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  • PEDRO VLLORA: Al borde del abismo

    AL BORDE DEL ABISMO

    Pedro Vllora

    Y as contino corriendo tras esta vaga sombra que me conduce al borde del abismo, donde me detengo con espanto.

    JOHAN W. GOETHE: Werther

    Apenas ha cambiado la vista desde la ventana: quiz que los rboles son ms

    altos, quiz que ya no es verano como entonces, pero poco ms. Cierto es que ahora

    estn secas las ramas antao frondosas; que los pastos han adquirido un triste color

    amarillo en lugar del hiriente verdor; que est desperdigado aquel montculo de rocas

    en la cima del acantilado hasta donde subamos para tendernos desnudos bajo el sol;

    cierto es, s, pero no tiene importancia, porque la esencia est todava impregnando el

    paisaje, y habr mudado el aspecto, pero la forma contina ah, en todo lo que veo, en

    todo lo que siento al descubrir cada uno de los rincones donde transcurrieron aquellos

    das ya lejanos, distantes en el tiempo, aunque no en el espacio (o ser, por ventura, al

    revs?, ser que el lugar ha cambiado pero sigo viviendo en el mismo tiempo,

    soando en el mismo tiempo, amando en el mismo tiempo, y nada ha ocurrido desde

    entonces porque el entonces es an?).

    He estado aqu antes; he recorrido estos parajes en otras ocasiones; he danzado

    entre las flores y toqu mi flauta en los bosques; y tambin he andado descalzo en las

    arenas del mar. Quiz lo vuelva de nuevo a hacer, nada me lo impide, pero no ahora,

    sino luego, maana o la semana que viene, pero no ahora: no me siento capaz.

    La brisa helada entra por la ventana, desordena todo en la habitacin y vuelve a

    salir. La brisa helada me golpea en la cara, me obliga a cerrar los ojos y se marcha

  • PEDRO VLLORA: Al borde del abismo

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    despus. La brisa helada sacude la casa, levanta las tejas y se aleja de aqu. Siempre

    retorna la brisa helada.

    "Apenas ha cambiado la vista", es lo primero que pens al abrir la ventana, y es

    verdad: la vista es lo nico que no ha cambiado aqu; todo lo dems lo encuentro

    distinto: el camino de entrada, que estaba cubierto de grava, piedras brillantes que yo

    coga y guardaba para que no me robasen los diamantes que tenan dentro, se esconde

    bajo una capa de malas hierbas; la chimenea del ala este, la que nunca se apagaba, la

    que dejaba escapar a todas horas una columna de humo gris que se elevaba, se

    expanda, desapareca confundido con el aire, la que hablaba de calor de hogar, de

    queso fresco derretido, de cuentos de vieja al amor de la lumbre, muda hoy, calla para

    siempre, desparramados sus ladrillos sobre el tejado, cados; la fachada de la casa est

    agrietada, ha perdido la piel y estn las venas al aire libre, y son profundos huecos,

    pozos sin fondo de poco firme brocal por donde me asomo, temeroso de la cada que

    un da se ha de producir si no dejo descansar a esos monstruos ignotos que me llaman

    desde la oscuridad de la sima y me atraen prendado por promesas engaosas.

    Apenas ha cambiado la vista desde la ventana, tal vez porque aquello que veo

    es el panorama del pasado, que va conmigo y me acompaa desde la ltima vez, la

    nica, que estuve aqu, y es el mismo que se abra ante mis ojos por la maana

    temprano, cuando despertaba y lo primero que haca era acercarme a la ventana y

    asomarme (los rayos del sol empezaban a caracolear entre las hojas de los rboles),

    buscando en el paisaje la figura que nunca encontr del Lobo, mientras la voz de mi

    abuelo me instaba a que bajase a desayunar.

