caballero carmelo

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es bacan y extraordinaria

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  • 6Un da, despus del desayuno, cuando el sol empezaba a calentar, vimos aparecer en el fondo de la plazoleta un jinete en bellsimo caballo de paso, pauelo al cuello que agitaba el viento, y henchida alforja, que picaba espuelas en direccin a la casa.

    Lo reconocimos. Era el hermano mayor que, aos despus, volva. Salimos atropelladamente gritando:

    Roberto! Roberto!

    Entr el viajero al empedrado patio y descendi en medio de nosotros. Cmo se alegraba mi madre! Lo tocaba, acariciaba su tostada piel, y lo encontraba viejo, triste, delgado. Con su ropa empolvada an, Roberto recorra las habitaciones rodeado de nosotros; fue a su cuarto, pas al comedor, vio los objetos que se haban comprado durante su ausencia, y lleg al jardn:

    Y la higuerilla? dijo.

    Buscaba, entristecido, el rbol cuya semilla haba sembrado l mismo antes de partir. Remos todos:

    Bajo la higuerilla ests!...

    El rbol haba crecido y se meca con la brisa marina. Lo toc mi hermano, retir cariosamente las hojas que le rozaban la cara, y luego volvimos al comedor.

    7

  • 6Un da, despus del desayuno, cuando el sol empezaba a calentar, vimos aparecer en el fondo de la plazoleta un jinete en bellsimo caballo de paso, pauelo al cuello que agitaba el viento, y henchida alforja, que picaba espuelas en direccin a la casa.

    Lo reconocimos. Era el hermano mayor que, aos despus, volva. Salimos atropelladamente gritando:

    Roberto! Roberto!

    Entr el viajero al empedrado patio y descendi en medio de nosotros. Cmo se alegraba mi madre! Lo tocaba, acariciaba su tostada piel, y lo encontraba viejo, triste, delgado. Con su ropa empolvada an, Roberto recorra las habitaciones rodeado de nosotros; fue a su cuarto, pas al comedor, vio los objetos que se haban comprado durante su ausencia, y lleg al jardn:

    Y la higuerilla? dijo.

    Buscaba, entristecido, el rbol cuya semilla haba sembrado l mismo antes de partir. Remos todos:

    Bajo la higuerilla ests!...

    El rbol haba crecido y se meca con la brisa marina. Lo toc mi hermano, retir cariosamente las hojas que le rozaban la cara, y luego volvimos al comedor.

    7

  • 8Sobre la mesa estaba la alforja rebosante; sacaba l, uno a uno, los objetos que traa y los iba entregando a cada uno de nosotros. Qu cosas tan ricas! Por dnde haba viajado!

    Quesos frescos y blancos, envueltos por la cintura con paja de cebada, de la Quebrada de Humay; chancacas hechas con cocos, nueces, man y almendras; frijoles colados de Chincha Baja en sus redondas calabacitas; bizcochuelos de yema de huevo y harina de papas, leves, esponjosos, amari llos y dulces, en sus cajas de papel; santitos de piedra de Guamanga tallados en la feria serrana; cajas de manjar blanco, tejas rellenas, y una traba de gallo con los colores blanco y rojo. Todos recibamos el obsequio, y l iba diciendo al drnoslo:

    Para mam... para Rosa... para Jess... para Hctor...

    Y para pap? le interrogamos cuando termin.

    Nada...

    Cmo? Nada para pap?...

    Sonri, llam al sirviente y le dijo:

    El Carmelo!

    A poco, volvi el sirviente con una jaula y sac de ella un gallo, que, ya libre, estir sus cansados miembros, agit las alas y cant estentreamente:

    Cocorocooo!...

    Para pap! dijo mi hermano.

    As entr en nuestra casa este amigo ntimo de nuestra infancia, cuyo recuerdo perdura an en nuestro hogar como una sombra alada y triste: el Caballero Carmelo.

  • 8Sobre la mesa estaba la alforja rebosante; sacaba l, uno a uno, los objetos que traa y los iba entregando a cada uno de nosotros. Qu cosas tan ricas! Por dnde haba viajado!

    Quesos frescos y blancos, envueltos por la cintura con paja de cebada, de la Quebrada de Humay; chancacas hechas con cocos, nueces, man y almendras; frijoles colados de Chincha Baja en sus redondas calabacitas; bizcochuelos de yema de huevo y harina de papas, leves, esponjosos, amari llos y dulces, en sus cajas de papel; santitos de piedra de Guamanga tallados en la feria serrana; cajas de manjar blanco, tejas rellenas, y una traba de gallo con los colores blanco y rojo. Todos recibamos el obsequio, y l iba diciendo al drnoslo:

    Para mam... para Rosa... para Jess... para Hctor...

    Y para pap? le interrogamos cuando termin.

    Nada...

    Cmo? Nada para pap?...

    Sonri, llam al sirviente y le dijo:

    El Carmelo!

    A poco, volvi el sirviente con una jaula y sac de ella un gallo, que, ya libre, estir sus cansados miembros, agit las alas y cant estentreamente:

    Cocorocooo!...

    Para pap! dijo mi hermano.

    As entr en nuestra casa este amigo ntimo de nuestra infancia, cuyo recuerdo perdura an en nuestro hogar como una sombra alada y triste: el Caballero Carmelo.

