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este es un trabajo para español basado en una novela basado en un escritor panameños .

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  • EL AHOGADO

    Novela

  • TRISTAN SOLARTE

    EL AHOGADO

    Novela

  • Impreso en Panam por Talleres Dilogo S.A., Apartado 9A -192,

    Telfono: 26 - 6971, Panam, R . de P.

  • Indice

    Pg.

    VI Introduccin

    Primera parte

    1 Captulo I

    7 Captulo II

    13 Captulo III

    17 Captulo IV

    34 Captulo V

    Segunda parte . Los testigos

    51 Captulo I

    55 Captulo II . El Testimonio de Orlando

    71 Captulo III . El Testimonio del padre Gonzlez

    89 Captulo IV . Un curioso Testimonio

    95 Captulo V. Fragmentos de un testimonio .

    (La tarde de ese da)

    103 Captulo VI . En el cuarto de Rafael

    (Al da siguiente)

    117 Eplogo

    V

  • INTRODUCCION

    Noche oscura, con fuerte viento del sur. Acaban de dar las

    once, pero ya las calles de Bocas del Toro estn desiertas . Un

    grupo de perros vagabundos alla histricamente su miedo al

    celo tenebroso.

    Rafael viene de regreso . El viento le cie la ropa al cuerpo .

    En la boca, un cigarrillo le ilumina intermitentemente el ros-

    tro pensativo. Tiene una mano metida en el bolsillo ; con la

    otra se acaricia el pelo negro cortado casi a rape .

    Apenas cuenta diecisiete aos de edad, es poeta y se deja

    penetrar por el misterio de la noche, por los presagios que

    azuzan a los perros, por el soplo cardaco del ocano que,

    unos metros ms all, vigila al pueblo echado a sus pes co-

    mo un perro enorme, negro y celoso .

    Ni una lucecita en el celo, Dios mo!, ni una estrella ; a

    este paso se quedar sola la tierra . Cul es el origen entonces

    de esta felicidad?

    La tierra sola en el espacio una pelota agujereada que rueda

    ciegamente y rueda y rueda sin objeto y sin meta y rueda y

    rueda solitaria ceida por una levsima gasa de oxgeno que se

    acaba y se acaba y acabar en las fauces del perro la pelota la

    pelota

    Juega con las slabas sin sentido Rafaelito trisca trinos Tri-

    nidad trina tiros tira trinos. La noche todo lo permite . Se di-

    ra que la nostalgia ha tocado fondo ; que las sombras van a

    devolverle el paraso perdido de su infancia con sus callejones

    hmedos y retorcidos, sus tambos plagados de misterios i el

    patio de las revelaciones .

    Se detiene debajo de un farol y, apoyando el pe izquierdo

    VII

  • en la base de cemento, se ajusta los cordones del zapato .

    Ahora podemos verlo mejor. Es bajo de estatura. Labios lige-

    ramente crespos, nariz respingona, pestaas tan abundantes

    que apenas si dejan entrever los ojos negros, luminosos . Ce-

    jas asimismo pobladas, frente tersa y no muy amplia ; manos

    largas, dedos nudosos. En el anular izquierdo luce una sor-

    tija de plata

    Prosigue su camino, silbando suavemente una meloda po-

    pular. Ha dejado caer la colilla del cigarrillo en un charco

    formado por la lluvia en mitad de la calle . S; las calles de Bo-

    cas del Toro se hallan en muy mal estado : repletas de baches

    y de yerbajos que locamente se aferran a la miserable tierra

    arenosa de las orillas. La condicin de las casas es simplemen-

    te desastrosa ., despintadas, la madera carcomida por la polilla

    y por el vaho corrosivo del mar.

    Pero nada de esto tiene que ver con un poeta adolescen-

    te que camina a las once de la noche . Y no por falta de amor

    a su pueblo natal, ciertamente ; pero su amor abarca la deca-

    dencia de las cosas y, hasta cierto punto, de ella se alimenta .

    No hay palabras para describir la ternura que inspira la vista

    de un solar vaco, antao ocupado por una hermosa casa de

    dos pisos y hoy cubierto de monte y de latas .

    Ya est frente a su casa, su pequea casa de madera con

    los helechos y flores del balcn, amorosamente cuidados por

    la abuela Sube las escaleras decrpitas. Sonriendo maliciosa-

    mente, abre la puerta y entra con grandes precauciones para

    no despertar a la vieja. Al pasar frente al cuarto de sta, su

    ronquido familiar le llega pleno y sonoro, como una seal de

    buen agero, de que todo est en orden. Atraviesa de punti-

    llas el pasillo, y abre la puerta de su cuarto, situado en el otro

    extremo de la casita Enciende la luz .

    Es una habitacin relativamente amplia, amueblada con

    sencillez : una cama de hierro junto a la pared, una cmoda,

    un armario . En la pared opuesta, un pequeo escritorio y un

    VIII

  • taburete. Empotrada en la pared, una biblioteca con medio

    centenar de volmenes incluyendo varios ejemplares de las

    dos obras que lleva publicadas; "Cancin de Amor" y "Fal-

    sos Testimonios" En la cabecera del lecho un retrato de

    Garca Lorca.

    Se desviste lentamente, sin dejar de sonrer. Apaga la luz y,

    completamente desnudo, se mete en la cama . Con los ojos

    cerrados espera pacientemente a que el poema que ha veni-

    do anuncindose todo el da se materialice en un soneto per-

    fecto. Una a una se irn encadenando las slabas embriaga-

    doras. Conoce bien los sntomas . Aguarda. Aguarda. . . ;pero

    el que llega es el sueo, con sus limbos grises y sus incoheren-

    cias.

    En esa duermevela lo sorprenden . Siente, casi en sueos,

    los pasos que se acercan a su lecho, sigilosamente . Siente la

    mano que levanta el pual; siente la rfaga negra que irrum-

    pe en su alcoba . . siente. . . y sonre en sueos.

    A las dos de la madrugada se desat un violentsimo agua-

    cero que se prolongo, con breves pausas y escampadas, hasta

    el amanecer.

    El da nace turbio, hmedo y melanclico . Heladas rfagas

    de viento se enredan en la; esquinas. Calle tercera, empozada

    por el deficiente sistema de desage, est intransitable. Al-

    gunos peatones, descalzos y con los pantalones subidos hasta

    la rodilla, cruzan chapoteando, desdeosamente contempla-

    dos por oscuros gallinazos ateridos de fro en los techos de

    zinc.

    El pueblo despierta lenta y perezosamente, bostezando y

    dando portazos. Un hombre sacude a su hijita de ocho aos

    que se debate dulcemente en el centro de un sueo agrada-

    bilsimo. . . una vieja, con la canasta de hacer las compras col-

    gndole del brazo, mira con rencor las calles anegadas. . . una

    joven pareja de amantes hace an ms ceido el abrazo matu-

    tino; ambos tienen los ojos cerrados; en la misma cuadra, una

    IX

  • madre calienta la leche en la cocina mientras desde el fondo

    de la casa su pequeo de tres meses arma una gritera de to-

    dos los diablos. . . el sastre y su rolliza esposa abren los ojos

    a la primera maana de matrimonio . . . el viejo pescador es-

    cruta ansiosamente el mar borrascoso que rodea la isla de

    Bocas del Toro y las otras islas de ese enorme y bello archi-

    pilago situado al noroeste de la Repblica de Panam . Im-

    posible pescar hoy, se dice ; una vez ms el clima le ha jugado

    una mala pasada .

    A las nueve de la maana, pese al obstculo que le oponan

    las calles anegadas, la noticia haba atravesado la ciudad de

    un extremo al otro. Y un terror indescriptible estruj a sus

    habitantes.

    El pasado del archipilago es una cmara de horrores . De

    ah que cualquier hecho de sangre reviva en los espritus

    viejos miedos latentes. Algo qued rezagado en las islas, pren-

    dido de las lianas del monte, acechando en los manglares,

    presto a irrumpir tumultuosamente en el presente . Hay un

    peso muy grande enterrado en el corazn, algo muy podrido

    surca la corriente sangunea poblando los sueos de signos sin

    clave. Cualquier crimen hace surgir, aun en los hombres ms

    sensatos, una horrenda sensacin de culpabilidad, de com-

    plicidad.

    Un pesado estupor descendi sobre Bocas del Toro .

  • PRIMERA PARTE

    APUNTES DEL DOCTOR MARTINEZ

  • CAPITULO 1

    Voy a aprovechar estas noches de insomnio -interminables,

    delirantes- para ordenar mis viejas notas sobre el asesinato de

    Rafael. Despus de pensarlo mucho, he llegado a la conclu-

    sin de que si recorro de nuevo, sistemticamente, de prin-

    cipio a fin, "los viejos caminos", quizs consiga neutralizar el

    veneno que destilan mis recuerdos. Todos mis recuerdos : los

    de mi madre, los de mi niez, los de mis mocedades. Y, espe-

    cialmente, los de Bocas del Toro, donde me hice hombre y

    mdico. Recuerdos de las gentes de Bocas del Toro . Recuerdos

    de Carmen, la dulce Carmen, destinada a una muerte prema-

    tura. Recuerdos de Leonor : recuerdos de aquella joven ex-

    traordinariamente esbelta y bella, cuyos ojos verdes posean

    la misteriosa cualidad de absorber y reflejar toda la claridad

    del paisaje marino. Recuerdos de la muchacha que fue mi pri-

    mer amor. Amor no correspondido, es cierto, pero eso qu

    importa. Cuando el insomnio o el sueo me devuelven su ima-

    gen, la acepto con gratitud, humildemente. Recuerdos de Ra-

    fael. Recuerdos de un crimen que estuvo a punto de desqui-

    ciarme. Conservo varios recortes de prensa. Voy a transcribir

    los titulares escandalosos de uno de ellos: "MONSTRUOSO

    CRIMEN EN BOCAS DEL TORO. LA VICTIMA ERA UNA

    DE LAS MAS DISTINGUIDAS FIGURAS DE LA LITERA-

    TURA PANAMEA" .

    El texto, pese a estar redactado en la truculenta jerga del

    oficio, recoge con bastante fidelidad lo ocurrido . A las ocho

    de la maana la abuela de Rafael entr al cuarto de su nieto,

    a llevarle, segn tena por costumbre, el desayuno . Al abrir la

    puerta, lanz un grito y cay al suelo desmayada. Al ruido

    1

  • acudieron los vecinos, y vieron espantados la causa de la con-

    mocin : Rafael yaca desnudo en la cama, en medio de un

    charco de sangre .

    La noticia recoge la perplejidad de las autoridades, y del

    pblico en general, por la aparente ausencia de mvil . Con-

    signa, secamente, la simpata y estima que todo el mundo

    senta por el poeta ; su vida ejemplar consagrada, exclusiva-

    mente a la realizacin de su obra . No tena un enemigo . Algu-

    nos aventuraron la teora de que slo un loco pudo cometer

    el crimen .

    "Rafael viva en una pequea casa del pueblo en compaa

    de su abuela, su nico familiar. Los padres del poeta murie-

    ron cuando ste era un nio de corta edad" .

    "La abuela ha sufrido un ataque al corazn, y el mdico la

    est atendiendo" .

    Siguen unos prrafos casi lricos que pretenden hacer el pa-

    negrico del poeta genial de diecisiete aos, que tambin se

    distingui como pintor y como cantante . Los paso por alto,

    porque lo que Rafael era, prefiero decirlo yo mismo con mis

    propias palabras .