    Era yo feliz entonces, tal como nunca despus lo he sido, tal como siempre

    debi ser, y aunque los primeros das planeaba sobre m, como un ave carroera en

  • PEDRO VLLORA: Al borde del abismo

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    busca de alimento, la odiosa presencia de la ciudadana enfermedad que haba hecho de

    m un ser hurao e incomunicativo, logr zafarme de ella con la adaptacin a la vida

    rstica y las largas caminatas por los alrededores de la casa, de la que progresivamente

    me ira apartando y que, si bien en un principio las consideraba un ejercicio aburrido y

    rutinario que slo cumpla por habrseme impuesto como una necesidad ms, pronto

    encontr en l un encanto, un motivo que responda a mis intereses y apetencias, y que

    se tradujo en que mis ausencias estuviesen sealadas por un alejamiento, tanto en el

    espacio como temporal, hasta el punto de llegar a ser preocupante, y que sirvi para

    que mi hermana se llevara las manos a la cabeza y el abuelo, con la pipa entre los

    dientes y una sonrisa mal disimulada, murmurase de vez en cuando: "este chico es todo

    un hombre".

    Cuando llegu aqu procedente de la ciudad no era yo lo suficientemente mayor

    como para ocupar mi tiempo en menesteres propios de edades adolescentes, ni tan

    pequeo que no sintiese impulsos, para algunos, innombrables. No estaba previsto por

    mi familia que aquellas vacaciones debisemos pasarlas separados, sino que se haba

    pensado en un principio que esperaramos todos a que las mltiples ocupaciones de mi

    padre permitiesen ser delegadas en otras manos para as irnos a la finca del abuelo (a

    quien yo slo conoca por pequeas estancias en nuestra casa) debido tanto a que ste

    quera que lo visitsemos en su ambiente como a que mi delicado estado de salud

    necesitaba de una cura en clima ms benigno, precisamente en tal cual era en las tierras

    del abuelo; sin embargo, ya que el mdico aconsej que mi viaje deba realizarse

    cuanto antes, pues toda demora sera perniciosa, fue decisin de mi madre que, por ser

    mi hermana muchacha a quien se poda llamar mujer, no exista reparo alguno en

    dejarnos marchar primero a nosotros, sus hijos, en tanto ellos, nuestros padres,

  • PEDRO VLLORA: Al borde del abismo

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    quedaban en la capital a la espera del momento adecuado en que podramos reunirnos

    toda la familia en el campo. As pues, durante una semana fue nuestro hogar un revuelo

    de envos, maletas, idas y venidas, cajas y papeles de embalar, hasta que el da del viaje

    se me dispuso en un compartimento de ferrocarril, disfrazado de bulto, totalmente

    rodeado de ropas que me opriman, me ahogaban, me aprisionaban con su frreo

    abrazo, y slo de mi cuerpo se aseguraba la cabeza, siendo imposible adivinar qu

    forma tendra y dnde estaba lo dems. Mi hermana se hallaba muy quieta, hiertica

    casi, interpretando un papel que no le corresponda; asenta tras la ventana a las ltimas

    recomendaciones que enviaban mis padres desde el andn. Menta, menta, intentaba

    parecer lo que no era, pero a m no me engaaba; no a m que saba del enrgico

    movimiento de su pie diminuto bajo la larga falda que caa de su talle; no a m que

    saba del tamborileo de sus dedos sobre el cristal, de sus esfuerzos por contener la

    respiracin que elevaba su bello busto; no a m que escuch un pequeo gemido junto a

    la primera sacudida del ferrocarril que se pona en marcha; no a m que vi la mirada

    que lanzaban sus hmedos ojos a la estacin donde quedaban los dos, la madre y el

    padre, all atrs, lejos, cada vez ms lejos, reducidos de tamao, con rostros que no son

    rostros, con manos que no son manos, con formas que no son formas: manchas, slo

    manchas, todo manchas perdidas en otras manchas; y los buscas y no estn, y los

    llamas y no vendrn porque ya no son, sino eran, eran en el pasado, en otro tiempo,

    cuando t estabas con ellos, pero ya no, no ahora que eres t sola y yo solo, y nadie

    ms. No me engaabas hermana; tenas los nervios lgicos de saber que ya no eras una

    nia, que te consideraban adulta, que por fin tenas alguien a quien cuidar, a quien

    vigilar, alguien por quien preocuparte, pero no queras que supisemos que tenas

  • PEDRO VLLORA: Al borde del abismo

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    miedo, miedo a no cumplir tu cometido, a fallar en tu tarea; no me engaabas,

    hermana... no me engaabas.

