giardinelli mempo - por que prohibieron el circo

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Author: fabian-di-stefano

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  • Mempo Giardinelli

    Por qu prohibieron el circo?

    Edhasa

    Primera edicin en Argentina: diciembre de 2013

  • Buenos Aires Argentina

    ISBN: 9789876282826

  • ndice

    Prlogo a esta edicin

    Texto de la contratapa de la edicin mexicana de 1983

    Advertencia al lector (Texto tomado de las primeras

    ediciones de 1976 y 1983)

    Primera parte

    Uno

    Dos

    Tres

    Cuatro

    Cinco

    Seis

    Siete

    Segunda parte

    Uno

    Dos

    Tres

    Cuatro

  • Cinco

    Seis

    Siete

    Ocho

    Tercera parte

    Uno

    Dos

    Tres

    Cuatro

    Cinco

    Seis

    Siete

    Brevsimo vocabulario

  • Prlogo a esta edicin

    Escrib mi primera novela cuando tena menos de veinte aos pero tambin

    la decisin blindada de que la literatura sera mi vida. El ttulo era "La tierra de uno",

    y rpidamente descubr que como novela no vala nada y por eso duerme hoy un

    justo sueo.

    Pero aquel aprendizaje juvenil me sirvi para escribir una segunda novela,

    que empec a los veintin aos, durante el servicio militar. Es sta que usted lee y

    su primer ttulo fue Too, y ms tarde Too tuerto rey de ciegos.

    En 1973 la present al Concurso Latinoamericano de Novela del diario La

    Opinin, cuyo jurado era intimidatorio: Juan Carlos Onetti, Augusto Roa Bastos,

    Julio Cortzar y Rodolfo Walsh.

    No lo gan, pero mis expectativas se cumplieron con holgura: Roa Bastos y

    Walsh destacaron explcitamente mi novela en el largo artculo que el diario dedic

    al veredicto, el domingo 13 de mayo de ese ao.

    Fue un estmulo inmejorable, pero como siempre ha sido difcil encontrar

    editor para un primer original, mi caso fue uno ms. Recin en 1974 Jorge Lafforgue

    decidi incluir Too en la coleccin Narradores de Nuestra poca, de la editorial

    Losada. Lo celebr, obviamente, aunque todava no saba que sta era una novela

    maldita. Primero porque por naturales demoras editoriales se fue postergando la

    publicacin, que finalmente se produjo despus del golpe de Estado del 24 de

    Marzo de 1976.Y luego porque la edicin completa de tres mil ejemplares fue

    retenida en las bodegas de Losada hasta que una noche del invierno de ese

    espantoso ao argentino fue incinerada junto a miles de otros libros de Losada que

    los dictadores ordenaron quemar. sa fue la causa principal de mi exilio en Mxico,

    hacia donde part en cuanto pude.

    En el oscuro trayecto perd el nico ejemplar que tena, realzado por una

    bellsima tapa de Silvio Baldessari, el extraordinario ilustrador de aquella coleccin

    de Losada. En cambio, y por fortuna, conserv unas viejas galeradas de linotipo,

    sucias y entintadas, que me haban enviado de la editorial un par de aos antes para

    corregir. Y que en Mxico me sirvieron para tipear nuevamente esta novela, que sin

    embargo ya no me convenci y decid abandonar, pensando que haba envejecido.

  • O acaso era que mis ideas literarias iban ya por otros carriles: en 1980 se public en

    Espaa La revolucin en bicicleta, que fue, de hecho, mi primera novela publicada. En

    1981 y 1982 se editaron en los Estados Unidos El cielo con las manos y los cuentos de

    Vidas ejemplares. Y en 1983 recib en Mxico el Premio Nacional de Novela por Luna

    caliente.

    En esos das me llam el poeta Sandro Cohen, amigo y colega del diario

    Excelsior, y me propuso una cita con Luis Mario Schneider, un editor bastante

    prestigioso que para mi sorpresa result ser correntino de nacimiento y estaba lleno

    de nostalgias del mismo ro Paran y de las mismas siestas que yo aoraba, aunque

    l llevaba cuarenta aos viviendo en Mxico y no tena nada que ver con el exilio

    poltico. Haba fundado y diriga la editorial Oasis, una empresa pequea pero muy

    activa, y quera leer el original premiado.

    De ese encuentro result la primera edicin de Luna caliente, que se vendi en

    un par de meses e hizo que Schneider me pidiera otra novela. No tena ninguna,

    pero le cont la historia de Too tuerto rey de ciegos, abortada entre miles de otros

    libros quemados por los militares. Schneider se entusiasm y me ofreci publicarla

    tambin.

    No fue para m una decisin fcil, porque ese texto requera una ardua

    reescritura. Haban pasado nueve aos desde que Lafforgue aprobara el primer

    original, y en ese lapso yo haba crecido y me reconoca mucho ms exigente. De

    manera que me apliqu a un riguroso trabajo de reescritura durante varias semanas.

    Le quit malezas y vicios adolescentes, y tambin le cambi el ttulo.

    Por qu prohibieron el circo? se public, igual que Luna caliente, en la coleccin

    El Nido del Ave Roe, de Oasis. Y as como a la primera la presentaba en contratapa

    un texto de Juan Rulfo, a sta la present uno de Jos Agustn, que los lectores

    encontrarn a continuacin de este prlogo.

    La novela se vendi ms rpido que lo esperado, e igual velocidad tuvo mi

    arrepentimiento: decid que era un texto menor, que ya no me representaba, y me

    promet nunca ms reeditarla y hasta la exclu de mi bibliografa.

    Acierto o error, pasaron tres dcadas hasta que en 2012 la encontr en la

    Biblioteca Alderman, de la Universidad de Virginia, Estados Unidos, donde hay un

    nico ejemplar encuadernado que me llen de nostalgia. Ped una copia escaneada,

    pensando en alguna futura labor de arqueologa literaria.

  • Apenas dos meses despus, desayunando con mi editor y amigo Fernando

    Fagnani, le cont esta historia y l se entusiasm exactamente como Schneider

    treinta aos antes. Me propuso rescatar esta novela y contratarla a ciegas, sin

    haberla ledo, con lo que me meti en un compromiso porque yo ya no recordaba

    cabalmente el argumento.

    Desde esa maana, me apliqu a una lectura crtica de esta novela, pero con

    la decisin de no modificarla argumental ni estructuralmente. Slo hice pequeos

    arreglos necesarios, cambi el nombre de un par de personajes, elimin alguna

    alusin que ya no me interesa, y moriger y perfeccion la oralidad local de la

    historia, que originalmente reproduca vocablos en lenguas guaran y qom (que

    entonces llambamos "toba"). Hace cuarenta aos era una valorable labor reflejar

    los sonidos de la oralidad. Hoy pareciera que ya no, pero quise mantenerlo

    igualmente porque creo que le da un justo sabor de poca al texto.

    Releer esta novela, avanzar en ella sin saber lo que segua e incluso

    ignorando el final puesto que no consegua recordarlo fue noms un trabajo

    arqueolgico personal. No me sobraba el tiempo ni andaba yo sin otros proyectos,

    pero comprend que en esa tarea estaba reconociendo mi irrenunciable pasado

    literario. Y eso es, finalmente, casi todo lo que un escritor posee.

    MG.

    Resistencia, Chaco, Febrero de 2013.

  • Texto de la contratapa

    de la edicin mexicana de 1983

    Por Jos Agustn

    En esta, la primera novela del argentino Mempo Giardinelli, nos

    encontramos con un escritor extraordinariamente dotado, que posee la seguridad

    instintiva de los grandes artistas; que maneja diversos e intrincados estratos del

    lenguaje, con una capacidad poco comn; y que se muestra atento a las necesidades

    ms profundas y dramticas de los pueblos latinoamericanos que sufren

    explotaciones y miserias.

    Esta novela, sin perder su condicin primeriza, es muy rica: se lee con gusto,

    primero, y con apasionamiento despus. Los personajes, vistos en su

    contradictoriedad, estn vivos; y la recreacin del pequeo pueblo fronterizo es

    magnfica. Hay un doble compromiso aqu: con la suerte de los oprimidos (lo cual

    motiv que la edicin argentina de esta novela se cancelara en 1976), y con la

    literatura misma, pues el autor nos da lo mejor de s sin auto complacencias ni

    fuegos de artificio.

    Fascinante, rica en lneas argumentales, en planos literarios, esta novela

    tambin refleja la bsqueda de un estilo propio, ya entonces en proceso de

    consolidacin, y los vastos recursos artsticos del autor, una de las cartas ms

    fuertes de la reciente narrativa latinoamericana.

  • Advertencia al lector

    (Texto tomado de las primeras ediciones

    de 1976 y 1983)

    Casi todo lo que aqu se relata ocurri realmente. Sin embargo, como no

    quise hacer historia, los hechos aparecen mezclados, exagerados o minimizados.

    Fundamentalmente, lo que hay es una absoluta incoherencia temporal. Lo nico

    cierto es que estos sucesos acaecieron en la provincia del Chaco, aos atrs.

    Por otra parte, puede que algunas personas se sientan identificadas. Aunque

    la mayora de los personajes de esta obra son imaginarios, es verdad que algunos de

    ellos existen o existieron en la vida real. Por eso, hago ma la advertencia con que

    Crisanto Domnguez, un plurifactico individuo que protagoniz el Chaco, mi

    provincia, en el Norte de Argentina, durante ms de treinta aos, comenzaba su

    libro Tanino. Memorias de un hachero: "Los personajes de este libro podran ser

    ficticios, pero no, son autnticos. Por eso, si alguien se siente zamarreado por estas

    pginas y cree que es l; que no lo dude, es l noms".

    La presente versin es prcticamente la misma, con algunas correcciones.

  • La edicin mexicana de 1983 tena esta dedicatoria:

    Para Mnica, a pesar de todo.

    Y para Mara y Guillermina.

    Treinta aos despus la mantengo y no slo por elegancia, sino porque es lo

    justo.

  • PRIMERA PARTE

  • Uno

    Lleg una maana temprano, cuando el sol se adivinaba por la claridad que

    suba desde el horizonte. Con la mochila al hombro y una valija en la mano,

    caminaba lentamente. Tena el pelo revuelto, una mueca de disgusto en la boca y

    una barba nueva y morena que le ensombreca el rostro. Los ojos, vidriosos,

    miraban como mira un muerto.

    El pueblo apareci detrs de unos eucaliptos, como si la espesura se hubiera

    convertido, repentinamente, en una larga calle. Un par de casas, a cada lado,

    parecan formar una puerta de entrada al vecindario. A unos trescientos metros vio

    un mstil sin bandera. Ms all, un rbol, otro mstil y un rancho: el final del

    casero, cuyos habitantes, a esa hora, dorman o se desperezaban frente a galletas

    mojadas en mate cocido.

    Unos pasos ms adelante, a su derecha, le llam la atencin un viejo edificio

    descolorido, que pareca una mezcla de supermercado ciudadano con tienda de

    turco contrabandista. La puerta de madera nunca haba sido pintada. Sobre la

    vidriera, se destacaba una inscripcin: Farmacia Lema. Se acerc.

