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Las cinco personas que encontrarás en el cielo **Mitch Albom** BIBLIOTECASUD.BLOGSPOT.COM

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  • Las cinco personas que encontrars en el cielo

    **Mitch Albom**

    BIBLIOTECASUD.BLOGSPOT.COM

  • Mitch Albom Las cinco personas que encontrars en el cielo

    http://bibliotecasud.blogspot.com

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    Ttulo original:

    The five people you meet in heaven

    Diseo de cubierta:

    Romi Sanmart

    Fotografa de cubierta:

    AGE Fotostock

    YOU MADE ME LOVE YOU

    Copyright 1913 (Renovado) Broadway Music Corp., Edwin H. Morris Col, Redwood Music Ltd.

    Todos los derechos son de Broadway Music Corp., administrado por Sony/ATV Music

    Publishing & Music Square Nashville, TN 37203. Todos los derechos reservados. Utilizado con

    autorizacin.

    1 edicin: marzo de 2004

    2 edicin: abril de 2004

    3 edicin: abril de 2004

    4 edicin: junio de 2004

    5 edicin: octubre de 2004

    2003 MITCH ALBOM

    de la traduccin: Mariano Antoln Rato

    2004 MAEVA EDICIONES

    Benito Castro, 6

    28028 MADRID

    [email protected]s

    www.maeva.es

    ISBN: 84-96231-14-3

    Depsito legal: M-41.171-2004

    Fotocomposicin: G-4, S. A.

    Impresin y Encuademacin: Huertas, S. A.

    Impreso en Espaa / Printed in Spain

    Edicin digital Adrastea, Mayo de 2005

    Esto es una copia de seguridad de mi libro original en papel, para

    mi uso personal. Si ha llegado a tus manos, es en calidad de

    prstamo, de amigo a amigo, y debers destruirlo una vez lo hayas

    ledo, no pudiendo hacer, en ningn caso, difusin ni uso

    comercial del mismo.

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    Este libro est dedicado a Edward Beitchman, mi querido to, que me

    proporcion las primeras nociones del cielo. Todos los aos, en torno a la

    mesa de la cena de Accin de Gracias, hablaba de una noche en el hospital

    en que se despert y vio las almas de sus difuntos ms queridos sentadas en

    el borde de la cama, esperndole. Nunca he olvidado esa historia. Y nunca le

    he olvidado a l.

    Todo el mundo tiene una idea del cielo, como pasa en la mayora de las

    religiones, y todas ellas deben ser respetadas. La versin que se ofrece aqu

    slo es una suposicin, un deseo, en ciertos aspectos, que a mi to y a otros

    como l -personas que no se sentan importantes aqu en la tierra- les hizo

    darse cuenta, al final, de lo mucho que contaban y de cunto se les quiso.

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    El final

    Este relato es sobre un hombre que se llamaba Eddie y empieza por el final, con Eddie muriendo al sol. Puede parecer raro

    que un relato empiece por el final, pero todos los finales son tambin

    comienzos, lo que pasa es que no lo sabemos en su momento.

    La ltima hora de la vida de Eddie transcurri, como la mayora

    de las de los dems, en el Ruby Pier, un parque de atracciones junto

    a un ocano gris. El parque tena las atracciones habituales: una

    pasarela de madera, una noria, montaas rusas, autos de choque, un

    puesto de golosinas y una galera donde uno poda disparar chorros

    de agua a la boca de un payaso. Tambin tena una nueva atraccin

    que se llamaba la Cada Libre, y sera all donde morira Eddie, en

    un accidente que aparecera en los peridicos del estado.

    En el momento de su muerte, Eddie era un viejo rechoncho de

    pelo blanco, con el cuello corto, pecho abombado, antebrazos

    gruesos y un tatuaje medio borrado del ejrcito en el hombro

    derecho. Sus piernas ya eran delgadas y con venas, y la rodilla

    izquierda, herida durante la guerra, la tena destrozada por la

    artritis. Usaba un bastn para caminar. Su cara era ancha y estaba

    curtida por el sol, con unas patillas blanquecinas y una mandbula

    inferior que sobresala ligeramente y le haca parecer ms orgulloso

    de lo que se senta. Llevaba un pitillo detrs de la oreja izquierda y

    un aro con llaves colgado del cinturn. Calzaba unos zapatos de

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    suela de goma. En la cabeza llevaba una vieja gorra de lino. Su

    uniforme marrn claro era como el de un obrero, y eso era l, un

    obrero.

    El trabajo de Eddie consista en el mantenimiento de las

    atracciones, lo que en realidad significaba atender a su seguridad.

    Todas las tardes recorra el parque, comprobaba cada atraccin,

    desde el Remolino Supersnico al Tobogn Acutico. Buscaba tablas

    rotas, tornillos flojos, acero gastado. A veces se detena con los ojos

    vidriosos y la gente que pasaba crea que iba mal algo. Pero l

    simplemente escuchaba, slo eso. Despus de todos aquellos aos

    era capaz de or los problemas, deca, en los chisporroteos y

    farfulleos, y en el matraqueo de las maquinarias.

    Cuando le quedaban cincuenta minutos de vida en la tierra,

    Eddie dio el ltimo paseo por el Ruby Pier. Adelant a una pareja

    mayor.

    -Buenas -murmur tocndose la gorra.

    Ellos asintieron con la cabeza educadamente. Los clientes

    conocan a Eddie. Por lo menos los habituales. Le vean verano tras

    verano, una de esas caras que uno asocia con un sitio. En el pecho de

    la camisa de trabajo llevaba una etiqueta en la que se lea EDDIE

    encima de la palabra MANTENIMIENTO, y a veces le decan:

    Hola, Eddie Mantenimiento, pero l nunca le encontraba la gracia.

    Hoy, resulta que era el cumpleaos de Eddie, ochenta y tres aos.

    Un mdico, la semana anterior, le haba dicho que tena herpes.

    Herpes? Eddie ni siquiera saba lo que era. Antes tena fuerza

    suficiente para levantar un caballo del carrusel con cada brazo. Eso

    fue haca ya mucho tiempo.

    -Eddie! Llvame, Eddie! Llvame!

    Cuarenta minutos hasta su muerte, y Eddie se abri paso hasta el

    principio de la cola de la montaa rusa. Al menos una vez por

    semana se suba a cada atraccin, para asegurarse de que los frenos

    y la direccin funcionaban bien. Hoy le tocaba a la montaa rusa -la

    Montaa Rusa Fantasma la llamaban- y los nios que conocan a

    Eddie gritaban para que los subiese en la vagoneta con l.

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    A Eddie le gustaban los nios. No los quinceaeros. Los

    quinceaeros le daban dolor de cabeza. Con los aos, Eddie

    imaginaba que haba visto a todos los quinceaeros vagos y liosos

    que existan. Pero los nios eran diferentes. Los nios miraban a

    Eddie -que con su mandbula inferior saliente siempre pareca que

    estaba sonriendo, como un delfn- y confiaban en l. Les atraa igual

    que a unas manos fras el fuego. Se le sujetaban a las piernas.

    Jugaban con sus llaves. Eddie sola limitarse a gruir, sin hablar

    nunca demasiado. Imaginaba que les gustaba porque nunca hablaba

    mucho.

    Ahora Eddie dio un golpecito a dos nios que llevaban puestas

    unas gorras de bisbol con la visera al revs. Los pequeos corrieron

    a la vagoneta y se dejaron caer dentro. Eddie le entreg el bastn al

    encargado de la atraccin y se acomod poco a poco entre los dos.

    -All vamos! All vamos! -chill un nio, mientras el otro se

    pasaba el brazo de Eddie por encima del hombro. Eddie baj la

    barra de seguridad y, clac-clac-clac, se fueron para arriba.

    Corra una historia sobre Eddie. Cuando era chaval y viva junto

    a este mismo parque, tuvo una pelea callejera. Cinco chicos de la

    avenida Pitkin haban acorralado a su hermano Joe y estaban a

    punto de darle una paliza. Eddie estaba una manzana ms all, en

    un puesto, tomando un sandwich. Oy gritar a su hermano. Corri

    hasta la calleja, agarr la tapa de un cubo de basura y mand a dos

    chicos al hospital.

    Despus de eso, Joe pas meses sin hablarle. Estaba avergonzado.

    l era mayor, haba nacido antes, pero fue Eddie quien le haba

    defendido.

    Podemos repetir, Eddie? Por favor.

    Treinta y cuatro minutos de vida. Eddie levant la barra de

    seguridad, dio a cada nio un caramelo, recuper su bastn y luego

    fue cojeando hasta el taller de mantenimiento para refrescarse.

    Haca calor aquel da de verano. De haber sabido que su muerte era

    inminente, probablemente habra ido a otro sitio. Pero hizo lo que

    hacemos todos. Continu con su aburrida rutina como si todava

    estuvieran por venir todos los das del mundo.

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    Uno de los trabajadores del taller, un joven desgarbado de

    pmulos marcados que se llamaba Domnguez, estaba junto al

    depsito de disolvente; quitaba la grasa a un engranaje.

    -Hola, Eddie -dijo.

    -Dom -respondi Eddie.

    El taller ola a serrn. Era oscuro y estaba atestado, tena el techo

    bajo y en las paredes haba ganchos de los que colgaban taladros,

    sierras y martillos. Por todos lados haba partes del esqueleto de

    atracciones del parque: compresores, motores, cintas transporta-

    doras, bombillas, la parte de arriba de la cabeza de un pirata.

    Amontonados contra una pared haba botes de caf con clavos y

    tornillos, y amontonados contra otra pared, interminables botes de

    grasa.

    Engrasar un eje, deca Eddie, no requera mayor esfuerzo mental

    que fregar un plato; la nica diferencia era que cuando uno lo haca

    se pona ms sucio, no ms limpio. Y aqul era el tipo de trabajo que

    haca Eddie: engrasar, ajustar frenos, tensar pernos, comprobar

    paneles elctricos. Muchas veces haba ansiado dejar aquel sitio,

    encontrar un trabajo distinto, iniciar otro tipo de vida. Pero vino la

    guerra. Sus planes nunca se llevaron a cabo. Con el tiempo se

    encontr con canas, los pantalones ms flojos y aceptando, cansino,

    que l era se y lo sera siempre, un hombre con arena en los zapatos

    en un mundo de risas mecnicas y salchichas a la plancha. Como su

    padre antes que l, como indicaba la etiqueta de su camisa, Eddie se

    ocupaba del mantenimiento, era el jefe de mantenimiento o, como a

    veces le llamaban los nios, el hombre de las atracciones del Ruby

    Pier.

    Quedaban treinta minutos.

