la cuna de mi enemigo

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Cyrla, una adolescente judía refugiada en Holanda tiene que hacer frente al cerco de los nazis y un inesperado embarazo. Un trágico suceso será su puerta de salida: la muchacha se tendrá que hacer pasar por una joven de pura raza aria para dar a luz en un Lebensborn, la siniestra institución creada por los nazis para acoger a las jóvenes embarazadas de los soldados del Reich.

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LA

CUNA DE MI ENEMIGOSARA YOUNG

La cuna de mi enemigo

Sara Young

ArgumentoCyrla, una adolescente juda, ha tenido que huir de su Polonia natal y refugiarse en Holanda en casa de sus tos, donde se enamorar de un joven de su misma raza. A medida que la guerra avanza, siente que se estrecha el cerco de los nazis. Para empeorar las cosas, la muchacha se queda embarazada. Un trgico suceso ser la inesperada puerta de salida a su desesperada situacin: Cyrla se tendr que hacer pasar por una joven de pura raza aria para dar a luz en Lebensborn, la siniestra institucin creada por los nazis para acoger a las muchachas embarazadas de los soldados del Reich. d

La cuna de mi enemigo

Sara Young

UnoSeptiembre, 1941

Aqu tambin, no, Nee! En la entrada vi cmo del cucharn que sostena mi ta se derramaba sopa en el mantel. En aquellos das no haba grasa en el caldo que pudiera dejar mancha; aun as, el corazn me dio un vuelco al ver que ella no haca ademn de secar el vertido. Desde la llegada de los alemanes estaba ms encerrada en s misma; languideca por momentos y a veces era como volver a perder a mi madre. Por supuesto que aqu tambin, Mies se mof mi to. La blanca piel de la cara se le sonros con ese rubor fcil que tienen los hombres pelirrojos. Se ech hacia atrs y se quit las gafas para limpiarlas con la servilleta. Creas que los alemanes nos anexionaran para que sirviramos de refugio a los judos? La cuestin es por qu han tardado tanto. Llev el pan a la mesa y me sent en mi sitio. Qu ha pasado? Hoy han anunciado una serie de restricciones para los judos contest mi to. Apenas podrn salir de casa. Examin las gafas, volvi a ponrselas y luego me mir directamente. Me qued paralizada, blancas las yemas de los dedos con los que sujetaba la cuchara, al recordar de repente algo que haba presenciado en mi niez. Regresbamos a casa del colegio cuando nos encontramos con un hombre que estaba golpeando a su perro. Todos le pedimos a gritos que parase el hecho de que furamos varios nos haca valientes e incluso algunos de los chicos mayores trataron de separarle del animal. Me llam la atencin el muchacho que tena a mi lado; saba que a menudo los mayores le pegaban. l, como los dems, tambin gritaba; Basta! Basta ya!. Pero algo en su expresin me dej helada: satisfaccin. Cuando mi to se dirigi a m, volv a ver el gesto de aquel chico.

La cuna de mi enemigo A partir de ahora todo ser diferente, Cyrla.

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Baj la vista al plato, pero el corazn empez a latirme con fuerza. Estaba sopesando los riesgos de tenerme en su casa? Su casa. Clav los ojos en el mantel blanco. Debajo haba unas faldillas ribeteadas con flecos de seda dorada. Al principio me pareci extraa esa forma de cubrir las mesas, pero ahora me saba de memoria los colores y el estampado de aquel modelo. Pase la mirada por aquella habitacin que haba llegado a amar: las altas ventanas pintadas de un blanco luminoso que daban a nuestro pequeo patio; las tres acuarelas del Rijksmuseum que colgaban en columna de un cordn trenzado; el saln vislumbrado al otro lado de las cortinas de terciopelo color Burdeos, con el piano en un rincn rodeado de fotografas enmarcadas de nuestra familia. El corazn empez a latirme an ms deprisa Si yo no formaba parte de aquel lugar, de cul entonces? Mir a mi prima. Anneke era mi salvoconducto para moverme por el peligroso mundo de mi to. Pero llevaba todo el da distrada y divagaba cada vez que trataba de hablar con ella, como si guardara un secreto. Ni siquiera haba odo la amenaza de su padre. Qu? pregunt en voz baja. Qu ser diferente? Mi to estaba cortando el pan. No se detuvo, pero vi la mirada de advertencia de mi ta. Todo cort tres rebanadas y dej el cuchillo en la mesa con cuidado. Todo ser diferente. Me acerqu la barra de pan, cog el cuchillo con la misma determinacin que si fuera una pieza de ajedrez y cort una cuarta rebanada. Volv a dejar el cuchillo en la tabla y puse las manos en el regazo para que l no viera cmo me temblaban. Alc la barbilla hasta mirarle de frente. Has contado mal dije. l apart la vista, pero se le demud la expresin. Por fin termin la comida. Mi to volvi a su tienda a ocuparse de la contabilidad, y mi ta, Anneke y yo recogimos la mesa y fuimos a la cocina a fregar los platos. Trabajamos en silencio; yo, con mi temor; mi ta, con su tristeza; Anneke enfrascada en su secreto. De repente mi prima dio un grito. El cuchillo del pan cay al suelo de manera estrepitosa y Anneke levant una mano; la sangre se derramaba en el

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fregadero lleno de agua jabonosa, tiendo las burbujas de rosa. Cog un pao de cocina con el que le apret la mano, luego la llev hasta el asiento de la ventana. Se dej caer en l, contemplando la sangre que empapaba el pao como si fuera algo curioso. Entonces me asust ms. Anneke se pasaba la vida cuidndose las manos; a veces era capaz de no tomar su racin de leche para remojrselas en ella, y an se las arreglaba para encontrar esmalte de uas cuando al parecer nadie en Holanda gozaba de semejante lujo. Si no montaba una escena por un corte que era lo bastante profundo para dejar cicatriz, eso quera decir que su secreto era inmenso. Mi ta se arrodill para examinarle la herida, reprendindola por no haber tenido cuidado. Anneke cerr los ojos, ech la cabeza hacia atrs y con la mano que tena libre se toc el hoyuelo de la garganta con una sonrisa de satisfaccin. Era la misma expresin que tena cada vez que regresaba sigilosamente a nuestra habitacin en mitad de la noche, enrojecida, sofocada, recompuesta. No me gustaba Karl. Y entonces lo supe. Qu has hecho? le susurr cuando mi ta fue a por gasas y antisptico. Luego susurr a su vez. Cuando estn todos dormidos. Tambin haba que planchar y que zurcir; pareca que no bamos a terminar nunca. Mientras hacamos esas tareas, escuchamos msica de Hugo Wolf en el fongrafo; yo deseaba estar en silencio porque por primera vez me di cuenta de cmo la trgica vida de Wolf se reflejaba en sus composiciones. Su misma belleza resultaba fatdica. Cuando mi ta nos dese buenas noches, Anneke y yo cruzamos la mirada y subimos a nuestro dormitorio. Nos lavamos rpidamente y nos pusimos el camisn. Ya no poda esperar ms. Cuntamelo de una vez. Mi prima se dio la vuelta y me mir; nunca le haba visto una sonrisa tan bonita. Algo maravilloso, Cyrla dijo, acaricindose el vientre con una mano. El dedo haba empezado a sangrarle otra vez; la venda estaba totalmente empapada. Mientras permaneca ante m sonriendo y sin dejar de acariciarse el vientre, apareci una mancha de sangre en el algodn azul claro de su camisn.

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Dos Me voy. Me voy de aqu. Ahora Anneke apenas poda dejar de hablar . Supongo que nos casaremos en el Ayuntamiento. La familia de Karl vive en las afueras de Hamburgo, a lo mejor buscamos all una casa cuando termine la guerra, con un jardn para los nios, cerca de un parque, a lo mejor Hamburgo, Cyrla! Shhh! Trat de acallarla. Nos va a or. No era mi ta la que me preocupaba, sino la seora Bakker, que viva en la casa de al lado y con quien compartamos pared. Ya era mayor y no tena nada mejor que hacer que espiar a la gente y cotillear sobre lo que averiguaba. Se sentaba en la sala de estar durante toda la maana y observaba lo que ocurra en Tielman Oemstraat a travs de los dos espejos que haba fijado a las ventanas. Sabamos por sus toses que su dormitorio era contiguo al nuestro, y la creamos muy capaz de pegar un vaso a la pared. Pero en realidad la seora Bakker no me importaba en absoluto. Lo que yo quera era detener las palabras de Anneke. Le quit la venda del dedo y se lo lav con agua del aguamanil. Ponte otro camisn. Yo voy abajo a por ms vendas. Ya en el pasillo, hice un esfuerzo para respirar con calma. Cog tiras de gasa y tambin una taza de leche y un plato de spekulaas. Anneke apenas haba cenado, pero le encantaban las galletitas especiadas que se traa a escondidas de la pastelera. Si la distraa, no tendra que or sus planes. Y si vea lo mucho que me necesitaba, quiz comprendiera que marcharse era un error. Marcharse siempre era un error. Nos sentamos en su cama y le vend el dedo; no poda mirarla a la cara, aunque notaba que ella observaba la ma. Ests segura? Y cmo? No tomaste precauciones? Anneke mir para otro lado. Estas cosas pasan. Entonces esboz su luminosa sonrisa, la que siempre me desarmaba. Un nio Te imaginas? La rode con los brazos y apoy la cabeza en su pecho, aspirando el aroma que a diario nos traa a casa de la panadera: azcar horneado, dulce y clido,

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que a ella le iba a la perfeccin. A qu olera yo, me preguntaba. A vinagre de los encurtidos que haba estado haciendo toda la semana? A leja de la tienda de tejidos? Anneke me enjuag las lgrimas de las mejillas. Lo siento, Cyrla dijo. Te echar mucho de menos. A ti ms que a nadie. As era mi prima. Algunas veces pareca que no le importaran mis sentimientos; pero no lo haca con crueldad, sino con esa inocencia que a menudo tienen las muchachas hermosas, como si ser consideradas con los dems fuera una destreza que nunca hubieran necesitado aprender. Sin embargo, cuando lo era conmigo, su afecto incondicional me llenaba de vergenza. Pero soy tan feliz! exclam, como si no fuera ya evidente por la expresin de su cara. Y es tan atractivo! Se ech hacia atrs en la cama, llevndose las manos al corazn. Es clavado a Rhett Butler, no crees? Yo suspir fingiendo exasperacin. Por el amor de Dios, no se parece en nada a Rhett Butler. Aunque slo sea porque Karl es rubio. Anneke agit la mano vendada como restando importancia a ese detalle. Y tiene los ojos azules. Y no lleva bigote. Me levant y le llev a la mesilla el vaso de leche que haba dejado en la cmoda. Vale, es guapo. Pero francamente, querida, me importa un rbano. Anneke se ech a rer y se sent. Vas a ser ta! Y la guerra terminar pronto y podrs venir a visitarnos. Era obvio que ella crea que iba a resultar as de fcil. Todo en la vida de Anneke era fcil; su mismo nombre significaba gracia, y a veces daba la impresin de que la gracia le llova del cielo con tanta abundancia que poda recogerla con sus preciosas manos y dejarla escurrir entre los dedos. Nunca se dio cuenta de que mi situacin era diferente. Cuando llegu, se comportaba como si, sencillamente, hubiera olvidado mi mitad juda en Polonia, como si me hubiera dejado all la infancia. Ah, s, podra haber pensando, en caso de planterselo: Cyrla vivi de pequea en Polonia, y era juda, pero ya no es una nia! En Holanda viva como los que me rodeaban, y dado que