    En una pequea caja de cedro guardo algunos objetos

    preciosos. Ya hice alusin al recorte del diario . Mencionar,

    adems, una carta amarillenta y reseca, sin firma ; un testa-

    mento, tres poemas inditos, dos fotos : la primera es de

    Leonor, sentada en la playa, en traje de bao, con el mar de

    fondo. Como fue tomada desde lejos, no se le distinguen bien

    las facciones ; pero estas se hallan ntidamente impresas

    en mi memoria. La contemplo ahora, y siento que el viejo

    amor desesperado, aquel amor que nunca me atrev a confe-

    sarle -por timidez, por miedo a que me rechazara, vaya us-

    ted a saber!- no ha muerto del todo. Ignoro qu me intimi-

    daba ms en la muchacha: si los ojos verdes o la piel curiosa-

    mente dorada, o las manos largas o los labios llenos, o el aire

    de severa castidad que mantena a distancia a la juventud

    2

  • masculina bocatorea (a sus veintids aos, an no se le ha-

    ba conocido novio) .

    La otra foto tampoco es clara . Una muchacha en calle

    cuarta. S que se trata de Carmen, porque yo mismo la tom .

    Con Carmen s me falla la memoria . Lo nico que conservo

    de ella es su fragilidad y la dulzura de su carcter, y su paso

    de sueo por mi vida .

    En cuanto a los poemas . . . silencio! Si de m depende,

    jams se publicarn. Cuando sienta que la muerte se aproxi-

    me, los quemar ;

    Dios mo! El espectculo que ofreci Bocas del Toro a mis

    ojos de recin llegado . Las calles, los parques, las casas de ma-

    dera: todo se derrumbaba .

    Hace treinta y cinco aos Bocas del Toro era la tercera ciu-

    dad en importancia de la repblica, gracias a los buenos pre-

    cios del banano, prspera actividad que mantena en elevado

    nivel general de vida . Sbitamente, una misteriosa plaga arra-

    s las plantaciones de tierra firme y, entre una cosa y otra,

    qued reducido Bocas del Toro a un ruinoso pueblecito de

    dos mil habitantes, nostlgicos de los buenos tiempos . En el

    momento de tomar posesin de mi nuevo cargo de Direc-

    tor - Mdico del Hospital Provincial" -el ttulo pomposo

    no se justificaba : en realidad era yo el nico mdico del hos-

    pital y del puebla- Bocas del Toro se hallaba en trance de

    muerte. De su poca de oro slo subsistan el recuerdo de los

    mayores y el simtrico trazado de una ciudad construida para

    albergar seis veces ms habitantes.

    Empero, tena su encanto -y no me refiero slo al paisaje

    maravilloso, sino al propio pueblo-, un encanto melanclico

    3

  • hecho de nostalgia y de presentimientos . Durante un ao ju-

    gu con la idea de establecerme all definitivamente, idea ali-

    mentada por la amable acogida que me dispensaron los boca-

    toreos, por mi relativo bienestar econmico, y por las satis-

    facciones de orden espiritual que me proporcionaron el amor

    a Leonor y la amistad de Rafael, todo ello en contraste con la

    srdida y triste vida de mi niez y adolescencia, transcurridas

    en un cuarto hmedo y maloliente del Maran .

    Fue una infancia atros la ma . Sombras, malhumor, hambre,

    lavaderos atestados de mujeres maldicientes .

    A los cinco aos de edad presenci, desde los brazos de mi

    madre, la masacre de octubre de 1925 en la plaza de Santa

    Ana con que se liquid el movimiento inquilinario y la huel-

    ga de no pago. Mi madre, como la mayora de los vecinos,

    particip activamente en la lucha, participacin que an hoy

    me enorgullece .

    La pobre, a fuerza de lavar ropa, me coste los estudios

    primarios y secundarios. Nunca olvidar su mirada de triunfo

    cuando obtuve el bachillerato, y, ms tarde, cuando le anun-

    ci que me haba ganado una beca para estudiar medicina en

    un pas sudamericano. Tampoco olvidar nuestra despedida :

    el abrazo estrecho de hijo y madre en el muelle, ni las prome-

    sas desesperadas de ltima hora. Acicateado por el recuerdo

    de su rostro moreno y por sus cartas semanales (trabajosa-

    mente escritas, llenas de faltas de ortografa y de manchones

    de grasa) estudi con un furor lindante en la locura . Ya prxi-

    mo a recibirme de mdico, lleg el cablegrama, cruelmente la-

    cnico, anuncindome su muerte .

    Despus de la graduacin regres a Panam, porque en rea-

    4

  • lidad no saba adnde dirigirme ; pero nadie me esper en el

    aeropuerto : yo era el ltimo miembro de mi familia.

    El ltimo, el nico miembro de mi familia, me repet una

    y otra vez mientras los funcionarios de Aduana recorran mis

    escasas pertenencias .

    Resignadamente cumpl mi ao de internado en el Hos-

    pital Santo Toms, al trmino del cual me cit a su despacho

    el Director de la institucin para ofrecerme el cargo en Bocas

    del Toro . Ms que ofrecimiento, era una orden .

    S ; me encontraba a gusto en Bocas del Toro . A gusto y

    enamorado. Leonor entr en mi vida en el momento ms

    oportuno. Ahto de soledad, de pensiones y cuartos de hospi-

    tal, senta la necesidad, la urgencia mejor dicho, de fundar fa-

    milia y tener un hogar propio .

    Conoc a Leonor, y en su rostro vi los hijos y los nietos

    hermosos que podra tener, y la sucesin de aos y aconteci-

    mientos menudos y la plcida rutina de una existencia sin sa-

    cudidas, al cabo de la cual ella y yo compartiramos el silen-

    cio eterno y bajo las arenas del pequeo cementerio .

    Pero una noche lluviosa descargaron una pualada sobre el

    pecho de Rafael .

    Del fondo de la cajita he buceado el protocolo de la autopsia

    que, por orden del fiscal, tuve que hacerle a mi amigo ms

    querido. Y fue como si tambin hubiera buceado, del fondo

    de los aos, el da ms amargo de mi vida .

    5

  • CAPITULO II

    Sobre una mesa de hierro yaca el cadver de Rafael, cubierto

    de pies a cabeza por una sbana . El olor a formalina, la reso-

    nancia de templo, el silencio que oprima los sonidos me de-

    volvieron vvidamente horas que dara cualquier cosa por

    poder olvidar .

    Y volv a experimentar aquella nusea que casi me hizo

    abandonar mis estudios, y que tanto me cost vencer. Nusea

    indisolublemente asociada a mi profesor de Patologa, a sus

    bromas estpidas, a su vulgaridad, a sus irreverencias. Memen-

    to, todava lo oigo decir izando triunfalmente, ante la veinte-

    na de mozos enfundados en rados guardapolvos, un hgado

    erizado de granulaciones : Hermanos : recordad que morir ha-

    bemos. Guardaos de la caa y de la grapa, del vino y de las

    cervezas. A continuacin, en su mejor acento lunfardo, ex-

    pulsando las palabras por una esquina de la boca :

    Recuerde el alma dormida

    avive el seso y despierte

    contemplando,

    cmo se pasa la vida

    cmo se viene la muerte,

    tan callando. . .

    Profanacin que, agregada a la nusea y a mi nostalgia en

    carne viva, me hacen concebir una serie de desatinos, entre

    ellos el de embarcarme al da siguiente de regreso a Panam .

    Tuve que poner en juego toda mi fuerza de voluntad para

    7

  • espantar los fantasmas ; pero las coplas de Manrique conti-

    nuaron encadenndose por su cuenta en mi memoria :

    Despus de tan bien servida

    la corona de su rey

    verdadero

    Cmo era, cmo era?

    Vino la muerte a llamar. . .

    Y tambin

    Cuando se presenta airada,

    todo lo pasa de claro

    con su flecha. . .

    Todo. Milagro potico y pureza de alma . Y aquella forma de

    recitar, como embelesndose en la contemplacin de indeci-

    bles maravillas, mientras las manos jugaban prodigiosamen-

    te al juego de las palabras; la forma de cantar, entrecerrando

    los ojos, aquellas canciones bellsimas .

    As que todo ha terminado . Aquel meteoro cegador se ha-

    ba consumido, y el viento ahora dispersara sus cenizas por

    el archipilago .

    Avanc resueltamente y, hacindome enorme violencia,

    descubr el rostro del muerto . Tuve que retroceder un paso .

    Aquella cara, otrora tan animada y expresiva, luca amari-

    llenta, indiferente, afeada por la palidez griscea de la maana .

    - Dios mo -supliqu- dame fuerzas para realizar esta

    asquerosa tarea!

    Las pestaas intrincadas de Rafael haban cado defini-

    tivamente, como un teln. Los labios crespos eternizaran

    en adelante -imposible pensar en la podredumbre- un si-

    8

  • silencio carente de significacin y de contenido. No hay otra

    forma de expresarlo . Conforme lo miraba, el rostro del poeta

    se tornaba ms ptreo, ms inanimado y vaco . Comprend

    que la cosa no iba a ser tan tremenda como haba temido. Un

    cadver ms, entre los miles que me haba tocado abrir. Un

    cadver ms. Mi pulso recuper su ritmo normal, y las ma-

    nos adquirieron mayor firmeza. A la vez, sin embargo, el

    rostro del poeta vivo se pos en mi memoria al lado del

    muerto. Y a pesar de que as no haca sino contrastar ms

    agudamente lo poco que ambos tenan en comn, ah, en

    mi recuerdo en carne viva, s que la imagen resultaba dolo-

    rosa .

    Entrecerr los ojos. Una rfaga de aire preado de lluvia se

    col por la ventana ponindome la carne de gallina. Los abr ;

    el muerto segua aguardando .

    Y en el mismo instante record cmo ese mismo rostro, de

    rasgos ms bien comunes, sola transfigurarse cuando su due-

    o recitaba. Cmo entonces, sumido en una suerte de em-

    briaguez potica, las pupilas desaparecan detrs de las pesta-

    as. Cambiaba el marco, los versos -suyos o ajenos-, el au-

    ditorio . Una noche de luna en el balcn de mi casa situada

    a la orilla del mar, frente al hospital . Rafael hundido en un

    silln, con las manos trenzadas detrs de la nuca, en casa de

    Carmen, en la Sala brillantemente iluminada . La penumbra

    acongojante de una apartada callejuela por la que pasabamos

    los dos solos a altas horas de la noche. Un atardecer lluvio-

    so, un atardecer dorado y sereno, en una de las islas veci-

    nas, o en el bote cuando volvamos de una de nuestras ex-

    cursiones fantsticas .

    Pero era preciso apartar los recuerdos, y volver a la de-

    solada realidad de la Morgue . Si aqullos continuaban

    afluyendo desordenadamente, no podra poner pianos a

    la obra. No podra rajar el pecho y el vientre de ni ami-

    go para echarle una ojeada a sus vsceras .

    9

  • De un aparador saqu el par de guantes destinado a las

    autopsias, Empec a ponrmelos, abstrado, mirando por la

    ventana las tapias musgosas del cementerio, situado a unos

    cincuenta metros de distancia. Algunas cruces sobresalan

    recortndose contra la arboleda que cierra la ciudad . El mar

    clamaba enronquecido, cerca, muy cerca .

    Seis meses atrs, Rafael, Carmen y yo habamos pa-

    seado por las vecindades de hospital . Hablbamos de to-

    do un poco, disfrutando el aire fresco del atardecer des-

    pus de un da sofocante . Sin que que nos lo hubisemos

    propuesto, al rato nos encontramos en el cementerio .