    -Oye, me he enterado de que es tu cumpleaos. Felicidades -dijo

    Domnguez.

    Eddie gru.

    -No haces una fiesta o algo?

    Eddie le mir como si aquel tipo estuviera loco. Durante un

    momento pens en lo extrao que era envejecer en un sitio que ola

    a algodn de azcar.

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    -Bueno, acurdate, Eddie, la semana que viene libro, a partir del

    lunes. Me voy a Mxico.

    Eddie asinti con la cabeza y Domnguez dio unos pasos de baile.

    -Yo y Teresa. Vamos a ver a toda la familia. Una buena fiesta.

    Dej de bailar cuando se dio cuenta de que Eddie lo miraba

    fijamente.

    -Has estado alguna vez? -dijo Domnguez.

    -Dnde?

    -En Mxico.

    Eddie ech aire por la nariz.

    -Muchacho, yo nunca he estado en ninguna parte a la que no me

    mandaran con un fusil.

    Sigui con la mirada a Domnguez, que volva al fregadero. Pens

    unos momentos. Luego sac un pequeo fajo de billetes del bolsillo

    y apart los nicos billetes de veinte que tena, dos. Se los tendi.

    -Cmprale algo bonito a tu mujer -dijo Eddie.

    Domnguez mir el dinero, exhibi una gran sonrisa y dijo:

    -Venga, hombre. Ests seguro?

    Eddie puso el dinero en la palma de la mano de Domnguez.

    Luego sali para volver a la zona de almacenamiento. Aos atrs

    haban hecho un pequeo agujero para pescar en las tablas de la

    pasarela, y Eddie levant el tapn de plstico. Tir de un sedal de

    nailon que caa unos tres metros hasta el mar. Todava tena sujeto

    un trozo de mortadela.

    -Pescamos algo? -grit Domnguez-. Dime que hemos pescado

    algo!

    Eddie se pregunt cmo podra ser tan optimista aquel tipo. En

    aquel sedal nunca haba nada.

    -Cualquier da -grit Domnguez- vamos a pescar un abadejo.

    -Claro -murmur Eddie, aunque saba que nunca podran pasar

    un pez por un agujero tan pequeo.

    Veintisis minutos de vida. Eddie cruz la pasarela de madera

    hasta el extremo sur. No haba mucho movimiento. La chica del

    mostrador de golosinas estaba acodada, haciendo globos con su

    chicle.

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    En otro tiempo el Ruby Pier era el sitio al que se iba en verano.

    Tena elefantes y fuegos artificiales y concursos de bailes de

    resistencia. Pero la gente ya no iba tanto a los parques de atracciones

    del ocano; iban a los parques temticos, donde pagaban setenta y

    cinco dlares por entrar y les sacaban una foto con un personaje

    peludo gigante.

    Eddie pas renqueando junto a los autos de choque y clav la

    mirada en un grupo de quinceaeros que se apoyaban en la

    barandilla. Estupendo -pens-. Justo lo que necesitaba.

    -Largo -dijo Eddie golpeando la barandilla con el bastn-. Venga.

    Eso no es seguro

    Los quinceaeros le miraron enfadados. Las barras verticales de

    los coches chisporroteaban con la electricidad. Zzzap, zzzap.

    -Eso no es seguro -repiti Eddie.

    Los quinceaeros se miraron unos a otros. Un chico que llevaba

    un mechn naranja en el pelo hizo un gesto de burla a Eddie y luego

    se subi a la barandilla del centro.

    -Venga, colegas, pilladme -grit haciendo gestos a los jvenes que

    conducan-. Pilladme.

    Eddie golpe la barandilla con tanta fuerza que el bastn casi se le

    parte en dos.

    -Fuera!

    Los chicos se marcharon.

    Corra otra historia sobre Eddie. Cuando era soldado, entr en

    combate numerosas veces. Haba sido muy valiente. Incluso gan

    una medalla. Pero hacia el final de su tiempo de servicio se pele

    con uno de sus propios hombres. As fue como hirieron a Eddie.

    Nadie saba qu le pas al otro tipo. Nadie lo pregunt.

    Cuando le quedaban diecinueve minutos en la tierra, Eddie se

    sent por ltima vez en una vieja silla de playa de aluminio, con sus

    cortos y musculosos brazos cruzados en el pecho como las aletas de

    una foca. Sus piernas estaban rojas por el sol y en su rodilla

    izquierda todava se distinguan cicatrices. La verdad es que gran

    parte del cuerpo de Eddie sugera que haba sobrevivido a algn

    enfrentamiento. Sus dedos estaban doblados en ngulos imposibles

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    debido a numerosas fracturas originadas por maquinaria variada.

    Le haban roto la nariz varias veces en lo que l llamaba peleas de

    bar. Su cara de amplia mandbula quiz haba sido alguna vez

    armoniosa, del modo en que puede serlo la de un boxeador antes de

    recibir demasiados puetazos.

    Ahora Eddie slo pareca cansado. Aqul era su puesto habitual

    en la pasarela del Ruby Pier, detrs de la Liebre, que en la dcada de

    1980 fue el Rayo, que en la de 1970 fue la Anguila de Acero, que en

    la de 1960 fue el Pirul Saltarn, que en la de 1950 fue Laff en la

    Noche, y que antes de eso fue la Pista de Baile Polvo de Estrellas.

    Que fue donde Eddie conoci a Marguerite.

    Toda vida tiene un instante de amor del de verdad. Para Eddie,

    el suyo tuvo lugar una clida noche de septiembre despus de una

    tormenta, cuando la pasarela de madera estaba lavada por la lluvia.

    Ella llevaba un vestido de algodn amarillo y un pasador rosa en el

    pelo. Eddie no habl mucho. Estaba tan nervioso que tena la

    sensacin de que la lengua se le haba pegado a los dientes. Bailaron

    con la msica de una gran orquesta, la orquesta de Delaney el

    Larguirucho y sus Everglades. La invit a una limonada. Ella dijo

    que se tena que ir antes de que se enfadaran sus padres. Pero

    cuando se alejaba, se volvi y le salud con la mano.

    Aqul fue el instante. Durante el resto de su vida, siempre que

    pensaba en Marguerite, Eddie vea aquel momento, a ella despidin-

    dose con la mano, el pelo oscuro cayndole sobre un ojo, y senta el

    mismo acelern arterial de amor.

    Aquella noche volvi a casa y despert a su hermano mayor. Le

    dijo que haba conocido a la chica con la que se iba a casar.

    -Durmete, Eddie -gru su hermano.

    Sssh. Una ola rompi en la playa. Escupi algo que no quiso ver.

    Lo lanz lejos.

    Sssh. Antes pensaba mucho en Marguerite. Ahora ya no tanto.

    Ella era como una herida debajo de un antiguo vendaje, y l se haba

    ido acostumbrando al vendaje.

    Sssh.

    Qu era herpes?

    Sssh.

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    Diecisis minutos de vida.

    Ninguna historia encaja por s sola. A veces las historias se tocan

    en los bordes y otras veces se tapan completamente una a otra, como

    piedras debajo de un ro.

    El final de la historia de Eddie qued afectado por otra historia

    aparentemente inocente, de meses antes; una tarde con nubes en que

    un joven lleg al Ruby Pier con tres amigos.

    El joven, que se llamaba Nicky, acababa de empezar a conducir y

    todava no se senta cmodo llevando un llavero. De modo que sac

    nicamente la llave del coche y se la guard en el bolsillo de la

    chaqueta, luego se at la chaqueta a la cintura.

    Durante las horas siguientes, l y sus amigos se subieron a todas

    las atracciones ms rpidas: el Halcn Volador, el Amerizaje, la

    Cada Libre, la Montaa Rusa Fantasma.

    -Sin manos! -grit uno de ellos.

    Alzaron las manos al aire.

    Ms tarde, cuando haba oscurecido, volvieron al aparcamiento,

    agotados y entre risas, tomando cervezas que llevaban dentro de

    bolsas de papel de estraza. Nicky meti la mano en el bolsillo de la

    chaqueta y busc. Solt un taco.

    La llave haba desaparecido.

    Catorce minutos para su muerte. Eddie se sec la frente con un

    pauelo. All en el ocano, diamantes de luz del sol bailaban en el

    agua, y Eddie contempl su vivo movimiento. No haba vuelto a

    estar bien de pie desde la guerra.

    Pero volvi a la Pista de Baile Polvo de Estrellas con Marguerite;

    all Eddie haba sido tocado por la gracia. Cerr los ojos y se

    abandon a la evocacin de la cancin que les haba unido, la que

    Judy Garland cantaba en aquella pelcula. Se mezclaba dentro de su

    cabeza con la cacofona de las olas rompiendo y los nios gritando

    en las atracciones.

    -Hiciste que te amara...

    Ssshhh.

    -Yo no quera...

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    Splllaaashhh.

    -... amarte... Ssshhh.

    -... siempre lo sabrs, y siempre...

    Splllaaashhh.

    -... lo sabrs...

    Eddie not las manos de ella en sus hombros. Apret los ojos con

    fuerza para hacer ms vivido el recuerdo.

    Doce minutos de vida.

    -Perdone.

    Una nia, puede que de unos ocho aos, estaba de pie delante de

    l, tapndole el sol. Tena rizos rubios y llevaba sandalias, unos

    vaqueros cortados y una camiseta verde lima que llevaba un pato de

    dibujos animados en la parte de delante. Amy, pens que se

    llamaba. Amy o Annie. Haba estado por all muchas veces aquel

    verano, aunque Eddie nunca vio a una madre o a un padre.

    -Perdooone -repiti la nia-. Eddie Mantenimiento?

    Eddie solt un suspiro.

    -Slo Eddie -dijo.

    -Eddie?

    -S?

    -Puede hacerme...?

    Uni las manos como si rezara.

    -Vamos, nia. No tengo todo el da.

    -Puede hacerme un animal? Puede?

    Eddie alz la vista, como si tuviera que pensarlo. Luego se busc

    en el bolsillo de la camisa y sac tres limpiapipas amarillos que

    llevaba con aquel objetivo.

    -Qu bien! -dijo la nia dando palmadas.

    Eddie empez a retorcer los limpiapipas.

    -Dnde estn tus padres?

    -Montando en las atracciones.

    -Sin ti?

    La nia se encogi de hombros.

    -Mam est con su novio.

    Eddie alz la vista. Ah.

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    - 13 -

    Dobl los limpiapipas en varios crculos pequeos, luego enroll

    con cuidado los crculos uno en torno a otro. Ahora le temblaban las

    manos, de modo que le llevaba ms tiempo que antes, pero los

    limpiapipas pronto tenan la forma de una cabeza, unas orejas,

    cuerpo y un rabo.

