alba rico, santiago – selección de artículos en rebelión.org (2008-2012)

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Alba Rico, Santiago Seleccin de artculos en Rebelin.org 23-01-2012 El verdadero hombre del ao Santiago Alba Rico La Calle del MedioUno de los productos que quintaesencia el espritu estadounidense es sin duda la conocida revista Time. Fundada en 1923 por Britton Hadden, el joven ms rico del mundo, refleja e impone desde entonces el molde de una sociedad muy contagiosa que combina el populismo consumista con el individualismo ms belicoso y el patriotismo ms pedestre. Como es sabido, en el mes de diciembre Time elige el hombre del ao -que a veces puede ser tambin una mujer- para honrar as a la personalidad ms destacada, la ms influyente, la ms nombrada, durante el curso recin terminado. No es que la eleccin no responda a criterios ideolgicos determinados; es que, en todo caso, la ideologa subyacente tiene que ver con un modelo contable y deportivo -el del capitalismo- que celebra siempre, indiferente al contenido, las grandes cifras, los grandes momentos, los grandes gestos. Time se inclina ante la notoriedad en su sentido ms estricto: ante los que se hacen notar. Adora a los monstruos: es decir, a los que ms se muestran en pblico. Su esperada portada anual festeja el mundo tal y como es, generalizando entre los lectores la felicidad de formar parte de una humanidad que pugna, por distintas vas y con distintos medios, por merecer la atencin del Time. Cualquiera puede ser hombre del ao de Time. Asesinos? Lo fueron Hitler, Stalin y George Bush. Millonarios? Lo fue Bill Gates. Fabricantes de miseria? Lo fue Ben Bernanke, presidente de la Reserva Federal de los EEUU. Todos? En 2006 lo fuiste T, el you genrico con el que la publicidad comercial suele interpelar a sus clientes (por qu t lo vales, siempre pensando en ti, nuestro centro eres t). Con arreglo a este criterio, podramos elegir tambin los personajes ms notorios de la historia: en el siglo I, la duda estara entre Cristo y Nern; en el V la palma se la llevara Atila, azote del Imperio Romano; en el XIV la peste negra que asol Europa; en el XVI, los Reyes Catlicos, fusta de indgenas, se impondran por unos pocos votos a Fray Bartolom de Las Casas, defensor de indgenas; en el siglo XVIII se premiara ex aequo a Mara Antonieta y Robespierre; y en el XIX, Napolon y Marx se disputaran el ttulo con el gran Jack el Destripador. La historia no es lucha de clases sino lucha de celebridades; no es una carnicera sino un escaparate. Qu emocionante y variado es el mundo y qu tranquilidad saber que, pase lo que pase, la fotografa del ganador aparecer en la portada de la revista Time! En 2011 la persona del ao ha sido El Manifestante, representado en la figura andrgina de un indignado universal, tnico, postmoderno y orientalista, molde que recoge, para deformarlo, el malestar profundo de los pueblos del mundo contra una civilizacin injusta y agonizante. Porque El Manifestante es celebrado como un as del baln, un prncipe filntropo o una actriz pornogrfica de mucho glamour. Cuando se denuncian justamente las mentiras, manipulaciones o silencios de los grandes medios de comunicacin se suele olvidar este efecto antropolgico tranquilizador asociado a los formatos populistas y mercantiles del periodismo hegemnico. Millones de personas se han manifestado en todo el mundo, de Tnez a Wall Street, de Grecia a Wisconsin, para derrocar dictaduras, denunciar a los responsables de la crisis capitalista y, en definitiva, cuestionar el modelo cuyo mascarn de proa es precisamente la revista Time. El Manifestante puede aparecer en su portada porque no ha triunfado en sus demandas; pero sobre todo -y al revs- el Time lo recoge en su portada para despuntar y banalizar su combate. El Manifestante, digamos, s ha vencido; El Manifestante ha alcanzado su objetivo porque su objetivo no era cambiar el mundo sino alcanzar, en pugna con Benedicto XVI, el Ftbol Club Barcelona o el Ejrcito de Salvacin, la portada de Time. Y el lector de Time se siente as completamente a salvo en su silln, disfrutando de su caf en un mundo construido -como un hipdromo o una pista de carreraspara su seguridad y diversin. Nada tranquiliza ms que una mala noticia si nos la da la televisin; nada calma ms que una amenaza si es la persona del ao de la revista Time. Pero el verdadero personaje del ao -el que realmente tranquiliza al lector burgus de Time- est detrs de El Manifestante, como su reverso y su destruccin. De hecho, estoy casi seguro de que el consejo editor de la revista tard en decidirse y tuvo muchas dudas, como las habra tenido en el siglo I entre Cristo y Nern. El otro candidato a la portada era, s, el Polica. Basta un mnimo esfuerzo para verlo a un lado y otro del romntico Manifestante, homenajeado junto a l, cediendo generosamente el protagonismo a su vctima: los policas asesinos en Tnez, Egipto, Siria, Yemen y Bahrein; los policas salvajes que golpearon a los pacficos muchachos en Plaza de Catalunya de Barcelona; los que abrieron la cabeza a los huelguistas de Atenas; los que detuvieron a porrazos a los ocupantes de Wall Street. El hombre del ao? Dos. Enfrentados en las plazas, unidos en portada: el joven manifestante tocado con su kufiya palestina al viento, un ojo morado, la sangre corrindole por la cabeza, con una sonrisa de satisfaccin en los labios -portada de Time!-, y a su lado, pasndole el brazo sobre el hombro, el polica acorazado y musculoso que sonre bajo el casco -portada de Time!- mientras esgrime victorioso su escudo, su porra y su pistola. Los policas y manifestantes que luchaban y siguen luchando en las plazas luchaban en realidad, ahora lo sabemos, por ver cul de los dos alcanzaba la portada de Time. Como en las plazas suele vencer la polica, porque en las plazas suele vencer la polica, mientras en las plazas suela vencer la polica, Time podr dar la victoria al Manifestante en su portada. Cuando la justicia, la libertad, la democracia, la igualdad y el socialismo sean la realidad del ao, Time habr desaparecido.

