el aleph- jorge luis borges

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EL ALEPH JORGE LUIS BORGES O God, I could be bounded in a nutshell and count myself a King of infinite space. Hamlet, II, 2. But they will teach us that Eternity is the Standing still of the Present Time, a Nuncstans (as the Schools call it); which neither they, nor any else understand, no more than they would a Hicstans for a infinite greatnesse of Place. Leviathan, IV, 46 La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi vana devoción la había exasperado; muerta, yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también sin humillación. Consideré que el 30 de abril era su cumpleaños; visitar ese día la casa la calle Garay para saludar a su padre y a Carlos Argentino Daneri, su primo hermano, era un acto cortés, irreprochable, tal vez ineludible. De nuevo aguardaría en el crepúsculo de la abarrotada salita, de nuevo estudiaría las circunstancias de sus muchos retratos, Beatriz Viterbo, de perfil, en colores; Beatriz, con antifaz, en los carnavales de 1921; la primera comunión de Beatriz; Beatriz, el día de su boda con Roberto Alessandri; Beatriz, poco después del divorcio, en un almuerzo del Club Hípico; Beatriz, en Quilmes, con Delia San Marco Porcel y Carlos Argentino; Beatriz, con el pekinés que le regaló Villegas Haedo; Beatriz, de frente y de tres cuartos, sonriendo; la mano en el mentón... No estaría obligado, como otras veces, a justificar mi presencia con módicas ofrendas de libros: libros cuyas páginas, finalmente, aprendí a cortar, para no comprobar, meses después, que estaban intactos. Beatriz Viterbo murió en 1929; desde entonces no dejé pasar un 30 de abril sin volver a su casa. Yo solía llegar a las siete y cuarto y quedarme unos veinticinco minutos; cada año aparecía un poco más tarde y me quedaba un rato más; en 1933, una lluvia torrencial me favoreció: tuvieron que invitarme a comer. No desperdicié, como es natural, ese buen

Author: maria-celia-estevez-areco

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EL ALEPH

EL ALEPHJORGE LUIS BORGES

O God, I could be bounded in a nutshell and count myself a King of infinite space.Hamlet, II, 2.

But they will teach us that Eternity is the Standing still of the Present Time, a Nuncstans (as the Schools call it); which neither they, nor any else understand, no more than they would a Hicstans for a infinite greatnesse of Place.Leviathan, IV, 46La candente maana de febrero en que Beatriz Viterbo muri, despus de una imperiosa agona que no se rebaj un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, not que las carteleras de fierro de la Plaza Constitucin haban renovado no s qu aviso de cigarrillos rubios; el hecho me doli, pues comprend que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiar el universo pero yo no, pens con melanclica vanidad; alguna vez, lo s, mi vana devocin la haba exasperado; muerta, yo poda consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero tambin sin humillacin. Consider que el 30 de abril era su cumpleaos; visitar ese da la casa la calle Garay para saludar a su padre y a Carlos Argentino Daneri, su primo hermano, era un acto corts, irreprochable, tal vez ineludible. De nuevo aguardara en el crepsculo de la abarrotada salita, de nuevo estudiara las circunstancias de sus muchos retratos, Beatriz Viterbo, de perfil, en colores; Beatriz, con antifaz, en los carnavales de 1921; la primera comunin de Beatriz; Beatriz, el da de su boda con Roberto Alessandri; Beatriz, poco despus del divorcio, en un almuerzo del Club Hpico; Beatriz, en Quilmes, con Delia San Marco Porcel y Carlos Argentino; Beatriz, con el pekins que le regal Villegas Haedo; Beatriz, de frente y de tres cuartos, sonriendo; la mano en el mentn... No estara obligado, como otras veces, a justificar mi presencia con mdicas ofrendas de libros: libros cuyas pginas, finalmente, aprend a cortar, para no comprobar, meses despus, que estaban intactos.Beatriz Viterbo muri en 1929; desde entonces no dej pasar un 30 de abril sin volver a su casa. Yo sola llegar a las siete y cuarto y quedarme unos veinticinco minutos; cada ao apareca un poco ms tarde y me quedaba un rato ms; en 1933, una lluvia torrencial me favoreci: tuvieron que invitarme a comer. No desperdici, como es natural, ese buen precedente; en 1934, aparec, ya dadas las ocho con un alfajor santafecino; con toda naturalidad me qued a comer. As, en aniversarios melanclicos y vanamente erticos, recib gradualmente confidencias de Carlos Argentino Daneri.Beatriz era alta, frgil, muy ligeramente inclinada: haba en su andar (si el oximoron es tolerable) una como graciosa torpeza, un principio de xtasis; Carlos Argentino es rosado, considerable, canoso, de rasgos finos. Ejerce no s qu cargo subalterno en una biblioteca ilegible de los arrabales del Sur; es autoritario, pero tambin es ineficaz; aprovechaba, hasta hace muy poco, las noches y las fiestas para no salir de su casa. A dos generaciones de distancia, la ese italiana y la copiosa gesticulacin italiana sobreviven en l. Su actividad mental es continua, apasionada, verstil y del todo insignificante. Abunda en inservibles analogas y en ociosos escrpulos. Tiene (como Beatriz)grandes y afiladas manos hermosas. Durante algunos meses padeci la obsesin de Paul Fort, menos por sus baladas que por la idea de una gloria intachable. "Es el Prncipe de los poetas en Francia", repeta con fatuidad. "En vano te revolvers contra l; no lo alcanzar, no, la ms inficionada de tus saetas."El 30 de abril de 1941 me permit agregar al alfajor una botella de coac del pas. Carlos Argentino lo prob, lo juzg interesante y emprendi, al cabo de unas copas, una vindicacin del hombre moderno - Lo evoco - dijo con una admiracin algo inexplicable - en su gabinete de estudio, como si dijramos en la torre albarrana de una ciudad, provisto de telfonos, de telgrafos, de fongrafos, de aparatos de radiotelefona, de cinematgrafos, de linternas mgicas, de glosarios, de horarios, de prontuarios, de boletines...Observ que para un hombre as facultado el acto de viajar era intil; nuestro siglo XX haba transformado la fbula de Mahoma y de la montaa; las montaas, ahora convergan sobre el moderno Mahoma.Tan ineptas me parecieron esas ideas, tan pomposa y tan vasta su exposicin, que las relacion inmediatamente con la literatura; le dije que por qu no las escriba. Previsiblemente respondi que ya lo haba hecho: esos conceptos, y otros no menos novedosos, figuraban en el Canto Augural, Canto Prologal o simplemente Canto-Prlogo de un poema en el que trabajaba haca muchos aos, sin rclame, sin bullanga ensordecedora, siempre apoyado en esos dos bculos que se llaman el trabajo y la soledad. Primero abra las compuertas a la imaginacin; luego haca uso de la lima. El poema se titulaba La Tierra; tratbase de una descripcin del planeta, en la que no faltaban, por cierto, la pintoresca digresin y el gallardo apstrofe.Le rogu que me leyera un pasaje, aunque