el aleph - adrian ortega ramírez (artista visual) · el aleph jorge luis borges emecé, buenos...

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Author: truonghanh

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  • El Aleph

    Jorge Luis Borges

    Emec, Buenos Aires, 1957 37 edicin, 1982

    Los nmeros entre corchetes corresponden a la paginacin de la edicin impresa.

    http://letrae.iespana.es
  • [7]

    El inmortal

    Solomon saith: There is no new thing

    upon the earth. So that as Plato had an ima-

    gination, that all knowledge was but remem-

    brance; so Solomon given his sentence, that

    all novelty is but oblivion.

    FRANCIS BACON: Essays, LVIII

    En Londres, a principios del mes de junio de 1929, el anticuario

    Joseph Cartaphilus, de Esmirna, ofreci a la princesa de Lucinge los

    seis volmenes en cuarto menor (17151720) de la Ilada de Pope. La

    princesa los adquiri; al recibirlos, cambi unas palabras con l. Era,

    nos dice, un hombre consumido y terroso, de ojos grises y barba gris,

    de rasgos singularmente vagos. Se manejaba con fluidez e ignorancia

    en diversas lenguas; en muy pocos minutos pas del francs al ingls y

    del ingls a una conjuncin enigmtica de espaol de Salnica y de

    portugus de Macao. En octubre, la princesa oy por un pasajero del

    Zeus que Cartaphilus haba muerto en el mar, al regresar a Esmirna, y

    que lo haban enterrado en la isla de los. En el ltimo tomo de la Ilada

    hall este manuscrito.

    3

  • El original est redactado en ingls y abunda en latinismos. La

    versin que ofrecemos es literal.

    I

    Que yo recuerde, mis trabajos empezaron en un jardn de Tebas

    Hekatmpylos, cuando Diocleciano [8] era emperador. Yo haba

    militado (sin gloria) en las recientes guerras egipcias, yo era tribuno de

    una legin que estuvo acuartelada en Berenice, frente al Mar Rojo: la

    fiebre y la magia consumieron a muchos hombres que codiciaban

    magnnimos el acero. Los mauritanos fueron vencidos; la tierra que

    antes ocuparon las ciudades rebeldes fue dedicada eternamente a los

    dioses plutnicos; Alejandra, debelada, implor en vano la misericor-

    dia del Csar; antes de un ao las legiones reportaron el triunfo, pero

    yo logr apenas divisar el rostro de Marte. Esa privacin me doli y fue

    tal vez la causa de que yo me arrojara a descubrir, por temerosos y

    difusos desiertos, la secreta Ciudad de los Inmortales.

    Mis trabajos empezaron, he referido, en un jardn de Tebas. Toda

    esa noche no dorm, pues algo estaba combatiendo en mi corazn. Me

    levant poco antes del alba; mis esclavos dorman, la luna tena el

    mismo color de la infinita arena. Un jinete rendido y ensangrentado

    vena del oriente. A unos pasos de m, rod del caballo. Con una tenue

    voz insaciable me pregunt en latn el nombre del ro que baaba los

    muros de la ciudad. Le respond que era el Egipto, que alimentan las

    lluvias. Otro es el ro que persigo, replic tristemente, el ro secreto que

    purifica de la muerte a los hombres. Oscura sangre le manaba del

    4

  • pecho. Me dijo que su patria era una montaa que est al otro lado del

    Ganges y que en esa montaa era fama que si alguien caminara hasta el

    occidente, donde se acaba el mundo, llegara al ro cuyas aguas dan la

    inmortalidad. Agreg que en la margen ulterior se eleva la Ciudad de

    los [9] Inmortales, rica en baluartes y anfiteatros y templos. Antes de la

    aurora muri, pero yo determin descubrir la ciudad y su ro. Interro-

    gados por el verdugo, algunos prisioneros mauritanos confirmaron la

    relacin del viajero; alguien record la llanura elsea, en el trmino de

    la tierra, donde la vida de los hombres es perdurable; alguien, las

    cumbres donde nace el Pactolo, cuyos moradores viven un siglo. En

    Roma, convers con filsofos que sintieron que dilatar la vida de los

    hombres era dilatar su agona y multiplicar el nmero de sus muertes.

    Ignoro si cre alguna vez en la Ciudad de los Inmortales: pienso que

    entonces me bast la tarea de buscarla. Flavio, procnsul de Getulia,

    me entreg doscientos soldados para la empresa. Tambin reclut

    mercenarios, que se dijeron conocedores de los caminos y que fueron

    los primeros en desertar.

    Los hechos ulteriores han deformado hasta lo inextricable el re-

    cuerdo de nuestras primeras jornadas. Partimos de Arsinoe y entramos

    en el abrasado desierto. Atravesamos el pas de los trogloditas, que

    devoran serpientes y carecen del comercio de la palabra; el de los

    garamantas, que tienen las mujeres en comn y se nutren de leones; el

    de los augilas, que slo veneran el Trtaro. Fatigamos otros desiertos,

    donde es negra la arena; donde el viajero debe usurpar las horas de la

    noche, pues el fervor del da es intolerable. De lejos divis la montaa

    que dio nombre al Ocano: en sus laderas crece el euforbio, que anula

    5

  • los venenos; en la cumbre habitan los stiros, nacin de hombres

    ferales y rsticos, inclinados a la lujuria. Que esas regiones brbaras,

    donde [10] la tierra es madre de monstruos, pudieran albergar en su

    seno una ciudad famosa, a todos nos pareci inconcebible. Prosegui-

    mos la marcha, pues hubiera sido una afrenta retroceder. Algunos

    temerarios durmieron con la cara expuesta a la luna; la fiebre los ardi;

    en el agua depravada de las cisternas otros bebieron la locura y la

    muerte. Entonces comenzaron las deserciones; muy poco despus, los

    motines. Para reprimirlos, no vacil ante el ejercicio de la severidad.

    Proced rectamente, pero un centurin me advirti que los sediciosos

    (vidos de vengar la crucifixin de uno de ellos) maquinaban mi

    muerte. Hu del campamento con los pocos soldados que me eran

    fieles. En el desierto los perd, entre los remolinos de arena y la vasta

    noche. Una flecha cretense me lacer. Varios das err sin encontrar

    agua, o un solo enorme da multiplicado por el sol, por la sed y por el

    temor de la sed. Dej el camino al arbitrio de mi caballo. En el alba, la

    lejana se eriz de pirmides y de torres. Insoportablemente so con

    un exiguo y ntido laberinto: en el centro haba un cntaro; mis manos

    casi lo tocaban, mis ojos lo vean, pero tan intrincadas y perplejas eran

    las curvas que yo saba que iba a morir antes de alcanzarlo.

    II

    Al desenredarme por fin de esa pesadilla, me vi tirado y maniata-

    do en un oblongo nicho de piedra, no mayor que una sepultura comn,

    superficialmente excavado en el agrio declive de una montaa. Los [11]

    6

  • lados eran hmedos, antes pulidos por el tiempo que por la industria.

    Sent en el pecho un doloroso latido, sent que me abrasaba la sed. Me

    asom y grit dbilmente. Al pie de la montaa se dilataba sin rumor

    un arroyo impuro, entorpecido por escombros y arena; en la opuesta

    margen resplandeca (bajo el ltimo sol o bajo el primero) la evidente

    Ciudad de los Inmortales. Vi muros, arcos, frontispicios y foros: el

    fundamento era una meseta de piedra. Un centenar de nichos irregula-

    res, anlogos al mo, surcaban la montaa y el valle. En la arena haba

    pozos de poca hondura; de esos mezquinos agujeros (y de los nichos)

    emergan hombres de piel gris, de barba negligente, desnudos. Cre

    reconocerlos: pertenecan a la estirpe bestial de los trogloditas, que

    infestan las riberas del Golfo Arbigo y las grutas etipicas; no me

    maravill de que no hablaran y de que devoraran serpientes.

    La urgencia de la sed me hizo temerario. Consider que estaba a

    unos treinta pies de la arena; me tir, cerrados los ojos, atadas a la

    espalda las manos, montaa abajo. Hund la cara ensangrentada en el

    agua oscura. Beb como se abrevan los animales. Antes de perderme

    otra vez en el sueo y en los delirios, inexplicablemente repet unas

    palabras griegas: los ricos teucros de Zelea que beben el agua negra del

    Esepo...

    No s cuntos das y noches rodaron sobre m. Doloroso, incapaz

    de recuperar el abrigo de las cavernas, desnudo en la ignorada arena,

    dej que la luna y el sol jugaran con mi aciago destino. Los trogloditas,

    infantiles en la barbarie, no me ayuda-[12]ron a sobrevivir o a morir.

    En vano les rogu que me dieran muerte. Un da, con el filo de un

    pedernal romp mis ligaduras. Otro, me levant y pude mendigar o

    7

  • robar yo. Marco Flamimo Rufo, tribuno militar de una de las legio-

    nes de Roma mi primera detestada racin de carne de serpiente.

    La codicia de ver a los Inmortales, de tocar la sobrehumana Ciu-

    dad, casi me vedaba dormir. Como si penetraran mi propsito, no

    dorman tampoco los trogloditas: al principio infer que me vigilaban;

    luego, que se haban contagiado de mi inquietud, como podran

    contagiarse los perros. Para alejarme de la brbara aldea eleg la ms

    pblica de las horas, la declinacin de la tarde, cuando casi todos los

    hombres emergen de las grietas y de los pozos y miran el poniente, sin

    verlo. Or en voz alta, menos para suplicar el favor divino que para

    intimidar a la tribu con palabras articuladas. Atraves el arroyo que los

    mdanos entorpecen y me dirig a la Ciudad. Confusamente me siguie-

    ron dos o tres hombres. Eran (como los otros de ese linaje) de men-

    guada estatura; no inspiraban temor, sino repulsin. Deb rodear

    algunas hondonadas irregulares que me parecieron canteras; ofuscado

    por la grandeza de la Ciudad, yo la haba credo cercana. Hacia la

    medianoche, pis, erizada de formas idoltricas en la arena amarilla, la

    negra sombra de sus muros. Me detuvo una especie de horror sagrado.

    Tan abominadas del hombre son la novedad y el desierto que me alegr

    de que uno de los trogloditas me hubiera acompaado hasta el fin.

    Cerr los ojos y aguard (sin dormir) que relumbrara el da. [13]

    He dicho que la Ciudad estaba fundada sobre una meseta de pie-

    dra. Esta meseta comparable a un acantilado no era menos ardua que

    los muros. En vano fatigu mis pasos: el negro basamento no descubra

    la menor irregularidad, los muros invariables no parecan consentir

    una sola puerta. La fuerza del da hizo que yo me refugiara en una

    8

  • caverna; en el fondo haba un pozo, en el pozo una escalera que se

    abismaba hacia la tiniebla inferior. Baj; por un caos de srdidas

    galeras llegu a una vasta cmara circular, apenas visible. Haba nueve

    puertas en aquel stano; ocho daban a un laberinto que falazmente

    desembocaba en la misma cmara; la novena (a travs de otro laberin-

    to) daba a una segunda cmara circular, igual a la primera. Ignoro el

    nmero total de las cmaras; mi desventura y mi ansiedad las multipli-

    caron. El silencio era hostil y casi perfecto; otro rumor no haba en esas

    profundas redes de piedra que un viento subterrneo, cuya causa no

    descubr; sin ruido se perdan entre las grietas hilos de agua herrum-

    brada. Horriblemente me habitu a ese dudoso mundo; consider

    increble que pudiera existir otra cosa que stanos provistos de nueve

    puertas y que stanos largos que se bifurcan. Ignoro el tiempo que deb

    caminar bajo tierra; s que alguna vez confund, en la misma nostalgia,

    la atroz aldea de los brbaros y mi ciudad natal, entre los racimos.

