minc, alain - el alma de las naciones

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Author: jorge-esteban-mendoza-ortiz

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Este libro nace de una convicción forjada al compás de innumerables lecturas, hechas todas ellas con la libertad del paseante y la despreocupación del aficionado. En mí ha arraigado cada vez más la sensación de que los países, como los individuos, tienen un ADN y que si, también para ellos, se ha establecido una división entre lo innato y lo adquirido, su naturaleza profunda ha condicionado ampliamente su comportamiento en la escena internacional. No se trata, para mí, de creer en un determinismo genético para los Estados, pero en sus acciones, sus actitudes, sus respuestas, nada es explicable sin tener presentes también los resortes de su identidad, tal como ha influido en sus relaciones con el mundo. De ahí la búsqueda inconclusa, superficial, discutible, provocadora incluso del ADN de los actores que ocupan, desde hace medio milenio, la escena europea.Traducción de Manuel Serrat Crespo

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  • EL ALMA DE LAS NACIONES

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  • EL ALMA DE LAS NACIONES

    Alain Minc

    Traduccin de Manuel Serrat Crespo

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  • Antoni Bosch editor, S.A.Palafolls 28, 08017 Barcelona, EspaaTel. (+34) 93 206 07 [email protected]

    Ttulo original de la obra:Lme des nations

    Editions Grasset & Fasquelle, 2012. 2013 de la edicin en espaol: Antoni Bosch editor, S.A.

    ISBN: 978-84-940433-8-3Depsito legal: B.701-2014

    Diseo de la cubierta: CompaaFotocomposicin: Enric RjulaCorreccin: Andreu NavarroImpresin: Novoprint

    Impreso en EspaaPrinted in Spain

    No se permite la reproduccin total o parcial de este libro, ni su incorporacin a un sistema informtico, ni su transmisin en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrnico, mecnico, reprogrfico, gramofnico u otro, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.

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  • 7ndice

    Introduccin

    PRIMERA PARTEEL ADN DE LOS ACTORES1. El mar y el dinero .................................................................. 132. Pueblo-nacin y Estado racional ........................................... 253. La supranacionalidad, una vieja idea en Europa ............. 354. La obsesin del declive .......................................................... 415. El primer soft power de la historia .......................................... 476. Un paradjico complejo de estar sitiado ............................. 537. Mesianismo frente a aislacionismo ....................................... 598. La geografa y el podero ...................................................... 65

    SEGUNDA PARTEEL IMPERIO DEL MUNDO ES MORTAL9. Carlos V: del sueo al realismo ............................................. 7310. Luis XIV: del Rey-Sol a la oscuridad ..................................... 8111. Napolen: del triunfo al fracaso programado ..................... 8912. El III Reich o la ilusin napolenica en mucho peor ......... 9913. El Imperio sovitico: del granito al castillo de arena ........ 10714. El Imperio norteamericano? Un oxmoron ..................... 115

    TERCERA PARTELA REDISTRIBUCIN DE LAS CARTAS15. Un holands nacionalizado ingls ...................................... 12516. La Revolucin francesa, en las botas de Carlos VIII y de Richelieu ................................................... 13117. Una vana tentativa nacional-liberal ................................. 13918. Del bolchevismo a la Realpolitik ........................................... 14519. De una descolonizacin a otra ............................................ 151

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    CUARTA PARTELOS TIEMPOS DE EQUILIBRIO20. La Europa westfaliana o el equilibrio de fuerzas ............... 15921. El Concierto de las Naciones o el culto a la inmovilidad .. 16722. El sistema bismarckiano o el podero atemperado por la inteligencia ....................................................................... 17523. El tratado de Versalles o el desastre de las buenas intenciones ........................................................................... 18324. La guerra fra o los beneficios del miedo .......................... 19325. El milagro ............................................................................. 203

    Bibliografa ................................................................................. 211

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  • 9Introduccin

    Este libro es incongruente. No quiere ser un tratado de relaciones internacionales, tantos existen ya y admirables, ni un ensayo etno-grfico, tan exigente es esta disciplina. Nace de una conviccin for-jada al comps de innumerables lecturas, hechas todas ellas con la libertad del paseante y la despreocupacin del aficionado. En m ha arraigado cada vez ms la sensacin de que los pases, como los individuos, tienen un ADN y que si, tambin para ellos, se ha esta-blecido una divisin entre lo innato y lo adquirido, su naturaleza profunda ha condicionado ampliamente su comportamiento en la escena internacional. No se trata, para m, de creer en un determi-nismo gentico para los Estados, pero en sus acciones, sus actitudes, sus respuestas, nada es explicable sin tener presentes tambin los resortes de su identidad, tal como ha influido en sus relaciones con el mundo. De ah la bsqueda inconclusa, superficial, discutible, provocadora incluso del ADN de los actores que ocupan, desde hace medio milenio, la escena europea.

    Con esta caja de herramientas he intentado recorrer, a paso de carga, esos cinco siglos durante los que se han alternado largos pe-riodos de equilibrio y brutales rupturas. Prefiero privilegiar ese doble tempo a someterme al yugo de la pura cronologa que es, a su modo, una prisin. Brincar as a la pata coja entre esos movimientos, con difusos ADN por todo equipaje, es puro funambulismo. Conociendo las costumbres de la tribu acadmica, evalo la manta de palos a la que me expongo. Pero tal vez este ejercicio sin red permita desplazar hacia el margen la iluminacin y los ngulos de visin, satisfaciendo

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    de ese modo el principio que siempre he considerado mo: nada es intangible y el riesgo del movimiento es siempre ms estimulante que el culto al statu quo.

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  • Primera parte

    El ADN de los actores

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    El mar y el dinero

    Inglaterra no siempre fue una isla. No hablo en el plano geogrfi-co: supondra remontarse a la noche de los tiempos y buscar ridcu-lamente, en los movimientos tectnicos, los resortes de la historia, sino en el plano poltico: si los franceses no hubieran conseguido, a trancas y barrancas, echar a los ingleses del Hexgono, con Francia o, al menos, con algunas provincias francesas se habra constituido un Reino Unido ms que con el Pas de Gales y con Escocia. Londres no renunci con el corazn alegre a ese destino continental: fue ne-cesario esperar a 1801 y una amonestacin de Bonaparte para que el rey de Inglaterra dejara de presentarse como rey de Francia, por muy privado que estuviera de territorios franceses. Continental a medias, Inglaterra no se hubiera edificado sobre los mismos cuatro pilares que, siendo isla, lo ha hecho: el dominio de los mares al servicio de la construccin de un imperio; el poder del dinero y de los negocios; el culto al Parlamento, y la obsesin de impedir que se constituyera un Estado predominante en el continente. Estos principios recorren los siglos desde el reinado de Isabel I hasta el de Isabel II. Dejando aparte el Imperio, puesto que ha desaparecido, modelan hoy todava la poltica britnica.

    Destinada a convertirse en la primera potencia martima e impe-rial de la historia, Inglaterra empieza la partida con un considerable retraso en relacin con Espaa y Portugal. Mientras que estas se han cincelado desde hace ya casi un siglo sus dominios de ultramar, hasta el punto de lograr que el papa designe a la primera como potencia predominante en el oeste, y a la segunda en el este, la Corona britni-

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    ca se limita a entrar en la carrera de las posesiones por la puerta falsa: la de la piratera. Puramente mercantil en el siglo xv, se hace patriti-ca durante el siglo siguiente, legal incluso con el reconocimiento de las cartas de marca: a un capitn desvalijado por un bajel extranjero se le reconoca el derecho a indemnizarse con un barco de la misma nacionalidad. Reticente primero a desafiar el Moloc espaol, dando validez a las acciones de los piratas ingleses contra sus navos, Isabel I no resisti los primeros xitos de Francis Drake que acababa de echar mano a ciertos cargamentos de oro procedentes del Per. Financi as, de sus arcas personales, las siguientes campaas. Recibi, pues, su parte del botn que l acumul apoderndose de navos cargados de oro y plata procedentes de Eldorado. La reina llev incluso su provo-cacin hasta ennoblecer a Drake ante los propios ojos del embajador de Espaa. El corsario se convirti entonces en vicealmirante y, al mando de una flota real, atac a la marina espaola, esta vez como soldado. Particip de este modo en los combates ante Plymouth y Calais que desembocaron, en 1588, en la destruccin de la Armada Invencible. Una marina de piratas se convirti de este modo, tras aquel xito de David contra Goliat, en la Navy. El entusiasmo patriti-co que acompa aquel triunfo contribuy a hacer que, en adelante, el dominio de los mares fuera un objetivo nacional.

    Ahora bien, desde este punto de vista, Inglaterra tena todas las bazas: unos conocimientos tcnicos que le permitieron, ya en aquella poca, gozar de mejores bajeles que sus enemigos y, sobre todo, in-sularidad obliga, una inagotable reserva de marinos sagaces, temera-rios y empecinados. Con el dominio de los mares, el comercio puede emprender el vuelo y la constitucin de un Imperio se convierte en su consecuencia natural. Desvalijar el oro espaol era solo la premi-sa. La pasin por el azcar lo hace florecer, como ms tarde har el entusiasmo por el t y el caf. El consumismo explica mejor la din-mica imperial que la mera tica protestante del capitalismo. As, los ingleses consumen en el siglo xvii diez veces ms azcar por cabeza que los franceses. Del mismo modo, el t y el caf provocan verda-deras adicciones, prevaleciendo el primero sobre el segundo solo por el efecto de derechos aduaneros calibrados de un modo distinto. Londres comienza a convertirse en el almacn de Europa, importan-do mercancas, tomando lo que necesita para su consumo interior y reexportando el resto hacia el continente. Eso ocurre especialmente

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    con el textil indio que debe pagarse a tocateja gracias al producto de otras exportaciones; as se pone en marcha progresivamente un me-canismo financiero y comercial cada vez ms sofisticado.

    Pero con la pasin por el textil y su corolario, la atraccin por la India, Inglaterra encuentra en su camino un competidor ms frgil, en apariencia, que el Imperio espaol, aunque comercialmente ms temible: los Pases Bajos y su brazo secular, la Compaa de las Indias Orientales. Esta, por s sola, tiene dos veces ms navos que Inglaterra y ejerce en Asia un monopolio pblico delegado de una eficacia mucho ms impresionante que la simple prctica de la piratera ante las costas de Jamaica. Entre ambos rivales se agudiza la competencia, hasta el punto de suscitar, entre 1652 y 1674, tres guerras comerciales que los britnicos pierden, a pesar de que su flota se ha duplicado. Aunque dos veces y media menos poblados, los Pases Bajos conser-van su preeminencia.