fuera bre- ve. Abri un cajn del escritorio, sac un alto legajo de hojas de block estampadas con el membrete de la Biblioteca Juan Crisstomo Lafinur y ley con sonora satisfaccin.He visto, como el griego, las urbes de los hombres,Los trabajos, los das de varia luz, el hambre;No corrijo los hechos, no falseo los nombres,Pero el voyage que narro, es... autour de ma chambre.Estrofa a todas luces interesante - dictamin -. El primer verso granjea el aplauso del catedrtico, del acadmico, del helenista, cuando no de los eruditos a la violeta, sector considerable de la opinin; el segundo pasa de Homero a Hesodo (todo un implcito homenaje, en el frontis del flamante edificio, al padre de la poesa didctica), no sin remozar un procedimiento cuyo abolengo est en la Escritura, la enumeracin, congerie o conglobacin; el tercero - barroquismo, decadentismo, culto depurado y fantico de la forma? - consta de dos hemistiquios gemelos; el cuarto francamente bilinge, me asegura el apoyo incondicional de todo espritu sensible a los desenfados envites de la facecia. Nada dir de la rima rara ni de la ilustracin que me permite sin pedantismo!acumular en cuatro versos tres alusiones eruditas que abarcan treinta siglos e apretada literatura: la primera a la Odisea, la segunda a los Trabajos y das, la tercera a la bagatela inmortal que nos depararan los ocios de la pluma del saboyano...Comprendo una vez ms que el arte moderno exige el blsamo de la risa, el scherzo. Decididamente, tiene la palabra Goldoni!Otras muchas estrofas me ley que tambin obtuvieron su aprobacin y su comentario profuso; nada memorable haba en ella; ni siquiera la juzgu mucho peores que la anterior. En su escritura haban colaborado la aplicacin, la resignacin y el azar; las virtudes que Daneri les atribua eran posteriores. Comprend que el trabajo del poeta no estaba en la poesa; estaba en la invencin de razones para que la poesa fuera admirable; naturalmente, ese ulterior trabajo modificaba la obra para l, pero no para otro. La diccin oral de Daneri era extravagante; su torpeza mtrica le ved, salvo contadas veces, transmitir esa extravagancia al poema (1 ).Una sola vez en mi vida he tenido la ocasin de examinar los quince mil dodecaslabos del Polyolbion, esa epopeya topogrfica en la que Michael Drayton registr la fauna, la flora, la hidrografa, la orografa, la historia militar y monstica de Inglaterra; estoy seguro de que ese producto considerable, pero limitado, es menos tedioso que la vasta empresa congnere de Carlos Argentino. ste se propona versificar toda la redondez del planeta; en 1941 ya haba despachado unas hectreas del estado de Queensland, ms de un kilmetro del curso del Ob, un gasmetro al Norte de Veracruz, las principales casas de comercio de la parroquia de la Concepcin, la quinta de Mariana Cambaceres de Alvear en la calla Once de Setiembre, en Belgrano, y un establecimiento de baos turcos no lejos del acreditado acuario de Brighton. Me ley ciertos laboriosos pasajes de la zona australiana de su poema; esos largos e informes alejandrinos carecan de la relativa agitacin del prefacio. Copio una estrofa (2):Sepan. A manderecha del poste rutinario,(Viniendo, claro est, desde el Nornoroeste)Se aburre una osamenta - Color? Blanquiceleste -Que da al corral de ovejas catadura de osario.- Dos audacias - grit con exultacin - rescatadas, te oigo mascullar, por el xito! Lo admito, lo admito. Una, el epteto rutinario, que certeramente denuncia, en passant, el inevitable tedio inherente a las faenas pastoriles y agrcolas, tedio que ni las gergicas ni nuestro ya laureado Don Segundo se atrevieron jams a denunciar as, al rojo vivo. Otra, el enrgico prosasmo se aburre una osamenta, que el melindroso querr excomulgar con horror, pero que apreciar ms que su vida el crtico de gusto viril. Todo el verso, por lo dems, es de muy subidos quilates. El segundo hemistiquio entabla animadsima charla con el lector, se adelanta a su viva curiosidad, le pone una pregunta en la boca y la satisface... al instante. Y qu me dices de ese hallazgo blanquiceleste? El pintoresco neologismo sugiere el cielo, que es un factor importantsimo del paisaje australiano. Sin esa evocacin resultaran demasiado sombras las tintas del boceto y el lector se vera compelido a cerrar el volumen, herida en lo ms ntimo el alma de incurable y negra melancola.Hacia la medianoche me desped.Dos domingos despus, Daneri me llam por telfono, entiendo que por primera vez en la vida. Me propuso que nos reuniramos a las cuatro, "para tomar juntos la leche, en el contiguo saln-bar que el progresismo de Zunino y de Zungri - los propietarios de mi casa, recordars - inaugura en la esquina; confitera que te importar conocer". Acept, con ms resignacin que entusiasmo. Nos fue difcil encontrar mesa; el "saln-bar", inexorablemente moderno, era apenas un poco menos atroz que mis previsiones; en las mesas vecinas el excitado pblico mencionaba las sumas invertidas sin regatear por Zunino y por Zungri. Carlos Argentino fingi asombrarse de no s qu primores de la instalacin de la luz (que, sin duda, ya conoca) y me dijo con cierta severidad:- Mal de tu grado habrs de reconocer que este local se parangona con los ms encopetados de Flores.Me reley, despus, cuatro o cinco pginas del poema. Las haba corregido segn un depravado principio de ostentacin verbal: donde antes escribi azulado, ahora abundaba en azulino, azulenco y hasta azulillo. La palabra lechoso no era bastante fea para l; en la impetuosa descripcin de un lavadero de lanas, prefera lactario, lacticinoso, lactescente, lechal... Denost con amargura a los crticos; luego, ms benigno, los equipar a esas personas, "que no disponen de metales preciosos ni tampoco de prensas de vapor, laminadores y cidos sulfricos para la acuacin de tesoros, pero que pueden indicar a los otros el sitio de un tesoro". Acto continuo censur la prologomana, "de la que ya hizo mofa, en la donosa prefacin del Quijote, el Prncipe de los Ingenios". Admiti, sin embargo, que en la portada de la nueva obra convena el prlogo vistoso, el espaldarazo firmado por el plumfero de garra, de fuste. Agreg que pensaba publicar los cantos iniciales de su poema. Comprend, entonces, la singular invitacin telefnica; el hombre iba a pedirme que prologara su pedantesco frrago. Mi temor result infundado: Carlos Argentino observ, con admiracin rencorosa, que no crea errar el epteto al calificar de slido el prestigio logrado en todos los crculos por lvaro Melin Lafinur, hombre de letras, que, si yo me empeaba, prologara con embeleso el poema. Para evitar el ms imperdonable de los fracasos, yo tena que hacerme portavoz de dos mritos inconcusos: la perfeccin formal y el rigor cientfico, "porque ese dilatado jardn de tropos, de figuras, de galanuras, no tolera un solo detalle que no confirme la severa verdad". Agreg que Beatriz siempre se haba distrado con lvaro.Asent, profusamente asent. Aclar, para mayor verosimilitud, que no hablara el lunes con