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nos parecamos lo bastante para que nos tomaran por hermanas, as era como me vea ella. En Polonia viva con mi padre, su segunda esposa y mis dos hermanastros pequeos. Al volver a casarse, mi padre se hizo ms practicante y empezamos a observar las tradiciones judas. Al poco tiempo, era como si lo nico que me quedara de mi madre holandesa fuera su pelo rubio. En realidad, el punto de vista de Anneke se corresponda con el argumento que mi padre haba esgrimido cuando yo expres la idea de que huir a Holanda me pareca una traicin. No niegas una parte de ti misma al aceptar la otra. Lo que haces es rectificar algo que estaba desequilibrado. Vete al mundo de tu madre. Trata de encajar en su forma de vida y averiguars cmo encaja ella en la tuya. En el atardecer del primer viernes despus de llegar a Holanda me senta perdida en medio del saln, pues mi madrastra no estaba all para encender las velas que marcaban el inicio del sabbat. Mi ta se dio cuenta; mene la cabeza, se acerc a m y me estrech con fuerza. No me susurr. Cinco aos despus, la tarde de los viernes slo era una tarde ms. Segua mentalmente las festividades judas, pero aprend a no sentirme culpable por no celebrarlas. Cualquier da, me deca a m misma, podr regresar a casa sin peligro. Para volver a ser quien era. Polonia quedaba ya muy lejos. Pero Anneke debera haber sabido que su decisin de casarse con Karl acarreara graves consecuencias para m. Sin embargo se haba desentendido de esa parte del asunto con la misma ligereza con que se haba desentendido de mi parte juda. Es constructor de barcos alegaba al principio, cuando mi ta y yo tratamos de persuadirla de que no viera a Karl. No es nazi. Le reclutaron a la fuerza. No tuvo alternativa. Nadie ms sostena esa opinin sobre los soldados alemanes. Los amigos de Anneke se jactaban de que salan con ellos para emborracharlos y arrojarlos al canal, pero yo nunca haba odo de ninguno que hubiera muerto as. Todos nos contbamos chistes sobre los soldados: ridiculizarles nos ayudaba a soportar la ocupacin. Y todos hacan lo posible por desbaratarles los planes: cambiar las seales de trfico, hacer como que no entendan alemn cuando les preguntaban alguna direccin o pintar OZO (El naranja vencer) siempre que

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fuera posible en nuestro prohibido color nacional Anneke era diferente. Tendra que haberme dado cuenta enseguida de cmo se comportaba con l. Tendra que haberlo impedido. Porque Karl no me habra cado mejor aunque hubiese sido soldado del ejrcito holands. Slo nos habamos visto una vez, haca una semana. Anneke lo haba preparado de forma que, cuando l fuera a recogerla, nos encontrramos en la pastelera como por casualidad, para que pudiera hacerme una idea de lo guapo que era. Y lo era. Aunque para m slo eran atractivos los hombres como Isaak: morenos, con ojos serios y bondadosos. Karl era rubio y alto y se le vea en la cara que ocultaba algo. Cuando Anneke nos present, mir por encima de m. Si hubiera estado deseando encontrarse con mi prima, lo habra entendido, incluso me habra gustado, pero le recuerdo examinando la tienda como si buscara una forma de escapar. Eso no se lo coment a Anneke. Vale, sus ojos le dije, en cambio, el color azul claro de sus ojos en contraste con el blanco me recuerda a los jacintos en flor despus de una nevada. Eso le gust y en realidad era cierto, pero en aquel momento dese poder decirle lo que realmente haba percibido: la clase de hombre que era. Cuntas equivocaciones; sin embargo, aquella noche slo poda pensar en que Anneke me dejaba. Me dola tanto la garganta por todo lo que quera decir que me resultaba imposible hacerlo. Apagu la luz y me di la vuelta para mirar hacia otro lado, pero no poda dormir. Ms o menos a medianoche me levant para ir al bao. Sal al pasillo sin hacer ruido, pues no quera despertar a nadie, y al pasar delante de la habitacin de mis tos les o hablar. si eso supone poner en peligro a nuestra familia deca mi to. Ella es familia nuestra, Pieter replic mi ta, enfadada con l. Es familia tuya le corrigi mi to. No nuestra, tuya. Por la maana, observ a Anneke mientras se preparaba para ir a trabajar. Imagin, por el cuidado con que se visti, que despus iba a ver a Karl. Cundo vas a decrselo a tus padres? le pregunt desde la cama. Creo que a mam esta noche. Escogi una barra de labios del color de las cerezas maduras y se pint. Primero quiero decrselo a Karl. Me incorpor.

La cuna de mi enemigo Anneke!

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Ella se ech a rer y movi los dedos mirndome desde el espejo como haca siempre, del mismo modo que si las preocupaciones fueran pequeos mosquitos que tuviera que espantar. Se pondr muy contento; le gustara tener una gran familia. Acaba de tener una sobrina a la que adora. Pero y todos los planes? Eres demasiado seria, katje. Haca mucho tiempo que no me llamaba gatita. Era el apodo que me puso cuando vine a vivir con ellos; entonces yo slo tena catorce aos y ella diecisis. Se acerc y se sent a mi lado en la cama. Dame una mano. Voy a echarte la buenaventura. Alargu la mano y ella me la bes, dejndome en la palma una mancha de pintalabios en forma de corazn. Mira dijo. Eso es una buena seal; significa que vas a enamorarte pronto. Y tambin te casars, y vivirs feliz para siempre y ambas tendremos diez hijos, y todos ellos tendrn diez hijos y t y yo envejeceremos juntas y siempre seremos felices. Cerr los dedos sobre la marca de la mano. Ests segura, Anneke? Le amas de verdad? Anneke volvi a la cmoda, se quit las horquillas del pelo y se desenred las ondas antes de contestar. Estoy enamorada de l. Quiero casarme y no hay muchos hombres disponibles, y menos ahora, que andan todos alistados. Te has fijado? Suspir. l me ama. Yo quiero salir de aqu. Y estoy preada. Creo que es suficiente. Volvi a acercarse y se sent en la cama. Ven, que te cepillo el pelo. Tienes que dejar que te lo corte antes de que me vaya. Ya no se lleva as, y estaras mucho ms guapa. Yo nunca sera guapa. Anneke y yo tenamos rasgos parecidos los rasgos de nuestras madres, pero tanto el pan fino como el ms basto se hacen con los mismos ingredientes. Y yo nunca me cortara el pelo; lo llevaba trenzado y recogido, como mi madre. Le dej que me lo cepillara, y, cuando se march, no baj inmediatamente. Dobl su camisn, lo puse debajo de su almohada y tap la barra de labios. Cog las fotos que Anneke haba recortado de las revistas y

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las encaj en el marco del espejo: la princesa Isabel y la princesa Margarita, Gary Cooper, Carole Lombard. Qu iba a ser de aquella habitacin sin sus cosas? Sin ella? Cuando muri mi madre, mi padre, con gesto adusto, fue por toda la casa recogiendo sus pertenencias sin mirarlas. Todo lo que ella haba tocado lo guard en cajas. Le dola demasiado verlo, pero a m me dola ms no hacerlo. Me sent en la cama de Anneke, anegada de repente en lgrimas. Poco despus, cuando preparaba los cepillos y el cubo para fregar los peldaos de la entrada, la seora Bakker me llam desde la puerta de su casa. Has odo las noticias? Las leyes de Nuremberg van a implantarse aqu. Ja asent con cautela, echando agua en los escalones. Lo saba, aunque crea que no era eso exactamente lo que mi to haba dicho. Me inclin sobre las baldosas y empec a trabajar. Mala cosa para los judos, me parece a m continu, y algo en su voz me alert. Para cualquiera con sangre juda. Me obligu a seguir restregando, pero de pronto me falt el aire y los ruidos de la calle se fundieron en un quejido. Continu con la cabeza baja, mirando fijamente el dibujo azul y gris de las baldosas que bordeaban el umbral, de forma que no viese mi reaccin. Desde mi llegada, nadie me haba preguntado nunca sobre mi padre o mi vida en Polonia. Nunca, hasta donde yo saba, ni mi to ni mi ta haban dado ninguna explicacin de por qu haba venido, salvo para referirse vagamente a la muerte de mi madre. Era un tema del que no se hablaba ni siquiera entre nosotros. Bueno dijo la seora Bakker, ten mucho cuidado, Cyrla. Y cerr la puerta. Termin de fregar las escaleras todo lo deprisa que pude. Dentro, mi ta estaba pelando peras: llevaba semanas cociendo y envasando fruta. Voy a hacer la compra le dije, cogiendo del estante los cupones de racionamiento. No esper a que me respondiera; me sub en la bici y me march. Pero no a la plaza del mercado.

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TresTom el carril para ciclistas a lo largo de Burgemeester Knappertlaan. Normalmente lo evitaba porque prefera ir por calles ms pequeas que no bordearan el canal. A pesar de los aos que llevaba en Holanda, segua sin sentirme cmoda con tanta agua, oscura y profunda, siempre al acecho tras las encorvadas espaldas de los diques. Haca ao y medio del bombardeo de Rotterdam y an me pareca oler el humo en los canales; de hecho, todava se vean en sus aguas cenizas y cascotes que bajaban del puerto. No poda evitar preguntarme cuntos trozos de carne humana calcinada o huesos flotaran tambin en aquella agria salmuera; casi mil personas murieron aquel da abrasadas en el candente horno de nuestra ciudad destruida y por eso procuraba no acercarme. En aquel momento la niebla se elevaba del agua como un glido aliento, pero tena que ver a Isaak y el camino que discurra junto al canal era el ms corto para llegar al Consejo Judo. Me llam la atencin un cartel clavado en el tronco de un sauce y me acerqu a leer lo que pona: Parque. Se prohbe la entrada a los judos. Haba otro a la entrada del paseo. Mir hacia delante; al parecer, cualquier sitio en que hubiera unos cuantos rboles haba sido declarado parque: Se prohbe la entrada a los judos. Me puse a pedalear otra vez y procur fijarme slo en los encendidos colores, escarlata y dorado, de los crisantemos que crecan en las orillas. El Consejo estaba situado en el primer piso de un viejo edificio de ladrillo, donde antes hubo una lonja de pescado y una heladera que cerraron cuando apareci pintada una J amarilla en las ventanas. Yo haba venido muchas veces con Isaak cuando l pasaba a recoger papeles o se detena para hablar con alguien. Cruzar aquellas puertas nunca haba supuesto ningn problema, pero este da era diferente. Dos oficiales de la Gestapo con sus largos abrigos verdes y sus bolas negras, fumando con gesto aburrido, estaban apoyados en la entrada. Haba un tercero clavando un aviso en la puerta. Las nuevas restricciones. Me acerqu a sus espaldas para leerlas. El oficial se dio la vuelta. Esto no es asunto tuyo.

La cuna de mi enemigo Me dispuse a entrar en el edificio, pero me lo impidi. Aqu no hay nada que sea de tu incumbencia. Estoy buscando a un amigo.