    El cementerio de Bocas del Toro es un lugar aterrador .

    Pocos metros lo separan del mar. La mayora de las tumbas

    consiste en humildes montoncitos de tierra, invadidos por la

    maleza y por florecillas silvestres de indecentes colores . El

    cementerio es, tambin, una ciudad de cangrejos (cancerpo-

    lis, le deca Rafael) que pululan por todas partes, profanando

    las tumbas con su grotesco caminar, el carapacho ruidoso

    centelleando al sol o a la luna. El canto del mar adquiere all

    sus notas ms lgubres.

    Despus de consagrarle unos minutos de respetuoso silen-

    cio, salimos del cementerio . En el camino de regreso, Carmen

    se colg del brazo de Rafael . Caminbamos lenta y pensati-

    vamente, sin decir palabra. A la altura del hospital, en Aveni-

    da "G", Rafael nos detuvo . Quiero que oigan esto, dijo, lo es-

    crib ayer. Se titula "Sermn en un Cementerio" .

    Y se puso a recitar . Y fue como si hablara el mismo cemen-

    terio para contar la historia de sus principales inquilinos . Nos

    enteramos de la trgica suerte de Garza y de sus nostlgicas

    visiones: una perspectiva de cactus y de arenas calcinadas .

    Omos a Tadeo Brown llorando la prdida de una mulata .

    Y confusas querellas de piratas, y el robo de un alambique,

    y una batalla campal por la posesin de un mago estril . Y

    una muchacha inhumada con el traje de novia puesto . Y al-

    1 0

  • guien cuyo nico deseo era volver a escuchar el canto del ca-

    pacho en una noche sin luna . Conforme avanzaba el poema

    crecan los rumores y las quejas, enlazndose en un melodio-

    so contrapunto que en mi interior se enriqueca con mis pe-

    nas personales. Los versos eran, tambin, una elega a Bocas

    del Toro y un treno anticipado por la muerte del propio poe-

    ta.

    Los ojos de la muchacha se humedecieron, y no pude me-

    nos que notar la forma desesperada en que oprima el brazo

    de Rafael. Largo rato guardamos silencio, tocados por las

    palabras del poeta y por el crepsculo que abrasaba el po-

    niente .

    Toma el bistur ; inicia la autopsia . No pienses en Carmen ;

    no pienses en esa muchacha delicada . No pretendas imaginar

    siquiera lo que debe estar sufriendo en este momento, ella

    que admiraba y quera a Rafael ms que nadie en el inundo,

    y a quien Rafael profesaba una suerte de veneracin . Carmen

    era algo muy especial para l . Con ninguna otra persona se

    mostraba tan solcito y amoroso .

    Carmen. . . a los dos das de estar en Bocas del Toro, se or-

    ganiz un paseo a una isla vecina para despedir al mdico que

    viene a reemplazar, ya la vez para darme la bienvenida . De

    eso haca ms de un ao . Ya haba conocido a Rafael . Duran-

    te dos horas habamos caminado por la playa, descubrin-

    donos mutuamente. Cansado de vagar, nos sentamos sobre la

    hierba que bordeaba la playa, bajo un arbusto de almendra .

    Cerca, los otros miembros del grupo -en su mayora jve-

    nes de ambos sexos- se baaban en el mar, jugando y gritan-

    do .

    -Conoce Usted a Carmen?- me pregunt inesperadamente

    Rafael .

    -No recuerdo . . . -respond.

    -Pues debe conocerla. Vale la pena. Es la que est sentada

    debajo de la sombrilla .

    1 1

  • Una muchacha vestida de verde, pequea y delgada. No

    pude distinguir sus facciones .

    Entonces el poeta, bajando confidencialmente la voz, dijo

    una cosa rarsima . Dijo me hubiera gustado que fuera mi ma-

    dre, y mientras yo lo miraba con los ojos muy abiertos, l aga-

    ch la cabeza, como avergonzado de sus palabras .

    Hund vigorosamente el bistur en la carne muerta de Ra-

    fael .

    1 2

  • CAPITULO III

    Cuando, a las cuatro de la tarde, llegu a la iglesia abarrotada,

    ya se haban iniciado los servicios . Abrindome paso a punta

    de sonrisas, empujones y disculpas, logr situarme cerca del

    atad, al pie del cual el padre Gonzlez, deshecho por la pe-

    na, oficiaba las honras. Llorando a lgrima viva, tembloroso,

    ni siquiera se esforzaba en disimular su emocin .

    Era natural. En una de sus raras y reticentes confidencias,

    Rafael me cont que a l se lo debo todo . El me dio mis pri-

    meras lecciones de msica y de canto, y me ense Precep-

    tiva, y me descubri a los clsicos espaoles, y ocup el lu-

    gar de mi padre . Por ms lejos que remonte el curso de mi vi-

    da, me encuentro con l . Mis primeros recuerdos no son de

    mi abuela, sino del padre Gonzlez. Lo veo leyndome en voz

    alta a San Juan de la Cruz, o denuncindome un alejandrino

    cojo de mis primeros poemas .

    Sobre el atad, una gruesa corona de flores . Otras coronas,

    ms modestas, se amontonaban contra la pared .

    La tarde segua amenazando lluvia, y aparte del crculo

    trazado por la luz de los cuatro candelabros, el templo estaba

    sumido en la penumbra.

    Al lado del padre Gonzlez, dndome la espalda, la cabeza

    tocada por una vaporosa mantilla negra, Leonor. La imagen

    sugera autntico dolor, bien que mitigado por la caracters-

    tica reserva de la muchacha .

    En tomo del atad se apretujaban varios conocidos, singu-

    larmente tristes. La luz vacilante de las velas acrecentaba esa

    tristeza. Y de repente, como un relmpago, me hiri la idea

    de que uno de los presentes poda ser el asesino . Vala la

    1 3

  • pena observar con mayor atencin los rostros compungidos

    que tena enfrente .

    Ah estaba el padre de Leonor, rechoncho y bonachn,

    impecablemente vestido de blanco . Al lado, su esposa . Los

    aos an no la haban despojado por entero de sus encantos .

    Vindola, no era difcil adivinar de quin haba heredado

    Leonor su belleza . Junto a ella, vago y lejano, don Hernan-

    do, alto empleado pblico . Su presencia all era de pura

    frmula. Era un hombre enjuto y envejecido, muy dado al

    licor. Su vida social estaba circunscrita a la cantina y a unos

    cuantos amigotes, compaeros de parranda . Viva amance-

    bado con una robusta y atrayente dama negra que, segn

    las hablillas, era de fuego y le pona los cuernos, descarada-

    mente, con varios a la vez . Las relaciones de don Hernan-

    do con Rafael se reducan a una distrada inclinacin de

    cabeza cuando se encontraban en la calle ; pero haba venido,

    como tantos otros, impulsado por ese curioso sentimiento,

    mezcla de solidaridad y culpabilidad, que se haba adueado

    de todos los bocatoreos . Detrs de l, Orlando. La luz mor-

    tecina le arrancaba a su rostro una expresin de reconcen-

    trada malignidad . Nunca pude explicarme la gran amistad que

    lo una a Rafael . Imposible imaginar dos personas ms dife-

    rentes. Orlando era el reverso de la medalla : mozo de veinti-

    ds aos, de regular estatura, pelo muy crespo, ojos casta-

    os, labios finos y nariz perfilada . Borrachn, pendenciero,

    insigne jugador de billar, de pker y dados . Sumamente afor-

    tunado con las mujeres, en especial las negras y mulatas .

    No obstante su corta edad, tena un record policial impo-

    nente que inclua una condena de seis meses por haber apu-

    alado a un marido celoso . Qu poda ver en l Rafael? El

    poeta no era jugador. En cuanto al licor, nunca pasaba de un

    par de copas. Nada tena en comn con ese mozo repulsivo .

    Y sin embargo, no era raro verlos juntos sentados en una ban-

    ca del parque municipal en animada conversacin, o reco-

    1 4

  • rriendo de arriba abajo calle tercera. En varias ocasiones vi

    entrar a Rafael en la destartalada casa de Orlando . Obvia-

    mente, era su confidente . Me ofenda que el poeta hubiera

    escogido a un sujeto tan poco recomendable para hablarle

    de sus cosas ntimas, cuando en m habra encontrado a un

    interlocutor ms atento y comprensivo . Porque debo con-

    fesar que, a pesar de nuestro trato diario, Rafael jams me

    descubri su intimidad. Cuantas veces intent arrastrarlo

    al terreno de las confidencias, l se evadi hbilmente . En

    cunto a los sentimientos que le inspiraba Rafael a Orlando?

    Bueno, aun los seres humanos ms bajos aoran la luz . Es de

    suponer, tambin, que se sintiera honrado de que alguien

    tan querido y admirado y famoso le dispensara su amistad .

    El nombre de Orlando era uno de los que con ms derecho

    caba asociar al crimen . Estaba en la psicologa del personaje

    dar un golpe tan brutal como aparentemente injustificado ;

    pero era preciso evitar que mis prejuicios y antipatas me

    arrastraran a una injusticia .

    La actitud de Orlando, ahora, resultaba chocante . Los

    ojos duros, inexpresivos, se encontraron con los mos, y

    sostuvieron la mirada sin parpadear . Sus labios lucan ms

    finos an, contrados por una casi imperceptible mueca

    de crueldad y de cinismo .

    Otras personas, sin mayor inters para el caso, se agru-

    paban en torno del atad . Faltaban algunas . Faltaba Car-

    men, demasiado quebrantada para hacer acto de presen-

    cia. Y la abuela de la vctima, a la que acababa de dejar

    en cama, despus de aplicarle una inyeccin de cafena .

    la cuarta de ese da .

    El cura termin de mascullar sus oraciones, y luego de ce-

    rrar el libro de cubierta negra, se lo guard en un bolsillo de

    la sotana .

    1 5

  • CAPITULO IV

    Cerca de las cuatro y media se puso en marcha, lentamente,

    el cortejo encabezado por el padre Gonzlez . Detrs, el atad

    sobre un grotesco carretn empujado por Guinyn, loco lim-

    piabotas del pueblo que, entre sus muchas rarezas, tena la de

    conducir a todos los muertos, gratuitamente, al cementerio .

    Era un hombrecillo sesentn, de barba cana enmaraada, ca-

    bello ralo tambin blanco, frente estrecha y cejas hirsutas ba-

    jo las cuales bailaban unos ojillos negros brillantsimos . Tena

    dos grandes pasiones : los relojes y los entierros. En cada bol-

    sillo del pantaln y de la camisa guardaba un reloj sin cristal

    o sin manecillas o sin cuerda. En cuanto a los entierros, viva

    al tanto de las enfermedades y defunciones para dar una ma-

    no en el acarreo del muerto . Su respuesta invariable a cual-

    quier ofensa era aguarda un poquito, yo te empujar .

    El ruido metlico de la carreta sobresala sobre el de las

    pisadas y conversaciones en voz baja de los acompaantes .

    Detrs del carretn, Leonor y sus padres ; luego, Orlando con

    varios jvenes. Seguamos don Hernando y yo . El cortejo se

    alargaba por espacio de dos cuadras .

    Caa una fina y helada gara. El viento remeca la vegeta-

    cin de los patios . A mano derecha, por entre los espacios

    que separan las casas alineadas a la orilla del mar, veanse tro-

    zos borrascosos y grisceos de agua . Tambin, ocasionalmen-

    te, los abigarrados palmares de las islas vecinas . La punta de

    Brown, expuesta al mar abierto, se empenachaba de olas es-

    pumosas .