20-01-2012 La catedral y el aeropuerto: la lucha contra el cuerpo Santiago Alba Rico Bostezo (http://www.revistabostezo.com/)El espacio es sin duda una condicin, pero tambin una decisin. No es el vaco que queda cuando se han descontado todos los cuerpos que lo pueblan sino, al contrario, el aura o hueco que se revela entre ellos y que al mismo tiempo les impone sus complexiones y sus posturas. El espacio es cosa de dos , y all donde slo hay Uno -el eremita en el desierto, el insomne en su cama o Dios volando por encima de las aguas antes de la creacin-, no cabe nada, ni siquiera el propio cuerpo, que coincide con los lmites del universo, como coinciden los lmites del molusco con los de la valva que lo encierran. Por decirlo de algn modo: nos reunimos para que haya sitio; nos juntamos para dejar lugar. Todo espacio es un espacio ocupado. Todo espacio ocupado es un espacio liberado. El atad, involucin del hombre al mejilln, retroceso del alma a almeja, es la negacin al mismo tiempo del cuerpo y de su espacio. Potica del espacio En 1957, el cientfico y filsofo Gaston Bachelard escribi un libro memorable, La potica del espacio, en el que repasaba las imgenes ms potentes de la intimidad espacial. A Bachelard le interesaba en este caso el trabajo de colonizacin individual de los recintos cerrados, las representaciones con las que la imaginacin puebla los interiores protegidos o, como l mismo dice, el repertorio de los espacios felices. Su estudio de topofilia se ocupa menos de los confines levantados por la geometra y la arquitectura contra la inmensidad exterior que de la actividad vital desarrollada dentro de ellos; menos de las barreras y muros de contencin que del ser que se concentra en el interior de los lmites protegidos. La felicidad, el bienestar, la memoria, la familiaridad ansioltica, la introspeccin, la intensidad, la realidad ontolgica estn atadas por una raz potica a espacios subjetivamente elaborados, excavados desde hace siglos por la imaginacin humana, al menos por la imaginacin occidental: la casa, el cofre, el cajn, el armario, el nido, la concha, el rincn. Todos esos espacios, a su vez, nos conducen a ciertas representaciones del cuerpo y a los verbos que las describen: agazaparse, acuclillarse, acurrucarse, acciones mediante las cuales los cuerpos, por as decirlo, interiorizan el exterior; se adaptan al medio al mismo tiempo que lo cargan de vida humana. Agazaparse, acuclillarse o acurrucarse son verbos notoriamente espaciales -el trabajo de ajustar los propios lmites a los del recinto ocupado o el de reducir los lmites del espacio a los del propio organismo en contraccin -, aunque pueden tambin reconducirnos, en lugar de a la casa o al nido, a la celda de aislamiento, a la cmara de torturas o al quirfano. Un cambio de postura en la cama, como en las primeras pginas de En busca del tiempo perdido de Proust, puede abrir el vasto espacio ntimo de la memoria; el dolor o el terror infligido en un stano, por su parte, pueden plegar un cuerpo en la postura fetal de la intimidad yacente y el reposo satisfecho. La potica del espacio es en cualquier caso una fenomenologa de interiores, una cartografa de paredes marcadas y huecos revividos: el cuerpo que define un territorio con sus secreciones y que al hacerlo separa del mundo, en un cuadrado, una intimidad universal. Metafsica del espacio Por oposicin a la potica del espacio, podemos concebir tambin una metafsica del espacio, en la que es la inmensidad exterior la que toma las decisiones, rechazando sin parar toda tentativa de ocupacin. Son, digamos, las inmensidades naturales, cuyo repertorio puede reducirse a tres fundamentales: el desierto, el ocano y el bosque. Fracaso y reclamo de la arquitectura, los cuerpos viven ah los tres peligros extremos que amenazan su existencia. En el desierto, la amenaza procede de arriba, del cielo despellejado, sin tapa, vertiginoso, cuyo sol incandescente y solitario impide alzar la mirada; no hay nada ms que l (no hay ms sol que el sol) y la sombra inalcanzable del viajero que trata d

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