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Pues no deberas tener amigos aqu. Por la forma en que me mir, adivin que le diverta la idea de que una chica holandesa quisiera entrar en aquel lugar. Tengo que entrar insist. Necesito ver a alguien. Esta vez no fue tan amable. Deberas elegir a tus amigos con ms cuidado. Uno de los otros oficiales apag el cigarrillo y levant la vista hacia nosotros. Volv a montarme en la bici y me dirig a la sinagoga. El rab Geron se encontraba en su oficina; s, haban avisado a Isaak la noche anterior para que asistiera a una reunin en Delft, dijo, aunque no, no saba cundo volvera. Le ped que me llevara a la habitacin de Isaak. Si le sorprendi, no dio muestras de ello, y de alguna manera me estremeci, como si me hubiera apropiado de la intimidad de alguien. Me descubr sonriendo mientras cruzbamos el patio de piedra que separaba la sinagoga del pequeo edificio en el que viva Isaak. Antes de la ocupacin, el inmueble albergaba oficinas y trasteros. Ahora, cualquiera que necesitara cobijo poda refugiarse all. Isaak me habl de un abogado y de otro hombre que haba perdido su puesto de profesor y viva solo desde que enviara a su mujer y a su hija con unos familiares a Estados Unidos. El anciano que cuidaba de los jardines tambin dorma all, y un muchacho de quince aos que acababa de quedarse hurfano. Formis una familia? le pregunt a Isaak una vez. Es el muchacho como un hermano para ti? El profesor como un padre? l simplemente me mir, perplejo. Desde que conoca a Isaak nunca haba entrado all. Como con todo lo dems, era muy celoso de su vida privada. Pero cuando el rab Geron abri la puerta de su cuarto, supe que la habra reconocido entre un millar. En un rincn tena un catre cuidadosamente hecho con una manta. A rayas grises y azules. La lmpara de cuello de cisne que haba al lado de la cama era lo nico torcido de la habitacin. Haba libros por todas partes, pero en pilas

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ordenadas. En las paredes colgaban dos reproducciones de dibujos de Da Vinci y media docena de mapas, todos perfectamente alineados. En una agrietada taza de porcelana sobre el escritorio haba un trozo de carboncillo y tres lpices. Los cog uno a uno por el placer de tocar algo que hubiera tocado Isaak. Junto a la taza, dos cuadernos de dibujo. Yo saba que el ms pequeo estaba lleno de ilustraciones de pjaros; le encantaba dibujar pjaros, aunque ltimamente apenas encontraba tiempo para hacerlo. Cog el cuaderno grande y lo abr por donde haba un boceto de las ruinas del castillo de las afueras de la ciudad. Recordaba haber paseado por all con l y haberme sentado a cierta distancia para escribir un poema mientras Isaak dibujaba. Me doli que despus no me enseara su dibujo ni me preguntara si poda ver lo que yo haba escrito. Isaak haba captado la sensacin de fortaleza de la vieja construccin, su solidez a pesar de la derrota. Pero no haba gente en la escena; ni los excursionistas ni los amantes que se lean el uno al otro sobre sus mantas y a quienes yo miraba con envidia, ni los nios que correteaban con sus perros. En cambio s haba dibujado las ramas del castao que se elevaba sin hojas sobre las ruinas, como huesos ennegrecidos. Sent un pequeo escalofro: Isaak haba plasmado ese paisaje slo unas semanas antes de que los alemanes llegaran con sus bombas. Por unos momentos me qued all, respirando el aire de Isaak. Al da siguiente volvera con una maceta de geranios para ponerla en el alfizar de la ventana. Y con un cestillo de manzanas, y cogera las cortinas de mi propia habitacin y las pondra en la suya. Contenta, me quit los zapatos y me deslic en su cama. All tumbada, con su olor en las sbanas, era fcil imaginar a Isaak a mi lado. Introduje una de mis manos por el vestido y me acarici el pecho con suavidad, y not que se hinchaba.

***

Cuando me despert, Isaak estaba sentado junto a m. Por la luz imagin que era media tarde. As que te has enterado dijo. Me qued perpleja; cmo saba l lo de Anneke?

La cuna de mi enemigo Pero no deberas haber venido aqu.

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Anneke se va dije, alargando la mano hacia l. Est embarazada. Isaak se levant y me mir. No habra sabido decir si era preocupacin o rabia lo que haba en sus ojos, pero, como siempre, me entusiasmaba tenerlos clavados nicamente en m. No deberas haber venido repiti. Cmo se te ha ocurrido? dijo, lanzndome una mirada al cuello. Los nuevos decretos. Saqu mi tarjeta de identificacin, que llevaba colgada de un cordn fino. La he trado, Isaak. He sido precavida. Pero me has odo? Anneke va a casarse. Y yo no soportar que se vaya. Si est embarazada es por estpida. Isaak nunca se mostraba muy compasivo cuando se trataba de Anneke. Es una consentida deca a menudo. No le queda ms remedio que llevar medias de hilo en lugar de seda, el caf es demasiado caro para tomarlo todos los das y no puede ver las ltimas pelculas. Qu se le va a hacer! En toda Europa la gente est perdiendo su casa, la libertad la vida! Ja, lo s. No poda sino estar de acuerdo. Lo que nunca reconoca, sin embargo, era cunto me gustaba eso de Anneke. Justo una semana antes de la invasin vimos juntas Ninotchka. Estando con ella era imposible no creer que cualquier da de sos podramos ir a ver la ltima pelcula de Greta Garbo, o disfrutar del tacto de la seda en las piernas, o tomar caf a medioda y hablar sobre moda. Podramos plantearnos volver a la universidad. E Isaak se permitira enamorarse. Un lujo para l. Verdamt! maldijo Isaak en voz baja. Se pas los dedos entre los rizos de aquella forma que a m siempre me produca deseos de alargar la mano y hacerlo yo tambin, Ese soldado alemn? Mala cosa. Se lo ha dicho? Me qued mirndole, sin entender. Cyrla, se va a saber quin eres en realidad. Anneke nunca hara eso.

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No puedes cerrar los ojos para no ver lo que no quieres ver. Anneke no tendr cuidado. Har lo que ms le convenga. Por qu eres siempre tan duro con ella? Porque le da todo igual! Isaak lo dijo como si conociera a Anneke, pero no la conoca. No como yo. Ya estbamos con la discusin de siempre. Se sent de nuevo a mi lado. Trat de rodearle con los brazos, pero me mantuvo apartada. Ya no ests segura. Ha llegado el momento de que te vayas. Me encargar de los preparativos. No. No ha cambiado nada. Todo va a cambiar Ya oste ayer que va a haber restricciones. A m no me afectan. Y Anneke no Isaak, cuntas veces me has dicho a lo largo de estos aos que, como mi madre no lo era, ni siquiera soy juda? Ahora has decidido de repente que s lo soy? Para los alemanes lo eres. Tengo documentacin. No me pasar nada. Y no puedo marcharme, es aqu donde mi padre quiere que est. Isaak mir hacia otro lado. No te quedes. Ya sabes adonde conduce eso. Lo saba. Llevaba casi cinco meses sin saber nada de mi padre. En su ltima carta, deca que iban a cerrar el gueto de Lodz. Unos meses antes, contaba, a unas chicas de mi edad las haban forzado a limpiar letrinas con sus blusas. Cuando terminaron, los supervisores alemanes les pusieron las blusas sucias en la cabeza. Yo haba ido al colegio con algunas de esas chicas. Me alegro de que no ests aqu, escribi mi padre. Si mi familia an estaba en Lodz cuando cerraron el gueto, dijo Isaak, despus no habran podido salir. A menos que hubieran sido trasladados. Trasladado significaba algo demasiado espantoso para que fuera posible. Su lgica era cruel. Me ley varios pasajes de sus informaciones.

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Mi familia no le record yo. Trabajan en una fbrica. Mi padre me dijo que eso les mantendra a salvo. Isaak mene la cabeza. No por mucho tiempo. Creemos que estn vaciando el gueto. Que estn llevando a la gente a los campos. No se detuvo ni siquiera cuando me ech a llorar. Tena que aceptarlo, saber que mi familia podra estar en paradero desconocido; tena que ser consciente del peligro. Y sobre todo tena que aprender a ser fuerte. Detestaba que Isaak hiciera eso, pero le perdonaba porque, por naturaleza, tenda siempre a ver lo peor, a ver demonios donde no existan. Confiaba demasiado en la lgica, pero yo saba que la lgica no siempre era la lente ms precisa. l debera haberlo comprendido; despus de todo, me deca a menudo que los dibujos contaban ms verdades que las fotografas; haca falta un ser humano para dar con la esencia de las cosas. Pero l era hurfano de nacimiento, no tena familia. No poda saber lo que yo senta. Yo saba que mi padre estaba lleno de vida. Saba de su pasin por la msica y lo mucho que quera a sus hijos; le haba visto bailar con mi madre. La gente con semejante vitalidad no poda desaparecer. El espritu de mi familia era fuerte. No tener noticias de mi padre slo significaba que era peligroso escribir. Su silencio mantena a mis hermanos a salvo. Haca meses que Isaak y yo habamos dejado de discutir sobre eso. La semana pasada sacamos a dos familias en un barco de pesca desde Noordwijk. Han conseguido llegar a Inglaterra. An puede hacerse. Tienes documentacin; no ser muy difcil. No pienso marcharme contest con calma. Tienes que hacerlo. El matrimonio de Anneke te expone a un gran riesgo. Me alegr de no haberle mencionado las palabras de la seora Hakker, o lo que haba odo decir a mi to. Me levant de la cama y me puse los zapatos sin mirar a Isaak. Si lo haca, vera la forma en que el pelo se le rizaba detrs de las orejas, o las motas doradas de sus ojos castaos, o el pliegue de sus mejillas donde se le dibujaba su poco frecuente sonrisa, y entonces no sera capaz de salir de su habitacin. Si no sala, saba lo que dira a continuacin: que no poda marcharme porque le amaba, y porque ya me haba marchado bastante y a l ya le haban abandonado bastante tambin. Y no podra soportar or su respuesta. Cruc la habitacin en direccin a la salida.

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Isaak me sigui y puso la mano en la puerta para evitar que la abriera. Su repentina proximidad me dej sin respiracin. No puedes irte ahora. Espera a que se haga de noche. Telefonea a tu ta si es necesario. Abri la puerta. Hay un telfono en el pasillo. Te acompao. Puedo encontrarlo yo sola le dije framente. Cmo se le ocurra siquiera decirme que me fuera? Si alejas a la gente de ti, podras perderla para siempre. Pero no importaba. Tena diecinueve anos; nadie poda obligarme a hacer nada que no quisiera hacer. Llam a mi ta; de repente deseaba or su voz. Por su tono, supe que Anneke an no le haba contado nada; de otro modo no habra podido ocultrmelo. Le dije que quera hablar con mi prima. No est en casa respondi Tante Mies. Pens que estara contigo. Tena que trabajar hasta las tres, as que imagin que os habais encontrado. Supongo que andar con ese hombre. Y t dnde ests, Cyrla? No estars con; tu to dice que ahora, con las nuevas restricciones Ir a casa enseguida. Colgu el telfono y volv a la habitacin de Isaak. Dentro, el espacio entre nosotros pareca enorme y silencioso. Isaak cogi un grueso libro de la estantera, Pjaros de Europa, y lo puso encima de su escritorio. Del marco de la ventana sac un cable muy fino en el que no haba reparado antes. A sus espaldas, observ cmo abra el libro. En su interior, encajada en un hueco rectangular, haba una radio. Los Pjaros de Europa eran pjaros cantores. Uni los cables, hizo algunos ajustes y al momento o los caractersticos sonidos de la radio. La emisin era de la BBC, y como mi ingls era bastante pobre y haba muchas interferencias, slo pude entender algunas palabras. Hoy hay malas noticias dijo Isaak, despus de desmontar la radio. Han asesinado a dieciocho mil judos en Ucrania, en Berdichev. A cerca de veinticinco mil en Kamenets-Podolski la semana pasada. All Hitler est intensificando las cosas. Pero Churchill no ha aludido a esta situacin. Se ha referido a los Einsatzgruppen1 en Rusia como si esas matanzas fueran defensa militar y no asesinatos. Quiz no sea verdad prob a decir.