    Hoy como entonces se puede ver surgir la casa detrs de un bosquecillo

    conforme se acerca uno a la estacin. La reconoc en seguida porque guardaba en el

    recuerdo la descripcin que de ella nos haca el abuelo en una carta. Est apartada del

    pueblo, de donde parte un camino que conduce hasta la entrada. En un punto que

    equidista del pueblo y de la vivienda, dos pilares de piedra anuncian que la finca

    empieza ah. Es grande: abarca parte de los montes y llega hasta el mar; nunca sin la

    ayuda del Lobo habra podido recorrerla por entero; con l era todo ms fcil; ni

    siquiera ahora, cuando mi experiencia es mayor que en aquellos tiempos, me atrevera a

    adentrarme solo en estos lugares que no conozco ya; solamente con el Lobo volvera a

    los salvajes bosques otra vez, pero el Lobo ya no est.

    El vaivn del ferrocarril ejerca un efecto montono y somnoliento sobre m.

    Era el retorno a los tiempos ms infantiles, cuando yo, frgil, pequeo entre las ropas

    nocturnas, me dorma acompaado de los mecimientos que mi madre proporcionaba a

    la cuna y del suave ronroneo que sala de sus labios temblorosos. Mi madre meca la

    cuna y mi sueo velaba su cara de luna.

    No dorma en el vagn; me entretena en mirar la imagen interminable que

    desfilaba tras las ventanillas. Se sucedan los rboles, los postes del telgrafo, las villas

    y las estaciones; todos pasaban en el cuadro enmarcado por el hueco de la pared

    metlica del ferrocarril, por el tapizado rojo almohadillado, por el lienzo que nos

    evitaba caer al exterior. Dentro estaba toda la existencia que yo conoca en ese

    momento: mi hermana y yo; de cuanto hubiese fuera slo tena identidad ese pequeo

    trozo de realidad que flua en las ventanillas.

  • PEDRO VLLORA: Al borde del abismo

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    Un largo pitido nos anunci que estbamos llegando a la estacin. Yo lo estaba

    esperando desde que haba visto la casa del abuelo por las ventanillas pasar. Mi

    hermana apoy una mano en el cristal y acerc a l los ojos, atisbando con la mirada

    entre la gente que se agolpaba en el andn. Un destello, un leve abrir de labios, un

    fruncimiento en la frente que alzaba las cejas y abra an ms los ojos, un levantar la

    mano derecha en dos tiempos: primero a la altura del cuello, de la barbilla blanca,

    redondeada, suave, y despus ms alto, sobre las orejas cubiertas por el peinado,

    agitndola vivamente, con fuerza, con una energa que provena de dentro, de muy

    dentro, del corazn, del alma o del mismo cuerpo, me revelaron que haba encontrado,

    en cualquiera de las personas que ella poda ver, la forma de aqul a quien desebamos.

    Nos detuvimos al fin, despus de que la velocidad hubiese estado aminorando

    progresivamente durante metros. Par el agudo silbido que habamos estado oyendo

    precediendo el trmino del viaje. Mi hermana cogi las mantas, las dobl y las guard

    en una bolsa de mano. Salimos del compartimento y anduvimos a lo largo del pasillo

    hacia la puerta que, en un extremo del vagn, daba acceso al exterior. Mi hermana baj

    la escalerilla ayudada por un empleado que le dio la mano, y despus baj yo. El abuelo

    se nos acerc, la bes a ella primero y despus a m, mientras un mozo que l haba

    enviado bajaba el equipaje. Yo me apretaba a las faldas de mi hermana, avergonzado,

    intimidado por las personas que estaban en la estacin y me miraban, me vigilaban, me

    sealaban, me acusaban, me decan que no era de all, que era un intruso, que era de un

    mundo aparte, exterior; decan que no me queran, que deba alejarme, marcharme lejos

    de su tierra, su entorno, y yo los vea y saba qu queran, aunque en realidad no me

    mirasen, aunque no me prestasen atencin; ellos estaban fingiendo, deban de estar

    fingiendo, ignorndome conscientemente.

