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Author: hoangbao

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  • Este volumen rene dieciocho relatos de Jorge Luis Borges, entre ellos quizlos ms elogiados y repetidamente citados. Tanto El inmortal como Lostelogos, Deutsches Requiem y La espera muestran las posibilidadesexpresivas de la esttica de la inteligencia borgiana, inimitable fusin dementalidad matemtica, profundidad metafsica y captacin potica delmundo.

  • Jorge Luis BorgesEl Aleph

  • El inmortal

    Solomon saith: There is no new thing uponthe earth. So that as Plato had an imagination,that all knowledge was but remembrance; soSolomon given his sentence, that all novelty isbut oblivion.

    FRANCIS BACON, Essays, LVIII

    En Londres, a principios del mes de junio de 1929, el anticuario JosephCartaphilus, de Esmirna, ofreci a la princesa de Lucinge los seis volmenes encuarto menor (1715-1720) de la Ilada de Pope. La princesa los adquiri; alrecibirlos, cambi unas palabras con l. Era, nos dice, un hombre consumido yterroso, de ojos grises y barba gris, de rasgos singularmente vagos. Se manejabacon fluidez e ignorancia en diversas lenguas; en muy pocos minutos pas delfrancs al ingls y del ingls a una conjuncin enigmtica de espaol de Salnicay de portugus de Macao. En octubre, la princesa oy por un pasajero del Zeusque Cartaphilus haba muerto en el mar, al regresar a Esmirna, y que lo habanenterrado en la isla de Ios. En el ltimo tomo de la Ilada hall este manuscrito.

    El original est redactado en ingls y abunda en latinismos. La versin queofrecemos es literal.

    I

    Que yo recuerde, mis trabajos empezaron en un jardn de Tebas Hekatmpy los,cuando Diocleciano era emperador. Yo haba militado (sin gloria) en las recientesguerras egipcias, yo era tribuno de una legin que estuvo acuartelada enBerenice, frente al Mar Rojo: la fiebre y la magia consumieron a muchoshombres que codiciaban magnnimos el acero. Los mauritanos fueron vencidos;la tierra que antes ocuparon las ciudades rebeldes fue dedicada eternamente a losdioses plutnicos; Alejandra, debelada, implor en vano la misericordia delCsar; antes de un ao las legiones reportaron el triunfo, pero y o logr apenasdivisar el rostro de Marte. Esa privacin me doli y fue tal vez la causa de que yome arrojara a descubrir, por temerosos y difusos desiertos, la secreta Ciudad delos Inmortales.

    Mis trabajos empezaron, he referido, en un jardn de Tebas. Toda esa nocheno dorm, pues algo estaba combatiendo en mi corazn. Me levant poco antes

  • del alba; mis esclavos dorman, la luna tena el mismo color de la infinita arena.Un j inete rendido y ensangrentado vena del oriente. A unos pasos de m, rod delcaballo. Con una tenue voz insaciable me pregunt en latn el nombre del ro quebaaba los muros de la ciudad. Le respond que era el Egipto, que alimentan laslluvias. Otro es el ro que persigo, replic tristemente, el ro secreto que purificade la muerte a los hombres. Oscura sangre le manaba del pecho. Me dijo que supatria era una montaa que est al otro lado del Ganges y que en esa montaaera fama que si alguien caminara hasta el occidente, donde se acaba el mundo,llegara al ro cuy as aguas dan la inmortalidad. Agreg que en la margen ulteriorse eleva la Ciudad de los Inmortales, rica en baluartes y anfiteatros y templos.Antes de la aurora muri, pero yo determin descubrir la ciudad y su ro.Interrogados por el verdugo, algunos prisioneros mauritanos confirmaron larelacin del viajero; alguien record la llanura elsea, en el trmino de la tierra,donde la vida de los hombres es perdurable; alguien, las cumbres donde nace elPactolo, cuyos moradores viven un siglo. En Roma, convers con filsofos quesintieron que dilatar la vida de los hombres era dilatar su agona y multiplicar elnmero de sus muertes. Ignoro si cre alguna vez en la Ciudad de los Inmortales:pienso que entonces me bast la tarea de buscarla. Flavio, procnsul de Getulia,me entreg doscientos soldados para la empresa. Tambin reclut mercenarios,que se dijeron conocedores de los caminos y que fueron los primeros en desertar.

    Los hechos ulteriores han deformado hasta lo inextricable el recuerdo denuestras primeras jornadas. Partimos de Arsinoe y entramos en el abrasadodesierto. Atravesamos el pas de los trogloditas, que devoran serpientes y carecendel comercio de la palabra; el de los garamantas, que tienen las mujeres encomn y se nutren de leones; el de los augilas, que slo veneran el Trtaro.Fatigamos otros desiertos, donde es negra la arena; donde el viajero debe usurparlas horas de la noche, pues el fervor del da es intolerable. De lejos divis lamontaa que dio nombre al Ocano: en sus laderas crece el euforbio, que anulalos venenos; en la cumbre habitan los stiros, nacin de hombres ferales yrsticos, inclinados a la lujuria. Que esas regiones brbaras, donde la tierra esmadre de monstruos, pudieran albergar en su seno una ciudad famosa, a todosnos pareci inconcebible. Proseguimos la marcha, pues hubiera sido una afrentaretroceder.

    Algunos temerarios durmieron con la cara expuesta a la luna; la fiebre losardi; en el agua depravada de las cisternas otros bebieron la locura y la muerte.Entonces comenzaron las deserciones; muy poco despus, los motines. Parareprimirlos, no vacil ante el ejercicio de la severidad. Proced rectamente, peroun centurin me advirti que los sediciosos (vidos de vengar la crucifixin deuno de ellos) maquinaban mi muerte. Hu del campamento, con los pocossoldados que me eran fieles. En el desierto los perd, entre los remolinos de arenay la vasta noche. Una flecha cretense me lacer. Varios das err sin encontrar

  • agua, o un solo enorme da multiplicado por el sol, por la sed y por el temor de lased. Dej el camino al arbitrio de mi caballo. En el alba, la lejana se eriz depirmides y de torres. Insoportablemente so con un exiguo y ntido laberinto:en el centro haba un cntaro; mis manos casi lo tocaban, mis ojos lo vean, perotan intrincadas y perplejas eran las curvas que y o saba que iba a morir antes dealcanzarlo.

    II

    Al desenredarme por fin de esa pesadilla, me vi tirado y maniatado en unoblongo nicho de piedra, no may or que una sepultura comn, superficialmenteexcavado en el agrio declive de una montaa. Los lados eran hmedos, antespulidos por el tiempo que por la industria. Sent en el pecho un doloroso latido,sent que me abrasaba la sed. Me asom y grit dbilmente. Al pie de la montaase dilataba sin rumor un arroyo impuro, entorpecido por escombros y arena; enla opuesta margen resplandeca (bajo el ltimo sol o bajo el primero) la evidenteCiudad de los Inmortales. Vi muros, arcos, frontispicios y foros: el fundamentoera una meseta de piedra. Un centenar de nichos irregulares, anlogos al mo,surcaban la montaa y el valle. En la arena haba pozos de poca hondura; de esosmezquinos agujeros (y de los nichos) emergan hombres de piel gris, de barbanegligente, desnudos. Cre reconocerlos: pertenecan a la estirpe bestial de lostrogloditas, que infestan las riberas del Golfo Arbigo y las grutas etipicas; nome maravill de que no hablaran y de que devoraran serpientes.

    La urgencia de la sed me hizo temerario. Consider que estaba a unos treintapies de la arena; me tir, cerrados los ojos, atadas a la espalda las manos,montaa abajo. Hund la cara ensangrentada en el agua oscura. Beb como seabrevan los animales. Antes de perderme otra vez en el sueo y en los delirios,inexplicablemente repet unas palabras griegas: los ricos teucros de Zelea quebeben el agua negra del Esepo

    No s cuntos das y noches rodaron sobre m. Doloroso, incapaz derecuperar el abrigo de las cavernas, desnudo en la ignorada arena, dej que laluna y el sol jugaran con mi aciago destino. Los trogloditas, infantiles en labarbarie, no me ayudaron a sobrevivir o a morir. En vano les rogu que medieran muerte. Un da, con el filo de un pedernal romp mis ligaduras. Otro, melevant y pude mendigar o robar yo, Marco Flaminio Rufo, tribuno militar deuna de las legiones de Roma mi primera detestada racin de carne deserpiente.

    La codicia de ver a los Inmortales, de tocar la sobrehumana Ciudad, casi mevedaba dormir. Como si penetraran mi propsito, no dorman tampoco lostrogloditas: al principio infer que me vigilaban; luego, que se haban contagiadode mi inquietud, como podran contagiarse los perros. Para alejarme de la

  • brbara aldea eleg la ms pblica de las horas, la declinacin de la tarde, cuandocasi todos los hombres emergen de las grietas y de los pozos y miran el poniente,sin verlo. Or en voz alta, menos para suplicar el favor divino que para intimidara la tribu con palabras articuladas. Atraves el arroyo que los mdanosentorpecen y me dirig a la Ciudad. Confusamente me siguieron dos o treshombres. Eran (como los otros de ese linaje) de menguada estatura; noinspiraban temor, sino repulsin. Deb rodear algunas hondonadas irregulares queme parecieron canteras; ofuscado por la grandeza de la Ciudad, y o la habacredo cercana. Hacia la medianoche, pis, erizada de formas idoltricas en laarena amarilla, la negra sombra de sus muros. Me detuvo una especie de horrorsagrado. Tan abominadas del hombre son la novedad y el desierto que me alegrde que uno de los trogloditas me hubiera acompaado hasta el fin. Cerr los ojosy aguard (sin dormir) que relumbrara el da.

    He dicho que la Ciudad estaba fundada sobre una meseta de piedra. Estameseta comparable a un acantilado no era menos ardua que los muros. En vanofatigu mis pasos: el negro basamento no descubra la menor irregularidad, losmuros invariables no parecan consentir una sola puerta. La fuerza del da hizoque y o me refugiara en una caverna; en el fondo haba un pozo, en el pozo unaescalera que se abismaba hacia la tiniebla inferior. Baj; por un caos de srdidasgaleras llegu a una vasta cmara circular, apenas visible. Haba nueve puertasen aquel stano; ocho daban a un laberinto que falazmente desembocaba en lamisma cmara; la novena (a travs de otro laberinto) daba a una segundacmara circular, igual a la primera. Ignoro el nmero total de las cmaras; midesventura y mi ansiedad las multiplicaron. El silencio era hostil y casi perfecto;otro rumor no haba en esas profundas redes de piedra que un viento subterrneo,cuya causa no descubr; sin ruido se perdan entre las grietas hilos de aguaherrumbrada. Horriblemente me habitu a ese dudoso mundo; considerincreble que pudiera existir otra cosa que stanos provistos de nueve puertas yque stanos largos que se bifurcan. Ignoro el tiempo que deb caminar bajotierra; s que alguna vez confund, en la misma nostalgia, la atroz aldea de losbrbaros y mi ciudad natal, entre los racimos.

    En el fondo de un corredor, un no previsto muro me cerr el paso, unaremota luz cay sobre m. Alc los ofuscados ojos: en lo vertiginoso, en loaltsimo, vi un crculo de cielo tan azul que pudo parecerme de prpura. Unospeldaos de metal escalaban el muro. La fatiga me relajaba, pero sub, slodetenindome a veces para torpemente sollozar de felicidad. Fui divisandocapiteles y astrgalos, frontones triangulares y bvedas, confusas pompas delgranito y del mrmol. As me fue deparado ascender de la ciega regin denegros laberintos entretej idos a la resplandeciente Ciudad.

