La Asesina - Alexandros Papadiamantis

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<p>AnnotationLa asesina es una magnfica y estremecedora novela sobre la miseria y las difciles condiciones de vida de las mujeres en la Grecia del XIX. La accin se desarrolla en Skiazos, donde la protagonista, Jadula Frankoyan, vela a su nieta enferma que acaba de nacer. Durante las noches de insomnio la anciana recuerda los aos pasados: su infancia, su matrimonio, los esfuerzos por mejorar su situacin econmica, las penalidades para conseguir los recursos suficientes para la dote de sus hijas, los hijos varones, tambin fuente de disgustos y preocupaciones (unos abandonan el hogar para emigrar, otro tiene problemas con la justicia). Tras varias noches en vela la protagonista acaba por perder el juicio y, en su locura, decide liberar a las pequeas que se encuentra de la penosa vida que les espera. Papadiamandis demuestra ser un profundo conocedor del alma femenina y logra construir un personaje inolvidable, la anciana Frankoyan, en el que se pueden reconocer rasgos de algunos personajes de la tragedia antigua como Medea y Orestes.</p> <p>Alexandros Papadiamantis LA ASESINA</p> <p>Traduccin de Laura Salas Rodrguez Ttulo original: ( ) primera edicin: abril de 2010 de la traduccin, Laura Salas, 2010 de esta edicin, Editorial Perifrica, 2010 ISBN: 978-84-92865-12-3 Depsito legal: 00-633-2010 El editor autoriza la reproduccin de este libro, total o parcialmente, por cualquier medio, actual o futuro, siempre y cuando sea para uso personal y no con fines comerciales.</p> <p>IRecostada cerca del fuego, con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en el borde de la chimenea, la ta Jadula, ms conocida como Yan Frnyisa, la de Ioanis Frangos, no dorma, sino que sacrificaba su sueo al lado de la cuna de su pequea nieta enferma. La parturienta, la madre de la criatura, se haba dormido haca poco sobre su pobre jergn colocado a ras de suelo. El pequeo candil titilaba, colgado bajo la campana del hogar. Arrojaba ms sombra que luz sobre los escasos y miserables muebles, que parecan ms limpios y ordenados por la noche. Las tres teas a medio consumir y el gran leo de pie en el fuego arrojaban mucha ceniza, algunas brasas y, por momentos, una llama temblorosa; entonces la vieja recordaba entre sueos a su ausente hija pequea, Crini, que si se encontrara en aquel momento en la habitacin, canturreara, como salmodiando, aquello de: Si es amigo, que se alegre; si enemigo, que reviente.... Jadula, la llamada Frnyisa, o Frangoyan, de casi sesenta aos, era una mujer bien hecha, de rasgos hombrunos, de energa masculina, y con un asomo de bigote sobre los labios. Al reflexionar, a la luz de sus recuerdos, sobre su vida entera, vea que no haba hecho otra cosa que servir a los dems. De nia, sirvi a sus</p> <p>padres. Cuando se cas, fue esclava de su marido y sin embargo, a causa del carcter de ella y de la debilidad de l, fue a la vez tambin su tutora; cuando tuvo hijos, fue criada de sus hijos; cuando sus hijos tuvieron hijos, fue de nuevo la sirvienta de sus nietos. La criatura haba nacido dos semanas antes. Su madre haba tenido un parto difcil. Era la que dorma en la cama, la hija primognita de Frangoyan, Deljar Trajlena, la mujer de Trajilis. Se haban dado prisa en bautizarla el dcimo da porque estaba muy enferma: tena una tos que pareca tos ferina, acompaada de sntomas casi espasmdicos. Cuando la bautizaron, la criatura se encontr mejor la primera noche, y la tos disminuy un poco. Durante muchas noches, Frangoyan no haba conciliado el sueo ni haba cerrado los prpados, velando al lado de la criatura, que no poda imaginar cuntas molestias ocasionaba, ni cunto martirio le quedaba por sufrir, si sobreviva. Y no poda ni imaginarse la pregunta que slo su abuela se haca para sus adentros: Dios mo, para qu tiene que venir ella tambin al mundo?. La vieja la acunaba, y habra sido capaz de hacer de sus sufrimientos canciones sobre la cuna de la pequea. Durante la noche pasada, en efecto, haba delirado evocando todas sus amarguras con crudeza. En forma de imgenes, escenas y visiones, haba rememorado toda su vida, intil, vana y pesada.