    En el fondo de un corredor, un no previsto muro me cerr el paso,

    una remota luz cay sobre m. Alc los ofuscados ojos: en lo vertigino-

    so, en lo altsimo, vi un crculo de cielo tan azul que pudo parecerme de

    prpura. Unos peldaos de metal escalaban el [14] muro. La fatiga me

    relajaba, pero sub, slo detenindome a veces para torpemente

    sollozar de felicidad. Fui divisando capiteles y astrgalos, frontones

    triangulares y bvedas, confusas pompas del granito y del mrmol. As

    me fue deparado ascender de la ciega regin de negros laberintos

    entretejidos a la resplandeciente Ciudad.

    Emerg a una suerte de plazoleta; mejor dicho, de patio. Lo rodea-

    ba un solo edificio de forma irregular y altura variable; a ese edificio

    9

  • heterogneo pertenecan las diversas cpulas y columnas. Antes que

    ningn otro rasgo de ese monumento increble, me suspendi lo

    antiqusimo de su fbrica. Sent que era anterior a los hombres, ante-

    rior a la tierra. Esa notoria antigedad (aunque terrible de algn modo

    para los ojos) me pareci adecuada al trabajo de obreros inmortales.

    Cautelosamente al principio, con indiferencia despus, con desespera-

    cin al fin, err por escaleras y pavimentos del inextricable palacio.

    (Despus averig que eran inconstantes la extensin y la altura de los

    peldaos, hecho que me hizo comprender la singular fatiga que me

    infundieron.) Este palacio es fbrica de los dioses, pens primeramen-

    te. Explor los inhabitados recintos y correg: Los dioses que lo edifica-

    ron han muerto. Not sus peculiaridades y dije: Los dioses que lo

    edificaron estaban locos. Lo dije, bien lo s, con una incomprensible

    reprobacin que era casi un remordimiento, con ms horror intelectual

    que miedo sensible. A la impresin de enorme antigedad se agregaron

    otras: la de lo interminable, la de lo atroz, la de lo complejamente

    insensato. Yo haba cruzado [15] un laberinto, pero la ntida Ciudad de

    los Inmortales me atemoriz y repugn. Un laberinto es una casa

    labrada para confundir a los hombres; su arquitectura, prdiga en

    simetras, est subordinada a ese fin. En el palacio que imperfectamen-

    te explor, la arquitectura careca de fin. Abundaban el corredor sin

    salida, la alta ventana inalcanzable, la aparatosa puerta que daba a una

    celda o a un pozo, las increbles escaleras inversas, con los peldaos y

    la balaustrada hacia abajo. Otras, adheridas areamente al costado de

    un muro monumental, moran sin llegar a ninguna parte, al cabo de

    dos o tres giros, en la tiniebla superior de las cpulas. Ignoro si todos

    los ejemplos que he enumerado son literales; s que durante muchos

    10

  • aos infestaron mis pesadillas; no puedo ya saber si tal o cual rasgo es

    una transcripcin de la realidad o de las formas que desatinaron mis

    noches. Esta Ciudad (pens) es tan horrible que su mera existencia y

    perduracin, aunque en el centro de un desierto secreto, contamina el

    pasado y el porvenir y de algn modo compromete a los astros. Mien

    tras perdure, nadie en el mundo podr ser valeroso o feliz. No quiero

    describirla; un caos de palabras heterogneas, un cuerpo de tigre o de

    toro, en el que pulularan monstruosamente, conjugados y odindose,

    dientes, rganos y cabezas, pueden (tal vez) ser imgenes aproximati-

    vas.

    -

    No recuerdo las etapas de mi regreso, entre los polvorientos y

    hmedos hipogeos. nicamente s que no me abandonaba el temor de

    que, al salir del ltimo laberinto, me rodeara otra vez la nefanda

    Ciudad de los Inmortales. Nada ms puedo recordar. [16] Ese olvido,

    ahora insuperable, fue quiz voluntario; quiz las circunstancias de mi

    evasin fueron tan ingratas que, en algn da no menos olvidado

    tambin, he jurado olvidarlas.

    III

    Quienes hayan ledo con atencin el relato de mis trabajos recor-

    darn que un hombre de la tribu me sigui como un perro podra

    seguirme, hasta la sombra irregular de los muros. Cuando sal del

    ltimo stano, lo encontr en la boca de la caverna. Estaba tirado en la

    arena, donde trazaba torpemente y borraba una hilera de signos, que

    eran como las letras de los sueos, que uno est a punto de entender y

    11

  • luego se juntan. Al principio, cre que se trataba de una escritura

    brbara; despus vi que es absurdo imaginar que hombres que no

    llegaron a la palabra lleguen a la escritura. Adems, ninguna de las

    formas era igual a otra, lo cual exclua o alejaba la posibilidad de que

    fueran simblicas. El hombre las trazaba, las miraba y las correga. De

    golpe, como si le fastidiara ese juego, las borr con la palma y el

    antebrazo. Me mir, no pareci reconocerme. Sin embargo, tan grande

    era el alivio que me inundaba (o tan grande y medrosa mi soledad) que

    di en pensar que ese rudimental troglodita, que me miraba desde el

    suelo de la caverna, haba estado esperndome. El sol caldeaba la

    llanura; cuando emprendimos el regreso a la aldea, bajo las primeras

    estrellas, la arena era ardorosa bajo [17] los pies. El troglodita me

    precedi; esa noche conceb el propsito de ensearle a reconocer, y

    acaso a repetir, algunas palabras. El perro y el caballo (reflexion) son

    capaces de lo primero; muchas aves, como el ruiseor de los Csares,

    de lo ltimo. Por muy basto que fuera el entendimiento de un hombre,

    siempre sera superior al de los irracionales.

    La humildad y miseria del troglodita me trajeron a la memoria la

    imagen de Argos, el viejo perro moribundo de la Odisea, y as le puse el

    nombre de Argos y trat de enserselo. Fracas y volv a fracasar. Los

    arbitrios, el rigor y la obstinacin fueron del todo vanos. Inmvil, con

    los ojos inertes, no pareca percibir los sonidos que yo procuraba

    inculcarle. A unos pasos de m, era como si estuviera muy lejos. Echado

    en la arena, como una pequea y ruinosa esfinge de lava, dejaba que

    sobre l giraran los cielos, desde el crepsculo del da hasta el de la

    noche. Juzgu imposible que no se percatara de mi propsito. Record

    12

  • que es fama entre los etopes que los monos deliberadamente no

    hablan para que no los obliguen a trabajar y atribu a suspicacia o a

    temor el silencio de Argos. De esa imaginacin pas a otras, an ms

    extravagantes. Pens que Argos y yo participbamos de universos

    distintos; pens que nuestras percepciones eran iguales, pero que

    Argos las combinaba de otra manera y construa con ellas otros

    objetos; pens que acaso no haba objetos para l, sino un vertiginoso y

    continuo juego de impresiones brevsimas. Pens en un mundo sin

    memoria, sin tiempo; consider la posibilidad de un lenguaje que

    ignorara los sustantivos, un lenguaje de verbos [18] impersonales o de

    indeclinables eptetos. As fueron muriendo los das y con los das los

    aos, pero algo parecido a la felicidad ocurri una maana. Llovi, con

    lentitud poderosa.

    Las noches del desierto pueden ser fras, pero aqulla haba sido

    un fuego. So que un ro de Tesalia (a cuyas aguas yo haba restituido

    un pez de oro) vena a rescatarme; sobre la roja arena y la negra piedra

    yo lo oa acercarse; la frescura del aire y el rumor atareado de la lluvia

    me despertaron. Corr desnudo a recibirla. Declinaba la noche; bajo las

    nubes amarillas la tribu, no menos dichosa que yo, se ofreca a los

    vividos aguaceros en una especie de xtasis. Parecan coribantes, a

    quienes posee la divinidad. Argos, puestos los ojos en la esfera, gema;

    raudales le rodaban por la cara; no slo de agua, sino (despus lo supe)

    de lgrimas. Argos, le grit. Argos.

    Entonces, con mansa admiracin, como si descubriera una cosa

    perdida y olvidada hace mucho tiempo, Argos balbuce estas palabras:

    13

  • Argos, perro de Ulises. Y despus, tambin sin mirarme: Este perro

    tirado en el estircol.

    Fcilmente aceptamos la realidad, acaso porque intuimos que na-

    da es real. Le pregunt qu saba de la Odisea. La prctica del griego le

    era penosa; tuve que repetir la pregunta.

    Muy poco, dijo. Menos que el rapsoda ms pobre. Ya habrn pa-

    sado mil cien aos desde que la invent. [19]

    IV

    Todo me fue dilucidado, aquel da. Los trogloditas eran los In-

    mortales; el riacho de aguas arenosas, el Ro que buscaba el jinete. En

    cuanto a la ciudad cuyo nombre se haba dilatado hasta el Ganges,

    nueve siglos hara que los Inmortales la haban asolado. Con las

    reliquias de su ruina erigieron, en el mismo lugar, la desatinada ciudad

    que yo recorr: suerte de parodia o reverso y tambin templo de los

    dioses irracionales que manejan el mundo y de los que nada sabemos,

    salvo que no se parecen al hombre. Aquella fundacin fue el ltimo

    smbolo a que condescendieron los Inmortales; marca una etapa en

    que, juzgando que toda empresa es vana, determinaron vivir en el

    pensamiento, en la pura especulacin. Erigieron la fbrica, la olvidaron

    y fueron a morar en las cuevas. Absortos, casi no perciban el mundo

    fsico.

    Esas cosas Homero las refiri, como quien habla con un nio.

