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  • En el nmero 7 de la Rue Grenelle,un inmueble burgus de Pars, nadaes lo que parece. Paloma, unasolitaria nia de doce aos, yRene, la inteligente portera,esconden un secreto. La llegada deun hombre misterioso propiciar elencuentro de estas dos almasgemelas. Juntas, descubrirn labelleza de las pequeas cosas,invocarn la magia de los placeresefmeros e inventarn un mundomejor. La elegancia del erizo es unanovela optimista, un pequeo tesoroque nos revela como sobrevivir

  • gracias a la amistad, el amor y elarte. Mientras pasamos las pginascon una sonrisa, las voces de Reney Paloma tejen, con un lenguajemelodioso, un cautivador himno a lavida.

  • Muriel Barbery

    La elegancia delerizo

    ePUB v1.2

  • Zalmi90 12.11.11

  • A Stphane, con quien he escrito estelibro

  • Marx

    (Prembulo)

  • 1

    Quien siembra deseo

    Marx cambia por completo mivisin del mundo me ha declaradoesta maana el hijo de los Pallires, queno suele dirigirme nunca la palabra.

    Antoine Pallires, prsperoheredero de una antigua dinastaindustrial, es el hijo de una de las ochofamilias para quienes trabajo. ltimo

  • bufido de la gran burguesa de negociosla cual no se reproduce ms que agolpe de hipidos limpios y sin vicios,resplandeca sin embargo de felicidadpor su descubrimiento y me lo narrabapor puro reflejo, sin pensar siquiera queyo pudiera estar enterndome de algo.Qu pueden comprender las masastrabajadoras de la obra de Marx? Sulectura es ardua; su lenguaje, culto; suprosa, sutil; y su tesis, compleja.

    Y entonces por poco me delato comouna tonta.

    Deberas leer La ideologaalemana le digo a ese papanatas contrenca color verde pino.

  • Para comprender a Marx ycomprender por qu est equivocado,hay que leer La ideologa alemana. Es labase antropolgica a partir de la cual seconstruirn todas las exhortaciones a unmundo nuevo, y sobre la que reposa unacerteza esencial: los hombres, a quienespierde el deseo, haran bien en limitarsea sus necesidades. En un mundo en elque se amordace la hibris del deseopodr nacer una organizacin socialnueva, despojada de luchas, opresionesy jerarquas deletreas.

    Quien siembra deseo, recogeopresin a punto estoy de murmurarcomo si slo me escuchara mi gato. Pero

  • Antoine Pallires, cuyo repugnante yembrionario bigote nada tiene de felino,me mira desconcertado por mis extraaspalabras. Como siempre, me salva laincapacidad que tienen los seres de darcrdito a todo aquello que hace aicoslos marcos que compartimentan susmezquinos hbitos mentales. Una porterano lee La ideologa alemana y, por lotanto, no podra de ninguna manera citarla undcima tesis sobre Feuerbach. Poraadidura, una portera que lee a Marx, ala fuerza lo que le interesa tiene que serla subversin, y le vende el alma a undiablo llamado CGT. Que pueda leer aMarx para elevar su espritu es una

  • incongruencia que ningn burgus llegaa concebir siquiera.

    Dle recuerdos a su madre mascullo, cerrndole la puerta en lasnarices, con la esperanza de que lafuerza de prejuicios milenarios cubra ladisfona de ambas frases.

  • 2

    Los milagros del arte

    Me llamo Rene. Tengo cincuenta ycuatro aos. Desde hace veintisiete, soyla portera del nmero 7 de la calleGrenelle, un bonito palacete con patio yjardn interiores, dividido en ocho pisosde lujo, todos habitados y todosgigantescos. Soy viuda, bajita, fea,rechoncha, tengo callos en los pies y

  • tambin, a juzgar por ciertas maanasque a m misma me incomodan, unaliento que tumba de espaldas. No tengoestudios, siempre he sido pobre,discreta e insignificante. Vivo sola conmi gato, un animal grueso y perezoso,cuya nica caracterstica notable es quele huelen las patas cuando estdisgustado. Ni uno ni otro nosesforzamos apenas por integrarnos en elcrculo de nuestros semejantes. Comorara vez soy amable, aunque siemprecorts, no se me quiere, si bien pese atodo se me tolera porque correspondotan bien a lo que la creencia social haaglutinado como paradigma de la

  • portera de finca, que soy uno de losmltiples engranajes que hacen girar lagran ilusin universal segn la cual lavida tiene un sentido que se puededescifrar fcilmente. Y como en algunaparte est escrito que las porteras sonviejas, feas y ariscas, tambin estgrabado en letras de fuego en el frontndel mismo firmamento estpido quedichas porteras tienen gruesos gatosveleidosos que se pasan el dadormitando sobre cojines cubiertos confundas de crochet.

    Asimismo, tambin est escrito quelas porteras ven la televisin sindescanso mientras sus gruesos gatos

  • dormitan, y que el vestbulo del edificiotiene que oler a potaje, a sopa o a guisode legumbres. Tengo la inmensa suertede ser portera en una residencia demucha categora. Era para m tanhumillante tener que cocinar esos platosinfames que la intervencin del seor deBroglie, el consejero de Estado delprimero intervencin que debi dedescribir a su esposa como educadapero firme, y que tena como finerradicar de la existencia comn esetufo plebeyo, fue un inmenso alivioque disimul lo mejor que pude bajo laapariencia de una obediencia forzosa.