    Adentro, un hombre tomaba mates. A pesar del calor, vesta calzoncillos

    largos y camiseta de frisa. Era canoso y no se le distinguan las facciones, pero

    miraba hacia la ventana. Tena la costumbre de contar los mates: deca que si se

    tomaban nmeros impares era mala suerte y poda quedar tuerto. Por supuesto,

    jams haba tomado uno solo: seguramente hubiera terminado rengo. Lo cierto es

    que se asust y no supo si vio al hombre junto a su ventana en el octavo o en el

    noveno. Era uno de los ms antiguos pobladores de Colonia Perdida y conoca a

    todos sus habitantes, uno por uno.

    No es de ac murmur.

    Dej la pava y el porongo sobre el piso de ladrillos. Se pas una mano por la

    frente y achic los ojos para ver mejor. La figura se hizo ms ntida: hasta le vio una

    pequea cicatriz en la mejilla derecha. Se puso de pie y dio un salto hacia atrs. Se

    escud tras el mostrador y tom la escopeta que guardaba entre los papeles de

    envolver.

    Diecisis de mierda dijo. Ojal que me ands ahora.

  • Afirm los pies en el piso y apunt con la culata pegada al costado de su

    cintura. Pens: "Si entra lo mato".

    Afuera, el recin llegado lo miraba sin verlo. Durante casi un minuto, los dos

    hombres parecieron esperar, ventana de por medio. Despus, el forastero gir y se

    alej hacia el centro de la calle, hacia el oeste.

    El canoso se desconcert. Arma en mano, corri hasta la ventana y vio que el

    sol despuntaba a lo lejos y comenzaba a castigar las espaldas del desconocido. Lo

    mir: era alto, fornido, moreno y una larga melena le cubra el cuello.

    Se pregunt cmo haba llegado. A Colonia Perdida no conducan caminos

    ni vas de ferrocarril. Los aviones pasaban demasiado alto y seguan de largo. Una

    vieja picada desandaba largusimas leguas de monte cerrado, cruzando esteros y

    riachos, hasta la ruta ms prxima; de ah a la capital haba como cinco horas de

    viaje. Pero andar la picada poda requerir varios das de marcha.

    Se pregunt, tambin, por qu haba llegado. Y para qu. Colonia Perdida,

    en medio de las selvas ms vrgenes del Chaco ni tan al Norte ni tan al Sur pero

    ms bien hacia el Norte, era menos que un centenar de habitantes, una larga calle

    de tierra y casas dispersas a su vera.

    Malo asegur, esto es malo.

    Abri la puerta y se asom. El forastero caminaba por el medio de la calle;

    estaba a casi doscientos metros de distancia. Al mirarlo nuevamente, sacudi la

    cabeza. Era el primer extranjero en veintisiete aos.

    Dos

    Atraves la tranquera de molinete y se detuvo frente al rbol, un enorme y

    solitario quebracho. Ms all, tras los descuidados yuyos del patio, se levantaba una

    construccin rectangular, con techo de cinc a dos aguas y una galera en la que se

    destacaban las cuatro columnas de grueso urunday. Haciendo ngulo con el rbol y

    el viejo edificio, un mstil de tacuara tena los hilos colgando. En la galera dorma

    un hombre, flanqueado por dos perros: uno blanco, lanudo y de cola corta, y otro

    marrn, gordo y de cola larga. La botella de vino pareca haberlos emborrachado a

  • los tres.

    Al fondo haba un rancho cuadrado y pequeo que alguna vez haba

    recibido una mano de pintura blanca. Sobre el techo de adobe crecan dos parasos.

    Fue hasta all y se detuvo frente a la puerta. Aplaudi tres veces.

    Quin es pregunt una voz ronca, del otro lado.

    Antonio Oroo, el nuevo maestro.

    Pudo escuchar el ruido que haca el hombre al levantarse de la cama, ponerse

    un pantaln y calzarse unas chancletas. Cuando abri la puerta, apareci un rostro

    ajado como una flor guardada entre las pginas de un libro. La cabeza era enorme y

    los cabellos reblancos. La nariz puntiaguda caa como un pico de carancho.

    Pase dijo, pase.

    Adentro haba un desagradable olor a encierro, a falta de sol, como si la

    transpiracin de ese individuo estuviera suspendida en el aire.

    Puede llamarme Toa.

    Y yo soy Juan Palacio. Tome asiento. Ya me visto y preparo el caf.

    Toa se sent en una silla de mimbre. El anciano se aboton una camisa

    blanca y almidonada, encendi el calentador y puso la cafetera sobre la hornalla. Se

    ajust el pantaln y se calz unos viejos botines que le cubran los tobillos. Cuando

    el caf estuvo listo, llen dos tazones, espant las hormigas de la azucarera y se

    acerc.

    Srvase, ch, est en su casa.

    Toa revolvi el azcar.

    No me esperaba, no?

    Ac nunca se espera nada.

    Bebieron en silencio. Despus, el viejo pregunt cmo est Resistencia, hace

    mil aos que no vaya la capital. Toa se lo dijo.

  • Se miraron durante unos minutos sin saber de qu hablar, hasta que Juan

    Palacio se dirigi a la puerta, la abri, mir hacia el otro edificio y volvi a cerrarla.

    Se sent en la cama.

    No piense que este pueblo es una porquera afirm. Slo un poco

    aburrido. Hay que conocer la idiosincrasia de la gente, entenderla, hacerse querer

    un poco y enseguida se los pone a todos en el bolsillo. Y si no es de mucho pensar y

    se hace menos mala sangre, lo va a pasar bien. No digo que yo no haya sentido el

    paso de los aos, pero le aseguro que no es tan malo como estar pensando.

    Yo no pienso que sea malo. Ped para venir.

    Pidi para venir! Voluntariamente con su volunt!

    S.

    Y por qu, si se puede preguntar?

    Me cans de la ciudad. No me gustaba.

    Yo, en cambio, vine por error. Me anot mal en el registro, y cuando me

    dijeron que mi destino era Colonia Perdida result que andaba sin plata. Como me

    ofrecan un trabajo, una casa y un sueldito...

    Se pas la mano por la barba. Estaba larga, como de tres das. Se arrellan en

    la cama, recostndose contra la pared, y suspir profundamente.

    Ac no hay Este ni Oeste continu, ni Sur ni Norte. No hay diferencia

    entre que el sol salga o se ponga. No hay sobresaltos. No hay diarios. Sabe la de

    cosas que no hay aqu? Eso s: el que tiene radio se salva un poco.

    Los tiempos cambian, se dijo Toa.

    Al principio me gustaba sigui el viejo, porque yo era un ante de la

    naturaleza, y ac hay mucha. Me sentaba todas las noches bajo el algarrobo y

    disfrutaba de esta paz, tomaba mates y haca planes para cuando volviera. Hasta

    que un da vi que todo era igual, que estaba harto de la tranquilidad y que me

    olvidaba de los planes con la misma facilidad con que los haca. Entonces empec a

    ir al boliche y a sentirme cada vez ms solo. Ped la jubilacin y rogu que no me la

    dieran. Pero ahora vino usted, Oroo, y yo me voy esta misma tarde.

  • Se levant y abri la ventana. Suspir. Despus se pein frente a un espejo

    que haba sobre una palangana.

    Y qu le parece el pueblo?

    Todava no me parece nada.

    El viejo levant dos camisas del suelo y escondi las alpargatas debajo de la

    cama.

    Ser maestro es creer en Dios dijo. Lo que se dice un verdadero

    sacerdocio, no?

    No.

    No? lo mir, sorprendido. Cmo que no?

    No me parece que sea un sacerdocio. Ni me parece que uno deba creer en

    Dios por el hecho de ser maestro. Yo no creo en Dios.

    Uy, uy, uy, eso es malo, amigo, muy malo. En un pueblo como ste ser

    ateo no es aconsejable. Le sugiero que no lo diga. Ac la gente trata de creer ms y

    ms, como si fuera una obligacin, como si as cada uno se mirara menos para

    adentro. La fe es una buena medicina, y Dios no es malo, Oroo, slo un poquito

    olvidadizo. Al fin y al cabo todo el mundo le pide cosas y l no puede estar en todas

    partes. Alguien tiene que sufrir y pasada mal, no?

    Disclpeme, pero no estoy de acuerdo.

    Ya lo s. Pero quiero verlo de ac a un tiempo, cuando se sienta solo como

    un terrn en medio del campo. Ya va a cambiar.

    Hbleme de la escuela, quiere?

    Hay poco que decir. Son cuarenta y dos chicos en el nico turno, de

    maana. Y cuatro o cinco que vienen de tarde, pero porque si no yo me aburro.

    Estn todos juntos para los siete grados. En general Son buenos, pobres, flacos,

    brutos, pero... No es importante que aprendan gran cosa. Ninguno va a estudiar a

    Resistencia.

    Por qu?

  • Porque nadie sale de Colonia Perdida. No hace falta: los chicos hacen lo

    mismo que sus padres. El hijo de hachero ser hachero. El de padre cosechero ser

    cosechero. Y heredan tambin la miseria. El pueblo est ordenado as.

    Y el resto de la gente?

    Hay de todo. Ya los va a conocer.

    Pero qu hacen, de qu viven?

    Ac se trabaja cuatro meses en las cosechas y todo el ao en el obraje. Y

    estn el cura, el bolichero, el tendero, el farmacutico, el almacenero, el intendente y

    los administradores. Nada ms. La gente no hace nada y sa es su virtud. O hacen

    que hacen cosas, pero como cada uno conoce ms las limitaciones ajenas que las

    propias, todos se resignan y se aceptan as: tratan de vivir lo mejor posible y morirse

    lo ms tarde que se pueda. No me dir que no es una buena filosofa, no? Ac no

    hay gente mala. Los malos estn muertos o aquietados.

    Se escuch una campana. El viejo se puso de pie.

    Venga que lo voy a presentar. La campana la toca Nicasio todos los das

    cuando calcula que son las siete y cuarto. Lo habr visto durmiendo en la galera

    con sus perros. Es un borrachn que un da se qued aqu y desde entonces toca la

    campana, corta el pasto y trata de aguantar cada da ese da. Hay que tratarlo como

    a un portero y se siente feliz... Y a ust, qu le dio por venir a Colonia Perdida?

    Vine noms.

    Claro dijo el viejo. Yo tambin vine noms. Hace cuarenta y cuatro

    aos.

  • Tres

    Ahora ambos caminan mientras un grupo numeroso de nios los observa en

    silencio. Miran el monte que est ah noms. Too hace un comentario sobre el

    paisaje, que es muy gris, y el viejo est de acuerdo en que es una lstima que el

    polvo lo cubra todo, pero ac el clima es as y el verano es eterno y uno se

    acostumbra, ya lo va a ver, y eso es lo malo: acostumbrarse.

    Juan Palacio dice estar convencido de que por ms que uno se resista, a la

    larga termina adaptndose y se resigna. Los hombres resignados son como las

    lneas rectas, no tienen perspectiva. Entonces uno se achata, se recuesta en su propia

    soledad y acaba despreciando a la gente, al pueblo, a uno mismo. Es que uno se

    contradice y se traiciona permanentemente: justo cuando va a decir se acab, planto

    y me voy, decide esperar hasta maana. Y maana se convence de que no est tan

    mal como est. Y lo peor es que, siempre, cuando uno se da cuenta ya es tarde.

    Toa no lo mira. Siguen caminando.

    Qu quiere que le diga. Me cuesta entender que haya venido por su

    volunt. Parece tan joven. Cuntos aos tiene? Treinta?

    Treinta y uno sonre, mira al viejo a los ojos. Pero qu ganas tiene de

    quedarse, eh?