    Tambin me refiri su vejez y el postrer viaje que emprendi, movido,

    como Ulises, por el propsito de llegar a los hombres que no saben lo

    14

  • que es el mar ni comen carne sazonada con sal ni sospechan lo que es

    un remo. Habit un siglo en la Ciudad de los Inmortales. Cuando la

    derribaron, aconsej la fundacin de la otra. Ello no debe sorprender-

    nos; es fama que despus de cantar la guerra de Ilin, cant la guerra

    de las ranas y los ratones. Fue como un dios que creara el cosmos y

    luego el caos. [20]

    Ser inmortal es balad; menos el hombre, todas las criaturas lo

    son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es

    saberse inmortal. He notado que, pese a las religiones, esa conviccin

    es rarsima. Israelitas, cristianos y musulmanes profesan la inmortali-

    dad, pero la veneracin que tributan al primer siglo prueba que slo

    creen en l, ya que destinan todos los dems, en nmero infinito, a

    premiarlo o a castigarlo. Ms razonable me parece la rueda de ciertas

    religiones del Indostn; en esa rueda, que no tiene principio ni fin, cada

    vida es efecto de la anterior y engendra la siguiente, pero ninguna

    determina el conjunto... Adoctrinada por un ejercicio de siglos, la

    repblica de hombres inmortales haba logrado la perfeccin de la

    tolerancia y casi del desdn. Saba que en un plazo infinito le ocurren a

    todo hombre todas las cosas. Por sus pasadas o futuras virtudes, todo

    hombre es acreedor a toda bondad, pero tambin a toda traicin, por

    sus infamias del pasado o del porvenir. As como en los juegos de azar

    las cifras pares y las cifras impares tienden al equilibrio, as tambin se

    anulan y se corrigen el ingenio y la estolidez, y acaso el rstico poema

    del Cid es el contrapeso exigido por un solo epteto de las glogas o por

    una sentencia de Herclito. El pensamiento ms fugaz obedece a un

    dibujo invisible y puede coronar, o inaugurar, una forma secreta. S de

    15

  • quienes obraban el mal para que en los siglos futuros resultara el bien,

    o hubiera resultado en los ya pretritos... Encarados as, todos nuestros

    actos son justos, pero tambin son indiferentes. No hay mritos

    morales o intelectuales. Ho-[21]mero compuso la Odisea; postulado un

    plazo infinito, con infinitas circunstancias y cambios, lo imposible es

    no componer, siquiera una vez, la Odisea. Nadie es alguien, un solo

    hombre inmortal es todos los hombres. Como Cornelio Agrippa, soy

    dios, soy hroe, soy filsofo, soy demonio y soy mundo, lo cual es una

    fatigosa manera de decir que no soy.

    El concepto del mundo como sistema de precisas compensaciones

    influy vastamente en los Inmortales. En primer trmino, los hizo

    invulnerables a la piedad. He mencionado las antiguas canteras que

    rompan los campos de la otra margen; un hombre se despe en la

    ms honda, no poda lastimarse ni morir, pero lo abrasaba la sed; antes

    que le arrojaran una cuerda pasaron setenta aos. Tampoco interesaba

    el propio destino. El cuerpo era un sumiso animal domstico y le

    bastaba, cada mes, la limosna de unas horas de sueo, de un poco de

    agua y de una piltrafa de carne. Que nadie quiera rebajarnos a ascetas.

    No hay placer ms complejo que el pensamiento y a l nos entregba-

    mos. A veces, un estmulo extraordinario nos restitua al mundo fsico.

    Por ejemplo, aquella maana, el viejo goce elemental de la lluvia. Esos

    lapsos eran rarsimos; todos los Inmortales eran capaces de perfecta

    quietud; recuerdo alguno a quien jams he visto de pie: un pjaro

    anidaba en su pecho.

    Entre los corolarios de la doctrina de que no hay cosa que no est

    compensada por otra, hay uno de muy poca importancia terica, pero

    16

  • que nos indujo, a fines o a principios del siglo X, a dispersarnos por la

    faz de la tierra. Cabe en estas palabras: Existe [22] un ro cuyas aguas

    dan la inmortalidad; en alguna regin habr otro ro cuyas aguas la

    borren. El nmero de ros no es infinito; un viajero inmortal que

    recorra el mundo acabar, algn da, por haber bebido de todos. Nos

    propusimos descubrir ese ro.

    La muerte (o su alusin) hace preciosos y patticos a los hombres.

    stos conmueven por su condicin de fantasmas; cada acto que ejecu-

    tan puede ser ltimo; no hay rostro que no est por desdibujarse como

    el rostro de un sueo. Todo, entre los morrales, tiene el valor de lo

    irrecuperable y de lo azaroso. Entre los Inmortales, en cambio, cada

    acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo

    antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el

    futuro lo repetirn hasta el vrtigo. No hay cosa que no est como

    perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez,

    nada es preciosamente precario. Lo elegiaco, lo grave, lo ceremonial,

    no rigen para los Inmortales. Homero y yo nos separamos en las

    puertas de Tnger; creo que no nos dijimos adis.

    V

    Recorr nuevos reinos, nuevos imperios. En el otoo de 1066 mili-

    t en el puente de Stamford, ya no recuerdo si en las filas de Harold,

    que no tard en hallar su destino, o en las de aquel infausto Harald

    Hardrada que conquist seis pies de tierra inglesa, o un poco ms. En

    el sptimo siglo de la Hjira, en el arrabal de Bulaq, transcrib con

    17

  • pausada [23] caligrafa, en un idioma que he olvidado, en un alfabeto

    que ignoro, los siete viajes de Simbad y la historia de la Ciudad de

    Bronce. En un patio de la crcel de Samarcanda he jugado muchsimo

    al ajedrez. En Bikanir he profesado la astrologa y tambin en Bohemia.

    En 1638 estuve en Kolozsvr y despus en Leipzig. En Aberdeen, en

    1714, me suscrib a los seis volmenes de la Ilada de Pope; s que los

    frecuent con deleite. Hacia 1729 discut el origen de ese poema con un

    profesor de retrica, llamado, creo, Giambattista; sus razones me

    parecieron irrefutables. El cuatro de octubre de 1921, el Patna, que me

    conduca a Bombay, tuvo que fondear en un puerto de la costa eritrea.1

    Baj; record otras maanas muy antiguas, tambin frente al Mar Rojo,

    cuando yo era tribuno de Roma y la fiebre y la magia y la inaccin

    consuman a los soldados. En las afueras vi un caudal de agua clara; la

    prob, movido por la costumbre. Al repechar la margen, un rbol

    espinoso me lacer el dorso de la mano. El inusitado dolor me pareci

    muy vivo. Incrdulo, silencioso y feliz, contempl la preciosa forma-

    cin de una lenta gota de sangre. De nuevo soy mortal, me repet, de

    nuevo me parezco a todos los hombres. Esa noche, dorm hasta el

    amanecer.

    ... He revisado, al cabo de un ao, estas pginas. Me consta que se

    ajustan a la verdad, pero en los primeros captulos, y aun en ciertos

    prrafos de los otros, creo percibir algo falso. Ello es obra, tal vez, del

    abuso de rasgos circunstanciales, procedimiento [24] que aprend en

    los poetas y que todo lo contamina de falsedad, ya que esos rasgos

    1 Hay una tachadura en el manuscrito; quizs el nombre del puerto ha sido bo-

    rrado.

    18

  • pueden abundar en los hechos, pero no en su memoria... Creo, sin

    embargo, haber descubierto una razn ms ntima. La escribir; no

    importa que me juzguen fantstico.

    La historia que he narrado parece irreal porque en ella se mezclan

    los sucesos de dos hombres distintos. En el primer captulo, el jinete

    quiere saber el nombre del ro que baa las murallas de Tebas; Flami-

    nio Rufo, que antes ha dado a la ciudad el epteto de Hekatmpylos,

    dice que el ro es el Egipto; ninguna de esas locuciones es adecuada a

    l, sino a Homero, que hace mencin expresa, en la Ilada, de Tebas

    Hekatmpylos, y en la Odisea, por boca de Proteo y de Ulises, dice

    invariablemente Egipto por Nilo. En el captulo segundo, el romano, al

    beber el agua inmortal, pronuncia unas palabras en griego; esas

    palabras son homricas y pueden buscarse en el fin del famoso catlo-

    go de las naves. Despus, en el vertiginoso palacio, habla de una

    reprobacin que era casi un remordimiento; esas palabras correspon-

    den a Homero, que haba proyectado ese horror. Tales anomalas me

    inquietaron; otras, de orden esttico, me permitieron descubrir la

    verdad. El ltimo captulo las incluye; ah est escrito que milit en el

    puente de Stamford, que transcrib, en Bulaq, los viajes de Simbad el

    Marino y que me suscrib, en Aberdeen, a la Ilada inglesa de Pope. Se

    lee, inter alia.: En Bikanir he profesado la astrologa y tambin en

    Bohemia. Ninguno de esos testimonios es falso; lo significativo es el

    hecho de haberlos destacado. El primero de todos parece convenir a un

    [25] hombre de guerra, pero luego se advierte que el narrador no

    repara en lo blico y s en la suerte de los hombres. Los que siguen son

    ms curiosos. Una oscura razn elemental me oblig a registrarlos; lo

    19

  • hice porque saba que eran patticos. No lo son, dichos por el romano

    Flaminio Rufo. Lo son, dichos por Homero; es raro que ste copie, en el

    siglo trece, las aventuras de Simbad, de otro Ulises y descubra, a la

    vuelta de muchos siglos, en un reino boreal y un idioma brbaro, las

    formas de su Ilada. En cuanto a la oracin que recoge el nombre de

    Bikanir, se ve que la ha fabricado un hombre de letras, ganoso (como el

    autor del catlogo de las naves) de mostrar vocablos esplndidos.1

    Cuando se acerca el fin, ya no quedan imgenes del recuerdo; slo

    quedan palabras. No es extrao que el tiempo haya confundido las que

    alguna vez me representaron con las que fueron smbolos de la suerte

    de quien me acompa tantos siglos. Yo he sido Homero; en breve,

    ser Nadie, como Ulises; en breve, ser todos: estar muerto.

    Posdata de 1950. Entre los comentarios que ha despertado la pu-

    blicacin anterior, el ms curioso, ya que no el ms urbano bblicamen-

    te se titula A coat of many colours (Manchester, 1948) y es obra de la

    tenacsima pluma del doctor Nahum Cordovero. Abarca unas cien

    pginas. Habla de los cen-[26]tones griegos, de los centones de la baja

    latinidad, de Ben Jonson, que defini a sus contemporneos con

    retazos de Sneca, del Virgilius evangelizans de Alexander Ross, de los

    artificios de George Moore y de Eliot y, finalmente, de la narracin

    atribuida al anticuario Joseph Cartaphilus. Denuncia, en el primer

    captulo, breves interpolaciones de Plinio (Historia naturalis, V, 8); en

    1 Ernesto Sbato sugiere que el Giambattista que discuti la formacin de la

    Ilada con el anticuario Cartaphilus Es Giambattista Vico; ese italiano defenda que

    Homero es un personaje simblico, a la manera de Plutn o de Aquiles.

    20

  • el segundo, de Thomas de Quincey (Writings, III, 439) en el tercero, de

    una epstola de Descartes al embajador Pierre Chanut; en el cuarto, de

    Bernard Shaw (Back to Methuselah, V). Infiere de esas intrusiones, o

    hurtos, que todo el documento es apcrifo.

    A mi entender, la conclusin es inadmisible. Cuando se acerca el

    fin, escribi Cartaphilus, ya no quedan imgenes del recuerdo, solo

    quedan palabras. Palabras, palabras desplazadas y mutiladas, palabras

    de oros, fue la pobre limosna que le dejaron las horas y los siglos.

    A Cecilia Ingenieros

    21

  • [27]

    El Muerto

    Que un hombre del suburbio de Buenos Aires, que un triste com-

    padrito sin ms virtud que la infatuacin del coraje, se interne en los

    desiertos ecuestres de la frontera del Brasil y llegue a capitn de

    contrabandistas, parece de antemano imposible. A quienes lo entien-

    den as, quiero contarles el destino de Benjamn Otlora, de quien

    acaso no perdura un recuerdo en el barrio de Balvanera y que muri en

    su ley, de un balazo, en los confines de Ro Grande do Sul. Ignoro los

    detalles de su aventura; cuando me sean revelados, he de rectificar y

    ampliar estas pginas. Por ahora, este resumen puede ser til.