  • PEDRO VLLORA: Al borde del abismo

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    El abuelo tena preparado un carruaje que nos llevase hasta su casa. Al cargar

    nuestro bagaje se oy al ferrocarril partir. Subimos a los asientos y nos fuimos tambin

    nosotros. El coche cogi un camino que bordeaba el pueblo sin cruzarlo. Yo habra

    preferido atravesarlo, entrar en l, recorrer todas sus calles y conocerlo, pero estando yo

    solo, sin compaa, sin nadie que estuviese recordando la hora o que en un momento

    dado me impidiese actuar segn mi voluntad; yo habra estado satisfecho entrando

    invisible por todas las puertas al mismo tiempo, descubrir la vida de todas las personas,

    lo que pensaban, lo que deseaban, saber cmo eran, cmo sentan, hacerme parte de

    ellos y que ellos fuesen parte de mi ser. An hoy suelo tener esa sensacin: que nada

    existe para m salvo all donde estoy yo; quisiera poder estar en la vida de todo el

    mundo para creer en su existencia; para demostrarme que no somos independientes

    unos de otros sino miembros separados de un cuerpo antao perfecto; para saber que no

    estoy solo y que soy algo ms que un punto en el cosmos.

    La carretera en la que estbamos rodeaba un monte desde el que se vea el mar.

    Aquella parte de la costa era rocosa, abrupta, y las olas golpeaban violentamente contra

    los escollos: era primero un pequeo rizo de agua que iba avanzando y se haca cada

    vez ms grande, se levantaba segn se acercaba (una boca enorme presta a engullirnos),

    hasta que las rocas cortaban su camino y la columna de agua volva a su elemento en

    una lluvia de ruido y espuma. Estuve despus muchas veces con el Lobo all, al borde

    del abismo, dejando que el agua nos salpicase, teniendo a nuestros pies las gargantas

    que el mar abra invitando a dejarnos caer. Yo me asomaba al vaco ms de lo que

    poda, sujetado por el Lobo, y me inclinaba sin miedo porque saba que l no me

    soltara, y confiaba mi vida a sus manos sin temor.

  • PEDRO VLLORA: Al borde del abismo

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    Llegamos al enorme casern que habitaba el abuelo. Una mujer gorda sali a

    recibirnos limpindose las manos en un delantal que colgaba de su cintura. El abuelo

    grit un nombre y un mozo joven y sucio acudi de algn sitio para entrar nuestras

    maletas. Aparecieron tambin dos parejas de grandes perros que se acercaron al abuelo

    observndonos a mi hermana y a m con mirada recelosa. Yo estaba asustado, tem que

    la carne de mi cuerpo fuese presa de sus fauces baboseantes. El abuelo se dio cuenta y

    ri con grandes carcajadas, me empuj hacia los perros que levantaron sus orejas y me

    olisquearon, alejndose despus de all sin hacer caso a mi hermana. Durante el tiempo

    que dur mi estancia aqu, los perros permanecieron siempre apartados de m.

    No tuve la fortuna de conocer al Lobo hasta das despus de mi llegada. Los

    primeros que pas aqu fueron tremendamente aburridos; la novedad de mi situacin

    impidi que de m al principio el hasto se apoderase, pero dur poco; pronto conoc

    todo acerca del lugar donde me encontraba: haba recorrido la casa por completo

    introducindome en todas las habitaciones, escudriando en todos los rincones;

    multitud de extraos cachivaches hallados en desvanes polvorientos colaboraron a

    mitigar mi curiosidad pero, como al fin y al cabo todo lo que un da es interesante se

    transforma en anodino al siguiente, nada de lo que obtuve en mis pequeos saqueos me

    satisfizo plenamente y, por consiguiente, volv a mi habitual estado taciturno y

    ensimismado.

    Mi hermana estaba preocupada por m. El haber encontrado rastros de euforia

    en mis primeras acciones la indujo a pensar que mi restablecimiento era materia

    inminente; sin embargo, al advertir mi regreso a la introversin, consider tal como una

    recada con posibles causas fsicas, por lo que hizo traer al mdico de la localidad

  • PEDRO VLLORA: Al borde del abismo

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    quien, luego de examinarme (y como era lgico) neg que mi nuevo estado de nimo

    estuviese motivado por un supuesto empeoramiento de mi siempre delicada salud.