    Emerg a una suerte de plazoleta; mejor dicho, de patio. Lo rodeaba un soloedificio de forma irregular y altura variable; a ese edificio heterogneo

  • pertenecan las diversas cpulas y columnas. Antes que ningn otro rasgo de esemonumento increble, me suspendi lo antiqusimo de su fbrica. Sent que eraanterior a los hombres, anterior a la tierra. Esa notoria antigedad (aunqueterrible de algn modo para los ojos) me pareci adecuada al trabajo de obrerosinmortales. Cautelosamente al principio, con indiferencia despus, condesesperacin al fin, err por escaleras y pavimentos del inextricable palacio.(Despus averig que eran inconstantes la extensin y la altura de los peldaos,hecho que me hizo comprender la singular fatiga que me infundieron). Estepalacio es fbrica de los dioses, pens primeramente. Explor los inhabitadosrecintos y correg: Los dioses que lo edificaron han muerto. Not suspeculiaridades y dije: Los dioses que lo edificaron estaban locos. Lo dije, bien los, con una incomprensible reprobacin que era casi un remordimiento, con mshorror intelectual que miedo sensible. A la impresin de enorme antigedad seagregaron otras: la de lo interminable, la de lo atroz, la de lo complejamenteinsensato. Yo haba cruzado un laberinto, pero la ntida Ciudad de los Inmortalesme atemoriz y repugn. Un laberinto es una casa labrada para confundir a loshombres; su arquitectura, prdiga en simetras, est subordinada a ese fin. En elpalacio que imperfectamente explor, la arquitectura careca de fin. Abundabanel corredor sin salida, la alta ventana inalcanzable, la aparatosa puerta que daba auna celda o a un pozo, las increbles escaleras inversas, con los peldaos y labalaustrada hacia abajo. Otras, adheridas areamente al costado de un muromonumental, moran sin llegar a ninguna parte, al cabo de dos o tres giros, en latiniebla superior de las cpulas. Ignoro si todos los ejemplos que he enumeradoson literales; s que durante muchos aos infestaron mis pesadillas; no puedo yasaber si tal o cual rasgo es una transcripcin de la realidad o de las formas quedesatinaron mis noches. Esta Ciudad (pens) es tan horrible que su meraexistencia y perduracin, aunque en el centro de un desierto secreto, contamina elpasado y el porvenir y de algn modo compromete a los astros. Mientras perdure,nadie en el mundo podr ser valeroso o feliz. No quiero describirla; un caos depalabras heterogneas, un cuerpo de tigre o de toro, en el que pulularanmonstruosamente, conjugados y odindose, dientes, rganos y cabezas, pueden(tal vez) ser imgenes aproximativas.

    No recuerdo las etapas de mi regreso, entre los polvorientos y hmedoshipogeos. nicamente s que no me abandonaba el temor de que, al salir delltimo laberinto, me rodeara otra vez la nefanda Ciudad de los Inmortales. Nadams puedo recordar. Ese olvido, ahora insuperable, fue quiz voluntario; quiz lascircunstancias de mi evasin fueron tan ingratas que, en algn da no menosolvidado tambin, he jurado olvidarlas.

    III

  • Quienes hay an ledo con atencin el relato de mis trabajos recordarn que unhombre de la tribu me sigui como un perro podra seguirme, hasta la sombrairregular de los muros. Cuando sal del ltimo stano, lo encontr en la boca de lacaverna. Estaba tirado en la arena, donde trazaba torpemente y borraba unahilera de signos, que eran como las letras de los sueos, que uno est a punto deentender y luego se juntan. Al principio, cre que se trataba de una escriturabrbara; despus vi que es absurdo imaginar que hombres que no llegaron a lapalabra lleguen a la escritura. Adems, ninguna de las formas era igual a otra, locual exclua o alejaba la posibilidad de que fueran simblicas. El hombre lastrazaba, las miraba y las correga. De golpe, como si le fastidiara ese juego, lasborr con la palma y el antebrazo. Me mir, no pareci reconocerme. Sinembargo, tan grande era el alivio que me inundaba (o tan grande y medrosa misoledad) que di en pensar que ese rudimental troglodita, que me miraba desde elsuelo de la caverna, haba estado esperndome. El sol caldeaba la llanura;cuando emprendimos el regreso a la aldea, bajo las primeras estrellas, la arenaera ardorosa bajo los pies. El troglodita me precedi; esa noche conceb elpropsito de ensearle a reconocer, y acaso a repetir, algunas palabras. El perroy el caballo (reflexion) son capaces de lo primero; muchas aves, como elruiseor de los Csares, de lo ltimo. Por muy basto que fuera el entendimientode un hombre, siempre sera superior al de irracionales.

    La humildad y miseria del troglodita me trajeron a la memoria la imagen deArgos, el viejo perro moribundo de la Odisea, y as le puse el nombre de Argos ytrat de enserselo. Fracas y volv a fracasar. Los arbitrios, el rigor y laobstinacin fueron del todo vanos. Inmvil, con los ojos inertes, no parecapercibir los sonidos que y o procuraba inculcarle. A unos pasos de m, era como siestuviera muy lejos. Echado en la arena, como una pequea y ruinosa esfinge delava, dejaba que sobre l giraran los cielos, desde el crepsculo del da hasta elde la noche. Juzgu imposible que no se percatara de mi propsito. Record quees fama entre los etopes que los monos deliberadamente no hablan para que nolos obliguen a trabajar y atribu a suspicacia o a temor el silencio de Argos. Deesa imaginacin pas a otras, an ms extravagantes. Pens que Argos y y oparticipbamos de universos distintos; pens que nuestras percepciones eraniguales, pero que Argos las combinaba de otra manera y construa con ellas otrosobjetos; pens que acaso no haba objetos para l, sino un vertiginoso y continuojuego de impresiones brevsimas. Pens en un mundo sin memoria, sin tiempo;consider la posibilidad de un lenguaje que ignorara los sustantivos, un lenguajede verbos impersonales o de indeclinables eptetos. As fueron muriendo los dasy con los das los aos, pero algo parecido a la felicidad ocurri una maana.Llovi, con lentitud poderosa.

    Las noches del desierto pueden ser fras, pero aqulla haba sido un fuego.So que un ro de Tesalia (a cuyas aguas yo haba restituido un pez de oro) vena

  • a rescatarme; sobre la roja arena y la negra piedra yo lo oa acercarse; lafrescura del aire y el rumor atareado de la lluvia me despertaron. Corr desnudoa recibirla. Declinaba la noche; bajo las nubes amarillas la tribu, no menosdichosa que yo, se ofreca a los vividos aguaceros en una especie de xtasis.Parecan coribantes a quienes posee la divinidad. Argos, puestos los ojos en laesfera, gema; raudales le rodaban por la cara; no slo de agua, sino (despus losupe) de lgrimas. Argos, le grit, Argos.

    Entonces, con mansa admiracin, como si descubriera una cosa perdida yolvidada hace mucho tiempo, Argos balbuce estas palabras: Argos, perro deUlises. Y despus, tambin sin mirarme: Este perro tirado en el estircol.

    Fcilmente aceptamos la realidad, acaso porque intuimos que nada es real.Le pregunt qu saba de la Odisea. La prctica del griego le era penosa; tuveque repetir la pregunta.

    Muy poco, dijo. Menos que el rapsoda ms pobre. Ya habrn pasado mil cienaos desde que la invent.

    IV

    Todo me fue dilucidado, aquel da. Los trogloditas eran los Inmortales; el riachode aguas arenosas, el Ro que buscaba el j inete. En cuanto a la ciudad cuy onombre se haba dilatado hasta el Ganges, nueve siglos hara que los Inmortalesla haban asolado. Con las reliquias de su ruina erigieron, en el mismo lugar, ladesatinada ciudad que y o recorr: suerte de parodia o reverso y tambin templode los dioses irracionales que manejan el mundo y de los que nada sabemos,salvo que no se parecen al hombre. Aquella fundacin fue el ltimo smbolo aque condescendieron los Inmortales; marca una etapa en que, juzgando que todaempresa es vana, determinaron vivir en el pensamiento, en la pura especulacin.Erigieron la fbrica, la olvidaron y fueron a morar en las cuevas. Absortos, casino perciban el mundo fsico.

    Esas cosas Homero las refiri, como quien habla con un nio. Tambin merefiri su vejez y el postrer viaje que emprendi, movido, como Ulises, por elpropsito de llegar a los hombres que no saben lo que es el mar ni comen carnesazonada con sal ni sospechan lo que es un remo. Habit un siglo en la Ciudad delos Inmortales. Cuando la derribaron, aconsej la fundacin de la otra. Ello nodebe sorprendernos; es fama que despus de cantar la guerra de Ilin, cant laguerra de las ranas y los ratones. Fue como un dios que creara el cosmos y luegoel caos.

    Ser inmortal es balad; menos el hombre, todas las criaturas lo son, puesignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal.He notado que, pese a las religiones, esa conviccin es rarsima. Israelitas,

  • cristianos y musulmanes profesan la inmortalidad, pero la veneracin quetributan al primer siglo prueba que slo creen en l, y a que destinan todos losdems, en nmero infinito, a premiarlo o a castigarlo. Ms razonable me parecela rueda de ciertas religiones del Indostn; en esa rueda, que no tiene principio nifin, cada vida es efecto de la anterior y engendra la siguiente, pero ningunadetermina el conjunto Adoctrinada por un ejercicio de siglos, la repblica dehombres inmortales haba logrado la perfeccin de la tolerancia y casi deldesdn. Saba que en un plazo infinito le ocurren a todo hombre todas las cosas.Por sus pasadas o futuras virtudes, todo hombre es acreedor a toda bondad, perotambin a toda traicin, por sus infamias del pasado o del porvenir. As como enlos juegos de azar las cifras pares y las cifras impares tienden al equilibrio, astambin se anulan y se corrigen el ingenio y la estolidez, y acaso el rsticopoema del Cid es el contrapeso exigido por un solo epteto de las glogas o poruna sentencia de Herclito. El pensamiento ms fugaz obedece a un dibujoinvisible y puede coronar, o inaugurar, una forma secreta. S de quienes obrabanel mal para que en los siglos futuros resultara el bien, o hubiera resultado en losya pretritos Encarados as, todos nuestros actos son justos, pero tambin sonindiferentes. No hay mritos morales o intelectuales. Homero compuso laOdisea; postulado un plazo infinito, con infinitas circunstancias y cambios, loimposible es no componer, siquiera una vez, la Odisea. Nadie es alguien, un solohombre inmortal es todos los hombres. Como Cornelio Agrippa, soy dios, soyhroe, soy filsofo, soy demonio y soy mundo, lo cual es una fatigosa manera dedecir que no soy.