    En vez de empecinarse en un conflicto sin salida, como los fran-ceses han hecho tan a menudo, los ingleses eligen la senda del prag-matismo, en nombre de lo que va a convertirse en un axioma nacio-nal: If you cant beat them, join them.1 Primera gestin: copiar a los holandeses. De ah la creacin de la Compaa de las Indias Orien-tales britnica, de acuerdo con el modelo holands, y el recurso a las tcnicas financieras practicadas en msterdam cuando esta ciudad dominaba de creer en Braudel el mundo capitalista, especialmen-te con la creacin de un banco central y el desarrollo de una bolsa.

    Londres har funcionar progresivamente el sistema a escala cada vez ms amplia. Ser tanto ms fcil cuanto la Gloriosa Revolucin de 1688 es tambin la oportunidad, citando la frase de Niall Ferguson, para una fusin comercial entre Inglaterra y los Pases Bajos. Pero esta no fue tan amistosa para utilizar el vocabulario de las fusiones de empresas como podra imaginarse. Fueron necesarios 500 barcos el doble de la Armada Invencible y 20.000 hombres para permitir a Guillermo de Orange expulsar a Jacobo II y poner fin al reinado de los Estuardo.

    El acontecimiento constituye mucho ms que un cambio de di-nasta. Convertido en Guillermo III, el Stadhouder de las Provin-cias-Unidas compra su legitimidad con respecto a los britnicos

    1 Si no podis vencerles, unos a ellos.

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    aceptando el Bill of Rights. Es un alto precio: la concesin de la Co-rona a cambio del reconocimiento de la supremaca del Parlamento y la aceptacin de los derechos individuales para la aristocracia al menos, entre ellos la afirmacin de la libertad religiosa: se trata de defender la libertad, la prosperidad y la religin de los sbditos de los ataques de un gobierno arbitrario. Se instala entonces, por los siglos de los siglos, un modelo poltico constitutivo de la identi-dad britnica. La democracia se identifica con una fuente de orgullo que se perpeta hasta hoy, ante los ojos de un pueblo que habr visto cmo sus vecinos vagan de un rgimen poltico a otro antes de seguir su propio ejemplo.

    Inmediatamente despus de la coronacin de Guillermo, con-vertido en William III, Inglaterra sigue siendo un jugador modesto: seis millones de habitantes frente a los veinte millones de franceses, recaudaciones fiscales cinco veces inferiores a las de Francia, un ejr-cito cuatro veces ms pequeo que su rival sueco. Pero dispone de una baza considerable: la estabilidad. Esta desempea un papel clave en el increble ascenso que har de una modesta poblacin insular la duea del mundo. Estabilidad poltica, en efecto: los principios del rgimen parlamentario se han fijado; con el paso del tiempo, tendr que pasar del reinado de la oligarqua a la democracia elec-toral. Estabilidad econmica: la aficin al beneficio, la conquista de los mercados, la pasin del comercio inherente a la existencia de un imperio son ya irreversibles. Estabilidad instrumental: el dominio de los mares, proteccin de la insularidad y prenda del desarrollo impe-rial. Estabilidad diplomtica: usar la astucia, el dinero, las alianzas de soslayo para mantener en Europa un equilibrio entre las potencias continentales, lo que supone echar una mano, en cada momento, al jugador ms dbil.

    Increblemente pasivo ante esta aproximacin britnico-holande-sa, indiferente de momento al advenimiento de un rey protestante en lugar de una monarqua catlica, disminuido es cierto por la infe-rioridad de la marina francesa, Luis XIV intenta a posteriori invertir el curso de las cosas. Pero sus tentativas acaban todas en fracaso pues-to que quieren adoptar la causa de los Estuardo, apoyar los intentos de Jacobo II deseoso de poner, otra vez, los pies en las islas Britnicas a partir de Irlanda y transformar el enfrentamiento en guerra religio-sa. A Luis XIV no le queda ms alternativa que reconocer a William

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    en 1697 y comprometerse a no seguir apoyando a los Estuardo. El conflicto es acompaado por un sorprendente cruce de poblacin: 50.000 hugonotes huyen a Inglaterra tras la revocacin del Edicto de Nantes y aportan al capitalismo britnico suplemento de tica pro-testante, mientras el mismo nmero de catlicos, partidarios de los Estuardo, emigran por su parte a Francia.

    Este conflicto es el primero de los seis que, entre 1688 y 1815, per-mitirn a la pequea Inglaterra tomar ascendiente sobre la poderosa Francia, limitar sus ambiciones coloniales y, peor an, dominarla eco-nmicamente. Una vez anexionada Escocia en 1707, la Corona no tiene ya obsesin territorial meditica: puede consagrarse al dominio de los mares y a la constitucin del Imperio, objetivos que, ambos, pasan por el declive de Francia, puesto que Espaa ha entrado ya en una fase de decadencia martima e imperial. La fusin anglo-holandesa, desde este punto de vista, ha simplificado para Londres la situacin. Se pacta un Yalta colonial entre Inglaterra y los Pases Bajos: Indonesia y el comercio de las especias para los holandeses; la ambicin india y el comercio textil para los britnicos.

    La India est, en 1700, veinte veces ms poblada que las islas Brit-nicas. Es una inmensa potencia econmica el 24% de la produccin mundial por el 3% de Inglaterra. Dominado por la dinasta de los Mughals, su sistema poltico parece slido. La idea de una conquista del subcontinente a partir de algunas minucias controladas, en la periferia, por la Compaa de las Indias Orientales solo puede hacer rer a Delhi. Sin embargo, un siglo y medio ms tarde ser un hecho. En primer lugar, gracias a la renuncia de Francia a cualquier ambi-cin india cuando termina la guerra de los Siete Aos (1756-1763). Luego, gracias a un asiduo lobbying de la compaa ante el emperador Mughal, que le confa la administracin de varias provincias y el de-recho a cobrar impuestos. Finalmente, por efectos de una hbil pol-tica, decidida por el Regulating Act de 1773, que pretende lograr una mezcla entre los coloniales de la compaa y las lites indias. La fuer-te implantacin de los escoceses facilit esa hibridacin: marcados a su vez por su complejo de minoritarios, estn ms inclinados que otros a respetar la cultura india y a concentrarse en su objetivo ama-sar una inmensa fortuna y repatriarla a Londres. Esos nababs pues ese es el trmino original que designa a los britnicos de transferir sus haberes a Inglaterra solo son conquistadores por necesidad. El

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    dominio del subcontinente exige, sin embargo, importantes medios: la compaa tiene, en los aos 1750, 100.000 hombres armados para mantener el orden, conquistar nuevas provincias y hacer que cesen las guerras intestinas entre autctonos.

    El ascenso ingls desde 1600 se resume siguiendo tambin a Niall Ferguson en un cudruple movimiento: robar a los espaoles, copiar a los holandeses, derrotar a los franceses y desvalijar a los in-dios. Pero esta poltica cuesta cara. Exige reforzar continuamente la Navy, de modo que sea superior en un 50% por lo menos y ser un principio hasta 1945 a la de su principal rival; eso supone invertir mucho en ultramar: en la India, en Canad y en otros lugares; re-quiere levantar algunas tropas britnicas el Parlamento se muestra, a este respecto, muy avaro, enrolar hordas de mercenarios y finan-ciar el armamento de los aliados. Inglaterra consagra tres veces ms dinero que Francia (porcentaje de su riqueza) a sus gastos militares directos y, sobre todo, indirectos (mercenarios, subvenciones). Nece-sita, pues, un sofisticado sistema financiero para obtener prstamos masivos y un rgimen fiscal eficaz que asegure el servicio de la deuda sin provocar levantamientos por parte de los contribuyentes. El pro-greso tcnico de la City permite a la Corona multiplicar por 24 su endeudamiento entre 1689 y 1815, y la existencia de impuestos de amplia base de la que no est exenta la aristocracia qu diferencia con Francia! permite obtener, en 1789, una proporcin tres veces mayor de recaudacin fiscal con respecto a Francia, sin provocar re-voluciones ni revueltas. La deuda pblica ha pasado de catorce millo-nes de libras en 1700 a setecientos millones en 1815 y la carga de los intereses alcanza el 50% del presupuesto en tiempos de paz. Multipli-car las rentas procedentes del Imperio y entregarse con eficacia a su explotacin se hace vital.

    La preocupacin econmica, desde entonces, no deja de desem-pear el papel que corresponde al universalismo francs en materia de colonizacin. Exige establecer en el Imperio, especialmente en la India, el respeto por la propiedad y la definicin de reglas jurdicas estables en beneficio de los indgenas, para insertarlos en el circuito econmico. El Imperio va sustituyendo, progresivamente, a la Euro-pa continental en el comercio britnico. La participacin de esta cae as del 74% en 1713 al 33% en 1803. Nada atestigua mejor la visin mercantil que Inglaterra tiene de las relaciones internacionales que

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    su actitud tras la independencia de Estados Unidos. En vez de inmo-vilizarse por mucho tiempo en una posicin de hostilidad poltica, Londres hace que prevalga la ley de los intereses concediendo a los bajeles norteamericanos, cuando la antigua colonia se ha hecho ya independiente, los mismos privilegios en el Imperio que a los navos britnicos. Eso supone prescindir del orgullo para mantener a Esta-dos Unidos en la esfera proteccionista colonial. Resultado: vencedo-ra, junto a los insurrectos, en la guerra de la Independencia, Francia solo gana la gloria; humillado, el Reino Unidos conserva sin embar-go un dominio econmico sobre su antigua colonia. El sentido del beneficio fabrica el empirismo! Una vez decada Francia, a partir de 1815, el Reino Unido puede llevar a cabo una poltica de desendeu-damiento. Los gastos militares son menos pesados, concentrados en el mantenimiento de la primaca de la Navy; no sirven ya para enrolar mercenarios y subvencionar a los aliados.

    Puesto que el Concierto de las Naciones asegura el orden en Euro-pa, la obsesin se dirige hacia el comercio, el desarrollo del Imperio y la bsqueda de salidas en el mundo no occidental. De ah la inten-sidad del debate interior, sin equivalente en ningn otro pas, sobre el proteccionismo y la progresiva victoria del librecambio. De ah el dominio cada vez ms pronunciado sobre las colonias con, como pie-dra angular, la transferencia del poder, tras algunos motines locales, de la Compaa de las Indias Orientales a la Corona. Es el mismo objetivo que justifica la incansable poltica de Palmerston consistente en crear satlites de acuerdo con el modelo ingls como paso previo a la apertura de los mercados locales.

