jorge manrique (1476) coplas por la muerte de su padre

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Jorge Manrique (1440-1479): Obra Completa. Editada y prologada por Augusto Cortina, Colección Austral, Espasa-Calpe Argentina S.A., Buenos Aires (1ª ed. 1940), 9ª ed. 1970. Accesible en: http://www.4shared.com/file/LrYcStY6/34750.html Jorge Manrique y el despuntar renacentista (Prólogo de Augusto Cortina) 1 El Maestre de Santiago Las Coplas de Manrique poseen los rasgos de una elegía heroica, y como elegía heroica podemos clasificarla o mejor aún, como oda renacentista. (Anna Krause, Jorge Manrique and the cult of death in the cuatrocientos, California, 1937). Evoquemos, ante todo, al venerado padre que inspiró la magnífica obra. Don Rodrigo Manrique, conde de Paredes de Nava, empleó su vida larga y austera en el viril ejercicio de las armas. Contaba doce años de edad cuando ingresó en la Orden de caballería de Santiago. En ella permaneció cincuenta y ocho, hasta morir. Luchó contra don Juan II, don Álvaro de Luna y don Enrique IV, defendiendo la parcialidad de los Infantes de Aragón y la enseña gloriosa de los Reyes Católicos. Son hechos memorables, entre otros suyos, la toma de las villas de Huéscar y Jimena, marquesado de Villena y ciudad de Alcaraz, anexados por él a la Corona, y las villas de Ocaña y Uclés, tomadas para la Orden de Santiago. Cincuenta fueron los combates en que, con suerte diversa, intervino. En veinticuatro batallas venció a moros y cristianos, mereciendo los motes de Segundo Cid y Vigilantísimo. Con su espada conquistó rentas y vasallos, como dicen las Coplas. Y así, entre triunfos y reveses, pasó su áspera existencia. Erraría, sin embargo, quien viese tan sólo en él un férreo banderizo, extraño a la emotividad, a la delicadeza. Sensible al amor, casó tres veces: primero con doña Mencía de Figueroa (que fue madre de don Jorge), después con doña Beatriz de Guzmán y, finalmente, con doña Elvira de Castañeda. En la Crónica de Enrique IV dice don Alonso de Palencia, refiriéndose a estas últimas nupcias, que don Rodrigo las

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Jorge Manrique (1440-1479): Obra Completa

Jorge Manrique (1440-1479): Obra Completa. Editada y prologada por Augusto Cortina, Coleccin Austral, Espasa-Calpe Argentina S.A., Buenos Aires (1 ed. 1940), 9 ed. 1970. Accesible en: http://www.4shared.com/file/LrYcStY6/34750.htmlJorge Manrique y el despuntar renacentista (Prlogo de Augusto Cortina)

1El Maestre de SantiagoLas Coplas de Manrique poseen los rasgos de una elega heroica, y como elega heroica podemos clasificarla o mejor an, como oda renacentista. (Anna Krause, Jorge Manrique and the cult of death in the cuatrocientos, California, 1937).

Evoquemos, ante todo, al venerado padre que inspir la magnfica obra. Don Rodrigo Manrique, conde de Paredes de Nava, emple su vida larga y austera en el viril ejercicio de las armas.

Contaba doce aos de edad cuando ingres en la Orden de caballera de Santiago. En ella permaneci cincuenta y ocho, hasta morir.

Luch contra don Juan II, don lvaro de Luna y don Enrique IV, defendiendo la parcialidad de los Infantes de Aragn y la ensea gloriosa de los Reyes Catlicos.

Son hechos memorables, entre otros suyos, la toma de las villas de Huscar y Jimena, marquesado de Villena y ciudad de Alcaraz, anexados por l a la Corona, y las villas de Ocaa y Ucls, tomadas para la Orden de Santiago.

Cincuenta fueron los combates en que, con suerte diversa, intervino. En veinticuatro batallas venci a moros y cristianos, mereciendo los motes de Segundo Cid y Vigilantsimo.

Con su espada conquist rentas y vasallos, como dicen las Coplas. Y as, entre triunfos y reveses, pas su spera existencia.

