el salvador: identidades invisibles, identidades cambiantes

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Una mirada en perspectiva a los procesos que dieron lugar al nacimiento de la idea de El Salvador, nos hace visible la naturaleza caprichosa y al mismo tiempo asombrosa del surgimiento, como un volcán sobre el horizonte, de una entidad cultural. Primero, porque pareciera que son fuerzas completamente fuera del control de la mano humana las que se mueven y prestan condiciones para que en un determinado espacio se originen los relieves que llegarán a constituirse en una sociedad identificada consigo misma a través de sucesos, fantasías y estereotipos. En segundo término, es asombroso el papel que juegan los grupos sociales y las personas en encaminar al conjunto social en una dirección, tanto para delinear sus apetencias como para establecer sus antagonismos. Esto es notorio en formaciones culturales, como la salvadoreña, donde la violencia ha tenido un importante protagonismo.

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IDENTIDADES CAMBIANTES, IDENTIDADES INVISIBLESLa irrupcin de la formacin cultural salvadorea 1

MIGUEL HUEZO MIXCO

ANTIGUA GUATEMALA, 2000

"La verdad histrica [...] no es lo que sucedi; es lo que juzgamos que sucedi". -- Jorge Luis Borges. Pierre Menard autor del Quijote.

I INTRODUCCIN

1. IDENTIDAD DE IDENTIDADES EN EL SALVADOR de posguerra se ha venido insistiendo en preguntarnos "quines somos". Ni la pregunta ni el entorno de desolacin material y moral en el que se produce son nuevos. Despus de haber sobrevivido a la ms violenta de nuestras guerras, nos interesa saber "quines somos ahora". A pesar de las dificultades que contrae cualquier intento por asir o definir una identidad colectiva, la interpelacin no debiera quedar sin respuesta. Tras la firma de los Acuerdos de Paz en 1992, tanto organismos pblicos y privados, escritores, artistas y periodistas, empresarios, polticos y burcratas, han difundido una diversidad de ideas sobre lo que consideran que es ahora la identidad salvadorea2. La palabra "identidad" se escucha en numerosas actividades polticas y culturales; se apela a ella de manera constante, en su nombre se organizan eventos nacionales e internacionales, y ha llegado a convertirse en un tpico que suscita adhesiones y enfrentamientos verbales. Desde 1970, en El Salvador se han producido cambios muy drsticos que ataen directamente a la cultura y las identidades. En primer trmino, se produjo una nueva guerra civil, la ms grave y cruenta de todas las que se han vivido en el pas. La guerra puso de manifiesto la existencia de un "doble poder" entre dos fuerzas que gozaban de importantes apoyos internos y externos3. Tras el fin de la guerra, en 1992, el militarismo que haba dominado al pas por sesenta aos cedi el espacio al surgimiento de gobiernos civiles4. La desmilitarizacin del pas probablemente sea, en el presente y hacia la cultura porvenir, el ms importante resultado del acuerdo firmado por los adversarios ms temibles de toda nuestra historia. Entre 1971 y 1992 la poblacin creci en poco ms de un milln de personas y la sociedad pas a ser predominantemente urbana5. En los aos 70 tambin se

produjeron luchas sociales que modificaron la manera en que se conceban a s mismos sectores del campesinado, el estudiantado, la burocracia estatal, as como intelectuales y artistas. Con aquellas luchas irrumpieron nuevos actores sociales, polticos y culturales que han sido portadores de una variada cantidad de interpretaciones sobre el pas. No slo las organizaciones campesinas, que fueron las ms visibles a lo largo del proceso revolucionario, sino tambin las poblaciones indgenas, silenciadas desde la primera mitad del siglo XX, volvieron a ganar visibilidad y se constituyeron, por primera vez desde los aos 40, en sujetos de alianzas polticas. El movimiento migratorio principalmente hacia los Estados Unidos, se convirti desde los aos 80 en un factor completamente nuevo en la economa y en la cultura salvadorea6. La construccin del "imaginario cultural" salvadoreo, enraizado en las peculiaridades histricas, religiosas, gastronmicas, tnicas, nacionales o de lengua, por la va de los emigrantes establecidos en ciudades como Los ngeles, Washington o Nueva York, se enriquece con nuevas realidades, historias e identidades. Estas nuevas identidades transversales7, es decir, identidades que atraviesan el cuerpo de la sociedad como un corte a cuchillo, estn impugnando la idea de una identidad exclusivamente fundada en valores nacionales. Tanto en el "exterior" como en el "interior" del pas existen nuevas vivencias de la salvadoreidad. Las historias y memorias de los salvadoreos que cruzaron las tres fronteras para asentarse en Los Angeles, San Francisco, o las comunidades cristianas de los alrededores del embalse del Cerrn Grande que participaron en el proceso revolucionario de los aos 80 estn impregnadas de una vivencia complementaria y distinta respecto de la de los pescadores del Golfo de Fonseca, las cofradas indgenas de Izalco, los desmovilizados de la guerra en Usulutn, o los empleados de una