    Pero evidentemente la gestin de la India representa el alfa y el omega del mtodo britnico. La creacin del New Government of India es acompaada por una garanta financiera para que asegure la confianza de los prestamistas y de un sistema poltico marcado por los principios caros a Gladstone un presupuesto equilibrado, una moneda estable, una fiscalidad no discriminatoria. El Indian Civil Service es un cuerpo de lite que permite encuadrar el subcontinen-te con apenas unos miles de funcionarios blancos. El ejrcito indio est dirigido con mano de hierro para garantizar el orden al este de Suez. Escuelas de alto nivel algunas Eton indias, dicen permiten formar una lite local que acumula el privilegio de los brahmanes y la mediocridad a la europea, mientras que los indios ms brillantes y

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    ms aristocrticos son enviados al alma mater britnica, a Oxford y Cambridge. Se trata, una vez ms, de la capacidad de fabricar re-petidores locales y multiplicar as los limitados medios de la Corona que caracteriza la andadura britnica, al igual que, en el plano di-plomtico, el arte y el modo de lograr que las potencias europeas se levanten unas contra otras. El proceso no carece evidentemente de sobresaltos: se trata de generar una actividad econmica que baste para cobrar impuestos, financiar el ejrcito, evitar el impago de la deuda sin provocar descontentos locales que pondran en fuga a los inversores.

    Se trata de una andadura colonial en los antpodas del enfoque francs. Del lado britnico, primaca del comercio y la economa; de nuestro lado, la conquista de territorios. Para los primeros, el gobier-no por las lites locales, en smosis con una tecnocracia colonizado-ra de gran calidad y poco numerosa; para nosotros, la proyeccin del estilo de administracin prefectural, pintado de colores locales. Visto por Londres, el desarrollo econmico de las colonias enrique-ce a la madre patria a la sombra de la proteccin tarifaria imperial. En Pars, por el contrario, el imperativo se dirige a la constitucin de rentas locales en beneficio de los colonos, sin que la metrpoli obtenga de ello verdaderas ventajas econmicas. Con este espritu, se impone un modus vivendi en el conjunto de las colonias brit-nicas. Generoso con los territorios de poblacin occidental como el Canad, Australia, Nueva Zelanda. Paternalista en Egipto y en la India. Ms autoritario en frica, con la intervencin de compaas constituidas sobre el modelo de la East India Company aunque me-nos sofisticadas en el ejercicio del poder. As comenz a esbozarse una Commonwealth cuya estructura emprica, tan tpicamente brit-nica, le permitir encajar los golpes y asegurar, llegado el momento, una transicin bastante natural entre el Imperio y una organizacin descentralizada, simblica y afectiva en adelante, pero cuya mera existencia permite todava al Reino Unido desempear un papel su-perior a sus medios.

    Inglaterra pudo, de 1815 a 1870, abstraerse en lo esencial de su necesidad de manipular la escena europea, para evitar la constitu-cin de una coalicin hostil que reuniese, contra ella, las potencias continentales. Aunque las circunstancias ms bien protegieron al rei-no durante su magisterio, Palmerston traz la lnea con ms crudeza

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    que todos sus predecesores y sucesores. El reino no tiene enemigos perpetuos ni amigos eternos; solo tiene intereses. Liberado de la obsesin por un ataque de Jarnac, que ha abandonado el continente, el Reino Unido pudo privilegiar a su guisa el mar abierto, las par-ticipaciones en el mercado, el comercio y el Imperio al abrigo de una flota cuya superioridad nadie intent discutir durante aquellos benditos aos.

    Distrados y desatentos, los gobernantes de Londres ya no ven, en los aos 1860, cmo ruedan los dados en el continente. Los dos rivales de aquella poca, Disraeli y Gladstone, no comprendieron en absoluto el ascenso de Prusia; asistieron como espectadores a la gue-rra austro-prusiana y a un desenlace que, gracias a la contencin de Bismarck, abrira el camino a la resurreccin del Reich. Asimismo, se les escaparon las probables consecuencias de la guerra de 1870: Disraeli jug al Poncio Pilatos prefiriendo consagrarse al Imperio. Ofreci as a Victoria el ttulo de emperatriz de las Indias en el que ella soaba y se preocup, casi exclusivamente, de proteger las lneas de comunicacin con el subcontinente, aunque fuese a costa de fuer-tes tensiones con Rusia. De hecho, una vez Bismarck fue apartado de los asuntos pblicos por Guillermo II, y abandonado el podero alemn al albur de las chifladuras del Kaiser, el Reino Unido regres a su principio cardinal de equilibrio en el continente. Desde este punto de vista, la prioridad que Alemania dio a la construccin de una flota que pudiese discutir la superioridad britnica constituye un trapo rojo ante los ojos de los ingleses. Cuestionar el ascendiente britnico en los mares constituye la peor de las provocaciones. De ah, en 1904, la Entente cordiale con Francia. Reaccin de absoluto clasicismo ante la afirmacin de las ambiciones alemanas. Nada po-da demostrar mejor la fuerza del principio de equilibrio continental que la constitucin de una alianza tan contraria a la historia. Entre el enemigo hereditario, Francia, y el pas gemelo, Alemania, dirigida por una monarqua con vnculos de sangre con los Windsor, solo la razn de estado pudo llevar a elegir a la primera, porque est debili-tada, a expensas de la segunda, que se ha vuelto amenazadora por el propio exceso de su poder.

    Pero el juego de la balanza funciona de nuevo al terminar la Gran Guerra. El Reino Unido no tuvo ms objetivo, una vez lograda la victoria, que contrarrestar la voluntad francesa de abatir Alemania.

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    Negativa de Lloyd George a aceptar la frontera del Rin, deseo de pre-servar una Alemania coherente, reticencias ante unas reparaciones exorbitantes: Inglaterra no dej de cepillar los intentos de su aliada. No obstante, obligados a permitir que los franceses marcaran en par-te el tempo durante las negociaciones de Versalles, los ingleses apoya-ron en los aos veinte todas las reivindicaciones alemanas destinadas a reducir el pacto del tratado de paz.

    Pero a veces los principios ms arraigados vacilan. As sucede con la increble ceguera britnica tras la llegada de Hitler al poder y, como advierte Churchill en sus Memorias de guerra, con el absur-do trabajo de zapa llevado a cabo por Londres contra las posiciones francesas. Del acuerdo unilateral dado a la reconstitucin de la flota alemana a la no intervencin en Espaa, de la blandura, en 1936, ante la remilitarizacin de Renania al papel motor desempeado por Chamberlain en Mnich, Inglaterra no era ya ella misma. Fue nece-sario aguardar el milagro de junio de 1940, en este caso la eleccin que hizo Jorge VI, tras la dimisin de Chamberlain, de Churchill en vez del pusilnime Halifax, candidato legtimo a Downing Street, para ver de nuevo al verdadero Reino Unido.

    Nadie ha encarnado mejor, jams, como el Viejo Len los prin-cipios cardinales de Inglaterra. El dominio de los mares es la obse-sin del antiguo Primer Lord del Almirantazgo y no ces de intentar preservarlo. La voluntad de mantener el Imperio: fue el origen de todas las amistosas justas de armas con los norteamericanos, dirigi-dos por un Roosevelt visceralmente anticolonialista. La proteccin de los intereses financieros britnicos en ultramar: Keynes pele, a araazos y mordiscos, contra sus alter ego estadounidenses para salva-guardarlos y evitar que se los entregara como garanta en beneficio de los acreedores del reino. La estabilidad del modelo parlamenta-rio y del Estado de derecho: nunca Churchill intent jugar al dicta-dor de salvacin pblica y cortocircuitar Westminster; dio cuentas al Parlamento, en tiempos de guerra, como pocos gobiernos lo haran en otra parte, ni siquiera en tiempos de paz. Por lo que se refiere al hbeas corpus solo se produjeron modestas transgresiones. Con Churchill combata la Inglaterra eterna. Ella se expresaba tambin tras la capitulacin alemana. Ayudar a Francia a ser invitada a la mesa de los vencedores supona crear un contrapeso frente al ogro sovitico. Alentar la instauracin de la Repblica federal era, a la

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    inversa, sugerir que los franceses ejercieran una autoridad en exceso completa sobre el oeste de Europa.

    Dividir, dividir, dividir: poltica de absoluta sencillez que prosegui-r, cuando llegue el momento, en el seno de la Comunidad Europea y que recuperar su verdor histrico con ocasin de la cada del Muro, con una Margaret Thatcher dispuesta a todos los pactos fusticos con el nico fin de evitar la reunificacin alemana. En lo referente a la habilidad adquirida durante decenios de indirect rule; es decir, influir a falta de poder mandar, permite hoy todava a los britnicos ejercer en todas las instituciones internacionales un papel desproporciona-do con respecto a su peso real. La perennidad de la Commonwealth es, ciertamente, una baza clave, aunque solo sea simblica. Incluso sin el Imperio, el Reino Unido no est solo en el mundo: los vnculos con los antiguos dominios no dependen de una habilidad neocolo-nialista, sino de una historia comn y conservan hoy todava un valor estratgico, aunque modesto. As, los fundamentos de Inglaterra tal como se establecieron en el momento de la Gloriosa Revolucin, se han perpetuado hasta hoy. Prueba, si las hay, de que pueden existir invariables en la historia.

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    Pueblo-nacin y Estado racional

    El ADN de Alemania es tan complejo como sencillo es el de Ingla-terra. Mezcla dos fuerzas que, segn los momentos, se ignoran, se conjugan o se adicionan. Un pueblo-nacin moldeado por su iden-tidad lingstica, cultural, mstica incluso, indiferente a la geografa y, por tanto, en los antpodas del modelo del Estado-nacin tan caro a los franceses. El culto del Estado racional de acuerdo con las palabras de Hegel, que ha tomado, al hilo de los siglos, el rostro de Prusia encarna, por su parte, un nacionalismo de sangre y hierro que no siempre forma cuerpo con el mito del pueblo-nacin. Am-bos habrn convergido, en cambio, en el siglo xx, primero con la monstruosa forma del nazismo y, ms adelante, con la sofisticada y sonriente frmula del patriotismo constitucional tan caro a Haber-mas. Pero este ADN de doble hlice no ha dejado de manifestarse en un entorno lleno de contradicciones.

    Primera contradiccin: entre la geografa y el sistema poltico. Alemania nunca tuvo fronteras naturales pero, sin embargo, cono-ci la ms antigua estructura poltica occidental con el Reich nacido en 843 con ocasin del tratado de Verdn. El Reich no coincide nun-ca con el pueblo alemn: siempre es ms restringido o ms amplio, y su vocacin de universalismo es, de todos modos, contraria a la propia idea de frontera. Afirmndose heredero del Imperio romano, el Reich estima en efecto que encarna la quintaesencia de la civiliza-cin. Cuando en el siglo xv se transforma en Sacro Imperio romano de la nacin alemana, reconoce la contradiccin que corre por sus genes. Sacro Imperio apunta al universalismo, aunque sea a costa de

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    un conflicto con el papa. Encargndose de la nacin alemana, est buscando una identidad que no se confunde con una forma clsica de Estado. La dinasta de los Hohenstaufen haba intentado superar este hiato, pero sus aventuras italianas la haban condenado al fraca-so. Los Habsburgo, por su parte, se acomodan a l pues, obsesiona-dos por el dominio de sus propios territorios dinsticos, no soportan ver cmo se mina desde el interior la dignidad imperial alemana. Su sueo, siempre abortado, de conquistar Baviera les importa ms que intentar restaurar la autoridad del emperador del Reich.