    Aliviada mi hermana por estas noticias, no tard en descubrir que lo que ella

    haba credo enfermedad era, en realidad, fastidio y, suponiendo uno posible de sus

    orgenes el hecho de haber estado, por as decirlo, encerrado en la casa durante todas

    las horas de los das, hallndose mis salidas de una cierta duracin condicionadas a que

    mi salud cobrase un fortalecimiento mnimo para comenzar esta nueva cura al aire libre

    sin riesgos, decidi que, por no haber problemas en mi estado fsico y necesitando

    algn ejercicio que contribuyese a paliar mi aburrimiento, era de todo punto

    aconsejable que comenzase a pasear y efectuar caminatas en los alrededores de la casa

    que permitiesen un contacto ms directo con el clima y, al tiempo, me sirviesen de

    distraccin.

    Hoy, cuando puedo tener una visin distanciada de mi juventud, noto que no he

    cambiado tanto en realidad. Ya por entonces estaba plenamente presente mi aficin por

    la soledad constructiva, que no me serva para lamentarme de m mismo y alejarme de

    los dems por repulsin a ellos, sino que esa separacin era propiciada porque senta

    que yo no era una compaa agradable (de hecho, fastidiosa), y antes que mantener con

    mi presencia una atmsfera fra entre el resto de la gente y yo, prefera retirarme a

    tiempo, granjendome con ello fama de misntropo, y dedicarme a las que desde

    entonces han sido mis dos grandes pasiones: la pintura y la msica.

    Obviamente, nunca he tenido amigos permanentes (incluso algunos de mis

    amores fueron pagados), y no habra sabido el significado de conceptos como amor,

    amistad, si no hubiese tenido la suerte de conocer al Lobo aquel verano en casa del

    abuelo. Lo encontr en el transcurso de uno de aquellos paseos que hasta entonces tanto

  • PEDRO VLLORA: Al borde del abismo

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    haban llegado a aburrirme; soy consciente de que tenan, sin duda, convenientes

    propiedades salutferas para m pero, como yo entonces an no saba distinguir entre

    las diferentes especies vegetales, slo vea rboles y rboles en profusin tal que

    llegaban a confundirme y desorientarme; por supuesto, otro de los factores que

    contribuan al tedio que de m se adueaba era el que yo nunca he empeado

    profundamente mi voluntad en ningn asunto hasta el punto de que fuese duradera, y

    as, aun iniciando con entusiasmo la mayora de los proyectos que me propona, era ya

    tendencia natural en m apagarme progresivamente perdiendo todo el anhelo que

    hubiese podido tener en un principio. As pues, tambin de los paseos qued fatigado,

    no por cansancio fsico, ya que, en honor a la verdad, cada vez me encontraba mejor,

    sino por cansancio espiritual, por abulia.

    La primera vez que vi al Lobo fue en una de aquellas mis salidas solitarias.

    Alejndome ms de lo habitual, no por otro motivo que por gastar tiempo antes de

    decidirme a regresar, llegu a la linde de la finca. En principio no era aquel un da que

    se distinguiese de cualquier otro por alguna causa, lo que impidi que siguiese el

    transcurrir del da con especial atencin, fijndome en cada uno de los detalles que se

    producan a mi paso para guardar un recuerdo amplio que pudiese transmitir con gran

    fidelidad. No, slo s que las horas pasaban porque haban de pasar.

    Me sent en el portillo, de eso estoy seguro, dejando que mis ojos vagasen por

    el paisaje sin que ninguno de sus aspectos me interesase sobre los dems. Supongo que

    deba dar una pobre impresin de m mismo a aquel que creyese que un chico de mi

    edad deba ser ms vivaz y ocuparse en labores propias de un sexo fuerte, viril y un

    poco salvaje; como a veces o decir: apedreando perros. Probablemente alguna vez he

    fingido tener ese carcter, digamos, normal; eso sola ocurrir cuando me hallaba en

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    crisis de identidad o me avergonzaba de m mismo; cuando no quera reconocer que no

    era como los dems porque no poda, y no deba hacer nada por evitarlo, sino

    aceptarme primero yo para despus ser aceptado.