    Benjamn Otlora cuenta, hacia 1891, diecinueve aos. Es un mo-

    cetn de frente mezquina, de sinceros ojos claros, de reciedumbre

    vasca; una pualada feliz le ha revelado que es un hombre valiente; no

    lo inquieta la muerte de su contrario, tampoco la inmediata necesidad

    de huir de la Repblica. El caudillo de la parroquia le da una carta para

    un tal Azevedo Bandeira, del Uruguay. Otlora se embarca, la travesa

    es tormentosa y crujiente; al otro da, vaga por las calles de Montevi-

    deo, con inconfesada y tal vez ignorada tristeza. No da con Azevedo

    Bandeira; hacia la medianoche, en un almacn del Paso del [28] Molino,

    asiste a un altercado entre unos troperos. Un cuchillo relumbra;

    Otlora no sabe de qu lado est la razn, pero lo atrae el puro sabor

    del peligro, como a otros la baraja o la msica. Para, en el entrevero,

    22

  • una pualada baja que un pen le tira a un hombre de galera oscura y

    de poncho. ste, despus, resulta ser Azevedo Bandeira. (Otlora, al

    saberlo, rompe la carta, porque prefiere debrselo todo a s mismo.)

    Azevedo Bandeira da, aunque fornido, la injustificable impresin de

    ser contrahecho; en su rostro, siempre demasiado cercano, estn el

    judo, el negro y el indio; en su empaque, el mono y el tigre; la cicatriz

    que le atraviesa la cara es un adorno ms, como el negro bigote cerdo-

    so.

    Proyeccin o error del alcohol, el altercado cesa con la misma ra-

    pidez con que se produjo. Otlora bebe con los troperos y luego los

    acompaa a una farra y luego a un casern en la Ciudad Vieja, ya con

    el sol bien alto. En el ltimo patio, que es de tierra, los hombres

    tienden su recado para dormir. Oscuramente, Otlora compara esa

    noche con la anterior; ahora ya pisa tierra firme, entre amigos. Lo

    inquieta algn remordimiento, eso s, de no extraar a Buenos Aires.

    Duerme hasta la oracin, cuando lo despierta el paisano que agredi,

    borracho, a Bandeira. (Otlora recuerda que ese hombre ha compartido

    con los otros la noche de tumulto y de jbilo y que Bandeira lo sent a

    su derecha y lo oblig a seguir bebiendo.) El hombre le dice que el

    patrn lo manda buscar. En una suerte de escritorio que da al zagun

    (Otlora nunca ha visto un zagun con puertas laterales) est espern-

    dolo Azevedo Ban-[29]deira, con una clara y desdeosa mujer de pelo

    colorado. Bandeira lo pondera, le ofrece una copa de caa, le repite que

    le est pareciendo un hombre animoso, le propone ir al Norte con los

    dems a traer una tropa. Otlora acepta; hacia la madrugada estn en

    camino, rumbo a Tacuaremb.

    23

  • Empieza entonces para Otlora una vida distinta, una vida de vas-

    tos amaneceres y de jornadas que tienen el olor del caballo. Esa vida es

    nueva para l, y a veces atroz, pero ya est en su sangre, porque lo

    mismo que los hombres de otras naciones veneran y presienten el mar,

    as nosotros (tambin el hombre que entreteje estos smbolos) ansia-

    mos la llanura inagotable que resuena bajo los cascos. Otlora se ha

    criado en los barrios del carrero y del cuarteador; antes de un ao se

    hace gaucho. Aprende a jinetear, a entropillar la hacienda, a carnear, a

    manejar el lazo que sujeta y las boleadoras que tumban, a resistir el

    sueo, las tormentas, las heladas y el sol, a arrear con el silbido y el

    grito. Slo una vez, durante ese tiempo de aprendizaje, ve a Azevedo

    Bandeira, pero lo tiene muy presente, porque ser hombre de Bandeira

    es ser considerado y temido, y porque, ante cualquier hombrada, los

    gauchos dicen que Bandeira lo hace mejor. Alguien opina que Bandeira

    naci del otro lado del Cuareim, en Ro Grande do Sul; eso, que debera

    rebajarlo, oscuramente lo enriquece de selvas populosas, de cinagas,

    de inextricables y casi infinitas distancias. Gradualmente, Otlora

    entiende que los negocios de Bandeira son mltiples y que el principal

    es el contrabando. Ser tropero es ser un sirviente; Otlora se propone

    ascender a contraban-[30]dista. Dos de los compaeros, una noche,

    cruzarn la frontera para volver con unas partidas de caa; Otlora

    provoca a uno de ellos, lo hiere y toma su lugar. Lo mueve la ambicin

    y tambin una oscura fidelidad. Que el hombre (piensa) acabe por

    entender que yo valgo ms que todos sus orientales juntos.

    Otro ao pasa antes que Otlora regrese a Montevideo. Recorren

    las orillas, la ciudad (que a Otlora le parece muy grande); llegan a casa

    24

  • del patrn; los hombres tienden los recados en el ltimo patio. Pasan

    los das y Otlora no ha visto a Bandeira. Dicen, con temor, que est

    enfermo; un moreno suele subir a su dormitorio con la caldera y con el

    mate. Una tarde, le encomiendan a Otlora esa tarea. ste se siente

    vagamente humillado pero satisfecho tambin.

    El dormitorio es desmantelado y oscuro. Hay un balcn que mira

    al poniente, hay una larga mesa con un resplandeciente desorden de

    taleros, de arreadores, de cintos, de armas de fuego y de armas blancas,

    hay un remoto espejo que tiene la luna empaada. Bandeira yace boca

    arriba; suea y se queja; una vehemencia de sol ltimo lo define. El

    vasto lecho blanco parece disminuirlo y oscurecerlo; Otlora nota las

    canas, la fatiga, la flojedad, las grietas de los aos. Lo subleva que los

    est mandando ese viejo. Piensa que un golpe bastara para dar cuenta

    de l. En eso, ve en el espejo que alguien ha entrado. Es la mujer de

    pelo rojo; est a medio vestir y descalza y lo observa con fra curiosi-

    dad. Bandeira se incorpora; mientras habla de cosas de la campaa y

    despacha mate tras mate, sus dedos juegan con las tren-[31]zas de la

    mujer. Al fin, le da licencia a Otlora para irse.

    Das despus, les llega la orden de ir al Norte. Arriban a una es-

    tancia perdida, que est como en cualquier lugar de la interminable

    llanura. Ni rboles ni un arroyo la alegran, el primer sol y el ltimo la

    golpean. Hay corrales de piedra para la hacienda, que es guampuda y

    menesterosa. El Suspiro se llama ese pobre establecimiento.

    Otlora oye en rueda de peones que Bandeira no tardar en llegar

    de Montevideo. Pregunta por qu; alguien aclara que hay un forastero

    agauchado que est queriendo mandar demasiado. Otlora comprende

    25

  • que es una broma, pero le halaga que esa broma ya sea posible. Averi-

    gua, despus, que Bandeira se ha enemistado con uno de los jefes

    polticos y que ste le ha retirado su apoyo. Le gusta esa noticia.

    Llegan cajones de armas largas; llegan una jarra y una palangana

    de plata para el aposento de la mujer; llegan cortinas de intrincado

    damasco; llega de las cuchillas, una maana, un jinete sombro, de

    barba cerrada y de poncho. Se llama Ulpiano Surez y es el capanga o

    guardaespaldas de Azevedo Bandeira. Habla muy poco y de una

    manera abrasilerada. Otlora no sabe si atribuir su reserva a hostilidad,

    a desdn o a mera barbarie. Sabe, eso s, que para el plan que est

    maquinando tiene que ganar su amistad.

    Entra despus en el destino de Benjamn Otlora un colorado ca-

    bos negros que trae del sur Azevedo Bandeira y que luce apero chapea-

    do y carona con bordes de piel de tigre. Ese caballo liberal es un [32]

    smbolo de la autoridad del patrn y por eso lo codicia el muchacho,

    que llega tambin a desear, con deseo rencoroso, a la mujer de pelo

    resplandeciente. La mujer, el apero y el colorado son atributos o

    adjetivos de un hombre que l aspira a destruir.

    Aqu la historia se complica y se ahonda. Azevedo Bandeira es

    diestro en el arte de la intimidacin progresiva, en la satnica manio-

    bra de humillar al interlocutor gradualmente, combinando veras y

    burlas; Otlora resuelve aplicar ese mtodo ambiguo a la dura tarea

    que se propone. Resuelve suplantar, lentamente, a Azevedo Bandeira.

    Logra, en jornadas de peligro comn, la amistad de Surez. Le confa su

    plan; Surez le promete su ayuda. Muchas cosas van aconteciendo

    despus, de las que s unas pocas. Otlora no obedece a Bandeira; da

    26

  • en olvidar, en corregir, en invertir sus rdenes. El universo parece

    conspirar con l y apresura los hechos. Un medioda, ocurre en campos

    de Tacuaremb un tiroteo con gente riograndense; Otlora usurpa el

    lugar de Bandeira y manda a los orientales. Le atraviesa el hombro una

    bala, pero esa tarde Otlora regresa al Suspiro en el colorado del jefe y

    esa tarde unas gotas de su sangre manchan la piel de tigre y esa noche

    duerme con la mujer de pelo reluciente. Otras versiones cambian el

    orden de estos hechos y niegan que hayan ocurrido en un solo da.

    Bandeira, sin embargo, siempre es nominalmente el jefe. Da r-

    denes que no se ejecutan; Benjamn Otlora no lo toca, por una mezcla

    de rutina y de lstima.

    La ltima escena de la historia corresponde a la [33] agitacin de

    la ltima noche de 1894. Esa noche, los hombres del Suspiro comen

    cordero recin carneado y beben un alcohol pendenciero; alguien

    infinitamente rasguea una trabajosa milonga. En la cabecera de la

    mesa, Otlora, borracho, erige exultacin sobre exultacin, jbilo sobre

    jbilo; esa torre de vrtigo es un smbolo de su irresistible destino.

    Bandeira, taciturno entre los que gritan, deja que fluya clamorosa la

    noche. Cuando las doce campanadas resuenan, se levanta como quien

    recuerda una obligacin. Se levanta y golpea con suavidad a la puerta

    de la mujer. sta le abre en seguida, como si esperara el llamado. Sale a

    medio vestir y descalza. Con una voz que se afemina y se arrastra, el

    jefe le ordena:

    Ya que vos y el porteo se quieren tanto, ahora mismo le vas a

    dar un beso a vista de todos.

    27

  • Agrega una circunstancia brutal. La mujer quiere resistir, pero

    dos hombres la han tomado del brazo y la echan sobre Otlora. Arrasa-

    da en lgrimas, le besa la cara y el pecho. Ulpiano Surez ha empuado

    el revlver. Otlora comprende, antes de morir, que desde el principio

    lo han traicionado, que ha sido condenado a muerte, que le han

    permitido el amor, el mando y el triunfo, porque ya lo daban por

    muerto, porque para Bandeira ya estaba muerto.

    Surez, casi con desdn, hace fuego.