    El concepto del mundo como sistema de precisas compensaciones influy vastamente en los Inmortales. En primer trmino, los hizo invulnerables a lapiedad. He mencionado las antiguas canteras que rompan los campos de la otramargen; un hombre se despe en la ms honda, no poda lastimarse ni morir,pero lo abrasaba la sed; antes que le arrojaran una cuerda pasaron setenta aos.Tampoco interesaba el propio destino. El cuerpo era un sumiso animal domsticoy le bastaba, cada mes, la limosna de unas horas de sueo, de un poco de agua yde una piltrafa de carne. Que nadie quiera rebajarnos a ascetas. No hay placerms complejo que el pensamiento y a l nos entregbamos. A veces, un estmuloextraordinario nos restitua al mundo fsico. Por ejemplo, aquella maana, elviejo goce elemental de la lluvia. Esos lapsos eran rarsimos; todos los Inmortaleseran capaces de perfecta quietud; recuerdo alguno a quien jams he visto de pie:un pjaro anidaba en su pecho.

    Entre los corolarios de la doctrina de que no hay cosa que no estcompensada por otra, hay uno de muy poca importancia terica, pero que nosindujo, a fines o a principios del siglo X, a dispersarnos por la faz de la tierra.Cabe en estas palabras: Existe un ro cuyas aguas dan la inmortalidad; en algunaregin habr otro ro cuyas aguas la borren. El nmero de ros no es infinito; un

  • viajero inmortal que recorra el mundo acabar, algn da, por haber bebido detodos. Nos propusimos descubrir ese ro.

    La muerte (o su alusin) hace preciosos y patticos a los hombres. stosconmueven por su condicin de fantasmas; cada acto que ejecutan puede serltimo; no hay rostro que no est por desdibujarse como el rostro de un sueo.Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. Entrelos Inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros queen el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros queen el futuro lo repetirn hasta el vrtigo. No hay cosa que no est como perdidaentre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada espreciosamente precario. Lo elegiaco, lo grave, lo ceremonial, no rigen para losInmortales. Homero y yo nos separamos en las puertas de Tnger; creo que nonos dij imos adis.

    V

    Recorr nuevos reinos, nuevos imperios. En el otoo de 1066 milit en el puentede Stamford, ya no recuerdo si en las filas de Harold, que no tard en hallar sudestino, o en las de aquel infausto Harald Hardrada que conquist seis pies detierra inglesa, o un poco ms. En el sptimo siglo de la Hjira, en el arrabal deBulaq, transcrib con pausada caligrafa, en un idioma que he olvidado, en unalfabeto que ignoro, los siete viajes de Simbad y la historia de la Ciudad deBronce. En un patio de la crcel de Samarcanda he jugado muchsimo alajedrez. En Bikanir he profesado la astrologa y tambin en Bohemia. En 1638estuve en Kolozsvr y despus en Leipzig. En Aberdeen, en 1714, me suscrib alos seis volmenes de la Ilada de Pope; s que los frecuent con deleite. Hacia1729 discut el origen de ese poema con un profesor de retrica, llamado, creo,Giambattista; sus razones me parecieron irrefutables. El cuatro de octubre de1921, el Patna, que me conduca a Bombay, tuvo que fondear en un puerto de la

    costa eritrea[1]. Baj; record otras maanas muy antiguas, tambin frente alMar Rojo, cuando yo era tribuno de Roma y la fiebre y la magia y la inaccinconsuman a los soldados. En las afueras vi un caudal de agua clara; la prob,movido por la costumbre. Al repechar la margen, un rbol espinoso me lacer eldorso de la mano. El inusitado dolor me pareci muy vivo. Incrdulo, silenciosoy feliz, contempl la preciosa formacin de una lenta gota de sangre. De nuevosoy mortal, me repet, de nuevo me parezco a todos los hombres. Esa noche,dorm hasta el amanecer.

    He revisado, al cabo de un ao, estas pginas. Me consta que se ajustan ala verdad, pero en los primeros captulos, y aun en ciertos prrafos de los otros,creo percibir algo falso. Ello es obra, tal vez, del abuso de rasgos circunstanciales,

  • procedimiento que aprend en los poetas y que todo lo contamina de falsedad, y aque esos rasgos pueden abundar en los hechos, pero no en su memoria Creo,sin embargo, haber descubierto una razn ms ntima. La escribir; no importaque me juzguen fantstico.

    La historia que he narrado parece irreal porque en ella se mezclan los sucesosde dos hombres distintos. En el primer captulo, el j inete quiere saber el nombredel ro que baa las murallas de Tebas; Flaminio Rufo, que antes ha dado a laciudad el epteto de Hekatmpy los, dice que el ro es el Egipto; ninguna de esaslocuciones es adecuada a l, sino a Homero, que hace mencin expresa, en laIlada, de Tebas Hekatmpy los, y en la Odisea, por boca de Proteo y de Ulises,dice invariablemente Egipto por Nilo. En el captulo segundo, el romano, al beberel agua inmortal, pronuncia unas palabras en griego; esas palabras son homricasy pueden buscarse en el fin del famoso catlogo de las naves. Despus, en elvertiginoso palacio, habla de una reprobacin que era casi un remordimiento ;esas palabras corresponden a Homero, que haba proyectado ese horror. Talesanomalas me inquietaron; otras, de orden esttico, me permitieron descubrir laverdad. El ltimo captulo las incluye; ah est escrito que milit en el puente deStamford, que transcrib, en Bulaq, los viajes de Simbad el Marino y que mesuscrib, en Aberdeen, a la Ilada inglesa de Pope. Se lee, inter alia: En Bikanirhe profesado la astrologa y tambin en Bohemia . Ninguno de esos testimonioses falso; lo significativo es el hecho de haberlos destacado. El primero de todosparece convenir a un hombre de guerra, pero luego se advierte que el narradorno repara en lo blico y s en la suerte de los hombres. Los que siguen son mscuriosos. Una oscura razn elemental me oblig a registrarlos; lo hice porquesaba que eran patticos. No lo son, dichos por el romano Flaminio Rufo. Lo son,dichos por Homero; es raro que ste copie, en el siglo trece, las aventuras deSimbad, de otro Ulises, y descubra, a la vuelta de muchos siglos, en un reinoboreal y un idioma brbaro, las formas de su Ilada. En cuanto a la oracin querecoge el nombre de Bikanir, se ve que la ha fabricado un hombre de letras,ganoso (como el autor del catlogo de las naves) de mostrar vocablosesplndidos[2].

    Cuando se acerca el fin, ya no quedan imgenes del recuerdo; slo quedanpalabras. No es extrao que el tiempo haya confundido las que alguna vez merepresentaron con las que fueron smbolos de la suerte de quien me acompatantos siglos. Yo he sido Homero; en breve, ser Nadie, como Ulises; en breve,ser todos: estar muerto.

    Posdata de 1950. Entre los comentarios que ha despertado la publicacin anterior,el ms curioso, ya que no el ms urbano, bblicamente se titula A coat of manycolours (Manchester, 1948) y es obra de la tenacsima pluma del doctor Nahum

  • Cordovero. Abarca unas cien pginas. Habla de los centones griegos, de loscentones de la baja latinidad, de Ben Jonson, que defini a sus contemporneoscon retazos de Sneca, del Virgilius evangelizans de Alexander Ross, de losartificios de George Moore y de Eliot y, finalmente, de la narracin atribuida alanticuario Joseph Cartaphilus . Denuncia, en el primer captulo, brevesinterpolaciones de Plinio (Historia naturalis, V, 8); en el segundo, de Thomas deQuincey (Writings, III, 439); en el tercero, de una epstola de Descartes alembajador Pierre Chanut; en el cuarto, de Bernard Shaw (Back to Methuselah,V). Infiere de esas intrusiones, o hurtos, que todo el documento es apcrifo.

    A mi entender, la conclusin es inadmisible. Cuando se acerca el fin, escribiCartaphilus, ya no quedan imgenes del recuerdo; slo quedan palabras.Palabras, palabras desplazadas y mutiladas, palabras de otros, fue la pobrelimosna que le dejaron las horas y los siglos.

    A Cecilia Ingenieros

  • El muerto

    Que un hombre del suburbio de Buenos Aires, que un triste compadrito sin msvirtud que la infatuacin del coraje, se interne en los desiertos ecuestres de lafrontera del Brasil y llegue a capitn de contrabandistas, parece de antemanoimposible. A quienes lo entienden as, quiero contarles el destino de BenjamnOtlora, de quien acaso no perdura un recuerdo en el barrio de Balvanera y quemuri en su ley, de un balazo, en los confines de Rio Grande do Sul. Ignoro losdetalles de su aventura; cuando me sean revelados, he de rectificar y ampliarestas pginas. Por ahora, este resumen puede ser til.

    Benjamn Otlora cuenta, hacia 1891, diecinueve aos. Es un mocetn defrente mezquina, de sinceros ojos claros, de reciedumbre vasca; una pualadafeliz le ha revelado que es un hombre valiente; no lo inquieta la muerte de sucontrario, tampoco la inmediata necesidad de huir de la Repblica. El caudillo dela parroquia le da una carta para un tal Azevedo Bandeira, del Uruguay. Otlorase embarca, la travesa es tormentosa y cruj iente; al otro da, vaga por las callesde Montevideo, con inconfesada y tal vez ignorada tristeza. No da con AzevedoBandeira; hacia la medianoche, en un almacn del Paso del Molino, asiste a unaltercado entre unos troperos. Un cuchillo relumbra; Otlora no sabe de qu ladoest la razn, pero lo atrae el puro sabor del peligro, como a otros la baraja o lamsica. Para, en el entrevero, una pualada baja que un pen le tira a un hombrede galera oscura y de poncho. ste, despus, resulta ser Azevedo Bandeira.(Otlora, al saberlo, rompe la carta, porque prefiere debrselo todo a s mismo).Azevedo Bandeira da, aunque fornido, la injustificable impresin de sercontrahecho; en su rostro, siempre demasiado cercano, estn el judo, el negro yel indio; en su empaque, el mono y el tigre; la cicatriz que le atraviesa la cara esun adorno ms, como el negro bigote cerdoso.

    Proy eccin o error del alcohol, el altercado cesa con la misma rapidez conque se produjo. Otlora bebe con los troperos y luego los acompaa a una farray luego a un casern en la Ciudad Vieja, y a con el sol bien alto. En el ltimopatio, que es de tierra, los hombres tienden su recado para dormir. Oscuramente,Otlora compara esa noche con la anterior; ahora y a pisa tierra firme, entreamigos. Lo inquieta algn remordimiento, eso s, de no extraar a Buenos Aires.Duerme hasta la oracin, cuando lo despierta el paisano que agredi, borracho, aBandeira. (Otlora recuerda que ese hombre ha compartido con los otros lanoche de tumulto y de jbilo y que Bandeira lo sent a su derecha y lo oblig aseguir bebiendo). El hombre le dice que el patrn lo manda buscar. En una suertede escritorio que da al zagun (Otlora nunca ha visto un zagun con puertaslaterales) est esperndolo Azevedo Bandeira, con una clara y desdeosa mujerde pelo colorado. Bandeira lo pondera, le ofrece una copa de caa, le repite quele est pareciendo un hombre animoso, le propone ir al Norte con los dems a

  • traer una tropa. Otlora acepta; hacia la madrugada estn en camino, rumbo aTacuaremb.