</p> <p>Su padre era ahorrador, trabajador y prudente. Su madre era mala, blasfema y envidiosa. Era una de las arpas de su poca. Saba de brujera. La haban perseguido dos o tres veces los bandoleros, los mozos de Caratasos y de Gatsos y de los dems jefes guerrilleros de Macednia. Lo hicieron para vengarse, porque les haba aojado y no les iban bien las cosas. Tres meses estuvieron de brazos cruzados, y no pudieron hacerse con ningn botn, ni de turcos, ni de cristianos, y el Gobierno de Corinto no les haba mandado ninguna ayuda. La haban perseguido desde la cima de San Atanasio hasta la llanura del Profeta Elas, la de los altos pltanos y la prspera fuente, y desde all hasta Merovili, en la ladera de la montaa, entre la espesura y las arboledas. Prob a esconderse entre unos matorrales, pero no se dejaron engaar. El rumor de las hojas y las ramas, y su propio miedo, que transmita un temblor temeroso a las ramas y arbustos, la traicionaron. Escuch entonces un grito feroz: Te agarramos, moza! Ella salt por entre los arbustos y corri como trtola asustada, con sus anchas mangas blancas aleteando. No haba ya esperanza alguna de escaparse. Antes, la primera vez que la haban perseguido, haba conseguido esconderse, abajo en Piry, lugar abundante en senderos. Aqu, en Merovili, no haba veredas ni laberintos, slo arboledas y</p> <p>sendas escabrosas. La entonces joven Deljar, la madre de Frangoyan, saltaba como una cervatilla de arbusto en arbusto, descalza, pues haca mucho que se haba quitado las zapatillas de los pies (uno de los perseguidores haba cogido una como trofeo) y las haba tirado tras ella, y las espinas se le clavaban en los talones, y le raspaban los tobillos y las piernas, y le hacan sangre. Entonces, en su desesperacin, tuvo una idea. En aquel bosque, en la ladera de la montaa, haba un nico olivar cultivado, llamado el Pino de Moraitis. El viejo Moraitis, el abuelo del propietario, haba emigrado desde Mistrs hasta aquel lugar a finales del siglo anterior (en la poca de Catalina la Grande y Orloff). El famoso pino se ergua en mitad del olivar, como un gigante entre enanos. El rbol milenario estaba hueco cerca de la raz, en la parte inferior de su gigantesco tronco, que ni cinco hombres podran rodear con sus brazos. Los pastores y pescadores lo haban ahuecado, le haban vaciado el corazn, le haban excavado la tierra alrededor, para obtener de l abundante madera resinosa para hacer teas. Y pese a su terrible herida en las fibras, en las entraas, el pino sobrevivi otros tres cuartos de siglo, hasta 1871. Aquel ao, alrededor de julio, los habitantes sintieron un gran terremoto, a una milla de distancia, bajo el agua. Aquella noche cay el gigante. Hacia aquel hueco, dentro del cual podan sentarse</p> <p>cmodamente dos personas, corri a esconderse la entonces recin casada Deljar, la madre de nuestra Frangoyan. La resolucin era desesperada y casi infantil. All no estaba escondida ms que en su fantasa, como si jugara al escondite. Sus perseguidores, por supuesto, la veran, descubriran su refugio. Slo por detrs estara a salvo, pero no de frente. En cuanto los tres bandoleros rebasaran el pino, la veran como clavada all. Los tres hombres corrieron, pasaron de largo y continuaron su carrera. Dos de ellos ni siquiera se dieron la vuelta para mirar atrs. Imaginaban que la muchacha corra delante de ellos. Slo en el ltimo momento el tercero se volvi hacia atrs, algo