    28

  • [35]

    Los telogos

    Arrasado el jardn, profanados los clices y las aras, entraron a

    caballo los hunos en la biblioteca monstica y rompieron los libros

    incomprensibles y los vituperaron y los quemaron, acaso temerosos de

    que las letras encubrieran blasfemia contra su dios que era una cimita-

    rra de hierro. Ardieron palimpsestos y cdices, pero en el corazn de la

    hoguera, entre la ceniza, perdur casi intacto el libro duodcimo de la

    Civitas Dei, que narra que Platn ense en Atenas que, al cabo de los

    siglos, todas las cosas recuperarn su estado anterior, y l, en Atenas,

    ante el mismo auditorio, de nuevo ensear esa doctrina. El texto que

    las llamas perdonaron goz de una veneracin especial y quienes lo

    leyeron y releyeron en esa remota provincia dieron en olvidar que el

    autor slo declar esa doctrina para poder mejor confutarla. Un siglo

    despus, Aureliano, coadjutor de Aquilea, supo que a orillas del

    Danubio la novsima secta de los montonos (llamados tambin

    anulares) profesaba que la historia es un crculo y que nada es que no

    haya sido y que no ser. En las montaas, la Rueda y la Serpiente

    haban desplazado a la Cruz. Todos teman, pero todos se confortaban

    con el rumor de que Juan de Panonia, que se haba [36] distinguido por

    un tratado sobre el sptimo atributo de Dios, iba a impugnar tan

    abominable hereja.

    29

  • Aureliano deplor esas nuevas, sobre todo la ltima. Saba que en

    materia teolgica no hay novedad sin riesgo; luego reflexion que la

    tesis de un tiempo circular era demasiado dismil, demasiado asom-

    brosa, para que el riesgo fuera grave. (Las herejas que debemos temer

    son las que pueden confundirse con la ortodoxia.) Ms le doli la

    intervencin la intrusin de Juan de Panonia. Hace dos aos, ste

    haba usurpado con su verboso De septima affection Dei sive de

    aeternitate un asunto la especialidad de Aureliano; ahora, como si el

    problema del tiempo le perteneciera, iba a rectificar, tal vez con

    argumentos de Procusto, con triacas ms temibles que la Serpiente, a

    los anulares... Esa noche, Aureliano pas las hojas del antiguo dilogo

    de Plutarco sobre la cesacin de los orculos; en el prrafo veintinueve,

    ley una burla contra los estoicos que defienden un infinito ciclo de

    mundos, con infinitos soles, lunas, Apolos, Dianas y Poseidones. El

    hallazgo le pareci un pronstico favorable; resolvi adelantarse a Juan

    de Panonia y refutar a los herticos de la Rueda.

    Hay quien busca el amor de una mujer para olvidarse de ella, para

    no pensar ms en ella; Aureliano, parejamente, quera superar a Juan

    de Panonia para curarse del rencor que ste le infunda, no para

    hacerle mal. Atemperado por el mero trabajo, por la fabricacin de

    silogismos y la invencin de injurias, por los nego y los autem y los

    nequaquam, pudo olvidar ese rencor. Erigi vastos y casi inextricables

    perodos, estorbados de incisos, donde la negligencia [37] y el solecis-

    mo parecan formas del desdn. De la cacofona hizo un instrumento.

    Previ que Juan fulminara a los anulares con gravedad proftica; opt,

    para no coincidir con l, por el escarnio. Agustn haba escrito que

    30

  • Jess es la va recta que nos salva del laberinto circular en que andan

    los impos; Aureliano, laboriosamente trivial, los equipar con Ixin,

    con el hgado de Prometeo, con Ssifo, con aquel rey de Tebas que vio

    dos soles, con la tartamudez, con loros, con espejos, con ecos, con

    mulas de noria y con silogismos bicornutos. (Las fbulas gentlicas

    perduraban, rebajadas a adornos.) Como todo poseedor de una biblio-

    teca, Aureliano se saba culpable de no conocerla hasta el fin; esa

    controversia le permiti cumplir con muchos libros que parecan

    reprocharle su incuria. As pudo engastar un pasaje de la obra De

    principiis de Orgenes, donde se niega que ludas Iscariore volver a

    vender al Seor, y Pablo a presenciar en Jerusaln el martirio de

    Esteban, y otro de los Academia priora de Cicern, en el que ste se

    burla de quienes suean que mientras l conversa con Lculo, otros

    Lculos y otros Cicerones, en nmero infinito, dicen puntualmente lo

    mismo, en infinitos mundos iguales. Adems, esgrimi contra los

    montonos el texto de Plutarco y denunci lo escandaloso de que a un

    idlatra le valiera ms el lumen naturae que a ellos la palabra de Dios.

    Nueve das le tom ese trabajo; el dcimo, le fue remitido un traslado

    de la refutacin de Juan de Panonia.

    Era casi irrisoriamente breve; Aureliano la mir con desdn y lue-

    go con temor. La primera parte [38] glosaba los versculos terminales

    del noveno captulo de la Epstola a los Hebreos, donde se dice que

    Jess no fue sacrificado muchas veces desde el principio del mundo,

    sino ahora una vez en la consumacin de los siglos. La segunda alegaba

    el precepto bblico sobre las vanas repeticiones de los gentiles (Mateo

    6:7) y aquel pasaje del sptimo libro de Plinio, que pondera que en el

    dilatado universo no hay dos caras iguales. Juan de Panonia declaraba

    31

  • que tampoco hay dos almas y que el pecador ms vil es precioso como

    la sangre que por l verti Jesucristo. El acto de un solo hombre

    (afirm) pesa ms que los nueve cielos concntricos y tras soar que

    puede perderse y volver es una aparatosa frivolidad. El tiempo no

    rehace lo que perdemos; la eternidad lo guarda para la gloria y tambin

    para el fuego. El tratado era lmpido, universal; no pareca redactado

    por una persona concreta, sino por cualquier hombre o, quiz, por

    todos los hombres.

    Aureliano sinti una humillacin casi fsica. Pens destruir o re-

    formar su propio trabajo, luego, con rencorosa probidad, lo mand a

    Roma sin modificar una letra. Meses despus, cuando se junt el

    concilio de Prgamo, el telogo encargado de impugnar los errores de

    los montonos fue (previsiblemente) Juan de Panonia; su docta y

    mesurada refutacin bast para que Euforbo, heresiarca, fuera conde-

    nado a la hoguera. Esto ha ocurrido y volver ocurrir, dijo Euforbo. No encendis una pira, encendis un laberinto de fuego. Si aqu se unieran todos las hogueras que he sido, no cabran en la tierra y queda-[39]ran c egos los nge es. Esto lo d e muchas veces. Despus grit, porque lo alcanzaron las llamas.

    i l ij

    Cay la Rueda ante la Cruz1, pero Aureliano y Juan prosiguieron

    su batalla secreta. Militaban los dos en el mismo ejrcito, anhelaban el

    mismo galardn, guerreaban contra el mismo Enemigo, pero Aureliano

    no escribi una palabra que inconfesablemente no propendiera a

    superar a Juan. Su duelo fue invisible; si los copiosos ndices no me

    engaan, no figura una sola vez el nombre del otro en los muchos

    1 En las cruces los dos emblemas enemigos conviven entrelazados

    32

  • volmenes de Aureliano que atesora la Patrologa de Migne. (De las

    obras de Juan, slo han perdurado veinte palabras.) Los dos desapro-

    baron los anatemas del segundo concilio de Constantinopla; los dos

    persiguieron a los arrianos, que negaban la generacin eterna del Hijo;

    los dos atestiguaron la ortodoxia de la Topographia christiana de Cosmas, que ensea que la tierra es cuadrangular, como el tabernculo

    hebreo. Desgraciadamente, por los cuatro ngulos de la tierra cundi

    otra tempestuosa hereja. Oriunda del Egipto o del Asia (porque los

    testimonios difieren y Bossuet no quiere admitir las razones de Har-

    nack), infest las provincias orientales y erigi santuarios en Macedo-

    nia, en Cartago y en Trveris. Pareci estar en todas partes; se dijo que

    en la dicesis de Britania haban sido invertidos los crucifijos y que a la

    imagen del Seor, en Cesrea, la haba suplantado un espejo. El espejo

    y el bolo eran emblemas de los nuevos cismticos.

    La historia los conoce por muchos nombres (es-[40]peculares,

    abismales, cainitas), pero de todos el ms recibido es histriones, que

    Aureliano les dio y que ellos con atrevimiento adoptaron. En Frigia les

    dijeron simulacros, y tambin en Dardania. Juan Damasceno los llam

    formas.; justo es advertir que el pasaje ha sido rechazado por Erfjord.

    No hay heresilogo que con estupor no refiera sus desaforadas cos-

    tumbres. Muchos histriones profesaron el ascetismo; alguno se mutil,

    como Orgenes; otros moraron bajo tierra, en las cloacas; otros se

    arrancaron los ojos; otros (los nabucodonosores de Nitria) pacan

    como los bueyes y su pelo creca como de guila. De la mortificacin y

    el rigor pasaban, muchas veces, al crimen; ciertas comunidades tolera-

    ban el robo; otras, el homicidio; otras, la sodoma, el incesto y la

    bestialidad. Todas eran blasfemas; No slo maldecan del Dios cristia-

    33

  • no, sino de las arcanas divinidades de su propio panten. Maquinaron

    libros sagrados, cuya desaparicin deploran los doctos. Sir Thomas

    Browne, hacia 1658, escribi El tiempo ha aniquilado los ambiciosos

    Evangelios Histrinicos, no las Injurias con que se fustig su impie-

    dad: Erfjord ha sugerido que esas injurias (que preserva un cdice

    griego) son los evangelios perdidos. Ello es incomprensible, si ignora-

    mos la cosmologa de los histriones.

    En los libros hermticos est escrito que lo que hay abajo es igual

    a lo que hay arriba, y lo que hay arriba, igual a lo que hay abajo; en el

    Zohar, que el mundo inferior es reflejo del superior. Los histriones

    fundaron su doctrina sobre una perversin de esa idea. Invocaron a

    Maleo 6:12 (perdnanos [41] nuestras deudas, como nosotros perdo-

    namos a nuestros deudores) y 11:12 (el reino de los cielos padece

    fuerza) para demostrar que la tierra influye en el cielo, y a I Corintios

    13:12 (vemos ahora por espejo, en oscuridad) para demostrar que

    todo lo que vemos es falso. Quiz contaminados por los montonos

    imaginaron que todo hombre es dos hombres y que el verdadero es el

    otro, el que est en el cielo. Tambin imaginaron que nuestros actos

    proyectan un reflejo invertido, de suerte que si velamos, el otro duer-

    me, si fornicamos, el otro es casto, si robamos, el otro es generoso.

