Cultura y pasado - itzel.lag.uia. ?· SERGIO ANTONIO CORONA PAEZ Sergio Antonio Corona Páez ... probabilidad…

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<ul><li><p>Miedo cerval:entre la pena y la flor</p><p>CENTRO DE INVESTIGACIONES HISTRICAS DE LA UNIVERSIDAD IBEROAMERICANA TORREN</p><p>Cdula AGN: MX05035AHUIL Direccin General Educativa Torren, Mxico. 30-X-2014</p><p>Fundador y editor de la revista virtual: Dr. Sergio Antonio Corona Pez. Como Cronista de Torren, en http://www.cronicadetorreon.blogspot.com Comit editorial del Mensajero: Lic. Julio Csar Flix, Lic. Jaime Muoz Vargas, Dr. Sergio Antonio Corona Pez. El Mensajero aparece cada mes; es una revista universitaria virtual de divulgacin cientfica en ciencias sociales con inters puramente cultural. 191</p><p>Consideraciones en tornoa la escritura de la historia</p><p>Cultura y pasado</p></li><li><p>Consideraciones en tornoa la escritura de la historia</p><p>sssssssssssssssss</p><p>SERGIO ANTONIO CORONA PAEZ</p><p>Sergio Antonio Corona Pez (Torren, 1950)es licenciado en Ciencias y Tcnicas de la Comuni-cacin por el ITESO, y posee maestra y doctorado en Historia con mencin honorfica por la Ibero Mxico. Dirige el Centro de Investigaciones Hist-ricas de la Ibero Torren. Cientfico social, inves-tigador y autor de libros monogrficos, colectivos, ponencias y columnas periodsticas. Ha publicado adems numerosos artculos dictaminados en revistas cientficas de varios pases, y ha recibido diversos reconocimientos internacionales de carc-ter acadmico, entre ellos los premios Gourmand 2012 como autor del mejor libro de historia del vino en Mxico, y otros dos como coautor colectivo del mejor libro, de Espaa y del mundo, sobre Turis-mo del vino. El doctor Corona Pez es miembro de diversas instituciones cientficas, acadmicas y honorficas en Mxico, Chile y Espaa. Ciudadano distinguido y cronista oficial de Torren desde 2005. Presea al Mrito Acadmico David Hernndez, SJ (2012) de la Ibero Torren. sergio.corona@iberotorreon.edu.mx</p><p>Claves: Historia, hermenutica, documento Cultura y pasado. Consideraciones en tor-no a la escritura de la historia, libro de mi autora, fue presentado el pasado martes 28 de octubre en Saltillo, Coahuila, Mxico. Lo comentaron el doctor en historia Carlos Manuel Valds Dvila y el maestro Jaime Muoz Vargas. El texto es fruto de una coedicin entre la Univer-sidad Iberoamericana Torren y la Universidad Autnoma de Coahuila. A continuacin, un frag-mento de su primer captulo: </p><p>Para el mundo acadmico, el testamento de un anciano tlaxcalteca de Parras y el escape de la isla de Elba son igualmente histricos, en tanto que ambos dejaron huella que nos ha permitido saber que existieron. Sin embargo, los estudiosos esta-rn de acuerdo en que la huda de Napolen de la isla de Elba tuvo infinita mayor relevancia social, porque sus consecuencias sociales fueron mayo-res, ya no para Francia, sino para el mundo entero. </p><p>El valor de los archivos histricos es precisa-mente que ellos resguardan, para los estudiosos, las huellas documentales que permiten la obser-</p><p>Cultura y pasado}</p></li><li><p>vacin indirecta de los hechos del pasado. Si los museos guardan objetos, los archivos guardan do-cumentos, ya manuscritos (escritos caligrficos), ya mecanografiados. Algunos, como las fototecas, son archivos especializados en fotografa. Ofrecen servicios similares a los de los archivos histricos, con catlogos para los usuarios. </p><p>Entonces, volviendo a nuestro tema, si no po-demos ver el pasado, cmo sabemos de l? Ilus-trar con un sencillo ejemplo lo que quiero decir. Cada semestre imparto un curso en el que inva-riablemente pregunto a mis alumnos cmo viva la gente en el siglo XVIII. Abundan las respues-tas prolijas en detalles sobre pelucas, polvos, bai-les, duelos, recato o desenfreno, iluminacin con velas, alimentacin, etctera. Me