la mooma de Suruj.

A la mañana siguiente, Ganesh se envolvió las piernas en un dhoti y llamó a Léela para

que le ayudara a ponerse el turbante.

-Es bonito -dijo Léela.

-Era de mi padre. Me siento raro con él.

-Algo me dice que te va a traer suerte.

-¿De verdad lo crees? -exclamó Ganesh, y estuvo a punto de besarla.

Ella se apartó.

-Oye, cuidado con lo que haces.

Después Ganesh, una figura vestida de blanco, extraña y chocante, fue a la tienda.

-Pareces un auténtico maharajá -dijo la mooma de Suruj.

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-Sí, te queda muy bien -dijo Beharry-. Me pregunto por qué no hay más indios que

lleven esta ropa. La mooma de Suruj le advirtió:

-No empieces, ¿me oyes? Ya tienes las piernas lo bastante flacas y parecen ridiculas

incluso con pantalones.

-Queda bien, ¿eh? -dijo Ganesh sonriendo. Beharry contestó:

-Nadie diría que fuiste al colegio cristiano de Puerto España. Vamos, si pareces un

brahmán de primera.

-Bueno, tengo un presentimiento. Que mi suerte va a cambiar desde hoy mismo.

Dentro, un niño se puso a llorar.

-Pues mi suerte no cambia -dijo la mooma de Suruj-. Cuando no es el poopa de Suruj,

son los niños. Mira mis manos, Ganesh. ¿Ves lo gastadas que están? Ya no dejan ni huellas.

Suruj entró en la tienda.

-La niña está llorando, mamá.

La mooma de Suruj se marchó y Beharry y Ganesh se enzarzaron en una discusión

sobre la ropa en el transcurso del tiempo. Beharry estaba defendiendo una atrevida

opinión, que la ropa no era necesaria en un sitio tan caluroso como Trinidad, cuando se

interrumpió bruscamente y dijo:

-Escucha eso.

Por encima del susurro del viento entre las cañas de azúcar se oyó el traqueteo de un

automóvil por la carretera llena de baches. Ganesh se puso nervioso.

-Es alguien que viene a verme.

Después se quedó muy tranquilo.

Ante la tienda se detuvo un Chevrolet verde claro de 1935. En el asiento de atrás había

una mujer que intentaba hacerse oír por encima del ruido del motor. Ganesh dijo:

-Ve tú a hablar con ella, Beharry.

El motor se apagó antes de que Beharry bajara la escalera de la tienda. La mujer dijo:

-¿Quién es ese tal Ganesh?

-Ese es el tal Ganesh -contestó Beharry. Y Ganesh estaba de pie, digno y sin sonreír, en

el umbral de la tienda.

La mujer le miró de hito en hito.

-Vengo a verle desde Puerto España. Ganesh se dirigió lentamente hacia el coche.

-Buenos días -dijo, pero en su afán de ser correcto resultó un poco brusco y

desconcertó a la mujer.

-Buenos días. La mujer titubeó al decirlo.

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Hablando con lentitud, porque quería hacerlo debidamente, Ganesh añadió:

-No vivo aquí y no puedo hablar con usted aquí. Vivo más abajo.

-Suba al coche -dijo el taxista.

-Prefiero andar.

Le producía tensión hablar correctamente, y la mujer observó, con evidente

satisfacción, que movía los labios en silencio antes de cada frase, como si musitara una

oración.

La satisfacción de la mujer se tornó en respeto cuando el coche se detuvo a la puerta de

la casa de Ganesh y vio el cartel de GANESH, místico en el mango y la exposición de libros

en el cobertizo.

-¿Lo que vende ahí son libros o qué? -preguntó el taxista.

La mujer le miró de reojo y señaló el cartel con la cabeza. Empezó a decir algo pero, el

taxista, al parecer sin motivo alguno, tocó el claxon y ahogó sus palabras.

Léela salió corriendo, pero Ganesh le indicó con una mirada que no se metiera en

aquello. A la mujer le dijo:

-Entre en el estudio.

La palabra ejerció el efecto deseado.

-Pero primero, quítese los zapatos aquí, en la galería.

El respeto se tornó en temor. Y cuando la mujer entró en el estudio rozando las

cortinas de encaje y vio todos los libros adoptó una expresión de abatimiento.

-Mi único vicio -dijo Ganesh. La mujer se limitó a mirar.

-No fumo. No bebo.

La mujer se sentó torpemente sobre una manta, en el suelo.

-Es una cuestión de vida o muerte, señor, o sea que diga lo que diga, no debe reírse.

Ganesh la miró a la cara.

-Yo jamás me río. Escucho.

-Es por mi hijo. Le sigue una nube. Ganesh no se rió.

-¿Cómo es la nube?

-Negra. Y cada día se acerca más. Ahora incluso habla con él. El día que la nube lo coja,

el chico se muere. Lo he intentado todo. Los médicos de verdad quieren meter al chico en

el manicomio de St Ann's, pero ya sabe usted que en cuanto meten a alguien en el

manicomio se vuelve loco de remate. Así que, ¿qué hago? Le he llevado al sacerdote. Dice

que el chico está poseído, que está pagando por sus pecados. Hace mucho que he visto su

anuncio, pero no sabía qué podía hacer usted.

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97

Mientras hablaba, Ganesh garabateaba en uno de sus cuadernos. Escribió: Chico negro

bajo una nube negra, y dibujó una gran nube negra.

-No debe preocuparse. Muchas personas ven nubes. ¿Desde cuándo ve su hijo la suya?

-Pues, a decir verdad, la fiesta empezó poco después de la muerte de su hermano.

Ganesh añadió esto a lo de la nube negra en el cuaderno y dijo:

-¡Hum! -A continuación entonó un breve cántico en hindi, cerró el cuaderno de golpe y

tiró el lápiz-. Traiga al chico mañana. Y nada de sacerdotes. Dígame una cosa: ¿usted ve la

nube?

La mujer parecía angustiada.

-No. Esa es la historia, que ninguno de nosotros ve la nube. Sólo el chico.

-Bueno, no se preocupe. Lo malo sería que usted realmente viera la nube.

La acompañó hasta el taxi. El taxista estaba durmiendo con The Trinidad Sentinel

sobre la cara. Le despertaron, y Ganesh vio cómo se alejaba el coche.

-Mira, yo lo veía venir -dijo Léela-. Te lo dije, que te iba a cambiar la suerte.

-Chica, todavía no sabemos qué va a pasar. Deja que me lo piense.

Se quedó largo rato en el estudio, consultando los libros de su tío. Empezaban a

formársele lentamente las ideas cuando entró Beharry, hecho una furia.

-¿Cómo puedes ser tan desagradecido, Ganesh?

-¿Pero qué pasa?

Estaba tan enfadado, que Beharry parecía impotente. Se mordisqueó los labios con tal

fuerza que no pudo hablar durante unos minutos. Cuando lo consiguió, dijo

tartamudeando:

-No me digas que no lo sabes. A ver, ¿por qué no has subido a la tienda a contarme lo

que pasaba, eh? Llevas venga y venga de semanas yendo allí, pero hoy se te ha antojado

que deje la tienda, con el pequeño Suruj para encargarse de ella, y te tengo que venir a ver

yo.

-Venga, hombre, si pensaba ir más tarde.

-A ver, dime: ¿qué va a pasar si entra alguien en la tienda y le da una paliza a Suruj y a

la mooma de Suruj y se lo lleva todo?

-Que iba a ir, Beharry. Es que primero estaba pensando un poco.

-Qué va. Estás hecho un presumido, nada más. Ese es el problema con los indios en

todo el mundo.

-Pero es que he empezado con esto nuevo, y es muy importante.

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-¿Estás seguro de que puedes hacerlo? Pero si seré tonto... ¡Encima voy y me preocupo

por tus cosas! ¿Puedes hacerlo?

-Dios me ayudará un poco.

-Vale, vale. Me puedes contar lo que quieras, pero no me vengas a pedir nada, ¿te

enteras?

Y se marchó.

Ganesh se pasó todo el día y la mayor parte de la noche leyendo y pensando, muy

concentrado.

-No sé por qué dedicas tanto tiempo a un niño negro -dijo Léela-. Cualquiera diría que

estás haciendo los deberes del colegio.

Cuando Ganesh vio al chico a la mañana siguiente pensó que nunca había visto a nadie

tan atormentado. Un tormento agudizado por un profundo desamparo. Aunque el chico

estaba delgado y tenía los brazos huesudos y frágiles, era evidente que antes estaba fuerte y

sano. Tenía los ojos como muertos, sin brillo. No reflejaban un miedo pasajero, sino un

miedo constante, tan intenso que ya no le producía ninguna sensación.

Lo primero que le dijo Ganesh al chico fue lo siguiente:

-Mira, hijo, no tienes que preocuparte. Quiero que sepas que puedo ayudarte. ¿Tú crees

que puedo ayudarte?

El chico no hizo nada, pero a Ganesh le dio la impresión de que retrocedía un poco.

-¿Cómo voy a saber que no se está riendo de mí, como en el fondo hace todo el mundo?

-¿Yo me estoy riendo? Yo te creo, pero tú también tienes que creerme.

El chico miró los pies de Ganesh.

-Algo me dice que eres buen hombre, y te creo. Ganesh le pidió a la madre del chico

que saliera de la habitación, y cuando hubo salido, preguntó:

-¿Ahora ves la nube?

El chico miró a Ganesh a la cara por primera vez.

-Sí. -Su voz estaba a medio camino entre el susurro y el grito-. Está aquí mismo, y sus

manos se me acercan, cada vez más grandes.

-¡Dios mío! -gritó Ganesh-. Yo también la veo. ¡Dios mío!

-¿La ve? ¿La ve? -El chico abrazó a Ganesh-. ¿Lo ve, cómo me persigue? ¿Ve esas

manos que tiene? ¿No oye lo que dice?

-Tú y yo es uno -dijo Ganesh, todavía un poco agitado, pero sin preocuparse por la

corrección del idioma-. ¡Dios mío! ¿No oyes los latidos de mi corazón? Sólo tú y yo lo

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vemos porque tú y yo es uno. Pero mira qué te voy a decir. Tú tienes miedo de la nube, pero

la nube tiene miedo de mí. Fíjate, yo llevo años y años dando palizas a nubes como esa. O

sea, que mientras estés conmigo, no te hará daño.

Al chico se le llenaron los ojos de lágrimas y abrazó con más fuerza a Ganesh.

-Sé que es un buen hombre.

-No puede hacerte nada mientras yo esté a tu lado. Verás: tengo poderes sobre estas

cosas. Mira todos esos libros que hay en la habitación, y los escritos de las paredes y todo.

Me ayudan a conseguir el poder que tengo y la nube les tiene miedo. Así que tú no te

asustes. Y ahora, dime cómo pasó.

-Mañana es el día.

-¿Qué día?

-Viene a por mí mañana.

-No digas bobadas. Vale, viene mañana, ¿pero cómo te va a llevar si estás conmigo?

-Lo lleva diciendo un año.

-¿Cómo? ¿Qué llevas un año viéndola?

-Y cada vez es más grande.

-Bueno, vamos a ver. Tenemos que dejar de hablar de ella como si nos diera miedo.

Estas cosas saben cuándo les tienes miedo, ¿sabes?, y entonces se ponen como fieras. ¿Qué

tal vas en el colegio?

-Lo he dejado.

-¿Y tus hermanos y hermanas?

-No tengo hermanas.

-¿Y tus hermanos?

El chico emitió un fuerte grito.

-Mi hermano está muerto. El año pasado. Yo no quería verle muerto. Yo no quería que

Adolphus se muriese.

-Eh, un momento. ¿Quién dice que querías que se muriese?

-Todo el mundo. Pero no es verdad.

-¿Murió el año pasado?

-Mañana hará un año justo.

-Cuenta cómo murió.

-Le dio un golpe un camión. Le aplastó contra una pared y le hizo pedazos. Pero todo el

rato intentó escaparse. Intentó salir y lo único que pudo hacer fue sacar un pie del zapato,

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el izquierdo. El tampoco quería morirse. Y el hielo se derretía al sol y corría por la acera al

lado de la sangre.

-¿Tú lo viste?

-Yo no lo vi, yo tendría que haber ido a por el hielo, no él. Mamá me pidió que fuera a

comprar hielo para el zumo de pomelo y yo se lo pedí a mi hermano, y fue y le pasó eso. El

sacerdote y todo el mundo dice que fue culpa mía y que tengo que pagar por mis pecados.

-¿Pero quién es el imbécil que te dice eso? Bueno, es igual. Ahora no debes hablar de

ello. Pero acuérdate: tú no eres el responsable. No fue culpa tuya. Yo veo más claro que el

agua que tú no querías que tu hermano muriese. Y a esa nube, mañana mismo le

arreglamos las cuentas, cuando se acerque tanto a ti que yo la cogeré, y se va a enterar.

-¿Sabe una cosa, señor Ganesh? Creo que la nube le está cogiendo miedo a usted.

-Mañana la vamos a hacer correr, ya lo verás. ¿Quieres dormir aquí esta noche?

El chico sonrió, un tanto perplejo.

-Vale. Pues te vas a casa. Mañana ajustamos las cuentas a la señora Nube. ¿A qué hora

dices que viene a por ti?

-No se lo he dicho. A las dos.

-A las dos y cinco vas a ser el chico más feliz del mundo. Puedes creerme.

La madre del chico y el taxista estaban sentados en la galería, el taxista en el suelo, con

los pies en los escalones.

-El chico se va a poner bien -dijo Ganesh.

El taxista se levantó, se sacudió los fondillos del pantalón y escupió en el patio: por

poco no le dio a los libros de Ganesh que estaban expuestos. La madre del chico también se

levantó, y rodeó con un brazo los hombros de su hijo. Miró inexpresiva a Ganesh.

Cuando se marcharon, Léela dijo:

-Oye, a ver si puedes ayudar a esa señora. Me da mucha lástima. Ha estado aquí todo el

rato, sin decir ni media palabra, con una carita de tristeza...

-Mira, chica, es el caso más importante que te puedes encontrar en el mundo. Sé que

ese chico se muere mañana a menos que yo haga algo. Es una sensación muy rara, como si

estuvieras viendo una obra de teatro y luego te das cuenta de que están matando de verdad

a la gente en el escenario.

-¿Pues sabes lo que he estado pensando? Que no me cae nada bien el taxista. O sea,

viene aquí, ve todos los libros, y no dice nada. Va y me pide agua y esto y lo otro y ni

siquiera me dice un triste "gracias". Y resulta que está ganando un montón de dinero

trayendo aquí a esa pobre gente.

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-Vamos a ver, ¿por qué tienes que ser como tu padre? ¿Por qué quieres distraerme de

lo que estoy haciendo? ¿Es que prefieres que me ponga de taxista?

-No, si yo sólo estaba pensando.

Una vez que se hubo lavado las manos, después de comer, Ganesh dijo:

-Léela, tráeme la ropa, o sea, la occidental.

-¿Adonde vas?

-Tengo que ver a alguien en lo del petróleo.

-¿Y para qué?

-¡Tonnerre! Anda que no preguntas cosas. Beharry y tú sois igualitos.

Léela no preguntó nada más y obedeció. Ganesh se cambió de ropa: pantalones y

camisa en lugar de dhoti y koortah. Y antes de salir dijo:

-Pues mira, a veces me alegro de haber estudiado.

Volvió horas más tarde, radiante, y se puso de inmediato a recoger el dormitorio. Lo

que decía Léela le daba igual. Colocó la cama en el cuarto de estar, el estudio, y la mesa del

estudio en el dormitorio. Puso la mesa boca abajo y un biombo de tres hojas alrededor de

las patas. Le dijo a Léela que colgara una gruesa cortina en la ventana, y revisó

minuciosamente las paredes de madera para tapar todas las rendijas por las que pudiera

colarse la luz. Colocó de otra forma las estampas y las citas, y le dio lugar de preferencia a

la diosa Lakshmi, por encima de la mesa patas arriba, tapada con el biombo. Debajo de la

diosa colocó una palmatoria.

-Da mucho susto -dijo Léela.

Ganesh recorrió la habitación en penumbra, frotándose las manos y tarareando una

canción de una película hindú.

-No importa si dormimos en el estudio.

Después decidieron qué iban a hacer al día siguiente.

Quemaron alcanfor e incienso durante toda la noche en el dormitorio, y muy de

mañana, Ganesh se levantó para ver cómo olía la habitación.

Léela todavía estaba dormida. Ganesh la sacudió por un hombro.

-Niña, huele bien y todo parece bien. Anda, levántate y ordeña la vaca. La ternera está

mugiendo.

Se bañó mientras Léela ordeñaba la vaca y limpiaba el establo; hizo puja mientras

Léela preparaba el té y roti, y cuando Léela empezó a arreglar la casa, se fue a dar un

paseo. El sol no había empezado a picar; las hojas de las hierbas altas aún estaban

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escarchadas de rocío y los dos o tres hibiscos polvorientos de la aldea tenían flores rosas,

frescas, que se encogerían antes de mediodía.

-Hoy es el gran día -dijo Ganesh en voz alta, y volvió a rezar por el éxito.

Poco después de las doce llegaron el chico, su madre y su padre, en el mismo taxi del

día anterior. Vestido de nuevo con sus prendas hindúes, Ganesh le saludó en hindi, y Léela

tradujo, como habían acordado. Se quitaron los zapatos en la galería y Ganesh los

acompañó hasta el dormitorio en penumbra, con aroma a alcanfor e incienso e iluminado

únicamente por la vela bajo la representación de Lakshmi en el loto. Las demás estampas

apenas se veían en la semioscuridad: un corazón sangrante atravesado por cuchillos,

supuesto retrato de Cristo, dos o tres cruces y otros dibujos de dudoso significado.

Ganesh sentó a sus clientes ante la mesa tapada por el biombo y a continuación se

sentó tras el biombo, de modo que no le vieran. Con el largo y negro pelo suelto, Léela se

sentó delante de la mesa, frente al chico y sus padres. En la oscuridad de la habitación

resultaba difícil ver algo más que las camisas blancas del chico y su padre.

Ganesh empezó a salmodiar en hindi.

Léela le dijo al chico:

-Pregunta si crees en él.

El chico asintió, sin convicción.

Léela le dijo a Ganesh en inglés:

-Me parece que en realidad no cree en ti.

Y a continuación lo repitió en hindi. Le dijo al chico:

-Dice que tienes que creer. Ganesh continuó salmodiando.

-Dice que tienes que creer, aunque sea dos minutos, porque si no crees en él

completamente, él también morirá.

El chico gritó en medio de la oscuridad. La vela se consumía lentamente.

-¡Creo en él! ¡Creo en él! Ganesh siguió salmodiando.

-Creo en él. No quiero que se muera también.

-Dice que sólo será lo suficientemente fuerte para matar la nube si crees en él. Necesita

toda la fuerza que puedes darle. El chico dejó la cabeza colgando.

-No dudo de él. Léela dijo:

-Ha cambiado la nube. Ya no te sigue a ti. Le persigue a él. Si no crees, la nube le

matará, y después te matará a ti, y a mí y a tu madre y a tu padre.

La madre del chico gritó:

-¡Ya estás creyendo, Héctor! ¡Ahora mismo! Léela insistió:

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-Tienes que creer, tienes que creer.

Ganesh dejó de salmodiar de repente y el silencio estremeció la habitación. Se levantó

de detrás del biombo y, otra vez salmodiando, se acercó al chico y le pasó las manos de una

forma curiosa por la cara, la cabeza y el pecho.

Léela repitió:

-Tienes que creer. Estás empezando a creer. Le estás dando tu fuerza. Está tomando tu

fuerza. Estás empezando a creer, está tomando tu fuerza, y la nube está asustada. La nube

sigue avanzando, pero está asustada. Viene, pero está asustada.

Ganesh volvió tras el biombo.

Léela dijo:

-La nube llega. Héctor dijo:

-Sí que creo en él.

-Se acerca. Ya casi está aquí. Todavía no está en la habitación, pero se acerca. No se le

puede resistir. Ganesh salmodiaba con frenesí.

Léela dijo:

-Está empezando la lucha entre ellos. Ya ha empezado. ¡Ay, Dios mío! La nube va a por

él, no a por ti. ¡Dios mío! ¡La nube se está muriendo! -gritó Léela, y al mismo tiempo se oyó

un ruido, como una explosión sofocada, y Héctor exclamó:

-¡Dios mío! Lo veo. Me está dejando. Lo noto: me está dejando.

La madre dijo:

-Ay, Héctor, Héctor. No es una nube. Es el diablo. El padre de Héctor dijo:

-Y yo veo cuarenta diablillos con él.

-¡Ay, Dios mío! -exclamó Héctor-. ¿Veis cómo matan la nube? Mira, mamá, la están

rompiendo. ¿Lo ves?

-Sí, hijo. Lo veo. Está cada vez más fina. Está muerta.

-¿Lo ves, papá?

-Sí, Héctor. Lo veo.

Y madre e hijo se echaron a llorar, aliviados, mientras Ganesh continuaba con la

salmodia y Léela se desplomaba en el suelo. Héctor gritaba:

-¡Mamá, se ha marchado! ¡Se ha marchado!

Ganesh dejó de salmodiar. Se levantó y los llevó a la habitación de fuera. El aire estaba

más fresco y la luz parecía deslumbrante. Era como entrar en un mundo nuevo.

-Señor Ganesh -dijo el padre de Héctor-. No sé qué podemos hacer para agradecérselo.

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-Lo que quieran. Si quieren recompensarme, no diré que no, porque tengo que vivir de

algo. Pero no quiero que se esfuercen. La madre de Héctor dijo:

-Pero ha salvado una vida.

-Es mi deber. Si quieren mandarme algo, pues bien. Pero no vayan por ahí hablando a

la gente de mí. Este trabajo no te permite coger demasiadas cosas. Con un caso como este,

a veces me quedo agotado durante una semana.

-Lo entiendo -dijo la mujer-. Pero no se preocupe. Vamos a mandarle cien dólares en

cuanto lleguemos a casa. Se los merece.

Ganesh los despidió apresuradamente.

Cuando volvió a entrar en la pequeña habitación, la ventana estaba abierta y Léela

descolgaba las cortinas.

-¡Chica, no sabes lo que haces! -gritó-. Estás perdiendo el olfato. Ya vale, ¿me oyes?