    Qu? Que yo? ...

    S, claro, usted. Tiene unas ganas locas de quedarse.

    Juan Palacio frunce el ceo, patea un terrn y suelta una risita forzada.

    Puede ser dice. Pero usted ya vino y los dos no cabemos.

    Cuando llegan a la galera, Toa mira hacia el pueblo: hay un sulky detenido

    a cien metros, una mujer con un bolso en la mano, varios perros, dos chicas que

    barren la calle, un paisano a caballo. Despus observa a los nios. Casi todos son

    muy pobres y bajo sus guardapolvos blanquisucios asoman ropas harapientas. Son

    caras angulosas, demacradas, casi adultas.

    Buenos das, alumnos dice Juan Palacio.

  • BUENOSDASMAESTRO grita el coro de nios.

    A la ensea con uncin.

    Too lo mira. Est seguro de que ninguno conoce el significado de esa

    frmula. Pero los chicos giran las cabezas cuando empieza a escucharse "Aurora" en

    un viejo fongrafo. Al pie del mstil de tacuara hay un gordito peinado a la gomina

    y un peticito con los zapatos lustrados. Izan una bandera desteida y algo

    deshilachada, en un ambiente sin emocin, mientras la maana se entibia

    lentamente.

    Despus, los nios entran al aula. Juan Palacio se dirige al hombre a quien

    Too viera durmiendo en la galera.

    Estn todos, Nicasio?

    Faltan d. El de Lujn y un Galnde.

    Es un individuo sin edad, pequeo, enjuto y encorvado como el dedo

    meique de una mano cada. Tiene la cara agrietada y cobriza, unos ojos que

    parecen dos agujeros de bala y una nariz enorme y roja.

    Nicasio dice el viejo. Este's el nuevo maestro.

    Qu tal dice Too.

    Se miran pero no se dan la mano.

    Y ust? pregunta Nicasio.

    Me voy esta tarde responde el viejo.

    No va'volver.

    No, nunca ms.

    Entran al aula. Hay un cuadro de San Martn al frente, y otros dos, de

    Rivadavia y de Sarmiento, al fondo. En las paredes hay lminas con vacas, pampas,

    insectos y mximas. Debajo de San Martn est el pizarrn. Una ventana da a la

    galera. Otras dos, en la pared opuesta, dejan ver el monte. Juan Palacio mira a sus

    alumnos, uno por uno, detenidamente.

  • Bueno muchachos dice.Yo me voy a la ciudad y se queda con ustedes

    el Seor Antonio Oroo, que acaba de llegar de Resistencia. y entonces tenemos que

    despedirnos.

    Too juzga que es mejor no estar presente. El discurso promete ser sensiblero,

    y la sensiblera lo agobia.

    Nicasio ceba mates en la galera. Los perros lo observan.

    Too se detiene junto al mstil y enciende un cigarrillo. Al rato, Juan Palacio

    sale del aula, con los ojos brillosos.

    Qu lstima, carajo, qu triste. Nunca pens que sera tan difcil.

    Y camina presuroso hacia la casa, mientras una bandada de cotorras se

    anticipa a las nubes que avanzan trotando.

    Too lo mira indiferente.

  • Cuatro

    El Bar El Jardn era un antiguo casern de ladrillos con dos grandes vidrieras

    que daban a la calle. De jardn slo tena algunas flores pintadas sobre el viejo

    empapelado hecho jirones. En el saln, de unos diez metros por lado, haba varias

    mesas cuadrangulares rodeadas de sillas con sentaderas de mimbre tejido.

    Mosquitos y vinchucas giraban en torno de los faroles de querosn. Tras el

    mostrador, una puerta de la que colgaba una cortina roja daba a las habitaciones

    interiores.

    Ignor la insistencia de las miradas y se sent junto a una de las ventanas.

    Haba caminado lentamente, observando el paisaje de viejos ranchos de barro y

    paja y las pocas casas de material. La gente lo haba mirado con asombro desde las

    veredas falsas. Era la hora en que se encendan los candiles; algunos sacaban sus

    catres de tijera para dormir a la intemperie y otros, simplemente, tomaban mate o

    guaripola en las puertas de sus casas. Era la hora en que la noche trataba en vano de

    mitigar el sofocn de los cuarenta grados de abril.

    Se le acerc un hombre gordo, de mediana estatura, casi calvo y con una cara

    plida como la de un payaso recin maquillado. Sonri mostrando dos premolares

    de platino.

    Ust's el nuevo maestro dijo. El Seor Oroo?

    Too asinti.

    To el pueulo habla de ust. Ac no llegan gente, sabe?

    El gordo hablaba con tonada paraguaya: las palabras salan como mecidas en

    una hamaca.

    Detrs, la concurrencia numerosa no respiraba. Algunos se haban

    inclinado descaradamente para or mejor.

    Qu toma, mestrro?

    Una ginebra, por favor.

    Enseda. Pero va'dispensar que no tenemo hielo.

  • Corri hacia el mostrador. Jams en su vida haba sido tan diligente. Lo

    recibi un murmullo perceptible. El gordo chist como ahuyentando a un perro y

    volvi a la carrera. Deposit el pedido sobre la mesa, esper un instante y luego se

    retir.

    Too lo mir hacer, pensando que los primeros das lo colmaran de

    atenciones porque era nuevo en el pueblo. Pero no se detena a analizar lo que

    estaba viviendo. Nada tena edad. Todo era de hace un rato, ayer, anteayer a lo

    sumo. Las cosas pasaban porque tenan que pasar, as haba sido todo el da, todo el

    viaje desde Resistencia, todo el tiempo anterior, toda su vida, todo lo que vendra.

    Se pregunt si de veras vendra algo. En realidad, no esperaba nada. Esperaba nada.

    Era su nica certeza.

    Disculpe, cara mestrro le dijo una voz ronca. Me deja sentar?

    Era un moreno enorme, de casi dos metros, espaldas anchsimas y manos

    callosas que sostenan nerviosamente un sombrero aludo.

    Mtale.

    Me llamo Gerunflo Romero dijo el hombrn. Tena ojos achinados, cejas

    quemadas y pmulos redondos y gordos que le ensanchaban la cara. Barbilampio,

    su boca estaba coronada por un bigote ralo. El sombrero descans en su falda.

    Uno'e misijo alumno suyo.

    Ah.

    S, hoy vino contento. Al viejo Palacio no le quera por el Nicasio. Ya le

    conocer, supongo...

    Too asinti y pens que la amabilidad era mentira. Los chicos de la

    escuelita lo odiaban, estaba seguro. Los haba atiborrado de deberes: un par de

    problemas, tres trabajos de geometra, una composicin y una leccin de

    Naturaleza. La mentira era una excusa para acercarse; estara harto de cacarear

    alrededor del paraguayo gordo.

    M'hijo es geno, mestrro dijo el hombrn. Si se hace'l loco dle nom

    por cabezudo. Pero cudemelo del Nicasio; se la tengo jurada.

    Por?

  • Yo le digo nom.

    Est bien.

    El hombre baj los ojos y se mir las manos. Habl con rabia:

    Pasa que's un genero... Vez pasada me lo arrincon al Artemio y se abus.

    Too achic los ojos y pregunt:

    Cmo dice?

    Eso. Nicasio se lo mand y yo se la jur.

    Se miraron sostenidamente. Y justo en ese momento entr al bar un

    hombrecito flaco, que vesta pantalones claros y rotosos y una camisa que habra

    sido blanca si la lavaban. Tena cara de retardado, la boca muy abierta y unos ojos

    de mirar vidrioso, achinados, que parecan encerrar entre parntesis una nariz

    anchsima y carnosa. Jadeaba nerviosamente.

    Se dirigi al paraguayo, gritando:

    Rojo... El intendente... me mand'ver... al nuevo mestrro...!

    Despacio, Marcial! Ya te dije que no entrs as, que me asusts la

    clientela!

    T'bien, pero el intendente me...

    Ahi'st seal Rojo. Es el Seor Oroo.

    Marcial camin hacia Too, con su paso desparejo y rpido. Su mirada

    pareca incapaz de fijarse en un solo punto.

    Genas hior dijo. Dice'l intendente que l'invita almorzar maana.

    Que por qu no le vio primero a l. Que l'estuvo esperando too el da dihoy. Que

    vaye maana a las docenpunto.

    Too agradeci con un movimiento de cabeza. La concurrencia elev el

    murmullo y algunos cruzaron miradas de entendimiento. Rojo mascull unas

    palabrotas.

  • l sigui bebiendo su ginebra.

  • Cinco

    El mate cocido con leche y sin azcar le dej un gusto amargo en la boca,

    como si hubiese pegado estampillas toda su vida. Despus se recost en la cama y

    fum un par de cigarrillos.

    Cuando escuch que llegaban los primeros nios a la escuela, se puso de pie

    y sali. El sol comenzaba a picar. Camin hasta el edificio.

    Quin es Artemio Romero? pregunt.

    Aqul respondi un flaquito picado de viruelas. Seal a un chico de

    unos diez aos, relleno y aindiado, de mirada triste, que coma una galleta sentado

    en un tronquito. Quiere que le llame?

    No dijo Too. El flaquito lo miraba. Tena una panza pequea, como una

    pelota escondida bajo el delantal. Las piernas parecan un pioln con nudos.

    Y vos quin sos.

    Miguel.

    Miguel cunto.

    Miguel Pern.

    Tena los pelos parados como las cerdas del lomo de los pecares, los ojos

    mnimos, rasgos inconfundibles: era un toba legtimo.

    No te hags el vivo, pendejo. Tu apellido, de veras.

    Pern repiti el nio. Mi pap se llama Juan Pern.

    Nicasio asista a la escena con la pava en la mano. Se acerc a Too y le

    entreg un mate.

    Miguel es hijo 'e un indio que naci n'el obraje hace muchosao. No tena

  • padre conocido y tonce le bautizaron Juan Pern. Hay mucho jhindio que tienen

    nombre de prcere: hay Domingo Sarnmiento, San Martn, Belgrano... Hiplito

    Yrigoyen tamin; hasta Julio Arroca, hay de too...

    Toa asinti y entr al aula. Explic la regla de tres compuesta para los

    mayores y las tres clases de tringulos para los menores. En la hora de lenguaje

    ense la conjugacin de un par de verbos y luego hizo preguntas a los nios acerca

    de gustos, costumbres y detalles de la vida en el monte, las plantaciones y el pueblo.

    La maana pas rpidamente.

    Cuando la escuela qued desierta, se cambi la camisa, se moj el pelo y

    sali rumbo a la intendencia. Nicasio le indic el camino. El calor era intenso y

    pesado; el medioda tena el olor de los aromas del monte mezclado con el de los

    guisos que cocan las mujeres del pueblo. Las puertas estaban cerradas y la gente

    coma con urgencia para dormir la siesta a la sombra.

    La intendencia era la misma casa del intendente, una construccin amplia y

    antigua, frente a la iglesia, plaza de por medio, pintada de azul claro y con varias

    ventanas cuyas persianas estaban cerradas que daban a la galera delantera. Un

    seto cubierto de ligustrinas separaba al edificio de la calle. Toa llam y unos

    segundos despus se abri la puerta principal. Apareci una mujer de unos

    cuarenta aos, pelo castao oscuro, pechos como ubres y ojos color miel. La sonrisa

    dejaba ver sus dientes parejos y sanos.

