los pardaillan tomo i

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Las aventuras del Caballero de Pardaillan en una Francia convulsionada por la tiranía de la realeza.Aparece como el salvador anarquico, el que le hace sentir al rey la debilidad de su poder.

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1 LOS DOS HERMANOS La casa era pequea y de humilde aspecto, compuesta nicamente de planta baja. Cerca de una ventana abierta, sentado en un silln de blasonado respaldo, se hallaba un anciano de blancos cabellos, una de las rudas figuras de los capitanes que haban sobrevivido a las epopeyas guerreras del tiempo de Francisco 1. El anciano miraba tristemente el sombro castillo feudal de los Montmorency, que elevaba a lo lejos, en el azul del cielo, el orgullo de sus torres amenazadoras. De pronto volvi la cabeza y un suspiro terrible, como muda imprecacin, levant su pecho. -Dnde est mi hija? -pregunt. -La seorita ha ido al bosque a coger muguetes ---contest la criada, que estaba arreglando la sala. Inefable expresin de ternura ilumin la frente del anciano, que dulcemente sonri, murmurando. -S, es verdad. Es la Primavera. Los setas estn embalsamados; cada rbol es un ramillete. Todo re, todo canta; hay flores por todas partes. Pero la flor ms hermosa y ms pura eres t, Juana, noble y casta hija ma. Su mirada, entonces, se fij en la formidable silueta de la mansin seorial acurrucada en la colina, como monstruo de piedra que estuviera en acecho. - Todo cuanto odio est ah! -exclam--. Ah est el poder que me ha aniquilado! S, yo, seor de Piennes, antes dueo de una comarca entera, estoy reducido a vivir casi miserablemente en este humilde rincn de tierra que me ha dejado la rapacidad del Condestable! Qu digo, insensato?, en este mismo momento busca los medios de arrojarme tambin de mi ltimo refugio. Quin sabe si maana mi hija tendr todava casa en que abrigarse! Oh, Juana ma!, las flores que ests cogiendo quiz sern las ltimas. Lgrimas silenciosas surcaron por entre las arrugas de aquel rostro desesperado. De pronto palideci intensamente; un jinete vestido de negro echaba pie a tierra ante la casa, entraba y se inclinaba ante l. 1 - Maldicin! El baile d Montmorency! -exclam el anciano. -Seor de Piennes -dijo el hombre vestido de negro--, acabo de recibir de mi seor, el Condestable, un documento del que debo daros cuenta inmediatamente. -Seor de Piennes -aadi el baile-, penosa es mi misin; dicho documento es la copia de un decreto del Parlamento de Pars, con fecha de ayer, sbado, 25 de abril del ao 1553. -Un decreto del Parlamento! --exclam sordamente el seor de Piennes, que se irgui, cruzndose de brazos-o Hablad, seor. Con qu nuevo infortunio me hiere el odio del Condestable? Vamos, decid! -Seor -dijo el baile en voz baja y como avergonzado--, el decreto dice que ocupis indebidamente el dominio de Margency; que el rey Luis XII se excedi en su decreto confirindoos la propiedad de esta tierra, que debe volver a poder de la casa de Montmorency y, por tanto, se os obliga a restituir castillo, aldea, prados y bosques, en el plazo de un mes. 1 Antiguamente, en la corona de Aragn, juez ordinario en ciertos pueblos de seoro. El seor de Piennes no hizo un solo movimiento; pero se puso muy plido, y en el silencio que reinaba en el aposento, mientras fuera, sobre una rama de ciruelo en flor, cantaba una alondra, dijo con voz temblorosa: - Oh, mi digno rey Luis XII! Y vos, ilustre Francisco I! Salid de vuestras tumbas para ver cmo se trata al que, en cuarenta campos de batalla, arriesg su vida y derram su sangre! Volved, reyes mos, y asistiris al espectculo de un viejo soldado despojado de todo y recorriendo las calles de la Isla de Francia para mendigar un trozo de pan! El baile, conmovido ante semejante desesperacin, dej furtivamente el pergamino sobre la mesa y, retrocediendo, gan la puerta y se march. Entonces en la pobre casa se oyeron lamentos desgarradores. -Y mi hija? Mi hija! Mi Juana! Mi hija queda sin abrigo! Mi Juana carecer de pan! Montmorency l Maldicin sobre ti y todo tu linaje! El anciano tendi sus puos hacia el castillo, sus ojos despidieron llamas... y se desvaneci. La catstrofe era espantosa. En efecto, Margencv, que desde la poca de Luis XII perteneca al seor de Piennes, era todo lo que restaba de su antiguo esplendor al hombre que haba gobernado la Picarda. En el derrumbamiento de su fortuna se refugi en aquella pobre finca enclavada en los dominios del Condestable, y desde entonces una sola alegra lo haba conservado en la vida; una alegra luminosa y pura, su hija, su Juana, su pasin y su dolo. Las pobres rentas de Margency ponan, por lo menos, la dignidad de la pobre nia al abrigo de cualquier insulto. Ahora, todo haba terminado! El decreto del Parlamento era, para J llana de Piennes y su padre, la miseria vergonzosa, siniestra. Juana tena diez y seis aos. Delgada, frgil, de elegancia exquisita, pareca un ser creado para el goce de los ojos, una emanacin de la radiante primavera, semejante en su gracia algo selvtica al rosal silvestre que tiembla bajo el peso del roco. Aquel domingo, 26 de abril de 1553, haba salido, como todos los das, a la misma hora. Penetr en el bosque de castaos que rodeaba la posesin de Margency. Era. el atardecer. La selva estaba perfumada y el amor se respiraba en el aire. Juana, con una mano sobre el corazn, empez a andar rpidamente, murmurando: - Me atrever a decrselo? S, esta noche le hablar. Le dir este secreto tan terrible y dulce a la par. De pronto dos brazos robustos y tiernos la rodearon. Una boca temblorosa busc la suya: -T, por fin! T, amor mo! -Francisco mo! Mi dueo!