Esto es sólo el principio. Fíjate en lo que te digo: dentro de nada, esta casa se va a llenar de

gente de toda Trinidad.

-Retiro todas las cosas malas que he dicho y he pensado de ti. Hoy me has hecho sentir

pero que muy bien. Por mí, Soomintra puede quedarse con su tendero y su dinero. Pero

una cosa: no me vuelvas a pedir que me suelte el pelo ni meterme en este lío.

-No lo vamos a hacer más. Sólo quería asegurarme esta vez. Les sienta bien, eso de

oírme hablar en una lengua que no entienden. Pero la verdad es que no hace falta.

-¿Sabes una cosa? Que yo vi la nube.

-La madre ve un diablo, el padre cuarenta diablillos, el chico una nube, y tú vas y dices

que también has visto la nube. Mira, chica: diga lo que diga la mooma de Suruj sobre lo de

la educación, a veces tiene su utilidad.

-¡Pero bueno! ¡No me digas que ha sido un truco! Ganesh no dijo nada.

No apareció nada en los periódicos sobre este acontecimiento, pero al cabo de dos

semanas toda Trinidad sabía de la existencia de Ganesh y sus poderes. La noticia se

propagó gracias a la rumorología local, el servicio de Negrograma, eficaz y poco menos que

clarividente. A medida que Negrograma divulgaba la noticia, se magnificaban los éxitos de

Ganesh, y sus poderes alcanzaban la categoría de olímpicos.

Se presentó la Gran Eructadora, que había estado en Icacos, en un funeral, y se echó a

llorar en el hombro de Ganesh.

-Al fin has descubierto para qué tienes mano -dijo.

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Léela escribió a Ramlogan y a Soomintra.

Beharry fue a casa de Ganesh a presentar sus respetos y a solucionar lo de la pelea.

Reconoció que ya no procedía que Ganesh fuera a la tienda a charlar.

-La mooma de Suruj estaba convencida desde el principio de que tenías poderes.

-También lo notaba yo. ¿Pero no es curioso que pensara desde hace tiempo que tengo

mano para sanar?

-Pero si tienes más razón que un santo, hombre.

-¿Qué quieres decir?

Beharry se mordisqueó los labios.

-Que eres el sanador místico.

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8 Mas dificultades con ramlogan

Al cabo de un mes, Ganesh no podía atender a más clientes de los que atendía.

No se imaginaba que hubiera tantas personas en Trinidad con problemas espirituales.

Pero lo que le sorprendía aún más era el alcance de sus poderes. Nadie conjuraba mejor

que él a los malos espíritus, ni siquiera en Trinidad, donde había tantos que la gente había

adquirido habilidad para enfrentarse a ellos. Nadie sabía atar mejor una casa, ceñirla, es

decir, con lazos espirituales a prueba del espíritu más osado. Si se topaba con alguno

especialmente rebelde, siempre tenía los libros que le había dado su tía. De modo que no

eran nada para él: ni bolas de fuego, ni soucuyants ni loups-garoux.

Así ganó la mayor parte del dinero. Pero lo que realmente le gustaba era un problema

que requiriese todos sus poderes intelectuales y espirituales. Como la Mujer Que No Podía

Comer. Esa mujer notaba que la comida se le transformaba en agujas en la boca, que le

sangraba. La curó. Y a Amante. Amante era todo un personaje en Trinidad. Le ponían su

nombre a caballos de carreras y pichones, pero a sus amigos y familiares les avergonzaba

que un ciclista de carreras de éxito se enamorase de su bicicleta y le hiciese el amor

abiertamente de una forma muy curiosa. También a él le curó.

Así que el prestigio de Ganesh aumentó de tal modo que quienes iban a verle enfermos

se marchaban sanos. A veces, ni siquiera él sabía por qué.

Tenía el prestigio asegurado por sus conocimientos. Sin ellos, fácilmente le habrían

considerado un taumaturgo más de los muchos que plagaban Trinidad. Casi todos eran

farsantes. Conocían un par de encantamientos ineficaces pero carecían de inteligencia y

simpatía para nada más. Su método para atajar a los espíritus seguía siendo primitivo.

Supuestamente, dar una patada brusca en la espalda a una persona poseída cogía al

espíritu por sorpresa y lo expulsaba. Era por estos ignorantes por lo que la profesión tenía

mala fama. Ganesh la elevó y dejó sin trabajo a los charlatanes. Cualquier hombre obeah

estaba dispuesto a autoproclamarse místico, pero la gente de Trinidad sabía que Ganesh

era el único místico auténtico de la isla.

Nunca se tenía la sensación de que fuera un farsante, ni podían negarse su cultura y sus

conocimientos, con todos aquellos libros que poseía. Y no eran sólo los conocimientos de

los libros. Podía hablar casi de cualquier tema. Por ejemplo, tenía sus opiniones sobre

Hitler y sabía cómo acabar con la guerra en dos semanas. "Hay una manera", decía. "Sólo

una. Y en catorce días, incluso trece, ¡zas!: ¡adiós guerra!" Pero la mantenía en secreto. Y

también podía discutir sobre religión con sensatez. No era intolerante. Le interesaban

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tanto el cristianismo y el islam como el hinduismo. En el santuario, en el antiguo

dormitorio, tenía dibujos de Jesús y María junto a Krisna y Visnú, y una media luna y una

estrella que representaban el islam iconoclasta. "Todos tienen el mismo Dios", decía. Caía

bien a cristianos y musulmanes, y dispuestos como siempre a aventurarse con nuevos

dioses en sus oraciones, a los hindúes no les parecía mal.

Pero más que sus poderes, conocimientos o tolerancia, la gente admiraba su caridad.

No cobraba unos honorarios fijos y aceptaba lo que le dieran. Cuando alguien se lamentaba

de ser pobre y al mismo tiempo de que le perseguía un espíritu del mal, Ganesh se

encargaba del espíritu y renunciaba a sus honorarios. La gente empezó a decir: "No es

como los demás. Esos sólo van a por el dinero, pero Ganesh es un buen hombre."

Sabía escuchar. La gente le abría su alma y él no les hacía sentirse incómodos. Tenía

una forma de hablar flexible. Con las personas sencillas hablaba en dialecto. Con quienes

parecían pomposos, escépticos o decían: "Es la primera vez en mi vida que acudo a alguien

como usted" hablaba con la mayor corrección posible, y su pausada pronunciación daba

peso a sus palabras, y se ganaba su confianza.

De modo que a Fuente Grove llegaban clientes de todos los rincones de Trinidad. Al

poco tuvo que derruir el cobertizo de los libros y levantar una carpa con techo de bambú

para albergarlos. Llevaban sus tristezas a Fuente Grove, pero hacían que el pueblo

pareciera animado. A pesar de la aflicción reflejada en sus rostros y actitudes, llevaban

ropa de colores tan alegres como si fueran a una boda: velos, corpinos, faldas de un rosa,

amarillo, azul o verde chillón.

El servicio de Negrograma sostenía que incluso la mujer del gobernador había ido a ver

a Ganesh. Cuando le preguntaron sobre el particular, se puso serio y cambió de tema.

Los sábados y domingos descansaba. Los sábados y domingos iba a San Fernando y

compraba libros por valor de unos veinte dólares, más de quince centímetros, y los

domingos, por la costumbre, cogía los libros nuevos y subrayaba párrafos al azar, aunque

ya no tenía tiempo para leerlos tan detenidamente como hubiera querido.

También los domingos, Beharry iba a su casa por la mañana, para charlar. Pero había

experimentado un cambio. Parecía sentirse avergonzado ante Ganesh y no tan dispuesto

para la conversación como antes. Se sentaba en la galería y se limitaba a mordisquearse los

labios y a asentir a cuanto Ganesh decía.

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Ahora que Ganesh había dejado de ir a casa de Beharry empezó a hacerlo Léela. Le

había dado por llevar sari y parecía más delgada y frágil. Hablaba con la mooma de Suruj

sobre el trabajo de Ganesh y sobre el cansancio que ella sentía.

En cuanto Léela se marchaba, la mooma de Suruj estallaba.

-¿Pero la has oído, poopa de Suruj? ¿Has visto lo pronto que empiezan a presumir los

indios? Eso, sí, no es él quien me molesta, sino ella. ¿No has oído todo eso que me ha

contado, que si quiere tirar la casa y levantar otra? ¿Y esa bobada del sari? Toda la vida por

ahí con corpiño y falda larga, ¿y ahora le da por el sari?

-Oye, que fue idea tuya que Ganesh se pusiera dhoti y turbante. A ver por qué no va a

llevar Léela sari.

-No tienes vergüenza ninguna, poopa de Suruj. Te tratan como a un perro y encima los

defiendes. Y además, una cosa es el dhoti de él y otra cosa el sari de Léela. ¿Y las demás

tonterías que me ha soltado ahí sentada esa delgaducha? Que si estaba muy cansada y que

si necesitaba vacaciones. ¿Pero es que alguna vez ha tenido vacaciones? ¿Y yo? ¿Y Ganesh?

¿Y tú? ¡Vacaciones! Venga a trabajar como una burra limpiando el establo y haciendo mil

cosas que yo no haría ni loca, y nunca ha abierto la boca para decir que si el cansancio y las

vacaciones. Lo que pasa es que se ve con un poco de dinero en el bolsillo y por eso le da por

las tonterías, ¿entiendes?

-Oye, no está bien hablar así. Cualquiera que te oiga va a pensar que tienes envidia.

-¿Quién, yo? ¿Yo envidia de ella? ¡Lo que tengo que aguantar de vieja! -Beharry desvió

la mirada-. A ver, poopa de Suruj. ¿Por qué voy a tener envidia de una flaca que ni siquiera

puede tener un hijo? A mí no se me ocurre dejar a mi marido ni abandonar mis

obligaciones. No es de mí de quien te tienes que quejar. Son ellos los desagradecidos. -

Guardó silencio y añadió solemnemente-: Recuerdo cómo recogimos a Ganesh y le

ayudamos y le dimos de comer. Hicimos mil cosas por él. -Volvió a guardar silencio, antes

de espetar-: ¿Y qué nos devuelve?

-Oye, no queríamos nada a cambio. Sólo cumplimos con nuestro deber.

-Mira lo que nos devuelve. Cansancio. Vacaciones.

-Sí, vale,

-No me haces caso, poopa de Suruj. Todos los domingos, de buena mañana, saltas de la

cama y te vas corriendo a besarle los pies a ese hombre como si fuera un dios.

-Mira, Ganesh es un gran hombre y yo debo ir a verle. Si me trata mal, es cosa suya, no

mía.

Y cuando Beharry iba a ver a Ganesh, decía:

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-La mooma de Suruj no se encuentra bien esta mañana. Si no, habría venido. Pero

manda recuerdos.

Lo que más satisfizo a Ganesh durante aquellos primeros meses místicos fue el éxito de

sus Preguntas y respuestas.

Fue Basdeo, el impresor, quien descubrió las posibilidades. Fue a Fuente Grove un

domingo por la mañana y se encontró a Ganesh y a Beharry sentados sobre unas mantas en

la galería. Con dhoti y camiseta, Ganesh leía The Sentinel (entonces le llevaban el periódico

a casa todos los días). Beharry tenía la mirada fija y se mordisqueaba los labios.

-Es lo que te dije -dijo Basdeo tras los saludos. Estaba algo más que un poco rechoncho

y cuando se sentó cruzó las piernas con dificultad-. Todavía guardo el molde de tu libro,

pandit. ¿Te acuerdas? Te dije que tenía una sensación especial contigo. Es un libro bueno

de verdad, y en mi opinión, debería tener la oportunidad de leerlo más gente.

-Todavía me quedan más de novecientos ejemplares.

-Pues los vendes a dólar cada uno, pandit. La gente te los va a quitar de las manos, te lo

digo yo. No hay de qué avergonzarse. Cuando los acabes, hago otra edición...

-Edición revisada -intervino Beharry, pero en voz muy baja, y Basdeo no le hizo caso.

-Otra edición, pandit. Cubierta de tela, sobrecubierta, papel más grueso, más

ilustraciones.

-Edición de lujo -dijo Beharry.

-Exacto. Una bonita edición de lujo. ¿Qué te parece, sahib? Ganesh sonrió y dobló The

Sentinel con sumo cuidado.

-¿Cuánto va a sacar de esto la Imprenta Eléctrica Élite?

Basdeo no sonrió.

-Esta es la idea, sahib. Imprimo el libro a mi costa. En una edición de lujo bien grande.

Traemos los libros aquí. Hasta entonces, tú no pagas ni un centavo. Vendes cada libro a

dos dólares. Por cada uno te llevas un dólar. No tienes que mover ni un dedo. Y es un libro

bueno y santo, sahib.

-¿Y los demás vendedores? -preguntó Beharry. Basdeo se volvió hacia él con recelo.

-¿Qué vendedores? Sólo el pandit y yo vamos a ocuparnos de los libros. Sólo Ganesh y

yo, pandit, sahib. Beharry se mordisqueó los labios.

-Es buena idea, y un buen libro.

De modo que 101 preguntas y respuestas sobre la religión hindú fue el primer best

seller de la historia editorial de Trinidad. La gente estaba dispuesta a pagarlo. Los simples

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110

lo compraban como amuleto; los pobres porque era lo mínimo que podían hacer por el

pandit Ganesh, pero a la mayoría les interesaba de verdad. Sólo se vendía en Fuente Grove

y ya no hacía falta la buena mano de Bissoon para las ventas.

Sin embargo, Bissoon fue a pedir unos cuantos ejemplares. Parecía más alto y más

delgado, y a unos ciento cincuenta metros de distancia no se le confundía con un niño.

Había envejecido mucho. Su traje estaba raído y lleno de polvo, la camisa sucia, y no

llevaba corbata.

-La gente ya no me compra nada, sahib. Algo ha pasado. Pienso que con tu catecismo

me volverá la buena mano y la suerte.

Ganesh le explicó que Basdeo era el responsable de la distribución.

-Y no quiere vendedores. Yo no puedo hacer nada, Bissoon. Lo siento.

-Es mi suerte, sahib.

Ganesh levantó un extremo de la manta en la que estaba sentado y sacó unos billetes de

cinco dólares. Contó cuatro y se los ofreció a Bissoon.

Para su sorpresa, Bissoon se puso de pie, como en los viejos tiempos, se sacudió la

chaqueta y se enderezó el sombrero.

-¿Te crees que he venido aquí a pedir limosna, Ganesh? Yo era alguien pero que muy

importante cuando tú todavía llevabas pañales, ¿y ahora me quieres dar limosna?

Y se marchó.

Fue la última vez que Ganesh le vio. Durante mucho tiempo nadie supo qué había sido

de él, ni siquiera la Gran Eructadora, hasta que un domingo por la mañana Beharry dio la

noticia de que la mooma de Suruj creía haberle visto fugazmente con uniforme azul en el

patio del Asilo de los Pobres de Western Main Road, en Puerto España.

Un domingo, Beharry dijo:

-Pandit, creo que debo decirte una cosa, pero no sé por dónde empezar. Debo decírtelo

porque no me gusta oír a la gente ensuciando tu nombre.

-Ah.

-La gente dice cosas malas, pandit.

Leela, alta, delgada, frágil con el sari, salió a la galería.

-Vaya, Beharry. Tienes buen aspecto. ¿Qué tal? ¿Y la mooma de Suruj? ¿Y Suruj y los

niños? ¿Todos bien?

-¡Ah! -exclamó Beharry, como para disculparse-. Bien están. Pero, ¿y tú, Leela?

Últimamente pareces muy enferma.

Page 111: Naipaul, v.s.   el sanador mistico

111

-Qué sé yo, Beharry. Con un pie en la tumba, como se suele decir. No sé qué me pasa,

pero estoy tan cansada... Hay tantas cosas que hacer... Es que tengo que coger vacaciones.

Se desplomó en el otro extremo de la galería y empezó a abanicarse con The Sunday

Sentinel.

Beharry dijo:

-Ay, maharaní -y se volvió hacia Ganesh, que no le hacía el menor caso a Leela-. Pues

sí, pandit. La gente se queja.

Ganesh no dijo nada.

-Hay quien dice incluso que eres un ladrón. Ganesh sonrió.

-No se quejan de ti, pandit. -Beharry se mordisqueó los labios, angustiado-. Es de los

taxistas. Ya sabes lo difícil que es llegar hasta aquí, y los taxistas cobran hasta cinco

chelines.

Ganesh dejó de sonreír.

-¿Y es verdad?

-Es verdad, pandit, que Dios me ayude. Y lo malo es que la gente dice que tú eres el

dueño de los taxis, pandit, y que si no cobras por la ayuda que das a la gente es porque lo

sacas de los taxis.

Léela se levantó.

-Mira, creo que voy a echarme un ratito. Beharry, le des recuerdos míos a la mooma de

Suruj. Ganesh no la miró.

-De acuerdo, maharaní -dijo Beharry-. Y tienes que cuidarte mucho.

-Pero mira, Beharry, aquí vienen muchos taxis.

-Ahí te equivocas, pandit. Sólo son cinco. Siempre los mismos. Y todos cobran el

mismo precio.

-¿Y de quién son esos taxis?

Beharry se mordisqueó los labios y jugueteó con el extremo de la manta.

-Ay, pandit, ahí está lo malo. No me di cuenta yo. Fue la mooma de Suruj. Esta mujer y

los otros, pandit, se dan cuenta de cosas que nosotros no vemos ni con lupa. Son más listos

que el mismo diablo.

Beharry se echó a reír. Ganesh estaba serio. Beharry bajó la vista hacia su manta.

-¿De quién son los taxis?

-Me da vergüenza decírtelo, pandit, pero es tu suegro. Eso dice la mooma de Suruj.

Ramlogan, el de Fourways. Lleva ya sus buenos tres meses mandando esos taxis aquí.

-¡Aja!

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112

Ganesh se levantó bruscamente de la manta y entró en la casa. Beharry le oyó gritar.

-¡Mira, chica, a mí me da igual que estés cansada! Para contar dinero nunca estás

cansada. Lo que quiero son hechos. Tu padre y tú sois buenos comerciantes: comprar,

vender, hacer dinero, dinero.

Beharry le escuchaba, complacido.

-No es idea de tu padre. Es demasiado simplón. Es idea tuya, ¿eh? A tí y a tu padre os

da igual el nombre que yo tengo aquí, con tal de sacar dinero. ¿Pues sabes lo que te digo?

Que es mi dinero. A ver, hace un año, ¿cuántos coches venían a Fuente Grove en un mes?

Uno, dos. ¿Y ahora? Cincuenta, hasta cien. ¿Y por quién? ¿Por tu padre o por mí?

Beharry oyó llorar a Léela. Después un bofetón. El llanto cesó. Oyó los pesados pasos

de Ganesh al volver a la galería.

-Eres un buen amigo, Beharry. Esto lo arreglo yo ahora mismo.

Antes del mediodía, Ganesh había comido, se había vestido -no con ropa occidental,

sino con su habitual atuendo hindú- y se dirigía a Fourways en taxi. Era uno de los de

Ramlogan. El conductor, un hombrecillo gordo que rebotaba alegremente en el asiento,

manejaba el volante casi como si le tuviera cariño. Cuando no le hablaba a Ganesh

entonaba un cántico en hindi, que al parecer sólo tenía tres palabras: Dios sea alabado.

Explicó lo siguiente:

-Mire, pandit. Nos quedamos cinco taxistas en Princes Town o San Fernando, y vamos

y le decimos a la gente que si le van a ver a usted sólo pueden venir en nuestros coches,

porque así lo dice usted. Bueno, eso es lo que dice el señor Ramlogan. Pero a mí me parece

bien, porque nos bendice el taxi. -Volvió a entonar el Dios sea alabado unas cuantas veces-

. ¿Qué le parecen sus estampas, sahib?

-¿Qué estampas?

El taxista volvió a entonar el cántico.

-Lo de la puerta, donde otros taxis llevan la tarifa.

Era una representación enmarcada de la diosa Lakshmí, de pie, como siempre, en un

loto, editada por Gita Press, de Gorakhpur, India. No había tarifa.

-Es una idea estupenda, sahib. El señor Ramlogan dice que es idea de usted, y todos

nosotros, los de los cinco taxis, nos quitamos el sombrero ante usted, sahib. -Se puso serio-

Te sientes bien, sahib, llevando un taxi con una estampa sagrada, sobre todo si la ha

bendecido usted. Y a la gente también le gusta.

-¿Pero qué pasa con los demás taxistas?

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-Ah, sahib. Ahí está lo malo: cómo quitarse de encima a esos hijos de perra. Hay que

tener mucho cuidado con ellos. Mienten más que hablan. Ah, y Sookhoo se encontró uno el

otro día que estaba pegando su estampa sagrada, por su cuenta.

-¿Qué hizo ese Sookhoo?

El taxista se echó a reír y volvió a cantar.

-Sookhoo es listo, sahib. Cogió el coche, le quitó la manivela y le dijo más tranquilo que

todas las cosas que si no dejaba de hacer el idiota usted le iba a echar un hechizo al coche.

Ganesh se aclaró la garganta.

-Así es Sookhoo, sahib. Pero atención al resultado. Ni dos días habían pasado cuando

aquel hombre tiene un accidente. Un accidente pero que muy malo.

El taxista se puso a cantar otra vez.

Ramlogan tuvo abierta la tienda toda la semana. Estaba prohibido por ley vender

comestibles los domingos, pero no existía normativa contra la venta de bollos, gaseosa o

cigarrillos en tales días.

Estaba sentado en el taburete, detrás del mostrador, sin hacer nada, simplemente

mirando la carretera, cuando paró un taxi del que salió Ganesh. Ramlogan tendió los

brazos y se echó a llorar.

-Ah, sahib, sahib. Has perdonado a un pobre viejo. Yo no quería echarte aquel día,

sahib. Desde entonces no paro de pensar y decir: "Ramlogan, ¿qué pasa con tu carácter?

Ay, Ramlogan, ¿qué pasa con tu sentido de los valores?" Día y noche, sahib, no paro de

rezar para que me perdones.

Ganesh se echó el extremo de la chalina verde de borlas sobre un hombro.

-Tienes buen aspecto, Ramlogan. Te estás poniendo gordo. Ramlogan se enjugó las

lágrimas.

-Sólo son gases, sahib. -Se sonó la nariz-. Sólo gases. -Estaba más gordo y canoso, más

grasiento y mugriento-. Anda, sahib, te sientes. Tú por mí no te preocupes. Yo estoy bien.