    Adelante, adelante lo invit, casi cantando. Lo estbamos esperando,

    Seor Oroo, creamos que ya no vena...

    Too se dej llevar y de paso vio al retardado regando unos naranjos a un

    costado de la casa.

    Entraron a una sala blanca en cuyas paredes se destacaban tres retratos de

    hombres bigotudos y solemnes: un militar y dos civiles. La mujer le rog que

    esperara un minutito. Un quinqu de plata le llam la atencin. Ley la inscripcin

    en la base: "A nuestro querido intendente Marcelino Grande, por ser grande entre

    los grandes. Su pueblo, Colonia Perdida".

    A la izquierda haba una puerta. Se abri y Marcelino Grande apareci

  • dando unos pasos enormes. Un bigotazo magnfico, rubio como todo l, pareca

    caminar adelante. Toa tuvo la certeza de que haba visto alguna vez a ese hombre.

    Enseguida se dio cuenta: era uno de los tres individuos cuyos retratos estaban en

    esa misma sala.

    Salud, amigo, salud! dijo Grande con voz estrepitosa.Vaya que es

    ust poco formal. Llega al pueblo y no me viene a ver. Tengo que enterarme por los

    dems de que se encuentra entre nosotros un eximio maestro ciudadano a quien me

    complazco en darle oficialmente la bienvenida.

    Gracias dijo Too. No es para tanto.

    No seor. Soy intendente desde hace diecisiete aos, cuando se nos muri

    el benemrito y eficiente Jacinto Portal, que en paz descanse, y sta es la primera

    vez que recibo a un visitante. Comprndame...

    Claro, claro...

    Y como le deca, amigo mo Grande gesticulaba, mostrando sus muchos

    anillos. Pareca un molino de viento cuando se zafan los frenos de las aspas, ust

    es un hombre poco formal pero no se preocupe que yo lo entiendo. Estuvo ocupado,

    seguro. Y est bien: slo los ocupados construimos. Qu sera de este bendito pas

    sin gente que tenga que hacer!

    La panza pareca contenida por varias fajas. La culata de un revlver de

    considerable tamao apareca sobre el ancho cinturn, a un costado de la hebilla de

    plata en la que relucan sus iniciales. Sus ojos eran muy claros y sus cejas tupidas.

    Medira un metro noventa y seguramente sobrepasaba los cien kilos.

    Se dirigieron a otro saln, en el que haba una mesa preparada para tres

    comensales. Un florero en el medio, repleto de jazmines, despeda un agradable

    perfume.

    Por aqu, Oroo dijo el intendente. Le repito que es un honor tenerlo

    con nosotros.

    Sintese ah invit la mujer. La casa es chica pero el corazn es grande,

    usted sabe.

    Grande dijo el intendente. Como que me llamo Marcelino Grande.

  • Too sonri, creyendo que se trataba de una broma. El intendente dispuso

    que se sirviera la comida.

    Tomaron tres botellas de vino y Grande comi como si lo hubieran tenido a

    dieta una semana. En ningn momento dej de hablar: de Resistencia ciudad a la

    que hace mil aos que no voy ust sabe las obligaciones al frente de la comuna

    porque ac el intendente es adems comisario juez de paz y jefe del registro civil

    vea es para volverse loco yo no s uno se sacrifica por el progreso del pueblo pero

    hay gente mala son dos o tres a los que tengo bajo control ust comprende los

    rebeldes nunca faltan adems tengo a mis hijas estudiando en la capital y viera qu

    maravilla de hijas contale Mary pero cudese Oroo porque enseguida se va a hacer

    de enemigos lo van a envolver en barullos y mire por ms bueno que uno sea la

    gente confunde y cree que uno es boludo con perdn de la palabra y si se deja pasar

    al cuarto est listo yo s lo que le digo mire vea siga mis consejos que nadie conoce

    Colonia Perdida como yo.

    Despus del postre se levant y hurguete en un aparador de madera oscura.

    Sac una botella envuelta en una redecilla de hilo y un par de copitas.

    Esto es extraordinario afirm. A este coac lo tengo desde hace

    diecisiete aos y sta es la oportunidad de saborearlo. Me lo regal Jacinto Portal

    antes de morir. Me dijo: "Te lo dejo para las grandes ocasiones, Marcelinito".

    Despus dio vuelta los ojos y se muri. Fue como la entrega del bastn de mando.

    Gran intendente Portal. Una vida al frente de la comuna.

    Sirvi las dos copas, se puso de pie y exclam:

    Solemnemente lo recibo como maestro de Colonia Perdida. Que su gestin

    sea positiva en pro de la educacin de nuestros hijos y... en fin, disculpe pero no

    sirvo para pronunciar discursos. Adems, ac no hacen falta. As que bienvenido.

    Mientras tomaban el caf, el intendente habl de las mejoras de la calle, de la

    poda de las rboles y de las frmulas con que redactaba los certificados de

    nacimientos, matrimonios y defunciones. Hizo hincapi en la necesidad de

    mantener la cordialidad entre la gente. Too se sinti repentinamente cansado, pero

    Grande estaba en su apogeo.

    Si el pueblo se aburre, estoy sonado dijo, agitando el ndice derecho de

    arriba hacia abajo. Siempre hay que darles en qu pensar, algo a qu combatir. En

    cuantito se sienten bien y livianos me hacen planteos estpidos. Ya los va a conocer

  • mir el reloj de la pared: eran las tres y cuarto. Dentro de un rato saldremos

    pa'hacer una recorrida. Le voy a presentar a la gente... que vale la pena.

  • Seis

    Usted pertenece a algn partido, intendente?

    No, ac no hay.

    Y eso?

    El Coronel MacGuire, primer intendente del pueblo, determin que fuera

    un cargo hereditario o algo as: cuando un intendente se est por morir nombra al

    sucesor. A Portal un da se le dio por morirse y me llam. "Marcelinito (era muy

    carioso conmigo), vos vas a ser el intendente me dijo. Dale duro a los que se te

    rebelen. Abajo los sagua." Entonces llam a Lema, al tendero Maderal, al cura,

    al almacenero Gold y a los administradores del obraje y del algodonal. Fueron los

    testigos de la decisin de Portal.

    Y el pueblo? No se opusieron, no dijeron nada?

    Qu iban a decir! En el entierro de Portal anunci que me haca cargo de la

    intendencia y que esperaba la colaboracin de todos.

    S, pero ... y los partidos?

    Nunca hubo, ya le dije. Ac miramos los acontecimientos nacionales como

    desde un balcn, vio? Adems, slo unos cuantos estamos enterados de lo que

    pasa. Los que tenemos radio. Para qu informar a todos? Si somos pocos. Entonces

    nos dividimos entre los que estn con los intendentes, en este caso conmigo, y los

    que no. Es muy sencillo y se vive bien.

    Y los que estn en contra?

    A esos los tengo a raya. El da que deje de tenerlos estoy frito.

    Cruzaron la plaza. Grande explic que en el mstil no flameaba la bandera

    porque la nica que posean la usaban para las fiestas patrias.

    La iglesia era de ladrillos sin revocar. En el frente de unos ocho metros

  • haba una cruz de madera a la izquierda y una enorme puerta a la derecha.

    Entraron. La nica nave estaba ebria de luz. Tres altos ventanales a cada lado

    iluminaban los bancos vacos. Al fondo, se divisaba el altar: un Cristo chiquito

    extenda sus brazos hacia un par de santos ubicados a los costados y, ms abajo, se

    observaba a la Virgen de la Soledad, vestida de celeste y orlada de estrellitas de lata.

    Padre! grit el intendente Padre Gabriel!

    De atrs del altar sali una cabeza calva y brillosa.

    Chist, carajo! No porque sea intendente va a entrar a las gritos en la casa

    de Dios, ch!

    A la cabeza calva sucedi un cuerpo menudo, enfundado en una sotana gris.

    El Padre Gabriel era un hombre de entre sesenta y setenta aos. Tena los ojitos

    perdidos tras las gafas de miope, calzadas sobre una nariz aguilea y tan fina como

    toda su cara, y se notaba que era un hombre pulcro y de modales estudiados.

    Est bien, pero no se enoje. Vengo a presentarle al Seor Antonio Oroo,

    ilustre visitante de Colonia Perdida y desde hoy nuevo maestro del pueblo.

    Desde ayer corrigi el cura. Su boca, de labios muy finos, apenas se

    mova. Lleg ayer de madrugada y dio su primera clase acompaado por Juan

    Palacio.

    Mucho gusto dijo Too.

    El cura refreg su diestra en la sotana antes de extenderla.

    Padre Gabriel Maldonado a sus rdenes. y crame que es un placer. Hace

    aos que no veo una cara nueva.

    Bueno, padre dijo Grande. Ust comprender que andamos de pasada.

    Tengo que presentarle al resto de la gente. As que lo dejamos.

    Confieso de tardecita dijo el cura, dirigindose a Too, y se comulga

    en cualquier momento. Pero venga cuando quiera; ser un gustazo que me cuente

    cosas de la ciud.

    A charlar voy a venir.

  • Lo espero dijo el cura, entendiendo.

    Chau padre dijo el intendente.

    Cuando cruzaban el umbral de la iglesia, el sacerdote corri hacia ellos y le

    pregunt a Too si saba jugar al truco. "Y claro", fue la respuesta.

    En la primera cuadra a la derecha de la iglesia estaba el Bar El Jardn.

    Pasaron frente a la puerta, en silencio. Algunos metros ms adelante, Grande dijo:

    A Enrique Rojo ya lo conoci anoche. Es mala persona; se hace el

    simptico pero es un renegado hijo de perra y un psimo patriota: como paraguayo

    es malo y como argentino peor. Los patriotas no son privilegio del pasado, Oroo. Y

    los antipatria tampoco. Este es comunista y anarquista.

    Too no hizo comentarios y as llegaron, en silencio, a la tercera cuadra a la

    derecha de la iglesia, donde se ubicaba la Farmacia Lema. Entraron. El intendente

    pate una silla y adentro, tras una puerta, se oy un murmullo.

    Ricardo dijo el intendente. Soy Grande.

    Apareci un hombre macizo y retacn. Too lo reconoci: era el mismo al

    que haba visto tomando mate y que lo haba apuntado con una escopeta. De cabeza

    llamativamente redonda y poblada de canas, tena muchas arrugas en la cara, los

    ojos saltones y la boca como un esfnter fruncido. Su mirada era inteligente.

    Ricardo dijo Grande. Te presento al nuevo maestro: el Seor Antonio

    Oroo.

    Mucho gusto dijo el farmacutico. Creo que ya nos conocemos.

    S, claro sonri Too, dndole la mano.

    Cmo? se asust el intendente.

    De vista explic Too. Nos vimos cuando llegu.

  • Ah. Bueno, el Seor Ricardo Lema es el boticario, y eventualmente

    mdico, del pueblo. Uno de nuestros ms eficaces colaboradores. Es importante,

    Oroo, que frecuente su amistad. Lema es un hombre culto, sabio, prudente y bien

    intencionado.

    Too adivin un brillo jocoso en los ojos de Lema.

    No es para tanto, Marcelino, no es para tanto...

    En la segunda cuadra a la derecha de la iglesia, y sobre la vereda de enfrente,

    se destacaba la casa de Ramiro Lujn, administrador del Obraje El Quebrachal. Era

    una mansin de campo: un edificio cuadrado, de una sola planta y techo a cuatro

    aguas, con numerosas ventanas protegidas por gruesas rejas de hierro forjado.