Grupos militares nazis que pertenecieron a las SS. Su principal tarea consista en la aniquilacin de judos.1

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Claro que es verdad. Yo creo que no puede decirlo pblicamente porque entonces los nazis sabran que tiene informacin. Espero que as sea. Pero est al tanto. Y Roosevelt tambin est al tanto. Lo que hemos sabido sobre Berdichev nos lo ha confirmado la resistencia clandestina de Londres. Y tambin que el nmero de vctimas es muy elevado en Lituania. Las cosas se estn poniendo muy mal en el este, en especial en los pases blticos. Pero no en Lodz. No en Lodz. Ni aqu. Me arrepent inmediatamente. Y qu ms da? Dieciocho mil, veinticinco mil! Isaak frunci el ceo y se frot la frente. No, aqu todava no. Pero es slo cuestin de tiempo. Despus de las restricciones nos obligarn a llevar la estrella. Despus de la estrella vendrn los guetos; y despus de los guetos, las deportaciones. Es el mismo patrn en todos los pases. Hay ciento cuarenta mil judos en Holanda. Quiz no los suficientes para que ahora mismo seamos una prioridad. Pero creo que pronto lo seremos. Si Anneke se casa con un soldado alemn, tendrs que marcharte. Anneke me quiere. No tendr cuidado. Es incapaz de entender el peligro, no necesita hacerlo. T s, pero no quieres entenderlo. Eso es peor. A veces, Cyrla No eres t quien debe tomar esa decisin dije en voz baja, y recog mis cosas para marcharme a casa.

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CuatroMi ta estaba sentada junto a la ventana de la cocina. A su lado tena un ejemplar de Libelle y una taza de t sin tocar. Dej en su sitio los cupones de racionamiento. No se dio cuenta. Ya sabes cmo es dije, desabrochndome la chaqueta. Ni siquiera son las ocho. Me acerqu a coger la taza de mi ta para servirle t recin hecho. Seguro que est bien aad, enfadada con Anneke. Era muy propio de ella olvidarse de todos los dems cuando estaba a gusto. Mi ta me cogi de la mueca. Hoy haba soldados por todas partes, ms controles Dej su taza y me apart bruscamente. Qu iban a querer de Anneke? Y qu pasa conmigo?, quise peguntar. Es de m de quien deberas preocuparte con esos controles. Entonces me qued inmvil. El olor a azcar horneado. Espera un momento. Sub corriendo las escaleras hasta el desvn y abr de golpe la puerta del dormitorio de arriba, que no se usaba desde la muerte de la abuela de Anneke. Estaba echada de lado en la cama, mirando hacia la pared. La luz del pasillo dibujaba el perfil de su cadera. Se la vea pequea y vulnerable. Me arrodill a su lado, rodendole los hombros con un brazo. Cuntame. Anneke volvi la cara. Es idiota susurr. Le apart de la mandbula un pequeo pendiente de feldespato; la joya dorada le haba dejado marcado en la piel hmeda un dibujo como de encaje. Llevaba horas llorando. No te merece. De pronto me sent culpable, como si el que yo no quisiera que se marchara hubiese provocado aquello. Lamentaba todo lo que haba querido arrebatarle a mi prima. No tienes por qu tener al beb. O s, y yo te ayudar.

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Anneke busc mi mano. Volvieron a llenrsele los ojos de lgrimas, pero segua sin hablar. Tu madre est preocupada. Tienes que decrselo. Puedes? No importa. Le di un beso en la mejilla. Ahora mismo vuelvo. A mi ta se le descompuso el rostro cuando le dije que Anneke estaba embarazada. Se apret las manos contra la boca y me mir como si estuviera abofetendola. Nunca se me haba ocurrido pensar que tuviera sueos para su hija, pero en aquel momento se le revelaron en los ojos y fue terrible ver cmo se le hacan aicos. No pronunci ni una palabra de reproche contra Anneke, ni siquiera contra Karl, pero era evidente que estaba mordindose la lengua. Llevamos a Anneke a su cama y durante una hora estuvimos sencillamente consolndola. Le cepillamos el pelo y le pusimos un camisn limpio. Le cambi la venda del dedo: la herida no cicatrizaba bien. Anneke dej que le hiciramos todas estas cosas, pero miraba hacia la ventana como si pudiera ver a travs del papel que la tapaba. Le prepar un chocolate con tostadas con lo ltimo que quedaba de la mermelada de uva espina, su favorita, y despus sub el jarrn de porcelana de Delft azul y blanco con las rosas de t amarillas del alfizar de la ventana de la cocina. Mi ta no preguntaba nada, slo murmuraba: Lieveling, lieveling. Me preguntaba cunto le costara tragarse todos los Cmo has podido?, y los Ojal. La encadenada naturaleza de consecuencias resultaba muy fcil de ver cuando ya era demasiado tarde. Finalmente, Anneke se sent y empez a hablar. No era que Karl no la amara. Tena que marcharse. Le enviaban a Alemania. Y lo que era peor: en Hamburgo le esperaba su prometida; iban a casarse en cuanto l llegara. Anneke volvi a derrumbarse. Ella no significa nada para l dijo como pudo. Pero no tiene eleccin. Se lo ha prometido. Yo estaba indignada; con Anneke, por defender a aquel hombre, y tambin con Karl: qu locura, casarse con alguien a quien no amaba y dejar a Anneke sola con la criatura. Ira a verle por la maana y le hara entrar en razn. De pronto, Anneke se acord de su padre. Est en Amsterdam le dijo Tante Mies. Anneke se desplom aliviada. Pero volver maana en el tren de la tarde le advirti. Y sabes que no podemos ocultarle algo as. Anneke rog con la mirada que le concediera un poco ms de tiempo.

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No pasar nada le asegur mi ta, acaricindole la frente. Yo se lo dir y no pasar nada. Despus le dio a Anneke un somnfero y me pidi que me quedara a leerle algo hasta que le hiciera efecto. Junto a mi cama tena la nueva coleccin de Verwey. Tambin El libro de horas, de Rilke, con las pginas desgastadas de tanto pasarlas. Me encantaba Rilke. Sus poemas me parecan flechas dirigidas directamente al corazn. Pero en aquellos momentos esos poemas haran dao a Anneke. Ped a mi ta que me subiera el nmero de Libelle que haba visto en la cocina. Era una revista femenina, llena de artculos tontos. Anneke y yo nos sentamos muy por encima de ella, pero la devorbamos todos los meses. Fue una buena eleccin: mi prima se qued dormida enseguida. Sin embargo, yo no pude. Volv a la habitacin del desvn y empuj la cama hasta ponerla debajo del tragaluz, me sub encima y lo abr para ver el exterior. Antes de que los alemanes atacaran, a Anneke y a m nos encantaba hacer aquello; desde ese lugar estratgico se vea Rotterdam en el horizonte y el puerto en la desembocadura del ro Maas. A cualquier hora, la ciudad estaba siempre rebosante de vida. La noche del 14 de mayo, toda la familia contempl incrdula el perfil carbonizado de nuestra ciudad perdida, negra con el fondo rojo de las llamas, hasta que ya nos fue imposible seguir respirando el holln. Durante das una ventisca de ceniza lo cubri todo mientras Rotterdam arda. Los alemanes disparaban contra todo aquel que tratara de apagar el incendio a modo de advertencia para los dems. No habamos vuelto a mirar despus de aquella noche. Necesitaba volver a hacerlo. La luz procedente del cuarto de luna menguante desde que empezaron las restricciones para oscurecer la ciudad para que no fuera visible desde los aviones enemigos, nos habamos convertido en expertos en las fases de la luna se derramaba sobre la negra ciudad, que segua destruida y carbonizada despus de ao y medio. Se vean algunas luces tenues en el este, donde se encontraban los muelles; seguramente eran los alemanes reparando sus relucientes embarcaciones grises. Pens en lo que le dira a Karl por la maana. Costara lo que costase, se lo dira. Cerr el tragaluz y me sent en la cama. Tambin tena cosas que decirle a Isaak. Record la conversacin que habamos mantenido ese da. Quera que me marchase porque me amaba, aunque jams me lo dira; l nunca hablaba de sus sentimientos. Era yo quien tena que deducir el dulce significado de sus duras palabras.

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Me encontraba a salvo. Ya no habra ningn marido alemn al que Anneke pudiera hablar de m, y mientras nadie supiese que yo era medio juda, los nuevos decretos no me ataan. Adems, no eran ms que decretos. Ofensivos e inoportunos, pero no amenazadores. Isaak se preocupaba demasiado por cosas que podran no suceder nunca. Si llegado el caso l estuviera en peligro, entonces nos marcharamos. Nos marcharamos juntos. Conseguira hacrselo entender.

***

Me despert al amanecer, dej una nota y cog la bicicleta para ir a la ciudad. Mi ta tena razn: haba ms soldados. En cada entrada al parque del otro lado de la calle se vea una pareja; otros estaban clavando anuncios. Y haba ms en las paradas del tranva, pidiendo los carns de identidad. Uno de ellos se me qued mirando cuando pas en mi bicicleta, y aunque se toc el casco y me sonri, el corazn me dio un vuelco. La compaa de Karl se alojaba en varias casas de Ruyterstraat; la semana anterior Anneke me haba mostrado la suya. Al llegar dud de que me sostuvieran las piernas, pero conoca un truco para obligarme a actuar cuando estaba asustada: me dije a m misma que lo nico que tena que hacer era dar el primer paso. En aquel caso simplemente deba llamar a una puerta. Despus de eso podra marcharme. Una mujer con aspecto de abuela, baja y gorda, con un anticuado gorro blanco y un delantal largo, me abri. Goedemorgen! Me sonri y yo a mi vez le dese buenos das, y eso fue todo. Al momento ya le haba dicho que quera ver a un soldado alemn de nombre Karl, y al instante me encontr en su cocina, que estaba pintada de color rosa y ola a clavo, a leja y a normalidad, donde la mujer me ofreci un caf. Ersatz, phhht! Hizo una mueca y alz la mirada como diciendo: Qu le vamos a hacer? Me guio hasta la puerta de atrs. Ah estn; hacen ejercicio en el jardn. La semana pasada me pisotearon todos los jazmines. Adelante.

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Dos soldados. Estaban de espaldas, pero supe que ninguno de ellos era Karl. De nuevo empec a sentir una opresin en el pecho, pero ya no tena eleccin. Se dieron la vuelta al or el sonido de mis pisadas y me sorprendi ver lo jvenes que eran. Pregunt por Karl Getz. Se ha ido dijo el ms alto. Tena el pelo castao y la cara redonda, y daba la impresin de que an no se afeitaba. Cundo volver? Durante unos instantes el soldado entrecerr los ojos, tras lo cual pareci decidir que yo no supona ninguna amenaza. No, se ha marchado. A Munich. Si hubieras venido una hora antes le habras pillado. Mi alemn era bueno, pero no estaba segura de haber entendido bien. Munich? No le haban enviado a Hamburgo? No, me aseguraron los dos, Karl no iba a Hamburgo. Ambos intercambiaron miradas y luego el otro muchacho, el ms callado, que tena el pelo ms claro y rizado, dio un paso hacia m y me pregunt si yo era la amiga de Karl. Hice caso omiso de la pregunta. Y qu pasa con su prometida? An piensan casarse? Los soldados se miraron el uno al otro y se sonrieron. Vaya, qu guardadito se lo tena! Y entonces comprend. No importa. Espera dijo el ms bajo. Cmo te llamas? Me di cuenta de que estaba tan solo, con tantas ganas de hablar un poco, que me dio lstima. No, yo, siento haberos molestado. Me gir para marcharme, pero l volvi a intentarlo.

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Me preguntaba si hizo una pausa y mir para otro lado, luego se pas una mano por el pelo como si le hubiera cado en la frente. Le o respirar hondo y me mir de nuevo, me preguntaba si te gustara hacer algo esta noche, ir a un caf. Es que te pareces mucho a mi hermana, y hace tiempo que no la veo. Farfull una excusa sobre que tena que trabajar y me march. Pedale por las empedradas calles todo lo deprisa que pude. El mundo se parta en dos. En uno haba nios soldados que echaban de menos a sus hermanas y suspiraban por sentarse en un caf con una chica Y en el otro, hombres que envolvan la cabeza a las muchachas con porquera de las letrinas, y que me apartaban de mi familia, y que no me dejaran entrar en un parque o subir a un tranva si supieran quin era. El mundo se parta en dos y yo estaba cayendo al vaco.