    As es el mar de Bocas del Toro . No conoce trminos medios.

    O est en calma, una calma sobrenatural no turbada por la

    1 7

  • ms leve arruga, y entonces, al travs del agua verdosa y per-

    piscua, es posible escrutar a voluntad sus entraas; o est

    malhumorado, ceudo, bronco, surcado por veloces vientos

    que le arrancaban quejidos desgarradores, y con un color que

    hiela la sangre .

    La historia de mi amistad con Rafael, pensaba yo, se haba

    desarrollado contra este fondo cambiante. Cada escena evo-

    cada traa consigo, inevitablemente, su cielo claro o su atar-

    decer tormentoso .

    La maana que lo conoc, por ejemplo, en el pic-nic ya

    mencionado. Era una fiesta pagana el sol esplendoroso, el

    verde refulgente del follaje, el centelleo metlico de la

    arena.

    En la playa, cerca del gramfono de manvela y las ca-

    nastas de comida, Leonor me present a Rafael. Estre-

    chaba distradamente la mano que me tendan, cuando reco-

    noc el nombre .

    -Cmo? Usted es Rafael, Rafael el poeta?

    -El mismo, si usted no dispone otra cosa- fue la son-

    riente respuesta. Los ojos negros me miraron con intensa

    curiosidad .

    Trat de remendar la plancha diciendo que era un gran

    admirador de su poesa, y que jams habra imaginado que

    el autor fuera un nio .

    -No tanto como un nio . Acabo de cumplir diecisiete

    aos -replic con dignidad-. Adems, mi caso no tiene na-

    da de particular . Guardando las distancias, hay que recordar

    a Neruda, que escribi su "Crespusculario" a los diecisiete .

    Sin hablar de Lorca, Rimbaud y de todos los otros .

    Y extendi la mano como abarcando una multitud de poe-

    tas adolescentes . Leonor asista regocijada a la escena miran-

    do alternativamente a los interlocutores con sus grandes ojos

    verdes que desde el da anterior me tenan como sobre ascuas.

    -As que usted es el nuevo mdico?- pregunt Rafael,

    1 8

  • sin otro propsito que el de entablar conversacin . Cruzamos

    varias frases siempre bajo la deliciosa vigilancia de Leonor . A

    menudo rayaba los ojos verdes un relmpago de orgullo regio-

    nalista . Fuimos interrumpidos por una muchacha que vena

    a buscarla para algo relacionado con las bebidas .

    Una vez solos, el poeta me invit a caminar por la playa .

    Conversamos largamente .

    Ante todo, el muchacho me pidi, con la mayor indiscre-

    cin, detalles de mi vida. Me hizo relatarle minuciosamente

    mi infancia en el Maran, el barrio ms populoso, promis-

    cuo y miserable de la ciudad de Panam . Le cont los prin-

    cipales sucesos del movimiento inquilinario ; mis estudios

    de medicina. Cuando le refer la muerte de mi madre, en vs-

    peras de mi graduacin, el poeta se detuvo y me mir con los

    ojos muy abiertos. Luego baj la vista, y proseguimos el pa-

    seo en silencio . Alentado por su inters y presa de una exal-

    tacin desconocida, me entregu a una ebria evocacin de mi

    madre .

    Esta haba sido lavandera en el corazn mismo del barrio .

    Una mujer morena, de cabello negro y lacio arreglado en mo-

    o a la altura de la nuca . Corpulenta ; manos callosas. El color

    de la piel haca resaltar an ms una dentadura perfecta, blan-

    quisma. Los ojos eran negros y, a pesar de la vida triste y du-

    ra que siempre llev su duea, no carentes de dulzura . Calza-

    ba chancletas, y el ruido que hacan al andar es uno de mis

    recuerdos ms vivos .

    Si alguien tomara en sus manos mi cdula de identidad per-

    sonal, vera que en el rengln correspondiente al nombre del

    padre del portador est escrita la palabra desconocido . Mart-

    nez es el apellido materno . Pero, al fin y al cabo, estas son co-

    sas que no tienen importancia cuando se vive en la miseria .

    Habitbamos un cuarto estrecho, hmedo y maloliente, si-

    tuado en una enorme casa de inquilinato, rodeado por un ve-

    cindario bullicioso y mal hablado . La pobreza acenta las di-

    1 9

  • ficultades inherentes a la convivencia. Sola despertarme a

    medianoche, sobresaltado, porque en la habitacin contigua

    un borracho apaleaba salvajemente a su mujer . O porque en

    otro cuarto una mujer y su hija adolescente rean a gritos a

    propsito de una olla estropeada o de un aliente que ola a

    alcohol. En el primer piso alguien era sorprendido por una

    hemoptisis. Al lado, cuatro hombres jugaban al domin des-

    cargando con innecesaria violencia las fichas sobre la mesa .

    Enfrente, un coro aguardentoso y desafinado entonaba can-

    ciones obscenas. Cerca, o tal vez lejos, un solitario consuma

    con frentica ansiedad su nocturno cigarrillo de marijuana,

    consumindose, l tambin, de ensueos, de fiebre, de hambre .

    Compartamos un catre desvencijado . Cerrando los ojos,

    enloquecido de miedo, el nio se ovillaba junto al poderoso y

    confortante calor de la mujer que roncaba exhausta, sorda a

    la miseria circundante .

    Call muchas cosas . La sospecha, por ejemplo, de que mi

    madre haca un poco de prostitucin clandestina en sus horas

    libres para poder aumentar el contenido de la olla ; pero ello

    no logra empaar una imagen nimbada de ternura . Y cuando,

    hombre ya, recibo la noticia de su muerte, mi pena no tiene

    lmites .

    Recuerdo infinitamente dulce, infinitamente conmovedor .

    La madurez ha llegado prematuramente, y el hombre com-

    prende y disculpa las flaquezas de la madre . Con una objetivi-

    dad que lastima a fuerza de ser clara, se explica todas las tur-

    bulencias que la arrastraron, las cadas y el pecado . Las arru-

    gas son un objeto de veneracin . Y el gran amor, purificado,

    se nos revela en toda su hondura y luminosidad. Y al pensar

    cunto la habra complacido este diploma que ahora yace en

    el fondo de un bal, este estetoscopio descuidadamente hun-

    dido en el bolsillo del saco, las lgrimas afluyen con fuerza in-

    contenible a los ojos empandolos .

    En el silencio que sigui a mis palabras la imagen evocada

    20

  • pareca flotar sobre las aguas, frente a nosotros .

    -Su madre debe haber sido una mujer admirable- dijo Ra-

    fael al cabo-. Me hubiera gustado conocerla. Me parece muy

    bien que usted la recuerde con tanto afecto y que se sienta

    orgulloso de ella .

    En ese momento naci nuestra amistad . El segua hablan-

    do :

    -Es curioso que sea la muerte la que nos revele ntegra-

    mente la dulzura de un rostro y la intensidad de un amor.

    Es el aspecto positivo de la muerte . . .

    Haba entrecerrado de nuevo los ojos .

    -Un cutis ceniciento- dijo- y spero . Y de pronto, al

    despertar de un sueo especialmente claro, daramos la

    vida por sentirlo de nuevo apegado a nuestra mejilla, ondu-

    lando bajo las yemas de los dedos . Una noche de fiebre, y el

    deseo de sentir la mano callosa en nuestra frente nos quema

    las entraas.

    Con uno de sus gestos caractersticos se pas la mano por

    el cabello antes de continuar :

    -Por desdicha yo no conoc a mis padres, y he debido

    fiarme, para construir esta sombra de recuerdo, de testimo-

    nios ajenos . . .

    Luego se apresur a desviar la conversacin . Una mueca de

    repugnancia le desfigur la cara . Esa mueca pronto me sera

    familiar. Con ella contena mis asedios a su intimidad .

    Discutimos la poesa contempornea. Rafael tena ideas

    muy definidas sobre el tema. Con suma sencillez expuso su

    credo esttico, ilustrndolo con ejemplos de los clsicos y de

    su propia obra .

    El sol se aproximaba al cenit . Sobre las aguas tranquilas cru-

    zaban lentamente unos botes. La estela que dejaban tras ellos

    era lo nico que turbaba la inmovilidad del mar . Las islas de

    enfrente dormitaban en el sopor . Y con todo, la belleza del

    paisaje era imponente. Hice en voz alta la observacin. Bo-

    2 1

  • cas del Toro, agregu, es hermossimo .

    -S- dijo Rafael-, pero tarda uno en darse cuenta . Hay

    que conocer bien el lugar; hay que familiarizarse con todos

    sus rincones . Hay que verlo al amor de todas las luces y som-

    bras antes de opinar. Debe usted contemplarlo bajo la luna

    llena, bajo el sol rabioso de marzo o en los atardeceres de oc-

    tubre. Hay que sentirlo crujir dolorosamente ante la embes-

    tida del viento del sur. Hay que sobrecogerse frente al silencio

    que a veces le sube desde el tiempo, desde un tiempo anterior

    a la vida .

    A pesar de la sonrisa y del tono de broma, me di cuenta,

    con sorpresa, de que hablaba en serio .

    -S, doctor- prosigui-, tiene que descubrir nuestro pai-

    saje. Yo me le ofrezco de cicerone . Nadie ms bocatoreo ni

    ms indicado para la tarea. Voy a revelarle un mundo maravi-

    lloso .

    Acept. Tan pronto mis ocupaciones lo permitieran, inicia-

    ramos la investigacin .

    Despus nos separamos . Un grupo de baistas se llev a

    Rafael, y yo me incorpor a Leonor y a Carmen que conver-

    saban a la sombra de un almendro .

    Rafael era el centro de la fiesta. Iba de grupo en grupo,

    prodigando chistes y sonrisas. Coma cuanto se le brindaba

    con gran voracidad. La gracia y finura se aliaban en l a un

    natural retozn para producir un resultado que obligaba a la

    gratitud. As quiso Dios que fuera el hombre .

    Despus del bao de mar y de la merienda, nos sentamos

    en semicrculo al pie de un frondoso rbol . Varias voces pi-

    dieron a Rafael que cantara .

    -S, que cante! Que cante! -corearon alegremente to-

    dos los asistentes .

    Alguien le alarg una guitarra .

    La voz bien timbrada, llena de sentimiento y de ntima

    tristeza, se elev en el aire tibio del medioda. Conforme

    2 2

  • avanzaba el canto -un cueca chilena, muy de moda a la sa-

    zn- mi admiracin iba en aumento . Qu bien cantaba! Lu-

    ca transformado, desusadamente grave .

    " . . . la palomita en su nido . . . "

    Tena los ojos entrecerrados .

    " . . . poniendo el pico en la rama . . . "

    Mi mirada resbal de su rostro al de los oyentes . Caritas

    femenimas suavizadas por la atencin, cuando sta es atra-

    da por algo bello y triste .

    ". . . ay !ay . . . ! mi palomita . . . "

    Facciones masculinas alisadas por el abandono . Leonor

    examinaba el suelo con extraa fijeza . Al fondo, el golpear

    intermitente y desmayado de las olas. Volv los ojos al can-

    tante. El corazn empez a latirme violentamente . Dios mo,

    cmo es posible este milagro? Cmo es posible que este ser

    sagrado viva entre nosotros?