    Me di cuenta de que no estaba solo, sin embargo no me sorprendi. Pareca tan

    natural el hecho de que alguien estuviese junto a m que no sent ninguna molestia. Me

    miraba sentado en las ramas de un rbol. Sus ojos eran una clida caricia que recorra

    mi cuerpo y se detena en los mos. Y yo segua all, en el portillo sin moverme, sin que

    uno solo de mis msculos se estremeciese, mirando yo tambin a sus ojos, cruzando mi

    mirada con la suya mientras en algn lugar remoto segua el tiempo gastndose en los

    relojes, pero no aqu, aqu donde no haba espacio, ni tiempo, tan slo ojos, los suyos,

    los mos clavndose en los suyos, en unos ojos que lo absorban todo, que lo abarcaban

    todo, unos ojos poderosos y cristalinos en los que mi rostro ofreca su reflejo

    deformado, y mientras yo vea mis ojos en sus ojos, mientras slo senta su mirada y la

    ma fijas en m, sin que yo supiese cmo ni por dnde, el Lobo desapareci.

    Encontr a mi hermana buscndome cuando ya volva a la casa. El tiempo no

    haba pasado para m pero s para ella, y estaba preocupada porque no regresaba. A

    pesar de que mi comportamiento era impredecible, mi falta de la casa haba sido esta

    vez inusualmente larga, pero ni ella saba a qu se deba, ni estaba yo dispuesto a

    decrselo, y as termin el da sin que hubiese respondido a las continuas preguntas con

    que me interrogaba. En realidad, ni siquiera yo mismo comprenda muy bien qu me

    haba ocurrido; haba sido como un juego en el que los dos nos mirbamos esperando

    que el otro cerrase los ojos primero, pero habamos continuado aguantando sin ceder

    ninguno. Tal vez eso tena algn significado esotrico que desconoca, pero a m se me

    escapaba.

  • PEDRO VLLORA: Al borde del abismo

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    La noche vino sin que hubiese podido apenas darme cuenta. Tumbado en la

    cama, vea por el trozo de cielo de la ventana cmo las estrellas aparecan trayendo

    consigo el reflejo del da que acababa de marcharse. Los muebles de mi alcoba se

    hallaban envueltos en una atmsfera fantasmal causada por la plida y

    blanquecinamente mortuoria luz que invada los rincones cubriendo los objetos con un

    pao delicuescente y neblinoso. El techo se abri y unos ojos bajaron espejendose en

    las paredes de mi habitacin, y un cuerpo caliente se tumb junto a m mientras una

    mano de suave tacto se paseaba entre mis piernas. Auspiciado por estos signos

    reveladores, yo me dorm.

    Las luces de la maana me libraron de un agitado sueo. Sin haberme

    terminado de desvelar, me acerqu a la ventana con el presentimiento de que hallara al

    Lobo, pero me equivoqu: como siempre ocurri, el Lobo no estaba all. Pareca como

    si quisiera evitar acercarse a la casa, como si sta fuese un repelente para l y nunca,

    que yo sepa, se le vio por all.

    La casa ya estaba funcionando cuando yo me levant: las criadas estaban

    limpiando, mi hermana cosiendo y el abuelo haba salido a ver cmo estaban los

    perros. No haba nadie en aquel momento a quien yo le importase lo ms mnimo; era

    yo un triste objeto que a nadie interesase; cada uno estaba ocupado en sus propios

    asuntos y nadie reparaba en m. Tampoco a m me preocupaban los dems, y no estaba

    interesado en ser advertido. Viendo que no haba quien me molestase o a quien yo

    pudiese molestar, me fui.

    March sin entretenerme al lugar donde haba visto al Lobo el da anterior.

    Algo me deca que iba a estar all, o quiz era, sencillamente, que yo quera que

    estuviese.

  • PEDRO VLLORA: Al borde del abismo

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    Mi paso era esa vez ms rpido de lo acostumbrado, y pronto llegu al punto

    donde las tierras del abuelo terminaban. Tema que fuese la hora demasiado temprana o

    que yo no le hubiese impresionado tanto como l a m y, por tanto, no tuviese por qu

    estar all. Pero esto slo eran pretextos vagos que deca intentando mentalizarme para

    el caso de que l no hubiera atendido al mensaje teleptico que le mandaba sin cesar.