    Empieza entonces para Otlora una vida distinta, una vida de vastosamaneceres y de jornadas que tienen el olor del caballo. Esa vida es nueva paral, y a veces atroz, pero ya est en su sangre, porque lo mismo que los hombresde otras naciones veneran y presienten el mar, as nosotros (tambin el hombreque entreteje estos smbolos) ansiamos la llanura inagotable que resuena bajo loscascos. Otlora se ha criado en los barrios del carrero y del cuarteador; antes deun ao se hace gaucho. Aprende a j inetear, a entropillar la hacienda, a carnear, amanejar el lazo que sujeta y las boleadoras que tumban, a resistir el sueo, lastormentas, las heladas y el sol, a arrear con el silbido y el grito. Slo una vez,durante ese tiempo de aprendizaje, ve a Azevedo Bandeira, pero lo tiene muypresente, porque ser hombre de Bandeira es ser considerado y temido, y porque,ante cualquier hombrada, los gauchos dicen que Bandeira lo hace mejor. Alguienopina que Bandeira naci del otro lado del Cuareim, en Rio Grande do Sul; eso,que debera rebajarlo, oscuramente lo enriquece de selvas populosas, decinagas, de inextricables y casi infinitas distancias. Gradualmente, Otloraentiende que los negocios de Bandeira son mltiples y que el principal es elcontrabando. Ser tropero es ser un sirviente; Otlora se propone ascender acontrabandista. Dos de los compaeros, una noche, cruzarn la frontera paravolver con unas partidas de caa; Otlora provoca a uno de ellos, lo hiere y tomasu lugar. Lo mueve la ambicin y tambin una oscura fidelidad. Que el hombre(piensa) acabe por entender que yo valgo ms que todos sus orientales juntos.

    Otro ao pasa antes que Otlora regrese a Montevideo. Recorren las orillas, laciudad (que a Otlora le parece muy grande); llegan a casa del patrn; loshombres tienden los recados en el ltimo patio. Pasan los das y Otlora no havisto a Bandeira. Dicen, con temor, que est enfermo; un moreno suele subir a sudormitorio con la caldera y con el mate. Una tarde, le encomiendan a Otloraesa tarea. ste se siente vagamente humillado pero satisfecho tambin.

    El dormitorio es desmantelado y oscuro. Hay un balcn que mira al poniente,hay una larga mesa con un resplandeciente desorden de taleros, de arreadores,de cintos, de armas de fuego y de armas blancas, hay un remoto espejo quetiene la luna empaada. Bandeira y ace boca arriba; suea y se queja; unavehemencia de sol ltimo lo define. El vasto lecho blanco parece disminuirlo yoscurecerlo; Otlora nota las canas, la fatiga, la flojedad, las grietas de los aos.Lo subleva que los est mandando ese viejo. Piensa que un golpe bastara paradar cuenta de l. En eso, ve en el espejo que alguien ha entrado. Es la mujer depelo rojo; est a medio vestir y descalza y lo observa con fra curiosidad.Bandeira se incorpora; mientras habla de cosas de la campaa y despacha matetras mate, sus dedos juegan con las trenzas de la mujer. Al fin, le da licencia aOtlora para irse.

  • Das despus, les llega la orden de ir al Norte. Arriban a una estancia perdida,que est como en cualquier lugar de la interminable llanura. Ni rboles ni unarroyo la alegran, el primer sol y el ltimo la golpean. Hay corrales de piedrapara la hacienda, que es guampuda y menesterosa. El Suspiro se llama ese pobreestablecimiento.

    Otlora oye en rueda de peones que Bandeira no tardar en llegar deMontevideo. Pregunta por qu; alguien aclara que hay un forastero agauchadoque est queriendo mandar demasiado. Otlora comprende que es una broma,pero le halaga que esa broma ya sea posible. Averigua, despus, que Bandeira seha enemistado con uno de los jefes polticos y que ste le ha retirado su apoyo.Le gusta esa noticia.

    Llegan cajones de armas largas; llegan una jarra y una palangana de platapara el aposento de la mujer; llegan cortinas de intrincado damasco; llega de lascuchillas, una maana, un j inete sombro, de barba cerrada y de poncho. Sellama Ulpiano Surez y es el capanga o guardaespaldas de Azevedo Bandeira.Habla muy poco y de una manera abrasilerada. Otlora no sabe si atribuir sureserva a hostilidad, a desdn o a mera barbarie. Sabe, eso s, que para el planque est maquinando tiene que ganar su amistad.

    Entra despus en el destino de Benjamn Otlora un colorado cabos negrosque trae del sur Azevedo Bandeira y que luce apero chapeado y carona conbordes de piel de tigre. Ese caballo liberal es un smbolo de la autoridad delpatrn y por eso lo codicia el muchacho, que llega tambin a desear, con deseorencoroso, a la mujer de pelo resplandeciente. La mujer, el apero y el coloradoson atributos o adjetivos de un hombre que l aspira a destruir.

    Aqu la historia se complica y se ahonda. Azevedo Bandeira es diestro en elarte de la intimidacin progresiva, en la satnica maniobra de humillar alinterlocutor gradualmente, combinando veras y burlas; Otlora resuelve aplicarese mtodo ambiguo a la dura tarea que se propone. Resuelve suplantar,lentamente, a Azevedo Bandeira. Logra, en jornadas de peligro comn, laamistad de Surez. Le confa su plan; Surez le promete su ay uda. Muchas cosasvan aconteciendo despus, de las que s unas pocas. Otlora no obedece aBandeira; da en olvidar, en corregir, en invertir sus rdenes. El universo parececonspirar con l y apresura los hechos. Un medioda, ocurre en campos deTacuaremb un tiroteo con gente riograndense; Otlora usurpa el lugar deBandeira y manda a los orientales. Le atraviesa el hombro una bala, pero esatarde Otlora regresa al Suspiro en el colorado del jefe y esa tarde unas gotas desu sangre manchan la piel de tigre y esa noche duerme con la mujer de peloreluciente. Otras versiones cambian el orden de estos hechos y niegan que hayanocurrido en un solo da.

    Bandeira, sin embargo, siempre es nominalmente el jefe. Da rdenes que nose ejecutan; Benjamn Otlora no lo toca, por una mezcla de rutina y de lstima.

  • La ltima escena de la historia corresponde a la agitacin de la ltima nochede 1894. Esa noche, los hombres del Suspiro comen cordero recin carneado ybeben un alcohol pendenciero; alguien infinitamente rasguea una trabajosamilonga. En la cabecera de la mesa, Otlora, borracho, erige exultacin sobreexultacin, jbilo sobre jbilo; esa torre de vrtigo es un smbolo de su irresistibledestino. Bandeira, taciturno entre los que gritan, deja que fluya clamorosa lanoche. Cuando las doce campanadas resuenan, se levanta como quien recuerdauna obligacin. Se levanta y golpea con suavidad a la puerta de la mujer. sta leabre en seguida, como si esperara el llamado. Sale a medio vestir y descalza.Con una voz que se afemina y se arrastra, el jefe le ordena:

    Ya que vos y el porteo se quieren tanto, ahora mismo le vas a dar un besoa vista de todos.

    Agrega una circunstancia brutal. La mujer quiere resistir, pero dos hombresla han tomado del brazo y la echan sobre Otlora. Arrasada en lgrimas, le besala cara y el pecho. Ulpiano Surez ha empuado el revlver. Otlora comprende,antes de morir, que desde el principio lo han traicionado, que ha sido condenado amuerte, que le han permitido el amor, el mando y el triunfo, porque ya lo dabanpor muerto, porque para Bandeira y a estaba muerto.

    Surez, casi con desdn, hace fuego.

  • Los telogos

    Arrasado el jardn, profanados los clices y las aras, entraron a caballo los hunosen la biblioteca monstica y rompieron los libros incomprensibles y losvituperaron y los quemaron, acaso temerosos de que las letras encubrieranblasfemias contra su dios, que era una cimitarra de hierro. Ardieron palimpsestosy cdices, pero en el corazn de la hoguera, entre la ceniza, perdur casi intactoel libro duodcimo de la Civitas Dei, que narra que Platn ense en Atenas que,al cabo de los siglos, todas las cosas recuperarn su estado anterior, y l, enAtenas, ante el mismo auditorio, de nuevo ensear esa doctrina. El texto que lasllamas perdonaron goz de una veneracin especial y quienes lo ley eron yreleyeron en esa remota provincia dieron en olvidar que el autor slo declar esadoctrina para poder mejor confutarla. Un siglo despus, Aureliano, coadjutor deAquilea, supo que a orillas del Danubio la novsima secta de los montonos(llamados tambin anulares) profesaba que la historia es un crculo y que nada esque no haya sido y que no ser. En las montaas, la Rueda y la Serpiente habandesplazado a la Cruz. Todos teman, pero todos se confortaban con el rumor deque Juan de Panonia, que se haba distinguido por un tratado sobre el sptimoatributo de Dios, iba a impugnar tan abominable herej a.

    Aureliano deplor esas nuevas, sobre todo la ltima. Saba que en materiateolgica no hay novedad sin riesgo; luego reflexion que la tesis de un tiempocircular era demasiado dismil, demasiado asombrosa, para que el riesgo fueragrave. (Las herej as que debemos temer son las que pueden confundirse con laortodoxia). Ms le doli la intervencin la intrusin de Juan de Panonia.Hace dos aos, ste haba usurpado con su verboso De septima affectione Dei sivede ternitate un asunto de la especialidad de Aureliano; ahora, como si elproblema del tiempo le perteneciera, iba a rectificar, tal vez con argumentos deProcusto, con triacas ms temibles que la Serpiente, a los anulares Esa noche,Aureliano pas las hojas del antiguo dilogo de Plutarco sobre la cesacin de losorculos; en el prrafo veintinueve, ley una burla contra los estoicos quedefienden un infinito ciclo de mundos, con infinitos soles, lunas, Apolos, Dianas yPoseidones. El hallazgo le pareci un pronstico favorable; resolvi adelantarse aJuan de Panonia y refutar a los herticos de la Rueda.

    Hay quien busca el amor de una mujer para olvidarse de ella, para no pensarms en ella; Aureliano, parejamente, quera superar a Juan de Panonia paracurarse del rencor que ste le infunda, no para hacerle mal. Atemperado por elmero trabajo, por la fabricacin de silogismos y la invencin de injurias, por losnego y los autem y los nequaquam, pudo olvidar ese rencor. Erigi vastos y casiinextricables perodos, estorbados de incisos, donde la negligencia y el solecismoparecan formas del desdn. De la cacofona hizo un instrumento. Previo que

  • Juan fulminara a los anulares con gravedad proftica; opt, para no coincidir conl, por el escarnio. Agustn haba escrito que Jess es la va recta que nos salvadel laberinto circular en que andan los impos; Aureliano, laboriosamente trivial,los equipar con Ixin, con el hgado de Prometeo, con Ssifo, con aquel rey deTebas que vio dos soles, con la tartamudez, con loros, con espejos, con ecos, conmuas de noria y con silogismos bicornutos. (Las fbulas gentlicas perduraban,rebajadas a adornos). Como todo poseedor de una biblioteca, Aureliano se sabaculpable de no conocerla hasta el fin; esa controversia le permiti cumplir conmuchos libros que parecan reprocharle su incuria. As pudo engastar un pasajede la obra De principiis de Orgenes, donde se niega que Judas Iscariote volver avender al Seor, y Pablo a presenciar en Jerusaln el martirio de Esteban, y otrode los Academica priora de Cicern, en el que ste se burla de quienes sueanque mientras l conversa con Lculo, otros Lculos y otros Cicerones, en nmeroinfinito, dicen puntualmente lo mismo, en infinitos mundos iguales. Adems,esgrimi contra los montonos el texto de Plutarco y denunci lo escandaloso deque a un idlatra le valiera ms el lumen natur que a ellos la palabra de Dios.Nueve das le tom ese trabajo; el dcimo, le fue remitido un traslado de larefutacin de Juan de Panonia.