¿Te acuerdas, sahib, cuando venías siendo un chico a la tienda de Ramlogan y te sentabas

justo ahí y hablabas con el viejo? Qué bien hablabas, sahib. A mí me dejaba pasmado, oír

las ideas que tenías ahí detrás del mostrador. Pero ahora -agitó las manos, señalando la

tienda y volvieron a llenársele los ojos de lágrimas-, todo el mundo me ha dejado. Solo.

Soomintra ni siquiera quiere acercarse a mí.

-No es de Soomintra de lo que he venido a hablar.

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-Ay, sahib. Ya sé que vienes para consolar a un viejo que han dejado solo. Soomintra

dice que soy demasiado anticuado. Y Léela, siempre está contigo. ¿Por qué no te sientas,

sahib? No está sucio. Sólo lo parece.

Ganesh no se sentó.

-Ramlogan, vengo a comprarte los taxis. Ramlogan dejó de llorar y se bajó del taburete.

-¿Los taxis, sahib? ¿Pero qué te importan a ti los taxis? -Se echó a reír-. Un hombre con

estudios como tú...

-Ochocientos dólares cada uno.

-Ah, sahib, ya sé que lo que quieres es ayudarme. Sobre todo ahora que no se saca

dinero con los taxis. No es trabajo para un místico de fama como tú. Sahib, yo compré los

taxis y eso sólo porque cuando te haces viejo y estás solo, tienes que tener algo que hacer.

¿Te acuerdas de esta vitrina, sahib?

La vitrina parecía tan integrada en la tienda que Ganesh no se había dado cuenta. Las

molduras estaban llenas de mugre, el cristal remendado y vuelto a remendar con papel de

estraza y, en una parte, con un trozo de la portada de The lllustrated London News.

Las patitas de la vitrina estaban apoyadas sobre cuatro latas de salmón llenas de agua,

para que no entraran las hormigas. Hacía falta más memoria que imaginación para creer

que la vitrina hubiera estado nueva e impoluta alguna vez.

-Me alegro de haber puesto mi granito de arena para modernizar Fourways, pero nadie

me lo agradece. Nadie, sahib.

Olvidándose momentáneamente de su misión, Ganesh miró el recorte de periódico y el

anuncio de Léela. El recorte tenía un color tan pardo que parecía chamuscado. El anuncio

de Léela se había desteñido y era casi ilegible.

-Así es la vida, sahib. -Ramlogan siguió la mirada de Ganesh-. Pasan los años. Nacen

personas. Se casan. Se mueren. Es bastante para hacer de cualquiera un auténtico filósofo,

sahib.

-La filosofía es mi trabajo. Hoy es domingo... Ramlogan se encogió de hombros.

-A ti no te hacen falta los taxis, sahib.

-Te sorprendería saber cuánto tiempo libre tengo últimamente. ¿Y si llegamos a un

acuerdo ahora mismo, eh? Ramlogan se puso muy triste.

-¿Por qué quieres dejarme en la miseria, sahib? ¿Por qué quieres hacerme desgraciado

a mi edad? ¿Por qué te metes con un pobre viejo inculto que no sabe ni dónde tiene la

mano derecha?

Ganesh frunció el ceño.

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115

-Sahib, no te estaba devolviendo la faena.

-¿Cómo que devolviendo? ¿Qué faena me tenías que devolver? Cualquiera que pase por

la calle en esta tarde calurosa de domingo y te oiga dirá que yo te he hecho una faena.

Ramlogan apoyó las manos en el mostrador.

-Sahib, sabes que me estás enfadando. Yo no soy como otros, ¿sabes? Ya sé que eres

místico, pero no te metas conmigo, porque cuando me enfado, a saber qué soy capaz de

hacer.

Ganesh se quedó esperando.

-De no ser mi yerno, sabes que te echaría de aquí a patadas.

-Ramlogan, ¿no estás un poco harto de hacerte el listo, con lo viejo que eres?

Ramlogan dio un golpazo en el mostrador.

-Cuando me robaste en tu boda, no tuvimos estas tonterías místicas. Mira, te largues de

aquí si no quieres ponerme de mal genio. Y además, es una carretera del Gobierno y todo el

mundo puede llevar un taxi a Fuente Grove. Ganesh, como intentes algo, te saco en los

periódicos, ¿entendido?

-¿Que me sacas en los periódicos?

-Tú me sacaste a mí en los periódicos una vez, ¿no te acuerdas? Pero te aseguro que

para ti no va a ser agradable. ¡Dios mío, lo que te he tenido que aguantar! Y sólo por estar

casado con esa hija mía. Si entraras en razón, podríamos sentarnos tranquilamente, abrir

una lata de salmón y hablar. Pero eres demasiado avaricioso. Quieres ser tú quien roba a la

gente.

-Lo que quiero es hacerte un favor, Ramlogan. Te voy a dar dinero por los taxis. Si

compro otros, ¿crees que vas a encontrar a alguien para conducir los tuyos desde Princes

Town y San Fernando a Fuente Grove? Tú me dirás.

Ramlogan se puso insultante. Ganesh se limitó a sonreír. Después, ya demasiado tarde,

Ramlogan apeló a la bondad de Ganesh. Ganesh se limitó a sonreír.

Ramlogan acabó por vender.

Pero cuando Ganesh estaba a punto de marcharse, estalló.

-¡Muy bien, Ganesh, me dejas en la miseria! Pero que te andes con cuidado. Ya verás si

no te saco en los periódicos y le cuento a todo el mundo quién eres.

Ganesh se montó en su taxi.

-¡Ganesh! -gritó Ramlogan-. ¡Es la guerra!

Ganesh podría haberse hecho cargo de los taxis como parte del servicio al público y no

cobrar nada, pero Léela se opuso y tuvo que ceder. Al fin y al cabo, era idea de Léela.

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Cobraba cuatro chelines por el trayecto desde Princes Town y San Fernando hasta Fuente

Grove, y si bien era un poco más de lo que debería haber sido, se debía al mal estado de las

carreteras. De todos modos, la tarifa era más barata que la de Ramlogan, y los clientes lo

agradecían.

Léela intentó restar importancia a las amenazas de Ramlogan.

-Mira, se está haciendo viejo, y no tiene gran cosa por lo que vivir. No hagas caso de

todo lo que dice. No va en serio.

Pero Ramlogan cumplió su palabra.

Un domingo en que la Gran Eructadora había ido a Fuente Grove, se presentó Beharry

con una revista.

-Pandit, ¿has visto lo que dicen de ti en los periódicos?

Le dio la revista a Ganesh. Era un desastre de publicación llamada The Hindú,

atrozmente impresa en el papel más barato. Los anuncios ocupaban la mayor parte del

espacio, pero había un montón de citas en hindi de las escrituras en los sitios sobrantes,

viejas notas de prensa del Departamento de Información sobre los Recursos de Guerra

británicos, repetidos llamamientos de "Lea The Hindú" y una columna propia, de cotilleo,

titulada Nos lo ha contado un pajarito. Beharry le pidió a Ganesh que se fijara en esa

sección.

-Lo ha traído la mooma de Suruj de Tunapuna. Dice que tendrías que ver el lío que está

armando.

Había un artículo que empezaba de la siguiente manera: "Un pajarito nos ha contado

que el así llamado místico del sur de Trinidad se dedica a conducir taxis. El Pajarito

también nos ha soplado al oído que el susodicho y así llamado místico participó en un

fraude a las gentes de Trinidad en un asunto relacionado con cierto instituto cultural, por

así llamarlo..."

Ganesh le dio la revista a la Gran Eructadora:

-El padre de Léela -dijo. La Gran Eructadora replicó:

-Por eso he venido, hijo. La gente no para de hablar de esto. Te llaman el Hombre de

Negocios de Dios. Pero tú no te preocupes, Ganesh. Todo el mundo sabe que Narayan, el

director, te tiene envidia. Él también se cree místico.

-Sí, pandit. La mooma de Suruj dice que Narayan ha ido a Tunapuna y le va contando a

la gente que con un poquito de práctica él podría ser tan bueno como tú en lo de la mística.

La Gran Eructadora dijo:

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117

-Es lo que pasa con los indios de aquí. No soportan ver que a otro indio le va bien.

-No estoy preocupado -dijo Ganesh.

Y era verdad. Pero la gente recordaba ciertas cosas de The Hindú, como que tacharan a

Ganesh de Hombre de Negocios de Dios, y esa acusación fue repitiéndose entre personas

que no tenían ni idea. Ganesh no tenía mentalidad mercantil. Es más, detestaba los

negocios. Lo del servicio de taxis era cosa de Léela. Lo mismo que el restaurante, algo que

difícilmente podía considerarse una idea comercial. Los clientes tenían que esperar tanto

tiempo cuando iban a ver a Ganesh que era cuestión de simple consideración ofrecerles

comida. De modo que Léela levantó una gran carpa de bambú junto a la casa donde daba

de comer a la gente, y como Fuente Grove estaba tan lejos de cualquier otro pueblo, tenía

que cobrar un poco más.

Y después empezó el lío con la tienda de Beharry.

Para comprender el asunto de la tienda de Beharry -algunas personas lo convirtieron

en auténtico escándalo-, hay que recordar que los clientes de Ganesh llevaban muchos

años acostumbrados a farsantes que les hacían quemar alcanfor y grasa de manteca, azúcar

y arroz, y sacrificar gallos y cabras. A Ganesh no le servían de gran cosa esos estúpidos

rituales, pero descubrió que a sus clientes les encantaban, sobre todo a las mujeres, de

modo que empezó a ordenarles que quemaran ciertas cosas dos o tres veces al día. Los

clientes llevaban los ingredientes y le rogaban que los ofreciera en su nombre, y a veces

incluso le pagaban por ello.

No le sorprendió demasiado que, un domingo por la mañana, Beharry le dijera:

-Pandit, la mooma de Suruj y yo nos paramos a veces a pensar y nos preocupa lo que te

trae la gente. Son pobres, y no saben si lo que compran es bueno o malo, si está limpio o

no. Y sé que a muchos tenderos no les importa vender algo en malas condiciones.

Léela dijo:

-Sí que es verdad. La mooma de Suruj me ha contado que lleva preocupada por eso

mucho tiempo. Ganesh sonrió.

-Mucho se preocupa la mooma de Suruj últimamente, ¿no?

-Sí, pandit. Sabía que me ibas a entender. Esos pobres no tienen tu nivel de educación,

y de ti depende que compren las cosas como es debido, en una tienda como es debido.

Léela dijo:

-Yo pienso que a los pobres les gustaría comprar las cosas aquí mismo, en Fuente

Grove.

-Entonces, maharaní, ¿por qué no las tienes en tu casa?

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-No quedaría bien, Beharry. La gente va a pensar que les tomamos el pelo. ¿Y en tu

tienda? La mooma de Suruj dice que no sería mucho más trabajo. Es más, me parece a mí

que la mooma de Suruj y tú sois las personas más adecuadas para encargarse de eso. Y

además, yo estoy tan cansada últimamente...

-Trabajas demasiado, maharaní. ¿Por qué no descansas un poco?

Ganesh dijo:

-Beharry, eres muy amable por ayudarme así.

De modo que los clientes empezaron a comprar los ingredientes para las ofrendas sólo

en la tienda de Beharry. "Las cosas no son baratas allí", les decía Ganesh. "Pero es el único

sitio de toda Trinidad donde sabes lo que compras."

Casi todo lo que vendía Beharry llegaba a casa de Ganesh. Una buena cantidad se

utilizaba para los rituales. "E incluso eso es un desperdicio de buena comida", decía

Ganesh. Léela empleaba el resto en el restaurante.

"A los pobres quiero darles sólo lo mejor", decía.

Fuente Grove prosperó. El Ministerio de Obras Públicas reconoció su existencia y

rehízo el firme de la carretera. Instalaron en la aldea el primer depósito de suministro de

agua. Situado frente a la tienda de Beharry, al otro lado de la carretera, pasó a ser el lugar

de encuentro de las mujeres, y los niños jugaban desnudos bajo el caño.

Beharry también prosperó. Mandaron interno a Suruj al Naparima College de San

Fernando. La mooma de Suruj se quedó embarazada del cuarto hijo y le contó a Léela los

planes que tenía para renovar la tienda.

Y Ganesh prosperó. Derribó su casa, siguió con el restaurante y levantó una mansión.

En Fuente Grove nunca se había visto cosa igual. Tenía dos plantas; los muros eran de

bloques de cemento; según el servicio de Negrograma, tenía más de cien ventanas, y si

llegaba a oídos del gobernador habría problemas, porque sólo el palacio del Gobierno

podía tener cien ventanas. Llegó un arquitecto indio de la Guayana Británica y le construyó

un templo de estilo hindú a Ganesh. Para compensar el gasto de tanta edificación, Ganesh

se vio obligado a cobrar la entrada al templo. Se contrató a un rotulista profesional de San

Fernando para que rehiciese el cartel de GANESH, místico. En la parte superior escribió,

en hindi: Paz a todos vosotros, y debajo: Aquí se puede disfrutar de consuelo y solaz

espirituales a cualquier hora de cualquier día salvo sábados y domingos. No obstante, se

lamenta no poder atender peticiones de ayuda económica. En inglés.

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Léela se hacía más refinada cada día. Iba con frecuencia a San Fernando a ver a

Soomintra, y a comprar. Volvía con saris caros y un montón de pesadas joyas. Pero el

cambio más importante fue su forma de hablar inglés. Adoptó un acento muy suyo,

suavizando todos los sonidos vocálicos fuertes; la gramática que empleaba no le debía nada

a nadie, entre otras cosas una conjugación sumamente personal de los verbos ser y estar.

Le dijo a la mooma de Suruj:

-Esta casa que yo que estamos construyendo, no la quiero como otras casas indias. La

quiero con buenos muebles y todo bien bonito. Yo es que estamos pensando en comprar un

frigorífico y cosas de esas.

-Pues yo también que estamos pensando, fíjate -dijo la mooma de Suruj-. Yo es que

estamos pensando en hacer una tienda nueva del todo, moderna, una tienda de

comestibles como es debido, como las de los libros del poopa de Suruj, con montones de

latas y botes y unos estantes bien buenos...

-... y eso que dicen de que los indios no son capaces de mantener su casa en

condiciones, pues mira, es verdad. Pero yo es que vamos a pintarla bien bonita...

-... el poopa de Suruj lleva tiempo diciendo lo mismo, y vamos a pintar la tienda, de

arriba abajo, y la vamos a poner bien bonita, con su mostrador de mármol y todo. Pero no

te creas, que no nos vamos a olvidar de dónde vivimos, que también vamos a dejar la casa

bien bonita...

-... con sus buenas alfombras como las que hemos visto Soomintra y yo en Gopal, y sus

cortinas...

-... y sus sillones Morris1 con cojines de muelles. Pero mira, que está llorando el crío.

Para mí que quiere comer. Nada, me voy, Léela, cielo.

Con tantas cosas que contarse, Léela y la mooma de Suruj siguieron siendo buenas

amigas.

Y Léela no hablaba por hablar. Una vez terminada la casa -y eso, en sí mismo era todo

un logro para los indios de Trinidad-, la pintó, y expresó su alma hindú en la elección de

los colores, vivos, chillones. Encargó a un pintor que dibujara una serie de rosas muy rojas

sobre la pared azul del cuarto de estar. Le pidió al constructor de templos de la Guayana

Británica que le hiciera varias estatuas y tallas que distribuyó por los sitios más

inverosímiles. Le hizo construir una balaustrada con múltiples adornos alrededor de la

terraza, y encima le pidió que erigiera dos elefantes de piedra, en representación de

1 Sillones Morris: reciben este nombre porque su tapicería es semejante a los diseños del prerrafaelista William Morris(1834-1896), iniciador de la decoración de interiores. (N. de la T.)

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120

Ganesh, el dios elefante hindú. Ganesh revisó todos los adornos que había preparado

Léela, dio su consentimiento, y diseñó los elefantes.

-Me importa tres pitos lo que diga Narayan sobre mí en The Hindú -dijo-. Te voy a

comprar ese frigorífico, Léela.

Y lo compró. Lo colocó en el cuarto de estar, donde ocultaba parte de las rosas de la

pared, pero podía verse desde la calle.

Y no se olvidó de los detalles. Le compró a un comerciante indio de San Fernando dos

reproducciones de dibujos indios en color sepia. Una de ellas representaba una escena

amorosa; en la otra, Dios bajaba a la Tierra para hablar con un sabio. A Léela no le gustó el

primer dibujo.

-Eso no se pone en mi cuarto de estar.

-Mira, chica, eres una malpensada.

Debajo del dibujo erótico, Ganesh escribió lo siguiente. ¿Vendrás a mí así? Y debajo

del otro: ¿O así?

Se colgaron los dibujos.

Y una vez solucionado aquello empezaron de verdad a poner cosas en las paredes. Léela

comenzó con fotografías de su familia.

-No quiero la foto de Ramlogan en mi casa -dijo Ganesh.

-Pues yo no la pienso quitar.

-Vale. Que se quede Ramlogan ahí colgado, pero ya verás lo que voy a poner yo.

Era la fotografía de una actriz de cine india de sonrisa afectada. Léela lloró un poco.

Ganesh dijo con dulzura:

-No viene mal una cara alegre en la casa, para variar.

El detalle de la nueva casa que les tuvo fascinados durante mucho tiempo era el retrete,

infinitamente mejor que el antiguo pozo negro. Y un sábado, Ganesh encontró en San

Fernando un ingenioso juguete que decidió poner en el retrete. Era un portarrollos para el

papel higiénico con música. Cada vez que se tiraba del papel sonaba Yankee Doodle

Dandy.

Eso y los dos dibujos en sepia inspirarían dos de los escritos más famosos de Ganesh.

Los ataques de Narayan aumentaron y se diversificaron. Un mes, Ganesh fue acusado

de ser antihindú, otro de ser racista; más adelante, resultó ser un peligroso ateo, y así

sucesivamente. Al cabo de poco tiempo, las revelaciones del Pajarito amenazaban con

inundar The Hindú.

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121

-Y todavía lo llaman pajarito.

-Tienes razón, chica. El pajarito ha crecido y ya es un cuervo negro y bien grande.

-Es peligroso, pandit -le advirtió Beharry a Ganesh. Cuando Beharry iba a verle tenía

que quedarse en la galería de arriba, cubierta de heléchos. Abajo había una habitación

grande donde esperaban los clientes-. Llegará un día en que la gente empezará a creerle. Es

como una campaña publicitaria.

-En mi opinión -dijo Léela, con su tono de cansancio y aburrimiento-, ese hombre es

una vergüenza para los hindúes de este lugar. -Apoyó la cabeza en el hombro derecho y

entrecerró los ojos-. Me acuerdo de los buenos zurriagazos que le dio mi padre a un

hombre en Penal. Eso es lo que le hace falta a Narayan.

Ganesh se arrellanó en el sillón.

-Pues yo lo veo de la siguiente manera. Beharry se mordisqueó los labios, todo oídos.

-¿Qué haría Mahatma Gandhi en una situación como esta?

-No lo sé, pandit.

-Escribir. Eso es lo que haría. Escribir.

De modo que Ganesh volvió a empuñar la pluma. Pensaba que su carrera de escritor

estaba casi acabada, y sólo planeaba, muy vagamente, una autobiografía espiritual

siguiendo la línea de los hindúes de Hollywood. Pero aquello sería algo muy grande, que

acometería mucho más tarde, cuando estuviera preparado para ello. En aquellos

momentos tenía que actuar de inmediato.

Quería hacer las cosas debidamente. Fue a Puerto España -a última hora no tuvo valor

y se puso ropa occidental-, al Registro Civil de la Casa Roja, y registró la Editorial Ganesh,

S.A. El emblema de la empresa era un loto abierto.

Después se puso a escribir de nuevo y descubrió, encantado, que el deseo de escribir no

estaba muerto, sino simplemente sumergido. Trabajó con ahínco en el libro; se quedaba

escribiendo hasta altas horas de la noche, tras haber pasado todo el día con los clientes, y

muchas veces Léela tenía que llamarle para que se fuera a la cama.

Beharry se frotaba las manos. "Ese Narayan se va a enterar de lo que es bueno."

Cuando apareció el libro, al cabo de dos meses, Beharry se llevó una sorpresa. Parecía

un libro de verdad. Tenía tapas duras, el tipo era grande y el papel grueso, con un aspecto

importante y respetable. Pero al ver sobre qué trataba, Beharry se quedó consternado. Se

titulaba La guía de Trinidad.

-Basdeo ha hecho un buen trabajo esta vez -dijo Ganesh. Beharry asintió, pero con

expresión de duda.

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122

-Voy a machacar a Narayan. El libro te va a venir muy bien a ti y también a Léela.

Obediente, Beharry leyó La guía de Trinidad. Le pareció bueno. La historia, geografía y

población de la isla estaban magistralmente descritas. Hablaba sobre lo pintoresco de las

múltiples razas de Trinidad. En un capítulo titulado "El Oriente en Occidente", los lectores

se enteraban de lo sorprendidos que se quedarían al ver una mezquita en Puerto España, y

aún más con un auténtico templo hindú que parecía haber sido transportado directamente

desde la India a una aldea llamada Fuente Grove. El templo hindú de Fuente Grove bien

merecía una visita, por motivos espirituales y artísticos.

El anónimo autor de la Guía mostraba verdadero entusiasmo por la modernidad de la

isla. Resaltaba que la isla tenía tres innovadores diarios, y que los anunciantes extranjeros

podían considerarlos una buena inversión. Pero deploraba la falta de una publicación

influyente semanal o mensual, y advertía a los anunciantes extranjeros contra las revistas

mensuales, que surgían como setas y que se proclamaban órganos de ciertos sectores de la

comunidad.

Ganesh envió ejemplares gratuitos de la Guía a todos los campamentos del ejército

estadounidense de Trinidad, para "dar la bienvenida a nuestros valientes hermanos de

armas", según escribió. También envió ejemplares a las agencias de exportación y de

publicidad de Estados Unidos y Canadá que tenían tratos con Trinidad.

Beharry intentó ocultar su perplejidad lo mejor posible.

Léela dijo:

-No entiendo yo por qué haces todo esto.