Errara, sin embargo, quien viese tan slo en l un frreo banderizo, extrao a la emotividad, a la delicadeza.

Sensible al amor, cas tres veces: primero con doa Menca de Figueroa (que fue madre de don Jorge), despus con doa Beatriz de Guzmn y, finalmente, con doa Elvira de Castaeda.

En la Crnica de Enrique IV dice don Alonso de Palencia, refirindose a estas ltimas nupcias, que don Rodrigo las contrajo ya anciano, pero con vigor y robustez juveniles.

Muerto don Rodrigo, doa Elvira le sobrevivi ms de treinta y cuatro aos, y sostuvo pleito -por razones pecuniarias- con el primognito del Maestre.

Esta es la madrastra a quien don Jorge enderez su Convite burlesco.

Era el Maestre trovador cortesano. Consrvanse cuatro canciones, dos villancicos y un romance suyos. A la que sera su segunda mujer, o a la ltima dedic la cancioncilla que comienza:

Grandes albricias te pido;no las niegues, corazn, q'eres al lugar venido dolo ganado y perdido acaban nueva prisin.

Fue don Rodrigo, segn lo describe don Fernn del Pulgar en los Claros varones de Castilla, omne de mediana estatura, bien proporcionado en la compostura de los miembros; los cabellos tenia roxos e la nariz un poco larga.

Muri en la villa de Ocaa, provincia de Toledo, de una pstula cancerosa que le destruy el rostro en pocos das. Tena setenta aos de edad. Era el 11 de noviembre de 1476.

2Aurora renacentista

Efmeros son, para Jorge Manrique, los triunfos, jerarquas, ejrcitos, castillos y pendones; deleznables las cortesanas y deleites, la destreza juvenil, la frescura de la tez.

Toda mundanal grandeza no es sino llama que muere de un soplo.

El poeta repite, con Prspero de Aquitania, que si pudisemos tornar bello el rostro como podemos embellecer el alma, qu jubilosa laboriosidad pondramos!

La idea de que la vida es fugaz, debe de ser tan vieja como la muerte. Pero la Edad Media repite, cual ninguna otra, con apasionado fervor, la imagen del cuerpo que se corrompe, del seoro que se abate, de la belleza que se desvanece.

Esta certidumbre de la macabra descomposicin se infiltra en el espritu medieval como una embriaguez contagiosa.

Durante los siglos XIV y XV, parece llenarlo todo. Pero el furor necrfilo, como nota Menndez Pelayo en su Historia de la poesa castellana, se desencaden mucho ms en Alemania y en la Francia nrdica que bajo los cielos claros de las pennsulas italiana y espaola.

Predicadores, mimos, pintores, grabadores, clrigos, poetas recuerdan de continuo que el cuerpo escultural oculta vsceras y humores, que la humana arcilla se transforma en gusanos y polvo, que la Igualadora implacable seorea a los hombres. De tal pensamiento, rudamente igualitario, nace la sarcstica Danza de la Muerte, llamada tambin Danza General y Danza Macabra.

Hay democrtica y chocarrera satisfaccin en el aserto de tal obra, poderosos y humildes danzarn cuando la Muerte lo mande.

Puede suponerse algo ms siniestro que hacer bailar a un moribundo?

La exageracin pavorosa del luto, caracterstica de la Edad Media, ha ido decreciendo hasta obtener las discretas proporciones que alcanza en nuestros das. Pero en la oda de Jorge Manrique, influida de las soberbias afirmaciones humanas del Renacimiento, se dignifica el trnsito, entra el hroe en la inmortalidad sin renegar de las seculares y pretritas hazaas.

Manrique no vilipendia los atractivos del mundo ni las cualidades humanas. Elogia la discrecin, la gracia, la razn, la bravura; evoca la suntuosidad de la corte, las trovas y msicas, a las damas, sus vestidos, sus olores.

La muerte no resulta, en la oda, repulsiva. El Maestre, terminada su vida temporal (que es la primera), perdura en el recuerdo de los suyos con otra vida ms larga, de gloria, de honor (que es la segunda). Muere con voluntad placentera, clara, pura. Entra, pues, en la inmortalidad, para el goce de la vida tercera, infinita.