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CincoEl da en que esperbamos a mi to lo pasamos aguardando a que se desatara una tormenta. Hasta la atmsfera se notaba cargada. Telefone a la pastelera para decir que Anneke se haba torcido un tobillo. Procuramos mantenernos ocupadas: limpiamos ventanas, preparamos manzanas al horno y sopa de guisantes. Vaciamos la chimenea y sacamos las mantas de los cajones para airearlas ante la llegada del invierno. Ni una sola vez mencionamos el estado de Anneke ni comentamos cmo reaccionara mi to, pero siempre que miraba a mi ta, vea la preocupacin dibujada en su rostro. Mi prima tena una expresin vaga, y eso era peor. Me daban ganas de romper algo o de gritar. Finalmente no pude resistirlo ms. Anneke y yo nos vamos dije a medioda. Habamos pensando salir por la tarde, antes de que llegara el tren de mi to, para cenar en un caf mientras mi ta coma con l en casa. Le haba comprado su embutido de jamn favorito y le hablara despus de la cena. Yo lo habra hecho de otra forma. Sencillamente le habra dicho: Esto es lo que ha sucedido. Ahora lo que tienes que hacer es aceptarlo y apoyar a tu hija. No le habra preparado ninguna comida especial para hacerle las noticias ms llevaderas. A Anneke le pareci bien la idea. Cogimos el tren hasta Scheveningen. Haca una tarde agradable, as que nos quitamos los zapatos y las medias y dimos un paseo por la playa y despus caminamos hasta el otro extremo del muelle, detenindonos en los pilotes para ver cmo descargaban los barcos pesqueros al atardecer. No habamos visto ni a un solo soldado alemn desde que nos bajamos del tren y milagrosamente no haba nada que nos recordara la ocupacin excepto algunos bnkeres construidos en las dunas de los que siempre nos hacan rer, pintados como si fueran casas holandesas con ridculas ventanas y geranios. De verdad crean los alemanes que engaaran a alguien? Encontramos un restaurante donde bebimos cerveza y comimos pescado frito, y de postre, tarta con cerezas. No hablamos de nada perturbador, como si hubisemos dejado a un lado cual paquetes los problemas: Anneke me habl de Kees, el hijo del pastelero, a quien acababan de comprar su primera bicicleta, y yo le habl de las pequeas gallinas rojas y blancas de la seora Schaap, que se negaban a poner. Despus de cenar nos entretuvimos un buen rato con el caf.

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Creo que las dos sabamos que quiz aquella noche podra ser la ltima que hiciramos ese tipo de cosas. Finalmente Anneke empez a hablar de Karl. Era ms apasionado y ms maduro que ninguno de los chicos con los que haba salido antes. Un hombre. Si no le hubieran enviado fuera, dijo, podran haberlo solucionado todo. Porque l la amaba. Pero tena que mantener mi promesa. Me daba tanta pena por ella, sabiendo lo que saba, que tem que la verdad saliera a la luz. Tengo que contarte algo dije. Esta maana fui a hablar con Karl Anneke se qued de una pieza, perpleja. No estaba continu rpidamente. Pero habl con dos amigos suyos. l ya se haba ido. La orden de partir le lleg antes de lo que esperaba. Estaba muy disgustado; no quera dejarte. Eso fue lo que les cont. Le habra dicho cualquier cosa con tal de aliviarle el dolor. Me mir con una expresin impenetrable y se volvi hacia la ventana. Bueno. Y llego el momento de volver a casa, las dos lo sabamos. Al salir del restaurante, un soldado nos par con el pretexto de preguntarnos si tenamos fuego. Ni que decir tiene que se senta atrado por Anneke. Les pasaba a todos los hombres. Ella no le hizo caso, la mirada puesta en la calle, pero l se mostr reacio a dejarnos marchar. Era austriaco, dijo. Haba sido profesor y tocaba el piano. Sabes dnde hay msica aqu por la noche? quera saber. Vendras conmigo a escuchar msica?, se le vea en la mirada que estaba deseando preguntarle a Anneke. Mi prima volvi la cabeza y pas por delante de l con la intencin de marcharse, pero vi que le brillaban los ojos. Fue callada en el tren de regreso, aunque yo saba que no estaba asustada. Lo peor ya haba pasado. La reaccin de mi to no era nada comparada con lo que haba tenido que afrontar. Nos aguardaba en el pasillo.

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Yo esperaba que estuviera furioso; tena muy mal genio. Sin embargo, pareca sereno, y cuando vio a Anneke los ojos se le llenaron de algo peor que la ira. Anneke dio un paso hacia l. Vader? dijo con un hilo de voz. Se llev las manos a la cabeza para rechazar el abrazo de su hija y apart la mirada. Maldita puta! le escupi. T no eres mi hija. Mi to pronunci cada palabra como si fuera un golpe, y cada uno alcanz su objetivo. Anneke se abraz el vientre; con qu rapidez aprende el cuerpo dnde es ms vulnerable. T no eres mi hija! repiti. Luego cogi su abrigo y se fue hecho una furia. Mi ta se apart y le dej salir. Luego abraz a Anneke. No pasa nada. Ya se le ir el enfado. S pasaba. Abr la puerta y le llam desde el peldao de la entrada, indignada. Qu clase de padre llama puta a su hija? Qu clase de padre la abandona? Incluso a la plida luz de la luna, vi que torca el gesto de rabia. Y t tampoco eres mi hija. No lo olvides. Y me alegro le grit. Eres peor que no tener padre! Cyrla, no! Mi ta me oblig a entrar en casa. Odi a mi to por la mirada que haba visto en el rostro de Anneke. La segu hasta nuestra habitacin y la observ detenidamente, deseando que se me ocurriera algo para borrarla. Algo que la hiciera sentirse orgullosa de nuevo. Sacamos el camisn de debajo de las almohadas y nos desvestimos sin decir una palabra. Finalmente, cuando estbamos ya en la cama, romp el silencio.

La cuna de mi enemigo Dime qu se siente. Dime cmo se hace.

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Qu se siente con qu? Ah! Se ech a rer. No necesitars instrucciones, katje. Tu cuerpo sabr qu hacer, y tu corazn. S lo que hay que hacer, Anneke. Lo que quiero que me digas es cmo hacerlo. En serio, lo sabrs. Anneke hizo una pausa y se toc los rizos de la frente. Supe al instante que Karl le haba hecho eso mismo. Sentirs como si tu cuerpo hubiera sabido siempre cmo hacer el amor, como si estuviera hecho para hacerlo pero no se diera cuenta hasta que llega el momento. Frunc el ceo. Vale suspir. Pero, de veras, es natural, y lo nico que tienes que hacer es lo que el cuerpo te pida. Lo has sentido alguna vez, ese deseo? Si contest, haba sentido el deseo de hacer el amor. No. Me refiero a si os habis tocado el uno al otro, acariciado y besado hasta notarlo en tu cuerpo, entre las piernas, como si fuera electricidad. El deseo de empujarle dentro de ti; ese ardor. No reconoc, an no. Bueno, eso es lo primero. Una vez que lo sientes, puedes dejarte llevar. Enarqu las cejas, esperando que siguiera. Cyrla, de verdad no lo sabes? Hizo otra pausa, recordando, supongo, que haca tiempo que yo no iba al colegio. Desde la poca de Napolen, en todas las ciudades de Holanda se registraban los nacimientos, bodas y defunciones, con duplicados en La Haya. Aunque tena documentacin, yo no figuraba en esos registros civiles, as que mi ta decidi que hasta que los alemanes se marcharan no deba arriesgarme a ir al colegio. Por la misma razn, slo trabajaba en la tienda de mi to. Mi mejor amiga se haba ido de Schiedam despus de los bombardeos y casi no me relacionaba con otras chicas desde haca ao y medio. De acuerdo dijo. All va. Le besas. La lengua es su alma. Mtetela en la boca, entrgate. Respira su aliento. Abrzale, tcale. Acarciale la cara, el pecho, el vientre y ms abajo. Hazlo con suavidad y desear entrar en ti. Y eso es todo. De verdad. Lo dems surgir con naturalidad, como si no fuera posible hacer otra cosa. Sentirs, sentirs como si con cada movimiento os

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estuvierais diciendo el uno al otro: Te conozco! Te conozco!. Y despus, despus el mundo te cantar al odo. Gracias, Anneke. Esto era lo que Isaak nunca vea en mi prima y lo que yo olvidaba a menudo: su generosidad. Una vez le confi mi sueo de querer ser poeta. Pero ya lo eres respondi ella. En la manera en que eliges las palabras en tu forma de ver las cosas y en cmo me las muestras a m. Hasta aquel momento, slo haba ledo poesa, nunca la haba escrito. A veces se me ocurran algunos versos a menudo sin sentido y me descubra a m misma anotndolos, pero jams haba tratado de darles forma y significado. Aquella noche me arm de valor y escrib mi primer poema: cuatro versos sobre la gracia. Yo era la egosta, contenta porque ya no iba a dejarme. Y bien? Es que no vas a decirme de quin se trata? Perdname, he estado tan embelesada con Karl que no te he preguntado. Se trata de Isaak, por supuesto. Isaak? Ah. Ah, qu? Nada. Que no lo saba. Es maravilloso. Para los dos. Apag la lmpara que haba entre nuestras camas. Espera un momento dijo en la oscuridad . Hay algo para lo que debes prepararte. De otro modo, podra ser complicado y doloroso y no disfrutars la primera vez. Esper a que se explicara. El himen. Puedes romperlo t misma; no es duro. A m me lo dijo Gera; su ta se lo explic, y ella sabe de estas cosas. Utiliza algo suave y redondeado, no demasiado grande. La ta de Gera dice que en algunas culturas tallan pequeas diosas de piedra o de madera para hacerlo, y que es un ritual sagrado. Pero cualquier cosa servir; una cuchara vale. Limpia. T qu utilizaste? pregunt. Anneke se ri e incluso en la oscuridad percib el gesto de impaciencia que puso; durante unos instantes volvi a ser ella misma, la de siempre.

La cuna de mi enemigo A Jan Wegerif! Me sent en la cama. Jan Wegerif? No saba que hubieras salido con l.

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Y no lo hice. Sencillamente, una vez nos colamos en la casa flotante de su abuelo. Fue terrible. Por eso te digo que utilices algo primero. Y, Cyrla, una cosa ms. S? No te quedes embarazada.

