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  • 52 / ARQUEOLOGA MEXICANA

    DOSIER

    Mucha gente pereci durante la devastadora sequa del ao 1 conejo (1454 d.C.), en tanto que otros se vieron en la necesidad de venderse a los toto-nacos a cambio de maz. Cdice Telleriano-Remensis, f. 32r.RE

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    Aguas petrificadasLAS OFRENDAS A TLLOC

    ENTERRADAS EN EL TEMPLO MAYOR DE TENOCHTITLAN

    Leonardo Lpez Lujn

    Lluvias escasas, lluvias excesivas, lluvias inoportunas: en estos tres fenmenos se resume buena parte de las pesadillas de las sociedades mesoamericanas que ba-saban su existencia en la agricultura de temporal. Las precipitaciones slo eran bienvenidas cuando se regis-traban en cantidades adecuadas y en momentos pre-cisos. Si no lograban conjugarse ambos factores, las consecuencias podan ser funestas y desembocar en hambrunas, mortandades o migraciones.

    E l Cdice Florentino ilustra de manera elocuente la angustia con que los pueblos de la Cuenca de Mxico se referan a un periodo de sequa extrema:

    Todos andan desemejados y desfigurados. Unas ojeras traen como de muertos. Traen las bocas secas, como esparto, y los cuerpos, que se les pueden contar todos los huesos bien como figura de muerte... No hay nadie a quien no llegue esta afliccin y tribulacin de la hambre que agora hay Y los anima-les, seor nuestro, es gran dolor de verlos que andan azcadillando y cayndose de ham-bre, y andan lamiendo la tierra de hambre...

    Es tambin, seor, gran dolor de ver toda la haz de la tierra seca. Ni puede crear ni pro-ducir las yerbas ni los rboles, ni cosa nin-guna que pueda servir de mantenimiento No parece sino que los dioses tlaloques lo llevaron todo consigo y lo escondieron donde ellos estn reco-gidos en su casa, que es el Paraso Terrenal (Saha-gn, lib. VI, cap. VIII).

    El carcter imprevisible de los regmenes pluviomtricos dio un sello caracterstico a las religiones de Mesoamrica. A lo lar-go de los siglos existi en ese vasto terri-torio una verdadera obsesin por contro-lar las precipitaciones, apelando a las fuerzas de la sobrenaturaleza. Y, claro est,

    los mexicas no fueron la excepcin: en nue-ve de los dieciocho meses que integraban su calendario agrcola, tenan lugar cere-monias que pretendan propiciar la lluvia y la fertilidad. Casi todas las plegarias, las ofrendas y los sacrificios de nios de estos meses estaban dirigidos a Tlloc, dios de la lluvia y personificacin de la tierra. Se le invocaba generalmente como El Dador, pues provea de todo lo necesario para la germinacin de las plantas. Enviaba lluvias y corrientes de agua desde el Tlalocan, lu-gar de niebla, abundancia infinita y verdor perenne. De acuerdo con el Cdice Florenti-no, el Tlalocan era una montaa hueca y re-pleta de agua que tena como rplicas to-

  • LAS OFRENDAS A TLLOC / 53

    DOSIER

    das las elevaciones del paisaje:Y decan que los cerros tienen naturaleza oculta; slo por encima son de tierra, son de pie-dra; pero son como ollas, como cofres estn llenos de agua... (Sahagn, lib. XI, cap. XII, 1).

    Es por ello que las peticiones de lluvia se hacan en montes, cuevas, manantiales y remolinos de agua, lugares todos de la geografa sagrada desde donde era factible la comunicacin con Tlloc.

    EL TEMPLO MAYOR COMO RPLICA DEL MONTE SAGRADO

    Para los habitantes de la Cuenca de Mxi-co, la pirmide principal de Tenochtitlan era el centro por antonomasia de propicia-cin a las divinidades pluviales. Simboliza-ba un monte sagrado donde residan Huit-zilopochtli y Tlloc, los dos principales nmenes protectores del pueblo mexica. Formalmente, la mitad norte de la pirmi-de evocaba una eminencia que atesoraba en su interior al mundo acutico: su plata-forma estaba decorada con esculturas de basalto que representaban ranas azules y serpientes de jade, adems de grandes bra-seros de mampostera con el busto de Tl-loc; sus taludes tenan bajorrelieves de chal-chihuites y remolinos, as como piedras saledizas que simulaban un relieve frago-so, y su capilla alojaba las imgenes de las deidades de la lluvia y del maz.

    Cada vez que el Templo Mayor era agrandado, los arquitectos tenan el cuida-do de repetir la estructura previa y, en esta forma, reproducir ese monte artificial eri-gido sobre un manantial tras la fundacin de la ciudad insular. Sin embargo, la seme-

    janza formal no era el nico requisito que esta pirmide deba cumplir para conser-var su calidad de espacio sagrado. Adems, era indispensable cumplir, durante su am-pliacin y su dedicacin, ciertos rituales que repetan las aventuras mticas del dios del sol y el de la lluvia.

    Para ilustrar esta clase de rituales, des-cribiremos a continuacin dos conjuntos de ofrendas exhumadas por el Proyecto Templo Mayor en la mitad norte de la pi-rmide. Dichas ofrendas son precisamen-te los vestigios materiales de las ceremo-nias que, por un mecanismo de magia simptica, intentaban recrear el mundo acutico y las acciones de los tlaloque, con-firindole al nuevo edificio las cualidades de una montaa desde la cual se generasen las nubes, las lluvias y, en consecuencia, la fertilidad de la tierra.