confundido, y mir a todas partes menos hacia el tronco del rbol. Vea tambin una parte del rbol, pero no imagin que el rbol tena una cavidad, ni que dentro de la cavidad se esconda una persona. Tuviera o no noticia del hueco del gigantesco rbol, en ese momento no pens en l. Mir a ver dnde se haba abierto la tierra para tragrsela pues no haba ningn lugar donde hubiera podido esconderse. Las dradas, las ninfas de los bosques, a las que quizs invocaba en su brujera, la protegieron, cegaron a sus perseguidores, arrojaron a sus ojos bruma verdosa, hierba oscura, y no la vieron. La joven mujer se salv de sus garras. Y despus continu haciendo brujera, hechizos contra los bandoleros, para desbaratarles el negocio, de manera que</p> <p>no encontraban botn por ninguna parte (y con la ayuda de Dios se calmaron las cosas, y el sultn Mahmud regal, segn dicen, las Espradas Septentrionales, las Islas del Diablo, a Grecia), y desde entonces comenzaron a contribuir a la ha cienda pblica. De recaudar botines pasaron a recaudar impuestos, y desde aquel momento, todo el pueblo elegido sigue trabajando para la sorda y enorme panza central. Jadula Frnyisa, aunque muy pequea, ya haba nacido, y recordaba todo lo que contaba luego su madre. Despus, cuando creci, y cumpli diecisiete aos, y todo estaba ms o menos en paz, en la poca de Capodistrias, sus padres la casaron, y le dieron por marido a Yanis Frangos, al que luego su mujer llamara el Sombreros y el Cuentas. Estos dos sobrenombres no se los haba dado su esposa Jadula sin motivo. Sombreros lo haba apodado aun antes de casarse, cuando se rea de l a menudo, con su malicia virginal (sin saber que l sera su suerte y su destino) porque, en lugar de fez, llevaba una especie de sombrero alto, rojo ceniza, con flecos cortos. Cuentas lo apod ms tarde, despus de casados, porque acostumbraba a decir la frase as estn las cuentas, y porque, adems, era incapaz de contar ni siquiera unas pocas monedas, ni dos jornales. Si no hubiera sido por ella, lo habran engaado todos los das; nunca le habran pagado</p> <p>correctamente su esfuerzo en los barcos, los astilleros y las atarazanas, donde trabajaba como carpintero o calafateador. Haba sido durante mucho tiempo alumno y aprendiz de su padre, ya que ejerca el mismo oficio. Cuando el viejo lo vio tan simple, austero y modesto, lo apreci, y decidi hacer de l su yerno. De dote le dio una casa abandonada, medio derruida, en el antiguo Castro, habitado hace tiempo, antes de 1821. Le dio tambin un huerto, situado en las afueras de Castro, sobre una costa escarpada, a tres horas de la ciudad actual. Asimismo un pequeo terreno sin cultivar que el vecino reclamaba como suyo; el resto de los vecinos decan que los dos terrenos que se disputaban se los haban apropiado, y que en realidad eran de manos muertas, y pertenecan a un monasterio abandonado. Esta fue la dote que dio el viejo Stazars a su hija. Adems era hija nica. Para s mismo, su mujer y su hijo guard las dos casas recin construidas en la villa nueva, los dos viedos cerca de sta, dos olivares, unos pocos campos y cuanto dinero tena. Hasta aqu haban llegado los recuerdos de Frago yan aquella noche. Era la undcima noche despus del parto de su hija. La nia haba tenido una recada y sufra horribles dolores. Haba venido al mundo enferma. La desgracia la persegua desde el vientre de su madre... En</p> <p>aquel instante se escuch una tos espasmdica, y sus ensueos y recuerdos se interrumpieron. Se levant del catre en el que estaba recostada, se inclin sobre la criatura, e intent ayudarla. Acerc a la luz del candil un pequeo frasco. Prob a darle una cucharada en los labios a la nia. La pequea trag el lquido y un momento despus lo vomit de nuevo. La parturienta se removi en la baja y estrecha cama. Pareca que no dorma bien. Estaba