    " . . . me ha robao toitica el alma . . . "

    El cortejo pas frente al hospital . Unos metros ms all ter-

    mina el pueblo y comienza la carretera iniciada aos atrs con

    intencin de atravesar toda la isla y conectar la ciudad con

    Bocas del Drago, aldea de pescadores entonces -y ahora- ca-

    si deshabitada, situada en el otro extremo de la isla . A los

    cuatro kilmetros se suspendi la obra, cuya utilidad, por

    otra parte, era discutible. Salvo las dos o tres fincas beneficia-

    das, careca de sentido .

    A mano derecha, en el nacimiento de la carretera, el ce-

    menterio, cuyo enorme portn de hierro se encontraba abier-

    to en ese momento esperando el cortejo . En su calidad de an-

    fitrin, el sepulturero se uni al cura cuando ste, seguido del

    carretn, cruz el umbral.

    23

  • El abandono del lugar era impresionante . En Bocas del To-

    ro llueve todo el ao, y la hierba estrangula los montoncitos

    de tierra que son las tumbas de los pobres . En compensacin,

    tambin se llenan de flores silvestres que atenan la desola-

    cin del cementerio . Salteados entre los montoncitos de tie-

    rra se levantan algunos sepulcros pretenciosamente recubier-

    tos de mosaicos o de concreto, a los que la cercana del mar

    les da un tinte herrumbroso . Hay cruces de madera y de mr-

    mol, con inscripciones borrosas y brazos ceidos por las tre-

    padoras .

    El sitio reservado a Rafael quedaba al fondo del cemente-

    rio, Cruzamos el delgado espacio entre dos hileras de tumbas .

    La asociacin con un campo de labranza era inevitable . Un

    campo de batatas, lamentablemente descuidado . Haba que

    pisar con grandes precauciones, sorteando cangrejos y mon-

    toncitos de tierra.

    Las gotas de lluvia arreciaron, y el viento se levant del

    mar desordenando los cabellos y haciendo que muchos hom-

    bres doblaran las solapas de sus sacos . Alc los ojos al cielo

    con desesperacin . La atmsfera estaba recargada de elega ;

    subrayaba la importancia de esa muerte y la aterradora ruina

    que rodeara al poeta para siempre . Para siempre . O, tal vez,

    hasta que un huracn o una tromba cavara la tierra y espar-

    ciera los huesos. Ya haba ocurrido en una ocasin, cincuenta

    aos atrs . Esta posibilidad, ignoraba por qu, era conso-

    ladora .

    Dos fornidos negros sacaban las ltimas paletadas de tierra

    de la tumba recin abierta, sudando copiosamente . Cuando el

    cura y el enterrador llegaron a su lado, suspendieron la tarea

    enjugndose la frente . Al arribar el carretn, los mozos toma-

    ron el atad en hombros y lo despositaron al pie del hueco

    agurdando, indiferentes, el momento de arrojarlo dentro.

    Guinyn se desentendi de la carreta y, con una rpida y des-

    24

  • deosa mirada a los concurrentes que se aglomeraban en tor-

    no de la tierra excavada, ansiosos de no perder detalle, se re-

    tir. Ya su misin haba terminado . El compromiso era dejar

    el carretn al pie de la fosa . El no estableca diferencia entre

    un muerto y otro, y no tena por qu hacer una excepcin

    con Rafael asistiendo a su entierro . Lo vi salir por el portn

    y, doblando hacia la izquierda, desaparecer en la carretera

    rumbo al pueblo, detrs de las tapias negruzcas del cementerio .

    Mientras tanto, el padre Gonzlez haba sacado de nuevo el

    librito de oraciones . Las palabras en latn sonaban particular-

    mente fnebres en medio del coro angustiado de las olas y de

    las rfagas heladas . El cura haba recobrado el dominio de s

    mismo, y su voz no poda ser ms impersonal, ms profesional .

    Los acompaantes se estrujaban con el mismo aire solemne

    de la iglesia, ahora al descubierto ms aterrados y silenciosos .

    Casi no se atrevan a mirarse unos a otros por miedo a encon-

    trar claramente expresado en ojos ajenos lo que en ellos no era

    sino un vago malestar con un pavoroso trasfondo centenario .

    Retroced unos pasos, y aguard alejado del grupo . Con-

    templando aquel conjunto asustadizo, record las teoras que

    sobre la vigencia del pasado haba tejido Rafael a la sombra

    de Jung. Descontando lo que haba en ellas de mentira poti-

    ca y de exageracin, quedaba siempre una verdad de amargo

    sabor. Aquel bosquejo histrico de Bocas del Toro, arbitrario

    y caricatural, me dej una impresin indeleble . En la isla de

    Bastimentos escuch, fascinado, lo que en boca de otro hu-

    biera movido a risa.

    Los hombres que a lo largo de los siglos han recorrido el ar-

    chipilago, tuvieron que luchar contra dos poderossimos sen-

    timientos opuestos : uno de seduccin ante la belleza de las

    islas, y otro de pavor, inspirado primordialmente por los brus-

    cos cambios de humor del mar . Cristbal Coln -Rafael ase-

    gur saberlo de "buena tinta" -fue la primera vctima de

    esa contradiccin cuando descubri a Bocas del Toro a princi-

    25

  • pies del siglo XVI . La palabra descubri era exacta en ms de

    un sentido, no slo el histrico-geogrfico . Descubri infini-

    dad de cosas de orden sentimental . Aqu conoci la paz, pero

    tambin el miedo y la soledad . Su primer impulso fue quedar-

    se en las islas a olvidar la redondez de la tierra y el mal alien-

    to de Isabel la Catlica ; pero una noche, algo lo hizo cambiar

    bruscamente de planes . Despus de bautizar la baha en su

    honor, lev anclas .

    Luego de esta visita, cae una oscuridad total sobre el paisa-

    je, de varios aos de duracin .

    Posteriormente aparecen algunos capitanes espaoles de

    importancia que establecen sucesivamente en Bocas del Toro

    su cuartel general . Es una etapa de traiciones ; de codicia des-

    medida, de asesinatos por la espalda, de orgas bestiales. Es la

    etapa de los tesoros escondidos en profundas cavernas ; de

    naufragios criminalmente provocados; de sdicas venganzas .

    Es la etapa de la ms espantosa promiscuidad sexual ; de don-

    cellas indias que corren por la playa perseguidas, azotadas,

    sangrando hasta el deseo ; de misioneros catlicos quemados o

    enterrados vivos en el seno de la montaa por sacerdotes ind-

    genas, guardianes celosos del dogma y de las divinidades del

    maz . Es la etapa de las cuchilladas ; de blasfemias que ni el

    diablo se atrevera a proferir ; de agudos ataques de misticis-

    mo; del arrepentimiento y el perdn que llega con los aos y

    la impotencia .

    Hasta que todo desaparece barrido por la bocanada glida

    que de tiempo en tiempo limpia el archipilago .

    Siguen aos apacibles .

    A continuacin el escenario es invadido de nuevo, esta vez

    por los piratas. Y el destino de Bocas del Toro reencuentra su

    hilo conductor . Jefes de bandas feroces que se caonean de

    barco a barco, en el centro de la baha, por el sbito recuerdo

    de una traicin amorosa de veinte aos atrs. Compaeros

    ayer no ms de abordaje y de barbarie que se decapitan por

    26

  • un qutame all esas pajas . Ejrcitos de piratas con ojos ven-

    dados, patas de palo, pauelo en la cabeza que se baten a

    muerte contra una tribu indgena por un mero error de tra-

    duccin, por un saludo mal interpretado, por un plato de re-

    pugnante comida rehusado. Finalmente, el paisaje tambin

    los expulsa .

    Pero quedan los indios. Quedan los indios que le han to-

    mado el gusto a la violencia ; que han probado la sangre, com-

    probando que no hay en el mundo placer comparable . Hom-

    bres de desnudo torso moreno enloquecidos por los demonios

    invocados . Comienzan entonces los acuchillamientos masivos ;

    el incendio de aldeas por un gusto puramente neronesco ; las

    violaciones colectivas ; los amores incestuosos, los nuevos edi-

    pos cegndose con leche de ceiba en la soledad de cualquier

    camino. Cuando estas tribus se sienten hartas de devorarse las

    propias entraas, se desbordan tumultuosamente por las fron-

    teras hacia Costa Rica, hacia el Talamanca, y arrasan los soo-

    lientos poblados de los trrabas, les roban las mujeres y que-

    man vivos a los hombres .

    Pero ms al norte se est gestando un nuevo horror. Es lo

    que la historia ha recogido bajo el nombre de los zambos-

    mosquitos . Del norte, pues, llegan esas bestias feroces aullan-

    do como posesos y expulsan a los indios bocatoreos de sus

    islas. Despus de diezmarlos, los empujan al seno abrupto de

    la cordillera. Y la lista sigue : el negro Frederick cie la corona

    del fugaz imperio de Mosquitia . Embutido en un uniforme de

    Almirante de la marina britnica, resplandeciendo bajo el sol

    rabioso, recala en las costas de Bocas . La tradicin oral asegu-

    ra que es el hombre ms hermoso que haya existido . Harto de

    tortuga y de doncellas, es destronado . Huellas muy borrosas

    quedan de su paso bajo este cielo .

    La lista se enriquece. En 1804 la fundacin definitiva de la

    ciudad de Bocas del Toro, destinada a ser para los contraban-

    distas lo que fue "Las Tortugas" para los piratas . Diversas cir-

    2 7

  • cunstancias frustran el proyecto . Lo nico que se sabe de

    cierto es que se producen nuevas violencias en el antiguo esce-

    nario ; nuevos crmenes y crueldades . Hombres que se presen-

    tan de improviso, sin que nadie sepa quines son ni de dnde

    vienen. Y una maana amanecen cosidos a pualadas en un

    cayuco ; mujeres que dan a luz monstruos de pesadilla ; fantas-

    mas de espaoles y de piratas que se mezclan en la vida diaria

    y en los asuntos privados de la gente, que abofetean a los vie-

    jos y araan a los nios ; pulpos que arrastran barcos con to-

    dos sus tripulantes al fondo del mar ; meros de varias tonela-

    das que se tragan a los hombres slo para vomitarlos ense-

    guida y divertirse arrojndolos, vivos an, al aire, pelotan-

    dolos de mero a mero, de boca a boca ; tiburones anfibios ; la-

    gartos y culebras domsticos ; un viejo, dueo de un harn in-

    tegrado por sus quince hijas, perlas del tamao de cocos; dia-

    mantes diminutos, nicos perdigones capaces de matar al chi-

    vato .

    Repentinamente, vuelve a hacerse el silencio. Retorna la

    paz . El ltimo tercio del siglo pasado es idlico . Pocos habi-

    tan las islas, y esos pocos desean llevar una existencia tran-

    quila. Son, en su inmensa mayora pescadores poco ambi-

    ciosos que se contentan con llenar la olla de verduras y pargos .

    Pero cl paisaje permanece agazapado, aorando sus tiempos

    heroicos . Exige una vida digna de su grandiosidad . Y la Uni-

    ted Fruit Company viene a proveerlo de un sucedneo . Hacia

    los ltimos aos del siglo pasado inicia la plantacin en gran

    escala del banano. El bienestar econmico barre la tranquili-

    dad. Empiezan a correr otra vez el dinero y la sangre ; se le-

    vantan hermosas casas de madera ; pavimentan las calles ; ins-

    talan la luz elctrica . Todo va a pedir de boca, a pesar de las

    ocasionales efusiones de sangre . Ocasionales, porque la altura

    del tiempo ya no permite abandonarse libremente a las de-

    mandas del instinto y del pasado. Entre otras cosas, la polica

    es ms eficiente, ms entrometida y al menor signo de exhu-

    28

  • macin de aquellos tiempos interviene frustrando hermosas

    empresas de la carne . Slo de tarde en tarde es posible cruzar

    un par de machetazos o de pualadas en el curso de un baile,

    un da de pago . Slo de cuando en cuando puede enviarse al

    otro mundo a un rival amoroso o a alguien que se cree ms

    macho que uno .