  • II

  • II

  • Amaneca, en Pisco, alegremente. En el radiante despertar del da, sentamos los pasos de mi madre en el co me dor, preparando el caf para pap. Cuando l par ta a la oficina, despertaba ella a la criada y abra la puerta de la calle, que chirriaba con sus mohosos goznes. Se oa el canto del gallo, que era contestado por todos los de la vecindad; se senta el ruido del mar, el frescor de la maana, la alegra sana de la vida.

    Despus, mi madre vena donde nosotros, nos haca rezar, arrodillados en la cama con nuestras blancas camisas de dormir; nos vesta luego, y, al terminar, se oa a lo lejos la voz del panadero. Llegaba este a la puerta y saludaba.

    Era un viejo dulce y bueno, y haca muchos aos que llegaba todos los das, a la misma hora, con el pan calientito y apetitoso. Llegaba montado en su burro, detrs de los dos capachos de cuero repletos de toda clase de pan: hogazas, pan francs, pan de manteca, rosquitas

    Madre escoga el que bamos a comer y mi hermana Jess lo reciba en el cesto. Cuando se marchaba el viejo, noso tros, de jando los panes sobre la mesa del comedor cubierta de hule brillante, bamos a dar de comer a los animales. Cogamos las mazorcas de maz de apretados dientes, las desgranbamos en un cesto y entrbamos al corral donde los animales nos rodeaban.

    12 13

  • Amaneca, en Pisco, alegremente. En el radiante despertar del da, sentamos los pasos de mi madre en el co me dor, preparando el caf para pap. Cuando l par ta a la oficina, despertaba ella a la criada y abra la puerta de la calle, que chirriaba con sus mohosos goznes. Se oa el canto del gallo, que era contestado por todos los de la vecindad; se senta el ruido del mar, el frescor de la maana, la alegra sana de la vida.

    Despus, mi madre vena donde nosotros, nos haca rezar, arrodillados en la cama con nuestras blancas camisas de dormir; nos vesta luego, y, al terminar, se oa a lo lejos la voz del panadero. Llegaba este a la puerta y saludaba.

    Era un viejo dulce y bueno, y haca muchos aos que llegaba todos los das, a la misma hora, con el pan calientito y apetitoso. Llegaba montado en su burro, detrs de los dos capachos de cuero repletos de toda clase de pan: hogazas, pan francs, pan de manteca, rosquitas

    Madre escoga el que bamos a comer y mi hermana Jess lo reciba en el cesto. Cuando se marchaba el viejo, noso tros, de jando los panes sobre la mesa del comedor cubierta de hule brillante, bamos a dar de comer a los animales. Cogamos las mazorcas de maz de apretados dientes, las desgranbamos en un cesto y entrbamos al corral donde los animales nos rodeaban.

    12 13

  • 14 15

    Aquel da, mientras contemplbamos a los animales, se escap del corral el Pelado, un polln sin plumas que pareca uno de esos jvenes de diecisiete aos, flacos y golosos. Pero el Pelado era, adems, pendenciero y escandaloso, y aquel da, mientras todo era paz en el corral y los otros animales coman los granos de maz, l, en bsqueda de mejores viandas, se haba encaramado en la mesa del comedor y roto varias piezas de nuestra limitada vajilla.

    Volaban las palomas, se picoteaban las gallinas por el grano, y entre ellas, se escabullan los conejos. Despus de haber comido, hacan grupo alrededor nuestro. Vena hasta nosotros la cabra, refregando su cabeza en nuestras piernas; piaban los pollitos; tmidamente se acercaban los cone jos blancos, con sus largas orejas, sus redondos ojos brillantes y su boca de nia presumida; los patitos, recin salidos del cascarn, amarillos como yema de huevo, tre paban en una palangana de agua; cantaba, desde su rin cn, el Carmelo; y el pavo, siempre orgulloso, bullanguero y antiptico, ni nos miraba, mientras los patos, balancendose como seoras gordas, hacan comentarios sobre la actitud poco gentil del petulante.

  • 14 15

    Aquel da, mientras contemplbamos a los animales, se escap del corral el Pelado, un polln sin plumas que pareca uno de esos jvenes de diecisiete aos, flacos y golosos. Pero el Pelado era, adems, pendenciero y escandaloso, y aquel da, mientras todo era paz en el corral y los otros animales coman los granos de maz, l, en bsqueda de mejores viandas, se haba encaramado en la mesa del comedor y roto varias piezas de nuestra limitada vajilla.

    Volaban las palomas, se picoteaban las gallinas por el grano, y entre ellas, se escabullan los conejos. Despus de haber comido, hacan grupo alrededor nuestro. Vena hasta nosotros la cabra, refregando su cabeza en nuestras piernas; piaban los pollitos; tmidamente se acercaban los cone jos blancos, con sus largas orejas, sus redondos ojos brillantes y su boca de nia presumida; los patitos, recin salidos del cascarn, amarillos como yema de huevo, tre paban en una palangana de agua; cantaba, desde su rin cn, el Carmelo; y el pavo, siempre orgulloso, bullanguero y antiptico, ni nos miraba, mientras los patos, balancendose como seoras gordas, hacan comentarios sobre la actitud poco gentil del petulante.

  • 17

    En el almuerzo, cuando mi padre supo sus fechoras, dijo pausadamente:

    Nos lo comeremos el domingo...

    Sali en su d