slo adormecida, tena los prpados cerrados. Abri los ojos, se incorpor dos o tres dedos sobre la cabecera y pregunt: Cmo est, madre? Cmo va a estar! dijo secamente la vieja. No empieces t ahora. Qu va a hacer? Tendr que toser...! Cmo la ve, madre? Cmo la voy a ver? Es un beb... Ya ves, vino ella tambin al mundo... aadi la vieja de modo extrao y sombro. Al poco, la parturienta se durmi ms profundamente. La vieja cerr apenas los ojos al amanecer, tras el tercer canto del gallo. Se despert con la voz de su hija, de Amersa, que vino muy de maana desde la otra casita vecina, impaciente por saber cmo se encontraban la parturienta y la criatura, y cmo haba pasado la noche su madre. Amersa, la segunda hija, era soltera, o ms bien</p> <p>solterona, pero muy hacendosa, y afamada tejedora; era muy morena, muy alta, hombruna y su dote y sus adornos bordados en oro, que ella misma haba confeccionado, llevaban muchos aos guardados en un tosco arcn, rodos por las polillas y la termita. Buenos das! Cmo estis? Eres t, Amersa? Pues ya ves, otra noche ms. La vieja acababa de despertarse y se frotaba los ojos, con voz temblorosa. Se escuch un ruido proveniente de la habitacin vecina. Era Tands Trajilis, el marido de la parturienta, que dorma tras el delgado tabique de madera, al lado de otra nia y un pequeo de corta edad, y que acababa de despertarse. Recogi sus herramientas (azuela, sierra, cepillo), y se prepar para ir al astillero a empezar la jornada. Mira qu escndalo! dijo la vieja No puede recoger los hierros esos sin hacer ruido? Quin sabe qu dirn los que lo oigan. Mucho ruido dijo irnicamente Amersa. El ruido de las herramientas que Tands, an invisible tras el tabique de madera, echaba una a una en su bolsa de esparto (azuela, sierra, taladrador, etc.) despert tambin a su mujer, la parturienta. Qu pasa, madre? Qu va a pasar! Constands est echando las herramientas en la bolsa... dijo suspirando la vieja.</p> <p>Y pocas nueces complet el refrn Amersa. Entonces se escuch la voz de Constands tras la pequea medianera. Se ha despertado, suegra? dijo. Qu tal la noche? Pues qu quieres! Como la gallina en el molino... Ven a tomarte el aguardiente. Tands apareci en la puerta del cuarto de invierno. Era ancho de torso, con un tronco sin gracia, desgarbado, como deca su suegra, y casi barbilampio. La vieja le indic a Amersa la pequea botella de aguardiente en la repisa del hogar, y le hizo un gesto para que llenara el vaso de Constands. No quedan higos? pregunt l tomando el vaso de aguardiente de manos de su cuada. De dnde quieres que los saquemos! dijo la vieja Jadula. Cuarenta roscas necesitamos aqu aadi, refirindose al despilfarro que normalmente tiene lugar en las casas ms pobres cuando acontece algn hecho sealado, como por ejemplo, el nacimiento de una hija. Quieres novio, y lo quieres con ojos, encima dijo su cuada Amersa, recordando otro refrn. Por qu, t el tuyo lo querras bizco? dijo Constands, sin sentirse molesto Salud! Y se bebi de un trago el contenido del vasito. Buenas noches!</p> <p>Se colg la bolsa, y se fue a los astilleros.</p> <p>IIEl fuego se consuma en el hogar, el candil titilaba en el techo, la parturienta dormitaba en la cama; la criatura tosa en la cuna, y la vieja Frangoyan, como las noches pasadas, velaba. Era ms o menos la hora del primer canto del gallo, cuando los recuerdos vienen con apariencia de fantasmas. Despus de casarla, y acomodarla, y dotarla con la casa medio derruida en el antiguo castro deshabitado, y con el estril huerto en el extremo norte de la isla, y con los campos sin cultivar que el vecino y el monasterio reclamaban, la recin casada se fue a vivir a casa de su cuada, la viuda, con su marido, y estren su hogar con unas pocas pertenencias. El acuerdo de la dote, sin embargo, detallaba que l...</p>