El epitafio puesto en la tumba de don Rodrigo Manrique sintetiza el concepto:

Aqu yace muerto el hombre Que vivo queda su nombre.

3Actitud interrogativa

El evocar glorias caducas por medio de interrogaciones es procedimiento muy antiguo. Menndez Pelayo, en su obra citada, y tambin Huizinga, en El Otoo de la Edad Media, sealan abundantes ejemplos.

Usase en la profeca de Baruc, hacia el ao 599 antes de Cristo. Diez centurias ms tarde, en el siglo V de nuestra era, reaparece an en Tiro Prspero.

Pero la moda, la verdadera predileccin por esta frmula, es absolutamente medieval.

Qu ha sido de monarcas y vasallos, hroes, amadores y beldades? Ubi sunt? Cmo ha resonado esta pregunta desoladora en la Edad Media!

Mucho antes que en Manrique y sus predecesores castellanos aparecen abundantes modelos en la poesa latinocristiana.

Entre los poemas que proporcionan modelo ms antiguo se halla el titulado De contemptu mundi, compuesto cuando mediaba el siglo XII por el monje cluniacense Bernardo de Morlay.

Dnde est -pregunta este ltimo-la gloria de Babilonia? Dnde el temible Nabucodonosor y la fuerza de Daro...? Dnde Mario y Fabricio... dnde Rmulo y Remo...?

En el siglo XIII, Jacopone da Todi, Joculator Domini, tambin inquiere dnde se hallan el glorioso Salomn, el invencible Sansn, el bello Absaln, el amable Jonatn, el poderoso Csar.

Abulbeca, poeta rabe del siglo XIII, repite el movimiento interrogativo en la casida en que deplora la prdida de Crdoba, Sevilla, Valencia y Murcia, conquistadas por Fernando III y Jaime I. En la poesa espaola del siglo XIV, el canciller Pero Lpez de Ayala utiliza el conocido procedimiento. En la del siglo XV, Ferrand Snchez de Calavera, Fray Migir, el Marqus de Santillana, Jorge Manrique.

Tambin haba inquirido Petrarca el paradero de riquezas, honores, gemas, cetros, coronas y mitras. Pero el Petrarca sabe que un bel morir tutta la vitta honora.

Franois Villon, con la melancola de su Ballade des dames du temps jadir, matiza el tema en Francia; el original y rudo Skelton, en Inglaterra, usa el mismo procedimiento en una poesa sobre Eduardo IV... La enumeracin puede ser mucho ms extensa. El vanidoso y agresivo lord Byron interroga, de igual modo, en el Don Juan.

4Espritu de Jorge Manrique

Jorge Manrique naci, probablemente, en Paredes de Nava, hacia 1440. Se tienen noticias de su vida slo desde el ao 1470 (cuando venci a Juan de Valenzuela en Ajofrn, cerca de Toledo), hasta que muri en un combate sostenido contra el marqus de Villena (don Diego Lpez Pacheco) en 1479, frente al castillo de Garci Muoz.

As, pues, entre 1476 -ao en que muri el Maestre-y 1479 -fecha del fallecimiento de don Jorge-fueron compuestas las Coplas inmortales, que son una de las postreras si no la ltima produccin del autor.

Cules eran las ideas, cules los sentimientos de Jorge Manrique?

Cmo era el ambiente donde se acendr su alma?

Testigo de tres reinados, comprob en las vidas ms altas la vanidad de las grandezas. El Poeta nio pudo contemplar, desde lejos, la puesta de sol en la fastuosa corte de don Juan II.

Mucho despus evocara, nostlgico, aquellos aparatosos torneos, acordadas msicas, trovas, danzas y galanteras palacianas.

Muerto Juan II, don Jorge vio debatirse durante veinte aos a Enrique IV. En el reinado de este ltimo transcurri casi toda la juventud del poeta.

Las Coplas del Provincial y las Coplas de Mingo Revulgo reflejan el oprobio que mancill a don Enrique.