lvaro, sino el jueves: en la pequea cena que suele coronar toda reunin del Club de Escritores. (No hay tales cenas, pero es irrefutable que las reuniones tienen lugar los jueves, hecho que Carlos Argentino Daneri poda comprobar en los diarios y que dotaba de cierta realidad a la frase.) Dije, entre adivinatorio y sagaz, que antes de abordar el tema del prlogo describira el curioso plan de la obra. Nos despedimos; al doblar por Bernardo de Irigoyen, encar con toda imparcialidad los porvenires que me quedaban: a) hablar con lvaro y decirle que el primo hermano aquel de Beatriz(ese eufemismo explicativo me permitira nombrarla) haba elaborado un poema que pareca dilatar hasta lo infinito las posibilidades de la cacofona y del caos; b) no hablar con lvaro. Prev, lcidamente, que mi desidia optara por b.A partir del viernes a primera hora, empez a inquietarme el telfono. Me indignaba que ese instrumento, que algn da produjo la irrecuperable voz de Beatriz, pudiera rebajarse a receptculo de las intiles y quizs colricas quejas de ese engaado Carlos Argentino Daneri. Felizmente nada ocurri - salvo el rencor inevitable que me inspir aquel hombre que me haba impuesto una delicada gestin y luego me olvidaba.El telfono perdi sus terrores, pero a fines de octubre, Carlos Argentino me habl. Estaba agitadsimo; no identifiqu su voz, al principio. Con tristeza y con ira balbuce que esos ya ilimitados Zunino y Zungri, so pretexto de ampliar su desaforada confitera, iban a demoler su casa.-La casa de mis padres, mi casa, la vieja casa inveterada de la calle Garay! - repiti, quiz olvidando su pesar en la meloda.No me result muy difcil compartir su congoja. Ya cumplidos los cuarenta aos, todo cambio es un smbolo detectable del pasaje del tiempo; adems se trataba de una casa que, para m, aluda infinitamente a Beatriz. Quise aclarar ese delicadsimo rasgo; mi interlocutor no me oy. Dijo que si Zunino y Zungri persistan en ese propsito absurdo, el doctor Zunni, su abogado, los demandara ipso facto por daos y perjuicios y los obligara a abonar cien mil nacionales.El nombre de Zunni me impresion; su bufete, en Caseros y Tacuar, es de una seriedad proverbial. Interrogu si ste se haba encargado ya del asunto. Daneri dio que le hablara esa misma tarde. Vacil y con esa voz llana, impersonal, a que solemos recurrir para confiar algo muy ntimo, dijo que para terminar el poema le era indispensable la casa, pues en un ngulo del stano haba un Aleph. Aclar que un Aleph es uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos.- Est en el stano del comedor - explic, aligerada su diccin por la angustia -. Es mo, es mo; yo lo descubr en la niez, antes de la edad escolar. La escalera del stano es empinada, mis tos me tenan prohibido el descenso, pero alguien dijo que haba un mundo en el stano. Se refera, lo supe despus, a un bal, pero yo entend que haba un mundo. Baj secretamente, rod por la escalera vedada, ca. Al abrir los ojos, vi el Aleph.-El Aleph! - repet.-S, el lugar donde estn, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ngulos. A nadie revel mi descubrimiento, pero volv. El nio no poda comprender que le fuera deparado ese privilegio para que el hombre burilara el poema! No me despojarn Zunino y Zungri, no y mil veces no. Cdigo en mano, el doctor Zunni probar que es inajenable mi Aleph.Trat de razonar.-Pero, no es muy oscuro el stano?-La verdad no penetra un entendimiento rebelde. Si todos los lugares de la Tierra estn en el Aleph, ah estarn todas las luminarias, todas las lmparas, todos los veneros de luz.-Ir a verlo inmediatamente.Cort, antes de que pudiera emitir una prohibicin. Basta el conocimiento de un hecho para percibir en el acto una serie de rasgos confirmatorios, antes insospechados; me asombr no haber comprendido hasta ese momento que Carlos Argentino era un loco. Todos esos Viterbos, por lo dems... Beatriz(yo mismo suelo repetirlo) era una mujer, una nia de una clarividencia casi implacable, pero haba en ella negligencias, distracciones, desdenes, verdaderas crueldades, que tal vez reclamaban una explicacin patolgica. La locura de Carlos Argentino me colm de maligna felicidad; ntimamente, siempre nos habamos detestado.En la calle Garay, la sirvienta me dijo que tuviera la bondad de esperar. El nio estaba, como siempre, en el stano, revelando fotografas. Junto al jarrn sin una flor, en el piano intil, sonrea (ms intemporal que anacrnico) el gran retrato de Beatriz, en torpes colores. No poda vernos nadie; en una desesperacin de ternura me aproxim al retrato y le dije:- Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges.Carlos entr poco despus. Habl con sequedad; comprend que no era capaz de otro pensamiento que de la perdicin del Aleph.- Una copita del seudo coac - orden - y te zampuzars en el stano. Ya sabes, el decbito dorsal es indis-pensable. Tambin lo son la oscuridad, la inmovilidad, cierta acomodacin ocular. Te acuestas en el piso de la baldosas y fijas los ojos en el decimonono escaln de la pertinente escalera. Me voy, bajo la trampa y te quedas solo. Algn roedor te mete miedo fcil empresa! A los pocos minutos ves el Aleph. El microcosmo de alquimistas y cabalistas, nuestro concreto amigo proverbial, el multum in parvo!Ya en el comedor, agreg:- Claro est que si no lo ves, tu incapacidad no invalida mi testimonio... Baja; muy en breve podrs entablar un dilogo con todas las imgenes de Beatriz.Baj con rapidez, harto de sus palabras insustanciales. El stano, apenas ms ancho que la escalera, tena mucho de pozo. Con la mirada, busqu en vano el bal de que Carlos Argentino me habl. Unos cajones con botellas y unas bolsas de lona entorpecan un ngulo. Carlos tom una bolsa, la dobl y la acomod en un sitio preciso.- La almohada es humildosa - explic - , pero si la levanto un solo centmetro, no vers ni una pizca y te quedas corrido y avergonzado. Repantiga en el suelo ese corpachn y cuenta diecinueve escalones.Cumpl con su ridculo requisito; al fin se fue. Cerr cautelosamente la trampa, la oscuridad, pese a una hendija que despus distingu, pudo parecerme total. Sbitamente comprend mi peligro: me haba dejado soterrar por un loco, luego de tomar un veneno. Las bravatas de Carlos transparentaban el ntimo terror de que yo no viera el prodigio; Carlos, para defender su delirio, para no saber que estaba loco tena que matarme. Sent un confuso malestar, que trat de atribuir a la rigidez, y no a la operacin de un narctico. Cerr los ojos, los abr. Entonces vi el Aleph.Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato, empieza aqu, mi desesperacin de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de smbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; cmo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca? Los msticos, en anlogo trance prodigan los emblemas: para significar la divinidad, un persa habla de un pjaro que de algn modo es todos los pjaros; Alanus de Insulis, de una esfera cuyo centro est en todas partes y las circunferencia en ninguna; Ezequiel, de un ngel de cuatro caras que a un tiempo se dirige al Oriente y al Occidente, al Norte y al Sur. (No en vano rememoro esas inconcebibles analogas; alguna relacin tienen con el Aleph.) Quiz los dioses no me negaran el hallazgo de una imagen equivalente, pero este informe quedara contaminado de literatura, de falsedad. Por lo dems, el problema central es irresoluble: La enumeracin, si quiera parcial, de un conjunto infinito. En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombr como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposicin y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultneo: lo que transcribir sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recoger.En la parte inferior del escaln, hacia la derecha, vi una pequea esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la cre giratoria; luego comprend que ese movimiento era una ilusin producida por los vertiginosos espectculos que encerraba. El dimetro del Aleph sera de dos o tres centmetros, pero el espacio csmico estaba ah, sin disminucin de tamao. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la vea desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de Amrica, vi una plateada telaraa en el centro de una negra pirmide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutndose en m como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflej, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta aos vi en el zagun de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidar, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cncer de pecho, vi un crculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un rbol, vi una quinta de Adrogu, un ejemplar de la primera versin inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada pgina (de chico yo sola maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el da contemporneo, vi un poniente en Quertaro que pareca reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terrqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja espaola, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernculo, vi tigres, mbolos, bisontes, marejadas y ejrcitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajn del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increbles, precisas, que Beatriz haba dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente haba sido Beatriz Viterbo, vi la circulacin de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificacin de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vsceras, vi tu cara, y sent vrtigo y llor, porque mis ojos haban visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningn hombre ha mirado: el inconcebible universo.Sent infinita veneracin, infinita lstima.-Tarumba habrs quedado de tanto curiosear donde no te llaman - dijo una voz aborrecida y jovial - . Aunque te devanes los sesos, no me pagars en un siglo esta revelacin. Qu observatorio formidable, che Borges!Los pies de Carlos Argentino ocupaban el escaln ms alto. En la brusca penumbra, acert a levantarme y a balbucear:-Formidable. S, formidable.La indiferencia de mi voz me extra. Ansioso, Carlos Argentino insista:-La viste todo bien, en colores?En ese instante conceb mi venganza. Benvolo, manifiestamente apiadado, nervioso, evasivo, agradec a Carlos Argentino Daneri la hospitalidad de su stano y lo inst a aprovechar la demolicin de la casa para alejarse de la perniciosa metrpoli que a nadie crame, que a nadie! perdona. Me negu, con suave energa, a discutir el Aleph; lo abrac, al despedirme y le repet que el campo y la seguridad son dos grandes mdicos.En la calle, en las escaleras de Constitucin, en el subterrneo, me parecieron familiares todas las caras. Tem que no quedara una sola cosa capaz de sorprenderme, tem que no me abandonara jams la impresin de volver. Felizmente, al cabo de unas noches de insomnio me trabaj otra vez el olvido.Postdata del 1 de marzo de 1943. A los seis meses de la demolicin del inmueble de la calle Garay, la Editorial Procusto no se dej arredrar por la longitud del considerable poema y lanz al mercado una seleccin de "trozos argentinos". Huelga repetir lo ocurrido; Carlos Argentino Daneri recibi el Segundo Premio Nacional de Literatura (3). El primero fue otorgado al doctor Aita; el tercero al doctor Mario Bonfanti; increblemente mi obra Los naipes del tahr no logr un solo voto. Una vez ms, triunfaron la incomprensin y la envidia! Hace ya mucho tiempo que no consigo ver a Daneri; los diarios dicen que pronto nos dar otro volumen. Su afortunada pluma (no entorpecida ya por el Aleph) se ha consagrado a versificar los eptomes del doctor Acevedo Daz.Dos observaciones quiero agregar: una sobre la naturaleza del Aleph; otra, sobre su nombre. ste, como es sabido, es el de la primera letra del alfabeto de la lengua sagrada. Su aplicacin al crculo de mi historia no parece casual. Para la Cbala esa letra significa el En Soph, la ilimitada y pura divinidad; tambin se dijo que tiene la forma de un hombre que seala el cielo y la tierra, para indicar que el mundo inferior es el espejo y es el mapa del superior; para la Mengenlehre, es el smbolo de los nmeros transfinitos, en los que el todo no es mayor que alguna de las partes. Yo querra saber: Eligi Carlos Argentino ese nombre, o lo ley, aplicado a otro punto donde convergen todos los puntos, en alguno de los textos innumerables que el Aleph de su casa le revel? Por increble que parezca yo creo que hay (o que hubo) otro Aleph, yo creo que el Aleph de la calle Garay era un falso Aleph.Doy mis razones. Hacia 1867 el capitn Burton ejerci en el Brasil el cargo de cnsul britnico; en julio de 1942 Pedro Henrquez Urea descubri en una biblioteca de Santos un manuscrito suyo que versaba sobre el espejo que atribuye el Oriente a Iskandar Zu al-Karnayn, o Alejandro Bicorne de Macedonia. En su cristal se reflejaba el universo entero. Burton menciona otros artificios congneres - la sptuple copa de Kai Josr, el espejo que Trik Benzeyad encontr en una torre (1001 Noches, 272), el espejo que Luciano de Samosata pudo examinar en la Luna (Historia Verdadera, I, 26), la lanza especular que el primer libro del Satyricon de Capella atribuye a Jpiter, el espejo universal de Merln, "redondo y hueco y semejante a un mundo de vidrio" (The Faerie Queene, III, 2, 19) - , y aade estas curiosas palabras: "Pero los anteriores(adems del defecto de no existir) son meros instrumentos de ptica. Los fieles que concurren a la mezquita de Amr, en el Cairo, saben muy bien que el universo est en el interior de una de las columnas de piedra que rodean el patio central... Nadie, claro est, puede verlo, pero quienes acercan el odo a la superficie declaran percibir, al poco tiempo, su atareado rumor... la mezquita data del siglo VII; las columnas proceden de otros templos de religiones anteislmicas, pues como ha escrito Abenjaldn: En las repblicas fundadas por nmadas, es indispensable el concurso de forasteros para todo lo que sea albailera".