    Eso fue hace veintisiete aos. Desde

  • entonces, voy cada da a la carnicera acomprar una loncha de jamn o un filetede hgado de ternera, que guardo en mibolsa de la compra entre el paquete defideos y el manojo de zanahorias.Exhibo con complacencia estos vveresde pobre, realzados por la caractersticaapreciable de que no huelen porque soypobre en una casa de ricos, con el fin dealimentar a la vez el lugar comnconsensual y a mi gato, Len, que si estgordo es por esas viandas que deberanestarme destinadas, y que se atiborraruidosamente de embutido y pasta conmantequilla mientras yo puedo darrienda suelta, sin perturbaciones

  • olfativas y sin levantar sospechas, a mispropias inclinaciones culinarias.

    Ms ardua fue la cuestin de latelevisin. En tiempos de mi difuntoesposo, me acostumbr sin embargo,porque la constancia con que ste seaplicaba a su contemplacin meahorraba a m la pejiguera de tener quehacerlo yo. Llegaba hasta el vestbulo elruido ahogado del aparato, y ellobastaba para perpetuar el juego de lasjerarquas sociales, la apariencia de lascuales, una vez fallecido Lucien, tuveque esforzarme por mantener, a costa dems de un quebradero de cabeza. Envida, mi marido me liberaba de la inicua

  • obligacin; una vez muerto, me privabade su incultura, escudo indispensablecontra el recelo ajeno.

    La solucin la hall en un botn queno era tal.

    Una campanilla unida a unmecanismo que funciona por infrarrojosme avisa ahora de cualquier ir y venirpor el vestbulo del edificio, lo cualhace intil todo botn que, al pulsarse,me advertira de alguna presencia en elportal, por muy lejos que yo meencontrase. En tales ocasiones,permanezco en la habitacin del fondo,donde paso la mayor parte de mis horasde ocio y donde, al amparo de los ruidos

  • y los olores que mi condicin meimpone, puedo vivir como me place sinverme privada de la informacin vitalpara todo centinela, a saber: quin entra,quin sale, con quin y a qu hora.

    As, los residentes que cruzaban elvestbulo oan los sonidos ahogados queindican que hay un televisor encendidoy, ms por carencia que por exceso deimaginacin, se formaban la imagen dela portera arrellanada en el sof ante lacaja tonta. Yo, encerrada en mi antro, nooa nada pero saba que alguientransitaba. Entonces, en la habitacincontigua, por el ojo de buey situadofrente a la escalera, oculta tras el visillo

  • blanco, averiguaba con discrecin laidentidad del transente.

    La aparicin de las cintas de vdeoy, ms adelante, del dios DVD, cambilas cosas de manera an ms radical enlo que a mi beatitud se refiere. Como noes muy frecuente que una portera disfrutecon Muerte en Venecia, y que de laportera provengan notas de Mahler,recurr a los ahorros conyugales, contanto esfuerzo reunidos, y adquir otroaparato que instal en mi escondrijo.

    Mientras, garante de miclandestinidad, el televisor de laportera berreaba sin que yo lo oyerainsensateces para cerebros poco o nada

  • refinados, yo poda extasiarme, conlgrimas en los ojos, ante los milagrosdel Arte.

    Idea profunda n 1

    Ansio las estrellasmas abocada estoya la pecera

    Aparentemente, de vez en cuando losadultos se toman el tiempo de sentarse a

  • contemplar el desastre de sus vidas.Entonces se lamentan sin comprender y,como moscas que chocan una y otra vezcontra el mismo cristal, se inquietan,sufren, se consumen, se afligen y seinterrogan sobre el engranaje que los haconducido all donde no queran ir. Losms inteligentes llegan incluso a hacerde ello una religin: ah, la despreciablevacuidad de la existencia burguesa! Haycnicos de esta ndole que compartenmesa con pap: Qu ha sido denuestros sueos de juventud?,preguntan con aire desencantado ysatisfecho. Se han desvanecido, y cuanperra es la vida.... Odio esta falsa

  • lucidez de la edad madura. La verdad esque son como todos los dems:chiquillos que no entienden qu les haocurrido y que van de duros cuando enrealidad tienen ganas de llorar.

    Sin embargo, es fcil decomprender. El problema est en que loshijos se creen lo que dicen los adultos y,una vez adultos a su vez, se venganengaando a sus propios hijos. La vidatiene un sentido que los adultosconocen es la mentira universal quetodos creen por obligacin.

    Cuando, una vez adulto, unocomprende que no es cierto, ya esdemasiado tarde. El misterio permanece

  • intacto, pero hace tiempo que se hamalgastado en actividades estpidastoda la energa disponible. Ya no lequeda a uno ms que anestesiarse comopuede tratando de enmascarar el hechode que no le encuentra ningn sentido ala vida, y engaa a sus propios hijospara intentar convencerse mejor a smismo. De entre las personas quefrecuenta mi familia, todas han seguidoel