En 1465, un puado de grandes, entre los que se contaban los Manriques, depusieron una imagen del rey. Construido un cadalso en que se alzaba un trono, asentaron all el regio simulacro y leyronle las representaciones que tan intilmente haban dirigido al monarca. Luego le arrancaron la corona el cetro, la espada; y lo derribaron con los pies, mientras clamoreaba la jubilosa multitud.

El infante Alonso, de once aos de edad, su hermano el inocente, que sucesor le ficieron, ascendi all mismo al solio y los rebeldes lo proclamaron rey.

Alonso de Palencia, en la Crnica de Enrique IV, describe con apasionado rencor a este monarca. El caricaturesco retrato palpita vitalmente.

Don Jorge pudo admirar, al fin, a los Reyes Catlicos, que iniciaban su era fecundsima.

Hombre de su tiempo, no canta la naturaleza. Sabido es que para expresar la delectacin esttica inspirada por el paisaje, hay que aguardar hasta Rousseau.

El annimo juglar de Mio Cid apuntaba escuetas observaciones topogrficas. Berceo, en la Introduccin a los Milagros de Nuestra Seora, haba bosquejado un huerto, aunque slo se trata de una alegora. Manrique siente la naturaleza menos an que aquellos viejos versistas. El paisaje no existe para l.

Este poeta es, sin embargo, ms que nada, visual: sensible al color y, sobre todo, a la luz. En sus poesas menciona el blanco, el verde y el pardo. Prefiere, a los vagos fulgores, la claridad intensa.

Ni cielo ni tierra ni mar tienen para l valor pictrico. Cuando describe (lo hace slo una vez en el Castillo de Amor) es para materializar alegricamente sus afectos.

Estima que el amor es despiadado y lamentable como la guerra. En sus versos galantes abundan los gemidos y las expresiones marciales.

Pero, a pesar de su reciedumbre, conoce la delicadeza y ama la vida. Porque estando l durmiendo le bes su amiga, dice donosamente:

Quien durmiendo tanto gana, nunca debe despertar.

Este poeta escriba versos de amor: casi todo su cancionero es ertico.

Este hombre fue ardido guerrillero: la muerte lo sorprendi en una batalla.

Floreci su afecto, muchas veces, en versos cortesanos, artificiosos, frvolos.

Sus alegras y rencores le sugirieron, alguna vez, bastos versos de burlas.

Este espritu, consagrado al amor y a la guerra, se magnific al contacto de la muerte.

En su infancia, Manrique haba perdido a su madre. Ms tarde, a su primera madrastra. Tendra unos doce aos cuando don Juan II haca descabezar a don lvaro de Luna en un cadalso de Valladolid. (Fue aquel prepotente Condestable uno de los grandes adversarios de la familia Manrique).

Un lustro ms tarde, mora el Marqus de Santillana, to del Conde de Paredes; luego este ltimo.

5El momento de las Coplas

Jorge Manrique ha formado su hogar. Su esposa, doa Guiomar de Castaeda, es hermana de la segunda madrastra del poeta. Este, prximo a su mujer y a los dos hijos de ambos, Luis y Luisa, escribe la austera meditacin, mojada en lgrimas.

Don Jorge conoce las tremendas palabras del Gnesis, Polvo eres y en polvo te convertirs.

El profeta Isaas le ha dicho: No os acordis de las cosas pasadas, y no miris a las antiguas.

Y el rey Salomn, desengaado: No hay memoria de las primeras cosas, ni habr tampoco recordacin de las que sucedern despus, entre aquellos que han de ser en lo postrero.

Sabe, con Boecio, que las deleznables riquezas no acompaan al difunto y muchos escritores le han recordado hasta la saciedad que la Fortuna torna, de continuo, su rueda voluble.

Jorge Manrique ha sintonizado los efluvios de la multitud innominada, disuelta en los deshielos de la muerte. Sus Coplas son caudal rumoroso que baja desde cumbres altsimas.

Por qu, pasados unos cinco siglos, todava nos interesa y nos conmueve?

Nos emociona porque dice verdades eternas con palabras sencillas.

Qu conceptos expresa?

No afirma, tan slo comprueba, que -a nuestro parecer- fue mejor lo pasado.

Nuestras vidas, fugacidad de instantes, fluyen como ros, corren hacia la muerte, receptculo eterno que es insaciable como el mar.