agrada mucho escuchar que poseen una buena cantidad de in-formacin sobre el tema, acertada o errnea. Pero cuando les pregunto cmo es que saben todo eso, entonces titubean. Les hago evidente que ellos no vivieron en esa poca, y que por lo tanto no se </p><p>trata de recuerdos personales. Slo en-tonces comienzan a tomar consciencia de que han aprendido sobre la vida del siglo XVIII en el cine, en los libros, en la televisin, en los museos o con los vi-deos. Se trata de narraciones que usan los diversos lenguajes disponibles: ci-nematogrfico y televisivo, que como el de los videos, es audiovisual; el litera-rio, con base en textos y quiz algunas vietas (que es lenguaje grfico, como los grabados y las fotografas). Los mu-seos narran por medio del uso de los espacios, luces y audio, objetos, textos, escenografa y sistemas audiovisuales. </p><p>Por otra parte, se les plantea un pro-blema cuando caen en la cuenta de que existen diversas producciones cinema-togrficas sobre un mismo tema. No es lo mismo un Robin Hood visto por los pobres que el Robin que ven las autoridades. Y aunque Robin Hood es un tema mtico, ilustra perfectamente lo que tratamos de mostrar. El hroe </p><p>de los pobres no es sino un bandido y sedicio-so para las autoridades y los terratenientes de la Inglaterra feudal. Se podra decir que hay dos his-torias diferentes porque hay dos ngulos, dos ma-neras, dos lugares diferentes para percibir e inter-pretar los hechos. Ya lo hemos dicho antes, cada estrato social puede vivir y percibir los hechos de manera diferente, porque pueden significar cosas diferentes para sus miembros. No se trata de dos pticas diferentes de una sola realidad, se trata de dos realidades que coexisten en el tiempo y en el espacio, y que incluso pueden ser antagnicas. </p><p>Entonces, qu nos queda del pasado? Pues eso exactamente, una representacin, la ilusin de mirar el pasado a travs de una narracin que discurre en el tiempo presente. La narracin es la estructura lingstica que produce la sensacin de sucesin, as como el tiempo es sucesin. La na-rracin es una metfora del tiempo. El relato his-trico se adapta perfectamente a la estructura de la narrativa. </p></li><li><p>Pero aqu hay una seria advertencia para el his-toriador: el xito de la narrativa histrica no radi-ca slo en la forma. Cul es el grado de veracidad que el historiador desea alcanzar? Estar dis-puesto a historiar un hecho, o una serie de hechos, siendo fiel al sentir de quienes lo experimentaron?</p><p>Se trata de un problema serio. El historiador es-cribe desde el presente y para lectores del presen-te. Est condicionado por la educacin (cultura, mentalidad, valores) que ha recibido en el presen-te. Es muy posible que su formacin demcrata choque con el entusiasmo monrquico de la gente del siglo XVII. Si desea ser un historiador veraz, debe aprender a pensar y a sentir como lo haca la gente del siglo XVII. Si no est dispuesto a hacer-lo, ser mejor que este aprendiz de historiador se convierta en aprendiz de literato y d vuelo a su pluma sin que le atormenten las vo-ces del pasado. Porque el historiador debe ser un intrprete fiel de las vo-ces del pasado, del sentir de la gente del pasado. Frente a ellos, no puede tener vida propia, debe someterse a ellos, as como el medium presta su corporalidad y habilidades a los que ya se han ido. El historiador es un hombre de dos mundos, entiende perfectamente el mundo del pasado para convertirse en su vocero e intr-prete en el mundo presente. </p><p>Por otra parte, no basta la dispo-nibilidad. Un historiador es un hom-bre dispuesto, pero tambin debe ser un hombre de ciencia. Es decir, debe convertirse en un erudito sobre la parcela de la conducta, tiempo y lugar que ha escogido para su estu-dio. Debe entender que los hechos poseen contextos que les dan senti-do en cada poca y lugar. En otras palabras, los hechos del