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  • MAURICE BLANCHOT

    ---L SECRETO DEL GOLEM

    La palabra símbolo es una palabra venerable en la historia de las literaturas. Ha prestado grandes servicios a los intérpretes de las formas religiosas y, en nuestros días, a los lejanos descendientes de Freud y a los cercanos discípulos de Joog. El pensamiento es simbólico. Incluso la existencia más limitada vive de símbolos a los que da °vida. En la palabra símbolo se reconcilian creyentes e incrédulos, sabios y artistas.

    Puede ser. Lo que resulta extrafio en el empleo de esta palabra es que el escritor a cuya obra se le aplica, se siente muy alejado, mientras está trabajando, de lo que la tal palabra designa. Más tarde, es posible que se reconozca en ella, que se deje halagar por este bello nombre. Sí, es un símbolo. Pero en él algo se resiste, protesta y afirma secretamente: no es una manera simbólica de decir, sólo era real.

    o Esta resistencia merece atención. Mucho se ha perfeccionado el pensamiento referente al símbolo. La mística aportó, antes que cualquier otro estudio especializado, mayor claridad y rigor. La primera profundización se hizo ante la necesidad de diferenciar el símbolo de la alegoría. La alegoría no es simple. Si un viejo con una hoz, o una mujer con una rueda significan tiempo y fortuna, la relación alegórica no se agota en este único significado. La hoz, la rueda, el viejo, la mujer, cada detalle, cada obra en donde aparece la alegoría, y la inmensa historia que en ella se oculta, las potencias emotivas que la han mantenido activa y, sobre todo, el modo figurado de expresión, convierte la significación en una infmita red de correspondencias. Desde el principio tenemos el infinito a nuestra disposición. Y es que, precisamente, ese infinito es disponible. La alegoría desarrolla muy lejos la vibración enmara- ñada de sus círculos, pero sin cambiar de nivel, según una riqueza que se puede denominar horizontal: se sitúa en los límites de la expresión medida, representando, a través de lo que se expresa o se figura, otra cosa que podría expresarse, también, directamente.

    La experiencia simbólica

    El símbolo tiene otras pretensiones. Espera saltar de golpe fuera de la esfera del lenguaje, del lenguaje bajo todas sus formas. Lo que pretende no es de ninguna manera expresable, lo que hace ver o da a entender no es susceptible de ningún sentido directo, incluso de ninguna clase de sentido. El plano del cual nos hace partir, no es sino un trampolín para elevamos o precipitamos hacia otra región a la que no hay acceso. A través del símbolo hay, pues, salto, cambio de nivel, cambio brusco y violento, hay exaltación, hay caída, no pasaje de un sentido a otro, de un sentido modesto a una mayor riqueza de significados, sino pasaje a lo que es otro, a lo que escapa a cualquier sentido posible. Estos cambios de nivel, peligrosos movimientos hacia lo bajo, más peligrosos aún hacia 0 10 alto, es lo esencial del símbolo.

    Esto ya es difícil, prometedor y raro; y tanto, que hablar del símbolo no debería hacerse sin precauciones. Pero existen otras particularidad~s. La alegoría tiene un sentido, muchos, una más o menos mayor ambigüedad de sentidos° El símbolo no significa nada, no expresa nada. Sólo hace presen te -haciéndonos presentes en él- una realidad que escapa a cualquier otra realidad aprehendi- da, y que parece surgir, prodigiosamente próxima y prodigiosamen- te lejana, como una presencia extraña. ¿Será entonces el s,ímbolo una grieta en el muro, una brecha a través de la cual s/' nos hace súbitamente sensible lo que de otra manera se oculta a cuanto sabemos y sentimos? ¿Es una reja puesta sobre lo invisible, una transparencia donde lo oscuro se presentiría en su oscuridad? No hay nada de esto; por eso el símbolo es tan atractivo para el arte. Si se trata de un muro, entonces el símbolo es un muro que, lejos de abrirse, se haría más opaco y más denso, de un espesor, de una realidad tan poderosos y exhorbitantes que nos modifica y modifi- ca un instante la esfera de nuestros hábitos y costumbres, nos aparta de todo saber actual o latente, nos hace más maleables, nos remueve, nos trastorna y nos expone, gracias a esta nueva libertad, a la aproximación de otro espacio.

    Desgraciadamente no hay un ejemplo preciso, pues en cuanto el símbolo se particulariza, se cierra y es usual, ya se ha degradado. Pero admitamos por un instante que la cruz, tal y como la vivifica la experiencia religiosa, tenga toda la vitalidad del símbolo. La cruz nos orienta hacia un misterio, el misterio de la pasión de Cristo, mas no por ello pierde su realidad de cruz y su naturaleza de madera: por el contrario, se hace tanto más árbol cuanto que parece elevarse sobre un cielo que no es ese cielo y en un lugar fuera de nuestro alcance. Es como si el símbolo estuviera siempre replegado sobre sí mismo, sobre la realidad única que posee y su oscuridad de cása, por el hecho de ser también el lugar de una fuerza de expansión infmita.