    Muertos, nos uniremos a l y seremos l. (Algn eco de esas doctrinas

    perdur en Bloy.) Otros histriones discurrieron que el mundo conclui-

    ra cuando se agotara la cifra de sus posibilidades; ya que no puede

    haber repeticiones, el justo debe eliminar (cometer) los actos ms

    infames, para que stos no manchen el porvenir y para acelerar el

    advenimiento del reino de Jess. Ese artculo fue negado por otras

    34

  • sectas, que defendieron que la historia del mundo debe cumplirse en

    cada hombre. Los ms, como Pitgoras, debern transmigrar por

    muchos cuerpos antes de obtener su liberacin; algunos, los proteicos,

    en el trmino de una sola vida son leones, son dragones, son jabales,

    son agua y son un rbol. Demstenes refiere la purificacin por el

    fango a que eran sometidos los iniciados en los misterios rficos: los

    proteicos, analgicamente, buscaron la purificacin por el mal. Enten-

    dieron, como Carpcrates, que nadie saldr de la crcel hasta pagar el

    ltimo bolo (Lucas 12:53), y solan embaucar a los penitentes con este

    otro ver-[42]sculo: Yo he venido para que tengan vida los hombres y

    para que la tengan en abundancia, (Juan 10:10). Tambin decan que

    no ser un malvado es una soberbia satnica... Muchas y divergentes

    mitologas urdieron los histriones; unos predicaron el ascetismo, otros

    la licencia, todos la confusin. Teopompo, histrin de Berenice, neg

    todas las fbulas; dijo que cada hombre es un rgano que proyecta la

    divinidad para sentir el mundo.

    Los herejes de la dicesis de Aureliano eran de los que afirmaban

    que el tiempo no tolera repeticiones, no de los que afirmaban que todo

    acto se refleja en el cielo. Esa circunstancia era rara; en un informe a

    las autoridades romanas, Aureliano la mencion. El prelado que

    recibira el informe era confesor de la emperatriz; nadie ignoraba que

    ese ministerio exigente le vedaba las ntimas delicias de la teologa

    especulativa. Su secretario antiguo colaborador de Juan de Panonia,

    ahora enemistado con l gozaba del renombre de puntualsimo

    inquisidor de heterodoxias; Aureliano agreg una exposicin de la

    hereja histrinica, tal como sta se daba en los conventculos de Genua

    35

  • y de Aquilea. Redact unos prrafos; cuando quiso escribir la tesis

    atroz de que no hay dos instantes iguales, su pluma se detuvo. No dio

    con la frmula necesaria; las admoniciones de la nueva doctrina

    (Quieres ver lo que no vieron ojos humanos? Mira la luna. Quieres

    or lo que los odos no oyeron? Oye el grito del pjaro. Quieres tocar lo

    que no tocaron las manos? Toca la tierra. Verdaderamente digo que

    Dios est por crear el mundo) eran harto afectadas y metafricas para

    la transcrip-[43]cin. De pronto, una oracin de veinte palabras se

    present a su espritu. La escribi, gozoso; inmediatamente despus, lo

    inquiet la sospecha de que era ajena. Al da siguiente, record que la

    haba ledo haca muchos aos en el Adversus annulares que compuso

    Juan de Panonia. Verific la cita; ah estaba. La incertidumbre lo

    atorment. Variar o suprimir esas palabras, era debilitar la expresin;

    dejarlas, era plagiar a un hombre que aborreca; indicar la fuente, era

    denunciarlo. Implor el socorro divino. Hacia el principio del segundo

    crepsculo, el ngel de su guarda le dio una solucin intermedia.

    Aureliano conserv las palabras, pero las antepuso este aviso: Lo que

    ladran ahora los heresiarcas para confusin de la fe, lo dijo en este

    siglo un varn doctsima, con ms ligereza que culpa. Despus, ocurri

    lo temido, lo esperado, lo inevitable. Aureliano tuvo que declarar quin

    era ese varn; Juan de Panonia fue acusado de profesar opiniones

    herticas.

    Cuatro meses despus, un herrero del Aventino, alucinado por los

    engaos de los histriones, carg sobre los hombros de su hijito una

    gran esfera de hierro, para que su doble volara. El nio muri; el

    horror engendrado por ese crimen impuso una intachable severidad a

    36

  • los jueces de Juan. Este no quiso retractarse; repiti que negar su

    proposicin era incurrir en la pestilencial hereja de los montonos. No

    entendi (no quiso entender) que hablar de los montonos era hablar

    de lo ya olvidado. Con insistencia algo senil, prodig sus perodos ms

    brillantes de sus viejas polmicas; los jueces ni siquiera oan lo que los

    arrebat alguna vez. En lugar de tratar de [44] purificarse de la ms

    leve mcula de histrionismo, se esforz en demostrar que la proposi-

    cin de que lo acusaban era rigurosamente ortodoxa. Discuti con los

    hombres de cuyo fallo dependa su suerte y cometi la mxima torpeza

    de hacerlo con ingenio y con irona. El veintisis de octubre, al cabo de

    una discusin que dur tres das y tres noches, lo sentenciaron a morir

    en la hoguera.

    Aureliano presenci la ejecucin, porque no hacerlo era confesar-

    se culpable. El lugar del suplicio era una colina, en cuya verde cumbre

    haba un palo, hincado profundamente en el suelo, y en torno muchos

    haces de lea. Un ministro ley la sentencia del tribunal. Bajo el sol de

    las doce, Juan de Panonia yaca con la cara en el polvo, lanzando

    bestiales aullidos. Araaba la tierra, pero los verdugos lo arrancaron, lo

    desnudaron y por fin lo amarraron a la picota. En la cabeza le pusieron

    una corona de paja untada de azufre; al lado, un ejemplar del pestilente

    Adversus annulares. Haba llovido la noche antes y la lea arda mal.

    Juan de Panonia rez en griego y luego en un idioma desconocido. La

    hoguera iba a llevrselo, cuando Aureliano se atrevi a alzar los ojos.

    Las rfagas ardientes se detuvieron; Aureliano vio por primera y ltima

    vez el rostro del odiado. Le record el de alguien, pero no pudo preci-

    37

  • sar el de quin. Despus, las llamas lo perdieron; despus grit y fue

    como si un incendio gritara.

    Plutarco ha referido que Julio Csar llor la muerte de Pompeyo;

    Aureliano no llor la de Juan, pero sinti lo que sentira un hombre

    curado de una enfermedad incurable, que ya fuera una parte de su [45]

    vida. En Aquilea, en feso, en Macedonia, dej que sobre l pasaran los

    aos. Busc los arduos lmites del Imperio, las torpes cinagas y los

    contemplativos desiertos, para que lo ayudara la soledad a entender su

    destino. En una celda mauritana, en la noche cargada de leones,

    repens la compleja acusacin contra Juan de Panonia y justific, por

    ensima vez, el dictamen. Ms le cost justificar su tortuosa denuncia.

    En Rusaddir predic el anacrnico sermn Luz de las luces encendidas

    en la carne de un rprobo. En Hibernia, en una de las chozas de un

    monasterio cercado por la selva, lo sorprendi una noche, hacia el alba,

    el rumor de la lluvia. Record una noche romana en que lo haba

    sorprendido, tambin, ese minucioso rumor. Un rayo, al medioda,

    incendi los rboles y Aureliano pudo morir como haba muerto Juan.

    El final de la historia slo es referible en metforas, ya que pasa

    en el reino de los cielos, donde no hay tiempo. Tal vez cabra decir que

    Aureliano convers con Dios y que ste se interesa tan poco en dife-

    rencias religiosas que lo tom por Juan de Panonia. Ello, sin embargo,

    insinuara una confusin de la mente divina. Ms correcto es decir que

    en el paraso, Aureliano supo que para la insondable divinidad, l y

    Juan de Panonia (el ortodoxo y el hereje, el aborrecedor y el aborreci-

    do, el acusador y la vctima) formaban una sola persona.

    38

  • [47]

    Historia del guerrero y la cautiva

    En la pgina 278 del libro La poesa (Bari, 1942), Croce, abrevian-

    do un texto latino del historiador Pablo el Dicono, narra la suerte y

    cita el epitafio de Droctulft; stos me conmovieron singularmente,

    luego entend por qu. Fue Droctulft un guerrero lombardo que en el

    asedio de Ravena abandon a los suyos y muri defendiendo la ciudad

    que antes haba atacado. Los raveneses le dieron sepultura en un

    templo y compusieron un epitafio en el que manifestaron su gratitud

    (contempsit caros, dum nos amat ille, parentes) y el peculiar contras-

    te que se adverta entre la figura atroz de aquel brbaro y su simplici-

    dad y bondad:

    Terribilis visu facies, sed mente benignus,

    Longaque robusto pectores barba fuit! 1

    Tal es la historia del destino de Droctulft, brbaro que muri de-

    fendiendo a Roma, o tal es el fragmento de su historia que pudo

    rescatar Pablo el Dicono. Ni siquiera s en qu tiempo ocurri: si al

    promediar el siglo VI, cuando los longobardos [48] desolaron las

    1 Tambin Gibbon (Decline and fall, XI, V) transcribe estos versos.

    39

  • llanuras de Italia; si en el VIII, antes de la rendicin de Ravena. Imagi-

    nemos (ste no es un trabajo histrico) lo primero.

    Imaginemos, sub specie aeternitatis, a Droctulft, no al individuo

    Droctulft, que sin duda fue nico e insondable (todos los individuos lo

    son), sino al tipo genrico que de l y de otros muchos como l ha

    hecho la tradicin, que es obra del olvido y de la memoria. A travs de

    una oscura geografa de selvas y de cinagas, las guerras lo trajeron a

    Italia, desde las mrgenes del Danubio y del Elba, y tal vez no saba que

    iba al Sur y tal vez no saba que guerreaba contra el nombre romano.

    Quiz profesaba el arrianismo, que mantiene que la gloria del Hijo es

    reflejo de la gloria del Padre, pero ms congruente es imaginarlo

    devoto de la Tierra, de Hertha, cuyo dolo tapado iba de cabaa en

    cabaa en un carro tirado por vacas, o de los dioses de la guerra y del

    trueno, que eran torpes figuras de madera, envueltas en ropa tejida y

    recargadas de monedas y ajorcas. Vena de las selvas inextricables del

    jabal y del uro; era blanco, animoso, inocente, cruel, leal a su capitn y

    a su tribu, no al universo. Las guerras lo traen a Ravena y ah ve algo

    que no ha visto jams, o que no ha visto con plenitud. Ve el da y los

    cipreses y el mrmol. Ve un conjunto que es mltiple sin desorden; ve

    una ciudad, un organismo hecho de estatuas, de templos, de jardines,

    de habitaciones, de gradas, de jarrones, de capiteles, de espacios

    regulares y abiertos. Ninguna de esas fbricas (lo s) lo impresiona por

    bella; lo tocan como ahora nos tocara una maquinaria compleja, cuyo

    fin [49] ignorramos, pero en cuyo diseo se adivinara una inteligencia

    inmortal. Quiz le basta ver un solo arco, con una incomprensible

    inscripcin en eternas letras romanas. Bruscamente lo ciega y lo

    40

  • renueva esa revelacin, la Ciudad. Sabe que en ella ser un perro, o un

    nio, y que no empezar siquiera a entenderla, pero sabe tambin que

    ella vale ms que sus dioses y que la fe jurada y que todas las cinagas

    de Alemania. Droctulft abandona a los suyos y pelea por Ravena.

    Muere, y en la sepultura graban palabras que l no hubiera entendido:

    Contempsit caros, dum nos amat ille, parentes,

    Hanc patriam reputans esse, Ravenna, suam.

