EL CAUTIVERIO DE COLÓN ?· - Cristóbal Colón siempre será Cristóbal Colón, Excelencia. Y eso no…

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ESO ES OTRA HISTORIA GUILLERMO BALMORI ABELLA

EL CAUTIVERIO DE COLN

El sol se pone tras el horizonte marino con pereza, como arrepentido de terminar

tan pronto su trayecto. Los das se van haciendo cada vez ms cortos y la

tripulacin aprovecha los ltimos momentos de luz para dejar acabada su faena. En

cubierta, un hombre encadenado mira en direccin opuesta al sol intentando

vislumbrar tierra, ansioso por saber si su suerte cambiar en Castilla. Un muchacho

se acerca con prudencia y se atreve a dirigirse a l con cierto recelo:

- Quiere un poco ms de agua, Excelencia?

Coln gira la cabeza para observar con incredulidad al chico que lo mira a su vez

con gesto de admiracin. Mira despus las cadenas que mantienen sus manos

unidas y sonre con tristeza ante lo irnico de la situacin.

- Excelencia? Con estas cadenas?

- Cristbal Coln siempre ser Cristbal Coln, Excelencia. Y eso no lo podr

cambiar ni la mismsima reina de Castilla.

- No seas tan lenguaraz, muchacho. Alguien podra orte. O yo mismo podra

ofenderme por tu atrevimiento.

El muchacho baja la cabeza, lamentando haber hablado demasiado.

- Disculpe, Excelencia. Es que no soporto verlo en estas condiciones.

- No te aflijas. En peores circunstancias me he encontrado, grumete. Qu

sabes t de m o de mis viajes?

El rostro del muchacho se ilumina. Pero de nuevo baja la cabeza como si tuviera

algo que esconder. Y tiene algo que esconder. Al menos hasta ese da:

- Sigo sus pasos desde hace mucho, Excelencia. Desde hace muchos aos.

- No sern tantos. No tienes t edad para utilizar frases tan graves.

- Crame si le digo que llevo ms de media vida siguindolo. O al menos

intentndolo insiste el muchacho.

- Incluso as, no parece mucho tiempo. Pero te escucho.

- Yo era criado de la reina Isabel durante el sitio de Granada.

- En Santa Fe? pregunta sorprendido Coln.

- Precisamente. Y puedo decir que fui el primer ser humano que vio el

acuerdo que firm su Excelencia con sus majestades.

La curiosidad hace que Coln se gire del todo y deje de mirar al horizonte. Mira al

atrevido grumete con sincera admiracin y le anima a continuar.

- No me siento orgulloso. S que lo que hice no estuvo bien. Pero aquel

momento marc mi vida. Desde que le aquel documento

- Pero t sabes leer, muchacho?

- Bastante mal, la verdad, Excelencia.

- Y ya sabas entonces?

- Igual de mal confiesa avergonzado el grumete - . Pero tena por entonces

un primo, bastante mayor que yo y con algunos estudios, que me lo explic.

- As que no estabas solo en tus fechoras, rapaz? bromea Coln.

- No, Excelencia. Pero no hacamos nada malo, de verdad. Al menos yo no lo

haca, lo juro.

ESO ES OTRA HISTORIA GUILLERMO BALMORI ABELLA

- Y tu primo?

- Mi primo era otra cosa, Excelencia. Pero ya pag por sus errores. Muri en

aquellas tierras, vctima tanto de los moros como de su mala cabeza.

Confunda siempre la temeridad con la valenta. Y con tono

apesadumbrado, aade antes de volver a bajar la cabeza: - Y eso en un

soldado es un error muy grave.

Coln calla respetando el dolor del grumete, que ciertamente deba ser muy nio

cuando el sitio de Granada, casi nueve aos antes. Finalmente, el joven contina:

- No quisiera importunaros con mis penurias. Si queris me retiro y os dejo

tranquilo.

- Nada ms lejos de mi apetencia que estar tranquilo. Son ya demasiadas

jornadas rumiando mi desgracia y soando con vengarla. Algn da alguien

pagar por esta afrenta. Pero, hasta entonces, nada me placera ms que

escuchar vuestra historia. Cmo llegasteis hasta las Capitulaciones?

- Las Capitulaciones? pregunta sorprendido el grumete. - Qu

Capitulaciones?

- El documento que me habis dicho que lesteis aclara Coln.

- Perdonad, Excelencia. No saba que reciban tal nombre. No he tenido la

fortuna de recibir estudios, y, los pocos que recib, fueron precisamente a

partir de aquellos das. De verdad queris que os cuente mis andanzas?

Mirad que no son motivo de orgullo

- Pero servirn de entretenimiento para un preso ilustre de Su Majestad.

Adelante lo anima el marino cado en desgracia.

- Como gustis. Esto es lo que puedo contaros: Por aquellos das yo deba

tener 6 7 aos, y nadie ms que mi primo se ocupaba de m, y no mucho

ni de seguido. Recuerdo aquellos meses en el campamento como los de ms

fro que he padecido en mi vida. Y tambin pasaba mucha hambre. Mi madre

haba muerto antes de que yo aprendiera a andar, y de mi padre nunca supe

gran cosa. Como era pequeo y no molestaba demasiado, me dejaban

campar a mis anchas y de vez en cuando me daban restos de algunas

viandas, pero nunca llegu a saciar completamente mi hambre. Un da, a

principios de la primavera, hice algo de lo que no me siento muy orgulloso

- y en ese momento calla como si los remordimientos no lo dejaran

continuar pero, es que tena mucha hambre, Excelencia!