    -Un conejo? -dijo la nia.

    Eddie gui el ojo.

    -Graaacias!

    La nia se puso a dar vueltas, perdida en ese sitio donde los nios

    ni siquiera saben que se les mueven los pies. Eddie se volvi a secar

    la frente, luego cerr los ojos, se hundi en la silla de playa y trat

    de que la vieja cancin le volviera a la cabeza.

    Una gaviota grazn mientras pasaba volando por encima de l.

    Como eligen las personas sus ltimas palabras? Se dan cuenta

    de su importancia? Han sido sealadas por el destino para que

    sean inteligentes?

    A sus ochenta y tres aos Eddie haba perdido a casi todos los que

    le haban importado. Unos murieron jvenes, y a otros se les haba

    dado la oportunidad de hacerse viejos antes de que una enfermedad

    o un accidente se los llevase. En sus funerales, Eddie escuchaba

    cmo los asistentes recordaban sus ltimas palabras. Es como si

    supiera que iba a morir..., decan algunos.

    Eddie nunca lo crea. Por lo que saba, cuando te tocaba, te tocaba,

    eso era todo. Podas decir algo inteligente al irte, pero tambin era

    posible que dijeras algo estpido.

    Que conste, las ltimas palabras de Eddie seran:

    -Atrs!

    stos son los sonidos de los ltimos minutos de Eddie en la

    tierra. Olas que rompen. El lejano estrpito de msica de rock. El

    zumbido del motor de un pequeo biplano que lleva un anuncio a la

    cola. Y esto:

    -Dios mo! Miren!

    Eddie not que los ojos se le disparaban debajo de los prpados.

    Con los aos, haba llegado a familiarizarse con todos los ruidos del

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    - 14 -

    Ruby Pier y poda dormir a pesar de ellos como si fueran una

    cancin de cuna.

    Aquella voz no era de una cancin de cuna.

    -Dios mo! Miren!

    Eddie se puso de pie como impulsado por un resorte. Una mujer

    con brazos rollizos y con hoyuelos alzaba una bolsa de la compra y

    sealaba algo gritando. Un pequeo grupo se haba reunido en

    torno a ella; todos miraban al cielo.

    Eddie lo vio de inmediato. En la parte de arriba de la Cada Libre,

    la nueva atraccin cada de la torre, una de las vagonetas estaba

    inclinada en ngulo, como si intentara volcar su carga. Cuatro

    pasajeros, dos hombres y dos mujeres, sujetos nicamente por una

    barra de seguridad, se agarraban frenticamente a lo que podan.

    -Oh, Dios mo! -grit la mujer gorda-. Se van a caer!

    Una voz grazn por la radio del cinturn de Eddie.

    -Eddie! Eddie!

    l puls el botn.

    -Lo estoy viendo! Llama a seguridad!

    Personas que suban corriendo de la playa sealaban como si

    hubieran ensayado esa escena. Mirad! All arriba! Una atraccin

    se ha soltado! Eddie agarr su bastn y fue cojeando hasta la valla

    de seguridad que rodeaba la base de la plataforma; el manojo de

    llaves sonaba contra su cadera. El corazn se le haba desbocado.

    En la Cada Libre dos vagonetas hacan un descenso de esos que

    revuelven el estmago y se detena en el ltimo instante debido a un

    chorro de aire hidrulico. Cmo se habra soltado una vagoneta

    as? Estaba ladeada unos centmetros por debajo de la plataforma

    superior, como si hubiera empezado a bajar y luego hubiera

    cambiado de idea.

    Eddie lleg a la puerta y tuvo que tomar aliento. Domnguez

    vena corriendo desde el taller y casi se estrell contra l.

    -yeme bien! -dijo Eddie agarrando a Domnguez por los

    hombros. Le apretaba con tanta fuerza que Domnguez hizo una

    mueca de dolor-. yeme bien! Quin est ah arriba?

    -Willie.

    -Bien. Debe de haber accionado la parada de emergencia. Por eso

    est colgando la vagoneta. Sube por la escalerilla y dile que libere

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    - 15 -

    manualmente la sujecin de seguridad para que esas personas

    puedan salir. Vale? Est al fondo de la vagoneta, as que vas a tener

    que sujetarlo mientras l se estira. Entendido? Luego..., luego los

    dos... Los dos, no uno solo, lo entiendes?, los dos sacis a esa gente.

    Uno sujeta al otro. Entendido?

    Domnguez asinti rpidamente con la cabeza.

    -Despus mandad esa puetera vagoneta abajo para que

    podamos saber lo que pas!

    La cabeza de Eddie lata. Aunque en su parque nunca haba

    habido accidentes importantes, conoca terribles historias relaciona-

    das con su profesin. Una vez, en Brighton, un perno se desenrosc

    de una gndola y dos personas cayeron y se mataron. Otra vez, en el

    Parque de las Maravillas, un hombre haba intentado cruzar el carril

    de una montaa rusa; cay y qued sujeto por los sobacos. Qued

    encajado y empez a chillar al ver que las vagonetas iban a toda

    velocidad hacia l y... Bueno, fue horrible.

    Eddie se quit aquello de la mente. Ahora haba gente a su

    alrededor, tapndose la boca con la mano, mirando cmo

    Domnguez trepaba por la escalerilla. Eddie trat de recordar las

    entraas de la Cada Libre. Motor. Cilindros. Hidrulica. Juntas.

    Cables. Cmo se poda soltar una vagoneta? Sigui visualmente la

    atraccin, desde las cuatro personas aterradas de la cima, bajando

    por el eje, hasta la base. Motor. Cilindros. Hidrulica. Juntas.

    Cables.

    Domnguez lleg a la plataforma superior. Hizo lo que Eddie le

    haba dicho, agarr a Willie mientras ste se estiraba hacia la parte

    de atrs de la vagoneta para soltar la sujecin. Una de las ocupantes

    se lanz hacia Willie y casi lo ech fuera de la plataforma. La

    multitud contuvo el aliento.

    -Espera... -se dijo Eddie a s mismo.

    Willie prob de nuevo. Esta vez logr accionar el dispositivo de

    seguridad.

    -El cable -murmur Eddie.

    La barra se levant y la multitud solt un:

    -Oooh.

    Llevaron rpidamente a los ocupantes a la plataforma.

    -El cable se est rompiendo...

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    - 16 -

    LIBROS LIBRES LIBROS LIBRES

    Eddie tena razn. En el interior de la base de la Cada Libre,

    oculto a la vista, el cable que suba a la vagoneta nmero 2 haba

    estado rozando durante los ltimos meses en una polea bloqueada,

    que haba ido serrando los hilos de acero del cable -como si pelara

    una espiga de trigo- hasta que prcticamente estuvieron cortados.

    Nadie lo haba notado. Cmo lo iban a notar? Slo una persona que

    hubiera reptado dentro del mecanismo podra haber visto la

    improbable causa del problema.

    La polea estaba bloqueada por un objeto pequeo que deba de

    haber cado por la abertura en algn momento.

    Una llave de coche.

    -No sueltes la vagoneta! -grit Eddie. Haca gestos con las

    manos-. Oye! Oooye! Es el cable! No sueltes la vagoneta! Se

    partir!

    La multitud apag su voz. Vitoreaba enfebrecida mientras Willie

    y Domnguez descargaban al ltimo ocupante. Los cuatro estaban a

    salvo. Se abrazaban encima de la plataforma.

    -Dom! Willie! -gritaba Eddie. Una persona choc contra su

    cintura, tirando su walkie-talkie al suelo. Eddie se dobl para

    recogerlo. Willie fue a los controles. Puso el dedo encima del botn

    verde. Eddie alz la vista.

    -No! No! No! No hagas eso!

    Eddie se volvi hacia la multitud.

    -Atrs!

    Algo de la voz de Eddie deba de haber atrado la atencin de la

    gente; dejaron de soltar vtores y empezaron a dispersarse. Se hizo

    un claro debajo de la Cada Libre.

    Y Eddie vio la ltima cara de su vida.

    Cada encima de la base metlica de la atraccin, como si alguien

    la hubiera tirado all, la nariz moquendole y las lgrimas

    llenndole los ojos, estaba la nia con el animal hecho con

    limpiapipas. Amy? Annie?

    -Mami..., mam..., mam -balbuceaba, casi rtmicamente,

    paralizada, como los nios cuando lloran.

    -Mami... Mam..., mami... Mam...

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    - 17 -

    La mirada de Eddie salt de ella a las vagonetas. Tena tiempo?

    Ella y las vagonetas...

    Whump. Demasiado tarde. Las vagonetas caan... Dios santo, ha

    soltado el freno! Para Eddie todo sucedi como a cmara lenta.

    Dej caer su bastn e hizo esfuerzos con su pierna mala hasta que

    not una descarga de dolor que casi lo hizo caer. Un gran paso. Otro

    paso. Dentro de la caja de la Cada Libre, se rompi el ltimo hilo

    del cable y destroz la conduccin hidrulica. La vagoneta nmero 2

    ahora caa como un peso muerto, nada la podra detener, una roca

    cayendo por un despeadero.

    En aquellos momentos finales, a Eddie le pareci or el mundo

    entero: gritos lejanos, olas, msica, una rfaga de viento, un sonido

    grave, intenso y feo que, comprendi, era su propia voz que le

    perforaba el pecho. La nia alz los brazos. Eddie se lanz. Su

    pierna mala le fall. Medio volando, medio tambalendose avanz

    hacia la pequea y cay en la plataforma metlica, que desgarr su

    camisa y le abri la carne, justo debajo de la etiqueta en la que se lea

    EDDIE y MANTENIMIENTO. Not dos manos en la suya, dos

    manos pequeas.

    Hubo un gran impacto.

    Un cegador relmpago de luz.

    Y despus, nada.

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    - 18 -

    EL CUMPLEAOS DE EDDIE ES HOY

    Dcada de 1920. En un hospital atestado de uno de los barrios ms

    pobres de la ciudad, el padre de Eddie fuma pitillos en la sala de espera,

    donde hay otros padres que tambin fuman. La enfermera entra con una

    tablilla con pinza. Dice su nombre. Lo pronuncia mal. Los dems hombres

    sueltan humo. Y bien?

    l levanta la mano.

    -Felicidades -dice la enfermera.

    La sigue por el pasillo hasta la sala de los recin nacidos. Sus zapatos

    hacen un ruido seco contra el suelo.

    -Espere aqu-dice la enfermera.

    Por el cristal ve que ella comprueba los nmeros de las cunas de madera.

    Pasa delante de una, no es la suya, de otra, no es la suya, de otra, no es la

    suya, de otra, no es la suya.