    Era casi irrisoriamente breve; Aureliano la mir con desdn y luego contemor. La primera parte glosaba los versculos terminales del noveno captulo dela Epstola a los Hebreos, donde se dice que Jess no fue sacrificado muchasveces desde el principio del mundo, sino ahora una vez en la consumacin de lossiglos. La segunda alegaba el precepto bblico sobre las vanas repeticiones de losgentiles (Mateo 6:7) y aquel pasaje del sptimo libro de Plinio, que pondera queen el dilatado universo no hay dos caras iguales. Juan de Panonia declaraba quetampoco hay dos almas y que el pecador ms vil es precioso como la sangre quepor l verti Jesucristo. El acto de un solo hombre (afirm) pesa ms que losnueve cielos concntricos y trasoar que puede perderse y volver es unaaparatosa frivolidad. El tiempo no rehace lo que perdemos; la eternidad lo guardapara la gloria y tambin para el fuego. El tratado era lmpido, universal; nopareca redactado por una persona concreta, sino por cualquier hombre o, quiz,por todos los hombres.

    Aureliano sinti una humillacin casi fsica. Pens destruir o reformar supropio trabajo, luego, con rencorosa probidad, lo mand a Roma sin modificaruna letra. Meses despus, cuando se junt el concilio de Prgamo, el telogoencargado de impugnar los errores de los montonos fue (previsiblemente) Juande Panonia; su docta y mesurada refutacin bast para que Euforbo, heresiarca,fuera condenado a la hoguera. Esto ha ocurrido y volver a ocurrir, dijo Euforbo.No encendis una pira, encendis un laberinto de fuego. Si aqu se unieran todaslas hogueras que he sido, no cabran en la tierra y quedaran ciegos los ngeles.Esto lo dije muchas veces. Despus grit, porque lo alcanzaron las llamas.

  • Cay la Rueda ante la Cruz[3], pero Aureliano y Juan prosiguieron su batallasecreta. Militaban los dos en el mismo ejrcito, anhelaban el mismo galardn,guerreaban contra el mismo Enemigo, pero Aureliano no escribi una palabraque inconfesablemente no propendiera a superar a Juan. Su duelo fue invisible; silos copiosos ndices no me engaan, no figura una sola vez el nombre del otro enlos muchos volmenes de Aureliano que atesora la Patrologa de Migne. (De lasobras de Juan, slo han perdurado veinte palabras). Los dos desaprobaron losanatemas del segundo concilio de Constantinopla; los dos persiguieron a losarranos, que negaban la generacin eterna del Hijo; los dos atestiguaron laortodoxia de la Topographia christiana de Cosmas, que ensea que la tierra escuadrangular, como el tabernculo hebreo. Desgraciadamente, por los cuatrongulos de la tierra cundi otra tempestuosa herej a. Oriunda del Egipto o delAsia (porque los testimonios difieren y Bossuet no quiere admitir las razones deHarnack), infest las provincias orientales y erigi santuarios en Macedonia, enCartago y en Trveris. Pareci estar en todas partes; se dijo que en la dicesis deBritania haban sido invertidos los crucifijos y que a la imagen del Seor, enCesrea, la haba suplantado un espejo. El espejo y el bolo eran emblemas delos nuevos cismticos.

    La historia los conoce por muchos nombres (especulares, abismales, cainitas),pero de todos el ms recibido es histriones, que Aureliano les dio y que ellos conatrevimiento adoptaron. En Frigia les dijeron simulacros, y tambin en Dardania.Juan Damasceno los llam formas; justo es advertir que el pasaje ha sidorechazado por Erfjord. No hay heresilogo que con estupor no refiera susdesaforadas costumbres. Muchos histriones profesaron el ascetismo; alguno semutil, como Orgenes; otros moraron bajo tierra, en las cloacas; otros searrancaron los ojos; otros (los nabucodonosores de Nitria) pacan como losbuey es y su pelo creca como de guila . De la mortificacin y el rigorpasaban, muchas veces, al crimen; ciertas comunidades toleraban el robo; otras,el homicidio; otras, la sodoma, el incesto y la bestialidad. Todas eran blasfemas;no slo maldecan del Dios cristiano, sino de las arcanas divinidades de su propiopanten. Maquinaron libros sagrados, cuya desaparicin deploran los doctos. SirThomas Browne, hacia 1658, escribi El tiempo ha aniquilado los ambiciososEvangelios Histrinicos, no las Injurias con que se fustig su Impiedad : Erfjordha sugerido que esas injurias (que preserva un cdice griego) son losevangelios perdidos. Ello es incomprensible, si ignoramos la cosmologa de loshistriones.

    En los libros hermticos est escrito que lo que hay abajo es igual a lo quehay arriba, y lo que hay arriba, igual a lo que hay abajo; en el Zohar, que elmundo inferior es reflejo del superior. Los histriones fundaron su doctrina sobreuna perversin de esa idea. Invocaron a Mateo 6:12 ( perdnanos nuestras

  • deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores ) y 11:12 ( el reino delos cielos padece fuerza ) para demostrar que la tierra influy e en el cielo, y a ICorintios 13:12 ( vemos ahora por espejo, en oscuridad ) para demostrar quetodo lo que vemos es falso. Quiz contaminados por los montonos, imaginaronque todo hombre es dos hombres y que el verdadero es el otro, el que est en elcielo.

    Tambin imaginaron que nuestros actos proy ectan un reflejo invertido, desuerte que si velamos, el otro duerme, si fornicamos, el otro es casto, si robamos,el otro es generoso. Muertos, nos uniremos a l y seremos l. (Algn eco de esasdoctrinas perdur en Bloy ). Otros histriones discurrieron que el mundo concluiracuando se agotara la cifra de sus posibilidades; ya que no puede haberrepeticiones, el justo debe eliminar (cometer) los actos ms infames, para questos no manchen el porvenir y para acelerar el advenimiento del reino de Jess.Ese artculo fue negado por otras sectas, que defendieron que la historia delmundo debe cumplirse en cada hombre. Los ms, como Pitgoras, deberntransmigrar por muchos cuerpos antes de obtener su liberacin; algunos, losproteicos, en el trmino de una sola vida son leones, son dragones, son jabales,son agua y son un rbol . Demstenes refiere la purificacin por el fango a queeran sometidos los iniciados en los misterios rficos; los proteicos,analgicamente, buscaron la purificacin por el mal. Entendieron, comoCarpcrates, que nadie saldr de la crcel hasta pagar el ltimo bolo (Lucas12:59), y solan embaucar a los penitentes con este otro versculo: Yo he venidopara que tengan vida los hombres y para que la tengan en abundancia (Juan10:10). Tambin decan que no ser un malvado es una soberbia satnicaMuchas y divergentes mitologas urdieron los histriones; unos predicaron elascetismo, otros la licencia, todos la confusin. Teopompo, histrin de Berenice,neg todas las fbulas; dijo que cada hombre es un rgano que proyecta ladivinidad para sentir el mundo.

    Los herejes de la dicesis de Aureliano eran de los que afirmaban que eltiempo no tolera repeticiones, no de los que afirmaban que todo acto se refleja enel cielo. Esa circunstancia era rara; en un informe a las autoridades romanas,Aureliano la mencion. El prelado que recibira el informe era confesor de laemperatriz; nadie ignoraba que ese ministerio exigente le vedaba las ntimasdelicias de la teologa especulativa. Su secretario antiguo colaborador de Juande Panonia, ahora enemistado con l gozaba del renombre de puntualsimoinquisidor de heterodoxias; Aureliano agreg una exposicin de la herej ahistrinica, tal como sta se daba en los conventculos de Genua y de Aquilea.Redact unos prrafos; cuando quiso escribir la tesis atroz de que no hay dosinstantes iguales, su pluma se detuvo. No dio con la frmula necesaria; lasadmoniciones de la nueva doctrina ( Quieres ver lo que no vieron ojoshumanos? Mira la luna. Quieres or lo que los odos no oy eron? Oye el grito del

  • pjaro. Quieres tocar lo que no tocaron las manos? Toca la tierra.Verdaderamente digo que Dios est por crear el mundo ) eran harto afectadas ymetafricas para la transcripcin. De pronto, una oracin de veinte palabras sepresent a su espritu. La escribi, gozoso; inmediatamente despus, lo inquiet lasospecha de que era ajena. Al da siguiente, record que la haba ledo hacamuchos aos en el Adversus annulares que compuso Juan de Panonia. Verific lacita; ah estaba. La incertidumbre lo atorment. Variar o suprimir esas palabras,era debilitar la expresin; dejarlas, era plagiar a un hombre que aborreca;indicar la fuente, era denunciarlo. Implor el socorro divino. Hacia el principiodel segundo crepsculo, el ngel de su guarda le dict una solucin intermedia.Aureliano conserv las palabras, pero les antepuso este aviso: Lo que ladranahora los heresiarcas para confusin de la fe, lo dijo en este siglo un varndoctsimo, con ms ligereza que culpa. Despus, ocurri lo temido, lo esperado, loinevitable. Aureliano tuvo que declarar quin era ese varn; Juan de Panonia fueacusado de profesar opiniones herticas.

    Cuatro meses despus, un herrero del Aventino, alucinado por los engaos delos histriones, carg sobre los hombros de su hij ito una gran esfera de hierro, paraque su doble volara. El nio muri; el horror engendrado por ese crimen impusouna intachable severidad a los jueces de Juan. ste no quiso retractarse; repitique negar su proposicin era incurrir en la pestilencial herej a de los montonos.No entendi (no quiso entender) que hablar de los montonos era hablar de lo y aolvidado. Con insistencia algo senil, prodig los periodos ms brillantes de susviejas polmicas; los jueces ni siquiera oan lo que los arrebat alguna vez. Enlugar de tratar de purificarse de la ms leve mcula de histrionismo, se esforzen demostrar que la proposicin de que lo acusaban era rigurosamente ortodoxa.Discuti con los hombres de cuyo fallo dependa su suerte y cometi la mximatorpeza de hacerlo con ingenio y con irona. El veintisis de octubre, al cabo deuna discusin que dur tres das y tres noches, lo sentenciaron a morir en lahoguera.

    Aureliano presenci la ejecucin, porque no hacerlo era confesarse culpable.El lugar del suplicio era una colina, en cuya verde cumbre haba un palo, hincadoprofundamente en el suelo, y en torno muchos haces de lea. Un ministro ley lasentencia del tribunal. Bajo el sol de las doce, Juan de Panonia yaca con la caraen el polvo, lanzando bestiales aullidos. Araaba la tierra, pero los verdugos loarrancaron, lo desnudaron y por fin lo amarraron a la picota. En la cabeza lepusieron una corona de paja untada de azufre; al lado, un ejemplar del pestilenteAdversus annulares. Haba llovido la noche antes y la lea arda mal. Juan dePanonia rez en griego y luego en un idioma desconocido. La hoguera iba allevrselo, cuando Aureliano se atrevi a alzar los ojos. Las rfagas ardientes sedetuvieron; Aureliano vio por primera y ltima vez el rostro del odiado. Lerecord el de alguien, pero no pudo precisar el de quin. Despus, las llamas lo

  • perdieron; despus grit y fue como si un incendio gritara.Plutarco ha referido que Julio Csar llor la muerte de Pompeyo; Aureliano

    no llor la de Juan, pero sinti lo que sentira un hombre curado de unaenfermedad incurable, que ya fuera una parte de su vida. En Aquilea, en feso,en Macedonia, dej que sobre l pasaran los aos. Busc los arduos lmites delImperio, las torpes cinagas y los contemplativos desiertos, para que lo ayudarala soledad a entender su destino. En una celda mauritana, en la noche cargada deleones, repens la compleja acusacin contra Juan de Panonia y justific, porensima vez, el dictamen. Ms le cost justificar su tortuosa denuncia. EnRusaddir predic el anacrnico sermn Luz de las luces encendida en la carne deun rprobo. En Hibernia, en una de las chozas de un monasterio cercado por laselva, lo sorprendi una noche, hacia el alba, el rumor de la lluvia. Record unanoche romana en que lo haba sorprendido, tambin, ese minucioso rumor. Unray o, al medioda, incendi los rboles y Aureliano pudo morir como habamuerto Juan.