- No ser yo quien juzgue a un zagal hambriento a estas alturas de mi vida,

muchacho. Contina.

El grumete agradece el comentario de Coln con un gesto imperceptible y

retoma el hilo de la historia:

- Aquel da entr a hurtadillas en la despensa y logr hacerme con un queso.

Un queso entero, enorme, que casi pesaba ms que yo por entonces. Sal

corriendo como pude con aquel gigantesco tesoro que me haca tambalear y

llegu sin saber cmo a los aposentos de la reina. All me escond un rato

largo, saboreando ya el postre que me esperaba, cuando nuevos ruidos me

hicieron abandonar mi escondite. Y as fue como llegu a unas dependencias

completamente desconocidas para m, y en las que esperaba vuestra

merced

- Yo? se sorprende Coln No recuerdo haberos visto.

ESO ES OTRA HISTORIA GUILLERMO BALMORI ABELLA

- No lo recordis porque no llegasteis a verme. Al poco de llegar yo, lleg uno

de los criados de la reina con un documento que, puedo asegurarlo, os

complaci enormemente. Fue tanta vuestra satisfaccin que hizo que me

picara el diablo de la curiosidad. Habris de perdonarme, Excelencia, pero

no pude resistir la tentacin de saber el origen de tanto alborozo.

- Creo que lo entiendo... interrumpe de nuevo Coln.

- El criado os inform a continuacin que la reina quera saber si el acuerdo

era de vuestro agrado y conforme a lo pactado. Vos salisteis del aposento

sin perder un instante y dejasteis sobre la mesa el documento. No pude

evitarlo. Y s que hice mal, Excelencia. Pero me acerqu a leerlo. Aunque,

en honor a la verdad, no entend gran cosa

- Me imagino que nada. Erais muy nio y el lenguaje empleado en esa clase

de escritos es propio de leguleyos.

- Tenis razn. Pero, aunque muy nio y poco versado en letras, siempre he

tenido buena cabeza. Aprend de memoria dos o tres lneas y sal corriendo a

buscar a mi primo para contrselo antes de que me olvidara. Cuando le

refer lo ocurrido, no quera creerme. Deca que me lo haba inventado y que

todo era fruto de mi infantil imaginacin. No fue hasta que, das ms tarde,

el rumor se extendi por todo el campamento que me empez a tomar en

serio. Y desde entonces no dejaba de repetir algunas de las palabras que yo

le haba recitado y de decirme que estbamos de suerte y que nuestra

fortuna iba a cambiar pronto, siempre y cuando permaneciramos cerca de

su Excelencia.

- Pero no fue as se lamenta Coln.

- No para l, que, como ya os he dicho, muri antes de poder embarcar con

vos en vuestro primer trayecto, como era su intencin. Pero me hizo jurar,

en su lecho de muerte, que unira mi suerte a la vuestra tan pronto como

tuviera edad para enrolarme. Y aqu me tenis, Excelencia.

Coln guarda silencio. Mirando a la inmensidad del ocano que apenas se adivina

ante sus ojos en la noche que ya todo lo cubre, recuerda con nostalgia el

documento que le abri las puertas de la gloria. Sus recuerdos le llevan a aquellos

das en Santa Fe, a las puertas de una Granada recin conquistada. Las entrevistas

con los reyes para convencerles de sus clculos, las dudas de estos por la falta de

fondos y la emocin mal disimulada de la reina Isabel con el proyecto. Las

deliberaciones, en fin, que acabaron en aquel documento que ahora tan lejano

pareca. Y Coln musita:

- Almirante en todas aquellas islas y tierras firmes que por su mano o

industria se descubrirn o ganarn en las dichas mares ocanas

- Para durante su vida y despus de muerto concluye el grumete.

- En verdad se conoce que se os gravaron a fuego aquellas palabras

comenta sorprendido el almirante.

El chico se atreve a continuar, animado por la mirada de admiracin de

Coln:

- Virrey y Gobernador General en todas las dichas tierras firmes e islas que

como dicho

- No sigis, que me duelen esas palabras interrumpe el marino alzando

como puede las manos encadenadas Terminemos aqu esta conversacin,

muchacho. Si salgo bien de esta no olvidar tu compaa y podrs contar

ESO ES OTRA HISTORIA GUILLERMO BALMORI ABELLA

conmigo en tus andanzas por esas tierras en las que an queda tanto por

descubrir. Dime, cmo te llamas, grumete?

- Amrico, seor. Es un nombre extrao por estos lares, pero parece ser que

mi padre era un marino florentino de tal nombre y mi madre quiso honrarle

aunque nunca volvi a verlo.

- Amrico respondi pensativo el almirante. Y volviendo su vista de nuevo a

la inmensidad del ocano, concluy: Curioso nombre.