    Segunda contradiccin: entre la divisin religiosa y la ambicin imperial. En un atajo tan tpico de su modo de pensar, Napolen afir-m que, si Carlos V se hubiera puesto a la cabeza del protestantismo, habra realizado la unidad de Alemania y, por tanto, resuelto la eterna cuestin alemana. Sin duda es cierto. La revolucin luterana no des-emboc en las conmociones que llevaba en germen, pues no encon-tr una consumacin estatal. Sin duda, la traduccin y la difusin de la Biblia en alemn desempearon un papel decisivo en la afirmacin de la lengua como matriz del pueblo-nacin, pero en cambio fracas a la hora de transformar la naturaleza poltica del Reich.

    Objeto de la hostilidad del papa por sus vnculos con los grandes seores feudales del Imperio, el luteranismo acab paradjicamente reforzndolos. La reforma luterana habra podido ser el vector del universalismo; sublim, por el contrario, los particularismos. A falta de conseguir encarnar al pueblo, fue finalmente el furriel de los prn-cipes. En vez de fabricar una nacin, acab en una divisin religiosa que separ la religin en dos y, sobre todo, fortaleci la multitud de principados y territorios autnomos. Tras haber proclamado en voz alta y fuerte la libertad del cristiano, Lutero acab colocndolo bajo la frula de los prncipes: aterrado sin duda por la idea de poner al pueblo en movimiento, proclam en efecto que toda revuelta con-tra la autoridad es una revuelta contra Dios. Con tal afirmacin de principio, el elogio de la libertad se convierte en una enseanza de la sumisin. El principio de la paz de Augsburgo, en 1555, es desde este punto de vista la quintaesencia del conservadurismo: Cujus regio, ejus religio la religin del prncipe se convierte en la de su Estado, lo que no deja mucho lugar al libre albedro de las poblaciones.

    La consecuencia poltica es, por su parte, lmpida: si los prnci-pes se ven fortalecidos, el Imperio, en cambio, queda debilitado. El

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    tratado de Westfalia ser, un siglo ms tarde, la perfecta traduccin de todo ello. Sacraliza la fragmentacin de Alemania a partir de la clave religiosa y, suprema humillacin para los alemanes, convierte a Suecia y Francia en los garantes de ese desmigajamiento. Sin pro-clamarlo, es el final del universalismo del Reich. Este ya solo es una cooperativa de prncipes bajo la autoridad del ms poderoso de todos ellos, el Habsburgo. As desencarnado, el Reich sobrevivir sin embargo hasta 1806.

    Tercera contradiccin entre el imperativo local y la proyeccin fuera del Imperio. Para un prncipe alemn, el podero solo puede proceder del exterior. Las fronteras de su Estado no se mueven; el t-tulo de rey le est prohibido en el interior del Reich, regla destinada a asegurar la primaca del emperador. El statu quo parece intangible. Solo hay vlvula para la ambicin fuera del Reich. As sucede con el elector de Hannover, que se convierte en rey de Inglaterra en 1714. As sucede tambin con la obsesin de los sucesivos electores de Sa-jonia para ser elegidos reyes de Polonia, con el duque de Holstein por lo dems rey de Dinamarca, con el lord de Pomerania, que no es sino el rey de Suecia. As sucede con la colonizacin de la Prusia oriental por caballeros teutones, a instigacin de los Hohenzollern, demasiado constreidos a la cabeza del ms pequeo de los territo-rios que corresponden al elector, Brandeburgo. Convirtindose en Gran Maestre de la orden de los Caballeros teutones y fusionando las tierras de la orden con su propio principado, el elector evita la prohibicin de una corona real y se proclama, en 1701, no rey de Prusia, sino rey en Prusia. Estas extensiones fuera del Imperio siguen siendo modestas comparadas con las ambiciones territoriales de los Habsburgo: embridados como emperadores alemanes, estos no deja-ron, como emperadores de Austria, de extender su dominio por la guerra o, ms cmodamente, por hbiles maniobras matrimoniales. Para los prncipes alemanes, el cambio solo puede proceder, pues, de operaciones ajenas a la vida del Reich.

    Cuarta contradiccin: entre los objetivos proclamados de la con-quista napolenica y sus efectos reales. Napolen es, en efecto, la in-voluntaria partera de Alemania. Canta el responso del Imperio, que desaparece en 1806, pero rene todos los Estados alemanes, salvo Prusia y Austria, en una Confederacin del Rin de la que se convierte en protector. Importando a Alemania los valores de la Revolucin

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    francesa el final de los privilegios aristocrticos y eclesisticos, la emancipacin de los judos, el Cdigo civil, la aparicin de la clase media y jugando con los principados que reforma con sus propias manos, debilita la lealtad de los sbditos hacia sus prncipes y, por consiguiente, los empuja a sentirse menos sajones o menos bvaros que alemanes. Frente a la concepcin francesa de la nacin-contrato se desarrolla la visin alemana de una nacin-fuerza vital volksgeist. Esta se afirma oponindose al cosmopolitismo de las lites de finales del siglo xviii, los Lessing y los Goethe para quienes, como este haba escrito, el patriotismo es una heroica debilidad. Lo que Napolen reprochaba a Carlos V por no haber sabido consumarlo, Alemania lo realizar gracias a su involuntaria instigacin.

    En un siglo, de mediados del xviii a mediados del xix, van a entre-lazarse los dos componentes del ADN alemn, las premisas del Esta-do racional y la proclamacin del pueblo-nacin. No es la construc-cin barroca del Imperio de los Habsburgo lo que permitir edificar un Estado racional, sino la metamorfosis del pequeo electorado de Brandeburgo convertido en reino de Prusia. Bastan tres reinados Federico Guillermo (1640-1688), Federico-Guillermo I (1713-1740) y, claro est, Federico II (1740-1786) para establecer en un territorio mediocre el primer Estado moderno. Un ejrcito, una burocracia, una autoridad radical: ese es el trptico del Estado racional. Con los junkers prusianos, Federico-Guillermo I y Federico II disponen de una aristocracia infinitamente ms manipulable de lo que son los Grandes para Luis XIV y Luis XV. Polticamente en la edad de piedra y, por tanto, sin ms ambicin que la de servir a su rey, los junkers son en cambio econmica y administrativamente modernos. Comparten el deseo de su soberano de levantar, a partir de unos pocos arpendes de landa arenosa, una gran potencia. Este es el resorte de Federico II: convertir Prusia en un actor principal de la escena europea y, parti-cularmente, en un rival de Austria. Pero no intenta realizar la unidad alemana: sus innumerables guerras no pretenden conquistar Alema-na y unificarla, sino extender su reino y permitirle inmiscuirse en la partida europea. Solo un siglo ms tarde el Estado racional prusiano se pondr al servicio del pueblo-nacin alemn.

    La tradicin exige que se hagan nacer el nacionalismo alemn del Discurso a la nacin alemana de Fichte; es decir, de las catorce confe-

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    rencias pronunciadas a partir del 13 de diciembre de 1807 en la Aca-demia de Ciencias de Berln. Evidentemente, es un atajo. Cuarenta aos antes, Herder haba alabado ya el genio de la lengua y de la lite-ratura como matriz de la nacin. Pero fue Fichte quien, en un lengua-je abstruso, fija los caracteres del pueblo-nacin alemn. No se refiere en absoluto al Sacro Imperio Romano-Germnico, compartiendo sin duda el punto de vista de Voltaire segn el cual ese conjunto no es sacro, ni imperio, ni romano. Pero la lengua, en cambio, est en el meollo de la nacin alemana: He aqu la solucin de nuestra pregun-ta sobre la diferencia entre el pueblo alemn y los dems pueblos de origen germnico. Esta diferencia se produjo desde la separacin de una rama comn: los alemanes siguieron hablando una lengua que viva su vida natural y original; las dems ramas germnicas fue-ron a tomar una lengua cuyas ramas parecan vivas an, pero cuyas races estaban muertas. Hemos conservado la virilidad que los dems han perdido: de ah procede la diferencia entre ellos y nosotros....

    La lengua fundamenta la cultura, la cultura define la nacin ale-mana, la nacin alemana tiene el encargo de regenerar el mundo. Este es el credo de Fichte: cree en la eleccin divina del pueblo ale-mn, lo que no puede sino predisponerle, cuando llegue la hora, a un choque con otro pueblo elegido... La Kulturnation define un pueblo sin Estado, instalado en un territorio de fronteras inciertas, cuya iden-tidad se apoya en la lengua, la cultura y la sangre. Obsesin francesa, en este nacionalismo las fronteras son solo accesorias: durante mucho tiempo no hicieron ms que dividir al pueblo-nacin y no dejarn de fluctuar una vez que este haya sido unificado. Fichte es un Lutero sin la Reforma; se considera proftico sobre la capacidad de Alemania para encargarse de la redencin del mundo, puesto que los france-ses han fracasado como misioneros de la libertad. A un nacionalismo tan intenso de nada le sirven los equilibrios del poder o las leyes del comercio. Semejante regeneracin de la nacin solo puede proceder de la educacin: esta perpeta la comunidad nacional, independien-temente de los rangos y los estatus. No puede imaginarse un sistema ms antinmico de la visin francesa de la nacin, basada en el pode-ro del Estado, la adhesin de los ciudadanos y el plebiscito de cada da tan caro, unos decenios ms tarde, a Renan. El enfrentamiento de las dos ideologas nacionales est ya emplazado, mucho antes del combate de las armas.

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    Cuando Fichte lanza su panfleto, el Estado racional, es decir Pru-sia, est en lo ms bajo. Solo debe su supervivencia a Alejandro I, que obtiene, en Tilsit, esta concesin de Napolen a cambio de la instauracin del gran ducado de Varsovia. Encerrada en sus mltiples obligaciones, especialmente militares, Prusia solo puede mantener el poder de su ejrcito por medio de la instauracin de un servicio mi-litar general. Esta medida de circunstancia se revelar decisiva: lleva hasta el paroxismo la militarizacin de la sociedad prusiana, lo que la distingue de su rival austriaca. Esta leva de masas encuentra su piedra angular en Leipzig y en Waterloo. Participa en la afirmacin del Estado racional. Prusia se ha identificado con un arranque mili-tar, pero no con el xito de una guerrilla antifrancesa, a diferencia de Espaa: el mito del levantamiento anti-Napolen solo ser, en el flanco oriental, una construccin a posteriori.