Tambin, despus del poeta, lo dijo Fernando de Rojas en La Celestina: Corren los das como agua del ro.

La vida se desvanece como sueo. Paramentos y galas marchtanse como el verdor de las eras, evapranse como roco de los prados.

El culto y elegante Marqus de Santillana y aquel otro gran seor belicoso que fue Gmez Manrique, haban versificado conceptos semejantes.

Esta idea de la vanidad de los atractivos temporales, que se vena repitiendo secularmente, ha logrado el doloroso y universal triunfo de convertirse en lugar comn. Mas para que una expresin se haga lugar comn, debe tener mritos extraordinarios.

Qu ms dice el poeta?

Este mundo no es posada, sino camino. Placeres y dulzuras son corredores (batidores) con que ilusoriamente pretendemos explorar y conquistar la vida. Cuando advertimos el error, es tarde: caemos en la celada de la muerte.

Y la muerte se acerca en silencio. Si llama a nuestra puerta, todo es en vano.

La devastadora implacable sabe igualar a papas, reyes y arzobispos con humildes pastores.

Mete la carne mortal en la fragua donde arde fuego eterno y purificador. O esgrime, iracunda, el arco tenso y todo lo pasa de claro con su flecha.

Esta imagen de la muerte sagitaria luca desde mucho antes en la annima Danza general.

Pues no hay tan fuerte nin recio giganteque deste mi arco se pueda amparar, conviene que mueras, cuando lo tirar,con esta mi flecha, cruel, traspasante.

El esqueltico personaje sola ser representado con una guadaa en la diestra, o bien con saeta y arco. Iba en un carro tirado por bueyes o a horcajadas sobre un buey o vaca. Otras veces, caballero siniestro, marchaba sobre innumerables cuerpos yacentes, hollndolos con los cascos del corcel.

Despus de fecundas consideraciones filosficas, Jorge Manrique fija su pensamiento en algunos hechos histricos. Pero ni griegos ni romanos -tan remotos-le conmueven. Desdea tambin las usuales invocaciones de poetas y oradores famosos. Desconfiando de ocultas ponzoas, encomindose slo al Salvador del Mundo. No desea, tampoco, seguir repitiendo -cual otros-los nombres de personales que fueron cumbres o altiplanos de la gentilidad.

Prefiere aproximarse a sus coetneos entrar de lleno en la vida tumultuosa que l y sus familiares han vivido.

La moda desptica le dicta, sin embargo, casi en seguida, un catlogo de celebridades compuesto de quince nombres. Esta pesada nmina, que hoy nos resulta de erudicin impertinente, obedece a un canon establecido, segn indica Curtius (Zeitschrift fur Romanische Philologie, abril, 1932). Manrique quiso vincular la cultura hispnica con la de la Roma cesrea, como haba hecho Alfonso el Sabio en su Crnica general. El Poeta reconoce al Maestre las virtudes atribuidas por tradicin a excelentes emperadores romanos.

Nada quedaba de la pomposa corte de don Juan II, del avasallante podero del condestable don lvaro, de los Infantes de Aragn, inmortalizados por las Coplas como los infantes carrionenses por el Cantar de Mio Cid. La influencia de los Maestres de Santiago y Calatrava, hermanos tan prosperados como reyes, se haba desvanecido: haban pasado el rey don Enrique, sensual y taciturno: el infante don Alfonso; don Rodrigo, Conde de Paredes.

En este personaje, objeto de la oda, termina el poeta la enumeracin. Obedece, pues, a un plan claramente trazado. No advirtindolo, algunos comentaristas se han sorprendido de que el Maestre ocupe el ltimo espacio en esta lamentacin final. Otros hasta pensaron que nada se hubiese perdido suprimiendo las estrofas correspondientes.

Qu se hizo tanta grandeza? Qu fue de la ambicin, jbilo y podero? Qu de tantos odios y luchas?