    Se detiene. All. Debajo de la manta. Una cabeza diminuta con un

    gorrito azul. Comprueba su tablilla con pinza otra vez, luego seala.

    El padre respira pesadamente, asiente con la cabeza. Durante un

    momento su cara parece desmoronarse, como un puente que se hundiera en

    un ro. Luego sonre.

    El suyo.

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    - 19 -

    El viaje

    Eddie no vio nada de su momento final en la tierra, ni del parque de atracciones, ni de la multitud, ni de la vagoneta de fibra

    de cristal destrozada.

    En las historias sobre la vida despus de la muerte, muchas veces

    el alma flota por encima del momento del adis, vuela sobre los

    coches de la polica en los accidentes de carretera, o se agarra como

    una araa a los techos de la habitacin del hospital. sas son las

    personas a las que se concede una segunda oportunidad, las que por

    alguna razn recuperan su lugar en el mundo.

    Eddie, pareca, no tendra una segunda oportunidad.

    Dnde...?

    Dnde...?

    Dnde...?

    El cielo era una neblinosa sombra de color calabaza, luego

    turquesa intenso, luego lima brillante. Eddie estaba flotando y sus

    brazos todava estaban extendidos.

    Dnde...?

    La vagoneta de la torre caa. Eso l lo recordaba. La nia -;Amy?

    Annie?- lloraba. Eso l lo recordaba. Recordaba que l se haba

    lanzado hacia ella. Recordaba que l se golpeaba contra la

    plataforma. Notaba dos manitas en las suyas.

    Luego qu?

    La salv?

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    - 20 -

    Eddie slo poda imaginarlo, como si hubiera pasado aos atrs.

    Forastero todava, no senta ninguna de las emociones que se

    experimentan en tales ocasiones. Slo senta calma, como un nio

    acunado en los brazos de su madre.

    Dnde...?

    El cielo que le rodeaba volvi a cambiar, primero a un amarillo de

    pomelo, luego a un verde de bosque, luego a un rosa que

    momentneamente Eddie asoci con, qu sorpresa, algodn de

    azcar.

    La salv?

    Estaba viva?

    Dnde...

    ... est mi preocupacin?

    Dnde est mi dolor?

    Era eso lo que echaba en falta. Todo el dao que haba sufrido

    alguna vez, todo el dolor que alguna vez haba soportado; todo eso

    haba desaparecido como una expiracin. No senta la agona. No

    senta tristeza. Notaba su conciencia humeante, ascendiendo en

    espiral, incapaz de nada excepto calma. Ahora, por debajo de l, los

    colores volvieron a cambiar. Algo haca remolinos. Agua. Un

    ocano. Flotaba sobre un enorme mar amarillo. Ahora se volva de

    color meln. Ahora era azul como un zafiro. Ahora l empezaba a

    caer, precipitndose hacia la superficie. Todo fue ms rpido de lo

    que l haba imaginado nunca, y, sin embargo, no sinti la brisa en

    su cara, y tampoco tuvo miedo. Vio la arena de una orilla dorada.

    Luego estaba bajo el agua.

    Luego todo estaba en silencio.

    Dnde est mi preocupacin?

    Dnde est mi dolor?

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    - 21 -

    EL CUMPLEAOS DE EDDIE ES HOY

    Tiene cinco aos. Es un domingo por la tarde en el Ruby Pier. Hay mesas

    plegables dispuestas en la pasarela de madera que se levanta junto a la

    alargada playa blanca. Hay una tarta de vainilla con velas azules y una

    jarra de zumo de naranja. Los empleados del parque de atracciones se

    mueven en las cercanas; los charlatanes, los teloneros, los cuidadores de

    animales, algunos de los del criadero de peces. El padre de Eddie, como de

    costumbre, participa en una partida de naipes. Eddie juega a sus pies. Su

    hermano mayor, Joe, est haciendo ejercicios gimnsticos delante de un

    grupo de mujeres mayores, que fingen inters y aplauden educadamente.

    Eddie lleva puesto su regalo de cumpleaos: un sombrero rojo de vaquero

    y una cartuchera de juguete. Se levanta y corre de un grupo a otro, saca la

    pistola de juguete y dice:

    -Bang, bang!

    -Ven aqu, chico. -Mickey Shea le hace seas desde un banco cercano.

    -Bang, bang -dice Eddie.

    Mickey Shea trabaja con el padre de Eddie reparando las atracciones. Es

    gordo, usa tirantes y siempre est cantando canciones irlandesas. A Eddie

    le huele raro, como el jarabe para la tos.

    -Ven. Deja que te d los coscorrones por tu cumpleaosdice-. Como

    hacemos en Irlanda.

    De repente, los largos brazos de Mickey estn debajo de los sobacos de

    Eddie y le levantan, luego le dan la vuelta y queda colgando por los pies. El

    sombrero de Eddie cae al suelo.

    -Cuidado, Mickey! -grita la madre de Eddie, y su padre alza la vista,

    sonre y luego vuelve a su partida de cartas.

    -Jo, jo. Le tengo -dice Mickey-. Ahora un coscorrn por cada ao.

    Mickey baja a Eddie con cuidado, hasta que la cabeza roza contra el

    suelo.

    -Uno!

    Mickey vuelve a alzar a Eddie. Los dems se les unen riendo. Gritan:

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    - 22 -

    -Dos...! Tres...!

    Boca abajo, Eddie no est seguro de quin es. La cabeza le empieza a

    pesar.

    -Cuatro...! -gritan-. Y cinco!

    Lo levantan, queda cabeza arriba y lo dejan en el suelo. Todos aplauden.

    Eddie agarra su sombrero y luego da un traspi. Se levanta, va

    tambalendose hasta Mickey Shea y le da un puetazo en el brazo.

    -Jo, jo! Y eso por qu, hombrecito? -dice Mickey. Todos se ren. Eddie se

    vuelve y se aleja corriendo, tres pasos, antes de encontrarse en los brazos de

    su madre.

    -Ests bien, mi querido cumpleaero?-Ella slo est a unos centmetros

    de su cara. l ve sus labios pintados de un rojo intenso, sus regordetas

    mejillas suaves y la onda de su pelo castao.

    -Estaba al revs -le cuenta l.

    -Ya lo vi -dice ella.

    Le vuelve a poner el sombrero en la cabeza. Ms tarde dar un paseo con

    l por el parque, a lo mejor lo lleva a que se suba a un elefante, o a ver a los

    pescadores del muelle que recogen sus redes al caer la tarde, con los peces

    dando saltos como brillantes monedas mojadas. Ella le llevar cogido de la

    mano y le dir que Dios est orgulloso de l por ser un nio bueno el da de

    su cumpleaos, y eso har que el mundo parezca que est otra vez como

    debe.

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    - 23 -

    La llegada

    Eddie despert dentro de una taza de t. Formaba parte de alguna atraccin de un antiguo parque; una

    taza de t grande, hecha de madera oscura, brillante, con un asiento

    tapizado y una puerta con bisagras de acero. Los brazos y las

    piernas de Eddie colgaban por encima de los bordes. El cielo

    continuaba cambiando de color, de un marrn de piel de zapato a

    un escarlata intenso.

    Instintivamente busc el bastn. Los ltimos aos lo dejaba junto

    a la cama porque haba maanas en que ya no tena fuerzas para

    levantarse sin l. Eso le molestaba, pues antes sola dar palmadas en

    los hombros a sus amigos cuando los saludaba.

    Pero ahora no estaba el bastn, conque Eddie suspir y trat de

    levantarse. Sorprendentemente la espalda no le doli. No sinti

    punzadas en la pierna. Hizo un esfuerzo mayor y salt sin

    problemas por encima del borde de la taza de t. Cay suavemente

    en el suelo, donde le sorprendieron tres rpidos pensamientos.

    Primero, se senta maravillosamente bien.

    Segundo, estaba completamente solo.

    Tercero, todava estaba en el Ruby Pier.

    Pero ahora era un Ruby Pier diferente. Haba tiendas de lona,

    grandes espacios con csped y tan pocos obstculos que se poda ver

    la musgosa rompiente de agua en el borde del ocano. Los colores

    de las atracciones eran el rojo del cuartel de bomberos y el crema -

    nada de azules o granates-, y cada atraccin tena su propio

    despacho de entradas de madera. La taza de t donde haba

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    - 24 -

    despertado formaba parte de una antigua atraccin que se llamaba

    Girmetro. Su cartel era de contrachapado, igual que los dems

    carteles que colgaban bajos, encima de las fachadas de los puestos

    que se alineaban en el paseo.

    Cigarros El Tiempo! Eso es fumar!

    Sopa de pescado, 10 centavos!

    El Ltigo, la sensacin de la temporada!

    Eddie parpade muy sorprendido. Aquello era el Ruby Pier de su

    infancia, unos setenta y cinco aos atrs, slo que todo estaba nuevo

    y recin limpio. Ms all estaba el Rizar el Rizo, que haba sido

    desmontado haca dcadas, y algo ms lejos, las casetas de bao y

    las piscinas de agua salada que haban sido demolidas en la dcada

    de 1950. Destacndose en el cielo, estaba la noria original -con su

    pintura blanca intacta- y, tras ella, las calles de su antiguo barrio y

    los tejados de las apiadas casas de ladrillos, con cuerdas para

    tender la ropa entre las ventanas.

    Eddie intent gritar, pero slo le sali un sonido ronco. Articul

    un Hola!, pero de su garganta no sali nada.

    Se agarr brazos y piernas. Aparte de su falta de voz, se senta

    increblemente bien. Anduvo en crculo. Dio un salto. Ningn dolor.

    En los ltimos diez aos haba olvidado lo que era andar sin una

    mueca de dolor o sentarse sin tener que hacer esfuerzos para

    acomodar la parte baja de la espalda. Por fuera, l tena el mismo

    aspecto que el de aquella maana: un viejo rechoncho, con el pecho

    abombado, que llevaba gorra, pantalones cortos y el jersey marrn

    de su trabajo. Pero se senta flexible. Tan flexible, en realidad, que se

    poda tocar los tobillos y levantar una pierna hasta su barriga.

    Explor su cuerpo como un nio pequeo, fascinado por la nueva

    mecnica, un hombre de goma haciendo un estiramiento de hombre

    de goma.

    Luego corri.

    Ja, ja! Corra! Eddie no haba corrido de verdad desde haca ms

    de sesenta aos. Desde la guerra, no haba corrido, pero ahora

    estaba corriendo. Empez con unos cuantos pasos cautelosos, luego

    aceler, a toda velocidad, ms rpido, ms rpido, corriendo como

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    - 25 -

    el chico que era en su juventud. Corri por la pasarela de madera y

    pas por delante de un puesto de cebo vivo para pescadores (cinco

    centavos) y de otro donde alquilaban trajes de bao (tres centavos).