    Tras el Congreso de Viena, el Estado racional y el pueblo-nacin solo divergen. En una Confederacin germnica de 39 Estados, provista de una Dieta rabadilla, formalmente presidida por Austria, Prusia prosigue su Sonderweg su propio camino: absolutista, militar, fuertemente administrado, vuelto hacia la edificacin de un sistema universitario y provisto, muy pronto, de una ambicin econmica. La firma en 1834 de una primera unin aduanera el Zollverein ates-tigua el mercantilismo prusiano: este es solo la cara econmica del racionalismo estatal. Ver en ello la traduccin, a un orden econmico, del pueblo-nacin es una ilusin: es la manifestacin del dinamismo prusiano que ha comprendido, mirando a Inglaterra, cmo la fuerza econmica es el complemento natural del podero militar.

    En cambio, la aspiracin nacional se identifica, durante aquellos aos, con el combate por las libertades con, como salida natural, la revolucin de 1848. Pero el fracaso de esta cierra el breve parntesis durante el cual, como reaccin al conservadurismo de la Santa-Alian-za, el nacionalismo alemn ha sido sinnimo de liberalismo. En la riada de las represalias contrarrevolucionarias, cae de nuevo del lado de la reaccin.

    Es el momento en que Prusia cambia de naturaleza. Obsesionada por la voluntad de convertirse en una gran potencia, de preservar luego ese estatuto, se arroja, bajo la frula de Bismarck, a una nueva ambicin: convertir su Estado racional en el instrumento del pueblo-nacin y, por tanto, en la palanca de la unidad alemana; Alemania

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    debe convertirse, por el hierro y la sangre, en la prolongacin de Prusia. Las palabras no son gratuitas: el hierro simboliza la potencia econmica, la sangre la ambicin poltica impulsada por el recur-so a la guerra. Por lo que se refiere a las relaciones internacionales, proceden de un derecho que es la bien entendida poltica del pode-ro. El aparato administrativo, el florecimiento capitalista, la fuerza militar se conjugan, bajo una frula absolutista pero sublimemente inteligente, al servicio de un solo objetivo: dar un marco estatal al pue-blo-nacin. Este marco solo puede ser el del Estado racional prusiano. Impotente Austria tras su derrota en Sadowa (1866), vencida Francia en un abrir y cerrar de ojos, Bismarck puede establecer el II Reich y proseguir, hasta su destitucin en 1890, la accin centralizadora bajo la gida de Prusia. Las instituciones imperiales ilustran esta filosofa: el rey y el ministro-presidente de Prusia son emperador y canciller de Alemania; los ministerios son, originalmente, los de Prusia. El sistema se establece de modo que evite cualquier contradiccin entre Prusia y los dems Estados del Imperio. Estos conservan su identidad poltica y sus tradiciones: no son anexionados ni colonizados.

    Es, como subray Disraeli, una verdadera revolucin alemana: poltica, industrial, militar, demogrfica de 1871 a 1914, la pobla-cin del Imperio pasa de 41 a 67 millones de habitantes. En cuanto el pueblo-nacin, se identifica con un Estado, un territorio, unas fron-teras, la cuestin alemana cambia de naturaleza: no es ya el reflejo de una identidad desencarnada en busca de s misma; se convierte en un problema para los dems, tan evidente es su superpotencia. Bismarck resolvi, en vida, esta ecuacin con el mero juego de su inteligencia, atemperando siempre su influencia con una deliberada contencin.

    Ha dejado a un lado un aspecto esencial y amenazador del dis-curso de Fichte: la vocacin del pueblo alemn de regenerar el mun-do. De ah su poltica ms bien pacifista, basada en sutiles juegos de alianzas y contra alianzas y sin buscar en absoluto el expansionismo territorial: nunca se le ocurri la idea del Anschluss, la anexin de Austria, en este caso. Ni siquiera el ms banal colonialismo, a imagen de Inglaterra y de Francia, se incluye en su proyecto. As pues, en 1888 responde al explorador Wolf, que ha ido a abogar por la causa de una expansin africana: Su mapa de frica es hermoso, cierta-mente, pero mi mapa de frica est aqu, en Europa. Aqu est Rusia

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    y aqu est Francia y nosotros estamos en medio: ese es mi mapa de frica. Esta idea de Alemania, anclada ya en sus fronteras, se encar-na en el derecho de nacionalidad. El cdigo de 1871 establece que es alemn cualquier individuo nacido en suelo alemn. El pueblo-nacin permanece encerrado, de este modo, en un espacio estable.

    Pero, contrario a la propia naturaleza de un pueblo-nacin, el derecho del suelo ceder su lugar, en 1913, al derecho de sangre: es alemana cualquier persona nacida de padres alemanes, ya sea en territorio del Reich o en cualquier otra parte. Inmensa confesin que atestigua, barrida ya la contencin bismarckiana, una nueva realidad: las fronteras del Estado racional no corresponden al espacio en el que vive el pueblo-nacin. Es una manifestacin entre otras de la in-capacidad del Reich, apartado Bismarck por Guillermo II, para domi-nar su propia energa. De ah la constitucin de alianzas en Europa con, como nico resorte, el temor a Alemania: firma de una alianza militar franco-rusa para encerrar al Reich en su territorio y estable-cimiento, a pesar de siglos de conflictos y rivalidades, de la Entente cordiale para levantar en todas partes del mundo una barrera contra las ambiciones alemanas.

    La Alemania postbismarckiana quiere recuperar el tiempo perdi-do en materia de colonialismo y lo afirma con resentimiento, al igual que Blow declaraba en 1899: No podemos permitir que ninguna potencia extranjera, ningn Jpiter extranjero nos diga: Qu ha-cer? La distribucin del mundo se ha efectuado ya. Mezclando la fuerza moderna de las democracias con el ejercicio autocrtico del poder propio de las monarquas orientales, el Reich cree no tener ms lmites para su accin que las que l mismo se ha fijado.

    Ante semejante psicologa, cmo puede el tratado de Versalles, tras la Primera Guerra Mundial, ser admitido por la opinin pblica alemana? Puesto que el territorio del Reich no ha sido invadido, la poblacin no tiene la sensacin de haber perdido la guerra. Son la ocupacin, las destrucciones, las exacciones lo que atestigua ha-bitualmente una derrota. No es as en 1918. Ahora bien, el tratado la emprende con el territorio del pueblo-nacin, amputndolo del 20%, lo que multiplica el nmero de alemanes fuera de las fronte-ras; por aadidura desarticula el Estado racional, con la imposicin de reparaciones y los brutales lmites puestos a su fuerza militar. Las dificultades propias de la Repblica de Weimar harn que el princi-

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    pio republicano se contradiga con la filosofa del Estado que los ale-manes haban adoptado bajo la frula prusiana, y tanto ms cuanto, antes de 1919, su memoria democrtica se aproximaba al cero.

    El periodo 1919-1933 ve, pues, negado por los hechos el doble ADN alemn, pueblo-nacin y Estado racional. De ah a afirmar que es ineluctable el advenimiento de un III Reich hay, evidentemente, un paso que no debe darse. Intrnsecamente inestable, la situacin habra podido perpetuarse durante decenios, siglos incluso, como a menudo en la historia. Del mismo modo, aunque el ADN alemn de-ba terminar prevaleciendo de nuevo, nada obligaba a que inventase la forma demoniaca del nazismo o, utilizando la sorprendente for-mulacin de Benedicto XVI, por aquel entonces cardenal Ratzinger, a que el Maligno adoptara el rostro de un pequeo bribn.

    Pero, una vez emplazado, el poder hitleriano llev hasta la locura la doble aspiracin alemana: las fronteras del Estado racional deben desplazarse para que renan la integridad del pueblo-nacin y, fiel al deber redentor proclamado por Fichte, pueblo elegido por Dios, Ale-mania tiene la misin de dominar el mundo. Lograrlo exige, natural-mente, llevar hasta el paroxismo los caracteres del Estado racional, eliminar fsicamente al otro pueblo elegido, el pueblo judo, domi-nar las poblaciones esclavas del Este, aniquilar a los rivales franceses e ingleses y aceptar solo el compromiso con la lejana Amrica. El III Reich no es la reencarnacin del Sacro Imperio ni la resurreccin del II Reich wilhelmniano, pero al igual que un ADN que puede, en bio-loga, producir una variante monstruosa, el ADN alemn no es ajeno al nazismo.

    No lo es tampoco, esta vez afortunadamente, a la Repblica Fede-ral, tal como se encarn en la Alemania burguesa de Bonn hasta 1989 y, luego, en la Alemania unificada de Berln, una vez disuelta la Rep-blica Democrtica Alemana en beneficio de los nuevos Lnder de la Bundesrepublik. Y el pueblo-nacin? Perdur gracias a la perpetua-cin del derecho de sangre hasta la reforma Schrder de 1999, que introdujo una dosis de derecho del suelo en el acceso a la ciudadana alemana. Y el pueblo-nacin? Se ve al trasluz en la decisin, en 1949, de no establecer una Constitucin mientras Alemania no sea reuni-ficada y contentarse con una Ley fundamental. Y el pueblo-nacin? Se transparenta en el artculo 23 de la Ley fundamental, que prev la adhesin de los nuevos Lnder a la Repblica Federal. Esta, de hecho,

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    quiere ser el receptculo hperdemocrtico del pueblo-nacin. Ha desempeado este papel, desde 1989, para con los inmigrantes pro-cedentes de Rusia y de la Europa central que podan presentar unos abuelos alemanes, ilusorios a veces, y convertirse as en ciudadanos alemanes ante la indignacin de los dems inmigrantes condenados al estatuto, menos reluciente, de Gastarbeiter trabajadores-huspedes.

    Y el Estado racional? No se manifiesta ya por medio de su forma prusiana, reaccionaria y autocrtica, sino del modo inesperado y se-ductor que expresa el patriotismo constitucional de Habermas. As-cendido a profeta de la democracia alemana, este sustituye el culto al jefe por la devocin al Estado de derecho, el respeto debido al Estado por el desarrollo de poderes y contrapoderes los checks and balances de la tradicin norteamericana, el peso de la autoridad vertical por la aficin al consenso y el compromiso. Desde este punto de vista, el Estado habermasiano parece en los antpodas del Estado he-geliano, pero ambos comparten, sin embargo, la misma devocin con respecto a la regla de derecho. El primero est tan adaptado a la poca democrtica como lo estaba el segundo bajo el reinado del absolutismo.