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SeisMi to no se abland. Durante los siguientes dos das no dej de fulminar a Anneke con la mirada, y conmigo se portaba como si yo no existiera. Aunque apenas paraba en casa: o estaba demasiado enfadado para almorzar all o se encontraba muy ocupado. La remesa de lana que haba recibido era para el pedido de seiscientas mantas que le haba hecho el ejrcito alemn. Aquello me inquiet. A mi to le disgustaba la ocupacin y las incomodidades que sta causaba tanto como a cualquier otra persona, y lo que ms le indignaba era or el estruendo constante de los trenes que se dirigan al este, cargados con productos holandeses obtenidos mediante el saqueo. Los contenedores llevaban impresa una insultante mentira: Regalo del pueblo holands a sus hermanos alemanes. Siempre pens que su postura antialemana era una cuestin de principios; desde luego, tena muchos amigos entre los comerciantes judos que le vendan artculos en Breedstraat de Amsterdam. Pero, aunque nunca le haba odo expresar ninguna simpata por los nazis, haba empezado a preguntarme si de verdad era totalmente desafecto a ellos. ltimamente haba trabajado mucho remendando los uniformes de los alemanes que se alojaban en nuestra ciudad. Al principio, Tante Mies le rog que no aceptara ese trabajo. Cierra la tienda le haba suplicado ms de una vez. No participes en esto. Mi to siempre contestaba que tema por nuestro bienestar si no haca el trabajo. Si cerraba la tienda, tendra que alistarse para realizar tareas obligatorias. Cmo nos las arreglaramos entonces? No haba razn para no creerle; todos los hombres de la ciudad estaban llevando a cabo esos acuerdos. Pero cuando yo le ayudaba en la tienda cortando tela en el cuarto de atrs, le oa hablar con los alemanes y me horrorizaba el tono tan amistoso que utilizaba. Tan complaciente. Haca algunos meses que mi ta se haba dado por vencida. Las noticias sobre la guerra le haban ido extinguiendo el espritu hasta convertirse en una sombra a la deriva, dejando que mi to influyera cada da ms en la familia. En su fuero interno pareca abrigar un rencor que rezumaba por todo lo que haca o deca y que penda sobre nosotros, sombro como el humo. De no ser por el

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carcter alegre de mi prima, la casa habra sido insoportable. Pero de repente, con la ausencia de su marido, mi ta reaccion. Anneke y yo nos despertamos un da con el ruido de un martilleo. Encontramos a mi ta en el stano, clavando unas tablas entre dos postes para ocultar una estantera. Traed todos los alimentos no perecederos nos orden. Escondedlos aqu. Y lo hicimos: pasas, cajas de alubias y guisantes secos, la fruta que mi ta haba envasado en el verano, las sobras de las porciones semanales de azcar y harina, pastillas de caldo e incluso una triste taza de fideos en el fondo de un tarro. Despus, mientras echbamos una ojeada al peridico para enterarnos de las rdenes de racionamiento de la semana, nos cont sus planes. Cada semana, parte de nuestras raciones de lcteos ser leche enlatada. Y empezaremos a hacer intercambios. No necesitamos cigarrillos ni dulces, los cambiaremos por ms harina o leche. Y los cupones textiles sern para cosas que podamos usar despus con el nio. Anneke y yo nos miramos. Estaba segura de que ni siquiera poda imaginarse en qu fecha tendra a la criatura; era difcil incluso hacerse a la idea de que estaba embarazada. Mi ta nos tena atareadas todo el da. Anneke y yo estbamos tan asombradas con su repentino resurgir que hacamos lo que nos peda sin preguntar. Nos sentaba bien distraernos con ese trabajo; era un alivio hacer cosas en lugar de que las hicieran a nosotras. Pero haba cierto asomo de desesperacin en el frenes de mi ta y se me ocurri que en todas aquellas preparaciones buscaba una suerte de expiacin. Me preguntaba en qu crea haber fallado. Pensaba acaso que podra haber evitado la situacin de Anneke si hubiera estado ms preparada, ms alerta? Siempre imagin que el vnculo madre-hijo es como un ro continuo de apoyo y amor, y haba estado tan ocupada lamentando su ausencia que nunca consider la posibilidad de que ese ro pudiera volver a su fuente, de que los hijos tambin podan sostener a su madre. Me propuse observar a mi ta atentamente, y a Anneke, cuando naciera el nio. En cuanto oy que llegaba su marido, mi ta nos mir a Anneke y a m y seal con un gesto la puerta trasera. Mientras le reciba en la sala, nos pusimos

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el jersey a toda prisa y salimos fuera. Nos sentamos en los peldaos de ladrillo, comimos el ltimo tomate que quedaba en las plantas amarillentas y contemplamos cmo sala una menguada luna. Se levant una brisa que hizo susurrar las hojas secas del nogal en lo alto, por lo que slo podamos or murmullos inconexos provenientes del comedor. Pero ramos capaces de distinguir que la conversacin era escasa y desalentadora. Anneke sac un paquete de cigarrillos y un encendedor del bolsillo del pantaln. Se encendi uno y me pas el paquete. Mene la cabeza. Tu padre Anneke haba empezado a fumar cuando conoci a Karl, pero mi to odiaba ver a una mujer fumando en pblico, por eso nunca lo haca en casa. Algunas tardes bamos a pasear hasta el gran depsito donde descargaban las barcazas y nos sentbamos en el muelle, oyendo los hombres hablar mientras se pasaban cajas de clavos y tabaco y arenques salados. Anneke comparta sus cigarrillos conmigo, y el humo se mezclaba con el fuerte olor de las especias y el alquitrn. Se encogi de hombros y esboz una sonrisa irnica. Era comprensible. Alargu la mano y cog un cigarrillo, y las dos nos quedamos all sentadas fumando, con la espalda encorvada contra el fro de la noche, hasta que omos que mi to se iba otra vez a la tienda. Me pregunt cuanto tiempo podramos seguir viviendo todos en aquella casa.

***

Al da siguiente cay una glida lluvia durante toda la maana. Anneke tampoco fue a trabajar y, con un par de manos extra, hicimos las tareas de casa rpidamente. Pusimos un disco y sacamos el back-gammon. Mi ta pas por la sala con la ropa de cama que le acababan de traer de la lavandera. Puede que tengamos que cambiarlas por comida cuando nazca el nio dijo, sealando las piezas de marfil del juego. Envolvedlas y escondedlas, no vaya a ser que vuelvan los alemanes a requisar cosas. No van a llevarse nada ms de esta casa. Ah, y las piezas de ajedrez, tambin. Ponedlas detrs del cubo del carbn. Y esas figurillas y las tenazas de la chimenea Dirigi la mirada

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al gramfono y frunci el ceo, pensando. Sent un ramalazo de preocupacin ante la conducta de mi ta, y creo que Anneke tambin. Para qu iban a querer eso? le dijo a su madre. Adems es muy grande para esconderlo. Claro. Mi ta sonri. Pero la ligera sensacin de angustia que se respiraba en la casa no se disip, y para cuando dej de llover a primera hora de la tarde, tanto Anneke como yo estbamos deseando irnos a la calle. Cogimos las bicicletas y fuimos al parque que hay junto al canal. Haca fresco, pero cuando dej de llover sali el sol y a m me preocupaba que el cielo, de un azul intenso en contraste con las nubes blancas, le recordara a Anneke los ojos de Karl. Quera que al menos pasara una tarde sin pensar en su problema, pero, claro est, eso no era posible. Vimos a una pareja sentada en un banco, apoyado el uno en el otro, y supe que ella pensaba: Karl me ha abandonado. Como haca buen tiempo, los nios demasiado pequeos para ir al colegio estaban en la calle con sus madres, jugando a las canicas y a la rayuela, corriendo y tropezndose delante de nosotras, y le asalt el pensamiento: Estoy embarazada y me ha abandonado. Las cosas ms insignificantes nos resultaban estimulantes: dos palomas pelendose por un trozo de pan, una anciana tratando de evitar que el viento le volara la falda, una bandada de gansos volando como una flecha entre los rayos del sol. Todo nos haca sonrer, pero enseguida Anneke se refrenaba y yo saba que estaba pensando: Un momento. No, no soy feliz. Vi cmo se le ensombreca el rostro y el labio inferior empezaba a temblarle por ensima vez. Quieres tener ese nio? Habamos llegado a un puente. Anneke baj la mirada hacia el canal, reluciente y tranquilo, que le recordaba su propia verdad. No poda escapar de s misma durante mucho tiempo, con tantos espejos serpenteando por todos lados. Holanda era cruel en ese sentido. Cog una piedra y la arroj al agua para romper la superficie, y Anneke se gir. Ojal no estuviera embarazada. Pero ya que lo estoy, me gustara que Karl se hubiera quedado conmigo. No puedo pensar en nada ms. S que pronto tendr que tomar alguna decisin. S que no tengo que tener el beb; la ta de Gera dice que hay formas Pero cuando lo pienso, no puedo. Se llev las manos al vientre en un gesto que se haba convertido ya en algo familiar.

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Qu te parece si nos vamos de aqu, si buscamos algn lugar para las dos? Lijsje y Frannie se fueron a Amsterdam el ao pasado, te acuerdas? Las dos encontraron trabajo en un banco. Diet de Jonge se fue a Utrecht ella sola. Podramos empezar de nuevo. De todos modos, yo tendr que marcharme pronto, tu padre no me quiere aqu. Anneke agit los dedos como sola hacerlo, como si los problemas no fueran ms que palabras que pudiera borrar con la mano. Ojal no estuviera embarazada, pero lo estoy. Quin sabe cunto tiempo podr seguir trabajando? Y si tengo al nio, qu?, podrs mantener a tres personas? Apoy la cabeza en mi hombro. Qu sola voy a estar sin ti, katje. Me apart un poco y la agarr de los codos, con cuidado, pues tuve el repentino deseo de agitarla con fuerza. Estars sola si no vienes conmigo le dije, porque no creo que tu padre vaya a dejar que me quede. Acaso no ves cmo est la situacin? Tendras que hablar con l. sta tambin es tu casa. No, no lo es. Ahora me doy cuenta. Cuando vine aqu, l me permiti entrar en vuestra casa. Eso es todo. No en vuestro hogar, ni en vuestra familia. Y de ninguna manera pas a formar parte de tu cmoda existencia, en la que slo tienes que fruncir los labios para que al instante aparezca alguien a contentarte. Mi cmoda existencia? Anneke retrocedi, dolida. Pero yo no retir mis palabras. Mi cmoda existencia? Se puso las manos en el vientre y se me qued mirando. Te gustara estar en mi pellejo, Cyrla? Me mord la lengua y apart la mirada. Porque la respuesta era S. Por el este nos lleg un zumbido familiar y aparecieron tres aviones por encima de los rboles. Hubo un silencio, y todos los que estbamos en el parque levantamos la cabeza. Siempre hacamos lo mismo, aunque que ya no corramos como ratones huyendo de un halcn al acecho. La sombra del avin ms cercano se reflej en el canal, oscureci la hierba y nos pas por encima. Yo me estremec y Anneke se enderez y asinti para s. Bueno dijo. Se est haciendo tarde. No podemos escondernos de padre eternamente. Pero deberamos haberlo hecho.