    Pas por delante de un tobogn que se llamaba los Dibujos

    Deslizantes. Corri por el paseo del Ruby Pier, debajo de magnficos

    edificios de estilo rabe con agujas, minaretes y cpulas bulbosas.

    Pas corriendo junto al Carrusel Parisiense, con sus caballos de

    madera tallada, cristales de espejo y msica de organillo; todo

    brillante y nuevo. Slo una hora antes, o eso pareca, l haba estado

    rascando el xido de sus piezas en el taller.

    Baj corriendo hasta el corazn de la antigua avenida central,

    donde en otro tiempo trabajaban los que adivinaban el peso o el

    porvenir y bailaban los gitanos. Recogi la barbilla y extendi los

    brazos como un planeador, y cada pocos pasos daba un salto, al

    igual que hacen los nios, esperando que su carrera se convierta en

    vuelo. A cualquiera le podra haber parecido ridculo ver a aquel

    empleado de mantenimiento con el pelo blanco, completamente

    solo, haciendo el avin. Pero el nio que corre est dentro de todos

    los hombres, sin importar la edad que tengan.

    Y entonces Eddie dej de correr. Haba odo algo. Una voz

    metlica, como si procediera de un megfono.

    -Pasen y vean, seoras y caballeros. Jams habrn contemplado

    nada tan espantoso.

    Eddie estaba parado junto a un despacho de entradas vaco

    delante de un enorme teatro. En el cartel de arriba se lea:

    Los hombres ms extraos del mundo.

    El gran espectculo del Ruby Pier!

    El humo sagrado! Son gordos! Son delgados!

    Vean al hombre salvaje!

    El espectculo. La casa de los monstruos. La gran sensacin. Eddie

    record que la haban cerrado haca por lo menos cincuenta aos, en

    la poca en que la televisin se hizo popular y la gente no necesitaba

    ese tipo de espectculos para avivar su imaginacin. LIBROS LIBRES LIBROS LIBRES

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    - 26 -

    -Pasen y vean a este salvaje. Tiene un defecto de nacimiento, de lo

    ms extrao...

    Eddie atisbo por la entrada. All dentro haba visto a algunas

    personas muy raras. Estaba Jolly Jane, que pesaba ms de doscientos

    cuarenta kilos y que necesitaba que dos hombres la empujasen para

    subir por las escaleras. Estaban las siamesas, que compartan la

    columna vertebral y tocaban instrumentos musicales. Y tambin los

    tragasables, las mujeres barbudas y una pareja de hermanos indios

    cuya piel se haba vuelto de goma de tanto untrsela y frotrsela con

    aceite, y les colgaba de brazos y piernas.

    Eddie, de nio, haba sentido pena por las personas que exhiban

    all. Las obligaban a sentarse en cabinas o a subirse en estrados, a

    veces entre rejas, mientras los visitantes pasaban entre ellas,

    burlndose y sealndolas. El que los anunciaba haca publicidad de

    los monstruos, y era la voz de ese hombre la que Eddie oa ahora.

    -Slo un terrible giro del destino poda dejar a un hombre en una

    situacin tan penosa! Lo hemos trado desde el otro extremo del

    mundo para que ustedes lo puedan ver...

    Eddie entr en la sala en penumbra. La voz se hizo ms potente.

    -Este trgico desdichado ha sido vctima de la perversa

    naturaleza...

    Llegaba desde el otro extremo de un estrado.

    -Slo aqu, en Los Hombres Ms Extraos del Mundo, pueden

    ustedes estar tan cerca...

    Eddie se acerc al teln.

    -Deleiten su vista con la ms extraor...

    La voz del que lo anunciaba desapareci. Y Eddie retrocedi

    incrdulo.

    All, sentado en una silla, solo sobre el estrado, haba un hombre

    de edad madura con unos hombros estrechos y cados, desnudo de

    cintura para arriba. La tripa le asomaba por encima del cinturn.

    Tena el pelo muy corto, los labios finos y la cara aguilea y ojerosa.

    Eddie lo habra olvidado haca mucho de no ser por un rasgo

    especial.

    Su piel era azul.

    -Hola, Edward -dijo-. Te he estado esperando.

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    - 27 -

    La primera persona que Eddie encuentra en el cielo

    -No tengas miedo -dijo el Hombre Azul levantndose lentamente de su silla-. No tengas miedo...

    Su voz era tranquilizadora, pero Eddie no poda dejar de mirar.

    Apenas haba tratado a aquel hombre. Por qu lo vea ahora? Era

    como uno de esos rostros que se te aparecen en sueos y a la

    maana siguiente dices: Jams adivinaras con quin he soado

    esta noche.

    -Sientes el cuerpo como el de un nio, verdad?

    Eddie asinti con la cabeza.

    -Es que cuando me conociste eras un nio. Empiezas con los

    mismos sentimientos que tuviste.

    Empezar qu?, pens Eddie.

    El Hombre Azul alz la barbilla. Su piel era una sombra grotesca,

    un arndano grisceo. Tena los dedos arrugados. Sali fuera. Eddie

    le sigui. El parque estaba desierto. La playa estaba desierta. Estaba

    desierto el planeta entero?

    -Aclrame una cosa -dijo el Hombre Azul. Seal una montaa

    rusa de madera con dos gibas del fondo. El Ltigo. Fue construida

    en la dcada de 1920, antes de las ruedas de friccin inferior, lo que

    significaba que los coches no podan girar con mucha rapidez, a no

    ser que se quisiera que se saliesen de las vas-. El Ltigo. Todava es

    la atraccin ms rpida de la tierra?

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    - 28 -

    Eddie mir al viejo aparato estruendoso, que haba sido

    desmontado haca aos. Neg con la cabeza.

    -Ah -dijo el Hombre Azul-. Ya me lo imaginaba. Aqu las cosas no

    cambian. Y nadie mira abajo desde las nubes, me temo.

    Aqu?, pens Eddie.

    El Hombre Azul sonri como si hubiera odo la pregunta. Toc a

    Eddie en el hombro y ste not una oleada de calor que no haba

    experimentado nunca antes. Sus pensamientos salan en forma de

    frases.

    Cmo he muerto?

    -En un accidente -dijo el Hombre Azul.

    Cunto llevo muerto?

    -Un minuto. Una hora. Mil aos.

    Dnde estoy?

    El Hombre Azul frunci la boca, luego repiti la pregunta

    pensativamente.

    -Dnde ests?

    Se volvi y alz los brazos. De pronto todas las atracciones del

    Ruby Pier adquirieron vida: la noria daba vueltas, los autos de

    choque se estrellaban unos contra otros, el Ltigo iba cuesta arriba y

    los caballos del Carrusel Parisiense suban y bajaban en sus barras

    de latn al comps de la alegre msica del organillo. El ocano

    estaba frente a ellos. El cielo era de color limn.

    -Dnde crees t? -pregunt el Hombre Azul-. En el cielo.

    No! Eddie neg violentamente con la cabeza. No! El Hombre

    Azul pareca divertido.

    -No? Esto no puede ser el cielo? -dijo-. Por qu? Porque es

    donde te criaste t?

    Eddie articul la palabra s.

    -Ah. -El Hombre Azul asinti con la cabeza.- Vers. Muchas veces

    la gente da poca importancia al sitio donde naci. Pero el cielo se

    puede encontrar en los rincones ms insospechados. Y el propio

    cielo tiene muchos niveles. ste, para m, es el segundo. Y para ti, el

    primero.

    El Hombre Azul llev a Eddie por el parque de atracciones.

    Pasaron por delante de puestos donde se vendan cigarros puros y

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    - 29 -

    de puestos de salchichas, y por los locales de apuestas, donde los

    incautos perdan sus monedas de cinco y de diez centavos.

    El cielo?, pens Eddie. Absurdo. Haba pasado la mayor parte de

    su vida de adulto tratando de marcharse del Ruby Pier. Era un

    parque de atracciones, eso es todo, un sitio para gritar y remojarse y

    gastarse los dlares en muecas peponas. La idea de que fuera un

    lugar donde descansaban los bienaventurados superaba su

    imaginacin.

    Volvi a intentar hablar, y esta vez oy un pequeo gruido

    dentro del pecho. El Hombre Azul se volvi.

    -Recuperars la voz. Todos pasamos por lo mismo. Al principio,

    nada ms llegar, no se puede hablar.

    Sonri.

    -Eso ayuda a escuchar.

    -Hay cinco personas con las que te vas a encontrar en el cielo -

    dijo de repente el Hombre Azul-. Cada una de ellas intervino en tu

    vida por algn motivo, pero a lo mejor t no te diste cuenta de ello

    en su momento... y para eso existe el cielo, para entender tu vida en

    la tierra.

    Eddie pareci confuso.

    -La gente cree que el cielo es un jardn del edn, un sitio donde se

    flota entre nubes y no se hace nada entre ros y montaas. Pero un

    paisaje sin estmulos carece de significado.

    ste es el mayor don que te puede conceder Dios: entender lo

    que te pas en la tierra. Que tenga explicacin. ste es el sitio que

    has andado buscando.

    Eddie tosi, tratando de recuperar la voz. Se haba cansado de

    estar en silencio.

    -Yo soy la primera persona, Edward. Cuando mor, otras cinco me

    iluminaron la vida, y luego vine aqu a esperarte, para acompaarte

    mientras haces cola, para contarte mi historia, que se convierte en

    parte de la tuya. Habr otras personas esperndote. A unas las

    conociste, a otras puede que no. Pero todas ellas se cruzaron en tu

    camino antes de que murieras. Y lo alteraron para siempre.

    Eddie, con mucho esfuerzo, consigui emitir un sonido que sali

    desde el pecho:

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    - 30 -

    -Qu...? -dijo finalmente.

    Su voz pareci que surga de dentro de una cscara de huevo,

    como la de un polluelo.

    -Qu... fue...?

    El Hombre Azul esper pacientemente.

    -Qu... fue... lo que le mat... a usted?

    El Hombre Azul pareci un poco sorprendido. Sonri a Eddie.

    -Me mataste t -dijo.

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    EL CUMPLEAOS DE EDDIE ES HOY

    Tiene siete aos y su regalo es una nueva pelota de bisbol. La aprieta con

    las manos y nota una oleada de fuerza que le recorre los brazos. Imagina

    que l es uno de los hroes de sus cromos de jugadores, a lo mejor el gran

    lanzador Walter Johnson.

    -Oye, lnzala-dice su hermano Joe.