    La innovacin est en otra parte: en la vocacin europea de Re-pblica Federal. Esta se ve como un inmenso Land en pleno co-razn de una supra-Repblica Federal, la Unin Europea. Para el ADN alemn es una conmocin. Este se metamorfosea hasta el punto de tomar a contrapelo el culto fichteano a la redencin. No se trata de asumir la regeneracin del mundo bajo influencia alemana, sino de ser percibido en la escena mundial como el mejor alumno de la clase europea. El ejemplo a falta de la autoridad; la adhesin a un proyecto como substituto del Sonderweg; la buena vo-luntad a guisa de ascendiente; la solidaridad en lugar del absolutis-mo. La adhesin a la construccin europea es una revolucin para la mentalidad alemana, una vez pasada la poca de la mala concien-cia vinculada al recuerdo del nazismo. De ah los chirridos que, de vez en cuando, agitan a la opinin pblica, ante una opcin que al pueblo le parece que es solo cosa de las lites. De ese modo, a pesar de las apariencias, la Repblica Federal no pretende encarnar una nueva Alemania, levantada ex nihilo a partir de los deseos de los Aliados. Es el avatar ejemplarmente democrtico de la Alemania histrica, tal como la dise su doble naturaleza.

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    La supranacionalidad, una vieja idea en Europa

    El Imperio austro-hngaro se parece a un palimpsesto, viejo grimorio borrado sobre el que vuelve a escribirse. Fue necesaria la cada del Muro de Berln para que resurgiera del olvido, tan grande fue la nos-talgia de un mnimo orden en los Balcanes, cuando estall la guerra de 1991.

    He aqu un sorprendente sistema que supo mantenerse durante ms de medio milenio en pleno corazn de Europa, antes de ser devorado por la Primera Guerra Mundial: la ms antigua y, tal vez, la nica nacin supranacional que nunca haya existido. Ni sistema de valores a la inglesa, ni pueblo-nacin a la alemana, naturalmente Estado-nacin a la francesa. Todo nace de la dinasta de los Habsbur-go; todo est sometido a ella; todo regresa a ella. La geografa del Imperio es mvil; los pueblos que son sus miembros pueden variar; las nacionalidades parecen fluctuantes. Un solo punto fijo: el archi-duque de Austria, por lo dems emperador del Sacro Imperio hasta 1804 y, luego, emperador de Austria. Las posesiones del soberano pueden, en este sistema, aumentar o reducirse por la guerra, pero suelen extenderse por va de matrimonios. En un universo dinstico, una boda bien calculada se parece a una opcin de compra en los mercados financieros: no muy caro y que puede proporcionar bue-nas ganancias!

    El apogeo de esta poltica se alcanz, naturalmente, en el reina-do de Carlos V, cuando las combinaciones matrimoniales, los falle-cimientos imprevistos y la suerte estuvieron a punto de constituir,

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    duraderamente, un imperio en el que nunca se pona el sol. La excepcional superioridad intelectual de este monarca le permiti evaluar el carcter aberrante de la construccin poltica de la que era jefe y de cuyo desmontaje se encarg l mismo. Pero los Habsburgo continuaron, tras la abdicacin de Carlos V, su poltica de opciones matrimoniales, llegando a aceptar incluso un mal casamiento de Ma-ra Luisa al ofrecerla como esposa al usurpador Napolen. Por lo que se refiere al abandono de la ley slica, cuando se publica la Pragmti-ca Sancin, fue una verdadera suerte para una dinasta que siempre ha ofrecido herederos a los azares de la historia.

    As, el Imperio de Austria ser, durante siglos, un sistema abierto: poda acoger nuevos pueblos al albur de las guerras y los matrimo-nios; capaz de resistir, tras una derrota militar, la ablacin de esta o aquella provincia y, por tanto, conservar su identidad y su fuer-za. Pero como toda organizacin supranacional, el Imperio de los Habsburgo siempre necesit encarnar una misin. La primera y ms difcil de sus vocaciones fue, de entrada, asumir, por cuenta del Oc-cidente cristiano, la defensa de Europa frente a los turcos. Todo muy normal por parte de una dinasta visceralmente catlica y depositaria de la Corona del Sacro Imperio Romano-Germnico. Pero la histo-riografa europea, por lo general, ha subestimado, desde este punto de vista, el compromiso de Austria en su frente oriental, en beneficio de sus aventuras ms clsicamente guerreras en su flanco occidental. Ello supone prescindir de innumerables conflictos entre el siglo xvi y finales del siglo xviii tres en el xvii, tres en el xviii, el ltimo de los cuales concluy precisamente cuando al Revolucin ruga en Pars. Supone olvidar que las tropas otomanas sitiaron varias veces Viena. Supone desdear la crispacin provocada en Austria por las aberturas hechas regularmente a la Sublime Puerta por los Borbo-nes franceses siguiendo los pasos de Francisco I. Supone omitir los traumas sufridos por Hungra y las poblaciones de los Balcanes so-metidas, de vez en cuando, a la dura ocupacin turca.

    Fortalecidos por su firmeza frente a los brbaros, los Habsbur-go no dejaron de esperar el agradecimiento del papa y de sus rivales europeos. Aquella misin se vio acompaada por otra vocacin: en-carnar la Contrarreforma. Mientras que Carlos V haba dudado antes de romper con Lutero e incluso haba intentado un dilogo, aunque fuese infructuoso, convocndolo ante la Dieta imperial, sus sucesores

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    nunca tuvieron ligera la mano frente a los protestantes. Aunque res-petaran la identidad protestante de los Estados alemanes miembros del Imperio, queran ser mejores alumnos de la clase papal. Viena fue tan impermeable a las Luces como Pars, por el contrario, se les abri.

    Esta tradicin permiti naturalmente a los Habsburgo, durante el gran jaleo napolenico, dotarse, bajo la frula de Metternich, de otra misin: convertirse en los incansables defensores del orden y el statu quo en Europa. La doctrina era lmpida y el propio canciller austriaco la haba proclamado: Austria servir siempre de punto de reunin para los amigos del orden. Esta es su posicin natural y, por tanto, aquella de la que puede y debe obtener su fuerza. Algo que caa por su propio peso durante las guerras napolenicas defender Europa contra la Revolucin tras haberla defendido contra los tur-cos se confirm evidentemente por medio del Congreso de Viena y la instauracin de la Santa Alianza. De la continuada hostilidad de Austria frente al ascenso, en el siglo xix, de nacionalismos doble-mente sacrlegos, porque eran portadores, a la vez, de aspiraciones a la libertad y de una ambicin estatal. As, de 1815 a 1917, el Impe- rio de Austria encarnar el inmovilismo, a diferencia de sus rivales europeos presas de desmadres polticos, nacionales o econmicos.

    Esta identificacin con la inmovilidad y la reaccin ha influido en el deseo de Clemenceau, en 1918, de derribar este Imperio, oscu-rantista a su modo de ver, al menos tanto como la presin de nacio-nalismos que habran podido aceptar la lejana tutela de un monarca constitucional con funciones simblicas. Zweig describi con indul-gencia esta realidad en El mundo de ayer: Todo en nuestra monarqua austriaca, con casi un milenio de edad, pareca basarse en la duracin y el propio Estado pareca el supremo garante de esta perennidad... Cada cosa tena su norma, su medida y su peso determinados. Todo, en ese vasto Imperio, permaneca inquebrantablemente en su lugar y, en el ms elevado, el viejo emperador, y si por ventura mora, se saba (o se crea) que otro iba a sucederle y nada cambiara en este orden prudentemente concertado. El emperador es, pues, la piedra angular de esta primera organizacin supranacional. Nadie lo procla-ma con mayor claridad que Metternich: No debe aniquilarse la in-dividualidad de las provincias austriacas como no debe tocarse la po-sicin del emperador como soberano y prncipe de cada provincia.

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    He aqu un sistema en los antpodas del Estado-nacin. Esta es la razn profunda de la visceral oposicin entre Francia y el Austria de los Habsburgo. El catolicismo no basta para servir de vnculo entre ambos pases y temporales convergencias de intereses no pueden es-camotear esta diferencia de naturaleza. Los Habsburgo convierten el derecho a la diferencia este concepto tan contemporneo en la raz de su Imperio. Reina sobre naciones ya existentes castella-na, hngara, croata, polaca, bohemia o gobiernan micro-Estados, simples fragmentos de una nacin en busca de identidad Npoles, Miln, Tirol, la baja Austria. Respetan, pues, las lenguas, las culturas, la autonoma de todas las provincias.

    Cada vez que un monarca austriaco cedi al mimetismo con res-pecto a sus primos franceses o ingleses e intent imponer una orga-nizacin centralizadora a los Grandes del Imperio, sus tentativas se vieron condenadas al fracaso. En el siglo xviii fue cuando la voluntad de centralismo se mostr ms firme. En primer lugar con la Prag-mtica Sancin de 1713, que, adems de la posibilidad otorgada a una mujer en ese caso Mara Teresa de subir al trono, estableca la indivisibilidad del territorio del Imperio para prohibir su desmem-bramiento. Pero sobre todo con la poltica de Jos II, que, al igual que otros dspotas ilustrados, no dej de fortalecer el dominio de Viena. Como en otras partes, la afirmacin del Estado central supuso un divorcio con la Iglesia catlica, molesta ya por el reconocimiento de los derechos de protestantes y judos. Del mismo modo, el cen-tralismo se basa en una poltica vuelta hacia el pueblo atestiguada entre otras cosas por la abolicin de a servidumbre, a expensas de los prncipes y dems Grandes, deseosos de reducir el soberano a un papel puramente simblico. Pero la andadura de Jos II fall, tanto chocaba con la naturaleza profunda de la construccin de los Habs-burgo: germanizar en exceso el Imperio era condenarlo, empujando a la rebelin a las dems naciones.

    Todo el siglo xix vio, por el contrario, cmo los Habsburgo res-pondan a las pulsiones autonomistas de sus pueblos con una cre-ciente descentralizacin. Evidentemente, fue Hungra la que se be-nefici del ms privilegiado tratamiento. Peldao adelantado en la lucha contra los turcos, haba conseguido preservar, como contrapar-tida, su Dieta, su identidad y los privilegios de su aristocracia. Pero va obteniendo ms a medida que ascienden los nacionalismos. El hn-

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  • la supranacionalidad, una vieja idea en europa

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    garo es reconocido en 1844 como la nica lengua oficial en el reino de Hungra. La revuelta de Kossuth empuja a Viena a ir ms lejos. En 1849, la Unin personal austro-hngara ambos Estados reunidos solo por la persona del soberano sustituye la Pragmtica Sancin; la cancillera hngara en Viena es abolida; todos los asuntos recaen sobre Budapest. El postrer punto de esta evolucin es, en 1867, la transformacin del Imperio de Austria en un Imperio austro-hnga-ro con, en comn, adems de la persona del emperador, tres minis-tros Asuntos Exteriores, Defensa y Finanzas. Frente a la envidia de los dems pueblos, Viena multiplica en su beneficio las concesiones, sin ir jams tan lejos como con los hngaros.