Existe ese Aleph en lo ntimo de una piedra? Lo he visto cuando vi todas las cosas y lo he olvidado? Nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy falseando y perdiendo, bajo la trgica erosin de los aos, los rasgos de Beatriz

FUNES, EL MEMORIOSOJORGE LUIS BORGES

Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, slo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, vindola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepsculo del da hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrs del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzado. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Ms de tres veces no lo vi; la ltima, en 1887... Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre l; mi testimonio ser acaso el ms breve y sin duda el ms pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarn ustedes. Mi deplorable condicin de argentino me impedir incurrir en el ditirambo -gnero obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porteo; Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para l esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres, "un Zarathustra cimarrn y vernculo "; no lo discuto, pero no hay que olvidar que era tambin un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones.Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del ao 84. Mi padre, ese ao, me haba llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volva con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco. Volvamos cantando, a caballo, y sa no era la nica circunstancia de mi felicidad. Despus de un da bochornoso, una enorme tormenta color pizarra haba escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecan los rboles; yo tena el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejn que se ahondaba entre dos veredas altsimas de ladrillo. Haba oscurecido de golpe; o rpidos y casi secretos pasos en lo alto; alc los ojos y vi un muchacho que corra por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrn ya sin lmites. Bernardo le grit imprevisiblemente: "Qu horas son, Ireneo?"". Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondi: 'Faltan cuatro minutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco". La voz era aguda, burlona. Yo soy tan distrado que el dilogo que acabo de referir no me hubiera llamado la atencin si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la rplica tripartita del otro.Me dijo que el muchacho del callejn era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Agreg que era hijo de una planchadora del pueblo, Mara Clementina Funes, y que algunos decan que su padre era un mdico del saladero, un ingls O'Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto.Viva con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles. Los aos 85 y 86 veraneamos en la ciudad de Montevideo. El 87 volv a Fray Bentos. Pregunt, como es natural, por todos los conocidos y, finalmente, por el "cronomtrico Funes". Me contestaron que lo haba volteado un redomn en la estancia de San Francisco, y que haba quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo la impresin de incmoda magia que la noticia me produjo: la nica vez que yo lo vi, venamos a caballo de San Francisco y l andaba en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, tena mucho de sueo elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se mova del catre, puestos los ojos en la higuera del fondo o en una telaraa. En los atardeceres, permita que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era benfico el golpe que lo haba fulminado... Dos veces lo vi atrs de la reja, que burdamente recalcaba su condicin de eterno prisionero: una, inmvil, con los ojos cerrados; otra, inmvil tambin, absorto en la contemplacin de un oloroso gajo de santonina. No sin alguna vanagloria yo haba iniciado en aquel tiempo el estudio metdico del latn. Mi valija inclua el De viris illustribus de Lhomond, el Thesaurus de Quicherat, los Comentarios de Julio Csar y un volumen impar de la Naturalis historia de Plinio, que exceda (y sigue excediendo) mis mdicas virtudes de latinista. Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no tard en enterarse del arribo de esos libros anmalos. Me dirigi una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, "del da 7 de febrero del ao 84", ponderaba los gloriosos servicios que don GregoriQ Haedo, mi to, finado ese mismo ao, "haba prestado a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaing ", y me solicitaba el prstamo de cualquiera de los volmenes, acompaado de un diccionario "para la buena inteligencia del texto original, porque todava ignoro el latn". Prometa devolverlos en buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la ortografa, del tipo que Andrs Bello preconiz: i por y, f por g. Al principio, tem naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el arduo latn no requera ms instrumento que un diccionario; para desengaarlo con plenitud le mand el Gradus ad Parnassum de Quicherat y la obra de Plinio.El 14 de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba "nada bien". Dios me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradiccin entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentacin de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor. Al hacer la valija, not que me faltaban el Gradus y el primer tomo de la Naturalis historia. El "Saturno" zarpaba al da siguiente, por la maana; esa noche, despus de cenar, me encamin a casa de Funes. Me asombr que la noche fuera no menos pesada que el da. En el decente rancho, la madre de Funes me recibi. a del fondo Me dijo que Ireneo estaba en la pieza y que no me extraara encontrarla a oscuras, porque ireneo saba pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atraves el patio de baldosa, el corredorcito; llegu al segundo patio. Haba una parra; la oscuridad pudo parecerme total. o de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en latn; esa voz (que vena de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria o incantacin. Resonaron las slabas romanas en el patio de tierra; mi temor las crea indescifrables, interminables; despus, en el enorme dilogo de esa noche, supe que formaban el primer prrafo del captulo xxiv del libro vil de la Naturalis historia. La materia de ese captulo es la memoria; las palabras ltimas fueron ut nihil non iisdern verbis redderetur audturn.Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua momentnea del cigarrillo. La pieza ola vagamente a humedad. Me sent; repet la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre. Arribo, ahora, al ms difcil punto de mi relato. ste (bueno es que ya lo sepa el lector) no tiene otro argumento que ese dilogo de hace ya medio siglo. No tratar de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y dbil; yo s que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados perodos que me abrumaron esa noche.Ireneo empez por enumerar, en latn y espaol, los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que saba llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejrcitos; Mitrdates Eupator, que administraba la justicia en los veintids idiomas de su imperio; Simnides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravill de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volte el azulejo, l haba sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Trat de recordarle su percepcin exacta del tiempo, su memoria de nombres propios; no me hizo caso.) Diecinueve aos haba vivido como quien suea: miraba sin ver, oa sin or, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdi el conocimiento; cuando lo recobr, el presente era casi intolerable de tan rico y tan ntido, y tambin las memorias ms antiguas y ms triviales. Poco despus averigu que estaba tullido. El hecho apenas le interes. Razon (sinti) que la inmovilidad era un precio mnimo. Ahora su percepcin y su memoria eran infalibles.Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vstagos y racimos y frutos que comprende una parra. Saba las formas de las nubes australes del amanecer del 30 de abril de 1882 y poda compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta espaola que slo haba mirado una vez y con las lneas de la espuma que un remo levant en el Ro Negro la vspera de la accin del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, trmicas, etctera. Poda reconstruir todos los sueos, todos los entre sueos.Dos o tres veces haba reconstruido un da entero; no haba dudado nunca, pero cada reconstruccin haba requerido un da entero. Me dijo: "Ms recuerdos tengo yo solo que los que habrn tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo". Y tambin: "Mis sueos son como la vigilia de ustedes". Y tambin, hacia el alba: "Mi memoria, seor, es como vaciadero de basuras". Una circunferencia en un pizarrn, un tringulo rectngulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No s cuntas estrellas vea en el cielo.Esas cosas me dijo; ni entonces ni despus las he puesto en duda. En aquel tiempo no haba cinematgrafos ni fongrafos; es, sin embargo, inverosmil y hasta increble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre har todas las cosas y sabr todo. La voz de Funes, desde la oscuridad, segua hablando. Me dijo que hacia 1886 haba discurrido un sstema original de numeracin y que en muy pocos das haba rebasado el veinticuatro mil. No lo haba escrito, porque lo pensado una sola vez ya no poda borrrsele.Su primer estmulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplic luego ese disparatado principio a los otros nmeros. En lugar de siete mil trece, deca (por ejemplo) Mximo Prez; en lugar de siete mil catorce,El Ferrocarril; otros nmeros eran Luis Melin Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, el gas, la caldera, Napolon, Agustn de Veda. En lugar de quinientos, deca nueve. Cada palabra tena un signo particular, una especie de marca; las ltimas eran muy complicadas... Yo trat de explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era precisamente lo contrario de un sistema de numeracin. Le dije que decir 365 era decir tres centenas, seis decenas, cinco unidades: anlisis que no existe en los "nmeros "El Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendi o no quiso entenderme. Locke, en el siglo xvii, postul (y reprob) un idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada pjaro y cada rama tuviera un nombre propio; Funes proyect alguna vez un idioma anlogo, pero lo desech por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no slo recordaba cada hoja de cada rbol de cada monte, sino cada una de las veces que la haba percibido o imaginado. Resolvi reducir cada una de sus jornadas pretritas a unos setenta mil recuerdos, que definira luego por cifras. Lo disuadieron dos consideracones: la conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era intil. Pens que en la hora de la muerte no habra acabado an de clasificar todos los recuerdos de la niez.Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para la serie natural de los nmeros, un intil catlogo mental de todas las imgenes del recuerdo)son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferr el vertiginoso mundo de Funes. ste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platnicas. No slo le costaba comprender que el smbolo genrico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaos y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendan cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discerna el movimiento del minutero; Funes discerna continuamente los tranquilos avances de la corrupcin, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lcido espectador de un mundo multiforme, instantneo y casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginacin de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presin de una realidad tan infatigable como la que da y noche converga sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difcil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era ms minucioso y ms vivo que nuestra percepcin de un goce fsico o de un tormento fsico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, haba casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homognea; en esa direccin volva la cara para dormir. Tambin sola imaginarse en el fondo del ro, mecido y anulado por la corriente.Haba aprendido sin esfuerzo el ingls, el francs, el portugus, el latn. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no haba sino detalles, casi inmediatos. La recelosa claridad de la madrugada entr por el patio de tierra.Entonces vi la cara de la voz que toda la noche haba hablado. Ireneo tena diecinueve aos; haba nacido en 186LA BIBLIOTECA DE BABELJORGE LUIS BORGES

By this art you may contemplate the variationof the 23 letters...The Anatomy of Melancholy, part. 2, sect. II, mem. IV.El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un nmero indefinido, y tal vez infinito, de galeras hexagonales, con vastos pozos de ventilacin en el medio, cercados por barandas bajsimas. Desde cualquier hexgono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribucin de las galeras es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zagun, que desemboca en otra galera, idntica a la primera y a todas. A izquirda y a derecha del zagun hay dos gabinetes minsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ah pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zagun hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente a qu esa duplicacin ilusoria?); yo prefiero soar que las superficies bruidas figuran y prometen el infinito... La luz procede de unas frutas esfricas que llevan el nombre de lmparas. Hay dos en cada hexgono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesanteComo todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catlogo de catlogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexgono en que nac. Muerto, no faltarn manos piadosas que me tiren por la baranda; mi sepultura ser el aire insondable; mi cuerpo se hundir largamente y se corromper y disolver en el viento engendrado por la cada, que es infinita. Yo afirmo que la Biblioteca es interminable. Los idealistas arguyen que las salas hexagonales son una forma necesaria del espacio absoluto o, por lo menos, de nuestra intuicin del espacio. Razonan que es inconcebible una sala triangular o pentagonal. (Los msticos pretenden que el xtasis les revela una cmara circular con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda la vuelta de las paredes; pero su testimonio es sospechoso; sus palabras, oscuras. Ese libro cclico es Dios.) Bsteme, por ahora, repetir el dictamen clsico: La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexgono, cuya circunferencia es inaccesible.A cada uno de los muros de cada hexgono corresponden cinco anaqueles; cada anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas diez pginas; cada pgina, de cuarenta renglones; cada rengln, de unas ochenta letras de color negro. Tambin hay letras en el dorso de cada libro; esas letras no indican o prefiguran lo que dirn las pginas. S que esa inconexin, alguna vez, pareci misteriosa. Antes de resumir la solucin (cuyo descubrimiento, a pesar de sus trgicas proyecciones, es quiz el hecho capital de la historia) quiero rememorar algunos axiomas.El primero: La Biblioteca existe ab aeterno. De esa verdad cuyo colorario inmediato es la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar. El hombre, el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malvolos; el universo, con su elegante dotacin de anaqueles, de tomos enigmticos, de infatigables escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario sentado, slo puede ser obra de un dios. Para percibir la distancia que hay entre lo divino y lo humano, basta comparar estos rudos smbolos trmulos que mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las letras orgnicas del interior: puntuales, delicadas, negrsimas, inimitablemente simtricas.El segundo: El nmero de smbolos ortogrficos es veinticinco.(1) Esa comprobacin permiti, hace trescientos aos, formular una teora general de la Biblioteca y resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura haba descifrado: la naturaleza informe y catica de casi todos los libros. Uno, que mi padre vio en un hexgono del circuito quince noventa y cuatro, constaba de las letras MCV perversamente repetidas desde el rengln primero hasta el ltimo. Otro (muy consultado en esta zona) es un mero laberinto de letras, pero la pgina penltima dice Oh tiempo tus pirmides. Ya se sabe: por una lnea razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonas, de frragos verbales y de incoherencias. (Yo s de una regin cerril cuyos bibliotecarios repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la equiparan a la de buscarlo en los sueos o en las lneas caticas de la mano... Admiten que los inventores de la escritura imitaron los veinticinco smbolos naturales, pero sostienen que esa aplicacin es casual y que los libros nada significan en s. Ese dictamen, ya veremos no es del todo falaz.)Durante mucho tiempo se crey que esos libros impenetrables correspondan a lenguas pretritas o remotas. Es verdad que los hombres ms antiguos, los primeros bibliotecarios, usaban un lenguaje asaz diferente del que hablamos ahora; es verdad que unas millas a la derecha la lengua es dialectal y que noventa pisos ms arriba, es incomprensible. Todo eso, lo repito, es verdad, pero cuatrocientas diez pginas de inalterables M C V no pueden corresponder a ningn idioma, por dialectal o rudimentario que sea. Algunos insinuaron que cada letra podia influir en la subsiguiente y que el valor de MCV en la tercera lnea de la pgina 71 no era el que puede tener la misma serie en otra posicin de otra pgina, pero esa vaga tesis no prosper. Otros pensaron en criptografas; universalmente esa conjetura ha sido aceptada, aunque no en el sentido en que la formularon sus inventores.Hace quinientos aos, el jefe de un hexgono superior(2) dio con un libro tan confuso como los otros, pero que tena casi dos hojas de lneas homogneas. Mostr su hallazgo a un descifrador ambulante, que le dijo que estaban redactadas en portugus; otros le dijeron que en yiddish. Antes de un siglo pudo establecerse