    El final de la historia slo es referible en metforas, y a que pasa en el reinode los cielos, donde no hay tiempo. Tal vez cabra decir que Aureliano converscon Dios y que ste se interesa tan poco en diferencias religiosas que lo tom porJuan de Panonia. Ello, sin embargo, insinuara una confusin de la mente divina.Ms correcto es decir que en el paraso, Aureliano supo que para la insondabledivinidad, l y Juan de Panonia (el ortodoxo y el hereje, el aborrecedor y elaborrecido, el acusador y la vctima) formaban una sola persona.

  • Historia del guerrero y de la cautiva

    En la pgina 278 del libro La poesa (Bari, 1942), Croce, abreviando un textolatino del historiador Pablo el Dicono, narra la suerte y cita el epitafio deDroctulft; stos me conmovieron singularmente, luego entend por qu. FueDroctulft un guerrero lombardo que en el asedio de Ravena abandon a los suy osy muri defendiendo la ciudad que antes haba atacado. Los raveneses le dieronsepultura en un templo y compusieron un epitafio en el que manifestaron sugratitud (contempsit caros, dum nos amat ille, parentes) y el peculiar contrasteque se adverta entre la figura atroz de aquel brbaro y su simplicidad y bondad:

    Terribilis visu facies mente benignus,

    Longaque robusto pectores barba fuit![4].

    Tal es la historia del destino de Droctulft, brbaro que muri defendiendo aRoma, o tal es el fragmento de su historia que pudo rescatar Pablo el Dicono. Nisiquiera s en qu tiempo ocurri: si al promediar el siglo VI, cuando loslongobardos desolaron las llanuras de Italia; si en el VIII, antes de la rendicin deRavena. Imaginemos (ste no es un trabajo histrico) lo primero.

    Imaginemos, sub specie ternitatis, a Droctulft, no al individuo Droctulft, quesin duda fue nico e insondable (todos los individuos lo son), sino al tipo genricoque de l y de otros muchos como l ha hecho la tradicin, que es obra del olvidoy de la memoria. A travs de una oscura geografa de selvas y de cinagas, lasguerras lo trajeron a Italia, desde las mrgenes del Danubio y del Elba, y tal vezno saba que iba al Sur y tal vez no saba que guerreaba contra el nombreromano. Quiz profesaba el arrianismo, que mantiene que la gloria del Hijo esreflejo de la gloria del Padre, pero ms congruente es imaginarlo devoto de laTierra, de Hertha, cuyo dolo tapado iba de cabaa en cabaa en un carro tiradopor vacas, o de los dioses de la guerra y del trueno, que eran torpes figuras demadera, envueltas en ropa tej ida y recargadas de monedas y ajorcas. Vena delas selvas inextricables del jabal y del uro; era blanco, animoso, inocente, cruel,leal a su capitn y a su tribu, no al universo. Las guerras lo traen a Ravena y ahve algo que no ha visto jams, o que no ha visto con plenitud. Ve el da y losapreses y el mrmol. Ve un conjunto que es mltiple sin desorden; ve una ciudad,un organismo hecho de estatuas, de templos, de jardines, de habitaciones, degradas, de jarrones, de capiteles, de espacios regulares y abiertos. Ninguna deesas fbricas (lo s) lo impresiona por bella; lo tocan como ahora nos tocara unamaquinaria compleja, cuyo fin ignorramos, pero en cuyo diseo se adivinarauna inteligencia inmortal. Quiz le basta ver un solo arco, con una incomprensibleinscripcin en eternas letras romanas. Bruscamente lo ciega y lo renueva esa

  • revelacin, la Ciudad. Sabe que en ella ser un perro, o un nio, y que noempezar siquiera a entenderla, pero sabe tambin que ella vale ms que susdioses y que la fe jurada y que todas las cinagas de Alemania. Droctulftabandona a los suy os y pelea por Ravena. Muere, y en la sepultura grabanpalabras que l no hubiera entendido:

    Contempsit caros, dum nos amat ille, parentes,Hanc patriam reputans esse, Ravenna, suam.

    No fue un traidor (los traidores no suelen inspirar epitafios piadosos); fue uniluminado, un converso. Al cabo de unas cuantas generaciones los longobardosque culparon al trnsfuga procedieron como l; se hicieron italianos, lombardos yacaso alguno de su sangre Aldger pudo engendrar a quienes engendraron alAlighieri Muchas conjeturas cabe aplicar al acto de Droctulft; la ma es la mseconmica; si no es verdadera como hecho, lo ser como smbolo.

    Cuando le en el libro de Croce la historia del guerrero, sta me conmovi demanera inslita y tuve la impresin de recuperar, bajo forma diversa, algo quehaba sido mo. Fugazmente pens en los j inetes mogoles que queran hacer de laChina un infinito campo de pastoreo y luego envejecieron en las ciudades quehaban anhelado destruir; no era sa la memoria que yo buscaba. La encontr alfin; era un relato que le o alguna vez a mi abuela inglesa, que ha muerto.

    En 1872 mi abuelo Borges era jefe de las fronteras Norte y Oeste de BuenosAires y Sur de Santa Fe. La comandancia estaba en Junn; ms all, a cuatro ocinco leguas uno de otro, la cadena de los fortines; ms all, lo que sedenominaba entonces la Pampa y tambin Tierra Adentro. Alguna vez, entremaravillada y burlona, mi abuela coment su destino de inglesa desterrada a esefin del mundo; le dijeron que no era la nica y le sealaron, meses despus, unamuchacha india que atravesaba lentamente la plaza. Vesta dos mantas coloradase iba descalza; sus crenchas eran rubias. Un soldado le dijo que otra inglesaquera hablar con ella. La mujer asinti; entr en la comandancia sin temor, perono sin recelo. En la cobriza cara, pintarrajeada de colores feroces, los ojos erande ese azul desganado que los ingleses llaman gris. El cuerpo era ligero, como decierva; las manos, fuertes y huesudas. Vena del desierto, de Tierra Adentro, ytodo pareca quedarle chico: las puertas, las paredes, los muebles.

    Quiz las dos mujeres por un instante se sintieron hermanas, estaban lejos desu isla querida y en un increble pas. Mi abuela enunci alguna pregunta; la otrale respondi con dificultad, buscando las palabras y repitindolas, comoasombrada de un antiguo sabor. Hara quince aos que no hablaba el idioma nataly no le era fcil recuperarlo. Dijo que era de Yorkshire, que sus padresemigraron a Buenos Aires, que los haba perdido en un maln, que la habanllevado los indios y que ahora era mujer de un capitanejo, a quien y a haba dado

  • dos hijos y que era muy valiente. Eso lo fue diciendo en un ingls rstico,entreverado de araucano o de pampa, y detrs del relato se vislumbraba una vidaferal: los toldos de cuero de caballo, las hogueras de estircol, los festines decarne chamuscada o de vsceras crudas, las sigilosas marchas al alba; el asalto delos corrales, el alarido y el saqueo, la guerra, el caudaloso arreo de las haciendaspor j inetes desnudos, la poligamia, la hediondez y la magia. A esa barbarie sehaba rebajado una inglesa. Movida por la lstima y el escndalo, mi abuela laexhort a no volver. Jur ampararla, jur rescatar a sus hijos. La otra le contestque era feliz y volvi, esa noche, al desierto. Francisco Borges morira pocodespus en la revolucin del 74; quiz mi abuela, entonces, pudo percibir en laotra mujer, tambin arrebatada y transformada por este continente implacable,un espejo monstruoso de su destino

    Todos los aos, la india rubia sola llegar a las pulperas de Junn, o del FuerteLavalle, en procura de baratijas y vicios ; no apareci, desde la conversacincon mi abuela. Sin embargo, se vieron otra vez. Mi abuela haba salido a cazar;en un rancho, cerca de los baados, un hombre degollaba una oveja. Como en unsueo, pas la india a caballo. Se tir al suelo y bebi la sangre caliente. No s silo hizo porque ya no poda obrar de otro modo, o como un desafo y un signo.

    Mil trescientos aos y el mar median entre el destino de la cautiva y eldestino de Droctulft. Los dos, ahora, son igualmente irrecuperables. La figura delbrbaro que abraza la causa de Ravena, la figura de la mujer europea que optapor el desierto, pueden parecer antagnicos. Sin embargo, a los dos los arrebatun mpetu secreto, un mpetu ms hondo que la razn, y los dos acataron esempetu que no hubieran sabido justificar. Acaso las historias que he referido sonuna sola historia. El anverso y el reverso de esta moneda son, para Dios, iguales.

    A Ulrike von Khlmann

  • Biografa de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)

    Im looking for the face I hadBefore the world was made.

    YEATS, The Winding Stair

    El seis de febrero de 1829, los montoneros que, hostigados ya por Lavalle,marchaban desde el Sur para incorporarse a las divisiones de Lpez, hicieron altoen una estancia cuy o nombre ignoraban, a tres o cuatro leguas del Pergamino;hacia el alba, uno de los hombres tuvo una pesadilla tenaz: en la penumbra delgalpn, el confuso grito despert a la mujer que dorma con l. Nadie sabe lo queso, pues al otro da, a las cuatro, los montoneros fueron desbaratados por lacaballera de Surez y la persecucin dur nueve leguas, hasta los pajonales y albregos, y el hombre pereci en una zanja, partido el crneo por un sable de lasguerras del Per y del Brasil. La mujer se llamaba Isidora Cruz; el hijo que tuvorecibi el nombre de Tadeo Isidoro.