    No fue un traidor (los traidores no suelen inspirar epitafios pia-

    dosos); fue un iluminado, un converso. Al cabo de unas cuantas

    generaciones los longobardos que culparon al trnsfuga procedieron

    como l; se hicieron italianos, lombardos y acaso alguno de su sangre

    Aldger pudo engendrar a quienes engendraron al Alighieri...

    Muchas conjeturas cabe aplicar al acto de Droctulft; la ma es la ms

    econmica; si no es verdadera como hecho, lo ser como smbolo.

    Cuando le en el libro de Croce la historia del guerrero, sta me

    conmovi de manera inslita y tuve la impresin de recuperar, bajo

    forma diversa, algo que haba sido mo. Fugazmente pens en los

    jinetes mogoles que queran hacer de la China un infinito campo de

    pastoreo y luego envejecieron en las ciudades que haban anhelado

    destruir; no era [50] sa la memoria que yo buscaba. La encontr al fin;

    era un relato que le o alguna vez a mi abuela inglesa, que ha muerto.

    En 1872 mi abuelo Borges era jefe de las fronteras Norte y Oeste

    de Buenos Aires y Sur de Santa Fe. La comandancia estaba en Junn;

    41

  • ms all, a cuatro o cinco leguas uno de otro, la cadena de los fortines;

    ms all, lo que se denominaba entonces la Pampa y tambin Tierra

    Adentro. Alguna vez, entre maravillada y burlona, mi abuela coment

    su destino de inglesa desterrada a ese fin del mundo; le dijeron que no

    era la nica y le sealaron, meses despus, una muchacha india que

    atravesaba lentamente la plaza. Vesta dos mantas coloradas e iba

    descalza; sus crenchas eran rubias. Un soldado le dijo que otra inglesa

    quera hablar con ella. La mujer asinti; entr en la comandancia sin

    temor, pero no sin recelo. En la cobriza cara, pintarrajeada de colores

    feroces, los ojos eran de ese azul desganado que los ingleses llaman

    gris. El cuerpo era ligero, como de cierva; las manos, fuertes y huesu-

    das. Vena del desierto, de Tierra Adentro, y todo pareca quedarle

    chico: las puertas, las paredes, los muebles.

    Quiz las dos mujeres por un instante se sintieron hermanas, es-

    taban lejos de su isla querida y en un increble pas. Mi abuela enunci

    alguna pregunta; la otra le respondi con dificultad, buscando las

    palabras y repitindolas, como asombrada de un antiguo sabor. Hara

    quince aos que no hablaba el idioma natal y no le era fcil recuperar-

    lo. Dijo que era de Yorkshire, que sus padres emigraron a Buenos

    Aires, que los haba perdido en un maln, que la [51] haban llevado los

    indios y que ahora era mujer de un capitanejo, a quien ya haba dado

    dos hijos y que era muy valiente. Eso lo fue diciendo en un ingls

    rstico, entreverado de araucano o de pampa, y detrs del relato se

    vislumbraba una vida feral: los toldos de cuero de caballo, las hogueras

    de estircol, los festines de carne chamuscada o de vsceras crudas, las

    sigilosas marchas al alba; el asalto de los corrales, el alarido y el

    42

  • saqueo, la guerra, el caudaloso arreo de las haciendas por jinetes

    desnudos, la poligamia, la hediondez y la magia. A esa barbarie se

    haba rebajado una inglesa. Movida por la lstima y el escndalo, mi

    abuela la exhort a no volver. Jur ampararla, jur rescatar a sus hijos.

    La otra le contest que era feliz y volvi, esa noche, al desierto. Fran-

    cisco Borges morira poco despus en la revolucin del 74; quiz mi

    abuela, entonces, pudo percibir en la otra mujer, tambin arrebatada y

    transformada por este continente implacable, un espejo monstruoso de

    su destino...

    Todos los aos, la india rubia sola llegar a las pulperas de Junn,

    o del Fuerte Lavalle, en procura de baratijas y vicios; no apareci,

    desde la conversacin con mi abuela. Sin embargo, se vieron otra vez.

    Mi abuela haba salido a cazar; en un rancho, cerca de los baados, un

    hombre degollaba una oveja. Como en un sueo, pas la india a

    caballo. Se tir al suelo y bebi la sangre caliente. No s si lo hizo

    porque ya no poda obrar de otro modo, o como un desafo y un signo.

    Mil trescientos aos y el mar median entre el destino de la cautiva

    y el destino de Droctulft. Los dos, [52] ahora, son igualmente irrecupe-

    rables. La figura del brbaro que abraza la causa de Ravena, la figura de

    la mujer europea que opta por el desierto, pueden parecer antagnicos.

    Sin embargo, a los dos los arrebat un mpetu secreto, un mpetu ms

    hondo que la razn, y los dos acataron ese mpetu que no hubieran

    sabido justificar. Acaso las historias que he referido son una sola

    historia. El anverso y el reverso de esta moneda son, para Dios, iguales.

    A Ulrike von Khlmann

    43

  • [53]

    Biografa de Tadeo Isidoro Cruz

    (18291874)

    Im looking for the face I had

    Before the world was made.

    YEATS, The Winding Stair

    El seis de febrero de 1829, los montoneros que, hostigados ya por

    Lavalle, marchaban desde el Sur para incorporarse a las divisiones de

    Lpez, hicieron alto en una estancia cuyo nombre ignoraban, a tres o

    cuatro leguas del Pergamino; hacia el alba, uno de los hombres tuvo

    una pesadilla tenaz: en la penumbra del galpn, el confuso grito

    despert a la mujer que dorma con l. Nadie sabe lo que so, pues al

    otro da, a las cuatro, los montoneros fueron desbaratados por la

    caballera de Surez y la persecucin dur nueve leguas, hasta los

    pajonales ya lbregos, y el hombre pereci en una zanja, partido el

    crneo por un sable de las guerras del Per y del Brasil. La mujer se

    llamaba Isidora Cruz; el hijo que tuvo recibi el nombre de Tadeo

    Isidoro.

    Mi propsito no es repetir su historia. De los das y noches que la

    componen, slo me interesa una noche; del resto no referir sino lo

    44

  • indispensable para que esa noche se entienda. La aventura consta en

    un libro insigne; es decir, en un libro cuya materia puede ser todo para

    todos (I Corintios 9:22), pues es capaz de casi inagotables repeticiones,

    versiones, perversiones. Quienes han comentado, y son [54] muchos, la

    historia de Tadeo Isidoro, destacan el influjo de la llanura sobre su

    formacin, pero gauchos idnticos a l nacieron y murieron en las

    selvticas riberas del Paran y en las cuchillas orientales. Vivi, eso s,

    en un mundo de barbarie montona. Cuando, en 1874, muri de una

    viruela negra, no haba visto jams una montaa ni un pico de gas ni

    un molino. Tampoco una ciudad. En 1849, fue a Buenos Aires con una

    tropa del establecimiento de Francisco Xavier Acevedo; los troperos

    entraron en la ciudad para vaciar el cinto; Cruz, receloso, no sali de

    una fonda en el vecindario de los corrales. Pas ah muchos das,

    taciturno, durmiendo en la tierra, mateando, levantndose al alba y

    recogindose a la oracin. Comprendi (ms all de las palabras y aun

    del entendimiento) que nada tena que ver con l la ciudad. Uno de los

    peones, borracho, se burl de l. Cruz no le replic, pero en las noches

    del regreso, junto al fogn, el otro menudeaba las burlas, y entonces

    Cruz (que antes no haba demostrado rencor, ni siquiera disgusto) lo

    tendi de una pualada. Prfugo, hubo de guarecerse en un fachinal;

    noches despus, el grito de un chaj le advirti que lo haba cercado la

    polica. Prob el cuchillo en una mata; para que no le estorbaran en la

    de a pie, se quit las espuelas. Prefiri pelear a entregarse. Fue herido

    en el antebrazo, en el hombro, en la mano izquierda; malhiri a los ms

    bravos de la partida; cuando la sangre le corri entre los dedos, pele

    con ms coraje que nunca; hacia el alba, mareado por la prdida de

    sangre, lo desarmaron. El ejrcito, entonces, desempeaba una funcin

    45

  • penal; Cruz fue des-[55]tinado a un fortn de la frontera Norte. Como

    soldado raso, particip en las guerras civiles; a veces combati por su

    provincia natal, a veces en contra. El veintitrs de enero de 1856, en las

    Lagunas de Cardoso, fue uno de los treinta cristianos que, al mando del

    sargento mayor Eusebio Laprida, pelearon contra doscientos indios. En

    esa accin recibi una herida de lanza.

    En su oscura y valerosa historia abundan los hiatos. Hacia 1868 lo

    sabemos de nuevo en el Pergamino: casado o amancebado, padre de un

    hijo, dueo de una fraccin de campo. En 1869 fue nombrado sargento

    de la polica rural. Haba corregido el pasado; en aquel tiempo debi de

    considerarse feliz, aunque profundamente no lo era. (Lo esperaba,

    secreta en el porvenir, una lcida noche fundamental: la noche en que

    por fin vio su propia cara, la noche en que por fin escuch su nombre.

    Bien entendida, esa noche agota su historia; mejor dicho, un instante

    de esa noche, un acto de esa noche, porque los actos son nuestro

    smbolo.) Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en

    realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para

    siempre quin es. Cuntase que Alejandro de Macedonia vio reflejado

    su futuro de hierro en la fabulosa historia de Aquiles; Carlos XII de

    Suecia, en la de Alejandro. A Tadeo Isidoro Cruz, que no saba leer, ese

    conocimiento no le fue revelado en un libro; se vio a s mismo en un

    entrevero y un hombre. Los hechos ocurrieron as:

    En los ltimos das del mes de junio de 1870 recibi la orden de

    apresar a un malevo, que deba [56] dos muertes a la justicia. Era ste

    un desertor de las fuerzas que en la frontera Sur mandaba el coronel

    Benito Machado; en una borrachera, haba asesinado a un moreno en

    46

  • un lupanar; en otra, a un vecino del partido de Rojas; el informe

    agregaba que proceda de la Laguna Colorada. En este lugar, haca

    cuarenta aos, habanse congregado los montoneros para la desventu-

    ra que dio sus carnes a los pjaros y a los perros; de ah sali Manuel

    Mesa, que fue ejecutado en la plaza de la Victoria, mientras los tambo-

    res sonaban para que no se oyera su ira; de ah, el desconocido que

    engendr a Cruz y que pereci en una zanja, partido el crneo por un

    sable de las batallas del Per y del Brasil. Cruz haba olvidado el

    nombre del lugar; con leve pero inexplicable inquietud lo reconoci...

    El criminal, acosado por los soldados, urdi a caballo un largo laberin-

    to de idas y de venidas; stos, sin embargo, lo acorralaron la noche del

    doce de julio. Se haba guarecido en un pajonal. La tiniebla era casi

    indescifrable; Cruz y los suyos, cautelosos y a pie, avanzaron hacia las

    matas en cuya hondura trmula acechaba o dorma el hombre secreto.