Ganesh no disipó sus dudas; le ordenó que comprase manteles, montones de cuchillos,

tenedores y cucharas y que se ocupase del restaurante como era debido. A Beharry le dijo

que sería conveniente que tuviera en la tienda grandes cantidades de ron y cerveza.

Al cabo de poco tiempo empezaron a acudir en tropel a Fuente Grove los soldados

estadounidenses, y los niños de la aldea probaron el chicle por primera vez. Los soldados

iban en todoterrenos y camiones del ejército, y algunos en taxi, con sus novias. Veían

elefantes de piedra y se quedaban tranquilos, ya que no satisfechos, pero cuando Ganesh

los acompañaba en la visita de su templo -empleaba esa palabra: "visita"-, pensaban que

merecía la pena el dinero que habían pagado.

Léela contó más de cinco mil estadounidenses.

Beharry no había tenido tanto trabajo en toda su vida.

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123

-Es lo que yo pensaba -dijo Ganesh-. Trinidad es un sitio muy pequeño, y los pobres

americanos no tienen gran cosa que hacer.

Muchos pedían consejo espiritual, y cuantos lo solicitaban lo recibían.

-A veces me da la impresión de que estos americanos son el pueblo más religioso del

mundo -dijo Ganesh-. Incluso más que los hindúes.

-Los hindúes de Hollywood -murmuró Beharry, pero mordisqueándose de tal modo los

labios que Ganesh no entendió lo que decía.

Al cabo de tres meses The Hindú anunció que tenía que reducir el número de páginas

porque quería contribuir a los gastos de la guerra. Aparte de Ganesh, no hubo muchas

personas que notaran el descenso de anuncios de medicinas de marca y otros productos

internacionalmente conocidos. The Hindú perdió el encanto de los anuncios ilustrados, y

Narayan sólo sacaba dinero de sencillos comentarios sobre tiendas pequeñas de Trinidad.

Pero el Pajarito siguió piando.

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124

9 El pandit de la prensa

Ganesh se vio hecho todo un filósofo y arbitro. En los pueblos indios de Trinidad seguía

habiendo panchayats, consejos de ancianos, y le invitaban con frecuencia para que diera

su opinión en casos de pequeños robos o agresiones, o para que sentenciara en una pelea

entre marido y mujer. También le pedían a menudo que pronunciara un discurso en

reuniones religiosas.

Su llegada a tales reuniones resultaba impresionante. Bajaba de su taxi con gran

dignidad, se echaba la chalina verde por encima del hombro y le estrechaba la mano al

pandit que oficiaba. Después aparecían dos taxis más, con los libros. La gente se

precipitaba hacia los coches para ayudar, cogía los libros y los llevaba al estrado. Esas

personas que ayudaban se sentían orgullosas y activas, y parecían casi tan solemnes como

Ganesh. Corrían del taxi al estrado y volvían a hacer el mismo recorrido, con el ceño

fruncido, sin pronunciar palabra.

Sentado en el estrado bajo un dosel rojo con borlas y rodeado de libros, Ganesh parecía

la personificación misma de la autoridad y la devoción. Su público, con ropas de vivos

colores, se desparramaba desde el estrado formando círculos que se iban ampliando en la

misma medida en que disminuía su magnificencia, desde comerciantes y tenderos bien

vestidos, justo debajo del estrado, hasta jornaleros andrajosos al fondo, pasando por niños

curiosamente engalanados, durmiendo sobre mantas, o niños de brazos y piernas como

alambres, despatarrados y desnudos sobre sacos de azúcar.

La gente iba a oírle no sólo por su fama, sino por lo novedoso de lo que decía. Hablaba

de la buena vida, de la felicidad y de cómo conseguirla. Tomaba cosas del budismo y de

otras religiones y no tenía empacho en reconocerlo. Siempre que quería dar mayor fuerza a

algo chasqueaba los dedos y un ayudante mostraba un libro abierto ante el público para

que la gente viera que Ganesh no se lo estaba inventando. Hablaba en hindi, pero los libros

que mostraba estaban en inglés, de modo que aquel despliegue de conocimientos inspiraba

gran respeto.

Lo que más resaltaba era que el deseo es una fuente de tristeza y, por consiguiente,

había que suprimirlo. De vez en cuando se iba por la tangente y planteaba si el deseo de

suprimir el deseo no es un deseo en sí mismo, pero normalmente intentaba ser lo más

práctico posible. Hablaba fervorosamente sobre el sermón del fuego de Buda. A veces, con

toda naturalidad, pasaba al tema de la guerra, y de la guerra en general, y a una cita de Una

Historia de Inglaterra para los niños, de Dickens: "La guerra es algo terrible."

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125

En otras ocasiones decía que la felicidad sólo es posible si libras la mente de deseos y te

consideras parte de la Vida, un minúsculo vínculo en la enorme cadena de la Creación.

"Tendeos sobre la hierba seca y sentid cómo crece la vida de las rocas y la tierra, por

debajo, atravesándoos, subiendo. Mirad las nubes y el cielo cuando no hace calor y os

sentís parte de todo ello. Notad cómo todo es una extensión de vosotros mismos. Por

consiguiente, vosotros, que sois todo eso, no moriréis."

La gente a veces le entendía, y cuando se levantaban se sentían un poco más nobles.

Y precisamente por eso, en 1944 el Pajarito empezó a atacar a Ganesh. Al parecer, se

había resignado a su "así llamado misticismo". El Pajarito decía: "No soy más que un

pajarito, pero pienso que hoy en día es retrógrado para cualquier comunidad admirar a un

visionario religioso..."

La Gran Eructadora le dijo a Ganesh:

-Pues hijo, Narayan ha empezado a copiarte. Está dando conferencias, en varios sitios,

y enseñando sus libros y todo. Algo sobre la religión y el pueblo.

-El opio -dijo Beharry.

En Fuente Grove empezó a analizarse cuidadosamente cada nueva revelación del

Pajarito.

-No te tiene envidia por lo de tus poderes místicos, pandit. Ahora anda detrás de las

elecciones, que serán dentro de dos años. Las primeras votaciones con sufragio universal.

Sí, sufragio universal. En eso tiene puestos los ojos.

Los siguientes números de The Hindú parecieron confirmar la opinión de Beharry. El

espacio libre de la revista ya no se llenaba con citas del Gita o de los Upanishads. Lo único

que llevaba eran cosas como: ¡Unión de los trabajadores! Cada uno que enseñe a otro,

Mens Sana in Corpore Sano, Per Ardua ad Astra, The Hindú es portavoz del progreso,

Quizá no esté de acuerdo con vosotros, pero lucharé hasta la muerte para defenderos. El

Pajarito empezó a agitar en favor de Un día de trabajo un día de pago, y Un hogar para

los indigentes; más adelante comenzó a anunciar la creación del fondo para el "Hogar de

los indigentes" de The Hindú.

Un día, Léela le dijo a la mooma de Suruj:

-Estaba yo pensando en dedicarme a lo de la asistencia social.

-Fíjate, hija, lo mismito que me está pidiendo el poopa de Suruj desde hace no sé

cuánto tiempo. Pero es que, mira, no tengo tiempo.

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126

A la Gran Eructadora le encantó la idea y se puso en plan práctico.

-Léela, nueve años que te conozco y es lo mejor que se te ha ocurrido en la vida. Con

toda la comida que llega aquí y que haya que tirarla... Pues vas y se la das a los pobres.

-Ay, tía, no te vayas a creer que se tira tanto, porque si no se usa hoy pues se usa

mañana. ¿Pero cómo puedo empezar con esto de la asistencia social?

-Ya te lo explico yo. Coges y reúnes unos cuantos niños, te los llevas al restaurante y les

das de comer. O también puedes ir a buscar niños y darles de comer fuera. Ahora que se

nos acerca la Navidad, pues compras unos globos y te vas por ahí a repartirlos.

-Sí, fíjate. Soomintra está comprando un montón de globos bien bonitos.

Y a partir de entonces, con la ayuda de la Gran Eructadora, Léela dedicó todos los

domingos a la labor social.

Ganesh siguió trabajando, sin inmutarse por Narayan y el Pajarito. Era como si las

pullas de Narayan le hubieran incitado a hacer precisamente las cosas por las que le

atacaba. En esto fue clarividente, porque los libros que escribió en esa época contribuyeron

a crear su fama, no sólo en el campo, sino en Puerto España. Empleó los temas de sus

charlas en El camino hacia la felicidad. Después aparecieron Reencarnación, El alma

como yo la veo, La necesidad de la fe. Estos libros se vendían bien, regularmente, pero

ninguno tuvo un éxito espectacular.

Y a continuación, uno tras otro, se publicaron los dos libros que hicieron su nombre

muy conocido en Trinidad.

El primer libro empezaba así: "El jueves, 2 de mayo, a las nueve de la mañana, justo

después de haber desayunado, vi a Dios. Me miró y dijo..."

Lo que me dijo Dios debe considerarse sin duda un clásico de la literatura de Trinidad.

Su absoluta sencillez, casi ingenuidad, resulta pasmosa. El carácter del narrador queda

magníficamente desvelado, sobre todo en los capítulos de diálogo, donde su humildad y su

perplejidad espiritual sirven de contrapunto al desenmarañamiento de múltiples y

espinosas cuestiones metafísicas. También hay varios capítulos de valientes profecías.

Predice el final de la guerra y el destino de ciertos personajes de la isla.

El libro inició una moda. En muchas partes de Trinidad, muchas personas empezaron a

ver a Dios. La más célebre fue Hombre-hombre, de Miguel Street, en Puerto España.

Hombre-hombre vio a Dios, intentó crucificarse y tuvieron que encerrarle.

Y sólo dos meses después de la publicación de Lo que me dijo Dios Ganesh cosechó un

éxito clamoroso. Se inspiró en el portarrollos de papel higiénico musical.

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127

Como Evacuación provechosa se publicó durante la guerra, se entendió mal el título;

por suerte, ya que quizá se hubiera prohibido si las autoridades hubieran sabido que más o

menos trataba sobre el estreñimiento. "Un asunto vital", escribía Ganesh en el prólogo,

"que ha influido adversamente en las relaciones humanas desde el inicio de los tiempos."

La esencia del libro consiste en que la evacuación puede resultar no sólo placentera, sino

también provechosa, un medio para fortalecer los músculos abdominales. El sistema que

recomendaba Ganesh es aproximadamente como el que los contorsionistas y levantadores

de pesas llaman excavación.

Esto, impreso en papel grueso, con cubierta de un amarillo chillón decorada con un

loto, encumbró definitiva e incuestionablemente a Ganesh.

Es posible que, por sí solo, Ganesh no hubiera tomado más medidas contra Narayan.

Lo del Pajarito sólo era un gorjeo de protesta entre aclamaciones entusiastas e inteligentes.

Pero a algunas personas, como la Gran Eructadora y Beharry, no les gustaba.

Sobre todo Beharry estaba desolado. Ganesh le había abierto panoramas más amplios

de lecturas y conocimientos, y a Ganesh le debía su prosperidad. Había levantado la tienda

nueva, toda de cemento, argamasa y cristal. Las tierras se habían revalorizado en Fuente

Grove, y también se benefició de eso. De vez en cuando, las sociedades de debate literario y

bienestar social le invitaban a hablar sobre diversos aspectos de la carrera de Ganesh:

Ganesh el hombre, Ganesh el místico, la contribución de Ganesh al pensamiento hindú. Su

destino estaba ligado al de Ganesh y le molestaban más que a nadie los ataques de

Narayan.

Hizo cuanto pudo para incitar a la acción a Ganesh.

-Ese hombre te ha vuelto a atacar este mes, pandit.

-¡Gaddaha!

-Pero esta vez parece malo de verdad, pandit. Sobre todo ahora que Ramlogan ha

empezado a escribir contra ti en The Hindú. Es peligroso.

Pero a Ganesh no le preocupaba que Narayan estuviera preparándose para las

elecciones de 1946.

-No tengo la menor intención de ser como esos estafadores que se meten en lo de las

elecciones.

-¿No te has enterado de la última, pandit? Pues que Narayan ha formado un partido.

La Asociación Hindú. Es una maniobra electoral. No tiene posibilidades de ganar en

Puerto España. Tiene que venir al campo y ahí es donde tiene miedo de que le ganes.

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128

-Beharry, tú y yo sabemos qué son las asociaciones indias de aquí. Narayan y esa gente

son como niñas jugando a las casitas.

El criterio de Ganesh tenía fundamento. En la primera asamblea general de la

Asociación Hindú, Narayan fue elegido presidente. También eligieron los siguientes

cargos: cuatro presidentes suplentes, dos vicepresidentes, cuatro vicepresidentes

suplentes, varios tesoreros, un secretario jefe, seis secretarios y doce subsecretarios.

-¿Lo ves? No se han dejado a nadie. Mira, Beharry, muchacho, con todas esas

reuniones religiosas donde hablo, es que conozco a los indios de Trinidad como la palma

de mi mano.

Pero después Narayan empezó a hacer el tonto. Envió cables a la India, a Mahatma

Gandhi, al pandit Nehru y al Congreso Panindio, y otros para celebrar toda clase de

aniversarios: centenarios, bicentenarios, tricentenarios. Y cada vez que enviaba un cable

aparecía la noticia en The Trinidad Sentinel. Nada impedía a Ganesh enviar cables, pero en

la India, donde no sabían quién era quién en Trinidad, ¿qué posibilidades tenía un cable

firmado por GANESH, PANDIT MÍSTICO frente a otro firmado por NARAYAN,

PRESIDENTE DE LA ASOCIACIÓN HINDÚ DE TRINIDAD?

La delegación fue obra de Beharry.

Un domingo por la tarde se presentaron en la residencia de Ganesh dos hombres y un

chico. Uno de ellos era alto, negro y gordo. Se parecía un poco a Ramlogan, sólo que iba

vestido de blanco inmaculado; tenía una tripa tan grande que le colgaba por encima del

cinturón de cuero negro, ocultándolo. Llevaba en el bolsillo de la camisa una carta y una

ristra de lápices y plumas. El otro hombre era delgado, de piel blanca y guapo. El chico

llevaba pantalones cortos y las mangas de la camisa abotonadas en las muñecas. Ganesh

había visto varias veces a los hombres y sabía que eran organizadores. Al chico no le

conocía.

Los miembros de la delegación se acomodaron en los sillones de la galería, y Ganesh le

gritó a Léela que les sirviera Coca-Cola.

Los delegados miraron por las puertas de cristal del cuarto de estar y examinaron los

dibujos y los dos grandes calendarios de Coca-Cola de las paredes.

Después vieron a Léela, delgada y elegante con su sari, abriendo el frigorífico. El

hombre gordo le dio un codazo al chico, que estaba sentado a su lado en el sofá, y todos los

miembros de la delegación dejaron de mirar.

El gordo fue a lo práctico.

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-Sahib, no hemos venido aquí para andarnos con rodeos. Beharry y tu tía (una mujer

muy, pero que muy agradable, sabib) me han pedido que venga por la cantidad de

experiencia que tengo en organizar reuniones religiosas y cosas así...

Llegaron las Coca-Colas. Cuatro botellas heladas en una bandeja con fondo de cristal.

Léela suspiró.

-Un momento. Voy a por los vasos.

El hombre gordo miró las botellas. El delgado de piel blanca se tocó la tira de

esparadrapo que llevaba sobre el ojo izquierdo. El chico miró las borlas de la chalina de

Ganesh. Ganesh les sonrió a todos, uno por uno, y todos le devolvieron la sonrisa, menos el

chico.

En otra bandeja con fondo de cristal Léela llevó unos vasos que parecían caros, muy

bonitos, con arabescos en dorado, rojo y verde y bordeados de franjas doradas.

Los miembros de la delegación sujetaron los vasos con ambas manos.

Hubo un silencio embarazoso hasta que Ganesh le preguntó al gordo:

-¿Qué haces últimamente, Swami?

Swami tomó un sorbo de Coca-Cola, un refinado sorbo liliputiense.

-Nada. Vivir, sahib.

-Nada más que vivir, ¿eh?

Ganesh sonrió.

Swami asintió y le devolvió la sonrisa.

-¿Y a ti qué te ha pasado, Partap? ¿Te has cortado?

-Un pequeño accidente en Paquetes Postales -contestó Partap, tocando el esparadrapo.

Ganesh siempre se acordaba de aquel hombre como Partap el de los Paquetes Postales.

Partap sacaba a colación lo de los Paquetes Postales en casi todas las conversaciones, y

Ganesh sabía que para enfadarle sólo había que dejar caer que trabajaba en Correos.

"Servicio de Paquetes Postales, si no te importa", decía en tono glacial.

Más silencio, y tres sorbitos de Coca-Cola.

Swami dejó el vaso sobre la mesa con decisión, pero sin intención de hacer ruido, y

Léela se quedó junto a una de las puertas del cuarto de estar. Swami volvió a coger el vaso y

sonrió.

-Sí, sahib -dijo muy animado-. No hemos venido aquí para andarnos con rodeos. Tú

eres el único hombre con autoridad entre todos los indios de Trinidad para enfrentarte a

Narayan. No nos parece bien cómo te ataca Narayan. Sahib, hemos venido hoy -Swami se

puso solemne- para pedirte que crees tu propia asociación. Te nombramos presidente

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ahora mismo y -no tienes que ir muy lejos-, ya tienes tres presidentes suplentes, sentados

tranquilamente frente a ti, tomando Coca-Cola.

-¿Por qué os hace eso Narayan?

-Qué sé yo -replicó Partap con amargura-. Se ha metido de muy mala manera con mi

familia, pandit, acusando a mi propio padre de soborno y corrupción en la Junta de la

Carretera local. Y siempre me llama el de Correos, por puro desprecio. Yo escribo cartas

pero él no las imprime.

-Y a mí me acusa de robar a los pobres. -Swami parecía dolido-. Sahib, ya pasan de

dieciocho meses que me conoces. He organizado miles de reuniones religiosas para ti. ¿Va

a robar a los pobres un hombre de mi posición, sahib?

Swami era pasante de un abogado de Couva.

-¿Y qué le ha hecho Narayan al chico? Swami se echó a reír y tomó un buen trago de

Coca-Cola. El chico miró su vaso.

-Todavía nada, sahib. Está aquí por la experiencia. La cara del chico se oscureció aún

más, de vergüenza.

-Pero es un chaval bien listo, ¿sabes? -El chico frunció el ceño, mirando su vaso-. Es el

hijo de mi hermana. Un genio, sahib. Sacó un sobresaliente a la primera en el Certificado

de Cambridge.

Ganesh pensó en su aprobado, cuando tenía diecinueve años. Murmuró "Hum" y tomó

el primer sorbo de Coca-Cola.

Partap añadió:

-Es que no está bien, sahib. Cada vez que abres The Sentinel te puedes apostar lo que

quieras a que en la página tres sale que Narayan ha enviado cables de felicitación.

Ganesh tomó un largo trago de Coca-Cola.

Swami dijo:

-Tienes que hacer algo, sahib. Fundar una asociación. O sacar un periódico. En eso

también tengo un montón de experiencia. Mira, sahib, cuando era joven, en los años

veinte, no pasaba un solo año sin que Swami no sacara un periódico nuevo. Tuve que ir a

Puerto España (cosas de la abogacía, ¿entiendes?) y fui al Registro Civil. Bueno, la cantidad

de periódicos que sacaría yo... Pero he cambiado. Lo que yo digo es que sólo tienes que

sacar un periódico cuando tienes una razón buena, buena de verdad.

Todos bebieron un poco de Coca-Cola.

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-Pero ya está bien de hablar de mí mismo. Sahib, aquí este chiquito es un escritor nato.

Bueno, es que si le oyes hablar en inglés, las palabras que utiliza... Bueno, así de largas. -

Estiró el brazo derecho hasta que se le tensó la sisa de la camisa.

Ganesh miró al chico.

-Hoy está un poco avergonzado -dijo Swami.

-Pero no te creas -dijo Partap-. Se pasa todo el tiempo pensando.

Tomaron mucha más Coca-Cola y hablaron mucho más, pero Ganesh no se dejó

convencer, aunque en los argumentos de aquellos hombres había muchas cosas que le

atraían. Lo de sacar su propio periódico, por ejemplo, se le había pasado por la cabeza en

repetidas ocasiones. Aún más: muchos domingos le gritaba a Leela que le llevara papel y

lápices rojos y confeccionaba imitaciones de periódicos. Trazaba columnas, e indicaba

cuáles se dedicarían a publicidad y cuáles a la instrucción. Pero se trataba de un placer

íntimo, como el de hacer cuadernos.

Pero poco después ocurrieron dos cosas que le decidieron a actuar contra Narayan.

Podría decirse que la primera empezó en la redacción londinense de The Messenger.

Acabó la guerra, y los periodistas se quedaron más o menos a verlas venir. The Messenger

envió un corresponsal a América del Sur a cubrir una revolución que parecía prometedora.

Teniendo en cuenta que la única historia con interés humano que consiguió allí fue la de

una mujer de un club nocturno que le dijo: "Estás en la cama. Oyes bim, bam, bum. Dices:

"Revolución", y te vuelves a dormir", al corresponsal le fue bien. Tras haber cubierto

aquella revolución regresó a su país pasando por Para, Georgetown y Puerto España, y en

los tres sitios descubrió crisis. Al parecer, los nativos de Trinidad planeaban una revuelta y

los funcionarios británicos y sus esposas iban a los bailes con revólveres. El libelo era

publicidad y gustó en Trinidad. A Ganesh le interesó más el análisis de la situación política

del corresponsal, como apareció en The Trinidad Sentinel. Se describía a Narayan como

presidente de la extremista Asociación Hindú. Narayan, "que me recibió en la sede de su

partido", era el dirigente de la comunidad india. A Ganesh no le importó eso. No le importó

la despectiva referencia a los fanáticos hindúes del sur de Trinidad. Pero le fastidió que el

corresponsal se extendiera en detalles románticos al hablar de Narayan y describirle como

"veterano periodista de calva incipiente, fumador empedernido" y muchas cosas más.

Podía aguantar todos los insultos de Narayan. Allá Inglaterra si quería considerar a

Narayan dirigente de los indios de Trinidad, pero que en Inglaterra se leyese y recordase

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que C. S. Narayan era un veterano periodista de calva incipiente y fumador empedernido,

eso no lo podía soportar.

-Sé que no tiene lógica, Beharry, pero no lo puedo evitar. Beharry lo comprendía.