    Emplazada en mitad de la cuadra, la rodeaba un parque en el que abundaban

    rosales y malvones. Al fondo, haba dos limoneros de los que colgaban orqudeas

    silvestres.

    Una mujer de rasgos indgenas, gorda y morena, les sali al encuentro. Tena

    los pmulos elevados, la nariz chata y la boca carnosa.

    Gena, cara intendente dijo la mujer. Pase ust.

    Cmo le va, a Clara. Est Lujn?

    Y s. Pase ust qu'el hior Ramiro le va'tend.

    Ramiro Lujn era un hombre de estatura mediana, ms bien delgado y con

    una cara rubicunda y casi inexpresiva que delataba alguna ascendencia sajona. De

    unos cuarenta aos, su mirada era firme, clara y fra. Tena unas extraas manos de

    cardaco: nudosas y con las uas gordas y anchas. Estaba recin afeitado y

    jugueteaba con un rebenque. En la cartuchera, sobre la pierna derecha, cargaba un

    Colt calibre 38.

    Hola, intendente.

    Vengo a verlo, Lujn, para presentarle al nuevo maestro de Colonia

    Perdida, el seor Oroo.

  • Ah dijo Lujn. Mucho gusto.

    Sin darles la mano, se dirigi al intendente.

    Estaba por ir a verlo. Tengo un problemita que me interesa consultarle.

    Cmo no se alegr Grande. Cmo no, Lujn, cuando quiera. Ust sabe

    que estoy a sus rdenes.

    Lo ver esta tardecita o maana temprano.

    Una cuadra a la izquierda de la iglesia estaba la Tienda El Amanecer. y justo

    enfrente, el Almacn Casa Gold. Primero fueron a la tienda.

    Los recibi un hombre alto y de pelo escaso.

    Don Grande dijo con una sonrisa que mostr dos hileras de dientes

    equinos: amarillos y enormes. Qu gusto verlo.

    Floro dijo el intendente, te presento al nuevo maestro. y dirigindose

    a Too, agreg:

    Floro Maderal, el mejor tendero del mundo, el de los precios... Cmo es

    eso, Floro?

    Maderal Floro el de los precios de oro, o Floro Maderal el del precio

    especial sonri. Los dientes eran impresionantes. Se dieron la mano. El tendero

    sigui:

    Me dijeron los chicos que ust's un gran maestro, Seor Oroo.

    Gracias dijo Too. Sus chicos son encantadores.

    Claro, claro dijo el intendente. De tal palo tal astilla y acarici una

    tela. Y, Floro? Cmo andan las cosas?

    Mal, intendente. No nos llega la mercadera. El Gerunflo Romero se retrasa

  • con sus mulas y ya no tengo qu vender.

    Algo de eso supe. A Gold le pasa lo mismo.

    No hablemos de esos... Toman algo?

    Marcelino Grande explic que estaban de paso. Maderal insisti sin suerte

    un mate un tecito intendente no me desprecie mire qu'es ingrato siempre anda a las apuradas

    y ust Seor Oroo venga cuando quiera ya sabe qu'sta es su casa. Y los dientes equinos

    salan a relucir a cada palabra porque su dueo recoga los labios como se

    arremanga una camisa.

    Mientras cruzaban la calle, Too se preguntaba quienes seran los hijos de

    Floro Maderal.

    El almacn era el amplio jl de una casa grande en el cual se haban apilado

    estantes, cajones y un mostrador de madera despintada. Haba una balanza con dos

    platos de aluminio y varias pesas de bronce. Entre latas y paquetes, aceites y yerbas,

    moscas y salames, Nicomedes Gold haca sus cuentas en una libreta y con un lpiz

    cortito que cada tanto montaba sobre su oreja derecha. Era bajo y delgado, de nariz

    recta y ojos pardos, abundante cabellera y manos firmes.

    Intendente sonri, sin mucha conviccin. Buenas, Seor.

    Cmo est, Nicomedes. Vengo a presentarle al nuevo maestro.

    El Seor Antonio Oroo dijo Gold. Que vino ayer de madrugada y se

    hizo cargo del vaco que nos deja Juan Palacio.

    Exacto dijo Grande. Usted s que es un hombre informado. Mire,

    Oroo, ac el amigo es un magnfico exponente de Colonia Perdida: naci y

    progres en el pueblo.

    Y son cuarenta y siete aos apunt Gold.

    Qu bien dijo Too.

  • Y cmo andan las cosas, Nico pregunt el intendente.

    Andan noms... Ust sabe que ac no se puede enriquecer nadie.

    Solamente se gana pa'vivir modestamente.

    Grande mir a Too, orgulloso.

    Mire qu ejemplo de humildad.

    Gold estaba preocupado.

    Intendente... El seor Maderalle dijo algo de m?

    No.

    Porque ust sabe que tenemos alguna diferencia. Cada vez que hay viento

    Norte l aprovecha y limpia, y la mugre viene a mi negocio... No podra hacerse

    una ordenanza que prohba limpiar y sacar basura los das de viento Norte?

    Los das de cualquier viento, Gold dijo Grande, dirigindose a la puerta.

    Too lo sigui presuroso, harto.

    Una cuadra ms all, viva Jess Mara Prez, comisionado de los

    Establecimientos Algodoneros Sociedad Annima. Era una vieja casa pintada de

    blanco, con margaritas y malvones en el jardn anterior. Una mujer joven regaba las

    plantas.

    Rosario... Est su esposo?

    La mujer se dio vuelta y asinti en silencio. Tena un rostro interesante:

    ovalado, de nariz fina con pequeos orificios hacia adelante, boca amplia y sensual

    y grandes ojos marrones. Menuda pero esbelta y de pechos firmes, sus piernas se

    escondan bajo una larga falda de colores suaves. Mir a ambos fugazmente y

    despus baj la vista.

    Pasen dijo. Jess est vistindose para ir a la plantacin.

  • Prez se peinaba frente a un espejo, en el comedor. Mayor que su mujer,

    deba rozar los cincuenta aos. Sus ojos eran claros, de mirada fra, y aunque en la

    boca se le notaba una mueca de desagrado, o de desconfianza, impresionaba como

    un hombre inteligente, calculador y astuto.

    Sal, Jess dijo el intendente.

    Buenas respondi Prez, quien no pareci alegrarse por la visita.

    Grande hizo las presentaciones una vez ms.

    Oroo dijo, Prez an no tiene hijos, pero en cuanto se largue le llena

    la escuela.

    Ust viene a radicarse? pregunt Prez, desviando la conversacin.

    Too le descubri un ligero acento espaol.

    S, claro.

    Bueno, vamos dijo Grande. Que si nos quedamos nos invitan a tomar

    unos mates y no andamos con tiempo. Chau, Prez.

    Salieron los tres en silencio. En el jardn, la mujer segua regando las plantas.

    Prez dijo:

    Rosario, adentro que te necesito.

    Pero las plantas, Jess.

    Un cuerno. Adentro que te necesito.

    Caminaban por el medio de la calle. Too saba que eran observados, que en

    las ventanas manos annimas descorran las cortinas para verlos pasar. Solo quera

    irse a dormir el resto de esa maldita siesta. Ni siquiera, pens, voy a sacar la mugre

    que me dej el viejo Palacio.

    Bueno, amigo, ya sabe que estoy a sus rdenes. La semana que viene lo

    volver a invitar a comer. Me gusta agasajar a los que llegan al pueblo.

    Pero no era que yo soy el primero?

    No tiene nada que ver. Me gusta igual.

  • Se dieron la mano en el centro de la plaza, bajo el mstil sin bandera.

    En la escuela, Nicasio tomaba mates en la galera, mientras sus perros

    masticaban el aire cazando moscas; el silencio slo era quebrado por el chocar de las

    mandbulas. Too lo salud con un movimiento de cabeza y sigui de largo, hacia

    el rancho. Al abrir la puerta, lo sorprendi la limpieza. Mir la cama recin tendida,

    las sbanas cambiadas, la alfombrita sacudida, el calentador y los utensilios limpios

    y en orden. La ventana estaba abierta y entraba un grueso rayo de sol. Sobre la mesa

    haba una botella de litro con tres rosas color t. El olor era agradable. Se dio vuelta.

    Nicasio, quin me limpi el rancho!

    No s! grit Nicasio desde la escuela.

    Pero quin vino!

    Nadie!

    Siete

    Esa noche volvi al Bar El Jardn. Se sent a la misma mesa, junto a la

    ventana, y tuvo la sensacin de que todo se repeta: el murmullo, la curiosidad

    general, el paraguayo gordo que se disculpaba por no tener hielo.

    Bebi su ginebra en silencio, mientras repasaba las sorpresas de esa tarde.

    Haba salido a caminar por los alrededores de la escuela, intrigado por esas flores y

    la limpieza del rancho. Cmodamente recostado bajo la sombra de los eucaliptos

    que preceden al monte y masticando unas hierbas, haba escuchado atentamente los

    sonidos de la selva: los gritos de los monos, el canto de los pitohu y el estruendo de

    las chicharras, y ese particular zumbido de mosquitos, jejenes y tbanos hasta que,

    despus de un largo rato, oy aquellos chasquidos frente a la escuela, seguidos de

    un grito agudo y una andanada de insultos. Se acerc a la tranquera, sin entender, y

    observ a las cuatro figuras que se dirigan a la plaza: tres hombres vestidos con

    camisas celestes, armados con rifles y con cananas cruzadas en pecho y espalda

    uno de los cuales esgrima un amenazante teyruguay llevaban prisionero a

  • un cuarto individuo.

    Llam a Nicasio, quien armaba un cigarrillo junto al fuego que haba

    encendido.

    Quines son.

    Lo briga ... y el otro jhindio. Habr robao o eso. Vaye sab.

    l repiti brigadas y puso cara de no entender.

    S, lo briga de control de trajo. Hay d: una n'el obraje y otra n'el

    algodonal. Son como polica, vio? La polica d'ellos.

    Enrique Rojo se par a su lado y tosi discretamente. Too bebi un sorbo y

    lo mir a los ojos. El paraguayo esboz una sonrisa.

    Y; qu tal?

    Est buena, srvame otro vaso.

    No, deca si est contento n'el pueblo.

    Por?

    Digo nom, si le gusta.

    Usted... qu opina de las brigadas de control de trabajo?

    Por qu me lo pregunta?

    Porque esta tarde vi que llevaban a un indio.

    Rojo movi la cabeza juntando saliva y escupi un gargajo pesado y oscuro.

    Son unos asesino dijo, mordiendo las palabras. No me hable d'ellos.

    Una hora despus, recorri la calle con la actitud de un centinela alertado. Ya

    no haba luces y la quietud delataba el sueo en que se suma Colonia Perdida.

    En la galera de la escuela, Nicasio dorma junto a uno de sus perros. El otro

    sali a reconocerlo, pero sin ladrar. A la luz de la luna, los brotes de parasos del

  • techo de su rancho parecan dibujar mapas de ros que desembocan en el mar.

    Cuando abri la puerta, sinti el aroma de las rosas. Le sonri a la oscuridad

    y, sin encender la vela, se acost vestido, sobre las sbanas, para pensar.