Se deshizo el hogar de los Manriques, pasaron el amor y el odio, las galanteras y las burlas: las banderas rebeldes cayeron a lo largo de los mstiles como esperanzas frustradas; el tiempo desmoron torres, allan muros y hasta borr el rastro de las tumbas en que Maestre y Poeta reposaban. Pero de aquel siglo XV, desvanecido en polvo, surge, como de un vaso telrico, la llama serena de la elega inmortal. Augusto Cortina Coplas por la muerte de su padre

Jorge Manrique (1440-1479)

I

Recuerde el alma dormida,

avive el seso y despierte

contemplando

cmo se pasa la vida,

cmo se viene la muerte

tan callando,

cun presto se va el placer,

cmo, despus de acordado,

da dolor;

cmo, a nuestro parecer,

cualquiera tiempo pasado

fue mejor.

II

Pues si vemos lo presente

cmo en un punto se es ido

y acabado,

si juzgamos sabiamente,

daremos lo no venido

por pasado.

No se engae nadie, no,

pensando que ha de durar

lo que espera

mas que dur lo que vio,

pues que todo ha de pasar

por tal manera.

III

Nuestras vidas son los ros

que van a dar en la mar,

que es el morir,

all van los seoros

derechos a se acabar

y consumir;

all los ros caudales,

all los otros medianos

y ms chicos,

y llegados, son iguales

los que viven por sus manos

y los ricos.

IV

Invocacin

Dejo las invocaciones

de los famosos poetas

y oradores;

no curo de sus ficciones,

que traen yerbas secretas

sus sabores;

aquel slo invoco yo

de verdad,

que en este mundo viviendo

el mundo no conoci

su deidad.

V

Este mundo es el camino

para el otro, que es morada

sin pesar;

mas cumple tener buen tino

para andar esta jornada

sin errar.

Partimos cuando nacemos

andamos mientras vivimos,

y llegamos

al tiempo que fenecemos;

as que cuando morimos

descansamos.

VI

Este mundo bueno fue

si bien ussemos dl

como debemos,

porque, segn nuestra fe,

es para ganar aquel

que atendemos.

Aun aquel Hijo de Dios,

para subirnos al cielo,

descendi

a nacer ac entre nos,

y a morir en este suelo

do muri.

VII

Ved de cun poco valor

son las cosas tras que andamos

y corremos,

que, en este mundo traidor

aun primero que miramos

las perdemos:

de ellas deshace la edad,

de ellas casos desastrados

que acaecen,

de ellas, por su calidad,

en los ms altos estados

desfallecen.

VIII

Decidme: La hermosura,

la gentil frescura y tez

de la cara,

la color y la blancura,

cuando viene la vejez,

cul se para?

Las maas y ligereza

y la fuerza corporal

de juventud,

todo se torna graveza

cuando llega al arrabal

de senectud.

IX

Pues la sangre de los godos,

y el linaje y la nobleza

tan crecida,

por cuntas vas y inodos

se pierde su gran alteza

en esta vida!

Unos, por poco valer,

por cun bajos y abatidos

que los tienen!;

otros que, por no tener,

con oficios no debidos

se mantienen.

X

Los estados y riqueza,

que nos dejen a deshora

quin lo duda?

no les pidamos firmeza,

pues son de una seora

que se muda.

Que bienes son de Fortuna

que revuelven con su rueda

presurosa,

la cual no puede ser una

ni estar estable ni queda

en una cosa.

XI

Pero digo que acompaen

y lleguen hasta la huesa

con su dueo:

por eso no nos engaen,

pues se va la vida apriesa

como sueo;

y los deleites de ac

son, en que nos deleitamos,

temporales,

y los tormentos de all,

que por ellos esperamos,

eternales.

XII

Los placeres y dulzores

de esta vida trabajada

que tenemos,

no son sino corredores,

y la muerte, la celada

en que caemos.

No mirando a nuestro dao,

corremos a rienda suelta

sin parar;

desque vemos el engao

y queremos dar la vuelta,

no hay lugar.

XIII

Si fuese en nuestro poder

hacer la cara hermosa

corporal,

como podemos hacer

el alma tan gloriosa,

angelical,

qu diligencia tan viva

tuviramos toda hora,

y tan presta,

en componer la cautiva,

dejndonos la seora

descompuesta!