    Nada haba cambiado desde el da anterior en aquel lugar; el portillo segua

    invariablemente en el mismo sitio y los rboles no haban mudado su emplazamiento.

    Lo nico desigual era que la distinta hora haba producido diferente luz. Todo estaba

    tal y como lo haba visto la tarde anterior; todo salvo, claro est, el Lobo.

    El Lobo apareci cuando ya pensaba que todo estaba perdido. Nunca me lo dijo,

    pero creo que haba estado espindome, escondido como slo l saba hacer; se mova

    entre la vegetacin sigiloso como un lince, y era capaz de permanecer agachado y tan

    quieto como un rbol mucho ms tiempo del que aguantara un hombre normal. De

    todos modos, eso era algo que yo desconoca cuando por fin estuvo ante m.

    Siempre he tenido problemas para tratar de dar a entender a la gente lo que

    ocurri despus. S que muchos se negaran a aceptar que algo as pueda suceder, y un

    mayor nmero de personas lo despreciaran, pero para m es lo ms hermoso que me

    haya pasado nunca en toda mi vida. Haba tanta belleza en los sentimientos que

    llenaron aquellos das de verano, que no dejo de extraarme cuando alguien los llama

    pecaminosos. No he hallado nunca nada tan puro y, al mismo tiempo, tan criticado, y

    siento verdadera lstima por todos aquellos que, basndose en ajados dogmas de ticas

    impas, pretenden destrozar lo poco de bueno que me ha tocado vivir.

    La amistad surgi espontneamente entre el Lobo y yo; desde que, tras haber

    estado esperndolo aquella maana, vino a m, el vnculo afectivo nos uni

  • PEDRO VLLORA: Al borde del abismo

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    mutuamente. Me gustaba que fuese libre, esencialmente bueno, y careca por completo

    de prejuicios, al revs de la mayora de las personas con que me tropec despus.

    Desde el principio me demostr su naturalidad al acercarse a m, el da en que yo lo

    estaba buscando, con su expresin de franqueza que me invitaba a compartir mi tiempo

    con el suyo.

    No slo mi hermana, sino tambin mi abuelo, quiz ste por nica vez,

    estuvieron preocupados por mi tardanza de aquella maana; yo lo not en cuanto llegu

    a casa, pero mi nimo excitado, contento, hizo que la, en un principio, dura

    reprimenda, se tornase en recomendaciones sobre las horas de la prudencia. Haba

    perdido por completo el sentido del tiempo mientras haba estado en los montes con el

    Lobo; me haba enseado a subirme a los rboles, y me mostr nidos de pjaros en

    lugares que yo nunca habra podido ver, pero no me daba cuenta de que estaba sujeto a

    unas leyes que me ligaban a otras personas hasta que record que deba regresar.

    Cuando volv a la casa era un poquito ms sabio y un poquito ms feliz.

    Los das que siguieron fueron absolutamente maravillosos. Era de los primeros

    en la casa en levantarme, para no perder un solo momento que pudiese estar en

    compaa del Lobo. Sala corriendo, pero en el camino del pueblo siempre lo

    encontraba esperndome donde lo haba dejado la tarde anterior, como si no tuviese

    que dormir y se hubiese quedado all toda la noche, aguardando a que el nuevo sol me

    llevara con l.

    Por las maanas subamos a las colinas donde estaban los bosques, y all, en ese

    universo vital, senta que yo tambin me haca bosque, que tambin por m circulaba la

    energa que mova la vida en la floresta, y era yo planta y era pjaro, y era un roedor y

    el Lobo mi madriguera. Despus volva a la casa, solo, porque el Lobo no quera

  • PEDRO VLLORA: Al borde del abismo

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    acompaarme; all coma frugal y apresuradamente bajo la mirada complacida del

    abuelo (que quiz recreaba en m sus escarceos juveniles) y la indescifrable de mi

    hermana, que vea cmo me estaba perdiendo. Me alejaba de nuevo de la prisin que se

    me antojaba la casa, y marchaba con el Lobo a la playa, donde la tarde era toda para

    nosotros dos; y tumbados en la arena, despojados de cualquier ropa que nos remitiese

    al mundo artificial, el sol tostaba nuestra piel, y yo abrazaba con mi cuerpo el suyo

    robusto y desnudo buscando cobijo, y era todo libertad, libertad de amar y gozar junto

    al mar en soledad.