    Desde entonces su vida fue tan rutinaria y monocorde como sus clases en la

    escuela. Los cuarenta y dos nios llegaban todas las maanas, atrados por la

    campana que tocaba Nicasio; se izaba la bandera y l pronunciaba algunas palabras

    de aliento, en una terca arremetida contra la desilusin que se dibujaba en la

    mayora de las caras. Eran discursos breves, de palabras fciles y frases cortas. A

    veces les haca preguntas acerca de sus padres, o de las enfermedades que azotaban

    a todos, y siempre terminaba exigindoles que dijeran sus opiniones, si las tenan, y

    los incitaba a discutir con l.

    Despus de las clases, se preparaba alguna comida, secundado a veces por

    Nicasio. Los nios le llevaban, casi diariamente, pollos, gallinas, patos, huevos,

    leche, verduras y chorizos caseros.

    Por ms que quiso convencerlos de que no deban hacerle obsequios y

    aunque ms de una vez los rechaz termin por aceptarlos, para no herir

    susceptibilidades. Despus de comer, dorma una breve siesta y por las tardes se

    quedaba encerrado en su rancho, fumando un cigarrillo tras otro, con la vista fija en

    el techo. Algunas veces escriba cartas que despus rompa, o sala a caminar por las

    inmediaciones de la escuela y se internaba en el monte.

    Todas las noches iba al Bar El Jardn. Casi siempre alguien le peda permiso

    para sentarse con l. Cambiaban impresiones sobre el tiempo, las cosechas, el vinal

    que ya era plaga, el rgimen de trabajo en los obrajes y sobre la vida y costumbres

    de los habitantes de la colonia.

    Supo que su llegada fue tema de conversacin durante semanas, y que hasta

    se produjo una polmica acerca de su viaje por la picada.

    Muchos dijeron que haba llegado a lomo de mula y no caminando.

    Algunos porfiaron haber visto una mula flaca y patizamba en el patio de la

    escuela aquella maana de abril. Ricardo Lema, entonces, deca: "No, vino

  • caminando".

    Supo tambin que su llegada despert desconfianza porque, como todo

    pueblo chico, Colonia Perdida sospechaba de los forasteros. Se dio cuenta de que

    engendr odios, porque haba necesidad de conservar el orden presente, y un

    nuevo habitante siempre ocupa lugar e implica cambios. Y gener envidia, porque

    los pueblos que durante veintisiete aos no recibieron visitas, envidian a los que

    llegan y tienen, al menos, misterio. Muchas veces se pregunt el por qu de su

    arribo; si haba sido para tanto; si soportara la inmensa soledad de la selva.

    Alguna vez intuy que todo ocurrira lenta, perezosamente, porque el

    tiempo careca de prisa y para la tienda, el almacn, la iglesia, el bar, la farmacia, la

    plaza, la gente, todos los das eran iguales. En ms de una ocasin se pregunt por

    qu. Y se respondi que su nica expectativa era la nada; lo ms que poda hacer

    era dejarse llevar.

    Y tambin llor, aunque no demasiado. Y poco a poco se dio cuenta de que

    se era un pueblo vaco, resignado y sin esperanzas, un pueblo donde

    verdaderamente se poda morir olvidado del mundo.

  • Segunda Parte

  • Uno

    Y as nom he de terminar.

    Pero es triste.

    Y qu... Al hambre le v'ia ganar de alguna forma.

    S, pero yo digo que es triste haber trabajado toda la vida para terminar as.

    Ust no entiende, mestrro. La ciud ha de ser distinto.

    No es cuestin de ciudad, Don Sanda.

    Si ust dice...

    El viejo Sandalio Quiroga se qued pensativo. Haba sido cachapecero,

    hachero, carpidor, pen de playa y ya no recordaba cuntos oficios ms. Tampoco

    saba su edad ni la cantidad de hijos que haba engendrado; pero no era menor de

    setenta aos y una colonia de jvenes Quiroga atestiguaba su virilidad. De ojos

    penetrantes, bajo la nariz usaba un bigote llamativamente gris. No era un hombre

    corpulento, pero a su lado se tena una inequvoca sensacin de seguridad. Su

    cabeza pequea, poblada de cabellos blancos, le daba el aspecto del abuelo que

    cualquiera deseara tener.

    Too, quien poco despus de arribar a Colonia Perdida conoci el obraje

    guiado por Enrique Rojo, se haba hecho amigo del viejo Sandalio desde sus

    primeras visitas a las playas de El Quebrachal Sociedad Annima. Lo haba visto ir

    y venir, con ese aspecto mezcla de resignacin y dignidad que el viejo resuma en su

    andar, y una tarde lo sigui hasta su rancho, una tapera de barro y paja custodiada

    por una larga familia de perros. Construida en un abra entre tupidos algarrobos e

    itines, los arbustos que crecan en el techo delataban su antigedad. Se acerc en

    medio del escndalo provocado por los perros que lo rodearon y ladraron. El viejo

    le dijo "genas" y le ofreci unos mates.

    Fue e! comienzo de una til amistad. En frecuentes, interminables mateadas,

    Too aprendi a conocer e! monte y a distinguir sus ruidos. Aprendi a orientarse

  • en la espesura y a diferenciar olores, colores y propiedades. Aprendi que e!

    hachero habla mucho con su conciencia, como hombre solitario que es, y que e!

    sapukay es un grito de triunfo pero tambin de impotencia, de rabia contenida, la

    nica gran prueba que tienen esos seres para demostrarse su dominio sobre la

    naturaleza. Porque su labor es compleja y extenuante: cortar el quebracho,

    desramado, pelar el rollizo, montado al alzaprima. A veces, todo en un solo da, por

    un jornal que apenas alcanza para yerba, vino y pan, y con la atemorizante certeza

    de que los hachazos pueden atraer a los yaguarets. Pero su necesidad de tumbar al

    rbol es ms fuerte que el temor a enfrentarse con un tigre. Quizs por eso, los

    ltimos golpes de! hachero son desesperados, cargados de odio, como si esa

    arremetida estuviera destinada a matar a su peor enemigo: el que le da de comer.

    El viejo slo hablaba en respuesta a preguntas concretas, y saba ser explcito

    economizando palabras. El resto del tiempo se encerraba en un silencio amplio

    como el de las tardes tristes. Se haba quedado solo por esas cosas que pasan: un

    poco por su mal genio y su egosmo con las mujeres; otro poco por temperamento;

    fundamentalmente porque la vida era as y a l no le importaba mayormente lo que

    no entenda con claridad. Para l lo nico cierto era que e! monte impona sus reglas

    y era intil oponerse. La opcin era tomar la vida que ese mundo ofreca, o dejarse

    morir. Y como ningn hombre se deja morir, deca, entonces y aunque no

    comprenda, vive como puede.

    Too lo escuchaba con atencin. A veces se asombraba o pretenda discutir.

    El anciano, entonces, se encerraba en un oscuro y pegajoso silencio, como dejndolo

    solo, como para que comprendiera lentamente. Y luego deca:

    El destino n'el monte no se cambia, chamigo mestrro; se aguanta nom.

    Yo estaba ms loco que una cabra. Me haba convencido de que no exista.

    Me pona a prueba constantemente, siempre en busca de lo indemostrable. Quin

    me dijo que estoy vivo? Cul es la prueba, e! certificado, la garanta que indica

    categricamente que uno existe? Y si uno slo se ha autoconvencido de existir?

    Acaso ver, sentir, escuchar, transpirar, hacer el amor, hablar con la gente, ocupar,

    presuntamente, un lugar en el espacio, es estar vivo? Y quin dijo que en la no

    existencia no se ve, no se siente, no se escucha y todo eso? Mil interrogantes por el

    estilo me inquietaron durante toda mi adolescencia. Yo estaba ms loco que una

  • cabra.

    Una noche Malena dorma, y yo, desvelado y fumando en la oscuridad, me

    preguntaba por qu razn, si ella dorma, su sueo significaba que estaba viva.

    Acaso el haberle pegado unos chirlos a Carlitos esta maana me pregunt

    demuestra que est viva? El hecho de que hoy hayamos cogido despus de un mes

    (qu le voy a hacer, no tengo ganas) quiere decir que estamos vivos? Sentir algo de

    vez en cuando, o ver pjaros o carros que van al mercado al amanecer, implican

    aceptar que uno existe? Y si uno no est vivo, qu? Ninguna respuesta, de las que

    intent, me satisfizo. Entonces me dije que segua tan loco, etctera, y me fui a la

    cocina, me hice un sngiche y segu pensando. A ver, me dije mientras coma, yo

    creo ser yo con mi cuerpo desde que nac, y soy un tipo fsicamente completo,

    supongamos, admitamos. Entonces estoy vivo? Soy, existo por eso?

    Me niego a aceptarlo, como niego montones de cosas y all est el problema:

    s lo que niego pero no lo que afirmo.

    Termin el sngiche y volv a la cama, preocupadsimo.

    Pero al da siguiente todo fue distinto. Mir a Malena con otros ojos, no s si

    ms crticos o con una desconocida dosis de estupor. Evit hablarle, la elud

    tambin a Carlitos y no hice ms que recordar el da en que nos conocimos, a la

    orilla del ro Negro, y me encantaron sus rizos, su pequeez, su sonrisa que pareca

    empeada en reflejarse en mis ojos, sus quince aos y esa mirada

    sorprendentemente verde. Reviv su llegada, en bicicleta, y ms de una vez la vi

    arrojando esa piedra al agua, iplack!, glug! y hasta volv a observar los circulitos

    que arrugaron la superficie, olitas redondas y nerviosas que corrieron como

    monjitas huyendo de un convento incendiado, hasta que se disiparon un par de

    metros ms all en virtud de no s qu ley fsica. Y vi nuevamente a Malena

    mirndome (yo dira mirndome verdemente desde el verdor de sus ojos verdes) y

    Cmo te llams?

    Too le digo y me dice:

    Pero no. Te pregunto tu nombre, no tu sobrenombre.

    Malena y su lgica elemental, que am y odi sucesivamente.

    Ah. Antonio.

  • La miro. Me mira. Siempre verde. Insisto:

    Pero me dicen Too.

    Me mira. La miro. Dice:

    Ya me lo dijiste, tonto.

    Y otra piedra glug! Esta ms grande, ms pesada, el doble, el triple, la tir yo.

    Uno siempre hace cosas as cuando lo sacan de su desgano, cuando no quiere no

    sabe qu pero no quiere algo.

    Y despus record a Malena enamorada y ensendome a querer si quererla

    fue enturbiarme, salir de mi rutina, crecer y al mismo tiempo aprender a mentir, a

    especular, a luchar para que no me dominara, para no entregarme. Y si es cierto que

    los recuerdos se encadenan, desde ese da me volv ms nostlgico, creo, porque

    empec a recapitular mi vida, a tientas, inseguro. Por eso mentira si afirmo que

    encontr las respuestas; ms bien descubr nuevos, inmensurables interrogantes. Y

    empec a saber que las posibilidades de la mente son infinitas.

    A veces sola matear con ellos el indio Josecito, un mataco joven, ojeroso y

    desnutrido que tena una extraa fortaleza para enfrentar al quebracho.