XIV

Esos reyes poderosos

que vemos por escrituras

ya pasadas,

con casos tristes, llorosos,

fueron sus buenas venturas

trastornadas;

as que no hay cosa fuerte,

que a papas y emperadores

y prelados,

as los trata la Muerte

como a los pobres pastores

de ganados.

XV

Dejemos a los troyanos,

que sus males no los vimos,

ni sus glorias;

dejemos a los romanos,

aunque omos y lemos

sus historias;

no curemos de saber

lo de aquel siglo pasado

qu fue de ello;

vengamos a lo de ayer,

que tambin es olvidado

como aquello.

XVI

Qu se hizo el Rey Don Juan?

Los Infantes de Aragn

qu se hicieron?

Qu fue de tanto galn,

qu de tanta invencin

que trajeron?

Fueron sino devaneos,

qu fueron sino verduras

de las eras,

las justas y los torneos,

paramentos, bordaduras

y cimeras?

XVII

Qu se hicieron las damas,

sus tocados y vestidos,

sus olores?

Qu se hicieron las llamas

de los fuegos encendidos

de amadores?

Qu se hizo aquel trovar,

las msicas acordadas

que taan?

Qu se hizo aquel danzar,

aquellas ropas chapadas

que traan?

XVIII

Pues el otro, su heredero,

Don Enrique, qu poderes

alcanzaba!

Cun blando, cun halaguero

el mundo con sus placeres

se le daba!

Mas vers cun enemigo,

cun contrario, cun cruel

se le mostr;

habindole sido amigo,

cun poco duro con l

lo que le dio!

XIX

Las ddivas desmedidas,

los edificios reales

llenos de oro,

las vajillas tan fabridas,

los enriques y reales

del tesoro;

los jaeces, los caballos

de sus gentes y atavos

tan sobrados,

dnde iremos a buscallos?

qu fueron sino rocos

de los prados?

XX

Pues su hermano el inocente,

que en su vida sucesor

le hicieron,

qu corte tan excelente

tuvo y cunto gran seor

le siguieron!

Mas, como fuese mortal,

metiole la Muerte luego

en su fragua.

Oh, juicio divinal,

cuando ms arda el fuego,

echaste agua!

XXI

Pues aquel gran Condestable,

maestre que conocimos

tan privado,

no cumple que de l se habla,

mas slo cmo lo vimos

degollado.

Sus infinitos tesoros,

sus villas y sus lugares,

su mandar,

qu le fueron sino lloros?

Qu fueron sino pesares

al dejar?

XXII

Y los otros dos hermanos,

maestres tan prosperados

como reyes,

que a los grandes y medianos

trajeron tan sojuzgados

a sus leyes;

aquella prosperidad

que en tan alto fue subida

y ensalzada,

qu fue sino claridad

que cuando ms encendida

fue matada?

XXIII

Tantos duques excelentes,

tantos marqueses y condes

y varones

como vimos tan potentes,

di, Muerte, do los escondes

y traspones?

Y las sus claras hazaas

que hicieron en las guerras

y en las paces,

cuando t, cruda, te ensaas,

con tu fuerza las aterras

y deshaces.

XXIV

Las huestes innumerables,

los pendones, estandartes

y banderas,

los castillos impugnables,

los muros y baluartes

y barreras,

la cava honda, chapada,

o cualquier otro reparo,

qu aprovecha?

Cuando t vienes airada,

todo lo pasas de claro

con tu flecha.

XXV

Aquel de buenos abrigo,

amado por virtuoso

de la gente,

el maestre Don Rodrigo

Manrique, tanto famoso

y tan valiente;

sus hechos grandes y claros

no cumple que los alabe,

pues los vieron,

ni los quiero hacer caros

pues que el mundo todo sabe

cules fueron.

XXVI

Amigos de sus amigos,

qu seor para criados

y parientes!

Qu enemigo de enemigos!

Qu maestro de esforzados

y valientes!

Que seso para discretos!

Qu gracia para donosos!

Qu razn!

Qu benigno a los sujetos!

A los bravos y daosos,

qu len!