    Pero todo eso parece ahora tan lejano! An recuerdan los

    mayores, como una pesadilla, las extraas plagas que arrasa-

    ron las plantaciones ; sigatoka, iron rust, Panam disease ;

    nombres que suenan como malas palabras en los odos de los

    bocatoreos que hoy viven en un pueblecito de dos mil habi-

    tantes del que ha huido, como por ensalmo, el trabajo y el di-

    nero. La ciudad se precipit cuesta abajo . Hoy se pasean sus

    habitantes por las calles averiadas por el tiempo y la indife-

    rencia gubernamental, las manos en los bolsillos, rememoran-

    do los buenos tiempos y soando que un acontecimiento pro-

    videncial -petrleo, o algo por el estilo- traiga una

    nueva poca de oro .

    Ese pasado, sostena Rafael, tiene que agobiar a los bo-

    catoreos contemporneos por mucho que ignoren sus ne-

    gruras. Todos llevamos dentro una carga de dinamita prxi-

    ma a estallar . Y los dos sentimientos contradictorios que

    suscita el paisaje -atraccin y repudio- tambin conviven

    en nosotros, desgarrndonos interiormente . Mis paisanos, yo

    incluido, afirmaba Rafael, se pasan haciendo planes de lar-

    garse para siempre . Y cuando lo hacen, viven atormentados

    por el quemante anhelo de volver . La nostalgia es nuestro pla-

    cer y nuestra agona . Tenemos que quedarnos a esperar . Nos-

    otros siempre estamos esperando, esperando que de un mo-

    mento a otro el pasado haga una inesperada incursin en el

    presente para conmover nuestra existencia hasta sus cimientos .

    S, me dije alzando los ojos, todos esos que se agrupan en

    torno del atad estn esperando . Estn esperando el desenca-

    denamiento de la bestia . Tambin Leonor, frente a ni , espera .

    29

  • Con entrambas manos se sujetaba la mantilla que quera arre-

    batarle el viento . Ms que tristeza, sus facciones delataban un

    helado estupor. La imagen era tan pattica, que se me opri-

    mi el corazn de amor, de atormentado amor . Leonor, Leo-

    nor murmur, sintiendo un desgarramiento interior . Casi me

    vence la imperiosa necesidad de proclamar a gritos lo que ha-

    ba callado tanto tiempo . Y en el mismo instante (inoportu-

    namente, pues aquellas palabras perfectas agudizaban a la vez

    el dolor por la muerte de Rafael y mi amor tumultuoso y

    tierno por Leonor), mi memoria torn a manar ms coplas de

    Manrique :

    Nuestras vidas son los ros

    que van a dar a la mar. . .

    No al mar, sino a la orilla del mar, al borde de una nivelacin

    no buscada. Con el rumor intermitente y montono de las

    olas acompaando esotra vigilia tensa que nos agurda al final

    de sta. Hay, sobre la marcha, el terror de ese terror que es la

    inmortalidad. Terror invencible, a pesar de las palabras conso-

    ladoras del Salmo 23 :

    "Aunque ande en valle de sombra de muerte,

    no temer mal alguno; porque t estars

    conmigo : Tu vara y tu cayado me infundirn

    aliento ".

    Y si nos dejara caminar solos el camino aterrador, atrave-

    sar sin gua ese valle y ese apegotamiento de sombras impe-

    netrables? Si permitiera que caminramos completamente

    solos, buscndolo en esa noche y en ese valle desconocido?

    Pero las coplas insistan :

    30

  • Despus de puesta la vida

    tantas veces por su ley

    al tablero . . .

    Cinco minutos de vida, de canto. Rafael puso su mano en el

    fuego mientras dur su canto en prueba de sinceridad :

    Despus de tan bien servida

    la corona de su rey

    verdadero. . .

    Servida con pasin, con abnegacin. Tan bien servida y lustra-

    da y hasta aumentada con innumerables piedras preciosas en-

    tre las cuales brillara, por siempre, cegadora, aquella de la

    "Cancin de Amor" .

    Habiendo cerrado el libro, el padre Gonzlez contempla-

    ba ahora hinoptizado la tierra amontonada al borde de la

    tumba. En torno suyo la multitud haba fundido sus rostros

    en uno solo, desfigurado por el miedo . Los mozos bajaron el

    atad que toc fondo con un golpe seco . Leonor se estreme-

    ci como si la caja de cedro hubiese chocado contra su espina

    dorsal. Cerr los ojos como para resistir el impacto .

    La voz del cura volvi a elevarse, recitando unas palabras

    en latn al tiempo que con la mano derecha arrojaba en el in-

    terior de la fosa un puado de ceniza . No logr penetrar el

    significado de la frase, pero su slo sonido tuvo la virtud de

    conmoverme extraamente .

    Los mozos empezaron a palear vigorasamente, rellenando

    el hueco. El atad iba a ocuparle un buen espacio, y la tierra

    sobrante vendra a acumularse encima formando una promi-

    nencia ms, otro montoncito entre los muchos que ya eriza-

    ban el camposanto .

    3 1

  • Ya haba concluido la ceremonia, y los concurrentes inicia-

    ron la retirada volvindole la espalda a los restos de Rafael .

    Se desbordarban despaciosamente por todas partes, sobre las

    tumbas, buscando el camino de regreso, sbitamente cons-

    cientes de la necesidad de volver a las benditas incomodidades

    del diario vivir. Volvi a orse rumor de conversaciones apaga-

    das, en las que resonaba una especie de alivio . Todos estaban

    contentos de poder escapar de ese sitio afligente, plagado de

    trgicos testimonios de nuestra finitud . Seguro algunos hom-

    bres iban pensando en lo bien que les caera unos tragos de

    ron .

    Encend un cigarrillo y aspir vidamente el humor . Orlan-

    do surgi en ese momento detrs de una cruz de mrmol, las

    manos hundidas en los bolsillos del pantaln. Al pasar a mi

    lado, de nuevo se cruzaron nuestras miradas ; pero esta vez

    Orlando desvi la suya, y cre notarle los ojos enrojecidos .

    - No me dejes formular acusaciones sin pruebas, Dios

    mo!- rec . Y dando vuelta, me encamin tambin hacia el

    portn de hierro . No bien lo haba traspuesto, sent el peso

    de una mano en mi hombro izquierdo . Volte la cabeza, y me

    encontr cara a cara con Leonor . Los ojos verdes se hundie-

    ron en los mos.

    La mantilla caale ahora debajo de la nuca, plegndose al-

    rededor del cuello blanco, y ella sujetaba las puntas a la altura

    de los senos dndoles, de vez en vez, nerviosos tironcitos .

    El rostro haba retomado su expresin usual, serena y orgu-

    llosa. Al menos en apariencia ; porque observndola con ma-

    yor detenimiento, comprend que la serenidad no era ms

    que una mscara . Ella tambin haba sido sacudida por la tra-

    gedia. Los labios llenos y bien formados se entreabrieron de-

    jando escapar un susurro casi inaudible :

    -Me acompaa a mi casa, doctor?

    -Con mucho gusto, Leonor- dije . Me preguntaba en dn-

    de estaran sus padres, cuando en eso los divis al fondo del

    3 2

  • cementerio con el padre Gonzlez . Hicimos en silencio el ca-

    mino. Yo senta que la mujer que iba a mi lado se haba ce-

    rrado como una dormidera sobre su propio dolor . Algo obse-

    sionante y terrible se agitaba detrs de su frente tersa . Y me

    dola su rostro, tocado por la proximidad de la noche .

    Siempre en silencio pasamos frente al hospital . Una cuadra

    ms all ella se detuvo y me puso de nuevo la mano afilada

    sobre el hombro . Los ojos verdes se hundieron otra vez en los

    mos con acusadora fijeza. Por lo visto los labios se negaban a

    darle salida a las palabras que sopesaba en su interior, porque

    luego de ligeros temblores y contracciones volvieron a sellarse .

    La extraa luz estuvo vacilando en sus pupilas hasta apagarse .

    Fue sustituida por aquella exasperante indiferencia que tanto

    me haca sufrir . Durante un lapso que no estoy en condicio-

    nes de precisar, call limitndose a observarme con profunda

    atencin . Al cabo, en voz muy baja, pregunt:

    -Doctor Martnez, qu significa esto? Por qu han ase-

    sinado a Rafael?

    -No lo s, Leonor. Dara lo que me resta de vida por sa-

    berlo .

    -Quin pudo, doctor. . . ?-La indiferencia haba desa-

    parecido. Las pupilas se aguaron, adquiriendo increble trans-

    parencia.

    -Desde esta maana no pienso en otra cosa, Leonor, Quin?

    Por qu?

    -Por qu, Dios mo, por qu?- y la mano aument la

    presin sobre mi hombro .

    Por qu? En esa pregunta se concretaba toda la estupefac-

    cin. Y con cunta angustia la formul. Una especie de blas-

    femia contenida corra srdamente por entre las palabras .

    Inclin la cabeza sobre el pecho, incapaz de sostener la de-

    manda de los ojos verdes .

    Por qu, Dios mo?, insist en mi fuero interno . Y en se-

    guida, una vocecita burlona respondi, tambin en mi inte-

    33

  • rior, con otra pregunta: Y por qu no? Con qu derecho

    debe colocar la vida a ciertos seres a salvo de la violencia, fue-

    ra del alcance del absurdo? Hablando con cierto rigor: la

    tormenta debe discriminar, escoger a sus vctimas?

    -Leonor- exclam en voz alta, ahogando la importuna vo-

    cecita-, soy un hombre resignado, fatalista . Antes acostum-

    braba aceptar los golpes sin torturarme tratando de descu-

    brir su sentido ; pero esta vez siento que me sera imposible

    seguir adelante sin entender. Siento que a la vida se le ha ido

    la mano ahora .

    Fue una tirada incoherente ; desde que romp a hablar me

    di cuenta de ello ; pero no pude contenerme . El momento no

    era como para preocuparse de ser claro . Me dispona a conti-

    nuar, cuando vi que se aproximaban los padres de la mucha-

    cha. Ya estaban por damos alcance, de modo que me vi obli-

    gado a bajar la voz para pronunciar las ltimas palabras .

    -Leonor: le prometo no descansar hasta haber aclarado

    completamente este horror .

    Eran las nueve de la noche . El viento haba puesto en fuga los

    nubarrones de lluvia . En el cielo brillaban, tmidamente, unas

    cuantas estrellas . Si bien el mar continuaba nervioso, ya se ha-

    ba desvanecido la amenaza de tormenta .

    Me sent en una mecedora del balcn, de cara al mar. Te-

    na necesidad de estar a solas para saborear a mis anchas, sin

    interrupciones exteriores, mis recuerdos del poeta . Me arrella-

    n en el asiento y, encendiendo un cigarrillo, dej vagar los

    ojos por la plida inmensidad que tena enfrente . . .