pasado no son tan relevantes porque fueron, sino, ms bien, por lo que significa-ron para sus coetneos. Y aqu vol-vemos a un punto cuya importancia </p><p>no podemos minimizar: la realidad no significa nada si no hay un ser humano que la perciba, in-terprete y aquilate. La historia no trata de lo que ocurri, sino de lo que le ocurri a alguien. An as, no basta con que el historiador nos comuni-que sus puntos de vista en torno a los hechos del pasado; es fundamental que nos pruebe, de ma-nera razonada e irrefutable, que lo que nos dice es lo ms verosmil, de acuerdo a las fuentes de informacin con las que cuenta. La ingenuidad no tiene cabida en esta disciplina. Y si el historiador no puede llegar a certezas plenas, deber enun-ciar sus conclusiones como meras hiptesis, como posibilidades, como lecturas inconclusas que hace sobre los hechos del pasado. </p><p>El problema de los positivistas consista en cmo eliminar la subjetividad en el proceso cog-</p></li><li><p>noscitivo. Consideraban que la realidad era una e independiente de los seres humanos. Historiar requera eliminar la subjetividad. Pero como lo hemos venido comentando, no hay percepcin sin un sujeto que perciba. Lo ms que puede ha-cer el historiador moderno es informar a la co-munidad la lectura (percepcin metodolgi-camente fundamentada) que como perceptor ha obtenido sobre algn hecho del pasado. Mientras mejor entrenado y enterado est, mayor ser la probabilidad de que pueda contribuir con nuevos conocimientos al mundo de la historia metodol-gicamente vlida, es decir, cientfica. Debe cono-cer todo lo que se ha escrito y publicado en torno al fenmeno que estudia, pues sera absurdo que quisiera descubrir algo que ya otro descubri. </p><p>En su modalidad actual, la escritura de la histo-ria consiste bsicamente en una disciplina inter-pretativa, que usa el mtodo cientfico en la ob-servacin, estudio y explicacin de las huellas del pasado. </p><p>El historiador solamente puede ver los he-chos del pasado a travs de sus huellas. Una ob-servacin cientfica y razonada de estas huellas permite planteamientos y conclusiones ms ve-rosmiles. La prueba del carbono 14, la estrati-grafa, la dendrologa, la palinografa, todas son herramientas que permiten fechar de una manera cientfica restos orgnicos e inorgnicos. Con es-tas herramientas se obtienen certezas que a su vez dan origen a las interpretaciones y a las hiptesis. </p><p>Quiz sea til mencionar que el origen de la metodologa de la historia moderna se encuentra en la metodologa de los procesos judiciales del siglo XVII. La reconstruccin del crimen, con el nfasis en el testimonio, la prueba y la evidencia, suministraron modelos de reconstruccin del he-cho a partir de sus huellas. La aportacin cartesia-na consisti en fundamentar el valor de la prueba nica y exclusivamente en la evidencia. Bajo este nuevo paradigma evolucion la escritura de la historia hasta nuestra poca.</p></li><li><p>Miedo cerval:entre la pena y la flor</p><p>JAIME MUOZ VARGAS}ssssssssssssssss</p><p>Jaime muoz Vargas (Gmez Palacio, Durango, 1964) es escritor, maestro, periodista y editor. Radica en Torren. Entre otros libros, ha publicado El principio del terror, Juegos de amor y malquerencia, El augurio de la lumbre, Las manos del tahr, Polvo somos, Ojos en la sombra, Leyenda Morgan y Parbola del mori-bundo; algunos de sus microrrelatos fueron incluidos en la antologa La otra mirada publicada en Palencia, Espaa. Ha ganado los premios nacionales de Narrativa Joven (1989), de novela Jorge Ibargengoitia (2001), de cuento de SLP (2005), de narrativa Gerardo Cornejo (2005) y de novela Rafael Ramrez Heredia (2009). Escribe la columna Ruta Norte para el peridico Mi-lenio Laguna. Algunas de sus obras han sido motivo de estudios acadmicos, tesis y referencias, entre otras, de la Universidad de Misisipi y de Texas, en EU; de la de Ultrecht, en