    El Imperio rene, por aquel entonces, once grupos que pueden calificarse de etnolingsticos: los alemanes, los hngaros, los che-cos, los croatas, los eslovacos, los eslovenos, los rutenos, los rumanos, los serbios, as como algunos italianos no todos y polacos no todos tambin. Aunque la administracin d a los alemanes un lugar par-ticular, se considera sin embargo supranacional y todas las naciones estn, ms o menos, representadas en ella. No ocurre lo mismo con el ejrcito y la aristocracia: el ascendiente alemn no se identifica, con respecto a los dems pueblos, con una forma de colonialismo. De ah, entre todas las poblaciones del Imperio, una emulacin que garantiza cierto dinamismo al conjunto: un espritu paradjico po-dra encontrar algunos puntos comunes con la actual Unin Euro-pea. Esta adicin de poblaciones no deja lugar alguna, hasta la cada del Imperio, a una nacin austriaca. Nada ms natural, mientras los Habsburgo estuvieran a la cabeza del Sacro Imperio Romano-Germ-nico; por lo dems, solo a su desaparicin se convierten en empera-dores de Austria.

    El ascenso de Prusia, como Estado emblemtico de Alemania, y luego la creacin, en 1870, del Imperio alemn, impulsan a Viena a sentirse ms austriaca y menos alemana, ms cosmopolita y me-nos germnica, ms supranacional y menos estatal. El edificio de los Habsburgo solo puede parecer cada vez ms barroco, comparado con la jerrquica construccin de los Hohenzollern. Cul es su ar-mazn, puesto que existen a su lado un Imperio de Alemania que, gracias a la agudeza estratgica de Bismarck, tiene la inteligencia de no hacer reivindicacin alguna sobre los dominios de los Habsbur-go? Un smbolo, una historia y, sobre todo, una funcin: garantizar el

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    statu quo en una Europa central eruptiva. La principal justificacin del Imperio austro-hngaro, a finales del siglo xix, ya solo es el miedo al desorden. Es un fundamento slido y frgil a la vez. Slido, pues no hay mejor proyecto para una institucin que perpetuarse en su ser. Frgil puesto que una violenta sacudida puede propagarse sin encontrar poderosas contrafuerzas.

    Habra sido necesaria, en semejante contexto, una increble mo-deracin para abogar, en 1918, por el mantenimiento de esta impro-bable yunta. Cmo hubiera sido posible hacer que los defensores de la Sociedad de Naciones (SDN) y de una gobernanza internacional en la que vean la quintaesencia de la modernidad, aceptaran la re-conduccin de un Imperio supranacional dinstico y dbil? Jams, al final de la guerra, se hizo la menor reflexin sobre las ventajas e in-convenientes de mantener en su lugar a los Habsburgo. Clemenceau haba hecho caso omiso de semejante hiptesis cuando rechaz, en 1917, las insinuaciones del emperador Carlos sobre una paz separa-da. En su espritu, el Imperio austro-hngaro era solo un apndice del Reich, destinado, pues, a conocer la misma suerte. Cruel cegue-ra! Sin caer en la ucrona, tal vez una paz con los Habsburgo hubiera contribuido a mantener la tapadera sobre el caldero de la Europa central y los Balcanes. Pero una construccin supranacional que no rimaba con un proyecto democrtico no perteneca ya al espritu de los tiempos.

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    La obsesin del declive

    Espaa fue grande, sin duda por azar, demasiado pronto. Azar: la constitucin de un Imperio en el que nunca se pone el sol, por-que el hijo nico de Isabel de Castilla y Fernando de Aragn muere en 1497 y la sucesin pasa a manos de su hija mayor, Juana, casada con Felipe de Habsburgo, algo que tiene como consecuencia la lle-gada de Carlos V al trono de Espaa en 1516 y luego, tres aos ms tarde, al archiducado de Austria con, al mismo tiempo, su eleccin como emperador. Azar: el concurso de circunstancias que convirti a la Corona de Castilla en acreedora de Cristbal Coln y, luego, de los dems conquistadores partidos en busca de territorios en las Indias orientales, con fabulosas transferencias de oro y plata hacia las arcas reales como clave. Azar: la intuicin de Carlos V que, convencido de la imposibilidad de mantener duraderamente todas aquellas coronas en la misma cabeza, decide abdicar y, al hacerlo, estar en condiciones de organizar su sucesin y legar a Felipe II de Espaa los Pases Bajos y las colonias. Ese conjunto conocer una postrera edad de oro con este soberano, antes de que comience un ineluctable declive.

    Pero una Espaa grande demasiado pronto, tambin? La Corona no tena los instrumentos necesarios para ejercer el poder sobre tan heterclito conjunto. La propia Pennsula no estaba unida. Cmo su problemtica asociacin con territorios excntricos en Europa y, a fortiori, ms all del ocano habra podido corresponder a una organizacin poltica racional? Todo llevaba al declive, antes de que varios concursos de circunstancias lo agravaran y la propia idea de este declive se convirtiera en una profeca autorrealizadora.

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    La divisin del pas: el ascendiente de Castilla se manifest al azar de bodas y dinastas, sin jams atentar contra la identidad de los rei-nos adyacentes y el irredentismo de los particularismos locales. Elegi-dos por sus fueros, ciudades y regiones, con Catalua a la cabeza, reco-nocan a la Corona de Espaa una autoridad en apariencia absoluta pero en realidad solo formal.

    La debilidad econmica: ese territorio fragmentado no pudo, durante siglos, constituir un mercado lo bastante amplio para hacer funcionar a toda velocidad la maquinaria capitalista. Por lo que se re-fiere a la bonanza en oro y plata procedente de las colonias, dispens a la monarqua de inventar cierta forma de colbertismo.

    El infortunio dinstico: que vio cmo la Corona era puesta en las cabezas de soberanos sin envergadura, incluso intelectual o fsicamen-te retrasados como fue el caso de Carlos II, que, incapaz de tener un hijo, leg la Espaa de 1700 al nieto de Luis XIV, lo cual provoc una guerra de sucesin de la que el pas sale muy daado, o de Fernan- do VII, rey maltratado por Napolen que, una vez restablecido en el trono, echa a perder su excepcional legitimidad con un obtuso conser-vadurismo. Se aade a ello una impresionante retahla de monarcas mediocres a lo largo de los tres siglos de la dinasta de los Borbones.

    La dificultad para establecer un poder central: por una sorpren-dente inversin de los papeles, son los liberales quienes se afirmaban centralizadores y jacobinos, mientras los conservadores se satisfa-can con el desorden y la complejidad institucionales. As, en el si- glo xviii, el intento de instaurar intendentes de acuerdo con el mo-delo francs, o la expulsin de los jesuitas por Carlos II en 1767, imitando a Luis XV, para afirmar la primaca de la monarqua sobre la Iglesia. As, la constitucin de 1812, redactada por los oponen-tes a Jos Bonaparte, que pretenda poner la monarqua espaola al comps de los grandes Estados europeos y que, en cuanto regresa a Madrid, Fernando VII se apresura a anular. Del mismo modo, las reformas iniciadas por el hermano de Napolen, que quiso jugar al dspota ilustrado venta de los bienes de los monasterios, abolicin de la Inquisicin, reforma fiscal, fueron abandonadas al haber sido impuestas por el invasor francs.

    El opresivo peso de la Iglesia: aunque el catolicismo asegurara la cohesin de Espaa ms que la Corona, tambin contribuy a anes-tesiar la sociedad. La Inquisicin redujo a cero la autonoma del

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    pensamiento; la omnipotencia eclesistica se encabrit contra las ve-leidades liberales; el catolicismo pretendi ser aplastante. Empujada por la Iglesia, Espaa se erigi, primero, en bastin de la Contrarre-forma, luego en enemigo irreductible de las Luces. Perdi as los dos momentos, religioso e intelectual, que aceleraron la modernizacin del continente. De ah un retraso de las mentalidades, de dos siglos tal vez, entre uno y otro lado de los Pirineos. La fantasa de la pure-za: la expulsin de los judos en 1492, la de los moros casi 300.000 individuos en 1609 y 1611, la impermeabilidad al protestantismo privaron a Espaa de unas minoras activas. Del mismo modo, ms tarde, el hecho de ser pas de emigracin y no, hasta hace muy poco, de inmigracin impidi que la Pennsula se beneficiara del aumen-to de dinamismo y del enriquecimiento colectivo que, por ejemplo, ofrecieron a Francia las sucesivas oleadas de inmigrantes en los si- glos xix y xx.

    Todos estos factores de declive podran haber sido contrarresta-dos si Espaa no hubiera perdido el tren de la revolucin industrial. Pas rural y colonial, no posea ninguno de los ingredientes que le habran permitido arrancar a tiempo el motor del capitalismo. Ais-lada por la geografa del centro de la economa-mundo, de acuerdo con la terminologa braudeliana, no poda encontrar en s misma los resortes de una mutacin: el aplastante peso de la agricultura en-quistaba el sistema econmico y la presencia de las colonias, fuente de beneficios al principio, luego, con el paso del tiempo, drenaje fi-nanciero y mercado demasiado cmodo, no alentaban una mutacin modernizadora.

    Sobre esta realidad se edificaron la psique del declive espaol, la conviccin de la existencia de un homo hispanus, el culto de las leyen-das negras, convertidos a su vez en los instrumentos de una profeca autorrealizada de la decrepitud. Psique: la sensacin de aislamiento, de la dureza, de la extraeza. Homo hispanus: la mezcla de altivez, mis-ticismo, violencia, individualismo que caracterizaba a este personaje mtico. Leyendas negras: el recuerdo de las revueltas y las matanzas, la sombra producida por la Inquisicin, el sentimiento de crueldad colectiva. No son mitos nacidos en el siglo xvii y enterrados con el paso de los decenios: se perpetuaron hasta el siglo xx y conocieron su apogeo entre 1936 y 1939, en la dureza, las fantasmagoras y la violencia de la guerra civil. Heredero de esta psicologa colectiva, el

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    franquismo la convirti en la quintaesencia de su identidad y de su doctrina. Llev en bandolera esta hispanidad. La vida intelectual es-paola no dej de ser acunada por esos temas, siempre con la piedra angular de la conciencia autodestructora del declive. As ocurre con pensadores como Unamuno u Ortega y Gasset, imbuidos del senti-miento visceral de la decadencia, ms llevados a describir que a pres-cribir remedios y dubitativos sobre la capacidad de las lites, arcaicas a su modo de ver, para terminar con ella.