    Los dos corren por la avenida, pasado el puesto de tiro, donde si uno

    derriba tres botellas verdes gana un coco y una paja.

    -Venga, Eddie -dice Joe-. Lnzala.

    Eddie se detiene e imagina que est en un estadio. Lanza la pelota. Su

    hermano aprieta los codos y se agacha.

    -Demasiado fuerte! -chilla Joe.

    -Mi pelota! -grita Eddie-. Eres un gilipollas, Joe.

    Eddie ve que la pelota va dando golpes por la pasarela y choca contra un

    poste de un pequeo claro de detrs de las tiendas de la casa de los

    monstruos. Corre detrs de ella. Joe le sigue. Se tiran al suelo.

    -La ves? -dice Eddie.

    -No.

    Un ruido fuerte les interrumpe. La puerta de una tienda se abre. Eddie y

    Joe levantan la vista. Ven a una mujer muy gorda y un hombre sin camisa

    con todo el cuerpo cubierto de pelo rojizo. Monstruos del espectculo de

    monstruos.

    Los nios quedan paralizados.

    -Vosotros, listillos, qu estis haciendo ah?-dice el hombre peludo

    haciendo una mueca-. Buscis problemas?

    A Joe le tiemblan los labios. Empieza a gritar. Se levanta de un salto y se

    aleja corriendo, con los brazos subiendo y bajando enloquecidamente. Eddie

    tambin se levanta, y entonces ve su pelota pegada a un soporte para serrar.

    Mira fijamente al hombre sin camisa y avanza lentamente hacia la pelota.

    -Es ma -murmura. La recoge y corre detrs de su hermano.

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    Oiga, seor mo -dijo Eddie con voz spera-. Yo jams le he matado a usted, de acuerdo? Ni siquiera le conozco.

    El Hombre Azul se sent en un banco. Sonri como si tratara que

    un invitado se encontrara cmodo. Eddie sigui de pie, a la

    defensiva.

    -Deja que empiece por mi verdadero nombre -dijo el Hombre

    Azul-. Me bautizaron con el nombre de Joseph Corvelzchik. Soy hijo

    de un sastre de un pueblecito polaco. Vinimos a Estados Unidos en

    1894. Yo slo era un nio. Mi madre me subi a la barandilla del

    barco, y se es mi recuerdo de infancia ms antiguo, mi madre

    mecindome a la brisa del nuevo mundo.

    Como la mayor parte de los inmigrantes, no tenamos dinero...

    Dormamos en un colchn en la cocina de mi to. Mi padre se vio

    obligado a trabajar en una fbrica donde le explotaban cosiendo

    botones a abrigos, y cuando yo tena diez aos, me sac del colegio

    y trabaj en lo mismo que l.

    Eddie miraba la cara picada de viruelas del Hombre Azul, sus

    labios delgados, su pecho hundido. Por qu me est contando esto?,

    pens.

    -Yo era un nio nervioso por naturaleza, y el ruido del taller slo

    contribuy a empeorar las cosas. Adems, era demasiado joven para

    estar all, entre todos aquellos hombres, que sudaban y se quejaban.

    Siempre que se acercaba el capataz, mi padre me deca:

    "Agchate. Que no se fije en ti". Una vez, sin embargo, tropec y tir

    una bolsa de botones, que se desparramaron por el suelo. El capataz

    grit que yo era un intil, un nio intil, que me deba ir. Todava

    veo aquel momento: a mi padre rogndole como un mendigo

    callejero, al capataz burlndose y limpindose la nariz con el dorso

    de la mano. Yo tena el estmago encogido de miedo. Entonces not

    algo que me mojaba la pierna. Baj la vista. El capataz sealaba mis

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    - 33 -

    pantalones mojados y se rea, y los dems trabajadores tambin se

    rean.

    Despus de eso mi padre se negaba a hablar conmigo.

    Consideraba que le haba avergonzado y supongo que, dentro de su

    mundo, eso haba hecho. Pero los padres pueden echar a perder a

    sus hijos, y yo, en cierto modo, me ech a perder despus de eso. Yo

    era un nio nervioso, y cuando me hice mayor, fui un joven

    nervioso y, lo que era an peor, por las noches todava mojaba la

    cama. Por la maana meta a escondidas las sbanas en una

    palangana y las lavaba. Una maana alc la vista y vi a mi padre. l

    haba visto las sbanas mojadas, luego me mir fijamente con unos

    ojos que jams olvidar, como si quisiera romper el vnculo vital

    entre nosotros.

    El Hombre Azul hizo una pausa. Su piel, que pareca empapada

    por un lquido azul, le haca pequeos pliegues de grasa en torno al

    cinturn. Eddie no poda apartar la vista.

    -Yo no siempre fui un monstruo, Edward -dijo-. Pero en aquel

    tiempo la medicina era bastante primitiva. Fui a una farmacia en

    busca de algo para los nervios. El dueo me dio un frasco de nitrato

    de plata y me dijo que lo mezclase con agua y lo tomase todas las

    noches. Nitrato de plata. Posteriormente se lo consider veneno.

    Pero era todo lo que yo tena, y cuando cometa errores en el trabajo,

    pensaba que era porque no estaba tomando suficiente nitrato. De

    modo que tomaba ms. Me meta entre pecho y espalda dos tragos,

    a veces tres, y sin agua.

    La gente pronto empez a mirarme con extraeza. Mi piel estaba

    adquiriendo un color ceniciento.

    Yo estaba avergonzado y muy nervioso. Incluso llegu a tomar

    ms nitrato de plata, hasta que la piel pas de ser gris a ser azul, un

    efecto secundario del veneno.

    El Hombre Azul hizo una pausa. Habl en una voz ms baja.

    -Me echaron de la fbrica. El capataz dijo que asustaba a los

    dems obreros. Sin trabajo, cmo me las iba a arreglar para comer?

    Dnde iba a vivir?

    Encontr una taberna, un sitio oscuro donde me poda ocultar

    bajo un sombrero y un abrigo. Una noche, un grupo de feriantes

    estaba al fondo. Fumaban puros. Se rean. Uno de ellos, un tipo ms

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    bien bajo con una pata de palo, no dejaba de mirarme. Finalmente se

    me acerc.

    Al terminar la noche, haba llegado a un acuerdo con ellos para

    aparecer en su espectculo. Y empez mi vida como mercanca.

    Eddie se fij en el aspecto resignado de la cara del Hombre Azul.

    Muchas veces se haba preguntado de dnde venan los que se

    exponan en el espectculo de monstruos. Supona que detrs de

    cada uno de ellos haba una historia triste.

    -Los de la feria me pusieron nombres, Edward. A veces yo era el

    Hombre Azul del Polo Norte, otras el Hombre Azul de Argelia y

    otras el Hombre Azul de Nueva Zelanda. Yo jams haba estado en

    ninguno de aquellos sitios, claro, pero me complaca que me

    consideraran extico, aunque slo fuera en un cartel escrito. El

    espectculo era sencillo. Yo me sentaba en el escenario, medio

    desnudo, mientras pasaba la gente y el presentador les contaba lo

    pattico que yo era. Por medio de eso, consegua embolsarme unas

    cuantas monedas. El director dijo una vez que yo era el mejor

    monstruo de su espectculo y, por triste que suene, aquello me

    enorgulleci. Cuando uno es un paria, hasta que le tiren una piedra

    puede ser bien recibido.

    Un invierno vine a este parque de atracciones. El Ruby Pier.

    Estaban montando un espectculo que se llamaba Los Hombres

    Extraos. Me gust la idea de estar en un sitio fijo y escapar de los

    traqueteos de las carretas de caballos y de la vida en un espectculo

    ambulante.

    Este sitio se convirti en mi casa. Viva en la habitacin de

    encima de una tienda de salchichas. Por las noches jugaba a las

    cartas con otros que trabajaban en el espectculo, con los hojalateros

    y, a veces, hasta con tu padre. Por la maana llevaba camisas de

    manga larga y me envolva la cabeza con una toalla, as poda

    pasear por esta playa sin asustar a la gente. Puede que no parezca

    mucho, pero para m era una libertad que haba conocido raramente.

    Se interrumpi. Mir a Eddie.

    -Entiendes por qu estamos aqu? ste no es tu cielo. Es el mo.

    Considrese una historia vista desde dos ngulos diferentes.

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    Por una parte, un lluvioso domingo de julio, a finales de la dcada

    de 1920. Eddie y sus amigos se estn lanzando una pelota de bisbol

    que a Eddie le regalaron por su cumpleaos casi un ao antes. En un

    momento dado la pelota pasa volando por encima de la cabeza de

    Eddie y alcanza la calle. l, que lleva unos pantalones rojos y un

    gorro de lana, sale corriendo tras ella y se encuentra con que viene

    un automvil, un Ford A. El coche chirra, vira y casi le atropella.

    Eddie tiembla, respira con dificultad, recoge la pelota y corre de

    vuelta con sus amigos. El partido termina enseguida y los nios

    corren al saln de juegos a jugar con el Buscador del Erie, que tiene

    un mecanismo en forma de garra que agarra pequeos juguetes.

    Ahora considrese la misma historia desde un ngulo distinto. Un

    hombre est al volante de un Ford A, que ha pedido prestado a un

    amigo para hacer prcticas de conduccin. La calzada est mojada

    por la lluvia de la maana. De pronto, una pelota de bisbol bota

    atravesando la calle y un nio sale corriendo detrs de ella. El

    conductor pisa a fondo el freno y se agarra al volante. El coche

    patina, los neumticos chirran.

    El hombre se las arregla para recuperar el control y el Ford A

    sigue su marcha. El chico ha desaparecido del espejo retrovisor, pero

    el hombre todava se siente alterado; piensa en lo cerca que ha

    estado de una tragedia. La descarga de adrenalina ha obligado a su

    corazn a funcionar muy deprisa, pero ese corazn no es fuerte y el

    esfuerzo lo agota. Entonces el hombre siente un mareo y la cabeza le

    cae momentneamente hacia delante. Su automvil casi choca con

    otro. El segundo conductor toca la bocina, el hombre gira el volante

    y vuelve a virar pisando el pedal del freno. Patina por una avenida y

    luego dobla por una calleja. Su vehculo rueda hasta que choca

    contra la parte de atrs de un camin aparcado. Hay un pequeo

    sonido de choque. Los faros se hacen aicos. El impacto impulsa al

    hombre contra el volante. La frente le sangra. Se baja del Modelo A,

    comprueba los daos, luego se derrumba en el pavimento mojado.