-Un hombre puede aguantar cosas grandes. Son las cosas pequeñas lo que te desarma.

-Tiene que pasar algo, y entonces iré a por Narayan. Beharry se mordisqueó los labios.

-Así me gusta oírte hablar, pandit.

A continuación, y muy oportunamente, la Gran Eructadora llevó grandes noticias.

-¡Ay, Ganesh, la vergüenza! ¡La vergüenza que está trayendo a los indios ese Narayan! -

Estaba tan afectada que sólo pudo eructar y pedir agua. Le dieron Coca-Cola, que le hizo

regoldar entre eructo y eructo, y no estuvo comunicativa durante un rato-. Estoy harta de

la Coca-Cola -dijo al fin-. No soy lo bastante moderna. La próxima vez, para mí sólo agua.

-¿Qué vergüenza?

-Ay, hijo. El Fondo para el Hogar de los Indigentes. ¿No sabes que Narayan ha

empezado con eso?

-El Pajarito lleva meses hablando de ello.

-¡Hogar de los Indigentes! Ese hombre está comprando fincas con la misma rapidez

con que se recauda el dinero. Y yo lo he descubierto por pura casualidad. No sé si sabes lo

mal que lo está pasando Gowrie últimamente. Es una especie de pariente de Narayan. Así

que, cuando me la encontré en la boda de Dollarie, se puso a llorar a moco tendido por el

dinero, y yo le dije, digo: "Gowrie, ¿por qué no vas a ver a Narayan y le pides un algo?

Tiene el fondo ese de los indigentes." Y me dice que no, que no puede hacer eso, que tiene

su orgullo y que el fondo todavía está abierto. Pero la convencí, y cuando la vi ayer en el

funeral de Daulatram, le pregunté: "¿Qué? ¿Le has pedido algo a Narayan?" Y me dice sí,

que le ha pedido a Narayan. Y le digo: "¿Y qué?" Y me contó que Narayan se echó a llorar y

se puso de mal genio, diciendo que todo el mundo se piensa que porque ha abierto un

pequeño fondo es rico. Y que le dice, dice: "Si soy más pobre que tú, Gowrie. Mírame y

dime: ¿cómo puedes pensar que soy rico? La semana pasada sin ir más lejos tuve que pagar

catorce mil dólares por una finca entera. ¿Y de dónde voy a sacar todo ese dinero?" Y venga

a llorar, y Gowrie dice que al final pensó que él le iba a pedir dinero.

Durante el largo discurso la Gran Eructadora no eructó ni una sola vez.

-¿Será la Coca-Cola? -le preguntó Ganesh.

-No. Me pasa cuando me embalo.

-¿Pero cómo es posible que no se monte un jaleo con el fondo ese?

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-Ay, hijo, no me digas que no conoces Trinidad. Cuando alguien da dinero, ¿tú crees

que les importa adonde va a parar? Con abrir la boca y enseñar los dientes para la foto de

los periódicos, se quedan tan contentos, ¿entiendes? Y además, ¿crees que quieren que se

descubra una cosa así para que la gente se ría de ellos?

-Pues no está bien. Y no lo digo por ser místico y todo eso, pero creo que a quien lo ve

desde fuera no le puede parecer bien.

-Lo mismo que pienso yo -dijo la Gran Eructadora.

Así que volvieron los miembros de la delegación, y en esta ocasión no se sentaron en la

galería, sino a la mesa del cuarto de estar. Volvieron a mirar los dibujos de las paredes. Y

una vez más, Léela celebró el ritual de sacar Coca-Cola del frigorífico y servirla en los vasos

bonitos.

Swami iba vestido de blanco, como la primera vez, y llevaba la misma ristra de plumas

y lápices en el bolsillo de la camisa, y la misma carta. Partap se había quitado el

esparadrapo. El chico había desechado los pantalones cortos y optado por un traje de

chaqueta cruzada de color marrón dos tallas mayor que la suya. Llevaba un número de la

revista Time y otro de The New Stateman and Nation.

Partap dijo:

-Narayan es tan listo que parece tonto. Le tenemos cogido, pandit. Fíjate que se ha

cambiado de nombre. Con los indios se llama Chandra Shekar Narayan.

-Y con los demás, Cyrus Stephen Narayan -añadió Swami. Léela llevó hojas de papel

grandes y muchos lápices rojos. Ganesh dijo:

-He estado pensando lo que me dijisteis, y vamos a sacar nuestro propio periódico.

Swami replicó:

-Es justo lo que va a hacer polvo a Narayan.

Ganesh trazó unas columnas en la hoja que tenía delante.

-Como con todo, hay que empezar por cosas pequeñas. El chico puso el Time y The

New Statesman sobre la mesa.

-Estas revistas son pequeñas. Muy pequeñas. Swami soltó una carcajada. En la

habitación de al lado sonaron como gargarismos.

-¿Lo ves, sahib? El chico sabe hablar bien. Y, desde luego, es un escritor nato. Sabe

mucho más que un montón de hombres hechos y derechos de aquí.

El chico repitió:

-Sí, son unas revistas muy pequeñas. Ganesh sonrió con simpatía.

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134

-Va a costar, mucho, ¿sabes? Tenemos que empezar con algo pequeño y sencillo. Fíjate

en tu tío Swami. Empezó con cosas pequeñas en las revistas.

Swami asintió con solemnidad.

-Y también Partap. Y yo. Todos empezamos con algo pequeño. Así que vamos a

empezar con cuatro páginas.

-¿Sólo cuatro páginas? -repitió el chico, malhumorado-. Pero hombre, si eso ni es una

revista ni nada.

-Ya será más grande, hombre. Pero que bien grande.

-Vale, vale. -El chico separó con furia la silla de la mesa-. Adelante, hacer eso que

llamáis revista. Pero yo no quiero saber nada.

Y se dedicó a su vaso de Coca-Cola.

-Primera página -anunció Ganesh-. Limpia. Nada de anuncios, salvo en el extremo

inferior derecho.

-Yo siempre me he dicho que si alguna vez empezaba a sacar una revista, se la dedicaría

a Mahatma Gandhi -dijo Partap con respeto-. Conozco a un chico que si le tratamos bien

podía coger un troquel con la foto de Gandhi en la redacción de The Sentinel. Podíamos

ponerla en primera página y ya encontraría yo algunas palabras o algo para acompañar.

Ganesh señaló el espacio para el homenaje.

-Pues eso ya está -dijo Swami.

-La primera página va a ser con venga de ataques, ataques. Eso me lo dejéis a mí. Estoy

trabajando en un artículo para desenmascarar lo del Fondo para los Indigentes, y Léela

está escribiendo algo sobre el trabajo social que está haciendo.

Swami estaba tan contento que intentó cruzar sus pantagruélicas piernas. La silla

crujió y Ganesh le miró fijamente. Leela atravesó la habitación como una posesa.

-¡Es que hay gente que parece que no ha visto mobiliarios en su vida! La próxima vez,

voy a poner unos bancos. Partap se irguió como una vela y Swami sonrió. Sentado contra la

pared, al lado del frigorífico, el chico dijo:

-Sí, la primera página ya está. Pero me digo yo: ¿qué va a pensar la gente cuando vea

una dedicatoria en un lado de la página a Mahatma Gandhi y en el otro lado ataques y

venga de ataques?

Swami respondió cortante:

-Tú a callarte, chico. Que por mucho que estés crecido y lleves pantalones largos, te

cojo y te doy una buena azotaina, aquí mismo, delante del pandit. Y la próxima vez te

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135

quedas en casa y no te dejo tocar ni una revista de las que yo saco. Si no tienes otra cosa

que decir que sarcasmos, pues vas y te callas.

-De acuerdo. Tú eres un hombre hecho y derecho y me haces callar. Pero a ver cómo

pensáis llenar las otras tres páginas.

Ganesh no hizo caso de la discusión y siguió trazando columnas en las páginas

interiores.

-Página dos.

Partap. tomó un sorbo de Coca-Cola.

-Página dos.

-Sí -dijo Swami-. Página dos. Partap chasqueó los dedos.

-¡Anuncios!

-¿La página dos llena de anuncios? ¿Veis lo que puede hacer la falta de experiencia?

-Unos cuantos anuncios -intercedió Ganesh.

-Eso quería decir -se defendió Partap.

-Cuatro columnas en la página dos. ¿Dos para anuncios? Partap asintió. Swami dijo:

-Así lo hacía yo.

-¿Qué vais a poner en las dos columnas? Eso, el chico.

Swami se dio la vuelta con brusquedad en la silla, que volvió a crujir peligrosamente. El

chico tenía el Time delante de la cara.

-¿Y alguna cosita escrita por ti, pandit? -preguntó Partap.

-Oye, yo ya voy a escribir toda la primera página. Y no quiero que aparezca mi nombre

en la revista. No quiero rebajarme al nivel de Narayan.

Swami dijo:

-Cultura, sahib. La página dos, cultura. Partap dijo:

-Sí, cultura.

Hubo un largo silencio, roto únicamente porque el chico pasaba las páginas de Time

con un ruido innecesario.

Ganesh dio unos golpecitos sobre la mesa con el lápiz. Swami se llevó las manos a la

barbilla y se apoyó en la mesa, empujándola hacia Ganesh. Partap se cruzó de brazos y

frunció el ceño.

-¿Coca-Cola? -preguntó Ganesh.

Swami y Partap asintieron distraídamente y Léela salió a hacer los honores.

-Tengo unas tazas de esmalte, si lo prefieren.

-No, así nos va bien -replicó Partap, sonriendo.

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136

-Cine -dijo el chico, oculto tras el Time.

-¿Qué quieres decir? -preguntó Swami ansiosamente.

-Críticas de películas -dijo Ganesh.

-Una idea de primera, lo de las críticas de películas -dijo Partap.

Swami se entusiasmó.

-Y en la misma página, anuncios de películas. De las empresas indias. Con cada crítica,

un anuncio. Ganesh dio una palmada sobre la mesa.

-Exacto. El chico tarareaba.

Los tres hombres tomaron un poco de Coca-Cola con desenvoltura. Swami soltó una

carcajada y siguió riéndose hasta que su silla crujió. El chico dijo en tono glacial:

-Página tres.

-Dos columnas más de anuncios -replicó Ganesh inmediatamente.

-Y un anuncio bien bueno y grande en toda la página cuatro -añadió Swami.

-Desde luego -dijo Ganesh-, pero ¿por qué te saltas tanto espacio?

Partap dijo:

-Sólo quedan dos columnas por llenar.

-Sí -replicó Swami con tristeza-. Dos más. El chico se acercó a la mesa y dijo:

-El editorial.

Le miraron con expresión inquisitiva.

-El artículo de fondo.

-¡Ya está la revista! -exclamó Swami. Partap preguntó:

-¿Y quién va a escribir ese artículo? Ganesh dijo:

-La gente conoce mi estilo. Eso es cosa vuestra. Yo me encargo sólo de la primera

página.

-Un artículo serio, de religión, en la página tres -dijo el chico-, para compensar la

primera que, o no he oído bien o va a ser de ataques y venga de ataques.

Swami dijo:

-Tengo yo que practicar un poco. En los viejos tiempos, bueno, me hacía un artículo de

esos en media hora.

Partap preguntó, dubitativo:

-¿Alguna cosita sobre los Paquetes Postales? El chico dijo:

-Un artículo serio y religioso. -Y añadió, dirigiéndose a Swami-: ¿Y ese que me

enseñaste el otro día?

-¿Cuál? -preguntó Swami, como si tal.

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137

-El de lo de volar.

-Ah, esa cosilla. Sahib, el chico se refiere a unas palabrillas que escribí el otro día.

Partap dijo:

-Ya me acuerdo. Lo que rechazó The New Stateman. Pero está bien. Demuestra que en

la antigua India lo sabían todo sobre los aviones.

Ganesh dijo:

-¡Hum! -Y añadió-: Muy bien. Pues lo ponemos. Swami dijo:

-Lo tengo que pulir un poquito. Partap dijo:

-Bueno, pues ya está todo. Intervino el chico:

-Os olvidáis de una cosa. El nombre.

Los hombres volvieron a quedarse pensativos.

Swami hizo tintinear el hielo en su vaso.

-Más vale decirlo ahora mismo, sahib. Yo soy así: nada de andarme con rodeos. Si no

encontramos un buen nombre, la culpa es mía. Cuando era director de verdad los usé

todos. The Mirror, The Herald, The Sentinel, The Tribune, The Mail, Todo, todo. Los tengo

agotados. El no sé qué hindú y el no sé cuántos hindú.

Ganesh dijo:

-Algo sencillo.

Partap jugueteó con su vaso y masculló:

-Algo realmente sencillo. -Y sin darse cuenta soltó-: ¿The Hindú?

-¡Serás idiota! -gritó Swami-. ¿No sabes que así se llama la revista de Narayan? Eres

tan idiota que por eso trabajas en Correos, ¿no?

La silla chirrió contra el suelo y Léela salió corriendo, horrorizada. Vio a Partap de pie,

pálido y tembloroso, con el vaso en la mano.

-¡ Anda, vuelve a decirlo! -exclamó Partap-. Lo repites y ya verás si no te estampo este

vaso en la cabeza. ¿Quién trabaja en Correos? ¿Un hombre como yo pegando sellos? Eso

tú, que vas por ahí chupando... Bueno, no me voy a ensuciar la boca hablando contigo aquí.

Ganesh rodeó los hombros de Partap con un brazo mientras Léela le quitaba

rápidamente el vaso de la mano y retiraba los demás vasos de la mesa.

Swami dijo:

-Venga, hombre, que era una broma. ¿Quién podría decir que trabajas en Correos? Sólo

con verte se nota que eres de los Paquetes Postales. Lo llevas grabado, ¿verdad, chico?

El chico respondió:

-A mí me da la impresión de ser de los Paquetes Postales. Ganesh dijo:

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-¿Lo ves como todos dicen que parece que eres de los Paquetes Postales? Venga, a

sentarse y a portarse como uno de los Paquetes Postales. Siéntate y tranquilízate. Un

poquito de Coca-Cola. ¡Anda! ¿Dónde están los vasos?

Léela dio un patadón en el suelo.

-No pienso darles Coca-Cola a estos analfabetos en mis vasos, con lo bonitos que son.

Swami dijo:

-Perdón, maharaní.

Pero Léela ya había salido de la habitación.

Partap dijo, al tiempo que se sentaba:

-Perdón, pero los errores son fidedignos. Se me había olvidado el nombre de la revista

de Narayan, nada más.

-¿Qué os parece The Sanatanist? -preguntó Swami.

El chico contestó:

-No.

Ganesh le miró.

-¿No?

-Es fácil darle la vuelta -dijo el chico-. Sería muy fácil cambiarlo por The Sanatanist the

Satanist. Y además, mi padre no es sanatanista. Nosotros somos arios.

Así que los hombres se pusieron a pensar otra vez.

Swami le preguntó al chico:

-¿Has pensado algo ya?

-¿Qué crees que soy? ¿Pensador profesional? Partap dijo:

-No te pongas así. Si se te ocurre algo, nos lo cuentas, Ganesh dijo:

-Somos hombres hechos y derechos. Vamos a olvidarnos del chico.

El chico dijo:

-Vale, no os preocupéis más. Es fácil. El nombre que andáis buscando es The Dharma,

la fe.

Ganesh escribió el nombre en la parte superior de la primera página y sombreó las

letras.

El chico dijo:

-Me sorprende que unos hombres hechos y derechos estén aquí venga a beber Coca-

Cola y hablando de su experiencia y que no se preocupen de los anuncios.

Aún nervioso, Partap se puso locuaz.

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139

-Estaba yo hablando con el jefe de los Paquetes Postales la semana pasada, sin ir más

lejos, y me contó que en América e Inglaterra -él estuvo allí de permiso antes de la guerra-

tienen hombres hechos y derechos que se pasan el día escribiendo anuncios.

Swami dijo:

-Yo es que ya no tengo los contactos que tenía antes para lo de los anuncios.

Ganesh le preguntó al chico:

-¿Tú crees que nos hacen falta? Intervino Swami:

-¿Por qué le preguntas al chico? Si quieres mi consejo, pues mira, te lo digo bien claro:

que una revista, a no ser que lleve anuncios, no parece nada y la gente piensa que nadie la

lee.

Partap dijo:

-Si no ponemos anuncios, hay que llenar más columnas. Dos y dos son cuatro, y con las

cuatro columnas de la última página nos ponemos en ocho, y una en la primera...

Ganesh dijo:

-Pondremos anuncios, y yo conozco a alguien que seguro que quiere anunciarse.

Beharry. Almacenes Beharry. En primera página.

-¿A quién más conocéis? -preguntó el chico. Partap arrugó la frente.

-Lo mejor va a ser nombrar un administrador. Swami sonrió a Partap.

-Qué buena idea. Y yo pienso que el más adecuado para el cargo es el pandit Ganesh. El

voto fue unánime. El chico le dio un codazo a Swami, y Swami dijo:

-Y pienso que tenemos que nombrar un subdirector. El más indicado es aquí el chico.

Aquello quedó solucionado. Después decidieron que, en la primera página de The

Dharma, Swami figurase como director general y Partap como director adjunto.

Durante los dos o tres meses siguientes, hubo veces en que Ganesh se arrepintió de

haberse metido en el periodismo. Las distribuidoras de películas tenían una actitud muy

grosera. Decían que ya tenían suficientes anuncios, como si dudaran de que una crítica de

The Dharma, por favorable que fuese, pudiera estabilizar la industria cinematográfica de la

India. Eso argumentaba Ganesh: "La industria cinematográfica india no es tan saneada

como parece", decía. "Que se acaben las consecuencias de la guerra y entonces, ¡pum!, las

cosas se pondrán feas." Los ejecutivos le aconsejaban que se limitara a la religión y dejara

en paz la industria cinematográfica.

"De acuerdo. Ni una crítica. Ni una palabra", amenazó Ganesh. "The Dharma hará caso

omiso de la existencia del cine indio." Recapacitó rápidamente al ver que las dos columnas

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140

sobre cultura de la página dos se quedaban en blanco y se ablandó. "Siento haberme

enfadado", escribió. "Pero mi actitud hacia ustedes no estará influida por su actitud hacia

mí." Sin embargo, las distribuidoras de películas siguieron negándose a dar entradas gratis

a The Dharma y Ganesh tuvo que darle dinero al chico para que fuera a ver dos películas y

escribiera la crítica.

Ser el administrador le resultaba embarazoso. Suponía ir a ver a una persona que ya

conocía y hablar sobre la situación en la India antes de lanzarse a pedirle un anuncio. Y

además no era muy sensato, porque Ganesh no quería que se supiera que tenía una

relación demasiado estrecha con The Dharma.

Acabó por abandonar la idea de poner anuncios. De los clientes que eran tenderos sacó

dos o tres centímetros de publicidad; pero después decidió publicar anuncios no

solicitados. Pensó en todas las tiendas y redactó anuncios para ellas. Un asunto

complicado, porque casi todas las tiendas eran muy parecidas y no resultaba satisfactorio

escribir algo como "Los mejores productos a precios sin rival", o "Artículos de primera

calidad a precios competitivos". Al final se lo inventó, con descripciones de gangas

superlativas en tiendas ficticias de pueblos desconocidos. Swami estaba contento.

-Una obra maestra, sahib. Partap preguntó:

-Este sitio del que hablas, Los Rosales, ¿dónde está?

-¿Saldos Keskidee? Recién abierto. La semana pasada, sin ir más lejos.

El chico entregó críticas difamatorias sobre las películas.

-Mira, esto no lo podemos publicar -dijo Ganesh.

-Para ti es muy fácil hablar. Tú lo único que haces es ir por ahí buscando anuncios. Yo

me tuve que pasar seis horas viendo esas dos películas.

Hubo que volver a escribir las críticas.

El chico dijo:

-Pandit, es tu revista. Si me haces mentir, es cosa tuya.

-¿Qué pasa con lo de tu artículo sobre el Fondo para los Indigentes, sahib?

-Aquí lo tengo. Narayan va a ser el hazmerreír de todos. Y con la crónica de Léela que

voy a publicar al lado, Narayan se va enterar de lo que es bueno.

Les enseñó la crónica.

-¿Qué son todas estas manchas? -preguntó el chico.

-Para corregir los signos de acentuación.

-Pues es una crónica bien bonita, sahib. Swami lo dijo en tono melifluo. Decía lo

siguiente:

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CRÓNICA DE MIS ACTIVIDADES BENÉFICAS

Léela Ramsumair

1. En noviembre del pasado año atendí con toda humildad a 225 indigentes, en forma

de dinero y refrigerios. Los gastos de tal invitación fueron cubiertos con aportaciones,

donadas de buen grado, de particulares de Trinidad.

2. En diciembre atendí a 213 niños pobres. Los gastos fueron cubiertos por mi marido,

Pandit Ganesh Ramsumair, licenciado, místico, y por mí.

3. El 1 de enero el doctor C. V. R. Swami, periodista hindú y organizador religioso, me

abordó con una petición de ayuda monetaria inmediata. Había organizado una reunión

religiosa de siete días, dando de comer a una media de hasta 200 brahmanes per diem,

además de otras 325 personas, aproximadamente (según los cálculos del doctor Swami). Se

le terminó la comida. Le presté ayuda económica. Por consiguiente, el día 7 y el último día

de la reunión religiosa, pudo dar de comer a más de 500 brahmanes, además de 344

indigentes.

4. En febrero fui a la finca de Sweet Pastures, donde me vi ante unos 425 niños. Todos

eran indigentes. Les di comida, y juguetes a 135 de los más pobres.

5. En marzo, en mi residencia de Fuente Grove, atendí a más de 42 niños de los más

pobres. Considero que debo declarar que, si bien di de comer a todos, sólo pude entregar

ropas a 12 de los más pobres.

6. Al presentar esta incompleta crónica al público examen de los trinitenses, deseo que

sea públicamente sabido que es mucho lo que debo a los particulares trinitenses que de tan

buen grado donaron dinero para el consuelo y alivio de los niños más pobres sin distinción

de raza, casta, color o credo.

The Dharma fue a imprenta.