    Con el rasero de esta historia se mide el milagro de la Espaa con-tempornea; cuando Juan Carlos sube al trono en 1975, a la muerte de Franco, lleva sobre sus hombros ese pasado del que el franquismo ha representado una formidable condensacin: reaccionario, beato, negro, pesimista, aislacionista, inquisitorial sin inquisicin, cerrado al mundo, a las ideas, a la modernidad. Aunque el advenimiento de una clase media y el inicio de una relativa apertura econmica haban comenzado a corroer el granito de la identidad espaola ms clsica, los ms optimistas pensaban como mucho en los beneficios de un des-potismo ilustrado, como si los principios de las luces fueran a abrirse paso, por fin, en la Pennsula con dos siglos de retraso. Por el contra-rio, el mundo, embobado, asisti a una revolucin. Una revolucin democrtica con la instalacin de un rgimen adaptado, por primera vez, al de los dems pases de Europa, a excepcin de los breves aos republicanos (1931-1936). Una revolucin econmica con la admi-sin en la Comunidad Europea, la desaparicin de las barreras tari-farias, la aceptacin de la competencia, la excitacin capitalista. Una revolucin diplomtica con la entrada en la OTAN, la insercin sin vaguedades en Occidente, el rechazo del neutralismo y del aislacio-nismo. Una revolucin histrica con la afirmacin de una hispanidad abierta y dinmica en vez de un provincialismo pesimista. Una revo-lucin cultural con lites tan conquistadoras y extravertidas como sus antepasados fueron introvertidos y negativos. Una revolucin sociol-gica con una Iglesia obligada a la defensiva, una sociedad en vas de secularizacin, una libertad de costumbres sin lmites que ha llegado hasta la legalizacin del matrimonio homosexual, en un pas que lleva todava en s la memoria de la Inquisicin. Una revolucin mental con el espritu de conquista en lugar de un estrecho etnocentrismo.

    Todos los dems grandes jugadores en el tablero europeo no de-jan de mutar, aun permaneciendo fieles a su ADN. Espaa es la nica

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    excepcin. Ha cambiado radicalmente de naturaleza, como si borra-ra en veinte aos cuatro siglos devorados por la obsesin del declive. Este afortunado misterio no tiene una explicacin simple. La irrup-cin del mercado, el contagio de las ideas en una Pennsula ms po-rosa, la unificacin de los comportamientos: otros tantos elementos racionales. Pero el enigma permanece. Cmo se pasa brutalmente de una obsesin secular por el declive a un inesperado espritu de conquista que no mellan las fugaces dificultades actuales?

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    El primer soft power de la historia

    Italia no es contradictoria, como muchos creen: es paradjica. En trminos de podero clsico, es un objeto de la historia segn la terminologa hegeliana; en cambio, con el rasero de la influencia intelectual, cultural, financiera incluso, es un sujeto de la historia.

    Del lado del podero, los ingredientes estn ausentes. Metternich lo adverta en el Congreso de Viena, en 1815, con su propio voca-bulario: Italia, una expresin geogrfica. El recuerdo de la Roma imperial, durante siglos, no sirvi de antdoto a algunas debilidades congnitas.

    En primer lugar, la parcelacin del pas, el caleidoscopio geogrfi-co, las rivalidades locales, unas ciudades contra otras, los estragos del campanilismo el espritu de campanario, las ciudades contra los du-cados, las llanuras contra los contrafuertes, los burgueses de las ciu-dades contra los latifundistas, las regiones agrcolas contra las zonas industriales, los habituados a esa dialctica contra los de aquella, los principados presas de las peores querellas dinsticas, las burguesas locales en permanente conflicto: esa es la cotidianidad de Italia du-rante siglos. Hoy se prolonga: en el interior de los partidos polticos desmigajados en fracciones rivales, en pleno meollo de la Adminis-tracin fagocitada por masoneras de todo tipo, en el seno del esta-blishment de los negocios convertido en impotente por innumerables banderas enemigas. Adems, ese campanilismo no tiene en cuenta las grandes cesuras que la dominan: el Norte contra el Mezzogiorno, los laicos contra el universo catlico, los francmasones contra la Iglesia.

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    Como no deja de proclamar Umberto Eco, los italianos tienen un punto en comn: el reflejo fratricida. Nada los excita ms, si le cree-mos, que las luchas intestinas y las guerras picrocholinas. A quien co-nozca las jugarretas de Jarnac, los cambios de bando, la inversin de alianzas, en el seno del mundo de los negocios hoy, el salotto buono, no le costar imaginar las rivalidades en torno a los Mdicis y los Borgia.

    Luego una historia ms sufrida que deseada. A diferencia de Es-paa, demasiado grande, demasiado pronto, Italia fue demasiado modesta, demasiado tiempo, sin dejar de estar sometida a esa tute-la y, luego, a aquella. Este pas de once millones de habitantes en 1500 solo conoci una lamentable racionalizacin poltica, pasan-do subrepticiamente de un agregado de ciudades autnomas a una concentracin, para lo esencial, alrededor de cinco capitales locales, Roma, Npoles, Florencia, Miln y Venecia, siendo el Piamonte por aquel entonces poco italiano. Esa Italia es la que, cruzando los Al-pes, transformar Carlos VIII, por una cabezonera, en campo de en-frentamiento de las grandes potencias. La paz de Cateau-Cambrsis, en 1559, substituye el dominio francs por una omnipotencia de los Habsburgo espaoles. Esta termina con la guerra de Sucesin en Es-paa: la paz de Utrecht, en 1713, estableci en efecto la tutela sobre la Pennsula de los Habsburgo austriacos, a cambio de la aceptacin por Viena del acceso de Felipe V al trono espaol. Interrumpida por el parntesis revolucionario e imperial francs, esta situacin va a perpetuarse hasta la consumacin, en 1861, de la unidad italiana. A esa sombra que produce lo extranjero solo escapa la Serensima Repblica de Venecia, verdadero ovni poltico, vuelto hacia mar abierto ms que hacia la pennsula. Los Estados pontificios parecen tambin ms autnomos, aunque el papa no pueda prescindir de los aliados para mantener su poder temporal. Semejante mosaico institucional constituye un terreno de juego privilegiado para los grandes Estados europeos a los que produce la sensacin de que, aunque los italianos existan, Italia es, por su parte, una idea huera.

    Finalmente, la ausencia de actores del cambio. La omnipotencia de la Iglesia en los Estados pontificios, y tambin en otras partes, y la sombra que haca Francia fueron, durante siglos, prendas de inmovi-lismo y de reaccin. Un incansable combate, a golpes de Inquisicin y de ndice, contra cualquier pensamiento innovador, de Galileo a las Luces, un dominio aristocrtico sin contrapoder, la ausencia de

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    una burguesa industriosa, el inmvil juego de las fuerzas sociales: otros tantos rasgos que hicieron difcil la oposicin, la iniciativa y el movimiento. La sociedad civil nunca pudo imponerse a rostro des-cubierto; de ah la tradicin de las sociedades secretas y dems carbo-nari. Incluso al Risorgimento, en sus horas de gloria, le es imposible afirmarse ante todos como pudieron hacerlo, un siglo antes, en Fran-cia, las Luces. Por lo que se refiere a la modernizacin legada por la ocupacin napolenica una poltica de infraestructuras, la multipli-cacin de las escuelas, el Cdigo napolenico, la desaparicin de la feudalidad y de los corporativismos, es por definicin sospechosa, y los austriacos, tras el Congreso de Viena, no dejarn de borrarla o, al menos, de devolverla a la porcin congrua.

    En semejante contexto, la historia no aporta a los italianos, hasta la unidad, leyenda positiva ni gloria clsica. Victorias militares? Nin-guna, puesto que la pennsula solo es un campo de enfrentamien-tos para los extranjeros. Revueltas fundacionales? Las ocupaciones extranjeras no suscitan guerrillas nacionalistas; as, la presencia na-polenica no es acompaada por subversin alguna a la espaola. Revoluciones triunfantes? La ms importante, la de 1848, no resiste la alianza de las fuerzas contrarrevolucionarias y es, a escala de la historia, un fuego de paja. Son acontecimientos desgraciados los que acompasan aquellos siglos, del saqueo de Roma en 1527 a la desapa-ricin de la Repblica de Venecia en 1797. Italia tiene prohibida la gloria militar o poltica. Por ello, no tiene enemigo fundador, como observ Umberto Eco. Interrogado sobre el rival histrico de su pas, un italiano no tiene respuesta clara. Un francs, un alemn o un in-gls no tendran duda alguna.

    La marcha hacia la unidad constituye la primera gran epopeya desde la cada del Imperio romano. Adems, es un acontecimiento que increment su intensidad simblica por simple comparacin con los siglos anteriores. Vctor Manuel no es Luis XIV, Cavour no es Bismarck y Garibaldi no es Bonaparte. La operacin fue inteligente, hbil, bienvenida, pero pertenece ms a la poltica racional que a la cancin de gesta. En cuanto al parntesis mussoliniano, no acrecent el orgullo de los italianos por su propia historia y es un eufemismo.

    As pues, la aventura europea contempornea ha sido para Ita-lia una bendicin. Ha ahogado las microidentidades en un conjunto ms vasto; ha dado a su pas el latigazo competitivo que necesitaba

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    para dar valor a sus bazas industriales; ha permitido por fin que el poder poltico encontrara su lugar en un juego internacional de coo-peracin sin evidente jerarqua. Nunca Italia tuvo tanto peso como en los grandes aos de la construccin europea. En cuanto se aleja de este camino, vuelve a ser una potencia marginal, como atestigua la despectiva mirada que el mundo entero dirigi al rgimen berlus-coniano. Juzgada por comparacin con las exigencias del hard power, Italia ha sido una blandengue de la historia.

    Es en cambio el primer soft power que el mundo ha conocido y cuya estrella no dej de brillar durante todos esos siglos de decaden-cia poltica.

    Por qu Carlos VIII se zambulle en un callejn sin salida estrat-gica al cruzar los Alpes? Por fascinacin ante una sociedad, una cul-tura, un refinamiento que suea en importar a una Francia mucho ms rstica y ms frugal. Qu otra cosa hace Francisco I, al arriesgar su reino en Pava, sino ceder ante las mismas fantasas? Vincular a Leonardo da Vinci a su corte bien vale algunos pasos en falso polti-cos y una derrota militar. Por qu Bonaparte vaca de sus obras los palacios italianos, mientras que resiste esa tentacin en la mayora de las tierras que conquista? Por qu los salones ms brillantes del si- glo xviii francs estn tan fascinados por el brillo de un pas poltica-mente retrasado y repulsivo? De dnde procede el culto a la peregri-nacin cultural a Roma? Hay el menor itinerario inicitico que valga la pena sin recorrer, en todas direcciones, la pennsula?

    Ante esa realidad, los espritus apesadumbrados respondern: es una fascinacin artstica; no tiene la menor consecuencia poltica, econmica o militar. Nada es ms falso. Supone prescindir de la de-mostracin braudeliana sobre Gnova y el norte de Italia, centros de la economa-mundo en el siglo xvi. Pero, sobre todo, supone des-conocer el hecho de que, aunque polticamente inexistente, Italia segua siendo un v