- Qu tienes, amada ma? Tiemblas .. ? - Oye, Francisco ... ! Oh, no me atrevo! El se inclin y la estrech con ms fuerza entre sus brazos. Era un fornido joven de agradable aspecto, mirada lmpida, facciones hermosas y frente altanera y serena. y aquel joven se llamaba Francisco de Montmorency ... ! I S, era el hijo mayor del Condestable que acababa de despojar al seor de Piennes del ltimo resto de su fortuna! Los labios de los jvenes se unieron. Cogidos del brazo andaban lentamente entre las flores, cuyos clices abiertos despedan misteriosos efluvios. A veces un temblor agitaba a la joven, que se detena y, prestando odo, murmuraba: -Nos siguen. .. nos espan. .. Has odo? -Algn cervatillo asustado, dulce amor mo ... - Francisco, Francisco ... ! Oh!, tengo miedo ... - Miedo, nia? . .. Quin se atrevera a dirigirte una mirada cuando mi brazo te protege? -Todo me inquieta!... Tiemblo! Desde hace tres meses sobre todo. Tengo miedo. -Querida Juana! Desde hace tres meses que eres ma, desde la hora bendita en que nuestro impaciente amor se adelant a las leyes de los hombres, para obedecer a las de la Naturaleza, ests, ms que nunca, Juana ma, bajo mi proteccin. Qu temes? Pronto llevars mi nombre y acabar con el odio que separa a nuestras familias. -Ya lo s, dueo mo, ya lo s. Y aun cuando este honor no me estuviera reservado sera feliz, pertenecindote por entero. mame, mame mucho, Francisco, porque una desgracia .se cierne sobre mi cabeza! -Te adoro, Juana. Juro al cielo que nada podr impedir que seas mi mujer! Se oy a poca distancia una carcajada. -De modo que, si algn pesar secreto te agita, confalo a tu amante, a tu esposo. -Si, s, esta noche. .. Oye, a las doce te esperar en casa de mi buena nodriza es necesario que sepas ... por la noche tendr ms valor. -Hasta las doce, pues, mi querida Juana... -Adis ... vete ahora ... adis, hasta la noche ... Un nuevo abrazo los uni, un ltimo beso les estremeci y Francisco de Montmorency desapareci luego entre los rboles del bosque. Durante un, minuto Juana de Piennes permaneci en el mismo sitio, jadeante y conmovida. Por fin, dando un suspiro, se volvi para regresar a su casa; mas en el mismo instante se puso muy plida: un hombre se hallaba ante ella. Su edad sera la de veinte aos; su rostro revelaba gran violencia de carcter; la mirada era sombra y el porte altanero. Juana dio un grito de espanto. -Vos, Enrique! Vos! Indecible expresin de angustia se pint en el semblante del recin llegado que, con voz ronca, contest: -Yo, Juana. Parece que os asusto. Por Dios! No tengo acaso el derecho de hablaros como l. .. como mi hermano? Ella estaba temblorosa. El joven, al verla, se ech a rer. -Si no tengo este derecho, lo tomo! S, soy yo, Juana, yo, que si no lo he odo todo, por lo menos. lo he visto. Todo, vuestros besos y abrazos! Todo, os digo! Me habis hecho sufrir como sufren los condenados del infierno! Y ahora escuchadme! No me anticip yo a declararos mi amor? Acaso no valgo tanto como Francisco? -Enrique - repuso la joven con soberana dignidad, - os quiero y os querr siempre como un hermano, como al hermano de aquel a quien he dado mi vida. Y mucho ha de ser mi afecto por vos puesto que no he dicho una palabra a Francisco ... nunca y nunca se lo dir ... -Tal vez lo hacis para ahorrarle ese disgusto! Pero decidle que os amo y entonces que venga con las armas en la mano a pedirme cuentas! -Es demasiado, Enrique! Estas palabras son odiosas y tengo necesidad de todas mis fuerzas para no olvidar que sois su hermano. - Su hermano? Su rival! Reflexionad, Juana! - Oh, Francisco mo! -dijo ella, juntando las manos con ademn de splica- Perdonadme si no le contesto como merece! El joven continu, haciendo rechinar los dientes: -De modo que me despreciis? .. Hablad! Por qu os callis?..Tened cuidado! -Ojal que las amenazas que leo en vuestros ojos recaigan tan slo sobre m! Enrique se estremeci . -Hasta la vista, Juana de Piennes -gru-. Me os? Hasta la vista .. _ y no adis! Sus ojos se inyectaron de sangre. Sacudi la cabeza como jabal herido, y ech a correr a travs del bosque. - Ojal que sea yo solamente la vctima de su furor! - repiti Juana. Y mientras deca estas palabras, algo desconocido, lejano e inefable se estremeci en sus entraas. Instintivamente se llev las manos a las ijadas y cayendo de rodillas exclam con terror: . -Sola, sola! Pero, no, no estoy sola! Hay en m un ser que vive y debe vivir! Y yo no quiero dejarlo morir! MEDIANOCHE El silencio y las tinieblas de una noche si~ luna pesaban sobre el valle de Montmorency. A lo lejos, el perro de una granja aullaba lastimeramente. Las once dieron con lentitud en el campanario de Margency. Juana de Piennes, que se haba incor