    34

  • CAPITULO V

    Los recuerdos eran , en su inmensa mayora, insignificantes,

    triviales, naturalmente. E inefables . Es el carcter, la esencia

    de todo lo verdaderamente ntimo, lo verdaderamente per-

    sonal . Las experiencias que se pueden compartir dejan de ser

    nuestras .

    S; ah reside la gran pobreza del recuerdo sentimental, y

    su fantstica riqueza tambin . Es nuestro, enteramente

    nuestro, nicamente nuestro, y por eso lo defendemos celosa-

    mente de la curiosidad ajena .

    Por fortuna, es imposible leer el pensamiento . Porque sera

    muy embarazoso que nos sorprendieran regodandonos mo-

    rosamente con las tonteras que constituyen lo ms precioso

    de nuestro acervo sentimental . Desvn repleto de juguetes

    despedazados, de muebles rotos, de cartas y facturas amari-

    llentas, de viejas y tostadas pginas deportivas, de disfraces

    deshechos por la polilla, de bales que un da recorrieron me-

    dio mundo con nosotros . Y de souvenirs inconfesables .

    Qu dira la gente, por Dios! Cmo justificar el enorme

    espacio que en nuestra mente ocupa el espectculo de unos

    patos que se baan en un charco formado por la lluvia? Qu

    hace ah esa mueca sin cabeza, esas hojas secas desprendidas

    por el viento del sur? Y esas golondrinas que contemplas

    con Rafael? Qu buscan esos perros que se persiguen frenti-

    camente por la playa alentados por los ojos del poeta? Por

    qu ha venido a quedarse en ese fragmento verde-azul del

    ocano esa estrella de mar? Por qu pierden el tiempo un

    mdico y un poeta, en el apogeo del crepsculo, contando

    las aves migratorias que a gran altura y en ceidos escuadro-

    3 5

  • nos cruzan el cielo dorado rumbo a un valle que slo ellas

    conocen?

    Pero hay que poner un poco de orden en la memoria . Hay

    que recordar con sistema, a ver si del pasado surge una

    pista .

    Al mes de estar en Bocas del Toro, inici con Rafel el pro-

    yectado estudio del paisaje . El padre de Carmen nos facili-

    t su bote con motor fuera de borda. Salamos del muelle

    fiscal a las dos de la tarde, para regresar en el crepsculo .

    Empez entonces la etapa ms extraordinaria de mi vida .

    No tanto por lo que vea, de suyo extraordinario, sino por

    las explicaciones fantsticas de Rafael . Se notaba que el

    pequeo haba consagrado mucho tiempo a hurgar en los

    secretos de las islas . No haba paraje ni rincn que no se

    supiera de memoria. A veces, ya exhaustos de caminar por la

    maleza, desembocbamos en un claro paradisaco, y enton-

    ces, a la sombra propicia de un mango, Rafael proceda a ha-

    cer sus revelaciones. Yo, al principio, las segua con una sonri-

    sa en los labios, con cierta condescendencia a la manera de un

    adulto que simula tomar en serio los juegos de los nios y sus

    extravagantes personificaciones .

    Y un atardecer inolvidable, vi . Vi un orden debajo del or-

    den, como en un palimsesto. Vi las palmeras inmviles perfi-

    ladas contra el poniente ; las sombras condensndose por en-

    tre los claros del ramaje ; el enmaraamiento alusivo del man-

    glar; el ascenso regular y rtmico de la marea . O el envolven-

    te paso de la noche, las crujientes vestiduras, los desgarrones

    del aire, la materializacin de mil metforas escuchadas y le-

    das miles y miles de veces ; sent el peso que se apoyaba en

    36

  • mis hombros, el aliento ftido ; percib una certidumbre de

    castigo en las mrgenes del tiempo ; vi al tiempo buceando en

    el fondo del mar constelado de estrellas, lo sent discurriendo,

    por vez primera, por las cosas y mi cuerpo como si al fin se

    hubiera soltado, para hendir mi carne como un cuchillo ame-

    llado. Entonces, alzando los ojos del hechizo cegador, vi el

    rostro de Rafael, lvido y exange, muriendo de verdad y be-

    lleza, recortado contra un fondo de oro de aguas en paz y le-

    janas islas . Comprend, entonces, el porqu de ese milagro

    potico llamado Rafael . Comprend . . . y me entraron ganas

    de rezar .

    En otra ocasin, el programa trazado de antemano nos

    condujo a la intimidad hmeda de una caverna en Macca Hill .

    Con una linterna de mano nos abrimos paso al travs de la os-

    curidad y del vuelo despavorido de los murcilagos . Rafael,

    entonces, desenterr una antiqusima pistola de piratas y una

    pequea urna vaca . Me las mostr triunfalmente, y volvi a

    enterrarlas . En el fondo de la cueva, dos esqueletos carcomi-

    dos relumbraron vagamente al contacto de la luz .

    -Son tranquilino Segundo y Pete el flaco- dijo Rafael con

    el tono de voz que se emplea para designar a dos personas que

    cruzamos en la calle ; pero el eco recogi sus palabras y las res-

    treg furiosamente contra las paredes, aumentndolas de vo-

    lumen :

    -SON TRANQUILINO SEGUNDO Y PETE, EL FLACO.

    Una fraccin de segundo, y de nuevo :

    -SON TRANQUILINO SEGUNDO Y PETE EL FLACO.

    Hasta que el sonido encontr la puerta y abandon el re-

    cinto, dejndonos estuperfactos .

    Cuando salimos al aire libre, el poeta estaba plido como la

    muerte .

    En otra ocasin, el bote avanzaba por un mar en calma. La

    brisa agradable nos daba en pleno rostro. De pronto, oscuras

    aletas emergieron a poca distancia. Unos peces enormes se pu-

    3 7

  • sieron a saltar graciosamente en el aire . Yo los mir con

    aprensin, pero Rafael se entusiasm :

    Son delfines!- grit, aplaudiendo ruidosamente . Pa-

    reca una seal, porque los peces se acercaron al bote en mar-

    cha, a fantstica velocidad, pegndose a ambos lados de ste .

    Empez entonces una regata disparatada . Rafael le dio al mo-

    tor toda la velocidad, y los delfines aumentaron proporcional-

    mente la suya. De cuando en cuando Rafael daba rdenes

    absurdas :

    - Salten!- gritaba .

    Y, cosa extraordinaria, los delfines, como si no esperaran

    ms que el permiso, lo hacan .

    Son unos nios! -exclamaba Rafael, loco de alegra

    Salten muchachitos, salten!

    Y el cuerpo flexible trazaba una pirueta en el aire para

    zambullirse de nuevo. Hasta que los nios se cansaron del jue-

    go, y se alejaron rizando la superficie del agua .

    Otro caso, relacionado tambin con peces. Habamos pasa-

    do toda la tarde anclados en lo que suponamos ser un banco

    de pates ; pero los animales, o se haban mudado, o no tenan

    hambre porque no picaron una sola vez . Finalmente, cuando

    ya nos disponamos a irnos, el poeta sac una grupa como de

    tres libras de peso . La haba extrado del anzuelo y la exami-

    naba con infantil detenimiento, suspendindola a la altura de

    sus ojos. El pescado se debata furiosamente, tratando de li-

    berarse. Rafael hizo ademn de devolverlo al agua cuando en

    eso, inesperadamente, sin hacer el menor ruido, un pjaro ma-

    rino de esos que llaman tijeretas, surgido no se sabe de dnde,

    se lo arrebat de las manos sin darle tiempo a defenderlo . La

    sorpresa dej al muchacho mudo . Se miraba las manos vacas,

    miraba los crculos que trazaba el ave mientras engulla el

    producto de su robo . Por ltimo, me mir con ojos llenos de

    preguntas y tambin de un confuso temor . Luego, ambos

    rompimos a rer a carcajadas .

    38

  • Otra vez, salimos de Bocas del Toro con la tarde bastante

    avanzada. Unos pacientes me retrasaron. Llegamos a Bocas

    del Drago sobre las cuatro y media, luego de rodear por agua

    toda la isla de Bocas del Toro .

    Bocas del Drago es, como ya declar, una pequea aldea

    de pescadores situada en el extremo opuesto de la misma isla

    en que se levanta Bocas del Toro . Es un lugar lleno de pasado .

    En la actualidad, apenas consta de unas diez o doce casuchas

    ruinosas, distantes las unas de las otras y habitadas por no

    ms de treinta personas; pero, tiempo atrs, fue escenario de

    incontables violencias . De la historia no sobreviven ms que

    algn rostro torvo ; una que otra ria a navajazos cuando el

    alcohol alumbra el camino recorrido ; ciertos relatos debili-

    tados por el cansancio de los viejos que los refieren .

    Gigantescos riscos se yerguen amenazadoramente cerca de

    las puntas que cierran la ensenada . Miles de pjaros revolo-

    tean encima, sacudidos por el viento que permanentemente

    azota el casero y agita el mar . La aldea comienza donde

    temina la playa. Detrs de la aldea, impenetrables moles de

    maleza la incomunican por tierra En el seno del monte, mi-

    llares de culebras, escorpiones y tigres acechan crispados de

    rencor. Kilmetros y kilmetros de pantanos pestilentes enve-

    nenan la atmsfera, por si acaso la flora y la fauna no fueran

    suficientes para contener y aislar a esos pobres hombres que

    se sienten vivir de espaldas al mundo, de cara al infinito, ya

    que no se distingue ms all de los arrecifes tierra alguna . So-

    lo el mar implacable se ofrece a sus ojos ensombrecidos por la

    soledad, por el silencio y por los amagos de un pasado que

    no se ha ido del todo ni se ir jams .

    Dios mo : cmo pueden resistirlo? Cmo es posible que

    exista semejante sitio?

    Rafael caminaba junto a m, detenindose a contemplar los

    cangrejos de vivos colores, las hormigas que trabajaban afanosa-

    mente, un rbol de almendra abatido por el comejn y los

    39

  • hongos, una palmera descabezada por el rayo, indiferente a la

    inquietud y al miedo que me helaban los intestinos. Las pri-

    meras casas se hallaban abandonadas, a juzgar por los gallina-

    zos que recorran los balcones y asomaban la cabeza por las

    ventanas. Habiendo conocido mejores das, eran ahora una

    caricatura de s mismas .

    Tropezamos con nios semi-desnudos que huyeron al ver-

    nos. En el patio de la primera casa habitada que encontra-

    mos, un anciano centenario teja una enorme red de pescar .

    Las manos rugosas anudaban con desesperante lentitud el

    hilo. No contest el saludo del poeta, ni siquiera levant los

    ojos para ver quin lo saludaba . Cincuenta pasos ms all,

    otra casa : una vieja se balanceaba en una mecedora, en el

    balcn; canturreaba extraas melodas, adormecindose

    con el vaivn y el ritmo de su cancin . Tampoco contest

    nuestro saludo .

    Nos detuvimos, por fin, frente a una pequea casa de ma-

    dera, en mejor estado que las anteriores . El poeta grit cor-

    dialmente:

    - Auntie Rose! Auntie Rose!

    Una matrona negra, cincuentona, de rostro lleno y agrada-

    ble, sali al corredor . Al reconocer al poeta, se ilumin, pro-

    rrumpiendo en estrepitosas carcajadas y gritos de bienvenida .

    De la amplia boca, poblada por dientes blanqusimos, brot

    una torrente de palabras en guari-guari, el dialecto de las islas .

    Rafael le habl en la misma jerga y con parejo entusiasmo .

    Yo no entenda ni jota .