    Mi propsito no es repetir su historia. De los das y noches que la componen,slo me interesa una noche; del resto no referir sino lo indispensable para queesa noche se entienda. La aventura consta en un libro insigne; es decir, en un librocuy a materia puede ser todo para todos (I Corintios 9:22), pues es capaz de casiinagotables repeticiones, versiones, perversiones. Quienes han comentado, y sonmuchos, la historia de Tadeo Isidoro, destacan el influjo de la llanura sobre suformacin, pero gauchos idnticos a l nacieron y murieron en las selvticasriberas del Paran y en las cuchillas orientales. Vivi, eso s, en un mundo debarbarie montona. Cuando, en 1874, muri de una viruela negra, no haba vistojams una montaa ni un pico de gas ni un molino. Tampoco una ciudad. En1849, fue a Buenos Aires con una tropa del establecimiento de Francisco XavierAcevedo; los troperos entraron en la ciudad para vaciar el cinto; Cruz, receloso,no sali de una fonda en el vecindario de los corrales. Pas ah muchos das,taciturno, durmiendo en la tierra, mateando, levantndose al alba y recogindosea la oracin. Comprendi (ms all de las palabras y aun del entendimiento) quenada tena que ver con l la ciudad. Uno de los peones, borracho, se burl de l.Cruz no le replic, pero en las noches del regreso, junto al fogn, el otromenudeaba las burlas, y entonces Cruz (que antes no haba demostrado rencor, nisiquiera disgusto) lo tendi de una pualada. Prfugo, hubo de guarecerse en unfachinal; noches despus, el grito de un chaj le advirti que lo haba cercado lapolica. Prob el cuchillo en una mata; para que no le estorbaran en la de a pie, sequit las espuelas. Prefiri pelear a entregarse. Fue herido en el antebrazo, en el

  • hombro, en la mano izquierda; malhiri a los ms bravos de la partida; cuando lasangre le corri entre los dedos, pele con ms coraje que nunca; hacia el alba,mareado por la prdida de sangre, lo desarmaron. El ejrcito, entonces,desempeaba una funcin penal; Cruz fue destinado a un fortn de la fronteraNorte. Como soldado raso, particip en las guerras civiles; a veces combati porsu provincia natal, a veces en contra. El veintitrs de enero de 1856, en lasLagunas de Cardoso, fue uno de los treinta cristianos que, al mando del sargentomayor Eusebio Laprida, pelearon contra doscientos indios. En esa accin recibiuna herida de lanza.

    En su oscura y valerosa historia abundan los hiatos. Hacia 1868 lo sabemos denuevo en el Pergamino: casado o amancebado, padre de un hijo, dueo de unafraccin de campo. En 1869 fue nombrado sargento de la polica rural. Habacorregido el pasado; en aquel tiempo debi de considerarse feliz, aunqueprofundamente no lo era. (Lo esperaba, secreta en el porvenir, una lcida nochefundamental: la noche en que por fin vio su propia cara, la noche en que por finescuch su nombre. Bien entendida, esa noche agota su historia; mejor dicho, uninstante de esa noche, un acto de esa noche, porque los actos son nuestrosmbolo). Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidadde un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quin es.Cuntase que Alejandro de Macedonia vio reflejado su futuro de hierro en lafabulosa historia de Aquiles; Carlos XII de Suecia, en la de Alejandro. A TadeoIsidoro Cruz, que no saba leer, ese conocimiento no le fue revelado en un libro;se vio a s mismo en un entrevero y un hombre. Los hechos ocurrieron as:

    En los ltimos das del mes de junio de 1870 recibi la orden de apresar a unmalevo, que deba dos muertes a la justicia. Era ste un desertor de las fuerzasque en la frontera Sur mandaba el coronel Benito Machado; en una borrachera,haba asesinado a un moreno en un lupanar; en otra, a un vecino del partido deRojas; el informe agregaba que proceda de la Laguna Colorada. En este lugar,haca cuarenta aos, habanse congregado los montoneros para la desventura quedio sus carnes a los pjaros y a los perros; de ah sali Manuel Mesa, que fueejecutado en la plaza de la Victoria, mientras los tambores sonaban para que nose oyera su ira; de ah, el desconocido que engendr a Cruz y que pereci en unazanja, partido el crneo por un sable de las batallas del Per y del Brasil. Cruzhaba olvidado el nombre del lugar; con leve pero inexplicable inquietud loreconoci El criminal, acosado por los soldados, urdi a caballo un largolaberinto de idas y de venidas; stos, sin embargo, lo acorralaron la noche deldoce de julio. Se haba guarecido en un pajonal. La tiniebla era casiindescifrable; Cruz y los suyos, cautelosos y a pie, avanzaron hacia las matas encuya hondura trmula acechaba o dorma el hombre secreto. Grit un chaj;Tadeo Isidoro Cruz tuvo la impresin de haber vivido ya ese momento. Elcriminal sali de la guarida para pelearlos. Cruz lo entrevi, terrible; la crecida

  • melena y la barba gris parecan comerle la cara. Un motivo notorio me vedareferir la pelea. Bsteme recordar que el desertor malhiri o mat a varios de loshombres de Cruz. ste, mientras combata en la oscuridad (mientras su cuerpocombata en la oscuridad), empez a comprender. Comprendi que un destino noes mejor que otro, pero que todo hombre debe acatar el que lleva adentro.Comprendi que las j inetas y el uniforme ya le estorbaban. Comprendi suntimo destino de lobo, no de perro gregario; comprendi que el otro era l.Amaneca en la desaforada llanura; Cruz arroj por tierra el quepis, grit que noiba a consentir el delito de que se matara a un valiente y se puso a pelear contralos soldados, junto al desertor Martn Fierro.

  • Emma Zunz

    El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fbrica de tej idosTarbuch y Loewenthal, hall en el fondo del zagun una carta, fechada en elBrasil, por la que supo que su padre haba muerto. La engaaron, a primera vista,el sello y el sobre; luego, la inquiet la letra desconocida. Nueve o diez lneasborroneadas queran colmar la hoja; Emma ley que el seor Maier habaingerido por error una fuerte dosis de veronal y haba fallecido el tres delcorriente en el hospital de Bag. Un compaero de pensin de su padre firmabala noticia, un tal Fein o Fain, de Rio Grande, que no poda saber que se diriga a lahija del muerto.

    Emma dej caer el papel. Su primera impresin fue de malestar en el vientrey en las rodillas; luego de ciega culpa, de irrealidad, de fro, de temor; luego,quiso ya estar en el da siguiente. Acto continuo comprendi que esa voluntad eraintil porque la muerte de su padre era lo nico que haba sucedido en el mundo,y seguira sucediendo sin fin. Recogi el papel y se fue a su cuarto. Furtivamentelo guard en un cajn, como si de algn modo ya conociera los hechos ulteriores.Ya haba empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sera.

    En la creciente oscuridad, Emma llor hasta el fin de aquel da el suicidio deManuel Maier, que en los antiguos das felices fue Emanuel Zunz. Recordveraneos en una chacra, cerca de Gualeguay, record (trat de recordar) a sumadre, record la casita de Lans que les remataron, record los amarilloslosanges de una ventana, record el auto de prisin, el oprobio, record losannimos con el suelto sobre el desfalco del cajero , record (pero eso jamslo olvidaba) que su padre, la ltima noche, le haba jurado que el ladrn eraLoewenthal. Loewenthal, Aarn Loewenthal, antes gerente de la fbrica y ahorauno de los dueos. Emma, desde 1916, guardaba el secreto. A nadie se lo habarevelado, ni siquiera a su mejor amiga, Elsa Urstein. Quiz rehua la profanaincredulidad; quiz crea que el secreto era un vnculo entre ella y el ausente.Loewenthal no saba que ella saba; Emma Zunz derivaba de ese hecho nfimo unsentimiento de poder.

    No durmi aquella noche, y cuando la primera luz defini el rectngulo de laventana, ya estaba perfecto su plan. Procur que ese da, que le pareciinterminable, fuera como los otros. Haba en la fbrica rumores de huelga;Emma se declar, como siempre, contra toda violencia. A las seis, concluido eltrabajo, fue con Elsa a un club de mujeres, que tiene gimnasio y pileta. Seinscribieron; tuvo que repetir y deletrear su nombre y su apellido, tuvo quefestejar las bromas vulgares que comentan la revisacin. Con Elsa y con lamenor de las Kronfuss discuti a qu cinematgrafo iran el domingo a la tarde.Luego, se habl de novios y nadie esper que Emma hablara. En abril cumpliradiecinueve aos, pero los hombres le inspiraban, an, un temor casi patolgico

  • De vuelta, prepar una sopa de tapioca y unas legumbres, comi temprano, seacost y se oblig a dormir. As, laborioso y trivial, pas el viernes quince, lavspera.

    El sbado, la impaciencia la despert. La impaciencia, no la inquietud, y elsingular alivio de estar en aquel da, por fin. Ya no tena que tramar y queimaginar; dentro de algunas horas alcanzara la simplicidad de los hechos. Leyen La Prensa que el Nordstjrnan, de Malm, zarpara esa noche del dique 3;llam por telfono a Loewenthal, insinu que deseaba comunicar, sin que losupieran las otras, algo sobre la huelga y prometi pasar por el escritorio, aloscurecer. Le temblaba la voz; el temblor convena a una delatora. Ningn otrohecho memorable ocurri esa maana. Emma trabaj hasta las doce y fij conElsa y con Perla Kronfuss los pormenores del paseo del domingo. Se acostdespus de almorzar y recapitul, cerrados los ojos, el plan que haba tramado.Pens que la etapa final sera menos horrible que la primera y que le deparara,sin duda, el sabor de la victoria y de la justicia. De pronto, alarmada, se levant ycorri al cajn de la cmoda. Lo abri; debajo del retrato de Milton Sills, dondela haba dejado la antenoche, estaba la carta de Fain. Nadie poda haberla visto;la empez a leer y la rompi.

    Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sera difcil y quizimprocedente. Un atributo de lo infernal es la irrealidad, un atributo que parecemitigar sus terrores y que los agrava tal vez. Cmo hacer verosmil una accinen la que casi no crey quien la ejecutaba, cmo recuperar ese breve caos quehoy la memoria de Emma Zunz repudia y confunde? Emma viva por Almagro,en la calle Liniers; nos consta que esa tarde fue al puerto. Acaso en el infamePaseo de Julio se vio multiplicada en espejos, publicada por luces y desnudadapor los ojos hambrientos, pero ms razonable es conjeturar que al principio err,inadvertida, por la indiferente recova Entr en dos o tres bares, vio la rutina olos manejos de otras mujeres. Dio al fin con hombres del Nordstjrnan. De uno,muy joven, temi que le inspirara alguna ternura y opt por otro, quiz ms bajoque ella y grosero, para que la pureza del horror no fuera mitigada. El hombre lacondujo a una puerta y despus a un turbio zagun y despus a una escaleratortuosa y despus a un vestbulo (en el que haba una vidriera con losangesidnticos a los de la casa en Lans) y despus a un pasillo y despus a una puertaque se cerr. Los hechos graves estn fuera del tiempo, ya porque en ellos elpasado inmediato queda como tronchado del porvenir, y a porque no parecenconsecutivas las partes que los forman.

    En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo desensaciones inconexas y atroces, pens Emma Zunz una sola vez en el muertoque motivaba el sacrificio? Yo tengo para m que pens una vez y que en esemomento peligr su desesperado propsito. Pens (no pudo no pensar) que supadre le haba hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora le hacan. Lo

  • pens con dbil asombro y se refugi, en seguida, en el vrtigo. El hombre, suecoo finlands, no hablaba espaol; fue una herramienta para Emma como sta lofue para l, pero ella sirvi para el goce y l para la justicia.

    Cuando se qued sola, Emma no abri en seguida los ojos. En la mesa de luzestaba el dinero que haba dejado el hombre: Emma se incorpor y lo rompicomo antes haba roto la carta. Romper dinero es una impiedad, como tirar elpan; Emma se arrepinti, apenas lo hizo. Un acto de soberbia y en aquel da Eltemor se perdi en la tristeza de su cuerpo, en el asco. El asco y la tristeza laencadenaban, pero Emma lentamente se levant y procedi a vestirse. En elcuarto no quedaban colores vivos; el ltimo crepsculo se agravaba. Emma pudosalir sin que la advirtieran; en la esquina subi a un Lacroze, que iba al oeste.Eligi, conforme a su plan, el asiento ms delantero, para que no le vieran lacara. Quiz le confort verificar, en el inspido traj n de las calles, que loacaecido no haba contaminado las cosas. Viaj por barrios decrecientes yopacos, vindolos y olvidndolos en el acto, y se ape en una de las bocacalles deWarnes. Paradjicamente su fatiga vena a ser una fuerza, pues la obligaba aconcentrarse en los pormenores de la aventura y le ocultaba el fondo y el fin.