Holanda; y de la de Valladolid, en Espaa. Actualmente es coordinador editorial de la Ibero Torren. rutanortelaguna@yahoo.com.mx</p><p>Claves: Poesa, Aleida Belem Salazar, literatura lagunera El ttulo de este libro es una frase lexicalizada. Cuando sentimos que el horror, cualquier horror, se aproxima, cuando sospechamos que est cerca una amenaza, nos invade el miedo cerval. Es, digamos, un miedo extremo, un mie-do que nos lleva a abrir inmensamente los ojos, a detener la respiracin y a preparar la huida. La frase se forma, claro, con el adjetivo cerval con el que nos referimos a los ciervos o venados, ani-males que, como lo hemos visto en muchos docu-mentales, mientras pastan no dejan de levantar la cabeza y abrir mucho los ojos, siempre en espera de agresiones.</p><p>Miedo cerval, poemario de Aleida Belem Sa-lazar (Torren, Coahuila, 1989), refleja ese senti-miento, el del miedo, y otro que comentar ms adelante. Quiz debo enmendar: no es tanto el miedo sino la desolacin, o en todo caso el miedo fijo, atornillado al alma, que conduce a la desola-cin. Sea el sentimiento que sea, el caso es que los versos de este pequeo libro exploran con un fs-</p></li><li><p>foro un depsito de dinamita. Esta metfora, creo, calza bien al libro: no hay pgina en la que uno no sienta la inminencia de una explosin, el estallido a punto de consumarse.</p><p>De dnde proviene esto? Lo asombroso es que su origen est en una joven poeta lagunera. Asom-bra porque a su corta edad, la edad de Aleida, los versos suelen salir, en general, impregnados por una luz ms clara. No es frecuente hallar que un poeta alcance una madurez expresiva tan potente sino hasta despus, luego de que se han dominado ciertas estrategias de escritura.</p><p>Aleida Belem Salazar rene entonces dos virtu-des: sabe qu siente y sabe exponer lo que siente, de suerte que su escritura nos arrima al peligro de una llama, como ya dije, en un sitio donde abun-da la plvora. Avanzamos pues junto a ella por </p><p>los pasadizos de este poemario con angustia, con miedo cerval, con una sensacin de temor que en ms de un verso nos apabulla. Lo asombroso, lo increble ms bien, es que su autora, pese a su ju-ventud, ha sido capaz de movernos por all a pura fuerza de palabras, casi como si se tratara de una escritora con largo camino recorrido. </p><p>En Miedo cerval no hay zona de confort. Desde que abrimos la puerta (eso es etimolgicamente la portada de un libro) nos hallamos frente al desga-rramiento interior. Nada de prembulos: Todos los asmticos conocemos la cara de la muerte, dice para abrir boca. Y de all en adelante los poe-mas fluyen entre lo negro y lo rojo, todo con una intensidad que recuerda, al menos me lo recuerda a m, a la argentina Pizarnik y a nuestra Enrique-ta, poetas que asimismo asociamos con la preco-cidad del vigor expresivo.</p><p>Dividido en cinco relampagueantes estancias que en sus ttulos delatan el registro en el que se mueve Aleida (Sntomas, enfermedades, Pecho, corazn, Infancia, cicatriz, Tropiezos, soledad y Futuro, anterioridad), Miedo cerval finca su mrito en la claridad y limpieza de la forma y en la sinceridad del fondo. Por ejemplo, en el momento I del poema Breve repaso de los acontecimien-tos:</p><p>ellos preguntanqu tomellos dicenabrir los ojos en unas horashay una madre que se pregunta por quen singularya no es elloshay una madre que se culpaen singularhay una hija en una camilla y unamadre que siempre va a preguntarsepor qu</p><p>Insisto que pese a la brevedad de los poemas, parece expandirlos el mpetu con el que fueron escritos. Creo, o al menos intuyo, por qu ocurre esto: por una suerte de identificacin. Muchos de </p></li><li><p>alguna forma somos y estamos en estos versos: seres quebrados, lastimados, aturdidos, nufra-gos en la inmediatez del da tras da, pasajeros del mismo camin y del mismo taxi:</p><p>Perd la cuen...</p></li></ul>