El chico se encargó de la composición con gran entusiasmo. Puso un titular en letras

grandes en la primera página y otro en la tercera. En la parte superior de la tercera insertó,

en bastardilla del veinticuatro:

Hoy en día, el avión es algo que se suele ver desde cualquier sitio y también se suele

creer que el progreso en este terreno se remonta a los últimos cuarenta años. Pero unas

diligentes investigaciones están demostrando que no es así, y en este docto despacho, el

doctor C. V. R. Swami muestra que hace dos mil años ya existía...

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Y en enorme negrita:

LA AVIACIÓN EN LA ANTIGUA INDIA

Se lo sabía todo sobre los encabezamientos y los ponía cada dos párrafos. El último

párrafo de cada artículo iba en bastardilla, y el último renglón en negrita.

Basdeo, el impresor, le dijo más adelante a Ganesh:

-Sahib, como me vuelvas a mandar a ese chico con algo para imprimir, le retuerzo el

pescuezo.

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143

10 La derrota de Narayan

"Si necesitara otra prueba de la mano de la Providencia en mi trayectoria, sólo tendría

que fijarme en los sucesos que desencadenaron la caída de Shri Narayan", escribía Ganesh

en Los años de culpa.

En Trinidad no es de buena educación mirar mal a una persona porque se sepa que no

utiliza bien los fondos públicos. En cuanto se le descubre, el pobre es objeto de tal ridículo

que hasta le dedican letrillas. Después de que apareciera The Dharma, Narayan ya no tuvo

salida.

-Es tu oportunidad para rematarle, pandit -dijo Beharry-. Dos o tres meses para

recobrarse y ¡zas!: la gente deja de reírse y vuelve a hacerle caso.

Pero nadie era capaz de trazar un plan.

Léela dijo:

-Yo haría lo que mi padre: unos buenos zurriagazos. Beharry sugirió más conferencias.

El chico dijo:

-Pandit, secuestra a ese hijo de perra.

Swami y Partap pensaron un montón, pero no se les ocurrió nada.

Era la época de las bodas hindúes, y la Gran Eructadora estaba muy ocupada.

La mooma de Suruj seguía pensando cuando, para desgracia de Narayan, intervino el

Destino.

Dos días después de la publicación del Primer Volumen, Número Uno de The Dharma,

se anunciaba en The Trinidad Sentinel que un industrial hindú de la India había ofrecido

treinta mil dólares para la mejora del nivel cultural de los hindúes de Trinidad. El dinero lo

tendría en depósito el gobierno de Trinidad hasta poder entregarlo a un grupo hindú

competente.

Narayan se apresuró a proclamar que la Asociación Hindú, cuya presidencia tenía el

honor de ocupar, era suficientemente competente como para hacerse cargo de los treinta

mil dólares.

Léela dijo:

-Si se les deja, se podrían hacer cargo de mucho más.

-El propio Dios nos envía esta oportunidad, pandit -incitó Beharry-. Pero tienes que

actuar rápido. La Asociación de Narayan celebra su segunda asamblea general dentro de

cuatro semanas. ¿No podrías hacer algo allí?

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144

-No paro de pensar en ello -contestó Ganesh, y durante unos momentos Beharry

reconoció al Ganesh de antes, el de los tiempos premísticos.

Cuatro días más tarde, el corresponsal de The Sentinel en San Fernando informaba de

que el pandit Ganesh Ramsumair, de Fuente Grove, estaba planeando la formación de una

asamblea representativa de los hindúes de Trinidad que se conocería como Liga Hindú.

Aquel mismo día, Narayan aseguraba en una entrevista que la Asociación Hindú era el

único grupo representativo de los hindúes de Trinidad. Tenía un buen historial en

actividades benéficas, estaba fundada mucho antes de que ni siquiera se pensara en la

creación de la Liga y todas las personas honradas sabían que la Liga se iba a formar

únicamente por la perspectiva de los treinta mil dólares.

Las cartas de ambos bandos llegaron volando a The Sentinel.

Por último, se anunció que la reunión inaugural de la Liga Hindú se celebraría en la

residencia del pandit Ganesh Ramsumair en Fuente Grove. Tendría carácter privado.

Aquel sábado por la tarde, en la planta baja de la casa de Ganesh se reunieron unos

cincuenta hombres, la mayoría antiguos clientes. Entre ellos había abogados y

procuradores, pasantes, taxistas, dependientes y obreros. Sin querer correr riesgos, Léela

les sirvió Coca-Cola aguada en tazas de esmalte.

Ganesh se sentó sobre unos cojines de color naranja en una tribuna bajo una talla de

Hanuman, el dios mono. Recitó una larga plegaria en hindi, y después roció a los asistentes

con agua de un jarro de latón sirviéndose de una hoja de mango.

Sentado con las piernas cruzadas en un charpoy junto al chico, Partap dijo en hindi:

-Agua del Ganges. El chico replicó:

-¡Vete a Francia!

Ganesh les hizo prestar un terrible juramento de secreto.

Después se levantó y se echó la chalina verde sobre el hombro.

-Lo que quiero decir hoy es muy sencillo. Queremos emplear bien el dinero que se nos

dé, y al mismo tiempo impedir a Narayan que siga creando problemas. Dice que es

competente para hacerse cargo del dinero. Nosotros lo sabemos.

Hubo risas. Ganesh tomó un sorbo de Coca-Cola de un vaso de los bonitos.

-Para conseguir el dinero, no sólo tenemos que eliminar a Narayan. Tenemos que

formar un grupo unido de hindúes. Se oyeron gritos de aprobación.

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145

-La Asociación Hindú no es un grupo muy grande. Aquí somos más que en la

Asociación Hindú. Quieren captar más miembros, y os he reunido hoy aquí para rogaros

que forméis vuestras propias secciones de la Asociación Hindú.

Murmullos.

El chico dijo:

-Pero yo creía que hoy íbamos a formar la Liga Hindú.

Ganesh levantó una mano.

-Hago esto únicamente por la unidad de los hindúes de Trinidad.

Varias personas gritaron en hindi:

-¡Larga vida a Ganesh!

-¿Pero y la Liga? -insistió el chico.

-No vamos a formar la Liga. Dentro de menos de tres semanas la Asociación Hindú

celebrará su segunda asamblea general. Se elegirán muchos cargos y espero veros a todos

vosotros entre ellos.

Los asistentes aplaudieron.

Swami se puso de pie con dificultad.

-Señor presidente Ganesh, ¿puedo preguntarle cómo piensa que va a ocurrir tal cosa?

Los asistentes aplaudieron otra vez y Swami volvió a sentarse.

-Ese es el problema: ¿cómo ganar las elecciones en la asamblea general de la

Asociación? La solución: teniendo más delegados que nadie. ¿Cómo tener delegados?

Formando más secciones. Espero que los cincuenta aquí presentes formen cincuenta

secciones. Cada sección enviará tres delegados a la asamblea.

Swami volvió a ponerse de pie.

-Señor presidente Ganesh, ¿puedo preguntarle cómo nos va a proporcionar a todos y

cada uno de los aquí presentes tres delegados, sahib?

-Hay... hay cientos de personas dispuestas a hacerme un favor. El chico se levantó entre

los aplausos dirigidos a Swami y Ganesh.

-Sí, parece buena idea. Pero, ¿cómo sabemos que Narayan no va a hacer lo mismo?

Murmullos: "El chico es pequeño pero listo" y "¿De quién es hijo?".

Swami se levantó casi en cuanto se hubo sentado. Le dedicaron más aplausos. Sonrió,

tocó la carta que llevaba en el bolsillo de la camisa y extendió una mano para que cesara la

ovación.

-Señor presidente Ganesh, sahib, con su permiso, sahib, voy a contestar a la pregunta

del chico. Al fin y al cabo, es mi sobrino, el hijo de mi hermana.

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Ovación estruendosa. Gritos de: "¡Chist! ¡Chist! ¡Vamos a oír qué dice!"

-Me parece a mí, señor presidente Ganesh, que la pregunta del chico casi se contesta a

sí misma, sahib. En primer lugar, ¿quién va a tomarse a Narayan en serio? ¿Quién le va a

hacer caso? Señor presidente Ganesh, yo soy el director general de The Dharma. Esa

revista ha convertido a Narayan en el hazmerreír de todos. En segundo lugar, sahib,

Narayan no tiene cabeza para hacer una cosa así.

Risas.

Swami volvió a levantar una mano.

-En tercer y último lugar, sahib, está el factor sorpresa. Ese es el factor que va a

derrotar a Narayan.

Gritos de: "¡Larga vida a Swami! ¡Larga vida al sobrino de Swami!".

Partap preguntó:

-¿Y el transporte, pandit? Estaba pensando que podría coger varias furgonetas de los

Paquetes Postales...

-Yo tengo cinco taxis -replicó Ganesh-. Y muchos amigos que son taxistas.

Los taxistas allí presentes se rieron. Ganesh pronunció el discurso de clausura.

-Recordad: sólo estamos luchando contra Narayan. Recordad: luchamos por la unidad

de los hindúes. -Y antes de que se dispersaran, gritó para infundir ánimos-: ¡No olvidéis

que os respalda una revista!

Al día siguiente, domingo, The Sentinel informaba de la creación de la Liga Hindú.

Según el presidente, el pandit Ganesh Ramsumair, la Liga ya tenía veinte secciones.

El martes -The Sentinel no se publica los lunes-, Narayan anunció que la Asociación

Hindú tenía treinta secciones. El miércoles, la Liga anunció que tenía cuarenta secciones.

El jueves, la Asociación había doblado el número de miembros y tenía sesenta. La Liga

guardó silencio el viernes. El sábado, la Asociación aseguraba contar con ochenta

secciones. Nadie dijo nada el domingo.

El martes Narayan declaró en una conferencia de prensa que saltaba a la vista que la

Asociación Hindú era el grupo hindú más competente y que iba a presionar para obtener la

dotación de treinta mil dólares inmediatamente después de la elección de cargos en la

segunda asamblea general del domingo.

La Asociación Hindú se reuniría en Carapichaima, en el salón de la Sociedad de

Socorro Mutuo, un edificio grande, como una escuela de misión con columnas de más de

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147

tres metros de altura y tejado piramidal de hierro galvanizado. De cemento en la planta de

arriba y enrejado alrededor de las columnas en la de abajo. Un gran letrero negro y

plateado proclamaba con elocuencia las ventajas de la Sociedad, que incluían "el entierro

gratuito de sus miembros".

La segunda asamblea general de la Asociación Hindú debía comenzar a la una del

mediodía, pero cuando llegaron Ganesh y sus seguidores en varios taxis, alrededor de la

una y media, sólo vieron a tres hombres vestidos de blanco, entre ellos un negro alto de

larga barba con aspecto de santo.

Ganesh había advertido de que podía haber intercambio de golpes, en cuanto el taxi

llegara a Carapichaima. Swami, armado con un grueso bastón poui, se sentó en el borde del

asiento y gritó:

-¿Dónde está Narayan? Narayan, ¿dónde estás? ¡Hoy quiero verte la cara!

Después se tranquilizó.

Los hombres de Ganesh invadieron inmediatamente el lugar. Dando muestras de una

iniciativa que sorprendió a Ganesh, Swami se unió al grupo de avanzadilla.

-Narayan no está -dijo el chico con alivio.

Swami golpeó el suelo cubierto de polvo con el bastón.

-Es una trampa, sahib. Y hoy es el día que quería ver a Narayan. Después volvió Partap,

con la noticia de que los delegados de la Asociación Hindú estaban comiendo en una

habitación del piso de arriba.

Ganesh, con Swami, Partap y el chico cruzaron el patio de tierra y asfalto, hasta la

escalera de madera en un lateral del edificio. El chico dijo:

-Más os vale protegerme como es debido, ¿entendido? Como me peguen, lo vais a

pagar muy caro. A mitad de los escalones Swami gritó:

-¡Narayan!

Estaba en el descansillo de arriba: un hombre viejo, muy bajo, muy delgado, con un

traje de dril blanco lleno de manchas y desastrado. Tenía el rostro contraído, con expresión

de gran dolor. Parecía dispéptico. Se dio la vuelta, se apoyó en el múrete de la galería

superior, y se quedó mirando fijamente los mangos y las casitas de madera al otro lado de

la carretera.

Ganesh y sus hombres subieron ruidosamente la escalera, el chico más ruidoso que

nadie.

Swami dijo:

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148

-Coge mi poui y dale en la calva mientras mira a otro lado, sahib. Es una ocasión única.

Ganesh replicó:

-No sabes cuánta razón tienes. El chico dijo:

-Aquí tienes tres testigos de que perdió el equilibrio y se cayó. Ganesh no respondió. El

chico dijo:

-Dame el bastón. Yo le arreglaré las cuentas a Narayan.

Swami sonrió.

-Eres demasiado pequeño.

Los seguidores de Ganesh repartían The Dharma a diestro y siniestro, entre los que

pasaban por la carretera, entre los delegados que estaban comiendo, entre los delegados

que paseaban por el patio. Al principio intentaron cobrar cuatro centavos por ejemplar,

pero después empezaron a regalar la revista.

Partap dijo pausadamente:

-¿Quieres que vaya a insultar a Narayan, pandit? Estoy lo bastante chiflado como para

hacer una cosa así. -De repente enloqueció-. ¡Más vale que me sujetéis si no queréis que

mande a ese hombrecillo al hospital! ¿Me oís? ¡Sujetarme!

Le sujetaron.

Narayan dejó de contemplar el otro lado de la carretera y bajó lentamente hacia el

descansillo. Swami dijo:

-¿Quieres que le tire escaleras abajo, sahib?

También a él le sujetaron.

Narayan les lanzó una mirada. Parecía enfermo.

-Dejarle en paz -dijo Ganesh-. Está acabado, el pobre.

El chico dijo:

-Parece un pollo mojado.

Le oyeron bajar los escalones, pasito a pasito.

Los delegados que estaban comiendo salieron a la galería en pequeños grupos, vaso en

mano. Trataban de mantener la calma y actuaban como si Ganesh y sus hombres no

estuvieran allí. Se lavaron las manos e hicieron gárgaras, tirando el agua por encima de la

pared, mientras hablaban en voz alta y se reían.

A Ganesh le llamó la atención uno de los gargaristas, bajo y robusto, que estaba en un

extremo de la galería. Creyó reconocer el vigor con el que aquel hombre hacía gargarismos

y escupía al patio, y le resultaba conocido aquel garbo. De vez en cuando el gargarista daba

un saltito, y Ganesh también reconoció aquello.

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149

Aquel hombre dejó de hacer gárgaras y miró a su alrededor.

-¡Ganesh! ¡Ganesh Ramsumair!

-¡Indarsingh!

Estaba más rollizo y tenía bigote, pero conservaba la gracia que le llevó a ser un alumno

destacado en el Queen's Royal College.

-Vaya, vaya, chaval.

-Pero bueno, si hablas con acento de Oxford. ¿Qué pasa, hombre?

-Tranquilo, chaval. Vaya la que nos estás jugando. Pero tienes buena pinta. Pero que

muy buena pinta.

Se tocó la corbata que llevaba, de la Sociedad de St Catherine, y dio otro saltito.

A Ganesh le habría dado vergüenza hablar correctamente con Indarshing.

-Vamos, que no me esperaba verte aquí. Anda, que un tipo como tú, venga a ganar

becas...

-Pues estoy hasta las narices del Derecho, chico. A ver si me meto en lo de la política.

Empezando por poco. Dando charlas.

-Claro, hombre. Indarsingh, el lince de los debates en el colegio.

Swami y los demás miraban boquiabiertos. Ganesh dijo:

-¿Es que os he pedido que montéis guardia, pandilla? ¿Dónde está Narayan?

-Está sentado ahí abajo, tan tranquilo, limpiándose la cara con un pañuelo sucio.

-Pues hale, a vigilarle. Que no haga nada raro.

Los hombres y el chico se marcharon.

Indarsingh no se dio por aludido con la interrupción.

-Ahora doy charlas a campesinos. Qué diferencia, chico. No es lo mismo que la

Sociedad Literaria o la Unión de Oxford.

-La Unión de Oxford.

-Y venga de años. Un curso sí y otro también. Aquí, Indarsingh. Tres veces candidato

para el Comité de la Biblioteca. No se me arregló. Prejuicios, ya sabes. Un asco.

El rostro de Indarsingh se entristeció.

-Pero hombre, ¿por qué has dejado lo del Derecho así tan pronto?

-Las charlas a los campesinos -repitió Indarsingh-. Es todo un arte, chaval.

-Venga, que no es tan difícil. Indarsingh no le hizo caso.

-Los últimos meses, he dado charlas a toda clase de gente. Para lo de las prácticas.

Clubes de ciclismo, de fútbol, de criquet. Pero nada de una charleta de diez minutos,

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150

¿sabes? Una vez, en las elecciones del club de criquet, hablé tanto tiempo que se apagó la

lámpara de gas. -Miró muy serio a Ganesh-. ¿Y sabes qué pasó?

-¿Volviste a encender la lámpara?

-Qué va, chico. Seguí hablando. En la oscuridad. El chico subió corriendo las escaleras.

-La reunión va a empezar, sahib.

Ganesh no se había dado cuenta de que los gargaristas habían abandonado la galería.

-Mira, Ganesh, chaval. Me voy a enfrentar contigo. No me gustan las trampas. Te voy a

destrozar con la labia, chaval. -Dio un saltito y empezaron a bajar la escalera-. Tengo que

contarte una cosa. Sobre lo de dar charlas. Un tipo llamado Ganga apoyó a un imbécil en

las elecciones municipales del condado. Yo apoyé a otro. El mío ganó por los pelos. Ganga

montó un follón de los grandes. Exigiendo un recuento. Yo hablé en contra durante quince

minutos. Ah, ya empieza la reunión. Hay un montón de delegados, ¿qué?

-¿Qué pasó?

-Ah, el recuento. Perdió el mío.

La sala estaba abarrotada. No había suficientes bancos, y muchos delegados estaban

apoyados contra el enrejado. A aquella confusión contribuía la existencia de numerosas

columnas de madera que surgían de los sitios más insospechados.

-No hay sitio, chaval. No contaba yo con tantos, ¿qué? No, no me voy a sentar contigo.

Ya me colaré en algún sitio, ahí delante. Y acuérdate: sin trampas.

Los delegados se abanicaban con The Dharma.

Tal vez, si The Dharma no le hubiera dejado tan en ridículo y la donación de treinta mil

dólares tan en evidencia, Narayan se habría defendido. Pero le cogió tan por sorpresa y,

además, conocía tan bien su situación, que a Ganesh se le allanó el camino.

Pero Ganesh tuvo momentos de preocupación.

Como cuando Narayan, por poner un ejemplo, presidiendo la mesa cubierta con la

bandera tricolor de la India, azafrán, blanca y verde, preguntó cómo era posible que el

señor Partap, que como bien sabía, trabajaba en Puerto España y vivía en San Fernando,

representara a Cunaripo, que estaba a kilómetros de distancia de ambos lugares.

Ganesh se puso en pie de golpe y dijo que, efectivamente, el señor Partap era

empleado, y muy estimado, en el Servicio de Paquetes Postales de Puerto España y

miembro de una honorable familia de San Fernando, pero que además, y sin duda por

méritos propios en alguna vida anterior, tenía tierras en Cunaripo.

Narayan parecía enfermo. Dijo, muy seco:

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-Bueno, supongo que yo represento a Puerto España, aunque trabajo en Sangre

Grande, que está a sólo ochenta kilómetros.

Todos se rieron. Todo el mundo sabía que Narayan vivía y trabajaba en Puerto España.

Y a continuación Indarsingh empezó a liarla. En un discurso que duró casi diez

minutos, cuestionó, en un inglés impecable, si todas las secciones habían pagado su cuota.

El tesorero jefe, sentado junto a Narayan, abrió un cuaderno azul con el retrato del rey

Jorge VI en la tapa. Dijo que muchas secciones, sobre todo las más recientes, no habían

pagado, pero que estaba seguro de que lo harían muy pronto.

Indarsingh gritó:

-¡Eso va contra los estatutos! Se hizo el silencio.

Seguramente esperaba alaridos de protesta, y el silencio le cogió por sorpresa. Dijo:

"¿Ah, cómo?", y se sentó. Narayan torció los finos labios.

-Es curioso. Vamos a consultar los estatutos. Swami vociferó desde atrás:

-¡Narayan, no vas a consultar estatutos de ninguna clase! Con expresión de tristeza,

Narayan apartó el folleto.

-¡Venga, que alguien como tú quiera consultar los estatutos, cuando le estás quitando

el dinero a la gente que tiene que matarse para comer!

Ganesh se levantó.

-Señor presidente, ruego al doctor Swami que se retracte de sus groseras palabras.

Los allí reunidos se unieron a la petición: "¡Que se retracte!"

-Vale, me retracto. Eh, un momento. ¿Quién está diciendo "Cállate la boca"? ¿Es que

quiere jarabe de palo? -Swami miró a su alrededor con expresión amenazante-. Vamos a

ver. Quiero dejar bien clara nuestra postura. No hemos venido para pelearnos con nadie.

Lo único que queremos es ver a los hindúes unidos, y queremos que la donación sea para

todos, no sólo para una persona.

Narayan parecía más enfermo que nunca.

Hubo risas, y no sólo de los seguidores de Ganesh.

Ganesh le dijo al chico en un susurro:

-¿Pero cómo no me has recordado lo de las suscripciones? El chico dijo:

-Tú, un hombre hecho y derecho, hablándome así. Indarsingh volvió a intervenir.

-Señor presidente, esto es un grupo democrático, y en ninguna otra asociación (y yo he

viajado mucho) he sabido yo de miembros a quienes se les permitiera votar sin haber

pagado la suscripción. Considero que, en términos generales...

Narayan preguntó:

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-¿Es una moción? Indarsingh parecía molesto.

-Sí, señor presidente. Indudablemente, es una moción. Swami bramó:

-¡Señor presidente, ya está bien de mociones y conmociones, y oigamos algo sensato,

para variar! Mi moción consiste en que los estatutos sean... sean...

-Suspendidos -intervino el chico.

-... suspendidos, o al menos que la parte que dice que los miembros de la asociación

tienen que pagar para votar. Suspendidos para esta reunión, y sólo para esta reunión.

Indarsingh estalló, levantó un brazo, citó a Gandhi, habló sobre la Unión de Oxford, y

dijo que se avergonzaba de la corrupción que existía en la Asociación Hindú.

Narayan parecía hundido.

A una señal de Ganesh, cuatro hombres se precipitaron hacia Indarsingh y se lo

llevaron en volandas.