XXVII

En ventura Octaviano;

Julio Csar en vencer

y batallar;

en la virtud, Africano;

Anbal en el saber

y trabajar;

en la bondad, un Trajano;

Tito en liberalidad

con alegra,

en su brazo, Aureliano;

Marco Atilio en la verdad

que prometa.

XXVIII

Antonio Po en clemencia;

Marco Aurelio en igualdad

del semblante;

Adriano en elocuencia,

Teodosio en humanidad

y buen talante;

Aurelio Alejandro fue

en disciplina y rigor

de la guerra;

un Constantino en la fe,

Camilo en el gran amor

de su tierra.

XXIX

No dej grandes tesoros,

ni alcanz muchas riquezas

ni vajillas;

mas hizo guerra a los moros,

ganando sus fortalezas

y sus villas;

y en las lides que venci,

cuntos moros y caballos

se perdieron;

y en este oficio gan

las rentas y los vasallos

que le dieron.

XXX

Pues por su honra y estado,

en otros tiempos pasados,

cmo se hubo?

Quedando desamparado,

con hermanos y criados

se sostuvo.

Despus que hechos famosos

hizo en esta misma guerra

que haca,

hizo tratos tan honrosos

que le dieron aun ms tierra

que tena.

XXXI

Estas sus viejas historias

que con su brazo pint

en juventud,

con otras nuevas victorias

ahora las renov

en senectud.

Por su grande habilidad,

por mritos y anciana

bien gastada,

alcanz la dignidad

de la gran Caballera

de la Espada.

XXXII

Y sus villas y sus tierras

ocupadas de tiranos

las hall;

mas por cercos y por guerras

y por fuerza de sus manos

las cobr.

Pues nuestro rey natural,

si de las obras que obr

fue servido,

dgalo el de Portugal

y en Castilla quien sigui

su partido.

XXXIII

Despus de puesta la vida

tantas veces por su ley

al tablero;

despus de tan bien servida

la corona de su rey

verdadero;

despus de tanta hazaa

a que no puede bastar

cuenta cierta,

en la su villa de Ocaa

vino la Muerte a llamar

a su puerta

XXXIV

diciendo: -Buen caballero

dejad el mundo engaoso

y su halago;

vuestro corazn de acero

muestre su esfuerzo famoso

en este trago;

y pues de vida y salud

hicisteis tan poca cuenta

por la fama,

esfurcese la virtud

para sufrir esta afrenta

que os llama.

XXXV

No se os haga tan amarga

la batalla temerosa

que esperis,

pues otra vida ms larga

de la fama gloriosa

ac dejis,

(aunque esta vida de honor

tampoco no es eternal

ni verdadera);

mas, con todo, es muy mejor

que la otra temporal

perecedera.

XXXVI

El vivir que es perdurable

no se gana con estados

mundanales,

ni con vida delectable

donde moran los pecados

infernales;

mas los buenos religiosos

gnanlo con oraciones

y con lloros;

los caballeros famosos,

con trabajos y aflicciones

contra moros.

XXXVII

Y pues vos, claro varn,

tanta sangre derramasteis

de paganos,

esperad el galardn

que en este mundo ganasteis

por las manos;

y con esta confianza,

y con la fe tan entera

que tenis,

partid con buena esperanza,

que esta otra vida tercera

ganaris.

XXXVIII

[responde el Maestre]

-No tengamos tiempo ya

en esta vida mezquina

por tal modo,

que mi voluntad est

conforme con la divina

para todo;

y consiento en mi morir

con voluntad placentera,

clara y pura,

que querer hombre vivir

cuando Dios quiere que muera,

es locura.

XXXIX

[Oracin]

T, que, por nuestra maldad,

tomaste forma servil

y bajo nombre;

t, que a tu divinidad

juntaste cosa tan vil

como es el hombre;

t, que tan grandes tormentos

sufriste sin resistencia

en tu persona,

no por mis merecimientos,

mas por tu sola clemencia

me perdona.

XL

Fin

As, con tal entender,

todos sentidos humanos

conservados,

cercado de su mujer

y de sus hijos y hermanos

y criados,

dio el alma a quien se la dio

(el cual la dio en el cielo

en su gloria),

que aunque la vida perdi,

dejonos harto consuelo

su memoria.