literal 20

Download Literal 20

Post on 09-Mar-2016

214 views

Category:

Documents

2 download

Embed Size (px)

DESCRIPTION

Gaceta de literatura y grfica Nueva poca Nmero 20 Distribucin gratuita

TRANSCRIPT

  • GACETA DE LITERATURA Y GRFICA NMERO 20 DISTRIBUCIN GRATUITA

    El ala de la mariposaJOAQUN-ARMANDO CHACN

    (Captulo de la novela Una pequea aceituna en el bolsillo

    de prxima aparicin)

    Siempre llevaba puesto uno de sussombreros masculinos, contina mipap, siempre un abrigo sobre loshombros, del color del nuevo vestido, ouna larga capa negra, y siempre llegabahacia el atardecer, se sentaba en el mismolugar y miraba a travs de la ventana cmose iba acercando la noche.

    Durante dos o tres das lleg a plantar-se frente a m, esperando a que yo termi-nara con mi llamada telefnica para luegopreguntar por aquello que iba a disfrutaren su cena. La voz de mi to abuelo tena elsonido de algn otro da especial. Muybien, pero antes me tomar algn scotchcon hielo y soda, me deca la mujer, peroya sin agregar nada sobre la gravedad y la

    decadencia. Por supuesto que le gustabannuestros platillos, el tono orgulloso de mito abuelo, los disfrutaba, los de carnesrojas y los de pescado o de pollo, y disfru-taba de las entradas, de las ensaladas y lospostres y del vino tinto, el blanco o elrosado. Al cuarto da, o quiz fue en laquinta tarde, sent su presencia mientrasyo estaba hablando por telfono, s, conuna amiga ma de mis ms altos aprecios, yella lo not y se retir unos pasos. Cuandocolgu el aparato escuch sus pasos, tmi-dos esta vez, y me pregunt por el mende la cena. Se lo dije. Albndigas de carney verduras. Con suficiente albahaca. Unplatillo sustancioso lleno de nimos juve-niles. Ella hizo un silencio que me parecimuy prolongado, y cuando volv a escu-char su voz no dijo nada de scotch o hieloso soda, sino otra cosa: Quisiera pedirleque me cuente todo cuanto sepa acerca dela noche. Esas fueron sus palabras.

    La seora Sheepwells se removi ner-viosa en su asiento, mam miraba con ter-nura a mi to abuelo y enseguida a pap, stesirvi un poco ms de brandy en las copas.El seor Stiller y el seor Darnay acep-

    Carolina Arteaga Romero / 56.a / Digital

    Carolina Arteaga Romero / 30.a / Digital

    Carolina Arteaga Romero / 58.a / Digital

    Carolina Arteaga Romero / 57.a / Digital

  • 2taron un puro del seor Sheepwells.La seora Darnay busc con la mirada a sushijas. Ellas escuchaban a mi hermanomayor que jugueteaba con el teclado, senta-do junto a mi hermana. La seora Stillerdijo que se estaba haciendo tarde.

    Esa vez, despus de su cena fui a sen-tarme con ella a su mesa, prosigui mi toabuelo. Durante un buen rato slo escu-chamos como la noche iba germinando.Luego ella dijo: La respuesta de la natu-raleza es deliciosa al hacer sumamenteencantadores la mayora de sus errores.Todo el resto del tiempo que permanecien la ciudad la acompa despus de lacena. Ella beba sus escoceses con hielo ysoda y yo mis copas de brandy. Susnoches eran diferentes a mi noche. Esamujer no poda soportar el ir avanzandoirremediablemente hacia la vejez y pensa-ba que lo ideal sera nacer a la edad desetenta aos y luego avanzar con delica-deza y gracia hacia la juventud. Entreescocs y escocs bebido a tragos cortosme habl de un artista que se haba suici-dado porque sus colores haban comenza-do a desvanecerse, da a da, noche anoche, hora a hora perdan fuerza, se des-moronaban, y aquel artista no pudosoportarlo y se suicid. Ella crea en lopermanente del arte, en se que pareceestar vistindose a s mismo lentamentecon el ms perdurable de los vestidos: laptina del tiempo.

    Y s, algunas veces me habl de aquelloque estaba escribiendo o que ya habaescrito, sus prosas, un extrao manuscri-to titulado Bow Down y eso que ella lla-maba ritmos, aquellos poemas que corre-ga y correga sin descanso. Pero por loregular nos quedbamos en silenciodurante horas, slo bebiendo el scotch y elbrandy. Una vez, despus de un muy largosilencio me sorprendi su voz: Me gustami experiencia humana servida con unpoco de silencio y contencin. El silenciohace ir a la experiencia ms lejos y, cuandomuere, le confiere esa dignidad propia delo que uno ha tocado y no se ha podido lle-var. Cosas as le gustaba expresar. Otrasveces comentaba sobre la religin y unacosa que le pareci bien de su pensamien-to no se cans de repetirlo: SantaCatalina de las rosas, vuelve tu miradahacia donde est la desgracia, santaCatalina de las rosas. Pero una o dosnoches le dio por revelar algunos asuntosprocaces y hmedos sin ninguna inhibi-cin, nada de lo cual les confiar por res-peto a mis huspedes y adems porque loshe olvidado. Y ella, al concluir con cadauna de esas intimidades, soltaba una car-cajada fuerte, escandalosa, que cortaba degolpe, de modo que uno poda descubrirel volumen del silencio posterior.