    El brazo le duele. Siente una opresin en el pecho. Es un domingo

    por la maana. La calleja est desierta. Se queda all, sin que nadie

    se fije en l, cado junto al costado del coche. La sangre ya no fluye

    desde sus arterias coronarias al corazn. Pasa una hora. Le

    encuentra un polica. Un reconocimiento mdico determina que est

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    muerto. El motivo de la muerte se registra como ataque al

    corazn. No hay parientes conocidos.

    He aqu una historia vista desde dos ngulos diferentes. Es el

    mismo da, el mismo momento, pero desde uno de los ngulos la

    historia termina felizmente, en un saln de juegos, con el nio de los

    pantalones rojos metiendo monedas en el Buscador del Erie; y desde

    el otro ngulo termina mal, en el depsito de cadveres de una

    ciudad, donde uno de los empleados llama a otro y los dos se

    extraan de la piel azul del que acaban de traer.

    -Lo ves? -susurr el Hombre Azul despus de terminar la

    historia desde su punto de vista-. Nio?

    Eddie sinti un escalofro.

    -No puede ser -susurr.

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    - 37 -

    EL CUMPLEAOS DE EDDIE ES HOY

    Tiene ocho aos. Est sentado en el borde de un sof a cuadros, con los

    brazos cruzados, enfadado. Tiene a su madre a los pies, atndole los

    cordones de los zapatos. Su padre est ante el espejo arreglndose la

    corbata.

    -No quiero ir -dice Eddie.

    -Ya lo s -dice su madre, sin levantar la vista-, pero tenemos que ir. A

    veces uno tiene que hacer cosas cuando pasan cosas tristes.

    -Pero es mi cumpleaos.

    Eddie mira enfurruado desde el otro lado de la habitacin la gra

    montada en el rincn; est hecha con vigas metlicas de juguete y tres

    pequeas ruedas de goma. Eddie haba estado haciendo un camin. Es

    bueno montando cosas. Haba esperado enserselo a sus amigos en la

    fiesta de su cumpleaos. En lugar de eso, tienen que ir a un sitio y vestirse

    de punta en blanco. Eso no est nada bien, piensa.

    Su hermano Joe, vestido con pantalones de lana y una pajarita, entra con

    un guante de bisbol en la mano izquierda. Le da un golpe. Se burla de

    Eddie.

    -sos eran mis zapatos viejos -dice Joe-. Los nuevos que tengo son

    mejores.

    Eddie arruga el ceo. Aborrece tener que ponerse las cosas viejas de Joe.

    -Deja de quejarte -dice su madre.

    -Me hacen dao -protesta Eddie.

    -Ya est bien! -grita su padre. Atraviesa a Eddie con la mirada. Eddie se

    calla.

    En el cementerio, Eddie apenas reconoce a los del parque de atracciones.

    Los hombres que normalmente visten lam dorado y turbantes rojos, ahora

    llevan trajes negros, como su padre. Parece que todas las mujeres llevan el

    mismo vestido negro; algunas se tapan la cara con velos.

    Eddie mira a un hombre que echa tierra con una pala en un agujero. El

    hombre dice algo sobre unas cenizas. Eddie se agarra a la mano de su madre

    y bizquea mirando el sol. Debera estar triste, lo sabe, pero en secreto est

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    - 38 -

    contando nmeros, a partir del uno; espera que cuando llegue a mil volver

    el da de su cumpleaos.

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    La primera leccin

    -Seor, por favor... -implor Eddie-. Yo no saba... Crame... Dios me asista, yo no lo saba.

    El Hombre Azul asinti con la cabeza.

    -No lo podas saber. Eras demasiado pequeo.

    Eddie dio un paso atrs. Se puso en guardia, como preparndose

    para una pelea.

    -Pero ahora lo tengo que pagar -dijo.

    -Pagar?

    -Mi pecado. Por eso estoy aqu, verdad? Justicia?

    El Hombre Azul sonri.

    -No, Edward. Ests aqu para que yo te pueda ensear algo.

    Todas las personas con las que te encontrars aqu tienen una cosa

    que ensearte.

    Eddie no se lo crea. Sigui con los puos cerrados.

    -Cul? -dijo.

    -Que no hay actos fortuitos. Que todos estamos relacionados. Que

    uno no puede separar una vida de otra ms de lo que puede separar

    una brisa del viento.

    Eddie sacudi la cabeza.

    -Nosotros estbamos lanzando una pelota. Fue una estupidez

    ma... salir corriendo de aquel modo. Por qu tuvo que morir usted

    en vez de yo? No est bien.

    El Hombre Azul extendi la mano.

    -Lo que est bien -dijo- no dirige la vida y la muerte. Si lo hiciera,

    ninguna persona joven morira jams.

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    Extendi la mano con la palma hacia arriba y de pronto estaban

    en un cementerio detrs de un pequeo grupo de asistentes a un

    entierro. Un sacerdote lea una Biblia junto a la tumba. Eddie no vea

    las caras, slo la parte de atrs de los sombreros, vestidos y trajes.

    -Mi entierro -dijo el Hombre de Azul-. Fjate en los que asisten.

    Algunos ni siquiera me conocan bien, pero fueron. Por qu?

    Nunca te lo has preguntado? Por qu se rene la gente cuando

    mueren los dems? Por qu considera la gente que debe hacerlo?

    Lo hace porque el espritu humano sabe, en el fondo, que todas

    las vidas se entrecruzan. Que la muerte no slo se lleva a alguien,

    deja a otra persona, y en la pequea distancia entre que a uno se lo

    lleve o lo deje, las vidas cambian.

    Dices que deberas haber muerto t en vez de yo. Pero durante

    mi vida en la tierra tambin hubo personas que murieron en mi

    lugar. Es algo que pasa todos los das. Cuando cae un rayo un

    momento despus de que te hayas ido, o se estrella un avin en el

    que podras haber estado. Cuando tu compaero de trabajo enferma

    y t no. Creemos que esas cosas son fortuitas, pero hay un equilibrio

    en todo. Uno se marchita, otro crece. El nacimiento y la muerte

    forman parte de un todo.

    Por eso nos gustan tanto los nios pequeos... -se volvi hacia

    los asistentes al sepelio- y los entierros.

    Eddie volvi a mirar a los reunidos en torno a la tumba. Se

    pregunt si a l le haran un funeral. Se pregunt si acudira alguien.

    Vio al sacerdote leyendo la Biblia y a los asistentes con la cabeza,

    baja. Se trataba del da del entierro del Hombre Azul, haca muchos

    aos. Eddie haba asistido, era nio y no se estuvo quieto durante la

    ceremonia, ignorando el papel que desempeaba all.

    -Sigo sin entenderlo -susurr Eddie-. Qu fue lo bueno que trajo

    su muerte?

    -T viviste -respondi el Hombre Azul.

    -Pero apenas nos conocamos. Yo era un perfecto desconocido.

    El Hombre Azul puso los brazos sobre los hombros de Eddie. ste

    not aquella sensacin clida, de fusin.

    -Los desconocidos -dijo el Hombre Azul- slo son familiares a los

    que todava no se ha llegado a conocer.

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    - 41 -

    Con eso, el Hombre Azul atrajo hacia s a Eddie. ste not

    instantneamente que todo lo que el Hombre Azul haba sentido en

    su vida pasaba a l, se deslizaba al interior de su cuerpo; la soledad,

    la vergenza, el nerviosismo, el ataque al corazn. Todo se introdujo

    en Eddie como cuando se cierra un cajn.

    -Me marcho -le susurr al odo el Hombre Azul-. Para m se ha

    terminado este nivel del cielo. Pero t conocers a otros aqu.

    -Espere -dijo Eddie echndose hacia atrs-. Dgame nicamente

    una cosa. Salv a la nia? En el parque de atracciones. La salv?

    El Hombre Azul no contest. Eddie se vino abajo.

    -Entonces mi muerte fue intil, lo mismo que mi vida.

    -Ninguna vida es intil -dijo el Hombre Azul-. Lo nico que es

    intil es el tiempo que pasamos pensando que estamos solos.

    Dio unos pasos en direccin a la tumba y sonri. Y cuando hizo

    eso, su piel adquiri un bello tono de color caramelo, suave y sin

    manchas. Eddie pens que era la piel ms perfecta que haba visto

    nunca.

    -Espere! -grit Eddie, pero de pronto fue llevado por el aire lejos

    del cementerio, y volaba por encima del gran ocano gris. Bajo l,

    vio los techos del antiguo Ruby Pier, las agujas y torreones, las

    banderas ondeando con la brisa.

    Luego desapareci todo.

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    - 42 -

    DOMINGO, 15 HORAS

    De nuevo en el parque de atracciones. La gente segua callada en

    torno a los restos de la Cada Libre. Las seoras mayores se llevaban

    la mano a la garganta. Las madres tiraban de sus hijos. Varios

    hombres fornidos en camiseta se abrieron paso hacia delante, como

    si fueran a resolver algo, pero una vez llegados all, tambin se

    limitaron a mirar, impotentes. El sol achicharraba y afilaba las

    sombras, obligaba a que la gente protegiera los ojos haciendo una

    visera con la mano, como si estuviera saludando militarmente.

    Ha sido grave?, susurraba la gente. Domnguez se abri paso

    desde el fondo del grupo, con la cara roja, la camisa empapada de

    sudor. Vio la carnicera.

    -Oh, no, no, Eddie -gimi llevndose las manos a la cabeza.

    Llegaron los de seguridad. Echaron a la gente hacia atrs. Pero

    luego tambin ellos adoptaron posturas de impotencia, con las

    manos en la cadera, a la espera de ambulancias. Era como si todos -

    las madres, los padres, los nios con sus vasos gigantes de refresco-

    estuvieran demasiado aturdidos para mirar y demasiado aturdidos

    para marcharse. Tenan la muerte a sus pies, mientras una alegre

    cancioncilla sala de los altavoces del parque.

    Ha sido grave? Se oyeron sirenas. Llegaron hombres

    uniformados. Se rode la zona con una cinta de plstico amarilla.

    Los puestos bajaron las persianas. Las atracciones fueron cerradas

    indefinidamente. Por la playa se corri la voz de lo que haba

    pasado, y a la cada del sol el Ruby Pier estaba desierto.

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    - 43 -

    EL CUMPLEAOS DE EDDIE ES HOY

    Desde su dormitorio, incluso con la puerta cerrada, Eddie huele el filete de

    ternera que prepara su madre con pimientos verdes y cebollas dulces; un

    intenso olor a lea que le encanta.