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Sietel ya estaba en casa cuando llegamos nosotras, instalando una estufa nueva en el saln. No nos mir al pasar a su lado de camino a la cocina para ayudar a mi ta con la cena. Nuevas restricciones de combustible explic frunciendo el ceo. Hay que ocuparse de esa cosa cada hora. Y la polvareda que produce! Me alcanz cuatro patatas y un delantal. Saqu del cajn un cuchillo de mondar, me sent a la mesa y me puse a pelar. A los pocos minutos, mi to entr en la cocina con un peridico debajo del brazo. Hoy estars aqu a la hora de cenar le dijo a Anneke. Su rostro era totalmente inexpresivo, lo mismo que el de ella. Se dirigi a la mesa, dej el peridico delante de m y cogi un pao de cocina para limpiarse las manos. Luego sali de la habitacin. En la pgina que tena ante m haba un enorme anuncio: un breve resumen de los lugares en los que no se permita la entrada a los judos. El cuchillo de mondar se me cay de las manos. Joden Verboden. Todos los restaurantes, todas las tiendas, todos los cines. Los colegios. Los parques. Las playas pblicas, el transporte pblico. Habra sido ms corto, pens yo, enumerar los sitios en los que s se les permita entrar. Los lugares en los que yo poda entrar. No haba dudas respecto al mensaje de mi to: haba llegado antes de lo que esperaba. Dobl el peridico y trat de esconderlo bajo las peladuras de patata, pero Anneke lo vio. Lo cogi y lo ley sin comprender. Y luego comprendiendo. Le pas el anuncio a mi ta. sta se me acerc y me puso un brazo en los hombros. Oom Pieter, son tiempos difciles. No pretende

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Mentira. Me levant y cerr la puerta de la cocina. Os preocupa esto? pregunt en voz baja para que mi to no lo oyera, mirando a mi ta y a mi prima alternativamente. Os preocupis por m? No respondi Anneke. Nunca lo hago. Quieres que me preocupe? No lo s. Era una buena pregunta. En primavera, cuando aparecieron los primeros carteles en algunos restaurantes y tiendas, las palabras no prohiban exactamente la entrada a los judos. JODEN NIET GEWENST, LOS JUDOS NO SON BIENVENIDOS, decan, en blanco y negro. Yo estaba con mi ta en la verdulera la primera vez que vimos uno. Ella, indignada, no daba crdito. Qu significa esto? pregunt al seor Kuyper, a quien conoca de toda la vida. Tienes clientes que son judos. Amigos! Yo apretaba con fuerza las manzanas que tena en las manos. Por un lado quera que dijera: sta es mi sobrina, y es mitad juda. Ya no es bienvenida aqu?. Pero si lo haca, qu sucedera? En aquel instante vi que mi vida estaba construida sobre arena y que una simple ola podra llevrsela por delante. La seora Abraham? La seora Levie? pregunt mi ta. De repente despus de todos estos aos, ya no quieres que compren aqu? Yo me sent de lo ms aliviada al ver que mi ta no se ofenda por m ante esos carteles. Y me avergonzaba de mi alivio. Estaba enfadada tambin; indignada por mi padre y mis hermanos, por Isaak. Pero sobre todo tranquila despus de ver cmo se haban desarrollado las cosas; con aquel intercambio de palabras mi ta me haba dicho claramente lo que yo haba percibido desde mi llegada: que all, en Holanda, yo no era juda. Ella saba lo que era mejor. No lo s repet. Empec a cortar las patatas en pedazos del mismo tamao. Nunca quiero pensar en ello. Pero Isaak dice Hice una pausa, imaginando lo que Isaak dira sobre lo que mi to acababa de hacer, pero enseguida trat de apartarle de mis pensamientos. Mientras no lo sepa nadie, no importa. Me volv hacia mi ta. Alguna vez le has dicho algo a la seora Bakker? Le cont lo que haba sucedido la otra maana.

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Claro que no. Es su manera de ser, pero es inofensiva. Nunca se lo hemos dicho a nadie; es lo que nos pidi tu padre cuando te envi aqu. Yo no lo saba. Tena slo catorce aos cuando llegu y no se me ocurri preguntar nada. O quiz me asustaba demasiado. Bien. Bueno. Nadie lo sabe y tal vez tengas razn, tal vez Oom Pieter slo esta disgustado. Y tal vez no tendra que contarle nada de aquello a Isaak. Me acerqu al fogn y ech los trozos de patata en la sartn caliente. Anneke dej la cuchara con la que estaba removiendo la salsa de carne y me toc el brazo. Cyrla dijo. Karl lo sabe. Anneke! grit mi ta. Me qued estupefacta. No pasa nada replic Anneke rpidamente. l odia a los nazis. Te gustara Karl; confiaras en l. T confiaste en l y mira lo que ha pasado! Quera gritar. Todava pensaba que le conoca? Pero me di cuenta de que ella ya estaba preguntndoselo. No importa dije. Se ha ido, as que ya no importa. Pero claro que importaba. Ah estaba la ola que haba temido, y vena de la direccin que Isaak me haba advertido que vigilara. Todo se vendra abajo pronto, ya haba empezado a desmoronarse. Lo saba, pero no poda asimilarlo en aquel momento. Y menos con Anneke y Tante Mies mirndome. Y menos con Oom Pieter esperando a Anneke a la mesa. Me obligu a tranquilizarme mientras terminbamos de preparar la comida y la llevbamos al comedor. Haba carne; no unos simples trocitos dando gusto a la sopa sino una pieza entera de vaca equivalente a la de toda una semana asada con cebollas en una fuente tapada. Mi ta intentaba de nuevo ablandar a su marido. Nos sentamos en nuestros sitios habituales, pero habamos faltado dos noches, todo pareca extrao. Mi to bendijo los alimentos y empez a comer. Levant la vista. Comed. Cogimos los tenedores e intentamos tragar.

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Mi to habl del tiempo, del invierno que se acercaba, de la nueva forma en que calentaramos la casa. Mitad antracita y mitad coque dijo pensativo. Eso es lo mejor que podemos esperar, supongo. Como si a alguno de los que estbamos a la mesa nos interesara el carbn. Nos dijo que una de sus mquinas se haba estropeado y que necesitaba una pieza. En qu mal momento, con el enorme pedido de mantas. Y necesitaba contratar a dos costureras; eso no debera ser difcil, con tanta gente sin trabajo. A Anneke se le haba marcado una vena de la sien. Tena la piel tirante y quebradiza como el cristal, y pens que se le hara aicos el menor estremecimiento. Ojal se me ocurriera algo que decir que incitara a mi to sin enfadarle. La comida dur horas. Horas. Finalmente dej el tenedor en la mesa y nos mir una a una para ver si le estbamos prestando atencin. He encontrado la solucin dijo. Una casa de maternidad. Anneke no necesita una casa de maternidad dijo mi ta, con toda la razn. Se quedar aqu, con nosotros. No, de ninguna manera. No lo permitir. Cort un trozo de carne y se lo comi, bebi un poco de cerveza y ni nos mir. Nosotras esperamos. Es muy decente lo que estn haciendo. Muy progresista. La tratarn bien. No todos son malvados, sabes? Quines no son todos malvados? pregunt mi ta. Los alemanes. Han abierto estas casas en todos los lugares en donde estn sus soldados. Son muy modernas. Con las mejores instalaciones. Se estn ocupando de este problema en todas partes. Nos quedamos mirndole. Slo mi ta poda formular preguntas. Qu problema? Qu tienen que ver los alemanes con nosotros? Anneke no es la nica. Se estn ocupando de las chicas que se han metido en este tipo de problemas. Estn asumiendo la responsabilidad, incluso aunque sus soldados no tomen parte en el asunto. Como te has enterado? pregunt. Vi cmo se le contraa la mandbula, pero tena que seguir. Quin te lo ha dicho? A quin has hablado de Anneke?

La cuna de mi enemigo No respondi. Pero no haca falta que lo hiciera.

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Se lo has dicho? susurr Anneke. Se lo has dicho a los alemanes que van por la tienda? Me has avergonzado. Mi to elev la voz. He encontrado una solucin. Pieter, qu has hecho? La mirada de mi ta era feroz. Anneke tiene cita maana. Una entrevista y unos tests. Yo la llevar. De todos modos, no puedo trabajar hasta que no consiga la pieza. Qu clase de tests? pregunt. Mi to me mir durante unos instantes, aguzando la mirada tras sus gafas con montura de acero. No habra sabido decir si estaba pensando en la respuesta o decidiendo si deba hablarme o no. Una formalidad documentacin. respondi finalmente. Informes mdicos,

Nee. No lo permitir dijo mi ta. Nunca haba desafiado a su marido directamente. Todos los que estbamos a la mesa supimos que algn eje se haba movido, y que en adelante habra que buscar un nuevo punto de equilibrio. Mi to se puso colorado y el cuero cabelludo se le vea rojo oscuro a travs de su cabello claro. Nuestra hija nos ha avergonzado. He encontrado una manera de hallar un poco de honor en esta vergenza. Qu honor, Pieter? grit mi ta. Qu honor? Me levant y me puse detrs de Anneke, con las manos sobre sus hombros. Qu vergenza? pregunt. Amaba a un hombre. El amor es lo contrario de la vergenza. No la mandes fuera. Mi to ech la silla hacia atrs y se levant. Anneke, preprate para salir de viaje por la maana. Volveremos el domingo.

La cuna de mi enemigo Mi ta tambin se levant. Nee repiti. No lo permitir. Senta a Anneke sin fuerzas bajo mis manos. Dejadlo ya dijo. Por favor, dejadlo. Ir.

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Luego no quiso hablar de su decisin. Mientras nos preparbamos para acostarnos lo nico que dijo fue: Te has parado a pensar cmo seran las cosas si me quedara aqu? No, no lo haba hecho. Cuando lo hice, comprend que sera difcil. Todo el mundo le echara en cara que Karl era un soldado alemn. Se equivocaran. Pens en Isaak. Su ciudadana no tena nada que ver con la forma en que se me encoga el corazn cada vez que lo vea, como si quedara tan anonadado que no pudiera seguir latiendo. Sus ideas polticas nada tenan que ver con la manera en que me arda el muslo si se rozaba con el suyo. No importaba que Karl fuera alemn. Goethe era alemn, y Schiller, quien escribi sobre la libertad. Rilke, Beethoven, Bach, Brahms. Panaderos y profesores y pintores y enfermeras; hombres y mujeres que amaban a sus familias y llevaban una vida honrada. Era a los nazis a quienes odibamos, y yo crea a Anneke cuando deca que Karl no era nazi. Que le amara a pesar del ejrcito que le haba reclutado demostraba qu gran corazn tena. Haba malinterpretado la personalidad de l, pero no haba violado ningn modelo de conducta por el hecho de amarle; era ella quien estaba muy por encima. Y esperaba poder convencer de ello a toda una ciudad. Anneke tena razn. No poda quedarse aqu. As que nos marcharamos.

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OchoEsa noche so con mis padres, con la misma imagen que a menudo haba visto mientras dorma. Estaban echados en la cama; mi padre, boca arriba; mi madre, de lado, apretada contra l con la cabeza en su pecho, acurrucada bajo su brazo izquierdo. Mi madre tena el pelo suelto y le caa como una cascada en un arco de mbar ondulado sobre el hombro de mi padre, mezclndosele entre la barba y el pelo, donde lanzaba destellos dorados que contrastaban con el negro. Mi padre tena el otro brazo cruzado sobre el pecho justo por debajo de las costillas, y sus dedos descansaban entrelazados con los de mi madre sobre su estrecha cintura. Una composicin de paz completa. El arco de pelo entreverado y el arco de brazos enlazados formaban un crculo, hermoso en su conclusin, terrible en su exclusin. Porque el sueo era ste: yo me acerco a mis padres, desesperada por entrar en el crculo, pero ellos no lo abren para m. No pueden, tienen las manos fundidas. Me las ensean levantando los brazos en un gesto de impotencia, y tienen el pelo trenzado en un lazo. Lo sentimos. Lo sentimos. Me despierto con el sueo an fresco en la mente, doloroso como una contusin, y me encuentro con que Anneke se ha marchado. Slo iba a estar fuera un da, me recuerdo a m misma. Una entrevista y volvera a casa al da siguiente. Entonces le contara el nuevo plan, el que haba preparado antes de quedarme dormida. En el desayuno, mi ta no quiso hablar sobre lo que haba sucedido la noche anterior. En cambio hablamos sobre lo que bamos a hacer esa maana, y como no era mucho, estuvimos un buen rato sentadas a la mesa de la cocina mientras entrbamos en calor con el caf y los rayos del sol. Arranqu una hoja marchita de un geranio. Tante Mies dije, hblame de mis padres. Mi ta levant la vista bruscamente. No sola preguntar por ellos. Qu quieres saber?