maquiladora coreana en San Marcos. En El Salvador hay tantas identidades como historias y memorias. Una mirada en perspectiva a los procesos que dieron lugar al nacimiento de la idea de El Salvador, nos hace visible la naturaleza caprichosa y al mismo tiempo asombrosa del surgimiento, como un volcn sobre el horizonte, de una entidad cultural. Primero, porque pareciera que son fuerzas completamente fuera del control de la mano humana las que se mueven y prestan condiciones para que en un determinado espacio se originen los relieves que llegarn a constituirse en una sociedad identificada consigo misma a travs de sucesos, fantasas y estereotipos. En segundo trmino, es asombroso el papel que juegan los grupos sociales y las personas en encaminar al conjunto social en una direccin, tanto para delinear sus apetencias como para establecer sus antagonismos. Esto es notorio en formaciones culturales, como la salvadorea, donde la violencia ha tenido un importante protagonismo. Nadie nace con una determinada identidad cultural. Las identidades, ante todo, son subjetividades creadas, papeles asignados y entidades construidas e imaginadas. Los salvadoreos y salvadoreas aprenden a ser salvadoreos y salvadoreas. De esa enseanza se encargan las madres y las abuelas, tambin los padres, los hermanos, el vecindario, la escuela, las leyes, el ejrcito y la polica, la televisin y los peridicos. Y cuando un salvadoreo o salvadorea se pregunta por su identidad, ya sea en el exilio, en un campamento de refugiados en Honduras, en una escuela norteamericana de entrenamiento militar, u oculto en un furgn a travs del desierto junto a otros inmigrantes centroamericanos, aquella pasa a convertirse tambin en una experiencia indagada. La identidad de un pas se construye tanto bajo el influjo de esas vivencias y memorias como tambin con el peso del silencio y el olvido. Existen dimensiones de la

historia por tanto tiempo silenciadas que han provocado un efecto distorsionante sobre la idea de pas, con efectos directos en el anlisis social y la accin poltica8. Y otras, a fuerza de ser repetidas, han llegado a convertirse en sordas tapias que nos impiden escuchar y visibilizar otros sujetos, otras presencias, otras acciones, otras necesidades. En sociedades como la nuestra parece indispensable traer a cuenta hechos, personajes desdeados o sepultados, as como las conexiones aparentemente caprichosas entre unos y otros. Cmo sacar de los sepulcros y de los armarios esas historias indispensables para la construccin de una "comunidad" en donde exista reconocimiento para los hroes de unos y otros, los comunes y los propios, los de mi grupo, los de mi simpata, y que ellos nos vinculen de manera virtual y afectiva a un espacio llamado El Salvador? La accin social, la indagacin histrica, el arte, la literatura, en la medida que nombren, deslegitimen y cuestionen las representaciones segregacionistas y sugieran la creacin de relaciones ms igualitarias entre los salvadoreos, pueden ayudar a rearticular los discursos de identidad y probar que la identidad no es una trascendencia sino una convergencia, una pregunta que vuelve permanentemente sobre s misma, y nunca una afirmacin inalterable, como una estatua. Aunque los discursos de identidad suelen imponer referencias simples destinadas a ser repetidas, es irresistible oponerse a la simplificacin de la identidad de los y las salvadoreas al hecho de hablar espaol, gustar del futbol y comer pupusas.9 En este trabajo emprendo una serie de indagaciones que echan mano tanto del olvido como de la memoria, procedimientos que, parafraseando a Le Goff, parecen inseparables de "la lucha por el poder o por la vida".10 Es muy difcil entender el pas del cual somos originarios si no somos capaces de vernos en l, no tanto desde la altura que otorgan las estanteras de libros y las veleidades "cosmopolitas" de algunos de sus hijos ms privilegiados, sino desde la experiencia de haber tenido a ese pas, el pas real

y el pas mental, como un inevitable punto de referencia. Ser salvadoreo es slo una manera de ser, entre muchas; pero como lo ha probado nuestra historia, tambin una manera de no-ser. El salvadoreo tiene identidades visibles y tambin identidades invisibles. El paisaje salvadoreo es, en gran medida, un cdice que somos incapaces de leer. Por muchos aos, los poetas tuvieron all uno de sus motivos principales de inspiracin. Aquella tierra, la "indiana musa" de Espino,11 fue capaz de conmoverlos ms all del mero placer visual y lleg a convertirse en algo culturalmente significativo. El Salvador, primero territorio fsico, comenz a ser tambin un territorio mental, algo a lo que millones de personas creen pertenecer y le profesan afecto. Ao con ao, desde hace casi 90 aos, en todas las escuelas y colegios del pas los estudiantes repiten, con montona entonacin."Dios te salve patria sagrada. En tu seno hemos nacido y amado. Eres el aire que respiramos. La tierra que nos sustenta, la familia que amamos, la libertad que nos defiende, la religin que nos consuela...".12

La identidades tambin son rutinas, a toda escala. El corredor litoral que cruza al pas longitudinalmente, es una antiqusima va de circulacin desde el norte del istmo al sur y viceversa. Esta ruta tambin fue usada por los espaoles en las primeras dcadas de la Conquista13. Sus pobladores se han asentado desde hace miles de aos en los valles interiores de los macizos volcnicos, en un clima dominantemente clido. Hacia el norte, una franja montaosa y poco frtil forma una escarpada barrera en cuyo filo comienza a nacer el pas de Honduras. Por la regin occidental de esa Montaa frontera penetra el ro padre y madre de la cultura salvadorea, que serpentea a lo largo de 294 kilmetros hasta desembocar en el ocano. Casi la mitad de su territorio --incluyendo siete de sus catorce cabeceras departamentales-- se aloja en l