    -Nos invitan a entrar- me explic Rafael .

    Subimos unas escaleras en relativo buen estado . Estre-

    ch la manaza que me tenda la mujer .

    Su cara era algo digno de verse . Una nariz achatada, hecha

    especialmente para colgar argollas . Ojos negros, brillantes, re-

    boantes de vitalidad y de jbilo . Mejillas abultadas. El pelo

    ensortijado le caa en largas trenzas sobre los hombros . Gran

    40

  • papada, flcida y movediza. Cuerpo entrado en carnes. No s

    por qu pens en una diosa de la fecundidad . Tampoco s

    por qu me record a mi madre, ya que no se parecan en na-

    da. Tal vez fue por las chancletas, o por la adoracin con que

    miraba a Rafael .

    Despus de nuestro apretn de manos, la, mujer abri sus

    fornidos brazos y estrech al poeta contra su pecho volumi-

    noso. Acto seguido le estamp un sonoro beso en la mejilla,

    que el poeta devolvi con la misma efusin .

    Nos sentamos en el corredor, sobre unos taburetes, y la

    charla de aquellos dos seres tan distintos se extendi escan-

    dalosamente a lo largo de una hora . Yo no entenda una pa-

    labra .

    Al cabo lleg un hombre negro y robusto, de edad inde-

    finible, sin camisa, dueo de una imponente musculatura .

    Nuevos abrazos, nueva presentacin . Entend que se trata-

    ba del marido de Auntie Rose . Acog la mano callosa en si-

    lencio. Volvimos a sentarnos, y la conversacin prosigui

    a gritos y carcajadas .

    De pronto empezaron a acumularse densos y negruzcos

    nubarrones en el cielo. El viento aument brscamente

    su velocidad. Pesadas gotas de lluvia cayeron horizontal-

    mente sobre el casero . El mar alz la voz, golpeando ira-

    cundo la playa y los arrecifes . Relmpagos brillantsimos

    incendiarion el horizonte .

    Ahora los truenos restallaban encima del techo de zinc,

    que se estremeca. Y la tormenta descarg su locura sobre

    el paisaje, doblando las palmeras, levantando una doliente

    protesta del boscaje .

    Tuvimos que meternos en la casa y asegurar puertas y

    ventanas, mientras aquel odio sin lmites golpeaba con pu-

    os de hierro las paredes, barra las cosas, derribaba los

    esqueletos de las viviendas abandonadas, aullaba rabiosa-

    mente en las hojas de zinc . . .

    4 1

  • Ya las sombras de la noche haban sumido el contorno

    de los objetos, cuando amain el ataque. Demasiado tar-

    de para regresar a Bocas del Toro . Tendramos que pasar

    la noche all, y emprender viaje en la maana . La duea

    de casa nos ofreci alojamiento, disculpndose por no

    poder brindarnos cama . Dormiramos en el suelo . Rafael

    acogi alegremente la noticia, y yo trat de hacer lo propio

    mostrndome animoso y despreocupado .

    A las ocho de la noche nos sentamos alrededor de la des-

    nuda mesa de madera y sorbimos en silencio la sopa de pes-

    cado en que consista toda la cena . A continuacin el an-

    fitrin encendi una pipa, nosotros sendos cigarrillos, e

    hicimos una sobremesa que se prolong hasta pasada la me-

    dianoche.

    Yo particip algo en la conversacin, auxiliado por Rafael

    que actu como traductor. El peso de la conversacin recay

    en el negro, quien subrayaba sus frases escupiendo con libera-

    lidad en el piso.

    Qu dijo?

    Habl de la pesca de tortuga y de sus mltiples problemas .

    Cont, grficamente, la pesca de un enorme mero, aos atrs,

    proeza que an lo enorgulleca . Refiri un naufragio, mar

    afuera, y cmo, cogido de una tabla, haba sido arrastrado

    por la corriente hasta la costa, desde una distancia de cinco

    millas. Record su infancia ; el agotador aprendizaje de la pes-

    ca junto a su padre, hombre de verdad, asesinado por la es-

    palda en un baile a principios de siglo . Habl de un singular

    duelo entre su padre y un tiburn, cerca de la orilla . De c-

    mo el viejo, sangrando por todo el cuerpo, arrastr al mons-

    truo, que se debata con tremebundos coletazos, hasta la pla-

    ya misma, donde, luego de apualarlo vengativamente, el

    hombre cay desmayado sobre el cadver de su rival .

    Rafael no apartaba la vista de los labios carnosos . El due-

    o de casa, alentado por su inters, habl ya de continuo,

    42

  • apenas interrumpido por las exclamaciones de sus huspedes .

    Complet el retrato de su padre con unos cuantos trazos

    vigorosos . Imagino que su memoria le haba agregado, re-

    trospectivamente, cualidades .

    Pronto el relato empez a correr por sendas inusitadas .

    Culpo por ello a la noche crispada de advertencias . Una

    atmsfera de fiebre envolva los recuerdos :

    Luces fosforecentes recorren el agua. Su padre y l pes-

    can en alta mar, rodeados de silencio y de oscuridad . De

    sbito, un barco pirata, con varios siglos de retraso, cruza

    cerca de ellos con las luces encendidas y las velas hincha-

    das. La tripulacin, en plan de combate, desenfunda los ca-

    ones, carga los fusiles. En el puente de mando, una figura

    gigantesca, cuajada de sombras, da rdenes en francs con

    voz retumbante . Los hombres, enardecidos por la proximidad

    de la lucha, gritan hasta enronquecer . El barco se pierde de

    de vista a gran velocidad . A la media hora el horizonte se ilu-

    min de fogonazos, de fulgores sangrientos. Es posible que

    fuesen relmpagos -poco despus cay una tormenta- o

    bien . . .

    La mano que sostena la pipa tembl ligeramente .

    En otra ocasin se haba internado -solo- en la selva, ca-

    zando :

    El monte eleva los mil ruidos perturbadores que hacen sus

    noches tan temibles. Tiene rato de caminar dificultosamente,

    enredndose los zapatos en las lianas, hundindose en los pan-

    tanos, guiado por una lmpara de carburo .

    De pronto, de un matorral sale una serpiente gigantesca

    dispuesta a atacarlo . El, hecho a todos los peligros, apunta y

    dispara. Unas cuantas sacudidas espasmdicas y contorsio-

    nes desesperadas, y el animal se inmoviliza . En ese preciso

    instante, se apaga la lmpara, dejndolo a oscuras . Enton-

    ces siente que alguien se arrodilla a sus pies y, tomndole

    ambas manos, se las besa con infinita gratitud .

    43

  • El hombre an nos tena reservadas otras sopresas :

    Explic, por ejemplo, el trabajo que tienen los muertos

    antes de poder descansar en paz :

    Deben, segn l, restituir a la naturaleza todas las cosas

    que le han tomado, transformado o movido de sitio. La cosa

    no es tan sencilla, porque el hombre vive alterando la sabia

    ordenacin del paisaje . De nio se divierte arrojando piedras

    a los ros o a los pjaros . Priva a los rboles de rganos im-

    portantes slo para hacerse de juguetes . Quema hojas secas .

    Atrapa inocentes bimbines en diablicas trampas ; les sacas los

    ojos, las entraas . Ya mayor, y so pretexto de trabajar, derri-

    ba laureles y los convierte en casas, en botes . Saquea cocote-

    ros, ahueca calabazas para hacerse vasijas . Corta la hierba,

    desordena el bosque. Libera demonios de las fieras . Le roba al

    mar peces indispensables para mantener el equilibrio de sus

    aguas. Transforma en humo el tabaco y las ramas secas de los

    rboles que derriba . No bien muere, tiene que trabajar sin

    pausa, gimiendo, con el fin de volver los objetos a su sitio y

    forma originales. Cada piedra arrojada debe colocarse en el lu-

    gar preciso de donde la tom . Hay que levantar de nuevo los

    rboles ; prender los cocos en la cima de las palmeras ; devol-

    verle al humo su compleja forma primera ; tejer en el fondo

    del mar la delicada estructura celular de los peces . Muchos

    objetos desaparecen entonces, inexplicablemente, de la vista

    de los vivos. Los que estn en el secreto, saben adnde van a

    parar.

    Pero a veces ha causado tal desorden que el tiempo no le

    alcanza, motivo por el cual la naturaleza, compasiva, le da

    una mano. Es una ayuda sobremanera embarazosa para los

    sobrevivientes. Se producen entonces esas gigantescas inun-

    daciones, esos violentos temblores de tierra, esas marejadas

    escalofriantes. El viento, cuando menos lo espera uno, se

    suelta de las islas, del horizonte, y arrastra montaas de ho-

    jarasca.

    44

  • La cosa no es tan difcil, cont, que su padre, con ms de

    cuarenta aos de muerto, recin aquella tarde haba termi-

    nado .

    -Tendremos buen tiempo maana- nos asegur, sonrien-

    do maliciosamente .

    Sobrevino un largo, opresivo silencio . Un estremecimiento

    exquisito me dobl el espinazo . Mir a Rafael, pero ste se

    hallaba tan distante, a pesar de la proximidad fsica, que ex-

    periment la sensacin de contemplar a un muerto .

    Pasada la medianoche, el negro y su mujer fueron a

    acostarse. El poeta y yo nos tendimos sobre el piso duro .

    Siempre en silencio, fumamos un cigarrillo . A los cinco minu-

    tos, Rafael dorma a pierna suelta .

    A m me era imposible pegar los ojos . La dureza e incomo-

    didad del suelo y el recuerdo de las palabras del negro me

    desvelaron . Ya prximo el amanecer, un pesado sueo me

    oprimi los prpados .

    Volv al cuarto del Maran ; estaban los muebles distri-

    buidos en su antiguo orden. Me acost en el viejo catre . De

    pronto, el sonido familiar de unas chancletas y un olor muy

    conocido hicieron que me incorporara ; los ojos queran sal ir-

    seme de las rbitas . La puerta rechin . . .

    Un brusco cambio de escena. Ahora me vi en la plaza de

    Santa Ana, reviviendo el mitin inquilinario . Los mismos hom-

    bres enardecidos, las mismas mujeres arreboladas gritando a

    voz en cuello su miseria y una humillacin ya insoportable .

    Me vi en Santa Ana, pero esta vez no de espectador . De pie en

    la tribuna, haca esfuerzos desesperados por arengar a la gen-

    te ; pero de mi boca abierta no sala el menor sonido . Mi ma-

    dre, en medio de la muchedumbre, me miraba angustiada ; de

    pronto, el ruido de las ametralladoras . Ella cay en un charco

    de sangre. Yo quera asistirla, pero estaba paralizado . Inespe-

    radamente, el cadver de mi madre se convirti en un tiburn

    ensangretado .

    45

  • Ahora estaba yo en alta mar, arrogntemente parado en el

    puente de mando de un barco pirata, rodeado de caras

    patibularias, de caones y de la noche color de sangre . A es-

    tribor apareci un pequeo bote anclado . Rafael y el dueo

    de la casa pescaban . Ambos agitaron las manos cordialmente

    al reconocerme pero yo les quit la cara con desprecio . Un

    asombro doloroso le demud las facciones a Rafael . Me gri-

    t, levantando el puo :

    -SON TRANQUILINO SEGUNDO Y PETE, EL FLACO .

    Las olas corearon estruendosamente el grito :

    - SON TRANQUILINO SEGUNDO Y PETE, EL FLACO!

    Acodndome a la barandilla, con voz de trueno ord