    Grit un chaj; Tadeo Isidoro Cruz tuvo la impresin de haber vivido

    ya ese momento. El criminal sali de la guarida para pelearlos. Cruz lo

    entrevi, terrible; la crecida melena y la barba gris parecan comerle la

    cara. Un motivo notorio me veda referir la pelea. Bsteme recordar que

    el desertor malhiri o mat a varios de los hombres de Cruz. ste,

    mientras combata en la oscuridad (mientras su cuerpo combata en la

    oscuridad), empez a comprender. Comprendi que un destino no es

    mejor que otro, [57] pero que todo hombre debe acatar el que lleva

    adentro. Comprendi que las jinetas y el uniforme ya le estorbaban.

    Comprendi su ntimo destino de lobo, no de perro gregario; com-

    prendi que el otro era l. Amaneca en la desaforada llanura; Cruz

    arroj por tierra el quepis, grit que no iba a consentir el delito de que

    47

  • se matara a un valiente y se puso a pelear contra los soldados, junto al

    desertor Martn Fierro.

    48

  • [59]

    Emma Zunz

    El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fbrica de

    tejidos Tatbuch y Loewenthal, hall en el fondo del zagun una carta,

    fechada en el Brasil, por la que supo que su padre haba muerto. La

    engaaron, a primera vista, el sello y el sobre; luego, la inquiet la letra

    desconocida. Nueve o diez lneas borroneadas queran colmar la hoja;

    Emma ley que el seor Maier haba ingerido por error una fuerte

    dosis de veronal y haba fallecido el tres del corriente en el hospital de

    Bag. Un compaero de pensin de su padre firmaba la noticia, un tal

    Fein o Fain, de Ro Grande, que no poda saber que se diriga a la hija

    del muerto.

    Emma dej caer el papel. Su primera impresin fue de malestar

    en el vientre y en las rodillas; luego de ciega culpa, de irrealidad, de

    fro, de temor; luego, quiso ya estar en el da siguiente. Acto continuo

    comprendi que esa voluntad era intil porque la muerte de su padre

    era lo nico que haba sucedido en el mundo, y seguira sucediendo sin

    fin. Recogi el papel y se fue a su cuarto. Furtivamente lo guard en un

    cajn, como si de algn modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya

    haba empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sera. [60]

    En la creciente oscuridad, Emma llor hasta el fin de aquel da el

    suicidio de Manuel Maier, que en los antiguos das felices fue Emanuel

    Zunz. Record veraneos en una chacra, cerca de Gualeguay, record

    49

  • (trat de recordar) a su madre, record la casita de Lans que les

    remataron, record los amarillos losanges de una ventana, record el

    auto de prisin, el oprobio, record los annimos con el suelto sobre

    el desfalco del cajero, record (pero eso jams lo olvidaba) que su

    padre, la ltima noche, le haba jurado que el ladrn era Loewenthal.

    Loewenthal, Aarn Loewenthal, antes gerente de la fbrica y ahora uno

    de los dueos. Emma, desde 1916, guardaba el secreto. A nadie se lo

    haba revelado, ni siquiera a su mejor amiga, Elsa Urstein. Quiz rehua

    la profana incredulidad; quiz crea que el secreto era un vnculo entre

    ella y el ausente. Loewenthal no saba que ella saba; Emma Zunz

    derivaba de ese hecho nfimo un sentimiento de poder.

    No durmi aquella noche, y cuando la primera luz defini el rec-

    tngulo de la ventana, ya estaba perfecto su plan. Procur que ese da,

    que le pareci interminable, fuera como los otros. Haba en la fbrica

    rumores de huelga; Emma se declar, como siempre, contra toda

    violencia. A las seis, concluido el trabajo, fue con Elsa a un club de

    mujeres, que tiene gimnasio y pileta. Se inscribieron; tuvo que repetir y

    deletrear su nombre y su apellido, tuvo que festejar las bromas vulga-

    res que comentan la revisacin. Con Elsa y con la menor de las Kron-

    fuss discuti a qu cinematgrafo iran el domingo a la tarde. Luego, se

    habl de novios y nadie esper que [61] Emma hablara. En abril

    cumplira diecinueve aos, pero los hombres le inspiraban, an, un

    temor casi patolgico... De vuelta, prepar una sopa de tapioca y unas

    legumbres, comi temprano, se acost y se oblig a dormir. As,

    laborioso y trivial, pas el viernes quince, la vspera.

    50

  • El sbado, la impaciencia la despert. La impaciencia, no la in-

    quietud, y el singular alivio de estar en aquel da, por fin. Ya no tena

    que tramar y que imaginar; dentro de algunas horas alcanzara la

    simplicidad de los hechos. Ley en La Prensa que el Nordstjrnan, de

    Malm, zarpara esa noche del dique 3; llam por telfono a Loewent-

    hal, insinu que deseaba comunicar, sin que lo supieran las otras, algo

    sobre la huelga y prometi pasar por el escritorio, al oscurecer. Le

    temblaba la voz; el temblor convena a una delatora. Ningn otro hecho

    memorable ocurri esa maana. Emma trabaj hasta las doce y fij con

    Elsa y con Perla Kronfuss los pormenores del paseo del domingo. Se

    acost despus de almorzar y recapitul, cerrados los ojos, el plan que

    haba tramado. Pens que la etapa final sera menos horrible que la

    primera y que le deparara, sin duda, el sabor de la victoria y de la

    justicia. De pronto, alarmada, se levant y corri al cajn de la cmoda.

    Lo abri; debajo del retrato de Milton Sills, donde la haba dejado la

    antenoche, estaba la carta de Fain. Nadie poda haberla visto; la empe-

    z a leer y la rompi.

    Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sera difcil y

    quiz improcedente. Un atributo de lo infernal es la irrealidad, un

    atributo que parece [62] mitigar sus terrores y que los agrava tal vez.

    Cmo hacer verosmil una accin en la que casi no crey quien la

    ejecutaba, cmo recuperar ese breve caos que hoy la memoria de

    Emma Zunz repudia y confunde? Emma viva por Almagro, en la calle

    Liniers; nos consta que esa tarde fue al puerto. Acaso en el infame

    Paseo de Julio se vio multiplicada en espejos, publicada por luces y

    desnudada por los ojos hambrientos, pero ms razonable es conjeturar

    51

  • que al principio err, inadvertida, por la indiferente recova... Entr en

    dos o tres bares, vio la rutina o los manejos de otras mujeres. Dio al fin

    con hombres del Nordstjrnan. De uno, muy joven, temi que le

    inspirara alguna ternura y opt por otro, quiz ms bajo que ella y

    grosero, para que la pureza del horror no fuera mitigada. El hombre la

    condujo a una puerta y despus a un turbio zagun y despus a una

    escalera tortuosa y despus a un vestbulo (en el que haba una vidriera

    con losanges idnticos a los de la casa en Lans) y despus a un pasillo

    y despus a una puerta que se cerr. Los hechos graves estn fuera del

    tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como tronchado

    del porvenir, ya porque no parecen consecutivas las partes que los

    forman.

    En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de

    sensaciones inconexas y atroces, pens Emma Zunz una sola vez en el

    muerto que motivaba el sacrificio? Yo tengo para m que pens una vez

    y que en ese momento peligr su desesperado propsito. Pens (no

    pudo no pensar) que su padre le haba hecho a su madre la cosa

    horrible que a [63] ella ahora le hacan. Lo pens con dbil asombro y

    se refugi, en seguida, en el vrtigo. El hombre, sueco o finlands, no

    hablaba espaol; fue una herramienta para Emma como sta lo fue

    para l, pero ella sirvi para el goce y l para la justicia.

    Cuando se qued sola, Emma no abri en seguida los ojos. En la

    mesa de luz estaba el dinero que haba dejado el hombre: Emma se

    incorpor y lo rompi como antes haba roto la carta. Romper dinero

    es una impiedad, como tirar el pan; Emma se arrepinti, apenas lo

    hizo. Un acto de soberbia y en aquel da... El temor se perdi en la

    52

  • tristeza de su cuerpo, en el asco. El asco y la tristeza la encadenaban,

    pero Emma lentamente se levant y procedi a vestirse. En el cuarto no

    quedaban colores vivos; el ltimo crepsculo se agravaba. Emma pudo

    salir sin que la advirtieran; en la esquina subi a un Lacroze, que iba al

    oeste. Eligi, conforme a su plan, el asiento ms delantero, para que no

    le vieran la cara. Quiz le confort verificar, en el inspido trajn de las

    calles, que lo acaecido no haba contaminado las cosas. Viaj por

    barrios decrecientes y opacos, vindolos y olvidndolos en el acto, y se

    ape en una de las bocacalles de Warnes. Paradjicamente su fatiga

    vena a ser una fuerza, pues la obligaba a concentrarse en los pormeno-

    res de la aventura y le ocultaba el fondo y el fin.

    Aarn Loewenthal era, para todos, un hombre serio; para sus po-

    cos ntimos, un avaro. Viva en los altos de la fbrica, solo. Establecido

    en el desmantelado arrabal, tema a los ladrones; en el patio de la

    fbrica haba un gran perro y en el cajn de su es-[64]critorio, nadie lo

    ignoraba, un revlver. Haba llorado con decoro, el ao anterior, la

    inesperada muerte de su mujer una Gauss, que le trajo una buena

    dote!, pero el dinero era su verdadera pasin. Con ntimo bochorno

    se saba menos apto para ganarlo que para conservarlo. Era muy

    religioso; crea tener con el Seor un pacto secreto, que lo exima de

    obrar bien, a trueque de oraciones y devociones. Calvo, corpulento,

    enlutado, de quevedos ahumados y barba rubia, esperaba de pie, junto

    a la ventana, el informe confidencial de la obrera Zunz.

    La vio empujar la verja (que l haba entornado a propsito) y

    cruzar el patio sombro. La vio hacer un pequeo rodeo cuando el

    perro atado ladr. Los labios de Emma se atareaban como los de quien

    53

  • reza en voz baja; cansados, repetan la sentencia que el seor Loewent-

    hal oira antes de morir.

    Las cosas no ocurrieron como haba previsto Emma Zunz. Desde

    la madrugada anterior, ella se haba soado muchas veces, dirigiendo

    el firme revlver, forzando al miserable a confesar la miserable culpa y

    exponiendo la intrpida estratagema que permitira a la justicia de

    Dios triunfar de la justicia humana. (No por temor, sino por ser un

    instrumento de la justicia, ella no quera ser castigada.) Luego, un solo

    balazo en mitad del pecho rubricara la suerte de Loewenthal. Pero las

    cosas no ocurrieron as.

    Ante Aarn Loewenthal, ms que la urgencia de vengar a su pa-

    dre, Emma sinti la de castigar el ultraje padecido por ello. No poda

    no matarlo, despus de esa minuciosa deshonra. Tampoco tena

    tiempo [65] que perder en teatraleras. Sentada, tmida, pidi excusas a

    Loewenthal, invoc (a fuer de delatora) las obligaciones de la lealtad,

    pronunci algunos nombres, dio a entender otros y se cort como si la

    venciera el temor. Logr que Loewenthal saliera a buscar una copa de

    agua. Cuando ste, incrdulo de tales aspavientos, pero indulgente,

    volvi del comedor, Emma ya haba sacado del cajn el pesado revl-

    ver. Apret el gatillo dos veces. El considerable cuerpo se desplom

    como si los estampidos y el humo lo hubieran roto, el vaso de agua se

    rompi, la cara la mir con asombro y clera, la boca de la cara la