    Para decirlo brevemente: todo símbolo es una experiencia, un cambio radical que hay que vivir, un salto que hay que efectuar. No hay, pues, símbolo, sino experiencia simbólica. El símbolo no es destruido por lo indecible o lo invisible a que aspira; alcanza, por el contrario, en ese movimiento, una realidad que el mundo corriente nunca le ha otrogado, tanto más árbol cuanto que es

    o cruz, más visible a causa de .esta esencia oculta, más parlante y más expresivo a causa de lo inexpresable y en cuya cercanía nos hace surgir por una decisión instantánea.

    Si tratamos de aplicar esta experiencia del símbolo a la literatura, percibimos, no sin sorpresa, que sólo le concierne al lector cuya actitud transforma. Unicamente para el lector hay símbolo, es él quien se siente ligado al libro por el movimiento de un~ búsqueda simbólica, es el lector quien, frente al relato, experimenta un poder de afirmación que parece desbordar infrita- mente la esfera limitada donde este poder se ejerce, y piensa:

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  • Ul17

    "Esto es algo mas que una historia, aquí está el presentúniento de una verdad nueva, de una realidad superior; algo que él ha visto, que quiere hacerme ver a condición de que no me deje cegar por el sentido inmediato y la realidad apremiante de su obra."l)e esta manera, el lector se toma apto para unirse a la obra con una pasi6r que a veces alcanza la iluminación, y, otras, se agota en traduccio· nes sutiles, si se trata de un lector especializado, feliz de poder albergar su pequeña luz en el hueco de una nueva profundidad. Estas dos maneras de leer son ilustres y nacieron hace siglos. Para no citar sino un ejemplo: una conduce a los ricos comentarios del Talmud; la otra, a las experiencias extáticas del cabalismo proféti- co ligadas a la contemplación y a la manipulación de las letras.

    ~ (Y no estará de sobre recordarlo: la lectura es una dicha que pide más inocencia y libertad que consideraciones. Una lectura atormentada, escrupulosa, una lectura que se celebra como los mos de una ceremonia sagrada, pone de antemano sobre el libro los sellos del respeto que lo cierran pesadamente. El libro no está hecho para ser respetado, y la "más sublime obra maestra" encuen- tra siempre en el lector más humilde la justa medida que la hace igual a sí misma. Pero, naturalmente, la facilidad de la lectura no es de por sí accesible. La presteza del libro para abrirse y la apariencia de ser siempre disponible -cosa que nunca es-, no significan que esté a nuestra disposición, significa más bien ·la exigencia de nuestra completa disponibilidad.) .

    El resultado de la lectura simbólica es a veces de gran interés para la cultura. Se sucitan nuevas cuestiones, viejas respuestas enmudecidas, la necesidad de hablar de los hombres alimenta noblemente. Por otra parte, y esto es lo peor, una especie de espiritualidad bastarda encuentra sus fuentes en este tipo de lectura. Lo que está detrás del cuadro, detrás del relato, lo que se ha presentido vagamente como un secreto eterno, se reconstituye en un mundo propio, autónomo, alrededor del cual el espíritu se müeve en la dicha sospechosa que le procura siempre el.infinito de lo aproximado.

    El resultado es la destrucción de la obra, como si ésta se ;onvirtiera en una especie de blanco horadado incansablemente por el aguijón del comentario, cuyo fin es facilitar la mi{llda sobre. esta franja de tierra que siempre se percibe mal y a la que tratamos de acercarnos, no adaptando a ella nuestra vista, sino transformán- dola según nuestra mirada y nuestros conocimientos. En la destruc- ción, pues, es donde para, casi necesariamente, la búsqueda simbólica debido a una doble alteración. Por una parte, el símbolo, que no es nada si no es una pasión, si no conduce a ese salto que hemos descrito, se convierte en una simple, compleja posibilidad de representación. Por otra parte, en vez de quedar comO una fuerza vehemente donde se unen y se coniirman dos movimientos contrarios -uno de expansión, el otro de concentración-, el símbolo se convierte poco a poco en lo que simboliza: árbol de la

  • cruz que la grandeza del misterio ha socavado y gastado fibra a fibra.

    De por qué no existe un arte puro.

    Sin embargo, sobre este punto, hl(mos hecho progresos, estamos sobre aviso, somos más atentos. Sentimos que la obra donde se anima una vida simbólica nos acercará más a lo "exterior" en cuanto más completamente nos dejemos encerrar en ella. Nos develará lo que no nos dice a condición de no decir nada que no sea ella misma, y nos conducirá hacia otra parte si no nos lleva a ninguna parte; no· abriendo, sino cerrando todas las salidas, Esfmge sin secreto, más allá del cual sólo está el desierto que lleva en s