    Era uno de los pocos nativos que trabajaban en el obraje como hacheros,

    pues los aborgenes eran tomados, generalmente, como peones de patio, cebadores

    o nieros; las tareas mayores estaban reservadas para los hijos de santiagueos,

    correntinos o paraguayos que con el tiempo se haban radicado en la colonia. Los

    indgenas se limitaban a tareas insignificantes que los obligaban a vivir en un

    estado de miseria permanente, mendicantes y hambrientos. En su mayora eran

    tobas o matacos de aspecto enfermizo. La tuberculosis, las fiebres paldicas y el

    alcohol los devastaban. Tenan los ojos sanguinolentos, las manos siempre

    lastimadas y en sus cuerpos se vean heridas que la maleza y su propia ignorancia

    reabran. Muchos de ellos alojaban familias de piojos en sus cabezas, de pelos lacios

    pero tan grasientos como sus mismos cuerpos. Eran subseres que no vivan ms de

    cuarenta aos y desde los treinta eran viejos. No tenan amparo sanitario ni legal

    alguno y ni siquiera se los inscriba en el registro civil, pues desde los tiempos del

    Coronel MacGuire se los haba segregado. Slo unos pocos, los que trabajaban

  • como sirvientes domsticos, nieros o jardineros, entraban al pueblo. Casi todos se

    haban convertido al catolicismo, la mayora ms por miedo o ignorancia que por

    conviccin. La iglesia de Colonia Perdida daba misas exclusivamente para ellos los

    domingos al caer la tarde, pero nunca a la maana por el olor intenso que dejaban.

    Eran razas amansadas a fuerza de castigos y acostumbradas al trato con los

    blancos. Pero conservaban sus tradiciones, entre ellas la de vivir de la caza y de la

    pesca en los numerosos esteros de la zona. Minoritarios en el poblado y sus

    alrededores, vivan desperdigados en el monte, o en pequeas comunidades

    formadas por unas cuantas taperas. Desde siempre, saban bastarse con lo que la

    naturaleza les daba. Y quizs esa costumbre, esa autosuficiencia hizo que fueran

    casi exterminados. Josecito siempre lo deca en su castellano duro: "Blanco le mata'l

    monte; y si monte tene indio, jodi indio".

    Todas las noches Too comentaba con Enrique Rojo sus impresiones, y el

    obeso paraguayo lo escuchaba sin sorprenderse porque la vida en el obraje no era

    extraa para l. Una vida dura, que comienza antes del alba, con la mateada que

    arranca a las dos o a las tres de la maana. Se trabaja a partir de las primeras luces

    del da, hachazo tras hachazo, y se interrumpe cuando el calor es ms intenso. Se

    come algn pedazo de charque con galleta dura, se bebe agua de botellones y

    algunos simplemente mascan tabaco. Luego se contina la faena hasta que oscurece,

    y despus se duerme. Los hombres matizan las noches con abundante ginebra o

    caa.

    Los Establecimientos Algodoneros Sociedad Annima abarcaban diversas

    parcelas de tierra que se haban ganado al monte a lo largo de los aos, y algo ms

    de tres mil hectreas que conformaban un enorme rectngulo a una legua de

    Colonia Perdida.

    Tambin se trabajaba el algodn en pequeas chacritas que explotaban

    aparceros y arrendatarios. El acopio era monopolizado por la empresa que diriga

    Jess Mara Prez, y que se encargaba de llevar el producto a los centros poblados

    en largas filas de carretones tirados por bueyes o caballos, a travs de la nica

    picada que comunicaba al pueblo con la ruta que iba a la capital.

    La jornada tambin comenzaba muy temprano, y continuaba hasta que la

  • tierra se recalentaba y endureca por la accin del sol. Bajo el rigor del verano casi

    eterno, trabajaban ininterrumpidamente hombres, mujeres, nios y ancianos, y se

    los reconoca tambin por sus manos, plagadas de sangrantes callos de tanto

    meterlas en los capullos para arrancarlos. Los cosecheros transpiraban

    profusamente, lo que los obligaba a beber caa o agua calientes. La proteccin que

    les brindaban los sombreros de paja, o los pauelos empapados que se anudaban

    alrededor del cuello, eran pobres recursos para evitar deshidrataciones o insolacin.

    De todos modos, la recoleccin del algodn era la poca ms prspera de esa

    gente, si prosperidad era un concepto aplicable a esas vidas miserables.

    Nadie escribe su historia si no es uno mismo, empez a repetir un da. Haca

    ya bastante tiempo que lo notaba cambiado, extrao. No me sorprendi; lo conozco

    mucho ms de lo que l cree y siempre s si viene con alguna locura nueva. Todas

    las madres del mundo nos damos cuenta de lo que les pasa a nuestros hijos. Y yo

    enseguida supe de esas ideas raras que tena, porque a la hora de almorzar se pona

    a hablar de las injusticias del mundo, como si una no las conociese. Comamos y

    hablaba del hambre. Yo le deca Too, com querido, no te preocups por eso, que

    hambre siempre hubo, no hay nada que hacerle.

    Primero era yo sola, pero cuando la conoci a Malena ella tambin se dio

    cuenta y por suerte lo cambi un poco. Pero yo sufr mucho; qu no hace una madre

    por su hijo adorado. Cuando era chico le daba todos los gustos, lo mimaba, le

    compraba lo que quera. Y despus que muri Antonio padre ms todava, cmo no,

    si Toito era mi alegra, mi vida entera, mi desvelo constante, y yo slo quera que

    fuese feliz y supiera el sacrificio de esta madre que dejaba todo de lado por l. Pero

    los hijos son todos iguales. Como pajaritos: aprenden a volar y se olvidan de la que

    los trajo al mundo. Slo Dios sabe cunto hace una madre por su hijo. Es la ley de la

    vida, s Seor, en algn lado debe estar escrito que una sufra tanto.

    Claro que por suerte, despus que naci Carlitos se puso mejor, dej de

    pensar en esas ideas y anduvo amoroso otra vez, democrtico como Dios manda.

    TOO (en el porsche que da al jardn de la casa frente al ro).

    Dejate de decir tonteras, mam. Cuando naci el chico, ustedes no

    hicieron otra cosa que joderme.

  • MAM (tejiendo en la mecedora de mimbre que juera de Antonio Padre).

    No me desmientas,Toito. Nunca dudes de la palabra de tu madre que te

    quiere tanto y slo vive para vos. Si hasta habas dejado de ir a la iglesia, acordate...

    Y mir que yo te lo deca, eh?

    TOO (en Colonia Perdida, en el rancho detrs de la escuela).

    Dejame de hinchar las bolas, quers!

    MALENA (en la cocina, donde prepara un pastel).

    Too! No trates as a tu madre, le debs respeto!

    MAM (un domingo, mientras amasa y corta ravioies).

    Dejalo, queridita, es un ingrato como son todos los hijos. Ya te va a tocar a

    vos tambin. A los hijos hay que comprenderlos; no tratar de reformarlos. Cada uno

    es como es y nosotros los viejos tenemos que adaptarnos. Los tiempos nos superan.

    Una tarde, mientras caminaba por la picada que conduca a lo de Quiroga,

    Too escuch el ruido de alguien que corra.

    Hijo 'e puta! grit una voz, en el monte. Briga hijoputa!

    Se dirigi hacia el lugar de donde provenan los gritos, pero se enganch en

    unas lianas y se distrajo para zafarse. Cuando levant la vista, un hombre bajo,

    chueco y musculoso, lo miraba desde unos cinco metros de distancia. Tena un

    hacha en una mano y temblaba de indignacin. Pareca ms joven que lo que

    seguramente era. En sus profundos ojos negros se reflejaba e! instinto animal de!

    montaraz que vale por y para s mismo. En el monte un hombre vale su voluntad,

    su destreza, su coraje; no hay vida ms librada al azar que la suya. Y en ese

    individuo se notaba que todo estaba en contra de l y que l estaba en contra de

    todo.

    Qu le hicieron, amigo...

  • Lo briga ... Me robaron n'el pesaje, a memb! Rollizo poguas nic era

    el mo. Pero siempre nos joden, nom, siempre igual.

    Too extrajo un cigarrillo recin armado y se lo ofreci.

    Lo persiguen pregunt.

    No ha de... Hace rato que meandanjodiendo nom.

    Fumaron en silencio, sentados en el suelo. Se dijeron sus nombres y Too

    formul algunas preguntas para las que no obtuvo respuesta. Quirurgo Gauna era

    un hombre cauteloso.

    Sandalio Quiroga estaba sentado con las piernas abiertas y el sexo le

    abultaba exageradamente bajo la bragueta de la bombacha. Los tobillos al aire

    dejaban ver su carne ajada y sucia, y las alpargatas parecan parte de sus pies.

    Las verdes llamas de un palo santo encendido los iluminaban ms. Too

    tena el ceo fruncido y escuchaba atentamente.

    Maguire era retobo como l solo... Nunca se sacaba el sombrero 'e corcho,

    ni pa' dormir. Y andaba siempre con el latiguito en la mano, que si le agarraba a uno

    cap que le parta la jeta en d. Jue medio mujerengo, eso s. Machazo, viera mestrro,

    que no quedaba ninguna pa'mujer de los otro gente. Paece que l nom se las

    culiaba toa. Y siro que de alguna le habr nacido el rubito se, el Richar. Pero nic

    habr sido por vergenza, porque el Coronel Maguire era maridao, que le neg al

    mita y tonce le hizo aparecer como hijo de un capanga que tamin era bringo, y

    soltero. Un tal Ji, que despu se muri en una fiebre... El coronel nic le oblig a

    toito que le llamramo o Richar Ji al chico. Y geno..., aunque too sabamo qu'era

    su hijo de l, igual nom le empezamo a llamar asi, como haba ordenao el patrn.

    "Pero despu pas lo ao y cuando Portal ju intendente una v le llam al

    o Richar y le dijo que mejor no se llamara m as, porque haba qu ser too

    argentino. Le orden que se pusiera un nombre que no juera bringo... Y paece que al

    o Richar no le pareci mal porque al otro da, nom, va y dice que nadie m le

    diga Richar Ji y que dende ahora se iba a llamar Ramiro Lujn, en honor de una

    virgen que no era de por ac".

  • El viejo ceb otro mate y lo sorbi lentamente.

    Igualmente el don Ramiro sigue siendo medio bringo por lo refinao.

    Se rasc una pierna y mir alternativamente a Josecito y a Quirurgo Gauna.

    ste ju de los primero que sufri e! efeto. Te record, chera? Se hizo un

    largo silencio. Todos parecan concentrados en los mismos recuerdos.

    Le mataron al padre. Lo briga. N'de balde que se resisti el tait de Jos,

    que era juerte dem. Lo briga le cepearon tres da y ni siquiera le dieron ahua pa'

    tom. Y cuando le dejaron ir, por atr le siguieron d hasta la tapera y hi le

    carnearon alante la pendeja.

    Por qu hicieron eso.

    Porque se le haba retobao a un capat que le tena ojeriza. Un da le hizo

    provocar por un briga brasilero, un negro grandote, malo. Le acus de robarle la

    ginebra de su caramaola. Tonce el tait de Jos le dijo que no haba sido, y se dio

    gelta y se ju pa'las casa mientra el negro le insultaba fiero.Y geno..., esa noche le

    buscaron y le llevaron al monte pa' guasquearle. Le llenaron la boca 'e ortiga pa' que

    confesara, y despu vino el o Richar Ji, que acababa de cambiarse'l nombre, y le

    hizo estaquiar. Sufri dem el pobre, viera, que s'escuchaba de lejo su grito...

    Mientras el viejo Sandalio chasqueaba la lengua, entre sorbo y sorbo, Too

    observ a Josecito: la frente lisa, las cejas casi lampias, como sus mejillas, y toda la

    cara del color de un ladrillo nuevo. Sus ojos estaban secos y opacos. Pareca ausente.