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Pues cmo eran antes de conocerse. Cmo eran antes de que yo los recuerde. Mi ta se acerc a m y me pas un mechn de pelo por detrs de la oreja. Cmo los recuerdas t, Cyrla? Muy juntos. No saba que dira eso. Los recuerdo de pie o sentados siempre cerca el uno del otro, rozndose. Cuando pienso en ellos, los imagino siempre juntos. Apoy la barbilla en los puos y me qued pensativa. Excepto cuando recuerdo a mi madre conmigo en la cocina. En aquellos momentos hablaba en holands. Yo crea que la gente hablaba holands cuando cocinaba. Por unos instantes me vi transportada a aquella cocina, mi madre cubierta de harina hasta los codos, radiante al verse reflejada en m. Ja, desde el principio fue como si siempre hubieran estado juntos. Y como si fueran las dos mitades de un todo. Aunque eran muy diferentes. T te pareces mucho a tu madre, lo sabas? A veces me la recuerdas tanto Has heredado su carcter. Quera mucho a tu padre. Y tienes razn, siempre estaban muy juntos, siempre rozndose. Me di cuenta de que mi ta y mi to nunca se tocaban. Jams le haba visto a l tocando a nadie. Por la expresin de mi ta, supe que estaba pensando lo mismo. Tu to nos quiere dijo. A su manera. Le gustan las normas. Y lo que ha hecho Anneke, bueno Qu haba hecho Anneke?, me pregunt. Cules eran las normas del amor? Estaba segura de que si alguna vez tena la suerte de formar parte de un todo con alguien me dara por satisfecha. Nunca le pedira al amor que siguiera unas normas. Y lo del peridico de anoche era slo porque est preocupado. Hice un gesto con las manos para hacerle ver que ya no importaba. Pero ella quera explicarse. Es complicado. l no simpatiza con los nazis, t lo sabes. Cyrla, escchame. Trata de entenderlo. La familia de tu to era rica. Pero invirtieron en bonos zaristas; muchos holandeses lo hicieron. Cuando los bolcheviques cancelaron todas las deudas extranjeras, perdieron gran parte de su riqueza. Tu to tuvo que dejar la universidad y aprender un oficio. Creo que nunca lo ha superado.

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Pens en mi to, que pona cortinas nuevas en el saln todas las primaveras. Slo en el saln, la nica habitacin que daba a la calle. La primera primavera que pas all, recuerdo a mi ta regandole por forrarlas con el mismo satn bermejo de las propias cortinas. Para quin es esto, Pieter? le pregunt. Para nosotros?, O para la gente que pasa por la calle? Es bueno para el negocio respondi l. Pero me di cuenta, por la cara que puso, de que las palabras de mi ta haban abierto una vieja herida. Y cuando ella aprovech la tela de las cortinas que haban quitado para hacer otras cosas colchas para nuestra cama del damasco a rayas grises; capas para Anneke y para m del terciopelo verde, l frunci el ceo. As que, al principio deca mi ta, antes de que t llegaras, le atraa el antibolchevismo de Hitler. Pero ya no. Entonces, qu est tratando de decirme? Cruc los brazos y me prepar. Mi ta apart su caf y se llev las manos a la boca. Los judos deben inscribirse. Es una ley terrible. Nosotros no queremos las leyes alemanas. Pero a l le preocupa sta en particular. Le preocupa quebrantarla. Y ahora, con las nuevas restricciones Pero puedo hablar con l. No, no lo hagas dije. En cuanto terminamos las tareas de casa, telefone a Isaak al trabajo. Tenemos que vernos; debo hablar contigo. No puedo, Cyrla. Dnde podramos quedar? En el parque de Burgemeester Knappertlaan suger. El da estaba precioso; daramos un paseo. O suspirar a Isaak y entonces me acord: no haba un solo lugar al que Isaak pudiera ir sin violar las nuevas restricciones, aparte del barrio judo. Y l no quera que yo fuera all. Pero no podra evitarlo. Ir al consejo, entonces le dije. No, no es una buena idea, y lo sabes. Podemos hablar por telfono.

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Isaak, espera un momento. La tienda de mi to est cerrada hoy. Nos vemos all dentro de una hora. Cyrla, no. Si me cogen, la vida de muchas personas estar en peligro. Por la puerta de atrs dije. Slo por esta vez. Al dejar el auricular en su soporte, ca en la cuenta de algo: siempre necesitaba una razn para ver a Isaak, un problema para que lo resolviera. Le presentaba mis problemas como si fueran monedas con las que pagar mis encuentros con l.

***

Isaak estaba enfadado; lo supe en cuanto abr la puerta. Entr en la tienda, y cuando lo hizo me di cuenta de lo que vera: mostradores repletos de rollos de lana marrn. Sin duda, preguntara para quin era semejante pedido. El tejado. Es ms seguro. Le cog de la mano y le conduje hacia las escaleras, y por unos instantes le sent tenso. Isaak no entenda el contacto fsico. Cunto le haba costado no tener familia! Le haban criado buenos hombres, me cont; pas los primeros aos de su vida en un orfanato, pero luego los mayores de la sinagoga de su ciudad se ocuparon de l. Sin embargo, nadie le haba abrazado nunca por la noche para que comprendiera a travs de la piel cmo se le quera. Isaak no se apartaba cuando yo le tocaba. Pero nunca devolva la caricia. En el tejado se tranquiliz. Nos acercamos hasta el borde y nos asomamos. Las casas de ladrillo con sus tejados escalonados tenan un brillo ocre con el sol de la tarde, el canal era de un fro verde hiedra y los rboles estaban adquiriendo un tono dorado hasta donde alcanzaba la vista. All arriba, por encima de los sonidos de la calle, todo era silencio y quietud, y cuando mir a Isaak supe que estaba pensando que ojal se hubiera trado su cuaderno de dibujo. Cyrla, escucha eso dijo Isaak. Cruz al otro lado del tejado. Una oropndola. Me parece que est en esos perales. Pero se es el canto del perodo de celo. Nunca lo haba odo en poca tan tarda. An no tiene pareja? Pens en el poema de Rilke sobre la llegada del otoo que a m tanto me obsesionaba. Recit unos versos a Isaak.

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El que ahora no tiene casa no la tendr nunca; El que ahora est solo lo estar siempre.

Como tu oropndola dije. Como nosotros. Bueno, no exactamente. Es ms probable que haya tenido pareja y que haya muerto. Y si ella ha muerto lo ms seguro es que los polluelos no hayan sobrevivido. Si es que tuvo la oportunidad de poner huevos. Mir a Isaak de cerca y supe que habamos terminado de hablar de pjaros. Nos acomodamos en una zona de gravilla caldeada por el sol, apoyados de espaldas contra un murete. Le habl de la amenaza de mi to y de lo que haba dicho la seora Bakker. Y que Anneke le haba contado a Karl que yo era medio juda. No tena sentido seguir ocultndolo. Tienes razn admit. Ha llegado el momento de que me marche Le mir de reojo, para ver si le dola la idea de que tuviera que irme. Pero, cmo no, se cuid mucho de ocultar sus sentimientos. Empezar con los preparativos. Los maquis son buenos en esto. Confo en ellos. No. Me ir a otro lugar, pero no muy lejos. No saldr de Holanda. No hace falta. Le cont que pensaba irme a Amsterdam o a Rotterdam con una identidad falsa. l podra ayudarme. Isaak escuch y asinti con la cabeza. Hasta que mencion que Anneke se vena conmigo. Arque una ceja. Le dije dnde se encontraba en aquellos momentos y lo que haba hecho mi to. He odo hablar de esos lugares dijo, cogiendo un puado de gravilla y agitndolo en la palma. Lebensborns. Sabes lo que son, verdad? Centros para que las chicas tengan a sus nios y no se las condene al ostracismo. No exactamente. Isaak dej escapar la gravilla entre los dedos. No se trata de un servicio humanitario. Sabes por qu lo hacen?

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Anneke espera un hijo de alemn. Y ellos asumen la responsabilidad; quieren que ella est cuidada y a salvo. S, pero por qu? Piensa en lo que significa lebensborn. Manantial de vida. Fuente de vida. Not que Isaak me observaba, como a la espera. Siempre deca que deba ponerlo todo en duda. En aquellos momentos quera complacerle, as que pens en ello con su mentalidad. Y la respuesta era: No. S, insisti Isaak . Son cunas negras. Ten un hijo para el Fhrer el lema. De todas las mujeres alemanas, tanto si estn casadas como si no, se espera que tengan hijos. Les gustara poblar con los suyos todos los lugares a los que llegan. Sabes qu es lo que me asusta de ellos? La anticipacin con la que piensan. Los nios no son nios para los nazis, Cyrla. Son recursos. Y ahora los estn tomando de las naciones ocupadas. Me imagin al beb que Anneke llevaba en sus entraas. Un niito o una niita. Los alemanes queran llevarse a nios holandeses de la misma forma en que se llevaban nuestro combustible, nuestra comida, nuestros tejidos. Se me vino a la cabeza la bendicin que se ley en el bautizo de mi hermano pequeo, Benjamn: Que tengas una vida plena, que conozcas otros mundos y confes en las generaciones pasadas as como en las futuras. Casi poda oler el cuello enjabonado de Benjamn, casi notaba la clida humedad de su peso en mi cadera, dormido con los dedos entrelazados con un mechn de mi pelo, de manera que a cada paso que daba senta un ligersimo tirn. Se lo explicar le dije a Isaak. Vendr conmigo. Har lo que le d la gana replic Isaak. Con resentimiento, me pareci. Pero espera a ver. Lo ms seguro es que no la acepten. A la mayora de las chicas les pasa. Sabes lo de los tests? Asent, luego negu con la cabeza. Tienen que comprobar su genealoga. Tienen que tener un color determinado de pelo y de ojos. Arios, como ellos dicen. Es lo deseable. En algn lugar no saba dnde aquello era lo que le estaban haciendo a mi prima en esos momentos. Podran medir su encanto? Sera aceptable para ellos la luz que derramaba sobre nuestra familia? No haba nada ms que decir.

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De repente me sent exhausta, como si llevara das entumecida. Apoy la cabeza en el hombro de Isaak y le not tenso. Anneke haba dicho que en cuanto dos personas empiezan a tocarse, sabran cmo hacer el amor. Pero primero Isaak tendra que aprender el lenguaje del tacto. Yo le enseara. A quin ms tena l? Acerqu una mano a su cuello, por donde se le abra la camisa, y con mucha delicadeza le pas las yemas por la garganta clida, suave y morena por el sol del verano. Por un instante el mundo desapareci, y luego se revel en aquella deliberada pregunta de la piel. Contuve la respiracin, esperando una respuesta. l me cogi la mano y la apret, y acto seguido la apart. Cyrla, no. No es He de irme. Se puso en pie y mir para otro lado. Quise agarrarle y obligarle a que volviera a mirarme. No obstante, lo comprenda. Necesitaba tiempo para sentirse cmodo con ese nuevo lenguaje. Pero no tenamos tiempo. Aquella noche, cuando fregu los platos despus de cenar, cog una cucharilla de la jabonosa agua caliente y me la guard en el bolsillo.

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Nueve

La persona que volvi a casa el domingo por la tarde no era mi prima. Al acercarme a ella, se estremeci. Subi derecha a nuestra habitacin a pesar de que ni siquiera eran las nueve, y cuando fuimos mi ta y yo, al principio no contestaba nuestras preguntas, no nos miraba con sus ojos heridos. O no poda. Vale dijo mi ta. Y bes a Anneke. Maana hablaremos. Sali de la habitacin y supe que iba a averiguar por mi to lo que haba sucedido. Anneke se quit el vestido y lo colg, algo que nunca le haba visto hacer. Tena pequeas medias lunas blancas en las puntas de las uas donde se le haba quitado el esmalte; eso tampoco se lo haba visto antes. Se puso el camisn y se ech las mantas por encima; todos sus movimientos eran lentos y cuidadosos. De pronto me sent culpable, como si la hubiera defraudado. Lo he pensado muy bien. Si t te vas, yo tambin. No quiero estar aqu sin ti, ni aunque tu padre me dejara quedar. As que, por qu no nos vamos juntas? Buscaremos un piso en Amsterdam,