    -Eeeddi! -le grita su madre desde la cocina-. Dnde ests? Ya estamos

    todos!

    l se da la vuelta en la cama y deja a un lado el cmic. Hoy tiene

    diecisiete aos, demasiado mayor para esas cosas, pero todava le gusta la

    idea -hroes de colores como el Hombre Enmascarado, que lucha contra los

    malos para salvar al mundo-. Ha regalado su coleccin a sus primos

    rumanos, que son pequeos y vinieron a Estados Unidos unos meses antes.

    La familia de Eddie los recibi en el muelle, y se instalaron en el dormitorio

    que Eddie comparta con su hermano Joe. Los primos no saben hablar

    ingls, pero les gustan los cmics. En cualquier caso, eso sirve a Eddie de

    excusa para conservarlos.

    -Ah est el chico del cumpleaos-exclama su madre cuando l entra

    lentamente en la cocina. Lleva una camisa blanca de cuello blando y una

    corbata azul, que le pellizca su musculoso cuello. Un murmullo de holas, de

    vasos de cerveza que se alzan de los visitantes reunidos, familiares, amigos,

    trabajadores del parque. El padre de Eddie est jugando a cartas en el

    rincn, entre una nubecilla de humo de puro.

    -Oye, mam, a que no lo sabes? -grita Joe-. Eddie conoci a una chica

    ayer por la noche.

    -Siii? De verdad?

    Eddie nota que se sonroja.

    -S. Dijo que se iba a casar con ella.

    -Cierra el pico -le dice Eddie a Joe.

    ste no le hace caso.

    -S, entr en la habitacin con los ojos desorbitados, y dijo: Joe, he

    conocido a la chica con la que me voy a casar!.

    Eddie grita:

    -He dicho que te calles!

    -Cmo se llama, Eddie? -pregunta alguien.

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    -Va a misa?

    Eddie se dirige a su hermano y le da un golpe en el brazo.

    -Aaay!

    -Eddie!

    -Te he dicho que cierres el pico!

    Joe suelta:

    -Y bail con ella en el Polvo de...

    Un golpe.

    -Aayy!

    -Cierra el pico!

    -Eddie! Ya est bien! Basta!

    Ahora hasta los primos rumanos levantan la vista -esforzndose por

    entender- mientras los dos hermanos se agarran uno al otro y se dan

    meneos despejando el sof, hasta que el padre de Eddie se quita el puro y

    grita.

    -Parad inmediatamente si no queris que os cruce la cara a los dos!

    Los hermanos se separan, jadeantes y mirndose fijamente. Algunos

    parientes mayores sonren. Una de las tas susurra:

    -Pues esa chica le debe de gustar.

    Ms tarde, despus de haberse comido el filete especial y apagar las velas

    soplando y cuando todos los invitados ya se han ido a casa, la madre de

    Eddie enciende la radio. Hay noticias sobre la guerra en Europa, y el padre

    de Eddie dice algo sobre que la madera y el cable de cobre van a ser difciles

    de conseguir si las cosas empeoran. Aquello har casi imposible el

    mantenimiento del parque.

    -Qu noticias tan espantosas -dice la madre de Eddie-. No son apropiadas

    para una fiesta de cumpleaos.

    Mueve el dial hasta que la cajita ofrece msica, una orquesta que

    interpreta una alegre meloda. Sonre y tararea. Luego se acerca a Eddie,

    que est repanchingado en su silla atrapando las ltimas migajas de la

    tarta. Se quita el delantal, lo dobla y lo deja encima de una silla, y agarra a

    Eddie de las manos.

    -Ensame cmo bailaste con tu nueva amiguita -dice.

    -Vamos, mam...

    -Ensame.

    Eddie se pone de pie como si fuera camino de su ejecucin. Su hermano

    sonre. Pero su madre, con su hermosa cara redonda, no deja de tararear y

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    de moverse hacia delante y hacia atrs, hasta que Eddie inicia unos pasos de

    baile con ella.

    -Laral, laral... -canta ella al ritmo de la meloda-. Cuando ests

    conmiiigo... La, la... Las estrellas y la luna... La, la, la... En junio...

    Se mueven por el cuarto de estar hasta que Eddie cede y se re. Ya es

    unos buenos quince centmetros ms alto que su madre, pero ella le lleva

    con comodidad.

    -Entonces, te gusta esa chica? -susurra ella.

    Eddie pierde un paso.

    -Es estupendo -dice su madre. Me alegro por ti.

    Dan vueltas a la mesa, y la madre de Eddie agarra a Joe y le levanta.

    -Ahora bailad los do s-dice ella.

    -Con l?

    -Mam!

    Pero ella insiste y ellos ceden, y Joe y Eddie pronto estn rindose y

    dando saltos uno junto al otro. Se cogen de la mano y se mueven, arriba y

    abajo, haciendo unos crculos exagerados. Dan vueltas y ms vueltas a la

    mesa, ante el placer de su madre, mientras el clarinetista se destaca en la

    meloda de la radio y los primos rumanos dan palmas y los ltimos restos

    del olor a filete a la parrilla se desvanecen en el aire de fiesta.

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    La segunda persona que Eddie encuentra en el cielo

    Eddie notaba que sus pies tocaban el suelo. El cielo volva a cambiar, de azul cobalto a gris carbn vegetal, y Eddie ahora

    estaba rodeado de rboles cados y escombros ennegrecidos. Se

    agarr los brazos, hombros, muslos y pantorrillas. Se notaba ms

    fuerte que antes, pero cuando trat de tocarse los dedos de los pies,

    ya no pudo hacerlo. La flexibilidad haba desaparecido. Ya no exista

    la sensacin infantil de ser de goma. Cada msculo que tena estaba

    tan tenso como una cuerda de piano.

    Pase la vista por el terreno sin vida que le rodeaba. En una colina

    cercana haba una carreta destrozada y los huesos podridos de un

    animal. Eddie not un viento ardiente que le azotaba la cara. El cielo

    explot en llamaradas amarillas.

    Y una vez ms, Eddie corri.

    Ahora corra de modo diferente, con los pesados pasos bien

    medidos de un soldado. Oy un trueno -o algo parecido a un

    trueno, explosiones o estallidos de bombas- y se tir instintivamente

    al suelo. Cay sobre el estmago y se arrastr apoyndose en los

    antebrazos. El cielo se abri violentamente y solt borbotones de

    lluvia; un chaparrn espeso y pardusco. Eddie agach la cabeza y

    rept por el barro, escupiendo el agua sucia que le llegaba a los

    labios.

    Finalmente not que la cabeza le chocaba contra algo slido. Alz

    la vista y vio un fusil clavado en el suelo, con un casco puesto

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    encima y unas cuantas chapas de identificacin colgando del

    portafusil. Parpadeando en medio de la lluvia, pas los dedos por

    las chapas de identificacin, luego gate enloquecido hacia atrs

    metindose en la porosa pared de enredaderas fibrosas que

    colgaban de un enorme ficus. Se hundi en su espesura. Se sent

    encogido sobre s mismo. Trat de contener la respiracin. El miedo

    se haba apoderado de l, incluso en el cielo.

    El nombre de una de las placas de identificacin era el suyo.

    Los jvenes van a la guerra. Unas veces porque tienen que ir,

    otras veces porque quieren. Siempre creen que todos esperan que

    vayan. Eso tiene su origen en las tristes, en las complicadas historias

    de la vida, que durante los siglos han considerado que el valor est

    asociado con coger las armas, y la cobarda con dejarlas a un lado.

    Cuando este pas particip en la guerra, Eddie despert temprano

    una maana lluviosa, se afeit, se pein el pelo hacia atrs y fue a

    alistarse. Otros estaban combatiendo. l hara lo mismo.

    Su madre no quera que fuera. Su padre, cuando le comunic la

    noticia, encendi un pitillo y solt el humo lentamente.

    -Cundo? -fue lo nico que pregunt.

    Como nunca haba disparado con un fusil de verdad, Eddie

    empez a practicar en el tiro al blanco del Ruby Pier. Pagabas cinco

    centavos y el aparato empezaba a zumbar, apretabas el gatillo y

    disparabas contra siluetas metlicas con dibujos de animales de la

    selva, como un len o una jirafa. Eddie iba todas las tardes, despus

    de ocuparse de la palanca del freno del Mini-trn Infantil. El Ruby

    Pier haba aadido unas cuantas atracciones nuevas y ms

    pequeas, porque las montaas rusas, despus de la Depresin, se

    haban vuelto demasiado caras. El Minitrn era una de esas

    atracciones nuevas; sus vagones no eran ms altos que el muslo de

    un hombre adulto.

    Eddie, antes de alistarse, haba estado trabajando para ahorrar

    dinero con el que estudiar ingeniera. Aqul era su objetivo; quera

    construir cosas, aunque su hermano Joe no dejaba de decir:

    -Venga, Eddie, t no eres lo bastante listo para eso.

    Pero una vez que empez la guerra, el parque de atracciones iba

    mal. Ahora la mayora de los clientes de Eddie eran mujeres solas

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    - 48 -

    con nios cuyos padres estaban combatiendo. A veces los nios le

    pedan que los levantara hasta su cabeza, y cuando Eddie acceda,

    vea las tristes sonrisas de las madres: supona que les gustaba que

    levantaran a sus hijos, pero crea que habran preferido que fueran

    otros los brazos que lo hicieran. l, pensaba Eddie, pronto se unira

    a aquellos hombres lejanos, y su vida de engrasador de rales y

    controlador de palancas de freno terminara. La guerra era su

    llamada a la edad adulta. Y a lo mejor, hasta alguien le echaba en

    falta.

    Una de aquellas ltimas tardes, Eddie estaba apoyado en el

    pequeo puesto de tiro al blanco disparando profundamente

    concentrado. Pum! Pum! Intentaba imaginar que disparaba a un

    enemigo de verdad. Pum! Haran ruido cuando los alcanzase -

    pum!- o simplemente caeran, como los leones y las jirafas?

    Pum! Pum!

    -Practicando para matar, eh, chaval?

    Mickey Shea se haba detenido detrs de l. Tena el pelo del color

    de helado de vainilla, hmedo de sudor, y la cara se le haba puesto

    roja debido a lo que hubiera estado bebiendo. Eddie se encogi de

    hombros y volvi a disparar. Pum! Otro blanco. Pum! Otro.

    -Oye -protest Mickey.

    A Eddie le apeteca que Mickey se largara y le dejase mejorar su

    puntera. Notaba al viejo borracho a su espalda. Oa su trabajosa

    respiracin, los siseos del aire que le entraban y salan por la nariz,

    como una bicicleta a la que hinchaban con una bomba.

    Eddie sigui disparando. De pronto, not que le agarraban el

    hombro con fuerza.

    -Escucha, chaval. -La voz de Mickey era un gruido grave.- La

    guerra no es un juego. Si es p