    Lleg el amargo da en que la enfermedad volvi de nuevo su presencia a dejar

    sentir. Me atac sbitamente, cuando ya no estaba preparado, cuando crea que no

    retornara ms, y me oblig a quedarme en la cama postrado, sin permitirme ver

    siquiera un momento al Lobo. Desde la habitacin, mi mirada triste cruzaba los

    cristales de la ventana y se extenda ms all de la jaula donde estaba apagndome sin

    remedio a los campos libres donde la vida segua su curso ajena a m.

    No quiero saber cunto tiempo estuve acostado, cuidadosamente vigilado por

    mi hermana solcita, con el solo consuelo de saber que un da habra de terminar mi

    encierro y podra salir de aqu para regresar con el Lobo, que quin sabe qu estara

    haciendo sin m.

    Mis padres hicieron llegar el aviso de que vendran en breve, y en la casa se

    realizaron los preparativos para recibirlos convenientemente. Las criadas tenan a todas

    horas sus tiles de limpieza y mi hermana reparta rdenes preocupada porque todo

    quedase a la perfeccin; y, sin embargo, yo no deseaba que viniesen, porque

    seguramente me llevaran a la ciudad, separndome del Lobo.

  • PEDRO VLLORA: Al borde del abismo

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    Un da por la maana vi desde la ventana a mi hermana que se alejaba buscando

    flores con que adornar los jarrones del dormitorio de mis padres, que llegaban esa

    tarde. Llevaba un cesto colgado del brazo y un sombrero de paja cubriendo su cabeza.

    El sol tornaba de oro los rizos que colgaban por su espalda. No se volvi y no pude ver

    su cara, y no saba si estara seria o sonriente, o si estara tarareando una cancin o con

    el silencio en sus labios. Mi hermana se iba y yo no saba nada de ella.

    Una fuerte jaqueca me haba impedido dormir tranquilamente por la noche, y

    aprovech estas horas del da para que el sueo viniese sobre m. Cerr la ventana y me

    acost, quedando dormido al poco.

    Un enorme ruido de perros y botas me despert. Haba pasado ya con creces la

    hora de la comida y me extra que no me hubiesen avisado. Abr la ventana y un

    viento helado me azot, y vi una gran cantidad de hombres del pueblo vestidos de caza

    y con trallas de canes reunidos en el patio. Se movan de un lado para otro y de repente

    se paraban, como si no supiesen qu hacer. De las habitaciones de abajo me llegaban

    gritos y lamentos. Algo grave deba haber pasado mientras yo dorma. Me puse la bata

    y baj. La casa estaba llena de mujeres del lugar vestidas de negro. Me miraron cuando

    estaba al final de la escalera y se apartaron dejndome el paso libre hasta el comedor.

    La tensin que se respiraba en el ambiente me haba afectado a m tambin y fui a la

    puerta del comedor angustiado. Mi madre estaba all; me cogi y estrech llorando

    entre sus brazos. Balbuceaba palabras ininteligibles para m, mientras sealaba hacia la

    mesa que estaba toda rodeada por mujeres; mir, y vi cmo sobre la lisa superficie que

    sola estar cubierta de grandes floreros, inerte, inmvil, estaba tendida mi hermana.

    Llor, llor amargamente junto al cadver de mi hermana que an vesta sus

    ropas manchadas de sangre sobre el cuerpo hendido a dentelladas; y segu llorando

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    cuando aparecieron mi padre y mi abuelo, cargados con escopetas, y gritaron a los

    hombres del patio: A LA CAZA DEL LOBO.

    No he venido a esta casa, hoy solitaria, desde entonces. No haba vuelto a mirar

    por esta ventana desde aquella ltima vez. Estoy aqu para que no siga atormentndome

    la duda, para que no me asusten los recuerdos. Maana saldr temprano y bajar

    caminando por la ruta del pueblo: no quiero que el Lobo me siga esperando en vano.