    De ah en m sigui el viejo Sandalio, lo briga se hicieron m bravo.

    Que lo jusile, que la metralleta, que lo guascazo, la verd es que nunca m hubo p.

    Al que se quejaba, cepo. Al que no, no. Tonce too elegimo... Porque al que se

    retobaba le dentraban en los ranchero y meta bala y lonjazo nom. Por un retobao

    ligbamo too... Y ust se: la gente, con tal de vivir tranquila, aguanta cualquier

    cosa.

    La noche era fresca y un ruido de sapos lejanos pareca flotar en la brisa que

    vena de los esteros que haban alimentado las ltimas lluvias. Too hizo una sea

    al anciano, indicndole que no quera ms mates. Prendi otro cigarrillo.

    Mese despu hub'una bailanta n'el obraje, como siempre los da de pago, y

    se arm un tiroteo flor. Un correntino que ju mi amigo, Paricio Ayala, se mam

  • fiero y empez a insultarle a Pre, qu'era capat del algodonal, por no s qu asunto.

    Pel su machete y le quiso peliar, tonce Pre sac su rminton coli, se que siempre

    usa a la cintura, y le bale en medio 'e la fiesta. Pa' qu! Ah nom se arm el

    desparramo y volaron la silla y los musiquero se escuendieron con el mujero y too

    sacamo lo machete... Yo me alc con un finao y a otro le cort un'oreja. Pero de atr

    m'encajaron un planazo n'ia espalda y hi nom qued tendo... Por suerte, porque

    al ratito nom cayeron lo briga del algodonal qu'estaban toito trancao tamin y

    meta tiro se bajaron como di gente. Jue brava la cosa: como dos noche siguieron

    apretando al ranchero y a unos cuanto le estaquiaron. Too jhindio, porque a Pre se

    le haba metido en la cabeza que ju indio el iniciador del baleo. Mire si habr estao

    en pedo que ni en cuenta se dio de que'l Paricio ju el primer finao. Y todo porque el

    don Pre siempre le tuvo ojeriza a l'indiada, porque cuando le trajeron de la Uropa

    un maln le atac en las casa y le mataron toto a su familia. Jes nic ju el nico

    que se salv...

    El viejo se mordi los labios mientras miraba en derredor, como vigilando la

    discrecin del monte.

    Eso gente siempre le persiguieron dem a lo jhindio. Jodido estuvimo too,

    como ahorita nom, porque pa' eso semo pobre, pero a stos, mestrro, ni que jueran

    chancho cmo le mataron siempre... Que Pre, que Lujn, que'l mismo Grande,

    pero al que no le finaban l'estaquiaban, o meta lonjazo nom... Y despu el

    intendente dice que en este pa no hay m esclavit... Pa'ello no hay m!

    Too suspir ruidosamente; le interesaba el relato, pero estaba cansado y se

    senta inquieto.

    T cansao, charnigo? Si se aburre no se haga el educo, eh? Se va cuando

    quiere nom.

    No, no, Don Sandalio, no es cansancio. Lo que pasa es que no entiendo

    cmo aguantan se pregunt si era eso, realmente, si acaso no volva a hartarse,

    otra especie de hartazgo. Pens en Malena, en por qu l estaba ah, en cul sera su

    lugar en el mundo. Haba un lugar? Espant un mosquito del brazo. Pareciera

    que todo est escrito, que no puede ser de otra manera...

    El viejo carraspe y solt un suspiro largo.

    Yo no s si est escrito en algn lo. Y adem yo no s lr. Ac ninguno

    samo hizo un gesto con la mano, abarcndolos a todos. Pero lo que s samo es

  • que los briga son daino dem. Como yarar, son. Les buscan en la ciud, en

    Resistencia, Corriente, Formosa, entre la gente ms pior, y les dicen que son

    fugitivo de la justicia, que m vale se vengan a escuender aqu n' el monte. Les dan

    rancho y comida, su arma, su platita y rdene pa' joder a los pobre.Y ello obedecen.

    As nom .

    Josecito se movi para avivar el fuego con unos palos.

    Nojotro aprendimo rpido, mestrro. Hace muchos ao, ya. Un briga se

    muere y ya preparate porque traen otro, m malo toava. Y le irrespetan a las

    mujere, se abusan cuando tienen gana... Y lo pior es que nojotro semo zonzo, sa's la

    verd, porque ah las compaa organizan una bailanta, reparten el chupi y ah

    vamo nojotro, nos mezclamo toto el paisanaje, nos ponemo en pedo y nos

    olvidamo... No nos damo en cuenta: juntamo raba al cuete nom. Como la vez

    pasa, que con un Lucho Snchez, que es hachero, le jugamo un truco a uno briga

    y le ganamo, pero ello son malo perdedore y se enojaron y no quisieron pagar...

    Siempre igual: se reviran y pelan los machete, los cuarentaycuatro, y empieza el

    escarmiento. As le dicen: escarmiento... y pior toava los das de pago, porque

    nojotro samo que nos roban con las liquidacione. Los patrn y los briga te

    patrulla el monte, te contabiliza el rollizo, te calcula l'algodn, te engaa n'el pesaje

    y tamin te roba en los vale que te da la compaa. Siempre estn paros detrs del

    contador, como buitres, esperando a ver si v te quej de las cuenta d'ello, o de los

    vale que te dan. Porque aqu plata, lo que plata, pocas vece vemo nojotro.Y eso

    que trraajamo duro, juerte, todo los da, vece lo sbado, vece lo domingo tamin, y

    sin saber de las leye sa que dicen que hay en la ciud, que dio el general Pern, y

    que les dio tamin jubilacione, geno, aqu nada d'eso aplican las compaa. Ni

    nunca supimo de jubilacione. V supiste alguna v, chera?

    Josecito neg con la cabeza.

    Por eso, chamigo, aqu cada uno hace lo que puede. Y si ya no servs

    pa'trraajar, mejor te vas muriendo. El destino ac no se cambia, ya te dije.

    Alpedamente que uno procure.

    T bien, Don Sanda intervino Gauna, tosiendo para aclarar la garganta y

    bajando la cabeza, respetuoso, pero yo siempre le 'igo a ust que no nos podemo

    dejar as nom. No vaye creer el mestrro que nosotro nos dejamo...

    S, v siempre dec nom...

  • hi anda Rojo diciendo que tenemo que hacerle una gelga al Don Ramiro

    y al Don Pre. Qu'eso les va'joder.

    S, cap que les duele. Cuando estaba el general dicen que seguro les

    hubiera dolido. Pero aura nos puede doler mh a nojotro.

    No, Sanda, no crea; ya semo vario los que'stamo pensando.

    El anciano se tom un tiempo antes de responder. Mir a Too, a Josecito, a

    Gauna. Dijo:

    No s, Quirurgo. Yo hace pilas de ao que vengo pensando.

  • Dos

    Que venga dijo el intendente.

    Marcial Calloso lo mir sin entender. Abri la boca como para un bostezo y

    pregunt:

    Quin.

    Rojo. Que venga.

    Junto a la verja que daba a la calle, unas charatas se alborotaron alrededor de

    Marcial y el tero domesticado se puso a saltar como si hubiera pisado un cigarrillo

    encendido. Doa Mary regaba el patio que separaba la casa del despacho.

    A dnde vas pregunt.

    Marcial se detuvo y la mir lnguidamente.

    A buscarle a Rojo.

    Se qued con los ojos fijos en ella. Pareca bobo y lo era. Tena treinta aos

    pero aparentaba cincuenta. Desde chico haba oficiado de secretario de la

    intendencia, a cambio de comida y algunos pesos que reciba los sbados.

    Bueno dijo la mujer. And, no te queds ah parado.

    Lo vio alejarse levantando nubecitas de polvo con las alpargatas bigotudas.

    "Era hora que Marcelino le apretara las clavijas pens. Comunista asqueroso."

    Enrique Rojo lustraba la bandeja de plata, recuerdo de la Guerra del Chaco.

    Se la haba regalado un soldado que fue asistente del general Gutirrez en la

    Brigada 22, en la que tambin l prest servicios. Sargento a los catorce aos, ya no

  • le gustaba acordarse de aquellos meses en el frente de Fortn Boquern. En las

    misrrimas trincheras haba conocido el dolor, la cercana de la muerte, el hambre y

    todo tipo de sensaciones que lo hicieron dudar acerca del valor de la vida.

    El Bar El Jardn estaba casi vaco: el Tarta Riquelme mascullaba borracho,

    junto a una botella de vino, y cada tanto se dorma para despertar sobresaltado por

    sus propios eructos. Too, frente a un vaso de ginebra, pensaba en lo que minutos

    antes haba dicho Rojo respecto de esa guerra: que nunca entendi por qu y para

    qu se pele con tanta vehemencia y a costa de tanta sangre. "En realidad haba

    concluido nunca entend ninguna guerra. Los hombres no se dan cuenta 'e qu'en

    las guerra no gana nadie; pierden todos."

    Marcial Calloso lo sac de esas cavilaciones:

    Rojo: el intendente 'ice que vaye anunci desde la puerta.

    Enrique Rojo hizo una mueca de disgusto.

    Y qu quiere.

    No s, as nom me 'ijo.

    Rojo record sus discusiones con Marcelino Grande cada vez que ste lo

    intimaba para que se nacionalizara. Haba tenido similares problemas con Jacinto

    Portal. El chauvinismo de los intendentes lo fastidiaba. Pero l haba escapado del

    Paraguay por motivos polticos y no tena intenciones de nacionalizarse, lo que

    adems en esos parajes era absurdo e imposible.

    Que se deje de joder.

    Marcial lo mir. Tena las facciones de goma y los huesos parecan saltarle

    adentro.

    Le 'igo as?

    Rojo asinti con la cabeza y Marcial gir para salir, pero Toa lo detuvo y le

    dijo que esperara.

    No sea pavo, Rojo. Vaya a verlo o tendr problemas.

    Rojo dej la bandeja en el mostrador y se acerc.

  • Le parece?

    Estoy seguro, hombre. Despus de todo es el intendente. Aunque no le

    guste.

    Pero me argela dems. Lo que pasa es que no tiene na que hacer.

    Y que usted es el nico extranjero del pueblo.

    Lev'ia hacer morder el culo con mi perro pa' que se deje de joder.

    Marcial solt una risita y con una mano se rasc las nalgas, debajo del

    pantaln. Rojo se dio vuelta.

    And y decile qu'estoy ocupado. Que v'ia d'ir ms tarde. Marcial sali y

    Rojo desapareci tras la cortina que separaba el saln de la casa.

    Too se qued pensando en esa tarde de julio; en el invierno breve del Chaco;

    en esos tres meses de vivir en Colonia Perdida durante los cuales lo haba tapado

    todo. Su vida, hasta su arribo al pueblo, era la sntesis de algo distante, una luz que

    se ve a lo lejos, de noche, un resplandor que se le apareca en algunas pesadillas,

    cuando Malena, Carlitos, su pasado, adquiran caractersticas de monstruos alados

    y malignos, de palomas malamente presagiosas que cuestionaban su presencia en

    Colonia Perdida. Le decan que se no era su lugar, que su sitio tampoco estaba en

    Resistencia, que su existencia misma era un equvoco y que, por eso, su nica

    posibilidad era la muerte.

    Consider cunto se haba consolidado su am