    A veces era yo quien hablaba, tal vezdurante horas sin que ella intervinierapara nada, atenta a mis palabras.Finalmente un da le lleg el chequeesperado, el que le mandaba su mecenasy amiga, esa coleccionista de arte,Peggy Guggenheim, y ella estuvo lista

    para regresar a su ciudad, all en elmundo. Se present como siempre, en elatardecer, aguard a que yo terminarade hablar por telfono y luego me tomdel brazo para ir hacia su mesa. Qupodemos hacer? , se pregunt y se res-pondi a s misma: Nada. El dao yaest hecho, y el ala de la mariposa ya estconvirtindose en polvo.

    Benji Simpson, nuestro cantinero,prepar para esa tarde una bebida especialcomo aperitivo, algo descubierto allafuera, en el mundo, un cctel ClubVeintiuno, con escocs y granadina, quin-ce mililitros exactos de cada porcin,para luego llenar de champaa la copaCollins hasta el borde, adornada con unarodaja de naranja. Lo probamos complaci-damente. Djuna me dijo que le costabamucho escribir, que lo haca muy lenta-mente, palabra a palabra y corrigiendoluego la mitad de las palabras, y parahacerlo necesitaba estar en un cuartocerrado sin que le llegara ningn sonidodel exterior, porque cualquier ruido learruinaba la concentracin. Le gustaba

    Carolina Arteaga Romero / 10.a / Digital

    Carolina Arteaga Romero / 18.a / Digital

  • 3poner alguna msica antes de sentarsefrente a la hoja en blanco, algo con movi-miento, y antiguo, como aquella antiguapieza, By the Beautiful Sea, o algunasonata de Federico Chopin. Escuchaba lameloda y se iba introduciendo en el vallede las palabras en la bsqueda de una pala-bra verdadera para iniciar su intromisinen la virginidad de la hoja en blanco.Cuando terminaba la msica, dejaba queel silencio siguiera acompaando a lasdems palabras. Termin con su ClubVeintiuno y dijo que su inters era escri-bir acerca de esas personas que, despusde recorrer por entero el crculo de lossentimientos humanos, terminan porregresar al punto de partida. Ahora a mme toca volver a mi ciudad, dijo Djuna,y no hay lugar alguno como el hogar,principalmente porque all es donde unopuede mejor olvidar.

    El Club Veintiuno es un cctel delicio-so, pero el entonces joven Benji Simpsonno dej que tomramos ms de uno, puesdoa Marianita haba preparado un patfrancs para untar en tringulos de pan tos-tado, saborendolo con un vino blanco muydulce, a temperatura ambiente, para des-pus probar una Dorada a la sal y salsaromesco con un Petillant Demi Sec. Alsegundo bocado del pescado y de mojarselos labios con el espumoso, Djuna me pre-gunt si yo era supersticioso. Ante mi nega-tiva, pues en aquel tiempo no tena ningunasupersticin, ella replic que la supersti-cin es el verdadero pigmento de la vida,que estrangula la aburrida monotona de laexistencia y reduce el vivir a un simple sis-tema de penas profundas y exentas deangustia, y que ella no podra vivir sin unassupersticiones dos o tres cada ao, puescomo le dijo la princesa Troubetzkov, hayun grano de supersticin en la masa de laque estn compuestos todos los seres huma-nos, el santo y el pecador y tambin aque-llos que suean con los ojos abiertos. Depostre tenamos una delicia de la Rusiaeterna, un Gogol Mogol, que es una cremaespumosa de huevos que se bate con licorde naranja, zumo de limn y una apreciableporcin de coac. La receta se la entregAnastasia a doa Sara, y le dijo que la habaaprendido del cocinero Karithonov. Esepostre hay que saborearlo en silencio, casicomo si se estuviera musitando una oracino recordando el ms preciado de nuestrospecados. Despus Djuna me pregunt sipensaba seguir en el restaurante toda lavida, si acaso no haba pensado en retirar-me alguna vez. Le respond con una pre-gunta: Se retira un hombre de su piel o desu corazn? Y por ello le ped que siguieraescribiendo, buscando la perfeccin, queno abandonara su labor, pues aunque nadiepuede llegar a comprenderlo ni definirlocon las exactas palabras, el mundo esmucho mejor y ms ordenado cuando elverdadero escritor reinventa la vida en lasoledad de su mesa de trabajo. Creo que esola turb, y me imagin que tal vez se sinticomo Alicia en el Pas de las Maravillascuando la reina blanca le gritaba.

    Cuando nuestra ltima cena, y ltimanoche de confidencias, ya terminaba, lallev de la mano hacia la puerta y en el tra-yecto me expres lo que yo ya saba, quea cada uno de nosotros los habita unanoche diferente a la de los dems, aunquesus noches y la ma tenan muchos puntosde contacto.

    Afuera, quizs en todo el mundo,estaba cayendo una lluvia ligera que enlos siguientes das se convirti en unatormenta. Ella me dio un beso de des-pedida y puso en mi mano su amuletode la suerte.

    Qudese con l, por favor, yo deboaferrarme a mi escritura, aunque no hayesperanza es mi nica salvacin. Y loltimo fue una pregunta: Cmo deboafligirme yo, cuando an no he estadonunca en un jardn cerrado, ni tocado alunicornio?

    Djuna se qued en silencio, al amparode la noche, esperando la respuesta queno pude darle, no la conoca ni la conoce-r ya jams, slo tena en la mano su amu-leto. Escuch sus pasos alejndose. Carolina Arteaga Romero / 2 / Digital

    Carolina Arteaga Romero / 1 / Digital

  • 4La huida de Astolfi

    ALEJANDRO HOSNE

    No puedo ms. No veo nada! No impor-ta, tenemos que rajar ya. No os?Astolfi oy las sirenas. Lo que necesi-

    taba e