-¡Antidemocrático! ¡Va contra los estatutos! -gritó Indarsingh.

Se calló de repente. Narayan preguntó:

-¿Quién secunda la moción?

Se alzaron todas las manos.

Narayan vio la derrota. Sacó un pañuelo y se lo llevó a la boca.

Cambió el ambiente de la reunión.

El negro de la barba se levantó y pronunció un largo discurso. Dijo que le había atraído

el hinduismo porque le caían bien los indios, pero que le repugnaba la corrupción que

acababa de ver. Aún más: había decidido hacerse musulmán, y más les valía a los hindúes

andarse con cuidado cuando lo fuera.

El tesorero jefe, guardián del cuaderno azul, un magnífico personaje con turbante de

color naranja y koortah de seda, dijo que los indios eran mala gente, y sobre todo los

hindúes. Había perdido la fe en los suyos y ya no consideraba un honor ser tesorero jefe de

la Asociación Hindú. Iba a dimitir en aquel mismo momento y no pensaba presentarse

para ser reelegido. Se olvidaron las lealtades personales.

-¡Quédate, pandit nuestro! -gritaron los de la Asociación Hindú-. ¡Quédate!

El tesorero jefe lloró y se quedó.

Narayan parecía destrozado, más triste que nunca cuando se levantó para hablar.

Pronunció el siguiente discurso, que apareció entero en The Hindú:

-La discordia y la insatisfacción imperan entre las masas hindúes de Trinidad. Amigos

míos, en parte, yo he sido el causante de tal discordia e insatisfacción. Lo confieso. -Estaba

llorando-. Amigos míos: ¿podréis perdonar a un anciano?

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-Sí, sí -respondieron los allí reunidos, también llorando-. Te perdonamos.

-Amigos míos, no estamos unidos. Y con vuestro permiso, voy a contaros la historia de

un anciano, sus tres hijos y un haz de leña. -No la contó muy bien-. Unidos estamos de pie,

y divididos caemos. Amigos míos, más vale caer unidos que seguir en pie divididos. Amigos

míos, el pandit Jawaharlal Nehru jamás peleó con Shrí Chakravarti Rajagopalacharya ni

con Shri Vallabhai Patel por la presidencia del Congreso Nacional Panindio. Amigos míos:

lo único que deseo es recuperar mi autoestima y vuestra estima. Y, amigos míos, me retiro

de la vida pública. No quiero ser reelegido presidente de la Asociación Hindú de Trinidad,

de la cual soy miembro fundador y presidente.

Narayan recibió una estruendosa y larga ovación. Varias personas lloraron. Algunas

gritaron:

-¡Larga vida a Narayan! Narayan también lloró.

-Gracias, gracias, amigos míos.

Y después se sentó, para enjugarse los ojos y sonarse la nariz.

-Vaya diplomacia la de ese hijo de perra, pandit -dijo el chico.

Pero Ganesh también se enjugó una lágrima.

Ganesh era el único candidato a la presidencia y salió elegido sin el menor problema.

Entre los nuevos presidentes suplentes figuraban Swami y Partap. El chico se quedó en

simple secretario. A Indarsingh le ofrecieron el puesto de cuarto subsecretario, pero

declinó la oferta.

La primera actuación de Ganesh en calidad de presidente consistió en enviar un cable

al Congreso Panindio. Algo incómodo, porque no había ningún aniversario que celebrar.

Envió lo siguiente:

MANTENEMOS VIVOS LOS IDEALES DE MAHATMA STOP ASOCIACIÓN HINDÚ

TRINIDAD CON LA LUCHA POR LA INDEPENDENCIA STOP SALUDOS.

GANESH PRESIDENTE

ASOCIACIÓN HINDÚ TRINIDAD Y TOBAGO

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11 Miembro del consejo legislativo

El Número Dos del Volumen Uno de The Dharma no llegó a salir.

Swami y Partap no podían ocultar el alivio que sentían, pero el chico le dijo a Ganesh:

"No pienso volver a meterme en esta estupidez para crios, ¿entiendes?" Y a Swami: "Para la

próxima revista que quieras sacar, a mí no me avises."

Pero The Dharma había cumplido su misión. Narayan no se desdijo y se retiró de la

vida pública. Cuando la campaña para las primeras elecciones generales de Trinidad estaba

en pleno apogeo, él se refugió en su casa de Mucurapo, en Puerto España, enfermo e inútil.

The Hindú abandonó los eslóganes como Cada uno que enseñe a uno y Per Ardua ad

Astra y volvió a conformarse con citas de las escrituras hindúes. El Pajarito desapareció y

ocupó su lugar Chispas de la lumbre de un brahmán.

Ganesh no tenía tiempo para los asuntos de la Asociación Hindú. Las elecciones de la

isla se celebrarían dentro de dos meses y estaba muy liado. Indarsingh había decidido

presentarse como candidato en el distrito de Ganesh, y fue eso más que el apoyo de la

Asociación, de Beharry o Swami lo que empujó a Ganesh a las elecciones.

-Narayan tenía su parte de razón -dijo Beharry-. Sobre los visionarios religiosos. Y

también la mooma de Suruj. Dice que curar almas está muy bien, pero que no llena el

estómago.

Ganesh pidió consejo a Léela.

Ella le dijo:

-Pues claro que tienes que presentarte. No irás a quedarte de brazos cruzados y dejar

que ese chico engañe a la gente, ¿no?

-Oye, que Indarsingh no es ningún chico.

-Pues es difícil creerlo. La mooma de Suruj está en lo cierto, ¿sabes? Demasiada

educación es malo de verdad. Tú te quedaste y estudiaste aquí, y sin embargo eres un

hombre más importante que Indarsingh, con todos los Oxford donde dice que ha estado.

La Gran Eructadora exclamó:

-¡Ay, Ganesh! ¡Eran las palabras que esperaba oír de tu boca! Es tu deber presentarte y

ayudar a los pobres. Así que Ganesh se presentó a las elecciones.

-Pero no me va a hacer feliz ver a mi marido metiéndose en discusiones ruines con

gente ruin. No quiero que arrastres tu nombre por el barro.

No lo hizo. Llevó la campaña electoral más limpia de la historia de Trinidad. No tenía

programa. Y sus carteles eran de lo más sencillo: GANESH HARÁ LO QUE PUEDA, UN

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155

VOTO PARA GANESH ES UN VOTO PARA DIOS, e incluso cosas más simples, como

GANESH GANARÁ y GANESH ES UN HOMBRE DE BIEN Y DE DIOS.

No celebró reuniones electorales, pero Swami y Partap le organizaron muchas

reuniones religiosas. Trabajó con ahínco para ampliar sus conferencias del Camino de la

felicidad; tenía que llevar los libros que necesitaba en tres o incluso cuatro taxis. En medio

de una charla, dejaba caer en hindi: "Quizá interese a alguno de los aquí presentes saber

que me presento a las elecciones del mes que viene. No puedo prometer nada. Consultaré

para todo a Dios y a mi conciencia, aun a riesgo de desagradaros. Pero eso no es lo

importante. Recordad que estamos hablando de la transmigración de las almas. Pues bien,

esta teoría también fue defendida por un filósofo de la antigua Grecia, pero he traído varios

libros para demostrar que es más que probable que aquel griego tomara la idea de la

India..."

Beharry dijo un día:

-La mooma de Suruj piensa que ese cartel delante de la casa no queda bien, pandit.

Dice que está tan mohoso que lo estropea todo.

Así que Ganesh quitó el cartel que amenazaba con no atender peticiones de ayuda

monetaria y puso otro nuevo y más sencillo que decía lo siguiente: Aquí se puede encontrar

solaz espiritual en cualquier momento.

Una noche, en una reunión religiosa, Ganesh vio al chico entre quienes ayudaban a

llevar los libros desde los taxis hasta el estrado. Swami dijo:

-He traído al chico para pedirte perdón por lo que te dijo, sahib. Dice que lo quiere

compensar ayudando con los carteles y eso. Se pasa el día llorando, sahib. Y a pesar de que

parece pequeño, tiene una mano maestra para pintar carteles.

Los rótulos del chico eran complejos. Nunca se conformaba con las letras sin más; lo

sombreaba todo y a veces costaba trabajo leer lo que había escrito. Pero ponía mucho

empeño y caía bien a todo el mundo. Beharry, que también trabajaba en los carteles, dijo:

-A veces quisiera que Dios me hubiera dado un hijo así. Suruj es buen chico, pero

pandit, no tiene cabeza. Siempre está en la clase de los atrasados. Me descompone. Yo soy

un hombre inteligente, y la mooma de Suruj no es tonta.

Los elogios de Beharry sirvieron de estímulo al chico y dibujó el cartel más famoso de

las elecciones:

GANESH es

Capaz

Amable

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Enérgico

Sincero

SANTO

Frente a todo aquello, estaba claro desde el principio que Indarsingh no tenía

posibilidades, pero luchó con valentía. Obtuvo el apoyo del Partido para el Progreso y la

Unidad, el P P. U., una organización constituida a toda prisa dos meses antes de las

elecciones. Los objetivos del P. P. U., como su organización, eran difusos, e Indarsingh

tuvo que arreglárselas él solo. Sus discursos eran largos, cuidadosamente pensados -más

adelante su autor los publicaría en forma de libro, bajo el título de Colonialismo: cuatro

ensayos-, sobre temas como la economía del colonialismo, el colonialismo en perspectiva,

la anatomía de la opresión, el enfoque de la libertad. Indarsingh iba de un lado a otro con

una pizarra y una caja de tizas de colores, e ilustraba sus argumentos con diagramas. A los

niños les caía bien. Le rodeaban al principio y al final de los discursos y le pedían "un

trocito pequeño de tiza que estuviera pensando en tirar". Los mayores le llamaban el

"Diccionario Andante".

En una o dos ocasiones intentó atacar a Ganesh pero pronto comprendió que no debía

hacerlo. Ganesh jamás mencionó a Indarsingh.

A Léela le gustaba cada vez menos Indarsingh, a medida que se aproximaba el día de

las elecciones.

-Tanta palabrería elegante y tanto acento elegante... No sé cómo la gente no le tira algo

bien grande a la cabeza.

-No está bien hablar así, Léela -dijo Ganesh-. Es buen chico. Está luchando bien limpio,

y en el resto de Trinidad las cosas no son tan limpias, te lo aseguro.

Léela se volvió hacia Beharry:

-¿Oyes lo que dice? Es justo esa bondad y esa mente tan grande lo que es peligroso en

Trinidad. Parece que no ha tenido bastante con gente como Narayan.

Beharry replicó:

-Bueno, el pandit tiene mucha razón en lo que dice. Indarsingh es buen chico, pero no

es más que un chico. Dice cosas demasiado grandes. Pero fíjate, que eso está bien para

aquí. Yo puedo entenderlo y el pandit Ganesh puede entenderlo, pero para la gente

corriente es distinto.

Una noche, Ganesh volvió tarde a Fuente Grove de una reunión religiosa en Bamboo

Walk, una aldea limítrofe con su distrito. En el piso de arriba, en el cuarto de estar, estaban

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157

Léela, Beharry y el chico, trabajando como de costumbre en los carteles. Estaban sentados

a la mesa. Pero Ganesh vio a alguien más arrodillado junto al frigorífico, rellenando los

contornos de un cartel de GANESH ES UN HOMBRE DE BIEN Y DE DIOS extendido en el

suelo. Era un hombre grandón y gordo, pero no era Swami.

-Hola, sahib -dijo el hombre despreocupadamente, y siguió rellenando las letras. Era

Ramlogan.

-Hola, Ramlogan. Cuánto tiempo sin verte. Ramlogan no alzó la vista.

-Tengo mucho trabajo, sahib. En la tienda. Ganesh dijo:

-Léela, espero que tengas mucha comida para mí esta noche. Cualquier sobra me la

comería. Tengo un hambre de lobo. Ah, Léela, ¿pero no le has dado nada a tu padre?

Léela se dirigió con presteza hacia el frigorífico.

Ramlogan siguió rellenando letras.

-¿Qué te parece?

-Unas palabras muy bonitas, sahib. Ramlogan siguió sin alzar la vista.

-Se le ocurrieron a Léela.

-Ella es así, sahib. Léela repartió Coca-Colas.

Ramlogan, que estaba inclinado con las manos apoyadas en el suelo, se enderezó y se

echó a reír.

-Llevo años vendiendo la Coca-Cola esta pero, fíjate, sahib, que ni la había catado. Qué

cosas. Ya se sabe: en casa del herrero, cuchillo de palo.

Léela dijo:

-Oye, tienes la comida esperándote en la cocina. Ganesh atravesó el cuarto de estar y

pasó a la habitación grande, junto a la galería trasera.

Léela tenía lágrimas en los ojos.

-Es la segunda vez en mi vida que me haces sentir orgullosa de ti.

Se apoyó sobre él. El no la rechazó.

-La primera vez fue cuando el chico de la nube. Ahora con papá.

Se secó los ojos y sentó a Ganesh a la mesa de la cocina.

Durante la semana anterior al día de las elecciones Ganesh decidió suspender toda

actividad mística y celebrar un Bhagwat, un encuentro religioso de siete días. Dijo:

-Desde pequeño me tengo prometido celebrar mi propio Bhagwat, pero nunca

encontraba tiempo. El chico dijo:

-Pero ahora es el momento de moverse, pandit, de hablar a la gente y eso.

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-Ya lo sé -replicó Ganesh con tristeza-. Pero algo me dice que si no celebro un Bhagwat

ahora, no lo haré nunca. A Léela no le parecía bien.

-Para ti es muy fácil. Sólo tienes que estar sentado recitando oraciones y cosas. Pero la

gente no va a un Bhagwat sólo por las oraciones, eso te lo aseguro. Van por la comida de

balde.

Pero la Gran Eructadora, la mooma de Suruj y Ramlogan aunaron fuerzas y ayudaron a

Léela en la ingente tarea de cocinar durante todo el fin de semana. El Bhagwat tuvo lugar

en la planta baja de la casa; se dio de comer a la gente fuera, en el restaurante de bambú, y

había una cocina especial en la parte de atrás. Los leños ardían en enormes agujeros

excavados en el suelo, y en grandes cacerolas negras de hierro cocían a fuego lento arroz,

dal, patatas, calabaza, espinacas de muchas clases, karhee, y muchos otros alimentos

vegetarianos hindúes. La gente acudió desde varios kilómetros a la redonda, e incluso

Swami, que había organizado tantos Bhagwats, dijo:

-Es lo mejor y lo más grande que he organizado jamás.

Léela se quejaba más que nunca de cansancio; la Gran Eructadora tenía inusitados

problemas con los gases, y la mooma de Suruj no paraba de lamentarse por sus manos.

Pero Ramlogan le dijo a Ganesh:

-Así es con las mujeres y eso, sahib. Se quejan, pero nada les gusta más que una gran

fiesta como esta. Pasaba lo mismo con la madre de Léela. Siempre yendo a cantar a alguna

boda, y cuando volvía ronca a la mañana siguiente, venga a quejarse. Pero la siguiente vez

que había una boda, no encontrabas en casa a la madre de Léela.

En un gesto sublime, Ganesh invitó a Indarsingh la última noche del Bhagwat, la

víspera del día de las elecciones.

Léela les dijo a la mooma de Suruj y a la Gran Eructadora:

-Es justo lo que me esperaba de ese marido que tengo. A veces este hombre y los otros

actúan como si hubieran perdido el juicio.

La mooma de Suruj removió la caldera del dal con un cucharón de un metro de largo.

-Ay, hija. ¿Pero qué haríamos sin ellos? Indarsingh llegó con chaqueta deportiva de

Oxford, y Swami, en calidad de organizador del Bhagwat, le presentó al público.

-Tengo que hablarles en inglés para presentarles a este hombre, porque creo que no

sabe hindi. Pero creo que todos estarán de acuerdo conmigo en que habla inglés como un

auténtico inglés. Es porque tiene educación extranjera y ha vuelto aquí únicamente para

intentar ayudar a los pobres de Trinidad. Señoras y señores: el señor Indarsingh,

licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Oxford, Londres, Inglaterra.

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159

Indarsingh dio un saltito, tocándose la corbata y, como un tonto, habló de política.

Indarsingh perdió su depósito y tuvo una tremenda discusión con el secretario del P. P.

U., que también había perdido el suyo. Indarsingh dijo que el P. P. U. había prometido

compensar a los miembros que perdieran el depósito. Descubrió que no podía hablar con

nadie, pues tras los resultados de las elecciones, el Partido para el Progreso y la Unidad

sencillamente desapareció.

Fue idea de Beharry que la gente de Fuente Grove llamase a Ganesh Honorable Ganesh

Ramsumair, miembro del Consejo Legislativo.

-¿A quién desea ver? -preguntaba a las visitas-. ¿Al Honorable Ganesh Ramsumair,

miembro del Consejo Legislativo?

Al llegar a este punto convendría detenerse un poco y reflexionar sobre las

circunstancias del ascenso de Ganesh, de maestro a sanador, de sanador a místico, de

místico a miembro del Consejo Legislativo. En su autobiografía, Los años de culpa, que

empezó a escribir en esta época, Ganesh atribuye su éxito (pide que se le perdone por

utilizar tal palabra) a Dios. La autobiografía muestra que creía firmemente en la

predestinación, y las circunstancias que concurrieron para su ascensión parecen

ciertamente providenciales. Si hubiera nacido diez años antes, es muy improbable,

teniendo en cuenta la actitud de los indios de Trinidad hacia la educación en aquella época,

que su padre le hubiera enviado al Queen's Royal College. Podría haber sido pandit, y un

pandit mediocre. Si hubiera nacido diez años más tarde, su padre le habría enviado a

Estados Unidos, Canadá o Inglaterra para estudiar una profesión -la actitud de los indios

hacia la educación había cambiado por completo-, y quizá Ganesh habría sido un abogado

fracasado o un médico peligroso. Si, cuando los estadounidenses bajaron a Trinidad en

1914, Ganesh hubiera seguido el consejo de Léela y hubiera buscado trabajo con ellos o se

hubiera hecho taxista, como tantos sanadores, se le habría cerrado para siempre el camino

místico y habría supuesto su ruina. A pesar del esplendoroso intervalo con los

estadounidenses, a estos sanadores les resulta difícil ganarse la vida hoy en día. En

Trinidad ya nadie quiere sacamuelas ni sanadores, y los antiguos colegas de Ganesh en este

campo han tenido que seguir dedicándose al taxi, pero ahora a tres centavos el kilómetro y

medio, tal es la competencia.

"Está claro que mi Hacedor quería que fuese místico", escribió Ganesh.

Incluso sus enemigos le prestaban servicios. Sin los ataques de Narayan, Ganesh nunca

se habría dedicado a la política y habría seguido siendo místico. Con desafortunadas

consecuencias. Ganesh se vio convertido en místico cuando Trinidad los reclamaba. Esa

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época ha pasado. Pero algunas personas no se han dado cuenta y en algunos rincones de

Trinidad aún existen residuos de místicos miserables. Parece cierto que la Providencia guió

a Ganesh. Al igual que le indicó cuándo debía dedicarse al misticismo, le indicó cuándo

abandonarlo.

Su primera experiencia como miembro del Consejo Legislativo resultó humillante. Los

miembros del nuevo Consejo y sus esposas fueron invitados a cenar en el palacio del

Gobierno, y aunque un semanario difamatorio recién fundado consideraba la invitación un

truco imperialista, asistieron todos los miembros. Pero no todas las esposas.

A Léela le daba vergüenza, pero salió del paso diciendo que no soportaba la idea de

comer en platos de otras personas.

-Es como ir a un restaurante. No sabes cómo es la comida ni quién la ha cocinado.

En el fondo, Ganesh se sintió aliviado.

-Yo tengo que ir. Pero no te creas, que no pienso usar eso del tenedor y el cuchillo y

esas bobadas. Voy a comer con los dedos, como siempre, y me da igual lo que diga el

gobernador o quien sea. Pero la mañana antes de la cena consultó con Swami.

-Sahib, lo primero que te tienes que quitar de la cabeza es que te va a gustar la comida.

Si eso de comer con tenedor y cuchillo es cosa de práctica, hombre.

Y explicó la técnica en líneas generales.

Ganesh dijo:

-Quia, quita. Cuchillo de pescado, cuchara para la sopa, cuchara para la fruta,

cucharilla... ¿Pero quién puede acordarse de tanta cosa?

Swami se echó a reír.

-Tú haz lo que hacía yo, sahib. Mira lo que hacen los demás. Y come un montón de

buen arroz y dal antes de ir.

La cena fue una fiesta para los fotógrafos. Ganesh se presentó con dhoti, koortah y

turbante; el representante de uno de los distritos de Puerto España llevaba traje caqui y

salacot; un tercero apareció con pantalones de montar; aferrándose de momento a sus

principios anteriores a las elecciones, un cuarto apareció con pantalones cortos y camisa

desabrochada, y el miembro del Consejo Legislativo más negro, con un traje azul de tres

piezas, guantes amarillos de lana y monóculo. Todos los demás hombres parecían

pingüinos, en algunos casos hasta sus negros rostros.

Un indio cristiano de edad no llevó a su esposa porque, según dijo, nunca había tenido

esposa; en su lugar llevó a su hija, una criaturita radiante de unos cuatro años.

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La esposa del gobernador se movía con seguridad y decisión entre los consejeros y sus

esposas. Cuanto más desconcertante era el hombre o la mujer, más le interesaba y más

encanto desplegaba.

-Vaya, señora Primrose -dijo animadamente a la esposa del consejero más negro-. Qué

distinta está usted hoy.

Toda apretujada en un vestido con estampado de flores, la señora Primrose se arregló

el sombrero, también floreado.

-Ah, señora. No soy la misma yo. La otra, la que usted vio en la Unión de Madres de

Granadina, esa está en casa. Haciendo un niño.

Muy oportunamente, sirvieron el jerez.

La señora Primrose soltó una risita y le preguntó al camarero:

-¿Es fuerte la bebida esta?

El camarero asintió y miró por encima del hombro.

-Bueno, pues gracias. Yo es que no uso.

-¿Quizá alguna otra cosa? -se apresuró a preguntar la esposa del gobernador.

-Un poquito de café o té, si tiene.

-Café. Me temo que el café no estará listo hasta dentro de un rato.

-Bueno, gracias. En realidad no quiero nada. Era por ser sociable.