el idioma: un dialecto samoyedo-lituano del guaran, con inflexiones de rabe clsico. Tambin se descifr el contenido: nociones de anlisis combinatorio, ilustradas por ejemplos de variaciones con repeticin ilimitada. Esos ejemplos permitieron que un bibliotecario de genio descubriera la ley fundamental de la Biblioteca. Este pensador observ que todos los libros, por diversos que sean, constan de elementos iguales: el espacio, el punto, la coma, las veintids letras del alfabeto. Tambin aleg un hecho que todos los viajeros han confirmado: No hay en la vasta Biblioteca, dos libros idnticos. De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos smbolos ortogrficos (nmero, aunque vastsimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografas de los arcngeles, el catlogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catlogos falsos, la demostracin de la falacia de esos catlogos, la demostracin de la falacia del catlogo verdadero, el evangelio gnstico de Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relacin verdica de tu muerte, la versin de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribi) sobre la mitologa de los sajones, los libros perdidos de Tcito.Cuando se proclam que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresin fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron seores de un tesoro intacto y secreto. No haba problema personal o mundial cuya elocuente solucin no existiera: en algn hexgono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurp las dimensiones ilimitadas de la esperanza. En aquel tiempo se habl mucho de las Vindicaciones: libros de apologa y de profeca, que para siempre vindicaban los actos de cada hombre del universo y guardaban arcanos prodigiosos para su porvenir. Miles de codiciosos abandonaron el dulce hexgono natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos por el vano propsito de encontrar su Vindicacin. Esos peregrinos disputaban en los corredores estrechos, proferan oscuras maldiciones, se estrangulaban en las escaleras divinas, arrojaban los libros engaosos al fondo de los tneles, moran despeados por los hombres de regiones remotas. Otros se enloquecieron... Las Vindicaciones existen (yo he visto dos que se refieren a personas del porvenir, a personas acaso no imaginarias) pero los buscadores no recordaban que la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o alguna prfida variacin de la suya, es computable en cero.Tambin se esper entonces la aclaracin de los misterios bsicos de la humanidad: el origen de la Biblioteca y del tiempo. Es verosmil que esos graves misterios puedan explicarse en palabras: si no basta el lenguaje de los filsofos, la multiforme Biblioteca habr producido el idioma inaudito que se requiere y los vocabularios y gramticas de ese idioma. Hace ya cuatro siglos que los hombres fatigan los hexgonos... Hay buscadores oficiales, inquisidores. Yo los he visto en el desempeo de su funcin: llegan siempre rendidos; hablan de una escalera sin peldaos que casi los mat; hablan de galeras y de escaleras con el bibliotecario; alguna vez, toman el libro ms cercano y lo hojean, en busca de palabras infames. Visiblemente, nadie espera descubrir nada.A la desaforada esperanza, sucedi, como es natural, una depresin excesiva. La certidumbre de que algn anaquel en algn hexgono encerraba libros preciosos y de que esos libros preciosos eran inaccesibles, pareci casi intolerable. Una secta blasfema sugiri que cesaran las buscas y que todos los hombres barajaran letras y smbolos, hasta construir, mediante un improbable don del azar, esos libros cannicos. Las autoridades se vieron obligadas a promulgar rdenes severas. La secta desapareci, pero en mi niez he visto hombres viejos que largamente se ocultaban en las letrinas, con unos discos de metal en un cubilete prohibido, y dbilmente remedaban el divino desorden.Otros, inversamente, creyeron que lo primordial era eliminar las obras intiles. Invadan los hexgonos, exhiban credenciales no siempre falsas, hojeaban con fastidio un volumen y condenaban anaqueles enteros: a su furor higinico, asctico, se debe la insensata perdicin de millones de libros. Su nombre es execrado, pero quienes deploran los "tesoros" que su frenes destruy, negligen dos hechos notorios. Uno: la Biblioteca es tan enorme que toda reduccin de origen humano resulta infinitesimal. Otro: cada ejemplar es nico, irreemplazable, pero (como la Biblioteca es total) hay siempre varios centenares de miles de facsmiles imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra o por una coma. Contra la opinin general, me atrevo a suponer que las consecuencias de las depredaciones cometidas por los Purificadores, han sido exageradas por el horror que esos fanticos provocaron. Los urga el delirio de conquistar los libros del Hexgono Carmes: libros de formato menor que los naturales; omnipotentes, ilustrados y mgicos.Tambin sabemos de otra supersticin de aquel tiempo: la del Hombre del Libro. En algn anaquel de algn hexgono (razonaron los hombres) debe existir un libro que sea la cifra y el compendio perfecto de todos los dems: algn bibliotecario lo ha recorrido y es anlogo a un dios. En el lenguaje de esta zona persisten an vestigios del culto de ese funcionario remoto. Muchos peregrinaron en busca de l. Durante un siglo fatigaron en vano los ms diversos rumbos. Cmo localizar el venerado hexgono secreto que lo hospedaba? Alguien propuso un mtodo regresivo: Para localizar el libro A, consultar previamente un libro B que indique el sitio de A; para localizar el libro B, consultar previamente un libro C, y as hasta lo infinito... En aventuras de sas, he prodigado y consumido mis aos. No me parece nverosmil que en algn anaquel del universo haya un libro total (3); ruego a los dioses ignorados que un hombreuno solo, aunque sea, hace miles de aos!lo haya examinado y ledo. Si el honor y la sabidura y la felicidad no son para m, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique.Afirman los impos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aun la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepcin. Hablan (lo s) de "la Biblioteca febril, cuyos azarosos volmenes corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira". Esas palabras que no slo denuncian el desorden sino que lo ejemplifican tambin, notoriamente prueban su gusto psimo y su desesperada ignorancia. En efecto, la Biblioteca incluye todas las estructuras verbales, todas las variaciones que permiten los veinticinco smbolos ortogrficos, pero no un solo disparate absoluto. Intil observar que el mejor volumen de los muchos hexgonos que administro se titula Trueno peinado, y otro El calambre de yeso y otro Axaxaxas ml. Esas proposiciones, a primera vista incoherentes, sin duda son capaces de una justificacin criptogrfica o alegrica; esa justificacin es verbal y, ex hypothesi, ya figura en la Biblioteca. No puedo combinar unos caracteresdhcmrlchtdjque la divina Biblioteca no haya previsto y que en alguna de sus lenguas secretas no encierren un terrible sentido. Nadie puede articular una slaba que no est llena de ternuras y de temores; que no sea en alguno de esos lenguajes el nombre poderoso de un dios. Hablar es incurrir en tautologas. Esta epstola intil y palabrera ya existe en uno de los treinta volmenes de los cinco anaqueles de uno de los incontables hexgonosy tambin su refutacin. (Un nmero n de lenguajes posibles usa el mismo vocabulario; en algunos, el smbolo biblioteca admite la correcta definicin ubicuo y perdurable sistema de galeras hexagonales, pero biblioteca es pan o pirmide o cualquier otra cosa, y las siete palabras que la definen tienen otro valor. T, que me lees, ests seguro de entender mi lenguaje?).La escritura metdica me distrae de la presente condicin de los hombres. La certidumbre de que todo est escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las pginas, pero no saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las discordias herticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la poblacin. Creo haber mencionado los suicidios, cada ao ms frecuentes. Quiz me engaen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humanala nica est por extinguirse y que la Biblioteca perdurar: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmvil, armada de volmenes preciosos, intil, incorruptible, secreta.Acabo de escribir infinita. No he interpolado ese adjetivo por una costumbre retrica; digo que no es ilgico pensar que el mundo es infinito. Quienes lo juzgan limitado, postulan que en lugares remotos los corredores y escaleras y hexgonos pueden inconcebiblemente cesarlo cual es absurdo. Quienes lo imaginan sin lmites, olvidan que los tiene el nmero posible de libros. Yo me atrevo a insinuar esta solucin del antiguo problema: La biblioteca es ilimitada y peridica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier direccin, comprobara al cabo de los siglos que los mismos volmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sera un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza.(4)Mar del Plata, 1941De El jardn de senderos que se bifurcan, 1941