    Aarn Loewenthal era, para todos, un hombre serio; para sus pocos ntimos,un avaro. Viva en los altos de la fbrica, solo. Establecido en el desmanteladoarrabal, tema a los ladrones; en el patio de la fbrica haba un gran perro y en elcajn de su escritorio, nadie lo ignoraba, un revlver. Haba llorado con decoro,el ao anterior, la inesperada muerte de su mujer una Gauss, que le trajo unabuena dote!, pero el dinero era su verdadera pasin. Con ntimo bochorno sesaba menos apto para ganarlo que para conservarlo. Era muy religioso; createner con el Seor un pacto secreto, que lo exima de obrar bien, a trueque deoraciones y devociones. Calvo, corpulento, enlutado, de quevedos ahumados ybarba rubia, esperaba de pie, junto a la ventana, el informe confidencial de laobrera Zunz.

    La vio empujar la verja (que l haba entornado a propsito) y cruzar el patiosombro. La vio hacer un pequeo rodeo cuando el perro atado ladr. Los labiosde Emma se atareaban como los de quien reza en voz baja; cansados, repetan lasentencia que el seor Loewenthal oira antes de morir.

    Las cosas no ocurrieron como haba previsto Emma Zunz. Desde lamadrugada anterior, ella se haba soado muchas veces, dirigiendo el firmerevlver, forzando al miserable a confesar la miserable culpa y exponiendo laintrpida estratagema que permitira a la Justicia de Dios triunfar de la justiciahumana. (No por temor, sino por ser un instrumento de la Justicia, ella no queraser castigada). Luego, un solo balazo en mitad del pecho rubricara la suerte deLoewenthal. Pero las cosas no ocurrieron as.

    Ante Aarn Loewenthal, ms que la urgencia de vengar a su padre, Emmasinti la de castigar el ultraje padecido por ello. No poda no matarlo, despus de

  • esa minuciosa deshonra. Tampoco tena tiempo que perder en teatraleras.Sentada, tmida, pidi excusas a Loewenthal, invoc (a fuer de delatora) lasobligaciones de la lealtad, pronunci algunos nombres, dio a entender otros y secort como si la venciera el temor. Logr que Loewenthal saliera a buscar unacopa de agua. Cuando ste, incrdulo de tales aspavientos, pero indulgente, volvidel comedor, Emma ya haba sacado del cajn el pesado revlver. Apret elgatillo dos veces. El considerable cuerpo se desplom como si los estampidos y elhumo lo hubieran roto, el vaso de agua se rompi, la cara la mir con asombro yclera, la boca de la cara la injuri en espaol y en disch. Las malas palabras nocejaban; Emma tuvo que hacer fuego otra vez. En el patio, el perro encadenadorompi a ladrar, y una efusin de brusca sangre man de los labios obscenos ymanch la barba y la ropa. Emma inici la acusacin que tena preparada ( Hevengado a mi padre y no me podrn castigar ), pero no la acab, porque elseor Loewenthal ya haba muerto. No supo nunca ni alcanz a comprender.

    Los ladridos tirantes le recordaron que no poda, an, descansar. Desorden eldivn, desabroch el saco del cadver, le quit los quevedos salpicados y los dejsobre el fichero. Luego tom el telfono y repiti lo que tantas veces repetira,con esas y con otras palabras: Ha ocurrido una cosa que es increble El seorLoewenthal me hizo venir con el pretexto de la huelga Abus de m, lo mat

    La historia era increble, en efecto, pero se impuso a todos, porquesustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero elpudor, verdadero el odio. Verdadero tambin era el ultraje que haba padecido;slo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios.

  • La casa de Asterin

    Y la reina dio a luz un hijo que se llamAsterin.

    APOLODORO, Biblioteca, III, 1

    S que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropa, y tal vez de locura. Talesacusaciones (que yo castigar a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad queno salgo de mi casa, pero tambin es verdad que sus puertas (cuyo nmero esinfinito)[5] estn abiertas da y noche a los hombres y tambin a los animales.Que entre el que quiera. No hallar pompas mujeriles aqu ni el bizarro aparatode los palacios pero s la quietud y la soledad. Asimismo hallar una casa comono hay otra en la faz de la tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hayuna parecida).

    Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otraespecie ridcula es que yo, Asterin, soy un prisionero. Repetir que no hay unapuerta cerrada, aadir que no hay una cerradura? Por lo dems, algnatardecer he pisado la calle; si antes de la noche volv, lo hice por el temor queme infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como lamano abierta. Ya se haba puesto el sol, pero el desvalido llanto de un nio y lastoscas plegarias de la grey dijeron que me haban reconocido. La gente oraba,hua, se prosternaba; unos se encaramaban al estilbato del templo de las Hachas,otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocult bajo el mar. No en vano fue unareina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia loquiera.

    El hecho es que soy nico. No me interesa lo que un hombre pueda transmitira otros hombres; como el filsofo, pienso que nada es comunicable por el arte dela escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espritu, queest capacitado para lo grande; jams he retenido la diferencia entre una letra yotra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que y o aprendiera a leer. Aveces lo deploro, porque las noches y los das son largos.

    Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va aembestir, corro por las galeras de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Meagazapo a la sombra de un alj ibe o a la vuelta de un corredor y juego a que mebuscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. Acualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y larespiracin poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado elcolor del da cuando he abierto los ojos). Pero de tantos juegos el que prefiero es

  • el de otro Asterin. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Congrandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahoradesembocamos en otro patio o Bien deca yo que te gustara la canaleta o Ahoravers una cisterna que se llen de arena o Ya vers cmo el stano se bifurca. Aveces me equivoco y nos remos buenamente los dos.

    No slo he imaginado esos juegos; tambin he meditado sobre la casa. Todaslas partes de la casa estn muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay unalj ibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce [son infinitos] lospesebres, abrevaderos, patios, alj ibes. La casa es del tamao del mundo; mejordicho, es el mundo.

    Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un alj ibe y polvorientas galerasde piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar.Eso no lo entend hasta que una visin de la noche me revel que tambin soncatorce [son infinitos] los mares y los templos. Todo est muchas veces, catorceveces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, elintrincado sol; abajo, Asterin. Quiz y o he creado las estrellas y el sol y laenorme casa, pero ya no me acuerdo.

    Cada nueve aos entran en la casa nueve hombres para que yo los libere detodo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galeras de piedra y corroalegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caensin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadveresay udan a distinguir una galera de las otras. Ignoro quines son, pero s que unode ellos profetiz, en la hora de su muerte, que alguna vez llegara mi redentor.Desde entonces no me duele la soledad, porque s que vive mi redentor y al finse levantar sobre el polvo. Si mi odo alcanzara todos los rumores del mundo, yopercibira sus pasos. Ojal me lleve a un lugar con menos galeras y menospuertas. Cmo ser mi redentor?, me pregunto. Ser un toro o un hombre?Ser tal vez un toro con cara de hombre? O ser como yo?

    El sol de la maana reverber en la espada de bronce. Ya no quedaba ni unvestigio de sangre.

    Lo creers, Ariadna? dijo Teseo. El minotauro apenas se defendi.

    A Marta Mosquera Eastman

  • La otra muerte

    Un par de aos har (he perdido la carta), Gannon me escribi deGualeguaych, anunciando el envo de una versin, acaso la primera espaola,del poema The Past, de Ralph Waldo Emerson, y agregando en una posdata quedon Pedro Damin, de quien yo guardara alguna memoria, haba muerto nochespasadas, de una congestin pulmonar. El hombre, arrasado por la fiebre, habarevivido en su delirio la sangrienta jornada de Masoller; la noticia me pareciprevisible y hasta convencional, porque don Pedro, a los diecinueve o veinteaos, haba seguido las banderas de Aparicio Saravia. La revolucin de 1904 lotom en una estancia de Ro Negro o de Paysand, donde trabajaba de pen;Pedro Damin era entrerriano, de Gualeguay, pero fue adonde fueron losamigos, tan animoso y tan ignorante como ellos. Combati en algn entrevero yen la batalla ltima; repatriado en 1905, retom con humilde tenacidad las tareasde campo. Que yo sepa, no volvi a dejar su provincia. Los ltimos treinta aoslos pas en un puesto muy solo, a una o dos leguas del ancay ; en aqueldesamparo, y o convers con l una tarde (yo trat de conversar con l unatarde), hacia 1942. Era hombre taciturno, de pocas luces. El sonido y la furia deMasoller agotaban su historia; no me sorprendi que los reviviera, en la hora desu muerte Supe que no vera ms a Damin y quise recordarlo; tan pobre esmi memoria visual que slo record una fotografa que Gannon le tom. Elhecho nada tiene de singular, si consideramos que al hombre lo vi a principios de1942, una vez, y a la efigie, muchsimas. Gannon me mand esa fotografa; la heperdido y ya no la busco. Me dara miedo encontrarla.

    El segundo episodio se produjo en Montevideo, meses despus. La fiebre y laagona del entrerriano me sugirieron un relato fantstico sobre la derrota deMasoller; Emir Rodrguez Monegal, a quien refer el argumento, me dio unaslneas para el coronel Dionisio Tabares, que haba hecho esa campaa. El coronelme recibi despus de cenar. Desde un silln de hamaca, en un patio, recordcon desorden y con amor los tiempos que fueron. Habl de municiones que nollegaron y de caballadas rendidas, de hombres dormidos y terrosos tej iendolaberintos de marchas, de Saravia, que pudo haber entrado en Montevideo y quese desvi, porque el gaucho le teme a la ciudad , de hombres degollados hastala nuca, de una guerra civil que me pareci menos la colisin de dos ejrcitosque el sueo de un matrero. Habl de Illescas, de Tupamba, de Masoller. Lohizo con perodos tan cabales y de un modo tan vivido que comprend quemuchas veces haba referido esas mismas cosas, y tem que detrs de suspalabras casi no quedaran recuerdos. En un respiro consegu intercalar el nombrede Damin.

    Damin? Pedro Damin? dijo el coronel. se sirvi conmigo. Untapecito que le decan Daymn los muchachos. Inici una ruidosa carcajada y

  • la cort de golpe, con fingida o veraz incomodidad.Con otra voz dijo que la guerra serva, como la mujer, para que se probaran

    los hombres, y que, antes de entrar en batalla, nadie saba quin es. Alguien podapensarse cobarde y ser un valiente, y asimismo al revs, como le ocurri a esepobre Damin, que se anduvo floreando en las pulperas con su divisa blanca ydespus flaque en Masoller. En algn tiroteo con los zumacos se port como unhombre, pero otra cosa fue cuando los ejrcitos se enfrentaron y empez elcaoneo y cada hombre sinti que cinco mil hombres se haban coaligado paramatarlo. Pobre gur, que se la haba pasado baando ovejas y que de pronto loarrastr esa patriada

    Absurdamente, la versin de Tabares me avergonz. Yo hubiera preferidoque los hechos no ocurrieran as. Con el viejo Damin, entrevisto una tarde, hacemuchos aos, y o haba fabricado, sin proponrmelo, una suerte de dolo; laversin de Tabares