La señora Primrose soltó otra risita.

Al poco se sentaron a la mesa. La esposa del gobernador se situó a la izquierda del

señor Primrose. Ganesh se encontró entre el hombre de los pantalones de montar y el indio

cristiano y su hija y vio con preocupación que las personas de las que esperaba aprender la

técnica de comer estaban demasiado lejos.

Los miembros del Consejo Legislativo miraron a los camareros, que desviaron

rápidamente la mirada. Después se miraron entre sí.

El hombre de los pantalones de montar murmuró:

-Por eso no pueden subir los negros. ¿Han visto cómo se portan esos camareros? Y eso

que también son más negros que demonios.

Nadie replicó al comentario.

Llegó la sopa.

-¿Carne? -preguntó Ganesh. El camarero asintió.

-Llévesela -dijo rápidamente Ganesh, con asco. El hombre de los pantalones de montar

dijo:

-Ahí se ha equivocado. Tenía que jugar con la sopa.

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162

-¿Jugar con ella?

-Eso dice el libro.

Nadie cerca de Ganesh parecía dispuesto a probar la sopa.

El hombre de los pantalones de montar miró a su alrededor.

-Es una habitación bonita.

-Bonitos cuadros -dijo el hombre de la camisa desabrochada, que estaba sentado

enfrente.

El hombre de los pantalones de montar suspiró con hastío.

-Es curioso, pero hoy no tengo mucha hambre.

El indio cristiano colocó a su hija sobre la pierna izquierda y, sin hacer caso a los

demás, metió la cuchara en la sopa. La probó con la lengua para ver si quemaba y dijo:

"Aah". La niña abrió la boca para recibir la sopa. "Una para ti", dijo el cristiano. Luego

cogió otra cucharada. "Y otra para mí."

Los demás lo vieron. Empezaron a comer audazmente.

Al señor Primrose le sobrevino una catástrofe nada original. Se le cayó el monóculo en

la sopa.

La esposa del gobernador desvió la mirada rápidamente.

Pero el señor Primrose señaló el monóculo.

-Je, je -rió-. ¿Pero han visto cómo se ha caído?

Los miembros del Consejo Legislativo miraron con simpatía.

El señor Primrose se encaró con ellos.

-¿Qué miran? ¿Es que nunca han visto un negro? El hombre de los pantalones de

montar susurró al oído de Ganesh:

-Pero si no hemos dicho nada.

-¡Eh! ¿Qué pasa? -espetó el señor Primrose-. ¿Que los negros no llevan monóculo?

Sacó el monóculo, lo secó y se lo guardó en un bolsillo de la chaqueta.

El hombre de la camisa desabrochada intentó cambiar de tema.

-Me pregunto cuánto nos van a pagar por los gastos de coche para venir aquí. Desde

luego, yo no he pedido cenar con el gobernador.

Señaló con la cabeza al gobernador y la dejó quieta rápidamente.

El hombre de los pantalones de montar dijo:

-Pero hombre, nos tienen que pagar.

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163

Ea cena fue un martirio para Ganesh. Se sentía incómodo y extraño. Se fue poniendo

cada vez de peor humor y rechazó todos los platos. Se sintió como si volviera a ser un

muchacho, como el primer día en Queen's Royal College.

Estaba de muy mal genio al volver aquella noche, ya tarde, a Fuente Grove. "Querían

dejarme en ridículo", murmuró. "Dejarme en ridículo."

-¡Leela! -gritó-. Ven, chica, y dame algo de comer. Leela salió, sonriendo burlonamente.

-Pero hombre, si yo creía que estabas cenando con el gobernador.

-Déjate de bromas, oye. He cenado. Pero ahora quiero comer. Se van a enterar -

refunfuñó, mientras metía los dedos en el arroz, el dal y el curry-. Se van a enterar.

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12 De miembro del Consejo Legislativo a miembro de la Orden delImperio Británico

Al poco, Ganesh decidió mudarse a Puerto España. Le resultaba muy cansado viajar

casi todos los días entre Puerto España y Fuente Grove. El Gobierno pagaba los gastos y

merecía la pena, pero sabía que incluso si vivía en Puerto España podría seguir reclamando

gastos de viaje, como los demás miembros del Consejo que vivían en el campo.

Swami y el chico fueron a despedirse. A Ganesh había llegado a caerle bien el chico:

veía muchas cosas de sí mismo en él.

-Pero no te preocupes, sahib -dijo Swami-. La Asociación le está arreglando una cosilla.

Un pequeña beca para viajar y aprender.

Beharry, la mooma de Suruj y su segundo hijo, Dipraj, ayudaron a hacer el equipaje.

Más tarde llegaron Ramlogan y la Gran Eructadora.

La mooma de Suruj y Léela se abrazaron y lloraron, y Léela le regaló los heléchos de la

galería de arriba.

-Los tendré siempre, hija. La Gran Eructadora dijo:

-Chicas, estáis actuando como si se fuera a casar alguien. Beharry se metió la mano

debajo de la camiseta y se mordisqueó los labios.

-Ganesh tenía que marcharse. Ha cumplido su deber aquí y Dios le llama a otro sitio.

-Ojalá no hubiera pasado nada de esto -dijo Ganesh con súbita amargura-. ¡Ojalá no

me hubiera hecho místico!

Beharry posó una mano en el hombro de Ganesh.

-Vamos, Ganesh, lo dices por decir. Lo sé, cuesta trabajo dejar un sitio después de once

años, pero mira cómo está Fuente Grove. Carretera nueva. Yo, con tienda nueva. Fuente. El

próximo año nos ponen la electricidad. Y todo gracias a ti.

Sacaron bolsas y cajas al patio.

Ganesh fue hasta el mango.

-Se nos olvidaba.

Arrancó el cartel de GANESH, místico.

-No lo tires -dijo Beharry-. Vamos a guardarlo en la tienda.

Ganesh y Léela subieron al taxi. Ramlogan dijo:

-Sahib, siempre he dicho que tú eres el radical de la familia.

-Ah, Léela, hija, cuídate -sollozó la mooma de Suruj-. Pareces tan cansada...

El taxi arrancó y empezaron los saludos con la mano. La Gran Eructadora eructó.

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-Dipraj, lleva este cartel a casa y vuelve a ayudar a tu madre con los heléchos.

Léela agitó la mano y miró hacia atrás. La galería estaba vacía; las puertas y ventanas

abiertas; en la balaustrada, los dos elefantes de piedra, con la mirada fija en direcciones

opuestas.

Resultaría difícil decir con exactitud cuándo dejó Ganesh de ser místico. Incluso antes

de mudarse a Puerto España empezó a absorberle más y más la política. Seguía

ahuyentando algún que otro espíritu; pero ya había dejado de ejercer cuando vendió la

casa de Fuente Grove a un joyero de Bombay y compró otra en el elegante barrio de St Clair

de Puerto España. Para entonces ya había dejado de llevar dhoti y turbante.

Léela no le cogió el gusto a Puerto España. Viajaba bastante con la Gran Eructadora.

Iba a ver con frecuencia a Soomintra y también a Ramlogan.

Pero Ganesh descubrió que Puerto España era un sitio agradable para un miembro del

Consejo Legislativo. ¡Había dos buenas bibliotecas, y un montón de librerías! Se olvidó de

la indología, la religión y la psicología y se compró gruesos libros de teoría política.

Mantenía largas conversaciones con Indarsingh.

Al principio, Indarsingh estaba resentido.

-Gente curiosa, esta de Trinidad, chaval. Ni el menor respeto por las ideas. Sólo por las

personalidades.

Pero se fue ablandando con el tiempo, y Ganesh y él empezaron a trabajar en una

nueva teoría política.

-Se me ocurrió de golpe, chaval. Leyendo el libro de Louis Fischer sobre Gandhi. El

socialhinduismo. Socialismo cum hinduismo. Cosa fina, chaval. Ya están las líneas

generales, pero los detalles son muy liosos.

Hasta aquí la autobiografía, y el hombre en su vida privada.

Pero Ganesh se había convertido en una figura pública de gran importancia. Aparecía

continuamente en los periódicos. Se daba detallada noticia de sus discursos dentro y fuera

del Consejo Legislativo; no paraban de fotografiarle encabezando delegaciones de taxistas,

barrenderos o pescaderos ofendidos a la Casa Roja, y siempre estaba dispuesto para una

rueda de prensa o una carta al director. Todo lo que hacía o decía era noticia.

Era el terror del Consejo Legislativo.

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Fue él quien inició la huelga de la salida en Trinidad y la popularizó como forma de

protesta. La huelga no fue una súbita inspiración. Los comienzos fueron duros. Al

principio, se limitaba a tumbarse de espaldas en la mesa del Consejo, negándose a

moverse. Tenía que levantarle la policía. Estas actuaciones llamaron la atención de la

gente, y Ganesh se hizo muy popular en el sur del Caribe en nada de tiempo. Su foto

aparecía sin cesar en los periódicos. Después descubrió la salida. Al principio, se limitaba a

salir; después, salía y concedía entrevistas a los reporteros en las escaleras de la Casa Roja,

y por último salía, concedía entrevistas y se dirigía a la multitud de indigentes y

desocupados desde el quiosco de música de Woodford Square. Muchas veces, el

gobernador se pasaba la mano por la frente, todo preocupado, y decía: "Señor Ramsumair,

¿qué hemos hecho ahora para ofenderle? Por favor, no realice otra salida."

E invariablemente, un titular de periódico que anunciase la aprobación de un proyecto

de ley iba acompañado de GANESH REALIZA UNA SALIDA. Más adelante lo acortaron, y

el típico titular quedó así:

APROBADO PROYECTO DE LEY DE REPOBLACIÓN

Ganesh sale

Compusieron un calipso sobre él que fue la segunda charanga en el Carnaval de 1947:

Hay un señor en la oposición

Con estreñimiento de legislación

Hasta las leyes mueven el vientre

Pero este se guarda todo en su caletre.

Saltaba a la vista la referencia a Evacuación provechosa, pero incluso antes del calipso,

Ganesh había empezado a avergonzarse de su carrera de místico. En frecuentes ocasiones

se habían leído en voz alta párrafos de Lo que me dijo Dios en la Cámara del Consejo, y en

noviembre de 1946, justo a los cuatro meses de haberlo publicado, retiró Los años de

culpa, así como sus demás libros, y liquidó la Editorial Ganesh, S.A.

No cabe duda de que en aquella época Ganesh era el hombre más popular de Trinidad.

Nunca asistió a un cóctel en el palacio de Gobierno. Tampoco a una cena. Siempre estaba

dispuesto a presentar una petición al gobernador. Desenmascaraba un escándalo tras otro.

Y también estaba siempre dispuesto a hacer un favor a la gente, ya fueran ricos o pobres.

Sus honorarios por tales favores no eran altos. Siempre decía: "Déme lo que pueda."

Algunos, como Primrose y el cristiano, tenían tarifas fijas, muy elevadas, asistían a todos

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los cócteles en el palacio de Gobierno y llevaban esmoquin. No se podía decir que ninguno

de ellos representara realmente a su distrito. Aún más: el cristiano era dueño de la mayor

parte del suyo, y Primrose se hizo tan rico que tuvieron que concederle título de sir.

En los informes del Departamento de Colonias se describía a Ganesh como agitador

irresponsable y sin seguidores.

No tenía ni idea de que iba camino de ser nombrado miembro de la Orden del Imperio

Británico.

Así fue como ocurrió.

En septiembre de 1949, una huelga salvaje devastó varias fincas azucareras en el sur de

Trinidad. Fue el acontecimiento más excitante desde los disturbios de 1937 en los campos

petrolíferos. Los huelguistas quemaban plantaciones de caña, los policías pegaban a los

huelguistas y escupían a quienes detenían. La prensa era un puro estallido de amenazas y

respuestas a las amenazas. Había gran simpatía hacia los huelguistas, y muchas personas a

las que no se les habría ocurrido ponerse en huelga pasaban en bicicleta junto a los

piquetes y susurraban: "Ánimo, muchachos."

Ganesh estaba en Tobago por entonces, investigando el escándalo del Fondo de Ayuda

a los Niños. Pronunció un ambiguo discurso sobre el asunto, pero el servicio de

Negrograma propagó inmediatamente que tenía intención de mediar. Ganesh le dijo a un

periodista de The Sentinel que iba a hacer cuanto pudiera para lograr una solución

amistosa. Los plantadores negaron haber aceptado la presencia de un mediador. Ganesh

escribió a The Sentinel diciendo que iba a mediar, les gustara o no a los plantadores.

En los días siguientes, Ganesh llegó a la cima de su popularidad.

No sabía nada sobre la huelga, salvo lo que había leído en los periódicos, y era la

primera vez desde su elección que tenía que enfrentarse a una crisis en el sur de Trinidad.

Hasta entonces se había dedicado fundamentalmente a desenmascarar escándalos

ministeriales en Puerto España. Enfocó la huelga de un modo tan irreflexivo que quizá

podamos ver una vez más la mano de la Providencia en su carrera, como él mismo diría

más adelante.

Para empezar, fue al sur con traje. Se llevó libros, pero no religiosos; sólo los escritos

de Tom Paine y John Stuart Mili y un grueso tomo de teoría política griega.

En cuanto llegó a Lorimer's Park, a unos kilómetros de San Fernando, donde le

esperaban los huelguistas, notó que algo andaba mal. Eso dijo más adelante. Quizá fuera

por la lluvia de la noche anterior. Las pancartas estaban todavía húmedas y las denuncias

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escritas en ellas parecían poco enérgicas. La hierba había desaparecido bajo el barro batido

por los pies descalzos de los huelguistas.

El dirigente de los huelguistas, un hombre bajo y gordo con traje marrón de rayas, llevó

a Ganesh hasta el estrado, que no consistía más que en dos jaulas de coches Morris; unas

cajas más pequeñas servían de escalones. Estaba húmedo y embarrado. Ganesh fue

presentado a los miembros del comité de huelga, unos seis, y el hombre del traje marrón se

puso a trabajar inmediatamente. Gritó:

-¡Hermanos y hermanas! ¿Sabéis por qué la bandera roja es roja?

Los reporteros de la policía garrapateaban concienzudamente en sus cuadernos.

-Que lo escriban -dijo el dirigente-. Que lo escriban en sus sucios cuadernillos negros,

que no les tenemos miedo. A ver, decirme: ¿les tenemos miedo?

De la multitud salió un hombre bajo y robusto y se dirigió al estrado.

-Calla esa bocaza -dijo. El dirigente insistió.

-Decirme: ¿les tenemos miedo?

No hubo respuesta.

El hombre junto al estrado dijo:

-Déjate de charlas y di algo rápido.

Estaba enrollándose las mangas de la camisa, casi hasta las axilas. Tenía brazos

poderosos. El dirigente gritó:

-¡Vamos a rezar!

El reventador se echó a reír.

-¿Rezar para qué? -gritó-. ¿Para que te pongas más gordo y revientes el traje?

Ganesh empezó a sentirse incómodo.

El dirigente separó las manos tras la oración.

-La bandera roja está teñida con nuestra sangre, y ya es hora de levantar bien alto la

cabeza en el mercado como hombres libres e independientes y dirigir grandes ejércitos en

el cielo.

De la multitud salieron más hombres. Daba la impresión de que todos se habían

acercado más al estrado.

El reventador gritó:

-Ya vale de palabrería. Te vuelves a las fincas y les pides que cojan el soborno que te

han dado.

El dirigente siguió hablando, sin que nadie le escuchara. Los del comité de huelga se

agitaron en sus sillas plegables. El dirigente se dio una palmada en la frente y dijo:

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-¿Pero qué pasa? Se me olvidaba que todos vosotros estáis aquí para escuchar al gran

luchador por la libertad, Ganesh Ramsumair.

Por fin se oyeron algunos aplausos.

-Todos sabéis que Ganesh ha escrito grandes libros sobre Dios y eso.

El reventador se quitó el sombrero y lo agitó.

-¡Dios mío! -gritó-. ¡Pero si da asco! Ganesh le vio las encías.

-Hermanos y hermanas, voy a rogar al hombre de bien y de Dios que os dirija unas

palabras.

Y Ganesh no acertó. Se le escapó la situación de las manos, tontamente. Olvidó que iba

a hablar ante una multitud de huelguistas impacientes como hombre de bien y de Dios. Por

el contrario, habló como sí fueran el indolente público de Woodfbrd Square y él un

combativo miembro del Consejo Legislativo y nada más.

-Amigos míos -dijo (se le había pegado de Narayan)-, amigos míos, sé de vuestros

grandes sufrimientos, pero tengo que estudiar mejor el asunto, y hasta entonces he de

pediros que tengáis paciencia.

No sabía que el dirigente de los huelguistas llevaba casi cinco semanas diciéndoles lo

mismo.

Y el discurso no fue a mejor. Habló de la situación política de Trinidad, de la situación

económica, de estatutos y aranceles, de la lucha contra el colonialismo, y describió el

socialhinduismo en detalle.

Justo cuando iba a demostrar que la huelga podía ser el primer paso para el

establecimiento del socialhinduismo en Trinidad, estalló la tormenta.

El reventador se quitó el sombrero y lo pisoteó en el barro.

-¡No! -gritó-. ¡No! ¡Nooo!

Otros corearon el grito.

El dirigente agitó las manos para pedir silencio.

-Amigos míos, yo...

El reventador volvió a pisotear el sombrero y a gritar:

-¡ Nooo!

El dirigente dio una patada en el estrado y se volvió hacia el comité.

-¿Por qué demonios son tan desagradecidos los negros?

El reventador dejó en paz el sombrero. Corrió hacia el estrado e intentó agarrar al

dirigente por los tobillos. No lo logró, gritó: "¡Nooo!" y volvió corriendo a pisotear el

sombrero. Ganesh hizo otra tentativa.

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-Amigos míos, yo he...

-¿Con cuánto soborno te han sobornado, Ganesh? ¡Nooo! ¡ Nooo!

El dirigente dijo a los del comité:

-Ni aunque viva mil años pienso mover un dedo para hacer nada por los negros. ¡Serán

desagradecidos! El reventador seguía pateando su sombrero.

-¡No queremos oír nada! ¡Nada! ¡Nooo! Estaba tan furioso que lloraba. La multitud se

aproximó más al estrado. El reventador se dirigió a ellos.

-¿Qué es lo que queremos? ¿Palabras? La multitud gritó a coro:

-¡No! ¡No! ¡Queremos trabajo! ¡Trabajo! El reventador estaba justo debajo del estrado.

El dirigente se asustó y gritó:

-¡Quita tus sucias manos negras de los blancos del estrado! Vete de aquí ahora mismo...

-Amigos míos, no puedo...

-¡Cállate la boca, Ganesh!

-Como no os vayáis ahora mismo, llamo a la policía. ¡Largaros todos de aquí!

¿Entendido?

El reventador se tiró del pelo y se golpeó el pecho con los puños.

-¿Oís lo que dice ese culo gordo? ¿Oís lo que quiere hacer?

Y alguien chilló:

-Venga, vamos. A acabar de una vez con esto.

La multitud se arremolinó alrededor del estrado.

Ganesh escapó. La policía le protegió. Pero los miembros del comité de huelga

recibieron una paliza tremenda. El dirigente del traje marrón y uno de los del comité

tuvieron que pasar varias semanas en el hospital.

Ganesh se enteró de todo más adelante. Naturalmente, habían sobornado al dirigente,

y lo que inició como huelga no era sino un cierre patronal durante la temporada muerta.

Ganesh convocó una rueda de prensa al final de la semana. Dijo que la Providencia le

había abierto los ojos a los errores que había cometido. Advirtió que el movimiento obrero

de Trinidad estaba dominado por los comunistas y que él había sido su instrumento

involuntariamente en varias ocasiones. "A partir de ahora", añadió, "dedicaré mi vida a

luchar contra el comunismo en Trinidad y en el resto del mundo libre."

Amplió sus ideas en un último libro, Caído del rojo2 (Imprenta del Gobierno, Trinidad,

Gratuito previa solicitud). Fue Indarsingh quien observó "la mentalidad capitalista

2 En el original, Out of the Red, juego de palabras con la expresión Out of tbe blue, "como caído del cielo" o"repentinamente". (N. de la T.)

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inherente al título", y escribió un artículo para un publicación semanal culpando a Ganesh

de los violentos sucesos en Lorimer's Park, pues había apoyado cruelmente las esperanzas

de los trabajadores sin tener nada que ofrecerles.

Ganesh no volvió a realizar protestas de salida. Asistía a los cócteles en el palacio del

Gobierno y tomaba limonada. Se ponía esmoquin para las cenas oficiales.

En el informe de 1949 sobre Trinidad del Ministerio de Colonias se consideraba a

Ganesh un importante dirigente político.

En 1950, el Gobierno británico le envió a Lake Success, y no se olvida su defensa del

dominio colonial británico. Comprendiendo que después de eso Ganesh tenía pocas

posibilidades de ser elegido en las elecciones generales de 1950, el Gobierno de Trinidad le

propuso para el Consejo Legislativo y logró que fuera miembro del Consejo Ejecutivo.

Indersingh salió elegido en el antiguo distrito de Ganesh, con un programa de

socialhinduismo modificado.

En 1953, Trinidad supo que Ganesh Ramsumair había sido nombrado miembro de la

Orden del Imperio Británico.

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epílogo

Un estadista en el tren de las 12.57

En el verano de 1954 yo estaba en una universidad inglesa, esperando los resultados de

un examen. Una mañana me llegó una carta del Ministerio de Colonias. Había un grupo de

estadistas de las colonias en Gran Bretaña para celebrar una conferencia, ¿y estaría

dispuesto a acompañar a uno de ellos, de mi mismo país? Eran las vacaciones y tenía

mucho tiempo libre. Accedí. Convinimos en que actuaría de anfitrión del Sr. Don G. R.

Muir, miembro de la Orden del Imperio Británico.

Llegó el día de la visita y fui a la estación de ferrocarril a esperar el tren de Londres de

las 12.57. Cuando empezaron a bajar los viajeros busqué entre ellos a alguien de rostro

negruzco. Fue fácil localizarle: impecablemente vestido, salió de un vagón de primera

clase. Di un grito de alegría.

-¡Pandit Ganesh! -exclamé, corriendo hacia él-. ¡Pandit Ganesh Ramsumair!

-G. Ramsay Muir -replicó en tono glacial.