NOTAS1 El manuscrito original no contiene guarismos o maysculas. La puntuacin ha sido limitada a la coma y al punto. Esos dos signos, el espacio y las veintids letras del alfabeto son los veinticinco smbolos suficientes que enumera el desconocido. (Nota del Editor.)2 Antes, por cada tres hexgonos haba un hombre. El suicidio y las enfermedades pulmonares han destruido esa proporcin. Memoria de indecible melancola: a veces he viajado muchas noches por corredores y escaleras pulidas sin hallar un solo bibliotecario.3 Lo repito: basta que un libro sea posible para que exista. Slo est excluido lo imposible. Por ejemplo: ningn libro es tambien una escalera, aunque sin duda hay libros que discuten y niegan y demuestran esa posibilidad y otros cuya estructura corresponde a la de una escalera.4 Letizia AIvarez de Toledo ha observado que la vasta Biblioteca es intil; en rigor, bastara un solo volumen, de formato comn. impreso en cuerpo nueve o en cuerpo diez, que constara de un nmero infinito de hojas infinitamente delgadas. (Cavalieri a principios del siglo XVII, dijo que todo cuerpo slido es la superposicin de un nmero infinito de planos.) El manejo de ese vademecum sedoso no sera cmodo: cada hoja aparente se desdoblara en otras anlogas; la inconcebible hoja central no tendra revs.LA ESPERAJORGE LUIS BORGES

El coche lo dej en el cuatro mil cuatro de esa calle del Noroeste. No haban dado las nueve de la maana; el hombre not con aprobacin los manchados pltanos, el cuadrado de tierra al pie de cada uno, las decentes casas de balconcito, la farmacia contigua, los desvados rombos de la pinturera y ferretera. Un largo y ciego paredn de hospital cerraba la acera de enfrente; el sol reverberaba, ms lejos, en unos invemculos. E1 hombre pens que esas cosas (ahora arbitrarias y casuales y en cualquier orden, como las que se ven en los sueos) seran con el tiempo, si Dios quisiera, invariables, necesarias y familiares. En la vidriera de la farmacia se lea en letras de loza: Breslauer, los judos estaban desplazando a los italianos, que haban desplazado a los criollos. Mejor as; el hombre prefera no alternar con gente de su sangre.El cochero le ayud a bajar el bal; una mujer de aire distrado o cansado abri por fin la puerta. Desde el pescante el cochero le devolvi una de las monedas, un vintn oriental que estaba en su bolsillo desde esa noche en el hotel de Melo. E1 hombre le entreg cuarenta centavos, y en el acto sinti: "Tengo la obligacin de obrar de manera que todos se olviden de m. He cometido dos errores: he dado una moneda de otro pas y he dejado ver que me importa esa equivocacin".Precedido por la mujer, atraves el zagun y el primer patio. La pieza que le haban reservado daba, felizmente, al segundo. La cama era de hierro, que el artfice haba deformado en curvas fantsticas, figurando ramas y pmpanos; haba, asimismo, un alto ropero de pino, una mesa de luz, un estante con libros a ras del suelo, dos sillas desparejas y un lavatorio con su palangana, su jarra, su jabonera y un botelln de vidrio turbio. Un mapa de la provincia de Buenos Aires y un crucifijo adornaban las paredes; el papel era carmes, con grandes pavos reales repetidos, de cola desplegada. La nica puerta daba al patio. Fue necesario variar la colocacin de las sillas para dar cabida al bal. Todo lo aprob el inquilino; cuando la mujer le pregunt cmo se llamaba, dijo Villari, no como un desafo secreto, no para mitigar una humillacin que, en verdad, no senta, sino porque ese nombre lo trabajaba, porque le fue imposible pensar en otro. No lo sedujo, ciertamente, el error literario de imaginar que asumir el nombre del enemigo poda ser una astucia. El seor Villari, al principio, no dejaba la casa; cumplidas unas cuantas semanas, dio en salir, un rato, al oscurecer. Alguna noche entr en el cinematgrafo que haba a las tres cuadras. No pas nunca de la ltima fila; siempre se levantaba un poco antes del fin de la funcin. Vio trgicas historias del hampa; stas, sin duda, incluan errores, stas, sin duda, incluan imgenes que tambin lo eran de su vida anterior; Villari no las advirti porque la idea de una coincidencia entre el arte y la realidad era ajena a l. Dcilmente trataba de que le gustaran las cosas; quera adelantarse a la intencin con que se las mostraban. A diferencia de quienes han ledo novelas, no se vea nunca a s mismo como un personaje del arte.No le lleg jams una carta, ni siquiera una circular, pero lea con borrosa esperanza una de las secciones del diario. De tarde, arrimaba a la puerta una de las sillas y mateaba con seriedad, puestos los ojos en la enredadera del muro de la inmediata casa de altos. Aos de soledad le haban enseado que los das, en la memoria, tienden a ser iguales, pero que no hay un da, ni siquiera de crcel o de hospital, que no traiga sorpresas, que no sea al trasluz una red de mnimas sorpresas. En otras reclusiones haba cedido a la tentacin de contar los das y las horas, pero esta reclusin era distinta, porque no tena trmino, salvo que el diario, una maana, trajera la noticia de la muerte de Alejandro Villari. Tambin era posible que Villari ya hubiera muerto y entonces esta vida era un sueo. Esa posibilidad lo inquietaba, porque no acab de entender si se pareca al alivio o a la desdicha; se dijo que era absurda y la rechaz. En das lejanos, menos lejanos por el curso del tiempo que por dos o tres hechos irrevocables, haba deseado muchas cosas, con amor sin escrpulo; esa voluntad poderosa, que haba movido el odio de los hombres y el amor de alguna mujer; ya no quera cosas particulares: slo quera perdurar, no concluir. El sabor de la yerba, el sabor del tabaco negro, el creciente filo de sombra que iba ganando el patio, eran suficientes estmulos.Haba en la casa un perro lobo, ya viejo. Villari se amist con l. Le hablaba en espaol, en italiano y en las pocas palabras que le quedaban del rstico dialecto de su niez. Villari trataba de vivir en el mero presente, sin recuerdos ni previsiones; los primeros le importaban menos que las ltimas. Oscuramente crey intuir que el pasado es la sustancia de que el tiempo est hecho; por ello es que ste se vuelve pasado en seguida. Su fatiga, algn da, se pareci a la felicidad; en momentos as, no era mucho ms complejo que el perro.Una noche lo dej asombrado y temblando una ntima descarga de dolor en el fondo de la boca. Ese horrible milagro recurri a los pocos minutos y otra vez hacia el alba. Villari, al da siguiente, mand buscar un coche que lo dej en un consultorio dental del barrio del Once. Ah le arrancaron la muela. En ese trance no estuvo ms cobarde ni ms tranquilo que otras personas. Otra noche, al volver del cinematgrafo, sinti que lo empujaban. Con ira, con indignacin, con secreto alivio, se encar con el insolente. Le escupi una injuria soez; el otro, atnito, balbuce una disculpa. Era un hombre alto, joven, de pelo oscuro, y lo acompaaba una mujer de tipo alemn; Villari, esa noche, se repiti que no los conoca. Sin embargo, cuatro o cinco das pasaron antes que saliera a la calle.Entre los libros del estante haba una Divina Comedia, con el viejo comentario de Andreoli. Menos urgido por la curiosidad que por un sentimiento de deber, Villari acometi la lectura de esa obra capital; antes de comer, lea un canto, y luego, en orden riguroso, las notas. No juzg inverosmiles o excesivas las penas infernales y no pens que Dante lo hubiera condenado al ltimo crculo donde los dientes de Ugolino roen sin fin la nuca de Ruggieri. Los pavos reales del papel carmes parecan destinados a alimentar pesadillas tenaces, pero el seor Villari no so nunca con una glorieta monstruosa hecha de inextricable: pjaros vivos. En los amaneceres soaba un sueo de fondo igual y de circunstancias variables. Dos hombres y Villari entraban con revlveres en la pieza y lo agredan al salir del cinematgrafo o eran, los tres a un tiempo, el desconocido que lo haba empujado, o lo esperaban tristemente en el patio y parecan no conocerlo. Al fin del sueo, l sacaba el revlver del cajn de la inmediata mesa de luz (y es verdad que en ese cajn guardaba un revlver) y lo descargaba contra los hombres. El estruendo del arma lo despertaba, pero siempre era un sueo y en otro sueo tena que volver a matarlos.Una turbia maana del mes de julio, la presencia de gente desconocida (no el ruido de la puerta cuando la abrieron) lo despert. Altos en la penumbra del cuarto, curiosamente simplificados por la penumbra (siempre en los sueos de temor haban sido ms claros), vigilantes, inmviles y pacientes, bajos los ojos como si el peso de las armas los encorvara Alejandro Villari y un desconocido lo haban alcanzado, por fin. Con una sea les pidi que esperaran y se dio vuelta contra la pared, como si retomara el sueo. Lo hizo para despertar la misericordia de quienes lo mataron, o porque es menos duro sobrellevar un acontecimiento espantoso que imaginarlo aguardarlo sin fin, o -y esto es quiz lo ms verosmil- para que los asesinos fueran un sueo, como ya lo haban sido tantas veces, en el mismo lugar, a la misma hora?En esa magia estaba cuando lo borr la descarga.