    COFRES DE PIEDRA: BODEGAS DE LOS MANTENIMIENTOS

    El primer conjunto consta de tres ofren-das: la 18, la 19 y la 97. Cada una de ellas rene esculturas antropomorfas y cuentas de piedra verde, animales marinos y esca-sos restos de copal. Estos objetos se en-contraron dentro de cofres cuadrangula-res de piedra, cuyas superficies estn alisadas con estuco. Los cofres fueron en-terrados bajo las cabezas monolticas de serpiente que descansaban sobre la plata-forma de la etapa IVa del Templo Mayor: la 18 y la 19 en el centro de la fachada oes-te y la 97, en el centro de la fachada norte. Las tres ofrendas formaron parte de una misma ceremonia que se realiz alrededor de 1469 d.C., poco antes de ser terminada una ampliacin que se puede atribuir a Mo-tecuhzoma Ilhuicamina o a Axaycatl.

    Entre todos los dones sobresalan las esculturas antropomorfas de piedra verde: 13 en la ofrenda 18, la misma cantidad en la 19 y 14 en la 97. Pertenecen al tipo M-4 del estilo Mezcala. Antes de enterrarlas de-finitivamente dentro de los cofres de pie-dra, los mexicas las pintaron cuidadosa-mente con pigmentos azul, rojo, ocre, blanco y negro. Delinearon tocados, ante-ojeras, bigoteras y fauces, confirindoles as atributos propios de los dioses de la llu-via. A continuacin, colocaron estas im-genes cuidadosamente en posicin verti-cal, recargadas sobre la pared norte de cada cofre y orientadas hacia el sur. Frente a ellas dispusieron abundantes cuentas de piedra verde y animales marinos. La ofrenda 18

    Los cofres de piedra de las ofrendas 18 y 19 fueron enterrados en la platafor-ma frontal del Templo Ma-yor, bajo las cabezas de serpiente de la etapa IVa.DIBUJO: PROYECTO TEMPLO MAYOR / INAH

    Cofres de piedraollas azules

    Ofrenda 18 Ofrenda 19

    Ofrenda 11

    0 10 20 30 40 50 cm

    Etapa IVEtapa III

    Etapa IVb

    Etapa IITemplo de Tlloc

    Etapa IVa

    Etapa VI

    Templo de HuitzilopochtliCoyolxauhqui

    Etapa VII

    Etapa V

    Localizacin de las ofrendas de cofres de piedra y de ollas azules en el Templo Mayor de Tenochtitlan. DIBUJO: PROYECTO TEMPLO MAYOR / INAH

    Cabeza de serpiente de Tlloc

    Cabeza de serpiente de

    Huitzilopochtli

    Plataforma

  • 54 / ARQUEOLOGA MEXICANA

    DOSIER

    contena 173 cuentas, en la 19 haba 109 y en la 97 un total de 110. Tambin fueron recuperados 1 041caracoles en la ofrenda 18, 1 118 en la 19, y 65 caracoles y 275 con-chas en la 97. En esta ltima ofrenda ha-ba asimismo fragmentos de coral y de car-tlago rostral de pez sierra.

    En la actualidad no existe mucho lugar a discusin en cuanto al significado acu-tico y de fertilidad de las cuentas de piedra verde y de la fauna ocenica. En lo refe-rente a las cuentas, el Cdice Florentino con-signa la creencia de que las piedras verdes tenan la doble propiedad de atraer y exu-dar humedad. De hecho, el chalchhuitl fun-ga como uno de los smbolos por excelen-cia de la fecundidad.

    En relacin con los cofres cuadrangu-lares, stos eran empleados por los mexi-cas para atesorar cosas de gran valor. Los

    utilizados en el hogar eran de cestera (pe-tlacalli) y ocultaban de las miradas las per-tenencias familiares ms preciadas, como joyas de oro, plata y piedras semipreciosas, mantas y vestidos de algodn, y plumas fi-nas. Cofres semejantes, aunque ms peque-os, servan para exhibir pblicamente los cabellos (el alma: tonalli) de los enemigos capturados por el jefe de familia. En sen-tido metafrico, con la palabra petlacalli se aluda al inframundo donde residan los an-tepasados; a la casa en que viva la hija cas-ta; al vientre de la madre que alojaba al beb; al pecho del individuo que daba sabios con-sejos; al dios que dispensaba riquezas, y a las personas reservadas o que saban guar-dar secretos. Petlacalco era tambin el nom-bre de las alhndigas del palacio real.

    Los cofres para los rituales pblicos se hacan normalmente de piedra (tepetlacalli).

    El cofre de piedra de la ofrenda 19 al igual que el de la 18 y el de la 97 se compone de dos piezas: el receptculo con bisel de ajuste y la tapadera.

    FOTO

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    DOSIER

    La ofrenda 19 contena 13 escultu-ras de estilo Mezcala que represen-tan a los tlaloque, adems de 109 cuentas de piedra verde.FOTO: CORTESA DE MICHEL ZAB

  • LAS OFRENDAS A TLLOC / 55

    DOSIER

    Sus paredes pueden ser lisas o estar deco-radas con bajorrelieves tanto en sus caras internas como externas. En ocasiones, los smbolos csmicos convierten al cofre en una verdadera imagen a escala del univer-so. Tambin abunda la iconografa relativa a la realeza, el autosacrificio, lo precioso, la fertilidad y el c